Commando. Autobiografía de Johnny Ramone
Capítulo 2
Actuación de estudio para un vídeo filmado en Nueva York (1976).
Era un trabajador parado de Forest Hills a quien le encantaba el rocanrol, y tenía a
un tío que llevaba dándome la vara dos años con que hiciéramos una banda. Así que
cedí.
El 23 de enero de 1974 me compré una guitarra en Manny’s, en la 48 con
Broadway. Tenían todas las guitarras imaginables; la mía costó cincuenta dólares y la
escogí yo mismo entre las Mosrites, que eran las que me gustaban porque no las
tocaba mucha gente, aunque pillé la más barata. Los de Ventures y Sonic Smith de
MC5 tocaban Mosrite y ésas eran unas referencias magníficas. Lamentablemente me
la tuve que llevar en una bolsa porque no me alcanzaba para el estuche, y por
supuesto no tenía ningún interés en dar la imagen de la foto que me sacaron con ella
metida en aquella bolsa.
Tommy insistía en que quería ser tanto el mánager como el productor y decía:
«No os preocupéis, que yo sé cómo hacerlo». Así que acabamos accediendo
pensando que ningún otro del grupo era capaz de hacerlo. Éramos amigos de Joey y
sabíamos que tocaba la batería; teníamos también otro amigo, que se llamaba Richie
Stern, al que también le ponían los Stooges como a nosotros: andábamos siempre por
ahí fumando canutos y cuando escuchábamos a los Stooges, Richie imitaba a Iggy.
Dee Dee y yo empezamos el grupo ensayando en el salón de mi piso de Forest
Hills; ambos íbamos a ser los guitarristas y le íbamos a enseñar a Richie a tocar el
bajo. Joey iba a ser el batería y Dee Dee se iba a encargar también de cantar, pero a
los pocos días ya vimos que Richie iba a ser incapaz porque carecía de cualquier
sentido del tiempo y del ritmo. Yo era todavía espantoso pero mejoraba de día en día,
y me di cuenta de que quería ser el único guitarrista del grupo, así que nos deshicimos
de Richie y movimos a Dee Dee al bajo. Éramos un trío.
El domingo 27 de enero, justo cuatro días después de haberme comprado la
guitarra, el grupo ensayó en los Estudios Performance, en el 23 este de la calle 20,
entre Broadway y Park Avenue South, donde también ensayaban los New York Dolls
y Blondie. Como Tommy y su amigo Monte Melnik les habían construido y
gestionado el sitio a sus dueños, Tommy lo consiguió gratis, y Monte empezó más
tarde a echarnos una mano como encargado del equipo. Yo no sabía ninguna canción,
ni propia ni ajena, de manera que o escribía mis propias canciones o conseguía que
alguien me enseñara algunas fáciles. Y aunque no tenía ninguna paciencia, me
empeñaba en aprender y practicaba hasta en casa.
Pronto tuvimos las dos canciones que a Dee Dee, a Joey y a mí nos habían salido
cuando ensayábamos en el salón de casa: «I Don’t Wanna Get Involved with You»,
que nunca grabamos, y «I Don’t Wanna Walk Around with You», que sí estaba en
nuestro primer álbum. Así que tocamos aquellas dos canciones una y otra vez,
canciones, por cierto, que tenían más de tres acordes, ya que bien pronto, críticos que
no sabían ya cómo denigrarnos nos etiquetaron como «la banda de los tres acordes». Y hay más canciones de los Ramones, incluso de la última época, con más de tres
acordes.
(de izquierda a derecha): Johnny, Joey, Tommy y Dee Dee esperando el metro en Forest Hills, Queens, camino de
un ensayo en Manhattan (18 de julio del 75). Adviértase que Johnny lleva su guitarra en una bolsa [foto © Bob
Gruen/ www.bobgruen.com; con licencia para JRA LLC].
Nos dimos cuenta bastante rápido de que Dee Dee no podía tocar y cantar al
mismo tiempo, así que teníamos que hacer otro movimiento, pero como entretanto
Joey tampoco se ejercitaba (era malo) y en los ensayos cada vez le salía peor,
nuestras limitaciones empezaron a aflorar.
Un sábado, el 30 de marzo, dos meses después de haber empezado, tocamos en
los Estudios Performance e invitamos a todos nuestros amigos, a quienes hasta les
cobramos un dólar de entrada: creo que no volvieron a ninguna otra actuación de los
Ramones
Éramos tres piezas y éramos malos: Dee Dee seguía sin poder cantar y tocar
simultáneamente y yo no iba a cantar, pero así como él y yo mejorábamos con
nuestros instrumentos, Joey seguía empeorando, porque sus limitaciones lo
superaban. Tommy decía que teníamos que ensayar más, pero yo sabía que Joey no
servía y se lo dije a Tommy: «Tenemos que quitarnos a Joey: es incapaz de tocar la batería». Pero él me contestó que no, que podría ser el cantante, que ya lo había sido
en aquel pésimo grupo que se llamó Sniper, y que yo podía situarme en un extremo,
Dee Dee en el otro, y dejar a Joey en el centro. Pero yo quería que el cantante fuera
un tío guapo, así que Tommy me dijo: «No, será como Alice Cooper; funcionará». No
le costó mucho convencerme porque confiaba en él.
Nos dimos cuenta desde el principio de que nuestro atractivo visual era diferente,
de que funcionaba gracias al factor friki, y yo siempre supe que una de las razones de
que nuestra audiencia fuera fundamentalmente masculina era que las chicas querían
ver a un cantante guapo. Era algo que a lo largo de nuestra carrera oí algunas veces:
«¿Por qué lo escogisteis a él como vocalista?». Pues fue decisión de Tommy y acabó
revelándose una buena jugada. Así que empezamos a hacerles pruebas a distintos
baterías, pero todos nos decepcionaban, y un día, cuando ya habíamos probado a unos
cinco o seis sin que ninguno superara la prueba, Tommy se sentó ahí, y aunque no
había tocado la batería nunca, funcionó. Así que lo convencimos para que se quedara,
pero en la batería, y la cosa empezó a marchar, nos pusimos a ensayar de verdad y la
banda empezó realmente a formarse: ya éramos los Ramones.
Dee Dee dio con el nombre y fue el primero en usarlo: había oído que Paul
McCartney a veces se registraba en los hoteles con el seudónimo de «Paul Ramon» y
empezó a llamarse a sí mismo Dee Dee Ramone. Así que decidimos que
adoptaríamos todos el mismo nombre, que nos daría sentido de unidad y nos ayudaría
a afianzarnos. Además facilitaría que la gente recordara nuestros nombres y nos iba a
permitir promocionar el grupo automáticamente allí donde fuéramos. De manera que
Douglas Colvin se convirtió en Dee Dee Ramone, Jeffrey Hyman en Joey Ramone,
Thomas Erdelyi en Tommy Ramone, y yo dejé de ser John Cummings para ser
Johnny Ramone.
Empezamos a desarrollar una canción cada vez que ensayábamos: yo estaba en el
paro y tenía tiempo libre, y después de que Tommy se pusiera a la batería pasamos de
ensayar una o dos veces por semana a hacerlo casi todos los días. Nos
comprometimos más porque veíamos que éramos buenos.
Las canciones eran rock puro, pues a mí nunca me gustó ni el blues ni el jazz: lo
más lejos que llegaba era a Chuck Berry pero porque en realidad era rocanrol y no
blues. Lo que a mí me gustaba era el rock que hacían los Stones, que era el más
interesante, un estilo con el que podía identificarme y al que nuestra música trataba
de parecerse, pues el rock tenía más influencia del country que de la música negra.
Tanto los Everly Brothers como Eddie Cochran o Buddy Holly estaban todos más
influidos por el country, y aunque yo escuchaba con gusto algunos discos de blues
nunca me interesaron y no me gustaban aquellos solos de guitarra exageradamente
largos. Así que como nuestras canciones venían del espacio puro del rock, tenían que
ser simples, estábamos forzados a que lo fueran debido a nuestras limitadas aptitudes musicales.
Nuestras dos primeras actuaciones fueron el 16 y el 17 de agosto de 1974 en el
CBGB, que era un bar viejo y pequeño en el Bowery donde todos nos conocían. Lo
regentaban Hilly Cristal y su mujer, y como allí no había más que borrachos,
empezaron a dejar tocar a bandas como Television o a la de Patti Smith. Dee Dee se
enteró y decidimos intentarlo, pues era como ensayar ante unas diez personas, y
además para entonces habíamos mejorado mucho y teníamos más canciones.
Todavía nos vestíamos al estilo chillón porque los Dolls eran aún lo más grande
de Nueva York, de manera que yo seguía llevando mis pantalones plateados de lamé
hechos por Mylar y aquellas mallas negras de lycra, y era el único que tenía, desde
hacía siete años, la auténtica chaqueta de cuero Perfecto con la que más tarde se
identificó a los Ramones. Empezábamos a usar zapatillas Keds y yo hasta conservaba
aquel traje con tiras de leopardo que me había hecho un cliente, y que era como lo
que llevaba Iggy en la manga cuando los Stooges hicieron el Raw Power. Estábamos
evolucionando hacia la imagen por la que luego nos conocerían, pero al principio
mediante ensayo y error, y no sabíamos qué hacer porque lo chillón todavía estaba de
moda. Así que durante un mes o dos estuvimos indecisos sobre cómo incorporarle al
estilo chillón lo que nos caía más natural: sabíamos que teníamos que dejar los
zapatos de plataforma y todo eso y evolucionar de look. Aunque entonces no era tan
importante como lo fue luego, pues todavía no venía a vernos nadie, además de que
no hay grupo que tenga el mismo look en su primer concierto que tras años de
carretera.
En nuestras dos primeras actuaciones en el CBGB tocamos seis o siete largos y
enseguida pasamos a actuar allí todas las semanas cobrando un dólar la entrada.
Teníamos un público de unas diez o quince personas, y la actuación del 15 de
septiembre la filmó el grupo de teatro que nos teloneaba: vimos la película un montón
de veces y cambiamos a partir de ahí muchas cosas. Tommy y yo evaluábamos lo que
habíamos hecho y qué podíamos mejorar y se lo decíamos a los demás. Así nos
dimos cuenta del daño que nos hacía que Joey siguiera haciendo aquellas
mariconadas y estupideces, dando patadas y cayéndose de rodillas mientras cantaba,
que era espantoso y ridículo. Le dijimos que se limitara a quedarse de pie y aguantara
el micro; como Dee Dee tocaba con los dedos, le dijimos que quedaba mejor tocar
con una púa. De manera que después de eso, nos grabábamos siempre que podíamos
para ver qué podíamos mejorar y la verdad es que aprendimos un montón. En cuanto
nos vimos en aquella primera película, pensamos que teníamos que conseguir
uniformidad, de manera que conforme íbamos practicando y tocando más, fuimos
refinando el vestuario y el modo de llevarlo.
Dee Dee, Tommy, Joey y Johnny (de izquierda a derecha) en el CBGB de Nueva York, calle 2 con Bowery [foto
de Danny Fields; ©JRA LLC].
Yo me fiaba mucho de lo que opinaba Tommy sobre esto, que sostenía que era
imposible que el americano medio se viera bien vestido al estilo chillón y que
debíamos encontrar una imagen más sencilla. Que lo chillón iba bien si tenías la talla
adecuada, pero con sólo que te sobraran dos kilos ya te veías ridículo y que eso
impedía que todo el mundo pudiera identificarse con ese look. Era limitado y en
cuanto ese americano medio lo descubriera, esa moda estaba muerta, de manera que
teníamos que encontrar algo con lo que pudieran identificarse los chicos, más
intemporal, algo así como lo que nos pondríamos cuando volviéramos a salir después
de haber estado encerrados una temporada.
Fue un proceso lento, de unos seis meses, pero dimos con el uniforme: idealmente
debía tener tejanos, camiseta, chaqueta de cuero —Perfecto, como la mía— y
zapatillas de tenis. Queríamos que los muchachos pudieran identificarse con nuestra
imagen y que no tuvieran problemas para venir a nuestros conciertos vestidos más o
menos como nosotros.
Y ahora todas aquellas notas mentales que yo había estado cogiendo durante años
daban su fruto: nada de afinar en el escenario; avanzar y retroceder por el escenario
sincronizadamente; Joey de pie, recto, pegado al micro durante todo el show. Lo
estudiamos: había que mantener la simetría, así que hicimos mediciones para
asegurarnos de cerrar la línea de los amplis y que todos los elementos quedáramos
integrados de manera que no pareciéramos perdidos en el escenario. Yo me acordaba
de haber visto a los Dolls cuando telonearon para Mott the Hoople en el Felt Forum y
lo perdidos que parecían en aquel enorme escenario. Nada se veía bien, y entonces salieron los Mott the Hoople y todo funcionó.
Algunas bandas se fundían antes de empezar a tocar. Quiero decir que lo más
importante de un concierto, el momento más excitante, es cuando la banda sale con
las brillantes luces rojas del ampli encendidas, y los flashes muestran cómo va cada
músico colocándose en su sitio. Sales allí en silencio, sin ponerte a afinar, y es crucial
no fundirse porque es ahí donde se establece el tempo del concierto y la impresión
que el público tendrá de la banda. Fue un presupuesto que establecimos, un régimen
que adoptamos: en cuanto nos adueñáramos del escenario, empezar inmediatamente a
cantar y no perder toda aquella excitación antes incluso de empezar.
Establecimos todo ese tipo de cosas en los primeros seis meses; el control lo
teníamos básicamente Tommy y yo, pues nuestra pugna por el poder todavía no había
empezado. Él se encargaba de los contactos fuera del grupo, pero yo sabía que dentro
el jefe era yo. Él me decía en qué andábamos metidos y yo convencía al resto de que
eso era lo que teníamos que hacer.
Los Ramones en el CBGB en 1976 [foto de Chuck Pulin; ©JRA LLC].
Dimos veinticinco conciertos en el CBGB en el 74 y el 16 de noviembre
volvimos a tocar en Performance Studios, adonde seguimos yendo a tocar de vez en
cuando hasta el 75, actuaciones para las que cobrábamos nosotros mismos las entradas en la puerta. Que no era mucho porque no iba casi nadie, pero queríamos
actuar allí, donde además los clientes, siempre los mismos, se llevaban su propia
bebida. Pero entonces ni imaginábamos lo que nos pasó más tarde.
La víspera de año nuevo sufrí un ataque de apendicitis estando en casa, y como
no quería ir al hospital me pasé todo el día dejando que el veneno se me metiera en la
sangre y acabé ovillado en el suelo retorciéndome de dolor. Mi mujer terminó
llamando a mis padres, que vinieron y consiguieron llevarme al hospital, aunque me
emperré en ir conduciendo yo. Cuando llegué les pregunté si ya estaría fuera al día
siguiente, que tenía prisa porque tenía cosas que ver en la tele y debía volver a casa:
estaba a más de cuarenta de fiebre y deliraba. Estuve ingresado un par de semanas y
sólo me visitaban Rosana, Tommy y mis padres.
«MUCHOS PENSABAN QUE ERA UN
ANTIPÁTICO, PERO NO ERA CIERTO:
SIMPLEMENTE
NO ME GUSTABA LA GENTE QUE ME
RODEABA.»
Nunca tomo medicamentos para el dolor porque lo que quiero es saber si el dolor
mejora o empeora, y cuando hace un par de años me pusieron una corona en un
diente no dejé que me pusieran anestesia, pero no creo que volviera a hacerlo.
El apéndice me había estallado a lo largo del día, así que estuve en cuidados
intensivos diez días, que es mucho tiempo; el médico me dijo que habría vivido sólo
una hora más sin tratamiento. Salí del hospital el 15 de enero y enseguida volví a los
ensayos, y el 24 fui al CBGB a escuchar a Blondie y a Television. Tocamos allí tres
noches la primera semana de marzo. Ya estaba repuesto.
Empezábamos a tener un pequeño grupo de seguidores, gente que volvía para ver
qué tal íbamos. Tocábamos en el CBGB y en Performance Studios dos y tres noches
seguidas, y el público que teníamos era una pandilla de frikis. Hasta Andy Warhol y
su gente vino pero como para mí no eran más que otros frikis, no me mostré muy
sociable ni amistoso con ellos: cuando salí estuve desagradable y hostil pero parecía
que les iba la marcha, y pensé que a lo mejor les gustaba que los maltrataran. Cuando
saludé a Warhol, me dio una copia de su revista Interview que tiré a la basura. Sí, yo
veía todas las pelis de Warhol pero eso era ficción y la vida real era otra historia.
Fingimos que teníamos una empresa detrás y le dimos el nombre de una de
nuestras canciones, «Loudmouth», que figuró luego en nuestro primer álbum. Tommy
hasta mandaba cartas con el membrete de Loudmouth Productions y se presentaba como mánager usando su verdadero nombre, Erdelyi, y así ocultar que era el batería.
Johnny en Washington [foto de Danny Fields; ©JRA LLC].
También vino Lou Reed a curiosear y la verdad es que cada vez que tocábamos la
mayor parte de la audiencia eran otras bandas que venían a compararse. Yo siempre
consideré a los Heartbreakers como a nuestros mayores competidores: los lideraba
Johnny Thunders así que tenían que ser buenos, aunque como eran yonquis, sabía que
no durarían. En mi opinión eran los segundos mejores pero sabía que tendrían una
carrera corta. Blondie no era más que un grupo ligero de pop, buenos teloneros, pero
nadie se los tomaba entonces muy en serio; fue más tarde cuando se hicieron grandes.
Y los Talking Heads hacían algo tan distinto de lo nuestro que no nos concernía: no era rocanrol sino otra cosa.
Era curioso porque así me introduje en un auténtico medio artístico, cuando yo
venía de la construcción. Y como quería conservar ese espíritu de trabajo, empecé a
tomármelo en serio conforme se me fue convirtiendo en un verdadero trabajo. Sabía
que éramos buenos y que podíamos triunfar.
Normalmente iba a nuestros conciertos solo, aunque en ocasiones llevaba a
Rosana, y no hablaba con nadie. Iba al CBGB y pensaba «Estoy rodeado de
gilipollas». Muchos pensaban que era un antipático, pero no era cierto: simplemente
no me gustaba la gente que me rodeaba y creía que no tenía nada en común con ella.
Yo volvía a casa mientras el resto se quedaba allí, en el CBGB, siempre los mismos,
noche tras noche, bebiendo hasta que cerraban. A mí eso me parecía una pérdida de
tiempo y la verdad es que no encajaba en lo que hacían los demás: no tenía ningún
amigo en el mundo de la música, nosotros estábamos allí trabajando y el CBGB era el
sitio al que yo iba a trabajar. Del mismo modo que mientras trabajé en la construcción
tampoco salía por ahí con aquellos tíos después del trabajo.
Las canciones de los Ramones tenían una duración estándar y básicamente la
misma estructura, pero tocadas rápido se acortaban. Cuando vi a los Beatles en 1965
en el Shea Stadium, tocaron media hora, de manera que me decía que si ellos tocaron
allí media hora, los Ramones no podrían tocar más de quince minutos. Así que al
principio, y sobre esa base, fijamos actuaciones de quince minutos. Además, yo era
de la opinión de que tocar corto te mejoraba, les dabas lo mejor que tenías y los
dejabas con ganas de más. Siempre he creído que incluso las grandes bandas no
deberían tocar más de una hora.
En junio, Richard Gottehrer nos organizó nuestra primera audición en una
discográfica, Sire Records, una discográfica pequeña pero con grandes conexiones.
Gottehrer fue a vernos al Performance y nos ofreció un contrato para grabar el
sencillo «You’re Gonna Kill That Girl», pero lo rechazamos porque lo que queríamos
era nuestro propio álbum. Después hicimos una audición para Blue Sky en el
Performance Studios, y después de ésa, otra para Artista. Y nos contrataron.
Pero Blue Sky, que era la discográfica de Rick Derringer, quería más, así que nos
mandaron el 11 de julio al Teatro Palace de Waterbury, Connecticut, como teloneros
de Johnny Winter. Y Stories, la banda que había compuesto «Brother Louie», también
participaba en ese bolo, pero nosotros ni figurábamos en el cartel. Se apagaron las
luces, la gente empezó a gritar y nosotros pensamos: «¡Joder, nos conocen, va a ser
buenísimo!», creyéndonos famosos, pero el público creía que éramos los Stories.
Después de una canción, me parece que de algún modo insultamos al público y
empezaron a abuchearnos y a tirarnos cosas, botellas, latas, de todo. De manera que
lo único que queríamos era acabar la actuación cuanto antes y largarnos. Fue un
desastre, porque nosotros no estábamos preparados para una cosa así, y aunque tocamos muy bien, en cuanto salimos, los de Blue Sky nos dijeron que no nos
querían, así que nos metimos en la furgoneta y nos fuimos a casa. Fue un viaje
nocturno y silencioso: no sacamos un duro porque no llegó a haber audición, y sin
embargo no me recuerdo desilusionado.
Era el verano de 1975 y todo parecía ir bien. Habíamos conseguido una buena
cantidad de seguidores y llenábamos el CBGB siempre que tocábamos. Fuimos los
primeros en subir el precio de la entrada de tres a cuatro y a veces hasta a cinco
dólares. Como lo concebíamos como un negocio, poníamos a nuestro propio hombre
en la puerta para asegurarnos que no nos engañaban, y menos de una semana después
del desastre del Palace, tocamos en el Festival Rock del CBGB con Blondie, los
Talking Heads y otros grupos, y parecía que éramos los mejores.
Rolling Stone cubrió el festival con un artículo a página completa que en su
mayor parte estaba dedicado a los Ramones, después a los Talking Heads y por
último al resto de los grupos, a los que apenas se mencionaba. Yo creía que seríamos
unos gigantes, la mayor banda del mundo, y que cambiaríamos la música con la
corriente que íbamos a liderar. Como los Ramones éramos sin discusión los mejores
en ese momento en el CBGB, fuimos nosotros los que sugerimos quiénes debían
participar en el festival, porque nos importaba mucho asegurar que sería un buen
concierto, y teníamos, por tanto, que garantizar que los grupos que escogíamos iban a
servir para iniciar nuestro movimiento. Yo supuse que haríamos una actuación
conjunta con las demás bandas y tocaríamos en el mismo escenario. Tenía grandes
aspiraciones y sabía que para iniciar un movimiento necesitábamos incluir otros
grupos y conseguir influir en los jóvenes para que fundaran nuevos grupos, y que
para eso no podíamos estar ahí fuera nosotros solos.
También estábamos entonces grabando algunas cosas: hicimos nuestra primera
demo en febrero del 75, en un estudio de Long Island, que contenía la mayoría de las
canciones de nuestro primer álbum. Nos llevó un par de días y nos costó mil dólares:
grabamos unas quince canciones en esa sesión, y algunas están en la reedición en CD
de nuestro primer álbum que hizo Rhino en 2001.
También estábamos por entonces buscando a un mánager que pudiera ayudarnos a
subir al siguiente nivel, alguien bien relacionado. Danny Fields había sido publicista
en Elektra Records, había trabajado con los Doors y había conseguido contratos tanto
para los Stooges como para MC5, de manera que, con tales credenciales, pensé que si
había alguien que podía entender lo que estábamos haciendo, era él. Era una persona
importante en el medio y conocía a mucha gente cool, y eso a nosotros nos
impresionaba. Como escribía una columna sobre música en el Village Voice, le
escribimos desde Loudmouth Productions para invitarlo a nuestros conciertos, pero
cuando lo conocimos en la primavera del 75 y le pedimos que fuera nuestro mánager,
no lo conseguimos porque no quería dejar el puesto fijo que tenía como editor de 16 Magazine. Sin embargo estuvimos consultándole de tanto en tanto durante seis meses
sin que fuera todavía nuestro mánager.
El 19 de septiembre grabamos la demo de dos canciones, «Judy Is a Punk» y «I
Wanna Be Your Boyfriend», con Marty Thau en un estudio al norte del Estado. Él
había sido parte del equipo directivo de los Dolls y quería ser nuestro productor, no
nuestro mánager, pero Tommy se había adherido al papel de productor.
Mandamos cinco canciones de las que habíamos grabado a distintas empresas
discográficas pero nos las devolvieron enseguida. Podía verse cómo habían
rebobinado la cinta tras haber oído sólo la mitad de la primera canción: se tomaron
treinta segundos de molestias, pero nosotros no tuvimos la impresión de que nos
hubieran machacado nuestra música. Lo que nos preguntábamos era qué les pasaba,
así que llamamos a la Warner Bros. y nos dijeron que sonábamos como Led Zeppelin
pero en malo.
Tocamos tres noches seguidas de octubre, el 3, 4 y 5, en el Mothers junto a
Blondie y tuve una discusión con Debbie Harry por el reparto del dinero de la
entrada. Ella decía que debíamos repartirlo 50 – 50, pero yo dije: «Pero tíos, si nadie
ha venido para escucharos a vosotros; ¡están aquí por nosotros!». Acabamos
repartiéndolo 70 – 30, pero ella se quedó resentida: nunca me llevé bien con Debbie.
Johnny con Chris Stein y Debbie Harry, de Blondie, en el pasillo del CBGB. Stiv Bators, de los Dead Boys, y
Jimmy Destri, de Blondie, conversan a la derecha [foto de Stephanie Chernikowski; ©JRA LLC].
Éramos de verdad buenos en aquellas actuaciones, y fue entonces cuando los de
Sire se decidieron a contratarnos. Incluimos tanto las canciones que figuraron en nuestro primer álbum como las del segundo, pues ya teníamos material para llenar
dos álbumes. Craig Leon, que era el cazatalentos allí, y Linda Stein nos presentaron a
Seymour Stein, el director general de Sire, y tocamos para él. Nos ofrecieron un
contrato de grabación con Sire y Danny decidió que dejaba 16 Magazine y que se
embarcaba con nosotros en noviembre como nuestro mánager.
En enero de 1976 firmamos un contrato en el loft de Arturo Vega, que fue un sitio
en el que se urdieron muchos de los asuntos artísticos de los Ramones y todos
funcionaron. Yo estaba feliz aquel día y Arturo estuvo un rato con nosotros antes de
hablar conmigo. En cierto sentido, trabajó para nosotros desde el principio y a mí no
me parecía que se ocultara sino que estaba ahí.
Fue un invierno frío y helaba todos los días cuando íbamos al estudio de
grabación. Como aún tenía el Vega, me iba en coche al trabajo, que estaba en Plaza
Sound; nosotros grabábamos en el Radio City Music Hall. Me gustaba trabajar de día,
era como volver a tener un horario normal, como cuando instalaba calefacciones,
salvo que en lugar de fiambrera, llevaba una guitarra.
Enseguida tuvimos problemas por las cosas nazis de las canciones y lo
intransigentes que se mostraron: decíamos «Hoy tu amor, mañana el mundo», pero
con la frase «Soy una muñeca nazi» ya tuvimos que decirles «¿Pero vais a
intervenir?». No queríamos cambiar nada y aunque a mí no me gustaba la impresión
que estábamos dando, hicimos algunos cambios: dejamos «Soy una schatze nazi»,
así, en alemán, pero Dee Dee lo había escrito en inglés. También lo cambiamos
algunas veces por «Soy un guardia de asalto»; como el texto original no estaba muy
pensado, cambiarlo no importaba demasiado. La verdad es que éramos ingenuos,
pues de haber sido importantes, la prensa nos la habría montado, y no digamos si lo
sacamos hoy. Pero Joey era judío y lo cantaba, y era la historia de un chico alemán en
un pequeño pueblo de Alemania. En todo caso, mantuvimos las letras originales hasta
el final de nuestra carrera: no hay más que comparar la frase que abre la versión del
álbum con cualquier impresión que se haya hecho de las letras de algún directo
grabado. Me gustaría saber si alguien ha notado alguna vez la diferencia.
Tiempo después también nos dieron la bulla por una frase de la canción «Wart
Hog», que decía «yonquis, maricones, comunistas y nenazas». Gary Kurfirst, nuestro
mánager de entonces, me llamó y me dijo que estaba recibiendo quejas por la frase.
Pero para entonces —eso fue en el 84—, yo ya había aprendido, así que le contesté:
«¿Y quiénes se quejan, los yonquis, los maricones, los comunistas y las nenazas?», y
le dije que ni hablar de quitar eso de la grabación. Pero no apareció en la separata con
las letras, aunque no me importó porque esa hoja me daba igual. Ahora bien, en el
interior del álbum, donde van las canciones, en «Wart Hog» puede verse un vistoso
subrayado bajo ese verso, y la versión ampliada y remasterizada en CD de 2002 trae
todas las letras. Para entonces esa canción era la favorita de nuestros fans. La escribimos Dee Dee y yo y era una de las que más me gustaba cantar en directo.
Y las primeras canciones… ¿sobre qué íbamos a escribir, de chicas? La verdad es
que no las teníamos, así que como o éramos artistas o nada, escribimos sobre cosas
sencillas que podíamos contar. Nos parecía que los comunistas y los nazis eran
graciosos, que también era divertido esnifar pegamento, pero ni pensábamos que
había gente que se lo metía. Escribíamos las canciones y nos reíamos pero no nos
parecía que estuviéramos pirados, sino que éramos una banda de rock normal; sin
embargo, muy pronto se hizo visible que estábamos algo descentrados.
Empezamos a grabar nuestro primer álbum el 2 de febrero del 76 y lo mezclamos
el 19, aunque, acostumbrado sólo a tocar en directo, no entendía por qué se tardaba
tanto. Yo imaginaba que uno iba allí y en un día tocaba las canciones, y al siguiente,
las cantaba; nosotros le metíamos mucha caña porque éramos conscientes de que el
dinero que allí se gastaba era nuestro y que al final teníamos que devolverlo. Así que
cada vez que el ingeniero me preguntaba qué pensaba de una toma, yo le contestaba:
«¡Puf, la mejor que he tocado. No creo que pueda volver a repetirlo así de bien!». Y a
la siguiente.
En ese estudio me encerraron también en una pequeña habitación para que tocara
sólo con auriculares; a mí me extrañó pero yo no sabía nada; y sin embargo siempre
era yo el que contestaba si había preguntas del resto del equipo. Y yo le preguntaba a
Tommy porque él sabía más sobre lo que teníamos que hacer. Grabamos las
canciones en el mismo orden en que las tocábamos entonces en nuestras actuaciones,
un patrón que también seguimos en nuestros dos álbumes siguientes. Hasta en eso
éramos los Ramones una unión de hábitos.
Teníamos que sacarnos una foto para la cubierta, pero a ninguno del grupo le
gustaba que le hicieran fotos. Para mí iba a ser desagradable porque lo odiaba desde
niño. La tomó Roberta Bayley; yo no la conocía pero iba al CBGB y había hecho la
famosa foto frente al chiringuito que salía en la contracubierta del primer álbum de
los New York Dolls, así que tenía credenciales. La sacó en la calle 2 entre el Bowery
y la Segunda Avenida, no lejos del CBGB, la zona por donde se suponía que nosotros
íbamos, y nos gustó el muro de ladrillos rotos sobre el que estamos apoyados. Y a
partir de esa, al principio nos sacamos la mayoría de las fotos por ahí, porque como
no era un barrio colorido, era perfecto para el blanco y negro
Para la cubierta de nuestro primer álbum, me puse enseñando el dedo medio, y
aunque no lo tuve erecto toda la sesión de fotos, que duraría quince, veinte o tal vez
treinta minutos, la compañía escogió una de esas fotos. A mí me encantó pero me
mosquea que no lo haya comentado nadie en todos estos años. La verdad es que me
sorprendió que la usaran y como yo quería ver si mi dedo colaba, hasta creí que se la
había metido a todos cuando en realidad era justamente lo que esperaban de nosotros.
Era una buena cubierta pero sigo creyendo que no tanto como la de Rocket to Russia. En realidad lo único que les decía a los fotógrafos es que se dieran prisa porque no
estaba dispuesto a pagar un montón de pasta por una foto.
A pesar de que nunca he llevado reloj, me gustaba ajustarme a un horario y ser
puntual: casi nunca me retraso: procuro llegar cinco minutos antes y me voy cuando
me toca, incluso con el dentista. He sido así toda la vida; por ejemplo, no llegué
nunca tarde al colegio. Siempre he pensado que si hacía algo, debía tomármelo en
serio y hacerlo lo mejor posible, y lo aplicaba también cuando trabajaba en la
construcción, aun cuando nunca creí que fuera definitivo. Entretanto, y mientras
hacían las mezclas de ese primer álbum y lo preparaban para su lanzamiento,
nosotros seguíamos tocando donde podíamos.
Johnny a la guitarra grabando el primer álbum de los Ramones; Nueva York, febrero de 1976 [foto de Danny
Fields; ©JRA LLC].
Encargamos un nuevo equipo después de cantar con Sire pero tardó un tiempo en
llegar; abrí aquellas cajas que traían mis nuevos amplis Marshall en el loft de Arturo,
que era donde nos las habíamos hecho llevar. El 10 y el 11 de mayo tocamos en el
Bottom Line con Dr. Feelgood, y usamos por primera vez los amplis nuevos: cuatro
cajas enormes interconectadas. Era un trueno, y yo estaba acostumbrado a darle al
potenciómetro del otro equipo hasta el diez, así que le di, sin conciencia del volumen
que éste podía alcanzar. Vi cómo la gente retrocedía de lo alto que petaba y yo no
pude oír nada durante una semana. Supuse que se podía mejorar y bajé las cajas del
fondo pero dejé las otras dos a tope: siempre usé los amplis a diez. Tengo buenos
oídos y no necesito poner alto la tele, aunque hay frecuencias que no oigo bien y a
veces no oigo el teléfono y no lo cojo, y si alguien que me está hablando se gira, ya no lo pesco.
Joey, Tommy y Johnny tonteando en el estudio durante la grabación de su primer álbum en febrero de 1976 [foto
de Danny Fields; ©JRA LLC].
Vi nuestro primer álbum en el Alexander, seguramente el mismo día que salió, el
23 de abril de 1976. Ahí estaba, precioso, era como la primera vez que me oí en la
radio, y encima sabía que teníamos otro en camino y que sería aún mejor: nos servían
para darnos subidones. Los discos se volvieron el acicate para investigar y mejorar.
Al principio me pareció que la demo que habíamos hecho era mejor que el álbum,
pero luego me di cuenta de que el disco era realmente bueno y que Tommy había
hecho un trabajo excelente.
Johnny con Joe Strummer durante una fiesta en casa de su amigo Gerry Harrington (abril de 2002) [©JRA LLC].
Luego me hicieron gracia algunas de las críticas que aparecieron: unos nos veían
como roqueros de tebeo y otros trataban de intelectualizarnos aparatosamente. La
verdad es que nos lo tomábamos en serio y tratábamos de ser buenos, pero no
pretendíamos que hubiera detrás de ello nada más que diversión y rocanrol, eso era
todo. Nos bastaba con que la gente disfrutara.
El disco estaba en la calle pero no teníamos ninguna gira ni ningún agente que
nos moviera en Estados Unidos, así que decidimos ir a Inglaterra. Danny nos
consiguió conciertos allí y tocamos en Roundhouse y luego en Dingwalls, en ambas
ocasiones con Flamin Groovies. Tocamos bien allí, frente a dos mil personas y nos
gustó; era un lugar, además, con historia en la creación musical. Fuimos a las tiendas
de discos, pero todo lo que me interesaba ya se tocaba o llegaba a nuestro país,
aunque no empecé a cabrearme de verdad con las giras trasatlánticas hasta el año
siguiente, que fue cuando me di cuenta de que odiaba no estar en América.
En aquel viaje nos dimos cuenta de que algo estaba pasando allí. Salimos con los
Damned, con los Clash y con los Sex Pistols y todos fueron a vernos a nuestros dos
conciertos. Todos eran chicos que se vestían cool, que era lo que necesitábamos para
nuestro movimiento. En ese momento éramos conscientes de que estábamos
cambiando la música y que estábamos en la avanzadilla de algo nuevo pero que no
podíamos hacerlo solos, y esas eran la gente y las bandas que podían ayudarnos:
necesitábamos esa invasión británica. Hacíamos nuestro movimiento a imagen de los
Beatles y nosotros éramos en él los Beatles, pero nadie más formaba parte.
Esa fue la primera vez que vi a los Clash y cuando volví a verlos, en los
conciertos de su gira por su segundo disco, Give’Em Enough Rope, pensé: «¡Joder,
son tan buenos como nosotros!». Fueron los únicos que de verdad se nos acercaron.
Los vi durante el ciclo de su primer álbum y también más tarde, cuando le habían
puesto demasiado reggae a sus canciones, pero durante aquella gira por su segundo
disco, eran de verdad grandes. Cada banda alcanza su cumbre en algún momento y
esa fue la suya: lo mejor que podían ser.
El resto del año fue tocar en sitios donde no habíamos estado, como Detroit,
Atlanta y Los Ángeles, y movimos a Monte Melnick de encargado de equipo a
encargado de giras. Teníamos esporádicos agentes que nos conseguían conciertos y
luego íbamos dejando de verlos. También tocamos un par de veces, el 11 y el 12 de
agosto, a entrada compartida con Flamin Groovies, en el Roxy de Los Ángeles, y
otras dos noches, las del 16 y 17, tocamos por nuestra cuenta en el Starwood.
Nos encantaba Los Ángeles y nosotros a ella. Nos presentaron a Rodney
Bingenheimer, que era un tío encantador y fuimos a su programa en KROQ; desde
entonces Los Ángeles fue un sitio amigable para nosotros. En total hicimos trece
actuaciones en el área de LA y San Francisco y durante ese tiempo el disco llegó a estar el 114 de las listas. Yo lo verificaba continuamente. El 26 de agosto fuimos a
Disneylandia; a mí me encantaban la montaña rusa y esas cosas y aunque tenía
reparos de ir con la banda, lo pasamos bien. La verdad es que disfrutaba en esos
parques y estuve en Disneylandia tres veces y en Disney World, veinte, donde subía
al Thunder Mountain y al Splash Mountain.
Las reglas que nos habíamos fijado para las giras seguían vigentes: nada de
comida porque si no la furgo apestaba; también estaba prohibido fumar tabaco en la
furgo, pero se autorizaban los porros. Dee Dee tenía un problema con los porros,
fumaba muchísimos, y mientras estuvo con los Ramones los demás trataron de que
fumara menos, pero a mí me parecía que tocaba mejor colocado porque se
apaciguaba.
Llevábamos a nuestras novias a las giras, que era raro entre las bandas, pero no
nos importaba porque no nos rodeaban las chicas fáciles en los conciertos, salvo
quizá en California o Texas. Y las que había eran sobre todo punks o inadaptadas, de
las que no nos gustaban. Por divertirme, solía escudriñar la sala donde tocábamos y si
había alguna chica guapa, casi siempre estaba al fondo, y ese debía de ser el motivo
por el que los muchachos tampoco las buscaban seriamente. Y me consta que los
estándares para el resto del equipo eran aún más bajos, así que yo me llevaba a mi
chica.
Al principio compartíamos habitación, Tommy y yo, y Dee Dee y Joey, pero a
partir del 77, cada uno tenía la suya, y con mayor razón a partir de que empezamos a
llevar a las novias. Como ya trabajábamos seguido, y a pesar de que ganábamos
todavía muy poco dinero aunque íbamos a ganar más, lo primero que hicimos, antes
incluso de que subieran los ingresos, fue destinar dinero para habitaciones propias, y
no hubo ninguna queja.
Estaba, eso sí, el asunto obsesivo compulsivo de Joey, que sí nos causaba
auténticos problemas. Tenía un comportamiento errático, como el que va tocando
cosas mientras anda por la calle, y estaba siempre enfermo, incluso al principio del
viaje, y ya en la carretera nos había forzado a cancelar giras, además de que llegaba
tarde a todas partes. Teníamos que mandar a Monte a su apartamento una hora antes
para conseguir que estuviera en la furgo. Para mí era imposible entender ese modo de
ser, y me parecía que era pura irresponsabilidad y desorganización. Cuando lo veía
subir y bajar las escaleras mientras lo esperábamos, no quería ni saber qué le pasaba
porque lo único que me interesaba era resolver el problema y llegar al trabajo a
tiempo. Esa era la gente con la que trabajaba, y había trabajo que hacer.
A veces decía «no nos podemos ir» o tenía que volver al hotel, y Monte tenía que
encargarse, pero si, por lo que fuera, no podíamos regresar, Joey se encabronaba, y no
creo que yo fuera el único en verlo. Los fans se daban cuenta también cuando lo
veían por ahí metiéndose de todo, y eso no era del todo malo, como lo habría sido de haber sido nosotros unos modelos de buena salud, que había que estar chalado para
pensar algo así: al fin y al cabo éramos los Ramones. Pero yo no quería saber nada de
eso, esa parte de su vida no me importaba nada.
Ahora bien, no llegamos nunca tarde a un concierto porque establecimos desde un
buen principio que la actuación era lo más importante y que nadie podía
emborracharse antes de un concierto. Así que en cuanto a vicios, yo me tomaba dos
cervezas antes de cada concierto, una Bud o una Millar o una Coors, una que fuera
americana, pero Joey tenía problemas con la bebida y siempre andaba por ahí con
alguien. Con Tommy no había problemas: no tenía más vicio que el tabaco. Y Dee
Dee… lo que sea.
Más tarde, ya en los noventa, nadie bebía: Joey lo había dejado, Mark también.
Mark empezó a tener problemas con el alcohol progresivamente tras ingresar en el
grupo, y tocó borracho en algunos conciertos. Y yo ya nunca me tomé más de tres
cervezas después de los veinte años, aunque he fumado canutos toda la vida. Pero los
porros no me afectan demasiado, no más que tomarme una cerveza. Tal vez haya que
despenalizar los porros aunque hay que impedir que los chicos anden por ahí todo el
día fumados, así que no se podrá legalizar nunca porque los chicos la consumirían
seguro. Si consiguen cigarrillos, no hay ninguna razón para creer que no conseguirían
también canutos. Considero que los porros no son buenos para ti, como tampoco es
bueno para ti el alcohol, aunque sea legal desde hace mucho tiempo.
En octubre del 76 nos volvimos a meter en el estudio para grabar nuestro segundo
álbum, Leave Home. Yo escribí la mayor parte de mi contribución en el piso de
Forest Hills antes de dejarlo para mudarme a Manhattan. En casa no tenía ampli, sólo
la guitarra eléctrica, así que lo grababa en una casete y lo reproducía luego en los
ensayos. Producíamos mejor, empezábamos a tocar algo más rápido y teníamos
muchas canciones acumuladas: estábamos en buena forma para ese disco. A mí me
gusta mucho y creo que es uno de los mejores, y quizá lo prefiera al primero, y
empleamos más o menos el mismo tiempo en grabarlo si no más, pero ya me cogió
con experiencia, así que todo fue rodado.
El título remite a los Ramones abandonando Nueva York para irse de gira por
Estados Unidos y por el mundo, aunque también coincidía con un asunto personal
mío de entonces. Yo me había casado a los veintitrés años, en el 72, porque estaba
convencido de que era lo adecuado para afianzar mi vida, pero en el 76 ya estaba
cansado y creía que me había casado demasiado joven. Y cuando me metí en la
banda, empecé a tener problemas de comunicación con mi mujer, me costaba hablar
con ella, y encontré a otra. Se llamaba Roxy aunque su nombre real era Cynthia.
Dejé a mi mujer a fines del 76 y me fui de Forest Hills, primero a Gramercy Park
y después a un piso en la 10 este entre la Tercera y la Cuarta avenida. Por entonces la
banda funcionaba bien y el disco nuevo estaba saliendo: acabamos 1976 habiendo tocado setenta y tres conciertos. Estaba seguro de que podíamos ser grandes;
calculaba dedicarme a ello cinco años y luego meterme en el negocio del cine, como
director o de alguna forma de productor, y poder así dirigir películas de terror de bajo
presupuesto. Al principio no era más que una idea pero se fue haciendo más seria con
el tiempo: siempre he necesitado tener un ojo puesto en el futuro aunque sin
demasiados planes para no abrumarme. Y creo que me volví un delincuente porque
no sabía qué hacer y estaba asustado, por eso pensaba que después de los Ramones
me habría hecho un nombre suficientemente grande para trabajar en la industria del
cine. Veía las películas como mi futuro y la música para cinco años porque nunca
supusimos que la banda iría mucho más allá de eso.
En el Whisky a Go Go de Los Ángeles, diciembre de 1978 [foto de Jenny Lens; ©JRA LLC].