Commando. Autobiografía de Johnny Ramone
Prólogo
Johnny en Aquarius Records, San Francisco, agosto de 1976 [foto de Jenny Lens; ©JRA LLC].
Era el poder de la guitarra: salía ahí sabiendo que éramos los mejores, que nadie
se acercaba siquiera. El volumen era mi cómplice y jamás usé tapones para los oídos.
Eso habría sido un engaño.
Una vez retirados nos incluyeron en el Salón de la Fama del Rock, alcanzamos el
número uno en muchas encuestas de aficionados e incluso la revista Rolling Stone me
clasificó como el decimosexto mejor guitarrista de la historia.
Mas a pesar del éxito, mantuve la furia y la intensidad durante toda mi carrera.
Tenía una imagen y esa imagen era la ira: yo era el sujeto de la mirada hosca, el
ceñudo, el abatido, y me aseguraba de aparecer así en las fotos. Los Ramones eran lo
que yo era, de modo que yo debía ser lo que toda esa gente veía en el escenario.
Tanto mi yo real como la imagen de ese yo le arrearon una soberana paliza a
Malcolm McLaren en el minúsculo backstage del Whisky a Go Go de Los Ángeles
en 1978. Ese local es un magnífico club de Sunset Boulevard con capacidad para
unas trescientas personas y un extraordinario historial que incluye a gente como los
Doors, los New York Dolls o los Stooges.
McLaren y mi novia estaban charlando y de repente decidí que ya no quería verla
hablando con él, así que la llamé para que viniera conmigo, que estaba a dos pasos.
Oí que McLaren le preguntaba «¿qué le pasa a éste?». Yo me fui hasta él y le dije
«¿que qué me pasa?», y le aticé un puñetazo en la cara que lo tumbó de espaldas.
Como aún no había terminado, agarré el bajo de Dee Dee para rematar la faena, pero
la gente intervino y se lo llevó a toda prisa.
La rabia empieza en la adolescencia y nunca te abandona del todo. Yo bajaba del
escenario con la mala leche puesta, aunque se mitigó tras retirarme en 1996. Y si la
retirada me ablandó, el cáncer de próstata que me diagnosticaron en 1997 hizo el
resto. Me ha cambiado y no estoy seguro de que me guste el cambio: me ha
suavizado y prefiero el yo de antes. Ya no me quedan fuerzas ni para cabrearme, y
eso te mina la moral. He luchado con todas mis fuerzas, aunque sospecho que la
enfermedad acabará ganando la partida, pero odio perder, lo he odiado siempre. Me
gustaba estar colérico porque eso me daba vigor y me sentía más fuerte.
Cuando era joven estaba siempre al borde del estallido. Iba con Linda, mi mujer,
al Limelight de Nueva York y veía gente a la que podía congelar sólo con la mirada.
Muchos tenían tanto miedo que incluso temían decirme que la gente me temía.
Johnny con los Ramones en el Palladium de Nueva York el 7 de enero de 1978 [foto de Stephanie Chernikowski;
©JRA LLC].
«CON LOS RAMONES TE LO PASABAS DE
MIEDO,
Y CUANTO MÁS INTENSO, MEJOR.
EN NUESTRAS ACTUACIONES HABÍA
VIOLENCIA.»
Me daba cuenta de que algunos se sentían incómodos conmigo, y no es que yo lo buscara, pero ocurría.
La verdad es que nunca sentí que perdía la cabeza: era sólo mi manera de vivir.
Yo era el matón del barrio. Una vez, antes de que formáramos el grupo, le zurré
incluso a Joey, nuestro vocalista, allá en nuestro barrio. Yo tenía veintiún años y él
diecinueve; habíamos quedado para ir al cine, pero como llegó tarde le metí un buen
puñetazo, y es que no tenía ninguna excusa para llegar tarde.
Luego, cuando empezamos a tocar con la banda, reñíamos como cualquier
pandilla de tíos, y muy al principio hasta nos peleábamos en el escenario por la
canción que íbamos a tocar; nos gritábamos «¡vete a tomar por culo!» y cosas por el
estilo. Luego nos íbamos del escenario, volvíamos y tocábamos un rato más. En el
CBGB, sobre todo, donde empezabas a cantar y se estropeaba un ampli o algo así y
tenías que parar. Pero como ya nos había entrado la excitación y nos habían cortado
el rollo, pues uno de nosotros, casi siempre Dee Dee, aullaba «¡¿qué coño pasa?!», y
alguien le contestaba que se callase, y ya se armaba, como si estuviéramos todavía en
un ensayo. Conseguimos salir de eso cuando decidimos que tocaríamos las canciones
muy rápido.
Y cuando empezamos a ir de gira, un par de veces, en gasolineras de carretera,
tuve que darle un guantazo a Dee Dee para que volviera a la furgoneta. Una vez le
solté una galleta frente al hotel Tropicana de Hollywood: estaba ciego con algo, como
siempre. Me caía bien, pero desde luego le encantaba dar la lata.
Marky, nuestro segundo batería, y yo podíamos pasar meses sin hablarnos por
cualquier estupidez, como quién tenía que firmar esto o aquello. Estábamos en Japón,
se le había rajado un platillo y pensé que podíamos firmarlo todos y venderlo. La
bronca vino por eso; él insistía en que debía firmarlo sólo él porque era el batería, y
yo decía que para un fan era mejor un platillo firmado por todos. Acabamos
firmándolo todos y lo vendimos.
Con Joey trataba de entenderme, de hablar con él, pero la cosa se fue estropeando.
Y es que era un puto pelmazo, así que desistí.
La verdad es que vivía rodeado por unos cafres, de manera que, aparte de los
mánagers, yo debía ocuparme del negocio: los demás eran un desastre, iban a su bola
y no se enteraban de nada. Viajábamos en una furgoneta y cada quince minutos había
alguien que quería parar, así que decidí que pararíamos cada dos horas. De lo
contrario no habríamos llegado nunca a ninguna actuación.
Los Ramones se basaban en la agresividad, pero equilibraban eso con el jolgorio
de dibujos animados que mucha gente parecía ver en nosotros, así que nuestra ira
quedaba casi siempre diluida para el público.
Era tal mi obstinación por hacer de nosotros la mejor banda del mundo que estaba
dispuesto a lo que fuera para lograrlo sin renuncias o concesiones.
La primera vez que tocamos en el CBGB, se acercó Alan Vega, de Suicide, y nos dijo que éramos el grupo que estaba esperando y que éramos grandiosos, que éramos
increíbles, y entonces le dije a Dee Dee: «Mira, si hemos embaucado a éste quizá
podamos embaucar a otros». En aquellos días iniciales, cada vez que conquistábamos
a un nuevo fan me decía «otro incauto que se lo ha tragado», hasta que un buen día
me di cuenta de que éramos realmente buenos.
Y es que la gente veía algo con raíces profundas, aun cuando era un rocanrol
depurado. Lo que hicimos fue quitarle al rock todo lo que no nos gustaba y usar el
resto, de manera que no quedaran influencias del blues, ni largos solos de guitarra, o
sea, nada que pudiera interponerse en el desarrollo de las canciones.
Con los Ramones te lo pasabas de miedo, y cuanto más intensos mejor. En
nuestras actuaciones había violencia: había peleas, había sangre. Yo me habría
aburrido salvajemente si no hubiese habido salvajadas.
Un día, a principios de los noventa, cayó en mis manos un espray de gas
lacrimógeno, cortesía de un expoli de Nueva York que trabajó con nuestro equipo
durante un concierto en Washington, D. C. Era un artilugio serio, un bote grande que
te ocupaba toda la mano, no una de esas pijaditas que llevan las mujeres. Supuse que
él sabría manejarlo y le dije que estuviera preparado para rociar a la gente en un
determinado momento de la actuación. De manera que se colocó tras la columna de
altavoces y empezó a fumigar: fue tremendo, una maravilla, como si hubiera caído
una bomba: las cervezas volaban y todo el mundo corría con la cabeza empapada.
Eso era una actuación de los Ramones.
Concierto de los Ramones en el Whisky a Go Go de Los Ángeles el 16 de febrero de 1977 (con Blondie de
teloneros) [foto de Jenny Lens; ©JRA LLC].