Commando. Autobiografía de Johnny Ramone
Capítulo 3
En el Whisky a Go Go de Los Ángeles en 1977 [foto de Jenny Lens; ©JRA LLC].
Podía ser ridículo pero nos daba confianza: estábamos tocando cinco noches
semanales con Blondie de telonera, a dos actuaciones por noche a cinco dólares la
entrada, lo que nos dejaba sobre unos trescientos. Así que empezábamos de verdad a
creer que éramos buenos.
Nos íbamos de casa en febrero y hacíamos una gira de cuatro semanas por
Estados Unidos que empezábamos con aquellos conciertos en Los Ángeles. Era tanto
lo que me gustaba LA que en una entrevista dije que quería mudarme allí, y aunque
no lo dije en serio, pareció que sí lo era.
Un par de semanas antes de que nos echáramos a la carretera en apoyo de nuestro
disco, que era nuestra verdadera primera gira americana, dimos un par de conciertos
con Blue Oyster Cult a invitación suya. Y el 4 de febrero tocamos con ellos en el
Nassau Coliseum de Long Island, luego cogimos nuestros trastos y tocamos en el
CBGB con Suicide. Y a la semana siguiente abrimos para Blue Oyster Cult en
Poughkeepsie, y aunque aquellos grandes conciertos nos fueron algo mejor, tuvimos
todavía malas experiencias en grandes recintos y yo nunca conseguí disfrutar en ellos.
Por entonces, si estabas contratado ibas de gira con un grupo importante, porque
no había clubs donde tocar material original, pues estaban destinados principalmente
a grupos de prestigio. Mientras el sistema no se desarrolló, tocar música original en
un club fue una excepción, aunque tampoco había tantos grupos entonces como hay
hoy. Íbamos de pueblo en pueblo por todo el país y no había bandas en ningún lado,
pero dejábamos el germen de una cuando marchábamos porque los chicos que nos
veían se decían que ellos también podían hacer eso. Y así era con los Ramones en
todas partes: íbamos a los pueblos más pequeños a tocar en los locales más pequeños,
y de ahí salía una banda nueva.
El 8 de marzo, durante nuestro concierto en LA, conocimos a Phil Spector, que
nos dijo allí mismo que quería producirnos: se quedó con nosotros hasta tarde y nos
dijo que quería producir Rocket to Russia y Road to Ruin, pero era una oferta que
llegaba a destiempo. De hecho, a mí no me pareció nunca el momento, ni siquiera un
par de años más tarde cuando ya nos producía, pues Tommy aún pertenecía a la
banda y nuestro productor era él.
También volvimos a San Francisco para tocar en San José, Palo Alto y Berkeley
con gran éxito. En esos conciertos de la Costa Oeste recibimos por primera vez
auténtico reconocimiento en Estados Unidos fuera de Nueva York. Fue una buena
época la de LA: nos quedábamos en nuestro hotel, el Sunset Marquis, o sentados en
la piscina todo el día o por ahí. Yo nunca me aventuraba lejos del hotel cuando
estábamos de gira, prefería quedarme en mi habitación viendo la tele o, cuando
estábamos en Europa, leyendo un libro de béisbol o de cine o una biografía. Y eso
porque no solían tener televisión, o al menos no con programas en inglés.
Foto de Danny Fields [©JRA LLC].
Tocábamos en cualquier sitio donde consiguiéramos una actuación, y en 1977
tocamos 146 conciertos: en Pocatello, Idaho, tras viajar bajo una tormenta de nieve,
había trescientas personas; o en aquel sitio a las afueras de Austin, Texas, a más de
cuarenta grados de calor. Cuando fui a Texas por primera vez, en 1977, me pareció
que entraba en otro mundo y que era extrañísimo, pero con el tiempo, tras tocar en el
sur y en Texas, aquello me encantó. Pero aunque trataba de ignorarlas, siempre veía
en alguna parte aquellas miradas que me incomodaban, aunque sabía que no eran más
que buenos americanos desacostumbrados a ver cosas como nosotros.
Lidiamos con toda suerte de situaciones pero cumplimos casi todos nuestros
compromisos. Siempre estábamos tocando, bajo cualquier circunstancia: la noche de
año nuevo del 81 en Malibú, en el Lido Beach de Long Island tocamos a pesar de que
yo me había intoxicado con algo que comí y me había pasado toda la noche, y luego
todo el viaje de vuelta, vomitando; pero tocamos. Las únicas veces que fallamos
fueron una en Virginia Beach en el 81 porque Mark se pilló tal borrachera la noche
anterior en Columbus, Ohio, que era incapaz, y dos conciertos en Seattle en el 80
porque como me había quedado afónico, el hotel nos mandó un médico de unos
noventa y cinco años que, tras reconocerme, me puso una inyección que me produjo
una erupción por todo el cuerpo y nadie quería ni acercárseme por la pinta contagiosa
que tenía. Así que tuvimos que cancelar los conciertos y aplazarlos dos días.
«ME GUSTABAN LAS ENTREVISTAS A POCO
QUE EL PERIODISTA FUERA BUENO, PERO
SABÍA QUE NO ERA EL CASO EN CUANTO ME
PREGUNTABAN SI ÉRAMOS HERMANOS.»
Así que andábamos por ahí siempre tocando, asegurándonos de que cumplíamos
con nuestro público, de manera que si por cualquier motivo cancelábamos un
concierto, lo sustituíamos por otro enseguida. Era nuestro deber, especialmente en
aquellos pequeños pueblos como Johnson City, Tennessee, o Pocatello, Idaho, donde
no pasaban muchas cosas. A mí me gustaban esos sitios.
Si surgía algún problema con el portero del local, yo preguntaba a ver cuáles eran
las excusas, pues el asunto del dinero nos preocupó siempre, y establecimos hábitos
que ya nunca abandonamos, como lo relacionado con la lista de invitados. Nosotros
lógicamente no conocíamos a mucha gente cuando íbamos por ahí, es decir, sí
teníamos algunos amigos en LA, pero no en sitios como Dallas o Nashville, de
manera que establecimos, para Nueva York y Los Ángeles, un límite de cuatro o
cinco entradas para invitados por cada miembro de la banda. Lo de los invitados
podía llegar a comerse el dinero.
Como nuestra popularidad aumentaba, la prensa nos prestaba mayor atención y
nos entrevistaban más. Y a mí me gustaban las entrevistas a poco que el periodista
fuera bueno, pero sabía que no era el caso en cuanto me preguntaban si éramos
hermanos. Como no queríamos aparecer como una pandilla de retrasados, tratábamos
de alejar a la prensa de Joey y de Dee Dee y le dejábamos a Tommy las entrevistas,
que se le daban bien. Durante aquella primavera, en abril, tocamos en Boston, y al día
siguiente unos chavales de un periódico del instituto local nos dijeron que nos habían
escuchado desde el fondo de la sala y que no se habían atrevido a ir delante porque
habían oído no sé qué sobre nosotros. Y cuando les dije que delante se oía mejor y
qué era eso que habían oído, me contestaron que «vomitábamos sobre el público». La
lucha contra ese tipo de cosas era continua.
Sabíamos que no nos convenía que nos agruparan con las bandas que tenían mala
publicidad, y nunca entendí por qué lo hacían algunos. Nosotros éramos graciosos
aunque fuéramos también brutales y viscerales, pero lo único que a mí me importaba
era ser buenos y gustar a nuestros fans.
Cuando tocábamos en Inglaterra o en alguna otra parte de Europa, nos
encontramos la costumbre de gente que escupía a la banda, que yo odiaba. Y no los
podíamos pillar porque estaban en medio de la multitud; si pasaba en América, los
cogíamos porque era algo aislado y yo podía decirles a los de seguridad que sacaran a
los que estaban escupiendo. Es un insulto a la banda: escupir sobre cualquier miembro era hacerlo sobre todos. En Inglaterra, si había veinte chavales escupiendo,
a mí me arruinaban el concierto porque ya no me atrevía a avanzar por miedo a que
me dieran, pendiente de ver entre las luces y esquivarlos.
La primera semana de abril grabamos «Sheena Is a Punk Rocker», que se
convirtió en una de nuestras mejores canciones. La pusimos en lugar de «Carbona
Not Glue» cuando reeditamos Leave Home, porque nos llamaron de la empresa
Carbona y nos obligaron a quitarla porque decían que la canción inducía al consumo
de drogas. A mí me parecía que era simpática: ¿seguirá la gente haciendo semejantes
cosas?
Siempre grabábamos cuando no estábamos de gira, pues era un circuito: grabar,
gira, grabar, gira. Éramos buenos en estudio, yo trabajaba rápido y el grupo lo hacía
bien, y aunque Joey era lento reuniendo las letras y cantándolas todas, la parte vocal
se grababa aparte, y el resto siempre lo hacíamos rápido. Y para mantener el estudio
en movimiento, a veces yo tenía a alguien para tocar la guitarra. Yo tocaba el noventa
y cinco o noventa y nueve por ciento del tiempo, pero, por distintos motivos,
podíamos tener a alguien más. A veces otro músico podía aportar algo distinto a lo
que yo hacía y lo que a mí me importaba de cada disco era que fuera bueno, por lo
que nunca me pareció eso un problema ya que no era más que un pequeño extra que
mejoraba la canción. Yo le decía al guitarrista exactamente qué quería oír, cómo
quería que lo tocara y cuándo, y no era difícil porque contratábamos tíos que
conocíamos y con los que era fácil trabajar. Trabajar con Daniel Rey era siempre un
placer: lo conocimos al principio, cuando él estaba en el grupo Shrapnel, que nos
teloneó un montón de veces, y nos produjo nuestro último disco, ¡Adiós amigos!, en
donde toca los solos. Y Walter Lure, de los Heartbreakers, también era bueno; en
Subterranean Jungle, que salió en el 83, toca los rítmicos conmigo porque yo sabía
que aportaría algo diferente, y salió fantástico. Era tan chapucero, que era divertido,
pero cuando lo unimos a mi guitarra, sonó bien porque él tocaba aquello de las dos
notas en lugar de acordes, y como nadie podía tocar aquellos acordes con cejilla
como yo los tocaba, necesariamente tenía que hacer algo distinto. Ed Stasium, otro
productor con quien trabajamos, también tocó a veces: de él son las notas de algunas
canciones de base acústica de Road to Ruin, y Tommy es el que toca el acorde final
de guitarra en «You’re Gonna Kill That Girl» en Leave Home.
Y otro tanto pasaba con las letras: acabamos usando a Daniel para que ayudara a
Dee Dee con las canciones. Daniel conocía el grupo y cómo debía sonar y nos
servimos de él porque habríamos hecho lo que fuera para conseguir una buena
canción. En última instancia lo único que yo quería era tener un buen álbum y no
tenía por qué hacerlo todo, o sea, era parte del pragmatismo. Y además quería hacerlo
rápido porque era la única manera de que ganáramos algo de dinero: podíamos tardar
dos semanas o dos meses y seguiría siendo un disco de los Ramones.
Cuando miro atrás veo que podríamos haber empleado más tiempo en algunas
cosas, pero teníamos un margen de beneficio tan pequeño, que eso habría significado
trabajar por nada. Y esa era una de las cosas que habría cambiado de haber
conseguido un éxito en la radio, haberme tomado más tiempo en las grabaciones y tal
vez otros guitarristas para algunas canciones.
Para cuando Leave Home salió, ya parecíamos una banda profesional en el
escenario. Todo vino junto: Arturo nos diseñó el logo con el águila justo antes de que
saliera Leave Home, así que pudimos usarlo para la contraportada, y hasta teníamos
una escenografía profesional, que era parte de la evolución de nuestra imagen en el
escenario además de las luces. Arturo fue el primero que usó luces blancas para
iluminar a la banda, y a mí me gustaba porque quería un escenario iluminado.
En abril nos fuimos siete semanas de gira por Europa con los Talking Heads, lo
que supuso para mí una doble fuente de tensión: los Talking Heads y Europa. Estaba
al borde de la locura y quería suicidarme, todo me parecía miserable y Europa era un
lugar atroz: odiaba los hoteles, donde no podía llamar a casa desde mi habitación:
tenía que bajar al vestíbulo y luego esperar en mi cuarto la conexión. No quería ir a
ningún lado, no había nada en la tele, la comida era espantosa, toda aquella mierda
hervida o al curry. ¡Ni hielo tenían!, y me pregunto quién no tiene hielo. Odiaba
Europa.
Foto de Danny Fields [©JRA LLC].
Jerry Harrison, el que tocaba los teclados de los Talking Heads, me volvía loco:
por cualquier pregunta que le hicieras, podía hablar sin parar durante veinte minutos.
Eran todos intelectuales; Tina Weymouth era increíble: cuando una vez le pedí a nuestro encargado que me trajera la guitarra, ella me contestó que fuera a buscarla yo
mismo. Viajábamos juntos en un autocar que yo detestaba aunque no hablábamos
mucho con ellos. Yo no fui nunca grosero con mi equipo y era mi brusquedad cuando
decía «¿qué haces?» o «¡vete a tomar por saco!» lo que ellos tomaban por grosería.
Los Talking Heads eran universitarios educados y nosotros éramos chicos de barrio.
Gracias a todo eso, no me iba nada bien salvo los conciertos, que eran
extraordinarios y que eran lo único que me gustaba. Y a pesar de que más tarde llegué
a llevarme bien con dos de los Talking Heads, en aquel momento todos aquellos
factores combinados eran infernales.
Siempre querían parar durante el viaje para hacer turismo, pero cuando se
empeñaron en que paráramos en Stonehenge, ni salí del autocar: me cabreaba que nos
hubiéramos parado para mirar un montón de piedras, y tampoco dejé salir a mi novia.
Luego fuimos a Francia, donde, para mi estupor, la cosa todavía empeoró: nunca
he estado tan cerca del suicidio como ahí. No había ido nunca a Francia y jamás había
visto nada tan miserable; me desagradó enseguida. Hicimos una tirada larga hasta
Marsella y cuando llegamos no tenían ni electricidad para los equipos: nos quedamos
sin bolo. Tal vez no estaba bien sentir tanta hostilidad hacia Francia, pero no pude
evitarlo porque todo era asqueroso, y nunca me he reconciliado con el país: en un
hotel no tenía baño en la habitación y sólo había un retrete sucio y pestilente al fondo
del pasillo. En otro, la ducha estaba justo encima del váter; era peor que ir de
cámping, una comparación con la que a lo mejor estoy favoreciendo a Francia,
porque no he ido nunca de acampada. Le dije a nuestro agente que no volvería a tocar
en Francia jamás, aunque más tarde acepté hacerlo bajo la condición de no pasar allí
la noche. Y creo que no he vuelto a dormir en ese país tras aquel primer viaje y hay
que ver cómo han acabado tratándonos por razones políticas: un sitio repulsivo. Me
interesa tan poco, que haber tocado en París o en Pittsburg me es indiferente.
Johnny rumiando su desolación en Francia (1977) [foto de Danny Fields; ©JRA LLC].
En cualquier caso, estábamos en Europa para trabajar, y lo hicimos mejor allí que
en Estados Unidos, arrastrábamos más gente al menos. Aunque había por ahí
ciudades todavía más entusiastas, como Baltimore, y siempre me ha gustado actuar
en Toronto. Alemania no me gustó mucho al principio, aunque mejoró con los años:
era más moderna que el resto de Europa, y la prefería a Escandinavia, pero no a
España y a Italia. La comida en estos últimos países era mucho mejor, el tiempo más
agradable y la gente también mejor.
Los viajes al extranjero me agotaban, pues soy tan americano que cualquier otra
cosa se me hace difícil. Me irrita cuando trato de pedir la comida y no entienden lo
que digo: pido hielo y me traen un cubito y me tengo que tomar la Coca-Cola
caliente. Íbamos a un fast food y no podía pedir nada especial, como por ejemplo,
queso y ketchup y nada más, pues siempre te lo traían con algo encima que yo era
incapaz de comerme y que tampoco podía arrancar. Por no hablar de que era
imposible encontrar a alguien que hablara inglés en un Burguer King; eras afortunado
si lo encontrabas en los hoteles, donde la gente parecía más educada. Se agradecía ver
algo familiar, aunque normalmente yo no piso un McDonald’s.
Estaba feliz de volver a casa; enseguida tuvimos más conciertos, tres en el CBGB
con los Cramps y después de gira por Estados Unidos. En junio nos robaron la furgo
en Chicago. Fue la primera de las dos veces que nos desvalijaron en toda nuestra
carrera: se llevaron el tráiler completo; cuando bajé no había equipo. Perdí mi
Mosrite, la primera guitarra que usé con los Ramones, y aunque el seguro lo cubrió
todo, fue un lío tremendo. De todos modos, la gente del equipo, que sabía qué había y qué necesitábamos, se encargó de todo. Más adelante, también en Chicago, nos
volvieron a robar, pero esa vez tuve más suerte porque estaba trabajando con mi
guitarra en el cuarto de mezclas.
Ese verano nos propusieron grabar para el programa Don Kirshner’s Rock
Concert y yo dije que sí enseguida. Veía ese programa desde que empezó en los
primeros setenta, cuando iban los New York Dolls, Mott the Hoople y esa gente. Se
grabó el 9 de agosto en Los Ángeles, y como no permitieron la asistencia de nuestro
público, tocamos para veinte personas que no conocían nuestra música. Tocamos
doce canciones, yo rompí una cuerda de la Mosrite, pero no me dejaron reponerla y
seguí con la Rickenbacker. Tuvo su punto. Kirshner no estaba, pero seguramente
tampoco habría querido conocernos de haber estado.
Volvimos a casa dos días después y al poco murió Elvis Presley. Fue el 16 de
agosto y yo estaba en el Crazy Eddie comprando discos cuando oí la noticia por la
radio. Había estado justamente escuchando a Elvis en casa antes de salir mientras
terminaba de leer Elvis! What Happened?, de Red West, y me quedé muy
impresionado. Otro icono que se iba.
A finales de agosto grabamos la música para Rocket to Russia en siete días más
dos para los vocales. Fuimos y tocamos las canciones casi en el mismo orden en que
las habíamos escrito y fue nuestro mejor álbum. A mí sigue encantándome.
Dimos algunos conciertos fallidos con Iggy Pop en el este y en el medio oeste, y
tocamos con la mejor de las bandas que Iggy reunió después de los Stooges, con los
hermanos Sayles. Pero los conciertos los arruinaron gilipolleces típicas de estrellas
del rock: Iggy nos cogía luces cada noche, así que como cuando llegamos a Chicago
nos faltaba una luz roja, le dijimos que no tocábamos. Entonces nos dieron otra. Estas
cosas pasan de vez en cuando y lo sabemos: tocamos con Cheap Trick una vez y el
bajo se pasó una hora probando su instrumento así que nosotros no pudimos medir el
sonido. Y, claro, como esto no es una ciencia, nunca he entendido por qué hace la
gente semejantes cosas.
Ese año, después de una actuación en LA, conocí a James Williamson de los
Stooges, uno de los mejores guitarristas de todos los tiempos, y tal vez la única
persona que conocía que me intimidaba. Lo conocimos en el club donde habíamos
tocado esa noche, y Joey y yo fuimos luego con él a su casa a escuchar unas mezclas
de Hill City. Joey se llevó a una chica y hablaba con ella pero parecía que a
Williamson no le gustaba y los miraba fijamente; mientras, yo trataba de escuchar las
grabaciones y de disfrutarlas. Siempre lo encontré fascinante aunque muy altivo, y
nunca supe si había tomado algo o era sólo incomodidad ante una pandilla de
extraños. Pero sigo respetándolo: tenía mucha intensidad.
Las giras rodaban ya bastante bien, cada uno tenía bien definido su papel: yo
estaba trabajando, aquello no era un juego. Ese era mi carácter y Monte tampoco era de los que se desentendían. Yo no bebía ni me drogaba, aunque era diferente en casa,
claro, donde estaba más relajado, como tanta gente que trabaja. Pero tenía que
mantener a aquellos tíos a raya y conservar su respeto. Debía demostrarles que era yo
quien mandaba e impedirles hacer el gilipollas porque tenían que estar en buenas
condiciones y psicológicamente aptos para hacer bien su trabajo.
Pero también me gustaba divertirme de vez en cuando. En una ocasión le propuse
al equipo que se pusieran unas máscaras de lucha libre que había comprado en
Tijuana cuando estuvimos tocando, pero se negaron, aunque les insití: «Pero si es
broma; hay que ver lo aburridos que sois». Había comprado seis máscaras del Santo,
aquellas rojas, blancas y azules, e insistí para que se las pusieran pensando que
cuando los fans nos vieran con ellas, empezarían a traerlas a los conciertos. Pero ellos
no acababan de saber si lo decía o no en serio porque no estaban acostumbrados a
verme así.
Tenía que ocuparme también de otras muchas cosas, como de Joey, que siempre
estaba enfermo, lo pillaba todo; o de sus problemas de pies, que le dolía el dedo. Yo
le decía que se lo cortara, y se lo decía en serio, que no era más que un dedo pero me
contestaba que me fuera a tomar por culo. El único momento en que de verdad todo
funcionaba y nadie tenía problemas era el del escenario. Allí todos cuidábamos de los
demás.
Como en el 77 nos iba tan bien al otro lado del charco y vendíamos más discos,
volvimos a Europa en septiembre, volvimos a casa e hicimos algunos trabajos más, y
terminamos el año en Inglaterra, donde grabamos el disco It’s Alive la noche de año
nuevo en el Teatro Rainbow de Londres. En mi opinión, nuestra cumbre, nuestro
mejor momento, fue ese concierto de año nuevo del 77 al 78: nuestra plenitud como
banda.
Durante la grabación de It’s Alive tocamos probablemente el mejor concierto que
hayan dado los Ramones: sabíamos que lo estábamos grabando para un disco y lo
dimos todo: concentración y esfuerzo. En un concierto aburrido es imposible que no
se te vaya la cabeza, que pienses en volver a casa o te pongas a buscar chicas entre el
público. Es inevitable cuando has dado 2.263 conciertos a lo largo de tu carrera; no
hay deportista que esté todos los días en la misma plenitud psíquica que tiene el día
del partido importante. Pero cuando llegaba un gran concierto, mi concentración era
máxima, y cuanto mayor era el concierto, mejor tocaba y con menos nervios, porque
era lo que había estado esperando.
Y ese era el motivo de que no sudara cuando tocaba. La idea era estar relajado,
porque de lo contrario, me ponía nervioso y empezaba a sudar, así que trataba
siempre de controlarme. No estuve nunca nervioso en ninguno de los conciertos que
dimos; sabía que les gustábamos a nuestros fans y que lo haríamos bien, o con uno o
dos errores sin importancia. Ahora, sí empezaba a preocuparme si las cosas se derrumbaban, como por ejemplo si fallaba el equipo de sonido: había entonces que
localizar el problema y eliminarlo enseguida. Más tarde, antes del siguiente concierto,
lo hablaba con los técnicos del equipo y les decía, por ejemplo, que si mi guitarra
salía de sonido, que me desenchufaran y me conectaran directamente al ampli. La
verdad es que aprendimos muy rápido a manejar los problemas del equipo de sonido,
de que se fundieran los amplis. Y así nunca sudaba, como puede verse en las fotos.
Efectivamente, la gira por Inglaterra fue un éxito: asistieron dos mil ochocientas
personas al concierto de año nuevo, que era lo máximo que hasta entonces habíamos
conseguido. En Estados Unidos, lo máximo habían sido mil quinientas en un
concierto en Dallas ese verano, en el Electric Ballroom. Con el éxito, la gente nos
trataba mejor pero no creo que se reflejara en nuestra conducta porque lo llevábamos
con discreción y mantuvimos nuestros egos en su sitio. Ayudaba a que no se nos fuera
de las manos el que al día siguiente volvíamos a estar en el mundo real tocando en el
CBGB: nada había cambiado, tocábamos en el mayor concierto de nuestra carrera y
lo siguiente era otra vez tratar de encontrar algún bolo en algún perdido pueblo
americano.
Para esa última gira inglesa del 77, llegamos un día antes y vimos a los Sex
Pistols el 16 de diciembre. Tras el concierto, Johnny Rotten me preguntó qué pensaba
de ellos y le dije que apestaban, porque era cierto, a pesar de que sus discos eran
magníficos. Necesitaban ayuda; yo habría aumentado los amplis con unos Marshalls
para que se expandieran un poco: estaban siempre algo fuera de tono, así que
necesitaban el aparato de afinar y que el encargado de equipo le pasara a Steve Jones
otra guitarra mientras le afinaban la primera, y Sid Vicious no debía tocar; eran
mejores con Glen Matlock. También necesitaban una escenografía profesional en
lugar de aquella sábana pintada que usaban. Es decir, necesitaban un espectáculo más
profesional, de manera que no les habría sido difícil mejorar. De hecho, en general,
mejorar no sería difícil para la mayoría de grupos. Yo, tras ver a una banda, sé que
podría ayudarlos a que se presentaran mejor, siempre que quisieran escucharme, claro
está. Y estoy convencido de que mi talento siempre ha sido mi capacidad para
analizar este tipo de cosas.
En diciembre de 1977, los Sex Pistols iban a aparecer en Saturday Night Live,
pero cancelaron en el último minuto por un problema con sus visados o algo así.
Cuando los del programa nos llamaron para preguntarnos si queríamos sustituirlos,
les contesté: «Nosotros no sustituimos a nadie». Ésa fue la única oportunidad que
tuvimos de actuar en Saturday Night Live, tal cual: una buena jugada. Elvis Costello
fue en nuestro lugar, lo que probablemente determinó su carrera.
Aunque no teníamos difusión radiofónica, fue aumentando el número de famosos
que venían a vernos a medida que crecía nuestra fama. Bruce Springsteen nos vino a
ver en Nueva Jersey, y después del concierto se pasó por los camerinos a saludarnos con un par de amigos. Tiempo después escribió una canción para nosotros, «Hungry
Heart», pero cuando su mánager descubrió que nos la iba a dar, le dijo que no podía,
y acabó siendo uno de sus mayores éxitos. Y ya no volvió a escribirnos otra.
Elton John (con una chapa de Rocket to Russia) junto a los Ramones en el Rainbow Theatre el 31 de diciembre
del 77. Linda Stein está a la derecha de Dee Dee [foto de Danny Fields; ©JRA LLC].
También nos visitó Elton John en Inglaterra: abrí la puerta del camerino y ahí
estaba, de pie, solo. Me quedé muy sorprendido y le dije: «Si quieres pasar, pasa».
Parecía normal de verdad y nos sacamos una foto con él. Marc Bolan vino a vernos y
se sentó conmigo en la fiesta que hubo después del concierto; fue pocos meses antes
de que muriera, en el 77. Le gustaba hablar de sí mismo y de lo bueno que era con la
guitarra, y cuando lo pienso ahora me digo que debí preguntarle por su transición
desde lo acústico a lo eléctrico.
A Joey le gustaban esas cosas más que a mí. Cuando tocamos en el Old Grey
Whistle Test, Roger Daltrey estaba allí y Joey y Mark hablaron con él, pero les cayó
muy mal.
En cambio a mí, que era un fan de los Who, me daba igual conocerlo. No
levantaba mucho la vista para mirar a la gente porque sabía que también tenían
defectos. Años más tarde me hice amigo de Lisa Marie Presley, y ella me presentó a
Jerry Lee Lewis; fue cuando me llevó a Graceland en su gira privada y él fue a
vernos. Parecía la muerte misma, estaba pálido y no sé en qué andaría para tener los
ojos así de vidriosos: es un milagro que siga vivo. Pero fue impactante, y ese viaje a
Graceland lo he considerado siempre las mejores vacaciones de mi vida, pues ¿a
quién más han dejado entrar a curiosear en la habitación de Elvis? A nadie, ni nadie
podrá tampoco verlo porque esa parte de la gira está suprimida. Fue una cumbre en mi vida.
Era fantástico tener a Lisa Marie de amiga: llevó a Nicolas Cage a mi fiesta de
cumpleaños y así fue como lo conocí, y cuando se casaron en 2002, fui el padrino de
boda. Lisa Marie me llamó un día y me dijo que si Nick no me pedía ser padrino en
su boda, ella quería que fuera yo quien la llevara al altar. Yo estaba como loco porque
eso era lo que le tocaba a Elvis, pero en el último minuto me llamó Nick para
pedirme que fuera su padrino y la verdad es que lo lamenté porque me habría gustado
mucho más llevar a Lisa Marie hasta el altar.
En el 78 iniciamos una gira con las Runaways, una banda de lesbianas (al menos
dos de ellas lo eran). Dee Dee era su amigo y fue bien: viajamos por media América
en un crudo invierno durante tres meses, pero Tommy empezó a derrumbarse y se
quebró. Se quedó catatónico y no podía hacer nada, ni cruzar la calle. A mí ni se me
ocurría que pudiera abandonarnos, también porque para él iba a ser terrible, además
de porque tenerlo era agradable y era un buen amigo. Yo quería que se quedara en los
Ramones para siempre.
Fue un auténtico quebradero de cabeza para mí que Tommy se fuera, pues él
ejercía el papel de amortiguador entre el resto de la banda y yo, era el mediador.
Íbamos a tener problemas y yo lo sabía: la marcha de Tommy no era buena.
Nos estábamos preparando para el disco Road to Ruin y buscando nuevo batería y
lo más fácil era Mark. La verdad es que nunca consideramos seriamente a ningún
otro, aunque rondaban nombres (Johnny Blitz, de Dead Boys, o Paul Cook, de Sex
Pistol), pero los desechábamos por inadecuados; así, Blitz era rubio u otro tenía el
pelo de punta. Probamos a un batería, Mark y eso fue todo. Por entonces estaba en
Voidoids pero nosotros podíamos pagarle más, y además era un gran batería, de
manera que no había problemas, pero como teníamos otras opciones queríamos estar
seguros de que acertábamos. Mark era bueno, pero sabíamos que bebía y yo sabía que
eso siempre empeora. El primer concierto de Mark fue el 29 de junio de 1978.
Dee Dee y Joan Jet [foto de Jenny Lens; © Dee Dee Ramone LLC].
Lita Ford, de las Runaways, hablando de trabajo con Johnny [foto de Jenny Lens; ©JRA LLC].
Johnny con Lisa Marie Presley en la boda de ésta [©JRA LLC].
Mark podía comerse cualquier cosa: en una ocasión le dimos ciento cincuenta
dólares y se comió un paquete de comida para gatos. Se puso fatal. Comía bichos,
cucarachas, lo que fuera, por dinero. Tiempo después, un día encontramos un enorme
escarabajo y cuando lo levantamos llevaba adheridas un montón de pequeñas crías:
era repugnante y Mark estaba dispuesto a comérselos, y todos empezaron a sacar
dinero, pero yo dije: «Ni hablar, no podemos dejar que se coma eso; se va a enfermar
y no va a poder tocar en el concierto».
Los demás dejaban en mis manos conseguir la mayor cantidad posible de dinero y
nos fue bien: jamás me dijeron una palabra o cuestionaron mi papel; yo era el hombre
del dinero. Joey gestionaba su propio dinero y era feliz: siempre andaba manejando
efectivo. Y otro tanto pasaba con los del equipo: los manteníamos en su trabajo y
cuando no trabajábamos, tratábamos de darles también paga. Empezamos con dos
encargados de gira, Arturo y Monte, y al poco tuvimos un técnico de guitarras, y tras
eso, contratamos a un jefe de monitor y a un técnico para la percusión. Siempre
procuramos ser profesionales y tener nuestro propio equipo de técnicos y trabajar con
ellos. Tuvimos el mismo jefe de sonido durante casi toda nuestra carrera, John
Markovich, que era muy bueno y al que yo apreciaba.
También tuvimos algunos técnicos y encargados de guitarra pero sólo durante tres
o cuatro años. Ya sé que no pagábamos muy buenos sueldos pero es que no teníamos
mucho dinero y yo trataba de que ganáramos más trabajando más. Yo siempre decía:
«El dinero es nuestro amigo y no te hace nada. Es bueno», y lo repetía continuamente
aunque medio en broma. Por supuesto el dinero ayuda a traer felicidad pero no es el cuadro completo, porque también hay que tener amigos y a alguien a quien amar. Y
tener salud, que es muy importante, pues lo que sea que tengas, sin salud no puedes
disfrutarlo, y eso lo aprendí yo tarde en la vida. Pero el dinero facilita las cosas y te
permite ser generoso con otros.
Nosotros hicimos dinero durante el largo tiempo que estuvimos juntos. Creo que
cuando ya funcionábamos, nos pagábamos 150 dólares semanales y repartíamos
1.000 a cada uno cada vez que volvíamos de una gira. Y entonces empezamos a ganar
más dinero con la publicidad que con nuestra paga regular.
Yo vigilaba el dinero porque nuestro margen de beneficio era muy pequeño, y
cuidamos de la gente de nuestro equipo lo mejor que pudimos, aunque me habría
gustado tratarlos mejor. Pero yo quería asegurarme una jubilación que fuera
suficiente y no ganábamos mucho dinero: nosotros tocábamos en clubes, no en
estadios. Y nadie nunca se marchó y lo habrían hecho de haber estado descontentos,
como tampoco nadie reclamó más. Yo hacía lo que creía más adecuado, aunque a
veces se equivoca uno, pero es que, además, si les hubiera dado cincuenta dólares
extras a la semana, también se habrían quejado. No nos estábamos haciendo ricos
ninguno de nosotros.
Íbamos mejorando: Anheuser-Busch se nos acercó en 1994 y nos compró una
canción para un anuncio: a mí me pareció acojonante. Me gustaba el anuncio y
cuando la gente me preguntaba qué pensaba de ello, les decía que había sido el dinero
más fácil que había ganado en mi vida. Nunca me pareció algo malo, aunque es cierto
que algo así puede a veces ser de mala calidad, pero como era de cerveza, y además
muy americana, estaba bien.
Pero gano más dinero ahora, años después de haberlo dejado, del que gané nunca
mientras los Ramones estuvieron activos. Hicimos mucho dinero con la publicidad
incluso después de dejarlo, y también los discos se han vendido mejor después de
retirados. Tal vez todos empiecen a quererte de verdad después de muerto.