Commando. Autobiografía de Johnny Ramone

Johnny Ramone · Capítulo 3 de 21

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Commando. Autobiografía de Johnny Ramone

Capítulo 1

Primera comunión de Johnny [©JRA LLC].

Johnny con sus padres y con Santa Claus en 1950 [©JRA LLC].

 

Jerry Lee Lewis, Elvis Presley y Fats Domino. Me daba los sencillos que quitaba

de la máquina para sustituirlos por los nuevos éxitos. Eso me encantaba; llegué a

tener una gran colección de discos de 45 rpm. Todavía me gusta la música de esa

época: las canciones suenan claras y apasionadas, como ocurre en «Keep a Knockin’»

de Little Richard.

El bar estaba en Stewart Manor, un pueblo de unos dos mil habitantes situado en Long Island, Nueva York, y habitado sobre todo por inmigrantes irlandeses y sus

descendientes. Era una taberna de cervezas y chupitos más la magnífica gramola. Mis

padres trabajaban allí y cerraban el local todos los sábados. De los siete a los trece

años, es decir, entre 1956 y 1961, me quedaba solo en casa hasta las dos o las tres de

la madrugada. Pero era fantástico que la familia tuviera el bar: cuando volvía del

colegio me quedaba a escuchar las potentes canciones de aquella gramola llena de

sonidos insospechados. A veces mi padre me dejaba ayudarlo; entonces bajaba a la

bodega para ordenar botellas y guardarlas en cajas. Por las tardes, a la vuelta de clase,

hacía allí una parada antes de ir a casa; si había partido de béisbol lo veía en la tele.

Estaba en el bar todo lo que podía.

Mis padres, Estelle y Frank, eran de clase trabajadora: él era irlandés puro y ella

polaco-ucraniana. Mis dos abuelos paternos habían nacido en Estados Unidos y

murieron cuando él era todavía un niño; mis abuelos maternos, en cambio, nacieron

ambos en el extranjero: ella en Polonia y él en Ucrania. Mi abuelo murió cuando yo

tenía doce años.

Johnny a los cuatro años (agosto de 1953) con el oso de peluche que aún conserva [foto en color de Suzanne

Cafiero].

 

Éramos católicos e hice la primera comunión a los seis años, pero dejé de ir a la

iglesia poco después. Un día le pregunté a mi padre por qué no iba a misa los

domingos y él me contestó que no estaba obligado, así que le dije: «Bueno, pues yo

tampoco iré mientras tú no vayas». Como tantos niños, no me llevaba bien con las

monjas, que siempre me estaban pegando. No creo que hiciera nada para merecerlo,

pero aun así me daban con un palo. Dejé de ir a la escuela religiosa cuando le enseñé

a mi madre las marcas: yo le decía que no quería estudiar allí, pero ella se negaba a

creer lo de las palizas hasta que le mostré los cardenales. Sigo siendo católico, pero

no voy a misa, simplemente.

Poco después de que el tipo de la gramola empezara a regalarme discos vi a Elvis

Presley en el televisor que había en la sala de nuestra casa de Westbury. Apareció en

el Ed Sullivan Show, la primera vez el 9 de septiembre de 1956 en una transmisión

desde Hollywood; la segunda, siete semanas más tarde desde los estudios

neoyorquinos de la CBS, que están en Broadway con la 53, a unos cincuenta

kilómetros de casa. Ese espacio es hoy el Ed Sullivan Theater donde David

Letterman hace su programa. Supe desde el primer instante que sería un seguidor de

Elvis. Era una salvajada, lo cual inquietaba a mis padres, que lo consideraban un

drogadicto. Yo no sabía qué era eso, pero suponía que debía de estar bien: si

preocupaba tanto a los mayores, tenía que ser bueno. Me convertí en admirador de

Elvis y en fan del rocanrol para siempre; durante los meses siguientes escuché a

Ricky Nelson, los Everly Brothers y, sobre todo, Jerry Lee Lewis. Y no olvidemos a Little Richard, que como era negro y gay nos volvía a todos locos. Hoy seguramente

me gusta Pat Boone, pero entonces era lo que escuchaban los padres, algo que, por

tanto, no los escandalizaba, y ésa era justamente una de las cosas que molaban de esta

música: cómo cabreaba a los adultos. Diría que desde muy pronto llevaba la semilla

de la rebeldía.

 

Johnny con su padre a los tres años (Navidades de 1951).

 

Era fácil ser joven en aquel tiempo: aquella música se emitía por la radio, no

como ahora; podía oír a los grandes, a Ricky Nelson, los Platters… A las cuatro,

cuando llegaba del colegio, veía el programa American Bandstand. Westbury era

entonces una comunidad medio negra, pero el país era muy distinto, no había

conflictos; ya se sabe, hablamos de los años cincuenta.

«Me gustan mucho los animales y siempre tuve mascotas de niño, pero acababan desapareciendo. Hasta me llevé

 

mi caniche de gira en 1980; y me encantan los zoos» [©JRA LLC].

 

Yo era hijo único, así que pasaba mucho tiempo solo, y además nos íbamos

mudando conforme ascendíamos socialmente. En 1956 nos fuimos de Westbury a

Stewart Manor, donde vivimos unos cinco años; luego nos marchamos a Franklin

Square, en Long Island, y de ahí a Jackson Heights, en Queens, hasta que finalmente nos mudamos a Forest Hills, otro barrio de Queens, allá por 1964. Fuimos a una zona

decente de clase media alta, a un piso nuevo que estaba muy cerca del instituto. Mi

mundo era pequeño, una o dos manzanas básicamente.

Cambiaba mucho de colegio y siempre debía adaptarme a gente nueva. Tal vez

me convenía, pero no me gustaba tener que separarme de los amigos que hacía.

Los recuerdos más entrañables de mi infancia están relacionados con mi padre, un

irlandés bebedor a quien todo el mundo quería. Siempre comíamos juntos, éramos

una familia de verdad. Mi padre trabajó algún tiempo en la empresa aeronáutica

Grumman. Llegaba a casa, me sacaba de la cama, me subía a hombros y me llevaba a

pasear por el barrio, incluso en plena noche si había hecho el segundo turno. Cuando

yo tenía cinco o seis años, volvía del trabajo y me daba un sorbito de su cerveza. Me

sabía de maravilla.

Pongo fecha a los recuerdos de mi infancia con los años de los cromos de béisbol.

Los primeros que recuerdo haber visto fueron Los mejores del 54, a cinco centavos el

paquete de papel encerado, que venían con un chicle rancio: incluso hoy, si pienso en

aquellos cromos vuelvo a verme de niño en el barrio abriendo los paquetes. Y es muy

grato pensar en ello; me recuerdo detrás de mi edificio abriendo un paquete del 57. El

primero que vi era de Raúl Sánchez, de los Cincinnati Reds.

Relaciono el béisbol con muchas cosas de entonces, incluso mis primeras

rebeldías están asociadas al béisbol. En 1960 estaba en clase escuchando el último

partido de la serie mundial entre los Yankees y los Pirates con el transistor pegado a

la oreja. La profesora me preguntó qué estaba haciendo y le contesté que estaba

escuchando el partido porque era muy importante y que todo el mundo debería hacer

lo mismo. Me mandó callar, pero yo le propuse que sometiéramos el asunto a

votación para ver cuántos querían escuchar el partido. Entonces me dijo que hiciera

lo que me diera la gana, pero que dejara al resto en paz.

De muchacho quería ser jugador de las grandes ligas, pero conforme crecía me fui

dando cuenta de lo difícil que era. Vi que ser el mejor no era suficiente, pues uno

podía ser muy bueno en la ligas menores, pero había que ir mucho más lejos. Cuando

yo tenía nueve años, mi equipo contaba con un lanzador de doce, Neal Tenent, que en

todos los partidos conseguía eliminar a los bateadores contrarios, pero luego no volví

a saber nada de él y pensé: «Vaya, era muy bueno, pero no ha conseguido nada». Es

muy difícil triunfar, pero pensé que si las cosas iban bien tal vez podría encontrar

sitio en un equipo modesto de las ligas menores y que lo importante era disfrutar

jugando y ver después qué pasaba.

Y no me fue mal del todo: llegué a ser el primer lanzador durante los dos últimos

años que jugué en la liga infantil, y en el partido de las estrellas fui cuarto lanzador y

bateador, porque también bateaba. En el Stewart Manor Mail, el periódico local que

cubría los partidos, salí en varios artículos que todavía guardo. Jugué en la liga infantil hasta los doce años y me gustaban mis compañeros, me lo pasaba bien; pero

sólo recuerdo a un amigo del equipo con el que me viera fuera del campo. A aquellos

partidos venía mi padre, pero no se sentaba en las gradas con los demás, sino que se

colocaba en la parte más alejada del campo y desde allí me veía lanzar: no quería que

me sintiera presionado. Recuerdo que una vez estaba lanzando y lo vi allá lejos, tras

la cerca del campo izquierdo. Nunca supe si se dio cuenta de que lo observaba, pero

secretamente me hacía feliz que estuviera allí.

Johnny a los once años (septiembre de 1960); en la segunda foto es el tercero por la izquierda de la fila superior

[©JRA LLC].

 

De manera que el béisbol me interesó desde muy pronto, y junto a eso desarrollé

también una enorme afición por las películas: siendo un chiquillo empecé a ir al cine

en cuanto me fijé en los anuncios de películas de miedo y ciencia ficción que se

publicaban en los periódicos. Si veía aquellos monstruos o los platillos volantes ya

sólo podía pensar en cómo saldrían en la pantalla: esos anuncios me arrastraban al

cine. Conseguía que mis padres me llevaran a sesiones dobles donde vi pelis como

Godzilla, The Day the Earth Stood Still [Ultimátum a la tierra], Forbidden Planet

[Planeta prohibido] o Not of This Earth [Emisario de otro mundo]. Siendo ya adulto

empecé a coleccionar los carteles originales de las películas que veía en los

cincuenta.

Eran películas de terror, y como yo era un niño me metía en ellas de verdad,

sentado allí en la oscuridad de cualquier cine de Westbury o de otro sitio. Disfrutaba

con el miedo, pero sólo dentro de los confines del cine o de casa si las veía en la tele

y, ya años más tarde, en vídeo. Del otro, del miedo serio y real, he tenido bastante.

La pasión por ese cine duró hasta los primeros setenta, aunque en años posteriores

he seguido viendo pelis. Me gustó mucho La matanza de Texas [The Texas Chain

Saw Massacre] porque me espantaba de verdad, tanto, que, a iniciativa de Joey, le

pusimos ese título a una canción.

En 1979 compré por mil dólares uno de las primeros aparatos Sony Beta, un

armatoste gigantesco y pesadísimo. Me gasté toda la pasta que llevaba, de modo que

no pude coger un taxi al salir de la tienda. Vivía entonces en la calle 10 y tuve que

caminar casi dos kilómetros descansando cada manzana. Cuando ya estaba cerca de

casa tenía que parar cada dos coches aparcados.

También veía la serie Chiller Theatre; la ponían los fines de semana a las once de

la noche y la presentaba John Zacherley, que era magnífico. Años después lo conocí

en una convención sobre terror y todavía nos carteamos: yo lo admiraba mucho así

que conocerlo fue estupendo. Todo lo que había de terror se emitió en su programa:

clásicos como Drácula o Frankenstein y todas las pelis de La Momia; yo vi todas las

versiones de Drácula, pero luego me fui aficionando a distintos géneros. Así, pasé del

horror a la ciencia ficción y luego al cine del Oeste.

Cuando llegaron los sesenta, el cine empezó a explotar aquella extraordinaria

mezcla de erotismo y violencia: ¿qué muchacho no quería ver eso?

También me gustaba mucho Russ Meyer, películas como Mudhoney, Lorna o

Beyond the Valley of the Dolls [El valle de los placeres], que eran apasionantes. Sus

anuncios me encantaban, te despertaban las ganas de ver la peli. El New York Post

hizo un buen trabajo con eso.

Johnny adolescente [©JRA LLC].

 

Así que esos fueron los intereses y aficiones juveniles que he seguido

conservando con el tiempo. También hice otras colecciones de cromos, como la de

Davy Crockett, y tenía la gorra de mapache y todo el equipo. La imagen de algunos

cromos me vuelve cuando hojeo mis libros ilustrados sobre esas colecciones: tuve

cromos de coches y, por supuesto, los de Elvis de 1956; también del salvaje Oeste,

supongo que eso fue a mediados de los cincuenta. Apreciaba mis cromos y los

cuidaba, no como otros chicos que los ponían en los radios de la bici: estoy viendo el

cromo de Koufax, aún joven, todo doblado para que pudiera hacer aquel estúpido

ruido. Yo los guardaba con esmero en cajas y nunca los tocaba salvo para abrir el

paquete y ordenarlos. Mis amigos coleccionaban tebeos, pero a mí me gustaban más

los libros biográficos de jugadores de béisbol y cosas parecidas.

Los Yankees eran mi equipo favorito y Mickey Mantle, mi ídolo. Fue mi padre

quien me inició en el béisbol. Él era de los Brooklyn Dodgers y de los Yankees, y

cuando veíamos partidos por la tele debía levantarme para escuchar el himno nacional. Ignoraba el motivo, pero imaginaba que también estarían todos de pie en el

estadio.

Siempre he disfrutado yendo a los partidos y recuerdo cuando vi a los Dodgers en

el estadio Ebbert en 1957 o cuando vi a Von McDaniel lanzar dos bolazos de partido.

Años más tarde he hablado de esos partidos con algunos de los protagonistas.

McDaniel sólo era un muchacho de diecisiete años recién salido del colegio, pero

machacó a los Dodgers. He conservado las entradas, no las de los cincuenta, pero sí

de los sesenta en adelante. También guardo las entradas de los conciertos.

Como también me gustaban las historias de indios y vaqueros, mis padres me

llevaron a un rodeo en el Madison Square Garden cuya atracción principal era Roy

Rogers. Tenía entonces cinco o seis años y fui vestido con mi traje de Roy Rogers, y

cuando me vio sentado en la primera fila se detuvo, me montó en su caballo y me dio

una vuelta frente a todo el público.

A partir de noveno, y durante dos años, fui a una academia militar, primero la de

Staunton en Virginia, y luego la de Peekskill, cerca de West Point, en Nueva York.

Fue idea mía, eso quería hacer. Al menos al principio.

 

«ROY ROGERS SE DETUVO,

 

ME MONTÓ EN SU CABALLO

 

Y ME DIO UNA VUELTA.»

 

Pensaba hacerme militar, o sea, llegar a oficial y retirarme pronto. Estaba

convencido de que esa podía ser una buena vida. Pero la academia era brutal, sobre

todo Staunton. Disciplina a lo bestia, te torturaban. Si estando en formación te

pillaban mirando a un lado, te pegaban un puñetazo en la barriga. Ése fue el motivo

por el que me largué a Peekskill. La diferencia era que en Peekskill teníamos dos

horas semanales de instrucción militar y en Staunton, tres horas diarias: todos los

días, desde las dos a las cinco de la tarde, instrucción con armas, desfiles, marchas, el

rollo completo; como el ejército.

En la academia jugué al béisbol, pero no me fue demasiado bien. Acabé jugando

dos temporadas en Peekskill, las de noveno y décimo, como jugador júnior, y aunque

la exigencia era alta podía mantenerme. Era lanzador, pero el entrenador me puso a

batear de noveno, que no me gustaba porque también bateaba bien; aunque estaba de

reserva pude tener muchas entradas, así que me dije «bueno, pues batearé de

noveno», pero al año siguiente empecé a tener problemas con el entrenador y dejé de

ir a entrenar: me quedaba en mi cuarto. Él empezó a aconsejarme que cambiara mi

modo de lanzar; aunque probablemente tenía razón, yo no atendía a consejos, era un

rebelde y creía que sabía más que él. Cuando se me empezó a cruzar el béisbol me dejaron solo y me quedé sin entrenador. En realidad estaban hasta las pelotas de mí e

incluso decidieron que ni siquiera me entrenara como bateador. Yo sabía que por ahí

no iba a llegar muy lejos y me dediqué a otros deportes: jugué al stickball esos años y

también un año al golf en Peekskill, pero era tan malo que no me quedó más remedio

que dejarlo: no tengo paciencia para ese juego.

 

Retrato de Johnny [©JRA LLC].

En la academia vivía en el mismo piso que mi profesor, así que un día me metí en

su cuarto cuando él no estaba. No tenía claro qué buscaba, pero me di cuenta cuando

lo encontré: las respuestas para todos los exámenes del año. Hasta entonces había ido

pasando justito, con un promedio de 65 y sin trabajar mucho: aunque tenía capacidad

para ser un buen estudiante, había decidido hacerlo todo sin esforzarme. Así que empecé a sacar 99 en todas las pruebas, porque siempre cometía algún error

intencionado para no levantar sospechas; también vendí las respuestas a algunos

compañeros, no a todos, claro, para que no me pescaran. Y no me cogieron y encima

gané un poco de dinero.

Me alegró salir de la academia, aunque pienso que me ayudó mucho. Volvía a la

escuela pública, donde me las apañé sin dar ni golpe. Puedes dar el pego hasta cierto

nivel porque después del instituto las cosas ya no son tan fáciles. Pero con lo que

había aprendido en noveno y décimo podía aprobar los dos grados siguientes sin

hacer nada.

 

IZQUIERDA: Johnny uniformado. DERECHA: Con su padre [©JRA LLC].

 

Cuanto hice entonces estuvo siempre guiado por el propósito de hacer lo menos

posible. Me volví muy difícil: me negaba a contestar a los profesores cuando me

preguntaban y decía «no sé» a todo. Hasta cuando sabía la respuesta me quedaba en

mi esquina con cara de pocos amigos: no cooperaba. El primer día de clase nos daban

los libros, pero yo los dejaba en la taquilla y no me los llevaba a casa: iba al instituto

con un boli y un trozo de papel doblado y me mostraba desafiante. Y supongo que

efectivamente lo era, pues el colegio no me interesaba nada. Estoy seguro de que así

ha sido siempre: uno tiene que ir pero es demasiado joven y no quiere aprender.

A los dieciséis, en 1964, empecé a dejarme el pelo largo, aunque no mucho

porque podían expulsarte si lo llevabas incluso como los Beatles. Un poco por

encima de las orejas y ya tenías un problema. Eran estrictos y por supuesto no

ayudaba que mis notas fueran de las más bajas del instituto: repetí tres veces el primer curso de castellano porque era incapaz de decir una sola palabra en esa lengua.

Me gustaban las clases de ciencia y de historia, y ésas fueron las asignaturas que llevé

mejor. Pero la mayoría de los chicos a esa edad no está preparada para sentarse ahí y

estudiar química o matemáticas avanzadas. Más tarde, a nuestros fans les decía muy

en serio que siguieran estudiando, pero mientras fui estudiante no hice más que

ponérselo muy difícil a todo el mundo.

También me metí en el equipo de béisbol del instituto y esta vez el problema del

entrenador conmigo fue mi pelo, que ya alcanzaba el largo de los Beatles. Me dijo

que me lo cortara, pero como no lo hice me echaron del equipo: no iba a cortarme el

pelo por un entrenador. El rock ya me había atrapado, de manera que el béisbol

perdió importancia en mi vida. Me bastaba con jugar al stickball en el barrio.

Tampoco a mi padre le gustaba el pelo largo y no paraba de darme la lata con eso;

tuvimos unas broncas tremendas. Tampoco le gustaba la música. Él y mi madre

siempre andaban quejándose por el volumen. Hubo serios problemas con eso.

Todos mis amigos (o al menos los tipos que se llevaban bien conmigo) estaban

enganchados a la música buena, nuestras vidas giraban en torno a ella, aunque en el

Forest Hills de 1964 éramos unos parias. Conocí a Tommy, nuestro batería, en el

instituto; su nombre completo era Tommy Erdelyi. Más tarde nos acercaríamos por

los Stooges y, en general, por la música dirigida a frikis, pero al principio era un tío

más. Joey era Jeffrey Hyman y también andaba por ahí. Y a Dee Dee, que se llamaba

Soug Colvin, lo conocí después.

Mi padre, que era de Brooklyn, tenía tres hermanos y eran todos tipos duros.

Cuando se sentaban a la mesa de la cocina bebían y hablaban del trabajo en la obra o

de béisbol, de manera que siendo tan machotes no les hizo ninguna gracia que yo me

tomara en serio la música. Cuando estaba iniciándome incluso toqué el bajo en los

Tangerine Puppets junto a Tommy, pero él era bueno y yo malísimo. Luego traté de

tocar la guitarra, pero no podía, así que empecé a sentirme frustrado y lo abandoné.

Tuvimos otras bandas, pero nunca salieron del sótano.

El padre de Johnny, Frank Cummings, sirvió en el ejército e influyó mucho en su hijo [©JRA LLC].

 

Me gradué en 1966 y no tenía ni idea de qué haría. Mi número de reclutamiento

era alto, como el 350, pero en cualquier caso no tenía ningunas ganas de ir a Vietnam.

Aunque tampoco pensaba escaquearme, de ningún modo quería terminar pegando

tiros en un país del que no sabía nada. Era partidario de bombardear al enemigo hasta

borrarlo del mapa; como en todas las guerras: si te metes es para ganar. No entendía

por qué no arrasábamos aquello a bombazos. Pero al mismo tiempo no acababa de

apoyar la guerra, pues no entendía qué hacíamos allí. Nunca tuvo mucho sentido para

mí. Pero mi número de reclutamiento me mantenía fuera del ejército salvo que el

enemigo desembarcara en nuestras costas.

Yo era como cualquier otro chico. Me encantaba el rocanrol y empecé a vestirme

como una estrella del rock incluso cuando estaba en el instituto. Era un mamarracho.

Nadie hablaba conmigo fuera de mi entorno.

Trabajaba los veranos de almacenero en un supermercado que estaba cerca de

donde vivíamos, en el Yellowstone Boulevard de Forest Hills. Por entonces me estaba

formando como futuro maleante y conocí allí a un chico que era miembro de una de

las bandas italoirlandesas de Metropolitan Avenue, pero como yo era un líder, no un

segundón, ni se me ocurrió unirme a ellos.

Iba a estudiar en una universidad de Florida, pero volví a los dos días. Hablé con

los de orientación y me dije: «Olvídalo, no es para ti». Así que hice un semestre en el

Manhattan Community College, pero tampoco me gustó.

La música era lo que me interesaba, con ella sí me esforzaba por ser constante, y sin que nadie me lo exigiera. Me gustaban los grupos violentos, llevaba el pelo hasta

los hombros y todo eso, a lo Mark Farner cuando empezó con Grand Funk, pero no

era un jipi, de hecho los odiaba y nunca me gustó toda esa mierda de la paz y el amor.

La verdad es que no sabía qué quería ser y me puse a hacer el bestia, a meterme

en peleas, tomar drogas, esnifar pegamento, aguarrás. Me peleé con un chico, le di de

lo lindo y cuando salió su padre también le sacudí el polvo. Me escapé y apareció la

pasma, pero nadie quería decirles quién era yo o dónde vivía por miedo a que

volviera a encargarme de los chivatos. Y posiblemente lo habría hecho. Hacia los

veinte tuve una época de violencia que me duró dos años. Era un cabrón a todas

horas. No trabajaba, sólo hacía el gamberro: tenía diecinueve años y no estaba

preparado para ello, no sabía manejarlo. Iba por el instituto a mediodía cuando ya no

era alumno; mi madre encontró heroína envuelta en celofán en un cajón de mi ropa y

la echó por el váter. Veía en la calle televisores tirados y varias veces, más de una,

subí con uno a la azotea de algún edificio y lo arrojaba a los pies de la gente que

pasaba, sólo por asustarlos. Pasé la noche en la comisaría dos veces: la primera

porque me pillaron con un poco de maría, dos porros, y la segunda, como no me

encontraron nada, ellos mismos me pusieron la hierba. Mis padres estaban

avergonzados. Habían tenido que ir a sacarme: mi padre me dijo que no había faltado

ni un solo día al trabajo salvo los dos en que había tenido que sacar a su hijo del

trullo.

Viéndolo ahora creo que yo era duro, pero que ser duro en aquel bonito barrio no

era lo mismo que serlo en un sitio como el Bronx o algunas zonas de Queens, porque

en ese barrio judío yo contaba con el factor de la intimidación. Los otros chicos no se

criaban allí para ser duros.

En una ocasión queríamos conseguir drogas en una farmacia, era de noche y

cuando nos metimos nos dimos cuenta de que habíamos entrado en la lavandería de al

lado. Estaba cabreadísimo y nos fuimos justo cuando llegaba la poli. Terminé siendo

el terror del barrio, era el vecino canalla: tiraba ladrillos a las ventanas y pegaba a la

gente. También entramos a robar en una panadería: conocía al chico que trabajaba allí

y éste me dijo que una noche dejaría el dinero en la caja, así que volvimos allí juntos.

Yo me quedé fuera vigilando mientras él entraba, pero apareció el vigilante y avisó a

la poli, así que me fui corriendo con él detrás. No me pilló, pero el chaval cantó y la

pasma fue a buscarme a casa. Yo estaba solo, mis padres estaban trabajando, así que

me pusieron frente al vigilante que nos había sorprendido y que luego me persiguió,

pero él dijo que no era yo. Lo que pasaba es que tenía miedo de delatarme porque

pensaba que yo era de alguna banda, lo cual no era cierto. Pero al chaval que me

había acusado sí lo encerraron unos días. Cuando salió le di una buena paliza. Murió

más tarde atropellado por un coche: así fue como acabó.

También hubo algunos robos violentos, tirones a viejas para quitarles el bolso o puñetazos a niños que venían por la calle para dejarlos sin blanca. Pero ni siquiera lo

pensaba, era como al azar: iba calle abajo y si veía una botella tirada, la cogía y la

arrojaba contra una ventana, y así todo el día. Era espantoso: era un sujeto horrible.

Y ni siquiera sé por qué lo hacía; supongo que por el aburrimiento y la frustración

de no saber qué hacer con mi vida. Tommy no quería juntarse conmigo y a Dee Dee

lo conocía pero no mucho. Tenía entonces otro amigo, Stuart Salzman, que luego

murió, de sobredosis creo, y que trató de suicidarse cuando su chica lo abandonó. Un

día, cuando ella lo dejó, me llamó y me preguntó si podíamos vernos más tarde; le

dije que sí, pero cuando volvió a llamar yo me había ido y él se abrió las venas,

aunque salió de ésa.

No tenía ni idea de cuánto sabían mis padres de todo eso: ahí estaba yo, con el

instituto acabado, sin trabajo y viviendo en su casa. Ni siquiera hoy sé qué pensaban

de todo eso.

Pero de repente todo cambió cuando tenía veinte años. Iba caminando hacia la

esquina de la 99 con la avenida 66 de Forest Hills, no lejos de casa, y oí una voz. No

sé quién era, Dios quizá, pero era algo que no había oído nunca antes y que me dijo:

«¿Qué estás haciendo de tu vida? ¿Acaso estás aquí para esto?». Fue un despertar

espiritual y lo dejé todo inmediatamente: un corte que lo aclaró todo. Volví a casa y

dejé las drogas, el alcohol, todo lo malo, y no fue sino hasta un año después cuando

volvió a parecerme bien tomarme una cerveza o un par de copas por la noche, pero no

más. No volví a emborracharme porque después de las dos copas volvía a sentirlo.

Había decidido no estar ebrio: quería conservar pleno control sobre mí mismo.

 

«TERMINÉ SIENDO EL TERROR DEL BARRIO,

 

ERA EL VECINO CANALLA:

 

TIRABA LADRILLOS A LAS VENTANAS Y

 

PEGABA A LA GENTE.»

 

Una vez decidí poner mi vida en orden, me tracé un plan para ser normal: como

no estaba seguro de ser capaz de aguantar un trabajo a jornada completa, me conseguí

uno de media jornada como recadero de una tintorería. No falté un solo día y tras

nueve meses estaba listo para un trabajo de jornada completa. Antes de eso le había

pedido a mi padre trabajo de peón, pero no pude aguantarlo: no estaba mentalmente a

la altura y el que me consiguió era muy duro; tenía que trabajar en la calle en pleno

invierno, a un grado, acarreando y empalmando tuberías por Wall Street mientras caía

una llovizna gélida y se te helaban las manos. Me pagaban un salario de peón y

trabajaba con italianos recién desembarcados: no estaba preparado para aquello y

duré tres meses.

Ahora sabía que podría apañarme y le pedí a mi padre un empleo sindicado. Tenía

que hacerlo bien porque no podía cagarla y volver a dejarlo mal. Después de que se

vendiera el bar en 1961, mi padre se metió en la construcción, y por entonces era un

jefe del sindicato de entubadores. Así que me consiguió un trabajo en la construcción.

Trabajábamos en un edificio de cincuenta pisos en la 51 con Broadway y en otro de la

42 con la Sexta Avenida. Se trata de edificios que aún están ahí y yo me siento

orgulloso por varios motivos, sin contar los doce dólares la hora que ganaba: mi

padre y yo nos habíamos distanciado durante mi mala época, pero nuestra relación se

recuperó cuando me vio capaz de trabajar duro. Y a pesar de que Dee Dee vivía

frente a mi casa, fue entonces, en 1972, trabajando en la 51 con Broadway, cuando

realmente empecé a tratarlo. Él atendía la correspondencia del edificio mientras yo

instalaba tuberías; a la hora de almorzar cruzábamos la calle para ir a un bar de

topless, el Mardi Gras, donde nos tomábamos una cerveza y hablábamos de música o

del concierto que uno había visto la noche anterior o de lo que fuera.

Trabajé en la construcción cinco años sin faltar un solo día: ya era un tío normal.

No estaba seguro de que fuera eso lo que quería hacer para ganarme la vida, pero si

tenía que serlo, pues era lo que me había tocado. Pero se me iban ocurriendo cosas

mientras trabajaba; por ejemplo, que podría tener una cadena de lavanderías, pues

suponía que sería algo que no exigiría demasiado trabajo más allá de suministrar el

material a los establecimientos. Buscaba algo que me permitiera ganarme la vida y al

mismo tiempo seguir con mi afición a la música.

Tras acabar el instituto, incluso en mi época mala, iba a todos los conciertos.

Revisaba los anuncios del Village Voice para ver quién venía a la ciudad. Tocaron los

mejores guitarristas además de los Beatles y los Stones: vi a Hendrix, entre otros

sitios en el Steve Paul’s Scene poco después de que actuara en el Festival de

Monterey. La gente se sentaba en el suelo y yo logré colocarme frente a él. Era tan

tremendo que me quitaba las ganas de tocar la guitarra: había que ser un virtuoso

porque incluso teniendo talento había que ensayar durante quince años para poder

llegar hasta ese punto. Resulta curioso porque era imposible saber si era grande

gracias a todos aquellos efectos o lo era por cómo tocaba. Daba igual, era grande

desde cualquier ángulo.

Tres de las muchas entradas a conciertos que Johnny ha conservado a lo largo de los años [colección privada de

Johnny Ramone; ©JRA LLC].

 

El primer concierto al que asistí fue el de los Rolling Stones en 1964: fue su

primera actuación en Nueva York, en el Carnegie Hall, el 20 de junio de aquel año.

Luego volví a verlos dos veces en la Academy of Music. Fui muchas veces a ver a los

Who, en el Fillmore, cuando hicieron su primera gira por Estados Unidos y cuando

presentaron Tommy en directo. Fui al concierto de los Beatles en el Shea Stadium y

llevé una bolsa con piedras escondida en el abrigo para tirárselas, pero desde las

gradas me quedaban demasiado lejos, como en segunda base, así que me limité a

escuchar el concierto.

También fui a ver a Black Sabbath al principio, en su primera gira americana; vi a

los Doors diez veces y la mejor fue en el Singer Bowl con los Who de teloneros; fui

dos veces a escuchar a los Amboy Dukes. Alice Cooper era estupendo: primero

compré Love It to Death, y luego sus dos primeros álbumes, que no sonaban todavía

como ese tercero porque fue afinándose. Los vi en directo tres o cuatro veces, la

primera en el Town Hall para la gira de Love It to Death con el aforo a la mitad.

Vi a los MC5 varias veces y me encantaban, eran buenísimos, pero lo que me

hubiese gustado habría sido pillarlos en su terreno, en el Grande Ballroom de Detroit,

que era donde de verdad se la jugaban. Compré el primer álbum de los Stooges en

Alexander’s en cuanto vi la cubierta porque me gustaba su imagen dura; puede que

hubiera leído algo antes, pero nada me había preparado para la música de ese disco:

me enloquecían como aquellos discos de rock de 45 rpm que ponían en la gramola.

Jamás había oído nada igual, era extraordinario, y por geniales que se vieran en la

cubierta, nada me podría haber preparado para eso, de manera que cuando los

Stooges vinieron a tocar al Electric Circus de St. Marks Place, yo estaba allí. Salió

Ron Asheton vestido de nazi y habló en alemán, así que al día siguiente, cuando

fueron a tocar a Nueva Jersey, la Liga para la Defensa de los Judíos se presentó allí a protestar. Creo que ése del Electric Circus fue uno de los primeros conciertos que

grabé en un casete portátil que colaba en la sala. Todavía conservo la cinta.

Me encantaban esos conciertos de rock donde terminabas empapado en sudor y

donde el sonido era tan intenso que, cuando acababan, nadie oía nada. El de Grand

Funk en la Stony Brook University el 24 de julio de 1970 fue uno de ellos,

probablemente el concierto más ruidoso al que yo haya asistido; y volví a pillarlos en

el Shea Stadium con Humble Pie de teloneros.

Lo de Woodstock, sin embargo, no iba conmigo. Conocía a gente que fue, pero a

mí no me apetecía sentarme en el barro: muy desagradable. Y les decía que estaban

locos; en cualquier caso, había visto tocar a todos los grupos que fueron a

Woodstock.

Tommy, Dee Dee y yo íbamos a los clubes, que es donde de verdad empiezan las

bandas; éramos amigos, teníamos los mismos gustos musicales y nos gustaba

arreglarnos (hasta cierto punto) al estilo de aquellos días chillones. Tommy siempre

decía: «¿Por qué no montáis un grupo tú y Dee Dee?». A lo que yo le contestaba:

«Eso es una ridiculez de anormales, y yo quiero ser normal…». Yo creo que a Dee

Dee en el fondo le gustaba la idea, pero repetía lo que yo decía: que no quería estar en

un grupo, que había que ser normal y tener un trabajo y todo eso. Entonces no era tan

excéntrico, era un poco más sano.

Solíamos ir a ese sitio de la calle Bleecker, en el Village, entre Sullivan y

Thompson, que se llamaba Nobody’s. Y una noche que estábamos allí, aparecieron

los New York Dolls, que ya eran una banda aunque yo no los había escuchado

todavía, así que cuando le pregunté a Tommy quién era ese tío, señalando a Johnny

Thunders y diciéndole que se veía genial, me contestó que era de los New York Dolls

y que la banda era una mierda. Pero viéndolo, a mí me parecía que ahí había algo, y

entonces y después ese algo siempre ha tenido que ver con el look. Y se lo dije a

Tommy: «No, tiene algo»; se veía tan genial, que no podía creer que no fuera

respetable, pues la imagen es importantísima en el rock, y él la tenía.

Los New York Dolls a mí me convencían, y los vi una y otra vez, veinte en total,

desde el 15 de agosto del 72 en el Mercer Arts Center, hasta la última el 19 de abril

del 74 en el Coventry Club de Queens. Guardo toda esta información en pequeñas

libretas que han acabado conociéndose como «los libros negros», y en las que figuran

los conciertos a que he asistido, las películas que he visto, todo documentado.

Me identificaba con la peña de los Dolls, me gustaba cómo influía el grupo en

ellos, así como el look de esa audiencia, me parecían guapos y me molaban. Eso era

nuevo porque se trataba de diversión y no de gente del mundo de la música que se

tomaba demasiado en serio a sí misma, y para mí siempre fue un asunto de pasárselo

bien.

A Kiss también lo vi desde el principio, y aunque suene hipócrita siempre pensé que era un cretino; yo respetaba bastante lo que habían hecho, pero Kiss no era cool.

Los New York Dolls sí lo eran y eso fue siempre muy importante: ser cool. Wayne

County organizaba fiestas en un loft del Lower East Side y a mí siempre me pareció

Kiss demasiado perverso, con toda aquella fealdad. Lo que a mí me gustaba eran los

ambientes con chicas guapas y tíos en buena forma y con un determinado look, y eso

era en buena medida lo que me atraía de los Dolls: las chicas vestían bien, Johnny

Thunders se veía bien, David Johansen se veía también básicamente bien. Y aunque

la verdad era que lo único que yo había hecho había sido crecer escuchando grupos

como los Rolling Stones y Jimi Hendrix al tiempo que salían sus primeros álbumes,

aquí, aunque no conocía a nadie, me sentía parte de ello, en el nivel inferior, sí, pero

eso no quitaba que fuera una experiencia absolutamente nueva para mí.

 

Colisión de guitarristas punk: Johnny Ramone y Johnny Thunders charlan tras el concierto en el Rainbow Theatre de Londres (Nochevieja de 1977); Steve Jones, de los Sex Pistols, los observa a la derecha [foto de Danny Fields;

©JRA LLC].

 

Igual que los Ramones, que aún no se habían formado, los Dolls también eran

musicalmente limitados, pero sabían sacarle provecho a lo que tenían. Y cuando los

escuché por primera vez y me di cuenta del limitado talento que tenían pero lo muy

divertidos que eran, pensé por primera vez que quizá el rock sí podía ser una opción.

Y se lo dije a Tommy y a Dee Dee: «Eso también puedo hacerlo yo e igual de bien»,

y Tommy seguramente me creyó porque andaba siempre alentándonos a que lo

intentáramos. Dee Dee y yo lo estuvimos hablando durante dos años sentados

después del trabajo.

Tommy estaba empeñado en que formáramos una banda y en que él podía dirigirla y que tenía que ser así, primitiva, pero nosotros seguíamos diciéndole que

no, que estaba loco. Y aunque cada vez que lo hablábamos yo aseguraba que sí podría

hacerlo, la verdad es que lo decía precisamente porque en realidad no lo hacía. Pero

como él seguía insistiéndome, acabó por convencerme: «¿Y ahora voy a tener que

hacerlo? Pero si yo no soy una estrella del rock».

Sin embargo me gustaba vestir bien, que era parte del asunto, al menos de la parte

del carisma, y como medía un metro ochenta y dos y pesaba unos sesenta y ocho

kilos, podía ponerme muchas cosas. No me gastaba mucho dinero en ropa pero

siempre encontraba cosas que me parecían cool. Más tarde, en la época chillona,

cuando ya ganaba más dinero, me hacía la ropa en Granny Takes a Trip:[1] trajes de

terciopelo, zapatos de piel de serpiente, camisas de raso.

Pasé por distintos períodos: en el instituto siempre me fijaba en lo que llevaba

Brian Jones y luego trataba de encontrar ropa lo más parecida a la suya posible.

Siempre pensé que era uno de los que mejor vestía del mundo del rock y uno de los

más cool: pantalones y zapatos de pana y camisas y camisetas rayadas. Luego, a

partir de 1970, y después de verlo en Trash muchas veces, mi influencia fue Joe

Dallesandro, de manera que pasé un período de dos años en los que llevé chaquetas

tejanas sin camiseta, tejanos, una cinta desteñida en el pelo y un pañuelo desteñido a

la cintura. Eso era en 1972, la época chillona, y lo que yo quería era ser siempre el

mejor vestido allí donde fuera.

Y durante todas aquellas etapas siempre tuve una chaqueta de cuero que era la

que quería que me identificara: la tuve desde el 67. Pero siempre era yo mismo y no

me dejaba influir por todo lo que me rodeaba, sino sólo por lo que consideraba ultra

cool, y en todos los conciertos a los que iba —e iba a uno por semana—, tomaba

notas mentales de cuanto veía.

Al mismo tiempo seguía trabajando en la construcción y me iba a casar: era parte

de aquel propósito vital de ser normal. Creía que me haría bien casarme y seguir por

la senda de la vida corriente, y aunque me sentía sobre cualificado como peón de la

construcción, no sabía qué otra cosa podía de verdad hacer, de manera que me decía

que debía aceptar ese destino.

Cuando empecé a salir con Rosana, ella tenía dieciocho, estaba aún en el instituto

y yo tenía veintidós. Era mitad egipcia y mitad judía y a mí me recordaba a Sophia

Loren: ni siquiera podía creer que yo le gustara. No podía ofrecerle nada a nadie por

aquel entonces y no me tenía en mucho a mí mismo. Cuando miro ahora alguna foto

mía de aquel tiempo, pienso: «Mira, eras bastante guapo», pero entonces no tenía

ninguna confianza en mí. Salimos unos meses y ella cortó, pero como seguía

pensando en ella, se me ocurrió que si conseguía un buen coche, la haría volver.

Estábamos en el 72 y yo trabajaba, así que tenía dinero en el banco, de manera que

fuimos con Dee Dee a ver a un vendedor de coches. Primero iba a comprar un Bentley, pero finalmente, el 13 de abril de 1972 me compré un Jaguar. Pero en ese

momento caí en la cuenta de que no sabía conducir, así que le pagué a mi amigo

Mark Lester cincuenta dólares para que se sacara un permiso de conducir a mi

nombre, pues entonces los carnets de conducir no llevaban foto. De manera que

cuando Dee Dee y yo volvimos donde el traficante y le compramos el coche por

treinta y cinco mil dólares, como yo era incapaz de conducirlo, fue Dee Dee quien me

llevó a casa. Ahora no sé qué pensé pero supongo que no me quedó más remedio que

dejar a Dee Dee al volante, porque en caso contrario jamás lo habría dejado conducir.

Yo di luego un par de vueltas a la manzana, que es como aprendí a conducir, y al cabo

de un tiempo me llegó el carnet por correo. Pero el día mismo que me compré el

coche, por la noche me fui a Manhattan a ver un concierto.

Así, esencialmente mi vida consistía en ponerme una chaqueta tejana e irme en el

Jaguar a trabajar con aquellos curtidos sindicalistas, volver a casa, cambiarme y

ponerme lo que estuviera usando, seguramente chillón, y volver a coger el Jaguar e

irme a Manhattan a algún concierto.

Pero el coche funcionó e hizo volver a Rosana: me vio en el Jaguar y el 13 de

mayo, al mes de tenerlo, me llamó y volvimos. Y yo me deshice del coche muy poco

después porque se averiaba continuamente y se me comía todo el dinero, de manera

que después de todo aquel desasosiego que me causó el Jaguar, opté por el coche

americano más barato y me compré un Chevy Vega rojo nuevo.

El 7 de octubre de 1972, al día siguiente de mi cumpleaños, nos casamos: yo tenía

veintitrés y ella veintiuno. Nos fuimos a un piso de Forest Hills, en el 67 de la calle

108, donde los Ramones escribieron algunas de las canciones de sus primeros tres

álbumes. Rosana y yo íbamos a ver a los Dolls y a todos los conciertos juntos aunque

no conocíamos a nadie: nos arreglábamos, nos íbamos en coche a Manhattan,

veíamos el concierto y vuelta en coche a casa. Y al día siguiente me ponía el

uniforme de instalador y vuelta al trabajo; regresaba, volvía a cambiarme y me

largaba a ver a los Dolls.

Pero seguía sin querer pertenecer a una banda.