Como un sueño

Leah Martyn · Capítulo 9 de 12

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Como un sueño

Capítulo 9

 

 

CON el corazón roto en mil pedazos, Cate cerró la puerta del despacho y se dejó caer sobre ella.

¿Cómo podía Andrew?

Sintió náuseas. Sintió dolor. Estaba enfadada con él y consigo misma por permitir que volviera a repetirse lo mismo.

Rick también la había engañado. Pero las circunstancias presentes no eran iguales a las pasadas, pensaba Cate con lógica. Entonces estaba prometida a Rick. Andrew no le debía nada.

Sacudió la cabeza levemente, ignorando la opresión que sentía en el pecho. Pero Andrew la había besado, la había abrazado. Había actuado como si ella fuera especial para él. Aunque estaba claro que no lo suficiente.

Maldito Andrew Whittaker.

Pestañeó rápidamente para dejar de pensar, se sentó a su mesa y empezó a abrir el correo. ¿Cómo demonios iba a soportar el día? ¿Y la semana?

Intentó tranquilizarse, pensar con sensatez. Si se hubiera mostrado fría y distante desde el principio... Si al menos no se hubiera enamorado de él. Si...

 

Llegado el final de la semana, empezaba a preguntarse si los dos estarían evitándose adrede. En realidad no había resultado tan difícil.

Cate apretó los labios. Desde luego había contribuido el hecho de que Andrew había estado muy ocupado, intentando hacerse con una lista de nuevos pacientes. Cate miró el reloj y sintió que se le formaba un nudo en el estómago. En menos de una hora tendrían la reunión semanal; gracias a Dios que por lo menos Jon estaría allí.

Al oír que llamaban a la puerta, levantó la cabeza y se encogió en el asiento al ver la cara de Andrew asomándose por la puerta.

–¿Tienes un momento?

No se molestó en devolverle el saludo, sino que entró directamente y se detuvo con brusquedad al llegar a la mesa. Apoyó las manos en la pulida superficie y se inclinó hacia delante.

–Tengo un paciente con herpes –dijo sin más preámbulo–. Hace mucho tiempo que no veo un caso y estoy algo perdido. Le he sugerido que siga los pasos normales; compresas de hielo para bajar la inflamación y reducir el calor y la irritación. También le he dicho que utilice un gel no alcalino en lugar del jabón.

Cate tragó saliva y miró las manos que hacía pocos días la habían acariciado.

–Algunos dicen que el aloe vera ayuda –dijo.

Andrew sonrió.

–Su madre sugirió aceite de castor.

–¿Por vía oral? –abrió los ojos como platos.

–En realidad en aceite –la miró con los ojos entrecerrados–. Sin duda habrá algún fármaco nuevo en el mercado.

Cate se mordió el labio inferior.

–Podrías intentarlo con una medicación antivírica –apuntó un nombre en un papel y se lo pasó–. Al menos le amortiguará el dolor.

–De acuerdo, gracias. Le haré una receta y podrá intentarlo.

Cate asintió, intentó sonreír, pero no pudo.

Andrew dio media vuelta y se marchó.

 

–¿Bueno, Cate, y qué vas a hacer este fin de semana? –le preguntó Jon–. ¿Algo interesante?

Habían terminado la reunión de los viernes y estaban recogiendo sus cosas.

Cate agarró el bolígrafo que tenía en la mano con fuerza. La resolución con la que había conseguido fingir normalidad delante de Andrew estaba empezando a flaquear.

–En cuanto salga del trabajo me voy a la Costa Dorada –esbozó una sonrisa luminosa–. Voy a ver a mi madre y a mi padrastro.

Andrew la miró.

–¿En qué parte de la costa viven?

–En Playa Sirena –Cate recogió sus notas–. Mi madre dirige una pequeña galería de arte allí.

–¿Tú pintas? –Jon se inclinó hacia delante con interés.

–¡Ay, no! –rio suavemente–. Mamá tampoco. Tan solo tiene bueno ojo para lo que le gusta al público.

–Tengo que llevar a Claire un día. Está buscando algo para animar nuestro dormitorio –sonrió–. Bueno –Jon adoptó de nuevo un aire profesional–. ¿Andrew, te las estás apañando bien? ¿Te parece bien cubrir el fin de semana?

–Totalmente.

–Estaré en casa los dos días por si te surge algún problema.

Andrew arqueó una ceja.

–Creo que me las arreglaré. Pero gracias de todos modos.

–No te apetecerá echar un partido de tenis, supongo –Jon lo miró esperanzado–. Uno de los que juega con nosotros no puede hacerlo este fin de semana.

–Lo siento, Jon –Andrew giró los hombros y se estiró–. Demasiado competitivo para mí. Prefiero salir a correr.

Él solo, sin duda. Mientras escuchaba, a Cate no le sorprendió que ese fuera su ejercicio favorito.

–¿Y tú, Cate? –la suave pregunta de Andrew la sacó de su ensimismamiento.

Alzó la barbilla.

–¿Qué pasa conmigo?

–¿Qué haces tú para divertirte, qué ejercicio?

Parecía una pregunta con doble sentido y Cate lo miró con frialdad.

–Lo que me apetezca en el momento.

–Bueno, yo me largo –Jon se puso de pie y se despidió de sus colegas.

No queriendo quedarse a solas con Andrew, Cate también se puso de pie.

–Por mí, no tienes por qué echar a correr, Cate.

Su cálido elogio le hizo sentir una especie de incómodo cosquilleo en la piel.

–Tengo cosas que hacer, doctor Whittaker, aunque tú tal vez no.

Cate fue a la nevera, se sirvió un vaso de agua e intentó calmarse. Pensó que Andrew parecía cansado otra vez. ¡Pues que se aguantara! Si estaba tratando de abarcar demasiado, ¿qué esperaba?

–Que pases un buen fin de semana, entonces –se puso de pie y fue hacia la puerta.

–Gracias...

Cate notó que no era capaz de mirarlo. Cuando la puerta se cerró suavemente, Cate se limpió los ojos con un pañuelo de papel. Quería correr tras él, rogarle que le dijera por qué la situación entre ellos había terminado así. Por qué prefería a Lyn en lugar de a ella.

Sin embargo, ya sabía la respuesta. Volvió a su despacho cabizbaja. Estaba claro que Lyn era como él, una mujer preparada para vivir el momento; mientras que ella, Cate, tan solo podía moverse sobre seguro.

 

Cuando llegó a su apartamento, a Andrew le pareció más vacío y solitario que nunca. Fue a su dormitorio, se desvistió y se puso unos pantalones cortos y una camiseta.

Estaba en una especie de encrucijada, pensaba en silencio mientras se ponía las zapatillas de deporte. Y tal vez por segunda vez en su vida no sabía qué camino tomar.

Salió, hizo algunos ejercicios de calentamiento y tomó el camino que le llevaría hasta casa de Cate. No supo por qué sintió necesidad de ir en esa dirección. De todos modos, ella no estaría allí.

Antes, cuando había estado mirando por la ventana de su despacho, la había visto metiendo una bolsa de viaje en el maletero de su coche. En ese momento estaría de camino a la costa.

El fin de semana se le presentaba largo y solitario. Soltó el aire con fuerza como si quisiera deshacerse de aquellos negros pensamientos; apretó el paso y fue en dirección al parque.

 

Al llegar al centro médico el lunes por la mañana, Cate les dijo a todos que Kelly Davenport había dado a luz a una niña de casi cuatro kilos y medio el sábado.

–Es estupendo –Chrissie sonrió–. Ahora ya tienen la parejita. ¿Cuándo nos la va a traer para que la conozcamos?

Jessica sonrió.

–Dale a la niña un respiro, tesoro. Probablemente estará todavía con la molestia de los puntos y otras cosas innombrables después de traer al mundo a una niña tan grande.

Cate se echó a reír, pensando que tal vez Kelly estaría más dispuesta en ese momento a que su marido se hiciera la vasectomía.

Al oír el sonido de la risa femenina salir de la sala de personal, Andrew sonrió. Se dio cuenta esa mañana de que tenía ganas de ir al trabajo; se había pasado el fin de semana solo y aburrido. Pero, al menos, había tenido la oportunidad de aclararse un poco. Bueno, eso esperaba.

–¿Ese reloj va bien? –gritó Chrissie y salió apresuradamente de la sala.

–Sera mejor que yo también me vaya –Jessica se levantó y colocó la silla en su sitio–. Siendo lunes, seguramente tendré una larga fila de heridos esperando a que les cambie la gasa. Ah... –levantó la vista y sonrió–. Aquí llega Andrew para hacerte compañía, Cate. Os veré más tarde.

Andrew se retiró cortésmente para dejar salir a Jessica. Levantó la vista y vio la expresión comedida en el rostro de Cate cuando se volvió de espaldas a la ventana.

–Cate.

El corazón le dio un vuelco.

–Andrew.

Él la miró con curiosidad, sorprendido por el deseo que inmediatamente se encendió en sus entrañas. Se metió las manos en los bolsillos despacio.

–¿Has pasado un buen fin de semana?

–Maravilloso. ¿Y tú?

–Sin problema.

Santo cielo, pensaba Cate ligeramente desesperada. ¿Cuánto tiempo podrían prolongar aquel angustioso intercambio de monosílabos? El hecho de evitarse el uno al otro la estaba matando, afectando su capacidad de mostrarse natural con él. Decidiendo poner fin a aquella ridiculez, Cate se lanzó a hablar.

–Me han regalado un poco de té que cultivan en la zona. Está bastante bueno. ¿Te gustaría tomar una taza?

Una sonrisa asomó a sus labios.

–Te han empleado de embajadora, ¿eh, Cate? Me encantaría probarlo.

El alivio que sintió fue tan grande que consiguió esbozar una luminosa sonrisa que a Andrew le llegó directamente al corazón.

Tomó la taza de té que ella le ofrecía y le dijo:

–Siéntate un momento, Cate. Quiero hablar contigo.

Por un instante, lo miró alarmada y en su pensamiento se conjugaron las dudas más terribles. ¿Se lo iba a soltar todo en ese momento? ¿Las razones por las que prefería a Lyn?

–El Ejército de Salvación me llamó durante el fin de semana –dijo.

–Ah –Cate se sintió aliviada–. ¿Qué te dijeron?

–Tuvieron noticias de la hija de la señora Twigg. Desafortunadamente, murió hará cosa de un año en un accidente de tráfico.

Cate se mordió el labio.

–Madeleine se va a disgustar mucho.

–Hay más –Andrew agarró la taza con ambas manos–. Madeleine tiene una nieta, Tania Eastley, de unos veintisiete años, casada. Por lo que me han dicho en el Ejército de Salvación, lleva una vida estable. Aparentemente, ha mostrado interés en conocer a su abuela.

Cate asintió despacio.

–Eso es bueno, ¿no?

–Eso espero –Andrew arqueó una ceja–. Parece ser que Tania no era más que una niña cuando su madre dejó de ver a sus padres adoptivos, y a partir de entonces nunca lo habló con su hija. Por muchas razones pensó que su abuela estaba muerta.

Cate tragó saliva.

–Puede ser un encuentro muy emotivo, ¿no crees?

–Mmm. ¿Cuándo vas a volver a ver a Madeleine?

–Esta semana –Cate lo miró con curiosidad–. ¿Dónde vive la nieta? ¿Te lo dijeron?

–Creo que no vive lejos de la ciudad.

–Entonces es bastante posible que Tania pueda visitar a Madeleine bastante a menudo.

–Bueno, sí –Andrew apretó ligeramente los labios–. Si Madeleine así lo quiere. No te hagas demasiadas ilusiones, Cate –le advirtió–. Tal vez la señora Twigg diga que se vayan todos al infierno.

–Estoy segura de que no reaccionará así –Cate sonrió comedidamente–. Pero entiendo lo que quieres decir. Evaluaré el bienestar general de Madeleine cuando la vea y hablaré con el jefe de admisiones. Si la opinión general es que está lo bastante bien para recibir este tipo de noticia, te lo haré saber y podrás darle la información a los del Ejército de Salvación.

Andrew frunció el ceño mientras miraba el té.

–Eso es más o menos lo que les dije que querrías hacer.

–Andrew... –se le hizo un nudo en la garganta–. Gracias.

–Eh, yo no soy más que un mensajero –impulsivamente le tomó de la mano.

De repente, el ambiente entre ellos se volvió cargado, intenso.

Cate sintió como si estuviera ardiendo por dentro y el pulso se le aceleró. Durante unos minutos se quedaron allí sentados, sin moverse, cada uno esperando a que el otro rompiera el silencio.

Con el corazón a punto de estallarle, Cate retiró la mano despacio.

–Los dos tenemos pacientes esperándonos –dijo.

Cate se alegró de haber tenido una semana ajetreada. Tan ajetreada que tan solo tuvo tiempo de saludar a Andrew cuando se cruzaban en el pasillo.

Por la noche la cosa era totalmente distinta. Había esperado que él diera el primer paso, que se pusiera en contacto con ella y, a pesar de que la tensión entre ellos había cedido, Cate se preguntaba a cada momento si tendría futuro con él.

Echando a un lado aquellos negros pensamientos, se dirigió hacia la sala donde se iban a reunir como cada viernes.

–¿Qué noticias puedes darnos de la señora Twigg, Cate? –Jon le preguntó mientras se acomodaba en una butaca.

–Ha mejorado tanto que no lo creerías. Parece que le gusta mucho que la mimen. Y ya está a favor de ingresar en un hogar de ancianos –Cate miró a sus colegas–. En realidad me preguntó a mí si pensaba que aún podría encontrar un sitio. Que, por supuesto, puede. Llamé por teléfono al director del Hogar Jazmín hace un rato.

–Gran parte del problema se ha resuelto, entonces –Andrew le dedicó una sonrisa alentadora.

–También charlé con la jefa de admisiones, Catherine Yeo –Cate miró a Andrew a la cara–. Ella opina que Madeleine está lo suficientemente bien como para recibir noticias de su familia, pero preferiblemente antes de salir del hospital.

Andrew asintió brevemente.

–Entonces llamaré al Ejército de Salvación y se lo contaré.

–¿Me mantendrás informada? –dijo en tono más seco del que había pretendido y Andrew le dirigió una mirada confusa.

–Por supuesto –le contestó y empezó a hablar del estado de uno de sus pacientes.

A mitad de la reunión, Jon carraspeó y preguntó con timidez:

–¿Podría alguno de vosotros sustituirme mañana durante un par de horas? –volvió las palmas hacia arriba expresivamente–. –No os lo pediría, lo que ocurre es que la madre de Claire viene a visitarnos desde el campo y Claire ha reservado entradas para la mañana en el teatro. Tendré que quedarme a cuidar de Mitch.

–A mí no me importa –dijo Cate–. ¿Qué quieres que haga?

–Estar presente como médico en la gran final del torneo de rugby entre dos colegios. Uno de ellos es el colegio de enseñanza secundaria local y el otro ese elegante colegio privado que hay de camino a la costa.

–Radleigh –dijo Cate–. ¿Han pedido que haya un doctor allí? Sé que normalmente siempre hay una ambulancia presente en esos partidos importantes. Pueden ser muy violentos.

Jon hizo una mueca.

–Chicos de diecisiete y dieciocho años golpeándose los unos contra los otros. Y lo de enviar a un médico es un acuerdo personal entre Peter y el director del colegio de secundaria local.

Andrew se echó a reír.

–Otro de los compañeros de golf de Peter, seguramente –se pasó la mano por el mentón–. No me importaría ver un partido de rugby. ¿Por qué no te recojo, Cate? Iremos juntos.

–Es una idea maravillosa –Jon sonrió con satisfacción–. Gracias, chicos. Os debo una.

–Yo... –Cate abrió la boca y la cerró bruscamente.

 

La tarde siguiente en el extenso campo de juego del colegio, a pesar de lucir el sol, de la belleza de los arbustos de flores rojas y de la emoción de la gran final, Cate se sentía nerviosa. Todo aquello le estaba haciendo recordar cosas que hubiera preferido no recordar.

Aspiró hondo y al mirar a su alrededor a punto estuvo de pegar un respingo al ver la abundancia de testosterona masculina que había en el campo. Estaba de pie junto a Andrew en la línea de banda del campo al lado de la tienda de primeros auxilios.

–No sé cómo me he dejado convencer para hacer esto –dijo de modo conciso y expresivo.

–No tenías por qué venir, Cate, te ofreciste voluntaria.

Ella frunció el ceño. ¿Se lo estaba imaginando o Andrew estaba tenso? No podía decirle que agradecía toda oportunidad de pasar tiempo con él lejos del centro médico.

–Supongo que sobreviviré –dijo y esbozó una sonrisa forzada.

–Si es todo demasiado macho para ti, siempre puedes ir a sentarte en el coche –Andrew la miró con humor–. Me las arreglaré.

–¿Y que me acusen de ser una tonta? –Cate se abrazó la cintura–. Ni hablar. Es que hay tantos –sacudió la cabeza, sorprendida al ver a los fornidos jóvenes corriendo por el campo y practicando movimientos.

–¡Son tan grandotes! –Cate se apartó cuando una pelota le pasó muy cerca–. Parecen una manada de búfalos...

–Y este es el equipo local –Andrew sonrió, divertido por su reacción–. ¡Ah! –señaló al entrenador que se paró muy cerca de ellos–. Parece que ya llega el equipo visitante.

¿Oh, Dios mío, más búfalos? Cate observó resignada al equipo de Radleigh mientras salía del autobús. Estaban muy entusiasmados, nerviosos por tratarse de la gran final, empujándose y arremetiendo los unos contra los otros juguetonamente.

El capitán, que había bajado el último del autobús, alzó la voz y los envió a todos al vestuarios. Entonces se volvió para mirar el campo y, de repente, se quedó inmóvil.

–¿Cate? –exclamó con incredulidad.

Cate se quedó helada, y se abrazó la cintura con tanta fuerza que apenas podía respirar. No había cambiado nada. Apretó los labios. Seguía siendo apuesto a rabiar, e iba elegantemente vestido con chándal y zapatillas de diseño y una camiseta azul marino con el nombre del colegio marcándole los músculos del pecho.

–Hola, Rick.

–¿Qué estás haciendo aquí? –dijo con cierto sarcasmo–. Tú odias el rugby.

Molesta, Cate alzó la barbilla.

–Supongo que lo mismo que tú, Rick. Mi colega y yo hemos sido contratados por el colegio de secundaria local para darles cobertura médica durante el partido de hoy –con el corazón latiéndole a toda pastilla, Cate medio volvió la cabeza–. Este es Andrew Whittaker. Andrew, te presento a Rick De Lisle.

–El antiguo prometido de Cate –Rick añadió, como queriendo establecer su posición.

Andrew le dio la mano brevemente.

–¿A qué se dedica exactamente, señor De Lisle? –preguntó con desgana.

–Soy el capitán deportivo del Instituto Radleigh –Rick respondió en tono bravucón–. Al igual que Cate ha cambiado de trabajo, yo también. ¿Dónde trabajas ahora? –sus ojos verdes la miraron interrogativamente.

Por un momento Cate pensó en decirle que eso no era asunto suyo. ¿Pero por qué darle la satisfacción de demostrarle que la había molestado? Ya no podía hacerle daño, y pensando en eso fue capaz de responder con tranquilidad.

–En el Centro Médico de Ferndale. ¿Hace cuánto que saliste de la universidad?

–Unos meses –levantó un hombro en gesto defensivo–. Prefiero lo que hago ahora.

¡Pues que se lo contara a alguien a quien le importara! Cate sintió la rabia agolpándose en su interior.

Andrew la miró con preocupación.

–Debemos ir a hablar un momento con la gente de la ambulancia, Cate.

En silencio dio gracias al cielo por su sagacidad y por haberle dado la oportunidad de escapar.

–Que tengas un buen partido, Rick –dijo y se volvió para seguir a Andrew.

Rick la detuvo al ponerle la mano sobre el hombro.

–Me faltan algunas cosas –dijo en tono suave–. Mis zapatillas de correr, mi traje de goma y otras cosas. ¿Sabes dónde están?

Cate apartó su brazo de ella, como si fuera una serpiente venenosa.

–Supongo que alguien los llevará puestos –dijo con la misma tranquilidad–. Doné tus cosas a la tienda benéfica.

–¿Qué? –gritó.

Al ver la rabia reflejada en su rostro, Cate se armó de valor. ¿Qué demonios habría visto en él? Tragó saliva.

–Sabías muy bien que tenías tus cosas en mi casa, Rick. Las dejaste allí cuando te eché... y nunca te molestaste en ir a recogerlas. ¡Tienes lo que te mereces!

–Eres tan altiva y orgullosa, Cate –se burló–. ¡Tan limpia! Si de vez en cuando te hubieras esforzado en hacerlo mejor, no habría tenido que buscar a otra persona fuera de casa...

–¡Cuida tus palabras, De Lisle! –Andrew lo cortó echando chispas.

La rabia le oprimió el pecho.

–Andrew... –Cate gritó angustiada–. Déjalo... por favor. Él no merece la pena.

 

Dios mío, qué valiente era Cate. Andrew sacudió la cabeza con admiración. Una persona de menos valía habría abandonado. Pero su Cate, no.

Después de los primeros cinco minutos Andrew se dio cuenta de que era una especie de ajuste de cuentas entre los dos equipos. Y ellos dos no habían parado un solo momento.

–Es peor que una maldita guerra –le murmuró a Cate mientras le ponía una bolsa de hielo a un jugador lesionado.

–Este joven va a necesitar que le den puntos.

A su derecha, Cate estaba examinando a un muchacho con un corte en la ceja. Le hizo una señal al entrenador del colegio de secundaria local y le explicó lo que le pasaba al chico.

–Tenemos una enfermería, doctora. ¿Podría hacérselo allí?

–Llévelo a la casa de socorro más cercana –Andrew lo interrumpió en tono autoritario–. Necesito a la doctora Clifford aquí conmigo.

De vez en cuando, Cate se sentaba unos segundos para tomar aliento, y en una de esas ocasiones notó que Rick se había ido al otro lado del campo de rugby. Suspiró aliviada. Si tenía que volver a hablar con él...

Finalmente, terminó el partido y Cate y Andrew iban hacia la calle.

–Recuérdame que esté ocupado cuando llegue la fecha de la gran final del año que viene, ¿quieres?

–¿No te ha gustado el partido? –Cate estaba algo sorprendida.

–No mucho –comentó con seriedad–. Hoy en día está tan orientado hacia lo profesional. Algunos de esos chicos están esperando hacer carrera del deporte. Cuando yo estaba en el colegio, jugábamos por amor al deporte, por el honor del colegio.

–Todo cambia, Andrew –dijo Cate en tono bajo.

–¿Quieres hablar de ello?

Le tomó la mano.

–No –estaba muy confusa y alterada y se echó a reír–. No tengo nada en contra del equipo de Radleigh, pero me alegro de que ganaran los otros.

La breve mirada de Andrew fue afilada como una cuchilla.

–Lo entiendo.

Andrew sintió que Cate se retraía instantáneamente. Tendría que ser muy discreto y cauteloso si quería tener alguna oportunidad con ella.

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