Como un sueño
Capítulo 3
ASOMBRADA, Cate levantó la cabeza.
–Andrew –tragó saliva con dificultad–. Creía que ya no quedaba nadie.
–Nadie excepto nosotros dos, según parece. He estado en el despacho de Pete, intentando hacerme con la idiosincrasia del sistema informático.
Y, desde luego, no había dicho ni pío. Cate apretó los labios.
–¿Te las has apañado?
Él sonrió.
–Te lo diré dentro de una semana. Si para entonces no he tirado el cacharro entero por la ventana –se apoyó en el mostrador junto a ella–. No estás trabajando todavía, ¿verdad?
–Tengo un paciente de emergencia –Cate hizo una mueca–. Un joven jefe de cocina de un restaurante cercano. Se ha hecho un corte muy feo.
Andrew hizo una mueca.
–¿Has terminado?
–¡Ojalá! –se volvió para marcharse–. En realidad acabo de empezar.
Andrew la siguió a través de las puertas de vaivén.
–¿Quieres que te eche una mano? –solo de pensar en sentir su aliento en el cuello mientras estaba trabajando no le pareció una perspectiva muy atractiva–. Gracias, pero ya me las apaño sola. Además, oficialmente aún no estás trabajando.
Él sonrió brevemente.
–No me engañes.
Cate se sintió atribulada mientras él la estudiaba con sagacidad.
–Entonces, razón de más para irte a casa.
Se habían detenido en el pasillo y estaban el uno en frente del otro.
–Me encantaría ayudarte –insistió él–. No he tenido un día muy pesado. Tú, por otra parte, pareces agotada.
Cate levantó la cabeza.
–No creas que puedes organizar mi carga de trabajo, Andrew.
–¿Es eso lo que estoy haciendo?
Cate se sintió tremendamente confusa mientras se preguntaba por qué estaba haciendo una montaña de un grano de arena. Pero sabía por qué, y solo deseaba que él se marchara, que se alejara de ella, para poder pensar a derechas.
En lugar de eso se sentía atrapada con él, temerosa de su proximidad y de las sensaciones que la embargaban cuando estaban cerca.
–Cate, deja que te ayude.
Aspiró entrecortadamente cuando él se colocó delante de ella y le agarró la cara con ambas manos. Cate abrió los ojos como platos. Su cabeza le decía que aquello no podía estar ocurriendo, pero su corazón no la escuchaba.
–¿Andrew? –susurró con incredulidad.
–No te opongas a esto, Cate –contestó con voz ronca.
Antes de que Cate pudiera moverse y protestar, Andrew inclinó la cabeza con delicadeza y posó sus labios sobre los de ella. Y el efecto fue devastador.
Un estremecimiento la recorrió de arriba abajo; entonces él se apartó despacio y la miró. Cate se pasó la lengua por los labios, mientras sentía su mirada intensa escudriñándola. Tragó saliva.
–¿Qué quiere decir esto... ?
–Tal vez el tiempo lo dirá –le dijo mientras le acariciaba levemente la mejilla –la miró por última vez antes de retirarle el formulario de entre los dedos inertes–. Veamos... –sonrió triunfalmente–. Vamos a ocuparnos de este pobre hombre, ¿le parece, doctora?
–Arrogante –murmuró Cate entre dientes, sintiéndose totalmente manipulada mientras caminaba detrás de él hacia la sala de curas.
–Si quieres asistirme, yo le daré los puntos –dijo con autoridad.
Cate lo miró enfadada.
–Necesitas practicar, ¿verdad?
–Probablemente –se encogió de hombros con naturalidad.
Mientras él se lavaba y desinfectaba las manos, Cate sonrió de mala gana a su espalda y empezó a preparar el carro de sutura.
Después de ponerse los guantes y la bata, Andrew le puso al paciente una infiltración de lignocaina y esperó a que se le durmiera la mano.
–¿No podría haberle acompañado alguien del trabajo, Graeme? –le preguntó.
–Que va... –el joven negó con la cabeza–. Habrían pensado que soy un cretino.
Andrew miró a Cate significativamente.
–Pues sepa que podría haberse desmayado con toda la sangre que ha perdido –le dijo en tono seco.
–No se preocupe, doctor. Sabía que alguien podría ayudarme.
Casi una hora después, Andrew ató el último punto y se echó hacia atrás para inspeccionar su trabajo.
–Eres bueno.
Cate fue generosa en su alabanza. En realidad, era más que bueno; con habilidad y meticulosidad había cerrado los bordes del corte. Casi con la precisión de un cirujano, pensaba Cate mientras sellaba la herida con un aerosol que la protegería con una película de plástico para evitar infecciones.
Andrew se quitó los guantes.
–Vuelva dentro de una semana para hacerle una revisión –le instruyó al paciente–. Es posible que podamos quitarle los puntos para entonces. E intente que no se le mojen.
Con cuidado, Cate le puso el brazo en cabestrillo.
–Con esto estará más cómodo –le dijo.
–Supongo que estará asegurado en el trabajo –Andrew empezó a soltarse los cierres de la bata–. Pero eso tiene que arreglarlo con su empresa. Le daré un certificado por el tiempo que tenga que faltar al trabajo. En realidad... –miró a su alrededor– lo haré ahora mismo. Ahora vuelvo.
–Yo... me siento algo débil –reconoció Graeme mientras Cate le echaba una manta por los hombros.
–Es lógico –Cate lo miró con preocupación–. Ha sufrido un shock. ¿Dígame, hay alguien que pueda ocuparse de usted en casa?
Graeme se puso de pie con torpeza.
–Mi novia –miró a Cate y le sonrió–. Es enfermera.
–Entonces está en buenas manos –levantó la cabeza al oír que Andrew volvía.
Le dio a Graeme su certificado y unos analgésicos.
–Le doy para un par de días –le instruyó–. Si tiene cualquier problema, llámenos, ¿vale?
–Gracias de nuevo, doctor –Graeme dio un par de pasos tambaleándose ligeramente–. ¿Les importaría llamar a un taxi que me llevara a casa? No me siento del todo bien.
–Yo lo haré –Cate se ofreció, y volvió corriendo a su despacho.
–Vaya día –Andrew dijo al entrar, después de meter a su paciente en un taxi.
–Y qué largo.
Cate estaba agotada, tanto física como mentalmente. Empujó la puerta de entrada y parpadeó con fuerza cuando la luz le dio en los ojos.
Se produjo un extraño silencio cuando Andrew se volvió después de cerrar la puerta. Cate entrelazó las manos y esperó.
Él tragó saliva con fuerza.
–¿Me dejarás invitarte a cenar, Cate?
–¿No te estarán esperando Peter y Ellie? –dijo Cate en tono sereno, y se preguntó cómo era eso posible con lo agitada que se sentía.
Andrew se metió las manos en los bolsillos de atrás.
–Le dije a Ellie que no se ocupara de mí. Ademas, probablemente se habrán ido al hospital a ver a Bart.
Cate lo consideró.
–Bueno, supongo que comer fuera será mejor que tomarme una tostada con queso en casa.
–¿Es eso un sí?
En ese momento, Cate decidió que sería un tanto infantil y grosero rechazar su invitación; ¿además, qué tenía de malo aceptar? Cate asintió.
–Gracias. Me encantaría.
–Esto... aún no conozco la zona –dijo en tono brusco–. Dejaré que elijas un restaurante, pero ten en cuenta que llevo vaqueros.
–Maldita sea –Cate se tocó la barbilla fingiendo estar pensando–. Al diablo un sitio pijo –esbozó una sonrisa breve–. Déjamelo a mí, doctor; conozco el lugar adecuado. Dame dos minutos para arreglarme un poco.
–¿Solo dos?
Cate oyó el tono de humor en su voz. Volvió la cabeza y le sacó un poco la lengua y entonces su corazón se alegró aún más al oír la risa espontánea de Andrew.
Se encontraron en el pasillo a la puerta de la consulta de Cate. Ella se había maquillado un poco, se había cepillado el pelo y puesto un poco de su perfume favorito. Pero al mirarse al espejo tan solo había visto la incertidumbre en sus ojos.
–¿Lista? –Andrew la miró con aprobación y sonrió–. Hace meses que no hago esto, Cate.
Ella pestañeó.
–¿Salir a cenar?
–No... –dijo en tono ronco–. Salir con una mujer.
Salieron por la puerta de atrás y activaron la alarma antes de cerrar. Cate llevaba una chaqueta color mostaza claro a juego con los pantalones. Hacía tan buena noche que no hacía falta abrigo, pensaba mientras le echaba una mirada a Andrew. Notó que había cambiado el jersey de esa mañana por una cazadora azul marino.
–La tenía en el coche –dijo, interpretando su mirada.
–Hace una noche divina, ¿verdad? –Cate miró hacia el cielo, donde brillaba una luna grande y amarilla acompañada de una ristra de estrellas.
–Mmm –Andrew siguió su mirada–. Desde luego es mejor que Canberra en invierno.
–¿Es allí donde estabas?
–De tanto en cuanto –dijo evitando comentar más mientras se detenía junto a su Audi color verde oscuro–. Me imagino que querrás llevarte tu coche, así que te seguiré.
Cate se cruzó de brazos.
–Llamé por teléfono y reservé mesa en Galileo; está muy cerca de aquí.
–De acuerdo –apretó el botón del control remoto que llevaba en el llavero para abrir la puerta–. Nos veremos allí.
Mientras conducía, Cate intentó no pensar en nada más que en el tráfico de aquel viernes por la noche. Pero fue inútil. Cada pocos segundos su pensamiento volvía a Andrew Whittaker y al modo en que había irrumpido en su vida.
Encontraron un sitio donde aparcar en una calle lateral cerca del restaurante, y cada uno aparcó a tan solo unos metros del otro.
Galileo había sido una antigua tienda de ultramarinos la cual habían remodelado y añadido una sección nueva que estaba en un altillo. Allí fue adonde condujeron a Andrew y Cate, a una mesa para dos junto a una estufa barriguda que proporcionaba calor a los clientes.
–Qué lugar más civilizado –dijo Andrew con aprobación.
–Brisbane tiene ahora unos restaurantes muy buenos –Cate se sentó en la silla que él le retiró–. Galileo es uno de mis favoritos.
Al momento, un camarero se acercó a ellos.
–Los dos vamos a conducir –dijo Cate mientras miraba la lista de bebidas.
Andrew le sonrió.
–Supongo que una copa de tinto de la casa no nos hará sobrepasar el límite de alcohol establecido, ¿verdad? Y algo para empezar –añadió–. No sé tú, pero yo me muero de hambre.
–Me apetecería tomar pan de hierbas –sugirió Cate.
Después de pedir se miraron.
–Bueno, Cate Clifford... –Andrew sonrió y rompió la tensión que había entre ellos–. Aquí estamos.
–Sí –pestañeó con incertidumbre y miró a su alrededor.
Las hojas de las plantas que bordeaban el perímetro del altillo estaban cubiertas de rocío y cuajadas de diminutas luces escondidas entre las hojas, como estrellas titilantes.
Extrañamente aturdida, Cate bajó la vista y se miró las manos que tenía sobre el regazo. La calidez e intimidad del restaurante le resultó de pronto desconcertante; se sintió más cerca de él, más sensible a él de una manera que apenas podía alcanzar a comprender.
–Estás muy callada –Andrew paseó la mirada por el rostro de Cate y después continuó hasta la curva de sus pechos.
–Solo me estoy relajando –Cate se mordió la lengua por haber mentido y se llevó la mano a la garganta, como si quisiera protegerse de su firme escrutinio–. ¿Crees que te va a gustar trabajar en la medicina general?
Fue una pregunta ridícula, pero también lo mejor que se le ocurrió.
–¿Qué es lo que no me va a gustar? –se encogió de hombros–. Hice mis prácticas de medicina general, así que tan solo es una cuestión de repasar un poco la lección. Pero, para contestar a tu pregunta, sí. Estoy deseando sustituir a Pete. ¿Llevas mucho tiempo en Ferndale?
–Seis meses –levantó la vista y le dio las gracias al camarero cuando les llevó el vino a la mesa.
–¿Es el primer sitio donde practicas la medicina general?
–¡No, por Dios! Estuve en un centro en Santa Lucía antes de venir aquí.
–¿Santa Lucía? –Andrew la miró por encima del borde de las gafas–. ¿No es ahí donde está la Universidad de Queensland?
Ella asintió y repentinamente se sintió agobiada al pensar en su relación con Rick De Lisle.
–¿No fue una buena experiencia?
La voz de Andrew le llegó como desde muy lejos. Cate recobró rápidamente la compostura.
–Era un centro muy grande. Había demasiados egos que alimentar –le temblaron las manos levemente al ir a levantar la copa–. Estoy mucho más contenta en Ferndale. Salud.
Levantó el vaso y alzó la barbilla, como si rechazara elegantemente continuar con el tema.
Andrew decidió que detrás de aquello había una historia. Cate Clifford se había mostrado casi aterrada. Como un animal asustado por los faros de un coche. Tal vez algún día confiara en él lo suficiente como para contárselo.
Llegó el pan de hierbas y Andrew lo engulló como si llevara una semana sin comer.
Tras haber recobrado la compostura, Cate lo miró divertida.
–¿Qué has almorzado?
–Algo que llevaba pescado –sonrió–. ¿Te parezco un salvaje?
Ella negó con la cabeza. Al contrario, le resultaba muy tierno ver a un hombre hecho y derecho disfrutar tanto de una comida tan simple.
–¿Has estado casada alguna vez, Cate?
Ella desvió un poco la mirada.
–No. ¿Y tú?
–No –se limpió los dedos en la servilleta–. Nunca pasé el tiempo necesario en un sitio para dedicarme a nadie en especial.
Imprudentemente, Cate se preguntó por qué eso la complació.
–Imagino que debe de ser una experiencia tremenda cuando a uno lo envían a una zona de desastre.
–Por supuesto –comentó–. Pero a menudo te lo dicen con uno o dos días de antelación y antes de darte cuenta ya estás allí, en medio de todo.
–¿Por qué te alistaste en el ejército? –Cate estaba francamente confusa.
–Tal vez para ayudar a personas menos afortunadas. Para probarme, para probar mis habilidades. Pero el estilo de vida del ejército no es para todo el mundo y mentiría si dijera que no es duro. Acababa de volver de una misión de paz en Bougainville cuando me enviaron al maremoto de Nueva Guinea –negó con la cabeza–. Fue una época horrible.
Cate lo miró disimuladamente. Estaba claro que sus experiencias lo habían afectado profundamente. Que aún lo afectaban.
–¿Hace cuánto que abandonaste el ejército?
–Un par de semanas –sin previo aviso estiró el brazo y le tomó la mano a Cate–. No todo fue tan duro. Cuando no estaba adscrito a ningún destacamento específico, hacía trabajo de rutina. De paso vi muchos lugares interesantes.
–¿Pero te alegraste de dejarlo?
–Sí... Eso creo... –lentamente empezó a separarle los dedos con el pulgar, rozando la punta de cada uno–. Todo el mundo tiene sus límites. ¿No estás de acuerdo?
Ella asintió, incapaz de pronunciar palabra. Todos los nervios de su cuerpo se pusieron alerta, exaltados por las sensaciones que su mano le producían.
Miró la mano que cubría la suya. Andrew tenía la piel aceitunada, los dedos largos y de puntas chatas. Y sintió un deseo irrefrenable de que esos dedos la acariciaran todo el cuerpo... de ser amada...
–¿Desearían pedir ya? –la camarera se presentó muy sonriente, bloc de notas en mano.
Andrew apartó lentamente la mano de la de Cate.
–Sí –abrió el menú y se frotó la frente con los dedos, como haciendo un esfuerzo tremendo para concentrarse–. Todo tiene una pinta estupenda – dijo–. Y estoy muerto de hambre.
–¿Aún? –Cate se refugió en el humor–. Acabas de comerte una barra de pan entera. Debes de tener la solitaria.
–No lo creo –la miró y le sonrió dulcemente–. Me habría dado cuenta.
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