Como un sueño
Capítulo 8
NI SIQUIERA después de pasar casi una hora metida en un baño de sales de lavanda pudo Cate relajarse un poco. Hizo una mueca de pesar mientras jugueteaba con la idea de no presentarse en la fiesta. Pero eso era imposible. Los Maguire eran unas personas muy especiales para ella.
Empeñada en ponerse lo más guapa posible por razones que ni ella misma quería analizar, abrió el ropero y examinó cuidadosamente su contenido.
Tenía vestidos de fiesta, pero no quería ponérselos. Por supuesto le apetecía arreglarse, pero como estaba de guardia, no le pareció lo más adecuado.
Decidió ponerse algo elegante, pero práctico, y eligió un pantalón negro de vestir y una camisa de seda en color dorado pálido. Se maquilló los ojos con un poco de sombra para darles profundidad y máscara de pestañas para acentuarlas.
¿Pero por qué se estaba molestando? Cate hizo una mueca delante del espejo del tocador mientras se ponía unos aros de oro en las orejas. Porque, le gustara o no, parecía que iba a tener que competir con Lyn Scali para llamar la atención de Andrew.
Cate estaba casi a punto de meterse en el coche cuando sonó el móvil, y tuvo que ir a ver a Terence Walsh. El señor Walsh, uno de los pacientes de Peter, tenía unos setenta años y vivía solo. Cate llegó a su casa a los pocos minutos.
–Me siento como un viejo inútil –se lamentó–. Fui a tomarme la medicina y vi que no tenía. Y lo peor es que no tengo tampoco ninguna receta.
–No pasa nada, señor Walsh –se sentó junto a él en el salón–. Le daré la medicación suficiente para el fin de semana y le haré una receta nueva que podrá ir a buscar el lunes. ¿Qué le parece eso?
Él asintió.
–Me parece muy bien, chica. Pero debería haberme acordado de dejarlo todo arreglado antes de marcharse el doctor Maguire. ¿Quién me atenderá ahora cuando vaya al centro?
Cate sabía que Peter le había dicho a sus pacientes que sería Andrew quién les atendería en su ausencia. Estaba claro que al señor Walsh ya se le había olvidado.
–El doctor Andrew Whittaker lo atenderá ahora, señor Walsh –dijo Cate mientras anotaba los detalles de la medicación de la copia de la receta.
Terence Walsh se cerró la chaqueta.
–Un joven mocoso, ¿no?
–No, yo no diría eso –Cate ahogó una sonrisa–. El doctor Whittaker ha sido médico en las fuerzas armadas y tiene mucha experiencia.
–Tal vez esté bien, supongo –concedió el anciano.
Por ir a ver al señor Walsh, Cate llegó más tarde que el resto de los invitados. Como estaba de guardia, Jon le había dicho que le dejaría un espacio en su garaje para aparcar el coche.
Menos mal, pensaba Cate mientras se fijaba en la fila de coches que llenaban la acera. Nada más salir del coche Cate oyó la música y las risas de los invitados de Jon y Claire que estarían en el jardín trasero.
Ellie Maguire la saludó con un fuerte abrazo.
–Hace mucho que no nos veíamos –le dijo sonriente–. Y pasará más tiempo hasta que nos volvamos a ver, supongo.
–Tan solo debéis ocuparos de disfrutar todo lo posible de vuestras vacaciones.
Marc, el mayor de los hijos de los Harrison, apareció con una bandeja de bebidas en la mano y Cate eligió un zumo de frutas. Levantó el vaso y dio un sorbo mientras con nerviosismo paseaba la mirada por el jardín buscando a Andrew.
Casi inmediatamente lo vio conversando animadamente con Lyn Scali. Bueno, ¿qué esperaba?
Cate sintió la punzada de los celos. Lyn se había arreglado según sus propósitos. Llevaba un vestido negro recto que intensificaba su esbelta figura. Se había maquillado cuidadosamente, poniendo énfasis en sus grandes ojos y en los altos pómulos.
Cate agarró el vaso con fuerza. En un momento de locura pensó en acercarse a ellos y reclamar...
–Hacen una estupenda pareja, ¿verdad? –comentó Ellie Maguire–. ¿Cómo te parece que se está adaptando mi sobrino a la vida de civil?
«¡A mí no me lo cuenta!», Cate quiso gritar. Solo le había pedido que se acostara con él.
–Es un hombre hecho y derecho ya, Ellie. Supongo que meditó muy bien el paso que iba a dar.
La mujer negó con la cabeza.
–Me preocupa bastante.
–¿Quién, yo? –Peter apareció junto a su esposa y le echó el brazo por los hombros afectuosamente.
–Desde luego que no –Ellie se echó a reír y le dio un codazo–. Cate y yo estábamos hablando de Andrew y de cómo se está adaptando a la vida de civil.
Peter se encogió de hombros.
–A mí me parece que se está adaptando de maravilla. ¿Tú qué crees, Cate?
–Creo que es una persona muy independiente –dijo con cierta dificultad; tenía los músculos del rostro tensos de tanto controlar su expresión.
Se produjo un breve silencio y entonces Peter cambió de tema.
–Ah –miró hacia la barbacoa–. Jon nos está llamando para acercarnos a comer. Qué bien huele la carne, ¿verdad?
–Id vosotros –sonrió con esfuerzo–. Tengo que comentarle una cosa a Bea.
Era la mejor excusa que se le ocurrió en ese momento. Cate se volvió y miró a Andrew, que estaba de espaldas.
–Maldita sea –suspiró en voz baja al darse cuenta de que la opresión que sentía en el pecho no eran más que celos.
Cate se pasó la lengua por los labios. La intensidad de sus sentimientos la atemorizó.
Levantó la cabeza y miró a su alrededor, como si quisiera volver a la realidad, para calmarse un poco.
Jon y Claire habían hecho un gran esfuerzo para crear un ambiente festivo. Y estaba todo tan bonito. Las mesas redondas estaban cubiertas por manteles blancos y decoradas con hojas colgando de los bordes. Había vino en refrigeradores de piedra y una mesa larga literalmente cubierta de deliciosa comida para acompañar la carne a la brasa.
Miró hacia el cielo estrellado y se dio cuenta de que jamás se había sentido tan sola en la vida.
Por el rabillo del ojo vio que Andrew buscaba un par de sillas para él y para Lyn. Lo vio sentarse con naturalidad en una de las butacas de mimbre. En ese momento, mientras Cate lo observaba, echó la cabeza hacia atrás y se echó a reír a carcajadas por algo que le había dicho Lyn.
Maldito Andrew, pensó Cate hecha una furia. Se volvió rápidamente y fue hacia donde Bea y su marido brindaban junto a uno de los pequeños braseros. Los saludó con una sonrisa crispada.
–¿Os importa si me uno a vosotros?
Cate no supo cómo fue capaz de soportar los minutos siguientes. Pero lo que sí sabía era que hablaba de un modo forzado, y que su sonrisa era demasiado tensa.
–¿Te apetece beber algo más, Cate? –le preguntó Jeff Harrison mientras se ponía de pie y empezaba a recoger los vasos–. ¿Te apetece un vino?
–Yo no quiero nada, gracias Jeff –dijo con esfuerzo–. Estoy de guardia.
–Hoy te ha tocado, ¿no?
–Entonces, tal vez no estaría mal si fuéramos a comer –sugirió Bea–. Mientras tengas suerte y no te llamen.
Comieron en silencio durante un rato hasta que Cate dijo:
–No he visto a Will.
–No ha venido con nosotros –le explicó Bea–. Prefirió quedarse a pasar la noche en casa de Brent con él y su padre.
–Andrew le ha dicho que ya puede volver al colegio el lunes.
Bea se echó a reír.
–Me imagino que lo que le ha pasado le va a dar tema de conversación durante mucho tiempo.
Cate se quedó callada. Parecía que fuera dónde fuera y hablara con quién hablara, el nombre de Andrew siempre salía a relucir. Se llevó la mano a la sien y se la frotó para intentar aliviar el dolor que empezaba a martillearle la cabeza.
Cuando Chrissie y Jessica llegaron con sus respectivos novios, Cate empezó a sentirse fuera de lugar, ligeramente desesperada y no menos nerviosa.
¿Encontraría alguna vez al hombre adecuado? No podía engañarse. Dentro de un par de meses cumpliría treinta años y su reloj biológico le estaba diciendo que necesitaba un compañero, formar un hogar, tener hijos...
–¡Ah, allí esta Andrew! –Chrissie agitó la mano–. Nos ha visto. Creo que viene para acá.
Aterrorizada, Cate arrastró con torpeza la silla en la que estaba sentada.
–Creo que voy a por una taza de café.
Con la sensación de que todos la estaban mirando, Cate avanzó hacia la mesa larga.
–¿Cate?
Se dio la vuelta. Andrew estaba tan cerca que pudo distinguir las finas arrugas alrededor de sus ojos y sus labios. El aroma a su colonia le llegó y aspiró temblorosamente.
–No te he visto llegar –dijo–. ¿Por qué no has venido a decirme hola?
A Cate le sonó a acusación.
–Era tarde. Tuve que hacer una visita a domicilio. Además, parecías muy contento donde estabas. No quise interrumpirte.
–Eso es un poco infantil, ¿no crees? –dijo en tono seco.
–¿Quieres un café? –le preguntó bruscamente.
–No –Andrew entrecerró los ojos–. Creo que debemos hablar.
–¿Hablar? –lo miró fijamente–. Me daba la impresión que eso era lo último que tenías planeado, Andrew.
Él apretó la mandíbula mientras se cruzaba de brazos.
–No parece que nos estemos aliviando mutuamente demasiado, ¿no, Cate?
No tenía nada que decir a eso. El corazón empezó a latirle demasiado deprisa y Cate sintió que su proximidad la envolvía.
El móvil empezó a sonar providencialmente.
Se subió a la terraza cubierta para contestar la llamada. No se sorprendió al volver y ver que la estaba esperando.
–Tengo que marcharme –dijo con brío.
–¿Es urgente?
Cate se retorció las manos con nerviosismo.
–Kurt Hayward.
–El padre de la niña que tiene leucemia.
Cate asintió.
–Parece que a su esposa, Ginny, le ha dado una crisis nerviosa.. Aparentemente, acaba de ver con claridad el verdadero problema que les ha caído encima. Lleva horas llorando –lo miró distraídamente–. Le diré a Jon que me marcho.
–Te esperaré –dijo Andrew con firmeza–. Te acompaño al coche.
–No hay necesidad –protestó débilmente–. Lo tengo en el garaje.
Pero Andrew no le hizo caso y salió con ella.
Cate maldijo entre dientes mientras intentaba poner el marcha el coche por cuarta vez.
–¡Porras! –exclamó y levantó la cabeza cuando Andrew llamó con los nudillos en la ventanilla.
–Parece que te has quedado sin batería –dijo–. Yo te llevaré.
–Tomaré un taxi –Cate agarró el bolso y salió del coche.
–Déjalo, Cate –tiró de ella hacia la calle donde estaba aparcado su Audi–. Es sábado por la noche –dijo con énfasis–. Tendrás que esperar mucho rato.
Cate se rindió. Probablemente, Andrew tenía razón y estaba muy preocupada por el disgusto de Ginny Hayward.
–Parece un caso claro de ansiedad y depresión como resultado de un diagnóstico –dijo Andrew mientras conducían.
–Sí –a Cate se le encogió el corazón; miró su perfil fuerte con aprensión–. Te lo agradezco mucho, Andrew.
Él le echó una rápida mirada.
–Estamos en el mismo barco, Cate. Que yo recuerde ambos accedimos a apoyar a los Hayward cuando fuera necesario.
Cate se encogió de hombros.
Tardarían veinte minutos en llegar al bloque de pisos donde vivían los Hayward. Cate pensó que podían hacer el viaje en silencio o charlar y romper así la tensión. Se decidió por lo último.
–¿Sabes algo del departamento de personas desaparecidas del Ejército de Salvación?
–Me han dicho que están haciendo avances –dijo–. Aunque siento decirte que no tengo idea de lo quiere decir eso. ¿Qué pasa con Madeleine?
–Ha mejorado bastante y ya la han trasladado a planta. Pero, por supuesto, el hospital no puede tenerla allí para siempre.
Andrew se concentró en el tráfico de la calle.
–No has hablado con ella sobre la posibilidad de irse a un hogar para ancianos, ¿verdad?
–Estaba esperando a que mejorara para abordar el tema. Hablaré con ella la semana que viene.
–Mi oferta sigue en pie, Cate.
–¿La de venir conmigo a verla?
–Si está bien, podríamos llevarla a dar una vuelta. A visitar el hogar y tal vez a tomar el té a algún sitio. Podríamos crear un vínculo nuevo entre ella y el exterior.
Cate sonrió.
–Ahora me vas a sugerir que invitemos también a Roxanne.
–¿Por qué no? A lo mejor serviría de ayuda. Nada se resuelve si uno no pone empeño, Cate.
Cate tragó saliva. ¿Por qué le daba la impresión de que se estaba refiriendo a otra cosa totalmente distinta a lo que estaban hablando?
–La casa de los Hayward está en la siguiente calle a la derecha.
–¿Quieres que entre contigo? –Andrew le preguntó cuando aparcó y apagó el motor.
Cate sintió un gran alivio. No tenía ganas de entrar en casa de los Hayward ella sola.
–Si no te importa.
Kurt los recibió a la puerta, e inmediatamente Cate sintió su ansiedad. Tenía los ojos enrojecidos y el pelo revuelto, como si llevara horas angustiado.
Cate los presentó rápidamente y añadió:
–Mi coche no quería arrancar, así que el doctor Whittaker me ha traído hasta aquí.
Kurt asintió distraídamente, como si aquello no fuera importante. Solo parecía infinitamente agradecido de verlos allí.
–No sé lo que hacer –dijo con tristeza–. Ginny ha sido muy fuerte desde que Shannon fue hospitalizada. Pero ahora... –negó con la cabeza.
–¿Se ha quedado Ginny a dormir en el hospital? –le preguntó Cate con delicadeza.
Él asintió.
–Hasta hoy. Llegamos a casa sobre las cuatro y entonces empezó a llorar sin parar.
Andrew le puso una mano en el hombro.
–¿Dónde está ahora su esposa, señor Hayward?
–Está tumbada en el salón. Creo que se le está partiendo el corazón de tanto dolor como siente...
–¿Está aquí su otra hija? –Cate lo interrumpió, preguntándose si tal vez tuvieran que tratar también con una hermana histérica.
–Mis padres se la han llevado a pasar el fin de semana con ellos.
–Bien –dijo Cate–. Pasaré a ver a Ginny ahora –le echó a Andrew una mirada suplicante y él asintió.
–¿Qué le parece si usted y yo preparamos un poco de té, Kurt? Estoy seguro de que a todos nos sentaría bien tomar una taza.
–Oh, sí, claro, doctor –se mostró agradecido de tener algo positivo que hacer–. La cocina está por aquí.
–No he podido evitar fijarme en los vidrios de colores de la puerta de entrada –Andrew le iba diciendo a Kurt de camino a la cocina–. Son muy bonitos.
–Los hice yo mismo –Kurt parecía complacido–. Es uno de mis pasatiempos.
Cate se alegró al oír a Andrew intentando animar a Kurt. El salón de los Hayward era pequeño y elegante, suavemente iluminado por una lámpara que había en un rincón.
–¿Ginny? –Cate le puso la mano en el hombro a la mujer que estaba acurrucada–. Soy Cate Clifford.
Ginny se volvió y suspiró largamente.
–Yo... no sé lo que me pasa. Volvimos a casa de ver a Shannon y... – empezó a llorar otra vez–. Yo quería mostrarme fuerte...
–Lo que estás sintiendo es una reacción de lo más normal tras el diagnóstico de Shannon –Cate abrió el bolso–. Te voy a dar algo que te relajará un poco y después podremos hablar tranquilamente si quieres.
Cate salió del salón sin hacer ruido y fue hacia la cocina.
–¿Cómo está, doctora Clifford? –Kurt se levantó de la silla inmediatamente.
–Parece agotada, Kurt. Y me da la impresión de que piensa que debe cargar ella sola con todo el peso –Cate fue clara–. Le voy a administrar un sedante. Me preguntaba si podrías darme un vaso de agua, por favor.
–¿Qué le vas a dar? –Andrew le preguntó en voz baja–. ¿Valium?
Cate asintió.
–Creo que es lo que hace falta. Pero solo de cinco miligramos.
Kurt le pasó a Cate un vaso de agua.
–¿Podría ver a mi esposa, doctora Clifford? Yo no pensé que... Quiero decir, creí que la estaba ayudando...
Andrew se puso de pie.
–Tal vez sea el momento adecuado para mantener una discusión sincera sobre este asunto. ¿Kurt, por qué no trae la bandeja con el té al salón y la doctora Clifford y yo intentaremos contestar cualquier duda que tengan sobre la enfermedad de Shannon?
Casi una hora después, Cate y Andrew se dispusieron a salir.
–¿Entonces piensa que hay esperanzas de que nuestra pequeña venza la enfermedad? –Kurt tenía a su esposa agarrada de la mano y ambos los miraban con alivio.
–No podemos asegurar nada –dijo Andrew pacientemente por enésima vez–, pero según el informe de Jon, la primera sesión de quimioterapia fue bien, como estoy seguro de que os habrá contado.
Los padres asintieron.
–No se puso tan mala como nos habían advertido que podría ponerse – dijo Ginny.
–Y es una luchadora –Kurt le dio un apretón en la mano a su esposa–. Como su mamá.
–Bueno, pues debéis agarraros a eso –Andrew se puso de pie e invitó a Cate a que hiciera lo mismo–. ¿Llevamos pastillas para dormir encima, doctora Clifford?
Cate asintió. Había estado a punto de sugerir lo mismo. Sacó una píldora de un bote y la dejó en una bandeja.
–Con eso podrás dormir bien esta noche, Ginny –le sonrió–. Y tal vez un baño caliente te haga mucho bien.
–Y estamos en el centro si necesitáis hablar con cualquiera de los dos – Andrew se ofreció cortésmente.
Se marcharon y Cate se sentó en silencio en el coche mientras pensaba en lo que habían hablado.
–¿Crees que lo soportarán? –preguntó.
–Maldita sea, Cate –Andrew metió la llave en el contacto y puso en marcha el motor–. Pregúntame algo fácil.
Cate se sintió rechazada y se abrazó en un gesto de protección. ¡Qué tarde más horrible había resultado! Se sentía agotada, extenuada.
–¿Podrías dejarme en casa, por favor?
–¿No vas a volver a la fiesta?
–No. Llamaré a los Maguire por la mañana antes de que se marchen.
–¿Qué quieres hacer con tu coche?
Cate se abrazó con más fuerza.
–Iré a la compañía de seguros nada más levantarme. Si quedo con ellos en casa de los Goodsir, podrán instalarme una batería de repuesto enseguida.
Andrew aminoró la velocidad al ver el semáforo cambiar a rojo.
–¿Y si vuelven a llamarte?
–Tomaré un taxi –dijo–. Seguramente a estas horas ya no habrá tanto problema.
Cate se alegró de que el fin de semana estuviera tocando a su fin. Lo único bueno era que ya tenía el coche, pensaba mientras llenaba la lavadora de nuevo.
No sabía nada de Andrew y ella no se había atrevido a llamarlo. Ahogó un suspiro. Ya no tenía ni idea de lo que había entre ellos.
La noche anterior cuando la había llevado a casa se había mostrado claramente reacio a quedarse un rato con ella. La había acompañado hasta la puerta y antes de marcharse le había dicho:
–Se te ve agotada, Cate. Duerme un poco.
El busca había sonado varias veces durante el día, pero ninguna de las visitas le había llevado demasiado tiempo, y llegadas las ocho de la tarde le había dado el relevo a la agencia que utilizaban durante la semana.
Pensó en llamar a Andrew y descolgó el auricular, pero volvió a colocarlo en su sitio inmediatamente. En lugar de eso se fue a la cama temprano y se durmió enseguida, pero a las pocas horas se levantó con una desazón tremenda.
En su sueño había perdido a Andrew, había ido corriendo detrás de él, gritando su nombre... Oh, Dios... Extendió el brazo y encendió la lámpara de la mesilla; se dejó caer sobre el colchón y fijó la vista en el techo. Se sentía como si le hubieran dado un golpe en la cabeza.
Cate se enfrentó a la verdad con angustia. Se había enamorado perdidamente de Andrew Whittaker. Era un sentimiento más profundo y mayor de lo que jamás pudiera haber imaginado.
¿Pero qué hacer cuando lo único que él parecía querer era un romance pasajero?, se preguntaba con tristeza.
Con la mañana recuperó la sensatez. Tan solo había sido un sueño, pensaba Cate mientras se metía en la ducha. No había perdido a Andrew y aún había tiempo de dejar que la situación siguiera su curso.
Se dio cuenta de que lo amaba, y decidió que algún día él también acabaría entendiendo que sentía lo mismo por ella. Tenía que sentirlo. El destino no podía ser tan cruel.
En el aire flotaba un aire primaveral y Cate se vistió apropiadamente. Resultaba agradable dejar de lado la ropa de invierno, pensaba mientras se ponía una falda de vuelo azul marino con diminutas margaritas amarillas. Por arriba se puso un top de algodón blanco y una rebeca a juego de perlé.
Condujo hasta el consultorio confiada en que algo bueno pasaría ese día. Tal vez se produjera un gran adelanto con Andrew y él le diría que iba a quedarse allí indefinidamente.
–Cuando las ranas críen pelo –se dijo.
Sin embargo, salió del coche y se dirigió hacia la puerta trasera del consultorio muy animada.
Un delicioso aroma a café la arrastró hacia la sala de personal.
Cuando estaba a punto de entrar y saludar, una exclamación entrecortada de Chrissie le hizo pararse en seco y aguzar el oído.
–¿Andrew y Lyn Scali? ¡No me digas!
–Los vi con mis propios ojos –las palabras de Jessica le sentaron como un jarro de agua fría.
–Se lo ligó sin problemas –continuó diciendo la enfermera–. Casi al momento de volver de la visita de Cate. Andrew se quedó en la fiesta unos minutos y entonces se marcharon juntos.
Cate no quiso escuchar nada más. Sintiendo un gran dolor, Cate corrió a refugiarse en la intimidad de su despacho.
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