Como un sueño

Leah Martyn · Capítulo 4 de 12

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Como un sueño

Capítulo 4

 

 

EL SÁBADO por la mañana Cate se despertó con una enorme sensación de bienestar; algo que hacía semanas que no le pasaba. ¿Sería solo por Andrew Whittaker? Durante unos segundos el corazón le latió con fuerza dentro del pecho.

Pestañeó y miró al techo mientras su mente repasaba la velada anterior, cuando ella y Andrew habían salido del restaurante.

La temperatura había bajado y él le había ayudado a ponerse la chaqueta; después le había tomado la mano de camino hacia los coches.

Cate se había inclinado para abrir la puerta del Polo y luego se había vuelto hacia Andrew.

–Buenas noches, Andrew. Gracias por esta velada tan estupenda.

–Gracias a ti, Cate –había dicho mientras la miraba fijamente a los ojos.

Se habían acercado casi a cámara lenta. Como estaba oscuro, Cate no había sido capaz de distinguir la expresión de su rostro, pero había aspirado el masculino perfume de su cuerpo. Andrew la había besado una, dos y hasta tres veces y le había hecho una serie de breves y provocativas caricias.

–Que duermas bien –le había dicho mientras la ayudaba a meterse en el coche.

–¡Por amor de Dios! –murmuró Cate mientras apartaba la colcha.

Andrew Whittaker la había besado... ¿Y qué?

Ya le había dicho que no había salido con ninguna mujer desde hacía mucho tiempo, pensaba Cate mientras se ponía una bata azul marino. No significaba nada especial para él. Además, Cate racionalizó mientras se rascaba la cabeza de camino a la cocina, ella tampoco buscaba una relación seria en esos momentos.

Mientras desayunaba, Cate pensó que hacía una mañana maravillosa. Se preparó una tostada con mermelada y se acomodó en la silla para comérsela tranquilamente. Alzó la vista y la fijó en el azul limpio y claro del cielo, el azul pálido del cielo invernal en el sur de Queensland.

Tenía tantas cosas por las que estar agradecida. Agarró la taza de té con ambas manos para calentárselas y se la llevó a los labios. Las alondras arrullaban entre los arbustos que había rodeando la casa. Cate sonrió suavemente. Probablemente estarían construyendo nidos, o al menos con ello en mente, toda vez que la primavera estaba próxima.

Dejó la taza sobre la mesa. De pronto se puso tensa. Rick y ella habían planeado casarse en primavera.

Bueno, aquello ya no iba a ocurrir. Se puso de pie apresuradamente y llevó la bandeja a la pila mientras se decía que debería estar contenta de haberlo descubierto a tiempo. Y lo estaba. Pero de vez en cuando los recuerdos volvían y la dejaban dolida y angustiada. Qué ridícula. La pobre y confiada de Cate.

Empeñada en dejar de pensar en esas cosas, Cate metió la taza y el resto de las cosas en el lavavajillas. Tenía que darse una ducha rápida e ir a la fiesta benéfica de Bea.

No había hecho una cosa así desde hacía mucho tiempo; es decir, asistir a una fiesta benéfica en un colegio. Mientras se ponía unos pantalones blancos de corte marinero y un jersey de algodón también blanco, Cate se sintió contenta y despreocupada. Últimamente tenía la piel muy bien, pensaba mientras se aplicaba un poco de crema coloreada y después se pintaba los labios de un rosa pálido.

Agachó la cabeza y se hizo una cola de caballo. Para terminar se echó un jersey fino color melocotón por los hombros.

Dos minutos después cerraba la puerta de su casa con llave y echaba a andar las dos manzanas que separaban su casa del colegio.

Cate se sumió a la emoción de los asistentes nada más entrar en el centro de enseñanza primaria.

Los puestos estaban colocados en semicírculo en el patio rectangular, decorados con alegres banderines y globos que invitaban a los asistentes a acercarse y, con suerte, a gastarse el dinero allí.

Miró a su alrededor, empapándose del ambiente festivo, escuchando los chillidos de alegría y las risas de los niños. Bueno, desde luego había suficientes cosas para mantenerlos ocupados. Cate sonrió y devolvió el saludo a un niño de cuatro años que agitaba la mano mientras daba vueltas en el tiovivo.

El corazón le dio un vuelco. Deseaba tener hijos, pero tendría que esperar todavía para eso. Gracias a Rick...

Suspiró levemente. ¿No debería ya olvidarse de todo ello y dejar de sentir tanta rabia? Se mordió el labio mientras pasaba junto a los columpios y el enorme castillo inflable rojo y amarillo donde los niños se divertían como locos saltando y deslizándose por las formas acolchadas.

–¡Cate! –alzó la cabeza y vio a Bea aproximándose a ella.

Cate la saludó con la mano y fue hacia el puesto de los dulces.

Enseguida le dieron una tarea.

–¿Si pudieras quedarte una hora más o menos? –Bea le pidió en tono esperanzado–. Solo hasta que llegue mi ayudante siguiente.

Cate se echó a reír.

–Encantada, Bea –mientras se quitaba el bolso de rafia paseó la mirada por la variedad de tartas, pasteles y galletas–. Habéis estado muy ocupadas.

–La gente se ha portado de maravilla –Bea colocó un bizcocho de nata y fresas con una pinta deliciosa en la parte delantera del mostrador–. Bueno, todo está marcado –continuó a toda prisa–. El cambio está en esta lata. Tengo que dejarte un momento. Tengo que recoger una caja de dulces que alguien ha dejado en una de las aulas.

La gente se acercaba continuamente al puesto y Cate no pudo creer lo rápido que pasó el tiempo. A las once llegó la otra ayudante de Bea y Cate se dispuso a dejar el puesto.

–¿Qué vas a hacer ahora? –Bea le puso la mano en el brazo con afecto.

Cate vaciló.

–Creo que me daré una vuelta por el resto de los puestos –dijo–. Me encantaría comprar algún bote de mermelada casera.

–Allí los tienes –Bea le indicó un puesto con un toldo de rayas rojas y blancas al otro lado–. Tiene que haber mucha variedad.

Cate tenía un bote de mermelada de fresa en la mano cuando alguien se pegó a ela. Levantó la cara y se sorprendió al ver a Andrew.

–Hola, Cate –la saludó con las manos en jarras mientras la miraba con curiosidad.

–Andrew... –Cate pestañeó y se puso colorada–. ¿Qué estás haciendo aquí?

Sonrió y se le iluminaron los azules ojos.

–Ellie había hecho unas tartas para el puesto de Bea. Me ofrecí para traérselas. Ella y Pete tenían que hacer algunos recados de última hora en la agencia. ¿Qué estás mirando?

Cate levantó el tarro.

–Mermelada casera. Estoy intentando decidirme entre la de fresa, la de fresa y manzana, o la de jengibre.

–Santo cielo –Andrew negó con la cabeza ligeramente–. Qué decisiones más terribles tenemos que tomar en la vida, ¿verdad? –le sonrió–. Lo más fácil es comprar los tres botes –fue a sacar la cartera–. Es por una buena causa.

Cate se sintió torpe mientras él pagaba la mermelada y seguidamente le pasaba la bolsa de papel de estraza.

–Bueno, ahora tendré que ir a verte para ayudarte a comértela.

–¿Lo harás? –Cate sonrió al detectar el tono esperanzador de las palabras de Andrew.

–No se te puede engañar, ¿eh, doctora?

Empezaron a pasear juntos por los distintos puestos, donde se detuvieron de vez en cuando a admirar las distintas exhibiciones, la mezcla de talentos. Alguien había cedido una preciosa mantelería de encaje para la rifa, y en el puesto contiguo unos niños de siete años se esforzaban al máximo para que la gente se acercara a ver sus artículos de alfarería y sus pinturas.

–¿No te trae recuerdos? –de algún modo Andrew le echó el brazo por los hombros y la atrajo hacia sí despacio.

Cate asintió. Aquello era una locura, pensaba, pero sin saber por qué no era capaz de apartarse de él y continuó caminando automáticamente mientras seguían dando la vuelta. Compraron unos polos que comieron como si fueran niños, y Andrew ganó un saco de patatas que donó inmediatamente.

Cate fingió desaprobación.

–Podrías haber tenido suficiente para prepararte patatas fritas durante seis meses.

–Y el colesterol alto durante todo un año –resopló–. ¡Ah, mira! –tiró de ella hacia otro puesto–. Tiro con pelotas... ¿Probamos suerte?

Cate miró las pelotas de madera con incertidumbre.

–Creo que te lo voy a dejar a ti.

–Gallina –le sonrió pausadamente–. De acuerdo, a la carga...

Cate intentó no fijarse demasiado en la flexibilidad de sus hombros, en la fuerza de sus brazos al lanzar. Como era de esperar, Andrew ganó.

–¿Qué desean? –les preguntó el risueño hombre del puesto.

–Que elija la señorita –Andrew extendió las manos hacia ella.

Cate se mordió el labio, algo intimidada.

–¿Bueno... , qué es lo que hay?

–Cualquier cosa que desee –el hombre se volvió y le señaló las estanterías–. Hay bombones, latas de galletas, de cerveza...

–¡Ah... ! –Andrew levantó las manos esperanzado.

–Ni lo sueñes –Cate soltó una risotada–. Me llevaré uno de esos muñecos hechos a ganchillo; el pequeño búho.

–¿Y por qué has elegido eso? –Andrew la miró fijamente a los ojos.

Cate acarició el suave muñeco blanco y marrón vestido con chaleco rojo.

–Parecía necesitado de un hogar –dijo sin más.

–Sé lo que es eso –soltó una risotada antes de apretar los dientes, pero su expresión resultó imposible de descifrar.

Cate retrocedió con inquietud. El ambiente distendido se había desvanecido, como si se hubiera cerrado una puerta y entre ellos se hubiera interpuesto una sombra. Por unos momentos Andrew Whittaker le había parecido... vulnerable. ¿Pero por qué?

¿Tendría necesidad de contarle algo? Cate se abstuvo de preguntarle. Sería indiscreto por su parte. Apenas se conocían.

–Vamos –dijo ella–. Voy a invitarte a comer.

Las hamburguesas estaban deliciosas, de ternera de primera y con un montón de cebolla.

–Deliciosa –Cate suspiró con satisfacción antes de meterse en la boca el último pedazo.

–Podría tomarme otra –comentó Andrew mientras le limpiaba un poco de salsa de la comisura de los labios con una servilleta–. ¿Y tú?

–No, gracias –se ruborizó ligeramente–. Pero, adelante.

Mientras bebía un sorbo de vino fresco, Cate lo observó mientras él esperaba a la cola de la barbacoa. ¿Sería Andrew un hombre complejo?

Al poco volvió y se sentó a la mesa del merendero.

–¿Qué tal está el vino? –preguntó y la miró.

–Muy bueno. Deberías haber pedido una copa.

–Voy a conducir –dijo él–. Si bebo alcohol durante el día me deja atontado.

–¿Aunque solo sea una copa de vino? –preguntó Cate con escepticismo.

–Será mejor que me creas –la miró con sinceridad–. ¿Estás ocupada esta tarde?

–¿Por qué? –Cate lo miró a los ojos detenidamente.

Tenía el iris salpicado de motas ámbar y verdes. Como los ojos de un tigre, pensó Cate. Siempre vigilantes.

–¿Qué tienes pensado hacer?

–Hay un par de apartamentos que quiero ir a ver. Me preguntaba si podrías servirme de guía.

–Pensé que te quedarías en casa de los Maguire –dijo, evitando la sugerencia de Andrew.

Él negó con la cabeza.

–No me hace falta tanto espacio. Incluso Ellie y Pete dicen que es demasiado grande para ellos ahora que las chicas se han ido de casa –se bebió los últimos tragos de su refresco–. Solo necesito un sitio donde quedarme durante una temporada. No tengo demasiadas cosas.

Cate se quedó callada. La existencia de Andrew parecía tan solitaria, tan nómada.

–¿No quieres echar raíces?

Él se echó a reír.

–Dices lo mismo que Ellie.

–Bueno, es normal –Cate se erizó ligeramente–. Cuando uno llega a cierta edad, me refiero.

Él la miró fijamente, flexionando los dedos, deseando soltarle la coleta. Solo el pensar en la seda de sus cabellos lo excitó inmediatamente.

La deseaba. Eso no lo sorprendió, aunque a ella probablemente sí que la asombraría. Si los significativos comentarios de Cate tenían algo que ver con lo que pensaba, no se la imaginaba aceptando un romance casual.

El deseo se desvaneció.

–La edad no tiene nada que ver, Cate.

Ella se sintió algo cortada. Andrew la miraba con frialdad, como si quisiera distanciarla con la mirada. Fue casi como si se acabara de encerrar en sí mismo, como si se negara a compartir con ella lo que llevaba dentro. Cate tragó saliva.

–¿Estás bien, Andrew?

Él sabía que Cate lo estaba mirando, notó la preocupación en su voz.

–Sí, estoy bien. Tan solo un poco preocupado.

Cate se mordió el labio. Sintió que volvía a rechazarla, pero ella continuó.

–Háblame de esos pisos –dijo, intentando volver a su onda.

Él sonrió sin ganas.

–No creo que me moleste, después de todo. Hay tiempo de sobra –lanzó la lata vacía a una papelera cercana y se puso de pie–. ¿Quieres que te deje en algún sitio?

Ella lo miró y el corazón empezó a latirle de nuevo aceleradamente.

–Gracias, pero creo que me quedaré un rato más.

–De acuerdo –asintió con la cabeza bruscamente–. Nos veremos.

Cate le daba vueltas y más vueltas a la cabeza mientras lo observaba marchar. Iba muy erguido, con sus anchos hombros derechos, y se pasó la mano por los cabellos nerviosamente.

Vaya, había metido bien la pata. Andrew sonrió sin ganas. Seguramente en ese momento Cate estaría pensando que era un cretino. Pero había hecho bien en marcharse. La situación se había vuelto claramente insostenible.

De camino a la salida se detuvo a mirar a unos niños pequeños que bailaban unas danzas regionales, con movimientos ligeramente descoordinados, pero con mucho entusiasmo.

Qué inocentes eran los niños. Andrew negó con la cabeza y echó a andar. Se sentía muy viejo.

Los altavoces anunciaron algo que le llamó la atención y le hizo volver a la zona donde estaban las atracciones.

Un accidente.

Dos alumnos de once años del colegio habían colisionado mientras uno saltaba desde el trampolín.

Mientras se abría paso entre la gente que se había aglomerado alrededor, Andrew iba pensando que normalmente los niños eran muy resistentes.

Cate estaba allí cuando llegó.

–¿Qué tenemos? –dijo Andrew en tono seco mientras se agachaba junto a los heridos–. ¿Qué? –se volvió al oír la exclamación de alarma de Cate.

Esta se mordió el labio.

–Este niño es Will Harrison.

–¿El hijo de Bea? –el niño estaba inconsciente, su cuerpo doblado de manera extraña–. ¿Puede alguien ir a buscar a la señora Harrison? –dijo Andrew en voz alta–. Está en el puesto de las tartas. Y traiga también hielo –gritó a la persona que ya estaba en camino.

–Oh, Dios... ¡Brent! –un adolescente larguirucho y pelirrojo se arrodilló junto a ellos; estaba muy pálido–. Papá me va a matar. Se suponía que tenía que echarle un ojo a Brent.

–¿Brent es tu hermano? –le preguntó Cate.

La primera impresión de Cate sobre las lesiones del niño era que tendría que ir al hospital y que habría que localizar a los padres o las personas a su cargo.

–Su hermanastro –el joven pestañeó con rapidez–. Qué raro tiene el brazo.

–Eso es porque tiene el hombro dislocado –dijo Cate en voz baja.

–¡Imbécil! –sollozó el adolescente–. Ese es el brazo con el que agarra el arco –la inquisitiva mirada de Cate provocó la emotiva respuesta del joven–. Mi hermanastro toca el violín.

–Santo Dios... –Andrew murmuró entre dientes y negó con la cabeza–. Tratemos de ser objetivos, ¿de acuerdo? ¿Qué crees que tiene Brent, doctora Clifford?

Cate se arrimó a consolar al lloroso adolescente.

–Además del hombro dislocado, sospecho que se ha fracturado el pómulo. El tobillo está empezando a hinchársele, pero está claro que no lo tiene roto. Probablemente se habrá hecho un esguince.

–Tengo ganas de vomitar... –Brent volvió la cabeza y empezó a arrojar.

–Oh, Dios mío –Bea Harrison se abrió paso entre el grupo que los rodeaba y se quedó pálida al ver a su hijo postrado–. ¿Cate? ¿Andrew? ¡Decidme lo que sea! –miró a uno y a otro con los ojos como platos–. ¿No estará... ? –se calló de pronto.

–Cálmate, Bea –el tono calmado de Andrew ocultaba su preocupación; el niño debería haber recuperado ya el conocimiento–. Parece como si hubiera ocurrido uno de esos desafortunados accidentes que sufren los niños de vez en cuando.

–¿Qué me dices, Andrew?

Con gran esfuerzo, Bea consiguió controlarse.

–Parece ser que los chicos se chocaron en el aire. Está claro que Will perdió el conocimiento antes de tocar el suelo.

–Oh, Dios mío –Bea se estremeció–. Mira cómo tiene la espalda –le levantó la camiseta al niño y frunció el ceño al ver el moretón que se le estaba ya formando.

–Debió de pegarse con el borde de metal del trampolín al caer –dijo Cate en tono bajo–. Bea, lo siento tanto...

–La ambulancia está de camino –dijo alguien.

–Ya era hora.

Andrew estaba muy serio mientras comprobaba las constantes vitales del niño, notando que tenía el pulso elevado, pero aún fuerte. Ojalá que no resultara ser nada más serio que una conmoción.

–Mamá...

–Oh, cariño, estás despierto.

–Con cuidado, Bea –Andrew la advirtió al ver que la madre estaba por abrazar al niño herido–. Es mejor que no movamos a Will de momento, ¿vale?

–¿Doctora Clifford?

Cate levantó la cabeza y vio a Lauren Bentley a su lado con una bolsa enorme de hielo picado. Cate se quedó aturdida unos segundos hasta que recordó que aquel era el colegio donde Lauren había empezado a trabajar.

–La saqué de una cámara donde están las bebidas –la joven se arrodilló junto a Cate–. Y también he traído un par de paños de cocina por si te hacían falta para envolver el hielo.

–Gracias Lauren, has tenido una buena idea –Cate se sintió más tranquila por tener allí a dos personas más ayudándola–. Vamos a necesitar ponerle hielo a Brent en el pómulo y en el tobillo.

–Diablillos... –rápidamente Lauren colocó un buen montón de hielo en el centro de cada paño, ató las cuatro esquinas y le pasó uno a Cate–. Yo me ocuparé del tobillo, ¿te parece?

Cate asintió agradecida y se volvió a colocar con cuidado el paño con hielo sobre la mejilla del niño.

Lauren tuvo también cuidado con el tobillo.

–¡Allá vamos, personaje! –sonrió al niño con picardía–. Supongo que estabas intentando perder clase el lunes, ¿no? Debías de saber que iba a volver la semana que viene a daros clase, ¿eh?

Su alumno sonrió débilmente.

–¿Va a venir papá? –preguntó.

Lauren miró a Cate y ella le contestó en voz baja.

–Aún no lo hemos llamado, pero su hermano mayor está por aquí.

–Ah, será Jared –dijo Lauren–. Es un buen chico. Conozco a la familia, así que si quiere me ocuparé de avisarlos.

–Te agradezco infinitamente tu ofrecimiento, Lauren. Y, llámame Cate, por favor...

–¿Cómo está Will? –preguntó Lauren en voz baja.

Cate tragó saliva. Sentía la angustia de Andrew como si la estuviera viviendo ella misma.

–Sabremos más cuando lo llevemos al hospital.

Todo el mundo dejó de hablar cuando llegó la ambulancia, que entró despacio marcha atrás hasta el lugar donde se había producido el accidente.

–De acuerdo, vamos a llevarnos a estos niños –Andrew se mostró aliviado; le echó una mirada interrogante a Cate–. ¿Adónde los enviamos, doctora?

–A Santa Ana –dijo Cate sin dudarlo–. Tienen un departamento infantil muy bueno. Los niños estarán en buenas manos.

–Si quieres ir con Bea en la ambulancia, yo os seguiré con el coche – dijo–. ¿Habéis podido localizar a los padres de Brent?

–Su profesora lo va a arreglar. Mientras tanto, tal vez Jared pueda ir contigo. Brent necesitará a alguien...

–Desde luego –contestó Andrew en voz baja.

Deseaba controlar sus emociones. Lo que había ocurrido era lo que menos le hacía falta en ese día. Apretó los labios. El dolor de los niños le había hecho recordar cosas que hubiera preferido no rememorar...

–Buenas tardes a todos –los enfermeros salieron.

–Necesitamos un collarín para este, por favor.

–Desde luego, doctor. Tenemos uno que le vendrá bien, creo.

Bajo la cuidadosa supervisión de Andrew un enfermero le puso el collarín a Will Harrison y lo montaron hábilmente en una camilla.

–¿Estás bien, chico? –Andrew le puso la mano a Will sobre la cabeza.

–Yo voy contigo, cariño –Bea agarró a su hijo de la mano.

–Mamá... –Will suspiró con lágrimas en los ojos–. No siento las piernas...

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