Como un sueño
Capítulo 11
ANDREW se sintió mal.
Había tenido la intención de hablar con Cate antes. Al menos telefonearla. Pero cada vez que se decidía a hacerlo acababa echándose atrás. ¿Cómo solucionaba uno lo que no tenía solución?
Cate debía de pensar que era un cretino insensible, se decía Andrew mientras se pasaba la mano por el mentón. Debería haber dejado las cosas como estaban antes.
¡Pero claro, tenía que tenerlo todo!
Llegado el jueves, Cate estaba ya volviéndose loca.
No podía creer que no hubiera hecho esfuerzo alguno para verla fuera del centro, pero Andrew no le había hecho ninguna invitación. Nada que reforzara el hecho de que, físicamente, habían estado lo más cerca posible que pueden estar dos personas. ¡Por amor de Dios, se habían acostado juntos!
De camino a su despacho, Cate llegó a la clara conclusión de que Andrew la había estado utilizando.
Sin embargo, en el fondo de su corazón, se negaba a creérselo. El presentimiento era muy fuerte.
Con el corazón latiéndole con fuerza, llamó a su puerta y asomó la cabeza.
–Hola –dijo con voz entrecortada–. Chrissie me dijo que estabas libre en este momento.
–Cate... –Andrew se levantó rápidamente, se acercó a ella y le tomó ambas manos–. Ahora mismo iba a verte.
–¿De verdad? –no le creía del todo, pero cuánto deseaba hacerlo–. Tengo noticias sobre Madeleine y Tania –dijo apresuradamente.
–¿Y bien?
–Todo fue bien.
–Eso es estupendo –Andrew le apretó las manos–. Bien hecho, Cate.
Ella se echó a reír.
–Bien hecho los dos, creo. Tania y su marido van a ayudar a Madeleine a que se mude al Hogar Jazmín y todo eso.
Andrew entrecerró los ojos y la condujo hasta una silla.
–¿Y tú estás contenta?
–Totalmente –Cate le quitó importancia a su preocupación–. Es la mejor solución para Madeleine. Es bueno que tenga a su familia a su alrededor, aunque solo sea su nieta; es mucho mejor que no tener a nadie –se encogió de hombros–. Y yo seguiré siendo su médico de cabecera cuando se traslade al hogar.
Andrew parecía pensativo; se apoyó sobre el borde de la mesa, junto a ella.
–¿Y la familia Ross? ¿Sabes algo de ellos?
–Mmm. Todos han vuelto a casa ya. Ah, y me he enterado de otra cosa.
Él arqueó las cejas.
–¿Me la vas a decir?
–Le han puesto Andrew al bebé.
–Pobre niño –se rió avergonzado, pero Cate se dio cuenta de que el detalle le complacía.
–¿Vas a hacer algo esta noche? –le preguntó Cate antes de que la abandonara el ánimo.
–Esto... no. No lo creo –Andrew se puso derecho–. ¿Te gustaría salir a cenar, quizá?
–No, yo te invito a cenar. Hace tan buen tiempo ahora de noche que pensé que estaría bien preparar unos filetes en la barbacoa.
–¿Los mismo que nunca nos comimos?
–Por favor –Cate sonrió–. Esos cayeron hace días ya. No, le he comprado unas chuletas estupendas a Trevor.
–¿Quién es Trevor?
Andrew quiso continuar un poco la absurda conversación para que se quedara con él un poco más.
Ella ladeó la cabeza.
–Trevor James, mi paciente el carnicero.
–¡Ah! –Andrew chasqueó los dedos–. Ya sé quién es. Recuerdo que hablamos de sus radiografías.
Hacía ya tanto tiempo. Cate se levantó de la silla.
–Te veo sobre las siete, entonces.
–Cate... –Andrew suspiró con fuerza–. No puedo olvidar lo bien que estuvimos juntos. Lo bien que me sentí.
Tan bien que no había hecho ningún esfuerzo para demostrárselo, ni siquiera acercarse a ella, durante toda una semana. Abrió la boca y volvió a cerrarla. No pudo decir nada al ver la vulnerabilidad en su rostro.
Oh, Andrew.
Se volvió hacia la puerta antes de que él pudiera decir o hacer algo que la cautivara todavía más.
En cuanto llegó a casa, Cate salió al patio. Tenía una barbacoa que le llevó un rato preparar para poder cocinar en ella. Colocó los trozos de carbón especial bajo la rejilla y los encendió.
La emoción se apoderó de ella mientras subía las escaleras. Se duchó y lavó la cabeza, y se la secó con el secador hasta que sintió los suaves y rizados mechones cayéndole por los hombros.
¿Qué ponerse? Aspiró hondo y decidió darse un gusto.
Su ropa interior no era demasiado seductora, pero tenía un conjunto nuevo de algodón blanco con pequeñas florecitas rosas.
Se visitó con una falda roja que tenía una raja en el lateral y una blusa de seda sin mangas del mismo color que la falda. Se pintó los labios de un color mate y respiró hondo para intentar calmarse un poco.
–Estás preciosa, para comerte –Andrew comentó cuando ella le abrió la puerta.
Cate se echó a reír.
–Pues acabo de poner las chuletas.
–Ah, estupendo –la siguió hasta la cocina–. Tengo un hambre de lobo.
–Maldición –Cate chasqueó la lengua–. Debería haberme pasado por la bodega a comprar algo.
–Estás un poco despistada hoy, ¿verdad doctora? –levantó una mano y le acarició el cabello–. He traído un poco de cerveza.
Cate soltó una carcajada nerviosa.
–Menos mal. Los vasos están en ese armario. Voy a preparar una ensalada verde.
Mucho después de terminar de comer, Andrew y Cate siguieron sentados en el pequeño jardín trasero. Cate se dio cuenta de que habían hablado de todo menos del tema que les ocupaba la mente.
¿Se iría a marchar?, se preguntó Cate mientras metía los cacharros en el lavavajillas con lentitud. ¿O acaso solicitaría quedarse en el centro?
No tendría que esperar mucho para enterarse.
–Bueno, ya está todo –entró del jardín y cerró la puerta corredera.
–Gracias –Cate puso el lavaplatos.
–Cate... –Andrew la abrazó por detrás y le habló con voz sugerente–. ¿Has cambiado de opinión en cuanto a nosotros?
Lo ideal sería que le dijera que se sentía confusa, que no sabía qué había entre ellos. Pero eso sería ponerle entre la espada y la pared. Él no le había prometido nada.
–No... –la voz le tembló–. Nada ha cambiado, Andrew.
Se volvió y él la abrazó con fuerza. Sin decir más subieron a su cuarto.
Hicieron el amor apasionadamente. Cate lo deseó con desesperación y se mostró mucho más audaz de lo que se habría creído posible.
Cuando el tumulto en su interior se había sosegado, Andrew la levantó en brazos y la cubrió de dulces besos que a Cate le expresaron mucho más que las palabras.
Cate se quedó dormida entre sus brazos.
El grito de Andrew la despertó; un grito estridente que rebotó contra las paredes de la habitación.
Cate se sentó en la cama. Encendió la lámpara de la mesita de noche con el corazón desbocado. Andrew estaba tumbado a su lado, medio dormido medio despierto, atrapado en medio de una horrible pesadilla.
Sus ahogados ruegos de desesperación le partieron a Cate el corazón.
–Andrew –le urgió en voz baja–. Calla... No pasa nada, no pasa nada...
Su gemido se convirtió en un suspiro tembloroso.
–Todo va bien, cariño –Cate se inclinó sobre él y le acunó la cabeza mientras seguía murmurando palabras tranquilizadoras.
Finalmente, se quedó quieto y ella sintió que se había despertado. Pasó un buen rato hasta que se movió. Abrió los ojos y la miró.
–Oh, maldita sea, Cate –sacudió la cabeza y cerró los ojos con fuerza, como si le doliera–. Vaya héroe que estoy hecho, ¿verdad? –dijo con amargura.
Cate lo abrazó y entonces todas las piezas del rompecabezas encajaron a la perfección. El hombre que amaba sufría un trastorno de estrés post traumático.
Sabría Dios cuándo había dormido bien por última vez. Estaba claro que había tratado por todos los medios de ocultarlo, incluso yendo hasta el extremo de echarla fuera la última noche.
–Pobre mío –murmuró mientras le daba un masaje en el cuello y en los hombros.
Mucho rato después, Cate sintió que Andrew empezaba a relajarse.
–Ya es casi de día –le dijo al oído–. ¿Por qué no te das una ducha y yo preparo un té? Después podemos hablar.
–Siempre queriendo arreglarlo todo, ¿verdad, Cate? –dijo en tono seco–. Hablar no servirá de nada.
–¡Por amor de Dios, Andrew! –saltó de la cama y se puso la bata–. Hablar con las personas adecuadas te ayudará. ¿Has hecho alguna terapia desde que saliste del ejército?
Su silencio le dijo todo lo que necesitaba saber.
–Voy a utilizar el cuarto de baño grande –dijo y sacó una muda limpia de un cajón–. Utiliza el que hay aquí en el dormitorio. Te veré en la cocina dentro de diez minutos.
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