Como un sueño
Capítulo 10
TIENES planes para esta noche? –le preguntó Andrew mientras paraba el Audi a la puerta del apartamento de Cate.
Cate pestañeó y volvió al momento presente.
–¿Planes? –repitió aturdida.
–Sí, palabra de seis letras que empieza por pe –sonrió con pesar.
–No –se mordió el labio–. Tan solo iba a...
–¿Lavarte el pelo? –arqueó una ceja–. Pásate sobre las siete. Yo prepararé la cena. No te preocupes, Cate –le pasó los nudillos suavemente por la mejilla–. No tenemos por qué hablar de ello si no quieres. Solo ven.
Ella lo miró, miró los ojos azules que estudiaban su rostro, y frunció el ceño con preocupación.
–No tienes por qué sentir lástima por mí, Andrew. Sé que me he librado de Rick. Y hacía mucho que no pensaba en él.
Desde que había conocido a Andrew no había vuelto a pensar en él.
Andrew se mordió los labios.
–He conocido a hombres como él, arrogantes y egoístas.
Cate soltó una risa.
–Así es él. Al principio era muy atento, divertido. Pero más tarde empecé a sospechar que tan solo me quería como si yo fuera una especie de trofeo.
–Seguramente se pavoneó mucho de que fueras médico –dijo Andrew con rabia.
–Supongo... –Cate se miró las manos–. En cuanto se fue a vivir conmigo, empecé a tener serias dudas. No había tenido mucha experiencia con hombres. Me faltó la figura del padre y encima fui a un colegio solo femenino. Rick apareció de repente, supongo –soltó una risotada–. A mamá nunca le gustó.
Andrew la abrazó sin decir nada y empezó a acariciarle el cabello.
–Tal vez te suene anticuado, Cate, pero Rick no te merecía.
Cate suspiró largamente.
–Él me mintió. Y una relación no puede basarse en la mentira, ¿no crees?
–No...
Sintió sus labios presionándole la sien, como si fuera una niña a la que quisiera consolar. Inmediatamente se sintió mucho mejor, más fuerte. Andrew... Cate lo abrazó también.
–Oh, Catie –dijo en voz baja y sus labios encontraron los de ella.
La respuesta de Cate fue apasionada; un tremendo deseo la recorrió de arriba abajo. No tenía fuerza para apartarse de él, para romper el contacto.
En lugar de eso le echó los brazos al cuello y empezó a acariciarle los suaves mechones de pelo de la nuca. Gimió suavemente cuando él la levantó y la estrechó contra su cuerpo, al momento sus manos cálidas y suaves le acariciaban un pecho.
–Eres tan suave –murmuró en su garganta y seguidamente empezó a pasarle la punta de la lengua por el hueco en la base del cuello.
–Dulce Cate –suspiró y apoyó la mejilla sobre sus cabellos, agarrándola como si no quisiera soltarla jamás.
Cate no supo cuánto tiempo permanecieron así. Solo supo que jamás se había sentido tan a gusto. Las palabras no eran necesarias. Amaba a ese hombre. Las palabras se repetían una y otra vez en su mente y se acurrucó más entre sus brazos.
Cuando por fin él levantó la cabeza ella emitió un leve murmullo interrogativo.
–¿Qué?
–Casi se ha puesto el sol –dijo–. Será de noche dentro de unos minutos.
–Mmm –Cate alzó la vista y vio como el último trazo de color empezaba a abandonar el toldo celeste.
–Será mejor que nos movamos –Andrew se retiró despacio, entonces, inesperadamente, la agarró y la besó brevemente, pero con pasión–. Vente conmigo a casa ya, Cate. Pasaremos por la bodega a comprar una botella de vino.
¿Qué podía decir? En ese momento quería estar con él más que nada en el mundo. Y si tan solo era capaz de ofrecerle una relación temporal, pues que así fuera. Se enfrentaría al final de la historia en su momento. Mientras tanto, ella necesitaba a Andrew tanto como respirar.
–He encontrado una bodega estupenda saliendo de la calle Macklin –dijo mientras se apartaba de la acera y se ponía en camino hacia la calle principal; le tomó la mano, se la llevó a los labios y le dio un beso en la palma–. ¿Qué te apetece?
«Me apeteces tú». A Cate se le aceleró el pulso.
–¿Qué vino?
–Mmm –le soltó la mano–. ¿Blanco o tinto?
–No me importa, la verdad.
Él se echó a reír con satisfacción.
–Entonces compraremos una de cada.
Cate sonrió.
–Lo dices como si fuéramos a pasarnos la noche entera despiertos y bebiendo.
–Tal vez lo hagamos –le dijo en tono suave y sugerente–. Pero no necesariamente bebiendo.
El ambiente entre ellos se llenó de pronto de expectación. Cate aspiró temblorosamente y se cruzó de brazos, emocionada como una chiquilla.
–¡Maldita sea!
La explosión de alarma de Andrew la devolvió al presente y se inclinó hacia delante para mirar por el parabrisas.
–Oh, Dios mío... –exclamó, viendo lo que Andrew ya había visto.
El pequeño coche que iba delante de ellos, como iba demasiado deprisa había pasado por encima de una esquina y justo evitado un palo de la luz. Asustada, Cate vio cómo el coche se salía de la carretera y se detenía con gran estruendo.
Andrew frenó en seco, sin dejar de soltar palabrotas entre dientes.
–¡Llama a los servicios de emergencia, Cate! Le pasó el móvil, salió del coche y echó a correr hacia el escenario del accidente.
Cate intentó tranquilizarse y marcó el número que unía los tres servicios. Hacía mucho tiempo que no asistía en un accidente de circulación, pero de pronto, de manera milagrosa, reaccionó como cualquier profesional médico debía reaccionar ante una emergencia como aquella.
Andrew había dejado las llaves en el contacto y las sacó y corrió a abrir el maletero.
Sacó todo lo que pudo y dio gracias al cielo porque Andrew fuera un hombre tan metódico.
Andrew había tomado precauciones extra por el partido de rugby.
Incluso había un pequeño extintor que Cate se metió debajo del brazo; agarró como pudo el resto del equipamiento médico y echó a correr hacia el retorcido coche.
Rezó para que no hubiera muertos.
Para Cate, los minutos siguientes fueron surrealistas. Al llegar al coche, se oyó un tremendo chasquido y el capó del coche se prendió fuego.
–¡Dame eso! –Andrew agarró el extintor y empezó a barrer la superficie con el chorro de lado a lado.
–He sacado al conductor –le gritó a Cate–. Pero hay una mujer dentro. Está embarazada.
Oh, santo Dios. Cate dejó las cosas y fue hacia el asiento del pasajero. Nada más mirar vio que la puerta se había movido con la fuerza del impacto y que estaba atascada.
–¡Andrew! –Cate gritó; en el interior del coche la mujer estaba haciendo frenéticas señales y llorando a lágrima viva–. No puedo abrir la puerta.
–Déjame intentarlo –empujó a Cate bruscamente a un lado–. Maldición – soltó–. Dónde están los servicios de emergencia cuando uno los necesita.
Cate miró frenéticamente a su alrededor. El accidente había ocurrido en una zona industrial, de modo que no había un alma en los alrededores, puesto que al ser fin de semana todos los locales estaban cerrados.
Andrew soltó varias palabrotas mientras trataba de abrir la puerta.
–Deberían prohibir este diseño –dijo con los dientes apretados mientras golpeaba el metal con el puño–. Esto no va a funcionar.
–¿Tienes alguna herramienta del coche?
–Un gato... –Andrew echó a correr.
Cate empezaba a sentirse totalmente impotente. Se había hecho de noche y la débil luz de la farola no servía de mucho. Se inclinó hacia delante y se asomó por la ventana; lo que vio dentro le hizo soltar una exclamación entrecortada.
Andrew volvió y a los pocos segundos consiguió abrir la puerta.
–Mi niño... –la voz de la mujer se fue apagando–. Sáquenlo... por favor...
–Estará bien –Andrew le dijo mientras la levantaba en brazos con delicadeza y seguidamente la tumbaba sobre una manta que Cate había colocado en el arcén–. Somo médicos. Le sacaremos al bebé.
–Andrew –a Cate le tembló la voz–. Creo que se refiere a su otro hijo. Hay uno niño de unos dos años atado en su sillita en el asiento de atrás.
–Y el coche podría estallar en cualquier momento –dijo en tono tenso–. De acuerdo, intentaré echar hacia delante el asiento del conductor y sacaremos al niño por allí. Tendrás que hacerlo tú, Cate, que eres más menuda.
Cate había logrado calmarse un poco y de ese modo podía pensar con prontitud y actuar de manera práctica.
–Lo haré enseguida –dijo y así fue.
El niño parecía ileso, pero Cate supuso que estaba muy asustado.
–Vamos, cariño –dijo mientras soltaba los cinturones y lo levantaba del asiento.
El niño le echó los brazos al cuello y Cate salió despacio del vehículo.
–Bien hecho –dijo Andrew con gravedad mientras le tomaba al niño y lo envolvía en otra de las mantas–. Vamos a ponerte aquí –dijo– donde pueda verte tu madre.
–¿Cómo está el conductor?
Cate empezó a sacar el botiquín de primeros auxilios.
–Aún está inconsciente –Andrew sacó una linterna de la bolsa de emergencia–. No tiene nada roto.
–¿Hace cuánto tiempo que has traído al mundo a un niño? –le preguntó Cate.
La mujer estaba levantando las rodillas como si tuviera ganas de empujar.
–No tanto como tú puedas creer, doctora Clifford –dijo Andrew en tono ligero–. Y te digo que este bebé no va a esperar a la ambulancia.
La mujer les dijo que se llamaba Anna Ross.
–Íbamos de camino al hospital. ¿Cómo... está mi esposo? ¿Han dicho ustedes que son médicos?
–Sí, somos médicos –Cate desvió la linterna para ver cuánto había dilatado la paciente–. Soy Cate y este es Andrew. Su marido está inconsciente, pero no parece tener nada roto.
–La cabeza está coronando ya –dijo Andrew–. Puedes empezar a empujar, Anna. Pero con suavidad, ¿vale?
Los vehículos de emergencia llegaron enseguida.
–A buenas horas –gruñó Andrew–. Ahora que ya hemos hecho lo más duro.
Cate sonrió. En realidad tan solo habían pasado unos minutos, pero Cate entendía a Andrew perfectamente. Parecía como si hubiera pasado mucho rato desde que habían sacado a la mujer y a su pequeño del coche. Oía cómo Andrew alentaba en voz baja a la madre y se dio cuenta de que estaba viendo una nueva faceta en Andrew.
–Gasas estériles, Cate –le ordenó–. ¿Podrías abrir el paquete, por favor? Y después ayudar a Anna a ponerse en posición.
Cate actuó con rapidez.
El bebé, un niño, nació a la luz de la linterna unos minutos después.
–Es una preciosidad –dijo Andrew con embeleso mientras cortaba el cordón umbilical y se lo pasaba a la madre.
–Ahora nos encargaremos nosotros, doctor.
–Son todos suyos –Andrew le tomó la mano a Cate y se apartaron mientras los enfermeros se arrodillaban junto a la madre y al bebé y se preparaban para montarla en la camilla.
–¿Dónde tenías que dar a luz al bebé, Anna? –Cate levantó en brazos al niño mayor.
–En Santa Ana –Ana esbozó una trémula sonrisa. Gracias a los dos... Muchas gracias. ¿Está Keith... ? –miró con preocupación hacia donde estaba tumbado su esposo.
–Ahora mismo iba a echarle un vistazo –Andrew acarició la regordeta mejilla del bebé–. ¿Estoy seguro de que está bien.
–¿De verdad? –Cate le preguntó en voz baja mientras le pasaba a Andrew su maletín.
–Más o menos –Andrew lo examinó a fondo–. Las pupilas reaccionan – dijo–. De momento, es una buena señal. ¿Señor Ross, puede oírme?
Él hombre gimió y pestañeó levemente.
–Su familia está bien.
De pronto Keith Ross abrió los ojos del todo.
–El bebé... –exclamó angustiado.
–Acaba de tener un hijo –Andrew le estaba tomando el pulso.
–¿Recuerda el accidente, Keith? –Cate le subió la manta para taparlo mejor.
–Sí... Iba demasiado deprisa. Se me atascó el freno. Maldita sea...
–¿Este es para nosotros, doctor? –preguntó uno de los enfermeros.
–Por favor.
–¿Podrían llevar al señor Ross al mismo hospital que a su esposa, por favor? –les pidió Cate.
–No creo que haya problema, doctora. Qué suerte que estuvieran cerca para atenderlos.
A los pocos minutos, la familia Ross iba de camino al hospital. La policía estaba tomando medidas para elaborar el informe del accidente y los bomberos se aseguraron de que el coche estaba listo para ser remolcado.
En silencio, puesto que ambos estaban preocupados, Cate y Andrew metieron sus cosas en el maletero del Audi.
–No se te olvide esto –Cate le pasó el extintor–. Espero que haya abuelos o alguien que pueda cuidar del niño hasta que sus padres salgan del hospital –dijo.
–En Santa Ana se ocuparán de arreglar eso –Andrew guardó el extintor en un rincón del maletero–. Pero sea como sea, estoy seguro de que mañana o pasado querrás enterarte de cómo están. O no serías la Cate que yo conozco –le echó el brazo por los hombros.
Cuando se disponía a abrirle la puerta, Andrew se volvió y la abrazó por la cintura con ternura.
–¿Bueno, sigue en pie nuestro plan para esta noche? –le preguntó con voz ronca.
–Eso espero –Cate le echó los brazos al cuello–. ¿Pero podrías dejarme primero en casa? Necesito darme una ducha y cambiarme después de todo esto.
–Hecho. Aún tenemos que comprar el vino.
Cate llamó al timbre de la casa de Andrew. Tenía los nervios a flor de piel.
Y era normal que estuviera nerviosa. Ella no tenía mucha experiencia con los hombres. ¿Y si lo hacía mal y él se desanimaba?
–Hola –él abrió la puerta y al verlo todas sus dudas se disolvieron como el humo.
Era Andrew, el hombre que amaba, grandote, vestido con unos vaqueros desteñidos y una camiseta blanca. A diferencia de ella, él parecía totalmente relajado.
–No habré llegado demasiado temprano, ¿verdad?
Cate sintió el calor de su mano sobre su cintura cuando él la invitó a pasar. Olía a jabón y aún tenía el pelo húmedo de la ducha.
–En absoluto. Incluso he empezado ya a preparar la cena.
–¿Vamos a tomar el famoso risotto?
–Eso es. ¿Quieres un vaso de vino?
–Por favor. Ay... –se mordió el labio–. No he traído nada para la comida.
–Cate... –la regañó con suavidad–. No tenías que traer nada. Yo te invité, ¿recuerdas?
Mientras él iba a servirle una copa de vino, ella miró a su alrededor. ¿Estaría buscando pruebas de la presencia de Lyn Scali en el apartamento de Andrew? ¿Y si encontraba alguna, qué haría?
Andrew llegó con la copa de vino y Cate lo probó.
–La planta parece estar bien –observó Cate y él sonrió.
Cate arrugó la nariz y fue a sentarse en uno de los taburetes. Observó sus ágiles movimientos, la seguridad con que se afanaba en la cocina.
El vino empezó a hacerle efecto y Cate sintió un agradable calor. Automáticamente se fijó en Andrew, en el hombre que tenía delante. Cerró los ojos y dejó volar la imaginación, absorbiendo su esencia.
Flexionó los dedos inconscientemente, como si ellos tuvieran vida propia y su misión fuera la de quitarle la camiseta despacio y acariciarle la espalda musculosa.
Dio otro sorbo de vino y pensó que probablemente no había vuelto a cortarse el pelo desde que había salido del ejército. Le había crecido el cabello que ya le llegaba hasta la base del cuello.
–Y ahora un poco de caldo de pollo... –Andrew se dijo a sí mismo mientras abría uno de los armarios de la cocina.
–Lo tienes delante –le dijo Cate con una sonrisa.
–Sabelotodo –volvió la cabeza y él también sonrió.
–¿Y ahora qué? –le preguntó Andrew mientras abría el cartón de caldo de pollo y lo echaba sobre el arroz.
–Tengo que añadir esto hasta que el arroz adquiera la consistencia adecuada. Llevará al menos quince minutos –le echó una mirada–. Espero que no estés muerta de hambre, doctora.
–Pues la verdad es que lo estoy –dijo Cate, muy relajada ya gracias al vino–. Solo he comido un sándwich a la hora del almuerzo.
Andrew chasqueó la lengua y le dirigió una mirada de advertencia.
–Ten cuidado entonces con el vino, se te subirá a la cabeza.
Ella se echó a reír.
–Creo que ya se me ha subido. ¿Quieres que ponga la mesa?
–Ah... –parecía confuso–. Eso puede ser un poco difícil.
Cate sacudió la cabeza con resignación.
–Aún no tienes mesa, ¿verdad? –se bajó del taburete–. Entonces supongo que podríamos hacer una cena campestre.
Al entrar había visto unos grandes cojines en el suelo del salón, y también un baúl de madera que podría hacer las veces de mesa.
–Me parece buena idea –empezó a freír ajo y cebolla en otra sartén–. Hay una caja llena de cosas que me dio Ellie en aquel rincón. Tal vez encuentres algo útil.
Cate volteó los ojos, preguntándose a qué le llamaría él ‘útil’, pero al final encontró unas velas blancas que encendió y colocó una a cada extremo del baúl. La suave luz daba al cuarto un ambiente romántico, decidió mientras colocaba los cojines.
Miró su colección de discos compactos, seleccionó uno de música ambiental y lo preparó.
Andrew no había perdido ripio de sus pequeñas preparaciones. Algo molesto, echó una pocas espinacas en la sartén. ¿Por qué no se lo decía y al cuerno con las consecuencias?
–Qué rico estaba todo.
Andrew la miró con indulgencia mientras ella se metía en la boca la última cucharada.
–Bueno, adelante –insistió–. ¿No me vas a pedir la receta?
–Había pensado que serías un caballero y me la dirías sin necesidad de pedírtela yo.
–Voy a poner más música –se puso de pie y fue hacia el equipo.
En pocos segundos se vieron envueltos por los mágicos sonidos de las flautas irlandesas, que los sumieron en un mundo maravilloso en el que solo existían ellos dos.
Acurrucada contra el fornido cuerpo de Andrew, Cate perdió cuenta del tiempo, deseando solo que pudieran quedarse así para siempre.
Las velas casi se habían consumido cuando por fin ellos se movieron.
–Vamos –Cate le dio un leve codazo–. Freguemos los platos antes de que se quede la comida pegada.
–La siempre práctica de Cate –Andrew le dio un beso en la sien–. No hables de lavavajillas –le advirtió.
Mientras recogía los platos, Cate le dirigió una mirada afligida.
–¿Yo? ¡Qué cosas tienes! –se burló.
Él se echó a reír y la miró mientras ella salía de la habitación. Dios mío, cómo le gustaba tenerla allí. Esperó un minuto y entonces se levantó de los cojines y la siguió a la cocina. Al llegar, vio que había llenado la pila de agua jabonosa.
Cate volvió la cabeza y le echó una mirada.
–Dentro de nada estará el café.
–Bien –la abrazó por la espalda.
Medio volviéndose, Cate le dijo tímidamente:
–Es agradable tener a alguien que te prepare la cena.
–Cuando quieras, Cate.
–¡Andrew! –gritó riendo mientras él le daba besos en el cuello–. ¿Me vas a ayudar o no?
–No –le dio la vuelta–. Deja que se queden en remojo. Los fregaré mañana –la miró con sus brillantes ojos azules–. Prefiero hacer esto...
Emitió un leve sonido cuando sus labios se encontraron con los de ella, deleitándose con los contornos musculosos de su espalda. A Cate la invadió una necesidad tan grande que le asustó tal intensidad.
–Quiero hacer el amor contigo...
Cate emitió un gemido entrecortado al sentir su avidez mientras Andrew le desabrochaba los botones de la camisa y se agachaba a besarle entre los pechos. Le abrió la camisa y empezó a lamerle todo el cuerpo.
Cate se sintió llena de fuerza y lo deseó más de lo que había deseado nada ni a nadie en su vida. Él no le había dicho que la amara. No le había ofrecido ningún futuro juntos. Pero eso no era nada comparado con lo que podría compartir con él en ese momento.
–¿Cate? –pronunció su nombre con un tono aterciopelado que le hizo estremecer.
–Sí –suspiró ella, sintiendo ya la impronta de Andrew en todo su ser.
A la puerta de su dormitorio vaciló, miró a su alrededor despacio y vio el cuarto suavemente iluminado por una lámpara que había en la mesilla de noche.
–¿Cate? ¿Qué pasa?
Le habló con una voz ronca y sugerente que le llegó hasta el corazón, y Cate tragó saliva, llena de nervios. Se volvió hacia él, aún agarrada a la suave tela de su camiseta.
–¿Andrew... ? ¿Y si... ?
–No –la levantó en brazos y la depositó sobre la cama–. Nada de remordimientos. Esta noche no. Esta noche es nuestra. Tuya y mía –se inclinó y le besó en los labios de nuevo–. Será algo especial entre nosotros, Cate –se quitó la camiseta y la tiró a un lado.
Cate lo imitó, se desabrochó el último de los botones de su camisa y se quitó los vaqueros.
Andrew la observaba ensimismado.
–Las mujeres se desvisten con mucha más gracia que los hombres.
–No me he fijado.
–Eres preciosa, Cate.
Ella se sonrojó.
–Qué vas a decir.
–Con una diferencia, cariño –la levantó y la colocó en el centro de la cama con sumo cuidado–. Que yo lo digo en serio.
Hipnotizada, Cate lo observó mientras se quitaba el resto de la ropa y después se acercaba a tumbarse junto a ella. Tenía un cuerpo macizo, cálido.
Por la ventana entreabierta entraba el aroma embriagador de los alhelíes y los jazmines. Primavera, pensó Cate. El nacimiento de la vida. Suspiró levemente y pronunció su nombre mientras se volvía hacia él.
–Cate...
Cuando él la tocó ella empezó a temblar, llena de amor por él. Y Andrew la acarició con dulzura, con habilidad, llevándola en un viaje de despertares, de búsquedas, dibujando el contorno de su rostro, de sus pechos, la curvatura de su espalda. El fuego la quemaba ya por dentro cuando Andrew sustituyó la boca por las manos.
–Déjame –le susurró Cate emocionada, deseando descubrir su cuerpo.
Le oyó gemir de placer y al momento estaban perdidos cada uno en la textura y el sabor del otro, moviéndose al unísono, siguiendo un ritmo perfecto.
Cuando alcanzaron el clímax, Cate pensó que se había caído de la cresta de una ola gigante; fue una sensación distinta a cualquier cosa que hubiera experimentado jamás.
Cuando el corazón volvió a latirle más pausadamente, vio que Andrew estaba a su lado, con la mano puesta sobre sus temblorosas costillas.
–Vaya, vaya –murmuró–. ¿Qué es lo que sabes?
–Algo más de lo que sabía ayer. Oh, Andrew... –se volvió y apoyó la cara en el hombro de su amor.
–Te lo dije, ¿verdad? –le dijo en tono suave y sugerente, y entonces le besó el hombro, el cuello, y extendió su cabello sobre la almohada, como si fueran hilos de plata.
Cate notó que debía de haberse dormido, porque se despertó de pronto y encontró a Andrew sentado en el borde de la cama. Estaba totalmente vestido.
–Ah, hola –se sentó con dificultad y agarró la sábana para cubrirse–. ¿Qué hora es?
–Tarde. O temprano –le acarició la mejilla–. Depende de cómo se mire. ¿Podrías vestirte?
Cate pestañeó. ¿La estaba echando de su cama? Desde luego eso parecía.
–Yo... Supongo que sí.
Él asintió y se puso de pie.
Ella consiguió sonreír.
–¿Te preocupa tu reputación, doctor?
–En absoluto –la miró sin comprender.
Cuando volvieron al apartamento de Cate, ella abrió la puerta y se quedó allí de pie. Tenía tantas cosas que preguntarle.
–¿Te veré mañana? –le preguntó.
–No, lo siento –levantó la mano y se frotó la parte de atrás del cuello–. Los Cameron me han invitado a pasar el día con ellos en su yate.
–Caramba –Cate hizo una mueca–. ¿Qué es? ¿Quiere darte las gracias por salvarle la vida?
Andrew fingió estremecerse.
–¡Que Dios me perdone!
Cate sonrió.
–Parece ser que mañana va a hacer un tiempo maravilloso. Y la Bahía de Moreton es un auténtico paraíso para salir a navegar...
–Cate –dio un paso adelante y la abrazó–. Deja de hablar. Ojalá pudiera llevarte conmigo, pero...
–Andrew –le puso el dedo sobre los labios–. Lo entiendo.
Tan solo deseaba poder entender por qué no había querido pasar la noche con ella.
Mucho tiempo después de marcharse él, Cate seguía preguntándose lo mismo.
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