Como un sueño

Leah Martyn · Capítulo 2 de 12

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Como un sueño

Capítulo 2

 

 

A MEDIDA que avanzaba la mañana, Cate sintió que había conseguido controlar la situación. Claro estaba, sin contar el maldito papeleo.

Cuando se hubieron marchado sus últimos pacientes, empezó a pasar las notas al ordenador. Al poco oyó que llamaban a su puerta y levantó la cabeza.

Chrissie se asomó.

–Me voy a la cafetería, Cate. ¿Quieres que te traiga algo de comer?

–¿Dios mío, tan tarde es? –Cate frunció el ceño mientras miraba el reloj–. Mejor será que traigas sándwiches para todos, Chrissie –se apartó de la mesa y se estiró–. Creo que Peter quiere que nos reunamos durante la hora del almuerzo.

–Pobre –la recepcionista hizo una mueca–. De acuerdo. Atracaré la caja chica.

–Buena idea –Cate sonrió y volvió al teclado–. ¿Ha vuelto ya Andrew?

Chrissie se encogió de hombros.

–No lo he visto.

Cate se mordió el labio inferior, sin saber si se alegraba o no.

 

Andrew tardó en volver del hospital. Tenía mucho en qué pensar.

De acuerdo, hacía mucho tiempo, más de un año ya, que no había en su vida ninguna mujer. El ejército no había sido el lugar más propicio para entablar, menos aún para mantener, una relación.

Pero eso ya había terminado. Más animado, avanzó por la acera hacia la calzada mientras repasaba mentalmente los acontecimientos de esa mañana.

Entre ellos, su encuentro con la doctora Clifford.

¿Qué perfume llevaría? Estaba totalmente despistado con ese tipo de cosas últimamente. Pero aún lo recordaba. La suave fragancia se había quedado impregnada en la manga de su jersey cuando ella lo había rozado al pasar.

Tenía una bonita figura también. Andrew sonrió. La camiseta negra y los pantalones de pinzas le ceñían amorosamente las suaves curvas de su cuerpo.

De repente, sin previo aviso, sintió una punzada de deseo, un anhelo que no había experimentado desde hacía muchísimo tiempo.

¡Maldición! No podía ser; tenía que controlarse. Pero, por otra parte...

Andrew apretó el paso, deseoso de volver a verla.

 

Cate se cepilló el pelo y se puso un poco de carmín en los labios antes de unirse al resto para almorzar en la sala de personal.

Bea colocó los sándwiches en una fuente y llenó el filtro de la cafetera con eficiencia.

–Hay agua hirviendo en el hervidor, por si alguien prefiere té –dijo.

–Yo, Bea, muchas gracias –Cate bajó una taza y abrió un paquete de té nuevo.

–Ya que estás ahí, prepárame uno a mí también.

Cate oyó la voz profunda de Pete que entraba en ese momento por la puerta y sonrió.

–Enseguida –respondió Cate–. ¿Va a venir Andrew?

–Sí, eso creo. Me llamó desde el hospital. Bart está mejor. Supongo que nos contará más detalles cuando llegue.

–Qué susto os habéis llevado esta mañana, ¿no? –Jon Goodsir dejó una carpeta sobre la mesa y fue a servirse un café–. Chrissie no hacía más que decir tonterías –Jon sonrió.

Cate se encogió de hombros.

–Podría haber sido peor de haber estado la sala de espera llena.

–Siempre he dicho que Bart es muy puntual –Pete sonrió y seguidamente se puso serio–. Pero esta vez le voy a poner algunos límites y va a tener que cumplirlos. Si no por su bien, al menos por el de Mary.

–Probablemente tiene sobrepeso, ¿no? –dijo Jon con la boca llena de sándwich vegetal–. Demasiado picar en el comedor del parlamento.

–No está demasiado obeso –Peter removió su té pensativamente–. Pero tiene un trabajo muy estresante.

–Y el señor Cameron está en una edad crítica para este tipo de problemas –dijo Cate recordando aún la palidez de Bart Cameron cuando se lo había llevado la ambulancia.

Peter asintió y tomó un sándwich.

–Tengo la intención de pasárselo a Andrew, de todos modos.

–¿Alguien está hablando mal de mí?

Andrew entró en la sala con brío, saludó a todos, se sirvió un café y se sentó junto a Cate.

–Veo que has sabido volver hasta aquí –Peter sonrió a su sobrino.

–Desde luego –Andrew se sirvió azúcar–. Bueno, ha sido el taxista el que me ha traído –dijo con una sonrisa; seguidamente miró a Jon y le tendió la mano–. Creo que no nos conocemos. Por si no lo has adivinado, soy Andrew Whittaker.

–Peter te ha mencionado de pasada –dijo el otro en tono seco y le estrechó la mano con firmeza–. Jon Goodsir.

–Lo siento –dijo Peter–. No sé dónde tengo los modales. Jon es nuestro campeón de squash y el tercer miembro de nuestro equipo médico.

–Ese soy yo –Jon soltó una carcajada–. Tengo treinta y cinco años, mi esposa se llama Claire y tengo un niño de tres años. Ataca –lo invitó, señalándole la fuente de sándwiches.

–No tengo hambre, gracias –Andrew dijo con educación–. Me tomé algo en la cafetería del hospital.

Jon se echó a reír.

–Entonces debías de tener bastante hambre.

–He comido en sitios peores –contestó Andrew en voz baja...

–Supongo que sí –dijo Cate que aún no había abierto la boca–. Peter nos contó que formabas parte del destacamento que enviaron para socorrer a la población de Nueva Guinea después de aquel horrible maremoto.

–Lo dices como si fuera un héroe, Cate –se pasó la mano por los cabellos negros–. Solo estaba haciendo mi trabajo.

Cate bajó la vista. ¿Cómo podía hablarle así? Intentó tragar el nudo que se le formó en la garganta.

–¿Qué te parece la vida civil? –preguntó Jon con notable diplomacia.

–Bien –Andrew respondió con brevedad y le echó una mirada interrogante a su tío–. ¿Quieres que te ponga al corriente sobre Bart Cameron?

–Sí, creo que sería lo mejor –Peter se sacó las gafas del bolsillo de la camisa y se las puso–. Después de todo, se suponía que esta iba a ser una comida de trabajo.

–Su pronóstico es reservado, pero está estable –Andrew agarró la taza de café con ambas manos–. Parece que el infarto de miocardio ha sido relativamente leve.

–Entonces el hombre ha tenido suerte –Peter empezó a tomar notas en la ficha de Bart Cameron.

–Hablé con el cardiólogo que estaba de servicio –siguió diciendo Andrew–. Le están suministrando medicamentos por vía intravenosa y está conectado a un electrocardiograma para monitorizar cualquier cambio.

Peter miró a su sobrino.

–¿Cuál es el pronóstico inmediato?

–Espera a ver. El doctor Beresford dijo que continuarán con los ejercicios y tests de estrés durante un par de días.

–Sus últimos niveles de colesterol no eran tan preocupantes, la verdad – dijo Peter.

–Su esposa llegó antes de que yo saliera del hospital –Andrew se arrellanó en el asiento y entrelazó las manos detrás del cuello–. Ellie estaba con ella.

Peter Maguire asintió.

–Somos amigos desde hace años. Conozco las preocupaciones de Mary en relación con el volumen de trabajo de tiene Bart. Y yo se las comunico a Ellie –añadió con cierto arrepentimiento.

–Por eso será que te ha animado a que te tomes unas largas vacaciones.

–Probablemente –Peter hizo una mueca–. Y, hablando de vacaciones, hemos pensado en marcharnos a finales de la semana próxima, si os parece bien a todos.

Paseó lentamente la mirada por el equipo médico que ocupaba la mesa.

Cate se mordió el labio. En realidad, detestaba pensar que Peter se fuera a marchar, aunque tan solo fuera temporalmente. Era el alma de Ferndale y, se dieran cuenta o no los demás, todos dependían de algún modo de su serena sabiduría y de la tranquilidad con que se enfrentaba a todas las situaciones.

La idea de que Andrew Whittaker lo reemplazara llenó de pronto a Cate de turbación...

–No te olvides de que tu fiesta de despedida es en nuestra casa –le recordó Jon–. Dinos qué noche te viene bien.

–En realidad no hay necesidad... –la leve protesta de Peter fue rechazada por todos inmediatamente–. Bueno, de acuerdo –se encogió de hombros con resignación–. Muchas gracias a todos. Entonces lo haremos el sábado, si a Claire le parece bien. Ellie y yo planeamos marcharnos el domingo. Vamos a pasar un fin de semana en la costa antes de salir para Irlanda.

–Espero que no os topéis con ninguna sorpresa cuando lleguéis allí – comentó Jon.

Todos sabían que los Maguire estaban deseando investigar sus respectivos árboles genealógicos.

Peter hizo una mueca.

–Ellie cree que es posible que encontremos algunas ovejas negras.

–¿Solo algunas? –Andrew se echó a reír–. ¿A ti qué te parece, Cate?

Volvió la cabeza y lo miró, encontrándose de lleno con aquellos impresionantes ojos azules. Eran tan luminosos como el mar al amanecer, pensaba aturdida.

–¿Qué pienso de qué?

–De indagar el árbol genealógico –arqueó las morenas cejas–. Podría ser divertido hacerlo juntos alguna vez –sonrió y se le formó un hoyuelo en la mejilla–. Si tienes interés, claro...

Cate aspiró y desvió la mirada.

–¿Y si nos ponemos con asuntos más serios? –dijo Jon y miró la carpeta que tenía delante–. Me gustaría hablaros a todos de Shannon Hayward. Los análisis de médula indican una leucemia linfoblástica aguda.

–Ay, Dios mío –Peter negó con la cabeza–. Esa es la familia que vive en los pisos de protección oficial de la calle Balmain, ¿no?

–Kurt y Ginny –le confirmó Jon–. Son unos luchadores. Harían cualquier cosa por sus hijos.

–La señora Hayward está en mi lista –dijo Cate en voz baja–. Esta noticia tiene que haber sido un duro golpe para ellos.

–¿Cuántos años tiene la niña? –Andrew miró a todos con mirada alerta.

–Siete –Jon se frotó la frente con un dedo–. Tiene una hermana, Brit, de nueve años.

Andrew se inclinó hacia delante.

–El pronóstico para un niño afectado de leucemia es mucho más esperanzador hoy en día. ¿Están ya con algún psicólogo?

–Oh, desde luego –contestó Jon–. Y yo he hablado con ellos, pero de verdad no sé si lo habrán entendido o no. Lo más probable es que más adelante les surjan un montón de preguntas –dijo–. Cuando empiecen a asimilar el diagnóstico.

–Y si no estás tú, quieres que Cate o yo los atendamos y escuchemos – Andrew lo miró con sagacidad.

–En una palabra, sí –Jon estiró el brazo y metió la mano en la lata de galletas que Bea había dejado allí–. Es bastante posible que los padres, y los abuelos también, vengan a nosotros para que les demos respuesta a algunas de sus preguntas.

Andrew asintió con solemnidad.

–Considéralo hecho.

–También por mi parte –dijo Cate, sabiendo que el hospitalizar y dar tratamiento a un niño hacía que los familiares se sintieran tremendamente vulnerables.

–Gracias a los dos –Jon sonrió brevemente–. Cuando Peter se vaya no queremos que el buen nombre de Ferndale se vaya al traste. Y me gustaría pensar que podríamos darles a los Hayward todo el apoyo que necesitan.

–Hablando de apoyo... –Cate se inclinó hacia delante y apoyó los brazos sobre la mesa–. No sé ya lo que debo hacer con Madeleine Twigg –se volvió, miró a Andrew brevemente y prosiguió a explicarle–. Mi paciente tiene más de ochenta años. Vive en una vieja casa medio en ruinas. Tiene mala salud, especialmente el corazón. Está tomando digoxina, pero dudo que se acuerde de tomar la medicación. Y se niega a que le lleven la comida preparada a casa.

–¿Cómo se las apaña para hacer la compra? ¿O es que no la hace? – Andrew frunció el ceño.

–Ha hecho un trato algo incierto con una joven vecina llamada Roxanne –dijo Cate–. Parece bastante amable y, aparentemente, Madeleine le ha dado la llave de su casa. Pero resulta de lo menos satisfactorio. Quiero decir, Roxanne podría entrar un día y encontrarse con, bueno, cualquier cosa.

Peter se mostró práctico.

–Podrías hablar con el equipo de atención a la tercera edad del hospital Princesa Alejandra para que le hagan una visita, Cate. Ellos le recomendarán algún centro adecuado si el caso lo justifica, y la señora Twigg tendrá que aceptarlo.

–He pensando ya en eso –Cate se mordió el labio–. Pero parecería que estamos obligando a una señora mayor. Es una mujer tan orgullosa. Independiente hasta decir basta...

–¿Qué opciones tienes? –la profunda voz de Andrew la interrumpió.

Cate flexionó los dedos.

–Bueno, he oído hablar de un nuevo hogar de ancianos en Chelmer. He hablado con el director y aún hay algunas plazas libres. Madeleine tendría su propia habitación y todos los cuidados. Podría pagarlo de su pensión y aún le sobraría un poco. ¿Pero cómo convencerla? –Cate se encogió de hombros.

–A su edad, es muy posible que tenga mucho miedo a los cambios –dijo Andrew en voz baja–. ¿Crees que ayudaría en algo si la lleváramos a ver el sitio?

A Cate la sorprendió su voluntad de involucrarse. En ese momento se dio cuenta de que no sabía casi nada del hombre que tenía delante.

–¿Cuándo tenías pensado visitar de nuevo a la señora?

Cate se ruborizó levemente al darse cuenta de que Andrew estaba esperando una respuesta por su parte. ¿Pero acaso estaba dispuesta a que la vigilara así? De otro modo, tampoco tenía elección. Tragó saliva.

–¿El lunes por la tarde, tal vez?

–Me viene bien –ladeó la cabeza para que ella lo mirara.

–De acuerdo... –se puso de pie apresuradamente–. Hablaremos de eso después. ¿Podéis excusarme los demás? Tengo que hacer una visita en el hospital.

 

Una vívida exhibición de alhelíes y rosas de invierno adornaban la entrada trasera del edificio del hospital, donde Cate aparcó el coche. Al entrar en el edificio agradeció el anonimato que ofrecía la enorme institución y el poder estar lejos de... ¡Diantres! ¿Por qué tenía que sentirse tan confusa, tan inquieta? Casi sentía miedo...

Su paciente estaba en la sección de maternidad del Santa Ana, un inmenso complejo de instalaciones parte públicas, parte privadas, dirigido por las Hermanas de la Caridad. Primero en el ascensor de camino al tercer piso, y después al pasar por delante de la enfermería, Cate se sintió de nuevo en casa.

No parecía que hubiera pasado tanto tiempo desde que había hecho las prácticas de obstetricia allí. Sonrió con nostalgia al recordar lo bien que lo había pasado.

–¿Cate, eres tú? –Lyn Scali, la enfermera jefe, la saludó desde detrás de un enorme ramo de flores de colores–. Esta mañana han nacido los primeros trillizos en dos años –señaló el ramo–. Acaba de llegar para la nueva mamá. Es de alguna revista de mujeres, creo. Es la única que tiene los derechos de la exclusiva y todo eso.

Cate sonrió.

–Los niños ya son famosos entonces, ¿no? –se apoyó sobre el mostrador–. ¿Qué hay de nuevo, Lyn?

–¿Estás aquí para ver a Kelly Davenport?

–Solo me he pasado a hacerle una visita –dijo Cate.

–El médico está muy contento por ella –Lyn sacó unas notas–. Pero tendrá que guardar reposo en casa.

–Mmm –Cate examinó la ficha–. Me preocupaba la posibilidad de que sufriera pre eclampsia. Retenía muchísimo líquido y sufría terribles dolores de cabeza.

–Parece un globo la pobre –dijo Lyn pensativa.

–Y aún le quedan tres semanas.

La enfermera negó con la cabeza.

–No lo conseguirá. Me apuesto lo que quieras a que volveremos a verla a mediados de la próxima semana.

–Me quito el sombrero ante tu indiscutible instinto –dijo Cate con una sonrisa–. Gracias, Lyn. Será mejor que me dé prisa.

–He oído que hay un nuevo médico en Ferndale –le dijo Lyn con una sonrisa luminosa.

Cate se puso colorada.

–¿Cómo lo has sabido?

–He estado hablando con Claire.

–Había olvidado que erais amigas.

–¿Y bien? –Lyn la coaccionó con exasperación–. ¿Cómo es?

–Está bien, supongo. Parece saber lo que hace.

–¡Por favor! –Lyn se echó a reír–. Bueno, ya lo veré con mis propios ojos. Claire me ha invitado a la fiesta de despedida de los Maguire.

–Ah, muy bien.

Involuntariamente Cate estudió la belleza pelirroja de Lyn y el corazón le dio un vuelco. Seguramente Lyn sería más el tipo de Andrew.

–Será mejor que me vaya, Lyn –se despidió Cate.

–Claro. Nos veremos pronto –Lyn sonrió algo confusa mientras veía a Cate alejarse.

Cate fue hacia la sala donde había cuatro camas, entró y saludó amigablemente a las mujeres acomodadas bajo los alegres cubrecamas.

–¿Cómo te encuentras, Kelly?

–Mejor que cuando viniste ayer. Gracias de nuevo por venir a casa. El doctor Wyse ha dicho que probablemente pueda marcharme mañana por la mañana a casa –añadió con alegría.

–¿Para qué? –Cate fue directa–. ¿Para ir detrás del pequeño Tim? Cuidar de un niño de dos años no es lo más recomendable para ti en este momento, Kelly.

–Lo sé –la joven madre se enrolló un mechón de pelo rojo al dedo–. He hablado con mi cuñada. Ahora no está trabajando. Va a venir cada día a cuidarnos a los dos. Y el jefe de Antón le dijo que puede tomarse las vacaciones en cuanto nazca el niño.

–Bien pensado –Cate sonrió–. ¿Te das cuenta de que podría adelantársete, Kelly?

–Mmm. El doctor Wyse dijo que debo estar preparada, y ya tengo la maleta lista –se mordió el labio inferior–. Con Tim rompí aguas en casa. ¿Me pasará lo mismo esta vez?

–Estáte preparada para ello –Cate se puso de pie y colocó la silla junto a la pared–. Pero ningún embarazo es igual a otro. Tan solo asegúrate de tener unas compresas super absorbentes y algunas toallas a mano para poder venir al hospital más cómodamente si rompes aguas.

Kelly se echó a reír.

–La última vez fue horrible. Antón y yo éramos tan inexpertos. Ninguno de nosotros supo lo que estaba ocurriendo. Para colmo de males, yo me puse a temblar y no daba pie con bola.

–Las alegrías de la maternidad –Cate le puso la mano en el hombro–. De todos modos estate preparada. Tal vez te pase lo mismo con todos tus hijos.

–¿Este desde luego será el último! –Kelly se abrazó el abdomen–. Antón ha accedido a hacerse una vasectomía.

Cate ahogó una sonrisa, sabiendo por experiencia que con la llegada de un bebé sano y la alegría que eso proporcionaba a los padres, las parejas solían cambiar de opinión y optar por un método anticonceptivo menos permanente.

 

Cate completó la consulta de la tarde lentamente. Su última cita era con un paciente nuevo, una mujer de cincuenta años llamada Beris Russell. La señora Russell quería que la aconsejara para ayudarla a llevar mejor la menopausia.

–No pienso tomar hormonas, doctora –Beris Russell fue franca–. Me han dicho que provocan un aumento de peso.

Cate se retiró un mechón de pelo detrás de la oreja. La misma historia de siempre, pensó.

–Señora Russell –empezó a decir, pero la mujer la interrumpió.

–Por favor, llámeme Beris.

–Muy bien –Cate sonrió–. Pero antes de hablar de la terapia hormonal sustitutiva, ¿por qué no me habla un poco de su estilo de vida y de cómo le está afectando la menopausia?

Cuando se inclinó hacia delante y escuchó a su paciente, Cate se fijó en que iba bien vestida, bien peinada y discretamente maquillada. Al menos eso era una ventaja. Aunque la menopausia era una fase natural en la vida de una mujer, muchas le habían dicho a Cate lo mal que se sentían y que como resultado de ese malestar ni siquiera se molestaban en cuidar su apariencia.

–Trabajo en la Galería Sandstrom del centro de la ciudad –dijo Beris Russell–. Soy una especie de ayudante del conservador, y mi trabajo me fascina –tragó saliva–. No me gustaría perderlo.

Cate la miró con interés.

–¿Hay posibilidad de que eso ocurra?

Beris se encogió de hombros.

–Con estos sofocos que me dan me siento mucho menos segura de mí misma. Normalmente soy una persona muy vital, pero últimamente estoy tan olvidadiza –se calló y sonrió a Cate–. ¿Podrá creer que metí mi cartera en un sobre que tuvimos que enviar en la galería y lo eché al correo?

–¿Se lo devolvieron? –Cate se mordió el labio inferior para no sonreír.

–Afortunadamente, sí –la miró con remordimiento–. Tenía la intención de llevar esto yo sola, ya me entiende. Pero después de ese pequeño incidente, decidí buscar ayuda profesional.

–Ha hecho bien –Cate asintió–. Porque hoy en día podemos hacer bastante cosas para aliviar algunos de las fastidiosas etapas de la menopausia. Y no se deje desanimar por informaciones erróneas sobre la terapia hormonal sustitutiva, Beris. Lo sé, no es para todas las personas, pero tampoco debe olvidar las ventajas.

–¿Y lo de ganar peso? –presionó Beris–. ¿Es eso cierto?

Cate le explicó.

–La progesterona, una de las hormonas femeninas sustitutivas puede, de hecho, disminuir la actividad intestinal normal. Pero si lleva una dieta equilibrada, tal vez evitando las cenas copiosas, eso le puede ayudar. Y el ejercicio es beneficioso. No quiere decir que tenga que meterse en el gimnasio. Caminar es estupendo –Cate sonrió–. Y muy barato.

–Me encanta caminar, la verdad. Entonces, doctora... –Beris parecía confusa–. Si hago lo que me está sugiriendo, ¿podría probar el tratamiento hormonal sustitutivo?

–Sí, podría intentarlo –Cate prefirió ser cautelosa–. Pero primero debo abrirle una historia médica y hacerle un reconocimiento completo para asegurarnos de que es usted una candidata adecuada.

La paciente pareció quedarse satisfecha con eso.

–¿Podría hacerlo hoy?

Cate echó una mirada a su reloj de pulsera y pensó que su jornada laboral no iba a terminar todo lo pronto que ella había esperado. Pero faltaría a su obligación si despidiera en ese momento a Beris, especialmente después del esfuerzo que había hecho la mujer para no faltar a la cita.

–Claro –Cate sonrió y le explicó a la mujer todas las pruebas que tendría que hacerse.

–¿También una mamografía? –Beris pareció sorprenderse.

–¿Cuándo fue la última vez que se hizo una?

–La verdad es que hace bastante tiempo –reconoció.

–Le daré un volante para eso –Cate escribió en un bloc–. El sitio que mejor le viene es el Hospital Wesley, y allí la atenderán muy bien. Podrá pedir cita por teléfono –Cate levantó la cabeza; su paciente se había quedado muy quieta–. ¿Hay algún problema?

–No... –Beris negó con la cabeza–. Solo estaba pensando. Parece todo bastante complicado, ¿verdad? –hizo una mueca–. Creía que íbamos a mantener una pequeña charla y que después me daría un folleto o algo...

Cate continuó escribiendo.

–Eso no le proporcionaría un resultado satisfactorio, ¿no cree?

–Por supuesto que no –Beris se apresuró a coincidir–. Y no me tome a mal, doctora Clifford. Le agradezco muchísimo lo que está haciendo por mí.

Empeñada en poner al día el papeleo, Cate se quedó en el centro después de marcharse la paciente; suponía que Pam Vickers, la señora de la limpieza, era la única que quedaba en el edificio.

Aquel había sido un día extraño, pensaba con pesar, y no tenía que buscar mucho para encontrar la razón. De pronto dejó el bolígrafo, se estiró y empezó a rotar la cabeza para flexionar los músculos del cuello.

Andrew Whittaker había variado el desarrollo de su día de manera importante. Tal vez aún se sentía vulnerable y algo a la defensiva con los hombres.

Pero enseguida se dijo que tenía que olvidar lo que le había ocurrido con Rick. Habían pasado ya muchos meses desde que había roto su relación con él. Ya era hora de volver a la normalidad. Cate se rió de sí misma. Estar libre a los treinta años no tenía nada que ver con ello. Instintivamente, sabía que aún no estaba lista para volver a estar en la onda.

Estiró los brazos, miró el reloj y pestañeó con fuerza. Ya era hora de volver a casa. Se puso de pie despacio y se acercó a la ventana. La tarde de invierno estaba cayendo, era el breve momento entre la luz del día y el ocaso, y los vivos colores de la puesta de sol iluminaban el cielo pálido.

Ensimismada, a Cate le llevó unos instantes darse cuenta de que algo se movía en el aparcamiento que se veía desde la ventana. Parecía ser un hombre corriendo hacia el centro. Tenía una mano pegada al pecho, envuelta en una especie de toalla ensangrentada.

–Dios mío... –suspiró Cate y corrió a abrir la puerta trasera–. ¿Qué ha ocurrido? –gritó con fuerza.

Lo vio ya con claridad. Era un hombre joven, con el pelo rubio atado con una coleta.

–La mano... –estaba sin aliento, claramente asustado.

Cate se apartó para dejarle pasar.

–Soy Cate. Soy uno de los médicos del centro. ¿Cómo se llama?

Él hizo una mueca de dolor.

–Graeme Wood. Dios, cómo duele...

–Venga conmigo –dijo Cate con urgencia–. Le echaré un vistazo.

Parecía desorientado y Cate casi tuvo que empujarle por la puerta de la consulta. Le pidió que se tumbara en la camilla y encendió un foco para examinar la herida.

Al quitarle la toalla Cate hizo una mueca. Tenía un corte profundo e irregular.

–¿Cómo te lo has hecho, Graeme?

Él se mordió el labio con fuerza.

–Soy jefe de cocina en el restaurante que hay un poco más abajo en esta misma calle. Estaba deshuesando un pollo y se me resbaló el cuchillo.

Cate tiró la toalla ensangrentada y utilizó unas gasas para tapar la herida temporalmente.

–Hay que limpiar la herida y darle puntos, me temo –le dijo al joven–. Y desde luego no puede volver al trabajo esta noche.

Él protestó débilmente.

–El viernes es el día más ajetreado...

–Bueno, pues tendrán que arreglárselas sin usted –dijo Cate con determinación–. ¿Es paciente del centro?

Graeme Wood negó con la cabeza.

–Vi coches aparcados fuera y pensé que tal vez hubiera alguien todavía – aspiró hondo y apretó los dientes, como si le doliera mucho–. ¿Podría darme los puntos, doctora?

Cate asintió mientras pensaba que su jornada laboral se iba a extender aún un poco más. ¿Pero qué podía hacer? No podía enviar al pobre hombre a uno de los hospitales de la ciudad para que tuviera que esperar Dios sabía cuánto tiempo.

–Ahora mismo vuelvo –Cate se apartó de la camilla–. Primero tiene que darme algunos datos.

De camino a la recepción todo estaba en silencio. Pam debía de haber terminado ya o estaría tomando un descanso, pensaba mientras entraba apresuradamente en la oficina a buscar los formularios necesarios para abrir una nueva ficha. Absorta en sus pensamientos, no oyó los pasos que iban detrás de ella.

–¿Cate? –dijo una voz profunda–. ¿Qué estás haciendo aquí?

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