Como un sueño

Leah Martyn · Capítulo 7 de 12

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Como un sueño

Capítulo 7

 

EL TRABAJO era lo único que la mantenía cuerda, pensaba Cate mientras esperaba a que llegara Elysse Maxelton.

Era viernes, justo una semana después de que Andrew Whittaker hubiera entrado en su vida. Una semana desde que sus emociones hubieran emprendido un viaje alucinante.

Se estremeció y colocó las muñecas bajo el chorro de agua fría de la pila para ver si se le calmaba el pulso. No había hablado con él desde la noche que había salido de su apartamento, excepto un par de comentarios relacionados con el trabajo cuando el resto de los compañeros estaban presentes.

¿Se habría mudado ya a su piso? Lo suponía. Estaba preocupada por él. Andrew parecía hastiado, afectado continuamente por el tipo de agotamiento que Cate recordaba de sus años de interna. ¿Estaría durmiendo mal?

¡Dios, santo! ¿Por qué no podía dejar de pensar en él? No podía arrancarlo de su corazón; de sobra sabía que se había hecho un hueco allí permanentemente.

–Pasa, Elysse –dijo Cate un rato después; para que la joven se sintiera más a gusto, dio la vuelta a la mesa y se sentó junto a su paciente–. ¿Cómo te encuentras hoy?

–Bien –Elysse se apretó la mochila contra el pecho y miró a Cate con recelo–. ¿Tiene ya los resultados de mi análisis?

–Sí, y tienes anemia. Voy a recetarte un preparado con hierro que deberás tomar hasta que tu nivel de hemoglobina vuelva a ser normal.

–¿Durante cuánto tiempo?

–Probablemente durante varios meses –dijo Cate–. Entonces repetiremos el análisis para ver si las reservas de hierro se han recuperado.

Elysse respiró aliviada.

–Pensaba que tenía algo horrible –confesó–, cuando le dije que me mareaba y esas cosas. Pero si me tomo las pastillas, voy a ponerme bien, ¿verdad?

Si fuera tan sencillo, pensaba Cate.

–Se trata de algo más que de tomar la medicina –dijo con cuidado–. Vas a tener que hacer menos ejercicio para empezar. Y aún estás creciendo. Necesitas alimentarte de manera adecuada. ¿Qué tipo de comidas haces normalmente? ¿Por ejemplo, qué sueles cenar?

–Papá trae a casa comidas preparadas –la chica se abrazó a la bolsa–. Pero yo nunca como lo que trae. No quiero ponerme gorda, como mamá.

–¿Dónde está tu madre, Elysse? ¿La ves?

Cate detestaba curiosear de ese modo, pero la salud de la chica estaba en juego.

Elysse se encogió de hombros.

–Se fue a vivir a la costa. No nos llevábamos bien.

–A veces es algo muy normal entre madres e hijas a tu edad. Cuando te hagas mayor seguramente verás que la cosa cambia y mejora.

La chica la miró sorprendida.

–Mis padres nunca se llevaron bien. Creo que solo se casaron porque mamá se quedó embarazada de mí... –tragó saliva–. Papá solía meterse con ella continuamente por la gordura. No me extraña nada que se marchara.

Cate se puso de pie. Elysse necesitaba unos momentos para tranquilizarse. Cate llenó un vaso con agua fresca y se lo ofreció a su paciente.

–¿Tu padre y tú os lleváis bien?

–Mi padre es majo. A veces vamos juntos al cine. Pero no tiene ni idea de cómo llevar la casa. Yo me tengo que encargar de todo.

Cate permaneció en silencio un momento. Debía tener en cuenta la necesidad que tenía aquella joven de desahogarse. Y cuanta más información tuviera Cate, mejor y más preciso podría ser el tratamiento que le aplicara a su paciente.

Elysse levantó el vaso y dio un trago de agua.

–Dejé el instituto hace cosa de un mes.

–¿Por qué lo hiciste?

–No encajaba. Odiaba estudiar. Quiero trabajar, tener un empleo. Me gustaría ser peluquera. Sé que sería una buena profesional.

Era la primera cosa positiva que decía Elysse, y Cate decidió agarrarse a eso.

–Creo que hay maneras de obtener información sobre la formación profesional que necesitas para ser peluquera. ¿Y si hablaras con el orientador del instituto?

–Tal vez.

–Lo que sea –dijo Cate, decidiendo que había llegado el momento de mostrarse práctica–. Necesitas que alguien te ayude. ¿Tienes una tía, quizá? ¿O una abuela?

La chica sonrió.

–A veces veo a mi abuela. Es buena persona –ahogó una sonrisa–. Es la madre de papá. Normalmente lo regaña por no ocuparse lo suficiente de la casa.

Cate intuyó que en esa mujer Elysse tenía una aliada. En un segundo se decidió.

–De acuerdo, Elysse. Voy a llamar a tu abuela y las tres vamos a mantener una charla para ver qué podemos hacer para que tú lleves una vida más feliz.

Elysse negó con la cabeza.

–No sé cómo...

–Ya lo verás –Cate sonrió–. Y en cuanto empieces a tomar el hierro y a alimentarte de cosas ricas, te sentirás mucho más fuerte y animada para hacer cualquier cosa. Te lo prometo. ¿Te gustan los batidos?

Elysse asintió y esbozó una tímida sonrisa.

–Podrás escoger la fruta que más te guste –Cate sonrió–. Personalmente a mí me encantan las fresas o la fruta de la pasión con un poco de nata, o helado, y unas cuantas nueces...

–Mmm... Qué rico.

Oh, pobre chica. Cate pestañeó y sintió ganas de abrazarla para ayudarla a sentirse menos abandonada. Pero, por supuesto, no podía hacerlo.

En lugar de eso, descolgó el teléfono.

–¿Estará tu abuela en casa ahora, Elysse?

La chica pareció sorprenderse.

–¿Va a pedirle que venga aquí?

–No –respondió Cate en tono bajo–. Iremos a verla. Tengo una hora libre antes de volver aquí para una reunión. Así que si me das su número de teléfono, Elysse, la llamaré y le diré que vamos para allá. ¿Te parece bien?

Elysse asintió rápidamente y eso fue suficiente respuesta para Cate.

 

–Así que eso es lo que hemos hecho –concluyó Cate.

La reunión estaba tocando a su fin, y Cate miró a los presentes con vacilación.

–Me parece estupendo –dijo Jon en tono de aprobación–. Bien hecho, Cate.

Andrew parecía pensativo.

–No estarás pensando en hablar con el señor Maxelton ahora, ¿no?

–Prefiero que la familia intente resolver el problema entre ellos. Pero cuando vuelva a ver a Elysse podré juzgar mejor cómo van las cosas.

Peter miró a Cate.

–¿Estás segura de que la abuela cumplirá lo prometido, que apoyará a la chica?

–Me ha asegurado incluso que acompañará a Elysse una vez por semana a hacer la compra y la ayudará a planear las comidas. Maise Maxelton es una buena mujer. Pondría la mano en el fuego –Cate sonrió–. Y además ha tenido una idea genial. Va a animar a Elysse a que se saque el carné de conducir. Aparentemente, Maise tiene un coche pequeño que ya no utiliza, que le serviría a Elysse para ir al supermercado y le sería muy útil cuando consiga un empleo.

–Excelente –Peter asintió–. Tan solo puedo repetir las palabras de Jon. Bien hecho, Cate.

–¡Así se habla! –Andrew dijo en voz baja.

–Bueno, en ese momento me pareció lo mejor que podía hacer –Cate se sintió emocionada por las palabras de sus colegas.

Todo el mundo necesitaba sentirse aceptado y halagado de vez en cuando. Miró brevemente a Andrew pero parecía totalmente ensimismado, dibujando algo en el cuaderno que tenía delante.

–Bueno, si hemos terminado, yo me voy –Jon se puso de pie despacio–. ¿Todos listos para la fiesta de mañana? –miró a su alrededor inquisitivamente; cuando los demás asintieron, Jon sonrió y miró a Andrew y a Cate–. En cuanto a los dos solteros, que sepáis que podéis venir acompañados.

Cate se puso tensa.

–Gracias, Jon, pero yo iré sola.

Andrew la miró y sus miradas se cruzaron. Entonces se encogió de hombros y siguió dibujando.

Cate notó que podía respirar de nuevo.

–Llamaré a Claire a ver si quiere que le eche una mano.

–Estoy seguro de que te lo agradecerá –Jon sonrió–. A sus tres años, Mitch no nos es de mucha ayuda que digamos. Vamos a hacer una barbacoa –dijo–. Espero que a todos os parezca bien.

–Bueno, debo confesar que a mí me parece estupendo –comentó Peter tímidamente–. Todos sabéis que Ellie y yo preferimos una reunión familiar donde la gente pueda llevar a sus hijos.

–Y donde al mismo tiempo puedes retirarte a una hora razonable – Andrew miró a su tío con pesar.

Peter se echó a reír.

–Eso también. Así que, Jon, ¿a qué hora queréis que vayamos?

Jon Goodsir se encogió de hombros.

–¿Hacia las cinco para tomar unas copas y picar algo? Así podré empezar a cocinar sobre las seis.

Con el consenso general, la reunión terminó y los cuatro se dispersaron.

–¿Cate?

Cate se detuvo y se volvió al tiempo que Andrew la alcanzaba en el pasillo.

–Mañana por la noche podríamos ir juntos –dijo–. ¿Para qué llevar dos coches?

Cate pestañeó. Él la miró con atención.

–Estoy de guardia mañana. Tendré que llevarme mi coche, Andrew.

Por un instante Cate se sintió tentada, pero al momento la sensatez imperó.

–Yo... No me gustaría que tuvieras que dejar la fiesta por mí.

–No tienes por qué seguir evitándome, Cate.

Ella tragó saliva.

–No lo estoy haciendo.

–¿Ah, no?

El ambiente se tornó tenso.

–Tenemos algo pendiente, Cate –le recordó en voz baja–. No va a desaparecer porque tú quieras que sea así.

Ante la provocación, Cate alzó la barbilla.

–Dime, Andrew. ¿Qué es lo que quieres?

–Tan solo tienes que utilizar la imaginación –dijo y esbozó una triste sonrisa–. Eso te dirá lo que quiero.

Mientras lo observaba alejarse a grandes zancadas, Cate sintió un calor en su interior. Si su intención había sido provocarla, lo había conseguido. Sacudió la cabeza mientras su imaginación conjuraba una viva imagen provocada por sus palabras.

¿Entonces qué era lo que la retenía? Cate volvió a su despacho, como si alguien la estuviera persiguiendo. La atracción física entre ellos era irresistible, como la fuerza de un imán.

Se llevó la mano al corazón, que le latía aceleradamente a consecuencia de las palabras de Andrew. Pero ya había equivocado una vez en su vida las mismas señales. ¿Sería distinto esa vez?

Pero Andrew era distinto. Su instinto se lo decía a gritos. Tan diferente a Rick como la noche y el día.

 

Cate se levantó de la cama el sábado por la mañana sintiéndose como si hubiera alcanzado un momento decisivo en su vida.

Sin embargo, si alguien le hubiera pedido que explicara lo que sentía, no habría sido capaz.

Pero allí estaba. Sentía una nueva confianza, una orientación clara.

No paraba de darle vueltas a la cabeza en febril actividad. Recordó que tenía que ir al supermercado. Si salía enseguida, evitaría la aglomeración de los fines de semana.

Subió a su cuarto y se puso unos vaqueros, un jersey de rayas rojas y blancas y zapatillas de deporte. Después, se cepilló el cabello y se pintó un poco los labios. A los pocos minutos estaba sacando su Polo del garaje, de camino a las tiendas.

En el supermercado, Cate seleccionó los alimentos que necesitaba con rapidez. Al salir de la sección de fruta y verdura, se fijó en un cartel que anunciaba una oferta especial en plantas de interior.

¿Bueno, era o no era aquella una señal del cielo? Sin querer considerar las posibles repercusiones, se dirigió hacia donde estaban las plantas.

Cate llamó a la puerta de la casa de Andrew y esperó; el corazón le latía con fuerza dentro del pecho.

Por un instante pensó en marcharse. Entonces oyó que Andrew se acercaba a la puerta y al momento la abrió. Estaba descalzo y tan solo vestido con un albornoz azul marino.

A Cate le dio un vuelco el corazón al verlo.

–Hola.

Andrew se le quedó mirando un momento y entonces se echó a reír.

–No crees en hacer las cosas a medias, ¿verdad, Cate?

–¿Te gusta?

Con orgullo miró las hojas brillantes y fuertes de la planta que le llegaba a la altura del pecho.

Él se froto la mandíbula.

–¿Cómo demonios la has traído hasta aquí?

–Dejé el capó abierto. No estaba demasiado lejos, tan solo en el centro comercial.

–Debe de pesar una tonelada –comentó, fingiendo que se tambaleaba mientras levantaba la maceta de cerámica y la metía en la casa.

–Es un ficus –Cate le explicó, siguiéndolo dentro con vacilación–. Pensé que más adelante podría servirte de árbol de Navidad...

–Ni se te ocurra pensar en eso, Cate –dijo rotundamente aunque en tono expresivo.

Entonces nada había cambiado. Cate sintió que su nuevo sentimiento de confianza disminuía. Se mordió el labio inferior y decidió centrarse en cosas más prácticas.

–No te quedes ahí parado todo el día, Andrew. ¿Dónde quieres ponerla?

–No me preguntes –gruñó.

–No seas ridículo –Cate le contestó despacio–. Creo que aquí al lado del arco quedará muy bien. Así la verás al entrar y te acordarás de regarla.

–¿Cómo?

Cate se puso nerviosa.

–Estás de mal humor esta mañana, ¿eh, doctor?

Lo miró mientras colocaba la planta en el suelo con movimientos un tanto nerviosos. Se llevó la mano a la garganta. ¿Habría hecho lo correcto presentándose esa mañana?

–¿Quieres café? –le echó una mirada interrogativa y se volvió hacia la cocina.

Cate lo siguió; le temblaban las piernas.

–Te has levantado temprano –dijo él.

–Mmm –Cate lo observó mientras llenaba de agua el hervidor y lo enchufaba; entonces se volvió a mirar por la ventana, desde donde se veían los cuidados jardines traseros a lo largo de la calle.

–Gracias por la planta –dijo por fin más tranquilo, más confiado.

Cate respiró aliviada y dio gracias al Cielo por ello.

–La planta lleva una tarjeta colgada que te dice cómo tienes que cuidarla –dijo–. Y un ficus es una buena planta para tener dentro de casa. Pero hay que alimentarlos bien.

Andrew la miró como si no tuviera idea de lo que le estaba diciendo.

–Ay, lo siento –Cate ahogó una sonrisa–. Quiero decir que les gusta que les eches fertilizante a menudo. Tengo una bolsa enorme en casa. Ya te daré un poco.

–Con instrucciones, por favor –apagó el hervidor y preparó el café–. ¿Te apetece comer algo? Tengo bizcocho de pasas, creo.

–No, gracias –Cate sacudió la cabeza–. Pero come tú.

–Paso –dijo mientras abría el frigorífico y sacaba un cartón de leche que dejó junto a la taza de café de Cate–. Me haré una tortilla más tarde cuando me haya duchado y limpiado un poco –se frotó con fuerza la barba cerrada que cubría su mentón.

Cate dio un sorbo de café. Estaban sentados en sendos taburetes altos delante del mostrador de la cocina–. ¿Vas a comprar un comedor?

Él esbozó una ligera sonrisa.

–Eso sería llevar demasiado lejos la comodidad, ¿no crees?

–¡Andrew! –exclamó con frustración.

Él sonrió pausadamente.

–Estaba bromeando, Cate. Pero me encanta cómo te pones.

Ella lo miró enfadada.

–No sé por qué me molesto.

–¿No lo sabes? –murmuró Andrew.

Cate ahogó una exclamación mientras un escalofrío le recorría la espalda.

–¿Te trajeron la cama?

Al momento se arrepintió de haberle hecho esa pregunta. ¿Pero qué demonios le pasaba?

–Por supuesto... –dijo en tono bajo y ronco–. ¿Quieres probarla conmigo?

Desesperadamente.

–Ahora no. En realidad... –miró el reloj– debo irme.

–Te deseo –dijo él adrede.

A Cate le brillaban los ojos.

–Amantes, Cate. Tú y yo...

Se pasó la lengua por los labios, sintiendo una desesperante sensación de placer en las entrañas.

–Andrew...

Él sonrió y le acarició la mejilla.

–Por ti, incluso me afeitaría.

Ella bajó la vista para no ver la ternura en sus ojos, y respiró tan hondo que le dolió.

–Amantes, Cate –susurró–. Imagínatelo...

–Andrew...

–Te escucho.

Ella siguió con la vista baja, sin querer que él viera en sus ojos sus miedos, su debilidad.

–Pronto.

Él le tomó la mano y se la llevó a los labios.

–¿Cuándo es pronto?

El gesto la desarmó y estuvo a punto de hacerle caer.

–Pronto –repitió con voz temblorosa mientras retiraba la mano–. Esto... ¿Qué planes tienes para hoy?

Andrew agarró la taza y bebió el café despacio.

–Le prometí echarle una mano a Jon más tarde, para colocar los muebles en el jardín y lo que se necesite para la fiesta.

–Entonces, probablemente te veré allí. Yo voy a ayudar a Claire a preparar la comida. Gracias por el café –se bajó del taburete.

–Te acompañaré a la puerta –le dijo.

Cate se marchó, preguntándose cómo era posible que las piernas no le hubieran fallado ya.

Después de marcharse Cate, Andrew pasó un buen rato junto a la puerta, sintiendo el calor de su cuerpo envolviéndolo.

Negó con la cabeza, como si sus caprichosos pensamientos lo impacientaran.

–Ya basta –murmuró mientras se dirigía al cuarto de baño a ducharse y afeitarse.

 

¿Por qué le daba la impresión de que había perdido el control de su vida? Desde luego, eso era lo que sentía. Cate resopló con alivio. ¡Ni siquiera recordaba haber conducido el coche de vuelta a casa!

Empezó a sacar los alimentos de las bolsas automáticamente, como un robot, y después los metió en la alacena o en el frigorífico, según la necesidad. Un calor ardiente la recorrió de pies a cabeza al recordar la musculatura de su cuerpo abrazándola.

Andrew.

Volvió lentamente a la realidad, pestañeando, sin ver la cafetera que tenía en la mano. ¿Sería que se estaba enamorando? Sí era así, desde luego nada tenía que ver con lo que había experimentado con Rick. En absoluto.

Cuando le sonó el móvil, aspiró hondo y volvió a la realidad.

La llamada era de una de las pacientes de Cate, Jane Rossiter. Tenía niños pequeños y su marido a menudo tenía que trabajar lejos de casa.

–No me gusta molestarla, doctora Clifford –dijo la mujer en tono angustiado– pero Kirsty lleva toda la noche muy inquieta, y esta mañana le vio que tenía un sarpullido en el pecho. Supongo que a lo mejor me he puesto nerviosa innecesariamente...

–No, señora Rossiter –Cate dijo con firmeza–. Voy para allá. La veo dentro de un momento.

Cate agarró su maletín y fue hacia el coche, pensando que últimamente había un brote de estafilococos en niños que asistían a guarderías infantiles.

Aquel tipo de bacteria era un asesino en potencia y había que poner al enfermo en tratamiento médico sin dilación. Cate condujo un poco más aprisa de lo normal.

Jane la recibió a la puerta y se disculpó de nuevo.

–Jane, este fin de semana estoy de guardia de todos modos –dijo Cate con una sonrisa–. Y no es como si hubiera tenido que desplazarme treinta kilómetros.

–No, supongo que no –la joven madre parecía pesarosa–. Pasa –condujo a Cate hacia el cuarto de los niños.

–Hola, Kirsty –dijo Cate en tono suave mientras dejaba el maletín a los pies de la cama–. Mamá me dice que te sientes mal.

–Un poco –dijo la niña de seis años–. Tengo mucho calor y me pica mucho –se levantó el camisón para enseñarle a Cate el sarpullido que tenía en el pecho.

–Mmm, ya veo –Cate dijo con cara seria–. Bueno, vamos a echarte un buen vistazo, ¿vale? –Cate la examinó cuidadosamente y se alegró al ver que tan solo tenía varicela.

–Tienes varicela, cariño –le dijo mientras le bajaba el camisón–. Tienes que quedarte en casa hasta que se te hayan quitado los granos, ¿vale?

–Supongo que los demás niños también se habrán contagiado –dijo Jane con pesar mientras peinaba el rubio cabello de su hija con los dedos.

–Posiblemente, pero probablemente será mejor que lo pasen todos de una vez. Contraer la varicela de mayor es mucho peor –Cate sonrió–. Yo la pasé cuando tenía quince años. Fue durante las vacaciones de verano. Me volví loca rascándome.

Jane sonrió.

–¿Entonces le pongo loción de calamina para los picores?

–En realidad, no –Cate abrió el maletín–. Han sacado un producto nuevo al mercado. Creo que tengo una muestra por aquí... Vamos a ver... Aquí está. Solugel. Supuestamente es muy efectivo. Te dejo esta, pero lo puedes comprar sin receta.

–Gracias, doctora –Jane miró el tubo–. Gracias a Dios Wayne va a estar en casa un par de semanas así que me podrá echar una mano.

–Estupendo –Cate le dio un apretón en la mano a Kirsty y se puso de pie–. Y tal vez los otros no se contagien.

–Bueno –dijo la madre en tono filosófico–. Supongo que tendremos que esperar a ver qué pasa.

La acompañó a la puerta.

–Podrías darle una ducha caliente a Kirsty –dijo Cate–. Sécale la piel despacio y sin frotar con una toalla suave y ponle después el gel en los granos. Una ducha la refrescará y le hará sentirse mucho mejor. Tiene que tomar mucho líquido y que coma poco cuando a ella le apetezca. Cuando se sienta bien para levantarse, te lo dirá.

–Me ha dejado muy tranquila, doctora –dijo Jane con agradecimiento–. Muchísimas gracias por venir.

Cate sonrió.

–No hay de qué. Y llámame cuando lo necesites si tienes alguna duda.

Cate miró el reloj y arqueó las cejas. La mañana se le había pasado volando. Tan solo tendría tiempo para tomarse un sándwich antes de salir para casa de Jon Goodsir.

 

–Bueno, las ensaladas verdes están listas –dijo Cate mientras cubría con film transparente para envolver alimentos una fuente y la metía en el frigorífico.

–Gracias, Cate, muchas gracias –Claire se irguió y la miró con satisfacción–. Creo que ya hemos terminado. Bea va a traer una de sus famosas ensaladas de champiñón y pimientos picantes para acompañar los entrecots y Andrew me ha dado la receta de una ensaladilla de patata muy especial.

–¿Entonces es verdad que sabe cocinar?

Claire se echó a reír.

–Me apuesto a que nuestro doctor Whittaker podría hacer cualquier cosa que se propusiera.

Cate se sentó en uno de los taburetes de la cocina.

–Me dijo que vendría a echarle una mano a Jon.

–Ha estado ya aquí y se ha marchado –dijo Claire sin darle importancia.

–Ah –de pronto Cate se sintió nerviosa.

¿Lo habría hecho adrede para evitarla? Esa mañana le había dado al impresión contraria. Sintió que se ruborizaba al pensar en ello mientras observaba a Claire llenando la tetera de agua hirviendo.

–Creo que nos lo hemos ganado –Claire le sirvió momentos después un té recién hecho–. Será divertido juntarnos todos esta tarde, ¿verdad?

–Mmm –Cate asintió con entusiasmo.

–He invitado a mi amiga, Lyn Scali –Claire le confesó con una sonrisa de conspiración–. He pensado que ella y Andrew harían buena pareja. Lyn ha hecho un par de viajes al extranjero para Care Australia –continuó–. Esa experiencia al menos les dará algo de qué charlar.

Cate se quedó helada, tragándose las palabras que amenazaban con salir de sus labios. Que ella y Andrew eran...

¿Qué eran?

Se mordió el labio inferior y se quedó mirando el contenido de la taza de té, como intentando encontrar las palabras adecuadas. Pero no le llegó la inspiración. En lugar de eso se sintió sumida en un mar de incertidumbre, donde las olas y las corrientes la llevaban a la deriva.

–¿Se ha establecido ya?

Cate sonrió tristemente.

–Es un poco pronto para afirmarlo. Claire... –Cate se puso de pie rápidamente–. Si no te importa, tengo que irme. Tengo un par de visitas que hacer en el hospital –mintió–. No hace falta que me acompañes.

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