Consumidos
Capítulo 10
10
Mi viaje a la Clínica Audiológica Jungebluth fue algo más que un corto paseo en un Smart eléctrico, aunque al nivel más mundano pensaba que iba a ser eso. Nos permitíamos unos cuantos «filosofoespasmos» al año; me refiero a arranques de comportamiento obsesivo/compulsivo que a menudo implicaban líos sexuales con estudiantes o períodos de profunda y abstrusa desesperación o aventuras políticas ocasionalmente intensas que nos dejaban indefensos ante los medios y el público, y que nos producían una gran incomodidad. Pero nuestro argumento era que nos apoyábamos mutuamente durante dichos espasmos y que tratábamos esa realidad momentánea como si fuera la única realidad verdadera, que, obviamente, por obrar así, lo era. De modo que circulé por el Périférique y busqué la salida de la rue de Vaugirard, Porte de Vanves, que me llevaría a la Clínica Jungebluth, y no tardé en estar allí, en la limpia y tecnocromada sala de espera, mientras mi expediente audiológico era analizado por una estudiante de Sciences Po muy seria que trabajaba por horas en el consultorio y fingía no saber quién era yo.
La primera incursión que había hecho en el mundo de los aparatos auditivos me había arrojado a una deprimente serie de consultorios incitadores al suicidio que estaban situados en casas de estudiantes de último año o en talleres clandestinos improvisados en locales subterráneos que parecían tiendas de muebles de bricolaje de saldo. Aunque abundaba la tecnología moderna, los detalles eran chapuceros y de aficionados. Y cada vez que uno volvía y enchufaba los oídos al ordenador del audiólogo, el audiólogo era diferente y por lo general también había cambiado el programa del ordenador. Según mi experiencia, todos los audiólogos eran audiólogas o, mejor dicho, audiólogas casi siempre muy jóvenes que no se sentían a gusto con los carcamales exigentes y expresivos como yo. Querían sentirse superiores, ayudarnos cuando nos introducíamos el receptor en el conducto con trémulos, nudosos e insensibles dedos; querían simplificar la tecnología de los aparatos (que habían sido inventados por gigantescas empresas de electrónica que manejaban una capacidad informática seis mil veces mayor que la que había lanzado al Apolo 11 a la luna) y ocultarnos los seis programas que podíamos organizar de múltiples formas para dejarnos únicamente con un botón que se limitaba a encender y apagar el funcionamiento general. No querían que nos confundiéramos.
Cuando fui a ver a Elke por insistencia de Romme Vertegaal comprendí por primera vez que el mundo de los sonidos podía existir para mí de un modo serio y emocionante después de años de mutismo, embotamiento y olvido de las interacciones. Y allí estábamos otra vez, en Vanves, para consultar, lo cual era para ella un compromiso que entrañaba el entrelazamiento de dos vidas en un proyecto creativo de magnitud elemental.
Elke era la fea hija de dos psicoanalistas de Colonia, el padre freudiano, la madre junguiana, los dos duros de oído. El hermano mayor era un musicólogo especializado en danza inglesa de la época isabelina que se había trasladado a Boston para dar clases en el Conservatorio de Nueva Inglaterra; también era duro de oído. Allí teníamos, pues, lo que Freud habría llamado una carga neta que en última instancia había generado el fenómeno Jungebluth. Como único miembro de la familia que oía bien, y además el más joven, Elke se hizo responsable de todo el panorama auditivo de la familia; la finalidad de su vida fue muy pronto conformar y dilatar el mundo audible de todos sus miembros y de cuantas personas se pusieran a su alcance. Aunque es evidente que un psicoanalista debe oír bien para desempeñar sus funciones profesionales, y lo mismo un musicólogo, Elke acabó viéndose obligada a resolver los problemas de la familia, ya que ésta negaba la realidad de su dolencia, como ella misma decía: el hermano llegó al extremo de invitarla a oír grabaciones que él mismo apenas oía para que le describiese los detalles acústicos. Y los padres grababan a la chita callando algunas sesiones terapéuticas y luego se las ponían a la hija, para enterarse de lo que decían los pacientes y para que Elke les comentara sus matices vocales y sus modalidades expresivas. Sobre los hombros de Elke pesaba pues una tremenda carga existencial que hacía que tuviera un gran sentido del deber y de la responsabilidad, una combinación poderosa y no infrecuente. Y yo fui el beneficiario de todo aquello.
Como de costumbre, estábamos sentados en el consultorio de Elke, pulcro y elegante. Ya he dicho que era fea y lo era con avaricia: una cara larga y delgada hasta lo inverosímil; ojos marrón mierda, sosos y apagados; pelo lacio y de aspecto sucio que encanecía prematuramente sin uniformidad ni gracia; orejas sobresalientes, cómicamente alertas; cuerpo regordete y sin forma definida que parecía causarle incomodidades poco claras. Pero tenía sobre todo fealdad intelectual y con esto quiero decir que su presencia física invitaba a no fijarse en ella y a concentrarse en su inteligencia omnímoda y penetrante, en la configuración inmediata y natural que creaba, que envolvía a su interlocutor, lo alimentaba e incluso lo llenaba de júbilo. El tema de conversación fue Romme Vertegaal.
—¿Puede decirme algo de él? —pregunté—. Él me remitió a usted. ¿Tienen algún valor en audiología las prerrogativas médico-paciente? Ya sé que los audiólogos no son médicos…
—Escuche a los grillos —respondió, asintiendo sabiamente mientras hablaba, comprendiéndolo todo.
—¿Que escuche qué? ¿A los grillos? ¿Se refiere a los insectos? —Al principio había pensado en Buddy Holly y los Grillos (que en otra época se habían llamado los Grillos Chirriantes) y en la música maravillosamente ingenua de mi juventud, «That’ll Be the Day», «Oh, Boy!», «Not Fade Away», «Maybe Baby», que por entonces parecía colarse sin esfuerzo en mis estudios sobre Hegel, Heidegger, Kant y Schopenhauer, dándoles forma, infundiéndoles sexualidad contemporánea y relevancia emocional. Mi cabeza empezó a llenarse de aquellas músicas, envoltorios tan poderosos de las emociones de mi juventud y de la consiguiente ola del transcurso del tiempo, de la condición mortal, que sentí la lastimera y juvenil necesidad de que me confirmaran que Elke no se estaba refiriendo a la banda, aun sabiendo desde el principio que era imposible.
Imagina pues mi confusión cuando Elke se levantó de su silla Aeron con un sufrimiento alegremente soportado —sus contorsiones corporales se vieron con todo detalle a través del austero tejido de la entallada bata de la Clínica Jungebluth—, cruzó la habitación, se agachó delante de un armarito bajo de acero inoxidable, abrió la portezuela deslizante de vidrio opaco y volvió junto a mí con un viejo disco de vinilo en la mano. ¿Se había referido realmente a los Grillos y lo que tenía en la mano era una versión de uno de los álbumes originales? El título, Escuche a los Grillos, cruzaba la funda de cartón con una caligrafía irregular y artesanal de color blanco sobre un fondo azul oscuro. Debajo del título había una foto, en un blanco y negro muy contrastado, de un hombre maduro con gafas que no era Buddy Holly, sino Romme Vertegaal. Debajo del retrato había caracteres agrupados en bloques silábicos que identifiqué con el hangul, la escritura coreana. ¿Era el título del álbum traducido al coreano? Ya puede figurarse la conmoción que sentí al ver la imagen de Romme relacionada con el alfabeto coreano, por no hablar de los insectos. Mi plan manifiesto —innegablemente paternalista en el fondo, pero motivado por cuarenta años de amor y matrimonio intelectual con Célestine— de inyectar realidad en la absurda fantasía Juicioso-coreana de Célestine sobre el secuestro de Romme Vertegaal quedaba relegado al baúl de las inconsecuencias por la inesperada validación, al menos en parte, de lo que cualquiera habría supuesto una quimera patológica.
—Ése es Romme. —Fue lo único que se me ocurrió.
—Sí —dijo Elke—. ¿No es estupendo?
—No estoy seguro. ¿Son letras coreanas?
Elke se echó hacia atrás en la silla con el álbum cuidadosamente apoyado en el regazo, pero deliberadamente inclinado hacia mí para que me deleitara en su esplendor. Me di cuenta entonces de que la luz cenital estaba colocada de tal modo que ponía de manifiesto el artístico tratamiento metálico de las delicadas sombras de la ilustración de la cubierta, en la que no me había fijado al principio. Lo que me había parecido una sólida superficie azul oscuro era ahora un campo de hierba verde-azul: estábamos en la hierba con los grillos.
—Romme tuvo relaciones comerciales con la República Popular Democrática de Corea durante algún tiempo y este disco de vinilo es resultado parcial de esas relaciones. No eran solamente comerciales, como es lógico. Aquí se ve con claridad la tecnología pesada de Corea del Norte. Los caracteres coreanos significan «Uso sagaz», o quizá «exigente», «de los insectos en la tecnología auditiva». Los socios norcoreanos de Romme no son tan fantasiosos o poéticos como él. —Se calzó unos guantes de delicado tejido blanco que sacó de un bolsillo y, con mucha teatralidad, extrajo de la funda el disco de vinilo de 33 rpm de color regaliz—. Es la primerísima reproducción de Escuche a los Grillos que hay en Europa. Hoy por hoy podría ser la única. Habrá más, inevitablemente.
—Pero ¿qué es? ¿Un compendio de ruidos de insectos? ¿Tiene algo que ver con la Sociedad Entomológica de Corea?
—No —dijo Elke—. Es una herramienta creada para programar instrumentos auditivos que sobrepasa todo lo que pudieron imaginar sus diseñadores.
Una grabación en vinilo completamente retro interconectada con sofisticados audífonos digitales y plataformas de acoplamiento digital con sus portadores: de todos modos me sentía incapaz de imaginarlo. El caso es que tampoco tuve necesidad de imaginar nada, porque cinco minutos más tarde estaba conectado con la movida norcoreana de Romme Vertegaal y en proceso de ser… sintonizado.
—Ahora hay platos láser que prescinden por completo de brazos, agujas y cápsulas —prosiguió Elke mientras me ponía alrededor del cuello el cable del controlador inalámbrico Connexx—. Utilizar uno de ésos nos facilitaría la vida a los humildes audiólogos que lo único que queremos es servirnos del método sintonizador de Vertegaal. Pero Romme no lo pondrá en circulación. Así que nos hemos visto obligados a invertir en una de estas exóticas monstruosidades. Son asquerosamente caras y difíciles de mantener, por eso somos pocos los que hacemos lo que estoy a punto de hacerle a usted. Ésta tiene más de veinte años. Todas fueron fabricadas por una israelí llamada Judith Spotheim-Koreneef que trabajaba en Holanda, en Eindhoven. Romme optimizó los Grillos para los parámetros auditivos de las máquinas de Spotheim, utilizando la única muestra que había entonces en Asia. Ahora hay unas cuantas más.
Estábamos dentro de la Audio Booth 4, básicamente una cabina de grabación de audio que flotaba en espuma y se había diseñado para neutralizar el sonido. Lo que se decía en Booth 4 se oía antinaturalmente amortiguado, como si las palabras fueran objetos inanimados. Las paredes de la cabina, el suelo, el techo, nada de esto añadía la menor energía o forma, ni por reflejo ni en virtud de la geometría, a los sonidos que brotaban de nuestra boca, y esto tenía un efecto misterioso en el significado y el impacto de las palabras mismas que era difícil de calcular. Me hizo comprender que la neutralidad total en la comunicación humana resulta desestabilizadora; podría escribirse un ensayo sobre eso.
Delante de mí había un aparato grande y complejo que habría podido llamarse, simplemente, tocadiscos, pero cuya presencia era más como la de un espécimen de zooplancton inverosímilmente gigantesco. El acrílico transparente del pesado disco y de las diversas placas y cilindros; el acero inoxidable de las pesas engastadas en la periferia del disco de marras; el titanio del delicado brazo multicontrapesado; y las finas correas de transmisión y los filamentos eléctricos culminaban en una centelleante y rapaz estructura que parecía más apropiada para la frenética vida submarina. Una vez que Elke encendió el controlador que tenía yo apoyado en el esternón, quedé al parecer conectado inalámbricamente a este engendro y los dos al ordenador portátil de Elke y a la Interfaz Programadora del Ajuste del Instrumento de Medición Auditiva Connexx de Siemens. Elke limpió el disco de vinilo con Limpiadiscos Spin-Clean (un recipiente de plástico amarillo con rodillos y cepillos que se llenaba con agua destilada y un dedal de fluido limpiavinilos), girando el disco amorosamente con los enguantados dedos contra los rodillos, tres veces de izquierda a derecha, tres veces en sentido contrario, apartándolo y secándolo a continuación con suaves toques aplicados con un paño de algodón libre de pelusa y de un blanco blanquísimo que había sacado de un cajón con sellos de caucho para que no le entrara el polvo. Sujeto el disco en el plato con el pequeño botón acrílico, accionó el interruptor retro en la casilla de acero, bajó cuidadosamente la pequeña cápsula de madera en forma de ataúd hasta el surco del vinilo y… nada. No oí nada.
—No oigo nada —dije, pero nadie me oyó, porque Elke acababa de salir de la cabina, cerrando la doble puerta con el suspiro del aire expulsado y dejándome a mí en un vacío. La veía por uno de los dos ojos de buey de cristal triple que había en la pared, poniendo en marcha el programa Connexx casi antes de sentarse del todo en la silla Aeron. Yo había acudido a Jungebluth (en la empresa había otros audiólogos que no había visto hasta entonces) para desbaratar mi complicidad en los delirios de Célestine sobre Romme, sobre los insectos de su pecho, sobre Pyongyang, dando por sentado que gracias a mis indagaciones obtendría alguna prueba de que Romme vivía en París o en Roma, de que no había sido secuestrado por ningún Kim y de que no era el director de El juicioso uso. Este resultado habría favorecido, con toda naturalidad, la liberación indolora de Célestine de su absorbente fábula corporal, quizá con un tratamiento de choque consistente en concertar un encuentro con Romme en nuestra casa, cuando yo hubiera contactado con él. ¿Se produciría en ella una respuesta más o menos del tipo del síndrome de Capgras, una negativa a creer que el Romme que yo le presentara fuese el Romme auténtico? ¿Alegaría que se trataba de un impostor quirúrgicamente fabricado por los Kim para engañar al mundo y más concretamente a Célestine? Tales habían sido mis fantasías, pero habían sido radicalmente pulverizadas por la prueba presentada por Elke de que Romme había pasado un tiempo en Pyongyang trabajando de consultor técnico, de que había habido una labor más o menos cinematográfica y de que había sido «raptado» (Elke utilizó el término con toda inocencia, sin que yo la incitase) por la «profundidad y la pasión de la cultura de allí», y había quedado «hechizado y embelesado hasta el extremo de que había deseado quedarse a vivir allí por tiempo indefinido».
Yo había sido el engañado, no Célestine; o por lo menos había tratado con altanería e injustificado desprecio su instinto y su sensibilidad a ciertas realidades aberrantes que ninguno de nosotros había sido capaz de intuir hasta entonces. ¿Se le había transformado el pecho izquierdo en nido de peligrosos insectos? ¿Acaso era esto más fantasioso que la invasión del tejido mamario por anómalas y devastadoras células epiteliales de los conductos lácteos? Bueno, sí, desde luego que lo era, pero ¿y si los «insectos» eran una metáfora con la que Célestine se refería a algo más plausible en el plano médico? ¿Y si era su única forma de expresar la certeza de que sufría una patología exclusiva?
El disco acrílico del aparato de Spotheim-Koreneef giraba hipnóticamente, con su corona de metales relucientes, semejante a montones de monedas, titilando con avidez nanocrustácea. Entonces alcancé a ver por los ojos de buey el monitor de Elke y el programa Connexx reducido a una ventana, mientras los iconos indicaban que este último estaba descargando sus valores y parámetros (todo lo que controlaba los implementos de mi receptor incrustado Pure Micon de Siemens) a otra ventana mayor en que se veía una mezcla de bloques silábicos coreanos y palabras inglesas. Era el programa de acoplamiento ideado por Romme y sus anónimos compañeros juche de Corea del Norte, que había sido diseñado para usarse en combinación con el álbum Grillos y el neotocadiscos, y al cual yo había sometido voluntariamente toda mi existencia auditiva para que fuese reajustada. Según el reloj de la cabina, de estilo estación de los Ferrocarriles Nacionales Suizos, el proceso tardó una hora y diecisiete minutos, tiempo durante el cual fui proyectado a un paisaje sonoro medio siniestro, con zumbidos amenazadores, chirridos y chasquidos tartamudos, así como jadeos no humanos (¿mediante espiráculos membranosos de insectos?) y una variedad de murmullos fluidos y pulsátiles que sugerían el movimiento de sangre no humana por diminutos corazones tubulares y compartimentados. Mi interpretación de este mundo auditivo estaba determinada, obviamente, por mi experiencia con la película El juicioso uso, la patología inventiva de Célestine y la cubierta del álbum, una interpretación que habría podido registrarse y analizarse en algún lugar del éter de Internet, porque, según parece, la respuesta de mis tímpanos y de la maquinaria orgánica relacionada con ellos dentro de mi cabeza a aquel paisaje sonoro que realimentaba el programa norcoreano (se llamaba inocuamente «En sintonía con la naturaleza», según supe después) equivalía a una lectura de la actividad eléctrica de mi cerebro, mucho más profunda y significativa que un electroencefalograma normal. Sin querer me preguntaba si la creciente tensión de mi pequeña vejiga afectaría a los resultados y trastornaría mi programación; y es que tenía verdaderas ganas de mear. Habíamos acordado que casi todos los cambios se canalizarían hacia el Programa 5, mi antiguo programa Música (que trataba de equilibrar los sonidos de todos los instrumentos musicales y voces según la audición normal), y que el Programa 1, el Universal, quedara completamente intacto, para servir de referente. Un mando oscilante de mi aparato izquierdo me permitía pasar por los seis programas, es decir, Televisión (Programa 2), Entorno Ruidoso (Programa 3), Exterior/Deportes (Programa 4) y Telecoil (Programa 6, para uso telefónico especial). Pedí a Elke que denominara Vertegaal el Programa 5 y así apareció en la minipantalla de mi controlador inalámbrico Tek.
Salí de la Clínica Jungebluth con los oídos sintonizados con mi seguro e intacto Programa 1, indeciblemente temeroso de ir por la calle con el Programa 5 —¿qué podía ocurrir?— y sin acordarme de dónde había aparcado el Smart Fortwo, como venía ocurriéndome con creciente frecuencia. Por suerte, mi iPhone, que apuntalaba ya mi achacoso cerebro, tenía a mano las coordenadas del GPS y su sistema de orientación que indicaba la mejor ruta en el mapa me hizo doblar tres esquinas hasta dar con el pequeño vehículo, que parecía de lo más pulcro con sus paneles reemplazables de antracita mate. Me daba perfecta cuenta de que los pequeños objetos y los pequeños acontecimientos tecnológicos me producían un placer desmesurado y de que tal vez fuera una táctica más o menos consciente para evitar el enfrentamiento con ciertos hechos dolorosos de la vida, probablemente irresolubles, que me causaban un sufrimiento y una angustia incesantes; sin embargo, el placer era real y lo absorbía a manos llenas. Una vez que estuviera en el coche, pensé, sintonizaría el Programa 5, el Vertegaal, y dejaría que los nuevos ajustes emitieran sonidos no percibidos hasta entonces por el cerebro; pero no sintonicé nada. Mi lógica era que el coche era demasiado silencioso, que estaba demasiado bien aislado —de los cambios de temperatura, para ahorrar batería, pero también de toda clase de ruidos— para que en él se oyera nada espectacular, y que primero me sentiría decepcionado y luego deprimido. Éste era mi razonamiento. Pero ¿no giraba todo aquello en torno a una sola cosa, el pecho izquierdo de Célestine? ¿Por qué jugar con juguetes?
Volví a nuestra casa con la cabeza llena de zumbidos, como si ella fuera el recipiente lleno de insectos cabreados; puede que fuese mi cabeza lo que necesitaba extirparse. Célestine no estaba. Yo no me sentía en condiciones de leer. Encendí la tele y me puse a ver la etapa aragonesa del campeonato del mundo de MotoGP, que se emitía en diferido. Yo no sabía nada de MotoGP, pero me sentí inmediatamente fascinado por la maquinaria, por la extraña, acolchada, jorobada indumentaria de cuero de los competidores, con aquellas deslizantes rodilleras de cerámica sujetas con velcro, con aquellos cascos futuristas, y por la ferocidad de la carrera. Los comentaristas hablaban de la creciente complejidad de los mandos electrónicos de aquellas máquinas elementales, algo preocupante, al decir de los expertos, porque se había llegado a tal control de la aceleración, la resistencia, el frenado, la velocidad, incluso el ángulo de inclinación del motorista que había que preguntarse si los propios motoristas no acabarían por quedar desfasados muy pronto. Huelga decir que los problemas tecnológicos planteados por la carrera me entusiasmaban y me entretenían muchísimo, en particular porque las tecnologías del MotoGP y los audífonos Siemens se compenetraban hasta el extremo de que no tardé en notar que el control de resistencia, el frenado antibloqueo, el sensor de aceleración y las unidades de control electrónico empezaban a darse a conocer en mis oídos. Se me ocurrió que los altavoces de nuestro pobre y viejo Loewe, trivialmente estereofónicos, n.º 5.1 o 6.1 ni más allá, seguían siendo buenos, y sentí la tentación de poner el Programa 5 para ver lo que haría con el rugido antinatural de aquellas motos de no sé cuántas cilindradas. ¿Crearía alguna brillante forma de audición potenciada por un Gran Premio de motociclismo? Tenía ya el dedo en el oscilador del módulo situado tras la oreja izquierda cuando oí tintinear las llaves de Célestine mientras se acercaba a nuestra puerta por el estrecho descansillo. Normalmente, su moderada claustrofobia le impedía usar el ascensor, motivo por el que se la oía de lejos cuando subía la escalera de caracol. Apagué la tele en el momento en que dos corredores españoles tomaban la delantera en la última vuelta, para salvaje regocijo del público aragonés, aunque durante unos segundos siguió siendo perceptible la desintegración de la semivida, el regusto de la fundida ingeniería de la audición y del MotoGP.
Teníamos por costumbre sostener nuestras conversaciones más intensas, abstractas e intelectuales en la cama, generalmente vestidos, aunque no siempre. Incluso cuando empezaban como algo mundano y meramente funcional, en la cocina o delante del Loewe, en cuanto derivaba hacia el territorio que reconocíamos subliminalmente, también nosotros nos dejábamos llevar, como quien no quiere la cosa, hacia nuestro pequeño dormitorio y nos acostábamos sin haber perdido en ningún momento el hilo de la conversación (las almohadas, a veces, hacían que mis Pures chillaran malhumorados con la realimentación), conversación que ocasionalmente finalizaba con un sueño profundo o un acto sexual no menos profundo, inducidos en ambos casos por la temática de la charla. Por todo el dormitorio había plumas y lápices medio gastados que eran como testimonios de nuestra tendencia a tomar notas para futuros ensayos, artículos, cartas a directores de periódicos, en cualquier momento del día o de la noche, durante o después de las sesiones de cama. Hacíamos incursiones esporádicas en el mundo del reconocimiento vocal tomando notas verbales en un iPad o un iPhone, pero de manera inevitable regresábamos al mundo de lo escrito. Los dos teníamos una caligrafía espantosa que exigía grandes esfuerzos descifradores incluso por parte del autor de la misma, aunque el solo hecho del desciframiento era satisfactorio, ya que las sinuosidades de los garabatos transmitían matices y emociones que ni los píxeles más perfectos podían comportar. Pronunciar las palabras era como descargarlas en un vacío en el que podían evaporarse en el momento menos pensado; escribirlas, en cambio, era como ponerlas a buen recaudo dentro de nuestro cráneo, donde podían madurar sin prisas.
Célestine fue la primera en dirigirse al dormitorio; dejó las llaves en un cuenco chino de madera que teníamos en la mesita semicircular de vidrio, que estaba junto a la puerta, se descalzó dando un par de puntapiés en el aire y se dejó caer en la cama lanzando un largo y lento suspiro. Yo, como de costumbre, fui detrás de ella y, aunque ya estaba descalzo, me recosté en vez de tumbarme del todo.
Los dos teníamos claro que íbamos a hablar de Romme Vertegaal, sin preliminares, sin bromas previas sobre las dificultades para aparcar o lo que faltaba en el frigorífico. Célestine había estado otra vez aquel día en las oficinas de la Sociedad Entomológica, con la esperanza de que sus conocidos la informaran del paradero de Romme o de sus últimos planes. Se había dirigido a ellos como último recurso, porque nuestros colegas del Festival de Cannes no habían sido capaces de aclararle nada. La promoción y entrega de El juicioso uso había corrido a cargo de un organismo mediático y cinematográfico del gobierno norcoreano y ninguno de los nuestros había tenido el menor contacto con el director de la cinta. Se había insinuado que había caído en desgracia en Pyongyang y que tenía suerte de no haber dado con sus huesos en la cárcel. No había tenido la menor posibilidad de ir con su película a Cannes, como hacían casi todos los directores; el festival había decidido aceptar esta conflictiva situación con la esperanza de que sirviera para propiciar los contactos con los artistas de Corea del Norte. Los ejecutivos del festival no admitieron el alegato de Célestine, que afirmó que Jo Woon Gyu no era coreano, ni siquiera asiático, sino un ciudadano francés nacido en Holanda. La incredulidad y la desestimación no tardaron en traducirse en irritación, y los ruegos de Célestine —llamadas de teléfono, e-mails, declaraciones públicas delante de las oficinas parisienses del festival— se convirtieron enseguida en momentos de incomodidad para todos que habría sido mejor olvidar. Nosotros estábamos acostumbrados a transformar las incomodidades en causas políticas y sociales de todas clases —era una cuestión de honor; no podíamos preocuparnos por la dignidad o la reputación cuando había por medio temas candentes—, así que aquello no era difícil de aceptar por sí mismo, pero era mucho lo que había emocionalmente en juego y Célestine, tendida a mi lado en la cama, estaba deprimida, descorazonada.
—Mira esto —dije, alargándole mi iPhone.
Se cubrió los ojos con el brazo y dobló los dedos para que los músculos del antebrazo se le tensaran rítmicamente, rezumando angustia y malestar.
—No puedo mirar ahora tus fotos irónicas. Por favor.
Yo tenía la costumbre de fotografiar con el móvil las cosas que me llamaban la atención durante el día, por ejemplo un perro con un bastón de juguete sujeto en la boca. Yo creía que hacía esas fotos por el asombro inocente que sentía ante la riqueza de la realidad cotidiana, pero Célestine, por el contrario, veía asco y consternación existencial acechando tras cada foto. Yo ya no le llevaba la contraria en esta cuestión.
Me acosté del todo en la cama y quedamos el uno junto al otro.
—En esta foto hay una ironía muy especial que querrás saborear. Te lo prometo.
Se dio la vuelta bruscamente y me cogió por el pelo con las dos manos, despertando amargas quejas en mis Pures. Lo normal era que, en momentos así, me los quitara y los dejara encima de la mesilla de noche, para que no interrumpieran la intimidad, pero nos habíamos acostumbrado tanto a su compañía que no se me ocurrió quitármelos entonces.
—Una promesa así es peligrosa —dijo—. Mi estado de ánimo es resbaladizo y azaroso en este momento. Una foto tuya de cualquier señal de tráfico idiota podría empujarme por el precipicio. Y no volvería jamás. —Me besó con la boca abierta y luego se apartó como escandalizada de lo que había hecho: era su pequeña aportación irónica—. Bueno, veámosla. No me impresionará tan fácilmente.
Cogí el iPhone de entre los pliegues del edredón y volví a recuperar la foto que había hecho al álbum Escuche a los Grillos. Hice un molinete con la mano y le pasé el teléfono a Célestine.
Es difícil encontrar Crisco en París, pero no imposible. Además, los amigos americanos que vienen a visitarnos suelen traernos Crisco, no los envases de aerosol, sino la preferible caja de cartón que contiene el bloque blanco de grasa vegetal, de cuatrocientos cincuenta y cuatro gramos y envuelto en papel de cera. Desde que descubrimos el uso de Crisco como lubricante sexual y como remedio para la atrofia vaginal, no he podido volver a ver el logotipo del producto (letras rojas sobre una elipse azul de fondo blanco, con una dorada gota de aceite a modo de punto en la i) sin experimentar una triste erección. Con sus sesenta y dos años, Célestine seguía teniendo un cuerpo sensual y voluptuoso, aunque ya bien adentrada en la fase posmenopáusica. Era típico de ella buscar una metáfora o un símil que la ayudaran a asimilar una modificación tan fundamental como la que acarrea la menopausia, sobre todo en lo referente a las cuestiones sexuales. La encontró cuando participamos en una mesa redonda que formaba parte del Festival Lumière, del Festival Cinematográfico del Gran Lyon, cuyo tema era «Sexualidad e invalidez en el cine». Nuestra sexualidad posmenopáusica quedó aclarada muy pronto gracias a las declaraciones de los demás ponentes, que no eran especialistas, sino meramente seis entusiastas del cine que reflejaban un amplio abanico de la incapacidad humana, desde traumas relativamente menores (una parálisis del brazo derecho debida a un ataque sufrido en la infancia) hasta otros mayores (enfermedad motriz al nivel avanzado de Stephen Hawking). La clave parecía ser un agudo instinto para la inventiva, salpimentado con un sentido del humor más agudo aún y por la represión de la vergüenza en las grotescas acrobacias exigidas a veces, todo ello sazonado por la euforia resultante de sentirse obligados a entender y a comentar gráficamente cuál era el verdadero fin de la sexualidad, un aspecto de la vida sexual lamentablemente desconocido por la mayoría de las personas incapacitadas.
Yo, como siempre, deseaba en secreto a Célestine; en secreto porque no se me permitía eludir nuestro sincronizado envejecimiento deseando en el presente como siempre había deseado. Se me permitía expresarle mi deseo, pero ella necesitaba rechazarme riendo con incredulidad, en su propia senectud privada, ante las fantasías de un viejo que posiblemente daba ya los primeros indicios de senilidad, si no de demencia. Era como si mi invicta lascivia juvenil fuera, por el solo hecho de existir, un reproche lanzado sobre ella a causa de la brusca mutilación de su deseo, sostenido débilmente en los últimos tiempos por las estratagemas que acabo de describir. Yo no podría decir de qué modo su pasada sexualidad se fundía, para mí, con nuestra sexualidad presente, de qué modo su cuerpo del pasado modificaba la realidad de su cuerpo actual. Ella ni siquiera podía practicar ya la cópula anal, y no obstante la vieja y vívidamente recordada cópula anal seguía estando fundamentalmente viva y presente en mí, dado que en cierto modo se producía al mismo tiempo que la cópula vaginal. Y como es lógico, también mi cuerpo estaba cambiando, como supongo que habrás deducido incluso sin tomar como referencia las fotos y vídeos de Internet, y yo sentía que su menopausia era también mía. La transformación de nuestros cuerpos marchaba en rigurosa sincronía y quizá más allá de la sincronía: estábamos demasiado próximos en todos los aspectos para que no nos afectáramos el uno al otro en un plano causal. Conforme su cuerpo cambiaba (un cambio que, obviamente, es invisible y gradual hasta que llega uno de esos momentos asombrosos y reveladores, cuando la luz que cae en oblicuo de una claraboya anormalmente instalada incide cruelmente sobre la piel, las venas, las uñas de los pies, y transforma para siempre la percepción de lo que es la persona que amamos), yo deseaba en principio que se modificara mi sentido estético de la belleza femenina, para que se adaptara a su transformación, para que ella siguiera siendo tan hermosa y deseable como siempre, aunque ya era distinta. Y la diferencia en cuanto tal se volvió provocativa y excitante, como si los actos sexuales con ella fueran al mismo tiempo actos sexuales con otra persona, una persona exótica que exigiera nuevos protocolos sexuales y nuevas perversiones, hasta que dejé de desear el cambio porque la estética se había transformado permanentemente; ya no me sentía atraído por la misma mujer, lo cual fue una bendición y un alivio, además de un fenómeno curioso. Un corolario inesperado fue la reordenación de la estética relativa a mi cuerpo, que ahora era capaz de incorporar la musculatura fibrosa, la piel manchada, los pómulos demacrados, las arrugas de reptil, a la categoría de belleza masculina aceptable. Sí, los dos seguíamos siendo maravillosos.
Después de describirle a Célestine mi aventura en Vanves con minuciosos detalles, todo para explicarle la foto de la cubierta del álbum, nos entregamos a un acto de amor frenético, triunfal, festivo, abrazando inevitablemente el tema de Romme Vertegaal y su odisea, tal como la imaginábamos. Cierta vez que fuimos a México, con el fin de estudiar la política y la filosofía izquierdistas «a la mexicana», descubrimos que nuestra sexualidad se había metamorfoseado ella sola en una meditación sobre Frida y Diego, con cierto sabor a Trotski (Célestine era siempre Frida, pero yo era Trotski de vez en cuando, en aquel país delirante de autoaniquilación sexual; luego, cuando reincidimos en esta temática, yo era ocasionalmente Frida y Célestine era de vez en cuando Diego) y con claros ecos del arte popular y el surrealismo mexicanos. Desde aquella experiencia solíamos elegir conscientemente la temática de nuestras sesiones sexuales, como si participáramos en un collage o en un grupo escultórico y después comentáramos las texturas y los efectos sensoriales. Escribimos al respecto un artículo conjunto para la sección «Anales de la sexualidad» de la revista New Yorker, que despertó una pequeña polémica. Pues bien, inmediatamente después de lo de Vanves apareció una capa nueva en la estructura siempre envolvente de nuestra sexualidad compuesta (cosa que siempre me ha recordado a las capas de Photoshop): la añoranza atípicamente frenética que sentía Célestine por Romme. Yo podía ser Romme en nuestras fantasías —desde luego, lo conocía mejor de lo que había conocido a Diego Rivera—, pero había celos en el ambiente, a pesar de que nos permitíamos amantes de relleno, y los celos empezaron a disolver las capas y a producir un amasijo incoherente. ¿Hay alguien que no haya sentido celos ocasionales de amantes del pasado, celos que se intensifican cuanto menos justificados están, cuanto más encerrados se encuentran en el pasado, burlonamente protegidos por la cámara acorazada de la memoria? De modo que sí, triunfal, festivo, pero angustiado por su complejidad emocional, al menos para mí, y lo que más me dolía era la aparente serenidad de Célestine, la indiferencia incluso ante el ya inevitable dolor que producían las penetraciones. Detestaba dejar que Célestine follara con Romme utilizándome como sustituto de éste.
Los dos estábamos sometidos al fin de aquello, Célestine ponía mi mano sobre su pecho izquierdo y apretaba con crueldad trastornada. Pero entonces me sobresaltaba con un brusco suspiro húmedo y ahogando una exclamación aterrorizada. Un chorro de adrenalina corría hacia el cerebro y me inundaba de cólera desatada. Cuando me puse los primeros audífonos, que estaban sintonizados para aumentar las altas frecuencias que son las primeras en desaparecer con la edad, es cierto que el mundo se volvió repentinamente más ruidoso y discordante; y para una persona cuyo paisaje sonoro se había ido apagando hasta pensar que era una experiencia común a la mayoría de la gente era difícil creer que aquellas estridencias fueran sin más la restauración de unas altas frecuencias perdidas. Pero el aspecto más desorientador del nuevo sonorama era que los ruidos entrañaban ahora demasiadas emociones, demasiados significados, hasta el extremo de que un simple estornudo pudiera ser una expresión de ira, el cierre de la puerta de un dormitorio una separación intencionada que necesitaba solucionarse, mullir una almohada en mitad de la noche una agresión explosiva que me aceleraba el corazón con cólera reflexiva. Necesitaba con urgencia ajustar mis reacciones a la intensidad de los sonidos, y aunque no paraba de hacer ajustes, aquellas inesperadas sobredosis de adrenalina se repetían y me confundían. Me entraban ganas de levantarme de un salto de la cama, cerrar la puerta del dormitorio de un portazo e irme a dar un paseo por las calles húmedas y oscuras, despotricando para mí con mal humor contra las ofensas y traiciones conyugales. Pero volvía a ajustar mis reacciones.
—Tina.
—Los oyes, ¿verdad? —dijo—. Se van a volver locos aquí dentro. No es posible que no los oigas.
—Los insectos.
Un «¡sí!» jadeante, como el disparo de un fusil de gran potencia.
—¿No crees que es la configuración de Romme Vertegaal lo que los anima? ¿La entomología, la conexión norcoreana…? —Se volvió para mirarme a la cara. Vi en sus facciones una alegría frenética, terrible—. El Programa 5 —añadió—. Sintonízalo y los oirás. Para eso está ahí, ¿no? ¡Es evidente! ¡Romme sabía que llegaría este momento!
—No sé para qué sirve el Programa 5. Ni siquiera Elke supo explicarme su finalidad concreta. Dejé que lo creara por ti, por tu obsesión norcoreana y, naturalmente, porque yo sentía curiosidad, también por mi audición, claro, para saber hasta dónde llega su potencial. Sabemos que Romme era brillante, así que dejemos que su brillantez dilate mi cabeza, si puede. Así es como pensaba antes. Pero para ser sincero, he tenido miedo de sintonizarlo, entre otras cosas porque creo que será decepcionante, que será únicamente una expresión insulsa de filtrado armonioso o vete tú a saber. Elke se sentía muy orgullosa de su trabajo con esa difícil rutina vinilo-analógico-a-digital y yo detestaba frustrarla con mi timidez, pero no me dejó en paz hasta que le prometí que le contaría detalladamente el resultado cuando hubiera reunido valor suficiente para probar el Programa Vertegaal.
No podía decirle a Célestine que había tenido otra motivación para permitir que Elke Jungebluth me manipulara: me aterrorizaba que Célestine cumpliera su promesa de viajar a Corea del Norte para buscar a Romme, para volver a contactar con él y dejar su problema entomológico en sus manos, todo dentro del contexto de un absurdo acercamiento político a la dictadura norcoreana. Por un lado, la estratagema de Célestine era una verdadera locura, una fantasía, y por el otro confirmaba —lo sentía con un dolor que me trituraba— que todavía amaba a aquel hombre, que lo amaba como no me había amado a mí y que yo estaba atrapado en un culebrón nauseabundo del que no podía escapar.
Célestine se cogió el pecho izquierdo con ambas manos y me lo ofreció.
—Sintonízalo y escucha —dijo, con una intensidad entrecortada cuyo entusiasmo radical me desquició. ¿Qué marido no ha representado con fruición el papel de mirón en su propia casa, espiando el reflejo de su mujer en una ventana mientras ella se inspecciona la vagina o el ano con el cromado espejo de afeitarse de él, un pie apoyado en la blanca banqueta metálica del cuarto de baño, en busca de lesiones, pólipos, secreciones, decoloraciones reveladoras, reales o temidos? Yo la sorprendía a menudo inspeccionándose el pecho izquierdo con la finalidad más insólita: buscar sonidos, no cosas visibles. Se lo levantaba hacia el oído del mismo lado, con la cabeza inclinada, toqueteándoselo despiadadamente, como si en realidad no fuera suyo, sino un trasplante ridículamente obstinado o una hipertrofia patológica reciente, pinchándolo con el dedo para que los insectos se irritaran e hicieran ruido suficiente para grabarlo con el iPhone que estaba apoyado en la caja de los pañuelos de papel, con el indicador del volumen de la aplicación Voice Memo parpadeando con cada roce. Ahora me tocaba a mí.
Titubeé y me quedé petrificado. Célestine tenía el pelo húmedo a causa de nuestros ejercicios, brillantes mechas negras y grises le colgaban por las mejillas. Tenía una mecha prendida de la comisura de la boca y sufrí una alucinación: era la pata de una araña gigantesca de color negro y gris que había quedado inadvertidamente al descubierto y que esperaba con paciencia dentro de la boca a que los insectos apareciesen. Hice un esfuerzo para retirar suavemente la pata de entre los labios, que se entreabrieron para colaborar, y se la puse por detrás de la oreja.
—Sabes que siempre has sido capaz de oír cosas que yo no puedo oír, ni siquiera con mi sofisticadísima biónica —dije—. Y tú, en cambio, nunca has podido registrar eficazmente el rumor de tus insectos. Admítelo.
—Pero se trata de Romme. Es un regalo que Romme nos hace a los dos. Lo han creado su brillantez y su comprensión. Es algo nuevo.
Resplandecía al decirlo y el resplandor me torturaba. Estiró una mano mientras mantenía la otra sobre el pecho izquierdo, palpándolo, y tocó el módulo Pure que yo tenía detrás de la oreja. (Lo había elegido de color plata oscuro, pues aún tenía vanidad suficiente para desear camuflarlo entre mi rebelde mata de pelo canoso, que según una de mis estudiantes era «pelo de filosofía polémica, aunque no tan intimidatorio como el pelo de Schopenhauer»). Aparté de mi oreja la mano de Célestine, dejándola suspendida en el aire. Mis dedos corrieron al sintonizador de programas de la oreja izquierda y lo pulsé, recorriendo metódicamente los programas del 1 al 5. Cada fase venía acompañada por una serie característica de notas musicales, inteligentemente diseñadas para indicar en qué programa nos estábamos introduciendo, y como Célestine oía esas notas, cuando llegué al Vertegaal arqueó las cejas inmediatamente, con expectación vivaz e infantil.
—El ventilador del horno se ha quedado encendido. Lo oigo desde aquí —dije.
Se echó a reír y atrajo mi cabeza hacia su pecho con despreocupación exagerada.
Y entonces los oí. Los insectos. Estaban dentro de su pecho y yo los oía.
Al parecer hay biomarcadores presentes en el aire que se exhala que pueden analizarse con un espectrómetro de masas para identificar cánceres y otras enfermedades. ¿Habría algo equivalente para los sonidos emitidos por cualquier medio y conducto? ¿Estarían Romme Vertegaal y sus colegas norcoreanos en la vanguardia de la tecnología y definiendo un nuevo y revolucionario sistema de realizar diagnósticos médicos? ¿Podría haber sido transformado mi inocente y práctico audífono Pure en un equivalente auditivo del espectrómetro de masas gracias al programa Escuche a los Grillos? Ninguna de estas cosas resistiría un buen análisis a la luz del día. Pero allí, en la cama con Célestine, la noche era muy oscura y yo oía los insectos en su pecho izquierdo, y parecían vivos, presentes y reales. Yo había sospechado siempre que los insectos tenían lo que podríamos llamar «personalidad de especie»; es decir, no personalidad como individuos, sino como especie individual, tanto que algunas mariposas de la subfamilia de las Nimphalinae —vanessas, polygonias, aglais— tienen la costumbre de aterrizar en la cabeza de uno cuando quiere cazarlas, y cuando uno se mueve bruscamente, se van volando, trazan un círculo y vuelven a posarse en lo alto de la cabeza, comportamiento que nunca se ve en el papilio glauco ni en la mariposa monarca. En el abarrotado pecho de Célestine, ahora cubierto por el líquido lustre de la excitación, podía distinguir ocho especies de insectos, por los rumores que producían, rumores que me generaban imágenes mentales de los órganos —patas o élitros estridulantes, membranas vibratorias— que producían los sonidos en cuestión. La entomología me había atraído —de un modo del todo natural, en mi opinión— como parte de mi vocación filosófica, porque a mí me resultaba imposible entender que un filósofo se desinteresase por la existencia y significado de aquellas formas de vida absolutamente no humanas, pero contundentes. Siempre me divirtió observar ese deseo tristemente frenético que manifiesta la cultura popular por las formas de vida de otros planetas, cuando bajo los pies de estos mismos buscadores de alienígenas, y categóricamente despreciados por ellos, pululaban las más exóticas, grotescas y fabulosas formas de vida imaginables. Pero como estudioso de la vida de los insectos yo no podía ser otra cosa que un diletante, pues el tema es amplísimo e inconmensurable. La charla que di en el Club Immédiat, que titulé «La entomología es un humanismo» —traviesa aunque mordaz referencia a la famosa conferencia de Sartre «El existencialismo es un humanismo»—, encerraba casi toda la esencia de mi saber entomológico, y ahí está para que la vean todos con toda su superficialidad. En otras palabras, era incapaz de decir el nombre exacto de todas las especies de insectos que había en el pecho de Célestine. ¿Y cuántas había? Si hubiera solamente un espécimen de cada especie, ¿habría que decir que había ocho? ¿O siguiendo el modelo del Arca de Noé había un macho y una hembra de cada especie? Una cigarra, eso estaba claro. Una avispa alfarera. Una mosca asesina. Una chinche asesina. Varias especies de hormigas. La mente se me llenaba de imágenes extrañas y curiosamente despistadoras que traían su propia banda sonora: las salvajes oleadas de las plagas de langostas, el ejército de miles de millones de hormigas de la película de 1954 Cuando ruge la marabunta, protagonizada por Charlton Heston; un programa de Discovery Channel que estudiaba a los insectos parásitos que transformaban a sus anfitriones en zombis que satisfacían las necesidades de los huéspedes; una película colgada en YouTube que parodiaba El Avispón Verde, en la que el enmascarado protagonista es un auténtico avispón que acaba fatalmente aplastado por su compinche japonés, Kato, y cuya banda sonora es «El vuelo del moscardón» mezclado con el zumbido del theremín, como en el viejo serial radiofónico. (En realidad, no estaba seguro de si había visto esta película o me la había imaginado).
Aparté a Célestine lleno de horror y confusión. Ella dejó escapar una breve risa de comprensión y se soltó el pecho, que durante un momento alucinante pareció agitarse a causa de algún tumulto interior y luego adoptó su postura inocuamente cotidiana de reposo gravitacional. Era, como he dicho, mi pecho favorito, el más grande y el más adaptable (el izquierdo suele ser mayor, según parece por efecto del bombeo cardíaco), aunque en aquellos momentos estaba ya aureolado por ondas de significados y simbolismos que desbordaban incluso la carga metafórica que estos sufridos órganos están acostumbrados a soportar. Se disolvía casi cinematográficamente ante mis ojos en una serie velozmente rotativa de objetos — una bolsa, un nido, un huevo, una yurta, una colmena—, cada uno de los cuales me producía una reacción atrozmente emocional que me dejaba temblando y exhausto.
—Ahora lo sabes, ¿verdad? Ahora lo sabes —dijo, inspeccionando todos mis temblores con curiosidad sincera.
Pero no lo sabía. Por razones obvias, no podía dar crédito a mis oídos, en el sentido más literal de la expresión. Pensaba que los ruidos de insectos que me parecía haber oído eran en realidad fruto del funcionamiento de los aparatos auditivos y no una información que hubieran recibido pasivamente. ¿No podían haber sido programados para generar aquellos sonidos, resaltando un poco, gracias a su creativa capacidad digital, lo que normalmente hacían? ¿Podía Romme, en connivencia con Elke, haber concebido aquel descabellado plan para volverme loco o, lo que ya sería el colmo de la crueldad, para inducirme a colaborar con Célestine en el agravamiento de su propia locura?
La expresión de Célestine era tan amable —no, qué digo, más que eso: era benigna, incluso beatífica—, desbordaba espontáneamente tanta generosidad y bondad que no me atrevía a expresar los reparos que sentía ante lo que para ella era sin duda una sobrecarga emocional casi religiosa. Y de súbito volví a oírlos, y tuve la impresión de que me hablaban, aunque no entendía lo que tal vez me estuvieran diciendo.
Lo que decía Célestine sí lo entendía.
—Entenderás ahora por qué tengo que extirpármelo. Tenemos que hacerlo antes de que se extiendan por todas partes. No tenemos mucho tiempo. —Lo dijo con dulzura, con amabilidad, sin aprensión. Me turbó que utilizara la primera persona del plural, aunque entre nosotros era normal que buscara mi aprobación y mi apoyo; en el presente contexto, sin embargo, me dejó un regusto siniestro que debió de cambiarme la cara—. Quiero que lo hagas tú —añadió—. No creo que prefieras que lo haga otro. Ya hemos hablado de este asunto y ha llegado el momento.
Imagino que resulta incomprensible para una joven pareja la posibilidad de que un día se pongan a hablar en múltiples registros —en broma, por desesperación, por insensibilidad— de matarse o mutilarse mutuamente. Es frecuente encontrar artículos sobre la ética de la eutanasia y de desenchufar al cónyuge en condiciones médicas extremas o sobre la logística de acompañar a la esposa a la Clínica Dignitas de Zúrich para poner fin a su vida, pero Célestine y yo, en ocasiones, nos planteábamos actos hipotéticos de violencia que sólo de un modo muy tangencial tenían que ver con el envejecimiento, la senilidad y la muerte fácil. Ella me castraba; yo le cortaba los pechos: ambas operaciones realizadas con cuchillos de cocina. Ella me estrangulaba con el cinturón de un albornoz viejo; yo la apuñalaba con la bicorne y afilada estatuilla de titanio con que me habían galardonado por mi folleto «El cine de consumo»; o nos tomábamos una sobredosis de barbitúricos y nos acostábamos en nuestra cama, cogidos de la mano, como habían hecho Stefan Zweig y su joven esposa en Petrópolis, Brasil. Ideábamos espontáneamente muchas situaciones imaginarias cualquier día que nos sentíamos ocurrentes, una costumbre que empezó como un intercambio de bromas macabras entre dos inteligencias hiperagudas cuya función parecía ser absorber el veneno de las tensiones, las angustias, los celos, los resentimientos y las nanotraiciones normales de todos los días, pero que poco a poco se transformó en una salvaguardia frente a la muerte, un reconocimiento de nuestra dolorosa fugacidad y una tentativa de arrebatar los mortales instrumentos de cocina de las manos de la casualidad y ponerlos otra vez en nuestro cajón.
Supongo que así es posible entender la acumulación de circunstancias que configuraron nuestra coyuntura. Yo oscilaba entre seguirle la corriente a Célestine, pues no sabía si empezaba a deteriorarse psíquicamente o si estaba desarrollando deliberadamente una fantasía, una alucinación voluntaria que comportaba una forma exclusiva de apotemnofilia, y compartir esta compleja psicosis hasta el final. Es una pena que nunca estuvieras en la misma habitación que Célestine. Habrías sentido su capacidad para seducir e hipnotizar.
El tren nocturno a Múnich salió de París Este a las 8.05 de la tarde y fue la primera etapa de nuestro viaje a Budapest. Habíamos elegido el Cassiopeia de City Night Line, un tren con coches cama operado por Deutsche Bahn, para enlazar luego con el Railjet, el tren de alta velocidad de los ferrocarriles austriacos, cuyo final de trayecto era la estación Keleti de Budapest, para dar gusto al reciente miedo a volar de Célestine, o más bien a su miedo a los cambios de presión de la carlinga, que podía sacar de quicio a los diminutos pasajeros de su cuerpo. No puede negarse que el sentido de la oportunidad que creaban las muchas horas de tren formaba parte del astuto plan, tendente a validar la finalidad de nuestro viaje y a prestar a toda la aventura algo de la credibilidad de que carecía. Pues era inevitable preguntarse, como estoy seguro de que te lo preguntas tú, hasta qué punto estaba loca Célestine y hasta qué punto era yo un irresponsable por acceder a ser cómplice de esa locura. Era tan convincente inventando detalles de su enfermedad y de la conspiración que la rodeaba, que había que asumir la realidad de la misma, como cuando nos absorbe la realidad de una novela brillantemente escrita o una película carismática: no creemos en ella al pie de la letra, pero admitimos que en su vida orgánica hay una verdad plausible que nos envuelve y asimilamos casi a un nivel fisiológico. Recuerdo haber vivido un pequeño terremoto en Los Ángeles, nada serio, un 4,6, creo, cierta vez que estuve allí en calidad de invitado de la Academia el año que decidieron conceder un Óscar especial a la filosofía en el cine. Un terremoto pequeño, aunque la obligada conciencia de que la tierra en que nos apoyábamos era movediza e inestable resultaba aterradora, y días después todavía me parecía sentir los temblores y amenazas del suelo. Aún vivo con aquello; y presiento la presencia de un vértigo especial que puede atacarme en el momento más inesperado y que hoy forma parte de mi fisiología.
Célestine era como aquel terremoto. Célestine era también como aquel primer viaje con LSD, aquel que quizá tomamos en una tienda de comidas preparadas de Brooklyn, aquel que comenzó de súbito con un desplazamiento de todos los colores hacia el extremo verde del espectro, y nuestros ojos se convirtieron en objetivos ojo de pez, distorsionando todo el campo visual, y los sonidos se volvían plásticos, y el tiempo infinitamente variable, y nos dábamos cuenta de que la realidad era neurología y no era absoluta. Célestine era un punto caliente personalizado que emitía su propia señal de wifi especial para conectar con Intercélestine y solamente con ella. Obviamente, había un elemento de apoyo personal, una solidaridad con la principal compañera de viaje por este mundo, sin que importara adónde nos llevara a los dos. Yo estaba ya hombro con hombro con Célestine en las barricadas, tal como ella había estado a mi lado durante mi breve y desquiciada trayectoria política (que había estado a punto de meternos entre rejas y nos había enseñado la vieja lección de los príncipes-filósofos).
Reservamos un compartimento de lujo Comfortline, de dos literas, con cuarto de baño adjunto, con artículos de tocador y todo, que no utilizamos en ningún momento. Célestine solía preferir la litera superior, ya que normalmente decía que así se sentía como una maleta que viajara en el anaquel de los bultos y equipajes, aunque en aquellos momentos se sentía como si volara sobre la verde cúpula de un bosque de una isla del Caribe. Subió por la blanca escalerilla metálica, enganchada a la litera superior gracias a los servicios del simpático mozo del vagón, como una niña de ocho años que se aleja de casa por primera vez. Debo confesar que el sistema de cierre con tarjeta perforada de plástico y el pestillo giratorio de la puerta aniquilaban por completo aquel viejo sabor a Orient Express de exótica cordialidad y lo reemplazaban por la sensación de que habíamos sido admitidos en una cárcel ambulante de mínima seguridad para delincuentes de la administración pública que van camino, posiblemente, de los calabozos grotescamente adornados de la prisión Saint-Gilles de Bruselas. (Sin que supiera por qué, me pasó por la cabeza la idea de que el escritor/filósofo/delincuente Jean Genet viajaba también en nuestra cárcel ambulante y se sentía totalmente a gusto en ella).
Antes de subir, Célestine se sentó en mi litera y me besó con toda la pasión y sensualidad que pudo reunir con la boca herméticamente cerrada, una nueva costumbre motivada por su tácito temor a que los insectos pasaran de un cuerpo a otro. Yo echaba de menos la boca que se abría al menor contacto de mis labios, que se abría y evaporaba las preocupaciones sociales y todo asomo de reserva o resistencia, la boca que invitaba ciegamente —no, suplicabaa la invasión y la posesión totales. Me preguntaba si aquella boca regresaría alguna vez, quizá reapareciese enseguida cuando volviéramos de Budapest. Y después del beso, la ya ritual auscultación estetoscópica de los pechos y la cavidad abdominal con el audífono, Célestine levantándose la parte superior del pijama de rayas (parecía el uniforme de los Yanquis de Nueva York cuando jugaban en casa, aunque ella nunca se lo ponía en casa) y ofreciendo los pechos, no a su amante, sino al médico que iba a hacerle un diagnóstico. Yo oía las vibraciones de los raíles en su carne y también oía a los insectos reclamar mi atención, creando pequeñas cápsulas de sonido que, en el sobrecalentado compartimento, empezaban a decirme cosas rítmicas e insensatas, como cuando percibimos voces en la cinta móvil en la que hacemos footing o en el zumbido de un sacapuntas eléctrico. Es tan fuerte nuestro deseo de significados, tan innato, al parecer, que construimos significados donde no los hay.
Y también en las voces de los insectos que me hablaban desde las profundidades de Célestine, pues cuando dejó mi cama para subir a su litera las cosas rítmicas e insensatas se habían vuelto sensatas, sintácticas, aforísticas y llenas de significado. Alcanzaba a distinguirlas a través de la litera, cambiando de tono y en claridad según se pusiera Célestine de espaldas o de costado. Los insectos sabían por qué íbamos a Budapest y se sentían acosados. Apagué los Pures y los dejé en el contenedor, que tenía forma de pastillero, con pequeños huecos para los dos receptores y las pilas de repuesto, pero cuando dejé la cajita en la mesa extensible que estaba pegada a mi litera y apagué la luz, los ecos de las voces entomológicas seguían palpitando en mis oídos, como una borboteante y chisporroteante excrecencia de cera.
Y así seguimos, bamboleándonos y avanzando a gran velocidad hacia Múnich por un paisaje hecho de noche y sueños, y por fin nos vimos rodeados por el lujo de la modernidad vestida de cuero del Railjet, que salió de la capital bávara a las 9.27 de la mañana y llegó a Budapest a las 4.49 de la tarde, tras sendas paradas en Salzburgo y Viena.
Ya conoces a Hervé Blomqvist, me localizaste gracias a él, lo cual encajaba muy bien en su presunto papel de mediador social y provocador político, con hincapié especial en la combinación de ambas cualidades. Él conoció a Zoltán Molnár cuando Molnár, un desprestigiado cirujano húngaro perseguido en varias ocasiones por la Interpol por su implicación en el tráfico internacional de órganos humanos para hacer trasplantes y que tenía la costumbre de aparecer como por arte de magia como propietario de clínicas de trasplantes rápidos en lugares como Kósovo y Moldavia, se marchó subrepticiamente a París para dirigir seminarios clandestinos sobre la politización del cuerpo humano y la reacción a la misma por parte de las élites médicas internacionales. Según Hervé, que era, como ya sabes, miembro de nuestra íntima familia intelectual incluso cuando era estudiante, el doctor Molnár alardeaba de su interés personal por subvertir el sistema de la legislación gubernamental sobre el comercio de órganos y al mismo tiempo defendía a capa y espada el valor humanístico de dicha legislación. Que los pobres de los países tercermundistas vendan sus riñones a los ricos, decía. Es capitalismo orgánico de la mejor especie, es bueno para todos y debería monetarizarse e industrializarse al máximo.
Lógicamente, rastreamos al máximo en Internet al buen doctor antes de concertar una cita para practicarle una mastectomía a Célestine en la Clínica Molnár, sita en la Rákóczi út de Budapest. Rechazamos el paquete general que ofrecía la clínica, que incluía un vuelo con la compañía Malév y una habitación en el Gellért; queríamos cierta distancia entre nuestras personas y el entusiasmadísimo doctor, y su paquete general, que permitía comer en un restaurante llamado La Bretonne, nos parecía una especie de trampa, una intimidad forzada con tanto interés que rayaba en lo obsceno. Y sin embargo lo que buscábamos era algo íntimo, cruelmente obsceno, y éramos conscientes de que nuestra actitud reservada era una paradoja emocional que no resistiría un análisis racional. Según nos aseguró Hervé, únicamente el doctor Molnár, entre sus muchos contactos clandestinos del mundo médico cosechados durante sus retozos secretos, accedería a permitirme a practicarle la mastectomía a Célestine bajo su supervisión. Únicamente el doctor Molnár, nos había dicho Hervé, con aquella desarmante dulzura juvenil que ocultaba hasta cierto punto una inteligencia algo despiadada, únicamente el buen doctor entendería que la extirpación del pecho lleno de insectos de Célestine era un imperativo neurológico y no psiquiátrico. Molnár era de la escuela que creía que la apotemnofilia surgía por una disfunción cerebral congénita y que sus síntomas solamente podían aliviarse satisfaciendo los deseos cercenadores del paciente. Huelga decir que apoyar este enfoque complacía el sentido de la anarquía y la subversión social tanto de Molnár como de Hervé y que el primero no necesitó mucho tiempo en incorporar el caso de Célestine a su ya irritable fichero. Hasta la fecha no había sido responsable más que de otro suceso apo: un trabajador sexual de veintiocho años, de Colonia, que quería prescindir de la pantorrilla derecha y que, frustrado por la resistencia de otros médicos a amputar por no haber ninguna razón física aparente para ello, había intentado en varias ocasiones poner la pierna bajo las ruedas de un tranvía, causando gran consternación en las oficinas de la compañía municipal, por no hablar del personal que pasaba por la calle durante aquellos episodios. Después de visitar la Clínica Molnár (según el vistoso folleto preparado en Rumanía y distribuido por correo electrónico), la vida del paciente había mejorado en todos los aspectos, sin excluir el profesional, pues con aquella nueva personalidad había conocido a una emocionante clientela especializada que no sabía que existiera.
Así es que fuimos a ver al extravagante médico en su guarida, situada en un denso barrio industrial de las afueras de Budapest en el que también se encontraba, entre muchas otras empresas internacionales, Israeli Teva Pharmaceuticals Industries Ltd. Esta vecindad, que legitimaba el trabajo médico, nos dio cierta tranquilidad a Célestine y a mí, aunque la clínica propiamente dicha tenía un aspecto innegablemente sospechoso, dado que estaba en unos sótanos, en las entrañas de hormigón de un enorme y cochambroso complejo. Por fin nos encontramos en la sala de consulta del director ejecutivo, una estancia sin ventanas, desplomados en sendas sillas plegables de metal y lona, de color rojo y amarillo, que parecían restos de los años sesenta, en espera de que el jefe en persona nos regalara la primera tanda de instrucciones. En las paredes había carteles en varios idiomas que parecían ensalzar las virtudes del turismo de salud por otros tantos países —Jordania, Corea del Sur, México, India—, entre los que no figuraba Hungría.
—¡Mis lumbreras! —canturreó—. Es todo un honor tenerlos aquí. He releído las obras de ambos, una forma de prepararme para nuestra gloriosa colaboración.
—¿Colaboración?
—Perdonen mi entusiasmo y mi presunción. Pero admitirán ustedes que lo que vamos a hacer hoy aquí no puede quedar bajo la égida del quehacer médico. Por lo que a mí respecta, poner el escalpelo en sus manos, mi queridísimo Monsieur Arosteguy, es básicamente un delito, entiéndame. Aunque participo al ciento por ciento de la propiedad emocional del pecho implicado, como el esposo y la esposa. A la luz de esa propiedad, el cirujano desconocido es un intruso, un forzador, un violador. ¿Por qué habría de permitírsele que corte ese bellísimo órgano de tan amado cuerpo? ¿Quién coño es él, hablando en plata? No, solamente el marido debería tener derecho a practicar esa extirpación íntima con toda la historia personal que acarrea. Etcétera, etcétera. Pero legalmente es un delito. Así pues, ¿qué solución hemos ideado? Desde mi punto de vista, la solución es que no vamos a practicar cirugía, sino que vamos a crear una obra artístico-filosófico-criminalquirúrgica. Nosotros tres. Una obra colectiva. La Obra Colectiva Arosteguy. ¿Están de acuerdo?
Célestine y yo nos miramos y advertimos en el acto que nuestra comunicación funcionaba perfectamente. Nos sentíamos abrumados, horrorizados y al mismo tiempo complacidos. Después de todo, para Célestine no existía el terror normal ante las intervenciones quirúrgicas que modifican la vida. Como aquel pobre chico de Colonia, Célestine estaba ya más que dispuesta a tirar su pecho bajo las aceradas ruedas del tranvía si no pasaba por el quirófano. Estaba tan concentrada en la extirpación de la bolsa de insectos, como había acabado por llamarla (a mí me parecía repugnante, pero no podía decir nada), que había perdido todo el miedo a cualquier error clínico, a morir en la mesa de operaciones. En este contexto, las pretenciosas efusiones de nuestro buen doctor aligeraban una situación potencialmente sombría con una dosis de metafísica lúdica que, aunque sospechosa, encontrábamos grata y sorprendente.
Más sorprendente fue quizá la seriedad con que nos estuvo aleccionando los días que siguieron. Había arreglado nuestro «encuentro» para que coincidiera parcialmente con la intervención de un colega —nada más que una lumpectomía, por desgracia, pero aun así se trataba de un pecho y desde luego era instructivo para quien no había estado nunca en un quirófano— e insistió para que los dos «asistiéramos a la actuación». Te ahorraré los detalles, pero no mis reacciones: fue sensacional y estimulante, hasta el punto de que empecé a cuestionar mi cordura o, para ser más exactos, mi salud mental. Después del espectáculo me faltó tiempo para empuñar el bisturí, que Molnár quiso que hiciera de un modo extravagante: había encargado una aplicación para el iPad y diseñado un bisturí electrónico que permitía realizar distintas operaciones virtuales en un pecho virtual, en el propio iPad. Me recordó aquellos tempranos días en que se disecaban ranas en Internet, aunque lo suyo era infinitamente más perfecto, más morboso incluso, porque incorporaba (es la palabra idónea) pechos de distintos tamaños, razas y formas de pezón/aréola.
Célestine estaba deseosa de probar la aplicación y se volvió particularmente adepta a la mastectomía radical, la que extirpaba no sólo los tejidos de la mama, sino también los ganglios linfáticos de la axila e incluso músculos del pecho. Parecía atraída por el modelo de pecho asiático y yo lo atribuí a su compleja relación con su médica de cabecera vietnamita, la doctora Trinh. Le hizo gracia esta asociación, pero no la dio por válida. En cualquier caso, Célestine y Molnár tuvieron charlas muy animadas sobre si era necesario o no recurrir a una mastectomía radical en su caso. Al final admitió que no era lo indicado, porque sus insectos no equivalían a un cáncer que invade los ganglios linfáticos; una mastectomía sencilla bastaría. Convinimos en redactar los tres un documento que diera cuenta de la colaboración del paciente en la enfermedad y luego, como consecuencia, de la colaboración del paciente con el médico en lo relativo a la naturaleza del tratamiento.
Molnár se esforzó todo lo que pudo para mantener el decoro profesional durante todo nuestro aprendizaje clínico, aunque acabó bebiendo como una esponja en La Bretonne, un restaurante que al parecer era de su propiedad, y tuvimos que soportar sus sollozos y gemidos de alegría mientras brindábamos por nosotros con un pálinka de albaricoque que resultó muy digestivo.
—Siento mucho respeto y amor por ustedes. Me he resistido a documentarlo todo, por eso hablo de mucho respeto. Pero me siento orgulloso de que me hayan incluido en su larga historia de amor. Me siento amante de los dos, en el sentido en que he leído que acogían ustedes a algunos estudiantes como amantes en el pasado. Y sin embargo, y sin embargo soy también su profesor en esta empresa y ustedes mis estudiantes. Es algo delicioso y amargo, y obliga a las lágrimas a salir de mis ojos.
No es muy agradable ver que tu cirujano se comporta así y nos fastidió un poco. Por su culpa pasamos una noche intranquila en nuestra habitación —nos habían elevado de categoría espontáneamente— del Hotel Corinthia. Pero al día siguiente por la mañana, nuestro médico supervisó nuestra sesión quirúrgica con el iPad con toda propiedad y corrección, a causa tal vez del efecto distanciador que tuvo en los tres el trabajar con el pecho africano anónimo que nos presentaba la pantalla HD Retina del aparato. Molnár me aseguró que en cuanto empezara a cortar carne de Célestine, la fría luz de las lámparas del quirófano y la cara de mi mujer cubierta producirían el mismo efecto y que trabajaría con la objetividad de un buen cirujano.
—¿Ve lo firmes que tiene las manos? Hermoso. Filosofía es cirugía; cirugía es filosofía. Es usted un cirujano nato. Como si hubiera ensayado esto toda su vida.
Solamente cuando me encontré solo en el hotel, ya después de la operación, y pude quitarme por fin las grapas, sorprendentemente grandes y toscas, con el blanco quitagrapas desechable, un artilugio tan poco complicado como cualquier otra cosa que se compra en una papelería, fui presa de la emoción, el vasto y profundo embalse de nuestra historia personal conjunta se desbordó y el mundo se nos cayó encima a causa de lo que habíamos hecho.
Pero aquí, en este punto decisivo de nuestras vidas, la mía y la de Célestine, y en cierto modo también de la tuya, querida Naomi, tengo que poner punto final a esta historia en la que me he sumergido, para aparecer otra vez en la superficie y junto a ti.