Consumidos
Capítulo 8
8
Naomi estaba en el sofá, con el Air abierto en su regazo, la Nagra parpadeando y la solemne cámara (con la pantalla de cristal líquido manchada de salsa de soja) restituida al portátil, el profesionalismo restablecido. Arosteguy en cuclillas al otro lado de la mesa, secando el sake derramado con un paño de cocina con plantas aromáticas estampadas.
—Necesito contarte lo que ocurrió cuando Célestine se enteró del diagnóstico. El diagnóstico destruyó el presente de indicativo para los dos porque destruyó el futuro. Nos envenenó. Y secretamente destruyó nuestras relaciones con todas las personas que conocíamos. Cada carcajada era una mentira, casa sonrisa un engaño. Porque decidimos no decir nada. Sabíamos que también destruiría su presente de indicativo con nosotros y no lo soportaríamos. Nos unió más, pero de un modo melancólico, enfermizo, y comprimió nuestro aislamiento casi hasta la locura.
Hizo una bola con el paño y la lanzó hacia la cocina. Prosiguió la limpieza rascando con una espátula de mango de bambú los restos de la comida esparcida por él mismo, metiendo cuidadosamente los fideos, las gambas, las algas y el tofu en una cesta de plástico rojo perforado, forrada con papel de periódico.
—No podíamos hacernos fotos después del diagnóstico. Cada foto era la proclamación de una mentira. Cada foto era ya el recuerdo de una vida que no existía, una fotografía de la muerte. En comparación con las inocentes y tempranas fotos de familia, las que acabé por hacerle a Célestine… después… eran sinceras, no contenían engaños ni mentiras ni falsedades. Eran horribles, pero eran puras.
—Ari, ¿qué médico hizo el diagnóstico? Sin duda sabes que algunas personas dicen que no hubo ningún diagnóstico. Que lo inventaste para justificar el asesinato…
Inspeccionó una gamba en la hoja de la espátula, la recogió y se la introdujo en la boca.
—¿Quién lo dice exactamente? ¿La doctora Trinh?
—Ella y otros.
—¿Otros de Internet? ¿Los Twitterversos? Se han abierto blogs para difundir expresamente esa idea.
—Sí.
—Internet es hoy por hoy un foro de acusaciones públicas. Pero tú preguntabas quién hizo el diagnóstico de Célestine —dijo Arosteguy—. El médico que le dijo que tenía leucemia linfoblástica aguda fue el doctor Anatole Grünberg, premio Nobel por su trabajo en oncología hematológica. ¿Quién dudaría de su palabra? —Pausa de reflexión—. Habían sido amantes cuando él no era más que un estudiante de la facultad de medicina de la Universidad Paris Descartes. Se veían de vez en cuando. A ella le gustaba relacionar nuestro trabajo, abstracto e interiorizado, con el funcionamiento del cuerpo humano. Ahí encontraba la base de nuestros escritos. La política, que es la justificación habitual de los franceses, era para ella más abstracta e inconexa que la filosofía. Nunca se sintió atraída por ella.
Naomi, con dedos veloces, consultaba ya el nombre de Grünberg en la Wikipedia. La foto que aparecía era de un hombre de ojos salvajes y saltones, labios carnosos y pelo escaso y revuelto.
—Conozco a Grünberg, desde luego, por el escándalo del accidente del bote. Pero ¿practicaba todavía la medicina? ¿Como médico normal? —Grünberg se había salvado por los pelos de ser acusado de homicidio involuntario en un tragicómico accidente, ocurrido mientras paseaba borracho en bote por el río Marne, en el que dos de sus tres hijos ilegítimos habían resultado decapitados; después de aquello se había desatado una agria polémica pública sobre el valor del genio en el mundo real.
—Ésa fue la base de toda su revolucionaria investigación. Los pacientes como Célestine.
—¿Comentaste el diagnóstico con él? —preguntó Naomi.
—No. Nos conocíamos socialmente, pero guardábamos las distancias. Probablemente por rivalidad primitiva. No somos inmunes. Pero Célestine me lo contó todo. Diagnósticos médicos, páginas web médicas poco conocidas, era el pan nuestro de cada día.
Naomi no acababa de creérselo.
—¿Y a ti no te dijo nada?
—Era el médico de ella, su especialista. Era profesionalmente riguroso. No lo habría comentado como un chisme de café.
—¿Viste los resultados de los análisis? ¿Los de sangre? ¿Los escáners óseos? ¿Las tomografías axiales? ¿Las resonancias magnéticas? ¿Rayos X? ¿Alguna cosa?
Arosteguy fue negando con la cabeza conforme oyó las preguntas: movimientos breves, irritados, despectivos.
—¿No pudo haber mentido el doctor Grünberg? —dijo Naomi—. ¿Pudo haberte mentido a ti Célestine? ¿Cabe la posibilidad de que no estuviera enferma?
—Ya te he contado las transformaciones que sufrió su cuerpo. Eran muy reales.
—Puede que tuvieran otra causa.
Arosteguy lanzó un bufido desdeñoso.
—¿Envejecimiento natural de una mujer? Es asombroso lo que las personas son capaces de atribuir a eso. Cómo se niegan a ver las cosas que temen ver.
—La doctora Trinh me dijo que Célestine no tenía nada, médicamente hablando.
—La doctora Trinh estaba enamorada de Célestine. La adoraba, la idolatraba, apenas podía mirarla sin caer de rodillas. Era vergonzoso. Una mujer ridícula. Célestine no volvió por su consulta después de recibir el diagnóstico de Anatole. ¿Y por qué iba a mentirme Célestine? ¿Por qué decirme que iba a morir si no era verdad?
—Para inducirte a matarla —dijo Naomi en son de triunfo—. Un asesinato por compasión, pero no por los motivos que tú pensabas.
—¡Un retorcimiento más allá del retorcimiento! ¡Qué maravillosa invención la tuya! Después de todo, eres una periodista peligrosa.
Naomi no tardó en acurrucarse en el sofá con Arosteguy, que la rodeaba con los brazos y le acariciaba el cuello. Los ecos del uxoricidio filosófico que estaban innegablemente en el aire resultaban tranquilizadores para los dos, no les turbaban, antes bien los vinculaban con dramas pasados, llenos de características y significados. La muchacha tenía los ojos entornados y hablaba con voz adormilada.
—Pero fue nauseabundo, ¿no crees? El hecho en sí, quiero decir, el acto de comer. Fue una exhibición de horror. Una carnicería. Y las fotos. Nunca había visto nada tan horrible. Y Sagawa, que se comió a aquella chica de cuerpo sano y rozagante. Es repugnante que diga esto. Me escandalizo de mí misma incluso por pensarlo. Pero el cuerpo de Célestine estaba devastado por la enfermedad y eso, en cierto modo, lo hace todo más horrible. No puedo creer que esté diciendo estas cosas.
Arosteguy emitió una risa breve que acabó transformándose en susurro ronco, una técnica teatral, se dijo Naomi, que probablemente era efectiva cuando daba una conferencia; pero a ella le gustaba y en las presentes circunstancias se sentía como una estudiante con responsabilidades oportunamente limitadas.
—Saludables pensamientos enfermizos —dijo el hombre—. Sinceros. Pero puedes decir esas cosas porque no la conocías. No conociste su cuerpo con la profundidad con que lo conocí yo. Tú ves un cadáver, un cuerpo muerto, mutilado, anónimo, y sí, enfermo. Pero yo no. Yo viví en el paisaje de ese cuerpo muchos años. Cuando cambió ese paisaje, cambió mi vida con él. Nunca dejó de ser mi Célestine. Nunca.
Arosteguy la besó con pasión y ansia. Ella respondió con la misma vehemencia. No tardaron en estar desnudos, medio cuerpo en el sofá, el resto en el suelo.
—¿Vas a morderme? —dijo Naomi. Arosteguy la mordió y ella lo mordió a él, en el hombro, los brazos, el cuello—. Y después ¿me comerás? —Y Arosteguy la comió: los pechos, los muslos, y fue bajando hasta el coño. Naomi lo detuvo, le alzó la cabeza tirándole del pelo—. Ah, no, Ari. Lo olvidaba. Mi novio de siempre…
—¿Qué le pasa a tu novio?
—No, es… es que me ha dicho que tiene la enfermedad de Roiphe. Ya sabes. Esa enfermedad venérea. Quiero decir que a lo mejor no me ha contagiado, aunque tengo algo…
Arosteguy dio un bufido.
—¿Sabes cuántos años tengo?
—La Wikipedia dice que sesenta y siete.
—La Wikipedia dice la verdad. ¡Y qué impulso hacia la armonía global es esa creación!
Naomi no percibió ninguna ironía.
—¿Y qué tiene que ver la enfermedad con tu edad?
—Bueno, que los dos estamos infectados. Por ejemplo, yo ya no eyaculo. Rezumo de un modo siniestro, como una pústula reventada. Esas corridas de las películas porno, que parecen chorros de nata de una manga pastelera, para mí son pura ciencia ficción, nada más que efectos especiales de imágenes generadas por ordenador.
Naomi bufó a su vez, imitándolo deliberadamente.
—¿Y qué más? ¿Me das la lista completa ahora o la oportunidad de hacer excitantes descubrimientos de monstruosidades?
—Con el tiempo, las parejas mayores se adaptan a esas discapacidades sexuales que van apareciendo poco a poco, no incomodan ni violentan, se vuelven parte de la comedia doméstica para la tercera edad que los dos miembros prometen escribir juntos, pero los recuerdos, afortunadamente, flaquean y la intención queda en el olvido. Pero para una persona joven que es arrojada al foso de los viejos leones… he vivido momentos difíciles.
—Con tus estudiantes.
—Los jóvenes entusiastas y atrevidos, sí, porque están protegidos de la repugnancia durante un tiempo, pero luego…
—Tienes suerte de que nadie te haya llamado la atención sobre lo políticamente correcto. Creo que esa época acabó hace mucho, incluso en Francia.
—Ha habido dramas entre bastidores. La prensa francesa ha tenido tendencia a ser más discreta que la del resto del mundo, pero desde que Facebook y Twitter se hacen la competencia… Cualquier aventurerismo sexual significa hoy la muerte.
—¿Tenían inseguridades sexuales algunos de vuestros jóvenes?
—Ah, sí, todos. Célestine y yo nos aprovechábamos de ellas en nombre de la terapia y la filosofía.
—¿Y yo? Yo también tengo algunas. ¿Te hago una lista o prefieres descubrirlas por tu cuenta?
—Sinceramente, creo que una lista sería un detalle encantador. Podemos hacer un intercambio y luego comprobar si la realidad coincide.
—Empezaré por la mía. Pero antes te advierto que he dicho en serio lo de tener mis propias supuraciones ahí abajo. Podrías pillar algo peligroso. ¿No tendrás por ahí ninguna caja de bonitos condones japoneses? Seguro que tienes condones Hello Kitty. Traducido es Hola Coño.
—Me tienta mucho decirte algo que parece sacado de un cuento erótico mal traducido del panyabí, algo como «Un cocinero debe tener gusto para las salsas» y acto seguido comerte el coño.
—Por favor, no digas esas cosas.
—¿Y por favor no lo hagas?
—No he dicho eso.
—Pero ¿adónde irás? ¿Tienes reserva en algún hotel? ¿Te lo puedes permitir? Y yo que creía que necesitabas estar escondida en Tokio…
—Necesito estar más escondida aún —dijo Naomi, guardando en las bolsas lo que faltaba del equipo y la ropa.
Yukie la miraba cabeceando.
—¿De mí? ¿No te fías de mí?
Naomi se había apoderado de la cama, de la mesa de la cocina y de otras superficies, todo para organizar el equipaje. En aquel momento se volvió desde la cama y asió a Yukie por los hombros. Yukie levantó los ojos hacia Naomi y ésta se sorprendió al ver las emociones que interpretó en ellos.
—No, Yukie, no. No es eso, de ningún modo. No lo es. —Abrazó entonces a su amiga, que se relajó y se quedó como mustia, sin respuesta, todo su cuerpo un mohín.
—Entonces, ¿qué es? No me gusta la expresión de tus ojos. Recuerdo lo arisca que te pusiste aquella vez, en Santa Mónica… —Le bastó mencionar el incidente de Santa Mónica, que fue una piedra angular en su historia y mitología comunes, para darse cuenta de lo que aquello implicaba, para sentirse afectada físicamente, tanto que se soltó del abrazo de Naomi y se alejó hacia el extremo de la cocina para ver objetivamente a su amiga—. Pero no ese francés —añadió, todavía negando con la cabeza—. No ese profesor asesino y caníbal.
Yukie empezó a tirarse de una uña. Las tenía todas pintadas de un blanco nacarado, con una pequeñísima rosa negra de cerámica pegada en el centro. Una rosa se había roto parcialmente y Yukie trataba de limpiarse la uña raspándola. Naomi se había fijado ya en la delicadeza con que se había puesto los guantes, a los que era tan aficionada.
—Unos pocos días con él no son suficientes para completar la historia.
—¡Toda la puta historia privada! ¡Estás tan loca como él!
Naomi había querido que Yukie se involucrase emocionalmente en la investigación, lo había necesitado al principio, pero sentía las consecuencias de aquel planteamiento, hasta qué punto daba a Yukie el derecho a juzgar incluso temiendo sinceramente por su amiga, aunque como solía ocurrir con Yukie había por medio un elemento competitivo, una rivalidad profesional que salía a la superficie y propinaba un rápido mordisco antes de que nadie se diera cuenta de por dónde llegaba el ataque.
Naomi se volvió de nuevo y siguió haciendo el equipaje.
—Es un hombre increíble. Muy dulce, muy sensible.
Yukie empezó a pasearse por la cocina.
—Ohdiosmío. Ni siquiera podrán devolverme tu cuerpo en una bolsa para cadáveres. Tendrán que usar dos docenas de bolsitas con cierre hermético para el congelador.
—No me vengas con melodramas, Yukie. Ese hombre no es una fuerza oscura. Es simplemente un hombre, un hombre que hizo algo radical, por amor, pasión y obsesión, y lo hizo una sola vez.
Yukie dejó de pasearse. Le parecía percibir toda la historia en el lenguaje corporal de su amiga, una historia con final y todo.
—Te lo has tirado ya, ¿verdad? Tu primera noche con él y te lo follas. No puedo creerlo.
Naomi no se volvió.
—No, no puedes entenderlo. Eso es lo que no puedes. Y no espero que lo entiendas hasta que leas lo que yo escriba. A eso se reduce todo, has perdido de vista eso. Es el escribir. Es el tema de este artículo. Es fantástico y es todo mío.
—Guau. Qué alucinante —dijo Yukie—. ¿Y Nathan hace lo mismo que tú? ¿Cotejáis notas? ¿Torturáis a los entrevistados del otro? ¿Os reís de esto?
Naomi sí se rio, todavía dando la espalda a Yukie.
—No es mala idea, ¿sabes? Voy a llamarlo.
Nathan paseaba por las frondosas y exuberantes calles de Forest Hill, hablando, increíble pero cierto, con Naomi. El sol pegaba fuerte, la luz se filtraba entre las ramas.
—Estoy paseando por el barrio. Necesitaba salir de la casa.
—Conozco esa sensación —dijo Naomi—. Mi problema es que cuando salgo estoy en Tokio. —Parecía relajada, demasiado relajada para que Nathan se sintiera tranquilo. Era la clase de relajación que se tiene cuando se ha follado toda la noche. La idea flotaba a un nivel subliminal y Nathan no pensaba abordarla, pero estaba allí, royendo. Pues que royera con sus feroces dientecitos amarillos. ¿Cómo iba a abordarla? Era Naomi quien finalmente había salido del punto muerto en que había quedado la conversación por el teléfono del avión después de que Nathan pasara horas tratando inútilmente de ponerse en contacto con ella mediante e-mails, mensajes de texto, el teléfono y las redes sociales.
La cuestión era: Naomi detestaba su carácter pusilánime y nunca lo perdonaría. Había herido, mutilado y deformado mortalmente el amor que sentía por él, por no hablar del asunto del contagio venéreo. Si se salvaba, le dijo, era sólo por el uso que pensaba dar a todo el lamentable episodio y también a toda la relación que tenían. Ya podía él imaginarse a punto de participar en una etapa de montaña hors catégorie y particularmente horrenda del Tour de Francia, quizá Mont Ventoux, o el Col du Tourmalet, espachurrado por multitudes aterradoras, abucheantes y estrafalariamente vestidas, e iba a sufrir, a sufrir, a sufrir más. Como es natural, cuando lo dijo Naomi pensaba en Hervé y su bicicleta de fibra de carbono, y sus calzones comprimidos con tirantes, con huevera hueca de diseño y su pene a La Peyronie —y es que debería habérselo follado, vaya error—, porque lo poco que sabía de ciclismo procedía de él.
Había otro elemento final, que era que el último email de Nathan prometía revelarle una curiosísima e inverosímil conexión entre Roiphe y Arosteguy, que — Naomi tuvo que admitirlo— podía inclinar todo el contencioso hacia la reconciliación; tenía que ser algo sabroso y sustancioso, porque Nathan carecía de la ladina creatividad necesaria para inventar algo así. Por eso había vuelto a dirigirle la palabra.
—La ironía de toda esta historia es que ahora me dices que tu asesino caníbal, Arosteguy, está más sano de lo que habías imaginado —dijo Nathan— y yo te cuento que mi respetable y anciano investigador médico está como un puto cencerro.
—Bromeas —dijo Naomi, estirándose lánguidamente con sensualidad felina. O eso imaginó Nathan—. Suena a fantasía. Tengo miedo por ti.
—¿En serio? ¿Tienes miedo?
—Miedo de que toda tu teoría sobre Roiphe sea pura filfa. Mejor dicho, fantasía.
—Yo no estoy tan seguro. Creo que ese hombre engaña. Me cuesta creer incluso que haya sido médico alguna vez. A lo mejor tiene Alzheimer.
—¿Qué hace exactamente para parecer tan chiflado? —preguntó Naomi, que pronunció unas cuantas palabras más, pero llegaron electrónicamente desfiguradas.
—Te estoy perdiendo —dijo Nathan—. ¿Me oyes? Te enviaré unas fotos. —Pero la comunicación se había interrumpido. Fin de Llamada.
Nathan se dirigió a casa de Roiphe y llamó al timbre, incongruentemente vulgar, nada más que un cubo de plástico negro con un botón blanco, escondido en la jamba de piedra artificial. El botón se iluminó cuando lo pulsó, pero Nathan no oyó ningún ruido procedente del interior de aquella casa precintada que parecía un mausoleo. Al rato Chase abrió la puerta.
—Hola, Nathan, ¿has olvidado la llave?
—Mmm, no tengo llave.
—Si vas a vivir aquí, deberías tener llave. —Como de costumbre, Chase iba casi totalmente tapada, de pies a cabeza: botas de ante, pantalón de seda acampanado y blusa de manga larga con cuello Mao. ¿Cuándo empezaría a llevar guantes largos?
—Eso sería… sería estupendo. —Una pausa incómoda. Chase sonrió pero no se movió, impidiéndole la entrada adrede—. Tener llave propia —añadió Nathan. Pausa —. De la casa. —No hubo reacción. ¿Sería aquél el habitual modo porteril de Chase? Decidió adoptar una táctica más radical—. ¿Te vienes a dar un paseo?
—No, no, no podría —dijo la chica con indiferencia—. Estoy en cuarentena.
—Vraiment? Il s’agit d’une maladie sérieuse?
Chase redujo la sonrisa al grado cero del afecto y le dio con la puerta en las narices.
Cuando un rato después llegó Roiphe con su Cadillac Seville de los años noventa, aparcó en el camino de entrada y se apeó con la raqueta de tenis en la mano, encontró a Nathan sentado en los peldaños de acceso a la casa.
—Lo han dejado fuera, ¿eh? —dijo, cruzando el césped y riendo ruidosamente para sí. Con su elegante equipo azul de marca Puma, el esquelético doctor parecía ágil y atlético.
—No he llegado a entrar.
Al llegar al porche, Roiphe hizo alarde de su revés y la raqueta pasó peligrosamente cerca de la cara de Nathan.
—¿La señora de la casa no responde al timbre?
—He cometido el error de hablarle en francés y me ha cerrado la puerta en las narices.
La cara del médico se ensombreció un instante.
—Bueno, ha sido un detalle inteligente. ¿Y por qué se le ha ocurrido hacerlo?
—Usted me contó que había estudiado en la Sorbona. Dijo que tenía no sé qué complejo sobre hablar francés. He pensado que la pillaría por sorpresa y la sacaría de la confusión. Y creo que así ha sido. ¿He metido la pata?
—Bueno, el francés forma parte de su pasado y en la actualidad su pasado no forma parte de su terapia. ¡Aquí no se permite la entrada a los freudianos! —Se pasó a la mano izquierda la raqueta Prince EXO3 y propinó a Nathan una palmada en la espalda.
Nathan se incorporó y se encogió de hombros.
—¿Lo he echado a perder? ¿Se me expulsa del templo?
—De ningún modo. Vamos a darle una llave. Venga, no me diga que no es el sueño dorado de un periodista. ¡Las llaves del reino! Pero no abuse de este privilegio. Sé que a ustedes los jóvenes les gusta revolver los cajones y la ropa interior.
Naomi se había quedado dormida después de hablar con Nathan. Para simplificar las cosas, había utilizado el móvil de Arosteguy, un LG japonés, extrañamente largo y delgado cuando se desplegaba; también Arosteguy se había quedado dormido en el sofá de la planta baja, momento que había aprovechado ella para subir a su habitación y hacer la llamada. Había tenido la impresión de que Nathan había percibido en su voz el olor de Arosteguy, cosa que la complacía y la ayudaba a relajarse en un espacio para dormir muy acogedor. Pero su iPad pitó en aquel momento para anunciarle la llegada de un mensaje y estaba muy sensibilizaba a aquel sonido; no podía dormir oyéndolo y de nada serviría echar sobre el aparato una prenda amortiguadora. El iPad estaba en la mesa y podía llegar a él sin levantarse de la cama, ni siquiera necesitaba estirarse en el borde. Se quedó de espaldas y sostuvo la iluminada pantalla encima de la cabeza, suspendida y benigna presencia que la tranquilizaba tal como ella necesitaba. En el panel de avisos vio que eran las fotos que Nathan le había prometido enviar y en la línea descriptiva ponía: «¡Fotos alucinantes e increíbles… y más!».
Cuando abrió las fotos en Vista Previa quedó intrigada. Se incorporó y apoyó el aparato en el regazo para poder pasar las imágenes. ¿Quién era aquella guapa joven sorprendida desnuda y de rodillas delante de una mesa de juguete, llena de tazas de un servicio de té infantil? (Todo el servicio, advirtió Naomi, era muy norteamericano, de imitación británica en el mejor de los casos; empezaba a sentirse a gusto en los reducidos espacios japoneses y le gustó la novedad que representaba ver un juego de té no japonés; era como sentir el comienzo de un profundo cambio cultural à l’arosteguyenne). Pero ¿qué hacía la joven de las fotos? ¿Fingir que era una niña? Las fotos habían llegado en tres lotes de resolución media con un mensaje explicativo aparte: «Es Chase Roiphe, hija del doctor Roiphe. Dice que estudió en la Sorbona con los Arosteguy hace un año. Podría tener cosas interesantes que contarte. ¿Se las vas a enseñar a tu nuevo colega? Puede que la reconozca. Tengo la corazonada de que causaría impacto. ¡Si no, que no las vean más que tus bonitos ojos!».
Siendo como es el mecanismo de la venganza y el amor, Naomi se sintió aterrorizada y herida por la penúltima frase. Al parecer, Chase Roiphe había impresionado a Nathan y había que tener en cuenta su belleza, su desnudez y (tenía que ser sincera) su extravagancia, por las que Nathan siempre había sentido debilidad, sobre todo si resultaban no ser demasiado autodestructivas, aunque Naomi dudaba que aquélla fuese totalmente intelectual. Una impresión bioquímica, pues, la peor clase. Pero ¿qué clase de extravagancia era?
Los instrumentos analíticos más agudos que poseía Naomi se pusieron en acción inmediatamente y las disecciones resultantes fueron descorazonadoras. Sentía la cámara en las manos de Nathan como si estuviera en las suyas, sentía que se acumulaba la atracción hacia aquella mujer, aquella Chase Roiphe, mientras la cámara pasaba del objetivo gran angular de focal corta a distancia, al gran angular de cerca y al primer plano íntimo con teleobjetivo; movimientos que correspondían a la objetividad documental que se transformaba en prueba de amor o al menos en atracción sexual, si no en obsesión. Los enfoques contaban su propia historia: me interesas de un modo superficial, pero ahora estoy un poco intrigado por ti y empiezo a temerte, y ahora, aunque me pone nervioso acercarme (las fotos me salen descuidadas y mal encuadradas), tú al menos me permites estar cerca de ti sin reaccionar negativamente, y ahora noto que me invitas a entrar en tu cara y en tu cuerpo, y ahora encuentro con seguridad las perspectivas ópticas que revelan con la mayor diafanidad tu temible belleza y tu extrañeza provocativa. Al final de la serie infernal, Nathan reptaba por su cara y su anatomía, por aquel magnífico cuerpo atlético, sembrado de… ¿de qué? ¿De eccemas? ¿De picaduras de mosquito? ¿De picaduras de simúlidos? ¿Se habría bañado desnuda en el Escudo Canadiense? ¿Y qué estaba comiendo? Estrafalario apacentamiento macroscópico, con Nathan deseoso de seguir los dedos de la joven hasta su boca, de eso estaba segura.
Naomi arrojó el iPad sobre la cama. Estaba convencida de que Nathan se follaría a Chase en un abrir y cerrar de ojos, y quizá dijera que era otro polvo por compasión. Aunque también cabía la posibilidad de que esta vez adoptara los rasgos de la nueva modalidad: investigación integrada. Incluso ella se sorprendió, pero el caso es que rompió a reír. Estaba segura de que Nathan sabía que ella follaba con Arosteguy y eso significaba que se habían introducido en un nuevo y excitante nivel de juego interactivo, un nivel que unía a las nuevas parejas a la vida del otro. Y había que ver la majestad de su desarrollo: Chase había follado con Arosteguy —¡y con Célestine! — y lo que Nathan averiguara por Chase la ayudaría a iluminar la saga de los Arosteguy. Saltaba a la vista que Nathan estaba más que dispuesto a compartir a los Roiphe con ella y que todo podía conducir a un lugar emocionante y peligroso. Se estiró en la cama, con brazos y piernas abiertos, aceptando la vulnerabilidad, la transparencia, exquisitamente consciente del fino happi de algodón que llevaba y que le había dado Ari. Tenía un enloquecedor estampado de rejilla de color añil y estaba rozado en los bordes, y sintiendo en la piel el roce de su opaca historia, fantaseaba con que era una prenda que había llevado Samuel Beckett en sus últimos días, en aquella deprimente residencia municipal para la tercera edad, llamada precisamente Le Tiers Temps —él lo llamaba «el hogar de los vejestorios», su respirador artificial zumbaba en un rincón—, algo que le hablaba de desesperación y pobreza, que traducido al japonés se transformaba en alegría y libertad. Ari le había dicho que la prenda ya estaba en la casa, encajada en una ventana para que no entrara el frío del invierno. La imagen de Beckett la devolvió directamente a Nathan, que era su única conexión con el dramaturgo. Nathan le había pedido que leyera un artículo suyo titulado «La última cinta de Beckett» —una meditación sobre su último año en la tierra—, después de ver con ella el DVD entero de La última cinta de Krapp, con John Hurt, y había acabado gustándole la interacción entre la grabadora y la memoria de Krapp, interacción que ella vinculaba ya por entonces a su fascinación por la fotografía y su inexorable manipulación de los recuerdos. Beckett era para ella sobre todo aquel pelo, aquella nariz, aquellos pómulos, aquellas cejas —¡aquellas orejas! —, un pasmoso objeto fotográfico. Se sentó y recogió el iPad, dispuesta a responder a Nathan con todo lo que acababa de pensar —que sintiera toda la electricidad siniestra a través de un océano y un continente, que se sobresaltara y se sintiese inseguro y asustado—, pero en vez de eso se puso a importar las fotos a la aplicación Photosmith para manipular mejor la imagen, y luego, cuando las hubo cargado, se levantó y bajó sigilosamente, con el iPad en la mano como una pistola cargada.
El futón estaba desplegado y apoyado en el bastidor de madera, formando una tarima de finalidad claramente sexual, y Arosteguy, que llevaba sólo una camiseta de marinero francés, de rayas azules y blancas, como las que vestía Picasso, yacía de costado, en una postura casi fetal que despertó en Naomi intensos recuerdos de su padre y de los últimos días que pasó en el hospital Sunnybrook de Toronto, con ictericia, arrugándose y temblando hasta morir. Al mismo tiempo le hizo gracia comprobar lo poco japonés que parecía en aquel reducido espacio, hombretón europeo de muslos peludos y pecho robusto. Le había enseñado un poco de porno japonés, reproduciendo la cinta en un voluminoso magnetoscopio plateado sin marca, y viéndola en un Sanyo antiguo de catorce pulgadas. Salía un veterano astro del porno de setenta y tres años, llamado Shigeo Tokuda, que tenía los dientes un poco saltones y unas cuantas matas de pelusa en el cráneo, y un cuerpo conmovedoramente viejo y arrugado, con un pene que apenas se veía en la mondrianesca mancha borrosa de la censura, pero que resultaba totalmente fascinante cuando entraba y salía de la boca o la vagina de una muchacha pechugona de veintitantos años. El vídeo se titulaba Geriátrico prohibido: Volumen 17 y, tal como prometía la carátula, ofrecía escenas sexuales en una residencia de ancianos. Arosteguy dijo que había comprado la cinta para iniciarse con dignidad en el ambiente sexual de los japoneses maduros, totalmente convencido de que nunca más volvería a follar con una mujer caucásica. El subtexto de la proyección en el televisor de rayos catódicos era que Naomi estaba interfiriendo en su deseo de cambiar francesismo por asianismo hasta donde pudiera, y la intención era elogiosa, pero el subtexto era que la tercera edad era sexualmente viable, n’est-ce pas? Como ya lo había encontrado soberbiamente atractivo en el primer vídeo suyo que había visto en YouTube, Naomi no necesitaba que la convencieran; a Shigeo Tokuda, en cambio, sólo lo encontró cómicamente simpático. Se puso a hacer fotos de Ari dormido con el iPad, tras poner en silencio el chasquido del obturador, dado que la preocupaba hasta cierto punto que el solo funcionamiento de su cerebro lo despertara cabreado. Naomi temía su ira. Al acercarse al hombre se percató de que roncaba suavemente y con una irregularidad que resultaba extrañamente expresiva, como si el hombre hablara por las cavidades nasales. Naomi acarició la posibilidad de filmarlo en vídeo, pero no se atrevió, aunque la idea de hacer un documental y no un artículo o un libro le pasó por la cabeza. Casi sentía vibrar el tabique nasal como la lengüeta de un clarinete o una válvula cardíaca durante un episodio de fibrilación auricular, otra asociación indirecta con los últimos días de su padre. Retrató el cuerpo entero con encuadres informales y luego con otros más ajustados. Cuando rodeó el futón para hacer un primer plano de la cara, vio que Arosteguy tenía los ojos abiertos y la miraba.
Bostezó, se estiró y se recostó.
—Imagino que una foto del pene fláccido y con pegotes de semen del infame filósofo caníbal puede ser de interés, aunque esté hecha con un iPad.
—Sólo cinco megapíxeles, pero de buena calidad documental. Probablemente lo único que se necesita para un libro. —Arosteguy encogió las piernas para hacerle sitio y Naomi se sentó junto a él—. Y hablando de documentar, hay algo aquí —agitó el iPad— que quisiera enseñarte. ¿O prefieres que te prepare un té primero? Creo que ya domino esos asquerosos quemadores oxidados.
—He soñado con que te follaba de aquí a la eternidad.
—Tus ronquidos eran muy excitantes.
—¿Ronquidos?
Naomi probó a imitarlos, aunque sin saber muy bien si el hombre desconocía la palabra inglesa o si le sorprendía enterarse de que roncaba. El sonido que salió se parecía bastante el que emitía uno de los cerdos verdes del videojuego Angry Birds, del cual tenía una copia gratuita en HD en aquel mismo iPad. Arosteguy se echó a reír.
—Deberías reemplazarme más a menudo para los efectos de sonido. Tienes un gran talento en ese campo. Pero enséñame lo que quieres enseñarme. Normalmente despierto con una lucidez que desaparece pronto, así que quizá éste sea el mejor momento. —Le pasó el brazo por los hombros y la atrajo hacia sí con un profundo gruñido que inquietó a Naomi, pues no era ni muy francés ni muy japonés y sí, quizá, discretamente desesperado; no parecía formar parte de su relación, fuera cual fuese ésta, y recordaba más bien el abrazo incestuoso que daba un padre a una hija (¿a esto se refería Nathan cuando hablaba de «tema sexual»?), Arosteguy allí sentado con los muslos, el pene y los testículos al aire, ella desnuda debajo del corto y deshilachado happi, que proporcionaba a lo que estaba a punto de hacer: enseñarle las fotos de Nathan, sabedora de su potencial explosivo (aunque no estaba segura de cuál sería) un lustre ultracorrupto.
Abrió la pantalla y la volvió hacia Arosteguy.
—Son fotos hechas por mi amigo Nathan. Está en Toronto, trabajando en un artículo.
—Conozco la ciudad. Muy bonita. Simpática. Estuve allí en 1966, por un simposio sobre la energía en el Tercer Mundo. ¿Qué son esas fotos? ¿Quién es la chica? Bonitas caderas. ¿Qué hace?
Naomi pasó las fotos rítmicamente. Arosteguy reaccionaba ante ellas con leves gruñidos y suspiros, como si todavía estuviera durmiendo, hasta que Naomi se detuvo en la primera foto que mostraba un primer plano de Chase.
—¿La reconoces, Ari?
Arosteguy adelantó la cabeza y entornó los ojos. Naomi abrió los dedos sobre la pantalla como si estirase una membrana, para ampliar la imagen, hasta que el rostro boquiabierto y arrobado de Chase llenó todo el cuadro. Arosteguy retrocedió como si hubiera recibido un golpe en la cabeza y su mano derecha se colgó violentamente del hombro de Naomi. Se incorporó y frotó toscamente con el brazo los hombros de Naomi para alejarse de ella, para alejarse del futón con los ojos relampagueando de ira. Naomi sintió que se encogía como una araña tocada por un cigarrillo encendido, pero tuvo presencia de ánimo suficiente para activar el registro de voz del iPad, lo cual tuvo un efecto calmante y distanciador que le permitió entrar flotando en ese espacio protegido que es el observador profesional, que de manera automática y segura situó a Arosteguy en el portaobjetos giratorio, bajo el microscopio. El hombre se paseó unos minutos murmurando para sí, luego cogió los ajustados pantalones de pana azul marino y se los puso de cualquier manera, sin calzoncillos, que por lo visto no se ponía nunca. Así blindado, se sentó en el alféizar de la ventana que daba a la calle, estiró los labios haciendo un puchero elástico, como si ensayara en silencio su siguiente frase.
—¿Quién es ese amigo tuyo que te ha mandado las fotos? —dijo por fin.
—Se llama Nathan Math. Es periodista. Vive en Nueva York.
Arosteguy asintió con la cabeza.
—¿Novio?
Naomi, encogiéndose de hombros con una despreocupación que no sentía, respondió:
—A veces.
—Así pues, tu novio y tú. Una clásica conspiración periodística americana.
—Ari…
—¿Por qué habéis hecho esto? ¿De qué conocéis a Chase? ¿Qué tratáis de hacerme? —No pronunció «Cheis», sino «Shas», lo que para Naomi estuvo a punto de meter todo el melodrama en el terreno de la farsa.
—Yo no la conozco. Y no estaba segura de que la conocieras tú. Ha vuelto a Toronto, con su padre, que es médico, Barry Roiphe, que la ha sometido a una especie de terapia. Y Nathan está en su casa para escribir un artículo sobre los dos. Chase le dijo que había estudiado en la Sorbona, contigo y con Célestine. Eso es todo. Una casualidad, no una conspiración.
Arosteguy lanzó una carcajada áspera y pastosa y la pastosidad pareció recordarle que necesitaba un cigarrillo. Anduvo por el perímetro de la habitación hasta que encontró la cajetilla amarilla de cartón con el ideograma japonés que coronaba en rojo las letras Rin y a los pocos segundos ya estaba inhalando humo. A Naomi le llamó la atención que fumara cigarrillos con filtro de corcho, aunque su sorpresa fue más una cuestión de estilo que un conocimiento profundo del tabaco (no había fumado en su vida); en su opinión, debería ser un adicto a los Gauloises, como Jean-Paul Belmondo en Al final de la escapada, Gauloises Caporal sin filtro, en el clásico paquete blando de color azul, con el logotipo del casco con alas; pero, claro, estaba decidido a ser japonés. La muchacha sintió intensamente el deseo de fotografiar la cajetilla de tabaco y desde el otro lado de la estancia vio que el mismo ideograma rojo estaba impreso en el papel del cigarrillo, inmediatamente por debajo del filtro. Dada la importancia que tenían el impulso, la pasión y la identidad consumistas en la filosofía social de los Arosteguy, se habría dicho que era inevitable que ella, con el tiempo, aplicara a la pareja sus propios puntos de vista psicológicos: las opciones y lealtades del consumidor eran la clave del carácter y de todas las interacciones sociales. Estaba segura de que Arosteguy era consciente de eso porque se esforzaba —¿con cuánta seriedad?, ¿o era mera ironía?— por ser japonés consumiendo artículos japoneses. Podía ver el problema ejemplificado en la dicotomía entre ropa occidental y atuendo tradicional japonés; era demasiado orgulloso, demasiado consciente para convertirse en una caricatura del japonés aferrado a la tradición —si iba a volverse japonés, sería una variante contemporánea y progresista—, y en consecuencia la transformación corría a cargo de los artículos secundarios, como el tabaco y la comida.
—No, en serio, te admiro a ti y admiro a tu novio Nathan. Una versión nueva y moderna de Las amistades peligrosas. Una asociación muy convincente para la Era de la Información. Debería dar para un espectáculo precioso.
—Ari, no sé de qué hablas. —El humo que llenaba los pulmones de Arosteguy parecía relajarlo en serio, transformar su cólera en sarcasmo, un alivio para Naomi—. Sé que parece ridículo, pero es una coincidencia. Nathan está con los Roiphe por culpa de la enfermedad de Roiphe. Ya te lo dije, él me la pegó y decidió investigarla. Lo demás vino de ahí.
—Una casualidad inesperada, pues. Muy bien. ¿Y las consecuencias inesperadas?
—¿Cuáles serían?
Arosteguy apagó el cigarrillo en el alféizar, cruzó los brazos durante unos instantes de meditación, volvió al futón y tomó asiento al lado de Naomi. Cogió suavemente el iPad, que estaba en el regazo de Naomi, y lo sostuvo en la mano.
—¿Puedo jugar con ellas? ¿Con las fotos de Chase que hizo Nathan, el buen amigo de Naomi?
Naomi afirmó brevemente con la cabeza, con rigidez, con los ojos dilatados, nerviosa, agitada. Arosteguy se inclinó sobre el aparato y se puso a mirar las imágenes, pasándolas y ampliándolas con fervor forense.
—¿Qué ves? —preguntó Naomi.
—Veo —respondió el hombre sin levantar la miradaque Aristide Arosteguy no tardará en ser cazado en una mentira y que por ello mismo podría contárselo todo a su confesora.
—¿Qué mentira?
—Eso es exactamente lo que una confesora querría saber. Pero ¿no siente ella curiosidad por la mecánica de la revelación? El sacerdote de mi infancia, por ejemplo, el padre Drossos, un hombre aterrador, estaba obsesiva, quizá antinaturalmente preocupado por la mecánica de la revelación. Por supuesto, había razones siniestras y familiares para eso.
—Pues tu exalumna Chase Roiphe acabará contando a Nathan algunos secretos sobre ti, Nathan me los contará a mí y yo se los contaré al mundo.
Arosteguy la miró en aquel momento con una sonrisa de gratitud.
—Muy bien, no esperaba menos de la sacerdotisa Naomi. —Con una leve reverencia le entregó el iPad apoyado horizontalmente en las dos manos, palmas arriba, como una patena o una tarjeta comercial japonesa—. Pero los secretos se han contado ya sin que se pronuncie una sola palabra, y todos están aquí.
—¿Piensas tener hijos algún día, Nate?
Estaban sentados en el patio de piedra toscamente tallada que daba a la estrecha y larga piscina y a la recargada charca rocosa en la que nadaban algunas carpas de buen tamaño. Al otro lado había una cochera de tejado de pizarra que parecía auténtica — es decir, de unos cien años de antigüedad—, limitada por un soso edificio de viviendas oficiales. Nathan se preguntó cuántos vecinos los estarían mirando con prismáticos y telescopios urbanos. Oía el murmullo de un arroyo o cascada artificial, pero no lo veía desde donde estaba sentado, debajo de la amplia sombrilla de jardín, de lona y teca, que brotaba del agujero forrado que había en el centro de la mesa, también amplia, también de teca. Una pequeña y nerviosa asiática les había servido café, y frutos secos y frutos del bosque en sendos tazones.
—No tengo ni la menor idea, Barry.
—Pero tendrás una novia permanente en alguna parte, ¿no? —El sol estaba alto, pegaba fuerte, y Roiphe llevaba sujetos encima de las gafas unos cristales oscuros polarizados que eran más grandes que los otros; los cromados bordes inferiores de los ganchos de sujeción se le clavaban en las fláccidas mejillas.
—Más o menos, o eso creo.
Roiphe jugueteaba con el sombrero Tilley de malla caqui: le retorcía el ala, le aplastaba la copa, lo realineaba, se lo ponía, se lo quitaba.
—¿Detecto cierta ambivalencia sexual en lo que dices? Ya sabes que hace tiempo estuvo de moda que los médicos se involucrasen en la terapia sexual. No sé si sería saludable o no, pero era muy corriente. Ahí es donde está la psicopatología. Yo me negué a incurrir en esas prácticas. Muchos colegas se metieron en problemas por eso. Rompieron muchos matrimonios.
—Ambivalencia quizá, pero yo no diría sexual. —Los arándanos estaban particularmente exquisitos, pero las frambuesas estaban blandas, pachuchas y agrias —. Yo diría que es el problema del compromiso. No sólo en el sentido de comprometerse con una mujer concreta, sino con un futuro concreto. Cosas vulgares y corrientes. —Giró la Nagra para comprobar que grababa a un nivel decente, habida cuenta del ruido ambiental y del tráfico de mediodía—. Pero hablando de psicopatología, no tengo más remedio que preguntar qué plan hay aquí, tú haciendo de psiquiatra de tu propia hija.
Roiphe rio por lo bajo y se sirvió más café con mano trémula; al hacerlo derramó un poco en el ala del sombrero, que estaba al lado de la taza.
—No te hagas el descarado. Bueno, para empezar, es así como he entendido siempre el papel de padre. Soy analítico por naturaleza. Soy clínico. No puedo evitarlo. Eso no significa que sea frío, aunque es posible que mi pobre y querida esposa no estuviera de acuerdo en eso. Pero, maldita sea, ¿qué habríamos podido hacer? Rose y yo la mandamos a Francia, con la mejor intención, como puedes imaginarte, porque la aventura costó un ojo de la cara. Pero Chase era una chica muy inteligente y tenía un aspecto muy europeo. No le interesaba Estados Unidos en cuestión de emociones e inspiración. En parte era por el idioma. Desde luego, hay muchos hispanos que van a Estados Unidos, pero ella quería el lote entero, un país donde el inglés se hablara poco y la cultura girase alrededor de ese idioma. Y además, como es lógico, estaba el elemento quebequés. ¿Te ha hablado ella de eso?
—Sí, sí.
—Perfecto, pues el caso es que la mandamos a Francia, poco a poco dejó de telefonear, luego dejó de mandarnos e-mails y a continuación ya no recibimos más noticias suyas. Ni una palabra. Y entonces muere Rose, una sorpresa realmente horrible. Tenía una salud envidiable para su edad; podemos hablar de esto más adelante, si crees que es relevante para el libro, aunque podría no serlo, depende. Así que Rose se muere y no tengo ningún medio de decírselo a Chase, y entonces me pongo en contacto con ese tal Arosteguy, en el que percibo unas vibraciones muy raras. Así que cojo el avión y me voy a París a buscarla, y al final la encuentro gracias a ese chico, un estudiante colega de Chase, Hervé Blomqvist, vaya nombre, apenas soy capaz de pronunciarlo. Parece que estaba viviendo con él. Le ocurrió algo traumático, dejó el excelente pisito que le alquilamos en la Orilla Izquierda y se fue a casa de Blomqvist. Creo que es un apellido noruego o sueco, pero a mí el tipo me pareció totalmente francés. Ya sabes, chulito y arrogante, pero al final fue de mucha ayuda y muy legal. Debes poner que en última instancia era un chico legal. Chase, sin él, se habría visto en serios apuros. Podrías ir a verlo para que te cuente su participación en todo el asunto de la Sorbona. Para el libro, digo.
—Podría —dijo Nathan, apuntándolo en el cuaderno de notas de su iPhone—. ¿Cómo se deletrea su apellido exactamente?
—Te daré todos los detalles cuando entremos. La ortografía nunca ha sido mi fuerte. Debo de tenerlo apuntado en alguna parte. Con la dirección y el teléfono. Son de hace un año, pero nunca se sabe. Y volviendo al asunto del idioma francés, cuando conseguí que regresara, Chase era ya un caso perdido, y todo parecía tener alguna relación con hablar o no hablar francés y con que los Arosteguy, porque resulta que eran dos, un profesor y una profesora, y estaban casados, le hubieran dicho unas animaladas en francés que la traumatizaron. Y cuando le pregunté qué le habían dicho para producirle aquel efecto, dijo que no lo recordaba, porque lo habían dicho en francés y el francés había desaparecido de su cerebro, exiliado, ésa fue la palabra que utilizó, que el francés se había exiliado de su cerebro y por lo tanto no se acordaba de nada. Y entonces se puso a practicar esos rituales extraños y a comer pedacitos de su propia piel, las cosas que ya has visto, y todo como en trance, y por más vueltas que le doy soy incapaz de entender qué tiene que ver eso con las animaladas que le dijeron en francés. Y básicamente estamos en ese punto. El viejo misterio encerrado en un enigma o lo que coño sea. Y en eso consiste también tener hijos. Es más duro de lo que imaginas. Por eso te lo pregunté.
—Barry, me hablaste de «experimentos» en relación con el estado de Chase. ¿A qué te referías? ¿Cuál es exactamente la terapia que le aplicas?
—Ataco en todos los frentes, muchacho. Y algunos frentes son muy raros. Te lo digo yo.
—¿Por ejemplo?
—Por ejemplo, ese espacio del segundo piso que es todo suyo. Compré esta casa por ella, ¿sabes? Rose nunca vivió aquí. Aquí sólo llevamos un año. La compré con los muebles, las lámparas y demás accesorios que pusieron para enseñarla…, ¿cómo lo llaman? La puesta a punto, puesta a punto para la venta. Yo sólo quería un espacio grande para nosotros cuando vi en qué estado se encontraba Chase, y la propiedad a orillas del mar que teníamos Rose y yo en el centro de la ciudad era demasiado pequeña, demasiado introvertida. No podían creer que hablase en serio, pero les dije que yo carecía de sentido del gusto y que todo lo que habían hecho me parecía excelente. La mujer discutió conmigo, dijo que los accesorios eran alquilados y que eran deliberadamente insulsos para no eclipsar la casa, la propiedad, el espacio propiamente dicho. De todos modos, pasé por encima de ella y sus jefes, y la pusieron en condiciones, porque llevaba más de un año a la venta.
Roiphe se interrumpió y tomó un titubeante sorbo de su tibio café, perdido en una repentina ensoñación. Nathan esperó a que continuara, pero, por lo visto, Roiphe creía que ya había respondido a la pregunta.
—Barry, me lo estabas contando. Lo de la terapia extraña.
—Ah, sí, es verdad. Pues en cierto modo colaboré con Chase para encontrar una solución a su angustia, que ella no admitía en el fondo, y decía: «Hay una cosa que se llama impresora 3D y quiero una para jugar con ella, creo que podría relajarme». Ésa es la expresión que usaba, «relajarme», y se convirtió en nuestra clave para decir «curarme» o quizá «curarme un poquito».
—A mí me habló de la impresora en 3D. Dijo que me la enseñaría.
—¿De verdad? Pues sí que es extraño. A mí nunca me ha dejado que vea cómo la usa. Y joder, deberías ver el juguetito. ¡Que no es barato! Ella quería la mejor y luego, como te he dicho, después de adecentarle y amueblarle todo el espacio del segundo piso, tres habitaciones y un cuarto de baño, no me permite ver qué hace realmente en lo que ella llama su cuarto de trabajo. Cierra la puerta para que no entre. Podría forzarla, naturalmente, pero tengo miedo. Podría volver a caer en la catatonia en que se sumió cuando la traje de Francia. Habrías tenido que verla, tiesa como una tabla y envuelta en mantas, aunque era verano y hacía tanto calor como hoy. O sea que te ha dicho que te la va a enseñar. Pues tú mismo, eres parte de mi terapia. Colaboramos en el caso de Chase como en el libro y ella también tiene prioridad sobre algunos asuntos de su padre.
Nathan no estaba preparado para hurgar en los asuntos del padre, pero sospechaba que tenían raíces profundas y tortuosas.
—Guau. Eso es correr demasiado, ¿no crees? Sólo soy un periodista.
—Vivimos tiempos radicales, muchacho. ¿Acaso no lo notas? Necesitas correr con la época, correr a tope. En cuanto te vi me di cuenta de que estabas preparado para dar el salto de tu vida y es éste. No importa adónde lleve.
—No sé hasta qué punto querrá colaborar ella después de darme con la puerta en las narices.
—No vuelvas a hablarle en francés. Estoy seguro de que todo irá bien. Le intrigas un poco. Desde que la traje ha estado muy recluida.
—¿Has oído hablar de un libro titulado Le Schizo et les langues? Escrito en francés por un estadounidense, Louis Wolfson, un esquizofrénico que no soportaba hablar en inglés ni oírlo hablar, y que se refugió en otros idiomas, pero sobre todo en el francés. En su caso se trataba de algo relacionado con la madre.
—Pues ahí lo tienes, ¿te das cuenta? El destino me ha traído a un especialista, y eres tú.
«No podíamos hacernos fotos después del diagnóstico. Cada foto era la proclamación de una mentira. Cada foto era ya el recuerdo de una vida que no existía, una fotografía de la muerte. En comparación con las inocentes y tempranas fotos de familia, las que acabé por hacerle a Célestine…, después…, eran sinceras, no contenían engaños ni mentiras ni falsedades. Eran horribles, pero eran puras».
El futón volvía a estar plegado, a modo de sofá, y Naomi, con pantalones de yoga y sudadera de Roots, de lana gris y cremallera, había tomado posesión del mismo, desplegando protectoramente a su alrededor todos sus cachivaches electrónicos: en el regazo, el MacBook Air con la tapa abierta como si fuera un escudo, el brillante logotipo de Apple como un talismán contra Arosteguy, que estaba sentado al otro lado de la mesa baja, repantigado en el segmentado sillón de bolitas, de velvetón pardo. Lo había grabado utilizando los archivos WAV sin comprimir de la Nagra, que eran muy grandes pero captaban muy bien los detalles; los amortiguados MP3 habrían sido muy adecuados para la transcripción, pero ella quería percibir todas las cualidades de la voz áspera y profunda de Arosteguy, previendo como mínimo un programa de radio, si no un documental en vídeo. Hasta el momento, sin embargo, había estado oyendo un pasaje clave del testimonio de Arosteguy sobre Célestine a través de los diminutos altavoces del Air, que no tenían resonancia pero sí claridad suficiente para motivar una condena. La Nagra estaba encima de la mesa, cerca de Arosteguy, con el modulómetro de led azul palpitando en sincronía con los lejanos ruidos de la calle, esperando que el hombre hablara. Naturalmente, tenía un té y un cigarrillo Rin con que entretenerse mientras preparaba una respuesta, y sorbió, inhaló y exhaló con exquisito sentido de la reflexión. Por último, levantó los ojos para mirarla con calculado encanto tímido y sonrió.
—Pido perdón a mi sacerdotisa. La he subestimado. La identificaba con los medios globales, el lugar donde encuentro las materias primas fácilmente digeribles de mi banal y burguesa descripción de Mi vida con la pobre y desahuciada Célestine. Hay muchísimos blogs y artículos en las secciones de «Sociedad» de los periódicos online que exponen las emociones sintéticas, los detalles mundanos y las impresionantes consecuencias físicas de cualquier enfermedad que se pueda concebir e incluso inventar. Sinceramente, Célestine y yo pensamos que teníamos que comprender a fondo el fenómeno de Internet, porque Internet y consumismo se habían fundido, se habían vuelto uno, aunque a cierto nivel era anatema para nosotros, nocivo para la cultura personal extraña, introvertida y sí, implacablemente esnob que habíamos venido desarrollando juntos durante años. Pero también comprendimos que necesitábamos la red para entender la condición humana básica, lo que era un ser humano corriente, porque habíamos perdido el contacto con eso, nuestros estudiantes nos lo hacían ver con claridad y por eso utilizábamos también Internet para investigar nuestros papeles en cuanto seres humanos normales.
Aspiró hondamente del cigarrillo, una aspiración cargada de intenso, tácito e irónico dramatismo o así al menos lo interpretó Naomi. Se sentía humillada por aquel engaño, por haber sido embaucada para participar en un polvo de simpatía, y al mismo tiempo victoriosa y ávida de un notición que estuviera fuera del alcance de Internet. No se podía negar que eran las fotos de Nathan —cuyo más profundo significado seguía sin verse— lo que había hecho reaccionar a Arosteguy, lo cual venía a decir que ella y Nathan aún formaban una especie de equipo, quizá no de la magnitud de los Arosteguy, pero sí de un nivel agradablemente estrafalario a su manera, incluso era posible que acicateara a Nathan para que se follase a Chase Roiphe, si es que no se la había follado ya, aunque sólo fuese para afinar el paralelismo. La idea le hizo sentir cierta euforia y algunos de sus jugos internos empezaron a fluir.
Arosteguy parecía sumido en sus propios pensamientos y Naomi, con mucho tacto, adoptó el papel de interrogadora.
—Ari, empecemos por lo fundamental. ¿Dijo la verdad la doctora Trinh? ¿Es cierto que Célestine no tenía un tumor cerebral ni ninguna otra clase de cáncer?
Todavía paseándose por el paisaje interior de su propio cráneo, Arosteguy respondió sin mirarla, como si Naomi estuviera dentro de su cabeza con él.
—La doctora Trinh, sí, sobre eso dijo la verdad.
—Entonces… ¿por qué está muerta? ¿Qué mató a Célestine Arosteguy?
—Célestine despertó en mitad de la noche. Me sacudió para despertarme. Cuando vio que había luz en mis ojos, que había consciencia, dijo con mucha y recia seriedad: «Debemos destruir la religión de los insectos». —Levantó la cabeza y miró a Naomi aunque ésta comprendió, con un escalofrío visceral, que miraba a Célestine—. Fue como un gatillo apretado, un proyectil aterrador disparado por su boca directamente a mi cerebro.
—No entiendo la imagen.
Aristide se echó a reír; ahora miraba a Naomi.
—En ese caso no hay ningún gatillo para ti. Porque, evidentemente, no has leído el famoso ensayo.
Para Naomi, aquello sí que fue como un gatillo apretado frente a ella, como un proyectil aterrador que la boca del hombre hubiese disparado directamente a su cerebro: su ignorancia, su falta de profundidad. Yukie era capaz de alardear de esta pobreza, de hacer pasar la superficie por el conjunto, la tabla veteada por el mueble, al igual que todos sus contemporáneos sociales; si sabías demasiado, si eras demasiado consciente o demasiado culto, quedabas expuesto a variedades particulares de sufrimiento y ansiedad; y peor aún, no estabas en la onda. Pero Naomi no era Yukie. La angustiaba no haber leído el famoso ensayo, no haber sabido que existía. Pese a todo, y dado el cariz de todo aquello, se lo podía imaginar, pues éste había sido siempre el rápido factor que la salvaba: no el conocimiento, sino la invención intuitiva.
—Seguro que puedo encontrarlo en la red. ¿Título?
Arosteguy apagó el moribundo Rin y encendió otro rápidamente.
—Se titulaba «La juiciosa destrucción de la religión de los insectos».
Claro, se dijo Naomi mientras navegaba a toda velocidad por la red, aquí está: Weber. Capitalismo. Vaticano. Lutero. Entomología. Sartre. Consumismo. Beckett. Corea del Norte. Apocalipsis. Olvido.