Consumidos
Capítulo 4
4
Nathan bajó de un taxi Beck, calabaza y menta, en Forest Hill Village, el barrio de Toronto, delante del restaurante Coach, sobre cuya puerta colgaba un gastado y grasiento cucharón con la silueta de un coche de cuatro caballos. Ancianos con andadores avanzaban arrastrando los pies mientras entraban y salían muchachas con el uniforme gris y burdeos de la cercana Bishop Cornwall School. Sin cámara ni grabadora visible, Nathan cruzó las dos series de puertas y se quedó junto a la caja registradora National, toda una antigüedad: bronce repujado, teclas de cristal con claves cromáticas, base de mármol y madera.
Un hombre que habría podido ser uno de sus antiguos clientes subió despacio una escalera situada detrás y se acercó a él.
—¿Le atienden ya? —dijo, dejando caer un cuaderno de pedidos detrás de la adornada máquina y pulsando la tecla Sin Venta, de color naranja. Se abrió el cajón de la National y sonó una campanilla.
—¿Está el doctor Roiphe?
El individuo —¿propietario?, ¿encargado?— esbozó una sonrisa de sarcasmo resoplante sin levantar la mirada y alzó un sujetador de billetes de plomo para repasar con el pulgar los que había en un compartimento del cajón.
—¿Cree que esto es un consultorio?
Nathan fue al grano.
—Tenía que encontrarme aquí con él, pero no lo veo. Doctor Barry Roiphe.
—Si no lo ve es que está ciego —dijo el hombre, todavía sin levantar los ojos y perforando el aire con el índice.
—Me parece que veo un dedo —dijo Nathan.
El hombre bajó el dedo y señaló un oscuro reservado del fondo. En él había sentado un hombre larguirucho, canoso y con unas grandes gafas de plástico, enemigas de la moda. Pantalón de franela y chaqueta de punto. Sombrero de paja.
—Me he equivocado. Tiene usted buena vista.
—Gracias.
Nathan se dirigió al reservado de Roiphe y se quedó quieto un momento, mientras el otro se esforzaba por ver algo a través de una costilla de cerdo, absorto como estaba y con la cara pegada al plato. Nathan, con mucha discreción, se balanceó sin mover los pies y observó al hombre. Obviamente, había visto conferencias, entrevistas y material documental en que aparecía Roiphe, y había leído artículos académicos —sin pizca de humorque solían incluir fotos que se remontaban al momento en que el doctor, de la promoción del 57, se había licenciado por la facultad de medicina de la Universidad de Toronto. Pero no lo había reconocido: la postura caída, las grandes gafas bifocales con semilunetas para leer que distorsionaban los ojos, el curioso sombrero que llevaba. La cabeza de Roiphe acabó irguiéndose, los ojos se movieron detrás de los cristales, las gafas se curvaron sobre el accidentado caballete de la enrojecida nariz. Parecía desconcertado. ¿Qué hacía allí aquel joven? ¿Era un camarero?
—¿Doctor Roiphe? Nathan Math. Gracias por acceder a este encuentro.
Un instante de demora, como en las antiguas conversaciones telefónicas transatlánticas, y luego unos labios delgados que sonreían.
—Ah, sí. Siéntese, siéntese. Estoy dando cuenta de unas costillas. Están duras, pero necesito hacer ejercicio. —Roiphe movía las mandíbulas con comicidad; el efecto era grotesco. Nathan se introdujo en el estrecho espacio del reservado y sintió a través de los tejanos la áspera textura del asiento rayado—. ¿Le apetece algo?
—No, no, gracias —dijo Nathan—. Espero no robarle tiempo a sus pacientes.
—Oh, no. El hombre necesita comer, ¿no cree? Además, estoy más bien retirado. Bueno, todavía practico un poco. Sólo para no perder la costumbre. Me he vuelto un poco remendón y otro poco experimentador. En fin, dígamelo otra vez. ¿A qué se debe todo esto?
Por la investigación que había efectuado, Nathan había calculado que Roiphe respondería si daba un enfoque muy melodramático a su vida y a su obra, y se presentó como un promotor de sí mismo, fracasado pero todavía ávido.
—Durante un momento deslumbrante fue usted el rey del miedo —dijo.
Los ojos de Roiphe adoptaron una expresión de alerta.
—¿Qué? ¿De qué está hablando?
—De la Roiphe. La enfermedad de Roiphe. Usted llenó la portada de la revista Time.
Irritado, Roiphe volvió a las costillas de cerdo. Masticaba de un modo que sugería la presencia de una dentadura postiza, pero Nathan no estaba seguro. Las mandíbulas del doctor se movían de lado; quizá fuera un estilo de comer. Sin dejar de masticar, Roiphe pareció cambiar de actitud, parpadeó, habló.
—Yo no, por todos los santos. La enfermedad. No identifique usted una cosa con la otra. Y la política que había alrededor de la enfermedad. Todo sexualidad, histeria total, muy americano. —Se limpió la boca con una servilleta de papel muy fina. Los brotes pilosos de su mal afeitada barbilla la desgarraron, por lo que en realidad se limpió los labios con los dedos. Se los chupó mientras los observaba con suspicacia y ojos bizqueantes, como si tratara de enfocar un bichejo particularmente nocivo—. ¿Por qué exactamente quería hablar conmigo?
Nathan supuso que tenía que suavizar el drama.
—Estoy escribiendo un artículo sobre la fama médica. La que asusta. Ya sabe, Alzheimer, Parkinson. Nombres que la gente teme oír. Que la gente tiene miedo de oír en labios de su médico.
El doctor lanzó una carcajada, un rugido breve y líquido que roció la mesa de migajas de cerdo.
—La enfermedad de Roiphe era una polla goteante o un chocho hediondo. No estaba en la misma liga.
—Pero podía ser mortal si no se trataba. Por ejemplo, Wayne Pardeau murió de la enfermedad de Roiphe.
—¿Quién?
—Wayne Pardeau —dijo Nathan—. Un famoso cantante country.
—No he oído hablar de él en mi vida. Seguramente lo mataron las drogas. Es lo que suele ocurrir.
—¿Tiene usted algún complejo de inferioridad en relación con la enfermedad de Roiphe? ¿No era suficientemente potente para llevar su nombre?
—Es usted un joven muy extraño. Se expresa como un titular de periódico amarillo de la época victoriana. Supongo que habrá oído hablar de la prensa amarilla. Da la impresión de que la practica.
—¿Le molestó que en cierto momento se dijera que se había conseguido una curación? ¿Que la enfermedad se borrase de la faz de la tierra? ¿No se sintió usted relegado a una especie de olvido médico? ¿Que ya sólo fuera de interés histórico?
Roiphe rascó obsesivamente con el cuchillo de la mantequilla la salsa de manzana de las costillas, envolvió éstas en una servilleta y se las guardó en el bolsillo. Nathan estaba seguro de que la grasa había goteado ya y manchado la chaqueta de punto.
—Tal vez debería hablar con el doctor Alzheimer, mientras pueda. Supongo que pagará usted la cuenta.
Nathan salió del reservado medio doblado y sin darse cuenta bloqueó el atestado pasillo. Sacó un papel rosa muy bien doblado, el resultado de un análisis.
—Doctor, por favor, échele un vistazo a esto.
Movido por un antiguo reflejo, Roiphe le quitó el informe de la mano, lo desdobló y se puso a leer con la cara pegada al papel y la cabeza ladeada, como si en vez de leerlo lo estuviese oliendo. Nathan había pasado una semana conociendo Toronto, preparándose para la entrevista con Roiphe, y uno de sus paseos había incluido una visita a una clínica de Queen Street West para hacerse análisis de enfermedades de transmisión sexual. Ardía de impaciencia por empezar a someterse a los veintiocho días de Ciprofloxacino, con diarrea suave, irritación genital y posibles pero improbables episodios de confusión, ruptura de tendones y conducta psicótica.
—Se diría que tiene un contagio agudo de enfermedad de Roiphe. Supongo que se ha reactivado. Sus triglicéridos tampoco son para enorgullecerse. —Alzó los ojos y sacudió el papel antes de devolverlo, como para limpiarlo de polvo o de ácaros—. ¿Significa eso que le debo algo, o que me lo debe usted a mí?
Nathan se esforzó por descubrir los ojos de verdad alrededor de las semilunetas para leer. Entonces se le ocurrió que a una distancia tan corta, que no parecía turbar al doctor en absoluto, tal vez fuera preferible mirarlo directamente a través de las semilunetas. El resultado fue un espasmódico movimiento de cabeza que sugería una extrema rigidez por parte de Nathan.
—Me gustaría comentar con usted la historia de mi infección —dijo sin aliento, con una opresión en el pecho.
Roiphe profirió otra carcajada que sonó concretamente a ladrido de Jack Russell.
—La historia de mi… —Negó con la cabeza—. Mire, hijo. Hace mucho que dejé el campo de las enfermedades venéreas, si es ése su plan de ventas. La verdad es que me interesa poco. Ése es el verdadero problema. Pero Parkinson…, ése sí que fue un hombre interesante.
—¿Por qué no deja que lo decida yo? ¿Qué clase de pacientes tiene en la actualidad? ¿Con qué está experimentando?
Roiphe observó fijamente a Nathan durante un segundo, con la mandíbula adelantada y los labios fruncidos, y se quitó las gafas. Sus ojos eran grandes y vidriosos incluso sin las lunetas bifocales, pero además tenían el color turquesa más sorprendente y antinatural, y esto impresionó a Nathan. Estaba seguro de que aquellos ojos veían cosas que los ojos normales no podían.
—Pásese mañana por casa, si le viene bien. Está a la vuelta de la esquina. Tengo el consultorio en casa. Mañana. No demasiado temprano. Nunca he sido madrugador, aunque no me crea. No necesita anunciarse.
Rodeada por el mármol del cuarto de baño de la suite del Crillon, Naomi estaba meando en la taza y le dolía. Se vio en el espejo de la puerta quejándose de dolor como una niña.
—¡Ay, ay, ay! ¡Me duele! —Se miró las bragas blancas de algodón, un poco deshilachadas por el elástico, y vio una mancha como de mahonesa en la entrepierna —. ¡Joder, joder, joder!
Ya sentada en la cama con el Air en el regazo, con otras bragas, una compresa debidamente apretada dentro de las bragas y unos pantalones ajustados de torero, Naomi observaba otro clip que había bajado de Internet, éste con Arosteguy dando una conferencia y en esta ocasión con el sonido quitado. Miraba con atención la imagen de Arosteguy cuando, de súbito, saltó de la cama y se puso a preparar una sesión de creación de imagen.
No estaba segura de haber dicho en serio alguna vez que iba a devolverle a Nathan el equipo de la Nikon para cabalgar luego hacia el horizonte bajo el sol poniente con la BlackBerry, el iPhone, el iPad y el portátil como único material para crear imagen —¿había algo ahora que no hiciese fotos y filmara?—, y cuando había llegado el momento de abrir la puerta de la habitación que habían compartido en Schiphol, no había dudado en llevárselo. No se sentía una profesional sin el equipo de la Nikon. Y no habría podido hacer lo que estaba haciendo ahora: poner dos unidades inalámbricas de flash Speedlight —con difusores para suavizar la iluminación encima del flash— en una silla y en el tocador, luego la cámara en un trípode al lado del portátil, luego ajustar el temporizador y luego hacer fotos de sí misma, artísticamente iluminada por los flashes y la suave luz de la ventana.
Luego, otra vez en la cama, repasando las fotos con Photo Mechanic, su visionador de imágenes favorito, se decidió por unas cuantas en que aparecía guapa pero malhumorada, inteligente y concentrada. Se rio de las variantes sin sostén, pero no se decidió a borrarlas. La luz que caía sobre sus pechos era suave y voluptuosa, y cabía la posibilidad de que no salieran tan bien en el futuro, aunque ¿qué hacía ese lunar debajo del pecho izquierdo? ¿Era mayor que la última vez que lo había visto? ¿Estaba más rojo? ¿Más rosa? ¿Menos simétrico? Amplió la zona del lunar, lo encerró en una ventana suficientemente grande para abarcar el cerco ligeramente más claro que lo rodeaba, fechó la ventana y la guardó con la extensión TIFF en el archivo de «Horror Corporal», donde almacenaba imágenes de todas las partes de su cuerpo que le daban miedo, las partes sospechosas, inestables e inconstantes. Ahora, a acabar con el trastorno por déficit de atención con hiperactividad. Concentración. Volver al e-mail.
«Estimado Monsieur Aristide Arosteguy, le escribo este mensaje y le adjunto varias fotos que acabo de hacerme con la misma finalidad que usted comenta en su maravilloso e iluminador ensayo online “Anatomía de un Objeto Perfecto”. Mi intención es sencilla, aunque el resultado podría ser complejo: quiero ir donde se encuentre usted, entrevistarlo y fotografiarlo».
Releyó el mensaje varias veces, adelantando el tórax para añadirle diplomacia y rehacer pasajes con elegancia. El ensayo de Arosteguy trataba de los fines del consumidor y de la belleza posible que podía igualar o superar la belleza natural, dada la nueva condición industrial-tecnológica del ser humano. La belleza natural se había vuelto retrógrada y nostálgica. Los objetos reales de la innata sed de belleza eran ahora mercancías, productos industriales. Naomi no estaba segura de que las fotos de ella posando con algunos de sus objetos domésticos dijeran nada sobre la anatomía de un objeto perfecto, pero confiaba en su propia belleza lo suficiente para creer que Arosteguy, que a fin de cuentas era francés y griego, querría recibirla en Tokio. Añadió dos de las mejores fotos sin sostén a la lista de «adjuntar» y pulsó Enviar.
Nathan estaba en el centro del barrio de Forest Hill, delante de lo que Naomi, en son de burla, había llamado mansión de pega. Un rápido giro a izquierda y derecha le confirmó lo que había visto en el taxi. La mansión de Roiphe no estaba sola; la calle estaba llena de torrecillas de piedra sintética con adornos de cobre y tejados de pizarra de aspecto auténtico, aunque habría que decir que también estaba bien representada alguna variante de los mausoleos neovictorianos. Nathan se puso al hombro el estuche del trípode y tiró del perezoso maletín de la cámara por el sendero de lajas que conducía a la puerta principal. El porche de piedra estaba sombreado por una cubierta modernistoide de cristal coloreado, en forma de abanico. La puerta principal era grande, madera exótica y cristal esmerilado. Buscaba el timbre cuando se abrió la puerta con un zumbido de cerradura de vacío. En el umbral había una esbelta y preciosa mujer vestida con una inquietante bata blanca de algodón de manga larga y cuello alto. Tendría alrededor de treinta años.
—Hola —dijo Nathan—. Soy Nathan Math. —La mujer se limitó a mirarlo con indiferencia. Pausa incómoda—. Yo, bueno, tengo una cita con el doctor Roiphe. — Ninguna reacción—. Una cita con el doctor.
La mujer tenía unos ojos tan grandes que se achicaron con suspicacia sin reducirse de tamaño.
—Usted no tiene cita con el doctor.
—¿Ah, no?
—El doctor no acepta pacientes nuevos. Usted es nuevo. Y sería un paciente nuevo.
—No, no, claro que no —dijo Nathan con un júbilo un poco exagerado. La mujer lo estaba poniendo nervioso sin haber hecho nada hasta el momento—. No soy un paciente. Soy periodista. Escribo sobre asuntos médico-sociales. Vengo a entrevistarlo. Al doctor Roiphe. Sobre su trayectoria profesional.
—¿Qué me pasa a mí? —preguntó la mujer, echándose atrás el pelo con la mano, endureciendo la voz de un modo apenas perceptible.
—¿Qué?
—Haga un diagnóstico. Alguna preparación médica tendrá usted, ¿no? Si no la tuviera, ¿cómo podría escribir nada interesante sobre el doctor?
—Preparación médica. Alguna sí. ¿Es que está usted enferma?
—Pues claro que sí. No sería paciente si no tuviera alguna enfermedad.
—¿Es usted paciente? ¿Del doctor Roiphe?
Se le ocurrió a Nathan que la mujer estaba a punto de darle con la puerta en las narices y estaba calculando la respuesta que le convenía dar cuando una voz irritada resonó en las profundidades de la casa. Nathan pudo apreciar el mármol de los suelos del edificio por la acústica de aquel berrido.
—¿Chase? —exclamó el doctor Roiphe—. ¿Es nuestro paparazzi particular? ¡Que pase!
—Bienvenido, señor Math. Entre, por favor —dijo Chase, repentinamente cordial. Abrió del todo e hizo una reverencia burlona cuando Nathan pasó por delante de ella, golpeando el marco de la puerta con el estuche del trípode y tirando del maletín de ruedas, que dio un salto y un giro al pasar por encima del umbral de granito. La mujer se inclinó hacia él—. Consunción. Eso me parece a mí por lo menos.
La cara femenina estaba desagradablemente cerca de la suya.
—¿Consunción? ¿Quiere decir tuberculosis?
—No. Quiero decir consunción —todavía entre susurros, todavía demasiado cerca. Se enderezó, sonrió y añadió—: ¡Sígame! —con otra voz, demasiado elevada y demasiado declamatoria, dio media vuelta y se internó en la casa, mientras Nathan pugnaba por ir tras ella.
Distribución con pasillo central, escalera de madera pulimentada y por todas partes suelos de mármol con vetas blancas y negras. Chase viró a la izquierda y se quedó al otro lado de la puerta de la sala de estar, aguardando con paciencia exagerada a que Nathan la alcanzase con el maletín. La habitación estaba amueblada de un modo muy tradicional, como correspondía a una mansión francesa filtrada por una fantasía victoriana, aunque se trataba de otro nivel de falsificación, porque era como si la casa se hubiera comprado con el atrezo improvisado por la inmobiliaria y no se hubiera tocado en ningún momento. La mujer señaló un mullido sillón de orejas tapizado en seda.
—Usted se sentará ahí —dijo.
—¿Y dónde estará usted? —preguntó Nathan, descolgándose el trípode del hombro y procurando no derribar los animales de cerámica de la mesa auxiliar que había junto al sofá que hacía juego con el sillón que le habían asignado.
—Estaré en el limbo, Nathan. Venga a verme allí cuando tenga ganas.
Cuando Nathan levantó los ojos del equipo que acababa de dejar en el suelo, Chase había desaparecido, dejándolo solo, imaginando la expresión de su rostro y preguntándose si se le habría insinuado. Cuando tomó asiento en el sillón indicado se sintió más bien optimista en lo relativo al comportamiento de la joven, cuya rareza sugería espontáneamente que tenía algo que ver con aquella cosa de Roiphe, con aquel Roiphe que no era tan importante como Parkinson.
Roiphe apareció por unas puertas vidrieras que daban a un pequeño patio interior embaldosado. Se volvió para cerrar las puertas, un poco temblonas por el mal ajuste del pestillo, y recibió al incorporado Nathan con la mano estirada. Tras el consiguiente apretón, Nathan volvió a sentarse y Roiphe hizo lo propio en el sofá.
—Nathan.
—Doctor Roiphe.
—Por favor, llámeme Barry. Siempre me ha parecido una extravagancia que los americanos llamen de por vida «señor presidente» a los expresidentes. Yo estoy retirado, ya lo sabe.
—Menos en el caso de… Chase, ¿no?
Roiphe pareció desconcertado.
—¿Chase?
—La joven que me ha asignado este sillón. Ha dicho que era paciente de usted.
Roiphe se dobló hasta que se tocó las rodillas con el pecho. Nathan, sobresaltado, pensó que le había dado un ataque al corazón, hasta que el doctor levantó el tórax y el otro le vio la cara desfigurada por una risa muda. El sonido no brotó hasta pasados unos momentos: una carcajada rugiente, profunda, sincera, adornada con silbidos de flema.
—Bueno, sí —dijo, todavía sacudiéndose—. Es una forma de verlo.
—No es paciente suya.
—Sea lo que sea, es sin duda un pozo de sorpresas. Y ésa no la conocía. Pero no.
—Se inclinó hacia delante y se apoyó en las rodillas para acercarse un poco a Nathan —. Es mi hija. Pero según y cómo, los padres siempre están haciendo diagnóstico de los hijos, ¿no le parece? De modo que creo que ha dicho la verdad, metafóricamente hablando. Pero como ya le he dicho, eso no se lo había oído decir hasta ahora.
—¿Vive aquí con usted? —En opinión de Nathan, la extrañeza general de la situación le permitía formular aquella pregunta.
Roiphe se soltó las rodillas y se retrepó sobre los cojines.
—Me da la sensación de que esto es ya el comienzo de la entrevista, ¿me equivoco? La nueva forma de arte. El arte de la entrevista. —Señaló vagamente el maletín—. ¿Lleva ahí la cámara? Usted dijo que era fotoperiodista. Me gusta la palabra. Fotoperiodista.
Nathan alargó la mano hacia el maletín, abrió la cremallera y puso al descubierto una apretada colección de objetivos, flashes, cables espirales de flash y útiles de limpieza. Sacó la Nikon de su nicho acolchado, con el objetivo de 24-70 mm ya acoplado, y la sostuvo en la mano.
—Es una SLR digital, si es que entiende estos términos. Cámara digital réflex de objetivo único. Significa que el ojo humano, cuando mira por el visor, ve exactamente lo que enfoca el objetivo. Está en circulación desde hace mucho, desde luego, primero con película y ahora digital, pero ésta es la última modalidad. Bueno, casi la última. Es difícil estar al día en cuestiones tecnológicas cuando el presupuesto es limitado. Es pesada y seguramente ya está anticuada. Pero ella no lo sabe. ¿Es demasiada información?
—Joder, no —dijo Roiphe, alargando la mano para pedir la cámara—. En mis tiempos era aficionado a fotografiar la naturaleza. Pero no he llegado a entenderme con la cosa digital. —Nathan reprimió el deseo de negarle la cámara y se la tendió—. Éste es un terreno en el que quizá pudiera usted enseñarme algo. Organizaríamos aquí una especie de toma y daca. —Nathan contrarrestó su preocupación por el equipo instalando delante de Roiphe, en la mesita de centro, la grabadora suiza Nagra Kudelski SD. Aquella grabadora, sensible como una radio y terriblemente cara, era una pasada para un periodista de prensa escrita (aunque últimamente ya no existía esta actividad en estado puro). Nathan la había visto en una máquina de venta automática del aeropuerto de Zúrich y no había podido resistirse. Tanto él como Naomi utilizaban la tecnología para realzar su credibilidad como profesionales, y Nathan sabía que ella no iba a renunciar nunca a sus Nikon para quedarse con un iPhone hasta que hubiera una forma reconocida de seguir en la brecha estando en la onda pero siendo profesional. Demasiada inseguridad por medio, la eterna sensación de adoptar poses de entendidos. Mientras calculaba qué micrófono de enchufe utilizar (el cordiforme estéreo era bueno para ambiente con voz, lo cual habría sido interesante si Chase hubiera estado presente, pero el mono era mejor para grabar voz sin interferencias), Nathan observaba de reojo a Roiphe, que toqueteaba con torpeza el parasol del objetivo y trataba de quitar la tapa del extremo.
—¿Quiere quitar la tapa del objetivo? Apriete en el centro. Es de muelle.
Roiphe rio por lo bajo y quitó la tapa. Nathan puso en encendido la aguja del Control Automático del Aumento en el lateral de la Nagra, imaginando que controlar manualmente los niveles de la grabación sería un incordio. Roiphe, por su lado, consiguió activar la Nikon después de curiosear y toquetear sus múltiples interruptores, botones y ruedecillas, y en un abrir y cerrar de ojos se puso a hacer fotos a Nathan, acercando y alejando alegremente el objetivo como un niño con un juguete nuevo.
—Bueno —dijo cuando el espejito hubo subido y bajado una treintena de veces —, parece que funciona. Supongo que una cámara siempre es una cámara. Ah, fíjese en esto. Es usted, aquí, en esta tele pequeñita que hay detrás. Mmm. Hay algo siniestro en usted. ¿Lo ve? En los ojos. —Devolvió la cámara a Nathan, que consideró que tenía que evaluar su propia imagen para no ser maleducado. Roiphe tenía razón. Nathan parecía un sujeto impresentable e indigno de confianza, aunque dentro de un concepto sombrío de la belleza.
—Buenas fotos —dijo—. Muy buenas.
La última que había hecho Roiphe era un primer plano de la Nagra. El doctor la señaló con el índice torcido.
—No ha encendido eso todavía, ¿verdad?
—No. ¿La enciendo ya?
—Aún no —dijo Roiphe, apoyando las manos en las rodillas y adelantando el tórax para adoptar la postura de las confidencias—. Tenemos que hacer un trato.
—¿Un trato?
—Claro —dijo Roiphe, arrastrando la palabra para darle un aire callejero algo cómico—. ¿Ineresado?
Nathan también se adelantó para corresponder al clima de complicidad y juntó las manos como un niño de coro.
—Esto…, desde luego.
Roiphe lanzó una carcajada seca.
—No está del todo seguro, ¿eh? Pero lo estará. Escuche. Hace tiempo que quiero escribir un libro. Sí, sí, sorpréndase. No soy bueno escribiendo. No es lo mío, lo confieso. Chase lo ha investigado a usted en Internet… Es una chica muy lista. Ha leído ya la mitad de lo que usted ha escrito. Y se nos ha ocurrido algo, a ella y a mí. ¿Conoce la obra de Oliver Sacks? ¿El hombre que confundió a su mujer con un sombrero? ¿Despertares? De éste se hizo una gran película con Robert de Niro. ¿Un antropólogo en Marte?
—Conozco su obra y he hablado con él en varias ocasiones.
—¿De veras? —Las tupidas cejas de Roiphe se alzaron con escepticismo.
Nathan tenía que responder, tenía que demostrarlo.
—Sí. Tiene ese raro problema del termostato. Siempre tiene un exceso de calor. Siempre sale del restaurante para quedarse en la calle. Por eso le gusta bañarse en los fríos lagos de montaña. Tengo previsto hacerle una entrevista. Y calza unos zapatos muy raros. —Nathan había sentido una vergüenza instantánea nada más soltar lo del termostato. Por lo que sabía, era verdad, pero mencionarlo olía a deseo frenético de impresionar.
Roiphe estaba emocionadísimo.
—¡Soberbio! ¡Titánico! Oliver Sacks es médico, neurólogo, y también un brillante escritor. Yo soy médico, usted es escritor. Math más Roiphe igual a Sacks. ¿Lo pilla? Yo fui neurólogo antes, usted lo sabe, no urólogo en el sentido que le da la gente. Yo estaba especializado en dolores genitales, y, ¡ay!, allí estaba la enfermedad de Roiphe esperándome.
—Datos que yo no sabía. —Aliviado, Nathan hizo acopio de todo su entusiasmo para decir, como si por fin lo entendiera todo—: Entonces… ¡vamos a colaborar en un libro! —pero se sintió inquieto al comprender en el acto las posibles complicaciones que aquello entrañaba.
—Fama médica —dijo Roiphe—. Su tema. ¿Quiere llegar al meollo del asunto? Ésta es su gran oportunidad.
—Pero ¿un libro sobre la vida de usted? ¿Sobre su obra? ¿Sus años de jubilación?
Roiphe se hundió pesadamente en los cojines con funda de seda.
—¿Pretende ser sarcástico?
—Es que me he puesto nervioso. Me preocupa la posibilidad de que el tema me engulla por completo. Ya nos lo advierten en la facultad de periodismo. —Nathan dejó escapar una deplorable risita cuyo objeto era dar a entender que se daba cuenta de que su comentario era superficial y paranoico—. Podría ser un caso clásico.
—No es nada de eso. Hablo de una colaboración de verdad. Yo no lo censuro a usted. Usted no emite juicios sobre mí.
—Muy bien —dijo Nathan—. Muy bien. No es exactamente lo que yo pensaba, pero es interesante. Soy maleable y flexible, bien lo sabe Dios. Pero usted piensa en un tema concreto, ¿no? En algo muy específico.
—Mis experimentos. Mi trabajo reciente. Con mi sujeto más reciente.
—¿Quién es?
—Mi hija, naturalmente —dijo Roiphe—. Chase. Pero usted. Buenos instintos. Los necesitaremos para lo que se avecina.