Consumidos

David Cronenberg · Capítulo 4 de 13

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Consumidos

Capítulo 3

3

El doctor Molnár había dispuesto que se le ascendiera a la clase preferente de élite — ¡la sala Duna Club!— en su vuelo a Ámsterdam en la compañía Malév. A pesar de todo, Nathan no hizo más que deambular sin descanso por el espacio de acero y vidrio común y corriente de la Terminal 2A del aeropuerto Ferihegy. A diferencia de Naomi, que se habría enterrado en su portátil en cuanto hubiera llegado, Nathan consideraba los tiempos muertos de los aeropuertos una buena ocasión para observar a la gente; pero aquel día, un día estival frío y lluvioso cuya lobreguez parecía haberse filtrado hasta el aeropuerto, la única persona a la que Nathan observaba era Dunja, que no paraba de moverse en la pantalla de su mente. Arrastrando el maletín de la cámara como si fuera un cochecito de juguete, la oía decir las terribles e indignantes cosas que según ella no podía evitar, pero que no había podido decir a nadie hasta que había conocido a Nathan.

—¿Qué haré cuando me dejes? ¿Quién me querrá?

—No soy tan especial. Si yo te deseo… Estás estupenda. Tendrás todos los amantes que te apetezca.

—Hay muchas mujeres con cáncer en la actualidad. ¿Crees que podría ponerse de moda una nueva estética? ¿La belleza del cáncer? Me refiero a si podría haber una elegancia heroinómana, una estética de la drogadicta que desea la muerte. Las mujeres que no tienen cáncer podrían pedir a sus cirujanos plásticos que les implantaran falsos ganglios bajo la mandíbula y en el cuello. Y en las axilas. Y en la ingle. Toda esa hinchazón sería muy sexy. Y serviría como tratamiento antienvejecimiento, porque tensaría la piel del cuello de pavo. ¿Quién se negaría? Y las joyas, perdigones de titanio incrustados en las tetas. Bondage sadomaso.

Dunja siguió hablando en su cabeza mientras Nathan se enzarzaba en otro diálogo paralelo, igualmente interior e igualmente con ella, acerca de la salud y la evolución, acerca de la teoría que afirma que las ideas de belleza no se limitaban a ser ideas, sino que eran intuiciones indicativas del potencial reproductor y en consecuencia de la juventud; acerca de los genes egoístas que usaban nuestros cuerpos como medios para perpetuarse; acerca de que los genes del cáncer quizá podrían tener también sus razones en favor de la inmortalidad reproductiva y en consecuencia ejercer una tremenda presión para que se acepten a nivel cultural ideas de belleza que hasta ahora han sido tabú, ideas que se utilizaban para delimitar las enfermedades y la proximidad de la muerte, pero que actualmente podrían fascinar, seducir, imitar la juventud, la lozanía y la salud, con lo que la pequeña fantasía de Dunja relativa a la formación de una cultura alrededor de su situación desesperada podría, en teoría… No era una conversación que hubieran sostenido realmente, pero si él fuera Naomi, seguramente enviaría a Dunja mensajes de texto o e-mails inmediatamente, recurriendo a aquella corriente de semiconciencia naomínica que le había caído encima con tanta frecuencia en los cuatro años que llevaban juntos.

Naomi no permitía que nada quedase sin consecuencias y para ello utilizaba su poderosa y exclusiva mezcla de tecnología y brujería, mientras que la mayor alegría de Nathan consistía en desconectar, en borrar al prójimo de su lista de Amigos y dejarlo colgado en el éter del ciberespacio. Naomi pensaba que Nathan era cruel con sus amistades; Nathan pensaba que Naomi era compulsiva y obsesivamente posesiva. Pero ¿qué era Dunja? A pesar de la cuestión sexual y la intimidad, Dunja era el tema de un artículo y las personas que eran temas para Nathan solían tratar de mantenerse en contacto con él, a veces aferrándose, con una desesperación repulsiva y poco sana, a aquel momento particular de su vida; no podían admitir que su hora había pasado, que el artículo sobre su misterioso y provocativo estado de salud se había publicado y que Nathan había salido de su vida definitivamente. Las personas sobre las que escribía Naomi solían acabar entre rejas o ejecutadas, lo cual limitaba el reflujo, como lo llamaba Nathan. Dunja estaba convencida de que moriría al cabo de unos meses, lo cual también representaba una limitación del reflujo.

Habían sostenido su última conversación en la horripilante sala de recuperación de la Clínica Molnár, después de que le hubieran abierto los pechos y le hubieran extirpado muchos tumores bajo la fría luz azul del quirófano que transformaba su carne en silicona y su sangre en pasta púrpura. Nathan se sentó en la misma silla de plástico, aunque esta vez Dunja estaba en la cama cercana a la puerta y había otros tres pacientes en la sala, haciendo leves ruidos y quejándose.

—¿Te gustó? —preguntó la mujer—. Resultó más fácil para mí sabiendo que tenía un público con criterio.

—Molnár parecía seguro del éxito. Esa parte me gustó —respondió Nathan.

Dunja se echó a reír.

—Molnár sólo hablaba de la mecánica de las extirpaciones. Ése es su éxito. Sabe que no voy a durar mucho, pero en el fondo no cree que eso sea problema suyo.

—¿Te dolería ser más optimista?

—Vamos, Nathan. Lo que duele es que te pongas sentimental y vulgar. ¿Por qué lo haces?

—¡Ay!

—¿Hiciste buenas fotos? ¿Eran escandalosas? ¿Las pondrá Molnár en su pared para incitar a sus clientes a comer su gulash? ¿Te hago un retruécano? Contra la gula, gulash.

—Lo pillo, lo pillo —dijo Nathan, todavía dolido, incapaz de sonreír. Si Dunja se recuperaba, ¿de qué hablarían? ¿De su ilusión por volver a la facultad de arquitectura de la Universidad de Liubliana y construir casas de lujo con su padre a orillas del río Sava? ¿Sería eso muy vulgar y sentimental?—. Algunas fotos de la operación salieron muy bien. No estoy seguro de que te gusten, pero si quieres te las enviaré por correo electrónico.

Dunja cogió las manos de Nathan entre las suyas y tiró de él hacia la cama. Nathan trató de arrastrar la silla, pero era poco sólida; se dobló, se torció y se volcó, dejándolo medio acuclillado en el aire, como un jockey. La mujer volvió a reír. Nathan dio un paso al frente y se sentó en la cama. El lateral metálico se le clavó en la nalga y de nada le sirvió cambiar de postura para distribuir el peso.

—¿Te pusiste cachondo cuando Zoltán me abrió los pechos? Casi lo convencí para que me pusiera anestesia local, pero al final se rajó.

A Nathan le gustaba que Dunja empleara ocasionalmente aquella jerga de los años sesenta y quería preguntarle quién le había enseñado a hablar en inglés, pero ningún momento le parecía oportuno.

—Dunja, no soy un sádico. No soy fanático del bondage. La verdad es que me deprimió verte con la carne abierta. —Dunja permaneció en silencio, muda. Lo que acababa de decirle Nathan, que su sexualidad era normal, no era lo que ella quería oír; él sabía que lo tomaría como un rechazo. Habló con mucha suavidad, deslizándose por una superficie de hielo aviesamente delgada—. Cuando te recuperes, cuando estés curada del todo, seguirás siendo muy atractiva para mí. Quiero decir que tu enfermedad y el tratamiento no es lo que te vuelve sexualmente atractiva y hermosa.

Las grandes y elegantes manos de la mujer cubrieron las de Nathan, las apretaron con suavidad y tiraron de ellas, como estrechándolas a cámara lenta, como si tratara de dialogar con él a través de ellas, con la esperanza de que sus razones sin palabras le subieran por los brazos y le llegaran al corazón.

—Nathan, ay, Nathan. Eres realmente muy tierno y encantador. Pero en los genes tengo marcadores que dicen que el cáncer se reproducirá en otros lugares, que habrá metástasis. Y lo tengo por todo el cuerpo, en los ganglios que palpaste y acariciaste, y tú sabes que es verdad. No voy a salir de ésta, de verdad que no.

—Pero Molnár me dijo…

—Molnár es un hombre muy extraño y excéntrico. Es un cirujano, un mecánico. No quiere saber nada de las cosas que no puede atacar con su maquinaria. Me llevé una gran sorpresa al despertar y ver que aún tenía pechos. Estaba segura de que se entusiasmaría tanto que los cortaría de raíz. Casi me llevé una decepción al verlos, y también al comprobar que sólo presentaban cicatrices de una batallita sin importancia. Me ha remitido a otra clínica, una de Luxemburgo. Me parece un gesto muy elemental, muy propio de Molnár, pero tengo un marcador en el cerebro que dice que también estoy destinada a ir allí, para que me hagan de todo hasta que muera.

A Nathan no se le ocurría otra cosa que mirarla fijamente a los ojos, pues en aquellos momentos se sentía muy sentimental y muy vulgar, y en consecuencia incapaz de decir nada. ¿Es que estaba en condiciones de hablar de los conceptos clásicos del arte, de la belleza basada en la armonía, una concepción situada en los antípodas de las teorías modernas, posteriores a la Revolución Industrial, posteriores al psicoanálisis, que se basaban en la enfermedad y la disfunción? ¿Podía aducir razones en favor del nuevo yo enfermo de Dunja, presentándolo como la forma más vanguardista de la belleza femenina? Nathan no se atrevió, pero Dunja sí.

—Aunque sigo viva, ya no tengo nada con lo que seducir, exceptuando el aroma de la agonía. Ése será mi perfume mortal. Y quiero que sea eso lo que te seduzca, ¿entiendes? Porque es mi futuro y no quiero vivirlo sola. No te extrañe pues si te llamo para que des consejos a mi próximo amante. Podría querer que lo animaras a que entre en mí sin miedo. O a lo mejor te llamo una noche para pedirte que tomes un avión hasta donde yo esté, para que me estrangules mientras me follas por detrás. ¿Por qué no? ¿Por qué desperdiciar la ocasión? —Hizo una pausa. Sus ojos no cesaban de buscar desesperadamente los de Nathan. Esbozó una sonrisa extraña, una sonrisa encantadora—. ¿Acudirías, Nathan? ¿Vendrías a verme si te llamara?

Nathan se dirigió a las puertas de cristal corredizas de la sala de espera del Club Duna de Malév. Al entrar recordó que Naomi le había dicho «pues mátame», mientras él se quejaba por algo relacionado con su teléfono móvil. Al acercarse al mostrador de recepción pensó en estrangular a Naomi mientras se la follaba por detrás. Sus manos detrás de la nuca de ella, tirando del cinturón del albornoz del hotel. Sus manos poderosas alrededor del largo cuello de Naomi. El rostro femenino contorsionado por una hermosa, boquiabierta y aterradora expresión de éxtasis, y el Nathan de la fantasía consciente de que aquello era el final de la sexualidad, de que no podría haber más sexualidad después de aquel acto sexual. En el mostrador, una matrona exageradamente fea y excesivamente uniformada —aquel cursi pañuelo rojo con estampados de pequeñas alas, estilizadas y multicoloreadas— explicó a Nathan por qué la fotocopia del carnet de miembro y otros documentos esotéricos que le había dado Molnár no eran válidos y por qué ella, en consecuencia, tenía que negarle la entrada a la tierra prometida de la sala de espera del Club Duna. Al alejarse con el equipaje y dirigirse hacia la puerta de embarque, Nathan no pudo sino maravillarse de la molnariana perfección de todo aquello.

 

El aeropuerto Charles de Gaulle estaba sufriendo amplias reformas. Después de haber recorrido kilómetros por paralizados pasillos móviles, Naomi tuvo que tirar de su equipaje con ruedas para subir un tramo doble de peldaños —el pequeño ascensor de cristal era para uso exclusivo de personas discapacitadas—, luego ascender a una plataforma con sillas de cafetería (pero no mesas) repartidas de cualquier manera, donde las consumiciones se sacaban automáticamente de una solitaria, ladeada y enorme máquina de refrescos, y a continuación bajar más escaleras que la llevaron hasta una densa masa de viajeros aturdidos que permanecían de pie en un pasillo sin asientos, a cierta distancia de un vestíbulo de espera que tampoco tenía asientos. El horror de la situación se acentuaba por culpa de la casi imposibilidad de sacar el portátil y abrirlo sin golpear ninguna cabeza. Sacó la BlackBerry Q10 del bolsillo lateral del maletín de la cámara. Lo prefería al iPhone de Nathan en cualquier contexto con intercambio intensivo de mensajes como solían ser los suyos; necesitaba botones reales, físicos (no podías teclear en un iPhone si tenías unas uñas decentes), y temía el posible derrumbe inminente del imperio BlackBerry. Así de peligrosa era la vida del ferviente consumidor de tecnología.

Mientras encendía el Q10 recordó con una aguda subida de adrenalina que había olvidado la insignia del Crillon en la mesa de la doctora Trinh, de lo nerviosa que estaba al irse del consultorio. El olvido era particularmente irritante porque el día y medio que había pasado en París después de la visita había estado presidido —un extraño sabor metálico en la boca y una distorsión general de los colores, como en un aura de migraña— por la derrota. No sólo no había sonsacado nada útil a la médica de Célestine, sino que además había chocado con los límites de su intelecto, o al menos de su formación, y se sentía magullada por el golpe.

¿O acaso se estaba subestimando? La insignia del Crillon, por ejemplo. Imaginó a la doctora Trinh cogiéndola de la mesa con unas viejas y plateadas pinzas quirúrgicas norvietnamitas y enviándola a su laboratorio favorito de contraespionaje para que lo analizaran. No obstante, era un pretexto perfecto para volver a contactar con la doctora, siempre que Naomi idease una táctica más eficiente para tratar con ella. También podía enviar a Hervé a recogerla, pertrechado con algunas inocentes preguntas de inconformista francés, y como procederían de él, la doctora se sentiría suficientemente segura para responderlas. ¿Hasta qué punto podía confiar en Hervé en el papel de colaborador? Como si se tratase de una respuesta, la señal de correo del Q10 empezó a emitir destellos. Era él.

«No causaste buena impresión a la doctora Trinh», había escrito. «Le faltó tiempo para ponerse en contacto conmigo y decirme que me alejara de ti porque era evidente que querías infamar la memoria de nuestra muy querida Célestine. También dijo que no le pareciste muy inteligente o que te consideraba simplemente americana, no estaba segura, y que te serviste de tácticas de choque que le recordaron la política militar de Estados Unidos en Vietnam. Le pregunté si posaría desnuda para mí, para el libro cuya idea te gustó. Dijo que su cultura se lo prohibía. Tuvimos una bonita charla sobre la asimilación cultural y la sensualidad de Oriente. No creo que se preste».

Naomi se puso a mover los pulgares a toda velocidad.

«Me decepciona enterarme de la opinión que tiene la doctora de mí. ¿En serio habló de la guerra de Vietnam?».

«Ja, ja, ahí te duele, ¿eh? No, me lo he inventado. Pero dijo que no se fiaba de ti, que olvidaste adrede en su consultorio una insignia o algo parecido, como un indicador o presencia simbólica. No sé qué quiso decir».

«¿En serio le dijiste que posara desnuda para tu libro?».

«Sí, eso es verdad».

«¿Significa eso que era amante de Célestine?».

«Sí. Una vez estuve en la cama con las dos. Algún día te lo contaré. Fue muy interesante. Me hizo pensar en Karl Marx».

«¿Había alguien en la vida común de los Arosteguy que ellos no…?».

En el pasillo de paredes de cristal el calor era insoportable. El incesante reparto de codazos irritados por parte de los pasajeros que querían recuperar el equipaje o iban a tomar otro avión aumentaba la hostilidad general. Alguien golpeó con el pie el equipaje de Naomi y le dio con el hombro tan fuerte que la muchacha sintió la dureza del hueso y el músculo —fue fortuito, un castigo, y Naomi ahogó una exclamación— y pulsó sin querer el botón de «enviar» del teléfono. Otras personas trataron de colarse por el hueco dejado por Naomi al adelantarse a causa del golpe y la separaron de la bolsa de la cámara. Giró sobre sus talones, se interpuso en el camino de los que tenían tanta prisa y bregó para volver junto a su equipaje. Justo entonces vio la marquesina de una máquina de venta automática y, ya con el equipaje en la mano, se lanzó hacia aquel oasis.

 

En el rincón de la habitación, entre el minibar y el mueble de la tele, había dos equipajes sin abrir: dos maletines con cámaras, dos mochilas, dos pequeñas maletas negras Samsonite de cuatro ruedas, con acabado de falso tejido de fibra de carbono (Nathan y Naomi aspiraban a tener una Rimowa Topas, la erótica maleta alemana de aluminio maleable, pero por el momento estaba fuera de su alcance). No era tanto que tuvieran el mismo gusto en cuestiones de equipo cuanto que contribuían al mismo consumismo; lo que los empujaba hacia la misma mercancía era una dialéctica consumista. Era lo que Naomi estaba pensando con la parte flotante de su cerebro mientras le chupaba la polla a Nathan —deliciosa hasta el cansancio, con poca curvatura, no un órgano mutante en ningún aspecto, sino un pene clásico, circuncidado a la modernaen la habitación 511 del Hotel Hilton del aeropuerto Schiphol de Ámsterdam. Le extrañó haber pensado sin percatarse en términos marxistas, porque hasta ese momento en la máquina de venta automática en que había encontrado los tres libros de los Arosteguy —ediciones baratas en inglés americano, preparadas deprisa y corriendo para aprovechar el escándalo del canibalismo filosóficocasi no había oído hablar de Das Kapital ni de Karl Marx. Sin embargo, aquellos libros pequeños, de letra grande y atractiva y muy fáciles de leer, como manuales de instrucciones sobre partes del cerebro secretas hasta entonces, hicieron que se sintiera como una marxista nata. No es que los libros trataran de marxismo, pero el vocabulario de Marx apuntalaba los conocimientos, evidentemente profundos, que tenían los Arosteguy sobre el consumismo actual, y los que tenía Naomi, según se comprobó.

Dado que no había ningún vuelo directo que habría recorrido el trayecto París-Ámsterdam en hora y pico, tuvo que sufrir la terrible experiencia de un viaje de siete horas con escala en Frankfurt. Pero el tiempo se disolvió de la manera más curiosa, porque en vez de vagabundear entre las dispersas tiendas de alta tecnología de aquel aeropuerto que parecía una cocina de acero inoxidable de anuncio de televisión, salpicada de brotes de zonas wifi, Naomi acabó instalada en una sala de espera, sumergida en el hondo mar interior de los Arosteguy —un cálido mar que alimentaba un arrecife de coral habitado por las más asombrosas e interesantes criaturas—, prosiguiendo la zambullida que había empezado en el avión que había tomado en París. Cuando sacó la cabeza del agua se había transformado en una alocada, radiante y vehemente arosteguiana.

Los tres libros —Dinero de ciencia ficción, Consumismo apocalíptico: manual de instrucciones y Sangre laboral: Marx y el horror— yacían ahora inocentemente en la mesa que había junto a la ventana, cuando Nathan, de manera imprevista y hasta cierto punto antideportiva, eyaculó en la boca de Naomi una crema espesa y agria. Fueron sus pechos, mejor dicho, cuatro pechos, los dos de Naomi y los dos de Dunja, superpuestos, los que fermentaron en el cerebro de Nathan y descargaron el resultado, a través de su pene, en la cálida y distraída boca de Naomi. O eso le pareció a Nathan, que hizo suyos el jet lag y la distracción de Naomi y mezcló sus pechos, que bailaban deliciosamente mientras ella mamaba, con los de Dunja, que eran más grandes y estaban mutilados; incluso es posible que se sumaran los ganglios de las axilas de Dunja —¿seis tetas?— al conjunto. Tenía la cabeza apoyada en los antebrazos y ni siquiera tocaba los pechos de Naomi. Fue la distancia lo que hizo posible aquel alucinante contrachapado de tetas e inútil su habitual dominio de las corridas. ¿De veras había intentado ejercer aquel dominio? ¿Era como un perrito que castiga a su ama por llegar a casa demasiado tarde y tenerlo encerrado en la cocina? Naomi no se tragaba la leche, a menos que estuviera muy borracha. Naturalmente, tenía sus motivos. Era más porno dejar que le chorreara de la boca, que formara un pringoso puente entre sus labios y el pene y el vello púbico. Fue lo que hizo entonces, en absoluto sorprendida, pero quizá intrigada por aquella traición a la rutina, que consistía en decidir los dos, antes de que los labios apresaran el glande, si era un calentamiento o una acción contundente. A Naomi no le gustaban las sorpresas sexuales. Siempre estaba dispuesta a jugar, pero quería estructura.

Por eso fue una sorpresa para Nathan que Naomi, limpiándose la boca con el dorso de la mano, dijera:

—¿Qué piensas de Marx y el crimen, Than? —Sin reproches sexuales y recuperando su forma infantil de llamarle, Than, que sugería un estado mental asexual y con el pulgar en la boca.

—Bueno, no estoy seguro, Omi. Supongo que es un tema muy amplio. ¿Has estado meditando sobre eso? ¿Sobre Marx? Es la primera vez que lo haces, ¿no?

Naomi se dio la vuelta para ponerse de espaldas, aplastada por la enormidad. El techo era una mancha de yeso que daba vueltas. Casaba con su estado mental.

—He estado meditando sobre los Arosteguy.

—¿Son marxistas?

—Los he leído. Me doy cuenta de que no tengo cultura. Me atemoriza y me deprime. Me hace daño a la cabeza. Necesito Internet para leerlos. Y es estimulante. No sé con exactitud qué son. Eran. Ella está requetemuerta. Y desmembrada. — Naomi se cubrió los ojos con los brazos, para no ver el opresivo techo—. Omi, Than.

Nathan se estaba limpiando el pene superficialmente, con la punta de la sábana, una costumbre que Naomi se había obligado a considerar adorable. ¿Era una manifestación pasivo-agresiva? ¿La aplazaba cuando ella se tragaba el semen? No se acordaba.

—Somos nosotros —dijo Nathan—. Omi Than. Parece el nombre de una ginecóloga vietnamita.

Naomi cabeceó por debajo de los antebrazos.

—Muy extraño que digas eso. Muy extraño.

—¿Por?

—Porque hay una ginecóloga vietnamita en mi vida. O casi. —Apartó los brazos y volvió a rodar en la cama para quedar de cara a Nathan con los labios todavía pegajosos—. La médica de cabecera de Célestine. Doctora Phan Trinh. Por lo menos conocía íntimamente la vagina de su paciente.

—¿Y es marxista? ¿O criminal?

—¿La doctora Trinh? No, pensaba en Aristide cuando he dicho eso.

—¿Marxista y criminal?

Naomi se bajó de la cama y se agachó junto al maletín de la cámara. Mientras abría la cremallera y hurgaba en su interior le resbalaron unas gotas de líquido espeso que aterrizaron en la moqueta.

—Pensaba más en el sentido de marxista y por lo tanto criminal. Quiero decir que su forma de escribir, la de los dos, me confundió, hizo que me sintiera inteligente y profunda, y tú sabes lo seductor que es eso para mí, tú mismo te serviste de ello para llevarme a la cama la primera vez. —Se dejó caer de espaldas en la cama con un iPhone 5s en la mano—. Déjame fotografiarte mientras te limpias la polla.

Nathan la miró con incredulidad.

—Tienes el maletín repleto de material fotográfico, el más moderno y perfecto del mundo, ¿y quieres fotografiarme las partes pudendas con un iPhone?

—Desde Charles de Gaulle. Es una consecuencia lógica de mi deseo de incorporeidad, por otra parte bien documentado por ti. Me gustaría tirar el maletín de la cámara a la basura y viajar sólo con esto, con esta herramienta. También filma imágenes de alta definición. Y puedes editarlo en el teléfono, mientras vuelas. Enfoque táctil. Doble flash led. Bloqueo con la huella dactilar. Macroobjetivo bárbaro. Mira. —Se inclinó hasta quedar a unos centímetros del glande y se puso a hacer fotos, emitiendo unos chasquidos muy agradables que recordaron a Nathan el ave lira australiana, que imitaba los chasquidos de las cámaras de los paparazzi del bosque para seducir a la hembra. ¿O era algo más siniestro? ¿Era el iPhone un organismo malévolo y proteico, la célula madre de los móviles, que se burlaba de quien tenía cámaras con obturadores físicos de verdad, cuyo chasquido no se podía eliminar? ¿Que prometía reemplazar todos los artilugios de la tierra con su personalidad metamórfica: abridores de puertas de garaje, cronómetros solares, mandos a distancia de la tele, afinadores de guitarra, mandos de llaves para el coche, módulos de GPS, fotómetros, niveles de burbuja y cualquier otra cosa que se le ocurra a uno?—. Y ahora mit Blitzlicht. —Los diodos incrustados en la vítrea superficie posterior del teléfono bañaron el capullo de Nathan con 5400 grados Kelvin de luz diurna de un color azul frío. Nathan creyó sentirla y todo. Naomi se llevó el teléfono a la cara—. Ya ves que el flash se reduce para la macrofotografía. Perfectamente expuesta, se adapta a la temperatura de color ambiente, no te apaga la polla, por así decirlo. —Se apartó el teléfono de la cara para ver la foto y, atraída por su inexorable fuerza, besó la imagen. Sus labios dejaron restos de semen en la pantalla. Fetichismo de la mercancía en estado puro.

Nathan se dio la vuelta para ponerse encima de Naomi y miró la foto por encima de su hombro. Le pasó fugazmente por la cabeza aquella foto de las iguanas follando en una soleada roca de las islas Galápagos. Naomi movió adelante y atrás la Galería de Fotos con el dedo índice, y cosa extraña, sin que la uña produjera ningún ruidito, y repasó con increíble rapidez una docena de diversas modalidades, con flash, sin flash, macro y micro, y también algunas mit vistas escrotales.

—Esto me está poniendo muy nervioso, Omi. Existencialmente inestable.

Naomi se puso a editar las fotos con una aplicación retro muy cuca que hizo que la polla pareciese captada por una Kodak Instamatic de los años sesenta y luego por una Polaroid de los ochenta.

—Eso que dices suena bien, Nathan, pero ¿qué coño significa? No pasa nada. Te devolveré tu supermacroobjetivo. Ya no me hace falta.

—Son las palabras más aterradoras que has pronunciado en tu vida. —Nathan enterró la cara en el cuello de Naomi y se lo frotó con la nariz de un modo conmovedor y desesperado. Habló con la boca pegada a su salada nuca—. Vas a devolverme mi superpolla. Ya no te hace falta.

Naomi arrojó el teléfono sobre la almohada y se dio la vuelta hasta quedar vientre contra vientre. Nathan recordó vagamente aquella película francesa de los años cincuenta en que salían unos vecinos de Saint-Tropez follando en la playa.

—Estás muy tenso. No tienes por qué.

—Antes has dicho algo en alemán. ¿Desde cuándo lo hablas?

—Los Arosteguy. Leyéndolos.

—¿Por qué no francés?

—Marx era alemán. Das Kapital. Ellos lo citan. Lo traducen.

—¿Marx habló del Blitzlicht? ¿Entendía de fotografía con flash?

—Era un polímata. Un pensador lateral.

—O sea que fue Marx. El tipo que obligó a tu francés a matar y comerse a su esposa.

—Obligarlo quizá no. Inducirlo. Inspirarle. Así lo interpreto yo.

—Eso es otra cosa. Porque tú eres la que no lee. Libros. —Naomi quiso apartar a Nathan moviendo los hombros, pero Nathan relajó totalmente los músculos y quedó encima de ella como un peso muerto, como la iguana aquella—. ¿Dónde tienes la BlackBerry?

—Me ahogo.

—Yo también. ¿Dónde? —Naomi le tiró del pelo para apartarle la cabeza y Nathan giró el tronco—. Porque, y te lo diré antes de que me lo preguntes, porque has abandonado a tu fiel BlackBerry, tu vieja amiga y amante, la única indiferente a tus largas uñas, la has dejado porque ahora tienes otro juguete exótico con el que entretenerte. —Se abalanzó sobre la mano izquierda de Naomi, le abrió los dedos, le acarició las yemas y el borde de las uñas—. Sí, es eso, y te has cortado las uñas por primera vez desde que estamos juntos y no para bailar El último tango en Schiphol. Sino para tener relaciones sexuales con la pantalla táctil del iPhone. —Soltó la mano de Naomi, que con un reflejo de protección se la escondió bajo la cadera—. Y sé que decías en serio lo de dejar la Nikon; Nikon, el símbolo de nuestra rebeldía consumista, no Sony, ni Canon, la insignia de nuestro profesionalismo, la sexotecnología que compartimos. Y ahora te vas con iPhone, que mola un huevo con sus ocho megapíxeles, obturador giratorio con efecto gelatina y flash sin reflejo. Y encima me dejas, te vas a Tokio para tener un rollete con el filósofo heleno-francés, que te matará y te comerá las tetas. Y fotografiará tu cadáver con tu iPhone.

—Es realmente detestable que digas todo eso. Guau. —Le dio una patada con ambos pies al mismo tiempo, como una gata boca arriba—. Nunca habías sido tan mezquino conmigo. —Naomi bajó de la cama, recogió el iPhone de la almohada y se puso a borrar las fotos de la polla de Nathan, una tras otra, con violentas pulsaciones de uñas cortas en el icono de la papelera, mientras canturreaba—: Pene de Nathan, borrar, borrar, borrar…

 

Pero, claro, un pene no es tan fácil de borrar, y al cabo de muy poco tiempo el de Nathan estaba felizmente instalado dentro de Naomi. Nathan se había divertido la primera vez que se percató de lo que luego llamaría «acto sexual con tema». Fue vertiginoso e irreal, como un salón erótico de Las Vegas (o al menos como él imaginaba que era esta ilusoria entidad), y había ocurrido después de ver Rebelión a bordo, la versión con Marlon Brando, y su compañera sexual era Sheila Dahms, que tenía unos ojos y un pelo suficientemente oscuros para justificar la fantasía del salón erótico con tema tahitiano, los tambores, las olas, los muslos cubiertos de hierbajos y los pechos almizcleños. Le parecía estar bajo el agua con ella, hacía calor y humedad, soplaba la brisa, se oían tambores, y sintió el primer suspiro de Oriente en sus nalgas desnudas… Después, cuando ella se incorporó de un salto y se fue al cuarto de baño a mear y tal vez a darse una ducha, como hacían entonces los dos, volvió rodeada de luz y dijo: durante un segundo pensé que eras Marlon y que llevabas todavía las polainas blancas y aquellos zapatos con hebillas, y que estábamos bajo el agua. Nunca había sido así con Naomi. Naomi no parecía practicar actos sexuales con tema, nunca. Admitía tener distracciones durante el acto, quedarse pensando en discusiones que había sostenido con su madre o su hermana, incluso sentir que le aumentaban la ira y el cabreo hasta llegar al orgasmo. Nathan no podía imaginar que una cosa así pudiera ser cierta, pero ella juraba que lo era. ¿Estaba ocultando su propia versión del acto sexual con tema? Quizá fantaseara con gente famosa, por ejemplo que follaba con alguna estrella de rock todavía impúber, de un sexo u otro, y no se atrevía a confesarlo. De vez en cuando jugaba a adivinar el tema de Nathan en momentos concretos, pero él casi nunca se lo decía, se lo guardaba, lo mantenía tan en secreto como ella cuando alegaba que algunas de sus cosas sexuales eran demasiado íntimas, y él detestaba esta actitud, él quería entrar en todas sus facetas, mancillarlas, que fueran también parte de él. Y como aquella vez el tema, naturalmente, era Dunja, Dunja, la cirugía y la mutilación sexual, no tenía intención de ponerse temático, sobre todo porque lo de la duplicación le había afectado, porque había sido muy vívida. Prefirió ser el cirujano húngaro que introducía los perdigones radiactivos en los pechos de Naomi con la boca, sujetándolos con los dientes, apretándolos, hundiéndolos en la carne. Y los pechos de Naomi se transformaron en los de Dunja y Naomi pasó a ser una combinación de ella misma, de Dunja y de alguien más —¿tal vez Sheila, que se ofrecía a regresar del remoto pasado?—, y él se transformó en Arosteguy y se dio miedo, pues su idea de aquel hombre pasaba a través de Naomi, de Internet y de las fotos que había encontrado suprimiendo el filtro de seguridad, fotos que nadie querría ver porque se adherían al interior del cráneo y lo desgarraban. Y aquella página web llamada libradecarne.com dedicada a la masticación de pechos. Nathan/Arosteguy se comía sus pechos arrancándolos del tronco con los dientes, y se corría otra vez, con tanta voluptuosidad que le aterrorizaba.

Naomi lo apartó.

—¿Qué coño haces? ¿Me estás mordiendo en serio? —Se cogió el pecho izquierdo para buscar huellas de dientes en la parte inferior—. No puedo creerlo.

—No he sido yo. Ha sido Arosteguy. —Encogimiento de hombros de Naomi—. Tema sexual. Ya sé que crees que no existen.

—No me van. Yo no tengo fantasías sexuales.

—Un tema sexual no es lo mismo que una fantasía…

Nathan no tardó en tener en las manos la D300s de Naomi y se puso a hacer fotos con poses. Naomi seguía desnuda, pero tenía cubiertas las piernas con las sábanas para que sólo se le viesen los muslos.

—Vale, ¿te haces ya una idea? —dijo Nathan detrás de la cámara—. Estoy trabajando en un teatro de operaciones y tú eres uno de los personajes. ¿De qué va mi artículo?

—Mmm. Me has cubierto las piernas con una sábana.

—No sólo las he cubierto.

—Las has… ocultado.

—No sólo ocultado. —Nathan pulsó ruidosamente el disparador para subrayar lo que faltaba.

Naomi dilató los ojos.

—Las has amputado.

—Ah —exclamó Nathan.

Naomi se removió ligeramente y toqueteó la sábana.

—¿Es ese artículo sobre personas que quieren amputarse alguna parte del cuerpo porque creen que no tiene la forma que debiera tener?

—Y vagan por la tierra en busca de un médico que les corte un brazo o una pierna perfectamente sanos. Un brazo y una pierna.

—O si no se los cortan ellas mismas con una motosierra o una escopeta. Entiendo. ¿Cómo se llama eso?

—Apotemnofilia.

—Ya. Vulgarmente, trastorno dismórfico corporal.

—Amputación psicoterapéutica.

—Trastorno de identidad de los que se mutilan voluntariamente, con un enfoque de bioética. Parece sabroso.

—Hablando de ética —dijo Nathan, acercándose a Naomi con la cámara—, creo que tengo un ramalazo de acrotomofilia. ¿Qué puedo hacer?

—No sé —dijo Naomi con algo de inquietud—. Sólo he entendido lo de «filia».

—Significa atracción sexual por las personas amputadas.

Nathan le hocicó los muslos. Naomi apartó la sábana de golpe y se sentó en la cama.

—Creo que has conseguido darme miedo. —Alargó la mano—. Devuélveme la cámara.

—Oh.

—Yo no toco los temas médicos. Tú sí. ¿Lo recuerdas? Yo trabajo con crímenes. Es más limpio.

—A veces cuesta separarlos. Pero creía que ibas a regalármela. Creía que ibas a apañarte con el iPhone. ¿Lo recuerdas? Así tendría un equipo suplementario.

Naomi chasqueó los dedos de la mano extendida, Nathan le devolvió la cámara y la muchacha se puso a borrar las fotos.

—Creo que no has recogido la pelota y eso sí es un crimen —dijo Nathan.

Naomi bajó de la cama y guardó la Nikon en el maletín. Habló de cara a la pared, dándole la espalda.

—Oye, ¿no tenías que ir a Ginebra para…, para qué era? ¿Una conferencia sobre mutilaciones genitales en el mundo? Francamente, creo que eso es más interesante que lo de las amputaciones. Durante un tiempo hubo muchos artículos sobre eso y luego el tema cayó en el olvido. Es interesante ver lo que ocurre con la información sobre enfermedades, se ponen de rabiosa actualidad y luego se archivan. La política de la mutilación genital, la ablación del clítoris, eso sí que es un tema candente y de actualidad.

—Gracias por el estímulo. Pensaba que mi artículo sobre apotemnofilia iba en esa misma dirección. Pero no importa. El artículo sobre la conferencia de Ginebra se ha cancelado. No, me quedaré en el hotel y terminaré lo del método húngaro, sólo por si en Europa hubiese algo que se me hubiera escapado y tuviese que aprovecharlo. Mandaré aviso a mi agente y le suplicaré vergonzosamente que me consiga algo para el New Yorker…

—Sigue siendo Lance, ¿no?

—Sí, el viejo Lance de siempre. Luego quizá me vaya a Nueva York. Adonde tú no estés.

—Detesto esa parte.

—¿Te refieres a lo del New Yorker?

—Me refiero a que tengamos que despedirnos —dijo Naomi, sentándose en el suelo y jugando con el iPhone, todavía sin mirar a Nathan.

Éste se puso en pie y se apoyó en el alféizar de la ventana.

—Y tú me dejarás tranquilo en otra habitación de hotel —dijo.

Naomi alzó los ojos y dio un respingo, como sorprendida al verlo, como si hubiera descubierto un pájaro exótico posado en la ventana. Le hizo una foto con el móvil, sin flash, utilizando la opción Alto Rango Dinámico.

—Te dejo desolado y tranquilo. Me vuelvo a París.

 

Nathan estaba terminando la comida del servicio de habitaciones. En un sitio llamado escandalosmediaticos.com había una página dedicada al doctor Zoltán Molnár. Su iPhone vibró en aquel momento y respondió.

—Hola, soy Nathan.

—¿Nathan? —dijo una vocecita femenina.

—¿Sí?

—Soy yo, Dunja.

—¿Dunja? ¿Dónde estás?

—En casa. Ya sabes, en Eslovenia.

—Entiendo. —Una pausa engorrosa. La mujer tenía una voz demasiado débil para que Nathan se sintiera a gusto—. ¿Cómo estás?

Dunja tragó aire entre jadeos para darle a entender que había estado llorando antes de llamarlo.

—Nathan, creo que te contagié una enfermedad. Lo siento mucho.

—¿Que me contagiaste? ¿Quieres decir literalmente?

—La enfermedad de Roiphe, Nathan. El doctor Molnár acaba de llamarme para decírmelo. Ha aparecido por casualidad en unos análisis… —La tenue voz se detuvo en este punto, en el aire, ingrávida.

Casi sin pensar o, mejor dicho, porque el pensamiento supone memoria e información, Nathan se puso a buscar en Google la enfermedad de Roiphe y al cabo de unos segundos apareció en la pantalla un listado de referencias. Sus dedos volaban sobre el teclado.

—¿Roiphe? —dijo con voz matizada por el espíritu polémico de la red—. Nadie ha tenido la enfermedad de Roiphe desde 1968.

La voz de Dunja sonó con la contundencia de la lógica irrefutable.

—Hace mucho que sufro inmunodeficiencia y la tengo. Y ahora tú también, creo. Seguramente.

—¿La enfermedad de Roiphe sobrevivió a toda la radiación?

—La radiación no sirve contra la enfermedad de Roiphe.

—No —dijo Nathan—. Lo estoy viendo.

—¿Lo estás viendo? ¿En el ordenador? ¿En Internet?

Una foto del doctor Barry Roiphe en la portada de la revista Time de mayo de 1968. Parecía tímido, un tipo desgarbado, un James Stewart con gafas. El tema de portada decía en chillonas letras amarillas: «Dr. Barry Roiphe: Sexo y Enfermedad». Dunja se puso a sollozar y eran sollozos sonoros, líquidos, globulares. Nathan pensó durante una fracción de segundo que los sollozos procedían del propio doctor Roiphe y su ladeada sonrisa se disculpa se transformó en un rictus de pesar y vergüenza.

—¿Qué fue de él? —preguntó Nathan.

—¿De quién? —dijo Dunja.

—Del doctor Barry Roiphe.

 

Nathan estaba meando y le dolía. Habló con el dolor:

—Ay, joder, ay, mierda, ¡esto duele en serio! Barry, Barry, ¿qué te habré hecho yo?

La orina se debilitó, titubeó y goteó tristemente. Nathan se sacudió el pene con furia y alargó la mano hacia la bolsa de los útiles de afeitar. Sacó una lupa de buen tamaño que tenía un redondel de leds alimentados con pilas, la orientó hacia el lavabo, encendió los leds, apoyó el pene en el borde de loza y se inspeccionó la punta. Le vino a la cabeza la palabra «supurar».

—Joder —murmuró—. ¡Joder, joder, joder!

Al volver abatido a la sala de espera del aeropuerto Schiphol, se sentó con el portátil cerrado mientras otros navegaban con entusiasmo profesional. No había terminado el artículo húngaro, el artículo esloveno, sobre Dunja. La habitación del hotel había empezado a parecerle una sala de hospital, un centro provisional para víctimas de una epidemia. El teléfono sonó con el croar que indicaba que era Naomi. Tendría que pensar en cambiar aquella tonalidad. La de aquella especie de rana en peligro de extinción. Espeluznante, simbólica, algo malo. Abrió el móvil para responder.

—Sí, hola, Nathan.

—Suena a aeropuerto. ¿Estás en un aeropuerto?

—Sí. Me fui temprano. ¿Tú estás en casa?

—Bueno, en el Crillon. No es exactamente mi casa lejos de casa. Es cómodo.

—Apostaría a que sí. Pareces tensa.

En la pantalla del portátil de Naomi había un mosaico de horripilantes fotos en blanco y negro bajo el encabezamiento «Imágenes de la Escena del Crimen de Arosteguy». Se veía el tronco de Célestine Arosteguy, incompleto, porque le faltaban pedazos; media nalga; la zona blanda del ombligo. Huellas de mordiscos por todas partes.

—He vuelto a mi habitación, estoy sola y alucino.

A Nathan le sorprendió que Naomi comentase que estaba sola, porque nunca lo decía; con medios sociales, la red, el teléfono, la cámara, la grabadora nunca parecía sentirse sola.

—¿Sí? ¿Y cómo es eso?

—Bueno, por las fotos oficiales de la escena del crimen de Célestine Arosteguy. Son nauseabundas. ¿Cómo pudo el tipo hacer una cosa así? No puedo creerlo. Es un personaje muy atractivo, pero… No sé. Quizá. Joder. Te mando la dirección de Internet.

—Mejor no. —Una mujer africana llegó con un carrito recogiendo botellas, vasos, latas, periódicos. Se llevó el capuchino de Nathan antes de que éste lo terminase—. No estoy de humor.

Naomi se levantó de la silla y se dirigió a la cama. Se metió bajo el edredón sin desvestirse, sin descalzarse siquiera.

—Necesito que me aconsejes, Than. Tienes que ver este material. No puedo tenerlo en la cabeza yo sola. Es que se comió algunas partes de ella. Bueno, ya lo sabía, pero ahora lo estoy viendo.

Nathan abrió el Air, el modelo de tercera generación sin ranura para tarjeta SD. En realidad era un ordenador heredado de Naomi. Ella necesitaba la ranura. La necesitaba para fotos, sobre todo ahora que aquellas tarjetas se habían vuelto omnipresentes, incluso en las cámaras profesionales. Nathan no se decidía a pulsar el botón de encendido.

—¿Es esta horrible soledad que siento sin ti o es en realidad el duro borde metálico de la añoranza existencial que hay debajo?

—Es el parloteo del aeropuerto.

—Es posible.

—Bueno, cariño, todo es por mí. Procura no salirte por la tangente. Siéntelo.

—Lo siento.

—Pronto estarás otra vez en casa y volverás a sentirte a gusto —dijo Naomi.

Nathan empezó a notar que los demás viajeros desviaban los ojos hacia él. ¿Por qué escuchaban?

—No voy directamente a Nueva York. Me han desviado a Toronto. Ya sabes, Canadá.

Naomi sintió bajo el edredón una punzada de… ¿sería angustia de separación? Su nido no estaba suficientemente habitado. Bajó de la cama y se puso a recoger chismes electrónicos que dejaba encima del edredón conforme los encontraba.

—Pero aún no has despegado. Te mandaré la dirección y el material.

Reconstruido el nido, con sus murallas, su foso y su puente levadizo, volvió a meterse bajo el edredón.

—¿Qué ocurre? ¿Por qué Toronto? ¿Es por el hospital Sunnybrook?

La voz de Nathan descendió algunos decibelios. La paranoia se atrincheró en su cerebro, como siempre que sentía el estremecimiento que acompañaba la germinación de una gran idea para un artículo.

—¿Te acuerdas de la enfermedad de Roiphe?

—Sí, claro. Aquello que acabó con Wayne Pardeau. Pero la eliminaron, ¿no? Se extinguió. Sólo quedaron unas muestras en tubos de acero inoxidable. Después, pas grand-chose, que yo recuerde.

—En sí misma, tal como entendemos las enfermedades, pas grand-chose en última instancia. Pero no se extinguió.

—¿Tienes algo importante en ese sentido?

Nathan contuvo bruscamente la respiración, pero Naomi no se dio cuenta.

—Digamos que es convincente. Tengo algo convincente.

Naomi tenía ya delante las mismas páginas que Nathan había visto —con el Air, no con el viejo MacBook Pro por el momento— y miraba la casa de Roiphe en Toronto con Google Earth. Una mansión de pega de construcción reciente, un pastiche kitsch del estilo victoriano de la peor especie. En fin. ¿Qué podía esperarse? Un viejo médico judío canadiense con algún dinero. Pero bonita calle con árboles.

—Roiphe está allí, ¿no? En Toronto. Y vas a verlo.

Nathan había oído el repiqueteo del teclado de Naomi, pero impulsado por su inexpresable culpabilidad quiso felicitarla.

—Para no escribir artículos médicos lo has hecho muy bien. A ver qué tal esto. ¿Conoces el nombre de pila de Roiphe?

—¿Estamos jugando a Dedos Rápidos o estamos pensando? —Dedos Rápidos era su forma personal de referirse a la sustitución de la memoria y la inteligencia por las búsquedas en Google.

—Demasiado tiempo para encontrar el nombre de pila, imagino.

—En este preciso momento estoy viendo el careto de Barry —dijo Naomi—. James Stewart metido a rabino. El Templo de la Flor Sagrada o algo así en mi pasado toronteño. ¿Conoces el nombre de pila de Alzheimer? Sin dedos.

—Claro: Alois. Pero ¿sabías que el ayudante de Alzheimer era el Creutzfeldt de la enfermedad de CreutzfeldtJakob? Ya sabes, la versión humana de la enfermedad de las vacas locas. Más o menos.

—Había olvidado a qué te dedicas.

Nathan, que ya empezaba a maquinar cosas —y sus maquinaciones se producían cuando le explicaba algo a Naomi, lo cual formaba parte de su intimidad, aunque no le preocupaba si el proceso no funcionaba en sentido contrario—, se inclinó hacia el enmoquetado de la sala, acercando el móvil al suelo. No quería que le leyeran los labios.

—¿Qué pasaría si ese tipo, Barry Roiphe, el tipo que ha dado nombre a la enfermedad, qué pasaría si tuviera la suerte de descubrir otra enfermedad reciente? ¿La llamarían enfermedad de Roiphe 2?

—¿Eso sería tener suerte? —Naomi saltaba de una cosa a otra, en la mano izquierda tenía el iPad y bajo la derecha el teclado del Air, las dos máquinas conectadas a la red, y mientras tanto recibía jugosos mensajes en el iPhone. El más jugoso: «Saludos desde Tokio, Naomi. Aquí tienes la dirección de e-mail que querías: hmatsuda@j.u-Tokyo.ac.jp. Hablaremos pronto». El avatar que aparecía en la ventanilla del mensaje era una foto real de una agraciada joven japonesa, enmarcada como un retrato a la antigua; en la base del marco había una placa de bronce en tres dimensiones con una firma: «Besos, Yukie».

Nathan también saltaba de una cosa a otra y en aquel momento estaba enfrascado en una conversación imaginaria con el doctor Barry Roiphe.

—Que su concreto campo de estudio toque una fibra pública ayuda a conseguir becas de investigación, ¿verdad?

—¿Es eso? —dijo Naomi—. ¿Va a ser ése tu anzuelo? ¿Enfermedad de Roiphe 2: La secuela? —Naomi nunca era cruel adrede, sólo cuando la atacaban, pero cuando navegaba su atención se diluía en el desdén. Nathan, sin embargo, quería promover su artículo de cara a Roiphe, no de cara a Naomi.

—Pero es un anzuelo estupendo. Quiero decir que se trata de la fama médica y de todo lo que acarrea. Se trata de la política de las subvenciones médicas, del control de la derecha religiosa, etcétera. Se trata de tener un nombre tan conocido que llegue a inspirar más temor del que inspiró el de Creutzfeldt. ¿Qué clase de hombre querría una fama así? ¿Se deprimiría si se encontrase una cura y su nombre desapareciera de los titulares?

—Es factible. ¿No será demasiado sensacionalista? ¿Lo has colocado ya?

—Es otro trabajo especial. Autofinanciado. A mí me parece que encajaría bien en el New Yorker. En «Anales de la Medicina», ¿no crees?

—Siempre dices lo mismo.

—Esto es diferente.

—Y tiene algo que te tira.

—Algo. Será eso.

Incitada por el mensaje de Yukie, Naomi se había olvidado inmediatamente de Roiphe y había localizado más páginas sobre la escena del crimen de Arosteguy, todas turbias y con tufillo a infección vírica y a falsos URL rusos y chinos. Que las páginas fuesen morbosas y violentas parecía lógico, incluso raramente tranquilizador. Como si sus pensamientos pasaran directamente de las yemas de sus dedos a la pantalla táctil, el iPad (ella lo llamaba El Sucio) le puso delante un primer plano de la cercenada cabeza de Célestine, que estaba en el pequeño frigorífico de la casa de los Arosteguy.

—Ay, joder —dijo Naomi—. Acabo de pillar otra atrocidad del caso Arosteguy, pero creo que son fotos hechas por el propio asesino. No veo en ellas el menor rastro de los técnicos de la policía. Pero ¿quién las habrá subido? Te mandaré también esta dirección.

Nathan se puso en pie y se estiró. En el vestíbulo sonó algo parecido al anuncio de un vuelo. No era el suyo, pero mantuvo un poco alejado el teléfono, para que el micro recogiera el eco metálico y hubiera más autenticidad, y volvió a acercárselo a la boca. La disonancia de la enfermedad le estaba afectando.

—Bueno, ya las miraré en Toronto. Tengo que irme ya. Están anunciando mi vuelo. Te adoro. No te vengas abajo.

—Je t’adore aussi. —Naomi tocó el botoncito rojo de Fin y al instante volvió a casa de los Arosteguy.