Consumidos
Capítulo 7
7
La puerta del dormitorio de Nathan se abrió un centímetro, dejando entrar una franja de luz que atravesó su cara y lo despertó lleno de confusión, todavía soñando que era un niño y tenía los calzoncillos blancos en la cabeza para que su pelo mojado no empapase la almohada, un acuerdo alcanzado con su madre, que solía recordarle que debía bañarse antes de irse a dormir. Cuando despertaba, los calzoncillos —gastados y deshilachados, con el elástico visible en la cinturilla— habían desaparecido como por arte de magia y su pelo estaba seco, como en aquellos momentos. La inefable dulzura de aquel sueño impregnó, del modo más estrafalario y menos indicado, la siniestra sombra que apareció en la entrada de la habitación, titubeó y acabó deslizándose elásticamente entre la jamba de la puerta y la cómoda. Cuando la sombra llegó junto a Nathan, se fundió líquidamente con el perfil de Roiphe, que se movía cómicamente de puntillas.
—¿Nathan? ¿Está despierto? —La dulzura se retiró inmediatamente al contacto de la voz nasal de Roiphe, dejando en su lugar una mezcla de resentimiento y ansiedad, que era, como bien sabía Nathan, su reacción por defecto ante Roiphe.
—No del todo —dijo Nathan—. ¿Tengo que estarlo?
—Bueno, despierte y coja la cámara —dijo Roiphe—. Pensaba esperar hasta disponer de más tiempo, pero ha ocurrido ya, así que sorprendámoslo en medio del diluvio.
—¿Diluvio?
Roiphe cabeceó con cierta exasperación.
—Es el momento de observar las costumbres nocturnas de una criatura extraña. Vamos, chico, levántese.
La impresión de ser un niño que se levanta de una cama infantil quedó materialmente fortalecida por el hecho de ir en pijama y calzar zapatillas, cosa que jamás había hecho en su vida adulta. Las zapatillas eran las blancas zapatillas del Hôtel de Crillon, con el elegante monograma de la C dorada, con folículos y con corona, que le había dado Naomi, que, obviamente, sabía que él iba a hospedarse en lugares donde no daban zapatillas gratis; el pijama de franela de rayas, de tipo vulgar, con grandes botones blancos de plástico, lo había comprado el mismo Nathan en los grandes almacenes Hudson’s Bay, intuyendo que lo tiraría en cuanto dejara de hospedarse en la Pensión Roiphe. La sola idea de dormir desnudo en aquel sótano, debajo de aquel delgado y crujiente edredón acrílico le revolvía las tripas. Sin embargo, fueron el pijama y las zapatillas, los artículos protectores, los que lo transportaron a un lugar inesperado y singular, mientras seguía a Roiphe por la casa a oscuras, en la que parecía haber lámparas encendidas en los rincones más imprevistos y pícaros. Mientras subía con las zapatillas del Crillon, flojas y sin talón, por la escalera de teca, aferrado al pasamanos de la barandilla de hierro —también con folículos, de un falso estilo art nouveau—, Nathan oyó que Roiphe le susurraba que las habitaciones del segundo piso, a las que se dirigían, se habían construido «contra las reglas». La trampa había sido dejarlo sin paredes y sin terminar hasta después de realizada la inspección final del ayuntamiento y luego hacer que las habitaciones aparecieran ante los primeros compradores de la casa milagrosamente terminadas con toda su esplendorosa y abuhardillada gloria en calidad de «espacio de trabajo arquitectónico». Espacio en cuestión ocupado ahora únicamente por Chase Roiphe. Pero Nathan iba calzado asimismo con los mocasines de su infancia y bajaba las escaleras alumbrado con la luz de las potentes linternas Eveready, de aluminio cromado, que empuñaban él y su frágil y delgaducha hermana Shelley, con intención de registrar, antes del amanecer, la salita de la casa, en la que era casi imposible moverse por culpa del piano vertical y un árbol de Navidad decorado con multitud de objetos comerciales y ninguno cristiano: latas de caramelos, renos, elfos, espumillones, nieve hecha con algodón en rama, estrellas comestibles. Al pie del árbol, como es natural, había regalos de todas las formas y tamaños y ellos eran el objetivo de aquella aventura. Nathan había escrito un telegrama al Polo Norte, para Santa Claus, y el bueno de Claus había respondido del modo más satisfactorio.
Un rato después estaban sentados en la cocina, una situación retorcidamente apropiada, pensó Nathan. La isla central, cuya encimera de granito, vasta e inmaculada, sólo se veía interrumpida por un sobresaliente fregadero doble de acero inoxidable, aportaba espacio de trabajo clínico suficiente para obtener lo que Roiphe, meciéndose pélvica y rapsódicamente en su taburete de delicadas patas metálicas, llamaba «nuestro primer informe estratégico». Nathan estaba junto a él, en un taburete idéntico, sin mecerse, con el portátil en la encimera, delante de los dos, repasando las fotos que había hecho durante la última hora. Los catorce relojes digitales que había en la estancia, desde el del MacBook Pro hasta el del congelador del frigorífico Sub-Zero, pasando por el del horno Wolf, el del calentador Jenn-Air, el de la cámara de Nathan (que estaba al otro lado del portátil) y el de pulsera del propio Roiphe, una cosa horrenda, barata y de plástico, marcaban aproximadamente la misma hora, entre las 4.06 y las 4.09 de la madrugada.
—Hijo, aquí puede ver a qué nos enfrentamos. Con qué bregamos.
—En realidad no —dijo Nathan—. Francamente, estoy conmocionado. Con eso estoy bregando.
Roiphe se las apañó para hacer coincidir con el balanceo del taburete unos movimientos rítmicos de cabeza en señal de que lo comprendía.
—Ajá, ajá, eso lo entiendo. Y eso es lo que estamos haciendo aquí en este momento. ¿Quiere un vaso de agua fría? ¿Café? ¿Otra cosa?
—No, gracias, estoy perfecto.
—«Estoy perfecto», tiene gracia. A mí me hace gracia. Nosotros nunca nos hemos expresado así. Nosotros diríamos «estoy bien». Pero actualmente se dice «estoy perfecto». Entonces, ¿qué estamos mirando? ¿Qué ha ocurrido? ¿Qué ha visto usted? ¿Qué ha fotografiado?
—No acabo de creerme lo que estoy mirando —dijo Nathan, removiéndose un poco en el taburete. El cojín de plástico con flores estampadas se le estaba escurriendo por el borde trasero izquierdo y trataba de centrarlo con las nalgas sin prestar mucha atención.
—Creo que debería expresarlo con palabras. Dígalo de un modo sencillo y directo y enseguida llegaremos a alguna parte. —Roiphe seguía asintiendo con la cabeza y meciéndose, pero ahora con una mirada ferozmente intensa que era inconfundiblemente masturbatoria, incitando a Nathan a llegar a un oscuro orgasmo revelador que en su sentir estaba fuera de su alcance. Nathan decidió expresarlo de un modo sencillo y directo.
—Chase, su hija, se estaba arrancando trozos de carne con un cortaúñas. Ponía los trozos en platitos infantiles de juguete, de plástico, y luego se los comía con cubiertos infantiles de juguete.
—Ajá, ajá. ¿Y cuál cree que era su intención al hacer eso? ¿Lesionarse? ¿Infligirse dolor? ¿Castigarse?
Nathan se preguntó si Roiphe era consciente de que estaba grabando la conversación con la GarageBand del MacBook. Estaba funcionando en el Escritorio 2, así que la aplicación no era visible (aunque estaba sólo a una pulsación de distancia), así que quizá pudiese interpretarse como un acto furtivo semiconsciente. A semejanza de los relojes, había dispositivos grabadores por todas partes; todo se grababa en todo momento, como un gigantesco e infernal sistema de backup en una Mac Máquina del Tiempo que creara backups de backups hasta el infinito. ¿Quién pondría todas estas grabaciones? ¿Quién haría la selección como si fuera el superviviente de un horrible bombardeo que buscara los harapos que llevaba antaño su madre muerta y desnuda? Aún no sabía hasta qué punto deseaba que Nathan Math fuera un personaje de Consumidos. La colaboración, aunque su intervención en cada diálogo con los Roiphe —¿y quién sabía quién más?— aportaría al menos un contexto que en última instancia podría tener consecuencias legales, dadas las rarezas que estaban saliendo de la vida y práctica de Roiphe.
Estaba cargando las fotos en Lightroom, que le permitía fácilmente manipular su calidad mientras él y Roiphe las repasaban. Podía oscurecer partes aparentemente veladas para dejar al descubierto sorprendentes detalles de expresión y hacer visibles sombras congestionadas que descubrían actitudes atormentadas; luego las manipularía como arte fotográfico, las retocaría para acercarlas a significados aún no evidentes, aunque no se las imaginaba ilustrando su ilusorio libro común. El artículo para «Anales de la Medicina» poseía más realidad futura, aunque también éste era inestable, rielante, titilante, convertible quizá en un artículo para «Anales de la Psicopatología», en los que no se permitían fotos. Manipulando las fotos experimentaba por enésima vez el fenómeno de la no presencia, de la no existencia auténtica del fotógrafo durante el acto de fotografiar; sólo al repasarlas el acontecimiento fotografiado se volvía experiencia, como el precipitado que se formaba cuando se echaba un cristal de acetato de sodio en una solución hipersaturada. Pero es que la experiencia estaba amortiguada por la foto, el objetivo, la cámara y la respuesta del ojo-cámara a la luz, y a eso estaba reaccionando Nathan en aquellos instantes. No estaba seguro de haber visto realmente ninguno de aquellos acontecimientos con sus ojos de verdad, sensación agudizada por el chasquido del obturador y el espejo, que aún oía mientras miraba las fotos; el sonido se había convertido en parte de su interpretación, aunque Chase en ningún momento había parecido reaccionar ante él, ni que lo hubiera oído siquiera.
Nathan era muy consciente de estar mirando fotos de una mujer desnuda con su padre al lado y también mirándolas. Cierto que Roiphe estaba resultando un padre inusual, pero algunas fotos eran, por pura casualidad, retorcidamente eróticas, y Nathan pensaba que por muy detallados y sutilmente calibrados que estuvieran los filtros emocionales de Roiphe, no podía dejar de advertirlo. No es que hubiera detectado —al menos todavía— la presencia de algún indicio de incesto en el pasado de ambos, pero Nathan se sentía, no sin turbación, como si su innegable y creciente deseo por Chase equivaliese a un incesto, dado que el padre, que estaba allí con él, casi codo con codo, echándole el aliento en la mejilla con la intensidad de un viejo excitado mientras él buscaba en la pantalla signos de algo oscuro, de algo quizá sublime, sin duda lo estaba oliendo. Una vez más se trataba de aquel paradigma de la experiencia retroactiva: Nathan no había percibido nada de aquella naturaleza mientras hacía las fotos, tan absorto estaba en la mecánica de hacerlas, pero ahora, al mirarlas con Roiphe mientras éste le indicaba las ampliaciones, los alejamientos y el paso de las imágenes con urgencia quirúrgica, la desnudez muscular de Chase, que ponía al descubierto la escala masiva de su macroscópica automutilación (casi cada centímetro cuadrado de su piel había sido atacado como por enjambres de simúlidos y las heridas estaban agrietadas y rezumantes o con costra), le despertaba fantasías inquietantes. ¿Se acordaba Roiphe, al ver el cuerpo de Chase, del cuerpo de su difunta esposa? (de soltera Rose Blickstein, según el artículo de la Wikipedia sobre el doctor). ¿Le inspiraba alguna agridulce nostalgia sexual, alguna incestuosa melancolía?
—Parece sentirlo, digo el dolor —dijo Nathan—. Lo veo ahí, por ejemplo en esta foto. Siente el dolor, siente la textura de su piel mientras el metal de la boca afilada le separa las células, le corta las capas cutáneas y el tejido que hay debajo. Pero el dolor le produce una extraña risa silenciosa…, fíjese aquí, no es sutil que digamos. Así siente el dolor, pero es que lo desea, lo busca, como una culturista quiere el dolor y va tras él.
—¿Contenta de ser castigada? ¿Búsqueda de castigo?
—¿La culturista?
—A la mierda la culturista. La chica.
Nathan amplió la foto que tenían delante. Mientras se cortaba había éxtasis en su rostro, no autocompasión, no placer masoquista. Pero ¿por qué éxtasis? Los elementos rituales de su trance —¿una clásica fuga?— eran complejos y narrativos; sí: contaban a Chase una historia consoladora. Nathan daba forma al artículo mientras reaccionaba. Le habría gustado grabar aquellos pensamientos, verbalizarlos para la GarageBand, así no los olvidaría, pero no se sentía suficientemente cómodo con Roiphe para que la colaboración llegara a aquellas intimidades y no quería quedar expuesto a los sarcasmos e ironías del viejo.
Pasó a las fotos de la comida, todavía en formato ampliado. Había más personas con ella, por así decirlo, personas que compartían los diminutos pedazos de carne propia que había repartido en cinco platitos decorados con mariposas y conejos. Parecía representar varios papeles, a varios personajes que iban de plato en plato y comían refinadamente de uno, toscamente de otro, vorazmente de otro. Gracias a los reflejos del flash en techo y paredes había conseguido primeros planos de los platos, la tetera y las tazas, de las magdalenas de plástico con baño cambiante de vainilla, chocolate y fresa (todos los baños rematados por una convincente cereza roja con hoyuelo), y de los brillantes tenedores y cuchillos de colores primarios. El reflejo había amortiguado el calor de las paredes de terracota y peinado la cubertería y la vajilla de aquel té clandestino con una suave luz rojo ladrillo, introduciendo un siniestro dramatismo en los inocentes juguetes infantiles, con sus sombras fugaces, y poniendo de relieve las rebanadas de carne, con sus manchitas de sangre y todo, que de otro modo habrían quedado ahogadas por los brillantes colores de los plásticos de Fisher-Price.
Pero eran las manos lo que magnetizaba, las manos de Chase, con aquellos dedos largos y fuertes y aquellas uñas paradójicamente perfectas, manos desproporcionadas en comparación con el juego de té infantil y que en consecuencia parecían, iluminadas desde arriba, monstruosas cuando recogían delicadamente los pedacitos de carne y los llevaban a la boca abierta, a la lengua estirada y expectante. Muy cerca de ella ya, Nathan se había puesto nervioso al desviarse de la mesa infantil para seguir la trayectoria de las manos —la muchacha alternaba la derecha y la izquierda, como si recogiera moras de una zarza delirantemente fecunda—, aunque el ímpetu gráfico lo condujo muy pronto a la cara, que parecía hinchada a causa de la excitación contenida. Cuando Nathan pulsó a medias el disparador del obturador, de la base del flash brotó una rejilla de láser rojo que permitió a la cámara enfocar con poca luz. Enjaulada por aquellas rayas rojas, la muchacha parecía una criatura salvaje, como una lobezna cazada en un lejano bosque boreal por una cámara para animales que se disparaba sola. Apenas parpadeó ante el brutal relampagueo que siguió al enfoque; la luz cegadora, ahora directa, puso al descubierto las encostradas muescas abiertas en el cartílago del extremo superior de las orejas, normalmente ocultas por el pelo, en aquel momento apartado de la cara y recogido con un pasador de plástico, cuyos largos, curvos y engranados dientes hicieron pensar a Nathan en un atrapamoscas cerrado. En opinión de Nathan, la muchacha sabía bien lo que hacía, pues sus actos no estaban exentos de cálculo, ya que evitaba cortarse la cara y las manos —¿cómo las habría tapado?—, así que ¿dónde estaba su mente en aquel preciso instante? Su cara, ahora en primer plano en la pantalla, hermosa y terrible, utilizaba el éxtasis como una máscara y un escudo. ¿Qué había detrás? Y mientras tanto hablaba, hablaba por los personajes invisibles que se sentaban alrededor de la gruesa mesa redonda de plástico, de color verde y blanco, y hablaba sin que se la oyera, arrastrándose de rodillas alrededor de la mesa, moviendo las sillas para poder adoptar cada punto de vista con distinta cara pero coherente vehemencia.
«Vale. Ahora es cuando interviene mi cura. Siga haciendo fotos», había dicho Roiphe. En las fotos que repasaban ahora Roiphe aparecía parcialmente iluminado por la lámpara Hello Kitty de la mesilla de noche del rincón, que había encendido para desplegar la bolsa de pana gris con artículos de perfumería de la clase preferente de Air Canadian, que había llevado en el bolsillo del albornoz de velvetón azul marino. Se había arrodillado junto a la abstraída Chase y recorría intrépidamente todas las heridas recientes para desinfectarlas con alcohol y Polysporin, que aplicaba con ruda precisión.
«Ni se da cuenta de que estamos aquí, muchacho. Ya se habrá percatado, ¿no?», había dicho Roiphe mientras trabajaba. «Ya ve que puede moverse a mi alrededor como si yo no existiera. Una bonita pieza de danza moderna». Nathan había captado parte de aquello con la cámara y, al mirar las fotos de Chase esquivando a su padre con lentitud, como si ejecutara una variante exótica de tai chi, lamentó no haberlo filmado.
«Es muy coherente en la organización de su delirio. Ha terminado de cortar, servir y comer, y ahora viene la curiosa parte social en que habla con sus invitados sin decir nada».
«¿Y cómo termina?», había preguntado Nathan, todavía haciendo fotos, todavía buscando el ángulo evocativo, a veces obligando a Chase a esquivarlo a él también. (El brazo de la joven le rozó la mano en determinado momento y estaba frío como el hielo, aunque la habitación estaba caldeada). Terminó cuando Chase se puso en pie, se dirigió a la cama infantil de tubos metálicos y lona que había en el otro extremo de la habitación, se acostó con cara inexpresiva y se tapó con unas sábanas de ositos estampados y dos mantas de Hudson’s Bay. Las imágenes del momento en que se alejó de Nathan (con luz reflejándose nuevamente en las terrosas paredes) realzaban su larga cintura, las nalgas musculosas y caídas y las piernas cortas y atléticas, una combinación que Nathan había encontrado siempre muy persuasiva, aunque contrastaba con la constitución de Naomi, de cintura corta y piernas largas y delgadas.
—No creo que el castigo tenga nada que ver en esto, Barry. Creo que está reviviendo algo, algo que ha sido colectivo. Y ella interpreta todos los papeles. — Nathan estaba apoyado en los codos, hablando más con la pantalla que con Roiphe. De todos modos, se enderezó y se volvió hacia el otro hombre—. ¿Qué puede haber sido esa ceremonia colectiva?
Roiphe dio un bufido y se quitó las gafas con ambas manos, liberando sus ojos azul turquesa con deliberado efecto dramático.
—¿Por qué no se lo pregunta a ella? —dijo.
Naomi y Arosteguy tomaban la comida que éste había preparado. La vajilla era espartana y vieja, pero la comida propiamente dicha tenía buen aspecto. Mucho sake caliente, que se servían con entera libertad. Comían con palillos y estaban sentados en el suelo, ante la mesa baja. La cámara de Naomi estaba junto a su bandeja, robusta, negra, mate, como un gato meditabundo. La grabadora estaba al lado de la cámara, con los leds volumétricos titilando a tenor de lo que se decía, y el micro, semejante al pico de un colibrí, orientado hacia el techo. Su gato y su pájaro la cuidaban, pensó, y al pensarlo cayó en la cuenta de que estaba bebiendo demasiado.
—Por favor, no se fije en la decoración. Nada de la casa me pertenece. Estuvo vacía mucho tiempo. Tokio es una ciudad muy cara. —Arosteguy sirvió más sake para los dos—. Me encanta el sake caliente. Es todo un hallazgo crear una bebida con la temperatura del cuerpo. —Cabeceó—. Los japoneses. Temidos por Occidente durante tanto tiempo y ahora se desvanecen en su querido sol naciente. O poniente. Primero militarmente, luego económicamente y ahora sólo gastronómicamente. Y yo necesito ser japonés en una época en que todo el mundo quiere ser chino. Los chinos llaman a los japoneses «los pequeños». Me lo han contado. Podría tener que ver con la miniaturización de la especie isleña. Debo hacer un estudio.
—¿Por qué necesita ser japonés? —dijo Naomi, apretando los palillos uno contra otro y dejándolos en el plato. Volvió a empuñarlos de cualquier manera y se las arregló para rescatar una gamba.
—Ya no puedo ser francés y nunca he sido griego, salvo por nostalgias filosóficas y familiares. Así las cosas, ¿qué puedo ser? Un fugitivo. Satisface mi sentido dramático, pero me destroza los nervios.
—Debe de sentirse solo aquí.
—Me sentía solo en París.
—Même avec Célestine? Perdón. ¿Incluso con Célestine?
—Ésa era la base de nuestro amor. Nuestra soledad. Nuestro aislamiento.
—Pero ¿también ahora que ella ha desaparecido? ¿No hay ningún cambio?
—Ahora… estoy solo. Es diferente.
Naomi empezaba a concebir la embriaguez común como una especie de acuerdo, un contrato, con cláusulas que lo permitían casi todo, por lo menos a nivel verbal. Se sentía vertiginosamente temeraria.
—Monsieur Vernier, le préfet de police, parece creer que es usted inocente, que no cometió el asesinato. —Era como si se sintiese obligada a espolvorear la conversación con palabras francesas, pero no sabía por qué. En realidad no quería incitarlo, aunque Arosteguy no parecía tener problemas con el idioma, por el momento.
—¿De veras? —Arosteguy dio un bufido, una especie de carcajada breve y tensa que habría podido pasar por una expresión de lástima de sí mismo. Hasta entonces había parecido inmune a aquello—. Me temo que he perdido el contacto con el caso. Lo cual me sorprende. Es como si perteneciese a muchos otros, pero no a mí. A usted, por ejemplo. Es más asunto suyo que mío.
—Lo llamó asesinato por compasión. ¿Le parece interesante?
—¿Un asesinato por compasión seguido por una cena exquisita, quizá? A los franceses les gusta el cine francés. Espero sentir pronto vibraciones de Hannibal Lecter y quizá entonces me preste a que me fotografíen con Sir Anthony Hopkins, tal vez en el pequeño restaurante del Hôtel Montalembert.
—¿No quiere su ayuda?
Arosteguy se encogió de hombros como una muestra de desdén muy personal.
—Es un policía. Y no sólo de París. La policía de París es policía nacional. Piense en el mundo en que vive.
Naomi se desplazó del cojín y medio se deslizó hacia la bolsa de la cámara. Sacó el iPad, volvió al cojín y se puso a pasar las páginas del «Cuaderno de notas» hasta que encontró las palabras y las fotos de Monsieur Vernier y la Jefatura Superior de Policía en l’Île de la Cité.
—Me dio un mensaje para usted.
—¿En serio? ¿Sabía que vendría usted a verme? ¿Habló con usted y sus palabras le entraron en los oídos, sabiendo eso? Es como si estuviera aquí en persona. Muy extraño. Hablamos de Schopenhauer en tres ocasiones, Auguste y yo, en un programa de televisión, Des mots de minuit. Parece estar obsesionado por Schopenhauer.
Naomi leyó las notas:
—«Dígale que llevo a cabo una investigación filosófica inducida por su caso y que quiero que me ayude con ella como buen profesional y académico. Para ello debe volver a Francia».
Arosteguy se introdujo en la boca un puñado de fideos y gambas con un floreo teatral de los palillos.
—Usted me ve comer…, fíjese, ¿lo ve?…, y parece un acto normal. Pero, para mí, comer ya no es lo mismo que antes. Después de aquello no pude comer durante una semana. Apenas probaba el agua. Casi me morí aquí en Japón, un país extranjero, se mire como se mire. Pero en cierto modo fue la misma cualidad extranjera la que me permitió desligarme de Europa, de Francia, de la red del llamado crimen.
Naomi dejó el iPad en el suelo, junto a ella, y picoteó en su plato, muy consciente ahora de los movimientos de sus labios y su lengua, de las mandíbulas, los dientes, el tragar, pero esforzándose por volver a la inconsciencia habitual.
—Pero se ha recuperado totalmente.
—Sí. Creo que ya lo ha comprobado usted. Hay una fuerza vital básica que se manifiesta incluso en mí. Es burda y despiadada, y cuesta vencerla.
—¿Por qué dice «incluso en mí»?
—La arrogancia del intelectual. La fantasía de que tenemos más pelotas en el cerebro que la mayoría de la gente. Pelotas para hacer juegos malabares.
Antes de responder, Naomi hizo un esfuerzo para tragar la gamba más grande que le quedaba en el plato.
—Así pues, Ari, ¿admite usted que comió la carne de su esposa, Célestine? — Casi se atragantó con la palabra «carne», pero se las arregló para transformar el momento en una pausa dramática que le permitió pillar unos cuantos fideos que acabaron por caer en el plato—. Monsieur le préfet me dijo claramente que no se había demostrado nada, ni eso ni que hubiese sido un asesinato.
Arosteguy inhaló una profunda bocanada de aire que exhaló totalmente, como si se preparase para algo especial.
—Digamos que el tema del canibalismo conyugal se exageró en los medios hasta el extremo y hasta adquirir una realidad que no tenía ninguna conexión ni con mi vida ni con la de Célestine. Yo caí en esa realidad, fui amortajado con ella hasta que acabó siendo mía, hasta que mis pensamientos y emociones fueron desplazados por los que llegaban de la televisión, los periódicos, las múltiples fuentes de Internet, los YouTubes, los Twitters, y sí, incluso de las radios de los coches y los programas de entrevistas, y naturalmente de la gente que circulaba por las calles, en autobús, en metro. Dejé de ser dueño de mi pasado reciente y de mi pasado remoto, de mi historia. He sido colonizado, invadido. He tenido que dejar mi cáscara en París para que se seque y se marchite, y he tenido que convertirme en otra persona en otro lugar. Ser japonés o, si no resulta, y no parece que resulte, convertirme en un exiliado, un ser aislado y marginado. Y tengo experiencia en eso.
—No ha respondido usted a la pregunta. ¿La responderá en el libro que está escribiendo?
Arosteguy se echó a reír.
—El libro es una especie de meditación sobre la filosofía del consumismo. Como es de esperar, tengo un nuevo punto de vista al respecto, aunque en cierto sentido no difiere del mío habitual. El consumismo… —Cabeceó, rio por lo bajo y miró a Naomi con tal intensidad que la muchacha se estremeció—. Entiéndame, todo lo que tiene que ver con la boca, los labios, con morder, con masticar, con tragar, con digerir, con ventosearse, con cagar, todo se transforma cuando hemos vivido la experiencia de comernos a una persona que nos ha obsesionado durante cuarenta años. —Sonrió—. Lógicamente, cada una de esas cosas pasa a ser un chiste en la imaginación popular, que rápidamente se convierte en la única imaginación que existe: la mediática. Ya he visto los chistes de Internet. Algunos son muy inteligentes, muy divertidos. Hay también chistes gráficos, incluso dibujos animados.
—¿Por eso colgó usted las fotos del cadáver medio devorado de su mujer? — preguntó Naomi, conteniendo el aliento—. ¿Para acabar con los chistes? ¿Para que el discurso volviera a la realidad humana?
Arosteguy dejó los palillos y rodeó la mesa a cuatro patas. Se arrodilló junto a Naomi, le acercó la boca al oído izquierdo y le habló susurrando, aunque su voz, de algún modo, sonó más clara y fuerte que un susurro.
—Si quiere entenderlo, debe probar esta boca, la boca del caníbal, la boca de los mil mordiscos, de las mil atrocidades humanas.
No la tocó, no la mordió y después de muchos segundos de parálisis, Naomi se vio obligada a volverse hacia él, con la boca entreabierta, con una palabra a medio formar suspendida entre los dientes. Arosteguy pegó su boca a la de la joven. En realidad no fue un beso, sino más bien como poner la tapa en un frasco. Naomi sintió un terror repentino. No se atrevió a moverse. Arosteguy empezó a inhalar y exhalar el aire de los pulmones de Naomi. Ella no tuvo más remedio que respirar en sincronía con él. Esperó su lengua, sin saber cómo reaccionaría cuando la sintiera, pero no llegó. El hombre apartó la boca y se dejó caer junto a ella.
—Qué lamentable —dijo con un gruñido—. Qué triste. Cuánto cliché. Uno puede ser muy aficionado al cine, a la literatura universal, a los clásicos, pero cuando se encuentra interpretando una escena clásica, no se siente ennoblecido, vinculado a esa grandeza. Se siente… digno de lástima.
Naomi quiso preguntarle qué película u obra literaria creía él estar repitiendo en aquel momento, pero tenía miedo de hablar y en consecuencia reinó el silencio y sólo alcanzó a oír la trabajosa respiración del hombre, pero no la suya. El hombre habló entonces como si estuvieran en medio de una conversación que ella, sin saber por qué, no hubiera oído empezar.
—Hay otras fotografías que no has visto. Te las enseñaré si follas conmigo. Te las regalaré. Abundantes y preciosos archivos digitales. Son muy fuertes, te escandalizarán y serás una estrella. Pero necesito que seas mi amante un tiempo, mi amante japonesa.
—Yo…, profesor, yo…
—Ari. Así debes llamarme. Aristide pasa a ser Ari. ¿No quedamos ya en eso? No, la verdad es que apenas pronuncias mi nombre. ¿Te da asco sentirlo en la boca? ¿Sabes? Sagawa, el caníbal japonés, que aún vive en Tokio, decía que el culo de la holandesa sabía a atún preparado para hacer sushi. Basta una cosa así para que las holandesas que visitan Japón corran peligro. Aquí se le considera un héroe trágico, una celebridad mediática. Un artista. Ya me imagino las colas de japoneses esperando la llegada de los autobuses turísticos holandeses, todos con el maguro bōchō de la casa Suisin afilado y preparado. —Tomó un sorbo de sake y murmuró entre dientes una ocurrencia de última hora—. Por supuesto, la chica era holandesa, lo cual significa que el hecho no fue tan delictivo. Incluso podría decirse que fue digno de elogio.
La mención de Sagawa, en quien Naomi había pensado inicialmente como en un astuto trampolín para potenciar su artículo, la llenó de horror en aquellos instantes. Era tópico, vulgar y nauseabundo, y se le hacía difícil ver físicamente a Arosteguy. La cara que ponía…, empezaba a parecer realmente japonés.
—Ari…, no puedo hacer lo que me pides —dijo con calma, con la esperanza de proyectar amabilidad y sentido de la reflexión, aunque allí no había nada que reflexionar—. No puedo.
Arosteguy se puso en pie tambaleándose y se quedó allí, delante de ella, mirándola desde arriba y llenando la habitación con su cólera.
—¡Entonces vete! ¡Vete, vete! —gritó. Dio un puntapié a la mesa, levantándola unos treinta centímetros. La mesa cayó ruidosamente y la comida, la cámara y los platos rodaron por el suelo. Arosteguy se fue corriendo escaleras arriba y Naomi se quedó temblando, con los ojos dilatados y llenos de lágrimas.
Huyó de la casa arrastrando el maletín de la cámara, con el contenido guardado de cualquier manera y con los bolsillos exteriores sobresaliendo de un modo enfermizo, con cables colgando y sacudiéndose en los compartimentos mal cerrados. El ímpetu la llevó al centro de la calle, a oscuras, sucia y desierta. Asustada, bloqueada y agudamente consciente de su embriaguez a causa de su incapacidad para percibir bien las distancias, se volvió a derecha e izquierda en busca de un taxi. No vio nada ni a nadie, excepto a Arosteguy, que había salido de la casa con total indiferencia y se acercó a ella como si nada hubiera ocurrido, hablándole como si continuaran una conversación subliminal sobrentendida que tuviesen que concluir. Le cogió el brazo con suavidad, para sostenerla, no para tirar de ella.
—Hacíamos el amor con frenesí y desesperación, como si pudiera hacerla mía y librarla de la muerte —dijo con voz calma—. Pero no pude. Iba a morir de todos modos. Su cuerpo estaba transformándose. Tenía hinchazones, ganglios, bultos, erupciones. No tuve más remedio que cambiar mi sentido de la estética sexual para adaptarme a su nuevo cuerpo. Necesitaba que siguiera siendo hermoso para mí, aunque cambiaba de un día para otro, de hora en hora. Al final, cuando ya no podían producirse más cambios, los dos quisimos que muriera en mis brazos, haciendo el amor, no jodida por una docena de tubos de plástico en un hospital. Ideamos un plan y lo llevamos a cabo.
Se inclinó para coger el asa del maletín de la cámara, todavía sujetándola por el brazo, y volvió con ella hacia la casa, hacia la puerta abierta de par en par, hacia el débil chorro de luz que bañaba las desastrosas plantas del jardín. Naomi se dejó llevar.
—La estrangulé mientras hacíamos el amor. Los ganglios hinchados de su cuello dificultaron la operación, pero la hicieron más exótica. Ya sabes que orgasmo, en francés, se dice petite mort, pequeña muerte. Y para John Donne, el poeta metafísico inglés, «morir» significaba correrse, tener un orgasmo. Fue el momento más intenso y exquisito de mi vida. Un momento del que es imposible recuperarse. La besé mientras moría. Sus ojos desbordaban de amor y gratitud. Su último aliento entró en mis pulmones como una tórrida brisa tropical.
Naomi se detuvo al llegar a la puerta y se soltó de la mano de Arosteguy sacudiendo el brazo. Habló en voz baja pero tranquila.
—Me das miedo, Ari. Pensé que no me lo darías, pero me lo das.
—Y entonces la vi muerta y me quedé solo. ¿Qué podía hacer ya? ¿Despedirme como un buen burgués y seguir adelante con mi vida? ¿Alegar locura, como el buen marxista Louis Althusser, que estranguló a la mujer con la que llevaba casado treinta años en su apartamento especial permanente de la enfermería de la École Normale Supérieur, nada menos, y que luego dijo que pensaba que le estaba dando un masaje en el cuello? ¿Unos cuantos años en el psiquiátrico y luego un cómodo destierro en provincias?
Volvió a cogerla por el brazo y entraron en la casa. Arosteguy le estaba regalando cosas, cosas preciosas y terribles. No se resistió.
—No. Yo quería integrármela, incorporármela. Si no hubiera hecho aquella terrible y hermosa monstruosidad habría tenido que suicidarme.
Cerró la puerta detrás de ellos.
—Me enviaron a París. Tenía miedo de ir.
—¿Miedo a qué?
—Al francés.
—¿Al ciudadano francés o al idioma francés?
—Al idioma de los franceses.
Estaban en la sala de estar, oyendo otra vez la primera conversación que Nathan había sostenido con Roiphe en la casa. Chase estaba en el sofá, Nathan en el sillón de orejas y la Nagra, en funcionamiento, encima de la mesita de centro, que era de cristal. Nathan se sentía muy incómodo, pero era una incomodidad excitante; había muchísima extrañeza en la situación. Si la chica había experimentado realmente un trance, una fuga, no sabría que Nathan podía ver el lamentable estado de su piel debajo del vestido ligero, el jersey y los calcetines de rayas que le llegaban a la rodilla. Aunque ¿de verdad no lo sabía? ¿Le importaría si lo supiera? ¿Cómo podía averiguarlo él? ¿Con qué palabras podía preguntárselo? ¿Podía haber sido el trance una especie de arte interpretativo estrambótico? Si era así, ¿había sido ideado solamente para el padre o la presencia de Nathan formaba parte de lo que lo había motivado? ¿Y el proyecto, la ficción que justificaba la entrevista actual? Chase había sugerido una verdad a medias: Nathan estaba allí para escribir un libro sobre su padre y ese libro incluiría, a modo de preámbulo, un poco de historia familiar, nada demasiado profundo, nada sensacional, y todo sometido a revisión por parte de los protagonistas. Nada de fotos, había dicho la chica. No aceptó el argumento de Nathan en el sentido de utilizar las fotos sólo como ayuda mnemotécnica, para estar seguro de que entendía bien las descripciones; no iba a ser un libro de fotos. Ella tal vez posara con él para una foto en otro momento y en circunstancias controladas, pero no podía hablar mientras la fotografiaban. En París le había sucedido algo que había cambiado su actitud ante la fotografía y ésta había dejado de ser algo que pudiera tomarse a la ligera, infantil y lúdicamente; una lástima, pero las cosas cambiaban, ¿no?
—¿Qué te asustaba del idioma francés?
—Lo aprendí en Quebec, cuando estaba en la Universidad McGill de Montreal. Me entusiasmaba aprender el dialecto de Quebec, adquirir aquel curioso, fantástico y antiguo acento que se conservó en el país después de la Revolución Francesa. Pero la McGill es una universidad anglófona y yo aprendí el quebequés en las calles. En realidad, peor que en las calles, porque pasaba los veranos en pueblos donde hablaban el quebequés básico peor que en ningún sitio de Montreal. Yo quería que mi francés fuera un francés sin pulir y lo fue.
—¿Y por qué lo querías así?
Chase dejó escapar una risa floja. Nathan se quedó atónito cuando vio que la muchacha metía la mano en la bolsa de cuero verde que llevaba atada a la cintura, sacaba un cortaúñas de alta tecnología y se cortaba las uñas. Tenía un acabado de titanio mate, una palanca moldeada y con relieves, y un recogedor giratorio de plástico para las recortaduras que le hizo pensar en los quitanieves de las antiguas locomotoras de vapor. Estaba totalmente seguro de que era el mismo cortaúñas que había visto en manos de la chica en la habitación de ésta, aunque en ningún momento lo había fotografiado. Chase lo utilizaba a la altura de sus ojos y miraba pícaramente por encima de él.
—Mi rebelión juvenil se expresó con la política del idioma, sobre todo ante mi padre. Luego él mismo la utilizó contra mí, sugiriendo que podía emplear mi francés tan duramente adquirido estudiando en la Sorbona. Solía burlarse diciendo que el dialecto de Quebec no era francés y que podía demostrarle que se equivocaba hablándolo en París. Iba a estudiar con los mejores escritores franceses que podía imaginar y tenía miedo. Yo, una anglojudía de Toronto que hablaba un mal quebequés de la calle.
—¿Qué querías estudiar? ¿Qué escritores eran ésos?
—Filosofía del consumismo. Los chicos la llamaban FiloCon, que, si no recuerdo mal, puede sonar un poco feo en francés, si te lo propones. ¿Hablas francés?
—En realidad no. Lo leo un poco. Cuando nos pedían un segundo idioma, normalmente era español. ¿Y esos escritores que al parecer iban a enseñarte FiloCon?
—Aristide y Célestine Arosteguy. ¿Has oído hablar de ellos? Estaban casados. Eran un poco polémicos en el mundo académico. ¡Ay! —Chase sacudió la mano y se chupó un dedo—. Duele.
—¿Qué ha pasado?
—Me he dado un pellizco en el dedo. Parece que me lo he pillado con este recogedor de recortaduras. ¿Ves? Basta darle la vuelta para vaciarlo. Es para que los trozos de uña no salten y queden desperdigados, como suele pasar con los cortaúñas de siempre. Es un Sally Hansen. De acero inoxidable. Vaya, me sale sangre… — Tenía un hilo de sangre que le bajaba serpenteando por el dedo anular. Frotó éste con el corazón y luego se los llevó a la boca mientras miraba a Nathan.
Tenía que ser una ficción muy sutil, construida por ella o en todo caso por ella y su padre. Debían de haber investigado a Nathan en la red, debían de haber encontrado algo que lo vinculaba con Naomi y el reportaje de Naomi sobre Arosteguy. Naomi podía ser muy desenvuelta y generosa en la red cuando estaba de aquel humor, aunque lo sabía todo sobre los pleitos contra los colgados de Twitter y los actos colectivos contra los colgados de Facebook. Y los cortaúñas, la sangre… Una brillante obra teatral en miniatura y casi inconcebible que era en realidad el reconocimiento inconsciente de un estado psicopatológico. Pero ¿tenía él un papel en el drama o era sólo un público reclutado?
—Pero ¿fuiste? ¿Lo hiciste? Digo estudiar con los Arosteguy en la Sorbona.
—Sí, claro que fui. Estuve dos años estudiando con ellos. Seguí muchos otros cursos, naturalmente, pero sobre todo con ellos. Los Arosteguy.
—¿Y tu francés? ¿Te sentiste en inferioridad de condiciones? ¿Sabes hablar ahora el francés de París?
Chase dejó caer las manos en el regazo con un suspiro elocuente. Luego, a modo de contrapunto, una risa floja.
—Ya no sé hablar francés. De ninguna clase. Ninguna.
—¿En serio? ¿Cómo es eso?
—Supongo que lo he olvidado totalmente. Ha transcurrido todo un año desde lo de París. —Chase se puso en pie, se sacudió el vestido, se tendió graciosamente en el suelo y se puso a dar pellizcos a la alfombra como si estuviera limpiándola de piojos —. Se me han caído trozos de uña al enseñarte cómo funciona el recogedor. Mi padre se fija en estas cosas. Lo llamo Ojo de Láser. No se le escapa una. Hay que estar alerta con papá. —Al final de la parrafada hizo una buena imitación cómica de Roiphe, verbal y físicamente, reproduciendo a la perfección su ágil inestabilidad y su vulgaridad afectada. Se incorporó apoyándose en la mesita de centro y quedó erguida casi encima de él, meciendo las invisibles recortaduras en la mano y haciéndolas saltar suavemente, como si calculara su peso.
—¿Las has recogido todas? —preguntó Nathan. No se le ocurría más estrategia que jugar al juego de Roiphe según se iba revelando.
—Creo que sí —dijo Chase con musicalidad exagerada—. Yo creo que sí.
—Chase, ¿estás al tanto de lo ocurrido a los Arosteguy?
—¿Cómo iba a estar al tanto?
—Seguramente por Internet.
—He averiguado que Internet es un lugar muy peligroso. Sobre todo para los niños. Yo ya no entro.
—Pero tú no eres una niña.
Se echó a reír.
—En Internet nadie sabe que eres adulta. Oye, ¿has oído hablar de la impresión 3D?
—He oído hablar, sí. ¿Por qué?
—¿Has oído hablar de la impresión de tejido filosófico 3D?
—No, de eso no.
—Ni siquiera aparece en Internet. ¿Sabes por qué?
—¿Por qué?
Chase estaba todavía sumida en el desenfadado modo callejero del doctor Roiphe.
—Porque lo hemos inventado unos amigos y yo. Y no hablamos de eso. Algún día quizá te deje jugar con el invento.
Se volvió y desapareció escaleras arriba.