Consumidos
Capítulo 12
12
El miedo hizo que se sintiera más cerca de Ari, casi hasta llegar a un punto de fusión desestabilizadora. Conforme aumentaba su temor a ser secuestrada por agentes de la República Popular Democrática (seguramente se harían pasar por entomólogos o audiólogos), se convencía cada vez más de que estaba recibiendo aquellas vibraciones del propio Arosteguy y de que él, a su vez, recibía las suyas. La mencionada fusión, sin embargo, resultó que tenía una utilidad particular. Tras descubrir la unidad Verbatim y averiguar que estaba codificada, intuyó que tenía que ser Arosteguy para dar con la contraseña del lápiz. Los dos días que siguieron a la visita de Elke los pasó inspeccionando los artilugios de Arosteguy, ninguno de los cuales tenía contraseña, ni siquiera la más elemental. Peinó sus aplicaciones de «Contactos», su correo electrónico, la pantalla del ordenador, que estaba atestada de los accesos directos más dispares, a fotos (algunas en 3D, aunque no encontró por ninguna parte las gafas de 3D que eran imprescindibles para verlas), a carpetas, a revistas, a cuestiones técnicas en PDF, a manuales de usuario. Husmeó en las direcciones de Internet archivadas en el menú Historial del navegador Safari, desesperada por hallar alguna clave que le permitiera abrir el contenido del lápiz. Indagó en los misteriosos programas de su viejo MacBook Pro a los que no había prestado atención hasta entonces: el programa codificador de Disk Utility; FileVault; claves de recuperación; la aplicación Keychain Access de Mac Utilities. Hurgó y metió la nariz en los foros sobre seguridad de la red y encontró unas cuantas contraseñas que Arosteguy había utilizado para acceder a algunos sitios de filosofía y política que las exigían. Pero era evidente que no se había preocupado en absoluto por asegurar nada, o más probablemente que había desdeñado hacerlo, abriendo la puerta con actitud apocalíptica e invitando a entrar a todos los virus y timos que infestaban el planeta para que se apoderasen de él, se llevaran sus máquinas y su vida pasada, y lo dejaran en cueros y chorreando, como ella misma lo había visto más de una vez.
Evidentemente, no podía dejar la casa. No podía arriesgarse a que la llevaran a la República Popular Democrática de Corea, a un gulag indocumentado, campo de prisioneros o cárcel-vivienda para pudrirse allí mientras la deidad juvenil Kim Jong-un maduraba y se convertía en un viejo endurecido, asistido por sus filósofos cortesanos, Aristide y Célestine Arosteguy, que no tendrían la menor idea de que ella se encontraba tan cerca. Sabía que este temor era ridículo y sin embargo se le removía dolorosamente en las vísceras como si fuese una criatura viva e inocultable, y cuando encontró por casualidad la versión inglesa de la página web oficial y más bien lujosa de la RPD de C, como ellos la llamaban (estaba en el historial de visitas del navegador de Ari y descubrir que la había visitado muchas veces le heló hasta los huesos), dio un respingo y cerró bruscamente el portátil, aterrorizada ante la posibilidad de que la página pudiera rastrearla y localizarla, y enviara directamente sus coordenadas japonesas a los entomólogos de la muerte, que derribarían a patadas la puerta de la casa, la meterían a la fuerza en el Audi que esperaba, le pondrían una venda en los ojos, la drogarían y la borrarían de la faz de la tierra. Achacó aquella paranoia creativa a la falta de proteínas; en el curso de los tres últimos días no había comido más que fideos instantáneos, ya que en la casa no había quedado nada más, exceptuando un frasco de salsa de soja que había liquidado en veinticuatro horas.
Estaba en el cuarto de baño cuando le pasó por la cabeza la posibilidad de que el lápiz Verbatim hubiera sido codificado por alguien que no era Ari; la idea la deprimió y le hizo pensar en volver a París para buscar la ayuda de Hervé Blomqvist, al que Elke había calificado de genio de la tecnología de la información y que tendría motivos para querer aclarar la suerte de Célestine. ¿O no? Porque Tina podía estar realmente muerta y Hervé implicado de un modo u otro o en el asesinato o en el encubrimiento de algunos detalles. Sería dar un paso peligroso, pues. Más depresión. Abrió el tarro de crema en el que se había introducido el lápiz deprisa y corriendo (eso le parecía a ella) y se aplicó un poco en las mejillas, que, al igual que casi todo su cuerpo, sentía calientes, secas y escocidas. Cuando introdujo «cremalimpiadorakanebo» en la casilla de la contraseña, el lápiz se abrió con ese delicioso chasquido metálico de candado, propio del Mac, y cuando apareció en la pantalla la ventana de la unidad, ésta llevaba por nombre «La mort de Célestine».
El nombre era toda una provocación. ¿Había sido sincero Ari y Célestine estaba muerta o él jugaba a ser irónico porque ella estaba viva y su muerte había sido un camelo? ¿Y era Ari quien había puesto nombre a la unidad o se lo había puesto otra persona? Al abrir el directorio, vio dos carpetas, una de «Vídeo» y otra de «Fotos». Abrió la de vídeo y encontró un largo archivo de QuickTime que llevaba el nombre de «PRIVADO». No estaba protegido con contraseña y cuando pulsó dos veces la almohadilla táctil, el archivo se abrió con una imagen enigmática, que, cuando pulsó el triángulo de «play», resultó que era un primer plano gigante de la cicatriz de la mastectomía de Célestine, semejante a una pintura de Rothko, hasta que la cámara retrocedió y pudo verse a una serena y pensativa Célestine, sometida clínicamente a la cámara, sin sensualidad, como para una mamografía. La vista de la cicatriz disparó la adrenalina de Naomi; primero porque la mutilación de Célestine era turbadora; segundo porque significaba que al menos una parte de la confesión de Ari era verdadera, aunque la causa podía haber sido un cáncer y no una alucinación de mujer apotemnófila que cree tener una zumbante horda de insectos en el pecho. La cámara se movió hacia la derecha de Tina, que se sintió impulsada a coger con ambas manos lo que quedaba de pecho y ofrecerlo al objetivo, apretándolo analíticamente y resaltando el saturado pezón. La cámara seguía estando muy cerca de ella, dificultando la identificación del lugar en que estaba tendida, en el caso de que estuviera tendida; la caída gravitatoria del pecho, que habría indicado si estaba de pie o en decúbito supino, quedaba contrarrestada por su sujeción, y la cámara estuvo largo rato encuadrada en un primer plano gigante, recorriendo la cara y el resto del cuerpo de Tina, bajando por el vientre ligeramente abultado, hasta llegar a la decreciente y grisácea mata de vello púbico, punto en el que se demoró mientras Tina movía suavemente las caderas para que el objetivo enfocase el vello de frente. Por los detalles del vello, sobre todo cuando la cámara se movía, Naomi calculó que la tasa de transferencia de bits era moderada, seguramente una AVCHD de veinticuatro megabits por segundo. El color era muy bueno; la habitación, al parecer, estaba iluminada por la luz solar amortiguada que entraría por alguna ventana situada a la derecha, pues el tono de la piel era frío y definido, sin la contaminación amarilla de las lámparas incandescentes.
La cámara retrocedió por fin, flotando lánguidamente, y Naomi pudo ver que Célestine estaba acostada, no en una cama, sino en una mesa de trabajo instalada en un entrepiso, bajo las gruesas vigas de madera del techo. Éstas, de roble agujereado y pintadas de blanco, eran de un tamaño ya en desuso y de un aspecto que sugería el arte medieval, por lo que era muy probable que la vivienda estuviese en el sector judío del Marais de París. Luego no era la casa de los Arosteguy. Célestine, más o menos cómodamente echada y desnuda en aquella mesa que parecía el tajo de un carnicero, seguía intimidando a Naomi, que estaba convencida de que si le hicieran a ella una mastectomía, no dejaría que la fotografiaran desnuda y menos que le viesen públicamente la herida.
Cuando entró en el encuadre un joven desnudo y de caderas estrechas, Naomi supo inmediatamente que era Hervé, incluso antes de que se acercara a un lateral de la mesa e introdujera el ganchudo pene en la boca de Célestine, que ésta abrió de lado con despreocupación. El joven llevaba en la mano un objeto metálico que parecía una pistola de rayos de película de ciencia ficción de los años cincuenta, azul claro y plata, con un cable colgando. Tenía tensos los músculos del antebrazo, lo que indicaba que el misterioso aparato pesaba lo suyo. En cambio, no reconoció a la joven desnuda que apareció por la derecha, ni siquiera cuando se arrodilló a la cabecera de la mesa para besar y lamer la cicatriz de Célestine, mientras estiraba el nervudo brazo izquierdo y hundía los dedos en el vello púbico de Tina. Solamente cuando la cámara se movió para tomar un primer plano en contrapicado identificó a Chase Roiphe, la estrella de la serie torontoniana de Nathan, y algunas piezas del rompecabezas empezaron a encajar.
Pero no todas. Después de un minuto escaso de aquel juego sexual a tres bandas que parecía más un rito social que un acto de erotismo espontáneo, Hervé se apartó de Célestine y se quedó abstraído toqueteando la compleja gama de botones de la pistola de rayos. También Chase se apartó de la mujer acostada, que por lo visto entendió aquellos movimientos como una indicación de que posara para lo que Naomi supuso que era una toma en 3D. En efecto, Tina se echó hacia atrás la larga cabellera gris para que quedara colgando del borde de la mesa como los flecos de un tapete. Lanzando una carcajada, se contorsionó adoptando una postura grotesca que Chase le ayudó a conseguir ajustando un poco los ángulos de sus piernas asimétricamente dobladas, los dedos separados, los brazos torcidos, el cuello doblado. Naomi pensó que aquello era como representar el papel de cadáver vapuleado en alguna película de terror de la Hammer de los años sesenta.
Chase retrocedió para mirar a Hervé, que apretó el gatillo de la empuñadura de la pistola de rayos y empezó a barrer con láser el cuerpo de Célestine; una red de cuadrículas rojas que brotaba del doble cañón, semejante a una vaina doble, de aquel aparato y que ondulaba como una manta marina fantasmal sobre los contornos de la carne de la mujer echada. Hervé la cepillaba con delicadeza, pintando minuciosamente cada centímetro de su cuerpo, mientras ella se esforzaba por no cambiar de postura, contrayendo el estómago a causa de la risa que le producían las palabras y bromas que Naomi no podía oír. La cámara flotaba elegantemente alrededor del trío, moviéndose a veces para seguir el barrido de los láseres y mirando hacia arriba de pronto, para captar la expresión de la cara de Chase, llena de amor, excitación, diversión, sensualidad. Y se demoraba unos segundos en los atléticos pechos de la joven, en sus tiesos pezones, en su vello púbico, de un rubio sucio y abundante, nada que ver con el afeitado impúber del lenguaje porno que Naomi detestaba; quien se fijara únicamente en sus cuerpos habría dicho que los dos muchachos eran hermanos, el de Chase una versión femenina del físico de Hervé, endurecido por el ciclismo. En aquel momento Chase cerró los ojos de Célestine, como quien cierra los ojos de un cadáver, preparando la escena para que Hervé escanease el rostro; y aquí terminó el vídeo repentinamente. Naomi no podía jurar que el operador de la cámara fuese Arosteguy (¡el encuadre y el movimiento eran muy precisos!), pero sabía que Arosteguy estaba en alguna parte, mirando y dirigiendo.
El vídeo, en última instancia, la había decepcionado y se preguntaba si después del escaneo, fuera cual fuese su objeto, había habido contactos sexuales entre los cuatro, y deseaba haber visto estos contactos en vez de los presuntos preparativos. La confirmación de que había habido intimidad sexual entre Chase, Hervé y los Arosteguy tenía un valor innegable y planteaba la seductora necesidad de ir a Toronto, de ver a Nathan y a los Roiphe. Naomi estaba ya convencida de que el estrafalario trauma de Chase estaba relacionado con la muerte de Célestine Arosteguy; el aspecto de la boca, el asco por el idioma francés, la automutilación, la ingestión de la propia carne eran demasiado inequívocos. Cerró el QuickTime Player y pulsó dos veces sobre la carpeta de «Fotos», que al abrirse puso dos subcarpetas al descubierto: «Céléstine est morte» y «Des photos pour M. Vernier».
Había 147 archivos JPEG en la subcarpeta «Célestine est morte» y Naomi decidió exportarlos inmediatamente a Lightroom, para catalogarlos y clasificarlos con las demás fotos de la investigación. Mientras los iconos de las fotos se cargaban en la ventana de la aplicación exportadora, vio que todas eran en blanco y negro y que su calidad se había degradado adrede para darles un aire antiguo al estilo de Hipstamatic: mucho contraste, bordes difuminados, grano digital añadido para imitar la película pancromática Kodak Professional Tri-X de 35 mm, que era la clásica de las cámaras de alta velocidad que se utilizaban en prensa y en el periodismo documental. Todas estaban crudamente iluminadas por la luz deslumbrante de un flash incorporado, en la tradición de las fotos de Weegee de los años cuarenta, con cámara Speed Graphic y flash de bombilla, y que recordaban las típicas fotos de los técnicos de la policía. Y se le ocurrió que la sutil vinculación de aquellas imágenes con las fotos policiales socialmente históricas era un intento de autentificarlas, porque cuando se completó la transferencia de archivos y Naomi pudo inspeccionarlas en formato de pantalla completa en el módulo Lightroom’s Library, le parecieron preparadas de antemano, teatrales y manipuladoras, cualidades que la ofendieron incluso más que el contenido de las imágenes.
El lugar no era el taller del entrepiso del vídeo, sino la ya conocida vivienda de los Arosteguy, no muy cambiada en relación con el aspecto que presentaba en las entrevistas que había visto Naomi. Las fotos contaban una breve historia. Célestine ha muerto, su cadáver ha sido desmembrado, según las fotos de la policía, y las diversas partes corporales se han repartido al azar por la vivienda; el torso está en el sofá. Hervé, Chase y el propio Arosteguy, que poco a poco se va viendo que están completamente desnudos, según se amplía el encuadre de las fotos y según aparecen detrás de los muebles, se turnan para mordisquear los muslos de Célestine, las caderas, los hombros, el vientre, aunque en ningún momento aparecen los tres en la misma foto, lo cual indica que siempre hay uno encargado de manejar la cámara. Chorrea sangre de sus bocas y de las heridas que infligen, que tienen el tamaño de una dentellada normal, y en la cara de los tres hay una expresión vidriosa, como de zombi, que hasta cierto punto refleja placer primordial y eficacia dentaria. La cabeza cortada de Célestine, con el pelo echado hacia atrás, como en el vídeo, pero separado, para que se vea bien el cráneo brutalmente abierto y vaciado, yace en la mesilla contigua al viejo televisor Loewe, observando al morboso terceto con los ojos entornados (los sesos aparecen al final en el escurreplatos de la cocina). Y lo más asombroso —en un sentido que Naomi creía que solamente ella podía percibir— es que el torso de Célestine tiene los dos pechos completos al comienzo de la función, y cuando todas las bocas han acabado a mordiscos con el pecho izquierdo, rompiendo y desgarrando violentamente, y al parecer comiendo y engullendo ante el ojo de la cámara, lo que queda es una herida irregular, redonda, ensangrentada, no una hábil cicatriz producto de una mastectomía. El pecho derecho, aunque también atacado, sigue adherido al torso.
El pecho desaparecido. Naomi inspeccionó obsesivamente la cara y el cuerpo de Arosteguy en todas las fotos en que aparecía, buscando un asomo de picardía, de ironía, de teatro y actuación. Quería ver un mensaje de aquel hombre que le dijera a ella: «Inventé para ti todo lo relativo a la mastectomía y a la cirugía húngara. No hubo nada de eso. Lo que ves ahora es la realidad. Los tres somos caníbales y nos comimos ese pecho». Pero en la cara de los tres no encontró nada más que solemnidad ritual. Con un estilo distanciador, como el Verfremdungseffekt brechtiano, preparaba a Naomi para ver el cuerpo desnudo de Ari en este contexto, desde esta perspectiva, tan familiar por su poderosa plenitud, por la monumentalidad de la curvatura de su espalda, que la muchacha sentía el peso masculino sobre ella, sentía los dientes masculinos en la carne de su hombro, y a pesar de todo sentía también lo mucho que los separaba, lo extraño que era aquel hombre en el fondo. El cuerpo de Célestine, en el vídeo, le había recordado la famosa serie de fotos que el fotógrafo estadounidense Art Shay había hecho a Simone de Beauvoir desnuda en el cuarto de baño de una vivienda de Chicago. Las dos tenían las nalgas macizas, las mismas piernas ligeramente gruesas con el mismo surco de la edad en las corvas, la misma cintura estrecha, aunque Célestine tenía los pechos más llenos y Naomi no había visto ninguna foto de Beauvoir con el pelo largo (incluso mientras se arreglaba después de la ducha en el cuarto de baño de Chicago, llevaba tacones altos y el pelo recogido en un moño). También es posible que Naomi estuviera forzando una conexión física cuando en realidad era la seducción de los estudiantes lo que los vinculaba, un hecho escandaloso incluso en aquellos tiempos anteriores a la corrección política y por el que Beauvoir y su presidente eterno Jean-Paul Sartre eran tristemente famosos. Nunca había visto ninguna foto de desnudo del diminuto y batracio Sartre.
El título de la última carpeta, «Des photos pour M. Vernier», era de mal agüero por sus implicaciones, incluso antes de abrirse: sugería que al menos Arosteguy, y tal vez también Hervé y Chase, había colaborado con el jefe superior de policía, Auguste Vernier, enviándole fotos del crimen, pues allí no había otra cosa. En los nueve archivos de imagen de la carpeta (las nueve fotos eran en color y ninguna se había retocado maliciosamente con Hipstamatic), la vivienda ha sido abandonada por el trío y no queda más que el pobre cadáver fragmentado de Célestine. Cuando Naomi repasó el vídeo y las fotos del crimen, vio que éstas eran las mismas que la policía y la prensa habían hecho públicas como pruebas del asesinato de Célestine Arosteguy; no había fotos hechas por la misma policía, lo cual, naturalmente, indujo a Naomi a preguntarse si la policía estaba realmente en posesión del cadáver descuartizado o si solamente disponía de fotos suministradas por el autor o autores del homicidio. La investigación iniciada por la Jefatura de Policía ¿se debía únicamente a la recepción de las fotos y a la desaparición de Célestine o la policía contaba además con pruebas físicas de que la mujer había sido asesinada? ¿Tenía también alguna foto de la serie «Célestine est morte»? El título de la carpeta destinada a Vernier daba a entender que no. De lo contrario, es evidente que habrían detenido a Hervé para someterlo a interrogatorio y seguramente habrían pedido la extradición de Chase Roiphe. ¿Cuál era entonces la finalidad de aquella serie? ¿Se guardaba para hacer más tarde algún chantaje? ¿Quién podía ser el chantajista?
Mientras meditaba cuál sería la mejor forma de proponer una entrevista personal a Monsieur Vernier y cómo la coordinaría con un viaje a Toronto para interrogar hábilmente a Chase Roiphe, su portátil emitió la tenebrosa señal de pez alienígena de Skype. Dio un respingo de sorpresa en sincronía con la vibración, tan abstraída estaba. Había dejado Skype abierto por si Ari quería comunicarse con ella, pero la llamada era de Nathan. Puso el cursor sobre el botón verde de Responder, pulsó la almohadilla táctil del Air e inmediatamente tuvo ante sí la preocupadísima cara de Nathan, que le hablaba desde el dormitorio de su sótano de Toronto.
—No te veo —dijo el joven.
No era un defecto visual de Skype. Naomi había puesto el cursor sobre el icono de la videocámara con la línea roja atravesándolo, pero no se atrevió a activarla.
—No quiero que me veas en estos momentos —respondió Naomi con voz cascada, como si las palabras se le deshicieran entre los dientes. No hablaba desde hacía días. Nathan parecía cansado y demacrado, aunque podía ser cosa de la conexión, que no era buena, y su voz, que se oía asincrónica, exacerbaba la dolorosa sensación de separación y soledad que experimentó nada más verlo. Sentía un miedo atroz a activar el pequeño cuadrado del rincón inferior derecho de la ventana de Skype, que la expondría no solamente ante Nathan, sino también ante sí misma. Estaba convencida de que vería un clon femenino del más confuso y zarrapastroso Arosteguy, hasta tal punto se habían fundido los dos en su cabeza. Aunque no se sentía culpable por haberse acostado con Ari, después de la aventura húngara de Nathan, aún percibía el olor de los coitos de los últimos días —la tranquilizaba percibirlo, sentirse envuelta en él como en una nube de perfume— y pensaba que Nathan también lo olería si llegaba a verla. Y no quería imponerle aquello, al menos no en aquel momento.
—¿Por qué no? ¿Omi? ¿Por qué no te veo?
La imagen de Nathan parpadeaba y se ladeaba, pero Naomi se daba cuenta de la preocupación a duras penas contenida que embargaba a su novio y la situación la entristecía.
—¿Me dejas que vaya a Toronto? ¿Para una fecundación cruzada?
La voz le salía débil e infantil y aquella sumisión, inaudita en ella, molestó a Nathan.
—¿Qué es eso de «dejarte»? Me cuesta creer que seas tú quien habla. ¿Qué ocurre? ¿Estás en apuros? ¿Quieres que vaya a buscarte? Iría, ya lo sabes. Dime que vaya e iré.
—No quisiera interferir en tu trabajo ni nada de eso. Has sabido desenvolverte con los Roiphe. No quiero echarlo a perder.
—Me encantaría que estuvieras aquí. No sería ningún problema. Pero ¿fecundación cruzada? ¿Te refieres a la conexión de Chase Roiphe con tus filósofos franceses?
—Sí. Me refiero a eso. La chica podría saber cosas. Estoy en una especie de callejón sin salida. Bueno, no sé. Quizá.
—Pareces realmente deprimida. ¿Te pasa algo? ¿A nivel físico? Deja que te vea.
Nathan estaba pensando en la posibilidad de que Arosteguy le hubiera dado una paliza a Naomi, incluso en la posibilidad de que la muchacha hubiera caído con él en una relación sexual de dominio/sumisión que hubiera afectado a su vida laboral, y que su voz infantil fuera un reflejo de la nueva situación. Cerró los ojos un momento, imaginando que cuando los abriera vería la cara de Naomi flotando en la ventana de Skype, apaleada, magullada y rota, como en esas fotos de TMZ.com en que aparecen celebridades maltratadas. La ventana seguía apagada.
—Estoy cansada y hecha un asco. No necesitas ver el aspecto que tengo. No pasa nada.
—Vale, está bien. —Nathan sabía que no debía insistir—. ¿Entonces? ¿Vas a venir a Toronto? Seguro que puedo conseguir algo de los Roiphe. Si es interesante, podríamos colaborar en un buen libro. ¿Quién sabe?
Nathan sabía que estaba corriendo un riesgo al sugerir una cosa así; mantener la separación de Iglesia y Estado era una obsesión para Naomi; unir fuerzas con otros era siempre una dura prueba para su inseguridad elemental, para aquel miedo a la fusión que inexorablemente la conducía a la aniquilación y que raras veces permitía que se produjera. Pero Nathan estaba desesperado por tenerla entre sus brazos de un modo u otro, por que volvieran a estar juntos, y no se le ocurría otra manera de conseguirlo, a pesar del peligro que corría de que el tiro le saliera por la culata. Pero Naomi no protestó y Nathan se dio cuenta de que no era buena señal.
—Puede que antes pase por París, pero sí, iré a Toronto.
Consiguió desconectar el sonido una fracción de segundo antes de ponerse a derramar amargas lágrimas que resbalaron hasta el teclado y la almohadilla táctil. Limpió las lágrimas con la manga de la sudadera y cortó la comunicación.
El profesor Matsuda había dado muestras de miedo y Yukie Oshima, contagiada por aquella reacción, se había asustado a su vez. No quiso verla en una tienda de fideos, ni en un restaurante, ni en ningún lugar relacionado con la comida, aunque él no lo enfocaba por este lado. De todos modos, Yukie recibió el mensaje y convinieron en verse, como por casualidad, en una elegante y moderna tienda de Shibuya, que, según se anunciaba en inglés, en letras blancas de tipo Comic Sans sobre fondo rojo, era una «Cafetería Especializada en Tebeos». No era un lugar en el que Matsuda hubiera entrado por iniciativa propia —en las páginas web de viajes, Shibuya aparecía como «fuente de tendencias juveniles»—, pero tampoco ninguno de sus colegas y ésa era la cuestión. Nadie advertiría aquel encuentro.
Matsuda era el tipo elegantón, digno y mesurado que Yukie recordaba y ella, de eso estaba segura, era la muchacha loca y peligrosa que sin duda recordaba él. Durante las revueltas estudiantiles en Todai, la universidad, bajo cuerda, había pedido consejo a Yukie sobre la mejor forma de presentar su conservadurismo ante la juventud de Japón —no habría sido correcto que una institución académica contratara portavoces parciales y gentecilla de relaciones públicas para defender su causa, pero eso era lo que hacía— y Matsuda había aceptado el papel de abanderado de Todai en aquella tentativa, aunque a regañadientes; la timidez, dignidad, modestia y falta de notoriedad de aquel hombre, cualidades que lo hacían idóneo para la misión, se la hicieron a él insoportable. Y ahora se encontraba cara a cara con aquella inverosímil colaboradora (había deseado muy en serio no ver nunca más a Yukie, aunque, lógicamente, jamás lo habría dicho en voz alta) junto a una estantería de bandejas repletas de novelas gráficas y tebeos a la japonesa, que se parecían más a los libros de bolsillo que a las historietas gráficas estadounidenses de la época clásica. No se habría animado a hojear ninguno de aquellos productos en oferta, como estaba haciendo Yukie cuando llegó él, sobre todo porque la joven se había instalado delante de una colección de publicaciones de BBC —iniciales de la editorial japonesa Be-Boys Comics, cuyo logotipo era el símbolo masculino de Marte en negro, sobre un cuadrado amarillo— y estaba hojeando una edición en cuya cubierta salían dos hombres de pelo largo azotado por el viento, con rasgos femeninos y occidentales, que se las arreglaban para estar abrazados de cara mientras iban en moto. Típico de una mujer, pensó Matsuda. Sin duda sabía que él lo encontraba desagradable.
Cuando se acercó el profesor, Yukie se volvió hacia él e inclinó la cabeza, con los ojos gachos y las manos unidas en el pecho, sin haber soltado el ejemplar del manga.
—Profesor Matsuda-san. Le agradezco que haya venido.
Matsuda le devolvió la reverencia.
—Me pidió usted la dirección del profesor francés. He tratado de ponerme en contacto con él para obtener su permiso, pero no ha dado señales de vida. Ha faltado también a varias clases y compromisos, y eso ha despertado cierta preocupación. He accedido a verla porque temo que le haya sucedido algo trágico y he pensado que tal vez tenga usted alguna información que disipe mi inquietud.
—Mi amiga canadiense ha estado hospedada en su casa. Me dijo por correo electrónico que el profesor se fue hace días y que no había regresado, pero ella ya no responde a mis mensajes electrónicos ni de texto, ni a mis llamadas telefónicas, y por eso estoy preocupada por ella también. Me esfuerzo por no imaginar todo lo que podría imaginar. Debo ir a la casa y averiguar la realidad de lo que ocurre.
Matsuda cogió un álbum y lo sopesó en la mano sin mirarlo.
—No verá usted ninguna realidad en esa casa —dijo. Se volvió hacia Yukie con una crispada sonrisa de turbación—. Lo curioso es que esa vivienda es propiedad del Colectivo Japonés de Entomología Médica. No sé para qué la necesitan, pero tengo entendido que por un acuerdo con el Departamento de Filosofía de Todai, se cedió la vivienda al filósofo por gentileza del colectivo. —Dio media vuelta, con intención de irse, sin darse cuenta de que tenía el álbum en la mano, pero dio marcha atrás, dejó el álbum en su sitio y añadió murmurando—: El filósofo, por la razón que sea, estaba interesado en el uso bélico de los insectos en China durante la Segunda Guerra Mundial. —Cabeceó con consternación—. Aviones que lanzaban pulgas y moscas infectadas sobre poblaciones indefensas. A mí me comentó que los norcoreanos siguen alegando que durante su guerra con el sur, los americanos y sus aliados los japoneses conspiraron para que estos últimos practicaran esta clase de guerra en la península de Corea. Curiosa coincidencia.
Yukie se sentía mareada por aquellos giros imprevistos e intuía la presencia de una historia fabulosa de alcance internacional, pero no estaba segura de saber relacionar las piezas del juego.
—Profesor-san, ¿me está diciendo que hay una conexión entre el colectivo que alquila la casa y la repentina desaparición de nuestros colegas? ¿Cuál diría usted que es?
Matsuda no sonrió.
—¿También usted quiere convertir este asunto en un circo publicitario?
Era característico de Matsuda ser así de contundente, por no decir vengativo, y Yukie lo tomó como una indicación de que en la desaparición de Arosteguy había algo complicado y preocupante que iba más allá incluso del escándalo del asesinato cometido en Francia. Se le ocurrió inmediatamente que Naomi había muerto y que la había matado Arosteguy, pero por motivos ajenos a la pasión o las perversiones sexuales. No alcanzaba a dilucidar cuáles podían ser esos motivos.
—Lo único que yo quiero es que Naomi vuelva —dijo.
Y en consecuencia, Yukie fue a casa de Arosteguy y se puso a hacer fotos en la verja, como una turista cualquiera, pensó ella, que visitara los Estudios Universal de Hollywood (realmente los había visitado durante la aventura de Naomi en Santa Mónica) y se encontrase ante la casa de Norman Bates de Psicosis, una asociación poco agradable. Aunque la cámara que había comprado hacía poco, una Sony RX1, era famosa por su capacidad para ser eficaz con poca luz y Yukie estaba deseosa de explotarla, había esperado a la mañana siguiente —después del encuentro «accidental» con Matsuda— para ir a la casa, con la esperanza de que hubiera la máxima cantidad de luz. Sin embargo, una vez que hubo obtenido un documento gráfico de la basura que alfombraba el jardín delantero y cruzado la verja, que no estaba cerrada, la recibieron las tinieblas que la aguardaban en la casa y no tardó en hacer fotos con la máxima abertura de diafragma, f/2.0, casi siempre con Auto ISO y a veces hasta 6400 con la velocidad de obturación preferida para esta cámara, 1/80 de segundo. La máxima abertura, la que más admitía, la que permitía la más exacta y exigente profundidad de campo. Ella y Naomi habían bromeado sobre la sexualidad de las aberturas de diafragma, sobre que tenían que escribir una monografía acerca del simbolismo y relevancia cultural de la mecánica fijadora de imágenes y su relación con el sexo, de modo que reducir la abertura del diafragma del objetivo fijo de 35 mm —elegantemente compuesto por nueve hojas triangulares hasta un ajustado f/16 vendría a ser, por ejemplo, como hacer ejercicios de Kegel. Bromas aparte, había aprendido mucho de fotografía con su amiga, y allí estaba ahora, sirviéndose de aquel aprendizaje para obtener documentos gráficos de la casa, que le estaba llenando la cámara de aquella devastadora atmósfera de la desesperación urbana japonesa que reflejaba la suya; la cámara la inhalaba por la abertura del objetivo y la exhalaría por la pantalla del ordenador de Yukie cuando ésta llegara a su casa y descargase las fotos.
Un objetivo de 35 mm no da una perspectiva amplia —no era ciertamente un objetivo apto para fotografiar arquitectura— y, en consecuencia, Yukie, que deseaba documentar cada metro cúbico sin tocar nada, se puso a efectuar disparos en modo Panorama, para reproducir un poco la opresiva y cerrada escala del lugar, alternándolos con giros del anillo central del bello objetivo Carl Zeiss, para ajustarlo en enfoque macro que permitía captar desde muy cerca unos detalles que esperaba que, cuando estuviera en su estudio, pusieran de manifiesto algunas pistas sobre lo que había obligado a abandonar la casa a los dos enigmáticos gaijin. No había ningún indicio palpable de que la casa hubiera sido registrada profesionalmente, aunque estaba hecha un desastre; había muchos cajones a medio cerrar, tubos y botes abiertos, libros y papeles tirados por todas partes entre envases vacíos de fideos y patatas fritas. En cambio, no había en toda la casa ningún aparato electrónico, excepción hecha del pequeño televisor, con su mando a distancia y su descodificador de señal digital. Ni ordenadores, ni iPads, ni móviles, ni discos duros, ni portátiles, ni cargadores, ni cables, ni periféricos de nada, y esto no podía considerarse normal; cuando alguien salía de casa se llevaba a lo sumo un par de aparatos, pero no el ordenador de mesa, ni el fax (todavía muy usado en Japón, al contrario que en Occidente), ni la impresora.
Mientras subía aquella escalera que parecía un armario se esforzaba por controlar la paranoia. ¿Saldría Naomi de sopetón por alguna puerta del primer piso y correría hacia ella con un cuchillo de trinchar en alto, mientras los violines apuñalaban el oído con pico depredador, o saldría Arosteguy, enfundado en un vestido de Naomi, con una peluca de anciana mal puesta en la cabeza? Casi era preferible a lo que estaba viendo: que no había nada ni nadie. Una vez sana y salva en el piso superior, Yukie percibió el olor de Naomi por todas partes y vio rastros de ella —ropa interior, maquillaje— en todos los rincones, como los que había dejado en casa de Yukie, como mudas dérmicas que no podían ser casuales, que eran pruebas tangibles de la existencia de la muchacha, afirmaciones de posesión territorial. Ya volveré, decían. No me olvidéis.
Yukie no conocía el barrio, pero que la puerta estuviese abierta no tenía por qué indicar nada anormal. Sin embargo, dada la paranoia creciente que Naomi expresaba en sus mensajes, era extraño que no estuviese cerrada.
Al salir de la casa se volvió por última vez para fotografiarla desde la calle, que, como la casa misma, ponía de manifiesto la existencia de vecinos un tanto singulares —bicicletas con portabultos delantero de alambre, apoyadas en el caballete; tablas de tamaño desigual atadas juntas y apoyadas contra una puerta; macetas colocadas en la estrecha acera sin ningún orden—, aunque no se veía ni un alma.
Puede que la historia fuese la historia de la casa, una casa propiedad de unos entomólogos japoneses que se la habían alquilado a un filósofo francés que huía de la justicia. Puede que ésa fuese toda la historia.
«Quería preguntarte: ¿dónde está el pecho izquierdo de Célestine? Omi».
El texto flotaba en la verde burbuja de diálogo, en medio de una cadena frenética de textos de Nathan, encerrados en burbujas grises. El joven se preguntaba dónde estaría Naomi exactamente y de quién sería el raro teléfono japonés que se había utilizado. Era un número de móvil, lo sabía por otras llamadas de Naomi, que había empleado el aparato de Arosteguy (prefijo de Japón, 81; prefijo del móvil, 090); y sospechaba que era otro teléfono de Arosteguy o posiblemente de Yukie, la amiga de Naomi, pero mientras no oyera nada concreto de la persona remitente, no podría estar seguro de la autenticidad del mensaje de texto. ¿Qué significaba? Había analizado las fotos del escenario del crimen que había en Internet, y era verdad que el pecho izquierdo de Célestine se había amputado y no se veía en ninguna foto, pero dados el grotesco canibalismo del affaire Arosteguy y la escasez de las fotos, no era una pregunta que pudiera hacerse a la ligera. Sobre todo Naomi.
El iPhone de Nathan yacía mudo en la mesa de plástico que imitaba la madera, al lado del sencillo plato blanco que contenía dos chuletas de cerdo demasiado hechas, un puñado de maíz, tres rodajas de tomate, un bol de cristal con ensalada verde y un vasito de papel estriado con salsa de manzana. El mango del cuchillo era de color gris y estaba rayado y agrietado después de haber pasado mil veces por el lavavajillas. Había vuelto al Restaurante Coach con tácitas intenciones simbólicas, pero no estaba tan al fondo del local como la primera vez que se había sentado con el doctor Roiphe. Prefería ponerse más cerca de las ventanas múltiples de la fachada, desde donde podía ver el discreto movimiento de la calle, que se llamaba Spadina Road. Desde aquella atalaya, el Village («Pueblo») parecía realmente un pueblo, como esas localidades pequeñas de Iowa que consisten en una larga arteria de edificios de dos plantas. Al otro lado de la calle: un Edo-ko (restaurante de una cadena japonesa), un What A Bagel!, un restaurante italiano de tamaño medio que se llamaba Primi, un MotoPhoto en Una Hora que se esforzaba por adaptarse a la aniquilación total de la tecnología de los carretes de película. Nathan sabía perfectamente que él no estaba allí en cuerpo y alma, a pesar de la claridad de los detalles del restaurante, la comida y la calle. Su realidad había sido desplazada por la de Naomi; nada de lo que sorprenderse en el fondo, y no por primera vez. O quizá se trataba únicamente de que la historia de ella era más absorbente que la de él, y en consecuencia Chase formaba parte de la aventura de Naomi, no de la de Nathan. Sabía que lo había propiciado él mismo dejando que Naomi se enterase de las vivencias de Chase en París. Pero ¿por qué no iba a permitírselo? Ella habría hecho lo mismo por él. No entendía el significado del pecho perdido de Célestine Arosteguy, pero si el mensaje de texto era auténtico, no tardaría en interrogar amablemente a Chase para ahorrar trabajo a Naomi. Se puso melancólico cuando atacó las chuletas. ¿Qué hacía realmente en aquel sitio?
En cuanto abrió las mandíbulas para masticar el primer bocado, el contacto con la comida le desencadenó más pensamientos relativos a su encuentro con Roiphe, que se materializó en aquel momento como invocado por la sola imaginería mental. Andaba encorvado y con prisa, ajustándose el extraño sombrero de paja que llevaba —que no era el Tilley en esta ocasión— y que solamente necesitaba un leve giro sobre su eje para que le quedara bien, con la mirada fija en el suelo hasta que estuvo en la puerta del establecimiento, punto en el que se enderezó con un sobresalto, dio teatralmente un cuarto de vuelta y entró. Nathan siguió comienzo, observando el avance de Roiphe con interés de quien alucina, y no tardó en quedar claro que el doctor lo buscaba a él. Dobló a la derecha cuando estuvo dentro, dio unos cuantos pasos hacia su reservado favorito del fondo del local, entornó los ojos ante la luz amarillenta de los faroles de cristal malo que había en la pared, dio media vuelta e inspeccionó metódicamente el establecimiento con sus grandes gafas distorsionadoras hasta que localizó su objetivo. Como el asiento de Nathan era individual —y tenía, al igual que los demás asientos, forma de flor grande en rosa, verde y negro—, Roiphe no tuvo más remedio que sentarse de lado en el banco pegado a la ventana y doblar el tórax para dar la cara al otro. Convencido de que Roiphe se acordaría de su primer encuentro, Nathan esperaba un comentario mordaz y gracioso sobre lo que estaba comiendo y quizá una reflexión acerca de los judíos que comían cerdo, pero el doctor parecía muy serio, muy preocupado.
—Chase está alteradísima —dijo—. Supongo que ya lo habrás oído.
Nathan tuvo que terminar de masticar para poder responder. Recordaba haber observado a Roiphe masticar sus propias chuletas de cerdo y los problemas que parecía tener, seguramente para que no se le moviera la dentadura postiza. Inquieto por Naomi y ahora obligado a prestar atención a Roiphe, se sentía como si también él tuviera una dentadura postiza en peligro de desplazamiento. Incluso le costó hablar.
—¿Chase? ¿Oído? No. ¿Oír qué?
Roiphe se quitó el sombrero y se puso a toquetear el ala. A Nathan no le apetecía oírlo, convencido de que, fuera lo que fuese, serían malas noticias relacionadas con el inquietante silencio de Naomi, aunque Roiphe ni siquiera pensara en Naomi. Nathan había procurado no decir nada a Roiphe sobre lo que estaba sucediendo en Tokio; podía interesarse demasiado por el proyecto Arosteguy de Naomi para quedarse uno tranquilo.
Roiphe cabeceó para quejarse de la incomprensible extrañeza de todo aquello.
—Por fin lo han encontrado. Han encontrado su cadáver.
Nathan dejó en la mesa el cuchillo y el tenedor.
—¿Su cadáver? ¿Qué significa eso?
El aire acondicionado del restaurante no funcionaba y Roiphe empezó a abanicarse con el sombrero. La luz que le llegaba de espaldas se filtraba por la paja del sombrero y producía un efecto estroboscópico que puso a Nathan al borde de la migraña.
—Bueno, que está muerto. Eso es lo que significa. Su cadáver. Por lo visto cayó fulminado en un cruce de calles de Tokio. Los testigos dijeron que le salía sangre de los oídos. A mí me suena todo eso a un derrame cerebral, aunque, en fin, nunca se sabe.
—Pero has dicho, has dicho que encontraron su cadáver. ¿Es que se había perdido?
—Parece que lo recogió una ambulancia y lo dejaron donde no debían. O la policía se lo llevó para hacerle la autopsia y no quiso que los medios lo supieran durante tres o cuatro días. Algo así. Hay cierto misterio al respecto. La declaración de los testigos se ocultó hasta que pasó un poco de tiempo. Era un fugitivo. La policía francesa quería que lo devolvieran a París. Puede que fuera eso. Una situación delicada.
—Joder.
—Qué. Tú lo conocías.
—No. Tú lo conocías.
—Bueno, nos vimos un par de veces. Tenía peso. Tenía sustancia. No me fiaba de él; estaba preocupado por Chase, pero todos los padres son paranoicos. Hablando de eso, Chase quiere verte. Dijo que te necesitaba para que la consolaras, signifique eso lo que signifique. Es evidente que tiene algo que ver con su antiguo profesor. Yo no me lo pensaría. No me lo pensaría. Nunca la había visto tan deprimida. Para un padre es desolador. —Roiphe señaló las chuletas con el sombrero—. Pero acábate eso antes. Estoy convencido de que te esperará.
Nathan empujó el plato para alejarlo de sí.
—Iré ahora mismo. ¿Dónde está?
—Arriba, en el cuarto de trabajo. Oye, no dirás en serio que no piensas terminártelo. A mí me han vetado, allí soy persona non grata, así que podría quedarme.
Nathan se puso en pie.
—Pues adelante.
Roiphe levantó el plato y con mano trémula lo trasladó a la mesa que tenía delante, que abarcaba la anchura de las ventanas.
—Esperaré un informe completo, como es lógico. Para el libro. Al final. Cuando salgas, ¿podrías pedir que me traigan un cuchillo y un tenedor limpios?
Cuando Nathan pisó la acera, Roiphe recortaba alegremente los bordes de los cortes hechos por Nathan en las chuletas, los levantó debidamente con el tenedor y el cuchillo y los dejó en el platillo de la mantequilla, donde quedaron a buen recaudo. Nathan esperó hasta haber recorrido media manzana, fuera del alcance de la mirada del doctor, y se detuvo delante de la tienda presuntuosamente llamada Mercado del Village —«Todo Barato/Tarjetas de Felicitación»— para abrir el navegador Safari de su móvil. Tenía que saber en qué se estaba metiendo exactamente. Mientras unas colegialas salían riendo y alborotando por las viejas puertas verdes del Mercado y lo empujaban al pasar con las manos cargadas de números de Archie y sobres de galletas bañadas en chocolate, Nathan se quedó mirando las fotos borrosas de Twitter en las que Arosteguy aparecía caído boca abajo sobre las losas cuadradas de una estrecha y abarrotada calle peatonal de Akihabara, el barrio de Tokio en que podían verse las últimas novedades en videojuegos y electrónica, a un paso de la estación ferroviaria. La hermosa cabeza cuadrada, los grandes ojos de mirada fija, el largo y rebelde pelo gris, acartonado por la sangre que fluía de los oídos y encharcaba los intersticios de las losas. Tomadas de noche con la amplia variedad de luces artificiales que había en la calle, las fotos ostentaban colores irreales y enfoques difusos, pero a Nathan le pareció ver fragmentos de materia orgánica —¿sesos?, ¿oído interno?— salpicando la hombrera de la chaqueta de Arosteguy y absorbiendo la sangre que se acumulaba. La falta de luz clara y los empujones de la gente ponían manchas más irreales todavía en el único vídeo interesante que encontró en YouTube. Se había filmado cámara en mano y andando por detrás del muerto, con dos o tres compradores entre Arosteguy y la cámara, cuyo enfoque resaltaba la vorágine de neón que había por encima de la multitud. En la base del encuadre se podía ver, desenfocado, algo que parecía humo o un chorro de líquido pulverizado, como un sucio estornudo a contraluz, que salía de los oídos de Arosteguy, que tenía la cabeza echada hacia atrás y fuera de campo en aquel momento, y la persona que filmaba pareció trastabillar antes de desviar el objetivo hacia arriba y poner fin a la filmación. Nathan la habría considerado ridícula si no hubiera visto antes las fotos de Twitter, en las que Arosteguy se veía horrible y totalmente muerto.
La red estaba llena de inevitables variantes, pero básicamente: el filósofo caníbal y fugitivo francés encontrado muerto en calle de Tokio. Como había insinuado Roiphe, había habido algo misterioso en el intervalo producido entre el momento en que la pequeña ambulancia especial que había sido capaz de abrirse paso por aquellas travesías se había llevado el cadáver y la declaración de la Dirección General de la Policía Metropolitana de Tokio tocante al colapso sufrido por el famoso gaijin, que parecía consecuencia de un catastrófico episodio cerebral. El presidente de Francia se limitó a comentar que la muerte de Monsieur Arosteguy era una desdichada y grave tragedia nacional y que el cuerpo debía ser devuelto a Francia para ser enterrado en el cementerio de Montparnasse, como correspondía, en compañía de Sartre y Baudrillard. Las autoridades francesas estimaban poco indicado el deseo de la policía de Tokio de practicarle la autopsia bajo su propia responsabilidad.
Chase tenía en la mano el doblado pene de Hervé y hundió la base en un frasco de cristal con pegamento blanco. Se había pintado para que pareciese una larva vermiforme, de un amarillo carne translúcido, con estrías color tabaco para perfilar los distintos segmentos y con dos óvalos de puntos negros en la cúspide del glande que representaban los órganos quimiosensoriales de la cabeza de las larvas.
—Inventé una plaga parasitoide especialmente para ella, para Célestine. Me pareció que merecía una especie propia, que pusiera cariñosamente sus huevos en ella (nunca vemos la forma que tienen los adultos), y cuando nacieran los gusanos, empezaran a comérsela por dentro. Pasan la mayor parte de su vida royendo la carne de sus anfitriones, mordisqueando con suavidad, por eso no necesitan ojos. Y es realmente mágico y espeluznante cuando salen finalmente, se asoman y emergen todos juntos, sincronizados como esos extraños equipos femeninos de natación de las Olimpíadas.
Se apartó de la mesa de pintura y dio un leve paso hacia la mesa de las partes corporales, donde se veían unas dos docenas de penes de Hervé sobresaliendo, como gigantescas larvas de mosca, de diversas partes corporales de Célestine impresas en 3D. Tras meditar un momento, con la mano debajo de la última larva-pene para recoger el posible goteo de pegamento, plantó con delicadeza el animalito en un agujero ensangrentado e irregular que había inmediatamente por encima de la rodilla izquierda, girándolo para insertarlo como una bombilla en un casquillo. Algunas larvas-penes se habían cortado con diferentes longitudes para que la emergencia parasitaria tuviera cierta cualidad de diorama, aunque Nathan pensó que el ángulo de noventa grados, que era la firma de diseño de Hervé, destruía la ilusión de que pudiera tratarse de una gusanera heterogénea en busca de la luz. Pensó por otro lado que el efecto general de la obra aumentaría si las partes corporales se unían para que parecieran un cuerpo humano en vez de un surtido de piezas amontonadas en el expositor refrigerado de un carnicero —el simbolismo de poner la cabeza entre las piernas, por ejemplo, le parecía demasiado obvio, demasiado compulsivamente provocativo—, pero se resistía a criticar la obra por muchas razones, entre las cuales no figuraba en último lugar el miedo a que la muchacha le pidiese que donara un escaneo de su propio pene erecto, a fin de poner variedad larvaria en el conjunto. En la casa de Roiphe flotaba en el aire la colaboración de Nathan, pero Nathan prefería andarse con cautela.
La luz de las claraboyas laterales caía sobre Chase como una lluvia luminosa. Vestía uniforme de colegiala —blusa blanca de marinero, de manga corta, con el ancho cuello cuadrado desabrochado; corbata suelta de rayas grises y burdeos; y falda corta y plisada de color gris— que Nathan identificó como la habitual de la Bishop Cornwall School, que estaba en aquella misma calle. Pero no llevaba la obligada chaqueta burdeos, ni los calcetines grises hasta la rodilla, ni los zapatos negros cerrados. Iba descalza, con los brazos y las piernas igual de descubiertos, y la luz que bañaba su piel desde arriba ponía de relieve los cientos de cicatrices de la noche del té, tanto que parecía cubierta de hormigas del color de la sangre seca. Aquello creaba una extraña alianza entre ella y la agusanada Célestine, y estaba claro que era el efecto deseado. Se daba cuenta de que Nathan la observaba con atención.
—Soy demasiado timorata para hacer esto en público, recomponer a mi Célestine, pero si me grabaras en vídeo, podríamos proyectarlo. Podría descomponerla y luego recomponerla. Creo que tu supercámara también graba en vídeo, ¿no?
—Desde luego —mintió Nathan—. Ahora graban todas. —Nathan veía ya el vídeo con su nombre presentado ante un tribunal francés; apenas era capaz de imaginar el revuelo que se organizaría. Bueno, sería una atalaya excepcional para quien escribiera el artículo definitivo sobre lo que entraba, inoportunamente o no, en el caso Arosteguy/Roiphe/Blomqvist—. Bonito detalle el uniforme. ¿Estudiaste en Bishop Cornwall?
—Muy poco tiempo. Mi madre conservó el uniforme. Me extraña que todavía me venga bien. Lo encontré en el sótano por casualidad, aunque, bueno, creo que no fue por casualidad. Estaba en una caja de cartón que había criado moho y llevaba encima el escudo del colegio. La mitra fálica esa que llevan los obispos. Aún se huele el moho. —Pausa—. Tuve un profesor de arte maravilloso.
La exquisita pronunciación de la palabra maravilloso, precedida por un revelador chasquido de la lengua contra el labio inferior, sugería con fuerza lo delicioso, lo prohibido, la sexualidad profesor-estudiante y seguramente abarcaba también aquel uniforme. La nota mental era: «por analizar».
—Entonces, ¿el uniforme es parte de la representación?
—A los asiáticos les gustan las colegialas con uniforme. Dicen que los japoneses compran bragas usadas de colegiala en máquinas dispensadoras. Y en tiendas escondidas en edificios de viviendas. Estas tiendas se llaman burusera. El olor es muy importante; añade valor a la mercancía. No sé cómo habría reaccionado Marx ante una cosa así. No hablo del olor a moho. Sailor Moon. ¿Lo conoces? Empezó siendo una serie de manga y se convirtió en serie de animación.
Se puso a cantar los primeros compases del tema de Sailor Moon con voz dulce y susurrante, aunque algo desafinada.
Combate el mal a la luz de la luna,
conquista el amor a la luz del sol,
nunca huye de una pelea,
¡ella es la que llaman Sailor Moon!
Nathan la había oído antes. Un joven primo suyo de Newark llamado Leslie había estado obsesionado por la colegiala destinada a convertirse en guerrera mágica que luchaba para salvar la galaxia, sin quitarse nunca el estilizado traje de marinero de las colegialas.
—El elemento asiático me sorprende. Me refiero a la pieza que hay que representar. ¿Es de Tokio?
—El profesor Arosteguy tuvo muchos motivos para ir a Tokio. No tuvo nada que ver con los tratados de extradición. Siempre le fascinó la versión asiática del consumismo, sobre todo la japonesa, que es muy compleja. Seguimos mandándonos mensajes. Era casi compulsivo.
¿Seguían mandándose mensajes? ¿Todavía? ¿Desde el depósito de cadáveres de Tokio? Nathan cambió de tema.
—A lo mejor necesitas vestir el cadáver de Célestine como Sailor Moon. Para que todo quede bien atado.
Chase le dirigió una rápida mirada por encima del hombro y volvió a la mesa de pinturas, en la que solamente quedaban ya dos larvas, con una mano de pintura y en espera de ser instaladas.
—¿Sabes que es una buena idea, eso de Sailor Moon? Es una guerrera mágica. Quiero decir Tina.
—¿Y tus picaduras de insecto? ¿También son buenas para la representación?
Dado que las minimutilaciones habían quedado crudamente al descubierto, Nathan se había sentido invitado a fijarse en ellas, también sin ceremonia. Ya veía a la muchacha en escena, arrancándose pedacitos de carne y comiéndoselos mientras el cadáver de Célestine la miraba con aprobación afectuosa.
—Vaya. No había pensado en ellas en ese sentido. Seguramente no te das cuenta de lo perfecta que es la idea.
—Me gustaría darme cuenta.
—Para que entraras en mi proyecto tendría que robarte totalmente a mi padre. ¿Todavía tienes la enfermedad de Roiphe?
Fue una pregunta tan directa que durante un segundo Nathan creyó que había contado su afección a la muchacha, pero luego comprendió que la información de Chase debía de proceder de su padre. ¿Representaba aquello una traición? ¿Indicaba que entre padre e hija había una relación más abierta de lo que había sugerido el doctor? ¿En qué contexto se habría colado la confidencia? De pronto se le ocurrió que aún no había captado la verdadera onda de los Roiphe. Ni por asomo.
—No estoy seguro. Los síntomas han remitido. Aún tengo que medicarme durante tres semanas. ¿Por qué?
Sonrisa maliciosa.
—Recuerdo haber leído algo sobre la hija de Calvin Klein. Cada vez que le bajaba los pantalones a un amante, se encontraba con el nombre de su padre estampado en los calzoncillos. Le quitaba las ganas totalmente. Debo preguntarme cómo me sentaría que me contagiaran una enfermedad que lleva el nombre de mi padre.
—Adquirirla es más placentero que vivir con ella. Pero… podría ser parte de la representación.
—Podría.
—Y en tal caso, ¿podríamos saber cuál es el verdadero significado de la representación?
—No podemos preocuparnos por los significados. Ari nos planteó que el significado era un asunto propio del consumidor. Unas personas los fabrican con la religión, la filosofía, la nacionalidad, la política, y otras los consumen. Pero un artista no es un fabricante.
—¿Y conseguirás el resto de tu amigo francés, Hervé, para que actúe contigo?
Chase estalló en carcajadas. Fue una risa sorprendentemente espontánea. Sostenía en el aire el penúltimo duplicado del pene de Hervé, lo agitó varias veces como un banderín de fútbol y se volvió hacia el material de Tina, en busca de la cavidad idónea para incrustarlo.
—Puede que no. Ésta es su mejor parte.
—Y hablando de partes…
—Sí. Cuando subíamos por la escalera me hiciste una pregunta extraña: dónde estaba el pecho izquierdo de Célestine.
Chase se decidió por una herida abierta en la mejilla de Célestine, pero después de poner en aquel sitio el penelarva, pareció pensar que allí quedaba demasiado grande y sobresaliente. Se acercó a la mesa de las pinturas y se puso a reducirlo, raspándolo de abajo arriba con una navaja de precisión X-Acto.
—Ésa fue la pregunta. —Por lo que había dicho Roiphe, Nathan había esperado encontrar a una Chase llorosa y destrozada que lo aguardaba en el cuarto de trabajo, a oscuras. Por el contrario, la joven estaba tan radiante como el taller y con evidentes ganas de jugar—. ¿Tienes la respuesta?
Chase dejó la navaja, giró en redondo y cruzó los brazos, dándose golpecitos en los labios con el glande del pene bioplástico. La pintura de gusano, seca ya, no le dejó marcas.
—La pregunta no es realmente tuya, ¿verdad?
—Es la pregunta de una periodista que está en Tokio preparando un reportaje sobre los Arosteguy. Sobre el asesinato de Célestine.
Una periodista. Nathan se había distanciado de Naomi sin pensarlo, pero inmediatamente se sintió culpable por no haber explicado a Chase la relación que tenía con ella. Pero es que no podía ser una explicación breve. Optó por dejar dormir al león.
—¿Una periodista con la que estás continuamente en contacto? ¿Intercambiando noticias?
—Los periodistas son demasiado paranoicos para intercambiar noticias. A veces se ayudan con detalles.
Con un arranque que casi pareció doloroso, Chase se apartó y se acercó a Nathan, con los brazos todavía cruzados, con el pene reducido en posición abatida y sujeto en la sangría del brazo izquierdo; sus sensores ovales parecían observar a Nathan.
—Y si obtienes una respuesta, si das con la respuesta, ¿se la enviarás por correo electrónico a tu amiga la periodista? ¿Mencionarás mi nombre? Y lo que yo diga ¿se considerará una declaración válida en un caso de asesinato? ¿Algo así?
—Te protegería. Serías una fuente anónima.
Chase se colocó justo delante de Nathan, tan cerca que parecía desafiarlo. Nathan no estaba seguro en absoluto de poder protegerla. ¿Se ampararía bajo la ley francesa, la internacional, la canadiense? No tenía la menor idea. Pero deseaba más que nunca la respuesta a su pregunta, ahora que veía lo que flotaba en los ojos de ella.
—Sería un bonito detalle. Hacer eso. Protegerme —dijo la muchacha—. ¿Qué pensarías si te dijera que en realidad no hay ninguna prueba de asesinato?
—¿Quieres decir que la policía francesa no tiene pruebas para acusar a tu antiguo profesor?
—No. Quiero decir que qué pasaría si no hubiera ningún asesinato del que acusar a nadie.
—Madame Arosteguy…, la señora Arosteguy ¿murió accidentalmente?
Chase había dado un respingo al oír la palabra Madame. Era exactamente la misma reacción que el esquizofrénico Louis Wolfson habría tenido si hubiera oído una sola palabra en inglés en boca de su madre tuerta o de su padrastro. Nathan se quedó completamente consternado e intrigado. Porque aquella reacción ponía de manifiesto lo mucho que la historia de Chase estaba relacionada con París, la Sorbona, los idiomas, los Arosteguy…; en otras palabras, con el reportaje francés. Quizá la única forma de hacer justicia al reportaje fuera colaborar con Naomi, tal como ella le había propuesto. Pero ¿dónde estaba Naomi? La preocupación se le hundió en las tripas como la navaja de precisión X-Acto. Quizá necesitase reunirse con ella en París, sin esperar a que la joven llegara a Toronto.
—La señora Arosteguy no murió. La señora Arosteguy sigue viva. Eso es lo que insinúo.
—Entonces, ¿qué fue de su pecho izquierdo?
—Estás más cerca de él de lo que puedas imaginar.
Nathan se apartó de la mirada de Chase y se aproximó a la mesa de las partes corporales. De cerca parecía una mesa provisional de autopsias con los putrefactos restos de un homicidio particularmente confuso. Se volvió hacia Chase.
—¿Caliente?
—No. Frío. Muy frío. Estabas más caliente delante de mí.
Nathan se acercó otra vez a ella.
—Muy bien. No lo pillo.
La muchacha le cogió la mano y la puso sobre su pecho izquierdo. No llevaba sostén; el algodón de la camisa de marinero estaba inesperadamente áspero.
—¿Lo notas? —Nathan no pudo hacer otra cosa que encogerse de hombros. No comprendía, estaba fuera de juego—. Me lo comí, Nathan. Me comí el pecho, al menos casi todo. Hasta donde aguanté. No creo que ningún otro animal coma algo así, por lo menos no creo que coman glándulas mamarias. Tienen un sabor asqueroso. Dejamos el resto en la vivienda para que la policía dispusiera de algo de carne para analizar el ADN. Por eso creyeron que fue un asesinato. —Dejó que la mano masculina abandonara el pecho y resbalara hasta su brazo. El tacto de las pequeñas cicatrices recordaba al sarpullido que sale con el calor. La joven se apartó de él, se dirigió a la mesa y se inclinó sobre las partes corporales. Utilizando el pene a modo de visor, se puso a hacer ruidos que imitaban el obturador de una cámara, aspirando aire entre los dientes. Clic, una pierna; clic, una mano; clic, un pie. Se volvió hacia Nathan—. Eso y fotos trucadas con efectos especiales.
—¿Era realmente de ella? Digo el pecho. ¿Estaba… viva cuando te lo comiste?
—Siempre había querido que se lo extirparan. Lo decía con mucha convicción. Tenía un fuerte trastorno dismórfico corporal. Creo que Ari se la llevó a un sitio donde la ayudaron a amputárselo ella misma. Fue una colaboración. Lo congelaron y volvieron con él a la casa. Lo dejaron en el frigorífico para que lo encontrase la policía. Quedaba parte de un pezón, mucha piel, tejido graso, poca glándula.
—Si aún está viva, ¿dónde se encuentra?
—No lo sabemos. Es una persona inescrutable.
Nathan, algo nervioso, se pasó el dorso de la mano por la boca. Sabía que era un gesto delator, pero estaba obligado a prepararse para hablar.
—Sabrás sin duda que Aristide Arosteguy está muerto.
La cara de Chase se iluminó con una sonrisa de lo más radiante.
—He mirado por todo Internet. Bueno, los informes franceses no, desde luego. Al principio me sentí muy afectada, conmocionada y triste. Me entraron ganas de vomitar todo lo que tenía dentro. Porque significa mucho para mí. El profesor. Mi filósofo. Pero luego lo comprendí.
A Nathan se le ocurrió que la cara de la muchacha se desprendía del cráneo y flotaba por la habitación con alegría.
—Luego lo comprendiste.
—Está no-vivo del mismo modo que Célestine. Están juntos en alguna parte y volveré a verlos. No me refiero a ningún pedestre más allá. Me llamarán cuando estén preparados, cuando su nueva vida esté lista para ser vivida. Yo iré con ellos, estén donde estén.
Como si empezara aquel viaje, se volvió una vez más hacia la mesa de las pinturas. Hundió la base larval en el frasco de pegamento y acercó el objeto a la herida de la mejilla de Célestine. Tras meditar unos momentos, lo introdujo suavemente en el hueco que aguardaba, lo giró ceremonialmente y retrocedió un paso para tener la perspectiva adecuada. La nueva larva, más pequeña, competía ahora por la atención con la hinchada y amoratada lengua que sobresalía de la boca. Chase lanzó un leve «ajá» de satisfacción.
Parece que Samuel Beckett tenía contractura de Dupuytren en la mano derecha, los dedos externos se le curvaban hacia dentro y le resultaba difícil y molesto dar la mano. Aquello complacía a Hervé Blomqvist, que, mientras buscaba personas famosas con la enfermedad de La Peyronie y que además montaran en bicicleta, había descubierto que muchas de las que la padecían tenían también la contracura del barón de Dupuytren, lo cual sugería más una patogénesis del sistema inmune que un problema relacionado con el ciclismo. Hervé podía considerarse ya miembro de aquel club exclusivo, pues había advertido la aparición de una fea hinchazón de la vaina tendinosa de la palma izquierda (pensó en branquias de tiburón), lo que redundaría con el tiempo en la contracción de los dedos meñique y corazón —una dolencia llamada «dedo en gatillo»—, hasta que al final ya no sería capaz de estirarlos. Estaba dispuesto a jurar que Beckett había tenido también la enfermedad de La Peyronie — al parecer había tenido una vida sexual ciertamente contraída—, aunque dudaba que pudiera confirmarse alguna vez. Sopesó el escáner portátil en 3D de la casa Creaform, con el que se había escaneado el pene, parcialmente erecto a la sazón, y fantaseó con escanear el pene de Samuel Beckett, así como el de otros famosos que padecieran la enfermedad de La Peyronie. El último escanograma que había hecho era más detallado que el que había enviado a Chase Roiphe horas antes, pero la muchacha seguramente no lo necesitaría. No, aquél iba a enviárselo a Rome Vertegaal, a algún lugar de Corea del Norte que no era Pyongyang.
El Fabrikant Bot 2 trabajaba en la planta baja, imprimiendo las últimas partes de la Bicicleta Plegable Universal del Pueblo de la Idea Juche, destinada a reemplazar los defectuosos componentes del eje de los pedales que tanto sufrimiento le habían causado mientras viajaba con el prototipo ensamblado hasta su piso de la rue Beaubourg, en el Tercer Distrito. Los tensos y acrobáticos giros que se necesitaban acababan trabando los pedales y los pedales no se movían hasta que se desmontaba y volvía a montarse todo el mecanismo de tracción. Un detallado informe enviado por Skype, con fotos y vídeos, obtuvo una rápida respuesta de Romme, que de algún modo se había convertido en gestor del proyecto Bicicleta Universal. Muy constructivo y útil, y merecedor en definitiva de que le regalaran un escanograma imprimible a vuelta de correo.
Romme conocía íntimamente el aparato sexual de Hervé, cosa lógica porque lo había guiado hasta el interior de algunos orificios durante los días salvajes de los seminarios de Arosteguy, sesiones que inevitablemente habían dado lugar a retruécanos facilones, todos relacionados con «semen». Hervé imaginaba que en Corea del Norte eran muy puritanos, porque los regímenes represivos solían serlo, y esperaba que cuando el pene regalado empezara a imprimirse Romme estuviera solo en el destartalado estudio que le hubieran proporcionado, aunque sentía un placer perverso al pensar en la posibilidad de que Romme fuera sorprendido con su torcido pene de acrilonitrilo en la mano por un estricto cuadro político y que como consecuencia fuera arrojado a las lóbregas tinieblas de un campo de reeducación como Jongori, el Campo N.º 12, que era lo más lejos que podía estarse de la capital y de la humanidad.
Aunque siempre cabía la posibilidad de que Romme aplicara al escanograma los efectos maquilladores especiales necesarios para convertir un pene de acrilonitrilo o quizá bioplástico —soso y poca cosa disfrazado de gris uniforme o de azul pastel— en un objeto vivo, vibrante, lleno de color, nervio y carácter. Dudaba que Romme tuviera tanta habilidad artística como la que había manifestado Chase bajo la tutela del equipo de efectos especiales al que habían sido asignados: Arthropoda Souterrain Effets Spéciaux, una casa franco-coreana especializada en artrópodos gigantescos para escuelas y exposiciones científicas. Era una elección curiosa, por no decir algo peor, porque los artrópodos no tenían sangre roja ni piel, pero Romme había sido categórico a la hora de dirigirse a la firma en cuestión porque podía confiarse en que su personal fuera razonablemente discreto; y, para ser justos, habían demostrado tener un gran entusiasmo al crear entidades carnosas que ningún bogavante ni grillo había tenido jamás —tendones desgarrados, vasos sanguíneos rotos, glándulas endocrinas al desnudo, músculos abiertos— para dar vida a las partes del torturado cuerpo de Célestine, cuyas fotos habían convencido al jefe superior de policía de que, en efecto, se había cometido un asesinato.
En última instancia había sido Chase quien había hecho el trabajo más difícil, ya que con los chicos de Souterrain había que guardar las distancias para que no denunciaran a Hervé cuando se colgaron en Internet las fotos del escenario del crimen. Solamente Chase habría podido encargarse de construir la prótesis comestible del pecho izquierdo y la aplicación de efectos especiales que había llevado Célestine para ocultar la cicatriz de la mastectomía en la serie de las fotos caníbales. Y el factor decisivo había sido el original de aquel pecho, la única parte corporal que se había hallado realmente en casa de los Arosteguy: un tazón de carne triste y mutilada, con huellas de mordiscos y medio pezón, que se encontró en el frigorífico y cuyo ADN se certificó perteneciente a Célestine Arosteguy (su desconsolada hermana Sophie, administradora de un grupo de chalets de Chamonix, se prestó inmediatamente a proporcionar muestras). Se preguntaba si el jefe superior de policía habría tenido presencia de ánimo para analizar el pecho en busca de cáncer, aunque el empuje público parecía pedir un asesinato de naturaleza caníbal. Que el pecho hubiera sido arrancado y comido era más emocionante que si se hubiera extirpado quirúrgicamente. Las complicaciones no eran todavía bien recibidas, pero acabarían siéndolo.
La prueba del pecho-en-el-tazón aún no se había comunicado oficialmente a la prensa (el delicado tazón de Astier de Villaty, de barro cocido y hecho a mano, había sido elegido por Célestine con aquel fin, no había sido un lujo habitual), pero cuando Hervé fue interrogado por un joven muy frío con un ceñido traje de Costume National, de chaqueta cruzada de seis botones, de rayas grises y negras, con jersey negro de cremallera y sin corbata (Hervé no tuvo más remedio que preguntarse si el traje era de alquiler, calculado para que él se sintiera cómodo frente a aquel poli) y luego por el mismísimo jefe de policía, que llevaba algo azul marino, apagado y conservador, que Hervé sospechó que era de Gucci, quedó claro como el agua que se habían tragado lo que Aristide había llamado queso de la ratonera, y que la policía estaba totalmente convencida de que tenía entre manos un homicidio importante, a pesar de que no había cadáver.
Las fotos de canibalismo se difundirían por el mundo en «el momento políticamente efectivo», en palabras de Romme (éste había prometido alterar digitalmente la cara de Hervé y Chase, pero Hervé pensaba ahora que le habría gustado estar en el centro del escándalo, fueran cuales fuesen las consecuencias). ¿Qué significaba aquello? Hervé solamente podía aventurar conjeturas. Entendía que la apoteosis de Aristide como refugiado político en Pyongyang iba a ser una bofetada en la cara del gobierno francés, que se dedicaba a hostigar a la RPDC por sus pruebas nucleares; la reacción iba a ser más interesante aún que el hecho de que el actor Gérard Depardieu, asqueado de los impuestos que pagaba, renunciase al pasaporte francés y recibiera un pasaporte ruso expedido por el propio presidente Putin e inmediatamente ridiculizado. Pero ¿las fotos de canibalismo? ¿La puesta en escena de la muerte de Célestine? ¿Eran ilustraciones de tebeo de los horrores del capitalismo, del insaciable y omnívoro ethos consumista de Occidente? Las esperadas declaraciones del propio Aristide, cuando llegara sano y salvo a la capital, sin duda lo aclararían todo.
Pulsó la almohadilla táctil del MacBook Pro y arrastró el archivo STL de su pene codificado a una versión coreana especial de Dropbox. El envío de aquel archivo, fuera cual fuese su contenido real, era una señal convenida entre él y Romme para indicar que se solicitaba una sesión de Skype. A pesar del aparente cariño del régimen por Monsieur Vertegaal, éste estaba sometido a vigilancia constante por un equipo de cinco o seis cuadros jóvenes de ambos sexos y oficialmente obligado a permanecer fuera de un radio de treinta y cinco kilómetros del centro de Pyongyang, aunque Romme decía que había conseguido ir solo en bicicleta hasta más allá de la primera barrera militar, donde los soldados adolescentes se quedaron consternados y se pusieron nerviosos al ver a un occidental, si bien se portaron con educación. Posteriormente, sin embargo, Romme había sido escoltado en un coche de élite «2.16» (Kim Jong-il había nacido un 16 de febrero y los coches de lujo con matrícula blanca especial que empezaban con esos números no tenían que parar en los puntos de control) hasta un centro de investigación de no se sabía qué naturaleza, alejado de la capital y tan secreto que no hablaba de él ni siquiera con Hervé, que estaba acostumbrado a ser la válvula de seguridad de Romme; en este caso, la válvula había sido desconectada radicalmente. Hervé intuía a veces la presencia del astuto equipo de vigilancia, incluso lo veía rondando con nerviosismo en el fondo de la ventana de Skype de Romme, ocasiones en las que Hervé y Romme hablaban con parquedad y sobrentendidos, generalmente en inglés, porque sabían que el equipo entendía mejor el francés. La excusa, aceptada a regañadientes, era que, para hablar de tecnología, el inglés era el idioma más adecuado. Hervé temía a veces que Romme hubiera sido desterrado de la capital, una forma de castigo que no era exactamente como ser internado en un campo de reeducación, pero que daba el mismo miedo.
Hervé había esperado, en respuesta a su archivo STL, un e-mail cifrado que indicara la hora de la sesión de Skype, pero casi inmediatamente oyó el burbujeo ictiológico de Skype y a continuación tuvo delante la cara de Romme Vertegaal con todo su esplendor melancólico. Parecía en forma y magnífico con aquellas insignias en que se veía a los miembros de la dinastía Kim. Hervé pinchó el icono de la videocámara y en el ángulo inferior derecho de la barra de herramientas apareció una pequeña ventana con su rostro. Le gustó su aspecto y pensó que los dos eran importantes, en el sentido de subversivos y peligrosos, ideales para que algún día se hiciera una buena película sobre ellos.
—Salut, Romme. ¿Estás en Pyongyang?
—Hervé. Gracias por ese archivo tan gracioso. Buenos recuerdos. Tengo que hablarte después del acuerdo con Fabrikant Bot. Mis colegas están preocupados por las sanciones norteamericanas contra la RPDC, como siempre, y son partidarios de ocultar el origen norcoreano de las máquinas de Fabrikant Bot. ¿Sería sensato instalar donde fuera una fábrica francesa y no alemana? Sería parecida al montaje que tenemos pendiente con FrancoPhonics sobre los audífonos La Voz del Presidente Eterno. Éste y otros factores.
»Por el momento urge comentar las geocoordenadas de Aristide Arosteguy. Lo hemos perdido. No sabemos dónde está. Habrás visto las noticias sobre su muerte y las fotos de Twitter. No nos convencen. El detalle de los audífonos que explotan nos hace ser cautos. Creemos que es un mensaje para nosotros. Madame A. está muy afectada y ha estado alterando la paz de la Asociación Coreana para la Amistad. Ha estado trabajando en el guión de mi próxima película con la Unidad Cinematográfica del Grupo de Estudios de la Idea Juche y todos esperaban con impaciencia la aportación de Monsieur Arosteguy. Como sabes, se respeta mucho a los dos por haber apoyado El juicioso uso de los insectos en el Festival de Cannes.
—Me asombra oír eso —dijo Hervé—. He recibido emails urgentes de la chica canadiense diciendo que el filósofo había desaparecido después de abandonar la casa de Tokio por razones desconocidas. Sabemos que tenía que encontrarse con nuestros agentes de la RPDC, so pretexto de una consulta sobre audífonos orquestada por Elke Jungebluth. Lo lógico habría sido que desapareciera después del encuentro. Pensaba que estaría contigo, que incluso lo vería en esta ventana contigo e intercambiaría unas palabras con él.
—Lo hemos perdido. No llegó a ver a la audióloga en el hotel de Tokio. Nuestros agentes estaban con ella, tal como se acordó con el mismo Arosteguy.
—¿Puede haber habido una intervención electrónica? ¿Podrían haberse manipulado los audífonos o haberse sustituido en algún momento con fines mortales? Sabemos que a Seúl no le hacía gracia que Arosteguy aterrizara en Pyongyang.
—No podemos descartar eso. Se sabe que los soviéticos emplearon audífonos explosivos en los años sesenta para matar en Bulgaria a Solovyov, el director de orquesta que desertó.
—¿Y la chica canadiense? Naomi Seberg.
—La tenemos, gracias a ti. Está en tránsito. Un pequeño inconveniente nos obligó a cambiar de planes y a enviarla en tren. Esperamos que llegue antes de una semana. Madame A. siente curiosidad por conocerla.
—¿Y el estado mental de la chica? —Hervé necesitaba detalles concretos; se lo merecía. Sentía un vertiginoso remordimiento por haber puesto a Naomi en la pista de Romme y los norcoreanos, pero estaba convencido de que todo aquel melodrama la emocionaría y que luego se lo agradecería, como suele decirse. También a él le emocionaba morbosamente el melodrama, el hecho de haber influido en acontecimientos internacionales de un modo casi delictivo. Era él quien había advertido a Romme del peligro que representaba Naomi para sus fines, aunque él mismo lo había propiciado al ponerla en contacto con Arosteguy. Sus motivos habían sido, como de costumbre, poco claros, incluso para sí mismo, pero en último término se trataba de la delicia de mezclar elementos inestables y explosivos y luego ponerse detrás de la barrera para ver los fuegos artificiales.
—Controlado. Nuestro equipo ha sido amable con ella, aunque los acontecimientos, obviamente, han sido estresantes. Le dijeron que se reuniría con los Arosteguy y eso pareció calmarla, aunque, claro, ya no se puede cumplir todo lo prometido. Será interesante ver cómo reacciona. Haré que se comunique contigo por Skype, cuando pueda.
Hervé observó a Romme con cierta tristeza, pensando que no había visto al Romme de verdad, al Romme malicioso, divertido, encantador e intelectualmente seductor, en ninguna de aquellas sesiones de Skype desde la RPDC. Echaba de menos a aquel Romme y se preguntó si realmente quedaría algo de él; había estado tanto tiempo vigilado, amoldándose para satisfacer las exigencias y fantasías del régimen, que cabía la posibilidad de que el efecto de la adaptación fuera irreversible. En algún momento también él debería viajar a Pyongyang, aunque fuese como un humilde turista, para comprobar si el beso del príncipe despertaba al bello durmiente.
—Pero ¿dónde la abordaron? ¿En el aeropuerto?
—Por extraño que parezca, la encontraron en la casa que nuestros agentes alquilaron en Tokio para Arosteguy. Había estado viviendo con él. Estaba sentada en la puerta, con las maletas preparadas y lista para ir a cualquier parte, pero sin saber adónde. Te leo el informe. —Los ojos de Romme no estaban donde solían estar los de las personas que se comunicaban por Skype. Pocos usuarios miraban a la cámara, en el caso de que supieran en qué parte del Mac se hallaba situada, tan pequeña era y tan oculta estaba en el borde superior de la pantalla. Romme miraba muy a la izquierda de la ventana, entornando los ojos por el esfuerzo que le suponía leer y traducir el particularísimo dialecto del Norte—. Nuestra gente juzgó interesante que la muchacha hubiera recogido no solamente sus pertenencias, sino también las de Arosteguy, incluidos los aparatos electrónicos. El equipo apenas tuvo necesidad de limpiar la casa.
—Otra victoria del Kimunismo —dijo Hervé, sabiendo que pisaba terreno peligroso; la ironía y los chistes satíricos no eran políticamente correctos en la RPDC, aunque eran muy útiles en las conversaciones vigiladas, porque, por falta de práctica, no se comprendían. Había sido Ari el autor del término «Kimunismo» para bautizar la extraña forma de nacionalismo xenófobo que se practicaba bajo la dinastía familiar Kim; no era socialismo ni comunismo, ni siquiera la variante maoísta, a pesar de su apabullante culto a la personalidad. Ari pensaba que la provocativa severidad del régimen y su quimérica plasticidad era lo que atraía a los intelectuales franceses, de los que no se excluía.
—Hay otro cabo suelto —dijo Romme—. Espero que hayas estado en contacto epistolar con tu joven amiga Chase Roiphe.
—Claro que sí. Le he enviado el mismo archivo STL que te he mandado a ti. Hace unas horas.
En las facciones de Romme hubo un cambio repentino y peligroso, una sutil insensibilización de la mirada y una intensificación en los ojos que subvirtió la expresión habitual de Romme cuando estaba en Skype, que era alegre, entusiasta, de una simpatía incondicional, la que tenían los presentadores de los informativos norcoreanos. Esperó que los vigilantes de Romme no lo descifraran; era una advertencia para Hervé.
—Aprecio tu espíritu travieso, pero puede que no hayas sido todo lo prudente que debías.
Hervé no estaba acostumbrado a que Romme lo reprendiera; el juego era que los dos eran iguales, jóvenes tecnócratas franceses con porvenir en la escena tecnopolítica internacional, donde la obra que se representaba se titulaba ciberkampf. Pero cuando se trataba de su extraña relación con Corea del Norte y el joven presidente, Kim Jong-un, ya no eran iguales. Romme había viajado primero al Reino Ermitaño con un visado de tecnología, se había implicado en los florecientes mercados tecnológicos medio clandestinos y más o menos legales, primero casi como un extranjero subversivo y luego como reconocido capitán del revolucionario y práctico sector de la tecnología juche. Había sido estudiante de los Arosteguy antes que él y había enrolado fácilmente a Hervé en su plan para construir un pequeño imperio dentro de un imperio en Corea del Norte. Con la connivencia de Hervé, también la pareja de filósofos había sido reclutada, hasta tal punto casaban sus reflexiones sobre consumismo y política con el retrorradicalismo del Reino Ermitaño.
Hervé se daba cuenta ahora de que había cometido un error, en realidad más de uno. Le angustiaba comprender que tenía miedo de hablar a Romme de sus planes artísticos con Chase, de contarle que le había mandado los archivos STL que habían posibilitado la impresión en 3D de las supuestas partes corporales de Célestine. Chase tenía, en su taller de Toronto, testimonios que podían probar que Célestine Arosteguy no estaba muerta, que las fotos incriminadoras de aquellas partes corporales eran únicamente fotos de reproducciones bioplásticas, falsificadas por el equipo de efectos especiales para sugerir que eran resultado de un asesinato espantoso y un descuartizamiento posterior.
—Quería mantenerla cerca y recordarle la ligereza de nuestros juegos sexuales con los Arosteguy —dijo—. Pensé que necesitaba algo fuerte para salir de la depresión en que había caído. Me dijo que no debería haberla obligado a dar mordiscos al pecho amputado de Madame A. y que estaba convencida de que por culpa de aquello tarde o temprano se descubriría su ADN en los restos. Por desgracia, tenía razón. Cuando convinimos en dejar lo que quedaba del pecho para convencer a la Jefatura de Policía de que se había cometido un crimen caníbal, nos olvidamos de que la saliva contiene ADN.
—¿Crees que es una mujer muy voluble?
—En la casa de Toronto donde viven los Roiphe hay una situación muy inestable. El novio de la periodista canadiense está allí, vive en la casa y busca material para un reportaje. Creo que pronto encontrará cosas que no sabía que existieran. Por ejemplo, en su estado de fuga, como ella lo llama, se mutila y se come su propia carne. Dice que es consciente de que está creando un drama kitsch, pero al mismo tiempo se siente impulsada a llevarlo a la práctica. El padre ha permitido que este novio, un norteamericano, sea testigo del comportamiento de la hija. Se llama Nathan Math. Suele escribir sobre temas médicos.
Una pausa.
—Creo que necesitas ir a Toronto para hacer una visita a Chase Roiphe. Necesitas evaluar la situación que hay allí. Y luego, si te hace falta ayuda, aquí tenemos activos que harán lo que sea necesario.
—Ah —dijo Hervé—. Eso sería oportunamente catártico. Entonces, ¿me costeo el viaje por los medios habituales?
La extracción de fondos de las cuentas de Vertegaal exigía realizar una serie de complejas interacciones que empezaban por la emisión de efectos bancarios en tugrik, la moneda mongola, por el Banco Golomt, de Ulán Bator; seguía una serie de conversiones y transferencias, y al final se depositaba una cantidad de euros o dólares, según las circunstancias, en una cuenta comercial a nombre de la empresa de Hervé, Trois Médecins Français, de la filial del Banco de Crédito Agrícola (antiguo patrocinador de un equipo ciclista que ganó un Tour de France) sita en el quai du Président Paul Doumer, todo esto para camuflar que en origen eran won norcoreanos.
La imagen de Romme que se veía en la ventana de Skype abrió la boca para decir algo, pero inesperadamente se congeló, tartamudeó como si se tratara de una inquietante creación gráfica por ordenador y se desintegró en una lluvia de copos de píxeles chispeantes. Tras una elocuente pausa, la ventana de Skype desapareció, dejando momentáneamente en su lugar un cuadrado negro en el centro de la imagen de la galaxia de Andrómeda, que era el tapiz por defecto del escritorio del Mac OS X (versión Lion). (En lo sucesivo evitaría poner fondos de escritorio personalizados por razones de seguridad; anteriormente había utilizado bonitas fotos de Colnago). Mientras miraba impávidamente el siniestro agujero recién abierto en el universo, con el cordón umbilical bruscamente cortado, Hervé imaginó por un momento que no había estado hablando con el verdadero Romme Vertegaal.
Terminaste Consumidos
David Cronenberg