Consumidos

David Cronenberg · Capítulo 12 de 13

Páginas del PDF

Consumidos

Capítulo 11

11

—Fue muy desagradable que me hablaras en francés. Fue cruel. ¿Eres siempre tan cruel? ¿Eres una persona cruel?

—Solamente me dijiste que habías olvidado el francés. No que el idioma te traumatizara.

—Pensé que lo comprenderías.

—Yo también lo creí así.

Chase llevaba tejanos, calcetines negros, mocasines, una ajustadísima camiseta negra de manga larga y con agujeros para los pulgares. Sus pulgares sobresalían por esos agujeros y en consecuencia tenía las manos tapadas. Nathan creyó reconocer el diseño, muy parecido a algo que Naomi había comprado en una tienda llamada COS, en el aeropuerto Charles de Gaulle. Nathan solía preocuparse poco por los detalles de la ropa. Era como no tener oído musical, una cuestión genética, nada que pudiera remediarse; sólo se le quedaba la impresión general, nunca los pormenores. Cuando Naomi le preguntara «¿Qué llevaba puesto?», Nathan buscaría una respuesta inteligente que se convertiría en un producto importante del almacén común de autoironías. Pero en lo referente a Chase, la moda era evasión, literalmente una coartada y en consecuencia Nathan se esforzaba por recoger los detalles y archivarlos mentalmente; en algunos casos, como el presente, mientras subían a la tercera planta de la casa de Roiphe por la alfombrada escalera, recurría a la tecnología subrepticia en forma de iPhone silenciado, con el que la grababa por detrás, cuando la chica no miraba.

Chase había admitido que conocía la prohibición del doctor tocante a subir a los «dominios de arriba» —«cosas de papá», dijo sin más— y había resumido a Nathan las normas del acuerdo: nada de fotos allí arriba, nada de notas ni de grabar la voz, nada de informes para papá. Estas cosas podían venir después, si la chica se sentía a gusto con la presencia de él, una vez acabado el primer periplo. En lo alto de todo había un descansillo desde el que se veía la planta baja por el hueco central de la escalera de caracol. Estaba vagamente iluminado por la difusa luz diurna que entraba por la recargada claraboya modernista y comunicaba con cuatro puertas, las cuatro cerradas y, supuso Nathan, con la llave echada.

—¿Qué puerta te gustaría que abriera, Nathan?

Éste había visto ya lo que había detrás de una —el dormitorio de ella— cuando Roiphe lo había llevado de excursión para que viese a la muchacha tomando el té, pero obviamente no podía hablar de ello; de todos modos, no estaba seguro de qué puerta era, ya que había sido una noche muy confusa.

—Creo que es mejor que lo decidas tú —respondió—. Yo no sabría cuál elegir.

—Sí, supongo que me corresponde a mí dar forma a tu historia. —Se dirigió a la última puerta de la izquierda, sacó un llavero y la abrió—. Tengo una clave secreta de colores para no confundirme de llave. ¿Ves estas pegatinas? Bien, entremos.

Nathan la siguió a una pequeña habitación de techo inclinado, con una buhardilla de tejadillo por cuyo ventanuco se veían las dentadas y puntiagudas hojas de un grueso castaño que ostentaban las manchas pardas del añublo y tenían los bordes resecos y abarquillados, como una versión vegetal de la contractura de Dupuytren. Chase encendió las luces halógenas orientables del techo y señaló el aparato que se alzaba en el extremo de la habitación. Parecía una secadora europea cubierta de polvo, pero con un chasis de acero de aspecto muy tecnológico, bañado por una luz ambiental violeta de lámparas led.

—Bien, ¿qué te parece?

—¿Es tu impresora 3D?

—Fabrikant Bot 2. Es un modelo rarísimo de pie. Es de formato gran tamaño. Casi todos los demás son de sobremesa.

—Parece buena. ¿Qué haces con ella?

En una mesilla de noche que había junto al Fabrikant Bot vi un iMac de veintisiete pulgadas que Chase sacó de su agradable modorra electrónica. Tecleó la contraseña, se abrió una ventana con un encantador paisaje verde de montañas sombreadas, nubes y un cielo azul al fondo; la periferia del paisaje aparecía salpicada de gruesos iconos de control. En el césped en primer término había una especie de cuadrícula en relieve y dentro de ella un estilizado búho real de color rosa. Chase se arrodilló delante del ordenador y se puso a acariciar el Magic Trackpad inalámbrico que había junto al teclado. El búho respondió volviéndose en todas direcciones con impecable tridimensionalidad.

—Es un archivo que me bajé de thingiverse.com. Es una página comunitaria en la que puedes encontrar miles de diseños para modelar en tres dimensiones. Los ha subido la comunidad y todos son gratuitos: bicicletas, máquinas, cualquier cosa. Todos son archivos STL, creo que eso significa estereolitografía o algo parecido, y todos los programas de modelismo digital los reconocen. Si pulsara este botón Fabrik que hay aquí en la pantalla, la impresora construiría el búho.

—Eso sería genial —dijo Nathan—. Me encantaría verla en acción.

Chase deslizó el cursor hasta el icono Dropbox de la barra de aplicaciones y se abrió la carpeta Dropbox.

—Bien, mira. Aquí tengo un diseño esperándome. Me lo envió mi amigo de París. No sé qué es. Vamos a echar un vistazo. Es un archivo de extensión STL, entonces lo arrastro hasta el espacio de construcción virtual del programa FabrikWare, para reducirlo o ampliarlo y jugar un poco con el dibujo. Rediós, qué vergüenza.

Rediós. El búho había desaparecido y en la pantalla había un excéntrico pene, inexplicablemente erecto, del mismo alegre e imperturbable color rosa que el búho. Chase se volvió hacia Nathan con sus ojos verde-grises vibrando y relampagueando.

—¿Te sientes bien con una cosa así, Nathan? ¿Con el órgano sexual de otro hombre?

Sin saber por qué, Nathan no se había fijado hasta entonces en la fuerza que irradiaba de aquellos ojos; tal vez, se dijo, un resultado de mirar demasiado a través de una lente.

—Perfectamente, siempre que no tenga que jugar con él. —La joven rio con complicidad—. ¿Y quién es este otro hombre? Quiero decir si es solamente un diseño fantasioso CAD/CAM u otra cosa. Me refiero a que esto que veo no es normal.

—Oh, no. Hervé nunca haría eso. Cree en la filosofía de los directores del cinéma vérité de los años sesenta. —Nathan advirtió que la chica pronunciaba las palabras francesas con un ridículo acento inglés.

—Querían documentar la realidad con autenticidad, ¿no es eso? Incluso cuando hacían películas de ficción. Pero ¿cómo se explica esto aquí?

—Hervé utiliza un escáner manual de láser y lo aplica a objetos reales del mundo real. Es su versión de la filmación con la cámara en el hombro que cultivaban aquellos tipos de la vérité. Es increíblemente caro, pero el Ministerio de Cultura le concedió una beca y además tiene algunos mecenas un poco raritos. Él no diseña. Podría hacer combinaciones y todo eso, pero la base es siempre el escaneo del mundo real.

—¿Quieres decir que le escaneó el pene a un tipo con el escáner de láser?

—No es peligroso si sabes lo que haces. Se utiliza continuamente en el cine. La cara de los actores se proyecta sobre la de los dobles para que parezca que son los actores quienes hacen las escenas arriesgadas.

—No creo que nadie quisiera este pene proyectado sobre el suyo.

Chase se ruborizó.

—Es el pene de Hervé, desde luego. No se avergüenza de su enfermedad, créeme. Se las ha arreglado para convertirla en una atracción turística muy popular. No se curvaría tanto si no estuviese erecto. Estoy segura de que le ayudaron para conseguirlo. Quizá una de sus mecenas.

—Y ahora que lo tienes en el ordenador, ¿qué harás con él?

Chase volvió al Trackpad.

—Metes el archivo en este espacio de construcción virtual y la interfaz te da herramientas para girarlo sobre su eje, así, para darle la vuelta, para ampliarlo y reducirlo… Creo que lo voy a hacer mayor de lo que es en realidad, por diversión. El programa te avisa cuando sobrepasas la capacidad de la máquina, así que no hay forma de equivocarse. Luego haces que el programa corte en rodajas el objeto virtual para crear el objeto físico, capa por capa. Lo llamaban «prototipificación rápida», un nombre muy bonito.

—¿Conoces el tamaño real del pene de tu amigo?

—Bueno, lo he visto muchas veces. Ahora fíjate. —Pulsó el botón Fabrik, la impresora cobró vida y el cabezal se puso a picotear con imparable energía sobre los raíles de acero—. ¿Ves este rollo de filamento rosa aquí detrás, en esta bobina pegada al chasis y que parece un carrete de caña de pescar? Podría ser de cualquier color, pero da la casualidad de que el que yo tengo es rosa intenso. Está hecho de ácido poliláctico, un bioplástico renovable. Entonces el cabezal tira del filamento enrollado detrás por este tubo transparente de aquí, ¿lo ves? Lo introduce en el extrusor, que lo calienta y lo filtra por un macroagujero de la bandeja de construcción que, como puedes ver a simple vista, desciende lentamente conforme el modelo se reproduce capa por capa. En YouTube hay toneladas de vídeos que muestran objetos que se reproducen a velocidad de vértigo. Es fascinante. En realidad, la mar de divertido. La bandeja desciende como un montacargas y el objeto va creciendo encima. Esta cosa tardará unas dos horas en reproducirse. Tiene muchos detalles.

El cabezal había depositado ya un disco rosa —algo pequeño y desamparado en la sólida bandeja transparente que representaba una rodaja de la base de la polla de Hervé Blomqvist. Fascinante sin duda, pero a Nathan le fascinaba más Chase, que inevitablemente se había convertido en centro de su atención desde el momento en que lo había atraído a la lente del Fabrikant Bot 2. La muchacha desplegaba una inesperada pasión obsesiva, más intensa si cabe que la de Naomi, y para Nathan aquello era sexualidad pura y peligrosa.

—¿Y cuál es exactamente la enfermedad de tu amigo…? ¿Se llama Hervé?

—Hervé Blomqvist. Estudiábamos juntos en París.

—¿Y realmente espera que hagas algo con eso? Me refiero a la cosa que te ha enviado.

—Bueno, él sabe que haré algo y seguramente adivina lo que será.

Nathan solamente podía imaginarla utilizando el aparato en ciernes a modo de superconsolador y nada más pensarlo tuvo una erección que se fundió desagradablemente con la imagen del ordenador.

—¿Qué enfermedad hace que el pene se doble y cambie de sentido a media asta?

—Tres médicos franceses —respondió la muchacha.

—¿Cómo?

—Hervé dijo que la culpa la tenían tres médicos franceses: el doctor Peyronie, del que viene el nombre de lo que le pasa al pene; el doctor Dupuytren, contractura de tendones y los dedos se te quedan así —Chase formó una garra con la mano izquierda —, y eso es algo que suele acompañar a la enfermedad de Peyronie; y el doctor Raynaud, porque cuando tiene frío, le falta riego sanguíneo y los pies se le ponen morados. Tres médicos franceses. Suena a canción infantil, ¿verdad?

—Se diría que conoces a ese tío de un modo muy íntimo.

—Éramos un grupo muy unido cuando estábamos en la Sorbona. Era muy emocionante.

No pronunció el nombre francés de la Sorbona a la francesa, Sogbón, sino como lo pronunciaría una americana del Medio Oeste que no hubiera oído hablar francés en su vida: Sárben. Nathan se preguntó si la joven no estaría desarrollando un complejo metalenguaje que acabaría por aniquilar todo rastro de francés en su lenguaje y su mentalidad, tal como había hecho el esquizofrénico Wolfson al metamorfosear el inglés en una mezcla de hebreo, francés, alemán y ruso. En cierto modo era lo contrario de lo que había hecho Samuel Beckett, que escribió algunas obras en francés, renegando de su lengua materna, para obligarse a escribir, según él mismo, con más claridad y economía.

La impresora iba y venía, dejando estratos de ácido poliláctico en la bandeja de construcción, que descendía conforme el objeto, el pene de bioplástico renovable, crecía como una estalagmita en una cueva. Funcionaba con moderado entusiasmo, sin ironía, contenta de estar creando un pene extrudido, torcido y duro, contenta de crear algo en definitiva. A Nathan le resultaba extraño identificarse con el Fabrikant Bot, pero así era. Entendía lo que era sentirse contento por crear algo, por ser creativo y punto, y la máquina traslucía su inquietud por el proyecto que tenía con Roiphe, aquel libro fantasma titulado Consumidos, que tal vez el Fabrikant Bot pudiera imprimirle. ¿Por qué no? Millares de ejemplares de plástico orgánico renovable.

—Me gustaría que las venas fueran azules o moradas y que solamente el glande fuese rosa o rojo, pero esta versión del Fabrikant Bot trabaja con un solo color y no pueden combinarse varios en un solo objeto. Paso mucho rato pintando, pero sería genial no tener que hacerlo. Estoy tratando de convencer a mi padre de que aproveche la próxima serie, pero se resiste. El RepliKator 3 tiene cabezales dobles y una bandeja de construcción muy atractiva, y creo que existe la opción de usar plástico ABS, y es más caro. Pero no es solamente por el dinero. Quiere que le enseñe lo que hago y a mí no me da la gana.

—Bueno, seguramente no querría ver el pene de Hervé, aunque sabemos que ha visto muchos con anterioridad. Quizá no en este contexto.

—Ah, pero Hervé me envía algo más que penes.

Dejaron que el Fabrikant Bot siguiera alegremente su marcha y salieron al descansillo. Chase cerró con llave y se acercó a la puerta contigua.

—Ésta da a mi dormitorio, ésa a mi cuarto de baño y esta otra —se volvió hacia la puerta de enfrente— que vamos a ver ahora es mi gabinete artístico.

Chase encendió las luces de una estancia que era exactamente igual que la que contenía la impresora, aunque en ésta estaba cerrado el ventanuco de la buhardilla. Nathan vio dos toscas mesas de caballete: una muy larga, del tamaño de las que hay en el campo para merendar en familia, y otra menor, cuadrada, llena de botes y tubos de pintura, pinceles, trapos, paletas de plástico con tapa de forma rectangular, espátulas, frascos con agua.

—Mira, ¿ves? Ya te he contado lo de pintar. Se puede pintar directamente con acrílicos sobre el ácido poliláctico. También puedes lijar antes si quieres crear texturas diferentes. Sería perfecto si tuviese aquí un fregadero, porque a veces hace falta agua, aunque el cuarto de baño está aquí al lado. Ahora está todo un poco desordenado.

Chase se apartó de las pinturas y se acercó a la mesa grande, en la que había multitud de objetos voluminosos y desiguales, cubiertos con un lienzo del tamaño de una sábana. Se detuvo delante de la mesa, respiró hondo (con extraña devoción, pensó Nathan) y se puso a retirar el lienzo con mucho cuidado. Poco a poco quedaron al descubierto diversas partes de un cuerpo femenino desmembrado y mutilado, reproducidas termoplásticamente y dispuestas sin ningún orden perceptible. Estaban pintadas con tosquedad, pero con convicción suficiente para que Nathan se sintiera asqueado, ya que le recordaron lo que había visto en una repugnante carnicería de un pueblo español. Un pecho cortado de un hachazo, trozos de muslo y pantorrilla, dedos sueltos, un tórax partido en cuartos, una asustada cabeza abierta de un tajo y con la hinchada lengua fuera. Casi cada centímetro cuadrado de superficie visible estaba desollado, como si un banco de pirañas se hubiera comido la piel y se hubiese resaltado necróticamente cada mordedura con pintura acrílica de color rojo oscuro.

—Hervé me envió todos los pedazos, uno por uno —dijo la joven, tirando bajo la mesa el lienzo limpiamente doblado—. Los he arreglado y mejorado con pintura. — Se volvió hacia Nathan y apoyó la espalda en el borde de la mesa, con las manos detrás—. Quería llamar Consumidos a esta obra, pero mi padre se me adelantó. A menos que quieras convencerlo de que ponga otro título a vuestro libro.

Nathan reconoció las torturadas partes corporales por las fotos que le había enviado Naomi. Juntas componían el cuerpo de Célestine Arosteguy.

 

—Entonces, lo hiciste realmente. Le amputaste el pecho a tu mujer con su consentimiento.

Naomi pensaba en términos periodísticos y legales; era un enfoque implacable que necesitaba para no perder la serenidad en la densa y líquida noche de finales del verano japonés. Estaban fuera, en el monótono y abatido jardín, porque la casa se había vuelto tórrida, demasiado sofocante; demasiado íntima y falta de aire. Estaba sentada en un banco de cemento que imitaba la piedra esculpida; estaba manchado de líquenes y pegado a la tapia del fondo. Las luces de color naranja, empotradas en la pared y amortiguadas con largas tulipas, cubrían su cara de un resplandor medicinal y casi desinfectante, pintándole en las facciones sombras rojizas y densas. Arosteguy se paseaba delante de ella, propinando ocasionales puntapiés a restos de basura doméstica, inidentificables a causa de la oscuridad que ondulaba en distintas direcciones delante de él.

—Un colega mío…, no te diré quién porque lo buscarías…, estuvimos una vez en un karaoke, no aquí, sino en París, y obligado por las circunstancias canté aquello de «Je t’aime… moi non plus», haciendo de Serge Gainsbourg, y mi colega cantando en falsete la parte de Jane Birkin. Lo hice únicamente como un homenaje a Salvador Dalí, de quien se cita, en el título de la canción, un comentario sobre el comunismo

de Picasso.[1] Gainsbourg había pedido a Birkin que la cantara imitando la voz de un muchacho y mi colega hizo lo mismo sin esfuerzo aparente. Fue un momento revelador, revelador en relación con él, del que yo habría podido prescindir perfectamente. Y después de aquel momento kitsch de vinculación afectiva me contó que tenía un deseo salvaje, y el deseo era cortarle un pecho a una mujer en un momento de pasión. Buscaba activamente a una mujer que se prestase a ello por dinero y a un médico que dirigiera sus manos. Era un sujeto muy puntilloso y escrupuloso. No sé si llegó a satisfacer aquel deseo.

—¿Fue así como te sentiste? ¿Fue sexualmente excitante? ¿Fue apasionado?

 

—Desempeñé un papel quirúrgico. Cometí un acto de cirugía. Y Célestine tenía razón, como siempre. Yo quería quedarme con el pecho, quería conservarlo de un modo u otro, llevarlo al taxidermista de la rue du Bac, lo que fuera, aunque se tratara de un gesto grotesco. No podía dejar escapar la ocasión. Yo sentía en el fondo que ella se había apagado por culpa de aquella pérdida, y desde un punto de vista más egoísta, que los dos nos habíamos apagado, nuestra vida en común, nuestra sexualidad. Soy incapaz de imaginar la complicación resultante si hubiéramos tenido hijos a los que ella hubiera amamantado. Y le dije estas cosas a ella, pero ella no dejó que me quedara con él, y Molnár estuvo de su parte, por razones psicológicas, dijo, y de salud, y de legalidad. Imagina que me hubieran detenido en el tren al volver a París… Pero para ella era sencillo: destruir el pecho con todo su contenido, como un nido de avispas que hemos bajado del alero con una red y metido en una bolsa de basura. Quemarlo, con los adultos alados, las larvas blancas y los huevos. Quemarlo.

A Naomi no le cabía la menor duda de que Arosteguy había mentido de principio a fin (bueno, quizá fueran ciertos algunos detalles que había contado sobre su vida personal y sus costumbres), de que su confesión era una novela, un proyecto artístico, y la había convertido en colaboradora suya para darle forma y difusión. Pero esto no la desalentaba ni cuestionaba su sentido de la integridad periodística, que, la verdad sea dicha, era siempre una cosa teórica, un naipe profesional, algo secundario en comparación con el entretenimiento y la continuidad del trabajo, incluso terciario en comparación con su propia realización creativa, de la que nunca se hablaba y que ocuparía, sorprendentemente, el primer lugar. Si la mentira era compleja y fascinante —y lo era, lo era—, entonces tal vez hubiera allí un libro, con el omnipresente deseo de indagar la quimérica verdad como fuerza impulsora, para garantizar el suspense, y ninguna necesidad de justificar dicha verdad. Induciría a los lectores a preguntarse si las fotos de las partes corporales de Célestine no ponían de manifiesto la presencia de dos pechos cercenados, refutando así la historia de la mastectomía que le estarían contando a ella. Presionaría al jefe superior de policía, Monsieur Vernier, para que aclarase este dato sin explicarle la importancia que tenía. Trataría de examinar ella misma el tórax, el tórax auténtico —una idea emocionante, aunque ¿se había conservado como prueba o ya se había enterrado o incinerado?—, para comprobar si el pecho izquierdo se había extirpado quirúrgicamente, cosido y curado, y no cortado brutalmente. En las fotos que había visto ella sólo se veía el lado izquierdo del tronco y una sombra oscurecía la herida. ¿Lo había hecho la policía deliberadamente? ¿Eran pues fotos de la policía? ¿No las había subido Arosteguy en persona?

—Pero ¿no disfrutaste con la extirpación? —preguntó—. ¿A ningún nivel? Ahora que te conozco…

—Te habría gustado estar en mi cuerpo cuando me acerqué a Célestine tendida en la mesa de operaciones, estar en mi cuerpo como en esas películas de ciencia ficción en que un guerrero se sube a un robot gigante de nueve pisos de alto y manipula sus brazos y sus piernas desde la cabeza de cristal.

—Sí. Exactamente así. —Naturalmente, Naomi lo estaba grabando todo y él lo sabía. La Nagra se encontraba junto a ella, en el banco de cemento, parpadeando alegremente. Arosteguy no llevaría a cabo su interpretación si no se le grababa, de eso estaba ella segura, como un poeta de la tradición oral que hubiera acabado contaminado por la aparición de las grabadoras y se obstinara en que todas sus improvisaciones se salvaran para la posteridad.

—Muy bien. Me acerco a su cuerpo, y es su cuerpo, porque la cara está tapada por la gasa esterilizada que le cubre la cabeza. Pero no es exactamente Célestine, porque no es su color, la veo azul y verde, y en cierto modo no está viva, no está sensible. —Naomi sabía que decir sensible en francés podía confundir a un anglófono, ya que en inglés significaba «sensato, sensata», pero en francés significaba «consciente»—. Y tampoco es su olor, porque huele a un desinfectante acre. Y te lo juro, tiene el pecho perfilado y cortado por trazos hechos con rotulador morado, ¡cortar aquí!, como en una historieta gráfica de pesadilla, una lágrima gigante coronada por el pezón.

»Molnár acecha sobre mi hombro derecho, el lado en que tengo el bisturí, y me susurra, susurra a su aventajado alumno, me da ánimos, pues intuye mi resistencia y mi temor, pero también intuye, y no creo que esto te sorprenda, que tengo una erección, y de pronto me siento poseído por las emociones de mi colega del karaoke, como si las palabras que me había dicho aquella noche hubieran inundado mi cerebro y fueran palabras mías, pensamientos míos, y estoy a punto de realizar los deseos de ambos cortándole el pecho a mi mujer.

»Estoy a punto de hacer el primer corte. Molnár me ha advertido que no piense en la perfección técnica, en hacer un corte perfecto, porque eso acaba por inmovilizar; de todos modos, es imposible conseguirlo con la carne humana. “Recuerde aquella

película con Picasso dibujando: no titubea”,[2] dice. En cierto modo no hay que pensar en nada, hay que moverse por instinto puro y por el deseo de hacer realidad la línea trazada, suceda lo que suceda al final, con la certeza de que saldrá bien. Pero sigo temblando cuando hundo en el pecho la punta caliente del terrible bisturí electrónico, con hoja desechable para carne desechable.

Arosteguy no había dejado de pasearse mientras hablaba, por eso, cuando se detuvo bruscamente, fue como un escopetazo.

—Es demasiado trivial —añadió.

—¿El qué?

—Esta descripción con voz en off. Esta entrevista con busto parlante.

—Ah, no. ¿Qué hacemos entonces?

—Necesito que te desnudes el pecho para que yo pueda reconstruir lo ocurrido. Colaboremos. Será genial para tu artículo, o tu libro. Lo peligroso que soy yo. Lo valiente que eres tú. Y qué perversos y al mismo tiempo tiernos.

—Pero ¿no nos verán aquí?

—Somos gaijin. No les preocupa lo que hagamos entre nosotros, ni siquiera lo que nos hagan los ciudadanos japoneses. ¿Te acuerdas de Sagawa? ¿Y muchos otros crímenes contra gaijin? No vale la pena preocuparse. ¿Y la cirugía sexual? Esto es Japón, querida. —Se había puesto a rebuscar en los bolsillos de su pantalón de pana y en aquellos momentos sacó un corto y grueso rotulador japonés con una punta muy fina, que empuñó como un cigarro—. Vamos a jugar a los médicos. Tú serás Célestine, la voluntariosa y emocionada paciente. Yo dirigiré tu actuación. Representaré dos papeles: seré el doctor Zoltán Molnár, el cirujano más o menos censurable pero pícaramente encantador, y el feo y pesado filósofo francés Aristide Arosteguy, censurable al ciento por ciento. Dirigiré mi propia actuación, pero admitiré cualquier sugerencia de mi coprotagonista en relación con la dirección escénica. Y reproduciremos todos los pasos de la extirpación de mama hasta donde llegue mi memoria.

Empezaba a notarse el efecto de todo lo que habían bebido juntos, en la pronunciación defectuosa de Arosteguy y en la falta de coordinación entre sus palabras y sus movimientos corporales. Naomi había bebido lo mismo que él, primero sake y después cerveza, al principio para que no decayera el ritmo narrativo de lo que contaba, pero ahora lo lamentaba, convencida de que su propia coordinación se había trastornado igualmente, aunque no podía medirla, un mal indicio para ella.

Y mientras se bajaba la cremallera de la sudadera se sintió doblemente puta: iba a desnudar los pechos en un patio de Tokio y lo hacía sabiendo que era únicamente por el reportaje, por el libro, por el morbo de la historia y el valor comercial de su proyecto Arosteguy, para hacerlo tan indecente que ningún editor, en papel o versión digital, pudiera resistirse. Sentirse así no la amilanó; disfrutaba de aquella prostitución transgresora del modo más infantil. Un gigantesco zepelín publicitario flotaba encima de ellos con el lateral iluminado por una franja móvil de imágenes en las que se veía una colección de aparatos gimnásticos finlandeses. Naomi lo miró con actitud soñadora mientras aparecía una cinta móvil de hacer footing, de tamaño reducido y plegable, ideal para viviendas modestas, e imaginó a Célestine y a Ari trotando juntos en París. Como incitado por la fantasía de la muchacha, Arosteguy dio dos pasos decididos hacia ella, cayó de hinojos a sus pies (gruñendo ligeramente cuando la bursitis que tenía en la rodilla se hizo sentir), dejó el rotulador en el banco y se apoderó de sus manos antes de que Naomi bajara del todo la cremallera.

—Permite que te desempaquete —dijo.

—¿Que me qué?

—Bueno, ya conoces esos vídeos sobre desembalajes que circulan por YouTube. Son el arquetipo del fetichismo consumista. Me encantan. En ellos ves a un vietnamita anónimo que abre con todo refinamiento la caja que acaba de recibir y que contiene… seguramente una de ésas. —Agitó los dedos hacia la Nagra—. El chico está en éxtasis, algo que deducimos de su voz y de sus manos de uñas mordisqueadas, porque la cámara no deja de enfocar la caja y su contenido, pero es un maestro de la satisfacción retardada, al igual que sus miles de videoespectadores. Cortará con un cúter especial la cinta que mantiene cerrada la caja. Sacará primero el cajetín más pequeño, que contiene el cargador y el cable de cargar, y el manual de instrucciones en varias lenguas. Abrirá con mucho cuidado las bolsitas de plástico cerradas térmicamente que contienen la pila, los auriculares y los adaptadores. Y por último, con trémula exageración, levantará el objeto del deseo propiamente dicho, el aparato electrónico, envuelto en plástico de burbujas, diciendo con fingida despreocupación, en un inglés ligeramente amanerado, que es el idioma del consumismo: «Y en fin, bueno, aquí está…».

En fin, bueno, allí estaba: la teta izquierda de Naomi, desembalada con trémula exageración por Arosteguy, aunque no sin dificultades, porque la muchacha, casualmente, se había puesto el sostén deportivo blanco —pensaba que encontraría tiempo para hacer footing por los alrededores— y el cierre metálico delantero, con la conocida maldad innata que es propia de los mecanismos pequeños, se le había enganchado, por lo que se vio obligada a doblarse y a soltarlo ella personalmente antes de que Arosteguy la desempaquetara del todo. En aquel viaje había llevado solamente dos sujetadores y la verdad es que hubiera preferido lucir, para la ocasión, el Victoria’s Secret de puntilla negra, con armazón rígido oculto y tirantes de quita y pon, aunque toda la operación parecía discurrir en un plano intelectual y Arosteguy no daba muestras de desánimo a pesar de la asexualidad del sujetador blanco.

Ahí estaba, pues, sin sujetador y sin sudadera, y en una postura enigmáticamente cómoda, con las manos abiertas hacia arriba, apoyadas en el banco, mientras Arosteguy, con el sujetador colgado de un dedo, lo hacía oscilar suavemente bajo la provocativa luz del jardín como si fuera un lenguado imprevisto.

—Después dimos a Célestine un sostén especial posoperatorio. En la copa izquierda tenía una bolsa para acomodar una prótesis. Su nombre comercial era Amoena, creo, un bonito nombre clásico. En realidad tenía dos bolsas, como si se esperase que perdiera el otro pecho. La prótesis, llamada Energy Light, tamaño 4, encajaba a la perfección en lo que le quedaba de pecho, aunque la parte extirpada había sido más grande. Todo cuestión de equilibrio, simetría, peso y aceptación social. El interior de la prótesis tenía una burbujeante superficie transparente, como el acolchado plástico de burbujas, para permitir la respiración, pero se ponía caliente y sudoroso, aunque se nos prometió un material inventado por la NASA que podía conservar la temperatura normal del pecho. El exterior era de color carne y estaba coronado por un pezón poco enardecedor, su consistencia era muy maleable y semejante a la textura natural, aunque demasiado homogénea para que produjera la impresión de ser un pecho auténtico. Llevó la prótesis en dos ocasiones, creo, y luego desistió. Solía encontrármela encima de un frasco de paracetamol líquido, en el armario de la ropa sucia, al lado de la lavadora, como un sombrero chino de esos que tienen forma cónica. En realidad dejó de llevar sostén y fetichizó el hecho de ponerse jerséis ajustados y camisetas que acentuaban la amputación, alegando que de niña había tenido un gato al que le faltaba una oreja y que ella ahora era como el gato.

—No creo que yo fuera tan valiente.

—Nunca se sabe cómo vamos a reaccionar, por eso debemos representarlo. Seremos representadores, como esos tipos que reproducen la batalla de Waterloo empuñando viejos mosquetes y poniéndose en los oídos anacrónicos tapones azules.

Arosteguy se puso a toquetear el pecho izquierdo de Naomi con actitud utilitaria y objetiva, levantándolo con tres dedos como un panadero que juzga el estado de la masa que se cuece, hundiendo el dedo suavemente encima y debajo del pezón, doblándolo para indicar dónde terminaría estando la cicatriz. Tenía la cara muy cerca de la de ella, Naomi sentía el aliento masculino en la piel, caliente el que le salía de la boca, más frío el que le salía por la nariz. Cedió a la idea de ser la canalizadora de Célestine, de que aquella parte de su cuerpo no era suya y podía desprenderse fácilmente de ella; y le parecía emocionante.

—Tina estaba completamente despierta y alerta, y sentada, como estás tú ahora, cuando Molnár le trazó la raya de puntos en el pecho. Si supiera, te hablaría en húngaro ahora, tal como Molnár hablaba con su personal por encima del hombro, para reproducir la autenticidad y la extraña magia clínica de aquel momento. Les dijo que me dieran un Ativan, porque desfallecí y acabé desmayándome como una colegiala. No podía dominar la angustia que me atenazaba. El Ativan fue muy suave y efectivo; me permitió sentirlo todo menos la angustia. En cambio, Célestine estaba tranquila y sentía interés por todo; sonreía, me acariciaba, se compadecía de mí mientras el gran doctor dibujaba en su pecho un mapa infantil del tesoro. Así.

La punta del rotulador estaba caliente —Naomi estaba segura de que la sentía caliente por pensar en la aguja del electrocauterizador— mientras Arosteguy trazaba con rayas precisas el perfil de una lágrima gigante alrededor del pezón, con el vértice próximo a la axila y el resto inclinado hacia el esternón; luego trazó una línea continua, de un extremo al otro, que pasaba por el centro de la aréola.

—Esto es la cicatriz.

—¿Tenía que desaparecer el pezón?

—Se habló de salvarlo y también de una posible reconstrucción de todo el pecho. Molnár nos endilgó una pedante disertación sobre el significado social del pecho y la lactancia, y sobre la innovación evolutiva que representaban los mamíferos. Tina se limitó a reír y dijo que le despertaba mucha curiosidad el hecho de transformarse en medio hombre y que en ese lado le apetecía tener un pezón varonil, no un pezón femenino. El médico le explicó los problemas que comportaba la asimetría. Ella replicó que sería una dualidad, no una asimetría y que ardía en deseos de verlo.

Arosteguy retrocedió, rotulador en mano, para observar su obra. Naomi bajó los ojos y se levantó el pecho con la mano izquierda para observarlo con él.

—Me recuerda a esos tatuajes en forma de lágrima que tienen en las mejillas los presidiarios —dijo.

—Yo tuve un estudiante que llevaba uno parecido. Resultaba inquietante verlo. Solía cubrírselo con maquillaje.

—Por lo general dan a entender que se ha matado a alguien.

Arosteguy meditó aquello en silencio. Naomi tuvo la sensación de que el hombre no había acabado de entender la importancia de los tatuajes; y de que no hacía más que barajar significados e interpretaciones dentro de su cabeza. Casi percibía el desplazamiento y reorganización de los bloques, y se acordó del Tetris, el juego de ordenador que más le había gustado de niña.

—Estoy segura de que aquí en Tokio encontrarías a alguien que pudiera enseñarte uno —añadió con actitud meditabunda—. Podría ir contigo para documentarlo.

Arosteguy levantó la cara para mirarla y se echó a reír a carcajadas.

—A lo mejor necesito dos. ¿Preparada para que empiece a cortarte?

 

Ojalá hubiera sido capaz de confiar en Yukie. Naomi desplegó las fotos que le había hecho Arosteguy mientras ella yacía en el banco de cemento del jardín, con los ojos cerrados y la boca abierta en un simulacro de anestesia, el pecho punteado placenteramente completo, el pezón erecto (¿había estado erecto el de Célestine en el momento de la incisión, pidiendo clemencia a su modo, o se había encogido con miedo, derrotada la fanfarronería de la mujer en el último instante?), los brazos pegados a los costados, para no resbalar fuera del estrecho banco, y el seno derecho recatadamente tapado por la sudadera. Pero las imágenes, mal enfocadas y encuadradas con torpeza, le recordaron que manejar una cámara no era una habilidad innata, y que Yukie, incluso coaccionada por el alcohol y el misterio sexual, habría sabido, con su experiencia mediática, hacer unas fotos nítidas, técnicamente irreprochables, que Naomi podría aprovechar para ilustrar su reportaje o su libro. Habrían reflejado bien la postura de Naomi ante la última tendencia del paraperiodismo, que suponía la colaboración artística entre el objeto y el periodista y que por definición estaba limitada a pocos emparejamientos en este sentido. Se le había ocurrido que tenía a mano la expresión máxima de la «información exhaustiva» de que hablaba Tom Wolfe: la repetición del asesinato en la persona del periodista, con el asesino terminando y entregando el artículo, con fotos, vídeos y todo. Recordaba haber estudiado el concepto de paraperiodismo en la Universidad Ryerson de Toronto y que era un periodismo que mezclaba hechos reales con hechos inventados no atribuidos; pero en lo que estaba haciendo con Ari, empezaba a creer que los hechos ficticios, las invenciones creativas, le pertenecían a él en exclusiva, y como él era el objeto de ella, sus ficciones eran admisibles.

Las fotos hechas por Yukie habrían sido técnicamente mejores, de eso no le cabía duda, pero su presencia habría modificado de arriba abajo la bioquímica del proyecto. Y en cualquier caso, al mirarlas más detenidamente, advirtió que las fotos de Ari expresaban algo emocionante y aterrador: la fusión de Naomi y Célestine en la mente de Ari. Ni que decir tiene que no se parecía en absoluto a Tina, pero por la intensidad y voyeurismo macrofágico que se veía en su forma de retratarla, Naomi intuía un deseo desesperado de recrear a la esposa muerta. Arosteguy, para captarla más de cerca, le había pedido el macroobjetivo, el objetivo de Nathan que se había llevado Naomi y todavía conservaba —sin duda para aquel momento—, y el hombre consumió su cuerpo con aquel objetivo (que ostentaba el absurdo nombre de Micro-Nikkor 105 mm f/2.8G IF-ED), y fue aquel objetivo el que se transformó en aguja electrocauterizadora. Mientras la fotografiaba, Arosteguy le había contado que había llegado a oler la carne quemada de Tina al cortarla, que Molnár —tras separarle los pechos con un retractor de acero inoxidable para despejar la zona de la operación— le había dicho a él que no respirase lo que llamó humo quirúrgico, porque era tóxico. No había registrado de ningún modo su aventura quirúrgica, sólo mentalmente, pero recordaba muy bien el cuchillo Bovie, llamado así por su inventor, William Bovie, aunque no dejaba de pensar en el cuchillo Bowie, el largo cuchillo de combate, semejante a un machete, llamado así por Jim Bowie, famoso por la batalla de El Álamo. La elegante cauterización parecía inocua, la punta de la hoja metálica plana, como un destornillador pequeño, encajaba en la ranura amarilla, el gracioso mango de plástico azul, el botón activador azul, el cordón eléctrico azul. Había emitido sorprendentes chispazos mientras cortaba, como un soplete en miniatura que titilara dentro de la translúcida tienda de piel formada por las vertientes, las capas de tejido mamario que se elevaban en forma de humo blanco con poco más que un susurro.

—El tejido de la mama era como un flan. Me sentía como Sagawa sólo de pensar así.

—Y cuando lo abriste, ¿encontraste un nido de insectos?

—Naturalmente que no —había respondido Arosteguy—. Naturalmente que no. Pero después, mientras se recuperaba, Célestine se sentía tan contenta, tan satisfecha que no se formuló la pregunta y por lo tanto no se dio ninguna respuesta.

Después de cortarla con la cámara, Arosteguy cayó en una especie de trance o quizá en un estado próximo al estupor —indudablemente había bebido más que ella — y Naomi trató de sacarlo de aquella abstracción ofreciéndose a dibujarle un par de lágrimas en la mejilla, induciéndolo a hablar sobre si las lágrimas debían ser bidimensionales —lo cual denotaba crimen— o simples perímetros sin superficie — lo cual denotaba intento de asesinato—. En realidad era una introducción indirecta a lo que le interesaba, una charla franca y sin rodeos sobre el cambio de Célestine, que empezó siendo una apotemnófila monomástica eufórica y terminó por ser un cadáver mutilado, pero después de consentir en tener dos lágrimas bidimensionales —sin dar explicaciones sobre los dos presuntos asesinatos que implicaban—, que Naomi le dibujó con rotulador morado en la húmeda mejilla derecha, Arosteguy se quedó sin fuerzas y se desplomó, y la muchacha, después de ayudarlo a ponerse en pie, a subir por la estrecha escalera, sintiendo todo su peso, su calor y su sudor, lo metió en la cama (él insistió en que fuera en la cama de ella) y lo arropó como a un niño.

Por la mañana comprendió que había tenido que quedarse dormida junto a él en la cama. Su ordenador portátil seguía abierto y en el suelo, donde había estado sentada parte de la noche, con la espalda apoyada en el larguero de la cama y los pies contra la pared, repasando las fotos que le había hecho Arosteguy interpretando a Célestine en la mesa de operaciones. Tendida en la cama, había soñado que era Célestine y que la mutilaban, pero no en el quirófano. Estaba en el famoso apartamento parisino de los Arosteguy, tendida en una losa de mármol incómodamente pequeña, donde era trinchada y comida por un Ari fotorrealista, un Ari solícito y agradecido que comentaba y saboreaba cada bocado de carne, mientras ella lo animaba a despiezarla y, obviamente, a cortarle los pechos y por último la cabeza, que en ningún momento dejaba de ser consciente ni de sonreír con afecto, ni siquiera cuando el hombre se puso a comerle los labios. Cuando se volvió hacia el dormido Arosteguy, era tan intensa todavía la impresión de realidad del sueño que temió que se le cayera la cabeza, rebotara en el hombro del dormido y rodara por el suelo como un balón de fútbol. Pero resultó que Arosteguy ya no estaba en la cama. Cuando se dirigió al cuarto de baño le pareció que flotaba en la incontenible corriente de irreflexión que había formado el sueño en las profundas aguas de la inconsciencia, y en aquel flotar catártico y liberador se sintió más cerca de Arosteguy, del que sin duda había emanado la sensación, tan fuertemente irradiaba su deseo de destrucción incluso en las circunstancias más cotidianas. Encajado detrás del grifo de agua caliente de la pila encontró un arrugado pañuelo de papel, manchado con tinta morada desvaída, y la joven supuso que el hombre se había limpiado las dos lágrimas con él. ¿Habían representado aquellas lágrimas a Célestine y, metafóricamente, a Naomi, y Arosteguy se había absuelto ya de los dos asesinatos?

No estaba en la planta baja. En la casa no había nadie más que ella. Tres días después seguía estando ella sola.

 

Los frenéticos golpes que sonaron en la puerta de la calle aterrorizaron a Naomi, que se demoró unos minutos en el dormitorio de Arosteguy antes de atreverse a bajar la escalera, dando respingos cada vez que se repetía lo que ella interpretaba como un ataque intencionado a su soledad. Experimentaba una extraña repetición memorística del momento de su llegada ante aquella misma puerta, con la diferencia de que ahora era ella quien interpretaba el papel del recluido y neurótico filósofo —se sentía demacrada y sin afeitar, y su pelo sucio se le antojaba de un gris muy Arosteguy—, y la persona desconocida que estaba en la puerta desempeñaba, sin saberlo, el papel de la recién llegada Naomi. Los tres días que había pasado hurgando en la vida de Arosteguy, vida simbolizada por la casa y todo lo que contenía, eran sin duda parcialmente responsables de aquel intercambio de identidades, aunque había también empeño en ello por su parte. No se había lavado los trazos de rotulador que tenía en el pecho, mientras que Ari se había limpiado los tatuajes de homicida que ella le había hecho con cariño en la mejilla. (A su entender había sido una crueldad, incluso una forma de rechazarla). No se había quitado la ropa que llevaba durante la pantomima quirúrgica del jardín; no había salido de la casa en busca de comida; y, un indicio patológico, no había navegado por Internet, ni siquiera había abierto el portátil o encendido la tablet. No le pareció que atentase contra la intimidad de Ari cuando se puso a registrar todos los cajones, estanterías, cómodas y pequeños armarios de la casa, precisamente porque él se había dado por vencido al marcharse sin decir nada y no reaparecer, porque había renunciado a ser Arosteguy-en-su-casa-de-Tokio del mismo modo que el cangrejo ermitaño renuncia a la concha que ha ocupado cuando se le vuelve demasiado pequeña. Naomi, llena de gratitud, se había colado en aquella concha y había pasado a ser la nueva inquilina, una Arosteguy hembra que estaba cerca de Célestine pero que no era Célestine.

No había estado en la planta baja desde la caída de la tarde. Cuando encendió las mismas luces pálidas y acuosas que la habían recibido el día de su llegada a la casa, la sensación de que había una Naomi-en-la-puerta se intensificó hasta el extremo de que, al abrir las puertas deslizantes, esperaba verse a sí misma. Se sintió confundida, porque reconocía a la mujer que tenía ante sí, una mujer con un impecable traje azul marino, con el cuello de la camisa abierto, de ojos llorosos y cara de haber recibido una fuerte impresión. Naomi no alcanzaba a entender por qué. La mujer la miró con el puño en alto, a punto de volver a llamar, con la boca abierta con desilusión y expresión escandalizada por lo que veía, es decir, a Naomi.

—Qui êtes-vous? —preguntó con absurda y apenas contenida indignación.

—Soy Naomi. ¿Y usted?

La mujer bajó con lentitud el puño amenazador, al parecer sin darse cuenta de que tenía vida propia.

—¿Dónde está Ari? ¿Vive aquí? ¿Vive aquí con usted?

El inglés hacia el que derivó para responder a Naomi era firme, claramente forzado y tenía un marcado acento entre alemán y francés.

—Ésta es la casa de Aristide Arosteguy, pero ahora no se encuentra aquí. ¿Quién es usted, por favor?

—Una amiga. Lo estuve esperando, pero como no apareció… —Inopinadamente se puso a sollozar, y mientras se le arrugaba el rostro y se volvía avergonzada para que Naomi no la viera, dejando al descubierto una oreja ridículamente grande, Naomi comprendió que era Elke Jungebluth, la audióloga de Arosteguy y de Romme Vertegaal.

Una vez dentro, instalada en el asiento larvario de bolitas de poliestireno y con un té caliente en la mano, Elke atajó con resolución sus fluidos descolgados —lágrimas, moco— con los pañuelos de papel que Naomi había cogido del cuarto de baño para que se sirviera.

—Me costó un poco hablar con el profesor Matsuda en Todai. Era la persona con quien Ari me dijo que me pusiera en contacto. No quiso darme su dirección personalmente. Según él, para protegerme. Soy ciudadana francesa y él es sospechoso de un delito escandaloso. Etcétera, etcétera. Pero estaba previsto que viniera a Tokio para ver a ciertos técnicos de la República Popular Democrática de Corea. Soy audióloga. Algunos de nuestros aparatos se fabrican en Corea del Norte. Puede que Ari le comentara que los lleva puestos.

—Me dijo que eran alemanes. De Siemens, creo.

Sonrisa compungida en la cara de Elke.

—Eran lo que suele llamarse imitaciones chinas, pero no eran chinas. Eran norcoreanas, y no eran imitaciones, sino un diseño especial de Corea del Norte. Es verdad que llevaban el sello de Siemens, pero más para camuflar el producto que por engaño comercial. Tenemos esperando a un fabricante francés de electrónica, muy deseoso de entrar en el mercado de la audiología. La marca se llamará seguramente La Voz del Presidente Eterno. —Una sonrisa secreta e íntima—. Como puede usted figurarse, tengo ambiciones que van más allá de mi profesión. Ari accedió a probarlos para nosotros antes de que nos arriesgáramos a presentarlos en los mercados occidentales y quedamos en que me informaría, que iría a mi hotel, aquí. —Un temblor en la voz—. Pero no ha aparecido. Nos enviamos mensajes de texto, estaba en camino, pero no hemos llegado a vernos. Teníamos que ajustar el software antes de que mis contactos ingenieros volvieran a Pyongyang. Ahora tengo un problema gordo. No estoy preparada para negociar con los norcoreanos sin la información de Ari. Si quedan decepcionados pueden ponerse muy bordes. ¿Es usted la nueva novia de Ari? Diría que es usted americana.

—Nací en Canadá. Tengo doble nacionalidad. —Naomi no sabía por qué pensaba que era una buena respuesta, pero en las referencias a Francia, Alemania y Corea del Norte había algo que olía a pasaportes. En la corteza exterior de su mente se preguntó si Canadá tendría con Corea del Norte alguna relación diplomática que no tuvieran Francia o Estados Unidos. Puede que tuviera que abrir el Air y entrar nuevamente en Internet, aunque hacer como que no existía Internet en el curso de los tres últimos días había resultado liberador—. Soy periodista y trabajo en el caso de los Arosteguy para varias revistas. También a mí me ha llamado la atención que no haya dado señales de vida. —La última frase fue deliberadamente ambigua. Sabía que su aspecto descuidado negaba su posible objetividad respecto de Ari; ella y Elke eran tal para cual.

—¿Saben lo de Ari sus colegas norcoreanos? Me refiero a lo de probar los productos de usted.

—Desde luego. Lo interesante para ellos es su prestigio a nivel internacional. Que se fijara en Corea del Norte para usar una tecnología de carácter tan personal. La emoción de oír, de comunicarse, de hablar, de saborear la lengua. ¿Ha visto los libros de filosofía para niños que escribió Ari? Todos tienen unas ilustraciones maravillosas de Célestine. Encantadoras y evocativas. Se dice que Kim Jong-un leyó algunos cuando tenía diez años y que los asimiló inmediatamente, por eso los Arosteguy tienen tan buena reputación en la República Popular Democrática. Se les considera fervientemente anticapitalistas y anticonsumistas. También es posible, desde luego, que hasta cierto punto hayan sido malinterpretados. —Hubo una pausa deliberada durante la que Naomi llegó a castigarse por haber leído solamente tres trabajos de Arosteguy sobre aeropuertos, gracias a los cuales era ya tan experta en la filosofía política del filósofo francés como el heredero de la dinastía Kim a los diez años—. Y además había por medio un elemento personal.

—Romme Vertegaal —sugirió Naomi.

No es que los ojos de la mujer fueran de tamaño diferente, como había dicho Ari, sino que no estaban en línea recta, ya que tenía el izquierdo bastante más arriba que el derecho, lo cual le daba un aire de incredulidad permanente, como si arqueara una ceja con escepticismo; y cuando arqueaba realmente la ceja, como en aquellos instantes, el resultado neto era en efecto cómico, pero también y hasta cierto punto turbador, porque hacía pensar en alguna clase de deformidad o de enfermedad mental.

—Veo que se ha ganado usted la confianza de Ari —dijo Elke, echándose hacia atrás el pelo negro con ambas manos y ahuecándoselo un poco en la nuca.

—Le interesaba darme información suficiente para que yo escribiera… con inteligencia.

—Bueno, parte de esa información no es para uso público.

—¿Como el Programa Vertegaal?

—Sí, por ejemplo. Contiene algunos aspectos peligrosos, a nivel comercial, político, neurológico y, como ha señalado Ari repetidas veces, también a nivel filosófico.

—Escuche, Elke, ¿sabían sus coreanos, sabía Romme que Ari tenía que reunirse con usted en su hotel? ¿Sabían cuándo?

—¿Qué está insinuando?

—¿Planeaba Ari marcharse a Pyongyang? ¿Con usted tal vez?

Elke bajó los ojos y se ruborizó. En aquel momento fue evidente que Ari y Elke habían sido amantes alguna vez, a pesar del humor con que el primero había descrito la fealdad de la mujer.

—No, al principio no. Pero oí decir al profesor Matsuda que el gobierno japonés pensaba deportarlo, extraditarlo a Francia; parece que en los tratados entre Japón y Francia hay un par de puntos mal definidos. Además, Ari no es ciudadano japonés. Imagino que se ha visto obligado a pensar en la posibilidad de abandonar Japón para ir a Corea del Norte.

—Pero se lo habría dicho a usted, ¿no? La habría llevado consigo.

—Me habría gustado, no lo voy a negar. Pero alguien tenía que quedarse en París para coordinar las cosas. Y la verdad es que ya somos demasiados en Corea del Norte.

—¿Demasiados? ¿A quiénes se refiere?

—A Romme, naturalmente. Y también a Célestine Arosteguy.

—¿En Pyongyang? ¿Ahora?

—Sí.

—Pero eso no es posible. Célestine está muerta.

—No, no está muerta. Se encuentra en Pyongyang con Romme. He hablado con ella esta misma mañana, por Skype. Tiene una conexión especial con Internet que solamente se permite a ciertas celebridades extranjeras. Bajo estrecha vigilancia, como es natural. Se había cortado el pelo al estilo del Peinado Autorizado N.º 3, muy corto y aplastado. —Elke dio un tijeretazo con los dedos a la altura de la mandíbula para ilustrar el estilo en cuestión, uno de los dieciocho cortes de pelo para mujeres autorizados por el gobierno de la República Popular Democrática—. Parecía muy diferente, pero estaba adorable. Sencillamente adorable. —Una pausa con sonrisa ausente mientras la audióloga evocaba el nuevo look norcoreano de Célestine y una leve sacudida de la cabeza para expresar el asombro que sentía ante la infinita capacidad de adaptación de aquella soberbia mujer. Volvió a enfocar a Naomi, borrando la sonrisa inmediatamente—. No me dijo que estuviera esperando a Ari.

—Pero en París hay en marcha una investigación criminal motivada por su asesinato, su descuartizamiento. Hay fotos.

—Eso es una historia orquestada por Romme en honor de Kim Jong-un. Es un asesinato virtual. No me pregunte cómo se hizo, pero es una especialidad de Vertegaal. Supongo que recibiría ayuda particular de París, una ayuda digamos técnica.

—¿Qué clase de ayuda?

—Los Arosteguy tenían un alumno brillante que quedó fascinado por Romme. Un tipo muy hábil.

—Hervé Blomqvist.

Elke rio con resignación.

—Sí, Hervé. O sea que los franceses prefieren que Célestine esté muerta a creer que ha desertado cultural, no técnicamente, para irse a Corea del Norte. Es muy posible que sepan la verdad y hayan decidido aceptar la tapadera que les han presentado; está muerta, asesinada por su marido, que también ha resultado ser un traidor a Francia, una vez más, en sentido cultural, que para los franceses es peor que la traición política. No me extrañaría leer que Ari ha sido secuestrado por agentes norcoreanos y despachado a Pyongyang para ayudar al nuevo y joven dictador a pulir su particular política sociofilosófica. Sería la clase de ficción subversiva que los franceses inventarían para contrarrestar el sincero deseo de Ari de rechazar su antigua vida, profundamente francesa, y abrazar otra nueva, vibrante y asiática. Menudo trío organizarán allí, si es que realmente se ha ido. —Saltaba a la vista que Elke habría preferido que fuera un cuarteto.

—¿Y si fue eso lo que ocurrió? Me refiero al secuestro de Ari. Cuando fue a verla. Puede que lo estuvieran esperando.

—Probablemente se limitaran a convencerlo. Si Matsuda conocía la posibilidad de la deportación, también ellos debían de estar al tanto. Puede que bastara con eso.

—Pero si Célestine está viva, como usted dice, entonces Ari no ha cometido ningún delito. Podría volver a Francia sin problemas, puesto que es inocente.

—En esa investigación hay algo más que el presunto asesinato de la señora Arosteguy. Se han destapado muchas cosas. No quería volver.

—¿Relaciones sexuales con estudiantes? ¿Se refiere usted a eso?

—Un método docente sancionado durante tres mil años y que ahora se considera una atrocidad.

Naomi había encontrado toda clase de artilugios electrónicos dispersos por la casa, por ejemplo lápices USB y tarjetas SD que no se había atrevido a curiosear, pero cuya presencia sugería que Arosteguy pensaba volver. Además, había dejado tres teléfonos europeos, entre ellos un viejo Nokia y un prehistórico Sagem de dos colores, los tres desportillados, abollados, rayados, marcados y en general hechos un asco, a tono con la estética personal del propietario; con sólo mirarlos se adivinaban caídos de diversos bolsillos y estrellados contra suelos duros y mojados, y Naomi sentía la punzada de la separación al pensarlo. Llegó a la conclusión de que debía de haberse llevado el LG DoCoMo japonés, con tapa y de color rosa. Y desde luego no podía confiar a Elke que se podía acceder a los aparatos de Ari.

—Elke, ¿no grabaría usted por casualidad la conversación que tuvo con Célestine por Skype? Me sorprende que se haya arriesgado tanto. ¿Y no le preocupa que la gente piense que está muerta? ¿Es consciente de eso? Si al menos se colgara en YouTube…

Elke se puso en pie.

—Ha sido usted muy amable. Trataré nuevamente de ponerme en contacto con mis socios técnicos de la República Popular Democrática, que según parece han desaparecido con el señor Arosteguy. Si todo sigue igual, volveré a París a recuperarme de los diversos golpes. Estoy segura de que usted me entiende. —Rodeó la mesa baja, se inclinó y besó a Naomi en ambas mejillas. Olía a anís y a maquillaje seco y agrio.

Cuando Elke se hubo ido, Naomi registró otra vez la casa de arriba abajo, aunque esta vez no la embargaba la nostalgia ni la sensación de abandono, sino la determinación de encontrar información concluyente y posiblemente secreta. Puso y juntó sobre la mesa de la sala de estar todos los artilugios que podían considerarse portadores de información, sin olvidarse de poner al lado su propio arsenal electrónico, por si necesitaba recordar palabras críticas que Arosteguy hubiera pronunciado y que solamente en las presentes circunstancias revelarían su verdadero valor. La aparición de la Elke de carne y hueso, que era punto por punto tal como la había descrito Ari durante la larga «confesión» que ella había tomado olímpica, incluso alegremente, por una sarta de embustes, o como mínimo por un autoengaño ingenioso, había definido repentinamente los perfiles de las cosas como una cámara DSRL de detección de fases.

La programación del audífono, los contactos con Corea del Norte, todas aquellas fantasías paranoicas y alucinatorias eran verdaderas, y la conclusión más lógica a que llegaba en relación con el reportaje que se proponía hacer, que ahora evidentemente debía ser un libro, era que se encontraba a más kilómetros de distancia de la totalidad de la historia de lo que había creído al principio. ¿Podría ir en persona a Pyongyang como algo más que una simple turista dentro de la competencia estrictamente controlada de la Compañía de Viajes Internacionales, que era propiedad del Estado coreano? Tenía entendido que a los periodistas, sobre todo a los estadounidenses, pocas veces se les concedían visados. ¿Le concedería Romme Vertegaal una entrevista a través de Skype o, lo que era preferible, viajaría a donde fuera para reunirse con ella? ¿La pondría esto en peligro? ¿Y estaba Célestine realmente viva y en la capital del Reino Ermitaño? ¿Podía ser una impostura la charla de Elke con Célestine a través de Skype? No sería difícil inventar un monólogo para una Célestine virtual con las muchas grabaciones de voz que había disponibles y animando las imágenes que había dejado tras de sí a lo largo de los años; o, dados los tartamudeos y problemas de audio que eran de esperar cuando se utilizaba Skype en distancias tan largas, unos operarios hábiles podían crear un simulacro de conversación, con respuestas concretas a comentarios o preguntas. Sería todo un acontecimiento que Naomi rastreara y confirmara la suerte de Célestine. ¿O había mentido Elke? Puede que Naomi recogiera el hilo de su incipiente relación con Elke cuando estuviera otra vez en París.

Y cuando por fin encontró el lápiz USB de 64 GB, con su forma de ataúd rojo, marca Verbatim, envuelto en una lámina de plástico y torpemente hundido en el pringoso contenido de un frasco blanco con una etiqueta que decía, en inglés, «Crema limpiadora Kanebo» —parecía una crema con base de aceite de oliva, aunque el manchado y accidentado cutis de Ari desmentía cualquier uso de la misma por su parte—, el creciente montón de cachivaches electrónicos pasó a ser irrelevante, excepción hecha del MacBook Air, que iba a utilizar para descubrir lo que había allí. Quitó el capuchón que protegía la clavija y la introdujo en el puerto para USB del costado izquierdo del Air. Aún pasarían dos días antes de que encontrara las imágenes que detallaban el descuartizamiento y la ingestión del cadáver de Célestine Arosteguy.