Consumidos

David Cronenberg · Capítulo 6 de 13

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Consumidos

Capítulo 5

5

Naomi iba en el Boeing 777 que había partido del aeropuerto Charles de Gaulle y estaba previsto que aterrizara en el Narita de Tokio. Tenía el portátil en la bandeja del asiento y en la pantalla se veía una foto del elegante lavabo de primera clase que había hecho con el iPhone. Le gustaba en particular la pequeña orquídea metida en el lechoso vaso de cristal pegado al espejo, aunque sospechaba que era artificial. Nathan se quejaba en su oído: «Pasas volando por encima de mí y yo sin enterarme. Estoy destrozado».

Naomi hablaba con normalidad por el teléfono del avión, reprimiendo la tentación de alzar la voz para sobreponerse al zumbido del aparato. No le gustaba oír lo que decían los demás. Y como compañero de asiento tenía a un holandés alto y ancho — había visto su paspoort burdeos al salirse de la bolsa de su ordenador y caer en el asiento de ella— que estaba casi pegado a Naomi, porque no iban en primera clase, sino en lo que allí llamaban Premium Economy, que daba derecho a algo llamado Sky Shell Seat. «Cuando se va de París a Japón se vuela hacia oriente, no hacia occidente».

«Ay, joder, eso significa que te alejas de mí», dijo Nathan. Estaba sentado ante la mesa de su habitación del Bloor-Yorkville Holiday Inn, tratando de no deprimirse, hablando por el micro del portátil con una aplicación de VozIP. En pantalla tenía una de las fotos de desnudo apotemnofílico que le había hecho a Naomi; en realidad hablaba con la foto. Ella no había conseguido borrarlas todas.

—¿Por qué ese súbito romanticismo? ¿Qué está pasando ahí, en Toronto? ¿Debería preocuparme?

—Aquí las cosas son extrañas y te echo de menos, eso es todo —dijo Nathan.

El holandés pidió un cóctel de vermut y vodka. No era el primero que tomaba. Era un tipo muy alto y Naomi no estaba segura de que no estuviera escuchándola.

—Háblame de esa extrañeza.

—El síndrome de Roiphe. Una cosa nueva, nada que ver con la vieja enfermedad de Roiphe. Es en lo único que ha trabajado este último año. No sé si lo ha inventado o quiere definirlo. No quiere hablar al respecto con nadie más y no me dará el menor indicio de lo que supone si no accedo a pactar con él lo del libro. —Nathan le había escrito un email detallándole la estratagema del libro para que le diera su opinión. En opinión de Naomi, podría ser la coyuntura perfecta para que Nathan saliese de la rutina periodística. Un libro, aun en el caso de que acabara siendo un e-book, no podía ser nada malo.

—¿Y es realmente su hija? ¿Vive con él y él la observa y analiza? ¿Es ella su tema de estudio?

—Chase, así se llama —dijo Nathan, comprendiendo por primera vez la cómica oportunidad del significado de aquel nombre en inglés: caza—. Tal parece ser la situación.

Llegó el cóctel de vodka del holandés con una taza de cosas romboidales para picar que parecían frutos secos. Con los auriculares puestos, el tipo estaba viendo un estrafalario teleconcurso japonés en la pantalla del respaldo del asiento delantero y Naomi se preguntó sin mucho interés si entendería algo. De vez en cuando reía por lo bajo.

—Parece tan morboso que podría ser una delicia —dijo Naomi, que repasaba en su pantalla unos datos generales referentes a la Universidad de Tokio. Trataba de imaginar la vida de Arosteguy en el exilio y le costaba. El problema no era sólo la opacidad de Japón; la idea de que un intelectual heleno-francés y asesino estuviera en Japón también lo era. Y además, obviamente, la fuente de toda emoción. Había encontrado el caso de Issei Sagawa, el estudiante japonés de la Sorbona que había matado y se había comido a su compañera de clase, una holandesa llamada Renée Hartevelt. Considerado incapacitado, por razones de salud mental, para ser sometido a juicio, había vuelto a Japón, donde gozaba de entera libertad y era una celebridad menor que pintaba desnudos, escribía comentarios críticos sobre restaurantes y se movía en el circuito de los programas de entrevistas. Aunque pensar en ello ponía muy nerviosa a Naomi, la idea de que Sagawa entrevistara a Arosteguy le producía una excitación casi insoportable. Era tan morboso que podría ser una delicia.

—Yo no buscaba exactamente ese enfoque.

—Tus artículos son tan sensacionalistas como los míos. Sólo que un poco maquillados. Tú procura no firmar nada —dijo Naomi.

—Es un viejo pintoresco y muy cauteloso. Aún no he podido calarlo.

—Dile que necesitas ver algo para saber si va a tener profundidad suficiente para preparar un libro. Si no resulta, siempre podrás irte con el artículo.

—Eso significaría quedarme semanas en este hotel. O más tiempo. Prácticamente tendré que vivir con él. La verdad es que ya me ha enseñado la habitación de los huéspedes. En el sótano.

—Pasaré a hacerte una visita. Después de lo de Arosteguy.

—Oye, ¿no crees que esto es demasiado repulsivo? Quiero decir, ¿lo harías tú? ¿Mudarte a la casa de tu víctima? ¿Ducharte en la misma ducha que tu víctima?

—Serías otro periodista integrado. Es el último grito.

—¿Has concertado ya la cita con Arosteguy? ¿Está realmente en Tokio y ha accedido?

—Conseguí su dirección electrónica por un intermediario. Quiere contar su versión. Los chicos de Notorious están emocionados. Han dicho que manos a la obra. Y sí, ha accedido a verme.

—Oye, que ese tío podría ser realmente un asesino. ¿Dónde te reunirás con él?

—Donde me diga, supongo. Se especula con que tiene una casa en la ciudad.

—Eso es peligroso.

—Bueno, él es peligroso. Pero ése es el atractivo comercial, ¿no?

Una pausa incómoda. Nathan fantaseó con una escena de cama entre Naomi y el femicida heleno-francés en una siniestra casita japonesa —¿habría casas independientes en Tokio?—, luego ella le confesaba que Nathan le había contagiado la enfermedad de Roiphe, y Arosteguy, lleno de cólera, la mataba y luego se la comía.

—¿Qué? —dijo Nathan.

—Me sale un flujo extraño —dijo Naomi, adivinando lo que pensaba Nathan de manera indirecta, como siempre—. Es muy molesto. —El holandés ladeó ligeramente la cabeza hacia ella. Seguro que la oía. Pues que la oyera.

—A lo mejor es la candidiasis de turno.

—No. Esto huele de otro modo —dijo Naomi, levantando un poco la voz para que el holandés se enterase. Se preguntó si aquel hombre estaría al corriente de que en el asesinato de Sagawa había una conexión holandesa. ¿Sería algo más o menos simbólico en Holanda? Puede que conviniera investigar aquel conducto—. Tendré que averiguarlo. Qué coñazo.

Silencio elocuente y suspiro de Nathan. Naomi súbitamente alerta, del todo pendiente del teléfono aéreo, la pantalla ya en segundo plano.

—Naomi, la última vez que nos acostamos. En el Hilton. En Schiphol.

—Sí. ¿Qué?

—Yo tenía la enfermedad de Roiphe. Y es probable que tú la tengas también. Lo siento. No lo sabía entonces. Joder. Deberías hacerte una analítica.

—¿Qué? ¡Grandísimo cabrón! No me lo puedo creer. ¿Quieres que me haga un análisis de infecciones venéreas en Tokio? ¿Que acuda a un misterioso ginecólogo japonés? ¡Joder!

En aquel punto el holandés se quitó del oído el tapón auricular, el del lado de Naomi, para oír mejor, supuso ella. Naomi lo fulminó con la mirada, le lanzó su Mirada Mortal, y el holandés le sonrió con timidez y volvió la cabeza. Pero no se introdujo el tapón otra vez.

—Lo sé, soy un…

—¿Quién te la pegó, grandísimo cabrón? ¿O es que ni siquiera lo sabes?

—Lo sé. Fue la paciente con cáncer de mama sobre la que escribí un artículo en Budapest.

—¡Pues sí que profundizaste en el tema! Para que luego hablen de los periodistas integrados. Joder.

—Fue un polvo por compasión —dijo Nathan—. Estaba muy metido en el reportaje y me sentía vulnerable. No sé, joder. Quiero decir que ella había estado sometida a inmunosupresores… No sé.

—Escucha. Voy a sugerirte algo. ¿Por qué no te follas por compasión a Barry Roiphe?

Naomi colgó bruscamente golpeando el auricular contra la horquilla del brazo del asiento. El cóctel del holandés tembló. El holandés lo cogió antes de que derramara algunas gotas y esbozó una sonrisa empalagosa.

—Más de una vez he pensado que estos teléfonos de avión no son una buena idea —dijo, pero Naomi había vuelto a concentrarse en la pantalla y repasaba imágenes de Arosteguy.

 

—¡Naomi! ¡Aquí! —Yukie agitó la mano con energía cuando Naomi cruzó las puertas de cristal de la zona de inmigración empujando el carrito del equipaje con sus guardabarros de diseño aerodinámico—. ¡Me alegro mucho de verte, cariño!

—¡Hola, Yukie! Gracias por venir a recibirme. Eres un encanto. —Yukie vestía un extravagante abrigo de pieles de imitación, de color marrón oscuro, con franjas malvas y moradas, guantes de cuero púrpura, una esponjosa bufanda con rayas rosa y gafas de sol ovaladas, de grueso plástico transparente: todo normal para ella. El pelo aún le caía en cascada hasta la espalda. Verla tan igual a como la recordaba tranquilizó a Naomi.

Tomaron el tren de alta velocidad de la línea Narita Sky Access hasta la estación Nippori y allí subieron a un taxi que recorrió como pudo las calles de Tokio hasta llegar al domicilio de Yukie. A Naomi le decepcionó un poco comprobar que el taxista no llevaba guantes blancos, pero al menos los respaldos de los asientos, los reposacabezas —con tantos volantes y encajes que parecían victorianos— y el circular por la derecha satisficieron las expectativas que le habían creado sus investigaciones en Internet. Yukie le hacía fotos con un iPhone y Naomi le devolvía el detalle con la Nikon.

—Cuánto me alegra volver a verte —dijo Yukie—. Pareces más madura, menos niña.

—¿Quieres decir vieja? —dijo Naomi, atrincherada tras la cámara.

—No, claro que no. Te enseñaré una prueba fotográfica. —Yukie repasó las fotos que había hecho, eligió una y le alargó el iPhone para que su amiga la viera. Incluso con la iluminación frontal del flash de leds, y sonriendo dulcemente al asomar detrás de la cámara, Naomi tenía un aspecto excelente, un aspecto viable, pensó, significara esto lo que significase.

—Vamos, lo he dicho en serio —dijo Yukie—. Irradias glamour y erotismo. Debe de ser cosa del matrimonio. Nathan debe de ser un marido genial, atractivo y que te apoya en todo.

—Sabes que no estamos casados, Yukie.

—Bueno, sois un matrimonio moderno —dijo Yukie—. El matrimonio es eso actualmente y vosotros estáis en esa onda. Estáis casados. Cibercasados. De un modo u otro, Internet está por medio.

Yukie vivía en Shinsen, al oeste de la estación Shibuya, en una pequeña travesía de edificios de hormigón y baldosas algo destartalados. Ya en la puerta del piso, Yukie se volvió hacia Naomi y le puso las manos en los hombros.

—Voy a tener que darte las excusas habituales que dan las trabajadoras japonesas solteras. La casa es pequeña y fea y está llena de trastos, y me da vergüenza que la veas y mucho más que tengas que quedarte aquí.

Naomi dio un rápido beso a su amiga.

—Con más razón debo darte las gracias. Es el mejor sitio que podría encontrar en Tokio, créeme.

Ya en el interior, Naomi se llevó un chasco al ver un reducido espacio moderno, limpio y ordenado, en nada diferente de cualquier pequeño estudio de Brooklyn o Queens. Ni esteras de tatami, ni futones ni puertas shoji. En realidad no debería haberse sorprendido porque Yukie era aseada, ordenada y moderna, aunque de acuerdo con la tradición japonesa las dos se descalzaron nada más cruzar la puerta.

—¿Necesitas esconderte? —preguntó Yukie mientras arrastraba el grueso petate de Naomi hasta la cocina. Blancas cortinas transparentes separaban la cocina del dormitorio, que también hacía de sala de estar—. Ni siquiera mis amistades saben llegar aquí, así que vivirás en el más completo anonimato.

—No estoy segura —dijo Naomi, acordándose del holandés con el que había viajado y del incesante interés por ella que había mostrado aquel hombre mientras esperaban el equipaje. No dejaba de sonreírle ni de hacerle señas con la cabeza, tratando de que lo mirase a los ojos, como si compartieran un secreto íntimo, y aquello le había dado miedo y le había provocado fantasías paranoicas—. No me sorprendería que alguien del avión hubiera querido seguirme.

Yukie rio con incredulidad y cerró a sus espaldas la sólida puerta revestida de metal. Cogió a Naomi de la mano y la condujo a la cama, donde tomó asiento y dio unas palmadas sobre la colcha de girasoles estampados. Naomi dejó el maletín y el bolso en la alfombra rosa y se sentó a su lado. Yukie llevaba puestos aún el abrigo y los guantes.

—Puedes ocupar la cama. Yo estoy acostumbrada a dormir en el suelo, en el saco de dormir.

—No me parece justo —dijo Naomi—. Ya idearemos algo. Podría dormir en la mesa de la cocina.

—Sí, en eso estaba pensando —dijo Yukie riendo—. Lástima que sea demasiado pequeña.

Naomi sentía intensamente el desfase horario ahora que podía relajarse, que podía dejar de viajar. Había dicho lo de dormir en la cocina muy en serio y ya se imaginaba tendida de espaldas en la mesa, con las piernas colgando por el extremo, balanceando los pies. Sentía los ojos insensibles por dentro, mientras que los de Yukie chispeaban de emoción.

—Qué bien. ¿Hay algún papel para mí en esto? Ya sabes, ¿un enfoque exclusivamente japonés? ¿Algo que no querrías pero que pudieras darme? Mi jefe viene rechazando todo lo que le entrego últimamente.

Naomi no se sentía turbada por los remordimientos de Yukie —eran tan inofensivos que podían pasarse por alto—, pero estaba en deuda con ella y la necesitaba. Yukie era agente de relaciones con los medios en Monogatari PR, una de las casas de relaciones públicas más fuertes de Japón —su especialidad era organizar campañas o actos para solucionar contratiempos de personajes célebres, sobre todo de la variedad política— y aunque era una agente primeriza, conocía a todos en el muy endogámico y regimentado mundo de los medios de comunicación japoneses.

—Tengo que verme aquí en Tokio con un hombre muy peligroso. Nadie más lo sabe.

—¿Ni siquiera Nathan?

—El muy capullo lo sabe.

Yukie dilató los ojos.

—Oh, oh. —Bajó los ojos, volvió a cogerle la mano a Naomi y sin alzar la mirada añadió suavemente—: Tal vez debieras darme el nombre de algún contacto o algo parecido. Por si las moscas. No sólo el de Nathan.

—Te lo daré, Yukie. Es una buena idea. Mientras tanto, necesitaré algún contacto tuyo.

—¿Mío? —Tras haber expresado sus temores, Yukie se animó a mirar a los ojos a su amiga.

—¿Quién es tu ginecólogo? —preguntó Naomi.

 

—Durante un tiempo tuvimos un ama de llaves portuguesa, algo extraordinario — dijo Roiphe—. Vivía aquí abajo. Encontró una oferta mejor y se fue.

—¿Sí? —dijo Nathan.

—Su novio se casó con ella. Y se la llevó.

—Olvidó llevarse la bandera —dijo Nathan, señalando con la cabeza la pequeña bandera portuguesa de plástico que colgaba de la pared. Al lado había un lujoso cartel en el que se veía un castillo morisco en las montañas de Sintra, cerca de Estoril. El escudo de Sintra destacaba en el ángulo inferior derecho, que estaba un poco desgarrado. Mientras guardaba su ropa interior en la cómoda de Ikea, revestida con chapa de abedul blanco, que había al pie del cartel, Nathan se sentía ya un amo de llaves portugués, ávido por tener una ventana en el cerrado dormitorio del sótano con la ventosa vista del cartel. Se quedaría éste, pero había que arriar la bandera. ¿Y por qué no había espejo en la habitación?

—Desapareció de la noche a la mañana. Dejó casi todos sus bártulos —dijo Roiphe, agachado y hurgando sin el menor rubor en la bolsa de la cámara de Nathan, que yacía abierta en el sucio suelo. Nudos. Visiones de cepillos para alfombra de los años setenta danzaban en la cabeza de Nathan. ¿O acaso volvían a ponerse de moda las alfombras de nudos? Aquella variante era de color pizarra mate, un color poco propio de los años setenta. ¿Era enfermizo? ¿Estaba haciendo aquello realmente? ¿De verdad sería capaz de dormir allí, de despertar y de ponerse en marcha?

Nathan optó por echarse a reír.

—Bueno, creo que podría instalarme aquí si las cosas van despacio. Soy particularmente hábil con el plumero.

—Que me ahorquen si no lo he traído aquí para eso, para que las cosas vayan deprisa. Oiga, esto es material de primera. —Levantó el disparador inalámbrico del flash de Nathan—. ¿Y qué carajo es este chisme? Aquí dice —se puso a leer la etiqueta— que es un Controlador de Flash Speedlight Inalámbrico SU-800 de Nikon. Suena impresionante.

Nathan decidió utilizar su hotspot personal LTE del iPhone para generar una señal inalámbrica privada. Roiphe le había dado la contraseña wifi de su casa —«Identificador de red: DoctoR; Contraseña: inFeKc10n!!»—, escrito trémulamente con rotulador plateado en el dorso de una tarjeta de descuento de 10 dólares de Pizza Pizza/Toys “R” Us. «Me gustaría que me la devolviera en cuanto se haya conectado», le había dicho, evidentemente sin ningún miedo a que la administración del sistema de amortización de Pizza Pizza se enterase de la contraseña wifi de su casa. El viejales se quejaba demasiado de su ignorancia tecnológica; sin embargo, parecía enterado de todo lo relativo a I+E, y Nathan estaba convencido de que sentirse paranoico en casa de Roiphe era un reflejo de lo más realista. Estaba seguro de que si usaba la red DoctoR todas las pulsaciones quedarían registradas, todos los e-mails serían copiados y archivados, y todas las conversaciones vía Skype transcritas para ominosos usos posteriores. ¿O es que necesitaba que esto fuera verdad para que su artículo resultara más convincente de lo que se temía?

La verdad es que Roiphe, después de machacar con que quería un contrato blindado y ante notario que los uniese en el secreto y la colaboración artística de tal modo que fuera imposible litigar por cuestiones de responsabilidad y de malos tratos, y otras argucias legales de inspiración médica, parecía totalmente despreocupado por el posible abandono de todo el asunto una vez que Nathan hubo aceptado mudarse a su casa. Incluso parecía haberse olvidado, por el momento, de la exigencia de canalizar el pacto del libro a través de una agencia literaria competente —«Pienso quizá en la Agencia Wylie, la misma de Oliver Sacks»— que había formulado antes de permitir que Nathan grabara una sola palabra e hiciera una sola foto. Ahora, en cambio, parecía contentarse con un vago entendimiento por el que ambos se fundirían mágicamente para dar lugar a una encarnación de Sacks de realidad alternativa, con película, ópera, algunas deliciosas parodias y, naturalmente, ataques biliosos de colegas instigados por la envidia que se desataría tras el lanzamiento de su libro, que provisionalmente se titulaba Consumidos: historia de un caso curioso. El doctor repetía sus defensas frente a las acusaciones de explotación.

—Lo que hacemos está dentro de la sagrada tradición del anecdotario clínico. Freud lo hizo, Charcot lo hizo, Luria lo hizo. ¡Y nosotros lo estamos haciendo! Es un procedimiento educativo, destinado a suscitar el diálogo, totalmente legítimo. — Nathan se sentía a gusto dejando que el entusiasmo de Roiphe los llevara todo lo lejos que se pudiera sin la intervención de papeleo, abogados, contratos librescos ni agentes. Necesitaba creer que podía marcharse, literalmente, en mitad de la noche, arrastrando el maletín de la cámara, sin adioses ni remordimientos.

Para sellar el trato, Roiphe llevó la cafetera Pixie de su consultorio —con dos paquetes de cápsulas de variedad Roma, con su color gris— al reino subterráneo de Nathan cuando éste le confesó su adicción al Nespresso. Nathan no había visto nunca una Pixie en carne y hueso. Aquélla era la adorable versión de color titanio que pegaba de un modo aterrador con la alfombra de nudos.

—Vale, vale, no me dé las gracias, tengo en la cocina la versión grande y de lujo de ésta. Yo no doy pie con bola sin cafeína.

Nathan se tomaba ya un Roma en la taza que venía adjunta con platillo y todo, los dos de elegante cerámica blanca, con la N cortada en diagonal del logotipo grabada en una concavidad cuadrada, y en el fondo de ambas piezas iniciales en mayúscula que proclamaban: «Nespresso Collection, Made in Portugal», lo cual, lógicamente, concordaba con el cartel de la anterior ama de llaves. ¿Sincronía? Para Nathan significaba que lo que estaba haciendo allí, en el sótano de Roiphe, tenía respaldo cósmico. Había una innegable conformidad con ello.

Decidió tener la cafetera en el dormitorio, encima de la cómoda, y no en la diminuta pero manejable cocina que había al lado de la sala de estar de suelo de pizarra. Quería sentirse como en una aventura de hotel europeo y no como en un hospedaje con mudanza completa e inapelable, por ejemplo, como quien se va a vivir con el padre recién enviudado. Nathan ya había pasado por aquello y volver a vivirlo podía ser una experiencia amarga y desesperante, incluso a nivel metafórico. Adoptando la lógica de Naomi, Roiphe había bromeado en el sentido de que la suite del periodista integrado no tenía puerta de la calle propia, lo cual era ideal para tenerlo vigilado, aunque todo funcionaba, incluido el cuarto de baño con ducha.

Había que admitirlo: estaba allí abajo por Chase. Quería estar en la misma casa que ella. No estaba seguro de por qué. Era atractiva, pero de las que emiten al instante ondas de soledad convulsivas y anafrodisíacas que vienen a decir: no te molestes en fantasear. Ahora bien, ¿en qué parte de la casa estaba la chica? ¿Sabía ya que él se había mudado? ¿Llegaría a oírla? ¿Podría ella oírlo a él? ¿Le haría una visita al sótano? Terminado el Roma, quiso enviar e-mails y mensajes de texto y llamar por teléfono a Naomi, pero todo fue inútil. Luego llamó al móvil esloveno de Dunja, también inútilmente; su teléfono quedó desconectado después de nueve timbrazos y no aceptaba mensajes, y el desconsolado Nathan se preguntó si, abrumada por la culpabilidad de haberlo contagiado, se habría suicidado.

 

Naomi estaba en el campus de Hongó, de la Universidad de Tokio, familiarmente conocida como Todai, recorriendo el ancho y arbolado paseo que conducía al Auditorio Yasuda, que parecía una fortaleza con su fachada rojo oscuro y su incongruente entrada en forma de arco apuntado. Dobló a la derecha y enfiló el camino rodeado de vegetación que llevaba al lago Sanshiro. Andaba con seguridad y confianza, y no era para menos, porque antes de aventurarse fuera del piso de Yukie, cuya señal inalámbrica era notablemente potente, había comprobado en Google Earth y YouTube su camino hacia la muerte. Yukie había querido introducir en privado la contraseña de la red inalámbrica de su piso en los diversos artilugios de Naomi, sin dejar que ésta mirase, un extraño detalle de paranoia que enfrió los sentimientos de Naomi hacia su amiga. Prefirió olvidar el asunto. Así pues, con aquella tranquilizadora pero opresiva sensación de déjà-vu informáticamente previsto, bajó por la curva sucesión de peldaños de piedra, rebasó a un grupo de estudiantes sentados en grandes piedras que daban de comer a las carpas del lago, dejó atrás la pequeña cascada y llegó al sencillo banco de madera en el que estaba sentado el profesor Hideki Matsuda, de la facultad de derecho. En su cruce de e-mails gestionado por Yukie, Matsuda había dejado claro que no quería encontrarse con Naomi en ningún lugar público, pero que también quería ser respetuoso y el viejo lago le parecía una solución adecuada. En respuesta a los recelos del hombre, Naomi llevaba sólo el iPad en la bolsa Crumper correspondiente y una bolsa de la compra de La Grande Épicerie de París, de nailon negro, donde había metido sus argamandijos cotidianos y la cámara compacta Sony RX100, por si acaso.

Al ver acercarse a la muchacha, el profesor se levantó del banco y le hizo una ligera reverencia, pero no le alargó la mano.

—Naomi, mucho gusto en conocerla.

—Gracias, profesor Matsuda. Le agradezco infinitamente su cooperación.

Un embarazoso silencio llenado por los gritos de los estudiantes que incitaban a los peces y alguno que otro que llegaba del otro extremo del lago. A Naomi no se le escapaba que el encuentro producía mucha tensión en aquel hombre pulcro y delicado de unos cincuenta años, que vestía traje y corbata impecables y llevaba gafas de fina montura de acero inoxidable. Al final, el hombre sacó una tarjeta de un bolsillo interior de la chaqueta y se la ofreció a Naomi con ambas manos como si fuera una tarjeta comercial. También ella la cogió con las dos manos, pero era sólo una tarjeta para tomar notas y estaba en japonés, quizá para dar a entender que Matsuda no quería que Naomi supiera de él más de lo que ya sabía. Necesitaría la ayuda de Yukie para descifrar la tarjeta. Se sentaron en el banco de cara a un diminuto islote cubierto de vegetación.

—El filósofo estaba en esa dirección cuando escribí la nota. Es su domicilio actual. Tiene interés en hablar con usted.

Naomi comprendió que a Matsuda le habría gustado irse ya, decirle adiós en aquel momento exacto, o quizá pasear un poco alrededor del lago, haciendo comentarios sobre su creación en 1615, su forma de corazón y su informal cambio de nombre en alusión a la novela Sanshirō, escrita por Natsume Sōseki en 1908 y cuya acción transcurría en aquel campus: todos temas seguros, simpáticos y encantadores. Pero Naomi no era simpática ni encantadora.

—Profesor, usted es amigo personal de Aristide Arosteguy, ¿es exacto?

—Yo no diría amigo personal. Somos colegas en el terreno de la filosofía; él a nivel profesional y yo, bueno…, en el sentido de que la filosofía es fruto de mi interés por la justicia y el derecho internacional. Hemos coincidido en varios actos públicos.

A Naomi, que estaba convencida de haberse ruborizado, le parecía sentir en la cara el húmedo calor vegetal que salía del lago. Matsuda parecía tan fresco.

—¿Lo ha visto recientemente?

—No, recientemente no. Nos comunicamos por correo electrónico. Es una figura polémica en el campus, como se puede imaginar.

—¿Tan polémico como el caníbal Issei Sagawa?

Matsuda dio un respingo y se apartó unos centímetros de Naomi, como si las palabras de ésta le hubieran golpeado el pecho, aunque su expresión no se alteró.

—No es… una comparación válida, Naomi.

—Profesor Matsuda, estaré a solas con Monsieur Arosteguy. Completamente a solas.

—Sí.

—¿Debería preocuparme?

Matsuda se ajustó las gafas con las dos manos.

—Esa pregunta puede entenderse a muchos niveles.

—El nivel que me interesa es el de la seguridad física. ¿Debo temer algo del filósofo? No hablo de peligro filosófico ni de peligro emocional. Me refiero a peligro físico. —Matsuda pareció incapaz de responder. Se quedó mirando a Naomi y parpadeó cuando una pequeña bandada de pájaros pasó en vuelo rasante sobre la superficie del lago. Naomi insistió—. Algunos policías franceses lo consideran capaz de matar.

Era evidente que Matsuda no podía soportar aquellas palabras. En su frente habían aparecido gotas de sudor. Se puso en pie.

—Por favor, salude de mi parte al filósofo Monsieur Arosteguy cuando lo vea. — Hizo una reverencia, se volvió y se alejó por la orilla del lago, con el maletín, que Naomi no había visto hasta aquel momento, rígidamente pegado a su muslo, sin balancearse.