Contrato para matar

Barry Eisler · Capítulo 8 de 11

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Contrato para matar

Capítulo 8

 

 

L lamé a Tatsu desde una cabina.

—Nanda? —oí que decía, un típico saludo cortante. ¿Qué pasa?

—Hisahibuhiri —dije, dejando que oyera mi voz. Hace mucho tiempo.

Se produjo una pausa. Él dijo en japonés:

—He estado pensando en ti.

Viniendo de Tatsu, aquello era prácticamente un sentimentalismo.

—No te estarás encariñando de mí, ¿verdad?

Se rió.

—Mis hijas dicen que sí.

—Bueno, quién mejor que ellas para saberlo.

—Me temo que sí. ¿Y tú? ¿Estás bien?

—Bastante. Necesito un favor.

—Dime.

—Te mandaré un mensaje —dije, en referencia a nuestro tablón de anuncios electrónico.

Se produjo una pausa, tras la cual dijo:

—¿Te veré?

—Eso espero.

Otra pausa.

—Jaa —dijo. Muy bien.

—Cuídate, viejo amigo.

—Otagai ni na —dijo. Igualmente.

Subí el mensaje desde un cibercafé. Después me encaminé hacia el Aeropuerto Internacional de Hong Kong. Cogí un vuelo a Seúl y desde allí al Narita Internacional de Tokio. Así, aquella misma noche, ligeramente aturdido, estaba de vuelta en Japón.

Desde Narita, cogí un tren hasta la estación de Tokio, de donde salí para encontrar a mi vieja ciudad acurrucada contra el tiempo característicamente frío y lluvioso de otoño. Me quedé bajo el techo del pórtico de la entrada de la estación de Marunouchi y contemplé la escena. Olas de paraguas negros cabeceaban ante mí. Hojas húmedas eran aplastadas contra el pavimento por los neumáticos de los coches y las suelas de los zapatos de descuidados transeúntes, por el peso de toda la metrópoli indiferente.

Observé un largo rato. Después me di la vuelta y volví a desaparecer en la estación, aplastado por una sensación de invisibilidad completamente diferente a la que había tratado de cultivar mientras vivía allí.

Compré un paraguas barato por la desmesurada cantidad de mil yenes y cogí un tren de la línea Yamanote hacia Nishi-Nippori, donde me registré en un anónimo hotel de negocios, uno de las docenas que hay en esa parte de Sotamachi, la maltrecha pero siempre inquebrantable ciudad baja de la vieja Edo. Con las luces apagadas, podría haber estado en cualquier parte. Y sin embargo, era plenamente concierne de que estaba en Japón, en Tokio.

Dormí mal y, cuando me desperté, me encontré con un día gris y lluvioso. Me encaminé hacia Sengoku, donde había vivido muchos años antes de que Holtzer me jodiera y tuviera que marcharme en busca de un clima un poco más anónimo.

Junto a la estación de Sengoku, descubrí que las facciones de una zona que recordaba con cierto cariño habían sido borradas. En su lugar, había ahora un McDonald’s en una esquina, un Denny’s en la otra. Había una parafarmacia de una cadena, una tienda veinticuatro horas de otra cadena, y otras cadenas; todas pensadas, sin duda, para ofrecer más opciones donde elegir, una experiencia compradora más placentera, más eficiente. Las implacables maquinarias del progreso de la ciudad estaban en marcha, como la homogénea expresión de un inconsciente colectivo cada vez más senil.

Me recordé que lo único que tenía de Sengoku eran recuerdos. El vecindario en sí era la ruina de otro.

Abrí mi paraguas, crucé la calle y caminé hasta llegar a mi antiguo apartamento. Y allí, lejos de la nueva y hortera fachada de la estación, me sorprendió encontrar que todo era exactamente como lo recordaba: los jardines con sus plantas cuidadosamente dispuestas, los muros de piedra cubiertos con matas de suave musgo, los edificios de vieja madera y techos de baldosas que se erigían con dignidad y determinación entre sus primos más jóvenes de ladrillo y metal. Las bicicletas de los niños seguían apoyadas junto a las puertas; los paraguas goteaban como siempre en los paragüeros de pequeñas tiendas. Observé que la periferia había cambiado, pero el corazón seguía siendo tozudamente el mismo.

Me reí. Lo que acababa de ver en la estación me había parecido decepcionante, pero también me había dado una sensación un tanto reparadora de superioridad. Lo que había encontrado después me había parecido un alivio, pero llevaba consigo una profunda sensación de insignificancia. Porque comprendí ahora que en Sengoku la vida… había continuado. El vecindario no se había visto perturbado por mi marcha, al igual que no se había dado cuenta de mi presencia. Cuando vivía allí, me percaté, había osado pensar que quizá aquél era el lugar al que yo pertenecía, que en cierto sentido el hecho de que yo viviera allí importaba. Ahora me daba cuenta de que esos pensamientos habían sido, a su modo, narcisistas. Sin duda eran equivocados.

Pensé en Midori, en lo que había dicho de mono no aware, lo que ella había llamado la «tristeza de ser humano», y deseé, por un segundo, poder hablar con ella.

Di un último vistazo, tratando de recuperar la vida que había llevado allí. Había una sensación que permanecía, sin duda, algo insustancial que expresaba su deseo de tener un cuerpo en forma de una serie de largos suspiros, pero nada que pudiera realmente capturar. El interior de la ciudad era el mismo, sí, y sin embargo estaba imbuido del injusto peso de mis recuerdos; todo parecía ahora inquietantemente cambiado. Yo ya no era de allí, y me sentía como una aparición, algo sobrenatural que había hecho bien en marcharse y cometido una estupidez al regresar.

Regresé a la estación y llamé a Kanezaki desde una cabina.

—Iba a subirme algo para ti —dije.

—Bien. ¿Dónde estás?

—En Tokio.

—¿En qué parte?

Se produjo una pausa, tras la cual él dijo:

—¿Estás aquí?

—Sí. ¿Dónde estás tú?

—En la embajada.

—Bien. Ve a la estación de Sengoku dentro de treinta minutos. Coge la línea Mita desde Uchisaiwaicho.

—Sé cómo llegar allí.

Sonreí.

—Camina por el lado oeste de Hakusan-dori, hacia Sugamo. Cuando llegues a la estación de Sugamo, gira y regresa. Repite el proceso si es necesario.

—Muy bien.

—Ven solo. No rompas las reglas. —No hubo necesidad de mencionar las consecuencias de lo contrario.

Esperé en Hakusan-dori al nordeste de la estación de Sengoku, sosteniendo el paraguas a poca altura para ocultar mis rasgos, preparado para perderme por el caos de callejones y calles que había a mi espalda si algo salía mal o Kanezaki violaba las reglas que yo había establecido.

Veinticinco minutos después, salió a la acera y empezó a caminar hacia mí. Parecía ir solo. Cuando estuvo a mi altura, lo llamé. Él miró. Le hice el gesto de que cruzara la calle y me aseguré de que nadie realizara el mismo movimiento tras él.

Durante la media hora siguiente, seguimos caminando, cogimos el metro y un taxi. El detector de micrófonos de Harry seguía en silencio. Acabé la carrera en un lugar llamado Ben’s Café, en Takadanobaba, en el relativamente tranquilo nordeste de la ciudad.

Cruzamos el enrejado cubierto de hiedra y la modesta señal exterior. Kanezaki respiró hondo al cruzar la puerta.

—Maldita sea, huele bien aquí —dijo.

Asentí con la cabeza. A mi entender, hay pocos olores tan acogedores como el aroma de la preparación reverencial del café acumulado a lo largo de los años.

—Ya sabes que si alguien descubre tu adicción al café y las cafeterías — dijo mientras nos sentábamos en una de las pequeñas mesas de madera—, probablemente podrá seguirte.

—Probablemente. Asumiendo que tenga recursos suficientes para cubrir las casi mil que me gustan en Tokio.

En realidad, Ben’s era una de mis favoritas, y me alegraba estar de vuelta. El lugar tenía el ambiente de una cafetería de una ciudad universitaria, cosa que era en parte, dada su proximidad con la Universidad de Waseda y algunas facultades más pequeñas de la zona. Tiene ese aire tranquilo, el murmullo de las risas y la conversación que siempre acompaña a una música ambiente puesta al volumen perfecto, relajante; los eclécticos clientes habituales, en este caso japoneses y extranjeros, vecinos del barrio, así como visitantes de lugares más distantes de la ciudad; el atestado tablón de anuncios comunitario que anuncia grupos de apoyo y de teatro y lecturas de poesía. Pequeño, pero no agobiante; elegante, pero no engreído; acogedor, pero no totalmente casero. Ben’s seguramente merecería la calificación de Remanso Metropolitano si el gobierno decidiera conceder esa designación a los refugios contra el bullicio.

Pedimos el café de la casa, una mezcla de granos brasileños y guatemaltecos tostados por la mañana. No perdimos más el tiempo con rodeos.

—¿Qué tienes para mí? —le pregunté.

—Esta vez, mucho.

—Bien.

—Para empezar, la mujer. Echa un vistazo a esto. En dos ocasiones anteriores, un agente considerado parte de la infraestructura terrorista, de finanzas y logística, no un soldado de a pie, fue visto con una atractiva rubia. En ambos casos, dos meses después del avistamiento, encontraron al tipo en cuestión muerto de un balazo.

Lo miré.

—¿Por qué no me lo dijiste la primera vez?

—Esta información no está incluida en ningún índice. No puedo buscar en los archivos «rubia atractiva y terrorista dedicada a la infraestructura», ¿de acuerdo? Me encontré con estos hechos al viejo estilo, leyendo muchos ficheros muy gruesos; lo cual requiere tiempo.

Eso era cierto.

—De acuerdo.

—No tenemos nada más sobre esa mujer. Ni un nombre, nada. Nadie ha establecido una relación antes, y yo probablemente no lo habría hecho si no me hubieras indicado en qué dirección mirar.

Mi rostro no traicionó nada, pero pensé: «Esto es lo que Delilah se temía».

—¿Y? —pregunté.

Se encogió de hombros.

—Bueno, no creo que la presencia de esa mujer en la vida de dos, y probablemente tres, tipos dedicados a la infraestructura asesinados al cabo de poco tiempo sea una coincidencia. Creo que trabaja para alguien cazando a esos tipos.

—¿Uno de los Ángeles de Charlie?

Soltó una risotada.

—Más bien un Ángel de la Muerte.

—No lo parece.

Me miró fijamente y me di cuenta de que había protestado demasiado.

—Quizá —dijo—. Pero todos los tipos con los que fue vista fueron asesinados mientras viajaban, no en puntos como sus casas o en compañía de socios conocidos. Uno, mientras pasaba por Viena; el otro, de vacaciones en Belize. Eso significa que alguien los seguía, que seguía sus movimientos. Que los seguía de cerca.

Me encogí de hombros.

—Pudo ser la mujer, pero hay otras formas de cazar a un objetivo en movimiento. No te fue necesario acostarte con Belghazi para decirme dónde podía encontrarlo.

Aquello parecía razonable, pero creí que él se daba cuenta de que estaba llevándole la contraria, y que sospechaba por qué. Tenía que detener esa mierda.

Kanezaki cogió su café y lo miró por un instante. Después dijo:

—Hay más. Ambos tipos murieron de un solo disparo del calibre veintidós en un ojo. Y las víctimas fueron disparadas de cerca, es un disparo impresionante. El hombre que apretó el gatillo tenía la confianza necesaria para utilizar algo con poca capacidad de penetración, porque sabe que puede poner la bala donde es necesario para hacer el trabajo.

«El hombre. Interesante.»

—¿La mujer no es la asesina? —pregunté.

—No lo creo. Creo que es la perseguidora. Es como un topo muy especializado. Es investigada por el objetivo, supera la prueba y entra. El objetivo sigue tomando precauciones, por supuesto, y considera que está a salvo. Pero hay una falla en su seguridad, y se está acostando con ella. Entonces, cuando la mujer considera que ha llegado el momento adecuado, hace una llamada telefónica. Esa noche, el tipo con el que está recibe un balazo. Ella no está allí cuando sucede, y desaparece después. Nadie sabe que ha estado implicada.

Le di un sorbo al café.

—En una ocasión leí un artículo sobre accidentes de coche sin explicación aparente. Parece que un significativo porcentaje de las desgracias automovilísticas se clasifican como «causas desconocidas». A la luz del día, con mucho sol, un tipo coge el coche y se muere. Muchas veces, cuando esto sucede, resulta que las ventanillas estaban bajadas. Así que una teoría es que el tipo está conduciendo, escuchando la radio, disfrutando del hermoso día, y una abeja se mete en el coche. El tipo se pone nervioso, trata de apartar la abeja, se distrae, ¡bum! La abeja se marcha volando. «Causas desconocidas». Creo que eso es lo que tenemos en este caso.

—¿Para quién está trabajando, pues?

—No lo sé. Hay muchas posibilidades, porque esos tipos tienen muchos enemigos. Podría ser un competidor en su negocio, alguien que obtiene contratos de armas o transacciones económicas y quiere conseguir mejor acceso al panal. Podrían ser los franceses, tienen los dedos metidos en todas partes y uno nunca sabe qué diablos están haciendo o por qué. Pero a mí me parece que es una operación israelí.

Asentí con la cabeza. Su intuición me gustó tan poco como me impresionó. Una cosa era que yo tuviera idea de quién era Delilah, con quién estaba. Podía utilizar esa información como quisiera, podía controlar la situación. Otra cosa era que la CIA se interesara.

—¿Por qué? —pregunté.

Se encogió de hombros.

—Porque los israelíes tienen los motivos más constantes e inmediatos para deteriorar las infraestructuras y siempre están intentando hacerlo, como pueden. Porque a los equipos de asesinos israelíes les gusta trabajar con veintidós: son pequeñas, se pueden esconder y son relativamente silenciosas. Y porque el pistolero es bueno. Al igual que la mujer. Los tipos que está siguiendo y eliminando no son pesos ligeros, así que si está haciendo lo que creo que está haciendo, debe de ser muy buena. Calidad Mossad.

—¿Crees que es del Mossad?

Asintió.

—Creo que es parte de la rama Colecciones. Colecciones hace el análisis y la evaluación del objetivo una vez un comité ha decidido el golpe. Los especialistas, llamados Kidon o Bayonetas, que forman parte de la unidad especial Metsada, son los que aprietan realmente el gatillo. Vista la repartición del trabajo, diría que todo esto huele a israelí. ¿Has vuelto a verla?

—No —dije reflexivamente.

Se detuvo un instante y después dijo:

—Esperaba que lo hubieras hecho. No es imposible que haya estado detrás de los que te atacaron en Hong Kong.

Por raro que pudiera parecer, aquella posibilidad parecía menos probable salida de Kanezaki que cuando yo me debatía con ella.

—Eran árabes —dije.

—El Mossad utiliza facciones árabes constantemente. Banderas falsas. Pero de todos modos, no estoy seguro de que sea israelí. Ya te lo he dicho, podría estar trabajando para una facción. O podría andar por libre. —Sonrió —. Ya conoces a esos que van por libre, trabajan para cualquiera.

—Incluso para la CIA —dije, sin devolverle la sonrisa.

—Eso es cierto. Pero ella no es de los nuestros. Lo sabría.

—Yo no sobreestimaría lo que sabes acerca de lo que está haciendo tu organización. Vuestro lema podría ser: «No te preocupes, nuestra mano derecha no tiene ni idea de lo que hace la izquierda».

Soltó una risotada.

—Eso es cierto a veces.

Permanecimos en silencio un momento.

No quería que pensara que estaba protegiendo a Delilah. No quería que pensara que tenía motivaciones personales. A juzgar por mi experiencia, darle información emocional a la CIA era como darle un atizador ardiendo a un sádico. Era mejor que pensara que mis intentos de rebajar la importancia de la mujer estaban motivados por otra cosa.

—De todos modos, no creo que la mujer sea tan importante como pensé en un principio —comenté—. Sólo la vi una vez. Probablemente no es la que encontraste en tus ficheros. Estoy seguro de que podría enfrentarme a Belghazi sin problemas.

Alzó una ceja.

—¿Te preocupa que si creemos que otra persona va a eliminar a Belghazi, te quitemos el caso?

Podría haber sonreído. Era bueno, mucho mejor que cuando lo había conocido, pero se había tragado el farol que me había marcado.

Fruncí el ceño, sobreactuando ligeramente para convencerle de que sus sospechas estaban en lo cierto, para que recordara la impresión. Simulando ignorar la pregunta por enojo, dije:

—Quiero oír lo que sepas acerca del equipo que me siguió.

Se quedó callado durante un largo rato. Después dijo:

—Muy bien. Seré franco contigo. Creo que hay una filtración procedente de los nuestros. Pero no quiero decir más hasta poder dar con ella.

Me estaba llevando esa impresión de él, la impresión de «este tipo es un agente, puedo manejarlo como me enseñaron en la Granja, engatusarlo y llevarlo a donde más me conviene».

Lo miré un largo rato, permitiéndole sentir la frialdad de mi mirada.

—«Seré franco contigo» —repetí, pronunciándolo lentamente—. Nunca me ha gustado esa frase. Para mí siempre significa: «Hasta ahora no he parado de decirte mentiras».

—No, significa: «Hasta ahora, he estado con buen criterio ocultándote algo».

—Si crees que puedo apreciar la diferencia, debes aceptar que soy capaz de las sutilezas propias de la CIA —le dije, sin apartar la mirada de él.

El tono de su piel se oscureció. Estaba recordando a su guardia de seguridad, al que yo le había roto el cuello.

—Mira —dijo, alzando las manos con las palmas hacia delante—. Te he visto actuar precipitadamente antes, ¿de acuerdo? Puedes ser muy directo, y te admiro por ello, ésa es la razón por la que eres tan bueno con lo que haces. Pero si te digo algo de un modo mal concebido que acaba siendo falso y tú actúas a partir de eso, va a haber importantes repercusiones para todos los implicados.

No dije nada. Mi expresión no cambió.

—Además —prosiguió, y su necesidad de seguir hablando me ratificó que su incomodidad era creciente—, no es que tú hayas sido totalmente limpio conmigo. ¿Esperas que me crea que no has vuelto a ver a la mujer? No me lo trago. Quienquiera que sea, la que está en mi fichero u otra, no viajó a Macao con Belghazi para hacer un papel de actriz secundaria. La confianza tiene que ser recíproca, ¿de acuerdo?

Quizá había estado equivocado un momento antes al creer que él seguía siendo un poco inexperto. Era perspicaz, cada vez más. Había errado al subestimarlo.

Pero le daría una amistosa palmada en la espalda más tarde. Por el momento, necesitaba seguir ejerciendo presión.

—¿Acaso tuviste un maldito escuadrón de la muerte pisándote los talones la semana pasada, Kanezaki? —pregunté, con la mirada todavía fría y directa. Como no respondió, dije—: No, no lo creo. Bueno, pues yo sí, por culpa de un trabajo para el que tú me contrataste. Así que ya basta de «el amor es cosa de dos» ahora mismo, o voy a llegar a la conclusión de que has estado ocultándome cosas.

Se produjo una larga pausa. Después Kanezaki dijo:

—Muy bien. Belghazi es parte de una lista. Una lista de objetivos. Obviamente, no se llama «lista de objetivos». Ni siquiera después del Once de Septiembre, nadie utilizaría una descripción como ésa.

Alcé las cejas, pensando que quizá los genios que habían bautizado un programa de espionaje de correos electrónicos como «Carnívoro» habían hecho un cursillo de mercadotecnia.

Le dio un sorbo a su café.

—La lista se llama oficialmente «Matriz de amenaza terrorista internacional», o ITTM. Extraoficialmente, se la llama simplemente «la lista». Fue creada y es constantemente actualizada por la Agencia, de acuerdo con nuestra competencia como centro de intercambio de información de todas las agencias de inteligencia. Tiene por fin identificar a los actores principales de la infraestructura terrorista internacional. Es como la Lista de Más Buscados del FBI, pero más amplia; un «Quién es quién».

—¿Todavía estás siendo «franco» conmigo? —pregunté.

Dejó su café sobre la mesa y miró a izquierda y derecha, como si buscara las palabras.

—Mira, de eso es de lo que te estoy hablando, de tu tendencia a precipitarte —dijo—. ¿Me dejas terminar? Porque estoy tratando de decirte lo que necesitas saber.

Era una justa reprimenda. No dije nada, y, después de un momento, él prosiguió:

—La lista existía antes del Once de Septiembre —dijo—, pero ha sido sustancialmente revisada y ampliada desde entonces. Y desde entonces, también se ha convertido en una lista de objetivos, una lista cuya existencia puede desmentirse, porque en realidad es sólo un esquema y hace mucho tiempo que circula de un modo u otro. Así que nadie tuvo que preocuparse de dar la orden de crear una lista nueva que pudiera servir como fascinante testimonio ante un hipócrita comité del Congreso.

—Una lista de objetivos que no es una lista de objetivos.

—Exactamente. —Respiró profundamente—. Hace unos días, recibí la visita de un tipo que trabaja en otra división de la Agencia.

—¿Crawley? —le pregunté, mirándolo fijamente.

Sus ojos se abrieron como platos y él se estremeció sólo un poco, no lo suficiente para hacerme pensar que estaba creando deliberadamente una respuesta para mí. Y se sonrojó, una reacción todavía más involuntaria. Pasaron dos segundos. Después dijo:

—Mira, no importa quién fuera. Ahorrémonos los nombres, ¿de acuerdo?

—Claro —dije, permitiéndoselo por un momento. Su respuesta había sido tan elocuente como esperaba.

—Esa persona… quería ver la lista, lo cual es extraño.

—¿Extraño, por qué? —pregunté.

—En primer lugar, nadie quiere ver la lista. La gente clave sabe que existe, por supuesto, pero no quiere saber más que eso. Quiere tener la posibilidad de negar ese conocimiento llegado el momento. Ya sabes: «Oh, ¿la ITTM? Sí, me suena que en una ocasión oí algo acerca de un "Quién es quién" o algo parecido…».

Cogió su café y le dio otro sorbo.

—La petición de ese tipo, por supuesto, era ajena a los canales oficiales. Sólo una llamada telefónica para acordar una reunión, y después una visita personal a la embajada en Tokio. Sin rastro documental. Lo cual me indica que se estaba andando con cuidado.

—¿Por qué?

Se encogió de hombros.

—Al principio pensé en la lista. Quería poder negar la reunión si era necesario o, en caso de no ser eso, poder caracterizarla de acuerdo con sus «mejores recuerdos»; lo cual, si te has dado cuenta en todo lo que concierne a las peticiones oficiales, nunca es especialmente bueno.

—¿Por qué has dicho «al principio»?

—Me hizo muchas preguntas genéricas, pero vi que la mayor parte de ellas habían sido pensadas para ocultar su verdadero interés.

—¿Que era?

—En primer lugar, si Belghazi estaba en la lista. En segundo, si habíamos mandado a alguien a Macao para acabar con él.

Pensé un momento.

—¿Por qué no me contaste esto antes? Has dicho que esa visita tuvo lugar hace unos días.

—No creía que eso fuera algo que pudiera afectarte. Creía que era sólo la habitual pelea burocrática. Ese tipo forma parte de una división que podía reclamar su responsabilidad sobre Belghazi, de modo que me figuré que habían descubierto que otra división podía estar operando contra él. En el peor de los casos, quizá podían quejarse al subdirector: «Eh, Kanezaki está jugando con nuestra pelota», o algo así. No esperaba que sucediera algo parecido a lo que ha sucedido, ¿de acuerdo?

—¿De qué división estamos hablando?

Hizo una pausa y después dijo:

—La División Oriente Medio.

—¿Qué le respondiste a esas preguntas?

—Que tenía entendido que el acceso a la lista lo concede el Centro Antiterrorista, y que debía acudir a ellos. Por lo que respecta a si estábamos operando contra Belghazi o cualquier otro, en Macao o en cualquier otra parte, esa información también debía obtenerse del Centro Antiterrorista.

—¿Cómo reaccionó?

Se encogió de hombros.

—Bueno, se cabreó, pero ¿qué podía hacer si no?

—¿Qué hizo?

—Creo que se puso en contacto con el Centro Antiterrorista.

—¿Le dieron lo que quería?

—Quizá. Es un tipo muy insistente. Si se quejó por estar excluido de la información relativa a Belghazi, puede que le dieran la información para tranquilizarlo, para hinchar su ego.

—Entonces, ¿por qué no acudió al Centro en primera instancia?

—Creo que por dos razones. En primer lugar, porque quería tratar con la persona de menor rango que pensara que podía darle lo que quería: máxima intimidación, máxima discreción, máxima capacidad de negación.

—¿En segundo lugar?

—En segundo lugar, porque yo soy el responsable de coordinar determinados aspectos de la lista en lo que concierne a Asia. Hong Kong y Macao son parte de mi ámbito. Y, como te he dicho, parece que tenía Macao en mente.

—¿Lo que significa?

—Lo que significa que algo ha sucedido en Macao recientemente que le ha llamado la atención. Quizá algo como que un tipo de nacionalidad francesa que resulta ser un contratista independiente fue hallado muerto allí con el cuello roto; cosa por la que preguntó específicamente.

—Sí, algo me habías dicho de eso. ¿El tipo era un contratista?

—Te lo acabo de decir —dijo, mirándome.

Estaba dándose cuenta del lugar hacia el que yo lo llevaba. Era listo.

Sonreí.

—¿Qué quería saber tu amigo acerca del contratista?

—Si estaba en nuestra nómina.

—¿Lo estaba?

—No.

Lo miré. No supe si estaba mintiendo. Por el momento.

—¿Para quién trabajaba el contratista, si no lo hacía para ti?

—No lo sé.

—¿Qué crees?

Se encogió de hombros.

—¿Qué más me da? Mis corazonadas, como por ejemplo las que tengo acerca de la mujer, son normalmente equivocadas.

Me reí.

—Es verdad —dije—. Pero a mí me resultan divertidas de todos modos.

Sonrió, al parecer tras darse cuenta de que lo más inteligente era no permitirme que le tomara el pelo.

—La verdad es que no lo sé —dijo—. Y hay muchas otras cosas que no sé. Estoy especulando para completar las lagunas. Creo que lo que sucedió es que la gente de Belghazi supo de la muerte del tipo francés y se asustó. ¿Quién era? ¿Podría haber ido a por Belghazi? ¿Quién lo contrató? Belghazi es un paranoico profesional. Ya conoces a esa clase de gente. Estoy seguro de que lo habría investigado.

—¿Estás diciendo que existe alguna conexión entre Belghazi y el tipo de la Agencia que te visitó hace poco?

Se quedó en silencio un rato y después dijo:

—Déjame que te cuente acerca de esos números de teléfono que me diste.

—Muy bien.

—En primer lugar, el móvil que cogiste opera con contrato de Saudi Telecom, aunque el titular es una obvia tapadera empresarial que no nos ha llevado a ninguna parte. En segundo lugar, quienquiera que lo estuviera utilizando llamó repetidamente a un tal Khalid bin Mahfouz, que es un general de la inteligencia saudí, Mahfouz se relaciona con miembros clave de algunos grupos financiados por los saudís: Hamas, Yihad Islámica, Hezbollah. Mahfouz controla la financiación de estos grupos, así que si les pide un favor, como por ejemplo mano de obra para un trabajo anónimo en un lugar remoto, obtiene lo que quiere.

—¿Está Mahfouz en la lista?

—Lo siento, pero aparte de lo que tengo que contarte, no tienes por qué saber quién está o no en la lista.

—Entonces dime cómo nos lleva eso a Belghazi.

—Belghazi se asegura de que Mahfouz reciba una comisión de todas las armas que vende. Así que si Belghazi tiene un problema, llama a Mahfouz. Belghazi reparte mucha pasta. Puede pedir muchos favores.

—Todo muy interesante —dije—. Pero por el momento, las conexiones que me ofreces me parecen un poco débiles.

—Sé que son débiles. No tengo todas las respuestas, pero lo estoy intentando, ¿de acuerdo? Y te estoy diciendo cosas que probablemente no debería contarte, en parte porque te lo debo después de lo que pasó en Hong Kong y Macao, en parte porque me preocupa que, si no te satisface lo que te transmito, vas a hacer algo injustificado, posiblemente conmigo.

—Muy bien, pues sigue.

Exhaló audiblemente, hinchando un poco las mejillas.

—Sabes que, a mediados de 2002, se filtró a la prensa que la semioficial Junta de Política de Defensa, que sugiere medidas políticas al Pentágono, había escrito un informe según el cual «los saudís están activos en todos los niveles de la cadena del terror, desde la planificación hasta la financiación, desde los cuadros hasta los soldados de a pie, desde el ideólogo hasta los simpatizantes». El secretario de Estado se movilizó en cosa de horas para desmentir el informe y distanciarlo de los supuestos puntos de vista de la administración Bush. Después, el verano pasado, Bush ordenó que se corrigieran veintiocho páginas de un informe del Congreso sobre el Once de Septiembre, en teoría para proteger la seguridad nacional, en realidad porque las partes corregidas incluían detalles sobre la financiación saudí a grupos terroristas.

—¿Una conspiración? —pregunté.

Se encogió de hombros.

—Una conspiración de silencio, más bien. Todo el mundo en Washington sabe qué está pasando, pero sacarlo a la luz es tan incómodo como una conversación familiar sobre el incesto. Pero la falta de discusión no hace que sea menos omnipresente.

Dio un sorbo de café.

—Eso es lo que quiero saber. Primero: alguien en la División Oriente Medio está muy preocupado porque Belghazi pueda estar en la lista, y porque podamos haber mandado a alguien a por él a Macao. Segundo: poco después de que el tipo de la División Oriente Medio me visitara, seis saudís se presentan en Macao y Hong Kong y tratan de eliminarte. Tercero; los seis saudís se pueden conectar con Belghazi a través de Mahfouz. Cuarto: hay elementos en el gobierno de Estados Unidos que tratan de proteger a los saudís.

Nos quedamos en silencio un instante.

—Entonces la especulación —dije— es que Crawley, perdona, el tipo de la División Oriente Medio, descubre mis actividades y advierte a Belghazi, que se pone en contacto con Mahfouz para pedirle ayuda, y éste manda al equipo saudí.

—Sí.

Pensé en ello. Si los hechos eran ciertos, la especulación era razonable. Pero no me sentía del todo satisfecho con la manera en que Kanezaki me lo había presentado. Me había dado algunas jugosas golosinas, después se había interrumpido para que yo llegara a mis propias conclusiones. Lo imaginé tomando notas diligentemente en un curso sobre «Cómo sacarle partido a tus bazas» en Langley: «Que el sujeto llegue a sus propias conclusiones… Las conclusiones a las que llegamos nosotros siempre son más convincentes que las propuestas por otra persona…».

—¿Cómo llegó Belghazi a la lista? —pregunté—. Varios personajes importantes en la Agencia parecen poco entusiasmados de verlo allí.

Se encogió de hombros.

—Como has dicho, hay ocasiones en que la mano derecha no sabe lo que está haciendo la izquierda. Y como yo he dicho, hay mucha gente que no quiere saber de la lista más de lo necesario. Además, el acceso es duramente controlado por el CAT en todos los casos. La buena noticia es que al estar relativamente oculta, la lista es uno de los pocos elementos de inteligencia que no se ha visto distorsionado por la política y la corrupción. La mala noticia es que a falta del consenso habitual, puede ofender a alguna gente.

Le di un sorbo a mi café y pensé.

—Si Crawley descubrió que Belghazi estaba en la lista y le preocupó, ¿por qué no se limitó a borrarlo?

Esta vez ni siquiera reaccionó cuando mencioné el nombre.

—No estoy seguro, pero probablemente no quiere llamar demasiado la atención hacia su persona o sus motivos, cualesquiera que sean. Belghazi es el rey de la infraestructura terrorista. Es fácil guiñar el ojo, asentir y soltar un montón de mierda sobre las «relaciones recíprocas» y la «seguridad nacional» para sugerir que no se debería añadir el nombre de una persona en concreto a la lista, que podría haber repercusiones si se incluye. Pero es mucho más difícil explicar por qué quieres borrar un nombre determinado. Tendrías que dar muchas explicaciones. Y la gente lo recordaría después.

—Así que crees que el equipo de Hong Kong procedía de Belghazi.

Se produjo una pausa, tras la cual dijo:

—Creo que hay dos posibilidades. Una es que la mujer te reconoció como un agente y no quiso que interfirieras con lo que esté haciendo, o sea que ella está detrás de eso. La segunda posibilidad es que Belghazi vaya a por ti y que el equipo de Hong Kong lo hubiera enviado él. Pero Belghazi parece el más probable de los dos. No creo que todas esas llamadas telefónicas, o la conexión Belghazi-Mahfouz, sean una coincidencia.

Su análisis de la situación se parecía bastante al mío. Me pregunté si sabía más de lo que decía. En cualquier caso, no lo veía detrás del equipo Hong Kong / Macao. Desde que me había puesto en contacto con él en Río, habría tenido oportunidades mucho mejores para eliminarme si es que eso era lo que se proponía.

—¿Todavía estáis siguiendo a Belghazi? —pregunté.

—Por supuesto.

—¿Dónde está?

—Sigue en Macao.

Lo miré.

—¿Cómo lo sabes?

Se encogió de hombros.

—Digamos que hay un teléfono por satélite que Belghazi cree que está limpio pero no lo está. ¿Por qué lo preguntas?

—Porque no me parece que tenga sentido que siga en Macao. ¿Por qué crees que sigue allí?

Se encogió de hombros.

—Ya hemos hablado de eso. Tiene negocios en la zona y le gusta jugar. Intuíamos que pasaría mucho tiempo en los casinos. Siempre lo hace.

Asentí con la cabeza.

—¿Me estás diciendo que sigue ahí para jugar? Estamos hablando de un tipo que descubre que lo han seguido hasta Macao, que han mandado a uno o dos contratistas a por él; está tan preocupado por esa cadena de acontecimientos que llama para pedir un favor en forma de un equipo de seis saudís para eliminar la amenaza, el equipo es eliminado y la amenaza sigue allí, ¿y me estás diciendo que sigue en Macao porque no quiere interrumpir sus vacaciones?

Me miró y se le sonrojaron las mejillas. Después de un largo rato, dijo:

—Tienes razón. Ha sido una estupidez por mi parte no cambiar mi interpretación de su comportamiento a la luz de los hechos posteriores. Es cierto. Déjame pensar un minuto.

—Puedes pensar cuando estés a solas. Si quieres que continúe con esta operación, tienes que compartir la información conmigo, no pasar más tiempo meditando en soledad.

Se sonrojó todavía más y sentí un raro atisbo de comprensión. El tipo se estaba esforzando. Tratar a personajes como Dox o yo tenía que ser duro para cualquiera, no digamos ya para alguien tan joven como Kanezaki. Todavía no era tan bueno como quería, y eso le irritaba. Pero lo acabaría siendo.

—Está bien —dijo—. ¿Qué quieres saber que todavía no te haya dicho?

—Primero, quiero saber cosas acerca de Crawley. Quiero conocer qué interés tiene en esto para entender si, por qué y cómo está relacionado con Belghazi.

—No lo sé —dijo, de nuevo sin molestarse en discutirme el nombre—. Voy a tratar de descubrirlo.

«Yo también —pensé con la mente puesta en las fotografías digitales que Dox me había mostrado—. Y estoy seguro de que conseguiré más información que tú.»

—Hazlo —dije—. Ahora, hablemos de Belghazi. Al principio me dijiste que estaba en el Sudeste Asiático para mejorar su red de distribución, que Macao era sólo para jugar, que no tenía nada que ver con el objetivo real de este viaje.

Asintió.

—Parece ser que eso era correcto.

—Lo es. Así que la pregunta es: ¿por qué Macao?

Se frotó la barbilla.

—Bueno, tiene buenas instalaciones portuarias; cerca de Hong Kong, por supuesto. Así que es un posible punto de cambio de transporte para las armas que vende a Jamaah Islamiah, Abu Sayyaf y otros grupos fundamentalistas de la región.

—Pero hay otros puertos en la zona: Macao, Singapur, Manila…

—Cierto, pero Hong Kong es el de mayor tráfico. El de mayor tráfico del mundo, en realidad.

—¿Y?

—Si estás tratando de ocultar algo, de hacerlo pasar desapercibido, lo mandas por un puerto que gestiona, pongamos, dieciséis millones de contenedores al año. Una aguja en un pajar. Además, esos tipos han aprendido a no confiar demasiado en ninguna instalación en concreto. Hacen envíos pequeños y dispersos. Entonces, aunque un envío sea interceptado, el resultado de la operación puede seguir siendo positivo. Y además, la distribución en pequeños envíos hace mucho más difícil cerrar el grifo, o incluso calcular con precisión su verdadero tamaño. Y Belghazi ha viajado un poco, ya lo sabes. Hemos interceptado llamadas desde Kuala Lumpur y Bangkok.

—Sí, sé que se marchó de Macao —dije, recordando que Delilah me había dicho que tenía reuniones en la región. Pensé por un momento, preguntándome si eso me ofrecía una oportunidad—. ¿Podéis seguirlo de cerca en esas otras ciudades? —pregunté.

—Tan de cerca como en Macao. Es decir, no mucho. Sólo podemos ubicar su localización mientras habla por teléfono, y tiene la costumbre de hablar poco. Una vez ha colgado, sólo sabemos desde dónde se hizo la llamada.

Asentí, percatándome de que nada de eso sería suficiente para mí si las visitas de Belghazi por la región eran breves. Mi mayor oportunidad seguía siendo Macao, donde parecía estar sucediendo algo especial, y donde ya me había familiarizado con el terreno local.

Kanezaki dijo:

—Quizá está en Macao por las mismas razones de infraestructura que lo han llevado a los demás lugares.

—Quizá, pero el caso es que si Macao fuera sólo uno de los varios lugares de distribución para él, no estaría allí ahora. El beneficio no merecería tanto riesgo, porque él sabe que lo han seguido hasta allí. ¿Por qué? ¿Más reuniones allí, como las que ha tenido en los demás lugares?

Negó con la cabeza.

—Quizá, pero no lo creo. El Sudeste Asiático es grande para él ahora gracias a grupos como Jamaah Islamiah. En Macao no hay cosas así. Los contactos, y del mismo modo las reuniones, deben de ser en otras partes.

—Algo está pasando allí. Si logras descubrir lo que es, qué está haciendo en realidad, con quién se está reuniendo, yo tendré muchas más posibilidades de acercarme a él de nuevo.

—Lo comprendo.

Asentí lentamente y después lo miré. O, mejor dicho, miré a través de él, como si fuera de algún modo inmaterial, una cosa que sólo me importaba un poco, algo que podía abandonar o apagar con la misma facilidad con que podía apretar un interruptor.

—Kanezaki, espero que nada de lo que me has dicho hoy sea falso —dije.

Me miró manteniendo la tranquilidad.

—Los hechos son ciertos —dijo—. Las especulaciones son sólo eso. Recuerda la diferencia antes de precipitarte conmigo, ¿de acuerdo?

Volví a asentir, todavía mirando a través de él.

—No te preocupes por eso —dije.

 

Dejé a Kanezaki y me encaminé hacia la trattoria Fiorentina, un restaurante ubicado en el nuevo hotel Grand Hyatt, donde le había pedido a Tatsu que se reuniera conmigo. Llegué temprano, como siempre, y bebí café helado en un largo vaso mientras esperaba. Decidí que me gustaba el restaurante, a pesar de ciertas reticencias. Era elegante sin llegar a parecer artificial, con decoración de cuero, madera y otros materiales naturales, buena iluminación y muchas líneas puras verticales. Sin embargo, había algo un tanto desconcertante en el modo en que, de repente, el restaurante, el hotel y el centro comercial circundantes habían aparecido. Nada de aquello existía cuando yo vivía en Tokio, y sin embargo era una ciudad virtual dentro de la ciudad, que los planificadores habían bautizado como las Colinas de Roppongi. Uno casi podía imaginar a los dioses titánicos de la metrópolis descubriendo una sábana blanca que cubría su última creación y proclamando con una fioritura y una reverencia falsamente modesta que aquello era bueno.

Y quizá lo fuera. Sin duda la gente que me rodeaba parecía estar pasándolo bien. Sin embargo, aquel lugar carecía de historia, de contexto. Era atractivo, sí, pero todo él parecía mirar sin miedo al futuro, milagrosamente indiferente al pasado. Y, por supuesto, parecía raramente americano.

Sonreí. No me sorprendía sentirme ambivalente. Aquello era un trasplante, como yo.

Una hora más tarde, vi que Tatsu avanzaba por el vestíbulo de la entrada, se detenía y escudriñaba la sala. Una camarera se acercó y le dijo algo, probablemente le preguntara acerca de su mesa, y él respondió inclinando la cabeza hacia ella pero sin apartar la mirada de la sala. Entonces me vio. Asintió a modo de reconocimiento y le dijo algo a la camarera, que se alejó arrastrando los pies.

Sonreí mientras él se acercaba y me levanté de la silla. Había algo eternamente atractivo en su característico andar y en los arrugados trajes negros que siempre llevaba. Me di cuenta de lo contento que estaba de que Tatsu y yo hubiéramos podido encontrar el modo de vivir bajo la bandera de la paz. En parte porque él podía ser un adversario formidable, por supuesto, pero mucho más porque había demostrado ser un atento amigo, si bien es cierto que podía disfrazar de «favor» lo que era prácticamente una exigencia.

Hicimos una reverencia y nos dimos la mano, después nos miramos de arriba abajo.

—Tienes buen aspecto —le dije en japonés. Y era cierto. Había perdido un poco de peso y parecía algo más joven.

Gruñó a modo de agradecimiento y después dijo:

—Mi mujer ha establecido una conspiración con mi médico. Ahora cocina diferente. Nada de aceite ni de frituras. Tengo que acudir a lugares como éste para satisfacer mi apetito.

Sonreí.

—Lo hace por tu bien.

Él volvió a gruñir y me miró de arriba abajo.

—Estás en forma, ¿no?

Me encogí de hombros.

—Hago lo que puedo. Cada vez es más difícil.

Nos sentamos. Le dije:

—Tatsu, ésta es la charla informal más larga que he mantenido jamás contigo.

Asintió.

—No se lo digas a mis colegas. Echaría por tierra mi reputación.

Sonreí.

—¿Cómo está tu familia?

Esbozó una sonrisa radiante.

—Todos bien. Seré abuelo el mes que viene. El médico dice que es un niño.

Mi sonrisa se ensanchó.

—Me alegro, amigo mío. Felicidades.

Él asintió para darme las gracias y se me quedó mirando.

—¿Y tú?

—Yo…

—Tu familia.

Lo miré.

—Sabes que no tengo familia, Tatsu.

Se encogió de hombros.

—La gente funda una familia al encontrar pareja.

Tatsu me había presentado a varias mujeres poco después de mi regreso a Japón, tras la Última Situación Desagradable. No había salido demasiado bien.

—Creo que le he cogido gusto a mi excitante vida de soltero —le dije—. Ya sabes, conocer gente nueva, ver mundo.

Me salió menos burlón de lo que pretendía, y quizá con un cierto regusto amargo.

—Cada vez es más difícil. Tú mismo lo has dicho.

Suspiré.

—¿Todavía estás tratando de liarme con alguna mujer que pese más que yo?

—Lo necesitas —dijo, con una expresión seria.

Cielos, justo lo que necesitaba: a Tatsu en plan maternal.

—Lo que necesito es información —dije.

Asintió.

—¿Significa eso que nuestra charla informal ha terminado?

Me reí, sorprendido.

—No quiero cansarte. Sé que no estás acostumbrado.

—Es sólo un poco de calentamiento.

Me volví a reír, mientras pensaba: «¿Por qué no?».

Acabamos hablando de toda clase de cosas menores: su alegría por el embarazo de su hija, y su miedo de que su esposa pudiera mirar al niño como una especie de sustituto del niño que habían perdido; su frustración ante la inercia burocrática y su incapacidad para hacer más por luchar contra la corrupción que él creía que estaba envenenando a Japón; el modo en que Tokio, el modo en que el país, estaba cambiando ante sus ojos. Y yo también le conté algunas cosas: que la Agencia me había seguido, que finalmente tendría que largarme y reinventarme dolorosamente de nuevo, que trataba de no desesperarme ante la idea de que aquello se mostrara una vez más fútil, en parte porque al final alguien siempre vendría a buscarme, en parte porque alguna cosa impaciente en mi interior parecía insistir en que a pesar de todo siguiera adelante. Recordamos algunas de las experiencias que compartimos en Vietnam, cuando Tatsu fue movilizado a la guerra por el predecesor de Keisatsucho y yo, debido a mi conocimiento del japonés, recibí el encargo de relacionarme con él; la gente que habíamos conocido allí, los amigos que habíamos perdido.

Una vez hubimos empezado, nos costó detenernos. Me di cuenta de lo mucho que echaba de menos esa forma de camaradería, que se había vuelto prácticamente inexistente en mi vida. Y Tatsu era una de las pocas personas, quizá la única que quedaba, que me conocía desde antes de Vietnam y la guerra y la muerte y todo lo que acabaría definiéndome; una época que, en las raras ocasiones en que me paro a pensar, parece tan ajena y remota como un recuerdo de los primeros años de infancia.

También me di cuenta de que aquello era una parte de lo que me hacía echar tanto de menos a Midori. Ella me hacía sentir como esa encarnación anterior, me hacía creer, estúpidamente, que podía deshacerme de mi piel y bautizarme de nuevo en la encarnación de un cuerpo inmaculado.

No era un mal sueño. Así son.

Cuando terminamos con la comida y Tatsu tomaba un té y yo un segundo café, me dijo:

—Me parece que te interesará saber que un caballero llamado Charles Crawley, que tiene una acreditación del Departamento de Estado, estuvo en Tokio hace poco. Se puso en contacto con Keisatsucho e hizo preguntas acerca de ti. ¿Conoces a ese hombre?

Primero Dox, después Kanezaki, ahora Tatsu. Crawley estaba bien fijo en la pantalla de mi radar.

—He oído su nombre —dije—. ¿Qué le dijisteis?

Se encogió de hombros.

—Que teníamos un fichero entero sobre ti.

—¿Y?

Otro encogimiento de hombros.

—Le dimos el fichero.

Lo miré con incredulidad.

—¿Le disteis el fichero de Keisatsucho sobre mí?

Me miró y dijo:

—Por supuesto —dijo, con su característico tono de «¿por qué siempre tengo que explicarlo todo?», después se interrumpió y continuó—: El fichero oficial.

Sonreí un poco ante aquel astuto cabrón; el alivio y una cierta gratitud disminuyeron la irritación que habría sentido contra él por jugar conmigo. El fichero «oficial» debía de estar desprovisto de la información más reveladora, las cosas que Tatsu no le confiaría a nadie, muy especialmente a sus superiores; los datos valiosos que podían revelar demasiado acerca de sus ocasionales recursos a métodos extralegales en su batalla contra la corrupción japonesa.

—¿Qué dice de mí el fichero oficial?

—Que lo más probable es que sigas en Japón. Al parecer, te han visto en algunas ciudades importantes: Tokio, Osaka, Fukuoka, Sapporo.

—¿En serio? —dije.

Se encogió de hombros.

—Obviamente, tengo cierta idea de los lugares en los que has estado en realidad. Pero ¿por qué iba yo a rellenar un fichero con especulaciones?

Me estaba diciendo que tenía un fichero amañado. Y que me había hecho un favor. Supe que tendría que haber un favor a cambio; si no ese día, en otra ocasión, pronto.

Asentí, pensando: «Muy bien».

—¿Qué hay de esa maldita red de cámaras que tenéis? —pregunté.

Tatsu tenía acceso a la red más avanzada del mundo de cámaras de seguridad, todas conectadas a un software de reconocimiento facial. Se había valido de esa red para encontrarme la primera vez que me había largado de Tokio para instalarme en Osaka.

—Nadie la está utilizando para seguirte. Si eso cambia, te lo haré saber.

—Gracias. Cuéntame algo del hombre del que te hablé en el tablón de anuncios.

—Belghazi.

—Sí.

—Supongo que ya sabes muchas cosas de él.

—Sí. Dame primero los datos más recientes.

Asintió.

—Belghazi provee a determinadas facciones yakuza de armamento menor, trabaja sobre todo a través de la mafia rusa con sede en Vladivostok. Últimamente ha estado preguntando a esas facciones sobre ti. Intuí que habías hecho algo que le molestó.

—Es posible.

—No parece la clase de hombre que se irrita por nada.

—Estoy empezando a imaginarlo.

—¿Te importaría decirme qué has hecho para provocar esa animadversión?

—Creo que puedes intuirlo.

Asintió y dijo:

—No es un buen hombre. No parece tener lealtades.

—Mis detractores dicen lo mismo de mí.

Sonrió.

—Se equivocan. Tu problema es que eres incapaz de reconocer a quién eres leal.

—Bueno, te agradezco tus esfuerzos para ayudarme con eso. Sonrió casi recatadamente.

—Somos amigos, ¿no?

Pensé por un instante. Quizá Belghazi contactó con Mahfouz por medio de la inteligencia saudí y mandó a los seis árabes a por mí, como Kanezaki decía sospechar. El equipo es eliminado. Belghazi se da cuenta de que los hombres tenían la desventaja de llamar la atención en aquel lugar. Algo importante está sucediendo en Macao o cerca, y Belghazi no puede largarse por el momento. Ahora se siente vulnerable. Vulnerable ante mí. Decide que necesita a alguien con más experiencia en la zona, alguien que pueda mezclarse entre la multitud y acabar con el trabajo. Acude a la yakuza.

Sí, veía la secuencia de acontecimientos. Claramente.

Maldita sea, ese tipo era todo un engorro. Estaba empezando a cobrar conciencia del problema al que me enfrentaba.

—La relación de Belghazi con la yakuza —dije—. ¿Es tan estrecha como para que lo ayuden con un problema en otra parte de Asia si así se lo pide?

Tatsu asintió.

—Diría que sí.

«Mierda.»

Me percaté de que iba a tener que eliminar a Belghazi. No sólo por el dinero, sino para sobrevivir. Y entonces me di cuenta: «Lo sabe. Se está poniendo en mi lugar. Lo cual hace más acuciante su imperativo: eliminarme».

Un círculo vicioso. El ganador se lo llevaría todo.

Muy bien. Tenía que acabar con aquello y hacerlo cuanto antes. Quería a ese tipo bajo tierra, incapaz de dar órdenes. Por «causas naturales» a ser posible, y por otras causas si no era así.

—¿Cómo puedo ayudarte? —me preguntó Tatsu.

Pensé por un momento y después dije:

—Puedes darme todos los detalles que conozcas de mi nuevo amigo.

—¿Tu nuevo amigo?

Asentí con la cabeza.

—Charles Crawley.