Contrato para matar

Barry Eisler · Capítulo 6 de 11

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Contrato para matar

Segunda Parte

 

Este mundo…

¿a qué podría compararlo?

A los campos de otoño,

débilmente iluminados en la oscuridad,

por los rayos.

 

MINAMOTO-NO-SHITAGO

(noble, erudito y poeta)

Capítulo 6

 

L lamé al Hong Kong Península desde una cabina y reservé una habitación de lujo con vistas al puerto. Me gusta el Península porque ocupa una manzana entera de la ciudad en el distrito Tsim Sha Tsui de Kowloon, tiene cinco entradas distintas, muchos ascensores, e incontables escaleras interiores. No es un lugar en el que se pueda preparar una emboscada fácilmente.

Además, es uno de los mejores hoteles de Hong Kong. Y, qué diablos, había sido un día muy duro. Un poco de lujo junto a la acostumbrada dosis de seguridad no estaba de más.

Imaginé lo que habría dicho Harry: «¿Tratas de impresionarla?».

«No. Es sólo por seguridad», habría dicho yo.

Me conocía lo suficiente para no habérselo creído. Eso me hizo echarlo de menos, y por un momento me sentí triste.

Llegué al hotel tras dar una serie de rodeos y me registré. Pagué la habitación con una tarjeta de crédito a nombre de Toshio Okabe, una identidad que utilizaba de vez en cuando en transacciones como aquélla. Un portero me acompañó a la habitación 2311, que estaba en el lado sur de la nueva torre y, como me habían prometido, tenía una impresionante vista del puerto de Hong Kong.

Me afeité en la ducha y después me quedé veinte minutos en la inmensa bañera. Desde mi salida de Tokio dos años antes, me había visto obligado a hospedarme en hoteles más anónimos y modestos para protegerme, y maldita sea, la habitación de lujo con vistas al puerto en el Península era todo un resarcimiento.

Me puse unos pantalones de gabardina color carbón, un bonito jersey de cuello alto de algodón del mismo color, un par de zapatos marrón oscuro de gamuza y un cinturón a juego. Después me pasé media hora volviéndome a familiarizar con la estructura del hotel: la ubicación de las escaleras interiores y a cuáles se tenía acceso sin la llave del personal, las posiciones de numerosas cámaras de seguridad, los movimientos del personal de seguridad. Cuando hube decidido cómo me encontraría con Delilah, sin por ello poner en entredicho mi seguridad, salí.

Me detuve en un cibercafé. Había un mensaje de Kanezaki esperándome en el tablón de anuncios. Seis tipos que se ajustaban a la descripción de los que yo había eliminado habían salido de Riyad hacia Hong Kong dos días antes. Además, la embajada saudí en Hong Kong estaba implicada en la investigación de sus recientes muertes en Hong Kong y Macao. Y Delilah había mencionado que el tipo al que había oído tenía acento saudí. Al parecer, me había dicho la verdad, al menos por lo que a eso respectaba. Parecía que mis viejos amigos eran efectivamente saudís. Una conexión con Belghazi, que era medio argelino y hablaba árabe, parecía probable dadas las circunstancias. Lo que yo no sabía era por qué, ni cómo.

La última parte del mensaje decía: «Comprobando los números de teléfono y la mujer. Nada todavía. Estaré en contacto».

Escribí: «Sigue la conexión saudí de nuestro amigo. Monitorea el tráfico aéreo de Riyad a Hong Kong en busca de equipos similares». No era probable que hubieran podido organizar otra unidad tan rápido, pero estar preparado no haría ningún mal.

Subí el mensaje, me desconecté y me marché.

Pensé en Delilah. Europea, había pensado, aunque no había sido capaz de ubicar su ligero acento. Había dado por hecho, a falta de más información, que era francesa. En parte era su aspecto, su forma de vestir, sus modales. En parte era su relación con Belghazi, que, cuando no viajaba, se decía que vivía en París. Incluso su dominio del árabe podía encajar en esa teoría: Francia tiene una importante población argelina, y hay una larga y violenta historia entre ambos países. Los servicios de inteligencia franceses, domésticos e internacionales, deben de tener programas bien financiados en árabe. Delilah podía ser uno de los graduados.

Pero había otra posibilidad, por supuesto, una posibilidad que cada vez me parecía más probable. Decidí buscar el modo de comprobarlo.

Compré un teléfono con tarjeta prepago en una tienda de aparatos electrónicos para utilizarlo más tarde. Me lo metí en el bolsillo y llamé a Delilah desde una cabina.

—El Península —le dije—. Habitación quinientos cuarenta y cinco.

No estaba dispuesto a decirle el número de habitación real, ni siquiera el piso de verdad; no con todas las razones que tenía para verme muerto. Haríamos aquello con cuidado.

—Treinta minutos —dijo, y colgó.

Cerca de la cabina había una tienda de licores. Entré. Encontré una botella de Laphroaig por dos mil quinientos dólares hongkonguenses, unos trescientos dólares norteamericanos. Un robo. Pero qué diablos. Me paré en una tienda de discos HMV y compré unos cuantos CDs: Lynne Arríale, Live at Montreux; Eva Cassidy, Live at Blues Alley; Bill Evans Trio, Sunday at the Village Vanguard. Lo más parecido a estar allí.

Regresé a mi habitación en el Península y cogí dos vasos y cubitos de hielo del minibar. Los dejé en la mesilla de café con el Laphroaig y una botella de agua mineral. Metí los CDs en el reproductor de varios discos y pulsé «aleatoria» y «repetir». Un instante después, la música empezó a salir por un par de altavoces situados a ambos lados del televisor. Me detuve un instante y escuché a Eva Cassidy interpretando «Autumn Leaves». La letra y la melodía resultaban más conmovedoras si cabe debido a la reciente muerte de la cantante. Las melancólicas notas de la canción parecían aclarar, y de alguna manera enmarcar, mis sentimientos por Delilah: en parte, agradable impaciencia por verla de nuevo; en parte, terrible preocupación por su posible papel en lo que me había sucedido recientemente en Hong Kong y Macao.

Utilicé el teléfono de la habitación para llamar al teléfono prepago que acababa de comprar, cogí la llamada y me fui dejando la puerta cerrada tras de mí. Conecté el auricular al teléfono móvil y escuché. La música era remota pero audible. Mientras pudiera oírla en el trasfondo, sabría que la conexión era buena.

Bajé por las escaleras hasta la quinta planta. La habitación 544 estaba al final del pasillo, con la entrada a una escalera interior enfrente, a unos tres metros de distancia. Esperé en el interior de las puertas que daban a la escalera, desde donde podía ver la habitación a través de un panel de cristal. Si alguien hubiera logrado oír mi llamada a Delilah, lo cual era improbable, o si ella había decidido informar a su gente de dónde me hospedaba, lo que me pareció menos improbable, los vería acercarse desde allí. Si trataban de utilizar la escalera como había hecho yo, les oiría. Y si, por alguna razón que a mí se me había pasado completamente por alto, alguien intentaba entrar en mi habitación mientras yo estaba fuera, lo sabría gracias al teléfono móvil. Posibilidades. Siempre posibilidades.

Delilah llegó quince minutos después. Al pasar junto a mi posición, comprobé la dirección de la que procedía para asegurarme de que estaba sola. Cuando vi que así era, abrí la puerta y dije:

—Delilah. Por aquí.

Ella se volvió y me miró. No pareció especialmente sorprendida, y a mí eso tampoco me sorprendió. Conocía mis costumbres y no debía contar con que yo la esperara en el lugar de encuentro a la hora del encuentro.

Sostuve la puerta abierta mientras ella pasaba junto a mí. El detector de Harry estaba en mi bolsillo, durmiendo en paz, con la batería llena tras la carga realizada hacía unos días. No llevaba micrófonos.

La llevé por varias escaleras y pasillos anteriores a la habitación, escuchando por el auricular mientras tanto. Lo único que oí en mi habitación fueron las quedas notas de Lynne Arríale y los demás. Ninguno de los dos habló durante el trayecto. No encontramos sorpresas.

Abrí la puerta de la habitación y entramos.

—Disculpa por el procedimiento —dije, quitándome el auricular. Apagué el teléfono móvil y lo dejé junto a la puerta.

La disculpa era protocolaria, al igual que el encogimiento de hombros que ella me ofreció a cambio. Cerré la puerta con el seguro.

Sintiéndome a salvo por el momento, me fijé en algunos detalles. Ella llevaba un vestido azul, algo con una textura peculiar, quizá seda salvaje. Le llegaba justo por encima de las rodillas, con mangas tres cuartos, un escote hasta los hombros y una profunda V en la espalda y el pecho. Llevaba zapatos de tacón de aguja de piel con la puntera afilada. Llevaba un bolso a juego con los zapatos y un reloj Cartier de oro con una correa también de oro en la muñeca izquierda. Era un reloj de hombre, grande y pesado, y su incongruente peso servía para realzar su feminidad. Llevaba el pelo recogido de un modo que acentuaba su perfil. En términos generales, su aspecto era controlado y esbelto, sofisticado y sexi. Nada de todo eso, especialmente los zapatos, le sería muy útil para huir, si es que de eso se trataba, así que me di cuenta de que debía de haberlo elegido por algún otro imperativo de la operación. Hay muchas clases distintas de armas en el mundo, y me recordé que cuando esa mujer se vestía para trabajar, iba de cualquier cosa menos desarmada.

Buscó en su bolso y sacó el teléfono móvil para demostrarme que estaba apagado y no conectado con alguien que pudiera escucharnos. Después abrió el bolso para que viera que no había nada que pudiera ser problemático. Asentí para mostrar mi satisfacción.

Alzó los brazos a los lados y me miró. Sonrió de ese modo malicioso y subversivo tan habitual en ella: bromeando, pero también divertida, e invitando al destinatario de la sonrisa a unirse a su diversión.

—¿No vas a registrarme?

No me pareció que fuera necesario. Y sin duda, no sería sensato. Si ponía mis manos en su cuerpo, mi reacción previa, cuando la había visto inclinada sobre la mesilla de mi habitación del hotel en Macao, parecería tímida y retraída en comparación. Ella lo sabía, y me estaba mostrando que lo sabía.

—¿Por qué iba a querer hacer eso? —dije, consciente de que mi corazón había empezado a dar saltos ante la perspectiva—. Nos tenemos mutua confianza, ¿verdad?

Ella bajó los brazos y dejó que su sonrisa se prolongara un momento, quizá reconociendo que había respondido a su sugerencia del mejor modo posible dadas las circunstancias.

—¿Quieres que me quite los zapatos?

—¿Por qué? —pregunté, pensando en ese idiota que llevaba una bomba escondida en el zapato y que pretendía volar un vuelo procedente de París.

Delilah se encogió de hombros.

—¿No es la costumbre en Japón?

Qué simpática. Una forma de confirmar un detalle biográfico, o de incrementar o disminuir las probabilidades de que el tipo sobre el que su gente había leído en Forbes fuera yo. Iba a tener que ser más lista.

—Creo que lo hacen en las casas, pero no tanto en los hoteles —dije—. Como prefieras.

Se inclinó, alzó la pierna derecha por detrás y se soltó una hebilla en la parte posterior del tobillo. No tuvo necesidad de apoyarse en la pared para realizar esa maniobra. Tenía buen equilibrio. Pero ya había visto eso, en la suite de Belghazi, cuando había estado a punto de derribarme con un codazo.

Repitió el procedimiento con el otro zapato. En la media luz a la que estábamos junto a la puerta, tuve una seductora visión de su piel y sus curvas cuando el vestido se deslizó momentáneamente sobre su cuerpo. La visión no fue accidental, lo sabía, pero sí innegablemente agradable.

Me quité los zapatos y la seguí a la sala. Había dejado las luces bajas para que su reflejo contra el ventanal de cristal, que iba del suelo al techo, no oscureciera la vista del puerto y las luces del perfil de Hong Kong más allá, pero de todos modos la vi tomando nota de los detalles de la habitación antes de ponerse a mirar el panorama. No pude evitar sonreír. Un civil nunca se hubiera detenido antes de contemplar aquel espectacular escenario.

Miró de soslayo la mesilla de café.

—¿Laphroaig? —preguntó.

—El de treinta años —dije, asintiendo—. ¿Lo conoces?

Ella también asintió.

—Es mi preferido. Me gusta incluso más que el de cuarenta. Ese final como de jerez… Es maravilloso.

«No está mal», pensé. Me pregunté de qué más sabría. Era evidentemente buena con los idiomas, la ropa, el espionaje. Y ahora el whisky. ¿La comida? ¿El vino? ¿La poesía? ¿Las técnicas sexuales tántricas? Preferí no especular demasiado con la última posibilidad.

—¿Puedo servirte un vaso?

—Me encantaría. Con una gota de agua.

Nos serví una buena medida en los vasos de cristal y añadí un poco de agua en el suyo, como me había pedido. Le di el vaso y alcé el mío.

—L’Chain —dije, sonriendo y mirándola a los ojos.

Delilah se detuvo y me miró.

Sonreí inocentemente.

—«Por la vida.» ¿No es eso lo tradicional en Israel?

Por un segundo, pareció enfadada, y después sonrió.

—Kanpai —dijo, y ambos reímos.

Una buena respuesta. Pero la pausa y la momentánea reacción que la siguió parecieron reveladoras.

Nos sentamos a la mesita de café. Delilah se sentó en el sofá con la espalda hacia el muro, con el lado derecho junto a la ventana. Yo me senté en el sillón que estaba junto al sofá. Tenía la espalda contra el ventanal, así que no podía disfrutar de las vistas. Pero de todos modos prefería mirarla a ella.

Bebimos un instante en silencio. Ella tenía razón, el de treinta años, acabado en barricas de jerez, mezcla la acidez del mar con la dulzura del jerez como ningún otro whisky, ofreciendo una nariz y un paladar sin igual ni siquiera entre los notables embotellados de Laphroaig.

Al cabo de un minuto o dos, Delilah preguntó:

—¿Qué sabes de mí?

—No mucho. Especulaciones, sobre todo. Probablemente lo mismo que tú sabes de mí.

—¿Crees que soy israelí?

—¿No lo eres?

Sonrió. La sonrisa decía: «Venga ya. Puedes hacerlo mucho mejor».

Me encogí de hombros.

—Sí, tienes razón. Mujer guapa que habla árabe, sabe cuidarse a sí misma y además está tratando de jugársela a un tipo que apoya a varios grupos fundamentalistas islámicos… No sé en qué estaba pensando.

—¿En serio que es eso lo que estás pensando?

—¿Qué podría ser si no?

Bebió un trago de Laphroaig y se detuvo como si se parara a pensar. Después dijo:

—Nadie trabaja completamente en solitario. Aunque sólo sea la gente que te paga, siempre hay alguien que puede proveerte de información. Si compartes tus teorías acerca de quién soy con quienquiera que sea el tipo para el que trabajas, podría ponerme en peligro.

No había pensado en eso. Tiendo a concentrarme únicamente en si una acción dada puede ponerme en peligro a mí. Egoísta, supongo. Pero gracias a eso estoy vivo.

—Ambos somos profesionales —prosiguió—. Hacemos lo que tenemos que hacer. Si necesitas información, la buscas. Pero lo que descubras puede servirte de poco. Y costarme mucho a mí.

—Entonces, ¿por qué no eres sincera conmigo? —dije—. Dime lo que necesito saber.

—¿Qué más necesitas? —preguntó, mirándome—. Ya hemos descubierto demasiado del otro por accidente. Comprendemos los objetivos del otro, y comprendemos en qué situación nos encontramos. Cuanto más insistas, más comprometes mi capacidad para llevar a cabo mi misión. Y más peligrosa la haces para mí personalmente. La gente para la que trabajo se dará cuenta de esto. En algún momento decidirán ignorarme cuando les diga que no te eliminen.

Dejé mi vaso y me puse en pie.

—Delilah —dije, con la voz una octava más baja, como siempre que me encuentro a escasos segundos de tener que pasar a la acción—, estamos aquí para tratar de encontrar un modo de coexistir. No me hagas llegar a la conclusión de que eres una amenaza.

—¿O qué? —dijo, alzando la mirada hacia mí.

No respondí. Ella dejó su vaso, se puso en pie y me encaró.

—¿Me romperás el cuello? La mayoría de hombres no podrían… No soy tan delicada, ya lo sabes, pero sé que tú podrías.

Dio un paso hacia mí. Sentí un subidón de adrenalina y no pude ponerlo donde era necesario. Hacía un segundo había reaccionado reflexivamente, como siempre cuando de repente algo se revela peligroso, pero ahora… No estaba seguro. Mi respiración quería acelerarse y la controlé, porque no quería que ella lo viera.

—Quizá soy una amenaza para ti —dijo, con la voz tranquila—. Pero no porque así lo quiera yo, sino por la situación. ¿Y? Eres un profesional. Haz lo que tengas que hacer. Elimina la amenaza.

Se acercó un paso más, suficiente para que pudiera olería, sentir algo que salía de su cuerpo, calor o algo eléctrico. Sentí otra inyección de adrenalina que se expandía por mi pecho y mi estómago.

—¿No? —preguntó Delilah, mirándome a los ojos—. ¿Por qué? Ya sabes cómo. Aquí. —Me cogió las manos y se las puso en el cuello. Tenía la piel cálida y fina. Sentía su pulso contra mis dedos. Latía con una fuerza sorprendente. La oí respirar por la nariz.

No había querido marcarme un farol, pero lo había hecho. Ahora ella llevaba la iniciativa. «Mierda.»

Pero no estaba completamente segura de sí misma. Tenía el pulso rápido, y oí el ruido de su respiración.

Y de la mía, según me percaté. Busqué algún modo de recuperar la iniciativa, de hacerme con el control de la situación. Pero mirando esos ojos azules, esa cara enmarcada por mis manos que rodeaban su cuello, su expresión temerosa y desafiante a la vez, me estaba costando.

Ella bajó los brazos e inclinó la barbilla un poco, una postura extremadamente sumisa y, sin embargo, también burlona, insolente. Bajé la mirada a los huecos en sombras de sus clavículas, de un lado, después del otro, y casi me venció la idea de lo fácil que sería pasar las manos por sus hombros, coger el vestido de camino y deslizarle la ropa y el sujetador hasta las muñecas y el vientre con un suave movimiento, dejando al aire sus pechos, su piel, su cuerpo.

Estaba allí si lo quería. Lo sabía, y sabía que así estaba planeado, que nuestros movimientos estaban coreografiados de acuerdo con sus designios, que ella me ofrecería lo que quería como un amable vecino que ofrece leche a un gatito muerto de hambre, quizá acariciando al pequeño animal en la cabeza mientras éste se bebe a lametazos los restos.

De repente, me enfadé. El felino imaginario ayudó. Le quité las manos del cuello y, cuidadosamente, me alejé de ella. Tenía la boca seca. Cogí mi Laphroaig. Di un trago. Me senté con tanta indiferencia como pude.

—Tenía razón contigo —dije, dejándola allí de pie—. No puedes evitarlo. Es lo único que tienes.

Sus ojos se entrecerraron un poco, y supe que tenía razón. Había competido contra tipos igual en el judo. Tenían un excelente movimiento, una técnica que siempre les funcionaba; pero si lograbas superarla, si sobrevivías a ella, entonces ellos estaban condenados y no podían recuperarse.

—¿Cómo es? —proseguí, sintiéndome más al mando ahora—. ¿Puedes siquiera hablar con un hombre sin intentar que tenga una erección? ¿Qué vas a hacer dentro de unos años, cuando tus feromonas empiecen a secarse? Porque no hay nada más para ti. Quizá lo hubo, hace mucho tiempo, pero ahora no te queda nada.

Sus ojos se entrecerraron todavía más, y sus orejas se tensaron en una salvaje actitud airada. «Bien —pensé—. Es lo que necesitaba.»

—¿Vas a sentarte? —pregunté, y señalé el sofá—. No voy a follar contigo. Y no voy a matarte. No aquí, ni ahora. Me he pasado toda la tarde para deshacerme del tipo del ascensor y no voy a repetir todo eso esta noche.

Delilah sonrió de un modo que me hizo preguntarme si se acababa de imaginar a sí misma matándome, e inclinó la cabeza como para decir que sí. «Perfecto. Touché.»

Volvió al sofá y se terminó lo que quedaba en su vaso. Cogí la botella para servirle otra copa. Delilah levantó el vaso, y yo me di cuenta de que le temblaban las manos. Supe que también ella lo veía.

—¿Por qué no empezamos de cero? —le ofrecí.

Sonrió y le dio un trago a lo que le había servido.

—Creo que estás siendo generoso —dijo.

—Estoy siendo honesto.

Volvió a sonreír, esta vez con un poco más de brillo.

—Eres bueno, ¿lo sabes? Excepcional.

—Sí, tú también.

Dio otro trago y me miró.

—Habría sido interesante ver qué hubiera sucedido si nos hubiéramos conocido en otras circunstancias.

—¿Quieres que sea más interesante de lo que ya es? —pregunté. Ambos nos reímos, y la tensión desapareció.

Después nos quedamos en silencio un rato, quizá recuperando la compostura, ajustándonos a la nueva dinámica. Decidí intentar mantener las cosas cómodas un rato, creyendo que sería útil hacer que se sintiera bien después de una brusca conversación. Yo era concierne de que sólo quería que la conversación fuera amable, que no quería discutir con ella y sin duda no quería pelear, y me pregunté por un momento de dónde procedía mi decisión.

—Casi me tumbaste en la suite de Belghazi —dije.

Se encogió de hombros.

—Tenía el factor sorpresa de mi lado. No creo que esperaras demasiado de una mujer desnuda.

—Quizá no. Pero usaste lo que tenías a tu disposición, y lo usaste bien. ¿Quién te entrenó?

La pregunta era directa, y supe que ella no lo tomaría como otro intento de sonsacarle información reveladora.

Me miró un largo rato y dijo:

—El Krav Maga.

Krav Maga es el sistema de autodefensa desarrollado por las Fuerzas de Defensa israelíes. En esta época se enseña en todo el mundo, así que el dominio del sistema no significa que quien lo utiliza sea israelí. Pero Delilah ya sabía que yo sospechaba cuál era su nacionalidad y su filiación. En este contexto, su conocimiento también servía como una tácita admisión.

Me pregunté cómo seguir adelante por la pequeña abertura que ella parecía haber creado deliberadamente. Dije:

—Me gusta el Krav Maga. Es práctico.

—Todo depende de cómo te lo enseñen —dijo, asintiendo—. Y de cómo entrenes. La mayoría de artes marciales se enseñan como religiones. Se basan en la fe, no en los hechos.

Sonreí.

—La gente necesita creer en algo, aunque tenga que inventárselo.

Ella volvió a asentir.

—Aunque sea mentira. Pero nosotros no podemos permitirnos ese lujo. Nosotros necesitamos algo que funcione.

«Nosotros.» Estaba dispuesta a decirme algo.

«Pero no insistas. Que vaya a su propio ritmo.»

—¿Cómo te lo enseñaron a ti? —pregunté.

—Te lo puedes imaginar. Mucho condicionamiento basado en distintos escenarios. Mucho contacto. Me rompí la nariz durante el entrenamiento, ¿lo ves? Me la arreglaron, pero todavía se ven las cicatrices si miras de cerca.

Miré, y vi una marca en el puente, los restos de una rotura complicada reparada por un buen cirujano plástico. No habría significado nada si no hubiera sabido qué buscaba.

—Parece duro —dije.

—Lo fue. Me apretaron más que a los demás porque mis misiones son especiales. Estoy sola en el campo de batalla mucho tiempo, normalmente sin acceso a un arma, o al menos no a un arma tradicional.

Nos sumimos de nuevo en el silencio. Delilah le dio un sorbo al Laphroaig y preguntó:

—¿Y tú?

—Judo, sobre todo —dije—. El Kodokan. —Si ella había sido entrenada en el Krav Maga, conocería ambas cosas.

Me miró.

—Creía que las roturas de cuello eran ilegales en el judo.

—Lo son —dije, viendo que había estado en lo cierto en lo respectivo a sus conocimientos—. He aprendido más cosas en otras partes: libros y vídeos. Practicaba con un par de compañeros que compartían mis intereses.

—¿Qué más? —preguntó—. La manera en que vi que te movías no se aprende haciendo judo como deporte. Ni siquiera con la ayuda de libros y vídeos.

—No. Es cierto. Ayuda haber pasado una década en combate. Desarrollas cierta actitud.

De nuevo se produjo un silencio, tras el cual dijo Delilah:

—De modo que eres quien creo que eres.

Me encogí de hombros.

—Creo que sabes parte de ello, sí.

—Bueno, tú también sabes parte de mí.

«Eso es, finalmente.»

—Eres israelí —dije—. Del Mossad.

Ella apartó la mirada e inclinó la cabeza ligeramente como si pensara en lo que yo había dicho, dándole vueltas. Después dijo:

—¿Qué importa quién sea yo, con quién esté? Desde tu punto de vista, nada.

No iba a decírmelo, había estado equivocado. O quizá ya me lo había dicho, de un modo oblicuo, y a mí se me había escapado. No estaba seguro.

Le dio un sorbo al Laphroaig y siguió.

—Pero desde mi punto de vista, tu filiación importa muchísimo. La información que pudimos recopilar sobre ti sugería que trabajabas para el Partido Liberal Demócrata japonés. Pero no veo qué interés puede tener el P LD en Belghazi. Así que, al menos esta vez, te pagan los norteamericanos. Y eso me preocupa.

—¿Por qué?

Agitó las manos hacia fuera, con las palmas hacia el techo, como si dijera: «¿Acaso no está claro?».

—Son grandes y están divididos en facciones —dijo—, así que no son discretos. Tienes que andarte con cuidado con ellos. Nunca sabes con quién te las estás viendo en realidad.

—¿Qué quieres decir?

Ahora se llevó las manos a las caderas, se echó hacia atrás en el sofá y dejó caer los hombros. El gesto parecía querer decir: «¿Se está haciendo el tonto, o es que realmente lo es?». Empezó a hablar un instante después, así que decidí que era la segunda opción. No debería haberme molestado —en realidad, al contrario—, pero lo hizo, un poco. Resarcí mi orgullo recordándome que, normalmente, es bueno que te subestimen.

—¿Te explicaron por qué querían eliminar a Belghazi? —preguntó.

—Sí.

—¿Les creíste?

Me encogí de hombros.

—Apenas les escuché.

Ella se rió.

—Debieron hablarte de sus redes de armas, terroristas, relaciones con grupos fundamentalistas, blablablá.

El lenguaje desdeñoso, en su inglés con un ligero acento, me sorprendió, y me reí.

—¿Qué, se lo están inventando? —pregunté.

Delilah negó con la cabeza.

—No. Todo es verdad. Y estoy segura de que algunas partes del gobierno de Estados Unidos están preocupadas por él, y puede que incluso estén intentando hacer algo al respecto. Algunas partes.

—¿Lo que significa?

Sonrió y dijo:

—¿Sabes que ni siquiera me has dicho tu nombre?

La miré y dije:

—Llámame John.

—John, pues —dijo, como si probara cómo sonaba.

—Estabas hablando de algunas partes.

Se encogió de hombros.

—Digamos que Estados Unidos es un lugar muy grande. Hay muchos intereses enfrentados. No todos ellos consideran que Belghazi sea un tipo tan malo.

—¿Lo que significa? —repetí.

—¿Has pensado por qué quieren que lleves a cabo esta misión de un modo «discreto»?

—Tengo una idea general.

—Bueno, piénsalo. —Se inclinó hacia delante y alzó las manos, con los dedos ligeramente separados y las palmas adelantadas, como si quisiera enmarcar una fotografía—. Sea cual sea la fracción que te haya contratado, no están siendo sinceros contigo. Necesitan poder desmentirlo. ¿Ante quién necesitan poder desmentirlo? ¿Y has pensado en qué posición te deja esto?

El lenguaje corporal relativamente expresivo era nuevo. Estaba viendo una parte distinta de su personalidad, quizá una parte que ella normalmente ocultaba. «Interesante.»

Pensé por un momento.

—La misma posición en la que estoy siempre, diría.

—Cualitativamente, quizá —dijo, y agitó una mano con la palma para abajo, quizá desdeñando inconscientemente mi aseveración—. Cuantitativamente, la situación puede ser peor. ¿Quién crees que mandó al hombre del ascensor?

Me detuve y pensé: «En parte, creí que fuiste tú». Pero dije:

—No lo sé.

La mano se detuvo y golpeó el aire con el dedo índice.

—Correcto. Un buen número de facciones podrían estar yendo a por ti. Cualquiera que se beneficie de lo que Belghazi hace.

«O quien quiere mantenerlo con vida el tiempo suficiente para acceder a su ordenador», pensé. Me pregunté si me estaba diciendo todo aquello para convencerme de que dejara de seguir su rastro. O quizá estaba tratando de enfatizar lo desesperado de mi situación para animarme a abandonar. Quizá.

—Siempre he sabido que dedicarte a esto no es el mejor modo de ganar un concurso de popularidad —dije.

Delilah se rió. Cogió la botella y se sirvió primero su vaso, después el mío.

Me gustaba su risa. Era una extraña mezcla de incongruencias: ronca pero también dulce; femenina por la sofisticación que transmitía, pero también juvenil por su timbre alegre; salpimentada con un poco de ironía, pero una ironía que parecía deberse más a su comprensión del absurdo que al sarcasmo o la crueldad. Sonreí, sintiéndome bien, y me di cuenta de que estaba un poco mareado por el whisky.

Delilah se echó hacia atrás y dio un sorbo, deteniendo el vaso bajo su nariz, como si apreciara el aroma. Hice lo mismo.

—La única cosa que sabes —dijo— es que alguien va a por ti. ¿Comprendes lo que eso significa para mí? Alguien podría establecer la relación. Yo no opero como tú. No puedo permitirme el lujo de esconderme. Para hacer lo que tengo que hacer, necesito estar cerca, y permanecer cerca.

De modo que ahora apelaba a los sentimientos. Una aproximación por dos flancos: la lógica, en el sentido de que la situación había cambiado y yo no podría cumplir mi misión; la emoción, en el sentido de que si seguía intentándolo, ella pagaría el precio.

—Entiendo lo que dices —le dije—. Pero también entiendo de dónde vienes. Lo segundo es lo que me hace ser escéptico con lo primero.

Decir aquello me hizo sentir un poco triste. La conversación era muy relajada desde hacía un rato. Cielos, el whisky me estaba afectando. Normalmente no soy tan sentimental.

—Es justo —dijo, asintiendo—. En cualquier caso, lo que te he dicho es cierto. Escarba un poco, dejándome a mí al margen, si puede ser, y lo verás.

Asentí con la cabeza.

—Ya se está escarbando. Con discreción, tú no tienes nada que ver. —No era del todo cierto, pero cómo podría afectarle mi petición a Kanezaki era algo en lo que pensaría más tarde.

Di un sorbo de Laphroaig.

—De todos modos, tengo que descubrir de dónde viene esa filtración para poder cerrarla.

—¿Crees que el problema está entre los tuyos?

Me encogí de hombros.

—No sería la primera vez. Hace tiempo que aprendí que es peligroso trabajar con democracias. Están obstaculizadas por todas esas molestas leyes, por la imagen de los gobiernos, la entrometida opinión pública; de modo que inevitablemente tienen que encontrar el modo de hacer las cosas extraoficialmente. A veces es un poco difícil saber con quién te las estás viendo.

Delilah sonrió.

—¿Quieres que se carguen a Castro? Contrata a la Mafia.

Le devolví la sonrisa.

—Claro. O, si el Congreso no suelta la pasta, financia a la Contra a través del sultán de Brunei.

—O financia casi cualquier cosa haciendo que la paguen los saudís.

—Sí, no te preocupes, ya veo qué quieres decir.

Alzó y bajó las manos como un peatón que trata de frenar un coche que se acerca, un gesto impaciente y suplicante al mismo tiempo.

—Perdona que te fustigue. Pero tienes que entenderlo, desde el Once de Septiembre Estados Unidos sufre un caso clínico de esquizofrenia. El país se lanza a una «guerra contra el terrorismo», pero sigue pagando billones de petrodólares a los saudís a sabiendas de que esos dólares financian a todos los grupos con los que en teoría Estados Unidos está en guerra. Quince de los diecinueve secuestradores del Once de Septiembre eran saudís, pero nadie quiere hablar de eso. ¿Te imaginas la reacción si los secuestradores hubieran sido iranís o norcoreanos? Creo que si Estados Unidos fuera una persona, un psiquiatra le diagnosticaría una profunda negación psicológica. No sé cómo puedes confiar en un jefe como ése.

—¿Acaso tú confías en el tuyo? —pregunté.

Ella bajó la mirada. Sus manos se posaron suavemente sobre su regazo. Al cabo de un momento, dijo:

—Es complicado.

—Eso no es exactamente una adhesión inquebrantable.

Delilah suspiró.

—Confío en sus intenciones. Algunas de las políticas son estúpidas y anticuadas. Pero no tengo que estar de acuerdo con todas las decisiones para saber que estoy haciendo lo correcto.

A juzgar por su lenguaje corporal y su voz, supe que mi pregunta le había inquietado. Pero no por las razones que acababa de enumerar. Había algo más.

—¿Confían ellos en ti? —pregunté.

Sonrió y empezó a decir algo, pero después se detuvo. Volvió a bajar la mirada.

—Eso también es… complicado —dijo.

—¿En qué sentido?

Miró a izquierda y derecha, como si buscara una respuesta.

—Me entrenaron y me investigaron —dijo al cabo de un instante—. Y soy buena en lo que hago. Tengo recursos y un largo historial.

Dio un trago al Laphroaig y esperé a que siguiera.

—Pero, reconozcámoslo, mi trabajo consiste en acostarme con el enemigo. Literalmente. A la gente le resulta difícil perdonar eso. Se preguntan qué siento, si eso puede… infectarme o algo así.

—¿Qué sientes? —pregunté, incapaz de reprimirme.

Apartó la mirada.

—No quiero hablar de eso.

Asentí y nos quedamos en silencio un momento. Después dije:

—Estás asumiendo muchos riesgos con esta operación. Quizá más de lo habitual. Hay quien podría decir que, conmigo aquí, con el tipo del hotel, las cosas se han complicado más allá de lo aceptable para ti, que deberías haberte largado. Pero no lo has hecho.

Sonrió, pero la sonrisa no duró mucho.

—¿Tratas de probar algo? —pregunté—. ¿Tratas de ganarte el respeto de alguien poniendo tu vida en juego?

—¿Qué sabes tú de eso? —preguntó. Su tono era un poco incisivo, pero sospeché que había dado en el clavo.

Sonreí amablemente.

—Hice la guerra con Estados Unidos en Vietnam, contra «amarillos» y «chinos». Mira mi cara, Delilah.

Lo hizo.

—¿Ves lo que quiero decir? —dije—. Tardé años en darme cuenta de por qué estaba dispuesto a hacer todo lo que hice allí.

Ella asintió y se terminó lo que le quedaba en el vaso.

—Te entiendo. Sí, es probable que me comprendas.

—Pero ¿vale la pena? Te mandaron a esta misión, un gran riesgo para ti, tú cumples con tu cometido y a pesar de ello no confían en ti. ¿Por qué molestarse?

—¿Por qué molestarse? —preguntó ella, inclinando la cabeza a un lado como si tratara de ver algo en mí que antes se le había pasado por alto—. ¿Has visto alguna vez a un niño con las piernas arrancadas por una bomba? ¿Has visto a su madre abrazándolo, loca de pena y horror?

Una pregunta retórica para la mayor parte de la gente. No para mí.

—Sí —dije con la voz queda—. Lo he visto.

Delilah se detuvo, mirándome, y dijo:

—Bueno, trabajo para evitar alguna de esas pesadillas. Cuando hago bien mi trabajo, cuando interrumpimos el flujo de dinero y material hacia los monstruos que se ponen chalecos llenos de explosivos, matarratas y tornillos, un niño que habría muerto vive, o una familia que habría llorado para siempre no tiene que hacerlo, o los cerebros que habrían sido destrozados por el trauma siguen intactos.

Se detuvo de nuevo, y después añadió:

—¿Debería dejarlo porque mis superiores, que en principio saben lo que hacen, no confían en mí? Sí, entonces puedo explicar a los huérfanos, los amputados y los permanentemente traumatizados que podría haber hecho algo para salvarlos, pero que no lo hice porque no era tratada con el debido respeto en la oficina.

Se me quedó mirando, con las mejillas sonrojadas, los hombros ascendiendo y descendiendo al ritmo de su respiración.

Yo le devolví la mirada, sintiendo una rara combinación de admiración, atracción y vergüenza. Le di un largo trago al Laphroaig y me lo terminé. Llené su vaso y después el mío.

—Tienes suerte —dije al cabo de un momento.

Ella parpadeó.

—¿Qué?

Cerré los ojos y me froté las sienes un instante.

—Tienes suerte de creer en lo que haces… —Abrí los ojos—. Cielos, no puedo siquiera imaginármelo.

Se produjo una larga pausa. Después dijo:

—No me parece que tenga suerte.

—No, estoy seguro de eso. No he utilizado la palabra adecuada. Debería haber dicho que eres afortunada. No es lo mismo.

Me froté las sienes de nuevo.

—Siento lo que he dicho, no quería molestarte. Con el transcurso de los años, he desarrollado la costumbre de… adelantarme a la traición, de pensar que la posibilidad de la traición, y la defensa contra ella, es primordial. Y quizá sea cierto para mí. Pero no debería serlo para todo el mundo. No debería ser cierto para alguien como tú.

Durante un rato, ninguno de los dos habló. Después ella me preguntó:

—¿Qué piensas?

Esperé un segundo, tras el cual dije:

—Que me gusta cómo mueves las manos cuando hablas.

Era sólo una parte de lo que había.

Delilah bajó la mirada hacia sus manos un instante, como si quisiera comprobar si en ese momento estaba haciendo algo, y después se rió en silencio.

—Normalmente no lo hago. Me has irritado.

—No sólo lo has hecho cuando estabas irritada.

—De acuerdo. Lo hago cuando pierdo la compostura.

—¿Cuándo sucede eso?

—Raramente.

—Deberías hacerlo con más frecuencia.

—Es peligroso.

—¿Por qué?

—Ya lo sabes. Tienes que protegerte.

Su expresión era tan neutral que supe que tenía que estar controlándose conscientemente. Bebió un sorbo de Laphroaig y me preguntó:

—¿Y tú? ¿Tú qué haces?

—Yo no me acerco.

—Ya te lo dije, yo no puedo permitirme ese lujo.

La miré y dije:

—Nunca había pensado que fuera un lujo.

Me devolvió la mirada. Fue una mirada notablemente larga, sin duda sincera; posiblemente una invitación.

Me levanté y me senté junto a ella en el sofá. Alzó una de sus cejas y dijo:

—Creía que acababas de decir que no te acercas.

Sonreía un poco, con esas cálidas notas de ironía y humor en los ojos.

—Ése es el problema cuando tú marcas tus propias reglas —dije—. No hay nadie alrededor para reprenderte cuando las rompes.

—Creía que habías dicho que no ibas a follar conmigo.

—No voy a hacerlo.

La miré otro rato, luego me incliné lentamente hacia delante.

Ella me miró a los ojos, después brevemente a los labios, y después de vuelta a los ojos.

Me detuve. Nuestras caras estaban a pocos centímetros de distancia. Se olía el rastro de un raro perfume, quizá algo exclusivo que había pedido en una cara tienda de París y Milán y guardado en una cara botellita de cristal tallado. El aroma estaba allí, pero no podías acabar de hacerte con él, como el resto de un sueño al despertar, o una imagen que se desvanece en la retina después de un intenso estallido de luz, o el recuerdo de una cara que conociste y amaste hace un millón de años; algo con la entidad suficiente para atraerte, para querer que esté más cerca, para hacerte con ello antes de que vuelva a desaparecer y esté irremediablemente perdido.

Me incliné un poco más y la besé. Ella aceptó el beso, pero no me lo devolvió exactamente, y después de un momento me aparté y la miré.

—Hay quien llamaría a lo que estás haciendo «señales contradictorias» —dijo. Sonreía un poco, pero su tono era bastante serio.

—Tengo una naturaleza conflictiva. Todos los psiquiatras del ejército me lo decían.

—Hace unos minutos me estabas rechazando, ¿te acuerdas?

Negué con la cabeza.

—Ésa no eras tú. Era tu alter ego. Ella no me interesa.

—¿Cómo sabes que te interesa la que se esconde detrás de ella?

—Me gusta lo que he visto hasta ahora.

Ella me miró.

—Quizá tengas razón. Quizá sólo soy una actriz, una farsante.

—Si es así, sería muy triste.

—Tú has sido quien lo ha dicho.

—Trataba de ponerte nerviosa.

—Lo has conseguido.

—Demuéstrame que me equivocaba.

—No sé si te equivocabas.

Le miré las piernas y los pechos con una parodia de lujuria y después dije:

—Vale, acepto el alter ego.

Ella se rió, después se detuvo y me miró largamente. Se inclinó hacia delante y nos besamos de nuevo.

El beso fue mejor esta vez. Tuvo un cierto elemento de incerteza, la indecisión de un alto el fuego, la sensación de algo que se mueve lentamente pero con un gran impulso tras de sí.

Abrió la boca un poco más y nuestras lenguas se tocaron. Una vez más, la sensación fue tentativa: una exploración, no una carga apresurada; probar el agua, no un chapuzón precipitado.

Pasó un minuto, quizá dos, y el beso se tornó menos prudente, más apasionado; menos deliberado, más una cosa en sí misma. Crecía y decrecía como si obedeciera a alguna fuerza que se escapaba de nuestro control. Asimilé todos los aspectos de su boca, cada uno de los cuales viraba en mi conciencia como una imagen iluminada por una luz estroboscópica: su lengua, sus labios, sus dientes; de nuevo su lengua, el delicioso tacto del todo, ese nuevo umbral a tanto de quienquiera que fuese.

Me cogió el labio inferior entre sus dientes y sus labios y lo sostuvo allí un instante, después lo soltó y fue alejándose gradualmente. Nos miramos. Sonrió.

—Me gusta cómo sabes —dijo.

—Yo estaba pensando lo mismo. Debe de ser el Laphroaig.

Delilah hizo un sonido de asentimiento que pareció un ronroneo.

—Eso por un lado. El resto eres tú.

Le sonreí.

—¿El exótico sabor de oriente?

Se rió.

—Sólo tú.

Hicimos el amor en la cama. En el transcurso de los procedimientos, entablamos un jocoso debate acerca de quién se debía poner encima, un debate que resolvimos aceptando ambas posibilidades alternativamente, junto a muchas otras más. Su cuerpo era tan cautivador como la visión en la suite de Belghazi prometía, y se movía con una experiencia y un entusiasmo naturales que me hicieron pensar en la confianza que había percibido por primera vez en el vestíbulo del Mandarín Oriental.

Utilizamos condón. Di por hecho que era uno de los muchos objetos prácticos que normalmente llevaría en el bolso. Era inteligente. En mis desgraciadamente raros encuentros con la verdadera pasión, casi nunca soy tan cuidadoso como debería. La excusa dice algo así: «Con todas las balas y ráfagas de mortero a las que he sobrevivido, debo de ser inmune a las enfermedades de transmisión sexual». Es una estupidez, lo sé. Lo más probable es que el destino se vengue matándome de sida o alguna otra alternativa desagradable.

Después, nos quedamos tendidos de lado, mirándonos, con las cabezas apoyadas lánguidamente en las almohadas dobladas. Ella alzó el brazo y resiguió mis labios con la punta del dedo.

—Estás sonriendo —dijo.

Alcé una ceja.

—¿Qué creías, que iba a poner mala cara?

Se rió. Sus palabras, su actitud, todo parecía auténtico. Pero ella era una profesional. Si se estaba soltando el pelo, yo tenía que dar por sentado que se trataba de una táctica, un medio para conseguir un fin. Y sin embargo, no podía estar seguro de sus motivos, de lo que había intentado en el Mandarín Oriental. Era una pena tener ese conocimiento tendido fríamente en la cama entre los dos, pero ahí estaba.

—¿Cómo llegaste a hacer este trabajo? —le pregunté.

Delilah se encogió de hombros.

—A veces yo me hago la misma pregunta.

—Cuéntame.

—Contesté un anuncio en el periódico, igual que tú.

Esperé. No tenía sentido decir nada más. Si no quería hablar de ello, no lo haría.

Permanecimos de nuevo en silencio. Después ella dijo:

—Yo era una niña delgada, pero cuando tenía catorce años, mi cuerpo empezó a desarrollarse. Los niños y los hombres empezaron a mirarme. No sabía por qué me miraban exactamente, pero me gustaba. Me gustaba tener algo que ellos querían. Me daba cuenta de que eso me daba cierto poder.

—Debías de volverlos locos —dije, recordando cómo era tener esa edad, cargado de testosterona y con un solo pensamiento, como un misil guiado por el calor.

Asintió.

—Pero no me interesaban los niños de mi edad. No sé por qué, me parecían demasiado jóvenes. Mis fantasías eran siempre con hombres mayores.

Se recostó un poco más arriba en la almohada.

—Cuando tenía dieciséis años, un amigo de mi padre del ejército se mudó a nuestra ciudad por una oferta de trabajo. Se quedó con nosotros un par de meses mientras buscaba un apartamento. Se llamaba… Lo llamaré Dov. Tenía cuarenta años, un héroe de guerra, moreno, atractivo y con los ojos más amables y hermosos. Cada vez que lo miraba notaba una extraña sensación en mi interior y tenía que apartar la mirada. Siempre fue correcto conmigo, pero a veces lo sorprendía mirándome como lo hacían los hombres, a pesar de que parecía estar intentando no hacerlo.

»Cuando me di cuenta de que me estaba mirando de ese modo, fue… excitante. Allí estaba ese hombre, ese héroe de guerra, guapo e inteligente y mucho mayor y más sofisticado que yo, y sin embargo yo tenía ese poder sobre él. Empecé… a experimentar con el poder. A ponerlo a prueba, en cierto sentido, a tratar de descubrir qué era. Me reía de algo que él había dicho y lo miraba a los ojos un momento de más. O me frotaba contra él al pasar a su lado. No quería llegar a ninguna parte, ni siquiera sabía que aquello podía llegar a ninguna parte con un hombre como Dov, o qué podía ser esa parte.

»Un día, cuando él estaba en casa y mis padres habían salido, me puse lo que me pareció mi ropa más sexi: el sujetador de un bikini blanco y un sarong a juego. Llamé a su puerta. El corazón me latía con fuerza, como siempre que estaba cerca de él o pensaba en él. Oí que decía: "Pasa", y así lo hice. Estaba sentado en el pequeño escritorio de su habitación y, cuando me vio, se puso en pie; después se sonrojó y apartó la mirada. El corazón empezó a latirme todavía más fuerte. Le dije que iba a la playa, vivíamos cerca de la playa, y le pregunté si quería venir a darse un baño. No dijo nada, sólo me miró un segundo y después volvió a apartar la mirada. Me percaté de que oía su respiración. Yo era demasiado joven en ese momento, ni siquiera sabía lo que eso podía significar, pero me excitó. Y me sentí incómoda porque no me había contestado. No sabía qué decir, así que me abaniqué un poco la cara y dije: "¡Qué calor hace aquí!", lo cual era cierto. Él siguió sin decir nada, sólo me miró con una expresión rara, sonriendo, pero casi un poco enfermizo también, como si le doliera algo y tratara de mostrarse valiente, y vi que le temblaban las manos. Me había puesto nerviosa que no me contestara, así que traté de pensar algo que decir, y finalmente dije: "No pasa nada si no te apetece nadar", y me di cuenta de que mi voz temblaba como sus manos.

»Sus labios se movieron, pero no salió de ellos ninguna palabra. Después alzó el brazo y me tocó la mejilla con el dorso de los dedos. Me sorprendió y di un paso atrás. Él retiró la mano y me dijo rápidamente que lo sentía. No supe qué quería decir con aquello ni por qué yo me había alejado; lo único que sabía era que quería que me tocara, que lo quería más que nada, y sin otro pensamiento le cogí las manos y le dije: "¡No, no, está bien!". Después él me miró con sus preciosos ojos oscuros, me cogió la cara con las manos y me dio un beso. Fue mi primer beso de verdad, y me pareció que iba a desmayarme de placer. Me oí gimiendo en su boca; también él gemía. Y ¿sabes qué? Cuando puso sus manos en mi cuerpo, en mis caderas y en mis pechos, me corrí. También fue la primera vez, ni siquiera sabía lo que estaba sucediendo, no podía respirar, estaba esa explosión de placer y después me estaba acurrucando contra él, llorando. Él me abrazó y me acarició el pelo y me dijo una y otra vez que lo sentía, y yo no podía hablar, así que seguí negando con la cabeza y llorando porque aquello era maravilloso, él era maravilloso.

Sonreí, queriendo creer que la historia era cierta, que ella quería mostrarme algo más de la persona que había tras lo que había llamado una «farsante». Quizá lo era. Aunque fuera un pseudónimo, Dov era un nombre israelí. Por lo que pude intuir en la cronología, la guerra de los Seis Días israelí podría haber sido el conflicto en el que el hombre podía haberse distinguido. ¿Su ciudad junto al mar? ¿Tel Aviv? ¿Eliat?

O quizá era una historia que había contado tantas veces y por tantas razones distintas que había acabado creyéndosela. Quizá era parte de una campaña para conseguir cariño de mi parte, para deformar mi objetividad, para nublar mi criterio.

Sin embargo, recordaría esas ingratas posibilidades más tarde. No le veía sentido a darles más vueltas en ese momento.

—¿Hicisteis el amor? —pregunté.

—No. No en esa ocasión. Aunque podría haberlo hecho. Podría haber hecho conmigo lo que quisiera.

—¿Qué sucedió después?

Sonrió.

—Nos prometimos que nunca volvería a suceder, que estaba mal porque él era mucho mayor y, si mis padres lo descubrían, sería un desastre. Pero no podíamos alejarnos el uno del otro. Mi hermano estaba en el ejército entonces, y ese año lo mataron. No creo que lo hubiera superado sin Dov. Comprendía la guerra y había vivido muchas pérdidas. Era el único que podía reconfortarme.

—Debió de ser un infierno para tus padres.

—Estaban destrozados. Mucha gente no creía que debiéramos estar luchando donde lo hacíamos, así que lo que sentían era: «Nuestro precioso hijo ha muerto… ¿para qué?». No era como perder a alguien en las otras guerras, que todo el mundo sabía que nos habían sido impuestas. Era más como… más como un derroche. ¿Sabes lo que quiero decir?

Sólo podía estar hablando de Líbano. Si se lo estaba inventando todo, era una fabulación impresionante.

Aparté la mirada, pensando en mi primer viaje a Vietnam, cuando lo mejor que podías esperar de cualquier conocido norteamericano cuando sabía que habías estado en la guerra era una educada vergüenza, un deseo de cambiar de tema. Con frecuencia podías esperar algo mucho peor.

—Una de las cosas más crueles que puede hacer una sociedad es mandar a sus jóvenes con licencia para matar y después, cuando vuelven a casa, decirles que esa licencia no era válida. Nosotros hicimos lo mismo en Vietnam —dije.

Delilah me miró y asintió. Permanecimos en silencio un momento.

—¿Cómo acabaron las cosas con Dov? —le pregunté.

Ella sonrió.

—Él se marchó. Yo fui a la universidad. Ahora tiene mujer y dos hijos.

—¿Todavía os veis?

Se encogió de hombros.

—No con frecuencia. Él tiene familia, y está mi trabajo. Pero a veces.

—¿Tus padres nunca lo supieron?

Negó con la cabeza.

—No. Y nunca se lo dijo a su mujer. Es un buen hombre, pero no podemos evitarlo. Hay algo demasiado fuerte.

Asentí y dije:

—La mayoría de gente sólo sueña con una relación así.

Ella alzó las cejas.

—¿Qué hay de ti?

Aparté la mirada un instante y pensé en Midori.

—Quizá una vez.

—¿Qué pasó?

«En realidad, nada —podría haber dicho—. Ella supo que había matado a su padre.»

—Era una civil —dije, resumiendo—. Fue suficientemente lista para comprender a qué me dedicaba yo, y suficientemente lista para saber que nuestros mundos tenían que permanecer separados.

—¿Nunca pensaste en la posibilidad de abandonar este mundo?

—Constantemente.

—Es duro, ¿verdad?

«No hay hogar para nosotros, John. No después de lo que hemos hecho.» Como diría ese filósofo, mi hermano de sangre Crazy Jake.

Asentí y dije, como si fuera su espectro:

—Hay cosas que haces de las que no puedes deshacerte después.

—¿Qué había entre vosotros?

—La cagué. Le hice daño.

—No eso. La parte buena.

—No lo sé —dije, imaginando su cara por un instante, cómo me miraría —. Tenía esa… franqueza, en todo lo que hacía. Siempre sabía cómo se sentía. Tenía experiencia y era sofisticada, incluso tenía fama en su profesión; pero de algún modo, cuando estaba con ella, siempre sentía que estaba con la persona que ella era antes de eso: su ser verdadero, el núcleo que nadie más podía ver. La hacía feliz, ¿sabes? De un modo que no tenía sentido y que me sorprendió con la guardia baja cuando empezó a suceder. No creo que haya tenido nunca antes algo semejante. No creo que vuelva a tenerlo. Hacerla feliz… —me detuve, pensando que sonaría cursi, aunque después lo dije de todos modos— era lo que me hacía feliz.

—¿No eres feliz ahora?

—¿En este momento? Estoy muy bien.

Se rió.

—En general.

Me encogí de hombros.

—No estoy deprimido.

—Eso es una manera muy minimalista de definir la felicidad.

—Disfruto con el placer de las cosas: un buen whisky de malta, el buen jazz, la sensación cuando el judo realmente fluye (y una ducha caliente después), el cambio de las estaciones, el olor del café cuando ha sido tostado adecuadamente.

—Todas las cosas, en realidad.

Permanecí en silencio un instante, pensando.

—Sí. Casi todas, supongo. Es verdad.

—En una ocasión, alguien me dijo: «Si vives sólo para ti, morir es una posibilidad especialmente aterradora».

La miré, pero no dije nada. Quizá el comentario era perfecto para mí.

—No confías —dijo.

—No. —Hice una pausa—. ¿Y tú?

—No fácilmente. Pero creo en algunas cosas. No podría vivir sin eso.

Nos quedamos en silencio un rato, pensando en nuestras cosas.

—No podrás hacer esto siempre. ¿Qué harás después? —dije. Se rió.

—¿Quieres decir cuando mis «feromonas se sequen»? No lo sé. ¿Qué hay de ti?

Me encogí de hombros.

—No lo sé. Quizá me retiraré a alguna parte, a algún lugar soleado, quizá junto al mar, como el lugar donde tú creciste; a un lugar sin recuerdos.

—Suena bien.

—Sí. Pero no sé cuándo me iré allí.

—Bueno, en tu trabajo, tienes una vida activa más larga que yo, supongo.

Me reí.

—¿Qué hay de una familia? Eres joven.

—No lo sé. No creo que pudiera dejar a Dov, así que necesito a un marido bastante comprensivo.

—No se lo digas.

—Tampoco tendría que decirle lo que he estado haciendo los últimos doce años. Si un hombre descubre que puedes ser una actriz en la cama, siempre se preguntará después si estás actuando con él. Los hombres suelen ser inseguros con esas cosas.

Me di cuenta de que el comentario podía estar dirigido a mí. Quizá era una sonda, para ver si reconocería lo que había dicho. Era mejor cambiar de tema.

—Debe de ser difícil estar tan cerca de alguien como Belghazi sabiendo a qué se dedica —dije.

Ella asintió.

—Tienes que ser capaz de compartimentar. Pero con él no es tan malo. No es uno de los asesinos. Está mucho más arriba en la cadena alimentaria. Además, es inteligente, y no es grosero. Es atractivo. Recuerda, me gustan los hombres. Es parte de lo que hace que sea buena en esto.

—Pero una vez hayas conseguido lo que quieras de él…

Su expresión se cerró un tanto.

—Alguien se encargará de eso. Quizá tú, si sabes llevar esta relación como es necesario.

—¿Cómo te sentirás entonces?

—Como siempre. Pero no dejas de hacer lo correcto porque no sea cómodo.

La miré impresionado. La mayoría de gente no se da cuenta, pero el noventa por ciento de la moral se basa en la comodidad. Incinera a centenares de personas desde nueve mil metros de altura y después dormirás como un bebé. Mata a un hombre con una bayoneta y tus sueños nunca volverán a ser dulces.

¿Qué es más cómodo?

¿Qué es peor?

Quizá no importe. Al final, acabas acostumbrándote a todo. Somos criaturas acomodaticias.

Estar en la cama con ella era extraño. La habitación era como un refugio. Me di cuenta de que mi tranquilidad mental se debía tanto a las precauciones que había tomado como a la confianza de que ella se habría encargado de que no la siguieran. Pero también, quizá, una parte de mí quería sentirse de ese modo, por sus propios motivos, independientemente de la existencia del mundo exterior. No era una buena señal, lo sabía. Y posiblemente era una indicación de que me estaba adaptando peor al juego, y que sería menos capaz de sobrevivir a él.

Delilah se levantó y se duchó. Se llevó el bolso con ella al baño, sabedora de que lo hubiera registrado en caso de no hacerlo. No habría encontrado nada útil. Ella era demasiado cuidadosa.

Me quedé en la cama y escuché el agua corriente. Sabía que al menos había una posibilidad teórica de que ella utilizara el teléfono móvil desde el baño, para alertar a su gente del lugar en el que me encontraba. El instinto me decía que la posibilidad era remota, pero mi instinto podría estar sufriendo los efectos del whisky y el sexo. El hecho era que ella seguiría preocupada por el peligro que yo suponía para su operación. Tenía que permanecer alerta.

Cuando salió, ya estaba vestida. Tenía un aspecto relajado y fresco. Yo me había puesto uno de los albornoces del Península y estaba sentado en la cama, como si estuviera listo para acostarme.

Delilah se sentó a mi lado.

—¿Qué hacemos ahora?

Le puse la mano en el muslo.

—Yo estoy preparado para el segundo asalto. ¿Y tú?

Se rió.

—Acerca de la situación.

—Oh, sí. ¿Puedes mandar mensajes de texto con tu móvil?

—Claro que sí.

Le di la dirección de uno de mis tablones de anuncios encriptados.

—La contraseña es «Península» —le dije—. El nombre de este hotel. Avísame cuando hayas obtenido de Belghazi lo que necesitas y me dices dónde puedo encontrarlo.

—¿Harás eso?

Me encogí de hombros.

—Todavía estoy esperando las noticias de mis contactos, que deberían poder arrojar un poco de luz sobre quién me siguió y por qué. Y cómo. Por el momento, de todos modos, no tengo acceso a Belghazi. Me parece lógico mantener un perfil bajo.

—Lo es. Quienquiera que fuera a por ti en Macao no tiene recursos ilimitados. Tardarán tiempo en colocar nuevas fuerzas en posición.

—Lo sé —dije.

—Pero tienes que andarte con cuidado. Ya sé que lo sabes, ya sé que eres un profesional. Pero Belghazi es un hombre peligroso. ¿Recuerdas cuando te dije que he conocido a hombres que pueden actuar sin escrúpulos? Bien, ninguno más que él.

—¿Qué quieres decir?

—En Montecarlo lo vi matar a un hombre. Con los pies y las manos.

—Sí, tiene conocimientos de savate, lo sé.

Negó con la cabeza.

—Más que conocimientos. Tiene un guante de plata en savate y es campeón de boxe-française. Entrena con costados de buey. Puede romper una costilla de una patada.

—Debería ponerlo a la venta: «Ablandador de carne Belghazi».

No se rió.

—Y lleva una navaja.

—Me alegro por él —dije.

Me miró.

—Yo no me lo tomaría a la ligera.

—¿Sabes qué les enseñan a los vendedores? —le pregunté, mirándola—. No vendas un trato una vez esté cerrado. Ya te he dicho que me mantendré alejado por el momento. No tienes que seguir tratando de persuadirme.

Sonrió, y por un instante me pareció que la sonrisa era extrañamente triste.

—Muy bien —dijo.

Nos quedamos en silencio un instante. Después ella dijo:

—Dime, ¿crees que me he acostado contigo… por táctica, para manipularte?

La miré.

—¿Así ha sido?

Ella bajó la mirada.

—Eso es algo que tendrás que decidir tú.

Nos dimos un beso, extrañamente tentativo después de nuestro reciente estallido de pasión, y después se marchó. Esperé quince segundos, después me quité el albornoz y me vestí. El resto de cosas todavía estaban en mi bolsa. Esperé un minuto mientras miraba por la mirilla y me valía de la Visión de Soldado para confirmar que el pasillo situado al otro lado de la puerta estaba vacío. Lo estaba. Salí, tomé varias escaleras y pasillos interiores hasta llegar a la planta baja. Utilicé una de las puertas traseras y salí a Hankow Road, crucé Nathan y cogí el ascensor para bajar al MTR. Hice algunos movimientos agresivos para asegurarme de que no me seguían. No lo hacían. Estaba solo.