Contrato para matar

Barry Eisler · Capítulo 1 de 11

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Contrato para matar

Primera Parte

 

No debemos dejar de explorar,

y el fin de todas nuestras exploraciones

será llegar allí donde empezamos

y conocer el lugar por primera vez.

 

T. S. ELIOT,

Cuatro cuartetos

Capítulo 1

 

L a Agencia me había contratado para «retirar» a Belghazi, no para protegerlo; de modo que si aquello no salía bien, probablemente el próximo candidato a ser retirado sería yo.

Pero a mi modo de ver, salvar a Belghazi del tipo al que ahora yo llamaba Karate sería hacerle un favor al Tío Sam. A fin de cuentas, podía ser que Karate no lograra que pareciera una muerte natural, o que lo pillaran, o que metiera la pata de algún otro modo, y entonces habría equívocos, sospechas, acusaciones. Y la Agencia me había contratado precisamente para evitar ese tipo de problemas.

Obviamente, también estaba la cuestión del dinero. Si Karate acababa con Belghazi antes que yo y no podía apuntarme el tanto, puede que no me pagaran, y eso no sería justo, ¿verdad?

Llamaba a ese tipo Karate porque había empezado a sospechar de él la primera vez que lo vi haciendo katas de karate —una forma de entrenamiento — en el gimnasio del hotel Macao Mandarín Oriental, lugar en el que ambos nos hospedábamos y al que Belghazi no tardaría en llegar. Ignorando el laberinto de cintas para correr y máquinas de pesas, se había puesto a dar una serie de puñetazos, bloqueos y patadas al aire que, para los no iniciados, podía parecer una especie de danza marcial. En realidad, sus movimientos eran buenos: sutiles, experimentados y fuertes. Habrían sido notables en un veinteañero, pero ese tipo parecía tener al menos cuarenta años.

Yo mismo, de vez en cuando, hago esa clase de ejercicios, pero no de un modo tan formal ni elegante. Y cuando me entreno así, no lo hago en público. Llama demasiado la atención, especialmente la de la gente que sabe qué está mirando; gente como yo.

En mi trabajo, llamar la atención es una grave violación de las leyes del sentido común, y por lo tanto de la supervivencia. Si por alguna razón alguien se percata de tu presencia, te mirará con más atención y es posible que detecte algo. Es posible que un patrón de conducta, que de otro modo habría permanecido perfectamente inadvertido, empiece a quedar al descubierto, después de lo cual la capa que protege tu anonimato empezará a ser metódicamente curioseada, probablemente para acabar convertida en algo parecido a una mortaja.

Karate también destacaba porque era blanco, probablemente europeo, aunque no supe decir de qué país. Llevaba el pelo negro cortado al rape, tenía la piel pálida, y cuando no estaba haciendo la postura del caballo o la patada voladora número dos en el gimnasio del Mandarín Oriental, llevaba exquisitos mocasines de suela delgada y americanas deportivas con solapas bordadas a mano. La población de Macao es de alrededor de medio millón de personas, de las cuales un noventa y cinco por ciento son chinas, y sólo cuenta con un pequeño contingente portugués para recordarle a quien quiera saberlo que el territorio, en la actualidad una Región Administrativa Especial china, como Hong Kong, era hace no mucho tiempo una colonia portuguesa. La mayoría de los millones de turistas atraídos por los juegos de azar son casi todos de Hong Kong, Taiwan y la China continental, de modo que los no asiáticos no pasan precisamente inadvertidos.

Lo cual es parte de la razón por la que la Agencia se había mostrado tan deseosa de encargarme a mí la desaparición de Belghazi. No era sólo que éste se hubiera convertido en proveedor principal de varios grupos fundamentalistas del Sudeste asiático que, después del Once de Septiembre, el Tío Sam había empezado a considerar una seria amenaza; ni por mi reconocido talento para hacer que los asesinatos parecieran muertes por «causas naturales», cosa que en ese caso era imprescindible porque, al parecer, Belghazi tenía protectores en ciertos gobiernos «aliados» a los que el Tío Sam prefería no ofender. También era porque la acción exigía una cierta invisibilidad en territorio asiático. Y a pesar de que mi madre era norteamericana, en mi rostro prevalecen los rasgos de mi padre japonés, consecuencia del azar genético aumentada hacía algunos años gracias a la cirugía plástica, lo cual me permitía pasar totalmente inadvertido en Japón.

De modo que, entre su llamativa etnia y sus katas, Karate había conseguido colocarse en la pantalla de mi radar, y fue entonces cuando empecé a percatarme de más cosas. En primer lugar, ese tipo tenía un modo peculiar de hospedarse en el hotel, de pasear por el gimnasio, la cafetería, la terraza, la recepción. Cualquiera que fuese su país de procedencia, ese hombre había dado muchas vueltas antes de llegar a Macao. Pero su incapacidad para pasar desapercibido y detectar a quien lo observaba no parecía tener mucho sentido, a menos que estuviera esperando a alguien.

Naturalmente, es muy posible que yo llamara la atención de un modo similar. Pero yo tenía una acompañante —una joven japonesa— que hacía que mi comportamiento errático fuera un poco más explicable. Se llamaba Keiko, o al menos ése era el nombre con el que facturaba a la agencia japonesa de damas de compañía a través de la cual yo la había contratado. Era una veinteañera, demasiado joven para que yo me la tomara en serio, pero era hermosa y sorprendentemente lista, y su compañía me gustaba. Y lo que es más importante, su presencia me hacía parecer menos un agente de inteligencia o un asesino que estudiara la zona que un japonés cuarentón o cincuentón que se había llevado a su amante a Macao, quizá para jugar un poco, quizá para pasar mucho tiempo a solas en el hotel.

Una mañana, Keiko y yo bajamos al café Girassol del hotel para desayunar en el bufé. Mientras la camarera nos guiaba a nuestra mesa, escudriñé la zona en busca de señales de peligro, como tengo siempre por costumbre cuando entro en una sala. Empecé por los lugares peligrosos. Primera esquina del fondo: una mesa de cuatro jóvenes blancos, dos machos, dos hembras, vestidos para salir de excursión. Acento australiano. Posibilidad de amenaza: baja. Segunda esquina del fondo: Karate. Hum. Posibilidad de amenaza: media.

Mantuve los ojos en movimiento. Completé el barrido. Las mesas colocadas junto a la pared: vacías. Los asientos ubicados junto a la ventana: una vieja pareja de chinos. La mesa de al lado: tres chicas, vestidas a la moda, con posturas confiadas, probablemente chinas hongkonguenses, jóvenes profesionales en unas breves vacaciones. Siguiente mesa: un par de tipos con aspecto de hombres de negocios y alegre acento punjabí. Nada que me hiciera despertar suspicacias.

Volví a las inmediaciones de Karate con una mirada oblicua. Tenía la espalda contra el muro y podía ver sin obstáculos de por medio la entrada del restaurante. Su ubicación era propia de un profesional; su mirada fija en la sala ofrecía todavía más pruebas. Advertí que tenía un periódico abierto ante sí, a pesar de que no se molestaba en leerlo. Habría gozado de una mejor posición de no haber tenido el periódico: podría haber oteado la sala simulando estar aburrido, observando a la gente como si no tuviera nada mejor que hacer.

O podría haber tenido una acompañante, como yo. En un momento dado, percibí que nos miraba y me alegré de la presencia de Keiko, que me miraba a los ojos con la sonrisa de una amante satisfecha. La sonrisa era convincente. Era buena en su trabajo.

¿A quién estaba esperando Karate? Podría haber pensado que se trataba de mí —«sólo los paranoicos sobreviven», creo que dijo un empresario de Silicon Valley—, pero estaba convencido de que no era así. Demasiados avistamientos casuales seguidos de… nada. Ningún intento de seguirme, ningún intento de reconocer mi rostro, ninguna mirada que revelara que se percataba de quién era yo. Después de un cuarto de siglo en este negocio y tras un prolongado entrenamiento antes de eso, detecto cosas como ésas. Mi instinto me dijo que se trataba de otra persona. Cierto es que no era imposible que él sólo conociera el «cuándo» y el «dónde» y estuviera esperando información acerca de «quién», pero me pareció improbable. Pocos agentes estarían dispuestos a aceptar esa clase de trabajo sin saber antes contra quién tenían que actuar. En ese caso, no sería fácil acordar un precio de antemano.

Si aquel asunto era de naturaleza local —una disputa de la Tríada, pongamos por caso—, era improbable que se le hubiera encargado a un blanco. Las Tríadas, las «sociedades secretas» chinas, con profundas raíces en Macao y el continente, tienden a arreglar sus asuntos entre ellas. Encajando los datos disponibles y, en consecuencia, borrándome de la lista de posibles objetivos, llegué a la conclusión de que el más probable destinatario de las atenciones de Karate era Belghazi.

Pero ¿quién lo había contratado? Si había sido la Agencia, aquello constituía la violación de una de mis tres reglas: nada de mujeres ni niños, nada de acciones contra actores secundarios, nada de equipos de contraespionaje. Quizá mis viejos amigos del gobierno creían que, como habían logrado localizarme en Río, era vulnerable, y por lo tanto que podían considerar mis reglas mero papel mojado. Si eso era lo que creían, estaban equivocados. Había hecho respetar mis reglas antes y volvería a hacerlo.

Aquella tarde decidí pasear por el gimnasio con Keiko; como era de esperar, allí estaba mi amigo, dando patadas al aire con todo su empeño a la misma hora que el día anterior. Algunas personas necesitan la rutina y se niegan a aceptar las consecuencias que acarrea la previsibilidad de sus movimientos. A juzgar por mi experiencia, esas personas suelen acabar muertas más temprano que tarde. El mundo sigue las leyes de Darwin.

Viendo una oportunidad, eché un vistazo a la hoja de ingresos. Su nombre resultaba ilegible, pero había escrito el número de su habitación con toda claridad: 812. Hum. Un piso para fumadores. Poco sano.

Le pregunté a Keiko si le importaría ir de compras sola durante un rato. Ella sonrió y me dijo que le encantaría, lo cual probablemente era cierto. Quizá pensó que yo iba a probar el suntuoso bufé de prostitutas de la zona. Sin duda, ella había creído que yo estaba casado —lo que explicaría la paranoia de los movimientos de contravigilancia que hubiera detectado hasta el momento—, y me pareció que no le sorprendería en exceso que yo anduviera detrás de las faldas de otras mujeres.

Al verla cruzar la entrada principal para coger un taxi que la llevara a la ciudad, sentí una repentina punzada de afecto. Cualquiera pensaría que toda mujer que se dedicara a lo que se dedicaba Keiko sería de todo menos inocente, pero en ese momento, para mí, nada la caracterizaba mejor que la inocencia.

Su trabajo consistía en darme placer —y lo estaba haciendo muy bien—, y para ella, nuestra presencia en Macao no consistía en nada más que eso. Ignoraba tan completamente la danza mortal que estaba teniendo lugar a su alrededor como una oveja que vagara por su pasto. Me dije a mí mismo que volvería a casa con esa inocencia intacta.

Llamé al 812 desde una cabina de la recepción. No obtuve respuesta. Una buena señal, aunque no determinante: podía ser que alguien estuviera en la habitación y que no respondiera al teléfono; podía ser que Karate se hubiera inscrito bajo un número de habitación falso, cosa que sin duda yo habría hecho. Sin embargo, aquello merecía un vistazo.

Pasé por mi habitación para recoger algunos artilugios que iba a necesitar, después cogí el ascensor y me dirigí a la séptima planta. Una vez allí, subí por la escalera, la ruta menos frecuentada, y en consecuencia la que tenía menos posibilidades de presentar problemas en forma de testigos. En la muñeca izquierda, oculto bajo la ancha manga de un jersey de lana, llevaba lo que parecía un abultado ordenador de mano fijado con velcro. El aparato, utilizado por primera vez en la guerra de Irak, se llama Visión de Soldado. Saca por radar la fotografía de una habitación a través de las paredes y descarga la imagen resultante en la unidad de la muñeca. No es exactamente algo que se pueda comprar en la tienda de ordenadores de la esquina, pero es sin duda una de las ventajas de volver a trabajar para los Cristianos en Acción.

Previamente, me había hecho con una tarjeta que abriera las puertas de todas las habitaciones en previsión de una ocasión como aquélla, aunque en ese momento tenía en mente a Belghazi, no a Karate. El hotel utilizaba a modo de llaves tarjetas perforadas mecánicamente, parecidas a tarjetas de crédito pero un poco más gruesas, con patrones de agujeros de dos milímetros. También disponía, como parte de su campaña para «proteger el medio ambiente», de un sistema gracias al cual las luces no podían encenderse hasta que la tarjeta se insertaba en una ranura ubicada junto a la puerta. Cuando te disponías a salir de la habitación y sacabas la tarjeta, las luces tardaban un minuto en apagarse. Las limpiadoras tenían tarjetas maestras, por supuesto, y había sido fácil pasar ante una habitación que estaban limpiando, sacar del lector la tarjeta de la limpiadora, hacer una impresión en un pedazo de plastilina que había comprado en una tienda de juguetes y volver a dejar la llave, todo en apenas seis segundos. Valiéndome de la impresión como plantilla, lo único que tuve que hacer fue marcar en la tarjeta de mi habitación los agujeros adicionales, rellenar los que no se correspondían con masa de resina y, en ese mismo instante, obtuve el mismo acceso a todos los rincones del hotel que el personal que trabajaba en él.

La habitación de Karate quedaba en el lado izquierdo del pasillo. Utilicé la Visión de Soldado para confirmar que estaba vacía y después entré en ella con mi tarjeta maestra artesanal. No me preocupaba excesivamente la posibilidad de mover de sitio las cosas de la habitación y que Karate pudiera inferir que alguien había entrado en su ausencia. Eso podía atribuirse al servicio diario de habitaciones.

Entré y olisqueé. Quienquiera que fuese, estaba sacando partido a su hospedaje en la planta de fumadores. El aire de la habitación estaba cargado del mismo olor a tabaco fuerte —Gauloises o Gitanes, algo así— que se olía junto a los bistrots de Tokio, cuyos francófilos clientes consideraban que el humo de Marlboro o de Mild Seven podía dar al traste con la fantasía de un atardecer en una cafetería del Barrio Latino.

Me puse un par de guantes e hice una rápida búsqueda en el baño y los armarios, pero no encontré nada interesante. La pequeña caja de caudales de la habitación estaba cerrada, probablemente con su documento de identidad y otros objetos en su interior. En el escritorio había un ordenador portátil Dell, pero no tenía tiempo para esperar a que el sistema operativo Windows se pusiera en marcha. Además, si había protegido el sistema con una contraseña, se daría cuenta de que alguien había estado husmeando en su ordenador en su ausencia, y eso despertaría sospechas.

Descolgué el teléfono de la habitación y marqué la tecla del servicio de habitaciones. Sonaron dos timbrazos. Después, una voz con acento filipino dijo:

—Sí, señor Nuchi, ¿en qué puedo atenderle?

—Oh, creo que me he equivocado de tecla. Discúlpeme.

—No se preocupe, señor. Que tenga un buen día.

Colgué. Se llamaba señor Nuchi. Y le gustaban los cigarrillos franceses.

Pero no hallé más pistas. Nada que confirmara mis sospechas de que aquel tipo era un profesional, y probablemente un rival. Bueno, tenía otros recursos para descubrir más cosas.

Me saqué de uno de los bolsillos un transmisor con la superficie adhesiva, le quité la capa protectora y lo pegué en un lugar convenientemente oculto del fondo del armario. Aquel aparato se alimentaba con una batería y se encendía al percibir sonido. Con suerte, me permitiría obtener grabaciones de calidad suficiente para comprender las conversaciones que registrara. Pero aunque no lo lograra, me ayudaría a hacerme una idea de las idas y venidas de Karate, y por lo tanto me ayudaría a descubrir más cosas cuando lo siguiera.

Regresé a la puerta, me valí de la Visión de Soldado para confirmar que el pasillo estaba desierto y salí. Sólo tardé en hacer todo aquello no más de cuatro minutos.

 

Belghazi llegó a primera hora de la noche. Yo estaba tomándome un cóctel con Keiko en el vestíbulo, desde donde podía vigilar el mostrador de recepción, y lo reconocí enseguida. Era un hombre de tez morena, herencia de su madre argelina, y llevaba el pelo, que en la fotografía de los archivos de la CIA era largo y liso, cortado al rape. Calculé que medía más de un metro ochenta y que pesaba unos ochenta kilos. Era de constitución prieta, musculosa. Llevaba un caro traje azul, de Brioni o Kiton a juzgar por su talle, y una camisa blanca con el cuello abierto. Sostenía con la mano izquierda lo que parecía en maletín para ordenador portátil, de piel negra, y percibí el reflejo de una cadena de oro alrededor de su muñeca. Pero a pesar de la ropa, los complementos y las joyas no tenían un aspecto recargado. Al contrario, tenían una presencia relajada, aunque poderosa. Parecía uno de esos hombres que no tienen necesidad de alzar la voz cuando se dirigen a sus subordinados, que llaman la atención de los desconocidos con sólo una mirada o un gesto; alguien que no tiene necesidad de recurrir a la violencia para obtener lo que desea, aunque sólo sea porque la amenaza de esa violencia está siempre allí, en su compostura, la mirada de sus ojos, el tono de su voz.

Aunque no hubiera visto la foto que aparecía en su archivo, la impresión que me había causado su historial habría sido suficiente para reconocerlo. Belghazi —nombre de pila: Achille— era hijo de un oficial del ejército francés, estacionado en Argelia durante los intentos de «pacificación» franceses en la zona, y de una joven argelina que el oficial se llevó a París pero con la que no se casó. Sin embargo, su condición de hijo ilegítimo no parecía haber frenado a Belghazi, que se había destacado en la escuela, tanto por sus méritos académicos como deportivos, y que se había labrado una cierta reputación como periodista gráfico. Su dominio del árabe lo había convertido en un corresponsal habitual en los conflictos del mundo árabe: los campos de refugiados palestinos, los muyahidines en Afganistán, la primera guerra del Golfo. Valiéndose de sus contactos entre los combatientes y los tipos que se habían pasado media vida entre los servicios militares y de inteligencia extranjeros, Belghazi se había convertido en un conducto para la venta de armamento menor en varios lugares conflictivos de Oriente Próximo. Sus operaciones habían ido creciendo en tamaño al mismo tiempo que ampliaba y profundizaba sus contactos con los proveedores y los compradores. Sus últimos movimientos se concentraban en el Sudeste Asiático, donde varios grupos fundamentalistas y separatistas emergentes surgidos de la población musulmana hacían aumentar la demanda de los clientes. Era conocido su gusto por los objetos lujosos y, además, su adicción al juego.

Lo acompañaban dos hombres corpulentos, vestidos como él con trajes elegantes e igualmente morenos, que supuse serían sus guardaespaldas. Uno de ellos estaba comprobando la seguridad del lugar, escudriñando la sala, pero Belghazi no se fiaba de él y también evaluaba la sala y las personas que la ocupaban. Lo observé por el rabillo del ojo y, cuando vi que había terminado y prestaba toda su atención al mostrador de recepción, volví a mirarlo abiertamente.

Una rubia impresionante acababa de cruzar la puerta de entrada. Llevaba un traje chaqueta negro y zapatos de tacón. Práctica, pero clásica. Lo que uno hubiera visto en una viajera con un billete de primera clase. Era alta, quizá metro setenta y cinco o metro ochenta, y sus piernas resultaban muy atractivas enfundadas en aquellos pantalones; tenía un cuerpo turgente y voluptuoso. La seguía un botones que portaba un par de abultadas maletas Vuitton. El botones se detuvo junto a ella y se inclinó hacia delante para preguntarle algo. Ella alzó una mano para indicarle que esperara y después recorrió la sala con la mirada. No me esperaba aquel gesto y devolví rápidamente mi atención a Keiko hasta que la mirada de la rubia se detuvo en nosotros. Cuando volví a mirar de reojo, estaba junto a Belghazi y lo tenía cogido del brazo.

Algo en su presencia transmitía una sensación de tranquilidad y, a su modo, resultaba tan imponente como él. Todo en ella parecía natural: su cabello, su rostro, las curvas bajo su ropa.

Un minuto más tarde, ella, el botones y uno de los guardaespaldas se encaminaron hacia el ascensor. Belghazi y el otro guardaespaldas se quedaron junto al mostrador, discutiendo algo con el recepcionista.

La puerta de entrada volvió a abrirse. Levanté la mirada y vi a Karate.

«Cielos —pensé—. Toda la mafia está aquí.» Me pregunté, sin apenas darme cuenta, si le habrían transmitido la información de alguna forma.

Karate recorrió lentamente la recepción. Vi que su mirada se posaba en Belghazi, vi que sus ojos se endurecían de un modo que no significaría nada para la mayoría de gente, pero que a mí me decía muchas cosas. A juzgar por su mirada, comprendí que Karate no estaba mirando a un hombre. No. Lo que vi fue a un cazador apuntando a su presa.

Y supe, pese al entrenado dominio de mí mismo que tenía, que si alguien me hubiera visto confirmando mis sospechas acerca de la razón por la que Karate estaba allí, habría percibido que un atavismo idéntico cruzaba mi expresión.

Pasaron unos cuantos minutos. Belghazi y su hombre terminaron su conversación en la recepción y se encaminaron hacia el ascensor. Les concedí unos instantes y después le dije a Keiko que tenía que ir al baño y que volvería enseguida.

Me dirigí hacia una cabina y le pedí a la operadora que me pusiera en contacto con la suite Imperial. En el hotel sólo había dos suites —la Oriental y la Macao— y, a juzgar por su aspecto, tuve la corazonada de que Belghazi ocuparía una de las dos.

No hubo respuesta en la Oriental. Lo intenté de nuevo, esta vez pidiendo por la Macao.

—¿Hola? —respondió la voz de un hombre.

—Hola, le llamamos de recepción —dije, imitando pasablemente el acento chino local—. ¿Podemos hacer algo para que la estancia del señor Belghazi con nosotros sea más confortable?

—No, estamos bien —dijo la voz.

—Perfecto —dije—. Disfrute de su estancia.

 

Aquella noche, mientras Keiko estaba fuera, me quedé sentado en mi habitación del hotel escuchando a Karate por unos auriculares. Estaba en su habitación, y a juzgar por el ruido, estaba viendo la edición internacional de la CNN. Me acostaría o saldría: dependía de lo que él hiciera. Ya llevaba un par de pantalones de estambre color carbón, un jersey azul marino y unos cómodos zapatos con la suela de goma por si optábamos por la segunda opción, una noche en la ciudad.

Miré las inmensas grúas y la maquinaria que removía la tierra que Macao estaba utilizando para construir todavía más puentes hacia la provincia china de Guang-dong, cuyas colinas se erigían a pocos kilómetros de distancia. Las máquinas se alzaban en el puerto como criaturas mitológicas surgidas del lecho del mar, descomunales, deformes, irguiéndose hacia la tierra pero retenidas por el fango a sus pies.

Las grúas me recordaron a Japón, donde había vivido la mayor parte de mi vida adulta y donde invadir el lecho marino para construir puentes redundantes y edificios de oficinas innecesarios es un deporte nacional. Pero si las ubicuas obras en Japón siempre me parecían familiares, casi reconfortantes por su obviedad, allí el exceso me resultaba misterioso, incluso un tanto amenazador. ¿Quién tomaba las decisiones? ¿Quién amañaba los informes sobre el impacto ecológico para asegurarse de que los proyectos se aprobaban? ¿Quién se beneficiaba con los sobornos? No lo sabía. En muchos sentidos, Macao era un misterio.

Había pasado las tres semanas anteriores allí, moviéndome de un hotel a otro, tratando de pasar desapercibido, acostumbrándome a aquel lugar. Antes de aceptar el encargo de Belghazi, no sabía de aquel sitio mucho más que lo que había leído en la Revista económica del Extremo Oriente: la devolución de aquel territorio por parte de Portugal a China en 1999 había sido amistosa, como siempre son estas cosas, y el cinco por ciento de la población de etnia portuguesa del lugar estaba extraordinariamente integrada, hablaba cantonés y se mezclaba con los locales de un modo que debería haber avergonzado a los ingleses que vivían en Hong Kong; su economía de servicios se sustentaba sobre mano de obra mayoritariamente filipina y tailandesa, y pese a ser un territorio que hasta hacía poco había sido la pelota de una partida de pimpón que había durado quinientos años, tenía una identidad sorprendentemente definida.

Después de tres semanas de estancia, sabía mucho más: cómo vestir, andar y comportarme para parecer uno de los millones de visitantes procedentes de, por ejemplo, Hong Kong; la disposición y los ritmos de las tiendas y las calles, los códigos y las costumbres de los casinos. Todo lo cual me otorgaría una importante ventaja en el trabajo que tenía entre manos.

Oí que el teléfono sonaba en la habitación de Karate. La televisión se sumió en el silencio.

—Alló —oí que decía. Una pausa. Después—: Bien.

Francés, pues, como había sospechado gracias a la nicotina que llenaba su habitación. Y con un acento culto de París. Casi todo lo que yo sabía de francés lo había aprendido en el instituto, y el sonido del receptor estaba amortiguado y oscurecido por la estática. Aquello iba a ser difícil.

—Oui, il est arrivé ce soir.

Aquello lo comprendí. Sí, había llegado aquella noche.

Otra pausa. Después:

—Pas ce soir. —No esta noche.

De nuevo, una pausa. Después:

—Oui, la réunion est ce soir. Ensuite cela. —Sí, la reunión es esta noche.

Después de eso, hubo otra pausa. Luego, un murmullo de palabras que no pude comprender, seguido por:

—Tout va bien. —Todo va bien. Otro murmullo impenetrable. Después —: Je vous ferai savoir quand ce será fait. —Ya os haré saber cuándo está hecho.

Clic. Vuelta a la CNN.

Una media hora más tarde, el televisor se apagó de nuevo. Oí que su puerta se abría y se cerraba. Iba a salir.

Cogí una gabardina oscura y tomé las escaleras hasta la planta baja. Era de esperar que, tratándose de un profesional, utilizara la puerta trasera, que sería la alternativa menos frecuentada y menos predecible, de modo que me deslicé por la puerta de atrás convencido de que aquélla sería la ruta que seguiría Karate. Allí había tres salidas —una del hotel, otra del salón de belleza, otra del restaurante—, pero las tres daban al mismo patio, que a su vez daba a un solo caminillo que se convertía en un único punto de asfixia.

Junto al hotel había un aparcamiento al aire libre. Entré en él y avancé pegado al muro, oscurecido por los arbustos que reseguían su lado exterior.

Apareció un minuto después de que yo me hubiera colocado en posición. Las farolas lo iluminaban y proyectaban sombras en el garaje en el que yo permanecía en silencio. Lo observé pasar ante mí por la pasarela de tres carriles en dirección a la Avenida da Amizade, cuyo nombre, como el de la mayor parte de las avenidas de Macao, habían puesto los portugueses hacía siglos. La suave tela de su chaqueta azul marino deportiva era demasiado elegante para aquel lugar —había descubierto que la ropa habitual en Macao era informal, tirando a dejada—, pero supuse que, como una isla blanca en un mar de asiáticos, iba a destacar de todos modos.

Tras pasar ante el taller del aparcamiento, giró a la derecha por un callejón. Miré de soslayo la salida del hotel. Todo tranquilo. Hasta entonces había parecido estar solo, sin contravigilancia tras de sí. Me deslicé para seguirlo. Llegó a la Avenida da Amizade y esperó a que el tráfico disminuyera un poco para cruzar. Yo me encogí en las sombras y esperé.

Al otro lado de la calle, giró hacia la izquierda, mirando por encima de su hombro, como haría cualquier transeúnte para echar un vistazo al tráfico antes de cruzar. Me permití esbozar una sonrisa. Su «comprobación del tráfico» era una discreta forma de contravigilancia. La realizó con elegancia, informalmente; y a juzgar por la calidad de aquel movimiento, me di cuenta de que probablemente iba a pasar un mal rato persiguiéndolo a solas.

Descendió por el amplio bulevar en dirección al hotel Lisboa, sede del mayor casino y el más conocido centro de prostitución, y al cabo de un rato crucé la calle y lo seguí. Las farolas estaban espaciadas y dejaban amplios remansos de oscuridad entre ellas para que me escondiera. Karate no me hubiera visto aunque se hubiera vuelto para mirar.

Unos cuantos centenares de metros más adelante, descendió rápidamente por un paso de peatones subterráneo. El paso tenía forma de H, sus túneles se extendían en paralelo a la Amizade y el central la cruzaba perpendicularmente. Caminé un poco más deprisa para cubrir la distancia y llegué a la entrada a tiempo de verlo desaparecer a la mitad del túnel bajo la calle.

En ese momento tuve que enfrentarme a un dilema. Si lo seguía y él miraba a su espalda, me sorprendería. Si yo me quedaba donde estaba y él emergía al otro lado de la calle y se apresuraba para ganarme distancia, era muy probable que lo perdiera.

Pensé por un momento. Hasta entonces, su contravigilancia había sido sutil, la había disimulado bajo el comportamiento de un transeúnte normal. Pero ahora estaba dejando atrás la sutileza: a fin de cuentas, los transeúntes que salen a dar un paseo no cruzan la calle una y otra vez. Sabía lo que se hacía. La pregunta era: ¿En qué sentido actuaría? ¿Retrocedería para sorprender a su perseguidor, o correría hasta el otro lado para perderlo?

Si yo hubiera estado trabajando en equipo, o incluso con un solo compañero, no habría habido problema. Le habríamos rodeado, sabedores de que si uno de nosotros era sorprendido, el otro lo sustituiría inmediatamente después. Pero yo no contaba con ese lujo. Lo único que tenía era mi instinto y mi experiencia, y ambas cosas me decían que su descenso por el paso de peatones era una maniobra, un intento de llevar a su perseguidor hacia el túnel, hacerle salir de entre la multitud y después darse la vuelta para sorprenderle; de modo que dejé el paso subterráneo atrás y me oculté en las sombras de una de las palmeras de la avenida, con la esperanza de haber hecho lo correcto.

Pasaron quince segundos. Treinta.

Si me había equivocado, aquélla era mi última oportunidad para tratar de cruzar la calle. Si esperaba hasta que saliera a la superficie, me vería acercándome.

«Sólo un segundo más, sólo un segundo más; venga, capullo, ¿dónde estás…?»

Allí estaba, emergiendo por el lado vertical de la H, todavía en la misma acera de la calle que yo. Solté un largo y silencioso suspiro.

Caminó un centenar de metros más por la Avenida da Amizade y después giró a la derecha. Yo hice lo mismo a tiempo de verlo girar a la izquierda por un callejón lleno de motocicletas y bordeado a ambos lados por muros de edificios de oficinas. Lo seguí. Los aparatos de aire acondicionado de las ventanas zumbaban como insectos en la oscuridad que nos rodeaba.

Tres minutos después, llegamos al Lisboa. Lo seguí hacia su interior preguntándome si contaba con utilizar sus muchas entradas y salidas como parte de una ruta de detección de espías. En caso de ser así, había cometido un error. El Lisboa estaba demasiado atestado por las noches; un perseguidor podía permanecer cerca de su perseguido sin que éste llegara a saberlo. Aunque tuviera a un equipo de hombres posicionados para la contravigilancia, la muchedumbre nocturna concedía innumerables oportunidades para mantener el anonimato. ¿Quizá había diseñado esa ruta de día, cuando había menos gente en el hotel? En ese caso, el error era de principiante. Horas del día, días de la semana, cambios de estación, cambios de temperatura… Todo puede hacer que un ambiente se convierta en algo extremadamente distinto de aquel que se ha inspeccionado originalmente.

Me acerqué a él y seguí su rastro, sabedor de que si se adentraba en el enjambre de los numerosos pisos del casino, podía perderlo fácilmente. Pero evitó la zona de juegos y trazó lentamente una circunferencia por la galería de tiendas de la primera planta, donde grupos de prostitutas de la cercana provincia de Guang-dong circulaban como peces hambrientos en un acuario esférico. Caminamos junto a ellas; junto a jugadores enfebrecidos por sus recientes ganancias que las chicas miraban con una descarada invitación, ansiosas por recuperar las migajas de la cadena alimentaria del casino; junto a hombres de mediana edad de Hong Kong y Taiwan, con la espalda combada y los ojos febriles, el ademán rígido, atrapados en un desalentador purgatorio entre la urgencia sexual y el cálculo comercial; junto a guardias de seguridad habituados a los encantos de las piernas desnudas y el escote de las chicas, e interesados solamente en mantenerlas en movimiento, dando vueltas, nadando para siempre en el lodo de la infinita noche del Lisboa.

Karate abandonó el edificio por una salida secundaria. Todavía no estaba muy seguro de qué esperaba conseguir al entrar. La galería de tiendas, como el mismo hotel, estaba demasiado atestada como para obtener una información de vigilancia fiable. Quizá no había preparado bien esa parte de la ruta, tal como yo había especulado inicialmente. O quizá se había limitado a pasear mirando escaparates, en previsión de hacer sus compras más adelante. No era imposible: hasta los profesionales vacilan de vez en cuando o se paran a satisfacer sus necesidades humanas.

Su comportamiento subsiguiente reafirmó la hipótesis de que se estaba limitando a mirar escaparates: después del Lisboa, no lo vi haciendo nada parecido a mirar en busca de perseguidores. Debió de darse por satisfecho con el provocador fingimiento del túnel. No era un gesto estéril, en realidad, y probablemente hubiera sido suficiente para dejar en evidencia a cualquier otro. Cielos, yo mismo hubiera quedado en evidencia si mi instinto hubiera estado un poco menos afilado o si no hubiera hecho los deberes durante las tres semanas anteriores.

Siguió hacia el noroeste por la Avenida Henrique. La calle era recta, sombría, tenía un tráfico intenso, y pude seguirlo desde la distancia. Mis ojos vagaban constantemente, buscando las esquinas más recónditas, los lugares en los que yo habría colocado la contravigilancia o una emboscada. Nada apareció en mi radar.

En la plaza del Senado, la principal zona comercial para peatones, giró hacia la derecha. La plaza estaría atiborrada, incluso a esa hora de la noche, y yo aceleré mi paso para asegurarme de que no lo perdía. Allí estaba, recorriendo las ondulantes líneas de baldosas blancas y negras, a la izquierda de los iluminados surtidores verticales de la fuente que había en el centro de la plaza, a lo largo de los pórticos bajos de color pastel de las fachadas de estilo portugués, fuera de lugar entre los sonidos y perfumes asiáticos circundantes. Lo seguía a unos diez metros de distancia. Una canción de pop hongkonguense retumbaba desde una tienda. Los olores de cerdo asado y arroz empalagoso flotaban en el aire. Densos grupos de compradores avanzaban y retrocedían a nuestro alrededor, parloteando, riendo, disfrutando de la confortable cercanía de las galerías comerciales y la despreocupada camaradería de la noche.

Abandonamos la plaza del Senado y nos adentramos en calles más tranquilas. Karate se detuvo en los tenderetes callejeros —fruta, ropa interior, tradicionales vestidos tailandeses a razón de tres unidades por un dólar hongkonguense—, pero no compró nada. Parecía que se dirigía a San Pablo, sede de la que fuera gloriosa iglesia portuguesa, cuyo interior había sido destruido una y otra vez por el fuego y que, a día de hoy, se sostiene solamente como una triste fachada, una reliquia embrujada, iluminada por la noche como un esqueleto desteñido apoyado contra la cima de una larga serie de empinadas escaleras, donde rumia con una ruinosa majestad, dominando la ciudad, que ha crecido como un puñado de semillas a su alrededor.

Gradualmente, el paisaje que nos rodeaba se fue tornando el de una zona residencial. Pasamos ante amplias y despejadas entradas. Las escudriñé automáticamente, pero no presentaban ningún peligro, sino tan sólo típicas escenas domésticas: cuatro mujeres ancianas absortas en una partida de mahjong; un grupo de niños alrededor de un televisor; una familia cenando. Pasamos junto a un viejo santuario, cuya pintura roja se desconchaba a causa de la humedad tropical. El incienso que había dentro de un brasero invadió mis sentidos y me hizo recordar emociones de la infancia.

Karate llegó a la esquina de la calle y giró a la derecha. En aquel laberinto de oscuros rincones y callejones podía perderlo a poco que me ganara distancia, y aceleré mi paso para permanecer cerca de él. Giré por la misma esquina que él había doblado hacía un instante, y a punto estuve de chocar con él.

Había doblado la esquina y se había detenido, un clásico movimiento de contravigilancia difícil de esquivar si actúas en solitario. No me sorprendió que se lo estuviera tomando con calma: el truco del túnel había sido un falso punto final a la carrera, y yo había picado. «Mierda.»

Sentí un subidón de adrenalina. Ensordecí. Los movimientos se ralentizaron.

Nuestras miradas se engarzaron, y por un segundo permanecimos totalmente inmóviles. Vi que su entrecejo empezaba a fruncirse. «He visto antes a este tío —supe que él estaba pensando—. En el hotel.»

Volvió a disponer el peso de su cuerpo en una posición defensiva. Su mano izquierda tiró de la solapa izquierda de su chaqueta. Su mano derecha se extendió hacia el vacío que quedó.

Hacia un arma, sin duda. «Mierda.»

Di un paso hacia él, le cogí la parte baja de la manga con la mano izquierda y la aparté de su cuerpo de un tirón para evitar que desenfundara lo que llevara debajo de la chaqueta. Le cogí la solapa izquierda con la mano derecha y tiré de ella hasta su barbilla. Su reacción fue buena: dio un paso atrás con la pierna izquierda para recobrar el equilibrio y abrir una cierta distancia entre los dos desde la que pudiera valerse de algo surgido de su arsenal de karate. Pero no iba a darle esa oportunidad. Le cogí el talón derecho con el pie derecho y lancé mi puño contra su garganta para empujarlo hacia atrás en un kouchigari, un ataque básico de judo. Perdió el equilibrio, su pie quedó atrapado y cayó de espaldas mientras agitaba el brazo izquierdo inútilmente. Yo seguí cogiéndole el brazo derecho y se lo giré en sentido contrario a las agujas del reloj mientras caía, manteniendo mi codo derecho colocado en ángulo recto sobre su diafragma, apretándolo con fuerza cuando caímos sobre el pavimento.

Me arrastré hasta su lado izquierdo, levanté la mano derecha en lo alto y le lancé un puñetazo contra la nariz. Tenía buenos reflejos a pesar de la impresión de la caída. Giró la cabeza y desvió el puñetazo con la mano izquierda.

Sin embargo, en el suelo, tenía las de perder, y cometió un error rápidamente. En lugar de enfrentarse a la amenaza inmediata —mi posición dominante y mi libertad para atacar—, volvió a tratar de coger su arma. Deslicé el brazo derecho por el interior del suyo y le di un tirón hasta doblárselo a la espalda. Percibió una cierta relajación y trató de incorporarse, pero me adelanté. Valiéndome de la sujeción de su brazo para detener su impulso hacia delante, le pasé el brazo izquierdo alrededor de la cabeza en la dirección de las agujas del reloj, de adelante atrás, y me incliné hacia atrás de tal modo que mi brazo presionara hacia abajo su cara. Aquel movimiento le dobló el cuello hasta el extremo de su flexibilidad y a punto estuvo de dislocarle el hombro, pero no presioné más. Sólo quería que me obedeciera, no matarlo. Al menos no por el momento.

—¿Para quién trabajas? —le pregunté.

A modo de respuesta, se limitó a forcejear. Le apreté un poco más el cuello, pero relajé enseguida mi presión para que no creyera que me proponía acabar con él, en cuyo caso no podía esperar que cooperara.

Comprendió el mensaje y dejó de forcejear. No era probable que hubiera practicado ninguna kata que partiera del supuesto de encontrarse en el suelo con el cuello torcido hacia atrás.

—Je ne comprend pas —oí que decía, con el cuerpo tenso a causa de mi presión.

«¿No me comprendes? Y una mierda, colega —pensé—. Te acabo de oír viendo la puta CNN.»

—Pour… Pour qui travaillez-vous? —traté de preguntar.

—Je ne comprend pas —repitió.

«Muy bien, al infierno.» Volví a apretar, más fuerte que antes, esta vez manteniendo la presión un segundo más.

—Por última vez —dije en inglés—. Dime para quién trabajas o te mato.

—Está… Está bien —oí que decía, con la voz amortiguada por mi brazo, que le cubría la cara. Me incliné hacia delante un poco para oírle mejor.

Al hacerlo, él se arqueó hacia mí y tiró con fuerza hacia arriba con el brazo derecho, tratando de soltarse de la llave con que le sostenía, para coger lo que fuera que tuviera debajo de la chaqueta. Yo cargué mi peso hacia la izquierda y le mantuve el brazo a la espalda con fuerza. Pero ese movimiento había sido solamente una finta, y mientras me giraba, me di cuenta, demasiado tarde, de que su verdadera intención había sido llevarse la otra mano al cinturón. Antes de que pudiera detenerle, con un rápido movimiento, había apretado un botón en el cinturón de piel y se había soltado la hebilla, en la que llevaba un puñal metálico de doble hoja.

«Mierda». Sin pensarlo, me eché salvajemente hacia atrás, apretando el antebrazo izquierdo sobre su nuca y presionando con la fuerza de ambos brazos. Durante un instante se resistió, y luego su cuello se partió y el cuerpo sufrió un espasmo entre mis brazos. El cuchillo cayó al suelo repiqueteando.

Lo tendí sobre el pavimento y lo cacheé rápidamente. Me temblaban las manos a causa de la adrenalina. De repente, cobré conciencia de mi corazón, que latía como loco en mi interior. Maldita sea, aquél había sido un buen movimiento. Casi se había salido con la suya.

Andaba ligero de equipaje: ni cartera, ni carné de identidad. Sólo la tarjeta del hotel en el bolsillo de los pantalones, y allí, en una funda de hombro, lo que se había puesto a buscar al verme: una Heckler & Koch Mark 23. Junto a ella, un silenciador Knights Armament, uno de los dos modelos compatibles con la Mark 23.

Un cuchillo de cinturón y una H&K con silenciador. Dudé de que hubiera podido pasar aquel material por los controles de seguridad del aeropuerto de camino a Macao, aunque era posible que los guardias de seguridad estuvieran demasiado preocupados con los clips y las tijeras de manicura como para percatarse de su presencia. Sin embargo, intuí que el misterioso señor Nuchi tenía contactos en la ciudad, y que las armas le habían estado esperando allí o bien le habían sido procuradas de algún otro modo a su llegada. Archivé esa idea para pensar en ella más tarde.

No había nada más que pudiera decirme acerca de quién era o quién lo enviaba. O con quién iba a reunirse.

Me puse en pie y miré a mi alrededor, a izquierda y derecha. No había nada. La calle estaba silenciosa como un cementerio.

Me adentré en las sombras, meneando reflexivamente la cabeza de un lado a otro mientras caminaba, escudriñando el peligro. Dejé las armas, puesto que de poco me servían en aquella misión y no quería contaminarme con nada relacionado con lo que la policía pudiera encontrar en la escena del crimen. Al cabo de un rato, mi pulso empezó a ralentizarse.

¿Quién diablos era él? ¿Con quién iba a reunirse? No podía soportar la idea de saber tan pocas cosas acerca de él: un nombre —Nuchi— que podía ser un alias, y una nacionalidad probable; pero nada más.

No obstante, supuse que, a pesar de todo, las cosas no habían tenido un mal desenlace. Estaba casi seguro de que, quienquiera que lo hubiera enviado, Karate estaba allí para eliminar a Belghazi. Pero eso ya no iba a ser posible.

Y las cosas podrían haber acabado peor. Si hubiera desenfundado esa H&K cuando me vio girar la esquina en lugar de tratar de sacarla después, lo más probable es que hubiera sido yo quien ahora estuviera tendido en el suelo, en plena oscuridad.

Permanecí en las calles estrechas, en los oscuros callejones. Mi pulso se ralentizó todavía más. Mis manos dejaron de temblar. Los edificios a uno y otro lado parecieron hacerse más altos, y la débil luz, más tenue, hasta que me di cuenta de que estaba zigzagueando a lo largo del canal de un pronunciado barranco, un tenebroso desfiladero urbano cortado, entre las deslavazadas fachadas de hormigón, por un río que llevaba mucho tiempo seco. Las oxidadas chimeneas eran escarpaduras de piedra; las cuerdas de tender, confusas parras; una solitaria lámpara de sodio, una luna amarillenta y convexa.

Me encaminé hacia el hotel. Cuando estuve cerca de la entrada, el pulso de mi corazón volvía a ser normal. Empecé a pensar, a pensar en Belghazi.

Sí, Belghazi. El centro mismo de aquel espectáculo. Basta de teloneros. Me acercaría, haría lo que tenía que hacer y me largaría de allí. Después de eso, recibiría una buena cantidad de dinero; tanto que dejaría atrás toda esa mierda para siempre.

O al menos durante un periodo de tiempo razonable.