Contrato para matar
Capítulo 7
D ormí en el Ritz Carlton, al otro lado del puerto. Fue una pena tener que abandonar el Península, pero Delilah sabía que estaba allí, y podía compartir ese conocimiento con alguien. Era mejor cortar cualquier potencial conexión.
La mañana siguiente me desperté renovado. Pensé en Delilah. Ella apenas quería dos días de gracia, durante el tiempo que Belghazi tenía reuniones en la región. Di por hecho que lo que estaba haciendo en ese viaje era lo que Delilah y su gente habían estado esperando. Debían de creer que algo surgido durante el viaje acabaría en su ordenador, algo importante, y que entonces era cuando actuarían.
Pero, entonces, ¿por qué había intentado entrar en él aquella noche en la suite? Por oportunismo, quizá. Un calentamiento. Sí, podía ser eso. Pero no había modo de estar seguro. Al menos no todavía.
Y toda mi hipótesis partía del hecho de que ella estaba diciendo la verdad, por supuesto. No podía saberlo. Necesitaba más información, algo que pudiera utilizar para atar cabos. Esperaba obtenerla de Kanezaki.
Me afeité y me duché, y me di un último baño en la preciosa bañera de la habitación antes de bajar a la recepción para marcharme. La hermosa recepcionista me miró un instante y después se excusó educadamente. Antes de que tuviera oportunidad de pensar de qué iba todo aquello, regresó con el director, un individuo delgado con fino bigote.
—Ah, señor Watanabe —dijo, dirigiéndose a mí con el alias que había utilizado para registrarme—, creemos que un hombre puede estar buscándolo. Un asunto policial, parece. Dice que es importante que contacte con él. Dejó este número de teléfono. —Me dio un pedazo de papel.
Asentí sin hacer nada para ocultar mi consternación y cogí el papel.
—No lo entiendo. ¿Por qué no me han llamado?
—Lo siento, señor. Pero el hombre ni siquiera conocía su nombre. Dejó una fotografía en recepción. Ha sido ahora, cuando la recepcionista lo ha visto y se ha dado cuenta de que usted podía ser el caballero en cuestión.
—¿Es esto todo? ¿No había nada más? ¿Dejó un nombre?
Él negó con la cabeza.
—Lo siento.
—¿Puedo ver la fotografía?
—Por supuesto. —Se agachó y sacó lo que reconocí como una excelente falsificación, la imagen digitalizada de mi semblante. La cara de la fotografía no era un retrato exacto, pero se acercaba bastante.
Les di las gracias, pagué la factura y me marché, escudriñando el vestíbulo con mayor atención que cuando había entrado en él. Nada parecía fuera de lo normal.
Hice unos meticulosos movimientos de detección de seguimiento, preguntándome cómo diablos me había seguido alguien, y quién podía ser. Tener a alguien pisándote los talones cuando crees que lo has dejado atrás es una sensación muy desagradable.
Cuando estuve convencido de estar solo, encontré una cabina. Marqué el número que me habían dado en el hotel.
El timbre del teléfono sonó dos veces. Después oí una voz atronadora:
—Moshi-moshi. —«Hola» en japonés, con un fuerte acento sureño.
—Jesucristo —dije. Dox.
—Bueno, alguna gente lo cree, pero no, soy yo —dijo, con un irritante buen humor—. ¿He pillado bien el acento japonés?
—Sí, perfecto.
—Creo que no lo dices sinceramente. Pero gracias de todos modos.
—¿Qué quieres?
—¿No vas a preguntarme cómo te he encontrado?
—No hasta que te vuelva a hacer una llave en la pierna. Se rió.
—Te lo dije, no es necesario que hagas eso. Te diré lo que quieres saber. En persona.
Me detuve y después dije:
—Muy bien.
—¿Dónde estás? ¿Sigues en el hotel?
Ahí le pillé. Supe cómo lo había hecho.
—Sí —dije, poniendo a prueba mi teoría.
—Muy bien. Ya voy. Pero no conozco Hong Kong tan bien como tú; dime, ¿cuál es el mejor modo de llegar hasta allí?
Sonreí.
—En taxi.
—Claro, es lógico. Pero dame algunas señas. Me gustaría saber adónde voy.
Sí, eso era. Había estado en lo cierto.
—Dile al conductor el nombre del hotel —dije—. Estoy seguro de que lo encontrará.
Se produjo una pausa, durante la cual lo imaginé totalmente desconcertado.
—Maldita sea, ¿cómo se llamaba el hotel? —preguntó, intentándolo como un valiente.
Me reí y no dije nada. Al cabo de un momento, él dijo:
—Muy bien, muy bien. Me reuniré contigo donde tú quieras.
—¿Por qué iba yo a querer reunirme contigo?
—Está bien, está bien, sólo estaba marcándome un farol. Sólo quería ver si podía embaucarte, pero eres demasiado ingenioso. Sin embargo, creo que te gustará oír lo que tengo que decirte. Créeme.
Pensé por un momento. Claro que quería reunirme con él. Necesitaba saber de qué iba todo aquello. Pero tendría que tomar precauciones; las cuales demostrarían ser fatales para Dox si las cosas no salían como yo quería que salieran.
—¿Dónde estás? —pregunté.
—En una cafetería, comiéndome con los ojos una mesa de chicas chinas. Creo que les gusto.
—No deben de conocer tu afición a las cabras —dije.
Se rió.
—No, colega, a menos que se lo hayas dicho.
—Quédate ahí un rato. Te llamo.
—¿Adónde vas?
—Te llamo —repetí, y colgué.
Si aquello hubiera sido Tokio, podría haberle dicho al instante dónde podíamos encontrarnos y cómo. Había estudiado la ciudad durante los veinticinco años que había vivido allí, y conocía docenas de lugares que habrían funcionado. Pero Hong Kong me resultaba menos familiar. Necesitaba hacer un mapa.
Caminé hacia los pasos elevados, después me dirigí hacia el oeste, hacia Sheung Wan, en busca del local adecuado. Era domingo, y el área estaba animada con el parloteo de las miles de criadas filipinas que había en la isla, que estaban disfrutando de su día semanal de descanso. Se sentaban sobre cartones aplanados a la sombra de los grandes techos de los pasos elevados, comían pancit palabok, sotanghon, kilawing tanguige y otros platos caseros y se sentían, por unos breves instantes, de vuelta en su casa. Me gustaba cómo mantenían contacto físico: cómo se trenzaban el pelo entre ellas, se cogían de la mano y se sentaban muy juntas; como niños que encuentran solaz, un talismán contra algo terrible, mediante el mero contacto humano. A pesar de sus vidas trasplantadas y la pérdida de lo que habían dejado atrás, había algo infantil en ellas, y pensé que es probablemente esa aparente inocencia, unida de un modo incoherente con una sexualidad adulta, lo que hace que tantos hombres occidentales se vuelvan locos por las mujeres del Sudeste Asiático. Ese encanto no me era ajeno, pero en ese momento, lo que sentía por ellas no era deseo. Lo que sentía, absurda y sorprendentemente, era algo más parecido a la envidia.
Seguí por el paso elevado, después gire hacia el sur, por el Distrito Occidental, así llamado por su posición respecto al Central, no por su cultura o su ambiente. En realidad, caracterizado como está por las curtidas caras de viejos herbolarios que preparan aceite de serpiente, polvo de lagarto y otra farmacopea antigua, por el aroma de incienso de sus templos y la cocina de restaurantes de serpientes y panaderías de dim-sum, y por los gritos de pescaderos y de barrenderos y vendedores, el Occidental parece significativamente más «oriental» que el resto de Hong Kong.
Me detuve en una de las innumerables tiendas de baratijas de Cat Street y compré varios cacharros de segunda mano, todos los cuales tenían por fin distraer al tendero. No tardaría en tirarlos todos menos uno: un cuchillo de carnicero con una hoja de diez centímetros y mango de cuerno. El cuchillo iba metido en una funda de cuero, y la hoja estaba convenientemente afilada.
Tenía en la cartera una vieja tarjeta de crédito que llevaba envuelta en varios palmos de cinta aislante. Mil y un usos, dicen, uno de los cuales era pegar un cuchillo de carnicero en la parte inferior de la baranda de un paso elevado. Si veía a alguien siguiéndonos o detectaba algún otro signo de duplicidad, llevaría a Dox a la barandilla, sacaría el cuchillo y acabaría con él.
Hubiera preferido llevar el cuchillo conmigo, pero Dox no era estúpido a pesar de la apariencia de que gustaba hacer gala, y sabía que buscaría señales de que llevaba un arma. Era posible esconderla en mi cuerpo, por supuesto, pero sería un recurso que me haría perder demasiado tiempo. Mejor tener un elemento de sorpresa. Además, es muy probable que hubiera implicado llevar alguna prenda de ropa más, un chándal o algo similar entre la ropa de calle y la interior, que pudiera apartar después si la cosa se complicaba; pero sabía que eso era también algo que Dox percibiría. De todas maneras, me curé en salud. Compré también una chaqueta de nailon oscuro y un paquete de toallitas infantiles, que escondí bajo una papelera en un lavabo público situado no lejos de donde había dejado el cuchillo. Si tenía que enfrentarme a Dox y mancharme de sangre, podía esconderme en los lavabos y recuperar una pinta presentable en un momento.
Seguí hacia el este por el paso elevado, después me introduje en el Centro Financiero Internacional, que alberga un inmenso centro comercial. Paseé hasta que encontré un escenario adecuado: un lugar ventajoso en el tercer piso que daba a una librería del segundo piso llamada Dymock’s. Desde el tercer piso podía vigilar no sólo la entrada de la librería, sino también la cercana entrada al centro comercial del segundo piso y las vías que llevaban a mi posición. Si veía algo que no me gustaba, podía desaparecer por un gran número de direcciones.
Llamé a Dox desde una cabina.
—Moshi-moshi —dijo, con su marcado acento.
Me pregunté por un instante si no estaba sobrevalorando a Dox al pensar que su comportamiento de palurdo era sólo una simulación.
—¿Todavía te estás comiendo con los ojos a esas chicas? —le pregunté.
—A ellas y a algunas nuevas —dijo, con la voz estruendosa de buen humor—. Tengo suficiente para todas.
—Veámonos en la librería Dymock’s del centro comercial del CFI.
—¿Dónde? No…
—Guárdate tu rollo de cateto para otro —le interrumpí—. El Centro Financiero Internacional. Segunda planta. En la estación de Hong Kong del M TR. No deberías tardar más de quince minutos en llegar allí. Si tardas más que eso, me largo.
—De acuerdo, de acuerdo, no es necesario ponerse antipático. Voy para allá.
—Te estaré vigilando, Dox. Si no vienes solo, me lo tomaré personalmente.
—Lo sé.
Lo sabía. Habíamos trabajado juntos. Había visto lo que yo era capaz de hacer.
Colgué, volví a mi posición y esperé.
No conocía los detalles, por supuesto, pero en realidad no me eran necesarios. Dox sabía que yo estaba en Hong Kong porque yo había llamado a Kanezaki desde allí. De alguna manera, había creado una fotografía mía. Me conocía desde hacía tiempo y me había visto hace poco; quizá había trabajado con un técnico como los testigos con los dibujantes de la policía. O quizá tenían una fotografía de mi época de militar y la habían digitalizado para manipularla de acuerdo con los efectos de la cirugía plástica y el paso de décadas. En cualquier caso, Dox habría hecho circular la fotografía por hoteles de Hong Kong y Kowloon. Me conocía, de modo que debió de empezar por el mejor y de ahí para abajo. Ésa es la razón por la que sabía que yo estaba en un hotel, pero no sabía en cuál.
Me percaté de que probablemente también había estado en el Península, pero me había largado de allí con demasiadas prisas para hacer las comprobaciones de una salida formal. Quizá había mostrado alguna identificación del Gobierno, del Servicio de Aduanas de Estados Unidos pidiendo un favor, algo así. O quizá tenía algún contacto local. Sí, el director del Ritz había mencionado algo acerca de un «asunto policial». Quizá la Agencia le había pedido ayuda a la delegación local. Genial.
Negué levemente con la cabeza en un gesto de tristeza. Hospedarme en hoteles caros cuando estoy en viaje de trabajo es uno de los pocos lujos que me permito. Me di cuenta de que esa costumbre era una desventaja. Tendría que abandonarla.
Intenté no tomármelo personalmente. Dox, Kanezaki, todos ellos tenían sus motivos. Sólo estaban haciendo su trabajo.
Pues bien, llegados a ese punto, yo haría el mío. Nada de rencores, colegas. Ya sabéis cómo van las cosas.
Diez minutos más tarde vi a Dox entrar en el centro comercial por la entrada del segundo piso, que quedaba a mi derecha. Si iba acompañado, lo estaban esperando ante la entrada.
Cuando fue a entrar en la librería, lo llamé.
—Dox. Aquí.
Él levantó la mirada y sonrió.
—¿Qué tal?
—Coge las escaleras mecánicas que tienes a la derecha —le dije—. Corre.
Lo hizo. Mientras ascendía, esperé para ver si alguien entraba por la entrada que quedaba a su espalda, tratando de seguir su paso. Nadie lo hizo.
Cuando llegó a la cima de las escaleras mecánicas, me puse en marcha.
—Gira a la izquierda —le dije—. Dirígete hacia el centro. Estaré tras de ti. Te diré qué debes hacer.
—¿No te cansas de todo esto? —preguntó, dedicándome una mirada de perro apaleado.
Escudriñé las escaleras mecánicas tras él.
—Ven —dije—. Ahora.
Lo hizo. Observé las escaleras y las entradas durante un rato. Todo estaba despejado. Después lo abordé por la espalda, a su derecha. El detector de Harry seguía en silencio.
Llegamos a un pasillo de mantenimiento.
—Aquí —dije—. Gira a la derecha.
Lo hizo. Caminamos algunos metros.
—Detente —dije—. De cara a la pared.
Me dedicó un sufrido suspiro, pero hizo lo que le pedía. Lo cacheé. No llevaba armas. Cogí su teléfono móvil, lo apagué y me lo metí en el bolsillo.
—¿Me lo devolverás cuando acaben las clases? —me preguntó.
—Claro —le dije—. Si te portas bien. Ahora vamos afuera.
Miré en la dirección por la que había venido. Nada encendió mi radar. Por el momento, todo iba bien.
Lo guié por una serie de provocadoras maniobras que habrían obligado a nuestros perseguidores a delatarse. Si hubiera visto algo, lo habría pasado por el cuchillo y habría terminado aquello de una vez por todas. Pero iba solo.
Lo llevé a un restaurante de poca monta, el Pok Fu Lam, situado a suficiente distancia de los turistas de la isla para atraer sólo a los más intrépidos visitantes. La zona era en realidad una barriada, pero me gustaba. En cierto modo, sus edificios de cuatro pisos en ruinas, su pintura descolorida y descascarillada por décadas de humedad subtropical, sus balcones adornados y sus balaustradas, todo ello extrañamente orgulloso por contraste, incluso desafiante, me parecía más agradable que la riqueza de marca y el poder de los distritos orientales. Dox, enorme, barbudo y, sobre todo, blanco, parecía decididamente fuera de lugar entre los otros comensales, aunque no parecía importarle. La carta estaba enteramente en chino, pero yo conocía los ideogramas y logré señalar lo que quería.
—¿Qué es esto? —preguntó Dox, una vez hubo llegado la sopa y hubimos empezado a comer—. Está bueno.
—Me alegro —dije—. Un entrenador olímpico de atletismo chino se lo daba a sus atletas estrella.
—¿Sí? ¿Qué lleva?
—Lo de costumbre: agua de fuente, verduras de montaña, sangre de tortuga y hongos de oruga.
Se detuvo con la cuchara a medio camino de sus labios.
—¿Lo dices en serio?
—Bueno, es lo que decía en la carta.
Negó con la cabeza como si estuviera pensándoselo.
—Esos atletas chinos son rápidos. Si es bueno para ellos, supongo que a mí no me sentará mal. —Sorbió el resto con una sonrisa.
No me sorprendió. Había visto a Dox comer cosas igualmente raras en el campo de batalla de Afganistán, y siempre con placer.
Cuando hubimos terminado con la sopa, le pregunté qué estaba pasando.
—Bueno —dijo, recostándose en su silla—. No creerías las cosas para las que me han entrenado: falsificar carnés de identidad, penetrar redes informáticas, cerraduras y cerrojos, tapas y sellos… Y no sólo el entrenamiento, ¡también me dieron los juguetes! Me dieron una fotocopiadora a color láser de veinticinco mil dólares, papel especial, tintas, hologramas, codificadores magnéticos; joder, tío, ¡puedo hacer carnés de identidad falsos que te dejarían de piedra!
—No has venido aquí sólo para venderme falsos carnés de identidad, ¿verdad? —pregunté.
Pareció alegrarse al oírlo, y me pregunté si Dox había llegado a la conclusión de que mis ocasionales comentarios mordaces eran en realidad muestras de simpatía. Eso sería perverso.
—Tuve un raro encuentro con un tipo el otro día —dijo, sonriendo—. Vino a verme a Bangkok, donde en ese momento estaba relajándome y recuperándome. Me dijo que se llamaba Johnson. Pero en realidad se llama Crawley. Charles Crawley. El Tercero. Imagina, una familia que quiera perpetuar un nombre estúpido como ése cuando le podrían haber puesto algo imaginativo como Dox.
—¿Cómo conseguiste su nombre real?
La sonrisa se ensanchó.
—Mierda, las mentiras de ese tío se olían a distancia. Así que simulé recibir una llamada del móvil mientras hablábamos. Le hice una foto con el teléfono.
Debía de tener una de esas terminales con cámara digital incorporada. En el pasado, uno sólo tenía que preocuparse por algún que otro aficionado que llevaba una videocámara, como Zapruder o aquel tipo que sorprendió a la policía zurrando a Rodney King. Ahora, era cualquiera con un maldito teléfono móvil.
Saqué el teléfono que le había confiscado.
—¿Éste? —pregunté.
Asintió.
—Echa un vistazo.
Le di al botón de encendido y esperé un momento mientras el teléfono se ponía en marcha. Sí, era un Ericsson P900, nuevo y delgado, con una cámara y muchas cosas más. Se lo di a Dox. Le dio a algunas teclas durante un rato y después me lo devolvió. Vi una imagen sorprendentemente precisa de un tipo esbelto, de treinta y pocos años, blanco, con el pelo rizado y claro como el maíz, los ojos azules, la nariz delgada y labios finos. La fotografía había sido tomada en un ángulo raro y aparentemente furtivo.
—Un cabrón con pinta de rata. Le saqué algunas más, si quieres echar un vistazo. Dale a la tecla de avance.
Hice lo que me indicaba y fui viendo las fotos de Crawley para hacerme una idea de su aspecto. Las fotografías no siempre respetan el parecido. Si ves más de una, aumentas las posibilidades de reconocer al individuo en persona. Estaba empezando a pensar que podría hacerlo.
Cuando hube terminado, apagué el teléfono y se lo devolví a Dox. Todavía estaba sonriendo.
—Si quieres, puedo mandarte las fotos directamente a tu móvil —dijo—, a una cuenta de correo electrónico. Cielos, si quieres pasártelo bien, ¡puedo ponerte la cara de Crawley en todos los tablones de anuncios que quieras! El muy capullo no tenía ni idea de lo que estaba haciendo. Que se joda por no mantenerse al día con el imparable progreso de la tecnología.
—¿Quién es? —pregunté.
—Bueno, su currículum dice que trabaja para los Asuntos Consulares del Departamento de Estado.
No pude evitar sonreír.
—Al parecer, Asuntos Consulares tiene competencias muy amplias.
Me devolvió la sonrisa.
—Sin duda.
—¿Cómo lo descubriste? —pregunté.
—Venga ya, tío, no puedo decirte mis fuentes y mis métodos. Ya sabes que a los magos no les gusta mostrar cómo hacen sus trucos.
Lo miré y no dije nada.
—Está bien, sólo me estaba riendo de ti. No es necesario ponerse serio con esa mirada terrible. Contrasté las fotos con una nueva base de datos de la Agencia. La base de datos recopila imágenes de medios electrónicos: las ediciones digitales de los periódicos y las revistas, vídeos, todo eso. Metes la foto y el sistema trata de encontrar su correspondiente utilizando algo llamado XML, lenguaje de comparación extensible, algo así. Es como Google, pero con imágenes en lugar de palabras. Creo que se lo robaron a alguna pequeña empresa informática.
—¿Funcionó? —pregunté, pensando: «Cielos, ¿qué es lo próximo que van a sacar?».
—Sí, claro que funcionó. Me dio un par de miles de falsos positivos. La Agencia todavía tiene trabajo que hacer antes de que Google tenga motivos para ponerse nervioso. Pero ya me conoces, me va la marcha, pero también soy paciente. Repasé los resultados hasta que me topé con la inolvidable cara del señor Crawley. —Se metió la mano en el bolsillo, sacó un trozo de papel y lo desplegó—. ¿Lo ves? Es él, junto al embajador en Jordania en una rueda de prensa que el embajador dio en Amman. Parece importante, ¿verdad?
—Mucho. ¿Qué quería?
Se echó hacia delante.
—Aquí es donde la cosa se pone fea. Me dijo que representaba intereses muy, muy elevados del Gobierno de Estados Unidos. Pero que, por razones de seguridad nacional, esos intereses tenían que disponer de «pruebas plausibles para desmentir» ciertas acciones y por lo tanto no podían reunirse conmigo, aunque les hubiera encantado poder hacerlo, por supuesto. Sí, «ciertas acciones», creo que así es como lo dijo. Creo que le gustaba oírse hablar. En cualquier caso, me habló de un viejo agente encubierto que se había vuelto loco y había matado a un puñado de amigos en Hong Kong y Macao, y que debía ser «retirado», eso es lo que dijo. «¿Retirado?», le pregunté. Me estaba riendo de él. Y él asintió y dijo, con su voz seria, como supongo que él cree que deberían hablar los representantes del Gobierno verdaderamente importantes sobre estas cosas: «Queremos que sus acciones sean interrumpidas». Por el amor de Dios, no pude evitarlo, le dije con los ojos abiertos como platos: «¿Con extrema inminencia?». Y él va y asiente una sola vez, como si tuviera miedo de que si movía un poco más la cabeza, fuera a meterse en un lío.
—¿Y después?
—Oh, después de eso, las habituales alabanzas por mis servicios al país y apelaciones a mi patriotismo. Ya sabes de qué va. Después me dijo que tiene veinticinco mil dólares para mí en ese momento, y otros setenta y cinco mil cuando termine, si realizo este pequeño servicio que el Tío Sam me pide.
—¿Y qué dijiste?
—Le dije que, por supuesto, sería un honor servir a mi país en esta feliz ocasión. Me dio una llave para una taquilla, me dio la mano, me dio las gracias, ¡otra vez!, por mi patriotismo, y se largó. Fui a la taquilla, y ¿quién resulta ser ese agente que se ha vuelto loco? Bueno, no es otro que mi amigo en los viejos tiempos en Afganistán, el inteligente y encantador señor John Rain.
Asentí pensativo, y después dije:
—¿Por qué me estás contando esto? ¿No dijiste que la oportunidad sólo llama a la puerta una vez? ¿Por qué no hacer el trabajo y llevarse la pasta?
Me sonrió. La sonrisa decía: «Sabía que ibas a decir eso». Supongo que le hizo sentir bien demostrar que, al menos en algunas ocasiones, era capaz de adelantárseme.
—Te diré, colega, que hay ciertas cosas que un marine nunca haría, aunque sea contra un tipo como tú. Supongo que los veteranos tenemos que ayudarnos, puesto que nadie más parece dispuesto a hacerlo. Además, no me gustó nada cómo me trató el viejo Crawley. Joder, ese tío me cree un capullo. Como tú, si no te importa que diga las cosas tal como son.
Lo miré.
—No creo que seas ni la mitad de capullo de lo que aparentas, Dox. Y puede que ni siquiera eso.
Se rió.
—Siempre he sabido que me quieres.
—¿Qué hay del dinero?
—Mierda, prefiero llevarme veinticinco mil por nada que cien mil por algo que no quiero hacer. ¿No harías tú lo mismo?
—Quizá. Pero ¿no te va a exigir Crawley que le devuelvas el dinero?
—Bueno, es posible, y puede que se lo dé. El problema es que no me acuerdo de dónde lo he metido. Quizá lo haya invertido en un fondo de valores o algún otro lugar poco escrupuloso. Puede que ya lo haya perdido.
Sonreí.
—Crawley puede enfadarse.
—Se enfadará. Puede que incluso trate de contratar a algún otro «patriota» para «eliminarme» por aprovecharme de él. Pero eso le costaría otros cien mil pavos. No, creo que conozco a los tipos como el señor Crawley. Creo que decidirá que es mejor tragarse el insulto y vivir para luchar otro día. Es decir, si vive un día más. Sé que las noticias que te estoy dando te pueden poner furioso, con todo el derecho del mundo. Yo me pondría furioso.
Cogió su bol de sopa, se lo llevó a la boca y lo vació.
—Aaaah —dijo, dejando el bol en la mesa y recostándose en su silla—. Nada como los hongos de oruga. Pero hay una cosa más. Puede que no te dieras cuenta, pero siempre te mostraste amable conmigo en Afganistán. Yo era el único allí que no había servido en Vietnam, y los otros tipos eran un poco cerrados. Me hacían sentir como si no fuera bienvenido. Tú no eras así. No es que te comportaras como un hermano, pero no parecías tener ningún problema conmigo.
Me encogí de hombros.
—Eras bueno en combate.
Asintió y empezó a decir algo, después bajó la mirada y tragó saliva. Lo que había dicho era para mí tan seco como cierto, y no esperaba ninguna respuesta. Así que tardé un instante en darme cuenta de que Dox estaba reprimiendo sus emociones.
Al cabo de un instante me miró, con una mirada resuelta, casi fiera.
—Y eso es lo único que cuenta —dijo.
Pensé en los rumores que había oído en Afganistán acerca del modo en que había tenido que abandonar el Cuerpo después de llegar a las manos con un oficial.
—¿Acaso alguien te ha dicho alguna vez lo contrario? —pregunté.
Repiqueteó los dedos en la mesa, mientras miraba el poso de su sopa de oruga. Después dijo:
—Soy un buen francotirador, tío. Muy bueno. Nunca había participado en un combate antes de Afganistán, pero sabía que podía hacerlo. Fui el mejor de mi clase en la Escuela de Francotiradores de Quantico. Pero había un instructor que iba a por mí. Porque, a pesar de que mis cualidades eran de primera (visión y detección de objetivos, seguimiento y movimiento, puntería), no siempre actuaba como se supone que debe actuar un francotirador.
No pude reprimir una amable sonrisa.
—Eres un poco más reservado que la mayoría de francotiradores —dije.
Me devolvió la sonrisa.
—Sí, los francotiradores suelen ser gente que habla en voz baja, es cierto. Empiezan así, y su trabajo refuerza esa tendencia. Pero yo no soy así, nunca lo he sido. Cuando estoy en la zona, soy tan sigiloso y mortal como todo el mundo. Pero cuando no estoy en la zona, necesito soltarme el pelo de vez en cuando. Soy así.
Asentí, sorprendido por la simpatía que yo estaba sintiendo.
—Y eso no le gusta a todo el mundo.
Se encogió de hombros.
—Ya lo sabes, la mayoría de militares no se sienten cómodos con los francotiradores. Creen que son asesinos a sangre fría, sicarios, lo que sea. Claro, está bien responder al fuego en un tiroteo durante un minuto, o disparar mortero a alguien que está a kilómetro y medio de distancia, pero ¿moverse por los bosques como un fantasma? ¿Apuntar a tu presa como si fuera un cervatillo? ¿Seguirlo, o esperarlo escondido, y después volarle la tapa de los sesos con una tranquilidad zen? Deberías oír el modo en que los regulares te ruegan que los ayudes cuando tienen un problema que sólo un francotirador puede solucionar. Entonces eres amigo de todo el mundo. Eso, claro, hasta que les solucionas el problema. Hagan lo que hagan los francotiradores, siempre hacen sentir incómodos a los hipócritas.
Asentí con la cabeza.
—Lo sé.
—Ya sé que lo sabes. La verdad, compañero, es que en muchos sentidos tú actúas más como un francotirador que yo. No sé qué tal puntería tienes, pero tienes esa actitud tranquila. Y ya sabes lo que es cazar humanos. No tienes ningún problema con eso.
Se produjo un breve instante de silencio, durante el cual pensé en sus palabras. No era la primera vez que era objeto de ese particular alabanza, pero quería escuchar la historia de Dox, no contarle la mía.
Al cabo de un momento, dijo:
—En cualquier caso, sí, los marines regulares me consideraban un psicópata, y los francotiradores, un bicho raro. El hecho de que mis puntuaciones fueran más altas que las suyas les jodía. Pero todos los francotiradores se estresan durante el entrenamiento. Cuando estás intentando disparar, los instructores te gritan, o ponen muy alto música que saben que odias, o tratan de putearte como pueden. Eso está bien, provoca disparos fallidos y mejoras tu capacidad para enfrentarte al estrés si quieres que tu puntería funcione en el mundo real. Pero ese tipo no paraba, porque nada de la mierda que me hacía me desconcentraba. Finalmente, empezó «accidentalmente» a sacudir mi rifle mientras me gritaba, y a pesar de que sus gritos me importaban una mierda, su golpe en mi rifle, obviamente, fue suficiente para que fallara el disparo. Bueno, la primera vez no dije nada. La segunda vez me puse de pie y me encaré con él, justo lo que el muy cabrón esperaba. Escribió en mi informe de capacidad que tenía problemas con la «gestión de la ira» y que, en su opinión, era «temperamentalmente inaceptable» para ser un francotirador. Cuando descubrí aquello, le di una buena paliza.
Asentí, pensando en cómo el oficial Holtzer, un joven entusiasta de la CIA , había jugado conmigo de ese modo en Vietnam, y cómo había probado una reacción igualmente estúpida, aunque satisfactoria. Holtzer se había convertido en jefe de la Delegación de la CIA en Tokio y se había llevado el rencor consigo a la tumba a la que finalmente lo mandé.
—¿Te llevaron ante un tribunal militar?
Negó con la cabeza.
—No. Mucha gente sabía que ese tipo era un capullo, así que alguien tocó algunas teclas y me ahorré todo eso. Pero el informe de capacidad era permanente, y mi carrera no estaba yendo a ninguna parte después de aquello. Al menos hasta que los rusos trataron de invadir Afganistán. El Tío Sam necesitaba a gente deshonrosa como yo, y me lo perdonaron todo.
—Siempre me pareció que querías demostrar algo a los demás —dije.
Sonrió.
—Sí, es cierto. Maté a mucha gente en Afganistán, a tres de ellos desde más de mil metros. No está mal para alguien «temperamentalmente incapacitado», diría yo. Carlos Hathcock habría estado orgulloso.
Carlos Hathcock había sido el francotirador más famoso de todos los tiempos, con noventa y tres víctimas comprobadas en Vietnam, una de ellas a doscientos cincuenta metros con un rifle del calibre cincuenta, y quizá tres veces más sin confirmar.
—¿Sabes?, yo conocí a Hathcock —dije, pensando en lo que Dox acababa de decirme acerca de mi frialdad de francotirador—. En Vietnam, antes de que nadie supiera quién era.
—¿En serio? ¿Lo conociste?
Asentí con la cabeza.
—¿Qué te dijo?
Me encogí de hombros.
—No mucho. Estaba sentado a solas en una mesa, en un bar de Saigón. El único asiento vacío estaba en su mesa, así que me senté. En realidad, sólo nos presentamos; eso fue todo. Me tomé una cerveza y me marché. No creo que intercambiáramos más de un par de docenas de palabras.
—¿No? ¿No te dijo nada?
Me quedé en silencio un instante, recordando.
—Cuando me fui, me dijo que debería ser francotirador.
—Maldita sea, tío. Te vio el alma. Eso es como si te bendijera el Papa.
No dije nada. Mis informes de capacidad del ejército; las observaciones cargadas de humor negro de mi hermano de sangre, Crazy Jake; ese comentario al despedirnos de Hathcock; ahora, los pensamientos de Dox. Deseé poder aceptar sus opiniones, aceptar lo que soy. Aceptarlo, maldita sea. Deseé poder reconciliarme con eso. Otra gente parecía capaz de hacerlo.
Permanecimos en silencio un rato.
—¿Por qué crees que a Crawley se le ha metido en la cabeza tratar de eliminarme? —pregunté.
—No lo sé. Lo único que le pude sacar al señor Crawley fue esa mierda sobre que te habías vuelto loco y que sólo me podía suministrar los detalles imprescindibles.
—Y tú apenas necesitas saber nada.
Él suspiró simulando abatimiento.
—A pesar de que soy un «patriota». Cuando pienso en ello, me siento herido. Bueno, ahí están esos veinticinco de los grandes para levantarme el ánimo si me pongo demasiado triste.
—¿De qué modo supo Crawley cómo contactar contigo, o siquiera quién eras?
Asintió como si estuviera meditando la respuesta.
—Estoy bastante seguro de que el señor Crawley está en realidad al servicio de nuestro actual jefe, en calidad de algo. Si es así, puede que tuviera acceso a mis datos biográficos.
—¿Crees que Kanezaki está implicado? —pregunté.
Se encogió de hombros.
—No puedo evitar pensarlo, ¿no te sucede lo mismo? Seguro que está en medio de mucha mierda para ser un tipo tan joven.
—Aprende rápido.
—Sí, he tenido la misma sensación. Pero te diré una cosa, no creo que esté detrás de esto. Esto lo digo desde mi lado sentimental, lo sé, pero creo que ese chaval no tiene mal corazón.
—¿Cuánto tiempo va a poder seguir de este modo, trabajando con quien trabaja?
—Bueno, eso es todo un interrogante, lo reconozco.
Quedamos en silencio unos segundos.
—¿Puedo llamarte al número que tengo? —pregunté.
—Cuando quieras —dijo—. ¿Qué vas a hacer?
—Voy a hacer algunas llamadas —le dije—. Adivinar qué tiene sentido.
Me dirigió una sonrisa.
—Siempre has sido un tipo cauteloso.
—Es parte de la razón por la que he durado tanto.
—Lo sé. —Lo decía como halago.
Me puse en pie y dejé unos cuantos billetes sobre la mesa. Después extendí la mano.
—Eres un buen hombre, Dox.
Él también se puso en pie y sonrió, en una versión menos luminosa pero más genuina que su sonrisa anterior. Nos dimos la mano.
—Cuídate, ¿me oyes?
Asentí y me marché.
Tras asegurarme de que no me seguían, cogí el tranvía de Peak hasta Victoria Peak, y después recorrí Lugard Road entre sus bosques de bambús y helechos. Encontré un lugar tranquilo y me senté a escuchar a las cigarras. La primera cosa que pensé, como siempre, fue: «Es una trampa».
«Alguien, quizá Crawley, quizá alguien con quien trabaja, va a por ti.» Le habían pedido a Dox que se inventara una patraña, sabiendo que en consecuencia yo iría a por Crawley. Directamente a una emboscada.
«No. Demasiado incierto.» Nadie podía pensar que Dox sería convincente, no hasta ese punto.
«Entonces, le dieron a Dox el trabajo real.» El Plan A consistía en que él aceptaba el encargo y me mataba. El Plan B consistía en que él me lo contaba todo, en cuyo caso yo iba a por Crawley. De vuelta a la emboscada.
«No. Demasiado incierto.» ¿Cuándo llegaría hasta Crawley? ¿Dónde? ¿Cómo? Además, Crawley tenía que sentirse tremendamente cómodo para arriesgarse a invitarme a tomar represalias contra él.
«Dox, o quizá algún otro, tiene sus propias razones para sacar de en medio a Crawley, y está tratando de incitarte a que lo hagas.»
Valía la pena pensar en esta posibilidad, pero al final me pareció improbable. Dox, a su modo, era un tipo muy directo. Si quería acabar con Crawley, él mismo habría apretado el gatillo. Tendría en mente esa posibilidad, pero en ese caso parecía que la explicación más probable era también la más simple: Dox me estaba diciendo la verdad.
Pero ¿qué debía hacer con aquello? El movimiento más directo consistiría en acudir a Crawley, hacerle unas cuantas preguntas, valerme de mi encanto.
Sin embargo, todavía no. Antes, necesitaba descubrir qué tenía que ver todo aquello con Belghazi. Un objetivo medio árabe, un equipo de sicarios árabes, un oficial de la CIA que trataba de ponerle precio a mi vida: incluso para alguien como yo, que se había granjeado nuevos enemigos recientemente, era difícil pensar que todo aquello era una mera coincidencia. Quería más información antes de actuar, y pensé que Kanezaki podría aportarme una poca.