Contrato para matar

Barry Eisler · Capítulo 10 de 11 · parte 1/3

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Contrato para matar

Tercera Parte

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

 

 

Ella da cuando nuestra atención está distraída,

Y lo que da, lo da con tan sutiles confusiones

Que el dar reduce al hambre al desear…

 

T. S. ELIOT,

Gerontion

Capítulo 10

 

E l billete que había comprado para ir de Osaka a Washington era de ida y vuelta. Los billetes de ida atraen una atención innecesaria, especialmente después del Once de Septiembre. Cuando partí, no estaba seguro de si utilizaría la vuelta, pero sin duda ahora tenía razones para hacerlo, y la mañana posterior a mi charla con Crawley cogí un vuelo de retorno en Dulles.

Dormí bien sobre el Pacífico, durante los anuncios previos al aterrizaje; las azafatas habían respetado amablemente mi deseo de que no me despertaran, ni siquiera para el champán y el caviar. Ah, la primera clase.

Cogí el rapito, el tren de transporte rápido desde el Aeropuerto Internacional Kansai hasta la estación de Namba en Nankai, en el sur de Osaka. Tenía asiento de ventanilla, y durante el viaje de treinta minutos desde el aeropuerto hasta la terminal de la estación me quedé sentado, mirando a través de mi reflejo en el cristal. Una franja de sol había salido entre las nubes en un extremo del horizonte, brillando como un reflector sepia por entre un firmamento por lo demás gris y monótono, y en los últimos momentos del día contemplé esas escenas del exterior, escenas que pasaban ante mí tan inconexas e inexpresivas como imágenes de una película muda: un arrozal en la distancia, atendido por una mujer solitaria que parecía perdida en aquella extensión inundada; un hombre que pedaleaba cansinamente en una bicicleta, con un traje negro que parecía combarse sobre su cuerpo como si no quisiera nada más que cesar ese movimiento hacia delante sin sentido y sucumbir al pesado abrazo de la gravedad; un niño con una mochila amarilla detenido ante el paso subterráneo del ferrocarril rapito, quizá de camino a un juku, o escuela de la memoria, que llenaría su cabeza con hechos durante los doce años siguientes hasta que llegara el momento de verterlos en los exámenes de entrada a la universidad, observando el tren con un raro estoicismo, como si fuera concierne de lo que el futuro le deparaba y ya se hubiera resignado a su peso.

Llamé a Kanezaki desde una cabina en Namba. Le dije que debíamos reunirnos aquella noche, que encontraría los detalles en el tablón de anuncios. Subí la información necesaria desde un cibercafé. El tren bala Nozomi hacía el viaje en unas dos horas y media, y esperaba que partiera inmediatamente después de recibir mi mensaje.

Visité el tablón de anuncios que había creado para Delilah y apenas me sorprendió encontrar un mensaje suyo: «Llámame». Había un número de teléfono.

Lo marqué. Es posible que localizaran la llamada en Osaka, pero no iba a estar allí mucho tiempo, de modo que no importaba.

—Alló —oí que decía.

—Hola —respondí.

—Hola. Gracias por llamar.

—De nada.

—Quería decirte que casi he terminado. Te pido que seas paciente sólo un poco más.

Aquello era inteligente. Debía preocuparle que, si yo no tenía noticias suyas, me impacientara, decidiera que estaba jugando conmigo y fuera una vez más a por Belghazi unilateralmente. Y era mejor oír mi voz, y dejar que yo oyera la suya, que un seco mensaje de texto flotando en el ciberespacio.

—¿Cuánto tiempo?

—Un día. Quizá dos. Valdrá la pena, ya lo verás.

Una vez más, me pregunté por el ascensor del Macao Mandarín Oriental. Después de lo que había sucedido posteriormente, y después de lo que había descubierto, mi instinto me decía que ella no había formado parte de ese intento de acabar conmigo, que en realidad ella había tratado de advertirme, como aseguraba. Lo que no podía entender era por qué. Desde su perspectiva, desde el punto de vista de su operación, un aviso podría haber sido contraproducente.

Odiaba tener un cabo suelto como ése. Pero no lograba encontrarle un sentido. Pensaría de nuevo en ello.

—De acuerdo —dije.

—Gracias.

—¿Puedo llamarte a este número?

—No. No después de esto.

Me detuve y después dije:

—Muy bien. Buena suerte.

—Igualmente. —Colgó.

Poco menos de cuatro horas más tarde, Kanezaki y yo estábamos sentados en un Ashikam, un restaurante indio perteneciente a una cadena, en el centro comercial subterráneo de Umeda, al que yo había tomado cariño durante el tiempo que pasé en Osaka. Había realizado los usuales procedimientos de seguridad antes y no había tenido ningún problema.

—Tenías razón —le dije mientras comíamos tandoor murgh, keema naan y panjabi lassis—. Había una filtración en tu lado: Crawley.

—¿Cómo lo sabes?

La pregunta fue directa y no encontré ninguna señal de sospecha tras ella. Al parecer, todavía no tenía noticia del reciente fallecimiento de Crawley. Cuando lo hiciera, llegaría a sus propias conclusiones. No me pareció que contárselo yo mismo tuviera ningún sentido.

—Vuestra División Oriente Medio mantiene relaciones con Belghazi — dije—. Belghazi les da información acerca de los negocios de otra gente, especialmente en el comercio de armas de destrucción masiva, y a cambio lo protegen de muchas maneras, también supervisando envíos a través de Hong Kong.

—Joder, ¿cómo demonios lo has sabido?

Me encogí de hombros.

—¿Me estás diciendo que no lo sabías?

—He descubierto algunas cosas desde que hablamos por última vez — dijo, mirándome—. Pero tengo acceso desde dentro, y tú no. Por eso te lo pregunto.

Sonreí.

—Olvídate del cómo. Llámalo «fuentes y métodos». Lo que importa es qué y quién.

—¿Quién…?

—Hay un agente encubierto de la CIA establecido en Hong Kong, vinculado al Centro Antiterrorista, anteriormente con la División Oriente Medio. Es el contacto entre Belghazi y Crawley.

Lo observé atentamente en busca de una reacción.

—¿Sabes lo del agente encubierto? —pregunté.

Asintió.

—Por supuesto.

—Muy bien. Creo que es parte de la razón por la que a Belghazi parece gustarle tanto Macao. A Belghazi le gusta hacer las entregas en Hong Kong, donde la CIA puede ayudarlo con los pesos pesados. Macao está justo al lado.

—¿Me estás diciendo que no es por el juego?

Me encogí de hombros.

—Estoy seguro de que le encanta jugar. Pero también sabe que los analistas prestan mucha atención en cosas como el juego cuando crean un perfil. Sabe que si se siguen sus movimientos hasta Macao, los analistas dirán: «Ah, está jugando», sin buscar más allá. Está utilizando vuestras expectativas acerca de sus costumbres conocidas para ocultar su objetivo real.

Nos quedamos en silencio un largo rato, durante el cual Kanezaki repiqueteó los dedos sobre la mesa e ignoró la comida. Después dijo:

—Tienes razón.

—Lo sé.

Negó con la cabeza.

—Lo que quiero decir es que la última vez que nos vimos, cuando sugeriste que Macao podía no ser sólo el destino de las vacaciones de Belghazi, sino la sede principal de sus negocios, me diste que pensar. Hice algunas investigaciones. Te dije que teníamos pinchado el teléfono por satélite de Belghazi. Los aparatos que utiliza forman parte de una red que orbita cerca de la Tierra. A la gente le gustan estas redes porque la recepción es clara y porque la proximidad de los satélites a la Tierra significa una reducida transmisión de la señal, pero las redes son menos seguras.

—¿Porque muchos satélites reciben la señal?

—Exactamente. Así que siempre puedes triangular. Se supone que no es posible, porque las señales se digitalizan y encriptan; sin embargo, saber que hay una aguja en el pajar es muy distinto de ser capaz de encontrarla. Pero créeme, si usas uno de esos teléfonos, te encontramos.

Pensé por un momento.

—Has dicho «teléfonos». ¿Ha cambiado Belghazi de teléfono hace poco?

—Sí.

—Me parecía posible. Debió de decidir que el teléfono vía satélite era el modo mediante el cual lo habían seguido a Macao. ¿Qué debió de decirle el agente encubierto?

—Probablemente que se comprara un teléfono nuevo.

—¿Sois capaces de seguirlo igualmente?

Sonrió.

—Sí.

—¿Cómo?

Negó con la cabeza.

—Me temo que eso está bajo el rótulo de «fuentes y métodos».

—¿Tienes a la Agencia de Seguridad Nacional escuchando una grabación digital de voz?

Volvió a negar con la cabeza. Estaba claro que no iba a conseguir los detalles.

—¿Todavía me consideras un paranoico por no utilizar teléfono móvil?

Sonrió.

—Quizá no. De cualquier manera, he trazado las coordenadas de todos los lugares de Asia hasta los que hemos seguido el teléfono de Belghazi durante los dos últimos años. El resultado parece una colección azarosa de puntos. Excepto un lugar.

—¿Sí?

—En el último año, Belghazi ha estado tres veces en Kwai Chung, en Hong Kong.

—¿El puerto de contenedores?

—Sí. Siempre en la terminal de contenedores número nueve, la nueva en la isla de Tsing Li. Llama desde allí, siempre entre las dos y las cuatro de la madrugada.

—¿Cómo llega hasta allí? —pregunté, pensando en voz alta—. Debe de ser una instalación segura.

—Yo me pregunté lo mismo. Quizá tiene un cómplice allí, un tipo de Aduanas sobornado, un vigilante nocturno, algo así. Por eso es siempre en la misma terminal. Investigué un poco. Y encontré una cosa interesante.

—¿Sí?

—Hay un agente de acceso: un chino hongkonguense que vive en Nuevos Territorios y trabaja en Kwai Chung. Lo transfirieron a la terminal nueve cuando se puso en marcha en julio de 2003. La primera visita de Belghazi fue en agosto del mismo año.

—¿Quién era el encargado de personal?

Me miró.

—El agente encubierto.

Lo miré un momento. No vi a Dox en ese papel. Él era un francotirador, no un responsable de personal. Pero no podía estar seguro.

—Así que el agente tiene relación con el empleado del puerto —dije—. Le dice a Belghazi: «Eh, puedes hacer tus envíos a través de Hong Kong. Tengo conexiones locales que me permiten asegurarte que todo irá como la seda». Un pequeño servicio de tu amable vecino, que es agente de la CIA, a cambio de información sobre materiales de fabricación de armas de destrucción masiva.

Asintió.

—Es probable.

—¿Qué crees que hace el tipo del puerto?

—No estoy seguro. He estado investigando mucho en los envíos de contenedores, pero creo que ese tipo le da a Belghazi el acceso físico, le muestra a él y al comprador o vendedor la mercancía en uno de los contenedores, y después se encarga de que la información IDE necesaria oculte los verdaderos orígenes y la naturaleza de la mercancía que va en el contenedor.

—¿IDE?

—Intercambio de Datos Electrónico. Kwai Chung es la terminal de salida de contenedores más informatizada del mundo.

Si el tipo del puerto tiene acceso al sistema IDE y los contenedores, presumiblemente podría cambiar los imprescindibles códigos de identificación, los códigos país/tamaño/tipo, etcétera, y asegurarse de que la mercancía del contenedor sea enviada a donde quiera Belghazi.

Pensé un momento.

—¿Dónde está Belghazi ahora?

—Todavía en Macao. —Me miró—. ¿Has sabido algo nuevo de la mujer? ¿La rubia?

Delilah. Bueno, estaba ese mensaje que me avisaba de que la espera casi había terminado. Pero, por supuesto, eso no podía decírselo a Kanezaki.

—Nada —dije—. ¿Y tú?

Negó con la cabeza.

—¿Qué hay de Belghazi? —pregunté— ¿Alguna llamada desde la terminal nueve?

—Todavía no.

—Muy bien, entonces quizá todavía tengamos una oportunidad. —Sin interrumpirme, con un tono de petición tan suave y obvio como me fue posible, dije—: Necesito los nombres y los detalles del agente encubierto y del agente de acceso.

Negó con la cabeza.

—No. Imposible.

No funcionó. Lo miré.

—¿Te estás arrepintiendo de esta operación?

Volvió a negar con la cabeza.

—Ya sabes que hay personas en tu misma organización que consideran que Belghazi es útil, que quieren que siga con vida.

Se encogió de hombros.

—No sé qué juego están jugando. Yo tengo mis órdenes, y mi orden es eliminarlo. Y sabiendo quién es, la orden me parece lógica. Si alguien quiere sacarme de mi error, va a tenérmelo que explicar con pelos y señales.

—Bien. Por un momento, creí que te echabas atrás.

—No me echo atrás. Es sólo que…

—Mira, ya no puedo acceder directamente a Belghazi, ¿de acuerdo? Ha visto mi cara, sabe que van a por él, tomará precauciones extraordinarias. Mi única esperanza realista de acercarme a él es a través de una tercera persona, como uno de los que acabas de mencionar.

—Entiendo lo que dices. Pero no puedo darte el nombre de un agente de la CIA, especialmente un agente encubierto, ni el nombre de una fuente. Me he saltado muchas reglas contigo, es cierto, pero ésta no me la voy a saltar.

Supe por su voz y su expresión —y por mi reciente experiencia con Crawley, que se había negado a hablar incluso en una situación extrema— que no iba a decirme lo que yo quería saber. Sería inútil preguntarle por Dox. Aunque lo hiciera, no podría confiar en su respuesta.

Pensé por un momento, y se me ocurrió que todavía había un modo de llegar hasta Belghazi incluso sin la información que Kanezaki estaba resuelto a ocultarme. Implicaría no respetar la espera que Delilah me había pedido, pero los negocios son los negocios.

—Muy bien, volvamos al principio —dije—. ¿Cuál es el objetivo de que la muerte de Belghazi parezca por «causas naturales»?

Se encogió de hombros.

—Bueno, en un principio, me dijeron que tenía que parecer natural porque Belghazi tenía protectores en otros servicios de inteligencia. Pero ahora…

—Ahora parece que el objetivo más importante es evitar ofender a sus protectores de tu propio servicio de inteligencia.

—Sí, lo sé. La vida en la CIA es muy divertida.

—Vuestra mano derecha e izquierda no están trabajando con perfecta armonía.

—Estoy de acuerdo con eso.

—Y ahora parece que la mano derecha ha descubierto que la izquierda ha encargado la eliminación de Belghazi.

Asintió.

—Eso parece.

—Pero no te han transmitido sus quejas. No han utilizado los canales. Has sugerido que eso les daba miedo.

—¿Adónde quieres ir a parar?

Me encogí de hombros.

—Quizá estás siendo exageradamente estricto en tu interpretación de lo «natural» que tiene que ser la muerte de Belghazi. Porque si por alguna razón no estáis en condiciones de quejaros por el encargo de liquidar a Belghazi, quizá no estáis en posición de quejaros si ese encargo se lleva a cabo.

Apartó la mirada y asintió, frotándose la barbilla.

—La exigencia de que parezca «natural» es para evitar la inculpación, ¿no es así? Un desmentido evidente, o algo así —dije.

—Lo que tú y yo acordamos implicaba algo más que un desmentido evidente —dijo, negando con la cabeza—. Era más bien que la muerte de Belghazi tendría lugar de tal modo que las preguntas incómodas nunca llegarían a hacerse. Que no habría nada que negar.

—Sí. Pero desde esa conversación hemos descubierto muchas cosas, ¿no crees? Por ejemplo, hemos descubierto que Belghazi parece estar en Hong Kong para supervisar sus entregas de armas. Tienes a muchas partes implicadas: comprador, vendedor, intermediario, agente portuario sobornado, supervisor de la CIA, y un montón de dinero cambiando de manos.

Me miró y sus labios empezaron a esbozar una sonrisa.

—Sí, es cierto. Muchos actores, mucho dinero.

—Muchas posibilidades de… complicaciones.

Su sonrisa se ensanchó todavía más.

—Y de que la gente se vuelva ambiciosa.

—Cierto —dije—. ¿Qué gana un guardaespaldas al año? No mucho, te lo aseguro. Y se pasa todo el día con Belghazi, vigilando las suites de hotel de Belghazi y después volviendo a su pequeña habitación; es como ver La vida de los ricos y los famosos en una chabola. Se vuelve un resentido, se pone celoso. Se vuelve…

—Ambicioso. Y mientras tanto, conoce los planes de Belghazi, con quién se reúne, dónde y cuándo.

—Quizá incluso cuánto —dije, alzando las cejas ligeramente.

Asintió.

—Sí, también podría conocer eso.

—Es el guardaespaldas, acompaña a Belghazi a todas partes, incluidos esos viajes a la terminal de contenedores número nueve de Kwai Chung. Y el dinero cambia de manos…

—Le pega un tiro a Belghazi, quizá a otros, coge la pasta y se larga de allí.

—¿Lo ves? Hoy en día no puedes fiarte de nadie, ni siquiera de tus guardaespaldas. Y según parece, han desaparecido tanto el guardaespaldas como el dinero. Es obvio lo que sucedió y quién lo hizo. No hay preguntas incómodas para nadie.

—¿Qué pasa con el guardaespaldas?

Me encogí de hombros.

—Dudo que lo encuentren después. Se supone que… desaparece.

—¿Y el dinero?

Sonreí.

—Dudo que lo encuentren.

Negó con la cabeza.

—Eres un cabrón malvado.

—Gracias.

—No era un piropo.

—¿Y? Si las cosas suceden así, ¿es suficientemente natural para tus objetivos?

Se produjo una pausa, tras la cual dijo:

—No es lo que acordamos.

Cerré los ojos un momento, cansado de esa respuesta refleja: «Esta concesión es complicada».

—Tampoco acordamos que tu gente trataría de eliminarme —dije, sintiéndome un vendedor de alfombras—. En estas circunstancias, debería cobrarte el doble del precio original. En realidad, creo que lo haré.

—De acuerdo, te entiendo.

—¿De acuerdo? ¿Lo que te he propuesto es suficientemente natural?

Se detuvo un momento, después dijo:

—Es suficientemente natural.

 

Todavía tenía mis dudas acerca de Dox, acerca de su papel en todo aquello, y acerca de quién era el agente encubierto. Pero sabía que ya no podía acabar con Belghazi solo. Delilah había estado en lo cierto. Para hacer ese trabajo, necesitaba ayuda, y no tenía a nadie a quien acudir. Y tampoco podía largarme de allí. Belghazi tenía demasiados incentivos para ir a por mí hasta asegurarse de que me había eliminado.

Y tener a Dox cerca me daría la oportunidad de sondearlo, quizá respondería mis preguntas indirectamente. Si veía algo que no me gustaba, siempre podía abortar la misión, reevaluarla y trazar un nuevo plan.

Le llamé al móvil.

—Hola —dijo, y me reconfortó extrañamente oír su voz estruendosa. «Está bien», me dije, y quizá lo estaba.

—¿Sigues por aquí? —pregunté.

Se produjo una pausa durante la cual lo imaginé sonriendo. Oí que decía:

—Depende de a qué te refieras por «aquí». Vuelvo a estar en la zona, si es eso a lo que te refieres.

—¿En cuánto tiempo puedes estar en el lugar en el que nos vimos por última vez?

Otra pausa.

—Puedo estar allí mañana si me necesitas.

—Te necesito. ¿A la misma hora que la última vez?

—Hasta entonces.

Colgué y, por costumbre, froté el teléfono. Después fui a un cibercafé para investigar un poco sobre el envío de contenedores en Hong Kong.

 

La mañana siguiente cogí un avión a Hong Kong. Me senté en la cafetería que daba sobre el restaurante donde Dox y yo habíamos comido la última vez. Se presentó una hora más tarde, solo. Esperé diez minutos y después me uní a él.

—No esperaba volver a verte tan pronto.

—Te echaba de menos —dije.

Se rió.

—¿Te cargaste a mi amigo Crawley?

Lo miré.

—No sé de qué estás hablando.

Volvió a reírse.

—Está bien, está bien, sólo preguntaba. Que descanse en paz.

Vino una camarera.

—¿Sabes lo que quieres? —le pregunté.

—Repetiré con la sopa de oruga.

—Me alegro de que te hayas aficionado a ella.

—Está buena, eso seguro. Pero lo que admiro son sus efectos. La última vez que comí aquí, enseñé a dos damas tailandesas cómo es el sexo con Dox. Cuando salió el sol, estaban casi pidiendo piedad.

—Seguro.

Pedí la comida y lo miré.

—¿Qué tal sigue tu talento como francotirador?

Frunció el ceño como si se ofendiera.

—Joder, tío, ahora vas y hieres mis sentimientos preguntándome algo así. Sabes que los francotiradores de la marina son los mejores del mundo.

—Lo que quiero decir es si sigues en forma.

Sonrió.

—Digamos que nuestros amigos de Cristianos en Acción no me contratan solamente por mis encantos, pese a ser considerables.

—¿Tienes acceso a un rifle?

—¿«Acceso»? En el último trabajo que hice, quise probar el nuevo M-40A3. Tenía uno esperándome al día siguiente, con una visión nocturna ANPVS-10 a juego, sin preguntas.

—¿Te gustó?

—Me encantó. Es un poco más pesado que el M-40A1, pero me gusta la pieza ajustable de la mejilla y la almohadilla de la base.

—¿Lo utilizaste en condiciones de campo?

Sonrió.

—Con balas M118LR, en una cámara de 7,62 milímetros. Atravesé a un determinado malhechor por el ojo a media noche y a trescientos cincuenta metros. Nada como ver la niebla rosa para que un francotirador se sienta vivo, te lo aseguro. Aunque con la mirilla nocturna, era más verde que rosa.

Asentí satisfecho. Había visto alguna de las hazañas de Dox en Afganistán. Sabía que le gustaba exagerar sus proezas con las mujeres, pero cuando se trataba de disparar, era tan bueno como decía.

—He estado haciendo un trabajo que se ha ido complicando a medida que avanzaba —dije—. Para terminarlo, voy a necesitar ayuda. Si te interesa, me dividiré la pasta contigo: doscientos mil dólares norteamericanos, cien mil para cada uno.

—¿Doscientos mil? ¿Tanto te pagan? Joder, a mí me han estado estafando. Tengo que hablar con el maldito Kanezaki.

—Y puede que haya un poco más de pasta, aunque no creo que lo sepamos hasta llegado el momento.

—Me interesa, adelante. Cuéntame más.

Le dije lo que necesitaba saber acerca de Belghazi, el agente encubierto y la conexión del puerto de contenedores. No reaccionó de ningún modo que indicara conocimiento o implicación anteriores, pero no se puede probar una negativa.

—Bueno, lo primero es que necesito ver el terreno —me dijo—. Dices que sólo hay una entrada a la terminal, ahí es donde vamos a dispararle, perfecto. Pero ¿puedo colocarme en posición sin que me vean? ¿Tendré algún lugar en el que ocultarme? ¿Puedo disparar sin que detecten mi presencia? ¿Habrá una línea clara de visión hasta el objetivo?

Asentí y saqué un fajo de papeles del interior de la chaqueta.

—Esto son listados de la empresa que gestiona la terminal de contenedores número nueve —le dije—. Debería ser un buen principio.

Le di los papeles y él empezó a ojearlos.

—Cielo santo —dijo, deteniéndose en una de las páginas—. ¿Es esto un mapa de la terminal?

Sonreí.

—Es increíble lo que uno puede conseguir en internet.

Asintió.

—Bueno, esto es un muy buen principio, eso seguro. Pero sigo necesitando conocer el lugar en persona.

—Ya he alquilado una furgoneta. Iremos hacia allí en cuanto hayas recuperado las fuerzas con las orugas.

—Sería menos llamativo si hiciera el reconocimiento yo solo.

—Sí, tienes razón, en Kwai Chung hay muchos tíos cachas blancos con perilla. Estoy seguro de que te confundirás con los demás.

Sonrió.

—Tío, ésa es una idea muy persuasiva.

 

Kwai Chung y su inmenso puerto de contenedores están en Nuevos Territorios, nombre concebido por los británicos cuando «alquilaron» la zona en 1898 y que permaneció tal cual tras la devolución a China casi un siglo más tarde. A pesar de que sus ondulantes colinas están ahora oscurecidas por bosques de hormigón armado de rascacielos residenciales, en ese lugar hay un ambiente ajeno al tiempo, un ritmo más lento que el de la isla de Hong Kong, unos pocos kilómetros al sur, a medida que la zona va saliendo gradualmente de su prolongado letargo agrario, todavía rodeada de los sueños de lo que vio allí.

Cogimos la Autopista 3 norte hacia el puerto de contenedores. Dado que no podíamos permitirnos pasar varias veces por las instalaciones del puerto para evitar que alguien nos viera y sospechara, nos detuvimos a mitad de camino y compramos una cámara de vídeo.

Yo conducía; Dox grababa. Cuando llegamos a la carretera de Cheung Fi, una vía que llevaba a la entrada de la terminal nueve, Dox miró la zona que quedaba delante y dijo:

—Bueno, parece buen terreno para un francotirador. Bien, bien, bien.

Miré de soslayo para ver qué había provocado esa reacción y vi una serie de colinas con terrazas que se alzaban hasta lo que calculé unos ciento cincuenta metros por encima de la carretera y que dominaban la entrada de la terminal. Algunas de las colinas eran boscosas, otras eran de prados, algunas habían sido edificadas y albergaban lo que parecían bloques de pisos a medio hacer. Dox podría elegir el camino de llegada y el de salida, la cobertura y un campo de tiro sin obstrucciones. Tenía razón. Era perfecto.

Fuimos a una tetería en Tsim Sha Tsui para hablar. A Dox le gustaba el terreno, pero yo estaba intranquilo.

—El problema es que nuestra información es limitada —dije—. Kanezaki dice que sabrá, gracias al satélite, cuándo estará Belghazi de camino a Hong Kong, de modo que estaremos sobre aviso. Y el intervalo de tiempo también parece asumible; al parecer, Belghazi lleva a cabo sus negocios en Kwai Chung entre las dos y las cuatro de la madrugada. Pero no sabemos qué conducirá. No sabemos si se bajará del coche junto a la puerta o se quedará en el coche y entrará con él.

—¿Qué crees que ha estado esperando? Lleva en Macao, según dijiste, una semana.

Me encogí de hombros.

—En parte, probablemente se deba al juego. En parte porque ésa es la imagen que quiere dar a quien esté tratando de imaginarse qué hace aquí: «Oh, sólo estoy allí por el juego». Y quizá en parte tenga que ver con el cargamento que se va a mandar desde Kwai Chung.

Se quedó en silencio un instante, después dijo:

—Hay otra cosa. Dijiste que es un hombre que se anda con cuidado, y que sabe que vas a por él, por lo que está más nervioso de lo normal. ¿Y si alquila un vehículo blindado para su viaje al puerto? En un lugar como Hong Kong, con todos sus magnates, debe de haber Mercedes y Beamers blindados disponibles, estoy seguro.

Era un buen comentario. Pensé por un momento.

—¿Qué hay de la munición contra blindaje?

—Sí, podría utilizarla, es cierto. Una 7,62AP penetraría quince milímetros de blindaje a trescientos metros y se llevaría por delante ciento veinte milímetros de plexiglás. Pero si empiezo a disparar a esos tipos con esa clase de munición, no parecerá exactamente que ha sido un guardaespaldas que ha decidido abrir fuego desde cerca. Y dijiste que si no parece un trabajo hecho desde dentro, no nos pagarán.

—Tenemos cierta flexibilidad acerca de lo mucho que debe parecer un trabajo hecho desde dentro. Lo importante es que debería parecer menos un asesinato por encargo que un trato de armamento que se ha ido a la mierda. Tendremos que improvisar algunos detalles.

—Muy bien. Sólo estaba pensando en voz alta.

—No, está bien, tienes razón con lo del blindaje. —Pensé un momento, después dije—: ¿Qué te parecen dos recámaras, una con munición antiblindaje y otra normal? Sólo necesitarías unos segundos para cambiar según dictaran las circunstancias, ¿no es así?

—Es cierto, sí. Podemos hacer eso.

Asentí con la cabeza.

—Muy bien, sigamos adelante. Sabemos que, una madrugada, pronto, Belghazi va a ir a visitar el terminal de contenedores número nueve. No se puede llegar allí en tren ni, normalmente, a pie; el puerto cercano está patrullado, de modo que un barco es poco probable. La única vía de aproximación es por el sur, por la carretera de Cheung Fi. Valiéndonos de esa información, ¿qué necesitamos saber para asegurarnos de que éste es el último viaje de Belghazi?

—Bueno, lo primero que tenemos que hacer es parar el coche. Una vez esté dentro de la terminal o haya salido de Cheung Fi, habremos perdido nuestra oportunidad.

—Cierto. ¿Cómo podemos obligar al coche a detenerse ante la puerta?

Asintió unos instantes como si estuviera pensando.

—No creo que la puerta esté abierta a media noche. El coche tendrá al menos que frenar ante ella.

—Probablemente, pero no es seguro. Belghazi podría llamar desde el coche. Su contacto lo estaría esperando con la puerta abierta; en cuyo caso, podría entrar sin detenerse. Además, una vez el coche entre, estarás viendo sólo la parte trasera del coche. Si empiezas a disparar pero no le das al conductor, apretará el acelerador, pasará volando por la puerta y los habremos perdido.

—Sí, es verdad. Bueno, está la posibilidad de disparar a lo largo de Cheung Fi. Son ciento cincuenta metros, así que tendría quince segundos para cargarme al conductor allí. El problema es…

—Cómo vas a saber que es el coche adecuado.

—Sí, no me gustaría cargarme al repartidor de pizzas.

—Entonces, yo soy el vigilante, posicionado en la ladera sobre Cheung Fi, pero cerca de la carretera. Tengo prismáticos, veo el coche acercándose. No habrá mucho tráfico a esa hora, y te garantizo que Belghazi llegará en un coche elegante, sea blindado o no. No creo que me cueste mucho confirmar si es él.

—¿Y si los cristales son ahumados?

—Podría ser, lo sé. Pero si veo un coche así acercándose a la terminal nueve a doscientos por hora el mismo día en que Kanezaki me dice que Belghazi va a venir, tendré la tranquilidad de disparar a las ruedas, y quizá a las ventanillas, y ver qué pasa después. Además, es posible que se detengan ante la puerta, incluso que bajen una ventanilla; en cuyo caso, aunque no pueda ver lo que tengo que ver, quizá lo oiga. Voy a pedirle a Kanezaki que nos mande un micrófono parabólico compatible con el resto del equipo de comunicaciones que quiero: auriculares y micrófonos de solapa.

—Nunca he utilizado uno de esos micrófonos parabólicos —dijo—. ¿Funcionan?

Asentí con la cabeza.

—Uno bueno intercepta una conversación desde casi trescientos metros de distancia. Los nuevos son muy pequeños. Podré hablar contigo por un canal antes de abrirlo y escuchar a quienquiera que llegue, y después apagarlo.

—Muy bien, de modo que visual, auditivamente o de ambas formas podrás identificarlo.

—Te lo haré saber desde mi micrófono de solapa hasta tu auricular.

—Y en ese momento…

—En ese momento tienes tu primer disparo despejado, en cualquier lugar entre donde yo te confirme que el objetivo haya llegado y la puerta de entrada. De hecho, cuanto antes mejor. Si esto sucede justo en la puerta de entrada, tendremos también que enfrentarnos al personal de seguridad de la terminal. No quiero que haya nadie más allí, y cuantos menos testigos, mejor.

—Sí. Empezaré por el conductor y avanzaré a partir de él.

—Bien. Cuenta con al menos tres: Belghazi, un guardaespaldas conduciendo y otro de pasajero, pero quizá más. Y mientras tú estés disparando desde arriba, yo les atacaré a pie con otra arma. Si fallas con alguno, yo le dispararé de cerca.

Se rió.

—Colega, los francotiradores de la marina no fallan. Cuando llegues al coche, lo único que te quedará por hacer será sortear los cristales hechos añicos y coger la bolsa llena de pasta, ¿de acuerdo?

«Y a ti lo único que te quedará será disparar un último tiro —pensé—. Entonces toda la pasta será para ti y te podrás largar de allí sin despertar sospechas.»

Tenía que encontrar la oportunidad de ponerlo a prueba antes del acontecimiento final. Por el momento, no lo había conseguido.

Asentí con la cabeza y dije:

—Esto tiene toda la pinta de ser un plan.

 

Nuestro equipo llegó al día siguiente. Nos habíamos puesto en contacto con Kanezaki por separado con nuestras peticiones de material, parte del cual era un equipo de asalto. Todo nos fue enviado a Hong Kong. Kanezaki debió de sospechar que estábamos trabajando juntos, pero en cualquier caso no hizo preguntas. La Agencia lo había enviado todo por valija diplomática y lo había dejado en una bolsa de golf en el lugar que habíamos acordado. Debo reconocer que se mueven con rapidez cuando quieren.

Dox pidió un Heckler & Koch PSG/1, semiautomático, con un cargador de veinte balas, trípode, mirilla iluminada de 6 x 24 milímetros y supresor integral. En el mismo paquete había un Tokarev de 7,62 milímetros para mí. Quería que ambos utilizáramos la misma munición para dificultarle a las autoridades la reconstrucción de lo sucedido, de dónde procedían los disparos, qué clase de arma había disparado, incluso si había habido más de un arma. A menos que Dox tuviera que utilizar la munición antiblindaje, estaríamos utilizando balas frágiles, de poder de penetración relativamente escaso pero consecuencias devastadoras desde la distancia a la que estaríamos trabajando.

Dox estaba tan entusiasmado como un niño con zapatos nuevos. Se llevó el rifle al desierto extremo meridional de Hong Kong para cogerle la medida. Me uní a él con el Tokarev y el equipo de asalto. Todo funcionaba. Me cuidé de no darle la oportunidad de abatirme con el rifle. Todavía no confiaba en él.

Visité el tablón de anuncios cada hora, pero no recibí ningún mensaje de Kanezaki. Ni el primer día ni el segundo.

La noche del tercer día, había un mensaje esperándome: «Está de camino. ¡Llámame!».

Me pregunté si había llamado antes al móvil de Dox. Quizá yo había estado equivocado y él no se había dado cuenta de que estábamos trabajando juntos.

Le llamé. Me respondió al instante.

—Moshi-moshi —dijo.

—Soy yo.

—Has recibido el mensaje.

—Por supuesto.

—«Por supuesto.» ¿Cómo iba a saberlo si no me llamaste para confirmarlo? Te juro que me encantaría que tuvieras móvil. En serio.

—¿Vamos a mantener esta conversación de nuevo?

Se produjo una pausa, y me pregunté si Kanezaki estaba sonriendo.

—No, claro que no —dijo.

—Te llamaré cuando haya terminado.

Se produjo otra pausa. Después dijo:

—Ki o nuku na yo. —Ándate con cuidado.

Sonreí.

—Arigatou. —Colgué.

Recogí a Dox y fuimos en coche hasta Kwai Chung. Dejamos la furgoneta en un aparcamiento cerca de un rascacielos residencial, a una distancia corta de las colinas que dominaban la puerta de entrada de la terminal. Si las cosas se torcían y sólo uno de los dos regresaba a la furgoneta, podría huir en ella. Repasamos nuestros planes una última vez y nos separamos para colocarnos en posición. Dox estaba a unos treinta metros al sur de la puerta, a unos ciento cincuenta metros de distancia y quizá setenta de altura. Yo estaba treinta metros al norte, mucho más cerca de la carretera. Dox haría el trabajo a distancia; yo sería el observador, después me acercaría. Yo estaba en un conducto subterráneo, ubicación que me protegería de la posición de Dox en caso de que me hubiera equivocado con él. Pero seguía siendo peligroso. Era un francotirador, perfectamente capaz de alcanzar a hurtadillas una nueva posición.

Un poco después de las dos, vi un sedán oscuro que se acercaba por la carretera de Cheung Li. Alcé los prismáticos —unos Zeiss 20 x 60 preciosos, estabilizados mecánicamente y con lentes antirreflectantes— y miré a través de ellos. El coche que se acercaba era un Lexus LS430. Delante iban dos hombres blancos. El asiento trasero parecía vacío, pero el interior del coche era demasiado oscuro para saberlo a ciencia cierta.

Casi esperaba ver a Delilah en el coche, aunque sabía que era una posibilidad remota. Puede que ella ni siquiera supiera que esa reunión iba a tener lugar aquella noche. Y por su papel, tal como lo entendía yo, probablemente Belghazi querría mantenerla al margen de sus transacciones empresariales. Además, sabía que ella era un operador demasiado valioso y especializado para arriesgarse en una operación como la eliminación directa de un terrorista.

—¿Es él? —Oí la voz de Dox claramente por el auricular.

—Todavía no estoy seguro —dije—. Hay demasiados reflejos en las ventanillas por culpa de las farolas, y el interior del coche no está iluminado. Espera.

El coche siguió y pasó ante mí. El asiento trasero estaba vacío.

—Todavía no lo he identificado —dije—. Espera.

El coche se detuvo en el espacio que había frente a la entrada, giró para quedar de cara a la calle y retrocedió un par de metros por la puerta. El motor se paró; observé por los prismáticos tratando de intuir quiénes eran y entender por qué no estaban entrando.

Las puertas de delante se abrieron, y salieron dos hombres. Me parecieron eslavos: mejillas anchas, cabello pajizo cortado corto, piel blanca reluciendo con aspecto malsano bajo la luz que desprendía la instalación de carga y descarga que había tras ellos. Parecían incómodos en sus trajes oscuros, ninguno de ellos estaba especialmente en forma, y ambos llevaban una corbata roja. Ex militares, pensé, hombres no acostumbrados a ningún uniforme que no sea el traje de batalla y que eligen sus corbatas como reacción a una vida anterior marcada exclusivamente por el soso color verde. Decidí pensar que eran rusos. Miraron alrededor tras salir del coche, y me pareció por su expresión que estaban tratando de orientarse. Sin duda, no eran del lugar.

—Parece un trato de drogas —oí que decía Dox, y estaba en lo cierto, pues la escena tenía ese aire ilegal. Esperaba que entraran con el coche en el puerto de contenedores, pero parecía que la fiesta iba a celebrarse fuera. Lo que no tenía por qué ser malo.

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