Contrato para matar

Barry Eisler · Capítulo 3 de 11

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Contrato para matar

Capítulo 3

 

 

L levaba casi un año viviendo en Brasil cuando dieron conmigo. Aquel día había llovido, el cielo estaba lleno de nubes bajas y opresoras que se aferraban a los pronunciados acantilados de Río como humo surgido de alguna catástrofe lejana.

Después de dejar a Tatsu en Tokio, había acabado de preparar a Yamada-san, el gélido alter ego que había creado como escotilla de escape que me permitiría irme a São Paulo el día en que mis enemigos lograran localizarme en Japón, como ciertamente habían hecho. En São Paulo viven seiscientos mil del millón de individuos de etnia japonesa que hay en Brasil, la mayor comunidad de estas características fuera de Japón, y era un lugar en el que la llegada de alguien como Yamada-san podía pasar perfectamente desapercibida.

Yamada encontró un piso adecuado en Aclimação, un vecindario residencial cerca de Liberdade, el distrito japonés de São Paulo, desde el que movió los hilos necesarios para establecer su nuevo negocio de exportación de uniformes brasileños de judo y jiu-jitsu de alta calidad y bajo coste a Japón, un negocio que, si las condiciones eran favorables, podría algún día expandirse hasta incluir otras mercancías exportables. Muchos de los vecinos eran de origen coreano o chino, lo cual beneficiaba a Yamada porque esos rostros le permitían pasar desapercibido. Un lugar más inequívocamente japonés, como el Liberdade mismo, le habría dado ventajas, pero también habría sido problemático, porque los vecinos japoneses se hubieran sentido más tentados a poner a prueba detalles de su pasado y a comentarlos entre ellos más tarde. En caso de que tuviera que comentar su pasado con sus vecinos japoneses, Yamada explicaría que era de Tokio, un simple sarariiman, un asalariado, que había sufrido la doble humillación de ser despedido por uno de los gigantes de la electrónica de Japón después de ser abandonado por la que había sido su esposa durante veinte años, a la cual ya no podía dar lo que ella esperaba de él. Era una historia triste, aunque no infrecuente en esos tiempos de dificultades económicas, y los vecinos de Yamada, con la habitual circunspección nipona, no insistirían en saber más detalles, movidos por la comprensión.

Yamada estaba obsesionado con el estudio del portugués: cintas, profesores particulares, televisión, música, películas, incluso una serie de mujeres profesionales, porque Yamada sabía que no hay camino más natural o productivo para el aprendizaje de una lengua que compartir la almohada. Cada ciertas semanas, abandonaba la ciudad para viajar, familiarizarse de primera mano con su tierra de adopción: el vasto cerrado, las llanuras centrales, con sus ciudades fronterizas, las tribus nativas en proceso de desaparición y la extraña y planificada ciudad de Brasilia, encajada en mitad de la jungla como por obra de extraterrestres que imitaran las metrópolis terrestres; la prehistórica enormidad del Amazonas, donde la escala de todo —árboles, nenúfares y, por supuesto, el propio río— primero disminuía y después acababa con la percepción que el viajero tenía de la importancia del hombre; el arte y la arquitectura barrocas de Minas Gerais, abandonadas como una conflictiva disculpa por los mineros que siglos antes habían expoliado las tierras de la región en busca de sus diamantes y su oro.

Yamada evitaba Bahía y especialmente su capital, Salvador. Rain conocía a una mujer allí, una hermosa mujer mitad brasileña y mitad japonesa llamada Naomi, con la que Rain había mantenido una relación en Tokio y a la que había hecho una promesa cuando ella se vio obligada a huir a Brasil. Yamada quería ir allí con ella, pero al mismo tiempo dudaba a la hora de hacerlo, sin saber, en cierta medida, si estaba intentando impedir lo inevitable o simplemente tenía la esperanza de disfrutar la espera de su llegada. De vez en cuando, Yamada se sentía poseído por esos pensamientos, pero su nuevo hábitat, exótico después de tantos años en el familiar Japón, sus viajes y su constante estudio del idioma le distraían totalmente.

Los progresos lingüísticos de Yamada eran excelentes, como era de esperar en un hombre que ya hablaba el inglés y el japonés como lenguas nativas, y después de seis meses se sintió capaz de instalarse en Río; más específicamente, en Barra da Tijuca, conocido en Río simplemente como Barra, un enclave de clase media y media alta que se extendía a lo largo de unos diecinueve kilómetros a lo largo de la costa sur de Río. Optó por un cómodo apartamento en la esquina de la Avenida Belisário Leite de Andrade Neto y la Avenida General Guedes da Fontoura. Era un buen edificio, con entradas en cada una de las calles a las que daba, y nada más que otros bloques de pisos alrededor, razón por la cual ofrecía, si Yamada se hubiera parado a pensar en esas cuestiones, múltiples puntos de fuga y ninguna área desde la cual una tercera persona pudiera establecer vigilancia o una emboscada.

En Barra, la identidad de Yamada empezó a sentirse verdaderamente cómoda. En parte era debido a que había vivido como Yamada durante bastante tiempo; en parte era que la parada en São Paulo había sido una salida en falso de Japón, y por lo tanto de esos enemigos que estaban tratando de encontrarme allí; en parte era por la dificultad de sentirse durante mucho tiempo un extraño en Río, ajeno a sus ritmos, a su vida, caracterizadas como estaban ambas cosas por la cultura de sus playas.

En mi nuevo medio ambiente, me convertí en un nisei japonés, una de las decenas de miles de personas de etnia japonesa de segunda generación que hay en Brasil, que había decidido abandonar São Paulo e instalarse en Río. Mi dominio del portugués era suficiente para dar crédito a mi historial; tenía algo de acento, por supuesto, pero eso se explicaba porque había crecido en un ambiente familiar japonés y había pasado buena parte de mi infancia en Japón.

Me intrigaba lo diferente que podía ser la idea de Japón para mis primos nisei. Parecía que, cuando se miraban en el espejo, sólo veían a un brasileño. Si se paraban a pensar en ello, reflexionaba yo, Japón debía de ser como un simple azar, una cultura y un lugar lejanos no mucho más importantes que esos lugares sobre los que uno lee en los libros o ve en la televisión; algo realmente importante para sus padres o abuelos, pero nada especialmente relevante para ellos. Sentía una cierta envidia ante la idea de olvidar el lugar del que provenías y preocuparte sólo por quién eres, y me gustaba Brasil porque me ofrecía una cultura que alimentaba esa posibilidad.

Y Barra me ofrecía esa cultura triplemente destilada. Mi historia como nisei era débil, y lo sabía, pero en realidad no importaba. Barra, la parte que crecía más rápidamente de la ciudad, con el horizonte cada vez más poblado de nuevos rascacielos, sus vecindarios constantemente cambiantes con llegadas y salidas, se interesa mucho más por el futuro de cualquier individuo que por su pasado. Es uno de esos lugares en los que, un mes después de tu llegada, eres considerado un veterano, y a mí no me costó lo más mínimo encajar.

Río, hogar de una población chiflada por el deporte y el ejercicio, contaba con inmensas tiendas de comida sana, y me resultaba fácil conseguir mis queridos batidos proteínicos y chucherías de fruta açai. Eso, junto a los antioxidantes, el aceite de pescado y otros suplementos dietéticos, aceleró mi periodo de recuperación y me permitió seguir mi dieta diaria de quinientas flexiones de brazos, trescientas abdominales, trescientas flexiones de piernas y otros esotéricos ejercicios de gimnasia que me permitían mantener la fuerza y la flexibilidad.

Alternaba las mañanas y las tardes entrenando en Gracie Barra, la Meca moderna del jiu-jitsu, donde la fecunda familia Gracie había adquirido las enseñanzas de un diplomático japonés de visita y las había adaptado a un sistema de combate tan sofisticado que, a día de hoy, ese arte está más firmemente establecido en Brasil de lo que jamás lo estuvo en Japón. Entrenaba con frecuencia e intensidad después de no haber tenido la oportunidad de hacerlo durante el año que había pasado clandestinamente en Osaka y más tarde en Sao Paulo. A los jóvenes cinturones negros del gimnasio les sorprendían mis habilidades, pero en realidad su combate cuerpo a cuerpo era más diestro que el mío —aunque sin duda menos despiadado si hubiera sido desplegado en el mundo real—, y a mí me entusiasmaba tener de nuevo la posibilidad de pulir y aumentar mi arsenal personal.

Por las tardes, me subía a una vieja bicicleta y me dirigía a alguna de las playas más solitarias de la ciudad —a veces Grumarí, a veces franjas de arena todavía menos accesibles—, a las que llegaba a pie y a las que sólo llegaban los surfistas más valientes y quizá algunos nudistas. Al cabo de un mes, mi piel se había vuelto oscura, como la de un verdadero carioca, un nativo de Río, y el cabello, castaño como el de mi madre ahora que no me lo teñía para parecer japonés, me crecía con vetas más claras, como a los surfistas.

A veces nadaba hasta una de las islas cercanas. Me sentaba en uno de esos afloramientos desiertos grises y verdes y contemplaba el ritmo de las olas contra la roca, el ocasional suspiro del viento, y mi mente vagaba. Pensaba en Midori, la pianista de jazz a la que había conocido por casualidad y a la que posteriormente había perdonado la vida después de matar a su padre, un hombre cuyos deseos póstumos había tratado de llevar a cabo más tarde, un esfuerzo que tal vez pareciera ambivalente, pero que nunca me daría el perdón de la hija. Recordaba que la última noche ella estaba sentada a horcajadas sobre mí y se inclinó para decirme «Te odio» mientras se corría; la recién adquirida seguridad de lo que le había hecho a su padre maldecía la pasión que por otro lado no podía reprimir, y me preguntaba como un estúpido si ella tocaba en alguna ocasión en los clubes de jazz de Río. Y giraba la vista hacia mi nueva ciudad y la veía como una isla, no muy diferente de la isla desde la que yo la veía, un lugar hermoso, sin duda, pero a pesar de todo un exilio, un exilio que a veces lamentaba, pero siempre un exilio solitario.

Mantuve el apartamento en São Paulo. Tomaba la precaución de viajar allí de vez en cuando para mantener las apariencias, y gestionaba la nueva empresa de exportación de Yamada desde la distancia, casi siempre por medio del correo electrónico. Un simple software comercial encendía y apagaba las luces a intervalos irregulares a las horas seleccionadas para que pareciera que allí vivía alguien, y por lo tanto las facturas de la luz se correspondían con las de un piso habitado. Un grifo abierto del que manaba un poco de agua me permitió conseguir el mismo fin con las facturas del agua. Además, me hospedaba de vez en cuando en varios apartahoteles para estancias cortas de Río, con lo que añadía una cierta dinámica subversiva al resto de retos a los que tuviera que enfrentarse un perseguidor que tratara de dar conmigo.

Pero todas esas medidas de seguridad costaban dinero, y a pesar de que había ahorrado bastante en el transcurso de los años, mis recursos no eran ilimitados, y el dinero del que disponía estaba depositado en diversas cuentas del extranjero que no rendían intereses. Las acciones que daban dividendos, la jubilación y las libretas de ahorro no eran parte del plan. Me decía que después de un par de años, o algunos más, cuando el rastro que alguien pudiera tratar de seguir se hubiera difuminado y sus potenciales motivaciones fueran remotas, podría recortar algunas de las precauciones que suponían una inmensa carga para mis finanzas.

El tiempo pasó. Y por mucho que disfrutara de mi estancia, Río acabó pareciéndome una estación de paso, no un destino; un descanso, no el final del viaje. Mis días allí carecían de sentido; una carencia que mi fijación por el jiu-jitsu aliviaba, pero no disipaba. De vez en cuando, recordaba a Tatsu diciéndome que no podía retirarme, con confianza y tristeza por igual, y esas palabras, que al principio me habían parecido una amenaza y después había comprendido que eran una mera predicción, me venían a la memoria para adquirir la forma de algo distinto, algo parecido a una profecía.

Me volví impaciente, y mi impaciencia resultó ser un caldo de cultivo para los recuerdos de Naomi. El modo en que me había susurrado al oído «Penétrame» aquella primera y larga noche que habíamos pasado juntos. El modo en que me hablaba en portugués cuando hacíamos el amor. El modo en que se había ofrecido para tratar de ayudar a Harry, que no sólo había sido un recurso mío, sino un amigo infrecuente; un ofrecimiento que había sido tan sincero como, en última instancia, inútil. Y el modo en que le prometí la última vez que la vi que la encontraría en Brasil, que no la dejaría esperando y preguntándose qué me había sucedido.

«Como hiciste con Midori.»

«Ya he pagado por eso, gracias.»

Había estado bien con Naomi. Cálida, amable y nada complicada emocionalmente. No era lo que había tenido con Midori, o casi tenido, pero nunca iba a verla de nuevo y prefería pasar tan poco tiempo como pudiera flagelándome por ello. Acudir a ella sería egoísta, lo sabía, porque en Tokio nuestra relación casi la había llevado a la muerte y, a pesar de mi mudanza y todas mis nuevas precauciones, era imposible que volviera a suceder algo semejante. Pero yo pensaba en ella todo el tiempo, preguntándome si podía funcionar de algún modo. Japón estaba muy lejos. Ahora yo era Yamada. Y Naomi era quienquiera que fuese en Brasil. Podíamos empezar de nuevo, partiendo de cero.

Debería haberme dado cuenta de que no era así. Pero todos tenemos momentos de estupidez, excusas, incluso ceguera, surgidos de la debilidad y la necesidad humanas.

La madre japonesa de Naomi había muerto hacía muchos años, pero me había dicho el nombre de su padre, David Leonardo Nascimento, y me había hecho saber que podría encontrarlo en Salvador. Nascimento es un apellido muy común en Brasil, pero no había ningún David Leonardo en las páginas blancas de Salvador, a las que había tenido acceso gracias a la biblioteca pública de Río. Una búsqueda en internet resultó ser más productiva: David Leonardo Nascimento era, al parecer, el presidente de una empresa con sede en Salvador dedicada a los intereses inmobiliarios, la construcción y la manufactura.

Podría haber llamado y preguntado cómo me podía poner en contacto con Naomi, pero no quería que pasara demasiado tiempo entre el momento en que contactara con ella y el momento en que pudiéramos reunirnos. Me dije que ese deseo era lógico, consecuencia de mis habituales preocupaciones en materia de seguridad, pero sabía que aquello tenía también motivaciones personales. No quería tener que ponerme al día con ella por teléfono, responder preguntas acerca de dónde estaba y qué hacía, explicar lo mucho que había esperado antes de tratar de localizarla. Era mejor enfrentarse a todo eso en persona.

Salvador estaba a dos horas de avión de Río, y al aterrizar en aquella nueva ciudad, me impresionaron, como siempre cuando me desplazaba por el inmenso Brasil, los contrastes entre las diversas regiones. Salvador, más cerca del ecuador, era más calurosa que Río; el aire era más rico, más húmedo. Los ubicuos acantilados de granito de Río parecían ofrecer vislumbres del poderoso esqueleto de la tierra; en Salvador, había en todas partes tierra roja, más parecida a la suave cobertura de la piel. Y la gente era más oscura, reflejo del pasado africano de la zona, que se revelaba también en los barrocos tallados de las iglesias coloniales de la ciudad; en el ritmo de su música candomblé, parecido al latir de la sangre; en los fluidos movimientos de danza de sus capoeiristas, con su hipnotizadora mezcla de danza, lucha y gimnasia, todo al servicio de las cuerdas del berimbau y el cautivador ritmo de la conga.

Nascimento estaba bien protegido por un regimiento de secretarias, y tuve que dar muchos pasos adelante y atrás para lograr finalmente hablar con él. Cuando lo hice, me dijo que Naomi le había hablado de un amigo de Japón, alguien llamado John, pero que de aquello hacía ya algún tiempo. Reconocí mi retraso y esperé, y al cabo de un momento me dijo que su hija estaba viviendo en Río, trabajando en un bar llamado Scenarium, en la Rúa do Lavradio. Me dio un número de teléfono. Le di las gracias y me dirigí directamente al aeropuerto, sonriendo ante aquella ironía. Todos esos meses evitando Salvador para acabar descubriendo que Naomi y yo éramos prácticamente vecinos.

Aquella noche, después de tomar una serie de medidas para asegurarme de que no me seguían, cogí un taxi hacia Lapa, el barrio en el que estaba el Scenarium, uno de los más viejos de la ciudad. Me detuve a unas cuantas manzanas de distancia motivado por mis precauciones habituales y esperé hasta que el taxi se hubiera marchado antes de encaminarme en dirección al bar.

Caminé por una serie de calles antiguas que se componían de hileras de adoquines deformados a lo largo de los siglos en forma de valles y montículos por el incesante movimiento de la tierra. Unas cuantas farolas muy espaciadas ofrecían escaso alivio contra la oscuridad circundante, y las figuras que pasaban por allí parecían todas iguales, insustanciales, como fantasmas del pasado colonial de la zona, moviéndose confusamente entre las fachadas y los maltrechos balcones, almas perdidas que trataban de localizar direcciones antes prósperas que ahora sólo existían como monumentos a la decadencia y la falta de uso. Aquí y allá había signos de nueva vida —una balaustrada reparada, un ventanal con cristales nuevos—, y de alguna manera esos pequeños portentos hacían de las ruinosas reliquias en las que florecían un primer plano extrañamente vibrante para los modernos rascacielos que se alzaban tras ellos, tenaces, más resueltos; las cavidades saqueadas de sus puertas y sus ventanas vacías casi parecían sonreír ante la perspectiva de sobrevivir a sus colegas más nuevos y más altos, que envejecerían sin inspirar la devoción que prometía devolver a esos ancianos el vigor de su juventud.

Giré por la Rúa do Lavradio y vi el Scenarium. El bar ocupaba las tres plantas de dos edificios adyacentes, cuyas fachadas sufrían, como tantas de sus hermanas en la zona, de una vejez y desatención considerables. La luz y la música que emanaban del interior resultaban sorprendentemente vibrantes por contraste. Una larga cola de coches esperaba en la calle, delante, como sobrecogidos o en muestra de reconocimiento. Me quedé un momento ante la amplia entrada abierta, recordando los intensos días que había pasado con Naomi en Tokio, y el mucho tiempo transcurrido desde que le había prometido que me pondría en contacto con ella.

Entré y miré de soslayo a mi alrededor. Primero los lugares peligrosos, por instinto y costumbre: butacas encaradas hacia la entrada, rincones parcialmente escondidos, posiciones de emboscada. No detecté ningún problema.

Me introduje en el local. El interior era inmenso y estaba decorado como un almacén de decorados de Hollywood. En todas partes había antigüedades y cosas curiosas: cajas registradoras de metal, una cabina telefónica inglesa de color rojo, un puñado de parasoles, bustos y estatuas, estanterías con botellas y jarras de colores. Incluso las mesas y las sillas parecían antiguas. De haber sido más pequeño, habría parecido excesivamente recargado.

Los techos eran altos y de madera; las paredes, de piedra y alabastro. En el centro de la sala, a unos diez metros de la entrada, el techo desaparecía y la sala se comunicaba con el segundo y el tercer piso. Debajo de ese espacio, un grupo formado por tres músicos estaba tocando De mais ninguém, «De nadie más», el clásico moderno de María Monte de choro, un estilo que podría considerarse una especie de jazz brasileño, puesto que tanto el choro como el jazz se basan en la improvisación y la mezcla de elementos musicales africanos y europeos. Pero el choro, aunque menos conocido, es en realidad más antiguo que el jazz, y tiene un sonido distintivo y en ocasiones melancólico. La muchedumbre, dispuesta alrededor de un laberinto de mesas y sentada en los sofás que había junto a las paredes, cantaba al unísono apasionadamente.

Me encaminé hacia la escalera que había en la parte trasera, por la que subí hasta el segundo piso. Éste también estaba lleno de gente cenando y no menos repleto de cachivaches antiguos, pero era menos bullicioso que el piso de abajo.

El tercero era todavía más tranquilo. Por un momento, me incliné hacia la barandilla que rodeaba el centro abierto del suelo y eché un vistazo al grupo, a los clientes que estaban en las mesas que había delante del escenario y las camareras que cruzaban entre ellas, y sentí que una rara tristeza se posaba sobre mí, remota y pesada a la vez, como si estuviera viendo aquella animada escena no desde la altura, sino desde una distancia imposiblemente alejada y ajena.

Un camarero se acercó y me preguntó en portugués si quería tomar algo.

—Estoy buscando a Naomi —le dije.

—Está en el piso de abajo, en la oficina —dijo—. ¿Quién le digo que la está buscando?

Me detuve y después dije:

—Su amigo de Japón.

Él asintió y se marchó.

Fui hasta el extremo de la sala y salí a uno de los balcones que daban a la Rúa do Lavradio. Me incliné contra la barandilla, descascarada y raída como la madera que queda después de un naufragio, y sentí que la vieja e incomprensible calma recorría mi cuerpo, esa calma que siempre sentía antes de los momentos finales de un trabajo, como un francotirador que se relaja al disparar. Ahora no había nada que pudiera hacer. La cosa saldría como tuviera que salir.

Pasaron varios minutos. Oí que los tablones de madera crujían tras de mí porque alguien se aproximaba rápidamente. Me giré y vi a Naomi, con el cabello más largo que en Tokio, su piel de caramelo más oscura. Cuando se dio cuenta de que era yo, su cara se iluminó con una enorme sonrisa e hizo un sonido de placer casi infantil; después se lanzó a mis brazos, tirando de mí y apretándome contra ella.

Olía tal como recordaba, dulce, pero también salvaje. Siempre había asociado su aroma con el calor, la humedad y el ardor tropical. Su cuerpo también era agradable, menudo pero turgente en los lugares adecuados, y su forma, de repente en mis brazos, junto a su olor, inundó mi mente de una mezcla de recuerdos en conflicto.

Se apartó después de un largo momento y echó una mirada hacia abajo, a lo que ya sentía que estaba allí, después me dio un fuerte puñetazo en el hombro. Su cara fingía estar enfadada, pero vi también cierta preocupación real en sus ojos.

—¿Cuántas veces me he prometido que no haría esto? —preguntó en su portugués con acento inglés.

—¿Cuántas?

—Muchas. La más reciente, mientras subía las escaleras hacia aquí.

—Me alegro de que no te hayas hecho caso.

—¿Por qué no me llamaste? ¿Por qué has esperado tanto? Pensé que quizá no estabas interesado. O que, después de todo lo que había sucedido, te había pasado algo.

—Te equivocabas respecto a la primera posibilidad, pero casi aciertas con la segunda.

—¿Qué pasó?

Sus ojos verdes eran sinceros. Me hizo sonreír.

—Tuve que arreglar algunas cosas en Tokio —dije—. Tardé un tiempo.

—¿Viniste aquí desde Tokio?

—He estado viajando mucho.

—¿Vamos a guardarnos secretos después de todo lo que sucedió entre nosotros?

—Sobre todo después de eso —dije. Era la verdad. Pero ella pareció herida, así que añadí—: Pasemos antes un poco de tiempo juntos, ¿de acuerdo? Hace un siglo que no nos vemos.

Se produjo una pausa. Ella asintió con la cabeza y dijo:

—¿Quieres una copa?

Yo también asentí.

—Me encantaría.

—¿Whisky de malta? —preguntó, recordando.

Sonreí.

—¿Qué tal una caipirinha? —La caipirinha es el cóctel nacional de Brasil. Se hace con cachaça, un licor brasileño de jugo destilado de caña de azúcar, lima, azúcar y hielo, y yo me había aficionado a esa bebida durante el tiempo que llevaba en el país.

—Sabes mucho de Brasil —dijo, mirándome.

Me di cuenta de que habría sido más seguro beber whisky de malta, que era lo que ella estaba esperando.

—Go ni Itte, go ni shitagae —dije encogiéndome de hombros y pasando al japonés. Allí donde fueres, haz lo que vieres.

Ella sonrió.

—Es una buena elección —dijo—. Preparamos una muy buena caipirinha.

Alcé las cejas.

—¿Preparamos?

Su sonrisa se hizo más amplia.

—Soy una de las propietarias.

—Impresionante —dije, mirando alrededor y después de nuevo a ella—. ¿Qué sucedió?

Ella sonrió y dijo:

—Primero, la caipirinha.

Se sentó cerca de las ventanas, abiertas al aire exterior, en la semipenumbra de la tercera planta. Un camarero nos trajo una jarra de caipirinha y dos vasos; tal como Naomi había prometido, la bebida había sido preparada por una mano experta: era astringente a la vez que dulce, fría y fuerte, con la fragancia de los trópicos. A diferencia del whisky, con sus décadas de asociaciones, el sabor de la caipirinha no me despertaba ningún recuerdo.

Le pregunté cómo había acabado siendo propietaria de un lugar como el Scenarium, y me explicó que había sido en parte debido al azar, pero también a las conexiones de su padre. El gobierno estaba invirtiendo en la restauración del distrito de Lapa —lo que explicaba algunas de las remodelaciones que había advertido— y ofrecía descuentos fiscales a los nuevos negocios en la zona. Ella tenía un poco de dinero ahorrado y cierta experiencia en la industria del ocio gracias a su estancia en Tokio, de modo que su padre la puso en contacto con un grupo de inversores que querían abrir un bar restaurante.

—¿Qué hay de ti? —me preguntó—. ¿Qué has estado haciendo?

Di un sorbo de caipirinha.

—Tratar de arreglar algunas cosas. Poner en marcha un nuevo negocio.

—¿Algo más seguro que el último?

Ella no conocía los detalles. Sólo que yo tenía tendencia a relacionarme con personajes sombríos y eso casi nos había costado la vida a ambos en Tokio.

—Si tengo suerte —le dije.

—Parece que sigues en forma —observó.

Sonreí.

—Pilates.

—Y estás moreno. ¿Tanto da el sol en Tokio?

Estaba apuntándome directamente. Debería haberlo esperado.

«Quizá te lo esperabas. Quizá querías esto.»

Pero no estaba dispuesto a decírselo.

—Ya sabes lo que sucede con todas esas luces fluorescentes —dije.

No se rió.

—Tengo la sensación de que has pasado un tiempo en Río. No dije nada.

—¿Por qué has esperado tanto para buscarme? —prosiguió al cabo de un momento—. No estoy enfadada. Sólo un poco herida. Quiero saber por qué.

Bebí un poco más y pensé.

—Puedo ser un peligro para la gente que está a mi alrededor —dije al cabo de un momento—. Quizá te percataste de ello en Tokio.

—De eso hace mucho tiempo. Era otro lugar.

Asentí pensando en Holtzer, el último jefe de la CIA en la delegación de Tokio, y en cómo había vuelto a aparecer en mi vida como una enfermedad recurrente y casi conseguido que me mataran; en cómo la Agencia había vigilado pacientemente a Midori con la esperanza de que les llevara hasta mí.

—Nunca hace demasiado tiempo —dije.

Nos quedamos en silencio un rato. Finalmente, me preguntó:

—¿Cuánto tiempo estarás en Río?

Miré a mi alrededor.

—No quiero complicarte la vida —dije.

—¿Viniste hasta aquí para decirme esto? Podrías haberme mandado una maldita postal.

Había tratado de resistirme a sus encantos en Tokio porque sabía que todo acabaría mal. Nada de eso había cambiado.

Pero allí estaba.

—Me gustaría quedarme un tiempo —le dije—. Si te parece bien.

Ella me ofreció una pequeña sonrisa.

—Ya veremos —dijo.

Aquella noche hicimos el amor, y también las noches siguientes. Tenía un pequeño apartamento en un rascacielos cerca de Lagoa Rodrigo de Freitas, a poca distancia de las atestadas playas y las boutiques de moda de Ipanema. Desde una de sus ventanas se veía el cercano Corcovado, la montaña jorobada, coronada por la inmensa e iluminada estatua del Christo Redentor, con la cabeza gacha y los brazos estirados para bendecir la ciudad a sus pies, y algunas noches me lo quedaba mirando mientras Naomi dormía. Contemplaba la figura distante de la estatua, quizá retándola a hacer algo —a fulminarme si quería, o a mostrar algún otro signo de vida— y, transcurrido un rato sin que nada sucediera, me daba la vuelta, siempre sin hallar respuesta. La estatua parecía burlarse de mí con su silencio y su inmovilidad, como si me ofreciera la promesa, acaso, no de redención, sino más bien de cierta consideración, y en el momento que ella exigiera, no yo.

Una lluviosa mañana, alrededor de un mes después de mi visita a Naomi al Scenarium y de que empezáramos a vernos, salí de su apartamento para ir a entrenar al Gracie Barra. Era viernes, e iba a entrenar con pantalones cortos y camiseta, sin el pesado yudogi de algodón. Subí las escaleras hasta el tercer piso, me quité las sandalias y salté a colchoneta.

En el otro extremo de la sala, un hombre blanco muy musculado colgaba de la barra delante de un dibujo del Diablo de Tasmania, que era el logo y la mascota del gimnasio. Iba descalzo y con el torso desnudo; sólo llevaba unos pantalones cortos azul marino, y su pecho resplandecía bajo una capa de sudor aceitoso. Me vio entrar y se dejó caer al suelo, un movimiento suave y silencioso a pesar de su corpulencia.

Ahora llevaba el cabello rubio rojizo largo, más incluso que en el pasado, y también llevaba perilla en lugar de barba completa, pero lo reconocí inmediatamente. Era un ex marine, uno de los francotiradores de elite que, como yo, había sido reclutado por la CIA durante la era Reagan para entrenar a los muyahidines afganos, que por aquel entonces se enfrentaban al ejército invasor soviético. Habíamos pasado dos años con lo que por aquel entonces el Tío Sam llamaba los muj, más recientemente tildados con menos amabilidad de talibanes y miembros de Al Qaeda, y no lo había visto, ni lo había echado de menos, desde entonces.

Se acercó al tiempo que una gran sonrisa se formaba en su cara.

—¿Quieres que entrenemos un poco? —me preguntó con el acento de palurdo que yo recordaba.

Me di cuenta de que no tenía ningún lugar en el que esconder un arma o un transmisor. Me pregunté si había escogido su atuendo deliberadamente, para tranquilizarme. A Dox le gustaba hacerse el paleto, y mucha gente le creía, pero yo sabía que podía ser sutil si se lo proponía.

Aquello, obviamente, no era una invitación a hacer vida social, pero mi seguridad inmediata no me preocupaba. Si Dox se llevaba algo entre manos, el tercer piso de Gracia Barra iba a ser un mal lugar en el que llevarlo a cabo. Él era obviamente un extranjero, debía de haberse inscrito en la recepción y tendría que enfrentarse a docenas de testigos.

—Déjame calentar antes —dije, sin devolverle la sonrisa.

—Mierda, tío, yo siempre estoy a punto. Pronto voy a empezar a hacer estiramientos para terminar. Llevo aquí casi una hora, esperando a que llegue alguien con quien entrenar. —Saltó unas cuantas veces sobre las puntas de los dedos de sus pies y flexionó sus considerables brazos adelante y atrás.

Miré alrededor. Aunque las clases matinales del Barra eran menos concurridas que las de la tarde, había unas veinte personas practicando en la colchoneta, algunas de ellas a pocos pasos. Decidí aplazar las preguntas que quería hacerle.

—¿Por qué no vas con uno de esos tipos? —le pregunté, dirigiendo la mirada hacia algunos hombres que estaban entrenando.

Negó con la cabeza.

—Ya se lo he preguntado a varios. —Sonrió, y después añadió—: Creo que no les gusto. Me consideran… heterodoxo.

«Heterodoxo» era en realidad el origen de su mote de guerra. Había sido uno de los más jóvenes en nuestro grupo de escogidos, y había abandonado su querido Cuerpo bajo circunstancias poco claras no mucho antes. Corría el rumor de que había dado una paliza a un oficial superior, a pesar de que Dox nunca dijo nada al respecto. Fuera lo que fuese, parecía haber llevado a ese joven —que, a diferencia de la mayor parte de sus colegas en Afganistán, había sido demasiado joven para servir en Vietnam— a intentar probarse a sí mismo. Le gustaba acompañar a los muj en las emboscadas a pesar de su mandato de «sólo entrenar», y era respetado gracias a ello. Se abría camino a su modo, labrándose una reputación por sus tácticas inusuales, incluso raras, que normalmente algo tenían que ver con artilugios explosivos improvisados que hacían que los soviéticos dispararan a un enemigo que ya hacía mucho que había regresado a sus inalcanzables cuevas en las montañas. Tampoco se limitaba a entrenar a nuevos francotiradores: él mismo salía de caza.

Sus métodos de mantenimiento corporal, recordé, tampoco eran los convencionales: levantaba pesos con bidones de petróleo y a veces se quedaba haciendo la vertical, sosteniéndose con la cabeza y con las manos entrelazadas en la nuca, durante media hora o más. Mucha gente lo subestimaba por sus raras costumbres, sus rutinas de chico de campo. Pero yo no iba a cometer ese error.

—Te aviso cuando esté listo —le dije, mientras movía la cabeza y relajaba el cuello.

Me dedicó otra sonrisa.

—Aquí estaré.

Se encaminó hacia el muro y se puso a hacer la vertical. Cielos, todavía hacía esa mierda.

Estiré e hice una serie de sentadillas, giros de cuello y otros ejercicios hasta que me sentí flexible. Tras ello me puse en pie y le hice una señal a Dox, que había estado observando cabeza abajo. Dejó caer sus piernas al suelo, se puso en pie y se acercó a buen paso.

—Eres bueno, tío, salta a la vista. Muy buenos esos ejercicios de cuello. Estás en forma.

Aunque era terriblemente efectivo en el campo de batalla, en otros contextos Dox siempre había hablado demasiado para mi gusto. Todavía tenía ese vicio.

—¿Quieres que empecemos de pie o en el suelo? —pregunté.

—Como tú quieras, tío —dijo—. Es tu casa.

Si tenía la intención de que el comentario me pusiera nervioso, no lo consiguió. Pero sí sentí una cierta irritación, leve por el momento. Pensé que no sería capaz de responder con la rapidez que el decoro exigía cuando él golpeara la colchoneta para rendirse.

Asentí y empecé a dar vueltas. Él comprendió lo que quería decir y me siguió.

Nos acercamos y yo le cogí la nuca con la mano derecha, con el codo bajado, apretado contra su clavícula y su pecho, controlando su embestida. Él me cogió de un modo similar con la derecha y tiró de mi cabeza hacia la suya con tal rapidez que casi me dio un cabezazo. Bajé la mirada a tiempo para impactar con la parte superior del cráneo, donde no me provocó nada más que un poco de dolor. Mi irritación creció hasta el límite. Pero antes de que tuviera tiempo de reaccionar, empezó a apretarme en el cuello, tirándome hacia la izquierda, hacia la derecha, adelante y atrás. Estaba utilizando la mano y el codo con seguridad, lo cual demostraba cierto entrenamiento, y además era muy fuerte.

Había llegado el momento de cambiar de táctica. Tiré de su cuello hacia mí, y después, cuando él lo tiró hacia atrás, me valí del impulso para lanzarme debajo de él. Doblé las piernas alrededor de su cintura y tiré de él hasta la colchoneta. Esperaba que él tratara de liberarse de mi «guardia», que es como se conoce esa posición en el jiu-jitsu, pero en lugar de eso se impulsó en dirección contraria, cogiendo y girando mi cabeza entre sus dos manos, que parecían garras, y atacando la parte inferior de mi mandíbula con la parte superior de su cabeza. Era como si alguien estuviera intentando recorrer mi cráneo con un martinete. Para liberarme de la presión, solté mis tobillos de alrededor de su espada, me llevé las rodillas hasta su pecho y empecé a empujarle.

Una vez más, su reacción delató su entrenamiento: pasó la mano derecha alrededor de mi tobillo izquierdo y se dejó caer sobre la colchoneta, intentando lo que identifiqué como una llave de pie del sambo. El sambo es una variedad de la lucha rusa que se distingue, entre otras cosas, por su énfasis en las llaves con los pies, las rodillas y los tobillos, algunas de las cuales pueden ser aplicadas tan rápidamente y causar un dolor tan intenso que han sido prohibidas en diversas competiciones de lucha libre.

Lancé mi pie derecho contra su cuello y tiré la otra pierna hacia atrás, apenas liberándola de entre sus bíceps y sus costillas. Él trató de defenderse, y mientras forcejeábamos, logré lanzar mi pierna derecha sobre su costado izquierdo y sujetar los dedos de su pie izquierdo bajo mi axila derecha. Antes de que pudiera lanzar una patada para liberarse, atrapé su talón en el interior de mi muñeca izquierda; uní las manos y apreté con los hombros hacia fuera, me arqueé hacia atrás y giré a la izquierda, haciendo una pequeña demostración de habilidad con el sambo, una clásica llave de talón.

A pesar del nombre de la técnica, el ataque se dirige contra la rodilla, no contra el talón. El talón sirve sólo como palanca, y yo se lo tenía bien cogido a Dox. Trató de patear con la pierna derecha, pero desde esa posición las patadas eran débiles. Giré un poco más y él abandonó esa estrategia. Golpeó dos veces la colchoneta.

—Me has ganado.

—¿Quién te ha mandado aquí?

—¡Eh, he golpeado la colchoneta! ¡Venga, tío!

Giré un poco más y él gritó.

—¿Quién te ha mandado? —repetí.

—Ya sabes quién me ha mandado —dijo, haciendo una mueca de dolor —. El mismo equipo que la última vez.

—¿Sí? ¿Y cómo sabían dónde encontrarme?

—¡No lo sé!

Trató de apartar mi pierna. Yo apreté las rodillas con fuerza y giré su talón otro milímetro.

—¡Joder! —dijo, tan fuerte que le oyeron algunos de los hombres que estaban allí—. Venga, tío, ¡en serio que no lo sé!

Su respiración era cada vez más trabajosa, debido tanto a su dolor como a su cansancio. Lo miré a los ojos.

—Mira, Dox —dije, con la voz tranquila, casi un suspiro—. Voy a contar hasta tres. Si entonces no me has dicho lo que quiero saber, voy a apretar tan fuerte como pueda. ¿Listo? Uno. Dos. Tr…

—¡La chica! ¡La chica! Le pagaron, o algo parecido. No conozco los detalles.

Estuve a punto de apretar de todos modos.

—¿Qué chica?

—Ya lo sabes. La tía brasileña. Naomi no sé qué.

Me sorprendió menos de lo que podría haber imaginado. Más tarde tendría que pensar en eso.

—¿Quién es tu jefe?

—Cielos, tío, te diré lo que quieres saber. No tienes por qué… ¡Joder! ¡Kanezaki! Un tipo japonés, de unos treinta años, con gafas de alambre, dice que te conoce.

Kanezaki. Debería haberlo imaginado. Le había perdonado la vida cuando lo había descubierto tratando de seguirme los pasos. Me pregunté brevemente si había sido un error.

Me di cuenta de que varias personas nos estaban mirando, incluido Carlinhos, el fundador del gimnasio y su principal instructor. Nadie había tratado de interferir, al darse cuenta, como suele ser habitual entre los brasileños, de que aquel problema era homem homem —de hombre a hombre — y que no era de su incumbencia. Sin embargo, no quería llamar más la atención. Le solté la pierna y lo dejé.

La tensión salió de su cuerpo y cayó de espaldas, cogiéndose la rodilla herida con ambas manos.

—Tío, no me puedo creer que me hayas hecho esto —dijo—. Era totalmente innecesario.

No respondí.

—¿Y si no lo hubiera sabido, eh? ¿Qué hubiera pasado entonces?

Me encogí de hombros.

—Cirugía para reconstruir los ligamentos cruzados anteriores y posteriores y el menisco, después quizá recuperación entre seis y doce meses. Muchos tranquilizantes que no hubieran funcionado tan bien como habrías deseado.

—Mierda —gruñó. Pasó un minuto más o menos. Después se sentó y me miró. Flexionó la pierna y esbozó su infatigable sonrisa—. Casi te tenía, tío. Lo sabes.

—Sí —dije—. Casi. —Me puse en pie—. ¿Dónde aprendiste sambo?

La sonrisa se amplió.

—Desde que el maldito Telón de Acero se levantó, he estado trabajando con algunos rusos.

—¿Te aceptaron después de toda la mierda que les metiste en Afganistán?

Se encogió de hombros.

—Es un mundo completamente nuevo, compañero, con nuevos enemigos. Ahora les estoy ayudando con el problema checheno, así que somos como viejos amigos.

Asentí con la cabeza.

—Vayamos a algún sitio donde podamos hablar.

Cogimos nuestras bolsas y nos fuimos sin cambiarnos. Todavía tenía el detector de transmisores y micrófonos que Harry me había preparado hacía mucho tiempo. Estaban tranquilamente en mi bolsa, con la batería al máximo gracias a la recarga diaria, y sabía que ni Dox ni sus pertenencias estaban conectados. Pero eso no significaba que estuviera solo.

Lo guié por una serie de laberínticas calles de tranquilos barrios. En dos ocasiones nos subimos y nos bajamos de sendos taxis. Me limité a las técnicas habituales de contravigilancia; no quería aprovecharme de las ventajas específicas de la zona para que no llegara a la conclusión de que mi conocimiento del terreno se debía a que vivía allí. Él sabía lo que yo estaba haciendo y no protestó.

Cuando llegamos a la playa de São Conrado, supe que nadie nos seguía. La lluvia se había detenido, y paseamos junto al agua. La marea estaba descendiendo, y dejaba a la vista la arena mojada como un ejército que abandona un terreno que no puede seguir controlando.

Pasó un buen rato. Ninguno de los dos habló.

La pelota con la que unos chicos jugaban a fútbol en la arena rebotó hasta nosotros. Dox la cogió y se la devolvió al muchacho de piel oscura que corría tras ella. El chico hizo una señal para darnos las gracias y regresó al partido. Lo observé un instante, preguntándome cómo sería crecer así, en una ciudad marítima en la que lo peor que uno podía hacer era jugar a fútbol en la arena.

—¿Hemos acabado con todo este rollo de espías? —me preguntó Dox.

Asentí, y al cabo de un rato él prosiguió:

—Lo tienes bien montado aquí —dijo—. Buen clima, el mar… Y tío, ¡las mujeres! Me he enamorado al menos tres veces al día. La primera mañana, llegué al hotel; la recepcionista era una chica, tío, prácticamente tuvieron que resucitarme de lo guapa que era.

—Podrías ser escritor de guías de viaje —le dije.

—Lo tendré en cuenta. Es duro para los hombres como nosotros. Tienes un currículum determinado, sólo te contratan para determinados trabajos.

—Pero parece que te va bien —dije.

Le dio una patada a la arena y se quedó mirando el mar.

—Aquí se está bien. ¿Cuánto tiempo llevas en Brasil?

El acento de palurdo se estaba acentuando. No iba a dejarme atrapar por ello, pero no tenía sentido dárselo a entender. Era mejor que creyera que lo estaba subestimando, como le sucedía normalmente.

—Un par de meses —le dije—. Viajo mucho. Para que la gente como tú no pueda localizarme.

Frunció el ceño.

—Venga, ¿qué iba a hacer si no? Los tipos con suerte encuentran un trabajo como guardaespaldas de capullos ricos, valorando las amenazas, viviendo como reyes en las casas de invitados de una mansión en Brentwood, haciendo invulnerables a los tíos más blandos, que deberían haber sido sacrificados hace tiempo para mejorar los genes de la humanidad. Los que tienen más suerte enseñan a los tipos de Hollywood a comportarse como soldados, o acaban apartando a empujones a las cámaras. ¿Los que no tienen tanta suerte? Guardias de seguridad en centros comerciales y policías de alquiler. Lo primero no me interesaba lo más mínimo, y lo segundo es una mierda. De modo que aquí estoy.

—¿Por qué no te fuiste a Blackwater, una de esas empresas?

Se encogió de hombros.

—Lo intenté, pero descubrí que el mundo empresarial no me daba las oportunidades económicas que yo buscaba. Y ya sabes lo que dicen de las oportunidades, colega. Sólo llaman a la puerta una vez.

De nuevo permanecimos en silencio un rato. Le pregunté:

—¿Por qué te mandaron a ti?

Estiró el brazo y se frotó la rodilla.

—Ya sabes por qué. Nos conocemos, creen que confías en mí. —Sonrió —. ¿No es así?

—Claro —le dije—. Totalmente.

—Bueno, de eso se trata —prosiguió, simulando ser demasiado corto de entendederas para comprender el sarcasmo—. Además, intuyo que quieren que comprendas a través de mí que lo que tienen en mente va en serio, interesarte de esa manera. Yo soy como una referencia comercial, ¿entiendes lo que quiero decir?

—Claro —repetí.

—Muy bien, aquí está la cuestión. He estado haciendo algunos trabajos para el Tío Sam, mierda que seguro que desmentirían, nada oficial. De alto riesgo, cosas de las que te dicen «acabarán jodiéndote», pero lucrativas.

—¿Ah, sí?

—Sí. Pensaron que tal vez te interesara. Pero establecer contacto contigo no fue idea mía, por cierto. Ni siquiera sabía que seguías trabajando, tío. Muchos de los hombres que conocimos en Afganistán la han palmado.

—¿De quién fue la idea, pues?

—Mira, hay un programa. Algo nuevo, grande. Están contratando a gente como tú y yo, y pagan bien, eso es lo que te estoy diciendo.

—Dox, ¿sabes lo que es un nombre?

Frunció el ceño. Después su cara se iluminó.

—Ah, sí, ya sé a qué te refieres. No paro de hablar, pero no te digo a quién me refiero.

Lo miré y esperé.

Él sonrió y negó con la cabeza.

—Venga, tío, ya sabes quiénes son ellos: Cristianos en Acción. —Tembló simulando con mofa su excitación—. La Compañía.

—De acuerdo.

—Tienen una nueva misión. Deberías escucharles.

—Preferiría escucharte a ti antes.

—Eh, yo no conozco los detalles. Y no puedo contarte en detalle lo que he estado haciendo últimamente. Sólo te digo que me están pagando mucha pasta por hacer que determinadas personas que están causando problemas dejen de causar problemas. Quieren hacerte la misma oferta a ti.

—¿A través de tu jefe?

Asintió.

—Tengo un número al que puedes llamar.

Anoté el número en código y después le dejé allí y me encaminé hacia el apartamento de Naomi. Aquel movimiento era predecible, y tomé toda clase de precauciones. Sin embargo, mi cautela era casi un reflejo. Si hubieran querido matarme, no habrían mandado a alguien a quien conociera para establecer contacto conmigo, pues sabrían que, al hacerlo, me pondrían en alerta, que posiblemente echaría a correr.

No, tenía la sensación de que la historia de Dox era cierta. Pero no tenía sentido mostrarme descuidado, inconsciente.

Mientras me dirigía a casa de Naomi, pensé en lo que Dox me había dicho. La Agencia debía de haber establecido una relación entre los cadáveres de sus agentes encontrados junto al apartamento de Naomi en Tokio y la muerte de Yukiko, el cabrón que había ordenado la eliminación de Harry después de que la yakuza lo hubiera utilizado para encontrarme. Sabían, a pesar de la ausencia de pruebas reales, que yo había estado implicado en todos esos asesinatos. Sabían que Naomi y Yukiko habían sido bailarinas en el mismo club de Nogizaka. No era muy difícil establecer, a partir de la información que tenían, una relación entre Naomi y yo.

Pulsé el interfono de la entrada principal. A Naomi le sorprendió mi regreso, pero me abrió la puerta. Subí por las escaleras. Ella me estaba esperando con la puerta abierta.

Entré. La habitación olía a café recién hecho. El pelo de Naomi caía húmedo sobre los hombros de una bata de cama de franela. Parecía haber acabado de levantarse y de ducharse.

—Alguien me ha estado siguiendo esta mañana —le dije.

—¿Siguiéndote? —preguntó.

—Sí. Con malas intenciones.

—¿Un atracador?

—No, no un atracador. Un profesional. Alguien que sabía dónde buscar.

Ella me miró, con los ojos más asustados que confundidos.

—Dime qué está pasando, Naomi.

Se produjo una larga pausa. Después, ella dijo:

—No les he dicho nada.

—¿A quién?

—No lo sé exactamente. Llaman cada mes, más o menos. Todo empezó cuando volví a Brasil desde Tokio. Un tipo vino al Scenarium y empezó a hacer preguntas sobre ti.

—Descríbemelo.

—Se hacía llamar Kanematsu. Era norteamericano, pero de etnia japonesa. Tenía el pelo brillante y llevaba gafas de alambre. Unos treinta años, diría, pero de aspecto más joven. Me dijo que trabajaba para el gobierno de Estados Unidos y que era amigo tuyo, pero nada más.

Kanezaki de nuevo, actuando con seudónimo.

—¿Qué le dijiste? —pregunté.

Ella me miró; su expresión era una rara mezcla de vulnerabilidad y desafío.

—Le dije que te conocía, sí, pero que no sabía dónde estabas ni cómo encontrarte.

Si aquello era cierto, también era inteligente. Si ella hubiera negado incluso conocerme, habrían sabido que mentía. Habrían dado por hecho que también el resto era mentira, y tal vez habrían empezado a presionarla.

—¿Y después de eso?

Se encogió de hombros.

—Recibía una llamada una vez al mes o así. Siempre del mismo hombre. Y siempre le decía lo mismo.

Asentí pensativo.

—¿Qué te ofrecían? —le pregunté.

Ella bajó la mirada y después volvió a alzarla hacia mí.

—Veinticinco mil dólares.

—¿Sólo por ponerlos en contacto conmigo?

Asintió.

—Bueno, está bien sentirse valorado —dije—. ¿El hombre que conociste te dejó algún modo de ponerte en contacto con él?

Ella se levantó y se dirigió hacia su dormitorio. Oí que se abría un cajón y después se cerraba. Regresó y, sin mediar palabra, me dio una tarjeta. En ella había una dirección de correo electrónico y un número de teléfono. El segundo tenía prefijo de Tokio. Era el mismo número que Dox me había dado.

—Veinticinco mil dólares es mucho dinero —dije, girando la tarjeta entre los dedos.

Se me quedó mirando.

—¿Nunca estuviste tentada a aceptarlo? —pregunté.

Entrecerró los ojos.

—No.

—¿Ni siquiera con todo lo que habías invertido en el restaurante? Esa pasta te habría sido de mucha ayuda.

—¿Crees que soy capaz de delatarte? —preguntó, alzando la voz—. ¿Por dinero?

Me encogí de hombros.

—Nunca me habías dicho nada de esto hasta que te he presionado.

—Tenía miedo de decírtelo.

—Y conservaste la tarjeta. ¿Un recuerdo?

Se produjo una pausa. Después, ella dijo:

—Vete a la mierda.

Me dije que debería haberlo previsto.

Me dije que estaba bien, no me había decepcionado, era mejor así.

Me pregunté con cierto desapego si aquello era parte de un castigo cósmico por Crazy Jake, el hermano de sangre que había matado en Vietnam; o quizá por las otras cosas que había hecho: ser tentado periódicamente por la esperanza de algo real, algo bueno, sabiendo siempre al mismo tiempo que todo iba a convertirse en un puñado de polvo.

«Quizá no dijo nada. Quizá te han encontrado de otra forma.»

«Entonces ¿por qué no te dijo nada? ¿Y por qué conservó la tarjeta?»

Me había convencido a mí mismo de que, en Río, gozaba ya de suficiente seguridad para verla. Entonces me di cuenta de que estaba equivocado. La enfermedad de la que era portador todavía era contagiosa.

Y todavía potencialmente mortal. Porque, aun en caso de que pudiera confiar en que permanecería en silencio, la Agencia la estaba vigilando. Se había convertido en un punto de unión, un nexo, como Harry. Y Harry había acabado muerto. No quería que eso le sucediera a ella.

Y ahora venía la parte difícil. «No tiene por qué gustarte —me había dicho un instructor en el campamento de entrenamiento de reclutas de la Marina—. Sólo tienes que hacerlo.»

La miré durante un largo momento. Vi enfado en sus ojos, pero también esperanza. La esperanza de que la rodeara con mis brazos y la acercara, me disculpara, dijera que sólo me había asustado, que me había pasado de la raya.

Me levanté y miré sus hermosos ojos verdes, ahora abriéndose de sorpresa, de dolor. Me pregunté si podía ver la tristeza en los míos.

—Adiós, Naomi —dije.

Me fui. Me dije de nuevo que no estaba decepcionado, que no estaba demasiado sorprendido. Hacía mucho tiempo que había aprendido a no confiar, que la fe es a la vida lo que mostrar la barbilla al boxeo. Me dije que era bueno confirmar una vez más la exactitud de mi visión del mundo.

Tomé precauciones extra para asegurarme de que no me seguían. Después fui a una tranquila playa cerca de Grumarí y me senté a solas a contemplar el agua.

«No culpes a Naomi —pensé—. Cualquiera te habría delatado.»

«No Midori —fue la respuesta. Y después pensé—: No, sólo estás tratando de convertirla en algo demasiado bueno para ser verdad, en algo imposible.»

Pero quizá ella sí era tan buena como eso y yo estaba tratando de rebajarlo, de degradarlo, de minusvalorar el valor de lo que había perdido.

«Supongo que uno nunca sabe —pensé—. Pero, entonces, ¿cómo se toman las decisiones?»

«No importa cómo se tomen las decisiones. Sólo importa tomarlas.»

Negué con la cabeza, asombrado. Midori todavía estaba confundiéndome, después de tantos meses y a medio mundo de distancia. Me hacía dudar de mí mismo, de mis juicios.

«¿Qué significa eso?»

Esa pregunta no la respondí. Ya conocía la respuesta.

Me quedé sentado pensando mucho tiempo: sobre mi vida en Río; sobre cómo Naomi había entrado en ella, y cómo ahora de repente se había ido; sobre qué tenía que hacer ahora.

La brisa sopló sobre la arena. Me sentí vacío. La brisa podría haber soplado a través de mí.

Supuse que podía dejar todo aquello atrás; ponerme a correr hacia la salida de nuevo, ir a algún sitio nuevo, inventar otro Yamada.

Negué con la cabeza, sabedor de que no estaba preparado para eso; había pasado muy poco tiempo desde la última vez. La idea de pasar por todo aquello una vez más no me despertaba más que temor.

Eso hizo que la conclusión a la que llegué fuera un tanto sospechosa, una especie de excusa. La conclusión decía algo así: «De todos modos, sería mejor saber qué quieren. Tomar la iniciativa en lugar de esperar pasivamente lo que quiera que tengan en mente».

Muy bien. Me fui de la playa y llamé a Kanezaki desde una cabina. Había bastantes posibilidades de que localizaran la llamada en Río, pero estaba claro que ya sabían que me encontraba allí.

El teléfono sonó dos veces.

—Sí —oí que decía. Parecía adormilado.

Era primera hora de la tarde en Río, y había una diferencia de doce horas con Tokio.

—Espero no haberte despertado —dije.

—No te preocupes —dijo, reconociendo mi voz—. De todos modos tenía que levantarme para responder el teléfono.

Me sorprendió oírme reír.

—Dime qué quieres.

—¿Podemos vernos?

—Estaré en Río unos cuantos días más —le dije—. Después, será imposible localizarme.

—Muy bien, nos veremos en Río.

—Me alegro de darte una excusa para viajar hasta aquí.

Se produjo una pausa.

—¿Dónde y cuándo?

—¿Tienes un teléfono GSM, algo que te sirva para cuando viajas? —A diferencia de los teléfonos móviles japoneses, los GSM funcionan en Brasil y la mayor parte del mundo.

—Sí.

—Muy bien. Dame el número.

Me lo dio. Lo anoté y después dije:

—Te llamaré al número GSM pasado mañana, cuando estés aquí.

—Muy bien.

Colgué.

Dos días más tarde, le llamé. Se hospedaba en el Arpoador Inn de la Rúa Francisco Otaviano, un hotel barato situado a la derecha de la famosa playa de Ipanema.

—¿Cómo vamos a hacerlo? —preguntó.

—Coge un taxi y ve al Cristo Redentor —le dije—. Desde allí, encamínate a pie hacia el sudoeste por la carretera que cruza el Parque Nacional da Tijuca. Te veré allí. Parte de la estatua dentro de una hora.

—De acuerdo.

Una hora más tarde yo estaba cómodamente instalado en un sendero que dominaba la carretera que cruzaba el parque nacional, a un kilómetro de distancia de la estatua. Kanezaki hizo acto de aparición puntualmente. Lo observé pasar por delante de mi posición y esperé para asegurarme de que estaba solo, después bajé a la carretera y lo atrapé por detrás.

—Kanezaki —dije.

Él dio un respingo, al sorprenderse de oír mi voz tan cerca.

—Mierda —dijo, quizá un poco avergonzado.

Sonreí. Parecía un poco más viejo que la última vez que lo había visto, más delgado, más enjuto. Las gafas con montura de alambre ya no le hacían parecer un ratón de biblioteca. Le daban a su cara un aire de… concentración. De precisión.

El detector de micrófonos seguía en silencio. Le di una palmada, le cogí el teléfono móvil para guardarlo a buen resguardo y le señalé con la cabeza el sendero por el que acababa de descender.

—Por aquí —le dije.

Lo guié hasta la carretera secundaria del parque, por donde caminamos hasta que encontramos un taxi. Unas cuantas maniobras de contravigilancia más tarde, estábamos cómodamente instalados en la Confeitaria Colombo, una cafetería fundada en 1894 que, pese a la atmósfera tropical y los sonidos de animado portugués, puede crear la ilusión de una tarde en Viena. Pedí en inglés un café solo porque no quería que Kanezaki advirtiera mi familiaridad con aquel lugar, y él me imitó.

—Necesitamos tu ayuda de nuevo —me dijo en cuanto los cafés llegaron y la camarera se alejó. Iba al grano, como Tatsu. Sabía que había una cierta correspondencia allí, que ambos creían que el otro era una fuente, pero la perspectiva de Tatsu era más precisa. Me pregunté si Kanezaki estaba imitando a aquel hombre mayor y más experimentado.

—¿Como la última vez? —pregunté, con las cejas ligeramente arqueadas en una expresión de desdén.

Se encogió de hombros.

—Sabes que yo sabía de aquello tan poco como tú. Esta vez está claro. Y ha sido sancionado.

—¿Sancionado por quién?

Me miró.

—Por las autoridades competentes.

—Muy bien —dije, tomando un sorbo de mi taza de porcelana—. Cuéntame.

Se inclinó hacia delante y apoyó el codo en la mesa.

—Después del Once de Septiembre, el Congreso cortó las ataduras a la Agencia. Allí reina un nuevo espíritu. Ahora están llevando las cosas más lejos, persiguen a los tipos malos…

—Unos pocos, los orgullosos… —le interrumpí.

Él frunció el ceño.

—Mira, ahora las cosas son distintas…

—Todo lo que tú puedes ser… —empecé a cantar.

Tenía la mandíbula tensa.

—¿Te gusta reírte de mí? —preguntó.

—Un poco, sí.

—Es cruel.

Le di otro sorbo a mi café.

—¿Qué me tienes que decir?

—Me gustaría que me escucharas.

—Hasta ahora he oído cinco tópicos, incluyendo eso de que le han cortado las ataduras a la Agencia. En realidad, estoy esperando que me digas algo.

Se sonrojó, pero después asintió e incluso logró soltar una risotada. Su capacidad para mantener la compostura me hizo sonreír. Había madurado desde la última vez que lo había visto.

—Muy bien —dijo—. ¿Recuerdas el avión sin pasajeros Predator que eliminó a Abu Ali y otros cinco miembros de Al Qaeda con un misil Hellfire en Yemen en noviembre de 2002? Eso fue cosa nuestra.

—Eso dijeron los periódicos —dije yo.

—Bien, lo que no salió en los periódicos es el alcance de esta clase de actividad clandestina. La Agencia ha ganado un tira y afloja con el Pentágono sobre quién es el responsable de esas cosas. El Pentágono lo intentó, pero no tienen la capacidad de responder con rapidez a los descubrimientos de espionaje que nosotros llevamos a cabo. De modo que también nos han encargado la acción. Y la estamos llevando a cabo.

Esperé a que continuara.

—De modo que ahora tenemos una nueva orden: que no se repita el Once de Septiembre. Que no haya más ataques sorpresa. Nos han pedido que hagamos lo que haga falta, y estoy diciendo lo que haga falta, para deteriorar la infraestructura del terrorismo internacional: los financiadores, los vendedores de armas, los intermediarios.

Asentí con la cabeza.

—Me quieres para la parte de «lo que haga falta».

—Por supuesto —dijo, casi con impaciencia, y esta vez estuve seguro de que había adquirido esa costumbre de Tatsu, que tenía una forma de decir esas dos palabras como si a duras penas pudiera reprimirlas. «¿Siempre eres tan obtuso?»

Le dio un sorbo a su taza.

—Mira, algunos de los individuos en cuestión gozan de protección política. Algunos de ellos, en realidad, son técnicamente ciudadanos de Estados Unidos.

—¿Técnicamente?

Se encogió de hombros.

—Podrían ser considerados combatientes enemigos.

Cerré los ojos y negué con la cabeza.

—¿Qué? —preguntó.

Sonreí.

—Sólo estaba pensando en cómo el fin justifica los medios.

—A veces es así.

—¿Su fin, o sólo el vuestro?

—Ahorrémonos la discusión filosófica —dijo—. Lo importante es que, incluso después del Once de Septiembre y en el actual clima de preocupación por la seguridad, no serviría de nada limitarse a eliminar a algunas de esas personas. Sin duda, no con un misil Hellfire. Sería mejor que su desaparición pareciera…, ya sabes, natural.

—En caso de que estuviera interesado, que no lo estoy, ¿qué tendríais para mí?

—¿No estás interesado? Te has tomado demasiadas molestias en reunirte conmigo para no estar interesado.

Un año antes, mi protesta lo habría puesto nervioso. Ahora contraatacaba. Había mejorado.

—No es molestia. Estaba aquí por una mujer. Cuando descubrí que trabajaba para ti, tuve que romper con ella. Así que aquí estoy, matando el tiempo antes de volver a casa.

Si le sorprendió descubrir que yo conocía su conexión con Naomi, no lo mostró. Me miró y dijo:

—Hay quien piensa que Río es tu casa.

Le devolví la mirada, y algo en mis ojos le hizo apartar la suya.

—Si quieres jugar conmigo, Kanezaki —le dije—, estás perdiendo el tiempo. Pero si crees que tus técnicas de manipulación verbal aprendidas en un curso por correspondencia contienen una amenaza, acabaré contigo antes de que tengas oportunidad de rogarme que no lo haga.

Sentí que el miedo afloraba en él con un gélido murmullo. Supe lo que acababa de ver en su imaginación: el modo en que le había roto el cuello a su guardaespaldas, un acto que a Kanezaki le pareció tan intrascendente como bajarse la bragueta para mear. Era exactamente el modo en que quería que lo viera. Y lo recordara.

—El dinero podría dejarte en buena situación —dijo, al cabo de un momento.

—Ya estoy en buena situación —respondí, lo cual por desgracia era mentira.

Ambos nos quedamos en silencio un rato. Entonces, él dijo:

—Mira, no estoy haciendo ninguna manipulación verbal. O al menos no más de lo que te esperabas. Y sin duda no te estoy amenazando. Sólo te estoy diciendo que nos vendrías bien para ayudarnos a hacer una cosa importante, y que podrías ganar mucho dinero con ello.

Reprimí una sonrisa. Hice bien.

—Dime quién y cuánto —dije—. Y veremos si vale la pena seguir conversando después de eso.

El objetivo era Belghazi, por supuesto. El primero de muchos, me dijo Kanezaki, si me interesaba. Doscientos mil por cabeza, entregados como yo quisiera, cincuenta mil al principio, el resto tras la finalización con éxito. Los gastos estaban incluidos en esa suma, lo que minimizaba el papeleo —y los rastros documentales— para la gente de contabilidad, una regla que acabamos cambiando un poco, dadas las sumas que necesitaría para moverme por las salas VIP del Lisboa. La única condición era que tenía que parecer una muerte totalmente natural.

Era poco más o menos lo que había intuido: suficiente para estimularme, pero no lo suficiente para volver a hacerlo después. Para ellos, en realidad, no era un mal trato, alrededor del coste de un Hellfire o dos, y mucho menos que un misil de crucero. Y más fácil de negar que ambos.

—Me lo pensaré —dije—. Y mientras me lo pienso, págale a Naomi lo que le debes.

—No cumplió con su objetivo —dijo, negando con la cabeza, sin molestarse en ocultar su relación—. No ha tenido suerte.

—¿Cuál era su objetivo?

—Tenía que ponerse en contacto con nosotros si tú lo hacías con ella.

Lo miré.

—Si ella no se puso en contacto con vosotros, ¿cómo…?

—Análisis de voz. Como un detector de mentiras. Lo utilizábamos cada vez que la llamábamos. Cada vez que le preguntaba si te habías presentado allí, decía que no. La última vez, la máquina detectó significativos rastros de nerviosismo.

—Así que supisteis que estaba mintiendo.

—Sí. Mandamos a algunos tipos a vigilarla. Ya conoces el resto.

Aparté la mirada y pensé en ello. De modo que me había estado diciendo la verdad, no me había vendido. Maldita sea.

O quizá lo había hecho y Kanezaki sólo la estaba protegiendo. No había modo de saberlo, y supuse que nunca lo sabría.

—Págale de todos modos —dije.

Empezó a protestar, pero le interrumpí.

—Ella te llevó hasta mí aunque lo hiciera sin darse cuenta. Págale la maldita recompensa de soplona.

—Veré qué puedo hacer —dijo al cabo de un momento.

Me pregunté brevemente si aquello también era una mentira diseñada para hacerme creer que había ganado algo. De nuevo, no lo sabría.

—Me pondré en contacto contigo —dije—. Si le has pagado, hablaremos más. De lo contrario, no.

Asintió.

Pensé en la posibilidad de añadir algo, que la dejaran en paz o quizá alguna amenaza. Pero lo único que una advertencia conseguiría sería revelar, más de lo que lo había hecho ya, que Naomi me importaba, y por lo tanto la haría más interesante a sus ojos. Mejor no decir nada y olvidarse de ella.

«Después de todo, quizá podrías haber confiado en ella.» Aquella idea era hipnotizante.

Y triste.

No importaba. Aunque hubiera habido alguna posibilidad de confiar en ella, mis suposiciones y mis acusaciones habrían terminado con esa confianza.

Pensé en una disculpa. Pero hay cosas que no se pueden arreglar con un «lo siento», o un «por favor, perdóname», o un «no debería haberlo hecho». «Déjalo», pensé. Los veinticinco mil dólares iban a tener que ser suficiente.

—Ahora háblame de Dox —dije.

Se encogió de hombros.

—Necesitaba a alguien a quien conocieras, para que vieras que el programa, y los beneficios del programa, eran de verdad. Si no hubiera sido por eso, aparte de por tu pasado, nunca habrías sabido de él.

—¿Hay otros?

Me miró por encima de sus gafas. La mirada decía: «Ya sabes que no tienes que hacer preguntas como ésa».

Le devolví la mirada.

Al cabo de un instante, volvió a encogerse de hombros y dijo:

—Sólo te diré que los hombres como Dox y tú sois infrecuentes. Y ni siquiera él puede moverse por los lugares en que tú sí. Asia, por ejemplo. Además, él suele ser un poco menos sutil en sus métodos y no está tan preparado para determinados trabajos. ¿De acuerdo?

Lo dejamos ahí. Me dio la URL de un tablón de anuncios seguro. Le llamé unos cuantos días después a su móvil japonés. Estaba de vuelta en Tokio. Me dijo que Naomi había recibido el dinero.

La llamé desde una cabina al Scenarium. El local era muy ruidoso al fondo. Me dijo:

—No quería el maldito dinero. Podría haberlo obtenido, pero no lo quería.

—Naomi… —empecé a decir. No supe qué añadir. Pero no importaba. Ya había colgado.

Me quedé mirando al teléfono un buen rato, como si el aparato me hubiera traicionado. Volví a dejarlo en la horquilla. Lo froté automáticamente. Me marché.

Fui a un cibercafé y escribí un mensaje. Un mensaje breve. El «asunto» era una cuenta en un paraíso fiscal a la que podían transferir el pago de los cincuenta mil dólares.

Oí risas y levanté la mirada: unos chicos en el ordenador que estaba junto al mío, jugando a algún juego.

Me pregunté por un momento cómo había llegado allí.

Y me pregunté si eso era lo que Tatsu había querido decir al decirme que nunca podría retirarme: que inevitablemente echaría a perder cualquier otra posibilidad.

«No debemos dejar de explorar —escribió un poeta—. Y el fin de todas nuestras exploraciones será llegar allí donde empezamos, y conocer el lugar por primera vez.»

Qué deprimente.