Contrato para matar
Capítulo 9
D elilah me había dicho que Belghazi estaría fuera de Macao durante un día o dos, y por el momento no había mucho que yo pudiera hacer allí con ella. Decidí que mi breve ausencia sería un riesgo asumible para justificar determinadas ganancias fuera de la ciudad.
Cogí el tren bala de la estación de Tokio hasta Osaka, un origen de vuelos internacionales menos habitual que Narita, en Tokio. Consulté el tablón de anuncios desde un cibercafé. La información que le había pedido a Tatsu me estaba esperando: Charles Crawley III. Números de teléfono de su casa, su trabajo y su móvil; dirección del trabajo, aparentemente el Departamento de Estado, pero en realidad un cuartel de la CIA en Langley y, por lo tanto, poco probable de ser útil; una dirección de su casa: el 2251 de Pimmit Drive, West Falls Church, apartamento 811. Suburbio de Virginia. Probablemente un bloque de pisos de al menos ocho plantas.
Reservé un billete sin escalas de ANA a Washington Dulles para la mañana siguiente. Después me registré en un hotel barato de Umeda para pasar la noche. Me tumbé en la cama, pero no logré dormir. Demasiado café. Demasiadas cosas en las que pensar.
Me levanté, me puse el albornoz yukata que hasta el más barato de los hoteles japoneses ofrece y me senté en la única silla de la estrecha habitación. Dejé las luces apagadas y esperé a estar suficientemente cansado para caer dormido. Supe que tardaría un rato.
Las habitaciones baratas siempre son las más duras. Un poco de lujo puede atontar como la anestesia. Renuncia a la anestesia, y el dolor se acumula en su ausencia como agua helada por una cáscara agujereada. Sentí que algunos recuerdos empezaban a apiñarse, agitados, insistentes, como fantasmas recién envalentonados por la oscuridad que me rodeaba.
Tenía ocho años la primera vez que vi llorar a mi madre. Era una mujer fuerte —tenía que serlo para abandonar su vida y su carrera en Estados Unidos para convertirse en la esposa de mi padre— y, hasta el momento en que descubrí lo contrario, creía que era incapaz de llorar.
Un día, la señora Suzuki, nuestra vecina, vino a la escuela y me recogió en mitad de la tarde; sólo me dijo que me necesitaban en casa. Era junio y el aire en el tren de vuelta a casa era bochornoso, cálido y pegajoso. Miré por la ventana durante el viaje, preguntándome vagamente por lo que estaba sucediendo, pero seguro de que todo iba bien y de que me lo explicarían en breve.
Mi madre estaba esperándome en la puerta de nuestro pequeño apartamento de Tokio. Le dio las gracias a la señora Suzuki, que le dedicó una segunda reverencia antes de marcharse en silencio. Entonces, mi madre cerró la puerta y me llevó al sofá tapizado de la sala de estar. Sus movimientos eran ceremoniales, con una gravidez que a mí me pareció extraña y, de algún modo, un mal presagio. Cogió mis pequeñas manos entre las suyas y me miró a los ojos. Los suyos parecían extraños —débiles y asustados—, y yo miré a mi alrededor, incómodo, con miedo a devolverle la mirada.
—Jun —dijo, con la voz extrañamente grave—. Tengo malas noticias y necesito que seas valiente, tan valiente como puedas. —Asentí rápidamente para mostrarle que podía contar con mi valentía, pero percibí, como lo hacen los niños, que algo iba terriblemente mal y mi miedo empezó a crecer, a expandirse en mi interior.
—Ha habido un accidente —dijo—, y papá… Papá ha muerto. Nakunatta no. —Se ha ido.
El concepto de la muerte no me era totalmente extraño. Mis abuelos paternos tenían un perro que había muerto cuando yo tenía cuatro años, y mi madre me había explicado en ese momento que Hanzu, Hans, era muy viejo y se había ido al cielo. Pero la idea de que mi padre pudiera haberse ido era demasiado grande para que yo la comprendiera. Negué con la cabeza, sin entender, y fue entonces cuando la compostura de mi madre se vino abajo y las lágrimas le llenaron los ojos.
Así que esa tarde tuve mi primer encontronazo real con la muerte, esa cosa que podía hacer que mi madre, tan fuerte, llorara.
Lloré con ella, terribles lágrimas de dolor, miedo y confusión. Y en el transcurso de las semanas y los meses que siguieron, a medida que la muerte de mi padre, antes una figura dominante en mi vida, empezaba a enraizarse, mi relación con la muerte se profundizó. Llegué a considerarla un imponderable en un universo previamente ordenado, la repentina perturbadora, el lascivo y acechante ladrón.
Tardé unos cinco años más en comprender totalmente que papá se había ido para siempre, que él estaba representado ahora sólo por unos recuerdos cada vez más remotos, como una serie de toscas pinturas rupestres abandonadas por gentes que hacía mucho tiempo que se habían marchado. Ahora la muerte era un lugar, un lugar en el que la gente desaparecía para siempre al morir, un lugar gradualmente despojado de la claridad del recuerdo al que, más tarde, iría con sólo un billete de ida.
A los diecinueve años, recibí un telegrama militar informándome de que también mi madre había ido a ese lugar. Perderla a ella fue más fácil. Yo era mayor. Y en ese momento había visto y causado mucha muerte como soldado en Vietnam. Y lo que quizá era más importante, conocía el proceso, el resultado de la pérdida. La pena ya no me resultaba un misterio mayor que la sangre, la coagulación y la eventual sanación que acompañaba a una herida a la que se podía sobrevivir.
Pero el conocimiento sólo disminuye el miedo, sin hacer ni mucho menos lo mismo con el dolor.
Midori no estaba muerta. Sólo se había ido. Quizá ésa era la razón por la que pensaba en ella con más frecuencia de la que debía. Imaginaba su rostro, y recordaba el sonido de su voz, el tacto de sus manos, la sensación de su cuerpo. No era capaz de recordar su olor, pero sabía que la reconocería en un instante y deseaba poder olería una vez más antes de morir. Echaba de menos su conversación. Hablábamos de cosas de las que nunca he hablado con nadie más. Echo de menos el modo en que me besaba, suavemente, en la frente, en los párpados, una y otra vez después de hacer el amor.
Todavía digo su nombre, mi pequeño y triste mantra. Esas sílabas encantadas me parecen lo único que puedo conjurar de ella, por poco que sea. Aunque no puedo dialogar con ella, al menos puedo hablarle. Algo así. Un consuelo así.
No, Midori no está muerta, pero me enfrento a su recuerdo con unos sentimientos muy parecidos a los del duelo. Mi mundo es más pálido y más pobre a causa de su ausencia, pero ¿no es esto lo que sucede siempre que perdemos a un ser amado? Sabía, ya de adolescente, que mi vida habría sido más plena si mi padre hubiera sobrevivido a mi infancia. Aprendí a aceptar ese hecho como algo inmutable y, al final, quizá no del todo relevante. Midori no estaba muerta, pero ella era algo imposible, y, por lo que concernía a mi duelo, ¿cuál era la diferencia?
Me froté los ojos, deseando tener sueño, porque el sueño es el olvido temporal. No llegaba. Tendría que esperar un poco más.
Me quedo sentado en la oscuridad de esas habitaciones vacías y a veces pienso que puedo sentir la presencia de todos los que han hecho lo mismo antes que yo. Las marcas están ahí: la curva en el colchón, la línea gastada de la alfombra entre el baño y la puerta. O las manchas de sudor o saliva en la almohada, debajo de la funda; o quizá semen, o lágrimas; a veces algo más oscuro, algo parecido a la sangre. Me siento, con la oscuridad a mi alrededor tan cerrada pero también sin límites, y mientras mi imaginación se desliza por la inmensidad de ese combate sin rasgos, me doy cuenta de que esas marcas son señales, obra de vidas y momentos que eran, pero ya no son, como cenizas en una chimenea vacía, o huesos dejados de lado en alguna cena ya muy lejana, o la maltrecha forma que podría haber sido un espantapájaros en un campo lleno de malas hierbas. Sólo una pintada física, dibujada sin quererlo por otros viajeros solitarios, desechos depositados por hombres anónimos de camino a su destinación común, no sólo las marcas del paso de otros, sino augurios del mío.
Las horas pasaron. Una creciente fatiga finalmente interrumpió mis agitados pensamientos. Volví a la cama y finalmente me dormí.
La mañana siguiente cogí el tren al aeropuerto. Llamé a Crawley a su casa poco antes de embarcar en el vuelo de las doce y diez. En Washington, eran las diez menos cuarto de la noche anterior.
Tres timbrazos. Después, una voz nasal. Sí. Parecía que lo había despertado.
—Oh, lo siento —dije con un simulado falsete—. Creo que me he equivocado.
—Cielos —oí que decía. Colgó.
Sonreí. Me hubiera molestado mucho volar hasta Washington y descubrir que no estaba allí.
El vuelo sin escalas era un lujo. Normalmente prefiero optar por rutas más indirectas, pero en esta ocasión me pareció que el imperativo de sorprender a Crawley, mientras supiera dónde estaba, merecía los riesgos propios de una ruta predecible. Asimismo, a pesar de que la clase turista era el compromiso habitual entre comodidad y anonimato, los constantes viajes estaban empezando a cansarme, y esta vez decidí volar en primera. La Costa Este de Estados Unidos estaba a más de doce horas de distancia, y quería estar fresco cuando llegara.
Ya había concebido las líneas maestras de mi plan, y ahora tenía que visualizar los detalles. Una vez el avión hubo alcanzado su altura de crucero y los molestos anuncios de seguridad y ocio hubieron terminado, cerré los ojos y empecé a hacer mentalmente un ensayo general de toda la operación: acercamiento, reconocimiento, entrada, espera, acción, huida, escapada. Cada nivel de este repaso mental revelaba ciertas herramientas que serían útiles o necesarias para lo que me proponía, y cada una de ellas pasó a formar parte de una cada vez más larga lista. Por supuesto, otros puntos aparecerían durante la investigación real de la ubicación del objetivo, pero esos puntos adicionales sólo se revelarían del todo en el contexto de un plan existente y organizado.
Veinte minutos más tarde, salí de mi estado de profundo ensimismamiento sabedor, en ausencia de más información, de lo que iba a necesitar y cómo funcionaría. Eché hacia atrás el asiento, me tapé con mi manta de primera clase y dormí durante el resto del viaje.
El avión aterrizó un poco antes de las diez de la mañana, hora local. Encontré una cabina en el aeropuerto y llamé a Crawley a la oficina. No me respondió. Ningún problema, probablemente estuviera en una reunión.
Podría haberle llamado al móvil, pero eso no me hubiera dicho lo que necesitaba saber: dónde estaba. Le llamé a su apartamento, pero no me sorprendió que me respondiera un contestador. Era un día laborable y no esperaba encontrarlo en casa, pero una de las cosas que uno aprende en la guerra y en este negocio es a nunca dar las cosas por sentado. El día en que crees que una casa va a estar vacía es el día en que el propietario está enfermo, se ha quedado allí por la llegada del reparador de la lavadora o tiene a parientes de visita. Se aprende a no dejar cosas como ésa al azar.
Alquilé un coche con sistema de navegación por satélite GPS y me dirigí hacia Washington para ir de compras. En una ferretería, compré siete metros y medio de cuerda de tender la ropa, celo, un rollo de cinta aislante y un cúter. Después, en una parafarmacia compré un tubo grande de gelatina, guantes de cirujano de látex y un rotulador. En una óptica, un par de gruesas gafas de sol de plástico. En una tienda de pelucas, un poco de pelo nuevo. En el Centro de Información y Cultura de Japón, me hice con un puñado de octavillas de las actividades del centro. Y una última parada: una tienda de material para espías en Connecticut Avenue, donde compré una porra eléctrica Panther de quinientos mil voltios, del tamaño de un teléfono móvil, por 34,95 dólares más impuestos.
Utilicé el sistema de navegación GPS para volver a Virginia, donde hice un paseo preliminar por el complejo de edificios en el que estaba el apartamento de Crawley. Había una serie de puertas de metal en la entrada al aparcamiento. A pesar de que al parecer las dejaban abiertas durante el día, su presencia me dijo que estaba enfrentándome a un lugar que probablemente tenía un buen sistema de seguridad. Esperaba que fuera necesaria una llave para entrar en el edificio, y puede que hubiera también un portero. No vi cámaras de seguridad en el garaje ni en el gran aparcamiento al aire libre que había delante de la entrada, pero pensé que tal vez las hubiera en el interior. No iba a poder confirmarlo de antemano, tendría que dar por sentada su existencia y prepararme de acuerdo con ello. Si las cosas resultaban ser más fáciles de lo que mi plan contemplaba, sería una agradable sorpresa.
El edificio estaba rodeado por bosquecillos suburbanos poco densos, entre los cuales había algunas escaleras hechas con traviesas de ferrocarril que llevaban a la calle. La estación de metro West Falls Church estaba a escasa distancia del edificio; presumiblemente los senderos serían utilizados por los vecinos para llegar hasta allí. Servirían también para un visitante no esperado que se largara a hurtadillas tras una operación fracasada. Había una entrada vigilada en la parte de atrás, una sola puerta metálica en la cima de un pequeño tramo de escaleras de hormigón. Y, encima de la puerta, una disuasión para todo aquel que quisiera entrar en el edificio por la menos frecuentada puerta trasera: una cámara de seguridad.
Encontré un Nordstrom en un centro comercial cercano y compré un par de botas de agua, un impermeable gris, un bonito par de guantes de piel de ciervo —suficientemente delgados para tener buena respuesta táctil; suficientemente gruesos para evitar dejar huellas dactilares—, un abrigo de lana negra y un gran maletín negro de piel. Después me detuve en una gasolinera cerca del centro comercial, donde, mientras mantenía una conversación inexistente desde la cabina, arranqué el listado de las Páginas Amarillas en el que aparecían los restaurantes chinos, japoneses y coreanos. Conduje hasta que encontré un lugar, la barbacoa coreana Kim’s, que vendía camisetas y gorras con el logotipo del local, una caja roja brillante alrededor de unas letras rojas en coreano. Compré una camiseta y una gorra, además de un gran almuerzo para llevar.
Volví al apartamento de Crawley. Había un supermercado orgánico Whole Foods al otro lado de la calle. Entré y me comí un par de bocadillos vegetarianos y una pieza de fruta, todo acompañado de una gran taza de café. Era agradable comer sano estando en horas de trabajo; normalmente, el menú disponible durante las operaciones consiste en McDonald’s y, si tienes suerte, en alguna otra comida basura que normalmente te comes fría y pasada. Disfruté del ágape, sabedor de que podía transcurrir un buen rato antes de poder volver a comer.
A las dos y media, fui hasta una cabina y llamé de nuevo a Crawley al trabajo, un número del Departamento de Estado, pero que sabía que sonaría directamente en una extensión de la CIA. Respondió al primer timbrazo.
—Crawley —oí que decía.
—Hola, estoy intentando hablar con la oficina de coordinación de prensa de asuntos públicos —dije, con la voz un poco insegura. El título era suficientemente burocrático como para saber que habría docenas de grupos de trabajo con nombres similares, en la Agencia y en cualquier otra parte.
—Se equivoca de extensión —dijo, y colgó.
Sonreí y negué con la cabeza. Hay gente muy maleducada.
Volví al coche y conduje hasta una cercana calle residencial. Aparqué tras otros coches, me puse las botas de agua y coloqué todo lo que había comprado en el interior de la maleta. Me puse la camiseta de Kim’s y el impermeable encima, dejándolo desabrochado para que se viera el logotipo de la camiseta. El impermeable, que había comprado dos tallas más grande, me permitiría parecer más pequeño, patoso dentro de su volumen, menos corpulento. Me coloqué la peluca, las gafas y la gorra de Kim’s. Miré el retrovisor y me gustó el desconocido que vi allí.
Volví al complejo de Crawley, estacioné el coche en otro pequeño aparcamiento al que sabía que podría llegar a pie por el bosquecillo, si las cosas se torcían y tenía que largarme de allí con una inesperada rapidez. Borré el contenido del sistema de navegación GPS del coche y apagué el motor. Después pasé varios minutos con los ojos cerrados, visualizando los siguientes pasos, metiéndome en el personaje. Cuando estuve listo, salí del coche y me dirigí hacia el complejo de Crawley portando la bolsa de Kim’s.
Me acerqué por el gran aparcamiento al aire libre, abrí uno de los dos juegos de puertas dobles de cristal, con el dorso de dos dedos, y entré en un vestíbulo cerrado por otro juego de puertas de cristal ante las que yo acababa de cruzar. Cuando extendía la mano para abrir una de las puertas interiores, sonó un zumbido. Miré a través de los cristales y vi a una chica blanca, con el pelo castaño hasta los hombros y pecas, que parecía una estudiante universitaria que trabajara media jornada de portera para poder seguir echando un vistazo a los libros mientras trabajaba. La media jornada sería perfecta. No conocería a los vecinos, ni a los repartidores ni el ambiente del lugar como un trabajador a tiempo completo, y en consecuencia sería más fácil tratar con ella.
Abrí la puerta y entré en una recepción decorada con una especie de estilo neocolonial, muchas reproducciones de muebles de época, paneles de madera y brillantes lámparas de latón. La chica estaba sentada tras una imponente mesa, en la cual imaginé que habría controles electrónicos de acceso y las imágenes de las cámaras de seguridad.
—¿Reparto? —preguntó con una sonrisa amable.
Asentí con la cabeza. Tenía muchas historias preparadas para las preguntas y acontecimientos que pudieran seguir. «¿Qué piso? Es curioso, no me han dicho que esperaran un reparto. Espere un momento mientras les aviso. Hum, no responden. ¿Está seguro del número…?» Sin embargo, ella sólo preguntó:
—¿Eres nuevo?
Volví a asentir; no me gustó la pregunta y me pregunté hacia dónde llevaría.
Ella miró por las puertas de cristal al aparcamiento al aire libre.
—Porque puedes aparcar ahí delante para los repartos. A veces es difícil encontrar espacio cerca.
—Oh. Gracias —dije, con un acento inconcreto pero fuertemente asiático.
Miró el logotipo de mi camiseta, luego dijo algo en un idioma que no entendí pero que reconocí como coreano.
«Joder —pensé—. No lo dirás en serio.»
—Oh, no coreano —dije, manteniendo mi expresión y mi postura de inseguridad, vagamente servil, sin querer ofender a nadie, sólo un inmigrante recién llegado, no necesariamente legal, que trabajaba a cambio de un sueldo ínfimo y trataba de no meter la pata.
—¡Oh! —dijo, sonrojándose—. Mi novio es coreano, y pensé que, como el restaurante… No importa. Lo siento.
Gracias a Dios, su titubeo por el error cometido y mi reacción avergonzada ante él parecieron combinarse para evitar más preguntas.
—Yo solo —dije, haciendo un vago gesto hacia la zona que quedaba tras el mostrador, donde debían estar los ascensores.
—Sí, por supuesto, adelante. —Sonrió de nuevo, y yo asentí tímidamente en respuesta.
Miré de soslayo al pasar junto al mostrador: un libro de texto abierto en el centro; un monitor de vídeo a un lado. No era difícil saber a cuál de las dos cosas prestaba atención durante su jornada laboral.
Gracias a la posición de la entrada de mercancías en la parte trasera, supe que el punto de acceso estaría a la izquierda de los ascensores, y me encaminé en esa dirección, pasando de camino junto a una escalera interior. Allí estaba, una puerta batiente de madera. Tras ella, un corto pasillo, con el suelo de linóleo, al final del cual estaba la puerta exterior.
Miré la puerta rápidamente. No supe decir si había alguna alarma. Su peso y la presencia de tres grandes cerraduras indicaban que los responsables del edificio podían no haberse tomado la molestia. E incluso en caso de que hubiera alarmas, estarían probablemente desactivadas durante las horas de ajetreo, cuando la puerta fuera utilizada. Había una cuña de madera en el suelo, que apoyaba la posibilidad de que no hubiera alarma o que estuviera desactivada en aquel momento. Los bedeles no podrían utilizar la cuña en caso contrario.
Utilicé el puño del impermeable para abrir los cerrojos y girar el pomo. Abrí la puerta y examiné la jamba. No había alarmas. Miré al exterior. Había varias fregonas apoyadas contra el muro exterior, probablemente para secarse, y un buen número de contenedores de basura de plástico gris de tamaño industrial con ruedas.
Pensé por un momento. La chica de la entrada estaba claramente más interesada en sus libros que en el monitor, y tenía la sensación de que estaría acostumbrada a ver personal de mantenimiento entrando y saliendo por la puerta trasera en el transcurso del día. Parecía posible.
Dejé la puerta abierta, una rendija con la ayuda de la cuña de madera, y volví adentro. Cuando llegué a los ascensores, una anciana negra, que caminaba cojeando con un andador de cuatro patas, salía de uno de ellos. Se detuvo y miró mis botas de agua, después a mí.
—¿Está lloviendo? —preguntó.
«Por el amor de Dios —pensé—. Tendrían que ponerte a ti de portero.»
Negué con la cabeza.
—Zapatos nuevos —dije, todavía con el acento fingido. «Y si tú también hablas coreano —pensé—, me rindo ahora mismo»—. Todavía no sé si quedármelos o devolverlos, y así no se ensucian suelas. —Me incliné hacia delante y bajé la voz—. No cuente a nadie, ¿de acuerdo?
Se rió, mostrando una reluciente hilera de dientes postizos.
—Te guardaré el secreto, hijo —dijo. Me saludó con la mano y avanzó lentamente.
Sonreí, contento de tener alguna minucia que confesar.
No podía largarme de allí con la bolsa de Kim’s después de haber entrado en el edificio con la supuesta intención de entregar sus contenidos, así que la dejé en el fondo de una papelera medio llena de facturas en el lugar destinado al correo, situado a la derecha de los ascensores. Después conté cuatro minutos en mi reloj. No quería adelantar a la anciana: era inteligente y podía preguntarse qué había pasado con la bolsa de Kim’s que llevaba hacía sólo unos segundos. Si me topaba con ella en la recepción, los cuatro minutos podían responder a una rápida entrega a un piso bajo y a haberme encontrado el ascensor en la planta en la que me hallaba. Por lo que respectaba al lapso de tiempo que hacía que había estado junto a la chica de la mesa de la recepción, me parecía aceptable. Lo importante era que me viera salir. No me parecía la clase de persona que prestaría atención a pequeñas discrepancias, como un repartidor que se entretenía en el interior del edificio un poco más de lo habitual en condiciones normales.
Transcurridos los cuatro minutos, salí por la recepción. La anciana no estaba allí. Quizá alguien la había recogido a la salida. La chica del mostrador alzó la mirada de su libro y me dijo adiós. La saludé con la mano y me encaminé hacia el aparcamiento descubierto, después me introduje en el garaje fuera de su campo visual.
De vuelta en el coche, puse la peluca, las gafas y la gorra en la guantera, me abroché el impermeable y me quité los guantes de piel de ciervo. Cogí el maletín y me dirigí de vuelta al edificio, esta vez por la parte trasera. Me pegué al muro exterior, tratando de entrar y salir del campo cubierto por la cámara tan rápido como me fuera posible, y cogí una de las fregonas y de los cubos de basura de camino. Cuando llegué a la puerta, me incliné hacia delante, como si llevara algo pesado en el cubo de basura y estuviera costándome arrastrarlo, y me cubrí con la fregona la cara, que de todos modos mantenía gacha.
Abrí la puerta y entré; en el interior me detuve, esperando. Si la chica de la portería había visto algo y venía a investigar, estaría aquí pronto, y si eso sucedía, quería tener la puerta abierta para desaparecer con la mayor rapidez posible.
Conté treinta tensos segundos, después solté aire lentamente. Bien. Probablemente ni siquiera había percibido el movimiento en el monitor. Quizá estaba tomando demasiadas precauciones.
Como si eso fuera posible.
Cerré la puerta con el cerrojo, dejé la fregona y el cubo de basura junto a ella y me encaminé hacia la escalera que había al lado de los ascensores. Un minuto después, llegué al octavo piso.
Saqué del maletín los programas del Centro Japonés, caminé hasta el 811 y llamé a la puerta. Si alguien respondía, le preguntaría en mi inglés con fuerte acento japonés si estaba interesado en las fantásticas actividades culturales programadas por el Centro para el invierno y dejaría una de las octavillas para apoyar la historia. Después haría una reverencia, me largaría e inventaría otro modo de llegar hasta Crawley.
Pero nadie respondió. Llamé al timbre. De nuevo, no hubo respuesta.
Me giré y pegué uno de los programas en la puerta que quedaba enfrente de la de Crawley para cubrir la mirilla. Era mediodía y el complejo estaba tranquilo; sin duda, la mayoría de los residentes estarían en el trabajo. Con todo, era mejor no arriesgarse a que alguien mirara por la mirilla durante el minuto que podía tardar en entrar.
La puerta tenía dos cerrojos: el pomo y un pestillo encima de él. El pomo sería una broma. El pestillo era un Schlage. Parecía una unidad ordinaria de cinco dientes, nada de alta seguridad.
Volví a meter los programas en el maletín y saqué mi llavero. En él, como siempre, había varias hojas de metal muy finas que sabía por experiencia que funcionaban bien como ganzúas en la mayoría de puertas de casas particulares y cerraduras de baja seguridad. Después, saqué el rotulador de plástico que había comprado en la tienda. Rompí la pinza de metal del capuchón y la metí en la cerradura del pomo, girándola ligeramente para alzar el tensor. Después abrí uno de los pasadores. Tuve el cerrojo abierto en menos de diez segundos.
El cerrojo superior me costó un poco más, pero no mucho. La clave es la práctica. Puedes comprarte todos los libros y vídeos sobre apertura de cerraduras que quieras —hay muchos en el mercado—, pero si quieres empezar con buen pie, cómprate las herramientas: guarda, clavija, palanca, borne, gacheta, candado y carrete. Tienes que hacerte tú mismo las ganzúas porque el material ya montado es ilegal si no eres cerrajero. Imita las condiciones reales: guantes, oscuridad, limitaciones de tiempo; haz ejercicio para acelerar el pulso, te temblarán un poco las manos. Es mucho trabajo. Pero vale la pena cuando llega el momento.
Cuando hube abierto el cerrojo, me metí las ganzúas en el bolsillo y abrí la puerta.
—¿Hola? —grité.
No hubo respuesta.
Arranqué el folleto de la puerta de delante y entré en el apartamento de Crawley. Cerré la puerta tras de mí.
Me adentré. Hice un rápido repaso visual: paredes beis, alfombra beis, suelo de linóleo en la cocina a mi derecha, gran ventana panorámica parcialmente oculta por persianas venecianas blancas, muebles a juego de estilo Ikea (sofá futón, sillones, una mesilla de café negra con ejemplares de Forbes y Foreign Affairs), estanterías llenas de libros serios sobre historia y ciencias políticas, un escritorio y una silla de cuero negro, un gran televisor y altavoces, un par de macetas.
A mi izquierda había un par de puertas correderas. Las abrí y vi una lavadora y una secadora.
La cocina estaba a mi derecha. Entré y miré a mi alrededor. La nevera tenía un cartón de leche desnatada de cuarto de litro, algunos yogures, una fiambrera con pasta, un tarro con salsa de espaguetis. Todo limpio, ordenado, eficiente. Un lugar funcional, utilizado para preparar e ingerir comidas sencillas y nada más que eso. Parecía que Crawley vivía solo. Soltero, o divorciado sin hijos. Los niños, con los derechos de visita, habrían requerido un lugar más grande.
El dormitorio y el lavabo eran más de lo mismo. En el dormitorio había una cama inmensa sobre una plataforma, pero sólo una mesilla de noche con una lámpara de lectura y despertador digital. En el baño, artículos para hombre colocados ordenadamente alrededor del lavamanos. Una toalla blanca colgaba de la puerta de cristal de la ducha, plegada en ángulos rectos. Me quité el guante un momento y la toqué. Estaba ligeramente húmeda, sin duda de la ducha de aquella mañana.
Imaginé a Crawley regresando por la tarde. Cómo se moviera por la habitación determinaría el lugar en el que debía esconderme. ¿Dónde miraría primero? Va, entra, deja el correo en la mesilla de café. Fuera hace frío; probablemente lleve abrigo. Siguiente paso: ¿el armario?
Había un gran armario junto a la sala de estar. Lo miré: cajas de un equipo de música, un aspirador, un juego de pesas bajo una gruesa capa de polvo, y un colgador de madera recia para colgar la ropa, alargado, con un puñado de perchas de plástico sin utilizar. El colgador se sostenía por el centro con una alcayata clavada en la pared. Tiré hacia abajo y me pareció suficientemente resistente. Perfecto.
Sin embargo, no había abrigos. Ese armario parecía ser utilizado para el almacenaje a largo plazo. Volví al dormitorio. En la pared adyacente al baño había un armario tras un par de puertas correderas. Las abrí. Sí, aquél era el armario de la ropa: cuatro trajes y una percha vacía para un quinto, cinco camisas, cinco perchas vacías más (una camisa puesta, supuse, y cuatro en la tintorería), una docena de corbatas, un abrigo, una chaqueta corta de cuero, una percha vacía más.
Me di cuenta de que era un hombre ordenado, un hombre al que le gustaba que las cosas estuvieran en su sitio. Muy bien, deja el correo, después viene directamente al dormitorio, cuelga el abrigo en el armario. Probablemente haga lo mismo con el traje, quizá use el baño y después vuelta a la sala de estar para ver el correo, enciende la CNN o C-SPAN, quizá va a la cocina para comer algo. Perfecto.
Regresé al armario de la entrada y saqué la porra eléctrica. Ya la había probado durante el trayecto desde Washington y había funcionado tal como se anunciaba, trazando un bonito arco azul de electricidad entre los electrodos al pulsar un discreto gatillo lateral. Extendí parte del plástico sobre el suelo del armario, saqué otros objetos del maletín, me quité el impermeable, lo plegué y lo dejé con el resto de cosas de la maleta sobre el plástico. No quería partículas de la alfombra en mi ropa. Las botas de agua que llevaba sobre los zapatos protegerían mis pies. Después me senté en una de las sillas de cuero y esperé.
La sala se iluminó brevemente cuando el sol se puso al otro lado de la ventana panorámica, después se oscureció gradualmente cuando se hizo de noche. Encendí las luces del armario. El modo de visión nocturna no sería útil en aquel caso; Crawley encendería las luces cuando entrara, y yo no quería tener que adaptarme.
Cada media hora me levantaba y me movía para seguir ágil. El café estaba haciendo su presencia ahora, y tuve que orinar tres veces. Utilicé el lavamanos del baño con el agua encendida para que el lavabo no estuviera en marcha cuando Crawley entrara y le alertara de la presencia de un intruso.
No tirar de la cadena sería inaceptable por razones similares.
A las ocho, justo después de una de esas rápidas visitas al baño, oí el sonido de una llave en la cerradura. Me levanté sin hacer ruido y me dirigí al armario. Mantuve la puerta entreabierta, apagué la luz y sostuve la porra eléctrica en la mano derecha.
Un instante después, oí que la puerta del apartamento se abría. Las luces no se encendieron. Suaves pisadas en la alfombra. Ahí estaba, pasando junto a mí. Advertí el cabello rizado, rubio, los rasgos delgados que había visto en las fotografías que Dox había tomado. Vi que caminaba por la sala de estar. Tiró el correo a la mesilla de café. Sonreí. Soy adivino.
Se quitó una gabardina color aceituna, cogió una revista y pasó de nuevo ante mí hacia el dormitorio. Pasó un minuto, después otro. Y otro.
Estaba tardando más en regresar a mi posición de lo que esperaba. Después me di cuenta: estaba en el lavabo, probablemente leyendo la revista. Había planeado esperar hasta que regresara a la sala de estar, pero aquélla era una buena oportunidad de adelantarme. Cogí el plástico que me había sobrado y la cinta aislante y salí del armario.
Entré en el dormitorio y me quedé junto a la puerta abierta del baño. Vi la gabardina, un traje, una camisa y una corbata sobre la cama. Puse el plástico y la cinta sobre la alfombra.
Pasó otro minuto. Oí que se levantaba. Sonó la cadena. Sostuve la porra eléctrica en la mano derecha a la altura de la cadera, con el pulgar en el gatillo. Respiré superficialmente por la boca.
Oí pasos sobre las baldosas, después vi su perfil cuando salió del baño, vistiendo sólo una camiseta y calzoncillos a juego. Di un paso adelante. Su cabeza empezó a volverse hacia mí, y su cuerpo vaciló de sorpresa y alarma. Lancé la porra contra su torso y apreté el gatillo. Sus dientes castañetearon y se cerraron, y él cayó hacia atrás contra la puerta.
Después de cuatro o cinco segundos, tiempo suficiente para asegurarme de que su sistema nervioso central estaba adecuadamente desactivado, solté el gatillo y le deposité en el suelo. Estaba gruñendo como lo hace quien recibe un fuerte golpe en el plexo solar. Parpadeaba rápidamente.
Extendí el plástico en el suelo y le hice rodar hasta él. Le puse los brazos a los lados, después le envolví el cuerpo con el plástico y lo aseguré con cinta aislante, primero a la altura de las muñecas, después de los tobillos. Empezó a recuperarse, de manera que volví a sacudirlo con la porra eléctrica. Cuando los efectos empezaron a desaparecer por segunda vez, lo tenía perfectamente momificado en plástico y cinta aislante. Aparte de la cabeza y los dedos de los pies, estaba inmovilizado.
Cogí una almohada de la cama y se la puse bajo la base del cráneo para que pudiera verme mejor. Además de eso, no se haría daño en la nuca si se convulsionaba. Mi preocupación tenía menos que ver con la consideración por él que con lo que pudiera mostrar en un examen forense.
Me puse de cuclillas a su lado y lo miré a los ojos. Primero parpadeó y apartó la mirada. Después, su mirada se estabilizó y recuperó la claridad. Al final, se le salían los ojos de las órbitas al reconocerme aterrorizado. Intentó moverse y, cuando descubrió que no podía, empezó a hiperventilarse.
—Cálmate —le dije, con la voz baja y tranquilizadora—. No voy a hacerte daño. —Lo cual, en cierto sentido, era cierto.
La hiperventilación prosiguió.
—Entonces… ¿por qué me has inmovilizado? —dijo entre jadeos.
No era una mala pregunta. Decidí ser franco con él, al menos en parte.
—Tienes razón —le dije—. Déjame corregir lo que he dicho. No voy a hacerte daño si me dices lo que quiero saber.
Tragó saliva con dificultades y asintió. Todavía tenía los ojos abiertos de par en par, pero vi que hacía un esfuerzo por recuperar la compostura.
—Muy bien —dijo—. De acuerdo.
Hice una pausa para darle tiempo de comprender su nueva situación. Ese tipo, obviamente, no era un caso especialmente difícil. Sí, trabajaba para la Agencia, pero era un chico universitario, no uno de los paramilitares. La última violencia que había visto en persona probablemente había tenido lugar en el patio del instituto. Y ahora, de repente, estaba atado e indefenso, con un reconocido asesino acuclillado a su lado, mirándolo como si fuera una rana a la que va a disecar. Claro que estaba aterrorizado. Y eso era bueno. Si yo gestionaba ese terror adecuadamente, había probabilidades razonables de que me dijera lo que yo quería saber.
—Muy bien, Crawley —dije—. Supongo que el tema sobre el que debemos hablar es por qué un buen tipo como tú quiere que me maten.
Frunció los labios y volvió a tragar saliva; la respiración le silbaba por la nariz. Vi que estaba tratando de decidir cómo hacer frente a aquello. ¿Negándolo todo? ¿Culpando a otro? ¿Confesando y pidiendo piedad? ¿Una mezcla de todo?
Al observar cómo trataba frenéticamente de llegar a alguna conclusión, sopesando los pros y los contras del escaso número de posibilidades que tenía ante sí, percibí que se daba cuenta de que yo sabía lo que estaba pensando, que ya lo había visto antes y sabría cómo tratarlo independientemente de la ruta que decidiera tomar. Así que probablemente no lo negaría todo desde el principio. No, parecía sensato, hasta astuto. Probablemente estaba pensando: «No lo niegues, no estaría aquí si su información no fuera buena. Y si no lo niegas, si confiesas hasta cierto punto, estará más inclinado a creer lo que siga». Sería una variación del juego de las botas de agua que acababa de jugar con la anciana del caminador. Y él probablemente haría un buen trabajo. Muchos de esos tipos que trabajan para el Gobierno son hábiles mintiendo.
«Veamos —pensé, haciendo una apuesta mental conmigo mismo—. Probablemente dirá algo así como: "Sólo estaba siguiendo órdenes".»
—No soy yo —dijo. Gané la apuesta—. Es otro.
—¿Quién?
—Es… Por el amor de Dios, ¡no puedo decirte estas cosas!
—Pero no eres tú.
La esperanza brilló en sus ojos.
—Sí, eso es.
Suspiré.
—¿Hay otro Charles Crawley por ahí que es como tú y huele como tú? — pregunté.
—¿Qué?
—Un gemelo. ¿No tienes un gemelo?
—¿Qué? No, no.
—Eso me parecía. Pero veamos, es raro. Porque un tipo que es exactamente como tú, y también se llama Crawley, aunque se hacía llamar Johnson, acudió a un agente especial recientemente y le ofreció cien mil dólares a cambio de eliminarme. Acudió a él personalmente.
Miró a su derecha, un signo neurolingüístico de imaginación, no de recuerdo. Estaba tratando de inventarse algo, de encontrar una salida del callejón en el que se acababa de meter él solo.
—Quizá, no lo sé —dijo—. Quizá hay alguien que utiliza mi nombre, que me tiende una trampa.
Volví a suspirar.
—El agente en cuestión llevaba un teléfono móvil con cámara digital — dije—. Te sacó media docena de fotos.
Sus pupilas se dilataron. Se lamió los labios.
—Me temo que esto no va a acabar del modo que ambos queríamos.
—Muy bien, muy bien, lo siento, sólo tenía miedo. Era yo. Pero no quería hacer lo que hice, sólo… No tenía otra opción.
—Te escucho.
Respiró profundamente.
—Te contrataron para… para seguir a alguien recientemente. El problema que tienes es con esa persona.
Negué con la cabeza, asqueado. Sé por experiencia que los burócratas son al asesinato lo que los victorianos al sexo: no pueden llamarlo por su nombre.
Esperé, dejando que la presión del silencio le acuciara. Pero se mantuvo tranquilo, resistiendo el impulso a hablar. Muy bien, plan B.
Cogí la porra eléctrica y la sostuve a un centímetro de sus ojos, después apreté el gatillo. Afilados zarcillos azules de electricidad caracolearon entre los electrodos, y el acre olor del ozono prendió el aire. Él trató de apartar la cabeza, pero no podía ir a ningún lado.
Solté el gatillo.
—Recuerda, Crawley, mi compromiso de no hacerte daño iba acompañado por una condición. No nos carguemos la condición, ¿de acuerdo?
Lo cierto era que no quería hacerle daño. El miedo es un motivador más potente que el dolor. El miedo es pura anticipación, imaginación. El dolor es real y cuantificable. Una vez empieza el dolor, la persona deja de tenerle miedo, porque está allí, sucediendo. La persona puede pensar: «Muy bien, esto es malo, pero puedo soportarlo». Y puede tener razón. Así que cuando estás interrogando a alguien, una vez has empezado a hacerle daño, ya has perdido parte de tu ventaja. Quería evitar eso si podía.
Bajé la porra electrónica.
—Es importante que no nos escondamos tras eufemismos, vagas referencias y pronombres indefinidos, ¿de acuerdo? —dije, como si fuera un niño y yo estuviera explicándole las reglas de la clase—. Es importante que me digas exactamente quién iba a por mí y por qué. Si resulta que tú eres sólo un simple eslabón de la cadena, sobrevivirás a esta conversación.
Ahora le había dado un poco de esperanza. Lo único que tenía que hacer para salvar el culo era traicionar a unas cuantas personas.
«Miedo al dolor, esperanza de liberarse. Cuatro de cada cinco interrogadores interrogados recomiendan esta combinación para…»
—De acuerdo —dijo, asintiendo contra la almohada—, de acuerdo. Si te cuento todo lo que sé, ¿me prometes que me soltarás?
Negación. Algo patético, en realidad. Pero hay gente que lo necesita en tiempos adversos. Crawley, al parecer, era uno de ellos.
—Sí —dije—. Pero recuerda que yo ya sé muchas cosas. De otro modo, no estaría aquí. Así que sabré si te estás dejando algo.
—Lo entiendo —dijo, asintiendo, mientras veía que la puerta se abría un poco más—. No me dejaré nada.
No añadí ningún comentario más. Después de un momento, volvió a respirar hondo y dijo:
—El hombre al que debías… seguir. Descubrió tu presencia. Así es como empezó todo esto.
—Di su nombre.
—¿Su nombre?
—¿Qué te acabo de decir acerca de la vaguedad? ¿Estás tratando de comprobar cuánto estoy dispuesto a soportar? Di su puto nombre.
Se produjo una pausa, durante la cual pareció marearse.
—Belghazi —dijo.
—Muy bien. ¿Cómo «descubrió» Belghazi mi presencia?
—Alguien fue enviado a Macao para matarlo. Al menos, eso cree. Un francés llamado Nuchi, un contratista independiente con muchos contactos en el Medio Oriente. Apareció muerto en Macao hace menos de una semana con el cuello roto, al mismo tiempo que el hombre…, que Belghazi resultaba estar allí. Belghazi quiso saber qué sucedió. Si sabíamos que habían mandado a ese tipo, cosas así.
—¿Qué le dijisteis?
—Que no sabíamos nada de eso. Lo que resultó ser cierto. Con la salvedad de que, cuando empecé a investigar la situación, descubrí que nosotros habíamos mandado a alguien, aunque no a Nuchi. Te habíamos mandado a ti.
—¿Pero no mandasteis al otro?
—¿Quién puede estar seguro? Esta mierda obviamente está siendo organizada por canales externos, de lo contrario nunca te habrían mandado a ti. Pero no creo que ni siquiera los idiotas que decidieron mandarte fueran tan estúpidos de enviar a dos agentes a la misma operación sin informarles antes.
Le estaba cogiendo gusto a hablar, lo que era bueno. Quería que siguiera, que continuara fomentando su recién descubierta locuacidad. De ese modo, estaría acostumbrado a la dinámica cuando llegáramos al centro del asunto, momento en el que el acto de traicionar secretos no le parecería mucho más de lo que ya había hecho y dicho. En contra de lo creído popularmente, un buen interrogatorio es mucho más una seducción que una tortura.
—¿Quién crees que mandó a Nuchi? —pregunté.
Negó con la cabeza.
—Nadie lo sabe. Nuchi trabaja por contrato con varios gobiernos y grupos terroristas árabes, así que la explicación más probable es que estaba trabajando para uno de sus clientes habituales: quizá alguien que había sido engañado por Belghazi, quizá alguien que quería meter la mano en las fuentes o las redes de Belghazi. En realidad, es bueno que el tipo esté muerto. Si lo hiciste tú, tendrían que darte una medalla.
—Pero en lugar de una medalla, tú avisaste a Belghazi de que yo iba a por él.
Se produjo una pausa durante la cual él forcejeó en silencio con la idea de que yo ya sabía aquello. Siempre que sea posible, tienes que darle la impresión al interrogado de que ya sabes todo lo que va a decirte. Eso le hace temer guardarse algo, y le ayuda a tener una excusa para contarlo todo: a fin de cuentas, no está diciendo nada que tú no sepas.
—Sí —dijo después de un momento—. Le avisamos.
«Le avisamos. Nosotros —pensé—. Otra vez.»
—Me gustaría saber por qué —dije.
Cerró los ojos, de nuevo con el aspecto de estar enfermo.
—Hay… una relación ahí —dijo, al cabo de un momento.
«Otra vaga referencia», pensé. Pero esperé si encontraría un camino que lo llevara más allá del atolladero provocado por su deseo de proteger la información, por un lado, y por el deseo de seguir con vida cuando yo me marchara de su apartamento, por el otro.
—Nos da información —dijo finalmente—. Y nosotros… lo protegemos.
—Así que Belghazi es un colaborador de la CIA —dije, con un tono que indicaba que aquello no era una gran revelación para mí, aunque en realidad estaba sorprendido.
Palideció al oírlo en voz alta.
—Más o menos. No es un colaborador oficial, no ha sido entrenado para ello, como fuente es demasiado sensible y no podemos arriesgarnos a que la relación sea conocida fuera de la división. Pero nos da información.
—¿A la División Oriente Medio? —pregunté, demostrándole que ya sabía muchas cosas.
—Cielos —dijo—. ¿Cómo lo…? Sí, a la División Oriente Medio.
—¿Y la información que os da es relativa a…?
Suspiró, quizá tratando de racionalizarlo en cierta medida. «Bueno, he llegado hasta aquí, qué mal puede hacer, y además probablemente lo sabe casi todo…»
—Relativa al tráfico de armas, especialmente material para la fabricación de armas de destrucción masiva, con grupos que podrían utilizarlas contra Estados Unidos.
—¿Materiales?
—Materiales para la fabricación de armas de destrucción masiva: uranio enriquecido, diseños centrífugos nucleares, ántrax, EMPTA (un elemento químico utilizado en la producción de gas VX), etcétera.
—Estoy confundido —dije—. Creía que Belghazi estaba muy implicado en todo eso.
Negó con la cabeza.
—Belghazi vende material de la vieja escuela: pistolas, C-4 y RPG; material al que ya estamos acostumbrados y con el que podemos convivir.
—No sabía que la CIA podía ser tan acomodaticia.
—Mira, ¿de dónde crees que sacamos información sobre las armas de destrucción masiva? ¿De niños que cantan en coros? ¿De ganadores del Premio Nobel de la Paz? Sí, Belghazi es malo, pero es un ángel comparado con alguno de los personajes que estamos tratando de detener.
—Así que os da información sobre algunos de los tipos realmente malos…
—Y a cambio lo protegemos, le dejamos continuar con su negocio. —Se detuvo y me miró—. Oye, estoy cooperando. ¿Puedes desatarme? Creo que me está cortando la circulación.
«Buen intento», pensé. Lo até de tal manera que la presión de las ataduras quedara extremadamente distribuida y no le dejara marcas. En consecuencia, a su circulación no podía pasarle nada.
—Lo estás haciendo bien —dije—. Si sigues así, te desataré lo suficiente para que puedas quitarte el resto de ataduras tú mismo y yo me marcharé.
—De acuerdo —dijo, sin duda reconfortado por nuestra racional conversación, el civilizado estira y afloja del regateo. De nuevo, negación. Un tipo entra en tu apartamento, te espera, te deja sin sentido, te ata, pero (¡claro que sí!) confías en que cumplirá su palabra. Al menos si desesperadamente quieres creer que puedes confiar en él. El atronador triunfo de la esperanza, como sucede con frecuencia, imponiéndose al gris sentido común y el instinto.
—Así que Belghazi os da información y vosotros le dais protección — dije, tratando de obtener información adicional repitiendo lo que ya había dicho.
—Sí. No es un sistema infrecuente. Los departamentos de policía lo hacen constantemente. No podrían combatir el crimen sin eso.
—Belghazi es un chivato.
—Exactamente.
Me di cuenta de que había pasado de los detalles de la relación de la CIA con Belghazi a una conversación más general sobre esa clase de relaciones por parte de las fuerzas de seguridad. Un buen intento, pero estéril.
—Dices que «protegéis» a Belghazi —dije—. Cuéntame más de eso.
Se le dilataron las pupilas y la mirada se dirigió a la derecha. No quería decirme la verdad y estaba tratando de improvisar algo.
—Veo que no quieres hablar de esto, Crawley —dije— y que estás tratando de inventarte algo. Así que antes de que digas nada, debes saber que si percibo que me estás mintiendo, o siquiera que no me lo estás contando todo, voy a sacarte esa almohada de debajo de la cabeza y a asfixiarte con ella. Imagínatelo. —Sonreí como si sólo le estuviera deseando que tuviera un buen día.
Palideció y asintió rápidamente.
—Muy bien. A veces compartimos información con él; es decir, acerca de un traficante rival, otro trato que se está negociando. Belghazi puede utilizar esa clase de información para sabotear el otro trato, o hacer una oferta mejor. En dos ocasiones ha utilizado la información que le hemos dado para eliminar un rival, cosa que nosotros consideramos un desenlace indeseado. O si sabemos que está siendo observado por un servicio de inteligencia rival, o por los cuerpos de seguridad, le avisamos.
Asentí con la cabeza.
—Pero eso no es lo que querías decirme hace un momento —dije con el tono apesadumbrado, como si viera lo que iba a hacer después.
—No, no es cierto —dijo rápidamente—. También, a veces…, a veces, nosotros situamos a gente en el terreno. Supervisamos una entrega.
«Muy bien, allá vamos. El momento de la verdad.»
—Todo el rato hablas de «nosotros» —dije—. Dime quién más está implicado.
Cerró los ojos y asintió durante un largo rato, como si tratara de reconfortarse. Después dijo:
—Hay un viejo agente de la División Oriente Medio. Es un agente encubierto, con base en Hong Kong, vinculado al Centro Antiterrorista. Tiene mucha autonomía y mucha autoridad. Los otros agentes establecidos allí le dan mucho margen y mantienen una gran discreción.
—¿Por qué?
Suspiró.
—Los tipos del CAT se asustan fácilmente. El personal de la división en la zona no sabe qué hace el CAT. Cielos, normalmente ni yo sé qué hacen; mira cómo el CAT en Langley decidió que eliminaran a Belghazi, yo no tenía ni idea de eso. En cualquier caso, la filosofía es que esos tipos del CAT se dedican a la magia negra, creo que ni siquiera quiero saberlo. No hablan mucho de lo que hacen, pero están haciendo el trabajo de Dios, no hay que preguntar ni que decir nada, sólo dejarlos en paz e ir a tomar una copa con los sospechosos diplomáticos de costumbre, escribir un informe posterior a la acción y si te he visto, no me acuerdo.
—Ese tipo en Hong Kong…
—Conoce a Belghazi de su época en la División.
Finalmente, el vínculo que había estado buscando: Belghazi con el agente encubierto de Crawley.
Sin embargo, Hong Kong… Algo en la conexión de Hong Kong me inquietaba. No estaba seguro de qué era.
—¿Fue gracias a ese tipo, el agente encubierto, como supiste de mí? — pregunté.
Asintió.
—Cuéntamelo —dije.
Tragó saliva.
—Belghazi llamó al agente encubierto preguntándole por el francés muerto. El agente encubierto se puso en contacto con el cuartel general del C AT. Descubrió que Belghazi estaba en la lista de objetivos en infraestructura terrorista, que habíamos mandado a alguien a por él a Macao.
—¿A quién?
Asintió.
—Sólo tu nombre. Pero la Agencia tiene todo un fichero sobre ti. Una vez tuve tu nombre, no me fue difícil obtener el fichero en Documentación Central.
—¿Qué decía en el fichero?
—Ya lo sabes, tu historial: una biografía, ubicación sospechada y actividades.
—¿Qué más?
—Sólo una vieja foto. Eso es todo.
Pensé en la fotografía, en cómo Belghazi se había percatado de mi presencia en el Lisboa. Si la fotografía era de mi época militar, y di por hecho que así era, estaba desfasada desde hacía tres décadas y no tendría en cuenta la cirugía plástica que me había hecho. Sin embargo, debió de ser suficiente para que Belghazi confirmara mi identidad. O puede que la digitalizaran y la pusieran al día. «Sí, era él —lo imaginé diciendo—. El cabrón se sentó a mi lado en la sala VIP del Lisboa, la misma noche en que me puse enfermo. Maldita sea, seguramente me envenenó.»
Después debieron de repartir copias entre el equipo saudí en Hong Kong y Macao. Estuve en lo cierto sobre la forma en que aquel observante me escudriñaba.
—¿Con quién más te pusiste en contacto? —pregunté, ocultando la irritación que estaba sintiendo al pensar en esos idiotas que implacablemente, por inercia, arruinaban la pequeña paz que de otro modo hubiera podido tener.
Me miró, y me percaté de que se preguntaba cuánto sabía yo, cuánto iba a poder callarse.
—Gente en Japón —dijo—. Uno de los oficiales de la Delegación de Tokio. Porque el fichero decía que estabas instalado allí.
—¿Kanezaki?
Sus ojos se abrieron como platos.
—Por el amor de Dios —dijo.
—¿Qué te dijo Kanezaki?
—No mucho —dijo, recuperando un poco la compostura—. Es un capullo.
Casi sonreí. Desde mi punto de vista, era la mejor referencia al carácter de Kanezaki que podía haber recibido jamás.
—¿Quién más?
—El enlace japonés, Kay-kay no sé qué.
—Keisatsucho. —El disfraz de Tatsu.
—Sí. Ellos también tenían un fichero sobre ti.
—¿Qué sabes de una mujer llamada Delilah? —pregunté, tratando de cogerlo con la guardia baja, para ver si reaccionaba.
—¿Delilah?
—Mujer rubia, cosmopolita, probablemente israelí, quizá europea. Está con Belghazi.
Negó con la cabeza.
—Nunca he oído hablar de ella. ¿Es israelí y está con Belghazi?
Lo miré, ignorando la pregunta. No me pareció que sus ojos ocultaran nada.
Miré mi reloj. Llevábamos hablando cinco minutos.
—¿Qué está haciendo Belghazi en Macao? —pregunté.
—Lo que hace siempre: reunirse con clientes, comprobar que la infraestructura de transporte está en su sitio, supervisar una entrega, cosas así. Negocios en Hong Kong, juego en Macao. Le gusta jugar.
Asentí, pensando. Muy bien, la historia de Dox, la historia de Kanezaki, la historia de Tatsu: las cosas estaban cuadrando.
Un momento. Dox. Ésa era la conexión en Hong Kong, la cosa que me había fastidiado hacía un instante. Dox había utilizado una fotografía para encontrarme allí. Y al parecer, tenía algunos contactos locales, suficientes para conseguir toda la cooperación del personal de un hotel en un «asunto policial».
—¿Quién es el agente encubierto? —pregunté.
—Te lo he dicho, un antiguo oficial de la División Oriente Medio, ahora unido al CAT.
—Su nombre.
Su respiración se entrecortó y se aceleró.
—Por favor, no me pidas que te diga eso. ¿Para qué lo necesitas, de todos modos? Por favor, no puedo decirte algo así. Te he dicho todo lo demás, ¡en serio!
Había creído que, a esas alturas, ya llevaríamos suficiente impulso para evitar esa clase de frenazo. Al parecer, estaba equivocado.
—¿Crees que si él estuviera en tu lugar, moriría antes de dar tu nombre? —pregunté—. Porque eso es lo que has elegido hacer.
—No sé qué haría. No puedo… No puedo darte el nombre de otro oficial. Lo siento, no puedo.
—Dos cosas —dije—. En primer lugar, estoy seguro al ochenta por ciento de saber quién es, sólo quiero una confirmación. —Eso era mentira, por supuesto, pero quería que a Crawley le fuera más fácil hallar una excusa si es que optaba por decírmelo—. En segundo lugar, sólo estoy interesado en él porque puede acercarme a Belghazi. Así que, si no me dices su nombre, vas a morir para proteger a Belghazi, no para proteger al personal de la Agencia.
Cerró los ojos y las lágrimas empezaron a llenarle los ojos.
—Lo siento —dijo a la vez que negaba con la cabeza—. Lo siento.
Mierda, su esperanza, real o falsa, se estaba desvaneciendo. Mi influencia en él se estaría desvaneciendo con ella.
—El agente al que acudiste —dije, ahora tentativamente—, para que me eliminara. Se hace llamar Dox. ¿Es él el agente encubierto?
No respondió, y me di cuenta de que ni siquiera podía oírme. Había tomado una decisión y ya había aceptado sus consecuencias. Podría haber tratado de torturarlo, pero no quería hacerlo. Los beneficios de la información obtenida gracias a la tortura son normalmente mínimos. Los costes para la mente suelen ser importantes.
Sin embargo, el siguiente paso no iba a ser agradable. Había hablado con él, interactuado con él, visto sus lágrimas, su miedo y su insensata lealtad. Todo garantizaba penetrar a través de décadas de un endurecimiento emocional para recordarme que era otro ser humano cuya vida iba a sesgar.
Pero no tenía otra opción. No podía dejarlo vivo después de nuestro encuentro. Advertiría a Belghazi, advertiría al agente encubierto en Hong Kong. Y había mencionado a Delilah. Si le hablaba a Belghazi de ella, estaría muerta aquella misma noche.
Me pregunté brevemente si le había mencionado el nombre para forzar la mano, para aclarar si, al perdonarle la vida, estaría acabando con la de ella.
Me recordé que había intentado que me mataran, y que, si podía, volvería a hacerlo.
«No pienses. Hazlo.»
Sentí una válvula cerrarse sobre mi empatía como la tapa de un compartimento estanco. La tapa se abriría más tarde, lo sabía, a medida que la presión creciera debajo de ella, pero se mantendría en su lugar el tiempo suficiente para que yo acabara lo que tenía entre manos.
Cogí la porra eléctrica y volví a soltarle una descarga. Él se sacudió violentamente a causa del choque, pero la almohada impidió que se golpeara la cabeza. Al cabo de unos diez segundos, solté el gatillo y dejé el arma a un lado.
Lo senté y me coloqué tras él. Engarcé mis piernas con las suyas, le pasé los brazos alrededor del cuello con un hadaka-jime de estrangulación y me eché hacia atrás sobre el suelo cubierto de plástico para que mi cuerpo quedara debajo del suyo. Lo estrangulé cuidadosamente, utilizando sólo la fuerza necesaria para cerrarle las carótidas, pero no lo suficiente para dañarle la tráquea o dejarle moratones. No hizo ningún sonido y quedó inconsciente al cabo de segundos. Lo sostuve de esa forma durante varios minutos, hasta que su inconsciencia se convirtió en la muerte.
Me levanté y lo arrastré hasta el armario de la sala de estar. El plástico apenas oponía resistencia sobre la alfombra, lo cual hacía más fácil el trabajo.
Lo dejé bajo el colgador en el armario de almacenaje y regresé a la sala de estar. Me gusta ir limpiando de camino: a cada paso, recoger una cosa. Repetir. Así es más fácil no olvidar nada.
Recogí la cinta aislante, después me di cuenta de algo: una franja en la alfombra en la que las fibras habían quedado aplastadas en la misma dirección tras su recorrido sobre el plástico. Caminé en una y otra dirección sobre la franja hasta que quedó arreglado.
Volví al armario, corté la cinta aislante y le quité el plástico con el cúter. Me di cuenta de que tenía los calzoncillos húmedos: se había meado al perder la conciencia y morir. No es infrecuente. Tenía suerte de que hubiera acabado de ir al baño, pues podría haber tenido mucho más que limpiar.
Abrí las puertas correderas que había cerca de la entrada y puse en marcha la lavadora. Añadí un poco de detergente y después volví al armario, donde le quité los calzoncillos y la camiseta a Crawley. Los metí en la lavadora. Después cogí un par de trapos del baño y lo limpié con ellos. También ésos fueron a la lavadora, junto con los contenidos de una bolsa de tintorería de plástico que estaba sobre la secadora. Era un pequeño detalle, pero no hay que dejar cabos sueltos: «¿Por qué el hombre muerto lavó sólo sus calzoncillos, una camiseta y dos trapos? ¿Por qué no lavó el resto de la colada?». También me tomé la molestia de colgar su abrigo, traje, camiseta y corbata en el armario ropero.
Me quité los guantes de piel de ciervo que llevaba, fui al armario de los trastos y me puse los de látex. Cogí la gelatina y me dirigí al baño, donde metí la mitad del contenido del tubo en el lavamanos, mojándolo todo con agua caliente. De nuevo en el armario, le puse las manos en el tubo para asegurarme de que estuviera personalizado con sus huellas digitales.
Dejé el tubo en el suelo e hice un nudo corredizo con la cuerda de tender. Le puse el nudo alrededor de la cabeza y pasé el otro extremo por encima del colgador, cerca de la alcayata, donde sería más resistente. Después utilicé la cuerda para ponerlo de rodillas. Se inclinó hacia delante varios grados, pero la cuerda lo sostuvo. Até el extremo al colgador, corté el resto excepto un metro y di un paso atrás.
La disminución del flujo de oxígeno al cerebro, llamada anoxia cerebral, puede intensificar algunas sensaciones, haciéndola, para algunos, un buen acompañamiento para la masturbación. La práctica es conocida como asfixia autoerótica y normalmente es un secreto hasta que el entusiasta muere accidentalmente en mitad de los procedimientos. Las estadísticas hacen que los deportes extremos parezcan bastante seguros en comparación: cada año mueren sólo en Estados Unidos entre quinientas y mil personas.
Miré a Crawley un momento. «La mil uno.»
Apliqué un poco de gelatina a su mano derecha y sus genitales, di un paso atrás y observé. Sí, tenía buena pinta. La vida privada de un burócrata del Departamento de Estado. La quintaesencia de la acartonada seriedad de Washington Beltway de día; prácticas de asfixia autoerótica de noche. En realidad, uno nunca sabe qué pasa al otro lado de la puerta de una casa, ni tampoco en los armarios.
Un repentino pensamiento me sobresaltó: «¿Era diestro, o zurdo?».
Hum, debería haber pensado en descubrirlo antes. Error. Pero al diablo, no pasaba nada. Quizá a la hora de darse placer era ambidiestro. ¿Quién podría decir lo contrario? Lo importante era que la CIA no querría que se supiera. Querrían manejar aquello rápidamente, en silencio y sin manchar. Lo llamarían una embolia, una pared del corazón débil, algo así, y, queriendo creer que ésa era la verdad, lo repetirían hasta creérselo. Aunque tuvieran sospechas, se mostrarían reacios a hacer algo que pudiera provocar una filtración; lo cual significaría menos presión para mí.
Me quité los guantes de látex, los metí en el maletín y volví a ponerme los de piel de ciervo. Me puse el abrigo. Enrollé el plástico, cogí el resto de objetos y lo metí todo en el maletín, que llevé a la sala de estar. Miré alrededor.
«Ahora al revés, empezando por el baño.» Lo comprobé todo dos veces. Después tres. Nada estaba fuera de lugar. No había signos reveladores. La lavadora estaba en el ciclo de enjuague. Las cosas de Crawley estarían limpias pronto.
Una última comprobación del armario. Todo en orden, Crawley incluido. Estaba inclinado hacia delante, la cuerda impedía que cayera de cara, y tenía los nudillos apoyados a ambos lados sobre la alfombra. «Bueno, hay maneras peores de palmarla», pensé. Y yo había visto muchas de ellas.
Normalmente, trabajo con importantes limitaciones temporales y no tengo la oportunidad de comprobarlo todo tres veces, y mucho menos para pensar una vez he hecho el trabajo. Pero esta vez sí la tenía.
Observé el cuerpo sin vida de Crawley, pensando en todas las muertes que había visto, en todas las muertes que había provocado, empezando por la de aquel desafortunado vietcong cerca del río Xe Kong hacía tantos años. Me pregunté qué estaría haciendo hoy aquel pobre desgraciado si nuestros caminos nunca se hubieran cruzado.
«Probablemente estaría muerto de todos modos —pensé—. Un accidente, una enfermedad o alguna otra cosa lo habría matado.»
Sí, quizá. O quizá habría vivido y hoy estaría casado con una hermosa chica vietnamita: un luchador; como en el pasado. Y tendrían tres o cuatro hijos, que venerarían a sus padres por los sacrificios que habían hecho durante la guerra. Quizá su primer nieto habría nacido recientemente. Quizá habría llorado a causa de una terrible alegría al abrazar al hijo de su hijo contra su delgado pecho, pensando en lo extraña que era la vida, en lo preciosa que era.
Quizá.
Suspiré mientras observaba el cuerpo raramente inclinado de Crawley. Parecía relajado, tranquilo, como con frecuencia les sucede a los cadáveres.
En los países desarrollados, la mayor parte de la gente se pasa la vida entera sin ni siquiera ver un cadáver o, si lo hace, es en un ataúd abierto, donde tiene un contexto y sólo ve la fachada pacífica y rubicunda del artificio de un trabajador de las pompas fúnebres. Cuando mueren mamá y papá, se encargan de ellos los desconocidos que trabajan en una residencia a dos pueblos de distancia. Los niños no tienen que ver su despedida. Ni siquiera tienen que verlos después. Sólo reciben una llamada —«sentimos tener que informarle»— a última hora de la noche de parte del director de la residencia, para quien esas llamadas son tan rutinarias como sacar la basura. La funeraria recoge el cadáver. El cementerio lo entierra. A menos que seas un profesional, puedes pasarte toda la vida sin ver a alguien en el momento de abandonar la suya.
La gente no sabe. La gente no sabe que la mandíbula se queda flácida, que la piel se vuelve al instante cerosa y amarilla, que los párpados se cierran fácilmente cuando les pasas la mano por encima. No conoce el horrible olor de la sangre y las entrañas, ni sabe que, aunque puedas lavarte el hedor de la piel, nada puede eliminarlo jamás de la memoria. No sabe otro centenar de cosas. También puedes preguntar por el mecanismo mediante el cual se sacrifica a los animales que se convierten en la carne de la mesa en que cena. Tampoco quiere saber nada de eso. Y las cosas están montadas de tal modo que no sea necesario.
A veces olvido la división que ese conocimiento produce, olvido que me distingue de los que no cargan con su peso. Pero, en realidad, eso no sucede casi nunca. Midori lo percibió desde el principio, creo, aunque no fue hasta más tarde cuando comprendió su esencia.
Sí, a veces olvido, pero nunca por mucho tiempo. Miro a los ignorantes que me rodean con desdén. O resentimiento. O envidia, cuando soy franco conmigo mismo. Siempre con distanciamiento. Siempre con una distancia que no tiene nada que ver con la geografía.
Me encaminé hacia la puerta y miré por la mirilla. No había nadie al otro lado.
Salí, asegurándome de que la puerta se cerraba tras de mí. Salí por la entrada principal, como cualquier otro vecino, que va a pasar la noche fuera. En el mostrador de la portería había otra persona. Aunque la chica universitaria hubiera estado allí, no me habría reconocido. El pequeño disfraz que había llevado antes había desaparecido, por supuesto; pero más que eso, yo era ahora una persona distinta. Entonces, había sido un tímido inmigrante con un impermeable barato que me sentaba mal, un visitante al edificio. Ahora caminaba como si aquel lugar fuera mío, un vecino con su abrigo de aspecto profesional, de camino a un coche extranjero y, por lo tanto, a un importante trabajo en la oficina, una posición responsable que sin duda requería, en ocasiones, trabajar por las noches.
Salí del edificio y crucé la calle. Me quité las botas de agua, las metí en el maletín y entré en el coche. Conduje varios kilómetros hasta otro centro comercial, donde me puse la ropa con la que estaba viajando: pantalones grises de estambre y un jersey ligero de lana merina con el cuello redondo color aceituna. Me volví a poner el abrigo y agradecí su calidez.
Durante la hora siguiente conduje por la Virginia suburbana, deteniéndome en gasolineras, tiendas y lugares de comida rápida, tirando cada vez una o dos reliquias del trabajo hecho con Crawley hasta que el maletín estuvo vacío y, también, lo dejé en el contenedor de un Roy Rogers. Lo tiré entre los otros restos y vi una pequeña avalancha de envoltorios de comida rápida caer sobre él y enterrarlo.
Volví caminando al coche. Los árboles sin hojas que había junto a la carretera parecían esqueléticos contra el cielo nocturno. Me detuve y contemplé un largo rato ese cielo, cualquier cosa que pudiera haber tras él.
«Oh, ¿te he ofendido? —pensé—. Adelante, pues. Mándame tu mejor disparo. Estoy aquí.»
No sucedió nada.
Pasó un minuto. Empecé a temblar.
De repente, estaba exhausto y hambriento. Necesitaba comer algo y encontrar un hotel.
Me metí en el coche y volví a salir a la carretera. Me sentía solo y muy lejos de casa.
Dondequiera que ésta estuviese.