Declara
Siete
universitario de Oxford -le murmuró Theodora mientras Hale lo seguía por el pasillo hacia el escritorio del oficial de guardia. La lentitud con que Theodora pronunciaba las palabras normalmente se había vuelto todavía más pronunciada mientras decía aquello.
–¿Cuál sería la alternativa? – preguntó Hale cautelosamente.
–Un puesto en Broadway. Continuar trabajando para el SIS, pero ahora en la nómina oficial. Se podría argumentar que su país lo necesita allí.
Y, como Hale volvería a descubrir veintiún años después, de pronto su carrera académica pasó a parecer un pasatiempo insignificante desde el momento en que supo que se había convertido en otro jugador más dentro de lo que Kipling había llamado el Gran Juego.
–¿Cuándo empiezo?
–Bueno, muchacho, pues hoy mismo. ¿Acaso pensaba que tendría derecho a un período de vacaciones? Estamos en guerra, tiene que haber leído sobre ello.
SIETE
Kuwait, 1963
Quieres conocer el Secreto, como quise yo.
Inclinado sobre el polvo lo busqué, y en las alturas
lo busqué en horrible huida de una estrella a otra, el vigía del Sultán del cielo estrellado.
Omar Jayyám, El Rubáiyát
Y detrás de la guerra abierta y temporal había habido una guerra secreta permanente, una que había empezado mucho antes de que Hale naciera y que aparentemente aún seguía agitándose, por encima o por debajo del radar de los titulares de los periódicos, en remotas regiones fronterizas y en el refugio de anónimos pasillos gubernamentales donde se jugaba el Gran Juego.
Desde su asiento de ventanilla en el lado de estribor del gran DC-8 de la BOAC, Hale contemplaba las nubes de tormenta que flotaban sobre el golfo Pérsico, y el inmutable quejido de fondo de los cuatro motores del reactor parecía subrayar el silencio astronómico del frente de tormenta suspendido en el cielo a varios kilómetros de él.
El Gran Juego. Kipling había empleado el término en su libro Kim, una novela sobre un joven huérfano británico, criado como un mendigo nativo en la India, que había llegado a convertirse en agente itinerante del Servicio Secreto británico del fin de siècle; y Hale se preguntó si aquel jefe que sólo tenía una pierna, al que había conocido treinta y tres años antes, habría sido un joven agente del servicio en aquellos tiempos. Durante la larga noche en el refugio antiaéreo Anderson, debajo de la cúspide amenazadora del monte Ararat en 1948, Philby contó a Hale que él mismo había nacido en la India durante los últimos días del Raj colonial, que había hablado el hindi antes que el inglés y que su padre le había puesto su apodo por el personaje de Kipling. Y muchos años después, Hale se encaminaba hacia «algún lugar al este de Suez», bajo la tapadera indeleble del deshonor y de la traición, para amenazar de muerte a Philby y luego para acompañarlo a… Ararat, una vez más.
El sol se ponía sobre el desierto árabe al otro lado del avión, iluminando los
asientos y los montantes superiores con tonos anaranjados fragmentados por las ventanillas. En otros años, en otros vuelos, Hale había contemplado a través de una ventanilla de plexiglás la sombra del avión proyectada por un sol naciente sobre las blancas superficies de las nubes cercanas, y la silueta del aparato, creciendo y encogiéndose bruscamente a medida que los contornos de las nubes iban quedando atrás. Siempre había estado en aquellos momentos en el centro de un arco iris completo, un círculo prismático perfecto que no se hallaba interrumpido por ningún horizonte; pero aquel anochecer las nubes en el nadir del este parecían encontrarse a medio mundo de distancia, dioses descomunales tallados en el marfil viejo del cielo por un Rodin sobrenatural. Allí donde estaría la sombra del DC-8, y ésta sería demasiado minúscula para que pudiera verse a aquella distancia infinita, una columna de cúmulos dorados llenaba un octavo del cielo, y haces y abanicos de una sombra tan oscura como la nicotina que abarcaban el mundo entero irradiaban del corazón de ella.
Abajo la costa saudí ya era casi invisible en la oscuridad, y las luces de Al Qatif o Qasr es Sabh apenas eran algo más que pequeños cúmulos y sartas de puntitos de luz amarilla. Bajo la bóveda púrpura del cielo, el este del horizonte estaba ocupado por nubarrones, iluminados desde dentro por destellos tan continuos como los de una cortina de fuego de artillería. Hale no vio el arco de ningún relámpago sino sólo los intensos estallidos de luz dentro de las nubes, que a veces se sucedían en un desfile casi simultáneo, avanzando desde el sur hacia el norte como una secuencia cronometrada de cargas explosivas en una demolición.
Se estremeció y se preguntó cómo sonaría la tormenta en los oídos de los infortunados marineros que pudieran encontrarse en el golfo durante aquella noche, y de qué manera parecería moverse la luz por encima de las aguas.
No podía apartar la mirada de aquellos colosales centinelas incandescentes en el confín del mundo, y aunque se resistió a él, e incluso llamó a la azafata agitando su vaso vacío para que volviera a llenárselo de escocés, el pensamiento logró abrirse paso hasta su consciencia: « Pueden verme, saben que he regresado».
Hale no durmió durante la hora que quedaba de vuelo, y cuando el DC-8
tomó tierra en el nuevo aeropuerto internacional de Al Kuwait estuvo entre los primeros que salieron del avión y bajaron a la pista por los peldaños de aluminio.
Aquella noche no llovía en Kuwait. El viento shamal que tan bien recordaba soplaba con sus frías ráfagas desde los pantanos iraquíes que se extendían por debajo del valle del Tigris y el Eufrates al noroeste, y Hale supo que tendría que comprar un abrigo a la primera oportunidad que se le presentara; pero también sabía que por la mañana el viento habría cambiado de dirección para llegar, más tolerable, desde el oeste. Y el mero hecho de volver a estar en Kuwait, incluso después de casi quince años, hizo que volviera a sentir la gratitud instintiva del bedu por los vientos invernales.
Los cálidos vientos suhaili no empezarían a soplar hasta el mes de abril y, junto con el agostamiento de la hierba del desierto, indicarían la proximidad del mortífero verano, cuando los bedus se verían privados de los pastos y tendrían que acampar miserablemente junto a sus pozos hasta que Canopus apareciera hacia el sur del cielo nocturno en el mes de septiembre. El día después de que se divisara por fin Canopus, como recordaba Hale, el calor del verano sufriría una palpable derrota y los odres de agua que se hubieran dejado fuera de la tienda durante aquella noche estarían fríos cuando llegara la mañana.
Aquella noche, mientras iba presurosamente hacia la terminal iluminada por los reflectores y palmeaba el bolsillo de su chaqueta, notando los cantos de su pasaporte de Andrew Hale, pensó que cuando llegara la mañana esos odres de agua ya se habrían llenado con el tintineo de la escarcha.
Después de una procesión rutinaria hasta dejar atrás el mostrador de la aduana (como había prometido Theodora, el nombre de Hale y el número de su pasaporte todavía no se habían comunicado), un rápido trayecto en taxi lo llevó hasta el nuevo Hotel Kuwait-Sheraton, que según las estimaciones de Hale se alzaba allí donde antaño el viejo muro de barro medio derrumbado había definido el ángulo suroeste de la ciudad. Desde el balcón de su habitación del sexto piso, Hale pudo ver carreteras brillantemente iluminadas y centros comerciales que se alejaban en todas
direcciones, y todos los edificios parecían ser de moderno cemento y cristal.
Encendió un cigarrillo con un fósforo, deseando una copa.
Había pasado la última hora del vuelo preguntándose si debía registrarse en un hotel o no hacerlo. Era una acción calculada para que al muy secreto servicio soviético le resultara un poco más fácil seguirle la pista, naturalmente, pero Hale acabó decidiendo que también se correspondía con el papel que debía interpretar. Según su historia de tapadera, Hale no había tenido tiempo de adquirir un pasaporte falso vigente en Inglaterra, y por ello los registros de la línea aérea y de la aduana indicarían con toda claridad que Andrew Hale había volado a Kuwait en cualquier caso; y registrarse en un hotel mostraba un confiado conocimiento de la mecánica del SIS: su inminente estatus como una «persona a ser detenida» podía haber provocado su arresto en la aduana, pero no provocaría un rápido peinado de los hoteles locales por parte del jefe de estación de Kuwait.
Y el hecho de que Hale fuera un fugitivo desesperado hacía que también tuviera sentido el que no intentara localizar nada más llegar a sus antiguos contactos en la ciudad cambiada. Las obligaciones de hospitalidad y protección se tomaban con una seriedad religiosa entre los árabes, pero Hale se había relacionado con sus contactos en calidad de agente intermediario, y en aquellos viejos tiempos no se había limitado a tratar exclusivamente con los ciudadanos más honorables… Y todavía se acordaba del viejo proverbio árabe: Cuando el camello se arrodilla porque está agotado, los cuchillos salen de las vainas.
Antes de volver a entrar en la habitación desvió la mirada hacia el oeste, que ya se había puesto tan oscuro como el resto del cielo. Muy lejos en aquella dirección, más allá del desierto sirio y de Damasco, en la orilla este del Mediterráneo, Philby lo esperaba sin saberlo en Beirut. ¿Cómo reaccionaría aquel hombre cuando un agente retirado del ya dispersado SOE contactara con él y lo amenazara?
Hale se acordó de las líneas de Cimbelino que Philby había recitado en el refugio debajo del Ararat: «Cuando las ramas cortadas de un cedro real,
muertas después de numerosos años, revivan, se unan al viejo tronco y reverdezcan…».
Elena también se encontraba en Beirut; al parecer había estado allí la noche anterior, al menos, y no había conseguido matar a Philby. ¿Cuánto tardaría en enterarse de la historia de tapadera de Hale y en recibir la noticia, cuidadosamente redactada, de que le había pegado un tiro al viejo Cassagnac? Si Hale llegaba a encontrarse con ella, no podría contarle la verdad que lo absolvería. Fueran cuales fueran las lealtades actuales de Elena, estaba claro que sus planes no podían ser más opuestos a la Operación Declara. Y Hale necesitaba desesperadamente completar el largamente retrasado ataque al Ararat, porque necesitaba justificar las muertes y mentes destrozadas de los cinco hombres a los que había llevado por aquel terrible camino en 1948. Y por eso debía permitir que Elena creyera que Hale había disparado y quizá matado a su viejo y leal amigo, que les había salvado la vida en Berlín.
Según Theodora, Año malo era la tira de papel que ella había cogido hacía dos días en Constantinopla.
En aquellos últimos catorce años, Hale había soñado frecuentemente con los breves momentos de intimidad con Elena en París y Berlín, e incluso durante sus horas de vigilia, mientras calificaba exámenes o paseaba por las verdes praderas del colegio universitario de Weybridge, había imaginado que de alguna manera volvía a encontrarse con ella una vez más y se había imaginado a sí mismo convenciéndola imposiblemente de que por fin se casara con él, a pesar de las últimas palabras que habían intercambiado en el camino del desfiladero de Ahora en 1948. Hale no se había casado y le gustaba suponer que, en el curso de aquella vida que él nunca llegaría a adivinar, Elena tampoco lo había hecho.
–El capitán de un barco puede celebrar matrimonios -había dicho Cassagnac con agotada jovialidad aquella noche de 1945 en Berlín, cuando los tres se agazapaban bajo la borda de un arca improvisada encima de la plataforma de un camión americano justo al este de la Puerta de Brandeburgo; y aunque cada uno empuñaba una pistola cargada, todo
parecía indicar que los tres morirían en minutos- y, por lo tanto, yo os declaro marido y mujer. Date prisa y besa a la novia antes de morir, Andrew.
Hale la había besado, sintiendo el sabor de la sangre del labio cortado de Elena en el beso, y luego ella también había besado a Cassagnac.
Lanzó el cigarrillo por encima de la barandilla del balcón del hotel, haciendo que saliera despedido sobre las espaciosas calles nuevas de aquel Kuwait que ya no era la ciudad que él recordaba, y vio cómo el arco luminoso de la colilla se perdía en la noche como una diminuta estrella fugaz.
Y su nueva y abatida plegaria fue que él y Elena nunca tuvieran que padecer el amargo, doloroso e inútil sufrimiento de volver a encontrarse.
Hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, la tapadera habitual para un agente del SIS que operase en el extranjero había sido la de encargado del control de pasaportes, el cual dependía de la Embajada británica local; pero cuando Hale había sido un agente del SIS en Kuwait a finales de los cuarenta, la organización de tapadera era la Oficina Combinada de Planificación y Desarrollo, la CRPO, conocida como Creepo.[3] Operaba
independientemente de la embajada y del consulado, y básicamente incluso del control de Whitehall, dado que una coincidencia en las iniciales hacía que una buena parte de la correspondencia secreta procedente de Londres fuera enviada por error a la Oficina Pagadora Combinada Regimental de Jerusalén, la otra CRPO, donde por regla general era extraviada.
Hale no había sido el primer agente intermediario enviado a Oriente Medio que se había fijado en las cualidades únicas de los bedus. Los pastores nómadas pasaban tan desapercibidos como los gitanos; apenas se podía distinguir una tribu de otra excepto entre ellos mismos, y podían atravesar las fronteras de Irak, de Arabia Saudí y de Transjordania sin llamar la atención ni dejar constancia de su paso; pero con la excepción de Lawrence
y del mayor de los Philby, probablemente muy pocos agentes intermediarios británicos habían vivido entre los bedus manteniendo una relación tan estrecha con ellos como lo había hecho Hale. Había reclutado agentes entre los jeques de las tribus muntafik, mutair y awazim del área bedu de Kuwait, e incluso de tribus tan alejadas como los jerba shammar en el valle del Tigris y el Eufrates y los bani sajr en Transjordania y, como hacían todos los agentes intermediarios, Hale había mantenido en secreto sus redes ante sus compañeros del SIS.
En aquella estación invernal, las tribus que había conocido sin duda se encontrarían dispersas por los desiertos de Irak y Arabia Saudí, persiguiendo las lluvias para apacentar sus rebaños de camellos; pero Hale también había establecido redes permanentes de apoyo entre los hadhira, los árabes de ciudad, y tenía la esperanza de que algunas todavía siguieran en su sitio.
A la mañana siguiente salió del hotel bajo un encapotado cielo invernal para volver a familiarizarse con la ciudad. Se llevó consigo el pasaporte y el dinero, no sólo porque eso formaba parte de la segunda naturaleza de un agente, sino también porque esperaba no tener que pasar otra noche en el Kuwait-Sheraton.
El boom petrolífero de Kuwait ya llevaba unos diez años en marcha cuando Hale estuvo allí por última vez, pero con el paso del tiempo las muestras de la riqueza del país se habían vuelto opulentamente obvias. En la acera de la avenida Fahad al-Salim, Hale sólo encontró arquitectura moderna: los relucientes grandes almacenes y bloques de oficinas estaban separados por aparcamientos espaciosos, y el diseño de los edificios no tenía nada de árabe. De hecho, Hale pensó que algunos de los gigantescos edificios ante los que había pasado tenían que haber sido diseñados tomando como modelo tostadoras, muebles de jardín plegables o los radiadores de los últimos modelos de coches americanos. Los grupos de mujeres con los que se cruzaba aún vestían el tradicional aba negro, pero muchos de los hombres habían renunciado a las túnicas dishdasha y llevaban trajes de ejecutivo occidental bajo las kefiyás que todavía les cubrían las cabezas.
En el extremo este de la ciudad, excavadoras amarillas expulsaban nubes negras de humo diesel entre el rechinar de los cambios de marchas, en solares vallados de tierra recién despejada, pero Hale se animó un poco al ver que los cascos metálicos de los trabajadores estaban adornados con arabescos de motivos florales tan intrincados como cualquiera de las taraceas que había visto en las mezquitas de El Cairo. Y hacia la orilla del golfo, allá abajo entre los neones de Pepsi-Cola y las gasolineras, encontró un viejo barrio de casas con paredes de barro y coral que todavía no habían sido alcanzadas por las excavadoras.
En un ancho callejón de arena apisonada que discurría por detrás de una hilera de casas encaladas, una docena de ancianos estaban sentados con las piernas cruzadas en tres sofás tapizados con un motivo a cuadros que parecían hallarse secos, y por consiguiente tenían que haber sido sacados al callejón después de la última lluvia. Iban vestidos al estilo de lo que Hale consideraba como la moda saudí, con largas camisolas blancas que les llegaban hasta la pantorrilla y capas. Un televisor Olympic nuevo ocupaba una mesa delante de ellos, conectado a un alargador anaranjado. Los ancianos habían dejado las sandalias en el suelo debajo de las rodillas cruzadas y tomaban café a sorbos de tazas diminutas mientras contemplaban al presidente americano Kennedy en colores rojizos, con subtítulos en árabe desfilando por la parte inferior de la pantalla. Encima del televisor había una cafetera eléctrica de acero inoxidable.
Hale se detuvo a unos tres metros detrás de uno de los sofás, que estaba encarado hacia el otro.
– Salam 'alaikum -dijo. «La paz sea con vosotros.»
– 'Alaikum as salam -replicó uno de los hombres barbudos. «Contigo sea la paz.» Bajó sus morenos pies y los deslizó en las sandalias, se levantó y fue hasta la cafetera para llenar una vez más su taza de porcelana. Luego se volvió hacia Hale y sonrió al tiempo que se la ofrecía.
Tan pronto como quedó claro que hablaba árabe, Hale fue incluido en la conversación e invitado a sentarse. Le preguntaron cómo se llamaba y Hale
les dijo que era Tommo Burks, de Canadá; desconocido para el SIS, era uno de los nombres que había utilizado en los tratos con sus agentes y resultaría verosímil que tratara de revivirlo. Luego sus compañeros reanudaron una conversación, aparentemente ya muy avanzada, sobre el mercado inmobiliario. Hale reconoció en sus voces el clásico acento de las tribus murra de Qatar: pronunciaban el nombre de la capital de Najd como
«Riyal», más que como «Riyad», y la «J» suavizada de los manasir que vivían al sur de Abu Dhabi; y comprendió, con una sombra de nostálgica tristeza, que aquellos hombres eran bedus y que habían renunciado a la vida nómada para sustituirla por la seguridad de una existencia ciudadana. En tiempos de Hale, su conversación hubiese girado en torno a cuáles eran las mejores áreas de pastos para los camellos, cuándo llegarían a los puertos los dhows con los dátiles de la temporada y qué tribus estaban enfrentadas con cuáles; y Hale se preguntó cuánto tiempo tendría que transcurrir antes de que sus descendientes hablaran el árabe egipcio y carente de inflexiones que ya prevalecía en Hadramawt y en Yemen.
Entre otras actividades de cobertura llevadas a cabo a finales de los años cuarenta, Tommo Burks había creado una agencia de prensa para que distribuyera noticias británicas entre las emisoras de radio árabes; y cuando Hale mencionó los nombres de algunos de los ejecutivos de Radio Kuwait con los cuales había tratado, sus compañeros pudieron informarle de la situación actual de varios de ellos, y Hale anotó para posibles contactos en el futuro los nombres de aquellos con los que había hecho negocios en secreto. Luego empezó a hablarles de sus restaurantes favoritos y se enteró de que dos de ellos seguían siendo propiedad de árabes a los que había comprado información en algunas ocasiones.
Finalmente, y dado que los ancianos sentados en aquel callejón eran bedus, les preguntó si se sabía algo de Salim Bin Jalawi, de la tribu mutair. Bin Jalawi había sido el principal lugarteniente de Hale en sus días como agente, y lo había acompañado en un viaje memorable a las ruinas de Wabar, en el desierto de Rub'al-Jali, a comienzos de 1948. La pasión bedu por las noticias y los cotilleos no podía haber desaparecido del todo, y aquellos hombres tal vez supieran en qué pozos se había visto recientemente a la tribu de Bin Jalawi.
Dos de los ancianos, probablemente de la tribu mutair a juzgar por sus acentos, apartaron los ojos del televisor para mirarlo con curiosidad.
–Bin Jalawi vive en Al Ahmadi -dijo uno de ellos-. Trabaja como guardia en el Ministerio de Educación. – Metió los pies en las sandalias y se levantó-. Puedes utilizar mi hatif -dijo modestamente.
Hale sonrió y le dio las gracias, pero estaba experimentando el viejo escalofrío irracional de costumbre ante una operación que parecía escapar a su control y, como le ocurría siempre, aquello hizo que sintiera un súbito deseo de encogerse sobre sí mismo igual que un esgrimista o un boxeador para conservar el equilibrio. La sensación había empezado a hacerse notar la noche anterior a bordo del avión, cuando pensó que algo había percibido su regreso a Oriente; y en aquel momento, y a pesar del ejemplo que le daban aquellos hombres sentados en el callejón, Hale se sintió extrañamente desorientado al pensar en Bin Jalawi como un árabe de ciudad, porque en su mente la identidad del hombre era inextricablemente la de un bedu arrodillado en la parte posterior de la silla de montar plana de un camello, con su viejo rifle Martini 303 reforzado con aros de latón colgado del hombro y sujetado por el cañón a la manera universal entre los bedus; con los ojos entornados mientras escrutaba el horizonte o bajaba la mirada hacia la arena para descifrar pisadas de camello emborronadas por el viento mediante un examen tan concienzudo que luego podía decir qué tribu había pasado por allí, cuántos de ellos eran, e incluso si alguna de las hembras de camello estaba embarazada. Si el nuevo Bin Jalawi tenía un jardín, un coche o una cuenta bancaria, ¿podía, en algún sentido, seguir siendo el hombre en el que tanto había confiado Hale hacía quince años?
Y, en un nuevo ejemplo de la clase de presagio que Hale había aprendido a no ignorar, hoy aquel anciano había empleado la palabra « hatif». Aun admitiendo que era una palabra tan común para referirse al teléfono como el derivado « tilifon», en el antiguo folklore árabe un hatif era una voz misteriosa surgida de la noche que pronosticaba la muerte de alguna figura destacada. Hale se preguntó a quién iría destinado aquel presagio de mala suerte.
– Mutsakkira -volvió a decir. «Gracias. Gracias por haberme puesto en guardia, al menos»-. Pero ya lo llamaré luego.
Antes de abandonar Inglaterra, Hale se había comido la tira de papel con el nombre y la dirección escritos en ella que le habían metido dentro del pasaporte, pero naturalmente se la había aprendido de memoria, junto con todos los sellos de aduana ficticios que cubrían las páginas del pasaporte.
–Ve allí sin dejar ningún rastro -le había dicho Theodora todavía no hacía veinticuatro horas- para que te informen de todos los detalles y para recoger tu equipo.
La dirección era ostensiblemente la de una tienda de equipos para soldaduras marinas junto a los muelles de Mina al Ahmadi, y Hale cogió una serie de autobuses públicos a lo largo de la moderna autopista que atravesaba el desierto al sur del aeropuerto, observando a los árabes y a los occidentales que subían a los autobuses y bajaban de ellos mientras se iba pasando arbitrariamente de uno a otro, siempre sentándose al lado de la puerta trasera para poder apearse rápidamente en el caso de que tuviera que hacerlo y poder observar a los coches de atrás desde la elevación que le proporcionaba el asiento del autobús. No vio ninguna indicación de que lo estuvieran siguiendo, y su chaqueta y su corbata no llamaban la atención.
Una vez en el aeropuerto fue al mostrador de Pan Am y se dedicó a mirar el horario de vuelos internacionales expuesto junto a él mientras pensaba en qué clase de vigilancia podía ser objeto su persona. ¿Serían árabes? Sabía por experiencia que los árabes tendían a encontrar indistinguibles a todos los blancos de cabellos rubios que vestían ropa europea. Disimuladamente, como si estuviera comprobando los pasajes o un plan de vuelo, sacó de la chaqueta el pasaporte y los cigarrillos, los manipuló durante unos momentos y acabó metiéndoselos en el bolsillo delantero de los pantalones.
Echó un vistazo a su reloj y se encaminó hacia un puesto de limpiabotas situado debajo de un letrero escrito en inglés y en árabe, estrellando deliberadamente las duras suelas de cuero de sus zapatos contra el suelo de
linóleo verde en uno de los viejos ritmos para desviar la atención que le había enseñado Elena. Después de haber hecho que le limpiaran los zapatos y haberse guardado en el bolsillo una botellita de líquido abrillantador blanco mientras charlaba en árabe con el propietario, se alejó del puesto, volviendo a hacer sonar cuidadosamente las suelas contra el suelo. Se fijó en dónde estaba el lavabo de caballeros más cercano, fue a un quiosco de prensa, compró unas gafas de sol y el London Times, se guardó las gafas en el bolsillo y abrió el periódico mientras volvía por donde había venido.
Fingiendo leer, no llamaba la atención mientras estaba apoyado en una columna cerca del lavabo de caballeros.
Árabes vestidos con túnicas blancas como la nieve pasaban junto a él, así como pilotos y hombres de negocios europeos, pero siempre solos o en parejas. Hale siguió mirando el periódico, aunque tenía la atención centrada en la periferia de su campo de visión por encima de los bordes de las hojas.
Por último vio lo que quería: un grupo de hombres de negocios occidentales, tejanos a juzgar por sus acentos, venía hacia él andando rápidamente, y todos llevaban sombreros del tipo fedora. Estaba claro que andaban escasos de tiempo y pasarían a toda prisa por delante de la puerta del lavabo de caballeros, por lo que Hale ejecutó un discreto paso de claque siguiendo los viejos ritmos por el linóleo, empujó la puerta del lavabo y entró en él.
Abrió rápidamente la botella del limpiabotas en la pileta y se esparció generosamente un par de dosis del líquido blanco por los cabellos rubios y las cejas. Después se quitó la chaqueta y la corbata, porque aquello que cubría el torso era el inevitable indicador primario en cualquier tipo de vigilancia, y las tiró al suelo. Finalmente se quitó los zapatos de un par de puntapiés y los metió dentro de la camisa, abrió las gafas y se las caló encima de la nariz, cogió el cubo de metal blanco donde se tiraban los desperdicios y, andando rápidamente sobre sus pies envueltos en calcetines, fue hasta la puerta para escuchar.
Cuando los acentos tejanos sonaron con más fuerza, Hale se agachó y abrió la puerta de un empujón, lanzándola contra codos y costillas.
–¡Eh! – chilló alguien bastante enfadado-. ¡Un poco más de cuidado, idiota!
–¡Siento! – farfulló Hale a modo de disculpa-. ¡Ser mi pierna! – Agitó el brazo en un gesto conciliatorio y consiguió tirar al suelo el sombrero de un hombre.
Y un instante después ya se estaba alejando rápidamente sin que sus pies hicieran ningún ruido sobre el suelo de linóleo, llevando el cubo de los desperdicios encima del hombro con el aire decidido de alguien que tiene mucha práctica en ello.
El hombre al que le había tirado el sombrero estaba hablando del percance mientras las voces se alejaban detrás de él, y Hale esperó que los observadores que pudiera haber cerca se fijarían en las quejas y harían objeto de un escrutinio extra a cualquier figura de entre los tejanos que pudiera dar la impresión de que acababa de ponerse el sombrero después de haberse unido al grupo.
Mientras tanto Hale era, al menos a primera vista, una figura encorvada y barriguda de blancos cabellos y silencioso calzado negro que acarreaba un cubo de los desperdicios hacia la puerta sin letreros más próxima. El personal de servicio tendía a ser invisible, y cuando Hale abrió la puerta y entró en un pasillo a lo largo del que se sucedían los despachos acristalados, ninguna de las personas sentadas a los escritorios lo miró dos veces.
Dejó el cubo al final del pasillo, se guardó las gafas de sol en el bolsillo, volvió a ponerse los zapatos y fue a toda prisa por una serie de corredores que acabaron llevándolo a una puerta de salida.
Aún no había acabado de meterse la camisa en los pantalones cuando vio una parada de taxis, y se las arregló para agitar la mano mientras corría hacia el primer vehículo de la fila.
–Mina al Ahmadi -jadeó en cuanto hubo subido a él.
Antes de empezar a buscar la tienda de equipos de soldadura marítima, Hale dio una vuelta por los astilleros que apestaban a diesel; deteniéndose frecuentemente para, mirando más allá de los muelles, las embarcaciones portuarias y la lámina gris de las aguas, contemplar los enormes petroleros de la Compañía Petrolífera de Kuwait atracados junto a la punta del kilómetro y medio de longitud del malecón en forma de T. Los nueve conductos que discurrían a lo largo del malecón parecían las columnas caídas de un templo que muy bien habrían podido sostener el cielo de mármol si hubieran estado en pie; y Hale pensó que los angulosos cascos negros suspendidos delante del horizonte color ceniza del golfo Pérsico, por encima de los cuales flotaban largas estelas de humo que se hubieran dicho salidas de piras sacrificiales, parecían las lejanas tiendas de los dioses.
El viento estaba cambiando de dirección para soplar desde el oeste, tal como Hale había esperado, e iba sustituyendo el olor a diesel y algas marinas por el aroma recordado de las flores amarillas de la hierba arfaj que ya estarían abriéndose paso en aquella estación a través de los infinitos kilómetros de dunas y llanuras de grava que había a su espalda.
Y a pesar de las pulcras extensiones de césped que circundaban los nuevos bloques de oficinas de colores apastelados, de los enormes letreros de fibra de vidrio de la Gulf Oil y del asfalto moderno de las calles, en el extremo sur de los muelles Hale vio árabes harapientos inclinados sobre los viejos tableros de dama, parecidos a los de las damas, junto a los caminos de arena aceitosa y, más allá de ellos, los cascos de teca y las velas latinas arriadas de los dows que utilizaban para pescar varados en la pendiente arenosa.
A juzgar por los números de la calle, ya se encontraba a pocas puertas de la dirección de la tienda de equipos de soldadura; había empezado a volver la cabeza de un lado a otro para lanzar rápidas miradas a los comercios de los vendedores de alfombras y a los talleres de automóviles mientras bajaba con paso rápido y decidido por una acera llena de toldos, cuando una bocina de coche hizo resonar en la calle el viejo código de grupo del SOE que significaba «Atención: emergencia».
Era un viejo Volkswagen amarillo que bajaba por el camino grasiento,
y su conductor vestido de árabe trataba muy convincentemente de atraer la atención de alguien que estaba junto a las embarcaciones varadas en la playa. El hombre lanzó otra serie de bocinazos cuando pasó junto a Hale, manteniendo la mirada firmemente apartada de él, y esta vez los nasales zumbidos eléctricos formaron el código del SOE fugitivo para: «ir»,
«escaparate» y «aquí».
Hale, que sólo se había permitido lanzar la más fugaz de las miradas de soslayo al Volkswagen, volvió a concentrar su atención en las tiendas ante las cuales pasaba. Examinó obedientemente los escaparates y, detrás de la polvorienta exposición que flanqueaba la entrada incrustada en un portal de una tienda donde se vendían perlas y antigüedades, pudo entrever borrosamente una figura barbuda ataviada con una túnica negra.
Pasó de largo, se metió debajo del toldo y miró a uno y otro extremo de la calle, estremeciéndose bajo el viento que se arremolinaba a su alrededor y deseando no haber perdido la chaqueta en el aeropuerto. Cuando miró al anciano inmóvil detrás del escaparate a un par de metros escasos de él, vio que acababa de empañar el interior del cristal con su aliento y con la uña de un dedo había escrito en inglés, con letra diminuta: álzate + declara. Había trazado las letras con mucho esfuerzo, y Hale comprendió que el anciano probablemente ni siquiera conocía el significado de los símbolos que estaba trazando a la inversa sobre el cristal.
Hale cerró los ojos en un parpadeo ligeramente prolongado para indicar al anciano que lo había entendido, y después miró hacia el otro lado. Como muestra de cautela, aquello era un método realmente extremo: ni siquiera había ido a la dirección indicada y de pronto era redirigido por aquella escritura evanescente. Entonces se le ocurrió pensar que sólo alguien que se encontrase tan cerca de la tienda como lo estaba él llegaría a ver al anciano entre la oscuridad del interior, y aún resultaban más difíciles de ver las tenues letras en la humedad que empañaba el cristal.
Hale miró atrás y vio que el anciano había borrado las palabras y escrito, menos legiblemente pero de manera todavía comprensible en el vaho: vigilado – instrucciones en beirut.
Al parecer, no iban a redirigir a Hale en Kuwait.
Sintió que se le revolvía el estómago y le ardía el rostro bajo la fría brisa mientras se apartaba del escaparate. Al parecer se había desconvocado la sesión de información que debía tener lugar en Kuwait y no habría ningún contacto al cual recurrir hasta que se las ingeniara para llegar a Beirut. Pero Hale necesitaba su guión, necesitaba saber qué historia se suponía que debía contar al esperado reclutador del Rabkrin. « Maldita sea -pensó con preocupación-, ¿qué se supone que he de decir? »
La nada agradable respuesta apareció escrita en un nuevo retazo de vapor cuando Hale volvió a mirar hacia allí después de haber lanzado una segunda mirada ciega en dirección opuesta: dar las matemáticas de ararat en el 48: todo mal.
Esta vez Hale desvió la mirada para ocultar el rostro, aunque sólo fuera de aquel desconocido que había detrás del cristal.
Estaba mareado y se sentía aturdido, y durante un instante su mente simplemente se negó a comprender las palabras que había leído. Las matemáticas, o lo que era lo mismo, la estrategia, los cálculos y las órdenes dadas a los hombres a los que Hale había conducido por el camino que discurría bajo el monte Ararat, habían sido obra suya. ¿Todo mal? ¿Era realmente posible?
Con un desesperado salto lógico, Hale decidió que no lo era. Un frío sudor de alivio le mojó la frente mientras se repetía vehementemente que el Rabkrin había descubierto el propósito secreto que lo había llevado hasta allí y que todo aquello sólo era una estratagema para obligarlo a revelar a su reclutador las deducciones y la estrategia válida que él había recopilado en 1948. Su misión allí había saltado por los aires, y el que a Cassagnac le
hubieran pegado un tiro no había servido de nada; pero al menos Hale no era culpable de haber matado a sus hombres por error catorce años antes.
Era obvio, tan obvio que ya no necesitaba demostrarlo tratando de obtener una confirmación de aquella «orden», aun suponiendo que pudiera establecer contacto con Theodora.
Pero pensar en Theodora hizo que volviera a su mente lo que le había dicho el anciano el día anterior por la mañana:
–Probablemente dudarás de su validez… Lo que te estoy diciendo en este momento es tu confirmación por adelantado: si no te gustan en lo más mínimo, eso significa que las instrucciones son auténticas.
De una manera demasiado obvia, esto era exactamente a lo que se había referido Theodora.
Hale cerró los ojos y dejó que sus pensamientos se desplomaran en un gemido mudo y estridente de consternación insondable; no se dio cuenta de que estaba apretando las mandíbulas hasta que el dolor que sintió en los dientes hizo que abriera los ojos involuntariamente, y tuvo que parpadear para eliminar las lágrimas que le impedían ver la calle con claridad.
Recordó haberse preguntado a quién o a qué esperaba Theodora que traicionara en su guión. Pero al parecer no iba a ser un guión después de todo, y la traición había tenido lugar catorce años antes.
«Todo mal.» En aquel momento las palabras parecían describir la totalidad de la existencia de Hale.
Se secó los ojos con el puño de la camisa, respiró hondo y se obligó a eliminar toda expresión de la mirada mientras volvía nuevamente la cabeza hacia el escaparate.
El anciano ya no estaba allí, y la palabra vete apenas era visible en el vaho que se disipaba. Un instante después de que Hale la viera, un paño húmedo dejó una franja de goteante limpieza en el cristal que lo borró todo.
« Lo único que puedes hacer ahora es justificar las pérdidas -pensó Hale aturdidamente-, vengarlos. Si Declara sabe que las matemáticas del cuarenta y ocho estaban mal, eso significa que ahora dispone de algo mejor con lo cual trabajar y lo único que se puede hacer es seguir adelante con ese intento. » Dos líneas de un poema de Bartholomew Dowling resonaron fúnebremente en su cabeza:
Esto es cuanto nos queda.
Un brindis por los que ya han muerto, un hurra por el siguiente en morir.
Consultó su reloj y echó a andar por la acera llena de arena que rechinaba bajo sus pies. Obligándose a adoptar el frío profesionalismo que tan familiar le resultaba, intentó determinar si lo vigilaban a él o a la tienda.
Probablemente a la tienda, porque Hale estaba casi seguro de que había despistado a cualquier observador que pudiera haber en los autobuses o en el aeropuerto. Se preguntó en qué habría consistido el resto de la sesión de información que no había llegado a tener lugar y qué «equipo» se le hubiese entregado.
Pero las especulaciones no servían de nada. No tenía otra opción que seguir las parcas instrucciones que se le habían dado, y buscar a Salim Bin Jalawi y a cualquier otro agente encubierto al que pudiera localizar de entre sus viejas redes. Tomó nota de que debía lavarse el líquido abrillantador del cabello en el primer lavabo para hombres que encontrara. Parecer preocupado por lo que fuese sería contraproducente.
Y en cuanto al equipo, si no quedaba más remedio siempre podía fabricarse un ankh: papel de plata enrollado y doblado en la forma apropiada bastaría, dado que lo que atraía la atención del djinn era la forma topográfica de botella de Klein que tenía el objeto, y no ninguna propiedad de aquello de lo que estuviera hecho.
Hale se llenó los pulmones de aire marino y lo exhaló todo en un prolongado suspiro. Dado que podía ser él a quien observaran, entró en una tienda de alfombras para preguntar por alguno de los comerciantes del muelle a los que había conocido hacía quince años. Después de dedicar media hora a aquello, cogió un autobús que iba hacia el norte para volver a Al Kuwait y telefonear a Salim Bin Jalawi. Cualquiera que fuese la agencia que pudiera estar vigilándolo, aquella conducta encajaba con su tapadera de fugitivo, y la tortuosa ruta calculada para despistar a sus perseguidores que había seguido desde Al Kuwait hasta allí sólo haría que pareciese todavía más genuina.
La vieja práctica recién despertada casi le permitió olvidar las intolerables palabras escritas en el vaho: todo mal.
La casa de Salim Bin Jalawi disponía de aire acondicionado, y sentado en el frescor agresivo, Hale tomó sorbos de un vaso de té y comió por educación unos cuantos anacardos del cuenco que había encima de la moderna mesa de estilo danés. Una nevera zumbaba en la cocina embaldosada de blanco junto a un hornillo eléctrico, y los fluorescentes mantenían a raya la oscuridad de la última hora de la tarde. A través de la puerta corredera de cristal que había a su derecha, Hale podía ver, bajo la forma de puntos brillantes suspendidos encima del horizonte color hierro al suroeste, los faros de las llamaradas de gas natural en los campos petrolíferos de Burgan.
La barba de Bin Jalawi se había vuelto de un blanco marfileño, pero su rostro seguía siendo tan oscuro como el café y tan flaco y anguloso como el de una gárgola de Notre-Dame, y cuando sonrió a Hale mostró unos dientes muy blancos.
–A estas alturas ya debes de ser director -dijo- o vicepresidente de la Creepo. – Había empleado el tono de alguien que sabe muy bien de qué está hablando, pero Hale no supo si eso significaba que Bin Jalawi ya sabía su situación de fugitivo o, más probablemente, si sólo era el equivalente de un guiño dirigido a las pretensiones tan largo tiempo mantenidas por la vieja Oficina Combinada de Planificación y Desarrollo.
Hale había llamado desde un teléfono cercano y, aunque durante su breve conversación telefónica se habían limitado a intercambiar las viejas señales de reconocimiento, Bin Jalawi lo había recibido en la puerta de su casa con todo el entusiasmo de un bedu, estrechándole ambas manos en las suyas mientras gritaba alegremente:
– ¿Shlun kum? ¿Kaifhal ak, kaifint, kaifint? -gritó alegremente entre muchas más cosas mientras le estrechaba ambas manos entre las suyas, todas las cuales significaban esencialmente: «¿Qué tal te ha ido todo?».
Hale dejó el vaso de té encima de la mesa con un suave chasquido, deseando absurdamente que fuera una taza del café que preparaban en el campamento en los viejos tiempos, oscurecido por el agua no muy limpia de los pozos del desierto.
–Me he retirado -dijo en árabe-. Me apetecía cambiar de aires y de aguas.
Creo que Tommo Burks iniciará una nueva vida en los estados árabes y he pensado que quizá podrías ayudarme.
–¡Alá es misericordioso! – exclamó Bin Jalawi después de asentir sin perder la sonrisa. Era una de las réplicas habituales que los árabes utilizaban con los mendigos cuando éstos se ponían muy pesados, un equivalente del
«Cuéntale tus problemas a Jesús, compañero» británico que venía a significar que más valía que le pidieras ayuda a Dios. Hale no estuvo muy seguro de si Bin Jalawi hablaba en broma o con fría seriedad-. Muchos árabes confiaban en Creepo -prosiguió Bin Jalawi jovialmente-, hasta que se enteraron de que los israelíes invadieron el Suez de Nasser con ayuda de Creepo, basándose en confidencias traicionadas de los árabes.
« El Suez de Nasser -pensó Hale con amargura-. ¡Como si los árabes hubieran podido construir el canal, o aunque sólo fuese mantenerlo dragado! »
–Ahora soy un hombre sin tierra -dijo-, pero ya sabes que los británicos declararon que Kuwait era una nación soberana hace más de un año. – La observación no desentonaba con su supuesta personalidad, ya que ser
demasiado antibritánico en aquel lugar habría sido exagerar.
–Kuwait nunca fue un compromiso a largo plazo para Inglaterra -dijo Bin Jalawi-. Vuestra política aquí y en todos los estados árabes ha consistido en extraer todo el petróleo que pudierais, antes de que los pueblos indígenas miraran en torno a ellos y se dieran cuenta de que estamos viviendo en el siglo veinte.
–¿Mi política? – preguntó Hale con expresión más sombría, aunque suponía que aquello era cierto.
Bin Jalawi tiró suavemente del cuello de la túnica unas cuantas veces y bajó las manos con la palma hacia abajo, en un gesto árabe que podía interpretarse como: «Tú y yo no tenemos nada que ver con esos villanos».
–Te pido disculpas, Bin Sikkah -dijo suavemente, utilizando el apodo bedu de Hale-. Tú siempre fuiste un amigo generoso de los bedus. «Honra a aquel que ha sido grande y ha caído, y a aquel que ha sido rico y ahora es pobre.»
La radio había estado emitiendo una tenue conversación durante los veinte minutos que llevaban hablando, pero de pronto empezó a oírse música, alguna melodía de un compás al estilo islámico, y el árabe se levantó del sofá, fue hasta la radio y subió el volumen. El cántico tembloroso y estilizado de una mujer surgió de los altavoces.
–¿La conoces? – preguntó.
–¿A quién -preguntó Hale con un parpadeo-, a la que está cantando? No.
Aunque supongo que a lo mejor habré oído hablar de ella anteriormente.
–Es Um Kalthum -dijo Bin Jalawi en tono de reproche-. Cada martes por la noche canta en Radio Cairo. En El Cairo ni siquiera necesitas una radio para oírla, porque cada aparato de la ciudad está sintonizado con ella y su voz parece emanar de las piedras y del cielo.
–¿Visitas El Cairo con frecuencia? – preguntó Hale.
–Los perros pueden oír cosas que las personas no pueden oír -dijo Bin Jalawi, bajando la mirada hacia la radio-, por eso saben cuándo deben estar alerta, hacia dónde tienen que mirar y por dónde han de huir para ponerse a salvo. Así que quizá los bedus puedan oír cosas que los occidentales no oyen, cosas que cantan desde el cielo. – Se volvió hacia Hale para lanzarle una mirada carente de expresión-. Y si te limpias las orejas, quizá seas lo bastante bedu para poder oírlas tú también. «Cuando tu enemigo te tiende la mano, córtasela si puedes; de lo contrario, bésala.» En los viejos tiempos tú cortaste unas cuantas manos metafóricas. Ahora, amigo mío, ha llegado el momento de lo otro. – Hale sonrió cautelosamente. Había tenido que utilizar con frecuencia la palabra «metafórico» en sus tratos con Bin Jalawi y las tribus, y el árabe acababa de pronunciar la palabra en inglés, en una imitación del mismo Hale-. Visito El Cairo frecuentemente -siguió diciendo Bin Jalawi-. Tú también podrás hacerlo, supongo, si has invertido el dinero que te pagó la Standard Oil americana. ¿De qué tribu eran los guías bedus a los que mataste?
–Eran de la tribu saar -respondió Hale arqueando las cejas. Los saar se movían muy hacia el sur, por encima del Hadramawt, y eran temidos por la mayoría de las otras tribus-. Fue en defensa propia.
Naturalmente aquélla era la historia de tapadera, que según Theodora no había sido activada por Whitehall hasta última hora del día anterior. Salim Bin Jalawi no se molestaba en fingir y eso quizá hablara en su favor, pero Hale se preguntó amargamente si aquel hombre también habría estado a sueldo de los soviéticos en los años cuarenta, y se dijo que si la sesión informativa hubiera llegado a tener lugar, quizá lo habrían puesto al corriente de ello. Lo que estaba claro era que las fuerzas soviéticas enviadas al monte Ararat pudieron impedir que Hale utilizara el meteorito que él y Bin Jalawi habían encontrado en las ruinas de Wabar en el desierto de Rub'al-Jali.
Pero… Las matemáticas de Hale estaban mal. Al parecer el meteorito no había sido el Sello.
Con todo, si Bin Jalawi había informado a los soviéticos de las actividades de Hale en aquel entonces, sin duda había ayudado a los rusos a matar a los hombres de Hale. A aquellos hombres que habían recibido un balazo, en cualquier caso, ya que no a aquellos que habían sido arrastrados hacia las alturas mientras gritaban desesperadamente…
Antes de volver a hablar, Hale reprimió minuciosamente la ira enfermiza y cargada de resentimiento que había suscitado el pensar en aquello.
« No puedes estar seguro de que Bin Jalawi estuviera haciendo un doble juego entonces -se dijo-, y aunque pudieras estarlo, ¿en qué cambiaría eso lo que tienes que hacer aquí? »
–En Wabar -dijo pausadamente-, tú y yo nos encontramos con un hombre que había dado muerte hacía ya mucho tiempo a la mitad de sí mismo para esconderse de la ira de Dios. ¿Es ésa una buena manera de vivir?
–¿Crees que sería la mitad de ti? – replicó Bin Jalawi alegremente-. Córtate el pelo y las uñas de los pies, y ya habrás prescindido de más.
Hale sabía que su compañero, ¡su más antiguo amigo en Oriente Medio!, se refería al patriotismo de Hale, a su sentido del deber para con la Corona. De hecho, Hale sospechaba que era más que la mitad de sí mismo, pero su tapadera exigía que fingiera todo lo contrario. Volvió a recordarse que no debía enfadarse con Bin Jalawi; su viejo amigo simplemente creía la historia de tapadera redactada en Whitehall, la cual presentaba a un Hale que llevaba años siendo un canalla; y Hale no la había negado allí.
–Más que eso -dijo-. Una mano.
–Un dedo. Un dedo de la mano izquierda.
–El ayuno del Ramadán terminó hace dos días -dijo con voz enronquecida mientras sacaba un paquete de Player's del bolsillo de la chaqueta. Podía mostrar su agitación sin correr ningún peligro, ya que se interpretaría como
una preocupación lógica ante la perspectiva de tener que cambiar de bando y embarcarse en un doble juego-. ¿Tienes algún viejo prejuicio ijwaní en contra de que tus invitados fumen?
–Bien sabe Alá que djinns y espectros sin número se apiñaban alrededor de nuestros fuegos cuando tú y yo perfumábamos el desierto con el humo del tabaco -protestó Bin Jalawi-. Echa tanto humo como una refinería, si quieres. El ruso al que iremos a ver ahora fuma.
–¿Telefoneaste a ese hombre inmediatamente después de que yo llamara? –
Hale era consciente del estruendoso palpitar de su corazón.
–No hizo falta que me tomara tantas molestias. Anoche los suyos pusieron un aparato de escucha en mi hatif, y en estos mismos instantes opera como un micrófono.
La casa del ruso se encontraba en un viejo barrio de Al Jahrah, a unos cuarenta kilómetros al oeste de Al Kuwait. Era una casa de roca y coral de un piso con una alta torre eólica cuadrada que se elevaba por encima del tejado. Las enormes puertas principales, visibles a la luz de los faros del Chevrolet de Bin Jalawi, eran de teca tallada remachada con grandes clavos de hierro que formaban motivos serpentinos, y se había recortado y sujetado con bisagras una puerta de tamaño convencional en la hoja derecha. Cuando se apearon del coche y llegaron hasta la puerta pequeña, Salim Bin Jalawi metió una llave de madera en la cerradura de madera y, cuando la puerta se hubo abierto con un chirrido, se hizo a un lado e indicó a Hale que entrara en el patio iluminado con lámparas tenuemente visible del interior.
Una gota de sudor helado rodó por las costillas de Hale debajo de su camisa, y se acordó del alegre saludo que empleaban los americanos del OSS en Londres durante la guerra: «¿Algo va bien?».
Mientras iba hacia el umbral enlosado, intentaba calcular rápida e inútilmente el cui bono de su situación. ¿Quién se beneficiaría de que lo mataran allí? Theodora difícilmente se habría molestado en enviarlo a Kuwait sólo para eso; y se suponía que el Rabkrin soviético quería contar
con sus habilidades de profesional aparentemente en venta para la nueva operación en el monte Ararat, e incluso si habían descubierto que Philby había sido reclutado, era improbable que supieran que Hale también era un caballo de Troya.
« Me parece que al menos esto va bien», se dijo con frágil confianza mientras cruzaba la pequeña entrada.
–Si quiere puede tomar una copa, señor Hale -le dijo una voz procedente de un asiento colocado debajo de las ramas de un granado, hablando en un inglés carente de acento-. ¿Escocés o vodka?
« No seré obsequioso», pensó Hale.
–Escocés, por favor. – Entrecerrando los ojos bajo la parpadeante luz ambarina, vio que en la silla había sentado un hombre delgado que llevaba una túnica y un tocado árabes. Los muros del jardín parecían ser láminas de lona cuyos pliegues colgantes relucían suavemente bajo la tenue claridad.
–Llámeme Ishmael -dijo el hombre sin sonreír-. John Christie es el jefe de estación del SIS en Kuwait, y el único telegrama que ha recibido concerniente a usted es una orden de que fuera detenido. Naturalmente, ahora el departamento de Christie está al corriente de su llegada a Kuwait.
Hale se limitó a asentir, seguro de que sus métodos habían sido tan profesionales como lógicos y confiando en que el ruso ya se habría dado cuenta de ello.
–Puedes irte, Salim -dijo Ishmael-. Vuelve a traer el coche al amanecer.
Bin Jalawi se había quedado de pie en la entrada, y en ese momento asintió y se retiró, cerrando la puerta.
–Siéntese -dijo el ruso, señalando una palmera a unos tres metros de donde estaba sentado él. Allí había una silla de roten verde o negro; Hale fue hacia ella andando lentamente sobre las losas y se sentó.
Una vez sentado examinó con más atención al tal Ishmael y vio que era mucho más viejo de lo que le había parecido en el primer momento, quizá setenta y muchos años, y que no tenía muy buen aspecto. Sus ojos relucían en las oscuras cuencas y su delgadez parecía un síntoma de la fiebre.
–Me han contado que conoció Kuwait en los viejos tiempos -dijo el anciano-. ¿Se acuerda de la inundación del treinta y cuatro? ¿No? Bueno, entonces usted era un niño, ¿verdad? El primer día del ayuno del Ramadán cayeron más de ciento cincuenta litros de lluvia en tres horas: no había alcantarillado, las calles quedaron inundadas por un metro y medio de agua y todas las casas de barro se derrumbaron. Sin hogar, en la miseria más absoluta. Eso ocurrió en mayo, un mes en el que normalmente nunca llueve.
Pero el desierto floreció y había hierba para pastar por todas partes, y debido a eso la lana, la mantequilla y el cordero de pronto pasaron a ser tan baratos como el agua. De hecho eran agua, primero destructiva y luego nutricia. Se acordará de cuando traían el agua por vía marítima desde Irak.
–Sí. – Hale recordaba vividamente los booms de madera de teca que zarpaban cada día desde Shatt al Arab para ir hacia el sur y que al regresar echaban el ancla delante de Ras al Ajuz para que el sedimento se asentara en los tanques superiores. Luego los candaris itinerantes árabes venderían el agua que acarreaban de un lado a otro en odres de piel de cabra, mientras que los comerciantes establecidos la vendían desde carretas y camiones.
Oyó cómo el motor del coche de Bin Jalawi arrancaba y cambiaba de marcha más allá de la puerta.
–Y cuando las tormentas de arena llegaban de Siria e Irak -dijo Ishmael-, las embarcaciones no podían navegar y Kuwait pasaba días enteros sin agua. – Tosió y bebió de un gran vaso lleno de lo que podría haber sido vodka. Cuando volvió a dejar el vaso en la mesita que había al lado de su asiento, Hale vio una pistola automática junto a él. El gruñido del Chevrolet de Bin Jalawi fue disminuyendo camino abajo-. Hoy en día -siguió diciendo el anciano con un hilo de voz-, la planta de destilación Westinghouse que hay en Ash Shuwaykh produce millones de litros de agua al día, tan pura
que hay que añadirle agua salobre para darle un poco de sabor. ¿Cree que los ingenieros podrían haberlo conseguido si antes no hubieran descubierto los secretos de las tempestades?
–Supongo que no.
–Y todavía llueve. – Lo que Hale inicialmente creyó era más tos parecía ser una carcajada-. Otros poderes más grandes que pueden destruir o enriquecer, perduran… y si no se pueden domesticar hasta el punto en que sí pueden serlo la lluvia y el agua, al menos nos debemos a nosotros mismos el insistir en que nuestra existencia sea lo más cómoda posible. – El anciano le dirigió una mirada inquisitiva, cogió un puro de la mesa y lo encendió con un mechero de oro. El resplandor reveló un rostro lleno de arrugas y profundos surcos-. Aunque -prosiguió entre calada y calada mientras la llama del mechero subía y bajaba- sólo sea porque… eso impedirá que las naciones que nos son hostiles… puedan disfrutar de tales comodidades. – Cerró el mechero con un chasquido y pareció esfumarse en la repentina oscuridad-. Salta a la vista que usted está familiarizado con el poder del cual estoy hablando -dijo su voz desde detrás de la tenue brasa roja del puro-, y en este momento es un caballero sin señor. ¿Escuchará mis argumentos?
–Sí. Escucho.
Un muchacho árabe descalzo que llevaba un turbante oscuro apareció en una puerta interior y miró a Ishmael en actitud obviamente expectante; el anciano dejó el puro, movió una frágil mano en un lento círculo e hizo un gesto de tirar hacia abajo.
El muchacho asintió, fue a la sección del muro del jardín más próxima, retiró la lona, revelando un entramado metálico detrás del que había un oscuro movimiento, y fue hacia la lona siguiente. Hale supuso que el muchacho era sordomudo y había sido convocado por el aroma del puro, que de pronto parecía haber perdido todo interés para Ishmael.
Un ruido de aleteos entrecortados y el súbito olor como a queso echado a
perder que impregnó la fresca brisa nocturna informaron a Hale de que las estructuras de alambre metálico que el muchacho estaba dejando al descubierto eran enormes pajareras; y cuando el joven criado hubo apartado la lona que cubría la sexta y última jaula, fue corriendo hasta una caja de fusibles que había en la pared, se puso de puntillas para accionar un interruptor y una serie de focos bañó el jardín con una claridad deslumbrante, iluminando docenas o tal vez centenares de pinzones, palomas, pichones y enormes loros rojiverdes posados en perchas dentro de las jaulas. Entornando los ojos, Hale vio que incluso había gallinas y gallos que estiraban sus cortas alas mientras se ponían en pie.
Ishmael no dijo nada y se limitó a contemplar la jaula más próxima, hasta que los pájaros iniciaron un estruendo prácticamente ininterrumpido de trinos y graznidos, puntuado por los gritos de los loros y los quiquiriquíes de los gallos.
–¿Por qué huyó de Inglaterra ayer por la mañana? – preguntó de pronto.
Hale tuvo que inclinarse hacia delante para poder oírlo y comprendió que había despertado a los pájaros para evitar que cualquier micrófono captara su conversación. Entonces tuvo la lúgubre certeza de que aquel hombre estaba tan deseoso de no ser escuchado por el KGB como por el SIS.
–Estaba a punto de ser arrestado por viejos crímenes -respondió.
–Se dice que ayer mató a dos hombres, un asesor del MI5 y un policía. En caso de que sea verdad, eso significaría que nunca más podrá volver a Inglaterra y que el SIS hará cuanto esté en sus manos para dar con usted, incluso aquí, y extraditarlo. – Sonrió, frunciendo el rostro-. Tienen que haber sido unos viejos crímenes extraordinariamente graves.
–Lo suficiente. – La noticia de que Cassagnac y el policía habían muerto golpeó a Hale con la fuerza de un súbito y profundo cansancio. Respiró hondo y se obligó a seguir hablando-. Pero de hecho el consultor del MI5
me ofreció la inmunidad, si no total al menos parcial, con respecto a esas acusaciones si hacía ciertos trabajos para ellos acerca de una vieja
operación. – Viviendo su tapadera, no se le ocurrió instar al ruso a que comprobara la realidad de la historia por sí mismo-. Probablemente ya tenían en reserva esos cargos desde hacía tiempo y ahora les han quitado el polvo para obligarme a trabajar en la operación.
El ruso se acomodó en su asiento y durante un instante pareció no tener muy claro cómo continuar.
–¿Sabe a cuál de los servicios secretos soviéticos represento? – dijo finalmente.
–Al Rabkrin.
–Espero que ese nombre no sea del dominio público en el SIS -dijo Ishmael arqueando una ceja-. ¿Conoce nuestra historia?
–No. Sé que antes de la guerra estuvieron alineados tanto con el KGB o el NKVD, como se lo llamaba entonces, como con la GRU, y que luego pasaron a ser independientes.
–Igual que su SOE -asintió Ishmael-. Un servicio secreto que es secreto incluso para el servicio secreto, ¿verdad? En mil ochocientos ochenta, el zar Nicolás II fundó el Departamento de la Policía del Estado para que lo protegiera de los asesinos, y la sección especial encargada de evitar los asesinatos políticos pasó a ser conocida con el nombre de Okhrana. Al año siguiente, una granada hizo pedazos al zar, pero a esas alturas la Okhrana ya era todo un poder por sí misma. En mil ochocientos ochenta y tres, un terremoto en el este de Turquía destruyó unos cuantos riscos en el desfiladero de Ahora junto al monte Ararat y, después de que los científicos del Kremlin investigaran la situación en la montaña, la Okhrana se vio obligada a establecer una agencia extranjera, la Zagranichnaia Agentura. Su oficina central estaba en París, y aún seguía allí cuando usted estuvo trabajando para su red ETC en dicha ciudad.
–Creíamos estar trabajando para la Razvedupr, la GRU -dijo Hale después de que la revelación le arrancara una carcajada áspera-. ¿Y en realidad eso
era… el Rabkrin?
–Bajo uno de sus nombres, sí. ¿Dónde se encuentra actualmente Elena Teresa Ceniza-Bendiga?
–No lo sé -contestó Hale-. La vi por última vez en Berlín el verano del cuarenta y cinco. Por aquel entonces trabajaba para la DGSS francesa y recibía sus órdenes del mando de Argel. – Se preguntó nerviosamente qué le habrían pedido que revelara o que ocultase en el caso de que la reunión de aquel día no hubiera sido abortada.
–Está mintiendo. Bien, porque casi me estaba pareciendo demasiado perfecto, demasiado dispuesto a cooperar; pero esta mentira es magníficamente vana e insensata. De hecho, usted la vio en el desfiladero de Ahora en mil novecientos cuarenta y ocho, cuando intentó someter a la cosa del Ararat para el SIS. Ella lo llamó algo bastante feo.
« Cannibale». Hale sintió cómo la vergüenza le calentaba el rostro al comprender que uno de los pistoleros rusos había sobrevivido a aquella carnicería y que la había oído. Tenía que haber sido uno de los rusos, a buen seguro, no… algo en el cielo…
–Tiene razón -dijo, intentando respirar despacio-. Lo había olvidado.
–¿Tan fácil resulta olvidarse de ella? La conocí en mil novecientos cuarenta y dos, en la Lubianka. – Contempló a Hale en silencio durante unos segundos y siguió hablando-. En mil novecientos trece, la Zagranichnaia Agentura fue ostensiblemente clausurada para tranquilizar a ciertos católicos franceses que se habían enterado de cuál era su verdadera función y amenazaban con involucrar en el asunto al Papa Pío X; pero siguió operando bajo otro nombre, en un secreto aún mayor.
–Antes habló de… una copa -dijo de pronto Hale, que se había inclinado considerablemente hacia delante para poder oír.
El ruso asintió, como si Hale acabara de hacer una observación muy
pertinente, y rebuscó con la mano entre los objetos que había encima de la mesa contigua. En un momento dado hizo brotar una llama del mechero y tiró a las losas un diminuto cilindro de cartón que comenzó a girar furiosamente sobre sí mismo, mientras emitía silbidos y llamas de colores como una bengala de señales. El muchacho árabe vino corriendo, e Ishmael le hizo una seña.
– Allaho A'alam -dijo un loro desde detrás del enrejado de alambre junto al codo derecho de Hale, y éste lo miró con curiosidad, porque lo que acababa de decir era una petición de disculpas que normalmente precedía a una historia de veracidad más bien dudosa; pero el loro no parecía tener nada más que añadir.
El muchacho se había ido a toda prisa. Un instante después volvió a ir hacia Hale y le tendió inexpresivamente un vaso de escocés solo, sin hielo. Hale lo probó: estaba tibio, y reconoció el sabor ahumado, casi a brea, del Laphroaig.
–Cuando el Partido del Trabajo se escindió en los bolcheviques y los mencheviques en mil novecientos tres -siguió Ishmael tras asentir-, la Okhrana ya se había infiltrado en ambos grupos; y cuando seis diputados bolcheviques fueron elegidos para el parlamento de la Duma en mil novecientos doce, dos de ellos trabajaban para la Okhrana. El bolchevique Lenin, impulsado tanto por el oportunismo como por el idealismo, llegó a un acuerdo secreto con la Okhrana: sus agentes arrestaron a la mayor parte de los mencheviques que le estaban creando más problemas a Lenin para librarlo de ellos, así como a cualquier bolchevique que siguiera presionando en favor de reunificar el Partido del Trabajo; y a cambio de eso, Lenin salvó el núcleo de la Okhrana, la antigua Zagranichnaia Agentura, y lo trasplantó a la nueva policía secreta soviética, la Cheka.
– Hayhat! -dijo el loro, una palabra árabe que significaba aproximadamente:
«¡Ay!» o «¡Alá nos libre de ello!».
–Turbas revolucionarias -continuó Ishmael después de mirar al pájaro con el ceño fruncido- irrumpieron en la oficina central de la Okhrana en mil
novecientos diecisiete y quemaron todos los archivos y registros que había en ella, pero el alma de la Okhrana ya se había trasladado a otro lugar y la Cheka tenía como jefe a Félix Dzerzhinski, un hombre que, en su juventud, quería ser sacerdote católico. A aquellas alturas había quedado sobradamente demostrado que los niveles superiores de la seguridad y del espionaje estatales necesitaban contar con cierta perspectiva espiritual. Fue Dzerzhinski quien convenció a Lenin de que pasara del calendario juliano al gregoriano en mil novecientos dieciocho, añadiendo trece días, con lo que la Revolución de Octubre del año anterior fue convertida retroactivamente en un acontecimiento que había tenido lugar en noviembre. Dzerzhinski conocía el valor de ocultar las auténticas fechas de nacimiento, aunque posteriormente Lenin llegó a confiar demasiado en ello. – Miró a Hale-.
¿Cuándo es su cumpleaños, señor Hale?
–El seis de enero. Cumpliré los cuarenta dentro de tres días.
El anciano asintió con expresión pensativa, aparentemente sopesando la respuesta de Hale a pesar de que ya tenía que saber cuál iba a ser. Y Hale se acordó de que Philby pareció cuestionar la fecha de su nacimiento, en el campamento de Ham Common en 1941.
–Lenin instituyó personalmente el directorio autónomo del Rabkrin -siguió diciendo Ishmael-, adoptando todas las medidas necesarias para mantenerlo independiente e incluso en secreto ante los otros servicios. No confiaba en Stalin, quien de hecho posteriormente sometió a los servicios a una purga inmisericorde en un intento fallido de eliminar el elemento Rabkrin. Stalin tenía auténtico terror a la guerra espiritual, la posible ira de Dios. Desde entonces, y en diversos momentos, se nos ha conocido como el OMS, que era el Departamento de Enlace Internacional de la Komintern, y como Smersh y Smernesh, incluso bajo las mismísimas narices de Stalin durante la guerra; y en otros momentos hemos sido subdirectorios intermitentes en el KGB. Pero desde mil novecientos diecisiete, y por debajo de todas esas denominaciones cambiantes, siempre se ha tratado del Rabkrin. ¿Por qué no aceptó usted la oferta de Whitehall de concederle al menos inmunidad parcial?
–No sé en qué consistía la oferta de Whitehall -dijo Hale, levantando la voz para hacerse oír por encima de las ruidosas disputas de los pájaros-. En cualquier caso, estoy convencido de que se trataba de una oferta de inmunidad que se habría materializado a través de la muerte. Otros agentes que llegaron a estar demasiado informados acerca de la operación mostraron una curiosa tendencia a morir prematuramente.
–T.E. Lawrence cayó de su motocicleta cuando un golpe lo dejó inconsciente -dijo el anciano después de asentir cansinamente-, y al descifrador Alan Turing se le entregó una manzana envenenada. Ese asesor del MI5 al que usted mató ayer, el tal Cassagnac… Bueno, hubo un tiempo en el que fue uno de los nuestros y le agradezco que haya conseguido matarlo por fin. ¿Qué le contó Cassagnac acerca de nuestra operación actual? ¿Qué sabe Whitehall?
Aquello se estaba moviendo muy deprisa, todo lo ocurrido desde su llegada a Kuwait había sido rápido. Hale se sentía espantosamente mal informado y no le gustaba nada que aquel hombre le hubiera contado tantas cosas acerca del Rabkrin.
–¿Ahora trabajo para los suyos? – preguntó nerviosamente-. Quiero saber si el Rabkrin me está ofreciendo inmunidad.
–¿Piensa que vamos a resolver su estatus, para emplear los términos de la jerga de su servicio? ¿Establecer la verdad acerca de usted, quizá? No, no.
Puedo demostrar, a la más entera y absoluta satisfacción suya, que iría en contra de nuestros intereses matarlo después. Tal como usted propuso a Salim Bin Jalawi, Tommo Burks puede empezar una nueva vida en los estados árabes… y sería una vida muy cómoda y mucho más privilegiada de lo que usted puede imaginar ahora. ¿De qué le habló Jimmie Theodora?
–¿Cuándo?
–Cuando habló con él por última vez. ¿Cuándo fue eso, suponiendo que su memoria vana e insensata pueda recordarlo? – Cambió de postura en su asiento-. Cualquier nueva mentira pondrá en serio peligro la nota de respeto
mutuo que usted y yo hemos establecido aquí.
Hale tenía que suponer que el Rabkrin no estaba al corriente de que lo habían llamado a Londres el día anterior.
–Fue justo antes de Ararat en el cuarenta y ocho -dijo pausadamente-.
Discutimos… esa operación, maldita sea. Y ni siquiera he vuelto a verlo después de eso.
–Entonces ¿fue Cassagnac, sin que nadie lo acompañara quien se presentó en su casa ayer por la mañana, con la noticia de su inminente detención y posible inmunidad?
–Cassagnac estaba solo, sí.
–Qué imprudente por su parte, pero después de todo, tengo entendido que usted y él habían sido amigos. – Ishmael sonrió-. En los viejos tiempos.
Hale bebió un rápido trago de escocés, se levantó y fue hasta la pajarera más alejada, donde se dedicó a contemplar a un par de gallos eme tenían aspecto de estar bastante enfadados.
–Supongo que es una suerte para usted que el SIS decidiera ocuparse de mí en el momento en que lo hizo -dijo secamente.
–No se trató de ninguna coincidencia -dijo la voz de Ishmael detrás de él, apenas audible entre los chillidos de los pájaros -. Está claro que sus dueños saben que nos estamos preparando para llevar a cabo otro intento en la montaña, y usted era el hombre que estaba al mando de todo y que trabajaba contra nosotros, cuando lo intentamos hace catorce años. Naturalmente, quisieron obligarlo a que prestara su consejo y su asistencia en ese nuevo intento de contrarrestar a la cosa. Y cuando en vez de eso usted huyó de Inglaterra, haciendo sonar todas las alarmas me activaron por si se daba el caso de que decidiera esconderse entre los hadhira o las redes beduinas que había dejado en reserva. Activaron a otros agentes del Rabkrin en otros lugares, o enviados a ellos, para que avisaran en el caso de que usted
apareciera por allí. París, Roma, incluso Chipping Campden lamentablemente.
«¿Roma? -pensó Hale-. ¿Porque hubo un tiempo en el que yo era católico?
Theodora dijo que Dick White había consultado con el papa… ¿Y París?
Eso tuvo que ser por si se me ocurría tratar de localizar a Elena a través del SDECE francés, y eso quiere decir que en realidad el Rabkrin no parece estar al corriente de cuál es su paradero actual. »
–De acuerdo -dijo después de volver a su asiento y sentarse-, así que ahora usted quiere contar con mi… consejo y mi asistencia. ¿Y qué pasará si luego resulta que yo no valía tanto esfuerzo? Puede que no sea de mucha ayuda, incluso con la mejor voluntad del mundo. Se lo diré ahora mismo: si… voy con ustedes, les saldrá muy caro. – Aquel tono tembloroso y desafiante estaba muy bien-. Y… y podría ser que no fuera con ustedes en ningún caso, entiéndalo. Nunca he sido desleal, por lo menos no al servicio.
–Sólo a su país, como en aquel asunto de desviar concesiones petrolíferas a los americanos robándoselas a la British Petroleum Company, y en lo de ayudar a criminales de guerra nazis a que escaparan al castigo que se tenían más que merecido. Ya veo. Pero ¿cómo puede conciliar, y le aclaro que es simple curiosidad, mi querido amigo, cómo puede conciliar el haber matado a Cassagnac con lo de «no ser desleal al servicio»? Me imaginaba que eso habría sido un acontecimiento memorable.
Era una buena estocada, y Hale había mirado a Ishmael y se había encogido de hombros antes de que se le ocurriera una respuesta.
–¿Cassagnac? – dijo sin ninguna pausa mesurable-. Pero él no era del SIS,
¿verdad? Era de la GRU, o del Rabkrin, o de la DGSS francesa. En el mejor de los casos sólo trabajaba para el MI5 a tiempo parcial.
–¡Me gusta eso de «en el mejor de los casos»! – Ishmael rió, y una vez más poco faltó para que empezara a toser-. ¡Rivalidad interdepartamental! No hace falta que me hable de eso. Bueno, pero debe admitir que usted ha ido recortando su patriotismo hasta dejarlo reducido a un junquillo realmente
muy estrecho. Y ahora ese junquillo ya no lo sostendrá. – Se inclinó hacia delante y todos los pájaros chillaron dentro de sus jaulas-. Rómpalo. Ahora.
Diga: «Lo rompo ahora».
–Antes de que yo haga…
–Compró la chaqueta que lleva puesta hoy después de haber perdido la que llevaba anteriormente en el aeropuerto, y tiene alguna clase de ankh o piedra boya en el bolsillo. Lo sé porque, si no la tuviera, yo no habría tenido que utilizar olores ni luces para llamar al sirviente; y esta noche los pájaros se encuentran habitados. ¿Comprende? Los asesinos llegados de Rusia o de Inglaterra no son lo que más debería de preocuparle.
–Admitiré eso en el mismo Ararat -dijo Hale, obligándose a reír pese a recordar las nubes de tormenta que había visto encima del golfo Pérsico la noche anterior.
El anciano se levantó y un instante después casi estaba gritando para hacerse oír entre las controversias de los pájaros.
–¿De qué clase de personaje averiguó ciertas cosas su Lawrence de Arabia en el rollo Brontologion que encontró en el wadi de Qumrán en mil novecientos diecisiete? ¿Por qué el presidente Wilson sufrió un ataque al corazón inmediatamente después de que hubiera regresado a los Estados Unidos tras haber asistido a la Conferencia de Paz de París en mil novecientos diecinueve, donde había accedido de muy mala gana a cumplir el mandato de la Sociedad de Naciones de que ocupara el este de Turquía, a pesar de los consejos de los expertos de su grupo de investigaciones secretas? ¡Expertos en lenguas persas antiguas y en las Cruzadas! ¿Por qué, en los años mil novecientos veintidós y veintitrés, sufrió Lenin los infartos que acabarían matándolo, después de que el Ejército Rojo hubiera vuelto a tomar primero y perdido después los distritos de Kars y Van en el este de Turquía? ¡Idiota! ¿Saldrá de aquí siendo todavía un caballero sin un señor que lo proteja, sin un pacto? ¿Hasta dónde llegará? ¿Cree que será muy lejos? Le ofrezco un cayado: dígame en este mismo instante, acerca de su viejo junquillo traicionado: «Ahora lo rompo». Su declaración será
presenciada y confirmada por testigos.
El hielo habría estado tintineando dentro del vaso de Hale si lo hubieran añadido al whisky antes de servírselo, puesto que le temblaba la mano, pero de puro nerviosismo, porque aquélla era la mesa de apuestas más elevadas que había en todo el Gran Juego.
–Ahora lo rompo -dijo, sin poder reprimir una sonrisa tensa.
–Entregue su arma.
Ishmael respiraba entrecortadamente, como si acabara de subir corriendo un tramo de escalones.
Hale metió la mano en el bolsillo interior de su nueva chaqueta y sacó de él su ankh de papel de plata. Lo rompió en impotentes trocitos relucientes mientras los loros y los gallos chillaban a su alrededor, y dejó que los pequeños fragmentos cayeran como restos de aviones hechos pedazos sobre las losas iluminadas por los focos.
–Ahora lo rompo -repitió.
–¿Moriría por nuestra causa, su nueva causa? – preguntó Ishmael.
–¡No! – Hale, sorprendido, ladró la sílaba entre risas.
–Yo sí. ¿Mataría por nosotros?
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–Bueno -replicó Hale-, es su causa, ¿no? Eso cambia muchísimo las cosas.
Dejando aparte el instinto racional de supervivencia, yo ya no tengo ninguna causa. ¿Matar por ustedes? – Se encogió de hombros-. En ciertas circunstancias.
Ishmael frunció sus marchitos labios en lo que era un claro reconocimiento de que aquella indiferencia, por repugnante que pudiera encontrarla, era un pequeño punto a favor de Hale: a un agente doble infiltrado seguramente se le hubiese dicho que fingiera un mayor grado de compromiso.
–¿Qué dijo Cassagnac? – preguntó secamente-. ¿Qué sabe Whitehall?
Hale respiró hondo, abrió la boca y un instante después descubrió que estaba experimentando una dificultad casi física para darle las respuestas a Ishmael. En una fecha tan reciente como el día anterior, se habría dejado torturar antes que contarle aquellas cosas a un agente del Rabkrin.
Exhaló sin haber hablado, consciente de la frialdad causada por el repentino humedecimiento de su frente. « Pero es que no tiene ningún sentido -se dijo-. Puedes contarle todas las viejas matemáticas a este hombre porque,
¡aparentemente!, no eran válidas; pero… ¡Pero aun así son las matemáticas que yo compilé, que descubrí, para engañar a los de Ishmael y hacerlos fracasar! Y todo tiene tal coherencia interna, todo es tan convincente…»
Ishmael lo estaba mirando con expectación y anhelo, y Hale comprendió que su vacilación, una vez llegado a aquel punto, era obviamente genuina; y