Declara
Libro Segundo
técnicas paramilitares, y luego se te destinará a Oriente Medio, probablemente a Kuwait, bajo la cobertura de la Oficina Combinada de Planificación y Desarrollo, conocida jocosamente como Creepo.
–Oriente Medio -dijo Hale con voz pensativa. Llevaba toda la mañana con hambre, pero en aquel momento sintió un súbito acceso de náuseas y supo que era el miedo lo que le había acelerado el pulso. Pero aquello era el próximo paso hacia el interior por el camino que conducía al descubrimiento de los más profundos secretos del mundo, del mundo más poderoso y más oculto. Hale flexionó la mano derecha, acordándose de cómo se había inclinado el torbellino bajo la lluvia cuando él agitó el ankh…
–Cosa que no te pilla del todo por sorpresa -dijo Theodora, después de hacer un gesto de asentimiento-, me atrevería a decir. Antes de que te vayas, te pondré al corriente de cuál es la situación a gran escala, a grandísima escala… y luego, finalmente, te adoctrinaré para que se te autorice a participar en lo que hemos llamado Operación Declara.
LIBRO SEGUNDO
Saber, no pensarlo
ONCE
OceanofPDF.com
Beirut, 1963
Y los dos lo dejaron en el suelo, disponiéndolo hacia el este y hacia el oeste, para que así las misteriosas corrientes de la tierra que animan la arcilla de nuestros cuerpos pudieran ayudar en vez de obstaculizar, y fueron haciéndolo pedazos durante una larga tarde: hueso a hueso, músculo a músculo, ligamento a ligamento y, finalmente, nervio a nervio.
Rudyard Kipling, Kim
Kim Philby se repantigó en su asiento de la mesa junto a la ventana en el bar del Hotel Normandía y se lamió los labios, paladeando el sabor del carmín de ella. La mujer sentada al otro lado de la mesa se limitó a contemplarlo en silencio un instante y dio una larga calada a su cigarrillo.
Detrás del cristal de la ventana, el cielo de última hora de la tarde iba dorándose por encima del mar púrpura.
Philby le sonrió, pero estaba un poco irritado. Los cabellos prematuramente blancos como el hueso de la mujer le parecían muy eróticos, pero sus labios habían estado tan inertes como lo habría estado el dorso de su mano; y deseó no tener la cabeza ridículamente envuelta en vendajes blancos.
–Le r-r-ruego que me dis-disculpe, señorita C-B. Mi cuidador sov-soviético ha hecho acto de p-presencia en el v-vestíbulo, junto con no sé qué espécimen cadavérico, a-ahora mismo. No llegaron a e-entrar, pero si usted in-inis-insiste en que nos veamos en mi… despacho de esta manera, entonces más valdrá fi-fi-fingir que estamos man-manteniendo una relación extramitra-extramarcial-extramarital…
–Comprendo -dijo Elena Teresa Ceniza-Bendiga en un inglés minuciosamente articulado. Exhaló una nubécula de humo y cogió su vaso de Dubonnet-. En nuestro trabajo a veces tenemos que emular a Judas. – Se
terminó la bebida roja de un par de rápidos tragos y le dirigió un enarcamiento de sus desconcertantemente oscuras cejas por encima del borde del vaso-. ¿Entonces este bar de hotel es su despacho? – preguntó en cuanto volvió a dejar el vaso encima de la mesa.
–Recibo mi c-correo aquí y el c-conserje me tiene reservada una má-má-máquina de escribir, para mi uso particular. Hoy en día soy un p-periodista, ya sabe. – Cogió su vaso e hizo girar la ginebra entre los ya bastante reducidos cubitos de hielo-. Pero ¿Judas, dice? La or-or-orga-nización a la que me propongo t-t-t-¡traicionar!, difícilmente puede considerarse la aqua-equi-equivalente del Hijo del Hombre, incluso desde mi pun-punto de vista de ateo. – Su sonrisa se ensanchó un poco más-. ¿O tal vez se refería a que quizá la haya traicionado a usted?
–No había vuelto a verlo desde Turquía en el cuarenta y ocho -dijo Elena tras apagar el cigarrillo, poniéndose en pie y alisándose la falda-. Si usted y yo tuvimos una… tuvimos lo que fuera por aquel entonces, le aseguro que no me acuerdo. – Paseó la mirada por las mesas y la cortina de cuentas que separaba el bar del vestíbulo-. ¿Hay alguna otra salida? Nunca habría cometido la imprudencia de contactar con usted aquí si hubiera sabido que todavía tenía a un… a un maldito cuidador rondando por los alrededores.
No es lo que se espera de alguien del oficio y le pido disculpas por ello, pero suponíamos que se había retirado. – Habló con voz tranquila, pero él pudo ver un pulso más rápido en uno de los lados de su cuello.
–Beirut es una ciudad neutral -le explicó Philby mientras levantaba el vaso para apurar el último trago de ginebra-. Y digamos que en estos momentos, mis patronos no sienten muchos des-des-deseos de embarcarse en operaciones tan con-conspicuamente robustas como s-s-secuestrar agentes de una potencia ex-ex-extranjera. Pero tiene razón, probablemente no d-d-d-d-deberíamos permitir que nos vieran juntos. – Se volvió hacia la barra para hacer una seña con la mano-. Anwar nos dejará salir por la zona de carga de la parte de atrás. – Dejó el vaso, deslizó la mano por debajo de la mesa para asegurarse de que el treinta y ocho de cañón corto seguía a buen recaudo dentro de su funda tobillera sujeta por un elástico y que la pernera de su pantalón estaba adecuadamente extendida por encima de ella, y se puso en
pie.
»Si tuvimos alguna cosa entonces -dijo mientras cruzaban el suelo embaldosado en dirección a la barra de caoba y latón-, usted está segura de que no se a-a-acuerda. Yo tengo un puto agujero de b-bala en la cabeza, y le ruego que tome nota del he-hecho de que usted n-n-no tiene ninguno en la suya. – Lo complació ver que sus palabras la hacían enrojecer.
–Lo… sé -dijo ella, mientras pasaba por detrás de la barra y saludaba distraídamente al bigotudo y bobamente sonriente Anwar con una inclinación de cabeza-. No lo he olvidado.
Salieron por la puerta trasera y fueron por el callejón que había detrás del Hotel Normandía, pasando delante de las salidas de incendios y las ranuras de ventilación que dejaban escapar el aire caliente, y una vez ya en el tranquilo crepúsculo de la acera de la calle principal, Philby llamó con la mano a un taxi del Servicio que pasaba por allí y gritó: «¡Servicioooo!». El taxi se detuvo junto al bordillo, y por una vez no había otros pasajeros dentro. Philby le abrió la puerta de atrás a Elena, fue al otro lado y subió al taxi.
–Estoy pagando por las cinco plazas -dijo en rápido francés al conductor mientras le entregaba veinticinco piastras-, ¿de acuerdo? Llévenos a la calle Chouran, junto a la Roca de la Paloma. – Dirigió una radiante sonrisa a Elena y deslizó el brazo derecho sobre el respaldo del asiento por detrás de ella. Pasando al alemán, dijo-: Me fascina que… -« El SDECE francés, el servicio secreto de Pompidou», pensó; pero cabía la posibilidad de que el conductor hablara alemán-. Que hayan optado por enviarla a usted.
–Se pensó que dado que yo lo había conocido en el pasado -respondió ella en el mismo idioma-, estaría más capacitada para determinar si su oferta era genuina o no. Y soy una agente que no figura en ninguno de sus registros: si su oferta es una trampa y me arrestan, no tendrán que reconocer que trabajaba para ellos y nadie podrá seguirme la pista hasta su organización.
Pero si opino que es genuina… -La palabra alemana que empleó fue
« richtig»-, entonces las personas para las cuales trabajo lo «exfiltrarán»
inmediatamente de aquí, y le proporcionarán una nueva identidad y mucho dinero en mi país. Si luego usted se echa atrás de cualquier manera, entonces nosotros le… daremos la verdad, como dicen los suyos.
Philby retiró el brazo y entrelazó las manos encima de su regazo. Podían matarlo, si realmente se esforzaban en ello.
–Oh, es richtig -dijo, en voz queda, hablando en inglés-, desde lu-luego.
« He de saltar a algún sitio -pensó-, y condenadamente pronto. El SIS
británico está tardando mucho en responder a la amable y oportuna delación de mi pasado que la vieja Flora Solomon efectuó al MI5. ¿Acaso no quieren disponer de la confesión del espía que más daño les hizo? Y la CIA de Angleton no confiaría en mí ni para que les diera la receta del borsch , y la ciudadanía india es un imposible. ¡Y el trato que me ofreció el viejo SOE de Theodora consistía en que yo siguiera trabajando para Moscú! Pero alguien tiene que sacarme del radio de control de Burgess y de Moscú: antes de subir al Ararat, solo como estoy ahora, me mataré.
Hajji nuestro que estás en el infierno, ahora. »
El conductor entró por la Rue Kantari para dirigirse hacia la calle Hamra, y Philby se inclinó hacia delante para esconder lo más posible su cabeza vendada debajo del techo del taxi, por si acaso su esposa estaba mirando desde su balcón del quinto piso.
« Ya te lo contaré en cuanto todo esté arreglado, Eleanor, amor mío -pensó-.
No quiero preocuparte hablándote de ello antes de que haya llegado el momento, y te gustará vivir en Francia. »
Finalmente llegaron a la calle Chouran y empezaron a seguir la carretera del acantilado, dejando atrás el Lord's Hotel y el restaurante Yildizlar, con el Mediterráneo de un color índigo oscuro a su izquierda. Philby vio las dos enormes rocas de la bahía de San Jorge, que según la tradición era el lugar donde el santo patrono de Inglaterra había matado al dragón.
« El exhausto san Kim -pensó-, se conformará con esconderse del dragón. »
Un tropel de turistas árabes y europeos estaba esperando en una parada de taxis junto al pabellón de la Gruta de la Paloma en el acantilado, y después de que Philby y Elena hubieran bajado del taxi, él la tomó por el codo desnudo y la llevó en dirección sur a lo largo de la acera terminada en una barandilla que iba contorneando el acantilado. A su izquierda, debajo de la moderna fachada blanca del Carlton, los Rolls Royce y los Volkswagen iban reduciendo la velocidad mientras un árabe montado en un burro atravesaba lentamente la calzada. Sólo unos cuantos coches habían encendido los faros, y el olor a limpio de la espuma del oleaje que flotaba en el aire todavía se hallaba tenuemente perfumado por el aroma vespertino del aceite bronceador.
Las gaviotas describían círculos en el cielo azul que iba oscureciéndose por encima de sus cabezas, pero sus estridentes chillidos quedaban amortiguados por la gasa sujeta con cinta adhesiva extendida sobre las orejas de Philby.
Se volvió hacia el mar, donde a medio kilómetro aguas adentro una motora acababa de salir como una exhalación del túnel que había en la base de la roca de mayor tamaño, con un esquiador acuático apenas visible dando brincos sobre el abanico blanco de la estela que iba desplegándose por detrás de ella. Por arriba, la roca de ciento veinte metros de altura era totalmente plana, una remota pradera iluminada desde atrás repleta de hierbas silvestres, y Philby se preguntó melancólicamente si alguien habría subido alguna vez hasta allí.
–Echaré de m-menos Beirut -dijo en inglés-. Llevo s-s-seis años aquí.
–Francia le gustará -le dijo Elena. El sol rojizo ya había empezado a descender hacia el horizonte más allá de las rocas, y sacó unas gafas de sol de su bolso y se las puso-. ¿Por qué quiere abandonar el servicio soviético?
Supongo que sigue siendo un jugador en activo y que no va a limitarse a vender sus memorias.
–Mi p-p-padre está m-m-muerto. – « Hajji nuestro que estás en el Infierno,
ahora», volvió a pensar-. Murió aquí hace d-dos años, y fue mi…
reclutador, en un… en un sentido no específico, pero sí m-m-muy real, dentro del Gran Juego. No era un t-traidor, a pesar de que durante la guerra fuera en-encarcelado por haber hablado en favor de Hitler, «¡actividades perjudiciales para la seguridad del Reino!», y nunca me em-empujó hacia los servicios s-s-soviéticos per se, pero en las décadas de los veinte y los treinta se dedicó a estudiar con uno de los ilegales s-s-soviéticos, todos los cuales terminaron siendo p-purgados por Stalin en el treinta y siete y el treinta y ocho, un p-para-dó-dójico viejo musulmán soviético llamado Hassim Hakimoff Khan, en Yedda, que es la ciudad portuaria de La Meca.
–Yo… Conocí a uno de los grandes ilegales de los viejos tiempos -dijo Elena suavemente-. En Francia, cuando yo era muy joven. ¿Qué estudiaba su padre?
–Oh, digamos mejor qué era lo que no estudiaba. – Philby soltó una risa monosilábica, más parecida a un ladrido, en la que no había ni rastro de alegría-. ¿Sabía que un d-d-dios llamado al-Lah ya era adorado en la Kaaba de La Meca mil años antes de Mahoma? Según el Corán, las tribus de los tamud se negaron a ren-ren-rendirle culto y fueron aniquiladas por lo que sería recordado como algo que era a la vez un ra-rayo y un terremoto. Mi padre en-encontró y descifró más de diez mil inscripciones tamúdicas, y no las en-entregó todas a los eruditos. Y estudió la v-v-ver-sión de la historia bíblica del Diluvio según Gilgamesh en las tabletas cuneiformes caldeas del Museo B-Británico, complementando su contenido con el de otras que él había en-encontrado por su cuenta en Bagdad. – Siguió con su relato, hablando un poco más despacio-: En mil novecientos veintiuno lo nombraron representante en jefe b-b-británico para Jordania, ree-ree-reemplazando a T. E. Lawrence, quien i-i-iba a ser destinado a Irak. Mi padre… rrrrr-¡robó!, los viejos archivos de Lawrence y leyéndolos a-a-atentamente uno p-p-pudo deducir muchas cosas acerca de los expedientes que f-f-faltaban, aquellos que Lawrence aparentemente había ddddd-
¡destruido!: las traducciones de ciertos d-d-documentos muy antiguos que había encontrado en una de las cavernas del wadi de Qumrán, allá junto al mar Muerto, en mil novecientos dieciocho.
–Está hablando de los rollos del mar Muerto, ¿verdad? – Elena bostezó, claramente más debido a la tensión que al cansancio-. Los cuales fueron encontrados por segunda vez… ¡en el cuarenta y siete! ¿Sabe en qué consistían esos documentos?
–Sí, yo mismo leí los expedientes de L-Lawrence en el cuarenta y tres. –
« Después de haber forzado la caja fuerte de mi padre -pensó- y de haber fotografiado sus papeles»-. Según la relación de su in-inventario, había var-varios re-recipientes semíticos en la caverna, pero él se llevó uno de aspecto anómalo que te-tenía una cruz del tipo ankh por a-a-asa. Dentro de él había var-varios viejos per-pergaminos hebreos extremadamente frágiles: al parecer uno de ellos era lo que se co-conoce como un brontologion, que significa «lo que dijo el trueno». Normalmente se trataba de ciertos t-textos astrológicos y adi-adivinatorios, derivados de la escucha del trueno; pero las referencias que Lawrence hacía a él parecían indicar un… mensaje más específico y deliberado por parte del trueno. Otro de los per-per-pergaminos parece haber sido una v-v-variante del Libro del Génesis o apócrifo conocido como Libro de Enoc, pero en cualquier caso se trataba de la historia de Noé y del Diluvio Universal. Mi p-padre nunca llegó a obtener la serie de trans-transcrip-ciones que Lawrence hizo de esos documentos, por lo que yo n-nunca las he visto tampoco. Después de que las hubiera tra-traducido, Lawrence se volvió inestable. – Philby también bostezó, haciendo crujir su mandíbula, y apretó las manos para evitar que temblaran-. Fotografié lo que había y le entregué las fo-fo-fotografías a Guy Burgess, quien siempre fue mi p-principal cuidador soviético en aquellos t-tiempos.
–Y Lawrence murió en un accidente de moto al año siguiente. ¿Cómo se relaciona todo eso con su decisión de… abandonar el Gran Juego, abandonar el servicio soviético y buscar la protección del SDECE?
–Mi p-p-padre… me inició, in-intentó iniciarme en… -comenzó a decir Philby, pero no llegó a terminar la frase.
Elena chasqueó la lengua impacientemente.
–Si va a mostrarse evasivo acerca del elemento sobrenatural de su historia, entonces el SDECE no está interesado en su oferta.
–Evasivo. – Philby soltó una seca carcajada, consciente del peso incómodo del acero sobre su tobillo y preguntándose si alguna vez llegaría a verse ante la necesidad, y tendría el valor, de volver el arma contra sí mismo-.
Aun así es v-vagamente vergonzoso, ¿verdad? ¿No sintió usted eso, en B-Berlín?
–Y si usted no está dispuesto a afrontar la vergüenza, entonces no llegaremos a ninguna parte.
–«¡Oh, rueda valiente! ¡Oh, valerosísimo cielo!» Ahora me está de-devolviendo el m-mismo reproche que le hice yo en T-Turquía. Sí, muy bien. – Durante unos segundos se limitó a contemplar las caras erosionadas y llenas de sombras de los dos monolitos gigantes que se alzaban en la bahía, y una bandada de gaviotas que volaba en un gran anillo junto a aquel lado de las rocas. « Una nueva identidad en Francia -se dijo-, porque no puedes subir al monte Ararat. » Aun así, cuando por fin volvió a hablar le temblaba la voz-. Mi padre fue b-bautizado, pero en mil novecientos treinta renunció al cristianismo, se convirtió al islam y al hacerlo tomó el nombre de Hajji Abdullah, «Uno que ha hecho la peregrinación, esclavo de Dios», y por mi p-parte yo nunca llegué a ser b-b-bautizado, ya que él se aseguró de eso. Mi padre había nacido el Viernes Santo de mil ochocientos ochenta y cinco, en Ceilán, y un c-cometa fue claramente v-visible en el cielo durante aquel día. Cuando era pequeño, una vez se lo dejaron olvidado accidentalmente en una posada del Gobierno durante un viaje, y los s-s-sirvientes volvieron corriendo y lo encontraron siendo a-amamantado por una djjj… por una «gitana». – Philby miró a Elena, pero sus ojos azules se encontraban ocultos detrás de las gafas de sol, y volvió nuevamente la mirada hacia las rocas-. De hecho la mujer estaba d-d-dando de mamar a dos bebés idénticos, ambos vestidos con las ropas b-británicas de mi padre.
Más tarde uno de los bebés aparentemente fue e-extraviado, pero… Bien, el caso es que cuando volvieron a casa sólo había uno.
–Ambos eran él, ¿verdad? – murmuró Elena-. Déjese de insinuaciones e
indirectas y dígalo.
Philby enseñó los dientes en una dificultosa sonrisa.
–Mi lema siempre ha sido: «Saber, no pensarlo; y averiguar, no hablar». El curso abreviado para los espías. Pero sí -admitió cansadamente-, a-ambos eran él. Alrededor de los sie-siete años perdió esa habilidad de estar en dos s-s-sitios al mismo tiempo. Yo nací en Ambala, en el Punjab de la India, y ya ha-hablaba hindi antes de que supiera hablar inglés. So-so-soñaba…
Con una emoción no más intensa que la perplejidad, descubrió que no podía hablarle de los sueños del fin de año que habían ensombrecido su juventud en la India e Inglaterra: sueños de un hombre barbudo de bronce tan alto como el cielo nocturno que giraba, empuñando una guadaña levantada que relucía igual que una constelación; o del mundo entero girando pesadamente sobre el torno del Alfarero celestial; o de un mago de Las mil y una noches árabes haciendo girar una red de pescar llameante justo frente a sus ojos abrasados. Por sus estudios del Libro Primero de los Reyes del Antiguo Testamento sabía que las palabras hebreas para «arder»,
«excomulgar», «mago», «alfarero» y «blasfemia», así como «espada», empezaban todas con las letras hebreas cheth y resh, por lo que antes de despertar imaginaba que se había escindido en dos personalidades. De adulto había acabado por sospechar que los sueños expresaban tenues recuerdos de algún antibautismo al que se lo había sometido durante la infancia.
–Bueno -dijo, disimulando su vacilación con un rápido retroceso al último tema-, no sólo lo soñaba. De mu-muchacho, yo también podía estar en d-dos si-sitios distintos a la vez. Un yo podía estar estudiando, en tanto que el otro estaba dando un pa-paseo por el bosque. Mis p-padres siempre lo supieron y se limitaron a de-decirme que fuera d-d-dis-creto, circunspecto.
No fui b-bautizado, así que no perdí esa habilidad hasta… hasta precisamente mi d-d-décimo cumpleaños.
–¿Cuándo es su cumpleaños?
« Nunca -pensó él-. Es nunca, y nunca te lo diré. »
–El día de Año Nuevo -repuso jovialmente-. Mi p-padre me había estado pre-preparando, porque quería que su hi-hijo llegara a ser… aquello que su b-bautismo le había impedido a él llegar a ser. Hasta que se vio o-obligado a presentar su dimisión en el veinticuatro, fue m-mayor en el Raj, con el Departamento Político y Secreto del gobierno de la India: el MI-1C, de hecho, el pre-precursor del SIS actual. Llegó a ser muy a-amigo de Ibn Saud, que posteriormente fue rey de la r-región del Nadj en la Arabia Central y que más adelante, y con ese mismo nombre, llegaría a ser rey de toda la Arabia S-S-Saudí; y cuando su hijo Faisal e-efectuó una visita de estado a Inglaterra en el diecinueve, el Foreign Office escogió a mi p-padre como escolta del muchacho. Por aquel entonces yo tenía o-o-ocho años e iba a una escuela de primaria de Westminster, en Eastbourne, y me v-visitaron allí. Faisal me regaló un d-diamante de v-veinte quilates. Los rusos siempre han querido ha-hacerse con él. No quiero ser v-v-v-vulgar, pero durante el episodio del cuarenta y ocho en Turquía tuve que tragármelo; y apostaría a que en estos momentos al mis-mismo Faisal le gustaría recuperarlo, ahora que los viajes por aire son tan comunes.
–¿Qué tiene que ver la gema con los viajes por aire?
–Tampoco voy a e-e-entregársela a los suyos. P-pero lo que hace esa gema es… Digamos que confiere la cualidad de rafik, haciendo del portador un emisario dotado de inmunidad d-d-diplomática ante cualquier clase de i-i-i-i-¡ira!, procedente de los poderes que prevalecen… en las alturas, desde aproximadamente trescientos metros por encima del nivel del mar hasta…
la L-Luna, supongo.
–¿Por qué su habilidad cesó el día en que cumplió diez años?
–No lo sé. Mi p-padre se alarmó muchísimo y quedó consternado. Se encontraba en Ammán, en Jordania, pero mi m-m-madre tuvo que haberle escrito acerca de mi súbita nueva singularidad. Me ordenó que fuera a reunirme con él en Ammán el v-v-verano en que tenía once años, y aunque ostensiblemente se trataba de unas vacaciones, durante un par de meses me
estuvo p-p-p-poniendo a prueba, al igual que a la gema. Fuimos a Damasco, Baalbek y Nazaret, siempre viajando por las tumbas más antiguas y observando qué ti-tiempo hacía. Sobrevolamos el l-lago Tiberíades en un biplano De Havilland y vimos una tromba de agua que mi padre dijo era Sajr al-Yinni, un djinn que había sido c-confinado en el lago por el rey S-S-Salomón, pero no se nos acercó… y fuimos al río J-J-J-Jordán cerca de Jericó, y mi padre recogió muestras del a-agua del río. – Philby se estremeció, acordándose incluso después de tantos años de la rabiosa frustración de su padre mientras iba introduciendo los corchos en las botellas goteantes-. Quería enviar las muestras al Museo B-Británico, para averiguar si el agua realmente poseía alguna pro-propiedad especial. Creo que estaba preocupado por a-a-alguien, algún niño, que había sido b-bautizado allí… no hacía mucho tiempo.
–¿Su padre lo estaba sometiendo a una prueba?
–Sí, y no la superé. Cuando perdí la capacidad de ser dos m-mucha-chos, aparentemente, también perdí la habilidad de… conjurar, o c-con-trolar, a las antiguas entidades. Enfermé, temblores y fiebre, con lo que mi padre optó por d-diagnosticar como malaria, aunque nunca he tenido las r-recaídas usuales. Y me enviaron de vuelta a Ing-Inglaterra. Un año después fui a la escuela de Westminster, y mi p-padre me dejó muy claro que más adelante iría al Trinity College, en Cambridge, tal como había hecho él, y así lo hi-hice. Pero tuve un… ¡un c-c-c-colapso n-nervioso, en Westminster!
¿Sabe p-por qué?
–No -dijo Elena apartando la mirada de las gaviotas que describían círculos en el cielo para clavar los ojos en él, y rió sorprendida-. ¿Por qué?
–Debido a la absolutamente implacable instrucción cristiana. ¡De veras! No p-p-paraban de hablarnos del pecado original y de nuestros pe-pecados individuales, y de cómo cada uno de nosotros de-debía someterse a Cri-Cri-Cristo, inclinar nuestras voluntades ante la Suya, o s-sufrir la ira eterna de Dios. Yo re-renegué de todo eso. Ya era un ateo incluso entonces, aunque, gracias a mi p-padre, era un ateo que tenía pánico a los cementerios, a los s-sacramentos de la Iglesia católica, a los nubarrones de tormenta y a que
tronara a la hora del crepúsculo.
Volvió la mirada hacia el mar. El sol rojizo ya se había hundido por debajo del horizonte, dejando relucientes terrazas doradas de nubes suspendidas sobre toda la mitad occidental del cielo, pero ningún cúmulo alzaba los hombros ni la cabeza peluda allá fuera. El anillo de gaviotas se hallaba más próximo, sin embargo: aproximadamente a medio kilómetro de distancia, a medio camino entre las rocas y la carretera del acantilado.
–Deberíamos e-entrar en algún s-sitio -dijo nerviosamente-. Para beber a-algo.
–No son más que pájaros. Y aquí ningún micrófono puede detectar qué decimos. ¿Cuando ingresó en el servicio soviético? Ha dicho que su padre fue su reclutador en un sentido no especificado. ¿Quién lo reclutó específicamente?
–Reclutado… Para una causa t-t-traicionera, ¿verdad? Lo que le parece realmente ofensivo es el hecho de que, en secreto, yo siempre haya sido un agente del comunismo. ¿Cuántos años tenía usted en el treinta y uno?
–Más que la mayoría de quienes tenían mi edad.
–Bueno, exactamente, porque sus p-padres fueron a-asesinados por fascistas monárquicos, toda la pandilla derechista c-c-católica, ¿no es así? En Madrid, cuando el rey Alfonso huyó de España; y unos cuantos a-a-a-años después usted era una huérfana que trabajaba precozmente como t-t-telegrafista entre los leales a la República. Como puede ver, lo r-r-recuerdo todo acerca de nosotros. Pero en Inglaterra el Partido Laborista t-traicionado perdió las elecciones en el treinta y uno, y el electorado votó a los cococo… ¡a un gobierno nacional conservador! Precisamente usted debería e-e-entenderlo. El pueblo había sido arteramente engañado por una propaganda c-c-cínica, y cualquiera podía ver que la mera d-democracia nunca podría llevar a la verdadera p-paz. – Se dio cuenta de que estaba frunciendo el ceño cuando el vendaje se le tensó sobre la frente, y se preguntó: « ¿Todavía sigo creyendo eso? ¿Realmente lo creo? »-. Y debido a
todo eso -prosiguió, apartando el pensamiento de su cabeza-, cuando otro estudiante de Cambridge, un tipo llamado Guy B-B-Burgess, me propuso ha-hacer ciertos trabajos secretos para la Madre Rusia, me mostré…
bastante receptivo. Burgess me hizo v-viajar a Austria en el otoño del treinta y tres, cuando yo tenía veintiún años; y con mi pasaporte b-británico, ¡y acento de Cambridge!, fui un correo de red muy útil que t-t-transportaba pa-paquetes desde Viena hasta Praga y Budapest. En el treinta y cuatro me en-enviaron de vuelta a Inglaterra para que trabajara con uno de los grandes ilegales europeos de los viejos tiempos: era un ferviente comunista y un oficial de la Cheka, pero había sido s-sacerdote c-católico antes de que los horrores de la primera guerra le hicieran perder la f-fe, y cuando estaba bo-borracho solía lamentar entre sollozos el trabajo que había hecho para la Cheka, imponiendo la colectivización a las g-granjas rusas…
–«No soportaba oír llorar a las mujeres cuando poníamos en fila a los aldeanos para fusilarlos -dijo Elena con dulzura, en lo que estaba claro era una cita-. Simplemente no podía soportarlo.»
Y Philby sintió un súbito acceso de náuseas. Se apoyó en la barandilla del acantilado y contempló las gaviotas que describían círculos en la creciente oscuridad del crepúsculo.
–¿Usted… conoció a Theo Maly? – graznó.
–Lo conocí en París, en el treinta y siete. – Philby apenas podía oír su voz a través de la gasa que le cubría las orejas. Sus zapatos se movieron audiblemente sobre la acera, y cuando siguió hablando lo hizo con voz más fuerte y clara; una vez más parecía citar a alguien-: Cardos, flores…
plantas. ¿Llegó a hablar Maly alguna vez de esas cosas con usted, mi querido amigo?
–¡Jesús! – estalló Philby, hablando en voz tan alta que una pareja de turistas europeos lo miró fijamente mientras empujaba un cochecito de niño por la acera-. Sí, querida mía -prosiguió en un tono más bajo-. Sí, me mencionó la raíz de amomon… justo al final, cuando ya había recibido la llamada de
Moscú y sabía que iría allí para que le dieran la… la schluss. Y de hecho me dijo que iría allí vía París.
–La stirnshluss -dijo Elena-. La bala en la frente.
–Sí -dijo Philby cambiando de postura para mirarla, y vio que se tocaba la frente por debajo de sus blancos rizos-, ésa fue la palabra que utilizó.
Estábamos bebiendo en un pub londinense a principios del treinta y siete.
»-Si voy a Moscú -me d-dijo- me matarán… Stalin no empleará durante más tiempo a un ex sacerdote. Pero si no voy, se limitarán a enviar a alguien para que me mate aquí; y no quiero darles la excusa de que haya ninguna desobediencia por mi parte.
»Y luego… luego dijo que, como regalo de des-despedida, podía ofrecerme… nada menos que la vida eterna. Cuando le pregunté a qué se re-refería, me explicó que un s-sacerdote ca-ca-católico n-nunca puede renunciar a sus poderes sacramentales, y se ofreció a b-bautizarme allí mismo, en aquella mesa, y luego, porque entonces Maly estaba muy borracho, a escuchar mi c-c-confesión y absolverme de todos mis p-p-pecados, si me arrepentía y tenía un f-firme propósito de enmienda, y finalmente a pedir un poco de pan y algo de vino para poder consagrarlos y darme la… -Hizo una pausa, y luego habló articulando cuidadosamente cada palabra-: La comunión, la eucaristía.
–Ah, Dios -murmuró Elena, quitándose las gafas de sol.
–Fue bastante patético verlo d-d-desmoronarse de esa manera, al final -
convino Philby-. Le dije: «No, gra-gracias», muy educadamente, porque era un viejo a-amigo y estaba borracho… Entonces él suspiró y dijo que en ese caso podía ofrecerme una clase de vida eterna bastante más p-p-profana.
Las palomas de los acantilados se habían unido a las gaviotas, y ambas clases de aves volaban juntas en una gran rueda por delante del cielo, que ya había perdido su color dorado y sólo mostraba los tonos de la sangre y el acero. Philby se tocó el pecho, allí donde el diamante de Faisal colgaba de
una cadena debajo de su camisa.
–Al parecer existe una es-especie de planta -dijo lentamente-, parecida a un cardo, que c-crece en los lugares más remotos de Tierra Santa. Y usted y yo, querida mía, hemos visto suficiente de lo ver-vergonzosamente sobrenatural para al m-m-m-menos mantener nuestras mentes ab-ab-abiertas a la idea de que ciertos especímenes de dicha planta se encuentran habitados por las antiguas entidades. Maly dijo que cuando los ángeles r-rebeldes c-cayeron durante el comienzo del m-mundo, algunos no eran lo bastante malos para ser merecedores del I-Infierno, quizá porque todavía no se hallaban lo bastante desarrollados o c-c-com-pletos como para haber asentido a la rebelión. En cualquier caso, fueron truncados, comprimidos, c-c-condenados a vivir para siempre inconscientemente como una variedad del cardo: todavía inmortales, al menos en conjunto, pero en un nivel situado por debajo de la consciencia. Pueden ser despertados, b-brevemente, por cierto ritmo p-primordial, antediluviano, algo s-similar a lo que los viejos ilegales y la Rote Kapelle llamaban les parasites.
Las gaviotas que describían círculos en el cielo habían desaparecido en la oscuridad debajo del acantilado a los pies de Philby. « Marea baja -pensó vagamente-; estarán comiendo. »
–Y si una p-persona despierta a uno de esos ángeles atados a la vegetación -
siguió diciendo-, y lo come con los sacramentos a-a-apropiados: azúcar, ajo, licor y demás, esa p-persona compartirá la inmortalidad del ángel y no envejecerá ni sufrirá heridas f-fatales ni morirá. Mi padre sabía algo de eso: en la historia de Gilgamesh, un d-dios le dice al hombre llamado Upanishtim que construya una embarcación y que ponga en ella «la semilla de todos los seres vivos». Upanishtim y su familia así lo hacen, y s-sobreviven al Diluvio… Y mucho tiempo después, Upanishtim entrega a Gilgamesh una planta es-espinosa que devolverá la juventud a quien la coma. Pero a-antes de que Gilgamesh pueda llevarla a casa para dársela a los suyos, una vieja ¡s-s-serpiente! sale de un pozo y se come la planta, e inmediatamente muda su vieja piel y regresa, j-joven de nuevo, al pozo. Así que la planta f-f-funcionaba tal como se había prometido, pero Gilgamesh no p-pudo usarla.
–¡Maly me habló de esto! – exclamó Elena y siguió hablando, casi como si lo hiciera consigo misma-. Oh, creo que lo hizo. Tendré que decirle al viejo Cassagnac que la respuesta que le di en el cuarenta y uno no era del todo correcta. – Alzó la mirada hacia Philby y sus ojos relucieron bajo la luz de los hoteles que se elevaban al otro lado de la calle-. Yo sólo tenía doce años, pero Maly dijo que la serpiente del Jardín del Edén tentó a Eva con el fruto del Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal para que ella y Adán no se acercaran al otro árbol, el Árbol de la Vida, el cual…
–¿Quién está allí? – gritó Philby.
La había cogido del brazo con la mano izquierda, y con la derecha estaba señalando la más alta de las dos rocas de la bahía; porque acababa de divisar una figura silueteada de pie en la pradera de la cima inaccesible. Se encontraba demasiado lejos para que pudiera saber si era un hombre o una mujer… pero movía uno de los brazos. Lo estaba llamando.
–No se mueva -añadió en un susurro porque, con un estrépito como el de un súbito aguacero, los pájaros empezaban a emerger del abismo que había debajo del acantilado para volar en círculos sobre ellos dos. Las palomas y las gaviotas no chillaban, pero el batir de sus alas era como el ruidoso ondear de mil estandartes, y Philby fue súbitamente consciente de la presencia de una tercera persona invisible. ¿Había atraído esa tercera persona la atención de los pájaros o de la cosa que los animaba?
Philby sintió que se le helaba el pecho. «¿Es consciente esa cosa de lo que estoy suplicando? ¿Sabe que estoy tratando de renunciar al viejo pacto? »
Los turistas que iban siguiendo la barandilla del acantilado se sobresaltaron cuando gritó, y se apresuraron a irse al ver que las palomas y gaviotas que volaban a baja altura no se dispersaban; y un instante después Philby oyó sonar un teléfono.
«Hatif -pensó sin aliento-, la llamada de los muertos en la noche, profetizando otra muerte, pero ¿dónde está? » Volvió la mirada hacia la
figura de la roca, temiendo que pudiera estar volando hacia ellos a través del crepúsculo; pero seguía allí donde la había visto por primera vez, todavía haciéndole señas.
Poniéndose en movimiento muy cautelosamente con un torpe bamboleo, Elena dio dos pasos rígidos hacia un bolso y un par de juguetes abandonados que una mujer había dejado sobre la acera después de haber cogido en brazos a su pequeño y haberse alejado a toda prisa de los pájaros entrometidos. Philby contempló los juguetes con los ojos entornados y vio que uno de ellos era un teléfono de plástico amarillo; y entonces cayó en la cuenta de que los timbrazos procedían de aquel juguete.
–No… conteste -graznó.
Pero Elena ya se había inclinado torpemente, con los cabellos blancos impulsados hacia su rostro por la intensa brisa de las alas, y levantó el auricular, que estaba unido por un cordel a una caja de plástico en la que había impreso un dial sonriente.
Se llevó el pequeño auricular a la oreja y el micrófono se le quedó presionado contra la mejilla.
–No es más que mi e-esposa -empezó a balbucear Philby, con el rostro ardiendo de humillación-, mi última e-esposa… Murió hace c-c-cinco años y siempre me está l-llamando… No escuche sus su-sucias…
–Es… un hombre -dijo Elena con voz átona-. Creo que… lo conozco. –
Alzó el auricular de plástico, con el teléfono balanceándose debajo de él suspendido del cordel, sin estar conectado a ninguna otra cosa y sin ninguna antena, y le tendió aquella cosa que no podía estar hablando, como si al hacerlo estuviera pidiéndole una explicación.
Philby extendió el brazo lentamente, pues temía que cualquier movimiento brusco pudiera provocar alguna clase de calamitosa reacción de los pájaros, y se llevó el auricular de juguete al oído sin apartar los ojos de la figura que le hacía señas desde la roca lejana.
–Sus pensamientos son acontecimientos cinéticos macroscópicos -dijo una voz masculina que hablaba con acento británico desde aquel auricular en el que no había perforación alguna, lo bastante claro para que Philby pudiera oírla a través de los vendajes-; viento, fuego y tormentas de arena, groseros y literales. Lo que el djinn imagina queda hecho: para ellos imaginar es haberlo hecho y para ellos el que se les haga memoria de tales cosas es volver a hacerlas. Sus pensamientos son cosas, cosas en movimiento, y sus recuerdos también son cosas literales, preservadas para la referencia potencial: anillos de boda y dientes de oro robados de tumbas, y huesos en la arena, y quemaduras en el suelo, todo listo para entrar en renovada actividad una vez más ante el recordatorio. Imponer…
La mujer a cuyo niño había pertenecido el teléfono ya llevaba varios segundos gritando algo desde unos metros de distancia.
–¡Hágala callar! – gritó Philby a Elena.
–Imponer la forma de un recuerdo a su constitución física -siguió hablando la voz del juguete después de hacer una pausa, como si lo hubiera oído- es imponer por la fuerza una experiencia… que, en el caso de la huella de un meteorito shihab, es la muerte.
El hombre que hablaba no había subido la voz, pero el volumen se incrementó súbitamente con la palabra «muerte», y Philby dejó caer el teléfono de juguete cuando la palabra repentinamente estruendosa chocó con su tímpano.
Y entonces los pájaros se dispersaron por el cielo que se iba oscureciendo, como si hubieran sido súbitamente liberados de unas amarras invisibles.
Philby fue volviendo torpemente el torso para ver a todos los que pudiera; carecía de visión periférica, y cuando vio un sedán Chevrolet que venía hacia la acera de aquel lado del acantilado murmuró: «Joder».
Pero el coche quizá se detenía meramente a causa de los pájaros y de los turistas asustados.
Philby estaba temblando por el enigmático encuentro con los pájaros animados, la figura en la roca y la llamada del hatif, y por la terrible prueba que suponía haber empezado a confesar por fin su verdadera carrera antes de eso. Desde que transmitió su propuesta al SDECE hacía cinco días había estado viviendo de nervios y de ginebra; ya tenía cincuenta años y sentía cada día turbulento de esos años.
–No mire a-atrás -dijo cogiendo a Elena del codo y dirigiéndola hacia la pasarela más próxima-. Los del Chevrolet que tenemos d-detrás son irregulares de la CIA: no trabajan a través de la CIA de Beirut, sino que han sido enviados independientemente por el jefe de su Departamento de Operaciones Especiales en Washington.
« ¿Podrían estar aquí por mí? -se preguntó tensamente-. ¿Y si por fin planean cogerme, secuestrarme y sacarme de Beirut? ¿Por qué? ¿Por qué ahora, después de tres años de limitarse a acosarme, mantenerme bajo vigilancia y sobornar a la sûreté libanesa para que me detenga de vez en cuando y me someta a interrogatorios que no sirven de nada? ¿Se habrán enterado de lo de Mammalian y de la inminente expedición al monte Ararat? ¿Se trata de una mera detención preventiva que pretende frustrar esa operación que, por el amor de Cristo, ya he decidido que no puedo llevar a cabo? Si los americanos me arrestan, con la intención de llevarme en avión a Washington y juzgarme públicamente por espionaje contra su gobierno allá en el cuarenta y nueve y el cincuenta, los franceses seguramente retiraran su oferta. El SDECE incluso puede haber dicho a Elena que me mate, en el caso de que parezca que quiero salirme de la red francesa. Además, ella sería capaz de hacerlo. Y aunque no lo hiciera, pasaría el resto de mis cumpleaños en una prisión americana. Ni la CIA ni Hoover del FBI, accederán a ningún trato de inmunidad. Y si mis cuidadores soviéticos creen que estoy a punto de ser arrestado por cualquier gobierno occidental, seguramente me matarán. El este y el oeste tiran de mí y me están haciendo pedazos. El este y el oeste tiran de mí y me están haciendo pedazos. »
Gotas de sudor caían del vendaje y le rodaban por la frente, y tuvo que
parpadear para que no se le metieran en los ojos.
« Se habrán enterado de que dispararon contra mí, con este maldito vendaje llamo demasiado la atención. »
Cuando hubieron cruzado la calle y estuvieron en la acera del lado de tierra, puso las manos sobre los hombros de Elena y se encaró con ella, de tal manera que quedara tapado por su cuerpo; se subió rápidamente la pernera del pantalón, sacó el revólver de la funda sujeta por un elástico y lo dejó caer dentro del bolsillo de la chaqueta.
Elena había alzado una ceja ante el fugaz atisbo del arma, pero se apresuró a seguir a Philby cuando éste echó a andar por la acera en dirección sur por debajo del vestíbulo iluminado con luces ambarinas del Carlton.
–Supongo que sospechan de su complicidad con el KGB -dijo, y su énfasis confirmó que estaba al corriente de lo que Philby había hecho para aquella otra agencia más profunda, más vieja y vastamente más secreta.
–Sospechar, sí… Han s-s-sospechado de mí desde que Burgess d-desertó a Moscú hace once años. Oiga -dijo, hablando a toda prisa-, no dejaré que me arresten. El trato que ofrezco a los suyos es g-g-genuino, maldita sea, es richtig, ¿comprende? Esto no es un truco soviético, se lo juro por… por el corazón que todavía late en su p-pecho. Mi padre era mi protector, mi escudo, en este asunto; ahora ya no está, y no puedo hacer lo que el Rab…
lo que los soviéticos… bueno, lo que el Rabkrin quiere que haga. No puedo subir a la montaña. – A pesar de su frenética consternación, descubrió que había algo inequívocamente sexy en revelar sus secretos más trascendentales a aquella mujer; y aunque tenía los dedos fríos engarfiados sobre la culata del revólver, de pronto se encontró pensando en su insatisfactorio beso en el bar-. ¿Tienen al SDECE vi-vigilándonos en este momento? Haga que me sa-saquen de aquí ahora m-mismo, en este m-mismo instante.
–Podemos sacarlo de Beirut tan pronto como yo esté convencida de que nos contará todo lo que necesito saber… -dijo ella meneando la cabeza. No
siguió hablando y él la miró. Por un instante el rostro de ella se volvió totalmente inexpresivo, ni joven ni viejo sino tan frío como el de una estatua-. Necesito saber qué ocurrió en el monte Ararat en mayo del cuarenta y ocho.
–No p-puedo contárselo todo sobre e-eso. Si esta noche llegamos a se-separarnos, mañana a las once me reuniré con el equipo s-soviético. Les he di-dicho que me esperen en la terraza del Hotel Saint-Georges. Tras eso no de-deberían mantenerme bajo observación, así que sígame a partir de allí.
–Volveré a ponerme en contacto con usted, no tema. Yo decidiré cuándo y dónde.
–Usted cree que soy totalmente incapaz de ser leal -dijo Philby con voz enronquecida-, pero seré honesto con los suyos. Fui l-leal a los rrrr-¡rusos!, durante décadas, durante mucho más tiempo de lo que lo hubiese sido cualquiera que no estuviese sinceramente en-enamorado del ideal comunista. Era uno de los p-protegidos de Maly, y ellos temían que me hubiera contado el s-secreto de los ritmos amomon, por lo que en la gran temporada de purr-purr… purgas también trataron de acabar conmigo, en el treinta y siete, el día de mi cumpleaños… -Apenas hubo pronunciado aquellas palabras miró a la izquierda, más allá del hombro de ella, y añadió-: Salgamos de la calle. ¿Qué me diría de t-tomar una copa en el Carlton?
Pero un instante después se horrorizó al percatarse de que, en la enloquecida pasión adolescente que lo impulsaba a confesarlo todo, casi había revelado la fecha de su nacimiento.
« Me estoy haciendo pedazos -pensó remotamente-. O partiéndome en dos, al menos. ¿Quién hablaba de los djinns en el teléfono hatif ? »
Mientras conducía a Elena por las puertas de cristal y a través del vestíbulo enmoquetado hacia el bar, bastante más elegante que el del Normandía, con paneles de madera y reservados de paredes acolchadas, recordaba aquel gélido último día de 1937 en España, cuando salió de Zaragoza para
dirigirse a Teruel, empleando la tapadera de ser un corresponsal de guerra para el London Times. Un obús había dado de lleno en el coche dentro del que iban él y otros tres corresponsales, y sus tres compañeros quedaron hechos pedazos, mientras que él sólo había sufrido un par de arañazos. El obús había sido un proyectil ruso de 12,40 centímetros de diámetro, sin lugar a dudas disparado de la manera más deliberada posible, e incluso en un momento cuidadosamente escogido; pero, como era su verdadero aniversario, Philby había tomado la precaución de llevar puesta la chaqueta árabe de color verde claro ribeteada de piel de zorro que le había dado su padre, y por eso había sobrevivido a la explosión con unos meros arañazos.
Al día siguiente había recibido un telegrama, enviado por su padre desude Alejandría: el viejo se había desmayado de repente el día anterior, sangrando por la nariz y los oídos, a la misma hora en que el obús había caído sobre el coche de Philby, y su muy preocupado padre quería saber si el joven Philby había resultado herido.
El martes anterior, Philby también llevaba puesta la chaqueta ribeteada de piel de zorro; pero con su padre muerto, la bala que había sido disparada contra su cabeza había estado mucho más cerca de matarlo.
–¿Su cumpleaños en el treinta y siete? – lo animó a seguir Elena en cuanto Philby la hubo llevado a un reservado junto a la entrada, mirándolo fijamente mientras tomaba asiento.
–Maly me e-entregó un código muy sencillo -dijo Philby, sentándose enfrente de ella y haciendo una seña al camarero-, mediante el cual podría escribir c-cartas que esperábamos parecerían totalmente inocentes para enviarlas a una dirección de cobertura en París, un piso franco donde algún mensajero del NKVD se encargaría de r-recoger el correo. Ya sabe de qué clase de códigos estoy hablando, claro: «Ayer llegaron seis divanes, pero la comadrona dice que no son de la variedad comestible: el perro necesita más cepillos de dientes». Bueno, supongo que en realidad no sería nada tan patético, pero no cabe duda de que era muy i-inconexo y disparatado. Uno tenía que aferrarse a la esperanza de que los c-c-censores verían montones de cartas de auténticos l-lunáticos con muchas ganas de hablar. – Empezaba a calmarse. Aquella historia era cierta y verificable, y Maly le había pasado
el código a comienzos de 1937, e incluso cabía la posibilidad de que se lo hubiera dado en la que pasaba por ser su onomástica del día de Año Nuevo-. No fue hasta el cuarenta y cinco, momento en el que yo ya era jefe de la Sección Nueve y estaba v-visitando las c-capitales liberadas de Europa, cuando descubrí que la dirección a la que había estado escribiendo en la Rue de Grenelle ocho años antes era nada menos que la Embajada soviética. No había n-ningún piso franco, absolutamente n-nin-guna medida de s-seguridad… ¡Cualquier censor que se hubiera tomado la m-molestia de comprobar la dirección a la que yo enviaba mis cartas me habría identificado como un agente soviético en cuestión de segundos!
–Descuidado y negligente -dijo Elena mirándolo con los ojos entornados; había sacado del bolso cerillas y un paquete de Gauloises, y estaba encendiéndose un cigarrillo-, sin lugar a dudas… incluso despectivo, podría decirse… pero yo no llamaría a eso un intento de purgarlo, de matarlo.
–Bueno -dijo él con fingida mansedumbre; no la había engañado-, pues a mí me pareció como si me hubieran en-entregado una bomba de relojería que hacía tictac para que la sostuviera. Dos gi-ginebras Gordon's, por favor, solas -dijo al camarero que por fin había acudido a su mesa-. Son para mí -
añadió, mirando a Elena y dedicándole la más encantadora de sus sonrisas-.
¿Qué va a tomar? Me parece recordar que en Berlín bebía c-coñac.
–¿Sabe si el encargado de la barra podría prepararme una Berliner Weisse mit Schuss? – preguntó al camarero-. Eso es cerveza con jarabe de moras -
añadió.
– Mais oui, madame -se limitó a decir el camarero ocultando cualquier repugnancia que pudiera haber sentido, y se fue después de haberse inclinado educadamente.
–¿Era eso lo que bebía, aquella noche? – preguntó Philby al acordarse de la jarra de extraña cerveza rosada que había estado encima de la mesa en Berlín.
–¿Lo desaprueba? Me parece recordar que usted bebió insecticida.
–Repelente para djinns solían llamarlo los veteranos de El Cairo -dijo Philby asintiendo lúgubremente-. Si a mi p-padre se le hubiera ocurrido darme un vaso de insecticida antes de que sobrevoláramos el lago Tiberíades, yo no hubiese c-contraído la «malaria». Durante los períodos de actividad echan… brotes, igual que los cactus, y los p-pequeños…
¡ djinnillos!, pueden sentirse atraídos por alguien y a-aferrarse a quien tiene… a alguien que lleve la m-marca indicadora de que ya ha sido reconocido por un djinn. Entran a través de la b-boca, e interfieren el curso de los pensamientos, y luego exorcizarlos resulta realmente muy complicado y molesto. Mi padre me c-contó que algunos de los veteranos del Departamento Árabe en El Cairo llegaban al extremo de enjuagarse la b-boca con un poco de petróleo, si iban a ir a algún sitio en el que era probable que estuvieran los m-monstruos. Los olores volátiles los repelen, al menos a los j-jóvenes, y un par de tragos de djjjj-ginebra caliente debería bastar para ahuyentar a cualquiera de ellos que haya podido subir por el acantilado hace unos momentos con los p-pájaros.
Elena había empezado a sonrojarse, y Philby recordó que le había preguntado si todo aquel asunto no le parecía vagamente vergonzoso.
–El de Berlín era una… una hembra -dijo mirándolo a los ojos.
–Era el mismísimo ángel guardián de Rusia, querida mía -dijo Philby, sintiendo que se le erizaba el vello de los brazos incluso tras tanto tiempo-.
Machija Nash, Nuestra Madrastra, inspeccionando los n-nuevos confines de su r-reino en persona, en su tempestuosa persona. Yo estaba allí para supervisar la instalación de su piedra liminar, y lo presencié todo desde un coche estacionado en el lado oeste de la Charlotteburg Chaussee. Era…
espléndida, ¿verdad? Recuerdo que me vino a la mente el verso de Byron:
«Y así ella camina envuelta en la Hermosura, como la noche de climas sin nubes y cielos estrellados…». ¿Qué ha-ha-hacía usted allí?
Philby no había apartado la mirada de ella, pero aun así percibió la aproximación de los dos hombres que acababan de entrar en el bar; se limitó a encogerse de hombros y dirigió una tenue sonrisa a Elena cuando
los hombres se detuvieron delante de su mesa.
Uno de ellos pareció decir «Alá, ese gusano vil», pero pasados unos momentos Philby comprendió que en realidad había dicho, con un marcado acento americano: «A ver, responda, Kim».
–¿Quién es su amiga? – siguió diciendo.
Philby levantó la vista hacia sus inquisidores de la CIA. Ambos eran americanos de cabellos color arena con trajes grises de anchas solapas, y los dos parecían ofensivamente jóvenes y en excelente forma física.
–La señorita Weiss es la editora en jefe de una r-revista francesa -contestó-.
Estoy intentando venderle c-ciertos artículos de periodismo de i-investigación.
–Nos encantaría poder leer sus artículos de periodismo de investigación, Kim -dijo el más alto de los dos-. Hágame sitio, señorita Weiss. – Cuando Elena se hizo a un lado deslizándose sobre el asiento del reservado, el hombre se sentó junto a ella.
Su compañero se acomodó en el reservado junto a Philby, de tal manera que Philby y Elena quedaron atrapados entre ellos.
–Soy el doctor Alquitrán -dijo el hombre que se había sentado junto a Philby-, y aquí mi colega es el profesor Pluma. Nuestro jefe del otro lado del mar siente un vivo interés por esta reunión de veteranos que tiene lugar en Beirut.
–No estoy al corriente de ello -dijo Philby cautelosamente. Quería jadear de puro alivio, porque estaba claro que aquello no era un secuestro.
Sintiéndose un poco más seguro de sí mismo, siguió hablando-: ¿Van a ha-hacer que la sûreté me lleve o-o-otra vez a su comisaría de p-p-policía, para que una vez allí pueda d-decirles exactamente lo m-mismo durante unas cuantas horas?
–Creo que optaremos por esperar a ver qué ocurre -dijo el hombre que se había presentado como el profesor Pluma-. Sigue haciendo trabajos ocasionales para su antigua firma, ¿verdad, Kim? De vez en cuando Peter Lunn lo manda a algún sitio para que escriba un artículo, ¿no?
Lunn era el actual jefe de estación del SIS en Beirut, y de hecho no había mantenido absolutamente ninguna conversación de naturaleza profesional con Philby. Pero hasta hacía dos meses el jefe de estación había sido Nicholas Elliott, un viejo amigo de Philby y uno de sus más fervientes defensores durante el escándalo ocasionado en 1951 por la deserción de Burgess, que le había costado a Philby su empleo en el SIS. Y durante los dos últimos años, Elliott le había encargado toda clase de trabajos extra que exigían viajar a Riyad, El Cairo y Bagdad, así como a una docena de ciudades más del Oriente Medio, para que se relacionara con los árabes que habían conocido al padre de Philby y determinara la extensión y el propósito del enorme incremento en el número de asesores militares soviéticos que tenía lugar en todas las naciones árabes.
Aquello había planteado un serio dilema a Philby. Siempre había estado terriblemente claro que tanto Burgess en la oficina central del Rabkrin en Moscú, como Petrujov, el cuidador del KGB más ordinario que Philby había tenido en Beirut, querían que les transmitiera inmediatamente cualquier información que pudiera adquirir acerca de la respuesta del SIS a la escalada soviética; pero Philby también era consciente de que los jefes del SIS en Londres que lo creían culpable de espionaje se asegurarían de que le pasaran información del tipo «papilla de bario», datos falsos redactados a medida que posteriormente podrían ser detectados durante el seguimiento del tráfico de Moscú. En el caso de que eso llegara a ocurrir, Philby sería lógicamente aislado como la única fuente posible de la información, y entonces el SIS podría arrestarlo por traición; y hasta septiembre pasado, cuando habían matado de forma intolerable al zorro mascota de Philby y la idea de seguir trabajando con el Rabkrin se volvió pura y simplemente inconcebible, Philby no había querido que el SIS lo arrestara. Incluso en aquellas nuevas circunstancias, sólo estaba dispuesto a entregarse si se respetaban unos términos muy específicos, lo que él llamaba sus tres «íes» no negociables: inmunidad, identidad nueva e
ingresos anuales. Decididamente, no la clase de trato que el viejo SOE
fugitivo de Theodora le había ofrecido en 1952.
–¿O no era para Lunn? – siguió diciendo el profesor Pluma-. ¿Todavía hace recados para…? – Miró al doctor Alquitrán-. ¿Cómo se llamaba?
–Petrujov -dijo el doctor Alquitrán-. De la delegación comercial soviética en el Líbano. Es el cuidador e intermediario local.
–Si he hecho algún v-viaje -dijo Philby apaciblemente-, siempre ha s-sido para los artículos que escribo.
–Eso resulta un poco extraño, ¿sabe? – dijo el doctor Alquitrán-. Usted siempre paga los billetes de avión con la tarjeta de la IATA, ¿verdad?
Bueno, hemos tomado todos los artículos que ha escrito para The Observer y The Economist y los hemos comparado con los registros de la Asociación Internacional de Transporte Aéreo en Montreal, y hemos descubierto que sus viajes están muy por encima de su producción periodística. Un bourbon con agua, por favor -dijo al camarero, que acababa de aparecer con dos ginebras y la cerveza rosada en una bandeja.
–Lo mismo -dijo el doctor Alquitrán.
El camarero dejó las bebidas encima de la mesa, asintió y volvió a la barra.
–Los asuntos de los inspectores de Hacienda americanos no me interesan en lo más mínimo -dijo Elena mientras cogía el bolso que había dejado junto a ella, sin prestar atención a su ridícula bebida-. Señor Philby, me mantendré en contacto…
–Quédese, señorita Weiss -dijo el profesor Pluma con voz gélida, sin moverse-. Usted toca un instrumento musical, ¿verdad? ¿Algo del tamaño de un saxofón, quizá?
–El gobierno de los Estados Unidos pagará las copas -añadió el doctor Alquitrán alegremente-, aunque no exactamente en su faceta de Ministerio
de Hacienda.
–No -dijo Elena con un suspiro. Philby pensó que la observación acerca del saxofón había parecido ponerla bastante nerviosa-, no toco ningún instrumento. Pero… supongo que no puedo resistir la oportunidad de ayudar a vaciar el tesoro americano. – Volvió a dejar su bolso.
–E incluso hemos tomado en consideración sus seudónimos -dijo el profesor Pluma a Philby-. Charles Garner y todos los demás, ya sabe. Pero aun así, los números siguen sin cuadrar.
Philby ya había empezado a sacudir la cabeza despectivamente y no dejó de hacerlo; pero no pudo evitar sentirse aterrado por aquel nuevo factor. ¡La CIA sabía que Charles Garner era uno de sus seudónimos, y el nuevo agente de Mammalian iba a utilizar aquella identidad como tapadera!
Philby se preguntó si debía advertir a Mammalian, o dejar que la CIA descubriera al Garner impostor. Si los del SDECE de Elena podían
«exfiltrarlo» de allí muy pronto, eso no tendría ninguna importancia.
–Es obvio que no saben absolutamente n-nada sobre el trabajo p-periodístico -dijo, cogiendo uno de sus vasos de ginebra-. Algunas de las semillas caen en lugares r-rocosos y se m-marchitan al sol porque no encuentran dónde echar raíces. Por cada historia sobre la que escribo, hay una d-docena que resultan ser falsas alarmas. – Se llevó el vaso a los labios y esparció el licor caliente sobre su lengua.
–Su analogía de la semilla procede del capítulo decimotercero de Mateo -
dijo el doctor Alquitrán-. Si realmente quiere emplearla como es debido, debería aplicarla a las personas, por supuesto… Y me acuerdo del versículo siguiente: «Y algunas cayeron entre los zarzales; y los zarzales crecieron y las ahogaron».
Y para gran embarazo de Philby, un hilillo de ginebra se le metió por la tráquea, y al toser expulsó ginebra por las fosas nasales. El licor ardió dentro de su nariz y le llenó los ojos de lágrimas, y los hombres de la CIA rieron mientras Philby seguía tosiendo.
–¡Oh, he dado en el blanco! – exclamó el doctor Alquitrán-. Últimamente ha optado por comportarse como si ya no formara parte del juego, Kim. El guerrero frío se ha retirado, ¿verdad? Pero últimamente Moscú está intentando convertir el mar Rojo en un mar del Ejército Rojo, y el golfo Pérsico en…
–¿El farol del Potemkin? – sugirió Elena, que estaba mirando a Philby con visible disgusto.
–Demasiado rebuscado -dijo el profesor Pluma, sacudiendo la cabeza.
–Y en cualquier caso -siguió diciendo el doctor Alquitrán-, también estaban dispuestos a convertir el Caribe en un estanque soviético, hasta que Kennedy los obligó a echarse atrás hace dos meses. La última vez que los soviéticos intentaron una jugada de tales dimensiones fue en el cuarenta y ocho, cuando bloquearon Berlín y de paso se anexionaron Checoslovaquia y colocaron a un miembro del Partido Comunista en la presidencia de Hungría. Menos abiertamente, por aquel entonces también hubo cierto movimiento alrededor del río Aras, entre Turquía y la Armenia soviética: en el desfiladero de Ahora junto al monte Ararat, para ser exactos. Y en estos momentos Beirut está lleno de gente que se encontraba allí entonces, incluida la señorita Elena Teresa Ceniza-Bendiga en persona.
Elena levantó su vaso de cerveza rosada en un cansado saludo y tomó un sorbo de él.
–Aunque un par de integrantes del viejo reparto no están aquí -dijo el profesor Pluma-, o no obviamente o todavía no. Supongo que no hay muchas probabilidades de que veamos aparecer a Burgess, su viejo compañero de piso; porque nuestros colegas británicos lo arrestarían en cuanto se le ocurriera poner los pies fuera de la Unión Soviética. Pero el segundo, Andrew Hale, huyó de Inglaterra el miércoles pasado, y el SIS ha conseguido seguirle la pista hasta Kuwait, pero lo perdió al día siguiente.
Parece muy oportuno, ¿verdad? ¿Ha sabido algo de él?
–N-no -dijo Philby-. Ya casi no me a-acuerdo del muchacho. – Pero su mente ya estaba funcionando a toda velocidad, intentando determinar cómo aquella nueva pieza que acababa de aparecer encima del tablero de ajedrez podía alterar el desarrollo de la partida. « Hale era el protegido estrella de Theodora -pensó Philby-, y pareció que lo despedían después de su fracaso en el monte Ararat. ¿Se habría tratado de una mera finta? Y si Theodora todavía está metido en esto de alguna manera, entonces que Dios me ayude. ¡Ese viejo ultimátum con el SOE no puede seguir en vigor! »
Recordó lo que le había dicho Theodora en la frontera turco-soviética en 1952: «Infórmenos de cualquier contacto con los soviéticos; y participe en cualquier acción en la que le ordenen tomar parte; e infórmenos de todo, o muera».
–Huyó de Inglaterra y al día siguiente perdieron su rastro -dijo Elena después de tomar otro sorbo de su cerveza aguada-. ¿Es un fugitivo?
Y Philby se acordó con un escalofrío de que Hale había estado desesperadamente enamorado de ella, en 1948, y se acordó de la partida de poker descubierto de siete cartas alto bajo que había jugado con Hale en el refugio Anderson aquella última y terrible noche: « La mano más baja gana las instrucciones del amomon de Maly».
–La noticia ya tiene cinco días -dijo el profesor Pluma-, incluso para los periódicos. Me sorprende que el SDECE no se lo haya comunicado. Hale iba a ser arrestado por unas viejas estafas y fraudes que había cometido cuando estuvo en Kuwait justo después de la guerra. El miércoles pasado el MI5 envió a un agente para que negociara un posible trato de inmunidad con él, a condición de que hiciera ciertos trabajos para el SIS, y Hale mató al agente y huyó. También mató a un policía.
–Claude Cassagnac -dijo el doctor Alquitrán.
–¿Qué pasa con Claude Cassagnac? – se apresuró a preguntar Elena. Philby recordó que ella había mencionado el nombre de Cassagnac hacía un rato aquella misma noche: «¡Maly me habló de esto! Tendré que decirle al viejo Cassagnac que la respuesta que le di en el cuarenta y uno no era del todo
correcta».
–Era el agente del MI5 al que mató Hale -dijo el doctor Alquitrán-.
Supongo que en realidad era más bien un asesor que un agente.
–¿Qué prueba es ésta? – quiso saber Elena, utilizando pintorescamente en inglés lo que Philby reconoció como una expresión de la jerga bélica de la Guerra Civil española.
–Es una prueba de lo más firme, señora -dijo el profesor Pluma, mirándola con curiosidad-, si fuera licor, diríamos que es de la mejor calidad y que está recién destilado. Como acabo de decir, incluso ha salido en los periódicos. – Se levantó y salió del reservado, dejándole el camino libre-. Si ha terminado su bebida, ya podemos irnos.
–Todavía no he terminado mi bebida -dijo ella.
–La verdad es que actualmente Kim no está en venta, señorita Ceniza-Bendiga. – El profesor Pluma volvió la mirada hacia donde estaba sentado Philby, aprisionado por el doctor Alquitrán-. Tenemos intención de leer sus artículos de investigación, Kim. Y no como meros… extractos, en una traducción francesa.
« Claro, porque no tenéis ninguna clase de relación especial con el SDECE
-pensó Philby-, de la manera en que sí la tenéis con el SIS. Pero ni vosotros ni, aparentemente, mis decepcionantes viejos colegas del SIS están dispuestos a ofrecerme ninguna "i". Tout au contraire , de hecho. »
La prolongada tensión nerviosa de aquella noche, junto con los efectos acumulativos de la bebida y las palpitaciones de su cabeza herida, estaban empujando a Philby hacia algo parecido a la histeria.
« He de poner fin a esto», pensó.
–Oh, bueno -dijo con una desenvoltura desesperadamente afectada-, la señorita Weiss sólo está interesada en las… reminiscencias domésticas, lo
que podríamos llamar el m-material de interés humano. Viajes con mi p-padre, los traumas de una educación re-re-religiosa, la m-muerte de mi zorro mascota… Nada que pueda llegar a ser merecedor de salir en primera plana, eso se lo juro por mi honor. – Terminó su primera ginebra y cogió la segunda-. Y ahora si nos disculpan…
–Applewhite no cree que usted haya espiado nunca para los soviéticos -dijo el doctor Alquitrán levantándose junto a Philby e inclinándose sobre su cabeza vendada. Applewhite era el jefe de estación de la CIA en Beirut-.
Los Philby y los Applewhite van a hacer meriendas campestres en las montañas de los alrededores de Ayaltun. Applewhite no aprueba que siempre lo acosemos y le hagamos la vida imposible, y nos considera unos despreciables canallas.
Cautelosamente, Philby se permitió una carcajada indulgente y ésta le salió bastante convincente; pero cuando intentó hablar, descubrió que estaba balbuceando nerviosamente.
–Oh, e-ese es sucesivo… eso es excesivo, seguramente… Ustedes parecen un par de b-buenos chicos medianos… del Medio Oeste, quiero decir…
–Pero no estamos sometidos a la autoridad de Applewhite -siguió diciendo el doctor Alquitrán en lo que prácticamente era un rugido-. Trabajamos directamente para la Oficina de Operaciones Especiales de Washington. Y
nuestro jefe… -Juntó los labios formando una rígida línea-. Nuestro jefe está muy interesado en su padre, su zorro mascota.
Philby sintió como si le acabara de dar un puñetazo en el estómago. « ¿La CIA sabe que el espectro de mi padre moraba en ese zorro? Pero no pueden saber mucho más que eso, y ni siquiera pueden saber eso, no con certeza. »
Había enarcado las cejas y un instante después abrió tensamente la boca para tratar de expresar… cansada perplejidad, impaciencia, una creciente irritabilidad… Pero el profesor Pluma dio un paso atrás apartándose de Elena y asestó otro puñetazo.
–Y ya puestos y mientras está tonteando con el SDECE, pídale a la señorita Ceniza-Bendiga que le enseñe en qué parte del tejado de un edificio de oficinas de la Rue Kandari se tumbó anoche, justo enfrente de su casa al otro lado de la calle. Trajo el rifle dentro de un estuche de saxofón, y supongo que debió de modificar un poquito la mira telescópica durante el viaje en el taxi.
–Bueno, espero que disfruten de una velada muy agradable -dijo el doctor Alquitrán con alegre jovialidad, y los dos hombres de la CIA salieron del bar.
Philby había sacado el revólver del bolsillo de la chaqueta, y el arma estaba apuntando directamente al estómago de Elena por debajo de la mesa.
–Balas dum-dum -dijo pausadamente, aunque su respiración se había vuelto entrecortada-. Parálisis, peritonitis… Ésas serían las buenas noticias.
Se estaba acordando de la noche del martes pasado. El terrible impacto en la cabeza que lo había dejado aturdido mientras estaba de pie delante del lavabo en el cuarto de baño, y sus esfuerzos ebrios y confusos para golpearse la cabeza contra el radiador a fin de ocultar a su esposa el hecho de que acababan de disparar contra él; y su esposa llevándolo a rastras, medio inconsciente, hasta el dormitorio con la sangre manando de su cuero cabelludo, manchando la pared y echando a perder las almohadas. Y luego el médico libanés al que la pobre Eleanor había conseguido convencer de alguna manera para que fuese al apartamento, y los balbuceos inarticulados con los que Philby había intentado explicar que no quería que lo llevaran a un hospital mientras un asesino pudiera estar esperando fuera para hacer un segundo disparo…
–Ahora no tengo el rifle -dijo Elena, sonriéndole fríamente y levantando muy despacio las palmas de ambas manos de la mesa-. Y lo del martes por la noche fue… un mero asunto personal, un acto de desobediencia. No figuraba en mis órdenes. Francia está dispuesta a comprarlo, por mucho que la temperamental emisaria de Francia hubiese preferido verlo muerto aquella noche, y usted sigue necesitando una nación que le proporcione
protección e inmunidad. No se atreve a subir a la montaña con la expedición rusa, ¿verdad? No ahora que su protector y escudo ha llegado al final del camino y se ha ido definitivamente. Me ha dicho que el cuerpo de su padre murió hace dos años. ¿Cuándo murió el zorro?
–En septiembre -murmuró Philby, bajando el cañón del arma-. Alguien lo e-empujó cuando estaba subido a la barandilla de nuestro apartamento. O la empujó, si prefiere decirlo así: era una he-hembra. Quinto piso.
–Negaré haber disparado contra usted -dijo ella. Respiró hondo y, con los ojos iluminados por el brillo de las lágrimas mientras lo miraba fijamente, añadió con clara deliberación-: ¿Y qué sentido hubiese tenido tratar de matarlo el martes pasado, en cualquier caso? Dado que… -Hizo un visible acopio de valor-. Dado que durante nuestra conversación de esta noche he descubierto que el primero de enero no es su verdadero aniversario, después de todo. Su verdadero aniversario, el día en el cual es usted mortalmente vulnerable, es la fecha en la que algo estuvo a punto de matarlo en el treinta y siete, ¿verdad?
El cañón había vuelto a elevarse para quedar dirigido hacia ella, pero Philby se obligó a sacar el dedo del guardamonte del gatillo. « No -pensó-, se limita a decirte la verdad: no se te permitirá mantener oculta ninguna parte de ella, y al final ya no te quedará absolutamente ningún secreto. »
–Estuvo a punto de… conseguirlo, entonces -dijo, su murmullo súbitamente muy tembloroso-. ¿Sabía que… decirme eso ha supuesto un intento de suicidio por su parte?
–Sé que usted siempre ha sabido cuidar de las mujeres que intentan suicidarse. – Dejó escapar el aliento en una prolongada exhalación que descendió por la escala musical con un lento siseo, y sus hombros se encorvaron-. Y eso me deja con otra persona a la que tratar de matar.
Philby asintió lentamente, comprendiendo a quién se refería.
–Andrew Hale -dijo.