Declara

Tim Powers · Capítulo 20 de 24

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Declara

Libro Tercero

Monte Ararat

DIECISIETE

Monte Ararat, 1963

Señaló a través de la ventana, que daba a un vacío iluminado por los rayos de luna que se reflejaban en la nieve, y arrojó a él una botella de whisky vacía.

– No hace falta que intentes oír el ruido de la caída. Esto es el fin del mundo

- dijo, y saltó.

El lama miró hacia delante, una mano encima de cada alféizar, con ojos que brillaban como ópalos amarillos. Desde el enorme abismo que había ante él, picos blancos se alzaban anhelantes hacia los rayos de luna. El resto era como la oscuridad del espacio interestelar.

Rudyard Kipling, Kim

La brisa matinal que soplaba desde los glaciares de las alturas era inequívocamente ártica.

Kim Philby había fotografiado a conciencia el monte Ararat cuando era jefe de estación del SIS para Turquía, un puesto que había ocupado desde febrero de 1947 hasta septiembre de 1949. Utilizando como tapadera la operación cartográfica del SIS conocida con el nombre en clave de Catalejo, había tomado fotos del desfiladero de Ahora desde todos los ángulos posibles, llegando a subir hasta el nivel de los dos mil cuatrocientos metros para obtener imágenes claras de las laderas inferiores del valle por encima del desfiladero, el Cerennem Dere ocupado por los glaciares. Había estudiado los relatos e informes de exploradores anteriores: el arzobispo Nouri de la Iglesia nestoriana en la India, quien durante la Feria Mundial de Chicago de 1893 había asegurado, apoyando sus afirmaciones en argumentos bastante verosímiles, haber encontrado el Arca en el monte Ararat cinco años antes; Hardwicke Knight, quien en 1936 había escalado la cara oeste del desfiladero de Ahora en busca de las ruinas de un legendario monasterio armenio y en vez del monasterio había descubierto, alrededor del nivel de los cuatrocientos cincuenta metros, una enorme estructura de antiguos maderos negros que sobresalía de la morrena glacial; y el americano Carveth Wells, de quien se había dicho que unos pastores armenios lo condujeron hasta el Arca en 1943. Philby no había podido utilizar un helicóptero tan cerca de la frontera iraní, pero Guy Burgess le había pasado un fajo de fotografías tomadas a mediados de los años cuarenta desde varios cazas Mikoyan-Gurevich que habían despegado de la base aérea soviética en Erivan: las instantáneas mostraban claramente una estructura negra en forma de caja situada encima de un lago glacial cerca del Cerennem Dere, al pie del glaciar superior conocido como Abich I.

Cada una de las fotografías incluía en el encuadre a otro MiG, volando a una altitud inferior, como para establecer los derechos de los soviéticos.

Las fotografías obtenidas desde los MiG se habían tomado durante el verano y en aquellas fechas, a finales de enero, el lago estaría helado.

El Ararat era un monte de origen volcánico primordial, y sus laderas estaban llenas de «almohadas de lava», piedras ígneas de superficie lisa y reluciente formadas cuando el magma había aflorado desde debajo de las aguas del mar. Y aunque la montaña se había hundido un poco de tal manera que actualmente se hallaba rodeada, a la manera de un foso, por una

caldera de pantanos infestados de serpientes, sus algo más de cinco kilómetros de altura resultaban imponentes porque se elevaba prácticamente en solitario sobre la llanura de Kars-Var, siendo el centinela más septentrional de la cordillera formada por los montes Zagros.

Hasta la muerte del zorro en septiembre del año pasado, Kim Philby había vivido para el día en que al fin subiría a la estructura que el folklore había identificado erróneamente como el Arca de Noé, y asumiría de una vez por todas el papel al que estaba destinado de emisario humano ante los djinns, actuando como rafik para los espíritus del aire.

Pero después de haber perdido irremisiblemente a su padre, su única esperanza estribaba en que la operación Declara de Hale triunfara innoblemente, y que todos los djinns fueran aniquilados antes de que él pudiera ser sometido al devastador reconocimiento de los poderes inhumanos que moraban en los glaciares de las alturas.

De pie sobre la enorme ladera del glaciar Cerennem Dere por encima del desfiladero de Ahora, Philby volvió la mirada hacia las dos tiendas de nailon blanco y hacia los dos miembros del comando Spetsnaz inmóviles en sus parkas blancas que empuñaban sus fusiles ametralladores pintados de blanco; y, desplazando el peso de su cuerpo hacia delante para resistir las embestidas del viento helado, trató de asimilar el hecho de que el resto de su vida se hallaba al norte de aquel punto… y al este.

Se volvió lentamente sobre la nieve para mirar en esa dirección a través de sus gafas protectoras, con los tacones de sus botas chirriando sobre el reseco polvo compactado. Las neblinas distantes emborronaban los contornos de los riscos del desfiladero de Ahora por debajo de él y el blanco resplandor del sol invernal le impedía divisar el río Aras, unos cuarenta kilómetros hacia el noreste. Pero si la escalada de hoy tenía éxito, mañana Philby cruzaría aquel río, aquel Rubicón, para no volver a atravesarlo jamás. En Moscú sin duda sería recibido como un héroe: después de que hubiera ayudado a colocar la piedra boya en Berlín en 1945, le habían concedido la Orden Soviética de la Bandera Roja a título honorario, e incluso le habían enseñado una fotografía de la medalla, con su

cinta a rayas rojas y blancas, su medallón enmarcado en oro y su estandarte esmaltado. Pronto podría tomar posesión física de ella y lucirla en… las cenas de gala en el Kremlin. Las veladas en el Bolshoi.

Ni siquiera se había molestado en tratar de aprender ruso.

En realidad siempre había supuesto que llevaría una existencia encubierta,

«saber, no pensarlo», durante el resto de su vida; que algún día regresaría a Inglaterra con Eleanor, y allí asistiría a partidos de criquet, escribiría para The Times y enviaría a sus hijos a Winchester y Cambridge. En 1946 había obtenido el nombramiento de Comandante del Imperio Británico, ¡y después de eso ya sólo había dos categorías más para ser nombrado caballero! Y siempre se habría sentido agradablemente reconfortado, mientras contemplaba el Derby desde la tribuna para socios en Epsom o bebía whisky de malta con abogados y periodistas en el Garrick Club, por el conocimiento secreto de que había hecho más para minar toda aquella decadencia capitalista que ningún otro espía soviético en la historia.

Tuvo que ladear la cabeza para poder mirar desfiladero abajo más allá del aleteante ribete de piel de su parka. La acción le recordó cómo había intentado ver a pesar del vendaje de su cabeza, allá en Beirut.

Nicholas Elliott, que había sido jefe de la estación del SIS en Beirut hasta que Peter Lunn pasó a ocupar el cargo en octubre del año pasado, había regresado al Líbano hacía trece días. Al día siguiente, un viernes, telefoneó a Philby y propuso una reunión en el piso de la secretaria de Lunn.

–Me debes una copa -dijo Philby a Elliot antes que nada, con la cabeza todavía vendada-. No he tomado una desde que le hice esto a mi cráneo el día de mi cumpleaños, hace diez días.

Nada de todo aquello era estrictamente cierto, por supuesto; la herida de su cráneo había sido causada por la bala del calibre treinta disparada por la señorita Ceniza-Bendiga, y desde entonces había estado bebiendo como un cosaco. Pero Philby había sonreído confiadamente mientras hablaba y le ofrecía la mano derecha a Elliott. Sólo habían transcurrido tres días desde

que Andrew Hale lo insultó y lo aterrorizó en la calle Weygand, y Philby estaba impaciente por borrar el escozor de aquella humillación con reminiscencias de días más grandes y valerosos.

Philby y Elliott se habían hecho amigos en la Estación de Guerra XB en St.

Albans durante la guerra, y posteriormente en Broadway los dos hombres habían trabajado juntos en el intento de diseñar una Alemania de posguerra no comunista; aunque, sin que Elliott lo supiera, Philby se había asegurado de que todos los agentes propuestos fueran asesinados antes de que terminara la guerra. En 1948 había sido Elliott quien encontró un psiquiatra suizo para la segunda esposa de Philby, después de que su incauta curiosidad acerca de qué clase de trabajo llevaba a cabo Philby con Burgess, empezara a hacer que perdiera la cabeza; y más adelante, en el oscuro invierno de 1951, después de que Burgess y Maclean hubieran desertado y Philby pasara a ser sospechoso de complicidad, Elliott había sido el más firme defensor de Philby en Broadway. Finalmente había ayudado a Philby a conseguir trabajos periodísticos con The Observer y The Economist, y había desviado discretamente hacia él un gran número de encargos encubiertos del SIS, principalmente para que Philby no se muriera de hambre.

Pero aquella tarde de viernes en Beirut hacía casi dos semanas, los ojos de Elliott lo habían observado gélidamente desde detrás de sus gafas de montura de asta.

–Basta, Kim -le dijo-. Sabemos qué has hecho. Me has estado engañando durante años, y ahora te sacaré la verdad aunque tenga que llevarte a rastras hasta Ham Common. Hubo un tiempo en el que te admiraba, pero ahora sólo Dios sabe cuánto te desprecio. Espero que todavía conserves la decencia suficiente para entender por qué.

Bueno, el SIS por fin había decidido poner las cartas encima de la mesa y, como había dicho Hale, estaban ofreciendo inmunidad a cambio de la confesión completa de Philby.

–Fingirá cooperar -había dicho Hale a Philby-, pero no le hablará sobre la

operación en el monte Ararat, y no regresará a Inglaterra.

Y así Philby había admitido alegremente su culpabilidad y mecanografiado una confesión inventada en la cual sólo admitía haber espiado para la Komintern y aseguraba haber dejado de hacerlo en 1949, cuando las reformas del gobierno de Atlee «habían demostrado que el marxismo estaba equivocado». ¡Dios!

Pero en última instancia no se podía quejar de cómo habían ido las cosas con Elliott.

Al día siguiente, Elena Teresa Ceniza-Bendiga se había detenido junto a Philby en la librería Jayats de la Avenida Bliss y, mirándolo por encima de las pilas de ejemplares de Life y París Match, le había contado que el SDECE estaba listo para llevarlo a Francia en ese mismo instante, sacándolo de la librería: una camioneta de reparto de prensa estaba aparcada en el callejón detrás del local, con el motor en punto muerto. Philby le había dado largas, diciéndole que antes tenía que comparecer ante Mammalian, y había conseguido que Elena accediera a volver a encontrarse con él en la Gruta de la Paloma, aquella noche, y luego había vuelto al Hotel Normandía y le había contado a Mammalian que la agente Ceniza-Bendiga del SDECE francés estaba en Beirut, y que había contactado con él para proponerle que desertara. Le explicó cuándo y cómo había acordado reunirse con ella; luego subió arriba y se emborrachó solo en su habitación.

Philby no había vuelto a ver a Elena. Mammalian quizá la había matado, y en todo caso Philby no le había preguntado al respecto.

Aquella noche, Nicholas Elliott había llevado a cenar a Philby y Eleanor a Le Temporel, y los dos hombres habían tratado de conversar y reír como si su vieja amistad no hubiera sido una traición desde el principio. La pobre Eleanor había tomado nerviosos sorbos de su copa de vino, volviendo la mirada de su esposo a Elliott y nuevamente hacia su esposo, claramente consciente de lo forzado del tono. En el lavabo de caballeros, Philby le había entregado a Elliott otras dos páginas escritas a máquina de la confesión que le habían preparado.

Dos días después, Elliott había regresado a Londres en avión, tras haberle dicho a Philby que Peter Lunn se encargaría del interrogatorio y haría los arreglos necesarios para que Philby pudiera volver a Inglaterra. Lunn se había sentido claramente incomodado por el espectáculo de un hombre de Cambridge y del club Ateneo confesando haber sido un espía soviético, y Philby no tuvo ninguna dificultad para posponer su primera reunión durante una semana. Y la noche del veintitrés, la expedición del Rabkrin había abandonado Beirut.

« El veintitrés de enero», pensó Philby con abatimiento.

Y en aquel momento, temblando de frío a pesar de la parka y las botas de montañero en un glaciar azotado por el viento a cuatro mil metros por encima del nivel del mar, Philby se permitió la inútil fantasía de reconsiderar su decisión. Hubiera podido quedarse junto a Eleanor, su esposa desde hacía cuatro años. Juntos, el SIS y el MI5 quizá habrían podido protegerlo de tener que enfrentarse a «la verdad» a manos del ultraencubierto viejo SOE de Jimmie, al menos en Inglaterra; pero en realidad Philby no lo creía. Según la leyenda, Declara se había ocupado del descifrador de códigos Alan Turing y de T.E. Lawrence, e incluso de lord Kitchener, ahogado en Scapa Flow en 1916. Philby apretó en una frágil bravata sus puños enguantados. Muy bien, ¿y qué más daba que lo mataran, tarde o temprano? ¿O incluso tan pronto como lo hubieran puesto en libertad después de haberlo interrogado en Ham Common? Habría podido morir como un leal esposo y padre. «Si muriera, pensad únicamente esto de mí: ¡que hay algún rincón de Inglaterra que es para siempre una tierra extranjera!» La idea parecía burlarse de la ascensión de Rupert Brooke, pero aun así hizo sonreír a Philby. Y en el siglo xviii Edward Young había escrito: «La muerte ama una marca resplandeciente, un golpe que deje señal». Pero más recientemente Eugene Fitch Ware había replicado: «Le escribimos un epitafio: "La muerte ama los tiburones de las minas"». Y a lo largo de su furtiva carrera, Philby se había convertido en algo bastante más parecido a uno de aquellos tiburones: había pasado a ser una criatura voraz, furtiva y carente de conciencia, que siempre estaba escondiéndose en alguna madriguera.

Y, era lo bastante honesto para admitir ante sí mismo, profundamente temerosa de morir. «¡Reúnete con tu Hacedor…!» Si el odioso Hale se salía con la suya allí, al menos habría una matanza a gran escala de djinns. El morboso y estúpido cardo amomon seguiría floreciendo en los eriales, probablemente incluso en la Armenia soviética. Y todavía tenía las instrucciones selladas de Theo Maly.

¿Cómo lo había llamado Maly? «Una clase de vida eterna bastante más profana.»

Había que reconocerle, o eso le parecía a Philby, que siempre había tratado de dar a sus hijos la mejor clase de vida eterna, aunque también tenía que admitir que en cada una de aquellas ocasiones había estado espantosamente borracho.

« ¿Seguirá siendo válido el sacramento -se preguntó en aquella fría ladera del monte Ararat-, si es administrado por un borracho? ¿Por un borracho que, además, es resueltamente ateo? » Con sus cuatro primeros hijos había encontrado ocasiones de derramarles agua sobre las cabezas, y luego, mientras parecía tratar de secarla, de hacerles disimuladamente la temida señal papista de la cruz en las frentes. Philby se había encogido temerosamente mientras lo hacía, y los dientes habían llegado a dolerle de tanto apretarlos cada vez que había farfullado: «Yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, amén»; pero en el caso del pobre Harry, el último hijo que le había dado su anterior esposa, Philby terminó recurriendo a empujar al muchacho por encima de la borda de un bote de remos en el río del Perro, cerca de Ayaltun en las montañas del Líbano, para acto seguido farfullar la odiada letanía mientras volvía a subirlo a bordo y le apartaba los cabellos mojados de los ojos, empujándolos hacia arriba primero y hacia los lados después.

Y siempre era consciente del poder de los cumpleaños y los aniversarios.

En tales días, la rueda zodiacal volvía a encontrarse exactamente en la misma posición, y los acontecimientos que conmemoraba se repetían, en cierto sentido, con todos sus puntos débiles, al mismo tiempo que se

renovaban sus propósitos.

¡Y por eso, como era lógico esperar, la expedición del Rabkrin había salido de Beirut el veintitrés de enero! A las cinco de aquella tarde lluviosa, sin ninguna advertencia previa, Mammalian le había entregado un pasaporte a nombre de Villi Maris y le había ordenado que subiera a un camión turco que partiría hacia la frontera siria.

–Nos vamos -le había dicho Mammalian. Pero aquella noche se esperaba la asistencia de Philby y de Eleanor a una cena en la casa del primer secretario de la Embajada británica, y Philby había pedido que se le permitiera telefonear a Eleanor para decirle que fuera a la cena sin él, que ya se reuniría con ella allí un poco más tarde. Mammalian había terminado accediendo y lo había llevado en coche bajo el aguacero hasta un quiosco telefónico desde el que podría hacer la llamada. Cuando Philby hubo marcado el número fue Harry, su hijo de trece años, quien respondió al teléfono; y en cada hora transcurrida desde entonces Philby había deseado que hubiese sido Eleanor la que cogiera la extensión, porque así habría podido oír su voz una vez más.

–Dile a tu m-madre que voy a llegar tarde, Ha-Harry, m-muchacho. Me r-reuniré con ella en el B-Balfour-Paul's a las ocho -sólo se había atrevido a decir Philby dentro del quiosco sobre el que tamborileaba la lluvia, con Mammalian dirigiéndole un hosco fruncimiento de ceño por encima de su barba goteante mientras mantenía abierta la puerta. Y mientras trataba de encontrar algo más que decir, Mammalian extendió el brazo junto a él y cortó la conexión.

El día siguiente, el veinticuatro, habría sido el cuarto aniversario de boda de Philby y Eleanor.

« Hasta que la muerte nos separe», pensó Philby mientras parpadeaba rápidamente para que las lágrimas no resbalaran por sus mejillas, donde podrían helarse adhiriendo las gafas protectoras para la nieve a su piel.

Delgados velos de nieve seca pasaban flotando junto a él para perderse ladera abajo, como una blanca polvareda.

A su izquierda pudo ver a dos de los otros saliendo pesadamente de la tienda más próxima; parecían osos polares con sus botas y sus parkas con las capuchas subidas. Uno, el más alto, era Mammalian; el otro sería uno de los agentes turcos del Rabkrin. La noche anterior no había nevado, y las dos siluetas se detuvieron en el área pisoteada más oscura alrededor de las tiendas. Los miembros del comando que habían estado montando guardia se echaron al hombro sus Kaláshnikov blancos y se dirigieron hacia la tienda más alejada, y Philby recordó que cambiaban el turno de guardia cada hora.

– Sutle ekmek! -gritó uno de los turcos a Philby, su voz sonando tenuemente en el aire gélido. «Pan y leche», y sería leche rancia.

– Ben onsuz yapabilirum! -le gritó Philby a través de la nieve. «Puedo pasar sin ello.»

–E informando -instruía Mammalian venciendo el rugido del viento-.

Sincronizando nuestros relojes, preparándonos para la batalla, no divulgar los secretos revelados en la llanura. Venga aquí.

Philby suspiró un chorro de vapor y echó a andar sobre la nieve llena de ondulaciones, metiendo los pies en los mismos agujeros que éstos habían hecho cuando se alejó de las tiendas; y el cielo estaba demasiado nublado para que pudiera proyectar gran cosa como sombra. En realidad, quizá no iba de vuelta a la tienda.

Curiosamente, y Philby sonrió al darse cuenta de ello, estar allí hacía que sintiera un poco de culpabilidad extra. « Hale y yo no terminamos aquella partida de poker en el cuarenta y ocho -pensó-, aun así yo me llevé la totalidad de la apuesta: a la mañana siguiente poseí a la señorita Ceniza-Bendiga en Dogubayazit, y también me quedé con las instrucciones del amomon de Maly. »

Andrew Hale levantó la vista de su taza de té tibio cuando Philby volvió a entrar en la tienda dando pisotones para quitarse la nieve.

Hakob Mammalian estaba justo detrás de él, seguido por el más hosco de los dos turcos, Fuad.

–Siéntense -dijo Mammalian mientras se acomodaba pesadamente con las piernas cruzadas sobre el suelo de lona engomada. Philby y Fuad se sentaron, y el turco que estaba sentado junto al pequeño hornillo de parafina empezó a entregarle discos de pan plano a Hale, quien se los fue pasando a Mammalian. Hale sólo llevaba puestos sus guantes interiores de lana marrón, y pudo notar que el pan estaba caliente.

–Cuando estuvimos aquí, en el cuarenta y ocho -dijo Mammalian, su aliento humeando en el aire frío tan cortante como una navaja-, no llegamos tan arriba. No nos atrevimos a llamar a su puerta, sino que los hicimos bajar al desfiladero. Fuimos con mucho cuidado debido a algunas viejas historias: en el siglo tercero, san Hipólito escribió que unos hombres que habían intentado subir a la cima del Ararat fueron arrojados al fondo del valle por demonios; y en el siglo cuarto, Fausto de Bizancio contó la historia de un obispo armenio, Jacob…

Fuad resopló escupiendo parte del trozo de pan que se había metido en la boca.

–¡Un armenio llamado Jacob! – dijo en inglés-. ¿Era un santo o qué?

–Lo era -dijo Mammalian imperturbablemente-. Y escaló una parte de la montaña, con la esperanza de ver el Arca. Un manantial brotó de las rocas allí donde durmió. Ayer pasamos por delante de ese manantial en el desfiladero, junto al montículo de rocas que marca su tumba, aunque el santuario que había allí fue destruido por el terremoto de mil ochocientos cuarenta. Él también se encontró de repente al pie de la montaña; pero había sido llevado hasta allí por un ángel, que le dio un trozo de madera del Arca y le dijo que era voluntad de Dios que no intentara escalar la montaña. Hoy en día, ese trozo de madera se encuentra en el monasterio ortodoxo armenio de Echmiadzin, en la Armenia soviética. El ángel era un ángel cristiano, y sabía que si subía más arriba Jacob podía morir. Cuando era un muchacho, vi con mis propios ojos el rostro enfurecido de un demonio que nos miraba

desde el Arca. Nosotros los armenios quizá nos encontremos en una situación privilegiada, porque ni mi padre ni yo fuimos molestados.

–La montaña no pertenece a Armenia -dijo Fuad-. Está en Turquía. ¿Por qué vosotros los armenios la tenéis puesta en vuestro escudo de armas?

–¿Acaso la luna pertenece a Turquía? – preguntó Mammalian, mirando a Fuad y agitando la mano despectivamente-. Y la habéis puesto en vuestra bandera, ¿no? Pero en realidad, hombres de muchas nacionalidades han subido hasta el Arca y sobrevivido. – Se encogió de hombros-. Y en este siglo los djinns se han mostrado menos activos, posiblemente porque ahora uno de los suyos se encuentra lejos de la montaña, en Rusia. En el cuarenta y ocho, nuestro grupo en el lado norte del desfiladero no fue atacado, pero los que nos cubrían desde debajo de los acantilados del sur, así como un grupo británico y otro francés que trataron de sabotear nuestra operación desde ese lado, murieron prácticamente todos: muchos hombres fueron alzados hacia el cielo, sin duda para luego ser arrojados a la llanura, tal como describió Hipólito.

Hale pasó el último trozo de pan, sin quedarse ninguno para él. La mera idea de comer bastaba para que le entraran náuseas, y pensar que el pan olía como la tela caqui hizo que estuviera a punto de vomitar. Acarició el bulto metido en su bolsillo que era la Derringer especial, comprada la semana anterior en la calle Allenby de Beirut, y se obligó a devolverle la mirada a Mammalian con el rostro vacío de toda expresión.

–Pero -prosiguió Mammalian, entrelazando los dedos de las manos delante de su barba y paseando la mirada de Hale a Philby y nuevamente a éste-, aquella noche los djinns hablaron. Dijeron en árabe: «¿Responder a quién?

Los hermanos están divididos».

Una ráfaga de viento gimoteante llegada de la cima hinchó la pared de la tienda detrás de Mammalian e hizo chasquear el faldón exterior como si fuese un estandarte, y las fosas nasales de Hale se contrajeron súbitamente ante la fría vaharada de olor a aceite metálico que se impuso a los olores de pan y goma del interior de la tienda.

–¡Lleven sus boyas fuera de la ropa! – ladró Mammalian mientras se quitaba la manopla de cuero de la mano derecha y empezaba a desabrocharse la parka.

Hale deslizó un dedo por debajo de la tira de cuero que colgaba de su cuello y sacó la piedra plana de forma rectangular que Mammalian le había dado el día anterior, cuando estaban en el campamento junto a los camiones en la llanura. La piedra tenía el tamaño de un naipe grueso, con un anillo sobresaliendo en la parte de arriba, y se había tallado una cruz en su cara mate.

Los cinco hombres que había dentro de la tienda ya estaban aferrando una de las piedras; y durante el largo curso de diez segundos, el viento gemebundo que soplaba en el exterior fue disminuyendo hasta disiparse en el silencio. Hale ya estaba preparado para hacer frente a los temblores de un terremoto, pero no los hubo.

–Estas piedras son mejores que sus ankhs egipcios -dijo Mammalian a Hale, golpeando suavemente su piedra boya con las puntas de los dedos-. Cuando Gilgamesh intentó llevar una embarcación al lugar en el que el inmortal Upanishtim podía darle la vida eterna, ¿se acuerda de que estuvo a punto de hacer que el viaje se volviera imposible cuando rompió las «cosas de piedra» con las que estaba equipada la embarcación? Eran piedras boya que tenían esta forma, pero eran algo más que la clase de ancla que impide que una embarcación sea arrastrada por la corriente. Estas piedras fijan la atención de los djinns y de esa manera impiden que surjan nuevas intenciones.

–¿Qué hermanos? – jadeó Philby. Hale lo miró: el rostro enmarcado por el ribete de la parka estaba muy pálido y sus ojos permanecían clavados en las nervaduras del suelo de goma-. ¿Qué hermanos fueron divididos?

–Los dos hijos de Harry St. John Philby -dijo Mammaltan-. Esos hijos son usted y Andrew Hale. Es la verdad.

Entonces Philby miró a Hale y Hale estuvo a punto de apartar la mirada, porque los ojos de Philby se hallaban desorbitados por la ofensa, la indignación y algo parecido a la pérdida e, incluso, la pena.

–Yo… ¡Que me c-cuelguen! A veces me ha-ha-había parecido v-verlo a él en u-usted…

–¿Y me trataba en consecuencia? – Hale tuvo que tragar aire para poder hablar. Las palabras salieron de sus labios con más amargura de la que había tenido intención de mostrar, y se miró las botas para ocultar cualquier lágrima que pudiera haberse acumulado en sus ojos. « El padre perdido con el que yo solía soñar despierto -pensó-. ¿Lo he visto en ti, Kim? No me hubiese dado cuenta. »

–Usted no t-tenía ningún… d-derecho -dijo Philby, y se atragantó.

–No me diga -replicó Hale secamente.

–Hoy ustedes dos irán a su castillo -dijo Mammalian levantando la voz-, juntos. Juntos serán la persona que les fue consagrada en mil novecientos doce, en Ambala.

« Diez años antes de que yo naciera -pensó Hale tensamente-. En el nombre del cielo, madre, ¿por qué tuviste que…? »

Volvió a clavar la mirada en los ojos de Philby y creyó ver que ardía en ellos un tenue destello de temerosa esperanza.

« No, Kim -pensó con una súbita y muy específica alarma-, no seré tu zorro.

Tu padre estaba dispuesto a pasar por ello, pero yo no consentiré en compartir contigo la ordalía del sacramento de los djinns . »

–¿Llegó a pasar por el curso de entrenamiento paramilitar en Fort Monkton? – le preguntó.

–S-sí -contestó Philby parpadeando-, en el cuarenta y nueve.

–Yo pasé por él en el cuarenta y seis. ¿Se acuerda de la letanía? «¿Matarías a tu hermano?» -A Hale le dolía la mandíbula de tanto hablar-. Los dos respondimos a esa pregunta diciendo que sí. No espere mucho amor fraterno, ¿de acuerdo?

Esperaba que aquello fuera lo suficientemente inocuo para no despertar sospechas en Mammalian, y al mismo tiempo que fuese un mensaje lo bastante claro para Philby: « Si les hablas de mí, de esta infiltración y del sabotaje que ha organizado Declara, pasarás por el sacramento de los djinns , tal como ha planeado el Rabkrin… solo; y luego vivirás el resto de tus días como un imbécil mimado en Moscú, sin que vuelvas a ser capaz de leer ni pensar».

Vio cómo la esperanza moría en los ojos de Philby conforme iba asimilando el significado de lo que le acababa de decir, y bebió un sorbo de su té enfriado para ocultar su frágil alivio: estaba claro que el acto psíquico de compartir tenía que ser voluntario.

« Nuestro padre -pensó Hale-, te quería muchísimo, Kim. »

–Amor fraterno -repitió Philby huecamente.

–Que afortunadamente no va a ser necesario aquí -dijo Mammalian-.

Bastará con mera profesionalidad. Hoy escalaremos el glaciar Abich I y lo atravesaremos para llegar hasta la ladera superior del glaciar Loro. Puede que tengamos nieve y los vientos son constantes, pero no se espera ninguna tormenta. Aun así, será peligroso. Atravesaremos una superficie de nieve convexa que forma un ángulo de unos treinta grados, lo cual significa que las avalanchas son una posibilidad muy real, y naturalmente hay profundas grietas en el hielo; pero… -prosiguió, señalando la otra tienda con la cabeza-, nuestro comando Spetsnaz fue elegido porque sus miembros tienen experiencia en la escalada de montañas, y todos iremos atados formando una cordada. Es lo que llaman una cuerda estática, no una elástica. No debería ser necesario llevar a cabo una gran labor de escalada, y bastará con seguir las instrucciones del líder. Si uno de los hombres más próximos a

ustedes cayera en una grieta, intenten clavar su piolet en la superficie cerca de donde estén para que les sirva como ancla; y si son ustedes los que caen dentro de una grieta, quédense donde están: nada de debatirse ni de tratar de salir, porque de lo contrario podrían arrastrarnos a todos en su caída.

–Jesús -dijo Philby.

–La plegaria -dijo Mammalian en tono juicioso-, creo, sería contraproducente. Todos llevaremos nuestros fusiles ametralladores, pero es improbable que nos encontremos con alguna clase de oposición en esta etapa. Aun así, llevarán un cargador lleno introducido en el arma y mantendrán una bala en la recámara. Las radios probablemente no funcionarán a tan poca distancia del Arca y sus habitantes; pero disponemos de pistolas de señales, y como nos encontramos tan cerca de la frontera soviética un helicóptero MiG estará aquí en menos de diez minutos si las disparamos.

Mammalian hizo una pausa y levanto el brazo hacia uno de los aros que colgaban del techo para coger su botella. El líquido que contenía se hallaba velado por nubes de aspecto lechoso, arak ya mezclado con agua, y sin duda estaría todo lo frío que se pudiera pedir. Después de haberla descorchado y echado un trago, Mammalian siguió hablando entre una exhalación de vapores que olían a regaliz.

–Además de los peligros naturales del montañismo, muchos grupos de escaladores que han acudido a esta montaña han tenido que enfrentarse al riesgo añadido de los… estallidos irracionales de miedo e irritabilidad entre sus integrantes, e incluso súbitos ataques de locura. El equipo ha fallado, de manera inexplicable. Todo eso son muestras de resistencia por parte de los moradores de los picos. De momento, parece que no hemos experimentado nada de ello en esta escalada, lo cual quizá quiera decir que somos bienvenidos, pero esa condición puede cambiar cuando lleguemos al glaciar superior. Así que si de pronto se sienten enfadados, o asustados, o desorientados, recuerden que no se trata de una emoción auténtica y justificada. A los Spetsnaz también se les ha hablado de esto, de una manera tan clara como parecía aconsejable hacerlo. Limítense a detenerse, respiren

profundamente y reciten las tablas de multiplicar. Disponemos de fármacos que pueden ayudar a contrarrestar dichos efectos.

»El Arca se encuentra en una cornisa, encima de un lago -continuó después de mirar a Philby, sentado junto a él, y a Hale-. Debería ser accesible y, en el caso de que no lo sea, tenemos hombres suficientes para desenterrarla.

Ustedes dos deben ir hacia ella, juntos. No se molesten en andar acompasando el paso ni nada por el estilo: bastará con que vayan caminando el uno al lado del otro. Usted tiene la joya rafik -dijo a Philby.

–La contengo -dijo Philby.

–Igual que en el cuarenta y ocho. – Mammalian bebió otro trago de arak, tapó la botella y sonrió-. ¡Como si eso fuera a impedirnos arrebatársela, si tal fuera nuestro propósito! En el caso de que no haya ninguna respuesta inmediata por parte de la embarcación pueden gritar, pero creo que el Arca se abrirá para ustedes, ante la mera aproximación del… hijo completado.

–¿Y qué hacemos entonces? – preguntó Hale, sin tener que fingir ansiedad.

–Improvisar -dijo Mammalian extendiendo las manos y sonriendo.

Hale asintió. Hartsik también le había dicho eso. Se acordó del djinn confinado en el estanque de Ain al'Abd diciendo: «Éste es el hijo del nazrani», y de que el rey de Wabar le había dicho que los fantasmas de su pueblo habían visto que Hale no tenía la gota negra en el corazón humano.

Y Mammalian acababa de decirles que creía que la plegaria sería contraproducente.

–¿Podría, esto… beber un poco de arak? – preguntó Hale.

–Tengo escocés y ginebra -dijo Philby de pronto, con los ojos nuevamente clavados en el suelo-. Ambas cosas.

Hale lo miró dubitativamente, acordándose de que lo había visto beber de

una cantimplora de acero que la noche anterior había llenado con una botella de ginebra.

–Bueno, pues en ese caso que sea ginebra -dijo y, apretando los dientes, se obligó a añadir-: Gracias. – Mirando por el rabillo del ojo, vio que Mammalian le sonreía irónicamente.

«Improvisar.»

Hale no había parado de improvisar desde que Mammalian le ordenó que subiera a la lancha neumática Bombard entre el oleaje de la tormenta, debajo del Hotel Normandía la lluviosa noche del veintitrés. Y sus cálculos se habían vuelto más complicados cuando él y sus escoltas se reunieron con el resto del equipo en el campamento debajo del monte Ararat la noche anterior.

Philby soltó una cantimplora de un arnés que había en el suelo, y Hale extendió la mano para cogerla, concentrándose en impedir que le temblaran los dedos mientras lo hacía.

Cuando llegara el momento, Hale dispararía su Derringer hacia arriba, abriendo fuego contra cualquier forma que hubieran asumido los djinns.

Quizá podría hacerlo manteniendo la diminuta arma junto al cinturón, de tal manera que no resultara evidente que era él quien la había disparado, o ni siquiera que el ruido había sido un disparo. Era muy posible que hubiera otros ruidos que cubrieran el sonido. Pero ¿qué amplitud alcanzaría la dispersión del disparo, una vez hubiese salido del corto cañón del arma?

¿Sería lo suficientemente amplio para arrancarle la cara a Hale? Y luego…

¿morirían los djinns? ¿Qué ferocidades podía llevar aparejado aquello? Si Hale tenía que disparar más de dos veces, debería recargar el arma y apuntar. ¿Cómo reaccionarían los Spetsnaz ante aquello? Acabarían con él en cuestión de segundos, eso estaba claro. Además, Hale tenía que reservar un proyectil para dispararlo contra la espalda de Philby.

Bebió un buen trago de la ginebra de Philby y dejó que el licor le escociera en la boca durante unos segundos antes de engullirlo.

–Gracias -susurró con un poco más de sinceridad mientras le devolvía la cantimplora a Philby.

–Arriba -dijo Mammalian, golpeándose los muslos con las palmas de las manos-. Fuad y Umit se quedarán aquí, nosotros cogemos nuestros fusiles ametralladores… ¡y subimos!

El corpulento armenio sonrió alegremente mientras volvía a ponerse en pie y empezaba a ajustarse las tiras de la parka; y Hale recordó haber llegado a la conclusión, en la terraza del Hotel Saint-Georges hacía dieciocho días, de que en aquella operación Mammalian era leal a los djinns y no al Rabkrin.

Se levantó, alegrándose de que los pantalones de escalada fueran lo bastante gruesos para ocultar el temblor de sus rodillas, y se bajó las gafas protectoras sobre las cuencas de los ojos y el puente de la nariz. Llevaba los crampones colgando del cinturón junto a la cabeza del piolet, y fue lentamente hasta la esquina de la tienda y cogió uno de los Kaláshnikov pintados de blanco. El fusil ametrallador pesaba unos cinco kilos con el cargador de treinta proyectiles introducido delante del guardamonte, pero su peso resultó bastante cómodo en cuanto Hale se lo hubo colgado por encima del hombro al estilo bedu. Cinco cargadores de repuesto resonaron dentro de sus bolsillos cuando extendió los brazos para deslizar las manoplas por encima de sus guantes de lana.

Dentro de la tienda había hecho frío, pero Hale se estremeció apenas hubo salido a la nieve y el viento helado encontró las rendijas en su cuello y sus muñecas. Nubes de hielo en polvo se desprendían de la nieve acumulada en el pico para crear el fantasma de un torrente, y Hale se alegró de que su ruta no fuera a llevarlos por encima del nivel de los cuatro mil doscientos metros. El blanco centelleo de la extensión nevada resultaba deslumbrante incluso con el cielo nublado, y las cornisas del glaciar Abich I relucían como diamantes hacia el oeste.

Se sentó en el área de nieve pisoteada delante de la tienda para asegurar los crampones erizados de clavos a las suelas de sus botas. Por debajo de la

nieve llena de huellas, la superficie del glaciar Cerennem Dere era negra, impregnada con polvo de lava; y Hale se acordó de las cuentas de cristal negro que había encontrado en Wabar, y acto seguido pensó en los proyectiles ovalados que había dentro de su Derringer.

Pensar que no tardaría en disparar un mínimo de dos cartuchos llenos de aquellas partículas hizo que sintiera un vacío tan angustioso en el estómago que temió llegar a orinarse en los pantalones; pero un instante después sintió una dolorosa tirantez en el pecho, como si sus pulmones estuvieran luchando con su garganta súbitamente bloqueada en busca de aire fresco mientras se encontraba sumergido en las profundidades del mar.

« Tengo cuarenta años -pensó, mientras llevaba a cabo varias inspiraciones profundas de aquella atmósfera glacial en un intento de disipar la sensación-. No morí en Ain al'Abd hace tres semanas. ¿Realmente voy a hacerlo al fin hoy?

» La apuesta es válida, no va más, es hora de enseñar las cartas. »

Se acordó de la consternación que había sentido al encontrarse comprometido con una mano de cartas sin haberse preocupado antes de averiguar cuál era la apuesta, catorce años antes. ¿Había vuelto a hacerlo?

Pero si lo que estaba en juego era demasiado aterrador para pensar en ello, y la partida ya estaba perdida, ¿qué valor podía haber en tener una clara comprensión de todo el proceso?

–Lo único que puedo hacer es jugar la mano -murmuró-. No puedo cambiar nada a los cau-cue-cuarenta…, a mi edad.

Se incorporó, todavía respirando profundamente aquella tenue atmósfera helada, y empleó los dientes para tensar la tira de la muñeca de su manopla izquierda. Los diez miembros del comando Spetsnaz ya habían salido en fila india de su tienda, más grande y espaciosa, y por el momento Hale evitó mirarlos. Incluso vistos por el rabillo del ojo parecían enormes y corpulentos, y Hale tuvo que repetirse a sí mismo que un proyectil de 7,62

milímetros atravesaría sin ninguna dificultad incluso las capas más gruesas

de cuero, nailon y miraguano. Se cubrió la cabeza con la voluminosa capucha de su parka y echó a andar tras los oscilantes cañones blancos de los fusiles ametralladores suspendidos de las espaldas de Philby y Mammalian.

Uno de los Spetsnaz señaló a Hale y ladró unas cuantas sílabas en ruso.

Hale obligó a sus músculos a que limitaran su reacción a detenerse, sin que ésta incluyera levantar la mano derecha libre de su manopla para que empuñara la culata del Kaláshnikov.

Mammalian se volvió hacia él; su negra barba ya estaba empolvada de polvo de hielo debajo de las relucientes gafas protectoras para la nieve, pero todavía representaba un punto llamativo en aquel blanco mundo celestial.

–Dice que llevando su arma de esa manera matará a alguien por accidente -

le dijo-. Cuélguesela de la manera en que la llevan ellos.

– Da! -gritó Hale obedientemente. Pero cuando se pasó la correa por encima de la cabeza y volvió a ponérsela, el cañón del fusil ametrallador quedó apuntando hacia abajo, de tal manera que un solo tirón de éste bastaría para devolverlo a la posición en que lo llevaban los bedu. El Spetsnaz pareció quedar satisfecho con ello.

Al oeste de las tiendas, la ladera blanca subía hacia los enormes fragmentos de hielo amontonados al pie del muro del glaciar Abich I; y allá abajo, en el nivel de las tiendas, uno de los soldados rusos había empezado a tallar un escalón cuadrado de un metro de ancho en la acumulación de nieve. Otro estaba colocando mosquetones a intervalos de cuatro metros y medio en una larga cuerda blanca, y cuando hubo acabado les hizo una seña a Philby, Hale y Mammalian.

Luego fue uniendo los mosquetones uno por uno a eslabones similares en la parte anterior de sus arneses de escalada, de tal manera que los tres hombres quedaron unidos a la cuerda. Acto seguido el ruso masculló algo.

–Nuestro amigo con sangre de borscht dice que somos tres bebés a los que

hay llevar cogidos de una correa -tradujo Mammalian entre risas.

Ni a Philby ni a Hale se les ocurrió ninguna réplica graciosa que dar a eso.

El ruso que había tallado el escalón en la ladera se había agazapado delante de ella y estaba cavando en el muro vertical de nieve que había dejado al descubierto. Cuando se incorporó y empezó a hablar con uno de sus compañeros, el tono del hombre indicó a Hale que no se sentía muy satisfecho. Hale escrutó la superficie de nieve puesta al descubierto y vio que el Spetsnaz había recogido puñados de hielo y nieve suelta de varias capas horizontales: al parecer la acumulación de nieve no presentaba una densidad uniforme.

Hale, que ocupaba la última posición en la cordada, subió hasta donde estaba Philby, arrastrando la cuerda sobrante detrás de él.

–¿Cree que eso es malo? – murmuró a Philby.

–Aquí todo es malo -murmuró Philby-. Nuestro padre nos ha condenado a ambos.

El ruso estaba hablando, y Mammalian les hizo una seña con la mano a los dos ingleses.

–El hielo puede fracturarse y deslizarse -dijo Mammalian volviéndose-. La avalancha es una posibilidad muy real.

–Bueno -replicó secamente Philby-, eso ya lo sabíamos todos, por el amor de Dios.

–Ah -dijo Mammalian y siguió traduciendo-. Será más peligroso cuando nos estemos moviendo a través de la ladera, por allí arriba, en vez de estar subiendo en línea recta, como estamos haciendo aquí. No hagan ruido.

Pisen lo más suavemente que puedan, sin patear el suelo con los pies, y…

no hablen.

Uno de los Spetsnaz, aquel cuyo fusil ametrallador estaba equipado con una culata plegable y un bípode también plegable en la boca del cañón, echó a andar ladera abajo pasando junto a Hale y ató una cuerda más delgada al extremo de la que habían utilizado hasta aquel momento, y luego sujetó su mosquetón a la protuberancia del nudo. Los tres montañeros aficionados habían quedado anclados a cada extremo. El resto de los Spetsnaz había atado sus arneses a lo largo de la mitad más alejada de la cuerda larga mediante nudos similares, y unos instantes después la procesión empezó a subir por la ladera blanca, avanzando en fila india.

Después de que Philby y Mammalian se hubieran puesto en movimiento delante de él, Hale los imitó, oyendo cómo el crujir de las botas de los Spetsnaz empezaba a resonar detrás de él.

Podía sentir la inclinación de la colina en sus pantorrillas, porque los clavos de los crampones que remataban sus botas hacían que fuera imposible andar apoyándose en las puntas de los pies; pero de momento el tenue dolor resultaba agradable.

Los hombres que abrían la marcha no tardaron en detenerse al pie del muro de diez metros de altura del glaciar, y después de que Mammalian, Philby y Hale estuvieran lo bastante cerca para que la cuerda quedara extendida entre ellos por el suelo, también se detuvieron. El glaciar Abich I visto en sección transversal era de un blanco grisáceo, y Hale estaba mirando las cornisas de nieve y hielo que sobresalían del muro cuando se dio cuenta de que el líder ya había empezado a escalar la escarpada pared llena de huecos y protuberancias.

El hombre fue subiendo en una serie de movimientos de contorsionista, pero al mismo tiempo llenos de gracia, como en una corrida de toros a cámara lenta. En un momento dado extendía una pierna para rodear un saliente con el empeine, en otro metía el antebrazo o el codo dentro de un hueco para así poder alcanzar más arriba con la otra mano, y en una ocasión se limitó a izar todo su peso un metro como si estuviera haciendo flexiones en una barra. Hizo un alto cerca de la pequeña cima para colgar una lazada de cuerda de la pared, y después de haber trepado otro metro se detuvo

debajo de un hueco en el saliente de la cornisa, empuñando su piolet para alzarlo y hurgar en la superficie con el extremo puntiagudo de la herramienta.

Finalmente subió hasta el hueco y lo cruzó con una rápida contorsión para desaparecer más allá de él, y un instante después ya había otro hombre trepando por la pared en una serie de rápidos deslizamientos, y la fila había empezado a moverse de nuevo.

Hale se mareó sólo de pensar en que tenía que llevar a cabo aquella ascensión. Entre él y Philby no había cuerda suficiente para que albergara la esperanza de que los hombres de la cima se limitarían a subirlos como si fueran sacos de carbón, y estaba claro que necesitarían que escalaran algo, que sostuvieran un poco su peso. Sentía el sudor que le empapaba el pecho por debajo de toda aquella ropa, y de pronto sus manoplas le parecieron tan difíciles de manejar como las aletas de un pez. Estaban unidas por una correa que le rodeaba el cuello, y Hale se preguntó si se suponía que uno tenía que quitárselas.

Pero cuando Mammalian empezó a flexionarse y estirar los brazos en una rápida ascensión cara arriba, Hale vio que aunque el armenio estaba subiendo, al mismo tiempo también estaba confiando parte de su peso a la cuerda, que izaban desde lo alto, y las manoplas le colgaban del cinturón en vez de estar protegiéndole las manos.

« Eso también puedo hacerlo yo», pensó, quitándose las manoplas y flexionando las manos dentro de los guantes de lana; y cuando Mammalian hubo desaparecido por encima de la cornisa e incluso Philby ya había recorrido la mitad del trayecto, resoplando, gruñendo y arañando el hielo con los clavos de sus crampones, Hale fue decididamente hacia la cara del glaciar y descubrió que no resultaba tan difícil después de todo. Con la cuerda sosteniendo su peso en la cintura y tirando de él hacia arriba, incluso hubo varios momentos en los que se encontró con que necesitaba detenerse antes de subir hasta el próximo asidero para permitir que la cuerda volviera a quedar tensa.

Un instante después se había encaramado por encima del borde en la brecha de la cornisa y se arrastraba sobre la nieve, con la piedra boya balanceándose debajo de su barbilla. Sólo uno de los soldados rusos estaba tirando de la cuerda; los otros nueve se habían sentado en aquella nueva ladera.

Habían llegado al glaciar Abich I. Allí la pendiente de sur a norte era más pronunciada que la del Cerennem Dere; y la mayor parte de la superficie era hielo, con bolsas de nieve adheridas a la cara sólo donde las secciones agrietadas y compactadas del hielo habían sido impulsadas hacia arriba para formar escalones.

El aire parecía arder dentro de la nariz de Hale, demasiado frío a aquella altura para traer consigo ningún olor salvo un tenue cosquilleo como de azufre. Hale volvió a cubrir sus manos doloridas y entumecidas con las manoplas, y las partes del rostro que llevaba al descubierto le escocían como a causa de una quemadura. Se volvió cautelosamente para mirar hacia el sur por la escarpada ladera en dirección a la cima, todavía a novecientos metros por encima de ellos, y se estremeció ante su lejanía lunar y al ver las blancas cintas de nieve que iban desprendiéndose de la cima para desplegarse a través del cielo grisáceo.

Mammalian estaba de pie al lado de la cuerda aflojada junto a él, con la vista clavada en sus botas. Hale siguió la dirección de su mirada y vio un agujero ovalado de unos cinco centímetros limpiamente taladrado en el hielo.

–El agujero de una perforación -dijo Mammalian, hablando en voz muy alta para hacerse oír por encima del rugir como de estática del viento-, hecha por una de las expediciones científicas. Originalmente era redondo, pero el deslizamiento del glaciar lo ha vuelto elíptico.

Hale se limitó a hacer un gesto de asentimiento. Hartsik había dicho que los agujeros elípticos no suponían ningún problema para los djinns. Bueno, Hale había traído consigo unos cuantos sólidos de forma elíptica, unos cuantos miles de ellos en realidad, que de momento estaban apretadamente

contenidos dentro de cartuchos del calibre cuatrocientos diez.

Los Spetsnaz no tardaron en volver a estar de pie y, moviéndose uno a uno como a través de un cuello de botella invisible, empezaron a avanzar en fila india a través de la cara del glaciar. En menos de un minuto le tocó el turno a Mammalian de ponerse en movimiento, luego a Philby y después fue Hale quien echó a andar por el glaciar, con los clavos de sus crampones hundiéndose en el hielo.

Estaban subiendo por una ladera convexa. La superficie se hallaba muy agrietada y estaba llena de protuberancias, pero aun así parecía bastante sólida, y las fisuras de tres o cuatro metros de anchura que la circundaban eran bastante fáciles de ver.

« Si pudiera matar al hombre que tengo detrás de un disparo -pensó Hale con una especie de abstracta perplejidad-, probablemente podría liquidar a los otros nueve mediante un par de ráfagas bien apuntadas. Todos se encuentran dentro de una cuña de diez o doce grados por delante de mí.

Veintinueve balas para nueve hombres; bueno, para diez hombres, supongo, contando a Mammalian. »

Pero no sabía qué conocimientos de montañismo podían ser necesarios antes de que llegaran al Arca; y con que sólo uno de los Spetsnaz no muriera en el acto, Hale se vería convertido en el blanco de un fuego de respuesta muy profesional; y de todas maneras sabía que no podía dispararle a unos hombres por la espalda. Especialmente a Hakob Mammalian.

Aquel viento que era como alcohol para friegas le estaba abrasando las mejillas y formaba cristales de hielo alrededor de sus fosas nasales.

« Al menos puedo hundir las postas en la espalda de Philby -pensó con desesperación-, y con tal de que no lo mate, con tal de que todavía pueda huir a Moscú, eso supondrá haberle dado la vuelta al reloj de arena de la ghulah de Moscú, el ángel guardián de Rusia, Machija Nash. Ella morirá poco después de que lo haga Philby, y él ya tiene cincuenta años; y la

Unión Soviética debería desmoronarse como mucho un par de años después de eso; suponiendo que esta vez las matemáticas de Declara sean correctas, claro. Y debería poder disparar al menos un cartucho contra los djinns , también, antes de que los Spetsnaz acaben conmigo.

» Juega la mano. »

Se sentía aturdido, casi borracho, y contempló cómo sus botas iban arañando el hielo alternativamente igual que si fueran imágenes en la pantalla de un cine. No había vuelto a ver a Elena desde aquella tarde hacía tres semanas cuando estaba en la entrada del bar del Hotel Normandía y la había visto besar a Philby. No había tenido ocasión de preguntar a Philby qué hacía allí, y en realidad tampoco había buscado ninguna. Seguramente Elena formaba parte del equipo del SDECE que planeaba sacar a Philby de Beirut, cuando Philby aún creía poder permitirse el lujo de tomar en consideración una oferta de desertar, y en cualquier caso Philby tampoco le habría contado nada que pudiera haberle sido de utilidad a Elena; y Hale estaba lúgubremente seguro de que después de todo lo que había ocurrido, su única respuesta a la presencia de Andrew Hale consistiría en tratar de matarlo.

« Bueno, al menos Elena no miró hacia arriba y me vio, aquella tarde en el bar del Normandía -pensó de pronto con amargura-. Al menos no me vio. Es un buen consuelo para llevármelo conmigo a… a "la casa de la que no sale nadie". ¡Y al menos los mitos babilónicos no decían nada acerca de que allí hiciera frío! » La opresión que sentía en el pecho, como el inútil impulso de respirar debajo del agua enfrentado a una garganta resueltamente cerrada, se había vuelto más intensa.

Hale había estado soñando despierto y sólo se dio cuenta de que había dejado atrás la cresta del glaciar y estaba avanzando por una extensión de nieve del lado resguardado del viento, en la que se hundía hasta la pantorrilla, cuando un brusco tirón en la cintura del arnés le empujó la cabeza hacia atrás y tiró de él hacia delante, haciendo que sus pies dejaran de estar en contacto con el suelo. Volvió a bajar la cabeza y vio que estaba cayendo hacia una masa de nieve, pero la superficie de ésta se iba

rompiendo en enormes fragmentos que caían por debajo de él hacia unas intensas sombras, y la cuerda era una tensa línea que se inclinaba bruscamente hacia las profundidades.

Aterrizó con las rodillas encima de una extensión de hielo acolchada por la nieve pero con el pecho extendido a través de la cuerda, por encima de un abismo negro; y un instante después sus manos se habían cerrado como dos tenazas sobre la tensa longitud de la cuerda. Se hallaba suspendido en el vacío sobre el abismo de una fisura que no parecía tener fondo, y podía mantenerse estable siempre que no se moviera: su cuerpo se había convertido en un triángulo que apuntaba hacia abajo, con las rodillas sólidamente apoyadas siendo los dos puntos asentados de éste. Su cara había chocado con la cuerda y el impacto había hecho que sus gafas protectoras resbalaran hasta detenerse encima de su barbilla. El súbito frío hacía que le escocieran los ojos.

Podía oír un rápido martilleo metálico detrás de él, y desde muy lejos por delante, al otro lado del abismo, oyó cómo Mammalian le gritaba algo en inglés; pero la mayor parte del peso de Hale se encontraba suspendido de la cuerda, y sus ojos entrecerrados miraban fijamente hacia el abismo y la oscuridad, viendo cómo los cada vez más diminutos fragmentos de la blanca masa de nieve iban desvaneciéndose en la negrura.

Hale no respiraba y tampoco pensaba. Anillos de una negrura todavía más intensa se movían lentamente muy por debajo de allí, como el rielar de la ausencia de luz reflejada sobre vastos hombros, costillas y muslos. La montaña no era lo suficientemente alta para abarcar la distancia hacia abajo en la que la mirada de Hale parecía hundirse, porque tenía que estar contemplando el mismísimo corazón de la tierra. De pronto fue consciente de la presencia de dos puntos de una negrura tan absoluta que tuvo que apartar los ojos de ellos, mareado, temiendo que fuera a cegarse a sí mismo en el caso de que los mirara directamente; un instante después se alegró de haberlo hecho y se agarró todavía más desesperadamente a la temblorosa cuerda, porque acababa de comprender que aquellos dos orbes de negrura astronómicamente distantes eran un par de ojos.

Volutas de vapor radiante se elevaron junto a su rostro en una veloz ascensión y lo dejaron atrás, pero Hale sabía que su presencia no indicaba que hubiera ningún calor allá abajo y supuso que eran simplemente los trozos de hielo y nieve que habían caído al interior de la fisura, para ser retorcidos y desgarrados por las fuerzas de marea hasta que sus mismas moléculas habían sido separadas unas de otras y los átomos habían salido disparados en todas direcciones.

Las lágrimas congeladas le cegaban los ojos. Aunque no estuviera mirando hacia el fondo del abismo, notaba cómo la atención de la cosa que había allá abajo iba tensando su identidad.

Lo que había allá abajo lo disgregaría por completo, si bien después la sustancia que había sido Andrew Hale se dispersaría por el cielo de aquel lugar y terminaría perdiéndose en los estratos superiores de la atmósfera, quizá para interferir las transmisiones de radio con estúpidos recitados de cancioncillas infantiles.

«La apuesta es válida, no va más, es hora de enseñar las cartas.»

El Destructor de los Deleites, el Separador de las Compañías, «el que asóla los palacios y puebla las tumbas», y en realidad daba igual que su nombre fuera Muerte o que fuese el Diablo que había traído la Muerte a Adán y Eva. «Tuve miedo porque estaba desnudo, y me escondí.»

Si Hale se escondía allí, nunca lo encontrarían. No necesitaba disparar la Derringer.

« Pon sobre la mesa tu mano perdedora -se dijo- y renuncia a todo. »

Una línea de Rupert Brooke resonó dentro de su cabeza: «Y debería dormir, y debería dormir». ¿Durante cuánto tiempo más se podía haber esperado que siguiera siendo Andrew Hale, solo?

Sería muy fácil soltarse de la cuerda y precipitarse hacia aquello que esperaba, y en aquel vertiginoso instante la perspectiva parecía ser

inevitable. « He perdido a mi padre, he perdido a Elena. Puedo ahorrarle a Theodora la molestia de verificarme, y perderme a mí mismo, por fin. » Una de sus manos, sin que él lo quisiera, ya se había desprendido de su manopla y había reptado hasta su cintura, donde permanecía inmóvil encima del anillo de apertura del mosquetón. Un apretón al dedo metálico accionado por un resorte, y todo lo que tendría que hacer sería desplazar el peso de su cuerpo hacia uno u otro lado.

Hale había sido consciente de que la voz de Mammalian le estaba hablando a gritos, como desde el otro lado del cielo, pero de pronto oyó una frase:

–¡… por el amor de Dios, hombre!

Y de pronto pareció que Hale podía oírlo porque acababa de emerger de un profundo abismo de frías aguas. Su garganta por fin pudo abrirse en un acto de rendición a la insistencia de sus pulmones, y se encontró respirando en ruidosos jadeos al mismo tiempo que sus labios articulaban sílabas no pronunciadas; y cuando se obligó a escuchar qué decía, oyó:

–…santificado sea Tu nombre, venga a nosotros Tu reino, hágase Tu voluntad…

Hale trató de erguir la cabeza, parpadeando y entornando los ojos para ver alrededor de las lágrimas congeladas. Sólo pudo levantar la cabeza lo suficiente para distinguir a Mammalian, sentado sobre la nieve a seis metros de él en el otro lado de la fisura.

–¿Qué? – le gritó Hale, con voz oxidada.

–¿Quiere vivir o quiere morir? Le ruego que sea honesto.

« Una apuesta más, al fin y al cabo. Doble o nada. »

Hale le enseñó los dientes a Mammalian antes de permitir que su cabeza volviera a inclinarse.

–Quiero vivir, Hakob -dijo, sintiendo el contacto resbaladizo del sudor que había impregnado su camiseta interior.

–Entonces siga adelante y quítese el arnés -le ordenó Mammalian pacientemente-, pero luego vuelva a agarrarse a la cuerda y vaya reptando hacia atrás.

La mano de Hale ya se encontraba encima del mosquetón, y un instante después apretó el dedo metálico y se liberó del eslabón sujeto a la cuerda.

Su mano volvió a posarse inmediatamente sobre la cuerda y Hale fue impulsándose hacia atrás con infinito cuidado, sintiendo cómo sus rodillas resbalaban ladera arriba por detrás de él, centímetro a centímetro, hasta que el borde de la fisura en el hielo quedó debajo de los cantos de sus manos y pudo arrastrarse a cuatro patas por la superficie del glaciar.

Entonces unas robustas manos lo agarraron por debajo de los brazos y tiraron de él ladera arriba. Hale vio el mango de un piolet sobresaliendo de la nieve y acto seguido la tensa longitud de la cuerda que subía colina arriba fue enrollada alrededor de él y asegurada a un pitón que había sido hundido a martillazos en el hielo a cosa de un metro de distancia. El Spetsnaz que tenía detrás evidentemente había conseguido utilizar el piolet a la manera de un ancla, y había protegido el anclaje con el pitón. Varios soldados habían pasado a aquel lado de la fisura, y por sus huellas en la nieve, Hale pudo ver que se habían liberado de la sección delantera de la cuerda y habían dado un rodeo alrededor del lado superior del agujero.

Sus rostros eran máscaras blancas espolvoreadas de nieve debajo de los cristales blanqueados de las gafas protectoras, con su apariencia tan poco humana como la de su equipo de nailon y acero, y Hale se apresuró a subirse las gafas para quedar oculto detrás de una máscara similar.

La cuerda seguía bruscamente doblada hacia el interior del agujero: Philby colgaba en el punto más bajo de la sección central, y se encontraba cabeza abajo. Lo único que Hale podía ver de él era las abultadas rodillas de sus pantalones blancos de montañero.

Una nueva cuerda había sido sujetada a la vieja por aquel lado, y cuatro Spetsnaz se encargaron de mantenerla tensa mientras otro ruso iba sacando el pitón. Luego fueron pasando lentamente la cuerda recién tendida, palmo a palmo, mientras sus compañeros del otro lado del agujero iban introduciendo el otro extremo. Las rodillas de Philby empezaron a oscilar, moviéndose hacia el sitio en el que estaba sentado Mammalian.

El Spetsnaz que había arrancado el pitón del hielo descendió por la nieve hasta llegar a Hale y lo miró a través de sus gafas protectoras empolvadas de blanco. Luego se señaló a sí mismo y a Hale, e hizo movimientos de andar con las manos mientras indicaba las huellas que contorneaban la fisura en dirección a los otros hombres que esperaban más allá de ésta.

–¿Sí?

Hale asintió.

Los dos subieron por la ladera, avanzaron a lo largo de la cresta del glaciar durante unos metros y volvieron a bajar por la pendiente nevada resguardada del viento. El Spetsnaz abría la marcha y explicó a Hale mediante señales que debían seguir el sendero ya hollado, presumiblemente para evitar otra caída que resultaría fatal, ya que en aquel momento ninguno de los dos estaba encordado. Hale asintió para indicar que lo había entendido, aunque pensó que el trozo de hielo que había cedido bajo el peso de Philby ya había sido recorrido por diez pares de botas. Al igual que el ruso que lo precedía, Hale andaba manteniendo el cuerpo tensamente encogido y con el piolet medio enarbolado en su mano derecha.

Cuando llegaron al sitio en el que esperaba Mammalian, Philby ya había sido remolcado hasta el borde de la fisura y subido a la nieve.

Mammalian miró a Hale, y la posición de sus labios bastó para que Hale supiera que estaba frunciendo el ceño.

–¿Necesita una píldora, algún fármaco estabilizador? – le gritó

Mammalian-. Desde aquí parecía como si estuviera sufriendo un ataque de locura y daba la impresión de que intentaba soltarse para caer por el agujero.

–Una ilusión óptica -le aseguró Hale, hablando lo bastante alto para que el otro hombre pudiera oírlo por encima del viento. Pero de hecho sospechaba que lo que se había adueñado de él mientras se hallaba suspendido sobre el precipicio había sido una tentación inducida de manera sobrenatural. Y

cuando la elección había quedado finalmente reducida al aliento y la muerte, Hale se había encontrado recitando el padrenuestro. Pero no quería hablar de ello en aquel momento y apartó la mirada de Mammalian.

Los soldados del otro lado de la fisura habían vuelto sobre sus pasos y estaban extendiendo la cuerda a través de la nieve en aquel lado, Hale supuso que para permitir que las fibras de ésta pudieran aflojarse un poco.

Philby yacía sobre la espalda echando vapor como una locomotora, con su piedra boya apuntando hacia el cielo en la nieve junto a su cabeza.

En Berlín, en 1945, después de que Hale hubiera hecho que aquel camión volviera a caer sobre el pavimento occidental de la Puerta de Brandeburgo y él y Elena hubieran vuelto corriendo al restaurante en el que se habían encontrado con Philby un rato antes, Elena le había preguntado si se imaginaba que todavía era ateo. Él le había dicho que no lo sabía, y ella había respondido diciéndole que no era sincero. ¿Habría estado Elena en lo cierto, y simplemente todo se reducía a que Hale no quiso admitir que en lo más profundo de su ser seguía siendo un católico creyente? Era una admisión realmente terrible, porque sobrecargaba un mundo de por sí ya difícil con toda una serie de responsabilidades y consecuencias sobrenaturales. ¿Lo estaba admitiendo en aquel momento? La idea de que tendría que enfrentarse a alguna clase de juicio por las acciones de su vida hizo que la cabeza empezara a palpitarle con una nueva dimensión extra de terror.

Los miembros del comando Spetsnaz habían levantado secciones de la cuerda y se estaban atando a ella; uno de ellos vino y cerró el primer mosquetón asegurado sobre el cinturón de Mammalian. Acto seguido miró

a los hombres que estaban más cerca de Philby y ladró algo en ruso.

Philby fue incorporado a fuerza de brazos y consiguió cojear hasta donde lo esperaban Mammalian y Hale. Su rostro estaba rojo como un tomate bajo las relucientes gafas protectoras para la nieve, y de pronto Hale temió que fuera a darle una embolia o un ataque al corazón allí, delante de ellos.

–¿Se encuentra bien? – le preguntó en voz baja, teniendo que hablarle directamente en la cara para poder ser oído-. Todavía no puede ser mediodía, así que si quiere podría pedir que descansáramos un rato.

Philby se limitó a menear la cabeza, haciendo oscilar la piedra boya que colgaba sobre su pecho.

Un instante después, Philby y Hale ya habían sido devueltos a sus lugares en la fila, y los Spetsnaz le dijeron algo a Mammalian.

–Ahora bajaremos por el glaciar Loro -dijo el armenio a Hale-, hasta llegar a la cornisa en la que quedó varada el Arca. El camino es bastante traicionero, y nuestros rusos nos irán abriendo escalones en el hielo.

Los hombres que encabezaban la fila echaron a andar sobre la nieve, poniendo los pies con mucho cuidado en las pequeñas repisas donde el glaciar se había ondulado, y finalmente le tocó el turno a Philby de moverse. Pareció avanzar sin excesivas dificultades, y Hale echó a andar detrás de él.

Acarició el bulto debajo de la parka que era su Derringer.

« Pronto -pensó-. ¿Debería estar rezando? »

Aunque el helicóptero que volaba a través del valle de Seyhli al este de Dogubayazit había sido pintado a manchas blancas y grises, para que se confundiera con el cielo, y no llevaba distintivos, su diseño estilizado permitía reconocerlo como un Alouette III de la Aeroespatiale francesa.

Pero ese mismo modelo había sido adquirido por los operadores militares

de muchas naciones, la cercana Siria entre ellas; y en cualquier caso estaba sobrevolando los pastos a una altura de sólo treinta metros, y no era probable que apareciese en el radar turco ni que hubiera sido visto por nadie, aparte de las taciturnas tribus montañesas kurdas, cuando había cruzado la frontera turca en la más remota desolación de los montes Zagros al sur. Había despegado hacía cosa de una hora de la plataforma de un camión junto a Jway, en el desolado rincón noroeste de Irán, y llevaba dos tubos lanzacohetes de setenta milímetros montados a cada lado del fuselaje.

La adquisición y el equipamiento de aquel helicóptero, y el transportarlo hasta Jway, habían requerido más días de lo que hubiese debido serle necesario al SDECE, pero Elena Teresa Ceniza-Bendiga había insistido en el Alouette III porque tres años antes, uno de aquellos aparatos había efectuado con éxito varios aterrizajes y despegues a una altura de casi seis mil metros en el Himalaya, a mediados de invierno. A fin de cuentas, Elena no tenía idea de hasta qué cota de las laderas del monte Ararat pretendía llegar el equipo de escalada del Rabkrin.

Estaba sentada sobre la cubierta de acero ondulado junto al panel de control de armamentos en la bodega de carga vaciada, meciéndose con las bruscas subidas y descensos del helicóptero, y daba caladas a un Gauloise.

La partida de Beirut del equipo del Rabkrin hacía tres noches había cogido por sorpresa al SDECE. Elena había seguido el desarrollo de la vigilancia por radio desde un yate fondeado frente a la costa norte de Beirut, ya que desde la noche del doce de enero no se había atrevido a poner los pies en la ciudad.

La tarde del siete había cifrado y transmitido un mensaje a la oficina central del SDECE en el Quai d'Orsay de París, diciendo que la oferta de deserción de Philby parecía ser genuina, acompañada como iba por todas las señales auténticas de confusión y orgullo dislocado que uno buscaba en el agente que estaba maduro para desertar; pero luego no había podido volver a hablar con Philby hasta cinco días después, cuando éste fue a la librería Jayats de la avenida Bliss, momentáneamente solo. Philby se había mostrado evasivo y demasiado entusiasta en su saludo, y todas las alertas de

cautela habían empezado a sonar dentro de la cabeza de Elena cuando Philby propuso reunirse con ella aquella noche en los riscos de la Gruta de la Paloma.

Había asistido a la cita, pero se llevó consigo a todo un equipo de cobertura de expertos en operaciones callejeras del SDECE, conocidos como gamins des rues, y se quedó en el lado de la calle que daba al interior, en los escalones de la puerta de la farmacia Yazbeck, que permanecía abierta durante toda la noche. E incluso teniendo como telón de fondo un edificio público, habían disparado contra ella.

Se había asegurado de mantener una distancia de dos metros entre ella y todos los peatones y, basándose en la frágil teoría de que un francotirador necesitaba dos segundos para centrar las líneas de la retícula de una mira telescópica sobre un blanco, se había estado moviendo constantemente, con muchos giros y bruscos cambios de sentido. En un lugar público tan lleno de gente, con todo el equipo del Rabkrin todavía en la ciudad, parecía quedar descartado el uso de cualquier arma automática. Las piernas le temblaban con el impulso de iniciar uno de los viejos ritmos clochard del

«aquí no hay nada», pero temía que semejante acción pudiera ocultarla a la atención de Philby, en el caso de que éste compareciera.

Había llevado un chaleco antibalas debajo de la chaqueta, y su sombrero de ala ancha pesaba casi cinco kilos debido al laminado de acero, resina y cerámica que lo blindaba; pero aquello era un juego tan peligroso como andar por la cuerda floja, y Elena se obligó a hacerlo principalmente como expiación por haber tratado de matar prematuramente a Philby once noches antes, el atardecer del día de Año Nuevo. ¡Aquella dura prueba, con su cuerpo interponiéndose en la trayectoria de una bala, seguramente sería una penitencia adecuada!

Una bala de rifle hubiese atravesado cualquiera de sus protecciones; pero al colocarse en el lado interior de la calle, Elena aparentemente había interferido de manera irremediable con cualquier posible plan para emplazar un rifle, y por esa razón sólo fueron tres proyectiles de nueve milímetros disparados por un arma pequeña los que agujerearon su

sombrero y la golpearon dos veces en la columna vertebral. Los impactos hicieron que se desplomara sobre las manos y las rodillas en mitad de la acera, pero los gamins des rues estuvieron alrededor de ella en un instante, y metieron su fláccido cuerpo en la farmacia. La coraza había impedido que las balas llegaran a herirla, pero el disparo en la cabeza la había aturdido.

La habían metido en el vehículo de apoyo, un coche fúnebre enguirnaldado de flores que partió a toda velocidad hacia un embarcadero junto a la Place Cote d'Azur al sur de la ciudad. El estatus de Philby había pasado de objetivo que sacar del país al de blanco propuesto para el asesinato; pero las órdenes para un asesinato tendrían que proceder del Quai d'Orsay, y de todas formas Elena había sido el único operativo del SDECE cualificado para cometer asesinatos presente en Beirut, y se le ordenó que controlara la operación súbitamente interrumpida desde una embarcación en el puerto deportivo del norte.

Después de aquello, Philby se había movido muy furtivamente, y el equipo del Rabkrin había establecido un cordón protector alrededor de su edificio de apartamentos de la Rue Kantari, y las cortinas del apartamento de Philby siempre estaban corridas.

El Rabkrin había mantenido todavía más oculto a Andrew Hale, después de que fuera arrestado por embriaguez pública la mañana del ocho.

Parecía que Hale realmente había desertado pasándose al Rabkrin. Claude Cassagnac había sido asesinado en la casa de Hale en Inglaterra hacía tres semanas y media, y las estaciones del SIS realmente tenían a Hale en su lista de detenciones urgentes por todo el Oriente Medio. La identidad de tapadera que le había proporcionado el Rabkrin tenía que haber sido muy sólida, para permitirle superar un interrogatorio de la sûreté. Curiosamente, el SDECE no había podido obtener una transcripción del interrogatorio de la policía.

Según el protocolo, también necesitaría autorización del Quai d'Orsay para matar a Hale, siempre que se propusiera hacerlo en Beirut. Pero la operación contra Ararat ya había sido aprobada, y la aprobación incluía la

cláusula especial de que todos los miembros del equipo del Rabkrin podían ser eliminados, en el caso de que consiguieran llegar a las laderas del monte Ararat.

Elena había solicitado el Alouette III, con modificaciones específicas, y le había dicho al SDECE que hiciera que el cuerpo diplomático francés empezara a solicitar la devolución de ciertos favores al gobierno iraní de Pahlevi: el helicóptero tendría que ser transportado en un camión hasta algún remoto lugar del cuadrante noroeste del Irán, cerca de la frontera este de Turquía.

El gobierno iraní había resultado bastante difícil de convencer, el día veintiséis se celebraría una elección nacional, y el partido progresista de la Revolución Blanca no quería proporcionar ninguna excusa a los sentimientos antioccidentales. El helicóptero y las peculiares cabezas alojadas en sus cuatro cohetes de setenta milímetros no habían estado en el sitio acordado hasta el día veintidós; y esa misma noche el equipo del Rabkrin había abandonado subrepticiamente Beirut.

Desde la cubierta del yate azotada por la lluvia, Elena había tenido ocasión de ver cómo evacuaban a un miembro.

Aquella noche Beirut había sido una borrosa mancha de neón entrevista a través de los ondulantes velos de lluvia, y desde el chisporroteante altavoz de su radio en el camarote principal, Elena había escuchado cómo sus agentes de vigilancia esparcidos por la ciudad se quejaban de coches que no arrancaban y cruces inundados. Habían perdido a Philby, pero esperaban restablecer el contacto en una cena a la que iba a asistir aquella noche en la casa del primer secretario de la Embajada británica. Inmediatamente después de aquella transmisión, Elena había oído cómo una motora luchaba por avanzar a través del oleaje de la tormenta que rugía en el exterior y había cogido sus binoculares, había abierto la puerta del camarote y había salido con paso tambaleante a la cubierta.

Apenas había podido distinguir a la embarcación entre la lluvia. Era una lancha de rescate Bombard hinchable de quilla plana con un motor fuera

borda en la popa, y no llevaba ninguna luz encendida. Elena vio cómo la pesada embarcación de goma se bamboleaba sobre las olas y avanzaba hasta llegar a la playa del Hotel Normandía.

El Normandía era el hotel en el que se había estado alojando el equipo del Rabkrin.

En la penumbra de la luz que salía desde las ventanas del hotel, Elena había entrevisto tenuemente a dos figuras que esperaban en la playa. Una de ellas subió a la embarcación, y luego ésta fue impulsada de vuelta al oleaje.

Elena había vuelto al camarote y había cogido el micrófono de la radio.

–Me parece que vuestro objetivo no asistirá a la cena -le dijo al equipo de vigilancia-. Creo que se ha largado. Creo que todos se han largado.

Acto seguido se había servido un vaso de coñac, porque el equipo del Rabkrin parecía haber partido, después de todo, hacia el monte Ararat. La fuerza del SDECE no había conseguido detener la operación soviética en Beirut, y ella no había entregado a Philby. Pero el Alouette III por fin estaba esperando en Jway, y en un par de días tanto Philby como Hale estarían en la montaña.

Se preguntó si en realidad no habría tenido intención de que las cosas salieran de aquella manera desde el primer momento.

El grupo del Rabkrin subiría hasta el Arca de Noé, y entonces todos los testigos de sus vergüenzas se encontrarían juntos en el mismo lugar: los djinns con los que había participado en las muertes de sus hombres del SDECE en el desfiladero de Ahora en 1948; Kim Philby, que había oído sus secretos y al que había permitido entrar en su cama; y Andrew Hale, al que había amado.

Los cohetes de setenta milímetros con los que habían cargado los siete tubos de los lanzacohetes contenían un explosivo de alta potencia llamado ciclotol, que había sido introducido en proyectiles hechos con acero de