Declara
Nueve
Philby levantó la cabeza vendada, recorrió el bar con la mirada, sus ojos no se detuvieron en la figura de cabellos oscuros y mejillas hundidas silueteada en la entrada, y luego se inclinó sobre la mesa para besar a Elena en los labios. Ella quizá le devolviera el beso o quizá no, pero en cualquier caso apartó suavemente a Philby.
Hale dejó que la cortina de abalorios se balanceara a través de su visión del bar mientras daba un paso atrás hacia el vestíbulo del hotel y chocaba con Mammalian.
–Estoy… demasiado sucio -dijo roncamente-, para…
–Bueno -dijo Mammalian en un tono juicioso-, es cierto, lo está. Huele igual que un beduino iraquí, amigo mío. Lo llevaré a su habitación.
Hale se dejó conducir junto a los sofás y el mostrador de recepción hacia la escalera. No miró atrás, pero tenía la sensación de que el armenio guiaba un fantasma, y que el Andrew Hale físico, real, se había quedado allí abajo, paralizado por la consternación, mirando fijamente a través de la arcada del bar.
NUEVE
Berlín, 1945
En una ocasión se me dijo que no es conveniente escribir los nombres de los desconocidos involucrados en cualquier asunto, porque es el dar nombres lo que hace que muchos buenos planes acaben sumiéndose en la confusión.
Rudyard Kipling, Kim
El segundo encuentro de Hale con Kim Philby había tenido lugar en febrero de 1942, dos meses después de su breve y hostil primera reunión en el comedor de Latchmere House en Ham Common.
Hale sólo llevaba tres días trabajando en la oficina central del SIS en los Edificios Broadway de Londres, y dio un respingo al ver venir hacia él por el pasillo de linóleo al mismo hombre aquejado de tartamudeo que tan insultante se había mostrado con él en aquella ocasión que tan bien recordaba. Philby llevaba la chaqueta de lana marrón de un uniforme del ejército, pero sin ninguna insignia de rango en las hombreras, y estaba absorto en una conversación con un hombre un poco más mayor que iba en mangas de camisa.
Pero los ojos de mirada inteligente de aquel rostro tosco se iluminaron al ver a Hale.
–¡Vaya, pero si es el chico de J-Jimmie! – exclamó; y acto seguido repitió con voz afectada y gimoteante lo que Hale había dicho al comité de Ham Common cuando éste lo interrogó dos meses antes-. ¡Pero yo no estaba haciendo nada que el tal Theodora me hubiera dicho que hiciese! – Luego siguió hablando con su acento de Oxbridge habitual-. ¡Y con todo, ahora voy y d-descubro que se las ha ingeniado de alguna manera para trabajar en la S-Sección Uno, a la que ha sido cedido en préstamo por el det-es-table SOE de Juh-Jimmie! – Se volvió hacia el hombre que se había detenido junto a él, al que Hale acababa de reconocer como su superior, David Footman, el jefe de la Sección Uno del SIS-. ¿Qué trabajo te ha-ha-hace nuestro muchacho deshonesto, David?
–Usted es 1-K, ¿verdad? – preguntó Footman mirando a Hale con cierta vacilación.
–Sí, señor -dijo Hale. 1-K era la designación en código de la persona que
nunca llegó a presentarse cuyo trabajo había pasado a desempeñar Hale.
–¿En qué está trabajando, 1-K? – preguntó Footman.
–En estos momentos -respondió pausadamente Hale después de tragar saliva-, estadísticas sobre el índice de mortalidad y enfermedades mentales infantiles, señor, en los distritos moscovitas de Kirov y Arbat… eh… en el período que va desde mil ochocientos ochenta y cuatro hasta mil ochocientos noventa.
–¡Oh, no, 1-K, no me lo di-diga! – Philby reía tan estrepitosamente que apenas si podía hablar-. ¡Nunca se s-sabe, yo podría ser un es-espía! ¡Las lenguas sueltas… hunden barcos, m-muchacho! ¡Ni-ni-niños rusos que enloquecieron durante la década de los ochenta del siglo pasado! ¡Confío en que el gogogob… -tuvo que tragar aire con una temblorosa inspiración para poder terminar la frase-… el gobierno de Churchill estará siendo informado diariamente de sus progresos!
A Hale le ardía la cara, pero asintió cortésmente y pasó junto a los dos hombres para abrir la puerta que daba a la escalera de caracol iluminada eléctricamente y embaldosada de blanco. Y mientras bajaba los escalones hacia el tercer piso, oyó los ecos de la voz de Philby.
–¿Sabe por qué todas las es-escaleras de este sitio parecen un lavabo p-público? – decía a Footman-. ¡Porque aquí sólo entra mi-mierda!
Las carcajadas de Philby hicieron vibrar las baldosas hasta que la puerta se cerró con un chasquido.
De hecho, no sería hasta seis semanas después de que hubiera terminado la guerra y fuese enviado a Berlín, cuando Hale empezó a tomarse en serio su trabajo en el SIS.
Los Edificios Broadway eran un bloque de oficinas de nueve pisos ubicado en el número cincuenta y cuatro de Broadway, dos manzanas al sur de St.
James Park y justo enfrente de la estación de metro de St. James Park,
cruzando la calle. Una placa de latón junto a la entrada principal anunciaba la Compañía de Extintores Minimax, aunque las únicas precauciones de aquella naturaleza que Hale llegó a ver en los oscuros pasillos del lugar eran cubos pintados de rojo llenos de arena a utilizar en caso de incendio que estaban colgados de ganchos junto a cada una de las puertas de cristal esmerilado de los despachos.
En su primera mañana en Broadway, Theodora lo había llevado al despacho que Footman ocupaba en el cuarto piso.
–¡David! – había exclamado jovialmente-. ¿Qué vacantes tienes en el personal de la Sección Uno?
Footman había mirado con cautela a Theodora y a Hale.
–Bueno, 1-K no respondió nunca a la convocatoria de la reserva.
–Entonces ahora, por fin, ha hecho acto de presencia. Éste es Andrew Hale, cedido en préstamo por el Ejecutivo de Operaciones Especiales. Nosotros nos ocuparemos de su paga, y lo único que tienes que hacer es informar al Departamento de Guerra de que 1-K se encuentra a bordo y ha sido cedido al SOE para funciones especiales.
Y de esa manera Hale había recibido la identidad del ausente 1-K, con distintivo de uso interno para poner en la solapa incluido, que daba su fecha de nacimiento como 1870, lo cual le proporcionaría una edad actual de setenta y dos años. A sus veinte años, Hale suponía que el verdadero 1-K
probablemente había muerto de viejo.
Inmediatamente tras su puesta en libertad en el complejo de Ham Common, Hale había proporcionado a Theodora un largo y casi completo relato de sus tres meses en el París ocupado, aunque se había descubierto incapaz de hablarle de cosas como el suelo quemado de la buhardilla, las cuasivoces que salían de los auriculares de la radio y la manera en que el ankh de su cinturón había parecido transportarlo a través del vacío entre los tejados; y todavía era demasiado católico y demasiado joven para contarle que se
había ido a la cama con una agente del Ejército Rojo; y no tardó en preguntarse si sus reticencias durante esa entrevista se habrían percibido y, de alguna manera, habían acabado llevándolo a su actual callejón sin salida.
Había tenido que recordarse con frecuencia que los que se limitaban a esperar también servían.
En el gran mundo, los Panzers alemanes se abrían paso hacia Stalingrado por el este y el Octavo Ejército británico derrotaba a Rommel en El Alamein; pero a causa de alguna decisión burocrática aparentemente aleatoria, mientras tanto Hale dedicaba su tiempo a convertirse en un experto en oscuras facetas del Moscú de finales del siglo xix. Se rumoreaba que los matemáticos que el SIS tenía en Bletchley Park habían descifrado un código alemán de alto nivel, y se decía que los vaqueros del SOE
volaban puentes en el norte de África y lanzaban agentes en paracaídas sobre los Balcanes, pero los archivos enviados al escritorio de Hale eran todos… tratados como «Evidencias sobre los trabajos de construcción secretos llevados a cabo en los sótanos de la Compañía de Seguros Ancla en Moscú en 1884», «Singularidades en la fuerza de Coriolis: incidencia de fenómenos meteorológicos rotacionales anómalos en Moscú, 1910-1930» y
«Restos metálicos presentes en los aguaceros caídos sobre Moscú (esp.
anillos de boda y empastes dentales)».
Muchos de aquellos expedientes eran adiciones a investigaciones anteriores, y para poder quitárselos de encima sin que le remordiera la conciencia, Hale frecuentemente tenía que localizar y leer todo lo que pudiera del trabajo primario. El registro del SIS era un auténtico caos, con expedientes personales y operacionales simplemente metidos en cajas esparcidas a lo largo de los pasillos, por lo que Hale solía coger un coche del garaje del parque móvil y conducía en dirección norte hasta llegar a St. Albans, donde los archivos pulcramente ordenados del Registro del MI5 se encontraban guardados en una mansión victoriana de King Harry Lañe. Para su sorpresa inicial, sus credenciales del SOE/SIS le daban acceso incluso a los expedientes de máximo secreto, muchos de los cuales estaban guardados en sobres de celofán y se manipulaban con pinzas porque habían quedado medio consumidos por las llamas durante un bombardeo en 1940.
Y para conseguir que le tradujeran los documentos rusos, se encontró teniendo que consultar con las extrañas ancianas del Centro de Transcripción Soviético del MI5. Éste se hallaba ubicado en otra casa de St.
Albans, en una diminuta habitación que los rusos blancos fugitivos que trabajaban para el MI5 habían convertido en un pequeño rincón anacrónico del San Petersburgo zarista, con iconos de santos tallados en madera entre los cilindros de dictáfono y los discos de gramófono de acetato que ocupaban los estantes, y un perpetuo aroma a té procedente del samovar que humeaba en un rincón. Para aquellas babushkas marchitas, el NKVD
todavía era la Cheka o incluso la Okhrana prerrevolucionaria, y se tomaban un interés particularmente intenso en las investigaciones de Hale, interrumpiéndose con frecuencia para persignarse mientras traducían algún viejo informe mohoso sobre una expedición rusa a Turquía en 1883 o una descripción de cómo estaba quemada la hierba alrededor de una serie de pequeños agujeros del tamaño de monedas que había aparecido en el suelo de los cementerios de Moscú. Todas aquellas viejas abuelas pertenecían a la fe ortodoxa rusa, pero Hale se dio cuenta, con cierta inquietud, de que su uso de la expresión «ángel guardián» era titubeante y temeroso, y de que siempre iba acompañado por la introducción de sus rechonchos y viejos dedos en la pequeña fuente de agua bendita que había junto a la puerta cerrada.
Cuando las copias en papel carbón de las transcripciones de los interrogatorios que estaba llevando a cabo el SOE empezaron a llegar a su mesa, siéndole remitidas debido a que habían sido referenciados bajo las categorías «Ararat», «Lubianka» o «zar Alejandro II», Hale se creyó obligado a visitar los establecimientos del SOE en los que se encontraban alojados los prisioneros y refugiados, y a interrogar por medio de traductores a aquellos extranjeros sin raíces acerca de sus antiguas preocupaciones. El SOE había alquilado tantas viejas casas de campo en Buckinghamshire, Hertfordshire y Surrey, que se decía que el acrónimo
correspondía a « Stately[4] Omes of England»; y Hale acabó
acostumbrándose a la visión de sacos de arena y trípodes de hierro en viejas
escaleras de estilo Tudor, mesas de caballetes y papeleras de alambre en
dormitorios cuyos muros se hallaban recubiertos por paneles de madera, y
fotos coloreadas baratas del rey en paredes donde secciones más pálidas
indicaban los lugares de los que se habían descolgado recientemente
imágenes bastante más majestuosas.
La mayoría de los extranjeros a los cuales interrogó no sabían nada que tuviera relevancia para sus inconexas investigaciones, y a veces el personal del SOE se impacientaba un poco ante sus continuas interrupciones de los interrogatorios operacionales, pero sus credenciales indujeron a todo el mundo a creer que, como mínimo, estaba compilando alguna clase de historia oficial, y solían mostrarse respetuosos y generalmente corteses.
Finalmente, Hale empezó a sospechar que sólo había una historia tras muchos de los viejos informes y rumores que investigaba: unos fugitivos armenios lo informaron de que en 1883 un terremoto había hecho temblar el monte Ararat en el este de Turquía, y había derribado un montón de viejos megalitos alrededor del nivel de los quinientos metros. Científicos rusos y turcos habían visitado el lugar; posteriormente, un equipo ruso fue a la montaña con varios carros, y luego todos regresaron a Moscú en tren; y hasta que el ejército turco evacuó del área a todos los armenios en 1915, los herreros armenios no habían parado de martillear sus yunques ni un día, incluso los domingos y los días de fiesta, con la esperanza de que aquel estrépito entrecortado impediría que algo bajara de la montaña. Y de labios de los rusos blancos y de los trotskistas exiliados oyó historias sobre antiguas piedras talladas llevadas a los sótanos más profundos de la Yakor, o Compañía de Seguros Ancla, en el once de Bolshaia Lubianka, que en 1918 pasó a ser la oficina central de la Cheka, y a partir de entonces siempre había sido conocido y temido como la Lubianka.
Y había pistas que parecían estar relacionadas, pero que Hale no podía vincular entre sí. Se le dijo que se había hecho una efigie de la túnica, la mascarilla mortuoria y los moldes en yeso de las manos de Félix Dzerzhinski, el primer director de la Cheka, y que ésta había pasado a ser exhibida dentro de un ataúd de cristal en el Club de Oficiales del NKVD
cerca de la Plaza Roja; y cuando ascendían a los oficiales del NKVD, tenían
que ir a depositar flores y coronas ante aquella cosa en ciertas ocasiones y rezarle, y que la cosa a veces movía las manos de yeso o incluso hablaba en respuesta a través de los labios de yeso entreabiertos, aunque no en ruso. Y
se enteró de que el antiguo nombre de Ankara tal vez fuera una palabra griega que significaba «ancla», y que las antiguas monedas turcas estaban adornadas con el bajorrelieve de un ancla egipcia, que consistía en un rectángulo con un aro en la parte de arriba. Las anclas egipcias se habían tallado en piedra, y uno de sus informantes le dibujó una y llegó al extremo de trazar una cruz encima del rectángulo, de tal manera que el parecido con la cruz lobulada egipcia, el ankh, resultaba evidente. Y muchos de los fugitivos moscovitas mencionaron el peculiar olor entre rancio y metálico del aire de Moscú, que se atribuía al aceite diesel barato que utilizaban los soviéticos.
Hale reflexionó en las palabras «ancla», «Ankara», «Yakor», «Lubianka»…
y « ankh».
En su calidad de agente especial cedido en préstamo al SOE por la Sección Uno, Hale podía solicitar muchas de las categorías de los expedientes actuales, e hizo cuanto pudo para obtener cualquier información disponible sobre una agente de la GRU que había dirigido una red radiofónica negra en París a finales de 1941, y que quizá hubiera sido conocida como Delphine Saint-Simón. Descubrió que las redes soviéticas de Bélgica y Francia, entre las que habían trabajado él y Elena, eran conocidas colectivamente para la Gestapo como la Rote Kapelle, que significaba la «orquesta roja» o la
«capilla roja», y que la mayor parte de los agentes que las componían habían sido arrestados antes de la Navidad de 1942. Muchos de ellos fueron ejecutados con gran rapidez, debido a la tradición alemana de que no debía tener lugar ninguna ejecución entre el veinticuatro de diciembre y el seis de enero. El resto de los agentes de la Rote Kapelle capturados fueron utilizados como reproductores, y Hale se preguntó dónde habría acabado Claude Cassagnac. La información referente a Moscú resultaba más difícil de obtener, y aunque Hale leyó relatos de segunda mano de muchas ejecuciones en los sótanos de la Lubianka, ninguna de las víctimas parecía haber sido Elena.
Durante el verano en que Hale tenía veintidós años, las sirenas de alerta aérea de Londres parecieron gemir durante todo el día y toda la noche, puntuadas por el martilleo de los cañones antiaéreos, el estrépito de la metralla cayendo sobre las calles y el trueno regular de las explosiones de las nuevas bombas zumbadoras alemanas que hacían tintinear las ventanas.
Hale dormía en un catre en su despacho, y muchas noches en las que el sueño se volvía imposible, se emborrachaba y se unía a la diversión de medianoche en Green Park donde, bajo el difuso resplandor blanco creado por los reflectores que destellaba alrededor de los campamentos del ejército y que era conocido como la Luna de los Bombarderos, trataba de dirigir la salvaje danza espontánea convirtiéndola en un paso al estilo clochard «aquí no hay nada» que abarcase todo el parque y que protegería toda la ciudad de Londres del cielo rugiente. Con ello sólo conseguía agotarse lo suficiente para que el sueño se volviera posible, y luego las sirenas seguían gimoteando en las mañanas de resaca.
Pero al otro lado del Canal, los aliados habían desembarcado en las playas de Normandía en junio y liberado París para septiembre; Roma había caído ante el Quinto Ejército americano; los rusos habían obligado a los alemanes a retroceder a través de toda Lituania y Polonia, y las superfortalezas B-29
americanas estaban bombardeando Berlín. Desde la ventana de su despacho, Hale podía ver las estelas de vapor de las bombas volantes en el cielo azul; pero las lilas, los plataneros y los manzanos de St. James Park se hallaban tan vividamente florecidos como si fuera primavera en vez de finales del verano, y todos los veteranos de los Edificios Broadway confiaban en que dentro de seis meses la guerra hubiera terminado.
Naturalmente Hale nunca ponía los pies en el bar para oficiales de alto rango que había en el sótano de los Broadway, donde los «barones bandidos» bebían e intercambiaban viejas historias y las últimas noticias, pero sí que se enteraba de los cotilleos interdepartamentales. Aquel verano oyó rumores de que el coronel Felix Cowgill, el jefe de la Sección Cinco de contraespionaje cuyo regreso de Nueva York en febrero de 1942 había salvado a Hale de quedar bajo la autoridad de Kim Philby, podía estar sucumbiendo a la tensión de su trabajo. Según las conversaciones de oficina, hacía poco Cowgill había convocado a todos sus jefes de
subsección y les había dicho que tendría que emprender otra misión de asesoría en América; no les había explicado claramente por qué, se había limitado a decir que sus investigaciones privadas hacían imperativo el viaje y había dado a entender que algún enorme servicio hostil amenazaba a su departamento de contraespionaje.
–En mi opinión esto tiene algo que ver con los árabes -concluyó con tan sorprendente declaración-. ¡Mire donde mire en este caso, veo árabes!
La misteriosa misión en ultramar de Cowgill se prolongó durante un mes, e incluyó visitas a puntos no especificados de Oriente Medio. Pero cuando Cowgill finalmente regresó a finales de septiembre descubrió que durante su ausencia Philby lo había despojado, a todos los efectos prácticos, de su trabajo: una nueva sección, la Sección Nueve, se había creado específicamente para penetrar las redes de espionaje soviéticas en el inminente mundo de la posguerra, y la antigua Sección Cinco iba a ser incorporada a ella; y habían nombrado a Philby jefe de la Sección Nueve.
Cualquier información que Cowgill hubiera descubierto durante su viaje quedaría en manos de Philby para que hiciera algo con ella o la descartara.
Cowgill presentó su renuncia al cargo el día de Año Nuevo de 1945, describiendo amargamente la acción como «un regalo de cumpleaños para el maldito Philby». Previamente, Philby había estado trabajando en la oficina central de la Sección Cinco en Ryder Street, en el elegante barrio de los clubes Boodles y Brooks's un poco al este de Green Park, pero como jefe de sección pasó a disponer de un despacho en el cuarto piso de los Edificios Broadway y era una figura constante en los pasillos atestados.
Hale intentó mantenerse lo más alejado posible de él. La Sección Uno, donde Hale trabajaba en su minúscula alcoba, era un corredor de pequeñas oficinas en el tercer piso; allí el personal de Footman compilaba resúmenes de los datos de inteligencia política obtenidos por todas las estaciones extranjeras, los cuales eran amplificados y relacionados por las investigaciones de personas como Hale. Sus principales «clientes» eran
«JSS FO» (el jefe del SIS y el Foreign Office), pero en febrero Philby consiguió que el secretario del Foreign Office diera su visto bueno a que se
ampliara el servicio a la Sección Nueve, y a partir de ese momento Philby también quedó incluido en la lista de circulación directa de la Sección Uno, y todo el mundo sabía que sus recomendaciones en lo referente a los recortes presupuestarios durante la posguerra se respetarían.
J era Stuart Menzies, que ya había cumplido cincuenta y un años, la edad de retiro reglamentaria; pero Churchill lo había persuadido de que debía seguir en su puesto, y Menzies confiaba en el ambicioso Philby, que sólo tenía treinta y dos años, para las decisiones internas del día a día.
Aunque Philby se mostraba jovialmente burlón o fríamente grosero con Hale cuando se cruzaban en los pasillos, éste descubrió que el hombre era generalmente admirado. Se decía que poseía un gran encanto personal, las mujeres encontraban atractivo su tartamudeo y se lo consideraba como una bienvenida infusión de sangre nueva en un servicio que había estado dominado durante demasiado tiempo por policías retirados de la Administración Pública de la India.
Hale no había visto a Theodora ni recibido siquiera una nota de él en más de un año, y parecía claro que no podría prosperar en una agencia dentro de la que Philby era un poder con el que habría que contar en el futuro.
Empezó a pensar en el Oxford de la posguerra, y durante las tardes en que no había mucho trabajo se dedicaba a redactar mentalmente una carta de dimisión que planeaba escribir cuando la guerra, y el alistamiento de tiempos de guerra, llegaran a su fin.
En los pasillos llenos de rumores y cotilleos de Broadway, Hale podía seguir el desenlace de la guerra con una inmediatez que The Times distaba mucho de poder proporcionar. Se enteró de que el general americano Eisenhower, comandante supremo de las Fuerzas Aliadas, se mostraba renuente a aceptar cualquier cosa que no fuera una rendición incondicional por parte de los alemanes, y que ese retraso había permitido que los rusos cruzaran el río Oder; y acto seguido Eisenhower se negó a permitir que las fuerzas británicas estacionadas en Hanover prosiguieran su avance hasta más allá del Elba, con lo cual hizo posible que el Ejército Rojo fuera el que terminase tomando Berlín.
Alemania finalmente se rindió el ocho de mayo, pero cuatro días antes Hale ya se había enterado de que Hitler acababa de suicidarse en un bunker de Berlín.
La guerra en Europa había terminado, y en los Edificios Broadway una atmósfera festiva de final de curso aceleró los andares y confirió una nueva jovialidad a las voces de los jóvenes administrativos y secretarias cuyas vidas habían sido interrumpidas por la guerra; muchos de ellos empezaron a leer los periódicos de fuera de la ciudad en sus escritorios y a hablar del trimestre de otoño en Durham, Oxford o Hull.
Sin embargo, dio la casualidad de que Kim Philby llevaba dos meses fuera del país cuando Alemania se rindió. Como nuevo jefe de la Sección Nueve había visitado París, Atenas y otras capitales de los países recién liberados, restableciendo las alianzas anteriores a la guerra y el viejo cordón sanitaire contra la Unión Soviética. Hale pospuso la redacción de su carta de dimisión y por el momento se limitó a leer y firmar los expedientes de hacía cincuenta años que seguían amontonándose encima de su escritorio cada lunes.
Y la mañana del veinte de junio recibió órdenes con prioridad absoluta del SOE de presentarse inmediatamente en una ciudad alemana llamada Helmstedt, en el extremo occidental de la autobahn Helmstedt-Berlín.
Un Mosquito DeHavilland de la RAF llevó a Hale hasta una pista de aterrizaje en la recién conquistada Gotinga, y luego pasó una larga tarde viajando en un compartimiento de tren junto con media docena de soldados americanos apáticos y resacosos que volvían a Braunschweig después de haber disfrutado de un permiso en París. En la atestada estación de Braunschweig, cuyos ventanales habían sido hechos añicos por las bombas aliadas, Hale hizo transbordo a una línea local que iba hacia el este, y vio ponerse el sol sobre los edificios en ruinas mientras el tren cruzaba el río Oker por un puente provisional de hierro, a un tiro de piedra de los andenes destrozados y la cubierta retorcida del puente permanente anterior.
Fuera de los límites de la ciudad entrevió a civiles alemanes en los senderos llenos de cascotes que transportaban enormes haces de ramas en cochecitos de niño o sobre sillines de bicicletas; comprendió que el carbón debía de escasear, y examinó su conciencia en busca de algún indicio de remordimiento. Pero aquellas escenas inmediatas enseguida quedaron difuminadas por los recuerdos del pánico en las caras de las mujeres y de los ancianos en las calles de Londres, y de haber sentido cómo esa misma expresión tensaba sus propias órbitas, cuando el palpitante rugido de motocicleta de un cohete V-2 se interrumpía repentinamente; y de los diez segundos subsiguientes de precipitada búsqueda de algún lugar donde ponerse a cubierto, antes de que el aire temblara con la perdigonada de fragmentos de cristal mientras el tremendo estampido de la detonación parecía llegar hasta lo más profundo de cualquier rincón en el que se hubiera agazapado, y apartar sus manos engarfiadas de su cabeza inclinada.
Todavía recordaba la pestilencia química de los explosivos de alta potencia y el horripilante hedor de la sangre fresca instantáneamente convertida en un vapor tan fino como el perfume salido de un atomizador. Y finalmente extrajo un lúgubre alivio del hecho de que no pudiera descubrir ninguna satisfacción particular, al menos, en la triste situación de aquellos alemanes derrotados.
Como ocurría aparentemente en todas las estaciones de ferrocarril alemanas, el andén de la estación de Helmstedt estaba lleno de personas con aspecto de desarraigo sentadas encima de su equipaje, durmiendo, mirando el vacío o comiendo pan apáticamente; pero al fondo del andén divisó la figura alta y delgada de Theodora, y cuando el hombre de cabellos ya encanecidos se dio la vuelta y fue hacia una hilera de coches aparcados delante de la estación, Hale lo siguió a cierta distancia. Perdió de vista la silueta entre un par de autobuses en un callejón alejado de las farolas de luz eléctrica, y se había quedado inmóvil en la acera sin saber qué hacer cuando un turismo Renault se detuvo junto a él y la puerta del asiento del pasajero se abrió con un chirrido.
Theodora estaba sentado al volante, y Hale subió al coche y cerró la puerta.
–¿Por fin estás listo para la acción, Andrew? – preguntó Theodora con
fatigada jovialidad mientras cambiaba la marcha. Al resplandor de los faros Hale sólo podía ver pavimento que desfilaba velozmente por entre edificios de ladrillo a oscuras-. Oh, santo Dios, sabes conducir un automóvil,
¿verdad?
–Sí -le dijo Hale, agarrándose a la correa de la puerta-. Pero la guerra ha terminado. Tiene que haber leído acerca de ello.
–La verdadera guerra no empezó en el treinta y nueve, mi querido amigo, y puedes estar seguro de que no terminó hace seis semanas. Escucha, los soviéticos han ocupado una tercera parte de Alemania y aparentemente tienen intención de conservarla. Pero allá, muy lejos en el centro de ese mar rojo, está Berlín, anclado al resto del mundo libre por una larga autopista, y si bien los rusos tienen la mitad este de la ciudad, nosotros, los británicos, los americanos y los franceses, tenemos un tercio de la mitad occidental cada uno. ¡Ja! Sólo Dios sabe durante cuánto tiempo se podrá mantener ese equilibrio: los rusos podrían cerrar la autopista mañana, salvo para quienes quieran irse por ella. ¿Y quién haría algo más que protestar? ¿Truman?
¿Churchill? ¿Atlee, quizá? Disponemos de un piso franco en el que podrás dormir esta noche, pero mañana tendrás que bajar al agujero tú solo.
–Bajar al agujero -repitió Hale, aunque ya había adivinado qué significaba la frase. Por primera vez desde que había entrado en el santuario de la Embajada británica en Lisboa hacía tres años, tuvo la sensación de haberse dejado el corazón, los pulmones y las entrañas olvidados a su espalda, sustituidos por un vacío perdurable; y la visión y el oído parecieron agudizársele súbitamente.
–Por la autopista Helmstedt-Berlín, ciento sesenta kilómetros hasta Berlín.
Verás, eres un localizador con base en Londres que trabaja para un fabricante de fertilizantes químicos americano; tengo un par de panfletos del gobierno yanqui sobre el tema que podrás aprenderte de memoria.
Básicamente, lo que ocurre es que los berlineses planean utilizar la mierda para fertilizar sus campos: durante la guerra todas las fábricas de nitrógeno fueron reconvertidas a la manufactura de explosivos, y luego fueron debidamente bombardeadas. Los yanquis están fabricando algunos
fertilizantes de nitratos, pero necesitan importar amoníaco de la Zona Francesa, así como carbón de la nuestra, y para empezar nosotros ya no andamos muy sobrados de él. El caso es que tienes un contrato con una empresa americana en una industria de la que los rusos tienen una gran necesidad. Te dejarán pasar e irás al sector americano, ya que no queremos molestar a nuestra gente con esto.
–Esto -dijo Hale.
–Trabajo de localización, en realidad. Mañana a medianoche, los soviéticos van a instalar un hito en la ciudad; veintidós y veintitrés de junio, el solsticio de verano, cuando el Sol se encontrará en el punto más al norte del año en el plano de la eclíptica, y el sol de mediodía caerá directamente sobre el oasis de Yabrin en Arabia Saudí. Los soviéticos van a colocar una especie de punto de referencia en Berlín, una piedra angular para un muro que podrían llegar a construir algún día. Es una piedra que pesa mucho; hemos seguido al camión que la ha traído desde Moscú y sabemos que ayer se encontraba en Varsovia, de camino hacia el oeste. – Theodora iba asintiendo lentamente con la cabeza mientras miraba por el parabrisas-. La Corona necesita que tomes nota con toda exactitud del lugar exacto en que plantan la piedra.
Hale sintió que le faltaba el aliento.
–¿Es… por casualidad… una piedra grande, rectangular y sin desbastar, con un aro esculpido en un extremo?
–Ah. Eres un buen chico, Andrew. Veo que esta vez has hecho los deberes, a diferencia de lo que ocurrió con las revistas de radio cuando éramos jóvenes. Sí, y te aseguro que no serás el único hombre en la ciudad que estará observando dicha… empresa. Algunos desempeñarán funciones de seguridad para ella, otros tratarán de obstaculizarla. Tú limítate a tomar notas y asegúrate de que no te vean tomarlas. Cuando parezca que está empezando, pasarás inmediatamente a adoptar los procedimientos de evasión total, ¿entendido?
–Procedimientos de evasión total cuando empiece -dijo Hale obedientemente-. Entendido.
El piso franco era uno entre una hilera de apartamentos separados de la carretera por un gran patio de grava. El edificio no había sido bombardeado, pero habían agujereado la pared de estuco para introducir el tubo de una salida de humos; y en cuanto estuvieron dentro y hubieron cerrado la puerta Hale vio que alguien había traído una estufa que quemaba madera para sustituir la calefacción central de antes de la guerra. Una lámpara eléctrica carente de pantalla proyectaba sombras nítidas sobre las sucias paredes blancas.
–Ése es el tuyo -dijo Theodora señalando uno de los dos catres que había junto a la ventana tapada con tablones-. Ahora me voy a acostar, pero te daré tu material de lectura y te enseñaré dónde está el escocés. El despertador está puesto para las seis.
A las siete de la mañana siguiente, Hale tomó asiento detrás del volante del Renault y pisó suavemente el embrague para evitar que el motor todavía frío se calara. Dos tazas de café caliente y un par de galletas le pesaban en el estómago, y era sumamente consciente de la proximidad de la pistola automática alemana que había sido introducida entre los muelles del asiento de la derecha.
Theodora estaba apoyado en el quicio de la ventanilla del conductor, desde donde le lanzaba un aliento agriado por el café.
–Tu pasaporte y tus permisos de viaje están en regla -le dijo-. No debes preocuparte por los puestos de control. Y una vez en la autobahn, acuérdate de que no debes hacer ninguna parada y de que has de tardar un mínimo de dos horas en recorrer los ciento sesenta kilómetros. Los guardias del primer puesto de control avisarán por radio a los puestos siguientes, y si vas demasiado deprisa tendrás problemas. Si tienes una avería no debes moverte del coche, y en cualquier caso no te está permitido alejarte más de dos metros de la calzada. Si en cuatro horas no has llegado a Berlín, mi camarada del SHAEF me informará y… enviaré a alguien en tu busca, si es
posible. – La grava crujió cuando Theodora dio un paso atrás-. Guíe Farht -
añadió secamente.
Le había deseado un buen viaje en alemán.
–Oh, lo mismo digo -repuso Hale, soltando el embrague y dirigiendo el coche hacia el camino que llevaba a la frontera. El cielo ya se había vuelto azul detrás de las chimeneas de unas fábricas de las que no salía humo, con solamente unas cuantas nubes subiendo por el este.
Tal como había pronosticado Theodora, Hale no tuvo ninguna dificultad con los guardias del puesto de control fronterizo. Éstos le dieron el alto agitando las metralletas, pero cuando Hale bajó del coche y entró en su cobertizo, se limitaron a tomar nota de su nombre y sellar sus permisos de viaje americanos.
–Pase -le dijo uno de ellos en inglés, accionando la palanca que levantaba la barrera exterior.
La autobahn que había más allá del puesto era una autopista ancha de dos calzadas, y los pinos, cerezos y álamos que la flanqueaban no tardaron en ser un borroso manchón de distintos tonos de verde cuando Hale aceleró hasta los ochenta kilómetros por hora prescritos. Largas secciones del arcén que separaba la calzada que iba hacia el este de la que iba hacia el oeste habían sido recubiertas de cemento, pero hasta que Hale se fijó en las señales negras de patines que había en una de ellas, no cayó en la cuenta de que aquellas extensiones pavimentadas habían sido las pistas aéreas improvisadas por el Tercer Reich como último recurso.
Carteles en alemán colgaban de postes junto a la autopista y se hallaban suspendidos de los viaductos, pero todos parecían ser propaganda prosoviética: un solo berlín y americanos a casa, y había uno en inglés en el que ponía: ¡ordenad a los investigadores de la guerra que le pongan fin!
« Muy bien dicho», pensó Hale.
Cuando llegó al puente Gleinecker sobre el Havel, en los suburbios del suroeste de Berlín, fue reduciendo la velocidad al acercarse al segundo puesto de control soviético, y se detuvo mientras dos guardias enfilaban sus metralletas hacia el radiador de su coche; pero era evidente que el soldado de la garita de vigilancia ya esperaba su llegada, y sólo echó un vistazo a sus papeles antes de subir la barrera. Aun así, Hale empezó a sentirse como un visitante en una cárcel de alta seguridad, temeroso de hacer cualquier cosa que pudiera dificultarle el salir de ella.
Directamente enfrente de él había un cartel que anunciaba en negro sobre blanco el límite del Sector de los Estados Unidos, y Hale puso la primera con alivio y se dirigió hacia él. Los soldados americanos llevaban uniformes caqui con cascos, cinturones y pistoleras blancos, y uno de ellos le indicó que fuera hacia un cobertizo parecido a una garita de peaje.
–¿Hacia dónde se dirige, señor Conway? – le preguntó después de haber examinado el permiso de viaje de Hale y habérselo devuelto por el hueco de la ventanilla.
–Se supone que he de… -Hale habló con voz enronquecida y se aclaró la garganta antes de volver a intentarlo-. Se supone que he de encontrarme con un tal Hubert Flannery, del SHAEF, en el cuartel general del Sector Americano. – El SHAEF era el Cuartel General Supremo de la Fuerza Expedicionaria Aliada.
–Están en el Zehlendorf, siguiendo recto y girando a la izquierda, en Onkel Tom Strasse, la Calle del Tío Tom, no es broma. No gire nunca a la derecha, y si recorre más de diez kilómetros sin haberlos visto, entonces deténgase porque los habrá pasado de largo. No conduzca por la ciudad sin mirar el mapa, porque casi todas las calles llevan al Sector Soviético. No hay ni barricadas ni patrullas, y si cruza de un sector a otro llevando encima cualquier objeto incriminatorio, como un periódico o dinero, luego le costará lo suyo salir de allí. Disfrute de su estancia.
–Jesús. Usted también.
Muchos de los edificios de ladrillo delante de los que fue pasando lentamente eran meras cáscaras sin techo a las que les faltaba alguna pared, con escaleras que ya no llevaban a ninguna parte y ventanas que se abrían al cielo desde cualquier ángulo. Las calzadas centrales de las calles estaban asfaltadas e intactas, pero allí donde antes tenía que haber habido alcantarillas y aceras sólo quedaban montones de restos y escombros tan altos como un hombre, de los que las viejas iban sacando ladrillos de dos en dos para cargarlos en carretas tiradas por caballos. Hale se aseguró de vigilar el cuentakilómetros y no girar nunca a la derecha, y se preguntó si Elena, que había desaparecido dentro de aquel mundo que tan asfixiantemente próximo parecía estar allí, aún estaría viva.
Flannery era un hombretón de rostro enrojecido que olía a bayas de enebro; y cuando cerró la puerta de su despacho después de que Hale hubiera entrado en él, intensificó el aroma a enebro echando ginebra Gordon's en dos frágiles tazas de porcelana, una de las cuales no había estado seca.
–Beba -dijo jovialmente-. El principio de Mitrídates, ¿no? Acostúmbrate al veneno por anticipado y después de eso nadie podrá hacerte daño con él. –
Hale asintió y engulló la mitad del contenido de la taza de un trago-. Oh, ya veo que está usted destinado a la inmortalidad -siguió Flannery-. Así que Jimmie dice que su tapadera son los fertilizantes: química y agricultura,
¿eh? Concertaré una cita para usted con Sandy Bennett, más conocido como Sanford Bennett, de nuestro departamento agrícola. Bennett estará fuera de la ciudad hasta después del fin de semana y mañana borraré la anotación de su calendario, pero durante esas veinticuatro horas puede mencionar la cita y su secretaria lo respaldará. Su jefe ya le ha estado dando la lata hoy para que le consiga un poco de líquido matamoscas. Y diga que tiene intención de hablar con Fred Cavanaugh, que es el que se encarga de la repatriación y de los refugiados. Puede afirmar que quiere contratar personas desplazadas del Fluchtlingstelle, el centro de refugiados de Marienfelde, en este sector.
–¡Santo Dios, no quiero tener nada que ver con los trabajos forzados!
–Para lo de la fábrica de fertilizantes ni siquiera dará los primeros pasos, claro: viva su tapadera. Pero si quisiera a soviéticos que han sido
prisioneros de guerra de los alemanes, eso se consideraría como una obra de caridad. Los hemos estado repatriando a la fuerza. Teníamos a un montón de soldados rusos que fueron capturados por los alemanes en el cuarenta y dos, y nos vimos obligados a recurrir a los gases lacrimógenos para meterlos en los trenes que partirían hacia el este para devolverlos a sus casas. Once de ellos consiguieron suicidarse antes que regresar. Supongo que Moscú no tiene en muy buen concepto a los comunistas que han pasado demasiado tiempo en Occidente, incluso si pasaron ese tiempo metidos en campos de prisioneros. – Hale volvió a pensar en Elena. De pronto, la ginebra se volvió tan rancia como barniz en su boca y puso la taza de té encima del escritorio-. ¿Va a moverse por la ciudad? – preguntó Flannery.
–Eh… Supongo que sí -asintió Hale.
–Tenga. – Flannery fue hasta un armario y, después de quitar el candado que lo cerraba, abrió la puerta más próxima y entregó a Hale dos cartones de cigarrillos Chesterfield-. Lo más cómodo es no llevar dinero encima. Un paquete de cigarrillos vale, muy aproximadamente, cinco dólares y se acepta como moneda en cualquier parte de la ciudad. Como un favor personal a Jimmie Theodora, los Estados Unidos se desprenderán de unos cuantos pitillos; pero si necesita dinero de verdad, no puedo requisarlo.
Supongo que no habrá bajado al agujero trayendo gran cosa, pero puede obtener el que necesite del cuartel general del Sector Británico en el Kurfursten Damm, ¿de acuerdo? Incluso tiene allí a su jefe para que lo autorice.
Era la segunda vez que Flannery se refería al «jefe» de Hale, y éste trató de dar con alguna manera de conseguir que Flannery le dijera de quién hablaba.
–¿A quién se refiere cuando habla de mi jefe? – se limitó a preguntar al final.
–A Philby, Kim Philby. Dignatario del SIS en visita oficial. Hoy mismo ha estado aquí hablando con nuestros peces gordos del OSS acerca de qué va a ser de Berlín.
Hale asintió y no alteró su expresión ni interrumpió la labor de meterse los cartones de cigarrillos en los bolsillos interiores de la chaqueta.
–Oh, claro, el hombre de la Sección Nueve -dijo, asegurándose de hablar en un tono lo más desenvuelto posible-. Yo soy del SOE, así que sólo estamos vagamente conectados. Pero sí, puedo recurrir al cuartel general en el caso de que necesite efectivo.
Después de haberle dado las gracias a Flannery y de haber discutido a continuación la lamentable situación de los restaurantes locales durante unos minutos para evitar que Philby quedara como el último tema mencionado en su conversación, Hale bajó la escalera y salió a la calle.
Ya había comprendido que Berlín tenía que ser la parada actual en la gira de buena voluntad de las capitales europeas liberadas que había emprendido Philby. Pero ¿por qué en el nombre de Dios tenía que estar ese hombre en Berlín precisamente aquel día?
Hale dejó la pistola debajo del asiento del coche en el aparcamiento del Cuartel General del Sector Americano cuando salió a efectuar un reconocimiento por las calles de la ciudad.
Los sectores en que se encontraba dividida la ciudad apenas parecían tener ningún significado para los peatones: Hale vio hombres de uniforme soviético codeándose con soldados americanos en las mesas que ocupaban la acera a lo largo de la Kurfursten Damm, donde las únicas bebidas disponibles parecían ser zumo de naranja de imitación y sucedáneo de café; y tranvías eléctricos cuyas ventanillas rotas estaban cubiertas con paneles de madera traqueteaban a lo largo de las vías en el centro de la calle, con las escalerillas repletas de pasajeros cuyas bolsas y maletas los identificaban claramente como fugitivos llegados del este. Hale no tardó en darse cuenta de que la población civil local se hallaba tajantemente dividida en berlineses nativos y berlineses «con mochila»; y los policías de tráfico locales, unas figuras de apariencia extrañamente medieval con sus sombreros de carbonero y chaquetas oscuras de manga corta sobre holgadas
camisas blancas de manga larga, intentaban mantener alejados a los sucios inmigrantes de las mesas de cafés antaño elegantes.
Cuando se aventuró a ir en dirección este, dejando atrás los tocones de los árboles aserrados y los pabellones en ruinas del Tiergarten, para llegar a la frontera soviética sin señalizar comprendida por la espaciosa calzada de la Koniggratzer Strasse, descubrió que la policía soviética tenía muchos menos miramientos.
Había hecho un alto en la acera occidental de la Koniggratzer Strasse, donde lo atrajo el olor a carne asada de un puesto callejero de madera y lona que vendía fleisch bratwurst, y el hecho de que allí podía pararse sin llamar la atención. Malgastó de buena gana un paquete de Chesterfield en una salchicha siseante servida encima de una galleta salada, y fue masticando trocitos del embutido a la sombra bamboleante de las salchichas todavía por preparar que colgaban del techo del puesto mientras se dedicaba a contemplar la gran avenida. Al otro lado, la fachada sur de un moderno edificio de oficinas de nueve pisos se curvaba hasta perderse de vista conforme la Leipziger Strasse se alejaba hacia el norte y, aunque la mitad de las ventanas del edificio que podía ver estaban tapiadas con tablones, las tiendas que había debajo de los toldos al nivel de la acera se encontraban repletas de clientes.
Unos soldados rusos con galones púrpura e insignias rojas en las gorras permanecían inmóviles en el centro de la acera agrietada, casi todos agrupados alrededor de un quiosco de tabaco tan excéntricamente ubicado, que Hale pensó debía de ser una garita de vigilancia disimulada, pero de vez en cuando uno de ellos se ponía en movimiento para detener a alguna figura cuando ésta se disponía a cruzar la calle. El guardia examinaba los papeles del infortunado peatón, mientras docenas de transeúntes más cruzaban en ambas direcciones sin ser molestados, e invariablemente terminaba asintiendo con la cabeza para luego volver al quiosco.
Hale se estaba diciendo que en aquella ciudad llena de cráteres de bombas sería difícil encontrar evidencias de un agujero que estaba siendo excavado para meter dentro de él una gran piedra, y que no disponía de muchas horas
antes de que diera comienzo la instalación. Además, estaba pensando en comprar otra bratwurst, cuando el chasquido de un disparo hizo que su atención volviera a centrarse bruscamente en los soldados de la calle.
Un hombre harapiento corría hacia el norte, alejándose de una bolsa caída en el suelo y de un soldado que estaba apuntando cuidadosamente una pistola hacia él para efectuar un segundo disparo. Hale se dio cuenta de que el soldado se había dirigido hacia el lado oeste de la calle para asegurarse de que únicamente hacía fuego dentro del Sector Soviético.
Otro soldado soviético había echado a correr alejándose de Hale en dirección norte por la acera occidental de la Koniggratzer Strasse, igualando la velocidad del fugitivo, pero aparentemente sin tratar de detenerlo. Y un instante después Hale vio a dos soldados más haciendo lo mismo en el lado este de la avenida. ¿Estarían encarrilando a aquel hombre?
Hale los siguió, apretando el paso por la acera oeste y limitándose a no perder de vista al fugitivo ni a sus perseguidores. Los cartones de cigarrillos oscilaban incómodamente debajo de su chaqueta.
El desesperado cortejo avanzó rápidamente calle arriba con Hale siguiéndolo a cierta distancia, y como en aquel momento el fugitivo y los soldados que lo perseguían con un tranquilo trote ya se encontraban bastante más al norte del punto en el que se había efectuado el disparo, no tardó en resultar evidente que muchos peatones ni siquiera se enteraban de que hubiera varios hombres corriendo tensamente entre la dispersa multitud. Los edificios que flanqueaban la avenida estaban extrañamente envueltos por los andamiajes de sus ruinas, suelos al descubierto, secciones de techo desplomadas y vigas suspendidas de los cables en los cuales se habían enganchado, y Hale pensó que aquella terrible persecución parecía estar teniendo lugar en alguna hora de insomnio después del fin del mundo.
El hombre que huía ya había cruzado dos calles sin poder entrar en el sector occidental, y en aquel momento cruzaba otra calle para correr a través de la gran plaza que había delante de los enormes pilares moteados de gris de la Puerta de Brandeburgo. Los soldados apostados junto a las ruinas del
Reichstag al otro extremo de la plaza parecían limitarse a esperarlo, aunque Hale vio que un jeep entraba en la plaza saliendo de entre dos de los ampliamente separados pilares para impedir que huyera en dirección este.
Las barreras colocadas alrededor de una gran grúa montada encima de un camión impedían que el fugitivo torciera hacia el oeste.
Hale se detuvo junto a una pared medio derrumbada en el lado sur de la plaza, y se dedicó a jadear mientras contemplaba la persecución a través del rubio telón de sus cabellos despeinados.
El fugitivo que corría por el pavimento se veía frenado por los cascotes y los agujeros de los obuses, y les gritaba algo a sus perseguidores, probablemente que se entregaba; pero todavía estaba chillando cuando el frío aire de aquel atardecer de verano tembló con el estampido de un disparo de rifle, y un instante después el hombre cayó sobre una rodilla en el centro de la plaza, bruscamente reducido al silencio.
Hale sintió el frío del aire en los dientes al descubierto y se dio cuenta de que los estaba haciendo rechinar. Nunca había visto morir a un hombre, pero de pronto estuvo seguro de que no tardaría en ver cómo sucedía. La misma atmósfera parecía haberse vuelto insoportablemente tensa, como un panel de cristal que estuviera siendo flexionado.
El hombre medio se arrastró y medio saltó hacia el este, avanzando penosamente en dirección a aquella enorme puerta con aspecto de templo hasta que, de pronto, resonó otro disparo de rifle, y una nubécula de polvo brotó del pavimento delante de él. El fugitivo trató de huir en dirección norte y a continuación, y durante varios interminables segundos, su diminuta figura, empequeñecida por la inmensa masa del Reichstag y las maltrechas columnas grises de la Puerta de Brandeburgo, fue lo único que se movía en aquel mundo de piedra grisácea.
La figura distante se detuvo delante del borde de un gran cráter de obús, tal vez pensando si podría esconderse en él; pero entonces otro disparo rasgó el aire, y el fugitivo se desplomó junto al cráter.
Un soldado atravesó la plaza en dirección a la forma que todavía se movía débilmente y, con una pistola y apuntando cuidadosamente, efectuó un último disparo. La figura que yacía en el suelo quedó inmóvil.
Hale fue agudamente consciente de que a partir de aquel momento había una persona menos en la plaza, y pensó en el verso de Donne: «La muerte de cada hombre me disminuye». Pero el pensamiento concluyó con la frase nada agradable: «Excepto cuando esa muerte me engrandece», y por un instante se encontró viendo una sorprendente doble exposición mientras contemplaba los pilares moteados de gris de la Puerta de Brandeburgo: veía la puerta desde donde se había detenido, casi enfilada por el extremo y sin que pudiera divisar nada entre los pilares y, al mismo tiempo, la veía desde una perspectiva que le permitía mirar a través de ellos el paseo Unter den Linden abajo en el lado este.
Un súbito sudor le humedeció la frente. Aquel insidioso pensamiento y la aparente dislocación hicieron que se acordara de la noche en la que Elena y él habían andado sin darse cuenta hasta el extremo de la Île-de-la-Cité, en París. Hale se apoyó en los restos del muro de piedra y se restregó los ojos hasta que las retinas se le llenaron de arco iris, y cuando parpadeó y volvió a dirigir la mirada hacia los pilares pudo verlos apropiadamente superpuestos y alejándose en perspectiva. Los nubarrones tempestuosos del este habían avanzado hasta cubrir la mitad del cielo. El susurro de la brisa cruzó la plaza, y Hale exhaló bruscamente al percibir el aceitoso olor metálico que la impregnaba.
Un par de ancianos, que llevaban sombreros de fieltro, se habían acercado al muro junto al que estaba Hale.
–Aceite diesel soviético -le dijo en alemán uno de ellos mirándolo con simpatía-, a eso huele.
Hale vio que bajo el abrigo llevaba corbata y un cuello duro bastante deshilachado, y supo que aquellos hombres debían de ser berlineses nativos.
–Ese eslavo será fácil de enterrar -dijo el otro mientras miraba la plaza-;
bastará con tirarlo a ese agujero junto al que ha caído. – Soltó una risita-.
Podrías enterrar al oso ruso en ese agujero.
–Y además ahí tenemos una grúa para bajarlo hasta el fondo -dijo su compañero señalando la grúa al oeste de la plaza.
–Sería más cómodo fusilar a una docena de inmigrantes y echarlos dentro -
dijo el primer hombre-. Luego bastaría con pavimentar el agujero. – Miró a Hale y le sonrió-. ¿Verdad?
Pero Hale ya había tenido más que suficiente de los alemanes y de los rusos. Se limitó a menear la cabeza y, con paso tambaleante, echó a andar hacia los sectores occidentales.
Hacia el final del día, Hale había visto excavaciones en curso únicamente en dos sitios.
Una se encontraba en el Sector Soviético. Antes de cruzar la peligrosa calzada de la Koniggratzer Strasse, Hale se había registrado nerviosamente los bolsillos varias veces para asegurarse de que no llevaba nada de dinero, pero de hecho los soldados soviéticos no lo detuvieron mientras cruzaba; y después de haber andado una manzana en ruinas dentro de ese sector, se había encontrado con obreros rusos que cavaban un agujero enfrente de la fachada neoclásica marcada por los obuses de lo que debía de haber sido un edificio gubernamental. Hale contempló con curiosidad los cuatro pisos de ventanas sin cristales, y un instante después vio que había una gran placa de latón llena de arañazos en el portal donde terminaban los escalones; encima de ella, justo debajo del bajorrelieve de un águila y una esvástica, sobresalían las letras prasidialkanzle des führers und reichkanzlers. Aquella ruina destripada era la Cancillería de Hitler.
No había ningún soldado soviético a la vista, y docenas de personas entraban y salían del portal sin puertas de la Cancillería o se asomaban a las ventanas sin cristales del piso de arriba para hablar a gritos con sus compañeros, o cruzaban la acera para subir al techo de cemento negro de lo que Hale supuso era el bunker donde Hitler se había suicidado todavía no
hacía dos meses. Entre los espectadores, berlineses nativos y «de mochila», había soldados de las potencias ocupantes y civiles, que tal vez fueran corresponsales de periódicos extranjeros.
Los trabajadores habían levantado el pavimento y estaban echando a un lado paletadas de tierra mezclada con grava en un punto situado a medio camino entre los escalones de la Cancillería y el bunker, y uno de los berlineses nativos explicó plácidamente a Hale que allí era donde se habían quemado los cuerpos de Hitler y Eva Braun.
Una mujer delgada de ojos oscuros y aspecto árabe vestida con un sari negro, al principio, pareció estar escuchando con gran atención al solemne anciano alemán, pero en cuanto vio que Hale la miraba chasqueó la lengua y señaló la oscura entrada de la Cancillería con la cabeza; y Hale se quedó sin aliento, porque en ese instante el movimiento había parecido una explícita invitación sexual. Pero los salones y pasillos envueltos en ecos del edificio estaban llenos de mirones, y Hale se dijo que tenía que haber malinterpretado el gesto de la mujer.
Se había apresurado a desviar la mirada, confuso y sin saber qué hacer, y cuando después de unos momentos de escuchar el parloteo del anciano volvió a mirarla furtivamente, vio que ella seguía observándolo ávidamente y que se acariciaba el collar. Hale miró el collar en vez de sus ojos y tomó nota mentalmente del hecho de que consistía en una sarta formada por docenas o incluso centenares de anillos dorados.
Se alejó trastabillando del gentío sin haber dirigido la palabra a la mujer ni haber vuelto a mirarla, para regresar al Sector Americano andando por las calles llenas de escombros, sintiéndose minúsculo bajo el vasto cielo gris. Y
cuando había llegado a la Koniggratzer Strasse y estaba a medio cruzar los cuatro carriles enormes de la calzada, dos de los soldados soviéticos se interpusieron en su camino y lo detuvieron. Examinaron su pasaporte mirándolo fijamente con los ojos entornados, le registraron los bolsillos e incluso le olieron el aliento, como si sospecharan que podía estar borracho; pero después de que lo hubieran dejado seguir de mala gana su camino hacia el lado occidental, Hale continuó sintiéndose atrapado, y no paraba de
recordar cómo había vuelto la mirada hacia la mujer morena, tras haber andado sus buenos cincuenta pasos calle arriba alejándose del bunker, la Cancillería y la morbosa multitud: la mujer tenía los ojos clavados en él e incluso debía de haberlo seguido un corto trecho, pues en aquel momento había parecido ser más grande, más alta, que las otras personas que había allá atrás.
La otra excavación se encontraba en el Sector Francés, bajo la columna de la Victoria, que había sido erigida para conmemorar la invasión alemana de Francia en 1871 y en aquellos momentos servía como un aparatoso poste para la bandera tricolor francesa. Soldados franceses provistos de picos y palas estaban haciendo un ostensible intento de llegar a las alcantarillas.
Unos cuantos soldados del Ejército Rojo observaban los trabajos, pero ciertamente no les estaban dando ningún tipo de consejos.
Era muy posible que hubiera otras excavaciones en marcha, pero Hale no vio señales de ninguna. Las calles llenas de cascotes que iban hacia el sur estaban tan desprovistas de vida como una ruina romana, las únicas señales de que hubieran estado recientemente habitadas por seres humanos eran las pintadas: kapitulieren? nein!, en pintura roja encima de una pared llena de agujeros de bala, y nombres escritos con tiza, destinos y mensajes dejados en las entradas de edificios de apartamentos bombardeados; debajo de algunos de los nombres de familias escritos con tiza, Hale vio el garabato subrayado leben alle, el cual quería decir que todos habían sobrevivido, pero también vio muchas repeticiones de la palabra tot, «muerto».
Hale sospechaba que la excavación junto al bunker de Hitler era el sitio en el que los rusos planeaban instalar la piedra, y lo asustaba la idea de volver a entrar en el Sector Soviético en cuanto hubiera anochecido; pero volvió al aparcamiento vallado del Cuartel General del Sector Americano y enseñó su permiso de viaje al guardia. Cuando éste le indicó que podía entrar, Hale caminó lentamente entre las hileras de coches hasta llegar al Renault de Theodora, abrió la puerta y, tras haber metido uno de los cartones de cigarrillos debajo del asiento del conductor, sacó la pistola alemana enfundada de debajo del asiento del pasajero y se la metió con mano temblorosa en el bolsillo de la chaqueta. Acto seguido pegó el codo a las
costillas para impedir que aquel lado de su chaqueta se balanceara con excesiva pesadez cuando salió del aparcamiento y pasó junto al guardia americano.
El cielo grisáceo ya estaba oscureciéndose por encima del perímetro del Estadio Olímpico hacia el oeste, y Hale decidió encontrar un restaurante para poder poner un poco de comida decente encima del bratwurst que todavía ardía dentro de su estómago, y aliviar el tenso zumbido de sus nervios con un poco de licor de alta graduación.
Flannery le había recomendado varios sitios para comer en la Kurfursten Damm, pero había añadido que generalmente eran frecuentados por oficiales británicos y americanos; aunque también había mencionado lo que llamó «un humilde Imbiss» sobre las orillas del río Spree en el punto este del Sector Británico, junto al esqueleto de la cúpula del Reichstag consumido por las llamas. Le había explicado que era un pequeño antro lleno de humo, y con muchas corrientes de aire a pesar de los tablones que cubrían las ventanas, pero que allí uno podía conseguir auténtico licor y, generalmente, algún happenpappen decente.
El establecimiento resultó estar ubicado en un viejo edificio de piedra de tres pisos con hileras de ventanas cuadradas que recordaron a Hale la Biblioteca Bodleiana de Oxford; pero las ventanas del extremo más próximo al cascarón del Reichstag eran agujeros negros, y en el extremo más cercano a él, la luz del restaurante era visible desde la calle únicamente bajo la forma de franjas amarillas que relucían entre tablones mal encajados. Hale se detuvo en los escalones de piedra llenos de melladuras y titubeó; el recuerdo del hombre al que habían matado a tiros bajo la Puerta de Brandeburgo aquella tarde todavía era lo bastante reciente y vivido para revolverle el estómago, y el mero olor a cebollas cociéndose que flotaba en la fría brisa quizá no habría bastado para decidirlo; pero entonces oyó un suave repiqueteo en la oscura calle y sintió la frialdad de una gota de lluvia en la mano; subió los últimos dos peldaños y empujó la puerta.
El aire caliente saturado de los olores de la sauerkraut y del cerdo asado le cosquilleó los cabellos e hizo que sintiera un súbito escozor en las mejillas
heladas; en una radio se oía una melodía nostálgica de las Danzas Polivtsianas y, con una tímida sonrisita de rendición, Hale entró en el local lleno de humo.
A la luz de las velas metidas en recipientes de cristal, entrevió a una docena de comensales sentados alrededor de largas mesas debajo de paredes y arcos de piedra sin desbastar, y cuando el rostro masculino que estaba riendo a carcajadas quedó iluminado en una de las mesas más alejadas, Hale se estremeció con algo parecido al vértigo, porque estuvo seguro de que lo había visto antes, en aquel mismo sitio. Un instante después lo reconoció y se dio cuenta de que fue en un sótano parisino iluminado por las velas donde lo había conocido, hacía ya casi cuatro años. Era… Claude Cassagnac, con los cabellos tal vez un poco más plateados que castaños y el rostro de anciano, iluminado por una animación juvenil, intacto.
Cassagnac había sido uno de los agentes de la Rote Kapelle por aquel entonces, en 1941, y cabía la posibilidad de que aquella noche estuviera en Berlín para participar en la instalación de la piedra. La puerta de la calle se había cerrado detrás de Hale, y ya había girado sobre sus talones para volver a abrirla y marcharse, cuando escuchó una voz de mujer pronunciando palabras francesas en un tono lo bastante elevado para que pudieran oírse por encima de la risa de Cassagnac.
No entendió las palabras, pero la voz vibró en el pecho de Hale como una sacudida eléctrica. Era la voz de Elena.
Sin ningún recuerdo de haber atravesado el suelo de piedra, se encontró de pie junto a su mesa. Las arrugas debajo de los ojos de Elena eran más visibles a la luz ambarina de las velas, y Hale distinguió tenues líneas que le recorrían las mejillas, pero su rostro anguloso no había envejecido.
Sus cabellos, no obstante, se habían vuelto tan blancos como la sal.
«Moscú no tiene en muy buen concepto a los comunistas que han pasado demasiado tiempo en Occidente…»
Pero allí estaba, a no más de cien metros al oeste de la línea del Sector Soviético. Evidentemente no la habían fusilado después de todo. ¿Seguiría trabajando como agente de los comunistas?
Cassagnac sostenía un cigarrillo humeante en la mano izquierda y estaba alzando la mirada hacia Hale con una cortés interrogación en los ojos, pero ya había echado su silla hacia atrás y la mano derecha le colgaba relajadamente junto al costado. Elena había metido rápidamente la mano en su bolso y había dirigido a Hale una mirada inexpresiva; un instante después se tensó hasta entornar los ojos y flexionar los músculos de la mandíbula.
–Elena -jadeó Hale-, yo…
–Ha confundido a la señora con otra persona, amigo mío -dijo Cassagnac fríamente en francés. Dio una calada al cigarrillo y siguió hablando entre el humo que exhaló-. Esta mujer es mi esposa, no su… ¿Elena? Y ahora váyase -añadió y, sin mirar a Elena, transmitió con toda claridad que le tocaba el turno a ella de decir lo mismo.
–¡Marcel! – exclamó ella sin embargo, en un tono entre sorprendido y dubitativo, y Cassagnac se encogió de hombros e hizo rodar los ojos en sus órbitas mientras señalaba el banco que había al otro lado de la mesa.
–Quería decir -suspiró-, siéntese, amigo mío.
Hale apartó el banco de un tirón y se dejó caer sobre él, sin quitarle los ojos de encima a Elena ni un instante.
–Elena -balbuceó en francés-, he pensado mucho en ti… He tratado de dar contigo…
– Bon Dieu -murmuró Cassagnac-, pero si es el muchacho inglés, Lot. – Al menos aquella vez pronunció la «T»-. Escúchame, muchacho: ella y yo estamos en Berlín con las fuerzas francesas. Suponemos que…
–¡Ah! – exclamó Hale-. Estupendo, estupendo. – Esperaba que Cassagnac dijera la verdad y que Elena se hubiera liberado a sí misma de Moscú.
–Nos complace que lo apruebes -dijo Cassagnac arqueando una ceja-. Y, naturalmente, suponemos que tú estás aquí con los británicos. No necesitamos que dicha suposición sea confirmada y confío en que ninguno de nosotros será tan gauche como para hablar de nuestras historias ni de las tareas actuales con los demás. Lo pasado, pasado está. Tomarás una copa con nosotros y luego te irás no sabemos dónde. Ya has visto que la señora se encuentra bien: a buen seguro que ésa ha sido tu principal preocupación; ahora ya puedes dejar de inquietarte en lo que a eso respecta. – Cassagnac agitó la mano hacia el arco más brillantemente iluminado del que emanaban nubéculas de humo aromático-. ¿Qué vas a beber? – Cuando Hale no respondió, Cassagnac dijo al viejo camarero con delantal que vino hacia la mesa arrastrando los pies-: Eine Berliner Weisse mit Schuss, bitte.
Hale comprendió que no podía formular a Elena ninguna de las preguntas que clamaban por hacerse oír dentro de su cabeza, ni tampoco explicarle nada, y por eso se limitó a sonreírle y a tomar su mano libre entre las suyas.
La mano de Elena estaba fría.
–No, Marcel -dijo ella con firmeza, liberando su mano-. Las cosas han cambiado.
–¿Estás casada con él? – Hale cerró las manos, convirtiéndolas en dos fláccidos puños.
– Oui -dijo ella, y a Hale aquella sílaba carente de consonantes le sonó tan inapelable como el eco de un disparo.
Depositaron su bebida sobre la mesa con un golpe sordo en ese mismo instante, y Hale echó una mirada a la jarra de cristal y se quedó contemplándola varios segundos. Parecía contener cerveza rosada. Suspiró y acto seguido se volvió hacia Cassagnac e hizo un esfuerzo para alzar las cejas.
–Cerveza floja con jarabe de moras -explicó Cassagnac.
Hale asintió, comprendiendo que se le había servido la bebida de un niño.
Por un momento se sintió tentado de pronunciar la vieja frase en código:
«¡Válgame Dios!» («Las cosas no son lo que parecen. Confía en mí.»), sólo para hacer saber a Elena que se encontraba en Berlín trabajando en una misión secreta para el SIS; pero un instante después sintió que se ruborizaba, porque acababa de reconocer aquel impulso como una mera vindicación del espíritu en el que se le había servido la bebida.
Elena tenía delante un vaso más pequeño lleno de algún licor marrón, y Hale extendió humildemente el brazo y lo cogió.
–Quiero brindar por tu… felicidad -dijo-, y no con cerveza aguada. Que siempre… estés satisfecha y a menudo feliz… Un buen año, muchos años buenos, y ojalá nunca olvides a uno que te ha amado.
Tomó un sorbo de lo que resultó ser coñac y volvió a dejar el vaso encima de la mesa sin hacer ningún ruido. Luego cogió su jarra, bebió un trago de cerveza rosada y descubrió que no estaba tan mal.
–Gracias -dijo Elena con voz firme y tranquila, pero Hale la vio pestañear varias veces. Una serpentina melodía de violín de Sherezade de Rimski-Kórsakov surgió de los altavoces de la radio que había al otro extremo del local.
Y Hale se acordó de aquella noche en París en que su radio había rugido con un cántico inorgánico, y el suelo de la buhardilla había quedado calcinado por el enfoque de alguna atención terrible. Más tarde Elena había dicho que hubo un tiempo en el que hubiese rezado y había recitado un verso en inglés; en ese momento el verso le volvió a la memoria y se acordó de que era de «El sabueso del cielo», de Francis Thompson.
–«Por el margen del mundo huí -recitó, casi sin darse cuenta de que estaba hablando, dado que nada de lo que dijera podía tener ya ninguna importancia-. Y turbé las doradas puertas de las estrellas, golpeando sus
gruesos barrotes en busca de refugio; temblando ante los suaves acordes y las dulces palabras de los pálidos puertos de la luna…»
Elena frunció el ceño, pero asintió, y recitó en un susurro el siguiente verso del poema.
–«Le dije a la Aurora: "Sé rápida". Ya Eva: "No tardes"…»
–Termínese su bebida, joven -dijo Cassagnac, sacudiendo enérgicamente la ceniza de su cigarrillo-. Se está haciendo tarde, y…
–¡Los za-za-zapatos que he dejado fuera esta tarde todavía no están limpios!
– exclamó en inglés una voz educada y sensual interrumpiéndolo desde detrás de Hale. Era la sobradamente recordada voz de Kim Philby-. ¿Y aun así lo encuentro aquí be-bebiendo, Andrew?
Hale se bamboleó cuando el banco fue echado hacia atrás, y un instante después Kim Philby ya se había sentado pesadamente junto a él, oliendo a tabaco, whisky y alguna loción para después del afeitado británica, y frunciendo los ojos mientras enseñaba los dientes en una sonrisa.
–¿Y qué está be-be-bebiendo, Andrew? – preguntó Philby cuando posó la mirada en la jarra de cerveza de Hale. Levantó la jarra con una mano morena y la olisqueó-. ¿Qué es esto, lo que beben los boches cuando tienen problemas de d-d-digestión? ¿Tiene revuelto el est-estó-mago, muchacho?
Cassagnac se inclinó hacia delante y tiró la colilla de su cigarrillo dentro de la jarra, lanzándola por debajo de la nariz de Philby.
–Era de otra persona -dijo en tono de aburrimiento. El camarero se había acercado a la mesa al ver venir a Philby, y Cassagnac se dirigió a él en alemán-: ¿Dónde está el coñac que ha pedido nuestro amigo? – preguntó, señalando a Hale. Y volviéndose hacia Philby, añadió-: ¿Y para usted, señor?
–También un coñac. N-no, para mí mejor que sean dos copas de c-coñac. –
Sus ojos entornados se clavaron en Hale para contemplarlo especulativamente-. No puede haber venido en avión -le dijo-. Yo sudé lo mío para conseguir un v-vuelo en el aeropuerto de Gatow, con nuestros aliados soviéticos reclamando todas las altitudes, todas las direcciones y todas las ho-horas para los cuatro vuelos mal contados que efectúan. ¿Ha bajado por e-e-el agujero? ¿Qué es esto, otra de las es-estupideces de Jimmie? – Menos jovialmente, preguntó-: ¿Cuál es el nombre y el número del pasaporte con el que ha venido aquí?
–¿El nombre que figura en él? – preguntó Hale a su vez, seguro de que Theodora no querría que Philby se enterara de la identidad de Conway-. El mío -añadió, intentando devolver la mirada de Philby como si estuviera esperando más preguntas en vez de temerlas.
–Nos ha parecido que sería preferible no hablar de nuestros trabajos -dijo Cassagnac.
Philby contempló a Hale con el ceño fruncido durante unos instantes más y se volvió hacia Cassagnac con una sonrisa en los labios.
–Oh, no se preocupe, Andrew sólo es un chi-chi-chi-chico de los re-recados. Un cu-custodio, en realidad. – Volvió a mirar a Hale con fingida preocupación y se dio una palmada en la frente-. Oh, vaya, lo siento mucho.
¡Probablemente habrá dado a e-e-entender a sus amigos que ahora lleva a cabo operaciones secretas de gran importancia para el gobierno! Debería haber tenido un poco más de consideración con su… su frágil orgullo de muchacho.
Hale respiró hondo, se recostó en su asiento y le sonrió cansadamente a Philby.
–Le agradecería que no metiera a mi frágil muchacho en esto.
–No cabe duda de que carece de orgullo -dijo Cassagnac entre risas.
–Me llamo Kim -dijo Philby, después de clavar la mirada en el francés,
extendiendo el brazo por encima de la mesa para estrecharle la mano-. ¿Y
usted es…?
–Louis Pasteur -dijo Cassagnac, sonriendo.
Philby asintió pesadamente, volvió la cara hacia Elena y abrió la boca como para decir algo más en el mismo tono de chanza, pero se limitó a exhalar, frunciendo el ceño con lo que pareció ser un sorprendido y vacilante reconocimiento. Después de haberla mirado en silencio durante un par de segundos, cerró la boca y apartó la mirada de ella.
–Y es-esta hermosa j-joven… -dijo a Cassagnac-. ¿Es su es-esposa, señor Pasteur?
–¡Válgame Dios, no! – exclamó Elena súbitamente-. En realidad no estoy casada. Me llamo… Marie Curie.
El camarero apareció con una bandeja y depositó una copa delante de Hale y dos delante de Philby, quien vació una de ellas de un trago.
La respiración de Hale se había vuelto súbitamente rápida y entrecortada, una sonrisa tiraba de las comisuras de sus labios y las palabras todavía resonaban dentro de su cabeza: «¡Válgame Dios, no! En realidad no estoy casada».
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–¡Mil novecientos cuarenta y… y uno! – exclamó Philby, que seguía mirando a Elena con el ceño fruncido-. La víspera de Año Nuevo. Me a-a-acuerdo de usted… viv-viva-vividamente. – Sonrió y siguió hablando rápidamente-. ¿Con quién estaba aquella noche?
Hale sintió un súbito escozor de alarma en el rostro y se concentró en sujetar firmemente la copa de coñac, en llevársela a los labios y en no mirar a Elena. La víspera de Año Nuevo del cuarenta y uno había sido su última noche juntos en París, la noche que después él siempre había considerado como su noche de bodas. ¿A qué fuentes de inteligencia tenía acceso el horrible viejo Philby? ¿Habría estado de alguna manera en París entonces?
–¿La víspera de Año Nuevo? – se oyó un instante después la despreocupada réplica de Elena-. Estoy segura de que estaba con algún joven apuesto.
Hale vio por el rabillo del ojo que Philby asentía y se volvía hacia él, pero el murmullo de conversaciones que subía y bajaba en el local quedó súbitamente ahogado por el rugido de la lluvia que se abatió sobre la ciudad, y Hale vio cómo oscuras líneas de agua empezaban a surcar los tablones clavados a través de las ventanas desprovistas de cristales.
Philby se movió en el banco para volver la mirada hacia las ventanas súbitamente llenas de goteras y Hale oyó que murmuraba: «Fiel al viejo pacto». Luego Philby volvió nuevamente la cabeza hacia él y sonrió débilmente cuando sus ojos se encontraron con la mirada sorprendida de Hale.
–Epístola de san Pablo a los crustáceos -dijo jovialmente. Sacó del bolsillo una botella tapada con un corcho que contenía algún fluido transparente, la abrió y echó el líquido en el vaso de coñac que había vaciado. Hale percibió una vaharada de lo que parecía trementina mezclada con éter-. Flit -dijo
Philby-. Una muestra de insecticida, d-de nuestros p-primos americanos.
Otros comensales se habían vuelto para mirar los tablones manchados de lluvia que cubrían las ventanas, y un hombre sin afeitar vestido con un viejo traje de tres piezas que le quedaba demasiado grande fue hacia su mesa andando con respetuosa lentitud.
–La lluvia lava la sangre -dijo hablando en alemán.
–Eso es lo que usted querría, mein He-Herr Schimpf -le respondió Philby en inglés, mirándolo con el ceño fruncido-. Ya le he di-dicho antes que vaya a v-vender sus a-a-a-asquerosos viejos secretos a los am-am-americanos. –
Señaló categóricamente la puerta de la calle, y el hombre se fue tambaleándose, claramente confuso.
Hale sabía que « schimpf» significaba «deshonra» o «insulto», y lo intrigó el rocío de sudor que perló la frente de Philby.
–La ciudad está lle-llena de antiguos hombres del Abwehr reconvertidos en agentes de inteligencia que trabajan por cuenta propia -dijo Philby, dirigiéndose a la mesa en general-, y el Cuerpo de Contraespionaje americano y el OSS los tienen en n-nómina; los británicos se l-limitan a arrestarlos. Criaturas como ese t-tipo venderán a uno un libro de códigos soviético el lunes y v-volverán el miércoles para venderle la noticia de que a partir de ahora todo el tráfico codificado relevante será falso, dado que el martes vendió el dato de la transacción original a los rusos; y el jueves v-volverá a ir a ver a los rusos. – Lanzó un fruncimiento de ceño en la dirección por la que se había ido el hombre respetuoso-. Es una b-b-buena manera de conseguir el retiro súbito y total a manos de alguna agencia gu-gubernamental a la que se ha engañado demasiadas veces. «Hay una verdad a encontrar en la orilla desconocida, y muchos encontrarán lo que pocos buscarían.» -Una vez dicho eso cogió una copa y la vació de un trago, para luego torcer el gesto y escupir, porque había bebido del vaso de insecticida.
–¡Aja! – tosió-. ¡Eso no era coñac! – Volvió los ojos llorosos hacia Hale y parpadeó-. Al m-m-menos es mejor que la g-g-ginebra local, ¿eh?
–No… he probado la ginebra local -dijo Hale, preguntándose si Philby acababa de envenenarse seriamente al beber el insecticida. Miró a Elena y a Cassagnac, y vio que los dos miraban a Philby con moderada alarma-.
Supongo que no la probaré -añadió, sólo por decir algo. Pero la acción de Philby le había recordado algo de sus investigaciones en los archivos de la Sección Uno; y de pronto quiso alejarse un momento de la presencia física del hombre, de aquel olor a insecticida que parecía entrometerse en sus pensamientos, y precisar en qué consistía aquel recuerdo. Echó una rápida mirada a su reloj de pulsera por debajo de la mesa y vio que ya casi eran las diez-. ¿Cómo se consigue comida aquí? – preguntó.
–Hay una mesa junto a la pared de la cocina -dijo Elena en francés-, y allí le servirán un plato de pasteles de patata, picadillo de pulmones o Robusto Max.
–Eso del Robusto Max suena bien -dijo Hale, que no tenía ni idea de qué podía ser. Se levantó y atravesó la neblina de tabaco y humos de la cocina en dirección a la mesa indicada, donde dos hombretones bigotudos removían ollas y vaciaban cucharones repletos en platos; y se preguntó si estaría borracho, porque sentía una resistencia casi centrífuga a alejarse de la mesa, como si andará cuesta arriba.
«Entrometerse…» Sí, eso era: hacía seis meses había leído un expediente con los frágiles telegramas del Servicio Secreto de 1916 procedentes del Departamento Árabe en El Cairo, cuya dirección telegráfica había sido cairo entrometido. El grupo había incluido a Gertrude Bell y al joven T. E.
Lawrence, y Hale había leído el informe sobre un controvertido ritual de iniciación consistente en apurar un vaso dentro del que habían echado una mitad de ginebra y una mitad de insecticida, un brebaje que se decía era descrito como «Ginebra, Repelente».
Hale fue con paso tambaleante hacia la mesa de servicio y contempló las ollas y bandejas dispuestas ante él. Robusto Max parecía ser jamón y huevos encima de pan negro, y se disponía a pedir que le pusieran un poco…
… Pero en ese instante la música de la radio desapareció tras una repentina cortina de estática, y durante un momento Hale pensó que debía de haber caído un rayo cerca de allí. Después el rugir de la estática empezó a desmenuzarse en un salvaje compás de caída y doble latido, una cacofonía articulada que casi conseguía parecer un ritmo coherente. Al igual que había ocurrido en aquella buhardilla de París casi cuatro años antes, el efecto de tamborileo y cántico parecía hallarse totalmente libre de cualquier fuente orgánica o racional, pero aun así era apremiante, y se encontraba animado por una «emoción» al mismo tiempo tan ajena y tan intensa que sólo podía ser comprendida, inadecuadamente, como rabia.
«La lluvia lava la sangre.»
« Muy cierto», pensó Hale confusamente. Aquel aguacero no tardaría en dispersar la sangre del hombre al que habían matado a tiros junto a la Puerta de Brandeburgo.
Los soldados rusos habían parecido conducir al fugitivo hasta aquel punto antes de matarlo. Y había una grúa cerca, que podía ser utilizada para levantar una piedra de grandes dimensiones.
« Es pronto -pensó-, dos horas antes de lo previsto, pero los vuelos que Elena cogió en París y Lisboa, hace tres años y medio, también despegaron más pronto de lo previsto.
» Está en la Puerta de Brandeburgo -se dijo de pronto con una súbita y total certeza-, y va a ser ahora.»
«Cuando parezca que está empezando, pasarás inmediatamente a adoptar los procedimientos de evasión total, ¿entendido?»
Hale volvió los ojos hacia la mesa, tratando de atraer la mirada de Elena.
« Pero no puedo desaparecer como si tal cosa -pensó con desesperación-. Si me voy ahora, ¿cuándo volveré a verla? Aunque regrese a la mesa,
¿cuándo volveré a verla? »