Declara

Tim Powers · Capítulo 3 de 24

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Declara

Libro Primero

Gracias al resplandor reflejado por la pared rocosa que se alzaba a su derecha, podía ver el brillo del acero desnudo alrededor de los agujeros de bala en el capó del jeep, y sabía que las puertas y los parachoques estaban salpicados de agujeros similares. La aguja temblorosa del indicador de combustible mostraba que el depósito de gasolina estaba medio lleno, así que al menos no lo habían perforado.

Un minuto después vio las tres figuras erguidas a unos treinta metros por delante del jeep en el sendero, y éstas no se volvieron hacia él bajo el resplandor del único faro. A esa distancia, el joven capitán no podía distinguir si eran británicos o rusos. Había perdido su metralleta Sten en algún lugar de las cumbres, pero sacó el voluminoso revólver del cuarenta y cinco de la funda del hombro porque podía necesitarlo incluso en el caso de que aquellos supervivientes fueran británicos.

Pero luego miró temerosamente por encima del hombro para contemplar la montaña que se alzaba en la lejanía: el poder incontrolable que moraba en la noche se ocultaba allí arriba, en lo alto de la desolación rocosa del monte Ararat.

Volvió nuevamente la mirada hacia el tenue haz de luz que se estiraba cuesta abajo por delante de él para iluminar las tres figuras tambaleantes, aumentó la presión del pie sobre el pedal del acelerador y deseó atreverse a rezar.

No volvió a mirar la montaña. Aunque en años venideros intentaría borrarla de sus pensamientos, en ese momento tenía la certeza sombría de que algún día volvería a verla, y de que volvería a subir por aquel sendero helado.

LIBRO PRIMERO

Averiguar, no hablar

UNO

Londres, 1963

De mi Vil Metal podría limarse una Llave,

que abrirá la Puerta detrás de la que él aúlla.

Omar Jayyám, El Rubáiyát,

traducción de Edward J. Fitzgerald

–Aquí tiene una lista -dijo una voz de hombre que hablaba sin acento por el teléfono-: Chaucer… Malory… -Hale sintió que se le helaba la cara. La voz siguió hablando-. Wyatt… Spenser…

Hale ya había empezado a contar automáticamente, y Spenser hacía cuatro.

–Supongo que sí -replicó, hablando apresuradamente y diciendo lo primero que se le pasó por la cabeza-. Esto… el pasaje en el que está pensando es:

«muertas después de numerosos años, revivirán». En realidad es de Shakespeare, señor… -Estuvo a punto de decir «señor Goudie», que era el nombre del conserje de la Sala Común que había ido a buscarlo para que acudiera al teléfono y que seguía meciéndose sobre los talones junto a la puerta abierta del despacho del secretario de admisiones, y un instante

después faltó poco para que dijera «señor Philby»-…Fonebone -concluyó torpemente, intentando farfullar el apellido inventado. Apretó el puño alrededor del auricular para sostenerlo sin que se moviera, y con la mano libre apartó temblorosamente un mechón de cabellos color rubio arena que se le había metido en los ojos.

–Shakespeare -dijo la voz precisa y pausada del hombre, y Hale comprendió que hubiera debido articular su respuesta de tal manera que produjese una mayor impresión de continuidad-. Oh, bueno. Eran cinco libras, ¿verdad? Puedo pagárselas durante el almuerzo.

Ninguno de los dos dijo nada por un instante.

–El almuerzo -dijo Hale, sin ninguna inflexión. «¿Qué se supone que ha de ser ahora? -pensó-. Un opuesto y a continuación un paralelismo o un ejemplo»-. Mejor que ayunar, sería un… bocadillo. – Santo Dios.

–En ese caso se trataría de un almuerzo campestre, los muy idiotas -

prosiguió la voz suave y educada-, y apenas estamos en enero. Así que tráigase un impermeable, ¿de acuerdo?

«Repítelo», se acordó Hale.

–Impermeable, lo sigo. – No pudo evitar preguntarse, inútilmente:

« Almuerzo campestre, ciertamente… Impermeable, bien… pero ¿habrá alguien allí, esta vez? ¿Vamos a representar esta farsa cada diez inviernos durante el resto de mi vida? La próxima vez tendré cincuenta años».

Entonces la persona que había telefoneado colgó, y pasados unos segundos Hale se dio cuenta de que había estado conteniendo el aliento, y volvió a respirar.

–Si lo mencioné en las conferencias -añadió Hale, ya que Goudie seguía inmóvil en la entrada, probablemente escuchando-, debe dar por sentado que probablemente saldrá en el examen.

Exhaló con abatimiento al final de la frase. « Finges que le hablas a un teléfono cuando te acaban de colgar -pensó-. Una estupidez detrás de otra, ése eres tú. » Para disimular la metedura de pata, dijo: «¿Oiga? ¿Oiga?», como si no se hubiera dado cuenta de que el otro hombre había cortado la conexión, y después depositó el auricular encima de su soporte. « No lo has hecho demasiado mal -se dijo-, después de todos estos años.» Se apartó del escritorio y se obligó a no sacar el pañuelo para secarse la cara.

« Impermeable». Bien, hacía diez años también habían dicho eso y no había ocurrido absolutamente nada, ni en aquel momento ni desde entonces.

–Gracias, Goudie -dijo al conserje y acto seguido pasó por su lado para cruzar la vieja alfombra oscura de la Sala Común rumbo a la taza de té que continuaba humeando bajo la luz de la lámpara junto a la máquina de escribir que zumbaba suavemente. Irracionalmente, le pareció extraño que el té siguiera caliente después de aquello. En vez de volver a sentarse, Hale cogió su fajo de preguntas de examen escritas a mano y contempló las líneas de tinta.

Diez años antes. Tarde o temprano haría que su mente retrocediera todavía más, pensaría en el refugio antiaéreo de acero ondulado de los excedentes de guerra en la llanura pantanosa debajo del Ararat, junto a la frontera turco-soviética, y luego en una noche en Berlín antes de eso; pero en aquel momento, pensaba a la defensiva en una convocatoria un tanto más reciente y de naturaleza local: meramente recorrer los senderos nevados del Green Park londinense durante una hora, como resultó después, solo y presa de una inquietud que al menos fue disminuyendo poco a poco, y en las cuarenta horas subsiguientes de inútiles caminatas y trayectos en taxi desde un lugar de reserva a otro, por las calles embarradas y los puentes de Londres, maldiciendo los nuevos cruces y edificios que no paraban de confundirlo y desorientarlo. No había habido números de teléfono ni direcciones que se hubiera atrevido a probar, y en cualquier caso era casi seguro que a esas alturas todos se habrían quedado obsoletos. Al final se dio por vencido y cogió el tren para volver a Oxford sin, entre otras cosas, haber acudido a una entrevista para un posible empleo; algo que, en aquellos tiempos, constituía una auténtica calamidad.

Al menos hoy no tenía nada que hacer y mañana, tampoco. Había acudido al colegio tan temprano aquella mañana sólo para poder disponer de papel carbón nuevo y de una de las máquinas eléctricas de escribir.

Entre los cortinajes que había a su izquierda podía ver nubes como estaño batido encima del tejado abuhardillado de la biblioteca, y ramas desnudas de robles jóvenes meciéndose al viento que sacudía los pestillos de los ventanales. Probablemente le haría falta un impermeable, uno de verdad.

Sólo Dios sabía dónde terminaría almorzando. Seguro que en el campo no.

Dobló los papeles y se los metió en el bolsillo de la chaqueta, extrajo las hojas a medio mecanografiar del carro de la máquina de escribir y la apagó.

Esperaba que seguiría funcionando, que no la habría atascado ninguno de los estudiantes que ayudaban con las clases cuando él regresara, cosa que, confiaba, tardaría como mucho un par de días en ocurrir. Sabía que la confianza era real, y sabía que hubiese debido darle ánimos.

Suspiró y se palmeó los bolsillos de los pantalones en busca de las llaves del coche.

Las colinas boscosas que se alzaban por encima del río Wey se hallaban envueltas en una neblina húmeda, y condujo en segunda durante la mayor parte del trayecto de vuelta a casa, con los pilotos laterales encendidos.

Cuando finalmente metió su viejo Vauxhall en Morlan Lane tiró el cigarrillo por la ventanilla, redujo a primera y levantó el pie del acelerador en cuanto la esquina delantera de su casa blanca de una planta se hizo tenuemente visible.

Cuando consiguió el puesto de ayudante de cátedra en 1953 había alquilado una habitación en el mismo Weybridge, y recordó cómo iba en bicicleta a la casa de su vieja casera después de las clases en aquellas tardes de hacía tanto tiempo. Siempre escogía, por pura fuerza de la costumbre, aquellos callejones que eran demasiado estrechos para los vehículos de motor y buscaba con la mirada camionetas que no le resultaran familiares

estacionadas o que lo adelantaran por las sendas a las que daban sombra los abedules; se ponía tenso ante cualquier ausencia de llamadas de pájaros en los árboles, pasaba sin pedalear junto al viejo buzón victoriano de hierro rojo y le lanzaba una rápida ojeada para ver si había arañazos fruto de la prisa alrededor del agujero de la cerradura y, también, se mantenía alerta para detectar cualquier agitación entre los perros en los patios que iba dejando atrás, especialmente en el caso de que en alguna ocasión sus ladridos se simultanearan con una ráfaga de viento o con las voces de varios humanos gritando a la vez.

El viejo, viejo dicho había sido: « Fíjate en los perros, los camellos no reaccionan», aunque naturalmente no había camellos en Weybridge.

Por aquel entonces había períodos en los que era incapaz de dormir bien o de retener la comida, y durante aquellas semanas en las que estaba a la vez demasiado nervioso y se cansaba demasiado deprisa para pedalear sobre la bicicleta, generalmente, regresaba a casa andando, impulsando a patadas una piedra por delante de él y aprovechando la ocasión para escudriñar el macadán en busca de marcas de patinazos, o (y, de alguna manera, aquello no parecía tan inverosímil en aquellas tardes en cuestión) la curva metálica de un cargador descuidadamente tirado al suelo después de que se lo hubiera despojado de sus cartuchos para introducirlos en la recámara de un rifle, o el filtro desechable de una máscara antigás, o cualquier trozo de envoltorio de celulosa o aislante de cables que tuviera un aspecto vagamente militar… o incluso, aunque en realidad nunca había llegado a permitir que aquella imagen cobrara forma en su mente, y de todas maneras habría sido difícil distinguirla encima del negro asfalto, círculos quemados en el pavimento, círculos cuyo tamaño variaba desde los que eran tan diminutos como la cabeza de un alfiler hasta los que tenían varios metros de diámetro. Las tardes despejadas a veces se limitaba a apretar el paso cuando llegaba a casa y a pasar de largo ante ella para ir al pub del camino de Bersham, y volvía horas después cuando el cielo estaba tranquilizadoramente cubierto o ya se encontraba temporalmente demasiado borracho para sentir cualquier preocupación.

En 1956, con la ayuda de una última y precaria beca del Ministerio de

Educación, por fin consiguió su licenciatura largamente pospuesta en Literatura inglesa del Magdalen College, en Oxford, y lo nombraron profesor; poco después había empezado a pagar aquella casa en las colinas al norte del colegio universitario de Weybridge. Para aquel entonces finalmente había dejado de molestarse («había crecido», hubiese dicho él), en utilizar todos aquellos cautelosos métodos de vigilancia a los que recordaba haber oído referirse a los agentes del OSS americano durante la guerra llamándolos «limpieza en seco».

Y al abandonar los viejos reflejos recordados se había sentido, suponiendo que sintiera algo, sombríamente virtuoso. Ocho años antes, J en persona, que por aquel entonces era Stuart Menzies, el de los cabellos blancos, había hecho acudir a Hale al «arcano», el legendario despacho ubicado en el cuarto piso de los Edificios Broadway, y aunque estaba claro que el anciano no sabía gran cosa acerca de cuál había sido el trabajo llevado a cabo por Hale en Oriente Medio después de la guerra, ni conocía la historia real sobre el reciente desastre secreto ocurrido en el este de Turquía, su cara pálida y vieja había adoptado una expresión amable y bondadosa cuando le dijo a Hale, con sus veintiséis años, que se labrara una nueva vida en el sector privado.

–Antes de que lo reclutáramos usted estudiaba lengua en un colegio de Oxford -había dicho J-. Vuelva a eso, reemprenda su vida a partir de ese punto y olvide el mundo de entre bastidores, de la misma manera que olvidaría cualquier otra pesadilla falta de lógica. Recibirá la paga de otro año a través de Drummond's en Admiralty Arch, y con un año de trabajo acreditado en el Foreign Office no debería tener ninguna dificultad para conseguir una beca de estudios. Al final, para todos nosotros « Dulce et decorum est pro patria evanescere».

«Dulce y decoroso es esfumarse por la patria.» Bueno, desde luego eso siempre era infinitamente preferible a morir, que era lo que decía el verso original de Horacio. A esas alturas, Hale ya sabía lo suficiente para estar seguro de que, a todos los efectos prácticos, había desaparecido del campo de visión de incluso los niveles más elevados de Broadway y del de todos los ministros de Whitehall, salvo uno, mucho antes de aquella última

entrevista con J.

Así pues ¿qué clase de cortocircuito latente y obsoleto era aquél, que todavía utilizaba de vez en cuando los viejos códigos como si realmente quisiera convocarlo? Nadie había establecido ningún contacto con él en Green Park aquel día invernal de 1952, y Hale estaba seguro de que nadie estaría allí hoy, en aquel segundo día de 1963. Habían clausurado definitivamente a todo el Ejecutivo de Operaciones Especiales (SOE) fugitivo en 1948, y Hale siempre había supuesto que se despidió y barrió debajo de la alfombra a todo el personal superviviente, tal como se había hecho con él.

« Aquí tiene una lista -pensó con amargura mientras pisaba el pedal del embrague y rozaba el del freno-: el servicio secreto isabelino de Walshingham, el Cabinet Noir de Richelieu, la Oprichnina rusa, el SOE…

¡Con ése hacen cuatro, así que hable! No son más que notas a pie de página en la historia. En la oficina central del SIS de hoy en día probablemente existe una rutina a la que nadie presta atención, en virtud de la cual cada diez años hay que telefonear a los agentes de todos los servicios difuntos de los tiempos de guerra y recitarles un viejo código que nadie entiende. » Recordó haber oído hablar de un depósito provisional de petróleo ubicado en Kent durante la guerra que había sido ajustado para que hiciera sonar cierto número de teléfono del Ejército cada vez que el nivel del combustible estuviera demasiado bajo; de alguna manera, los viejos circuitos habían vuelto a activarse durante los años cincuenta, mucho después de que el depósito hubiera sido desmantelado, y habían empezado a llamar una vez al mes al viejo número, que por aquel entonces ya se había asignado a algún médico de Londres. Aquello sin duda era la misma clase de confusión. El SIS probablemente habría telefoneado a la pensión de la anciana señora de Weybridge antes de probar suerte con el colegio universitario.

Con todo, «tráigase un impermeable».

Había detenido el coche en la estrecha calle, a media docena de metros de su sendero de gravilla y parcialmente oculto con respecto a la casa por las

ramas de un frondoso pino que crecía en la propiedad contigua. Los únicos coches aparcados en las aceras, naturalmente, eran un Hillman y un Morris que pertenecían a sus vecinos. Hale no podía ver los ventanales desde allí, pero la puerta principal empotrada no mostraba ninguna señal evidente de que hubiera sido forzada desde que él la había cerrado con llave a primera hora de aquella mañana, y la gravilla del sendero no parecía haber cambiado en nada. La mujer de la limpieza, de hecho, no vendría hasta el viernes.

La antena de televisión que se alzaba sobre las tejas del techo se mecía levemente, empujada por el viento contra el cielo gris… y en aquel momento, y no por primera vez, le trajo a la memoria la antena de onda corta en forma de raspa de arenque que se elevaba sobre el tejado de la antigua oficina central del SIS en los Edificios Broadway, las que había en el techo de la Embajada soviética en Kensington Gardens e incluso la antena improvisada que él había tenido en una época y otra antena, suspendida furtivamente de las ventanas con gabletes de una sucesión de habitaciones del último piso en el París ocupado…

« Y todo un maldito etcétera de antenas», se dijo salvajemente, tratando de no pensar en la última noche de 1941.

En el antiguo código del SOE, la palabra «impermeable» había significado

«procedimientos de cobertura violados», y hasta aquella convocatoria de hacía diez años que luego había resultado ser una falsa alarma, Hale nunca había oído utilizar el término en un contexto nacional.

Había un arma en la casa, aunque después de tanto tiempo sin tocarla tendría que excavar dentro de un arcón para encontrarla. Era un revólver del cuarenta y cinco que Hale había modificado siguiendo los consejos del capitán Fairbairn, con la espuela del percutor, el guardamonte del gatillo y todo el cañón salvo unos cinco centímetros aserrados, y con profundos surcos tallados en las cachas de madera para que los dedos siempre empuñaran el arma de la misma manera. No era un revólver para emplear en las competiciones de tiro al blanco, pero el capitán Fairbairn había observado que la mayoría de las peleas a tiros tenían lugar dentro de

distancias inferiores a los cuatro metros.

Pero no serviría de mucho en las grandes extensiones de césped de Green Park. Y según los procedimientos de cobertura violada, Hale debía considerarse acabado allí, porque hasta su dirección figuraba en la guía de teléfonos. « Juega según las viejas reglas -se dijo con un tembloroso suspiro-, aunque sólo sea por respeto a la memoria del viejo Gran Juego. »

Podía pasar sin un impermeable auténtico y tendría como mínimo diez libras dentro del billetero.

Aflojó la presión que ejercía con el pie sobre el pedal del freno, dejó que el Vauxhall rodara lentamente calle abajo hasta que pudo dar la vuelta en el sendero de un vecino y fue cambiando rápidamente de marcha mientras aceleraba hacia el camino que lo llevaría a la A316 y, en cosa de una hora, hasta alguna estación del metro que no estuviera demasiado alejada del viejo Green Park en Londres.

Sólo tres días antes, Hale había estado en su jardín carente de vida colgando bloques de sebo de cordeles suspendidos de las ramas sin hojas del roble.

La sustancia se mantenía dura en el aire invernal, y los tordos y petirrojos que dispondrían de gusanos para comer cuando llegara la primavera podían subsistir con aquel forraje procedente de la carnicería hasta que llegaran aquellos días más soleados. Hale empezó a silbar distraídamente «There'll Be Bluebirds over the White Cliffs of Dover» mientras conducía y trató de calcular cuánto durarían aquellos bloques de sebo antes de que fuera necesario colgar unos nuevos.

«No durarán hasta la primavera», pensó disgustado. Pero pasara lo que pasara, a buen seguro que ya estaría de vuelta mucho antes.

Su nerviosa mirada saltaba del parabrisas a los retrovisores y volvía al parabrisas, y con un súbito escalofrío se dio cuenta de que volvía a ser el de siempre, después de un paréntesis de casi siete años, contemplando pensativamente los vehículos que había a su alrededor, y fijándose en secciones del arcén donde podría salir del camino en el caso de que tuviera

que hacerlo.

Esta vez Hale tardó casi media hora en recorrer el perímetro de Green Park, andando a través de la neblina bajo las ramas goteantes de robles y sicómoros, y cuando finalmente se encaminó por segunda vez hacia el mirador que había junto al Paseo de la Reina Carolina, el viejo de la gabardina y el sombrero de fieltro seguía allí, todavía apoyado en la barandilla. Sin mirarlo directamente ni una vez, Hale pasó a unos cincuenta metros de él y cruzó la extensión de hierba mojada en dirección a los bancos alineados a lo largo del sendero norte-sur.

El corazón le latía con fuerza, por mucho que se dijera que el viejo probablemente sólo era algún subsecretario de Whitehall que estaba disfrutando de una pausa matinal en el trabajo; y cuando metió la mano en el bolsillo en busca del tabaco y las cerillas, hizo una bola con las páginas de las preguntas de examen que había metido allí hacía poco menos de dos horas. Aquello había pasado a ser su auténtico mundo, las clases sobre Milton y el estudio de los poetas románticos, y no… los callejones polvorientos que discurrían alrededor de la embajada en Al Kuwait ni las negras tiendas de los bedus en las dunas del desierto de Hassa ni jeeps en el desfiladero de Ahora bajo el monte Ararat… Hale apartó la idea de su mente. Mientras sacudía el paquete hasta extraer un cigarrillo y le aplicaba la cerilla, parpadeó bajo la fría y húmeda brisa y contempló los parterres con los ojos entornados. Entonces segaban la hierba del parque, y Hale dudaba de que llevaran las ovejas a pacer allí alguna vez, como recordaba que habían hecho con ellas inmediatamente después de la guerra. Dio una calada al cigarrillo y cabeceó tranquilamente mientras exhalaba una estela de humo.

Aquella mañana no se había adentrado en la ciudad más allá de West Kensington, había dejado el coche en el aparcamiento para visitantes del Hospital del Oeste enfrente de la línea de ferrocarril que venía del cementerio de Brompton, y había andado por una acera, desafiando deliberadamente a los peatones que venían en sentido contrario al suyo, hasta llegar a la estación del metro de West Brompton.

Cuando lo convocaron para nada en 1952, Hale se había apeado de la línea de Piccadilly en Hyde Park Corner y antes de subir andando por Knightsbridge había efectuado un rápido y nervioso recorrido de retroceso en sentido contrario a las agujas del reloj entre los chanclos que salpicaban, los haces de luz de las farolas y los remolinos de copos de nieve que flotaban en el aire junto al arco de Wellington, bajando los ojos para lanzar frecuentes miradas a los extremos de las faldas y las perneras de pantalón de las por lo demás intercambiables figuras envueltas en gabanes y bufandas que pasaban junto a él, mientras intentaba recordar los ritmos de evasión al paso de un hombre que había aprendido en París hacía más de una década.

Aquella mañana había ido en metro hasta más allá del parque y se había bajado en Piccadilly Circus, donde había ascendido la escalera de la estación hacia un cielo gris que amenazaba únicamente lluvia.

Y había sabido que hubiese debido echar a andar inmediatamente Piccadilly abajo hacia el parque, asegurándose de mirar un par de veces en los escaparates de las tiendas que dejaba atrás y de desandar unos cuantos pasos como si estuviera pensando en volver a examinar alguna mercancía, detectando así en la periferia de su visión cualquier figura que titubeara por detrás de él y, pasadas unas cuantas manzanas, debía entrar en una tienda, meter la chaqueta en una bolsa y volver a peinarse los cabellos rubios rebeldes para luego salir de la tienda con algún grupo de hombres vestidos con camisas blancas y corbatas, igual que él, y a ser posible subir inmediatamente a un autobús o un coche; pero no había ido a pie por Piccadilly Circus desde la guerra, y durante varios minutos después de haber salido de la escalera de la estación se limitó a quedarse inmóvil encima del pavimento enfrente de Swan Edgar y contemplar los anuncios de ginebra Gordon's que había detrás de la vieja fuente de Eros y el gran reloj Guinness en el Pabellón de Londres, que al parecer había pasado a ser un cine. Se acordó de cuando estaba ocupado por el Ministerio de Alimentación y de que las amas de casa iban allí para aprender los usos de la nueva harina nacional. Y por primera vez en años, se acordó de haber comprado una naranja a un reclutador soviético en los peldaños de la fuente de Eros en el otoño de 1941. Finalmente había salido de su estupor, aunque

su marcha por el espacioso bulevar, dejando atrás el pórtico con columnas del viejo Hotel Piccadilly primero y los surtidos de caviar exhibidos en los escaparates de Fortnum's después, se había visto frenada más por la nostalgia que por una atenta «limpieza en seco».

« Le concederé una hora -pensó mientras daba una calada al cigarrillo y contemplaba los últimos pisos de los nuevos edificios que se elevaban alrededor de las ramas desnudas de los árboles-; primero un almuerzo temprano en Kempinski's si todavía sigue allí junto a Regent Street, y después de eso el largo trayecto de vuelta a casa. Al diablo con las recaídas. Olvida el mundo de entre bastidores, tal como se te ordenó hacer.

Dulce et decorum est.»

Pero miró atrás, y por un instante todo recuerdo de lo que tan preocupado y atareado lo había tenido durante los últimos catorce años lo abandonó tan bruscamente como un bloque de nieve que se desprende de los canalones de hierro de una casa vieja y sólida.

Aunque todavía lejano, el hombre del mirador venía en su dirección, andando tranquilamente por la hierba, mirando hacia el norte y hacia el sur sin dar ninguna impresión de premura. Y el pálido rostro que había debajo del ala del sombrero había pasado a ser mucho más viejo, arrugado y ahuecado como estaba con el peso de probablemente setenta años; pero Hale se había encontrado con él en suficientes momentos a lo largo de su vida para guardar un recuerdo continuado de él hasta la primera ocasión en que se vieron: hasta el verano de 1929, cuando Hale tenía siete años.

Andrew Hale había crecido en Chipping Campden, un pueblo de los Cotswolds que se encontraba a ciento diez kilómetros al noroeste de Londres, en una casa de piedra de tejado inclinado que él y su madre habían compartido con el anciano padre de ella. Andrew dormía en un antiguo armario cama con paneles tallados porque de noche su madre y su abuelo tenían que atravesar su habitación cargados con lámparas para llegar a las suyas. Fueron muchas las veces en que había descorrido los paneles de roble ajustados desde fuera y había bajado sigilosamente hasta el inicio de la escalera para escuchar las disputas envaradas y ceremoniosas que los dos

adultos mantenían en el salón de abajo.

Andrew y su madre eran católicos, pero su abuelo había sido un anglicano que reprobaba cuanto tuviera que ver con el catolicismo, y el pequeño había oído muchas discusiones acaloradas sobre papas e indulgencias y la Virgen María, puntuadas por golpes sordos cuando su abuelo descargaba un puñetazo sobre la vieja y enorme Biblia de la familia y exclamaba:

«¡Enséñamelo en la Palabra de Dios!»; y mucho antes de que hubiera cumplido los siete años, Andrew ya sabía que su madre había sido monja, que se quedó embarazada, que abandonó su orden cuando estaba en las misiones en Oriente Medio y que había vuelto a Inglaterra cuando su hijo ilegítimo tenía dos años. Los del pueblo siempre decían que eran los ayunos penitenciales papistas los que habían convertido a la madre de Andrew en una asmática flaca y malhumorada; y el joven Andrew nunca había tenido ningún amigo verdadero en Chipping Campden. Había sabido siempre que, en opinión de sus vecinos, su padre había sido algún sacerdote corrupto; pero su madre había dejado muy claro al muchacho cuando éste era muy pequeño que nunca diría ni una palabra acerca de aquel hombre.

El abuelo de Andrew se había abstenido de discutir cuestiones religiosas con el chico, pero había participado de manera muy activa en la educación de Andrew. El anciano siempre había dicho que Andrew estaba demasiado delgado («Parece el dichoso Percy Agonizante Shelley»), y no paraba de obligarlo a engullir brebajes reconstituyentes como la proteína de leche concentrada Plasmon, que se suponía contenía por sí sola todos los elementos necesarios para subsistir, y el Alimento Químico Parrish, un jarabe rojizo espeso y repugnante que tenía que beberse con pajita para evitar que ennegreciera los dientes.

Andrew se escapaba frecuentemente para recorrer los tres kilómetros que separaban la casa del ventoso Confín del Wold, la cima del escarpado risco que marcaba el límite occidental de los Cotswolds, por debajo del cual podía ver los tejados de Evesham en la llanura y el remoto centelleo del río Isbourne en los días despejados. Durante sus ensoñaciones diurnas su padre era un sacerdote misionero, y Andrew trataba de imaginar dónde podía estar aquel hombre y cómo podrían llegar a encontrarse algún día.

Antes de desandar lo andado a través de las colinas y los campos de rastrojos hasta llegar a las casas de piedra color paja de Chipping Campden, a veces seguía los viejos senderos de vacas que iban hacia el sur para contemplar, siempre desde una distancia respetuosa, la torre Broadway. En realidad eran dos torres de piedra caliza moteada, con una estrecha fortaleza incrustada de lado entre ellas; y los largos ventanucos verticales en forma de ranura y las altas torres erizadas de baluartes le conferían un aspecto medieval que no se había desvanecido cuando Andrew se enteró de que la habían construido en una fecha tan reciente como 1800. Años después, cuando fue a trabajar para el Servicio Secreto de Inteligencia en Londres durante la guerra, la oficina central del SIS estaba ubicada en los Edificios Broadway junto a St. James Park y se la conocía simplemente como

«Broadway»; y no fue hasta que lo enviaron a Berlín en 1945 cuando la oficina de Londres perdió por completo para él la imagen de cuento de hadas asociada con aquel castillo aislado en el Confín del Wold.

Las casas y las tiendas que se sucedían a lo largo de High Street en Chipping Campden eran todas estrechas y estaban pegadas unas a otras, con las hileras de tejados puntiagudos mellando el cielo como los dientes de una sierra. Si bien las mañanas de domingo en que el cielo estaba despejado, Andrew y su madre cogían el pequeño Austin de diez caballos de potencia del abuelo para ir a la iglesia católica de Stow-on-the-Wold, cuando el tiempo se ponía amenazador su madre se rendía a las exigencias de su padre de que asistieran a la iglesia anglicana del pueblo, y Andrew apretaba el paso por la acera de High Street para que no lo dejaran atrás las zancadas más largas de su madre y de su abuelo. Las casas carecían de cualquier clase de separación con respecto al pavimento de la acera, con lo que si Andrew dejaba de mirar la calle y volvía la cabeza hacia ellas se encontraba contemplando la sala de estar de alguien a través de los cristales emplomados, y siempre lo había inquietado la posibilidad de que el bastón que el anciano agitaba al andar rompiera una ventana. En aquellos momentos Andrew deseaba que le estuviera permitido andar por el centro de la calle, o poder irse muy lejos de allí, en línea recta a través de los campos carentes de límites.

En Pascua, Andrew y su madre asistían a la misa de medianoche de la vigilia de Pascua en Stow-on-the-Wold, y cuando llegaban a casa en el coche y antes de que el motor del pequeño vehículo se enfriara, los tres subían al Austin e iban al servicio del alba en la iglesia anglicana de Fairford. El pequeño Andrew bostezaba nerviosamente durante el servicio no católico y por lo tanto herético, a veces lanzando temerosas miradas a la vidriera medieval del lado occidental, donde estaba representado un enorme Satanás devorando a pequeños pecadores desnudos que parecían sentirse muy desgraciados. El cuerpo de Satanás se hallaba recubierto de escamas plateadas y su torso redondo componía una cara gesticulante de ojos saltones, pero era la cabeza representada en perfil de la criatura la que aullaba en los sueños del muchacho: era la cabeza de ojos redondos de un pez voraz, casi imbécil en su inhumana ferocidad.

Muchos años después se preguntaría si realmente, como le parecía recordar, había oído en una pesadilla infantil cómo una voz le decía a aquella figura:

«Oh, pez, ¿sigues observando el antiguo pacto?», y luego un coro de voces de los condenados: «Regresa, y nosotros regresamos; haz honor a tu palabra, y nosotros haremos honor a la nuestra…». Y suponía que realmente podía haberlo oído, si el sueño había tenido lugar durante la última noche de algún año.

Andrew había renunciado formalmente a Satanás por poderes y lo habían bautizado en el mismísimo río Jordán, según su madre. «En la orilla palestina, en el puente Allenby cerca de Jericó», añadía ocasionalmente, en voz muy baja; y cuando tenía siete años había hecho la primera comunión en la iglesia de Stow-on-the-Wold. Después de la misa, y en vez de volver en coche a Chipping Campden, por una vez su madre había conducido en dirección opuesta a la iglesia para ir más hacia el sur. Dando por única explicación al niño que tenía que conocer a su padrino, había conducido el pequeño coche sin hacer ninguna parada hasta llegar a Oxford, dejarlo atrás y, finalmente, hasta la A103 y Londres. Andrew había permanecido sentado en silencio junto a ella vestido con chaqueta y corbata nuevas, tratando de comprender el hecho de que acababa de consumir el cuerpo y la sangre de Cristo, y preguntándose por qué nunca había oído hablar de aquel padrino hasta ese día.

En 1929, la oficina central del Servicio Secreto de Inteligencia británico, el SIS, ocupaba el tejado y el último piso de un edificio residencial situado enfrente del Departamento de Guerra, en Whitehall Court. Cuando Andrew y su madre salieron del ascensor en el séptimo piso se encontraron en la torre este del edificio, y a través de una estrecha ventana el pequeño vio unos jardines geométricos bañados por el sol debajo de ellos y el puente de Hungerford atravesando el ancho rostro acerado del Támesis más allá. El ascensor había olido a tabaco latakia y aceite para los cabellos, y el aire caliente de la sala de la torre se hallaba impregnado por el picante olor a vainilla del papel muy viejo.

Andrew no sabía qué sitio era aquél, y el ceño fruncido del rostro delgado de su madre mientras recorría con la mirada la estancia de paneles de madera le indicó que ella tampoco había estado allí antes, y que había esperado algo más impresionante.

El hombre que fue hacia ella y la cogió del brazo entonces tenía treinta y muchos años, con los cabellos negros como el ala de un cuervo peinados hacia atrás desde la despejada frente, y la línea de la mandíbula todavía firme por encima de la blancura del cuello duro y el nudo de la corbata de antiguo alumno de Eton.

–Señorita Hale -dijo, sonriendo; bajó la mirada hacia Andrew y añadió-: Y

éste tiene que ser… el hijo.

–Quien no tiene conocimiento alguno que pudiera ponerlo en peligro -dijo la madre de Andrew.

–Hacer siempre resulta más fácil que deshacer -dijo el hombre con voz jovial, aparentemente mostrándose de acuerdo con ella-. Queridos míos, J

quiere que se os lleve inmediatamente ante él -prosiguió, volviéndose hacia la escalera de caracol más estrecha y empinada que Andrew hubiera visto jamás-, por lo que si me permiten que los guíe a través del laberinto…

Pero antes la madre de Andrew se había acuclillado junto a él, barriendo el

suelo de madera lleno de arañazos con el dobladillo de su vestido de lino, y se había lamido los dedos y los había empleado para echar hacia atrás los cabellos rubios rebeldes del muchacho.

–Estas son las personas que nos trajeron a casa desde El Cairo -dijo suavemente- cuando… el mismísimo Herodes… te buscaba. Y son los hombres del rey, por lo que se merecen nuestra obediencia.

–¡Herodes! – rió su escolta, mientras la madre de Andrew se incorporaba y cogía de la mano al muchacho para llevarlo hacia la escalera-. Bueno, Herodes ya no está al servicio del Raj y en estos momentos se encuentra muy ocupado persiguiendo a los niños nazrani en Jidda, por cuenta de un rey árabe.

– Uskut! -dijo secamente la madre de Andrew, una exclamación que utilizaba a veces en casa para exigir silencio-. ¡Que Dios ennegrezca su cara!

– Inshallah bukra -respondió el hombre, en lo que hubiese podido ser árabe.

Él y la madre de Andrew casi tenían que andar de lado para subir por la cerrada curva en sentido contrario a las agujas del reloj que describía la escalera, volviendo poco a poco las cabezas alrededor de una bombilla que zumbaba dentro de su jaula de alambre, aunque Andrew pudo subir por ella cómodamente.

Andrew estaba fascinado por el aire de conocimiento secreto implícito de aquel lugar y de aquel hombre, e impresionado por el hecho de que su madre hubiera tenido tratos con quienesquiera que fuesen los hombres de aquel misterioso rey. Con todo, no le gustó nada la especie de humor cruel que parecía hallarse expresado en las arrugas que había debajo de los ojos de aquel hombre de cabellos negros, y se preguntó por qué aquella escalera se había construido evidentemente para que los hombres que fueran muy corpulentos no pudieran subir por ella.

Su escolta se detuvo delante de una puerta en el primer descansillo y sacó un aro de llaves del bolsillo del pantalón, y cuando hubo abierto la puerta y

la hubo empujado, Andrew se sobresaltó un poco ante el súbito estallido de sol y aire fresco que olía a río. Una pasarela de hierro se alejaba del tejado cosa de unos seis metros hasta llegar a una precaria estructura que a Andrew le pareció un viejo navío retorcido y medio desmoronado, montado a partir de una docena de embarcaciones distintas y encallado en aquel tejado por alguna marea calamitosamente alta. La estructura era en parte madera pintada de verde y en parte metal ondulado sin cubrir. Los mástiles de radio Marconi, las mangas para el viento y las copas en rotación de los anemómetros se elevaban de sus costados e interrumpían las pautas de ventanas redondas; y varios balcones como cubiertas provistas de barandillas daban a entender que dentro había escaleras y pisos dispuestos de manera bastante irregular. Humaredas negras y amarillas que se curvaban sobre sí mismas hasta disiparse en el azul del cielo brotaban de varias chimeneas de ladrillo, hierro y cemento.

Los tres cruzaron el puente metálico haciendo bastante ruido, y Andrew contempló cómo el viento agitaba los cabellos castaños de su madre, que ya empezaban a encanecer.

« Nos trajeron a casa desde El Cairo -pensó-, cuando Herodes te buscaba. »

Y ahora el hombre al que su madre había llamado Herodes se encontraba con un rey árabe en un lugar cuyo nombre sonaba algo así como «Judas».

La madre de Andrew le había enseñado geografía, al igual que matemáticas, latín, griego, historia, literatura y los dogmas de la fe católica, pero excepto por lo tocante a Tierra Santa siempre se había referido muy de pasada al Oriente Medio.

Dos hombres se hicieron a un lado para dejar pasar al trío en la puerta abierta que había al otro extremo del puente, y Andrew vio lo que supuso era la culata de acero y madera pulimentada de un revólver debajo de la chaqueta de uno de ellos. Su mente se había convertido en un torbellino de palabras poderosas: El Cairo y revólver y el Raj y el cuerpo y la sangre de Cristo; y se preguntó nervioso si sería pecado vomitar tras haber hecho la comunión. Se sentía tan mareado como si estuviera en alta mar.

El hombre de los cabellos negros condujo a Andrew y a su madre a través de una sucesión de puertas y pasillos estrechos que subían y bajaban, y si Andrew hubiera sabido dónde se encontraba el norte cuando entró, a esas alturas ya habría dejado de saberlo. A veces el suelo estaba alfombrado, otras era de baldosas o de madera desnuda. Giraron a la izquierda para entrar en un oscuro pasaje lateral, e inmediatamente a la derecha por debajo de una pequeña arcada, y subieron por otra escalera de caracol con luz eléctrica, ésta girando en el sentido de las agujas del reloj.

«Red cero», pensó Andrew confuso.

Al final de la escalera había una puerta tapizada de un lustroso cuero rojo que le daba cierto aspecto de colcha, con una luz verde reluciendo encima de ella. Su guía pulsó un botón que había junto al quicio de la puerta, y después de todo lo que había visto, a Andrew no le habría sorprendido demasiado que una trampilla se hubiera abierto debajo de ellos, enviándolos hacia su destino por un tobogán; pero la puerta se limitó a abrirse.

El hombre de los cabellos negros señaló con un ademán el pequeño cuarto que había al otro lado.

–Nuestro Jefe -dijo. Andrew fue el primero en entrar, arrugando involuntariamente la nariz ante los olores entremezclados de curry, metal aceitado y el ramo de flores púrpuras de dedalera que ocupaba el jarrón colocado encima del gran escritorio victoriano.

Un hombre robusto con el uniforme de coronel británico estaba de pie junto a la única ventanita de la habitación, y parecía que intentaba desarmar una telaraña con un abrecartas de latón. Se volvió hacia sus visitantes sin apartarse de la ventana: calvo y con unos cuantos cabellos grises erizándose por encima de las orejas, las mandíbulas curtidas y la nariz sobresalían tan visiblemente como promontorios graníticos en la cara de un acantilado.

Pasado un instante, los gélidos ojos grises se entornaron en una sonrisa y extendió la mano que tenía libre, la derecha.

–Andrew, tengo entendido -dijo.

–Sí, señor -dijo el muchacho, atravesando la antigua alfombra oriental para estrechar la mano callosa del hombre.

–Espléndido.

Después el anciano volvió a centrar la atención en la telaraña; Andrew lo miró con expresión expectante y no tardó en darse cuenta de que la holgada pernera izquierda de los pantalones de su uniforme, aunque limpia y planchada, estaba llena de pequeños cortes que apenas tendrían un centímetro de longitud. Después de que hubiera transcurrido medio minuto, Andrew permitió que sus ojos recorrieran la habitación sumida en la penumbra. Seis teléfonos de baquelita negra del modelo «gancho y palmatoria» colgaban de soportes extensibles tipo tijera junto a la pared, y varios frascos de cristal medio llenos de líquidos de colores ocupaban una mesa junto a ellos. Una pared era toda estantes, y maquetas de submarinos y aeroplanos servían como sujetalibros y divisores improvisados para la vasta colección de volúmenes encuadernados en cuero y fajos de papeles que habían sido amontonados de cualquier manera encima de los estantes. De las paredes colgaban máscaras antigás de goma, mapas sujetos con chinchetas, diagramas de válvulas de radio y una foto de un grupo de aldeanos europeos alineados contra una pared que se enfrentaban a un pelotón de fusilamiento prusiano.

–Ahí hay una mosca -dijo el Jefe, sin levantar los ojos de lo que hacía.

No muy seguro de a quién se dirigía, Andrew volvió la cabeza hacia su madre, quien se limitó a abrir un poco más los ojos en perplejidad impotente. El rostro del hombre que los había conducido hasta allí se mantuvo inexpresivo.

–Andrew, muchacho -prosiguió el Jefe impacientemente-, mira. ¿Ves esa mosca, en la telaraña? Ahí la tienes, pataleando como una loca.

Andrew fue hasta el corpulento anciano y, deteniéndose junto a él, se apartó un mechón de los largos cabellos rubios para clavar los ojos en el alféizar

de la ventana. Una moscarda se debatía en la telaraña.

–Sí, señor.

–¿Puedes matarla?

Perplejo y suponiendo que aquello era alguna especie de prueba que pretendía averiguar cuan despiadado podía llegar a ser, el muchacho tragó saliva para no sucumbir a las náuseas, asintió y tendió la mano para recibir el abrecartas.

–No -dijo el Jefe impacientemente-, únicamente con tu voluntad. ¿Puedes matar a la mosca sólo mirándola?

Andrew no sabía si reír o echarse a llorar. Oyó cómo su madre se movía y mascullaba algo ininteligible detrás de él.

–No, señor -dijo con voz enronquecida.

El anciano Jefe suspiró y se volvió hacia el muchacho para mirarlo fijamente a los ojos durante varios segundos.

–No -dijo al fin, con dulzura. Después dejó inmensamente sorprendido a Andrew clavándose el abrecartas en el muslo izquierdo, el cual produjo un chasquido que informó al muchacho de que era una pierna de madera. A través del zumbido de sus oídos, Andrew oyó que el Jefe seguía hablando-.

No, ya veo que no podrías hacerlo… y me alegro por ti. ¿Te interesa la radio, muchacho? – Extrajo el abrecartas de la pierna meciéndolo de un lado a otro y probó la punta con el pulgar.

–No tenemos radio -respondió Andrew. La electricidad no había llegado a Chipping Campden hasta el año anterior. Una vez se había desmayado en la iglesia, y el resplandor irisado de la inconsciencia que recordaba haber visto en aquella ocasión volvía a aparecer en la periferia de su campo de visión, por lo que se sentó bruscamente en la alfombra con las piernas cruzadas y respiró profundamente unas cuantas veces-. Discúlpeme -dijo-. Enseguida

estaré bien…

La madre de Andrew ya estaba inclinada junto a él con la mano encima de la frente.

–El chico no ha comido desde medianoche -dijo, hablando en un tono acusatorio o suplicante.

–Santo Cielo -resonó la voz del Jefe por encima de la cabeza de Andrew-.

¿Desde dónde han venido en ese coche, desde Escocia? Creía que me había dicho que vivían en Oxfordshire.

–Así es, señor -dijo el hombre de los cabellos negros-, en los Cotswolds.

Creo que se trata de algún ayuno católico.

–Por supuesto. Polarizado, ¿ve? Igual que Merlín en las viejas historias, cristianizado. Y, sin embargo… ¿Andrew?

Andrew levantó la mirada hacia el rostro adusto del anciano, y se dio cuenta de que ya tenía la cabeza lo bastante despejada para volver a incorporarse.

–Sí, señor -dijo en cuanto volvió a estar de pie. Su madre también se había incorporado, y Andrew notó que se encontraba justo detrás de él.

–Recuerda tus sueños. – El Jefe frunció el ceño-. Sueños, ¿de acuerdo?

¿Cosas que ves cuando estás dormido, cosas que oyes? No los escribas, pero recuérdalos. Algún día Theodora te pedirá que le hables de ellos.

–Sí, señor -dijo Andrew-. Así lo haré, señor. – Se limitó a dejar para más adelante el esfuerzo de imaginar a alguna mujer, sin duda aterradora, llamada Theodora interrogándolo acerca de sus sueños en alguna fecha futura.

–Buen chico. ¿Cuándo es tu cumpleaños?

–El seis de enero, señor.

–¿Y por qué demonios no debería serlo, eh? Lo siento. Bien. Tu madre lo ha hecho muy bien durante estos siete años, así que obedécela en todo. –

Agitó la mano, pareciendo repentinamente muy cansado-. Ahora ve a comer alguna cosa y luego vuelve a casa en tus Cotswolds. Y no te… preocupes por nada, ¿entendido? Figuras en nuestras listas.

–Sí, señor. Eh… gracias, señor.

Acto seguido habían sacado a Andrew y a su madre de allí casi a la carrera, y el hombre de los cabellos negros los había llevado a un comedor o bar de empleados estrecho y oscuro en el séptimo piso, y se había limitado a dejarlos allí, después de haberles dicho que la Corona pagaría lo que tomaran. Andrew consiguió engullir un bocadillo de jamón y un vaso de gaseosa de jengibre, y había supuesto que no debería hablar de los asuntos de aquel lugar mientras todavía se encontrara en él. Pero incluso durante el trayecto de vuelta a casa, su madre había desviado sus preguntas con evasivas y le había asegurado que algún día se lo contaría todo y que ella misma apenas sabía nada del asunto; y cuando Andrew finalmente le preguntó cuál de aquellos hombres era su padrino, había titubeado antes de responder.

–El hombre que nos llevó hasta allí -había dicho al final- era el que…

Bueno, el hombre de la pierna de madera… Te habrás dado cuenta de que lo que se apuñaló con el abrecartas era un miembro artificial, ¿verdad? Él fue quien… -Luego había suspirado, sin apartar los ojos de la carretera ya surcada de sombras que llevaba a Oxford y con el tiempo, más allá de Oxford, a casa-. Bueno, supongo que en realidad es todo el servicio.

«En nuestras listas.»

Poco después de la visita a Londres, su madre había empezado a recibir cheques de un oscuro banco de la City llamado Drummond's. No venían acompañados por ningún tipo de factura ni memorándum, y la madre de Andrew había dejado creer a su padre que el dinero era un pago atrasado procedente del padre delincuente del muchacho, pero Andrew sabía que

venía de «la Corona», y a veces, cuando estaba solo en la colina azotada por el viento debajo de la torre Broadway, había tratado de imaginar qué clase de servicios terminaría pagando.

«Recuerda tus sueños.»

En sus sueños, especialmente justo al final del año y durante las primeras noches de 1930, a veces se encontraba de pie en un desierto bañado por la luz de la luna; y siempre todo el paisaje daba vueltas, silenciosamente, mientras él trataba de medir el ángulo del horizonte con una especie de telescopio basculante montado sobre un trípode. En una ocasión había mirado arriba en el sueño y se había despertado bruscamente entre una sacudida de vértigo por la visión de las estrellas que también daban vueltas.

Cuando despertaba de aquellos sueños siempre había unos minutos durante los cuales no podía pensar en palabras, sólo en estados de ánimo e imágenes de panoramas desérticos que nunca había visto; y aunque sabía, ¡como si eso fuera algo exótico!, que era un ser humano que vivía en aquella casa, a veces no estaba demasiado seguro de si era el abuelo, o la madre ex monja, o el chiquillo que dormía dentro de la caja de madera.

Siempre había tenido la sensación de que debería ir a confesarse después de tener uno de aquellos sueños, aunque nunca lo había hecho. Estaba seguro de que si hubiera logrado ingeniárselas de alguna manera para transmitir al sacerdote la verdadera naturaleza de aquellos sueños, que ni siquiera él mismo conocía, el sacerdote lo habría excomulgado y hubiese hecho venir a un exorcista.

Y había empezado a recibir suscripciones no solicitadas a revistas sobre radio para aficionados y telegrafía sin hilos. Intentó leerlas, pero no pudo sacar mucho en claro de todos aquellos artículos sobre cables esmaltados, acopladores sueltos, receptores regenerativos y teléfonos Brandes. Andrew habría cancelado las suscripciones de no haberse

acordado de la pregunta del anciano que sólo tenía una pierna.

«¿Te interesa la radio, muchacho?»

Y de todas maneras, las suscripciones no lo habían seguido a su nueva dirección cuando fue al colegio dos años después.

En su nueva situación de mujer acomodada, la madre de Andrew lo había matriculado en St. John's, un internado católico para chicos en el viejo Windsor, al otro lado del Támesis y a unos ocho kilómetros de Eton yendo río abajo. El colegio era un enorme edificio antiguo de tres pisos de ladrillo al final de un camino bordeado de abedules, y Andrew dormía en un cubículo de una hilera de treinta delimitados por cortinas que ocupaban ambos lados de una sala alargada en el tercer piso, lo cual no tenía nada de penoso para alguien que estaba acostumbrado a dormir en un armario cama del siglo xviii, y comía en el refectorio del piso de abajo con un ejército de muchachos cuyas edades oscilaban entre la suya, nueve años, y los catorce.

Andrew se sorprendió al descubrir que no echaba de menos su hogar. Todos los maestros eran sacerdotes jesuitas, y cada día comenzaba con una misa breve en la capilla y terminaba con las oraciones vespertinas; y en las muy ocupadas horas intermedias Andrew descubrió que se le daban bien el francés y la geometría, materias que su madre no había sido capaz de enseñarle, y que podía hacer amigos.

Obedeciendo a su madre, había hablado a sus nuevos compañeros de su infancia en los Cotswolds; pero no había mencionado nunca las circunstancias de su nacimiento ni les había hablado de su peculiar

«padrino» corporativo.

Su madre venía en coche a visitarlo tres o cuatro fines de semana cada trimestre y le había escrito cartas con poca frecuencia, con sus invariables temas de comentario: las actividades insignificantes de sus vecinos, una nerviosa insistencia en que Andrew prestara atención a su instrucción religiosa, y la política. Su madre llevaba siendo conservadora al menos

desde que nació Andrew y, aunque se alegró del fracaso cosechado por el Partido Laborista de MacDonald en 1931, se había sentido bastante alarmada por el subsiguiente clamor general en favor de la Sociedad de Naciones y el desarme mundial.

«No todas las bestias a las que se dejó fuera del Arca tuvieron la decencia de perecer», había dicho en una ocasión. Andrew ya sabía que no debía tratar de abordar temas como su padre, ni los misteriosos hombres del rey que trabajaban en el tejado de aquel edificio de Londres. En verano cogía el tren para ir a Chipping Campden, pero durante aquellos meses pasaba casi todo su tiempo haciendo excursiones por los campos o leyendo, mientras esperaba con ansiosa culpabilidad el comienzo del trimestre otoñal.

En la primavera de 1935, uno de los sacerdotes jesuitas fue al cubículo de Andrew antes de misa para decirle que su madre había muerto el día anterior, a causa de un súbito ataque al corazón.

Andrew Hale dejó que el elegante anciano del sombrero de fieltro lo adelantara pasando a unos doce metros de él, mientras entornaba los ojos para mirar a través del humo del cigarrillo y escrutaba las praderas neblinosas en dirección al mirador y al Paseo de la Reina Ana. Las únicas personas visibles en aquella dirección eran una mujer que paseaba a un perro a cierta distancia y, detrás de ella, dos jóvenes barbudos que venían del norte e iban hacia el sur andando con paso rápido y decidido. Ni la mujer ni los jóvenes se hallaban en posición de hacerse señales, y todos miraban hacia otro lugar en el momento de mayor proximidad del anciano a Hale; no cabía duda de que no seguían al anciano. Y tampoco a Hale, o el anciano lo hubiese descubierto y se habría limitado a desaparecer, para tratar de encontrarse con él más tarde en un punto de reserva.

El anciano se detuvo y sacó un mapa de un bolsillo interior. El destello de blancura del papel atrajo la mirada de Hale cuando el anciano desplegó parcialmente el mapa y empezó a contemplarlo con el ceño fruncido mientras lanzaba rápidas miradas a los tejados lejanos de los edificios. De hecho, el edificio en lo alto del cual Hale había tenido su primer encuentro con él quedaba a sólo diez minutos de allí andando hacia el este, detrás de

St. James's Park y Whitehall, pero Hale ya sabía que aquella breve exhibición del mapa constituía una señal; y por eso tenía los ojos clavados en él cuando el anciano le sostuvo la mirada y enarcó las cejas blancas debajo del ala del sombrero.

Hale dio una última y profunda calada al cigarrillo, y lo tiró a la hierba antes de encaminarse hacia el sitio en el que se había detenido el anciano.

El corazón todavía le palpitaba rápidamente.

–¿Te has perdido, Jimmie? – preguntó con sarcasmo contenido a través de una nubécula de humo exhalado.

–Completa e irremisiblemente, mi querido muchacho. – Jimmie Theodora dobló el mapa y volvió a guardárselo en el bolsillo interior del abrigo-. En realidad -continuó mientras echaba a andar en dirección a Whitehall, con Hale siguiéndolo-, hoy en día apenas sé en qué parte de Londres estoy. El Green Park que yo recuerdo tenía un globo de barrera amarrado allí junto al arco y pilas de carbón gratuito amontonadas a lo largo de los senderos.

Supongo que todavía te acordarás.

–Y en aquellos tiempos no había beatniks.

–¿Verdad que son espantosos? Hacen que uno se pregunte por qué seguimos en la brecha.

–Supongo que tú sigues en la brecha, o tal vez debería decir «nosotros».

–Sí -dijo secamente Jimmie Theodora-. Y sí, harías condenadamente bien diciendo «nosotros».

« Es "nosotros" si tú lo dices», pensó Hale mientras seguía al anciano por la hierba mojada, no muy seguro de si el pensarlo lo llenaba de alegría o de amargura.

El día del funeral de su madre en Stow-on-the-Wold había amanecido soleado, pero al igual que ocurría con muchos días así en los Cotswolds,

hacia el mediodía ya se había vuelto lluvioso, y el disperso grupito de afligidos, inmóvil sobre la hierba junto a la tumba, se había apelotonado debajo de relucientes paraguas negros. Eran tenderos y vecinos de Chipping Campden, casi todos amigos del abuelo de Andrew; pero el muchacho solemne y asustado había entrevisto una cara al fondo del grupo que estuvo seguro reconocía de aquel viaje a Londres el día de su primera comunión, seis años antes. Había liberado su mano de la de su abuelo para alejarse lentamente de la tumba en dirección al hombre de los cabellos negros, pero entonces había visto el fruncimiento de ceño sorprendido y admonitorio en aquella cara que tan bien recordaba, y a continuación el hombre de los cabellos negros sencillamente se había esfumado de pronto, dejando de estar presente. Posteriormente Andrew había llegado a la conclusión de que el hombre debía de haber retrocedido hasta dejar de ser visible para ponerse rápidamente un disfraz (¿bigote postizo? ¿insertos en las mejillas, postura opuesta a la anterior, la sucia camisa de trabajo de un sacristán debajo de la chaqueta y la pechera almidonada descartadas rápidamente?), pero aquella mañana se había tambaleado entre los afligidos clamando llorosa y estúpidamente: «¿Señor? ¿Señor?», dado que ni siquiera sabía cómo se llamaba aquel hombre. Jimmie Theodora sin duda se habría sentido avergonzado por su comportamiento y había salido discretamente de escena lo antes posible.

Los sacerdotes de St. John's conocían el nombre y la dirección de un abogado con el que la madre de Andrew había estado en contacto, el cual resultó ser un hombrecillo con forma de pera llamado Corliss, y después del funeral el abogado llevó en coche a Andrew y a su abuelo a un despacho en Cirencester. Allí Corliss había explicado que el tío (había hecho una pausa antes de la palabra, y la había pronunciado tan clara y deliberadamente que ni siquiera el abuelo de Andrew se había molestado en objetar que tal persona no existía), que había costeado el sustento y la instrucción de Andrew, continuaría haciéndolo, pero que ya no se podría persuadir a su benefactor de que una escuela católica y tan cara como St. John's fuese apropiada. El abuelo de Andrew había adoptado una postura más cómoda en su asiento al oír aquello, claramente complacido. Andrew asistiría a la Escuela para Muchachos Ciudad de Londres y, por cierto, tendría que añadir a su programa académico el estudio del alemán.

Durante el largo trayecto de vuelta en dirección sur hacia Windsor, donde Andrew al menos podría terminar el curso en St. John's, su abuelo había aconsejado con voz seca y malhumorada al muchacho de trece años que ingresara en el Cuerpo de Entrenamiento de Oficiales apenas pudiera hacerlo: con Hitler convertido en canciller, la guerra con Alemania se había vuelto inevitable, le había dicho el anciano, e incluso el ciegamente optimista primer ministro Baldwin había admitido que la fuerza aérea alemana era muy superior a la británica. Pero el abuelo de Andrew era un viejo soldado, que había combatido con Kitchener en Sudán, y en Sudáfrica durante la guerra contra los bóers, y Andrew no se había tomado muy en serio las predicciones apocalípticas del anciano de bombas cayendo sobre Londres. En aquel entonces el único objetivo de Andrew, que ya sabía que no debía confiar al viejo anglicano encorvado sobre el volante a su derecha, había sido una vaga intención de llegar a ser sacerdote jesuita algún día.

En el curso de un año, aquella frágil ambición había quedado olvidada.

Por aquel entonces, la Escuela Ciudad de Londres se hallaba ubicada en un edificio de cuatro pisos de ladrillo rojo con una fachada majestuosamente adornada por pilastras, en el muelle Victoria justo al lado del puente de Blackfriars y la nueva casa Unilever con todas sus estatuas de mármol entre las columnas del peristilo del quinto piso. Y sólo había un paseo corto hasta los patios de los tribunales en el Temple, donde se veían abogados con pelucas y togas cruzando apresuradamente las salas de piedra gris con arcadas; y hasta el nuevo edificio del Daily Express en Fleet Street, el cual ya se conocía como la Lubianka Negra debido a su arquitectura de cristal negro y cromo estilo art déco. Al igual que el resto de los chicos de la escuela, Andrew llevaba una chaqueta negra y pantalones a rayas, se las daba de sofisticado y su nueva meta era la de llegar a ser abogado o corresponsal extranjero para algún periódico de prestigio.

Todos los chicos mayores, envidiablemente autorizados a utilizar la entrada de que disponía la escuela en el muelle Victoria y a almorzar en la City, parecían entender mucho de política y conocer el mundo. Algunos, tan cautivados por los noticiarios de los espléndidos Juegos Olímpicos

celebrados en Berlín como por cualquier otra razón, se suscribían a Alemania Hoy y estaban a favor de la posición proalemana del príncipe de Gales, que a principios de 1936 se había convertido en el rey Eduardo VIII.

Otros se apasionaban por el marxismo y los valerosos republicanos trotskistas que libraban una guerra perdida contra los rebeldes fascistas en España. Todo aquello le había parecido muy remoto a Andrew, y había tendido a quedar tibiamente convencido por el último argumento que se hubiera sacado a relucir. Cualquier decisión acerca del consejo de su abuelo le había sido arrebatada de las manos cuando absolutamente todos los muchachos de la Escuela Ciudad de Londres fueron enrolados en el Cuerpo de Entrenamiento de Oficiales, con lo que dos veces a la semana Andrew tuvo que ponerse su pequeño uniforme caqui y subir a un autobús para ir a un campo de tiro y disparar obedientemente a los blancos con un viejo rifle del calibre trescientos tres cargado con balas del veintidós. La idea de que realmente fuera a haber una guerra, no obstante, era tan exótica y remota como el matrimonio o la muerte.

Pero Eduardo VIII abdicó para contraer matrimonio con una divorciada americana, los rusos y los alemanes firmaron un pacto por el cual se comprometían a no atacarse los unos a los otros, y el Parlamento promulgó una ley declarando que las fuerzas armadas reclutarían a los varones que tuvieran veinte años. Y en septiembre de 1939 los periódicos anunciaron que Alemania había invadido Polonia y que Inglaterra le había declarado la guerra, y todos los muchachos fueron evacuados al Haslemere College, en Surrey, a unos sesenta kilómetros al suroeste de Londres.

Durante ocho meses, en los que no sucedió nada digno de mención, Andrew vivió con otros dos chicos en una cabaña que en invierno se volvía tan fría que el orinal y su contenido se helaban, y acudió a clases improvisadas en los, a esas alturas, ya muy abarrotados edificios de Haslemere College. En mayo de 1940, el ejército alemán finalmente volvió a ponerse en movimiento, barriéndolo todo a su paso a través de Holanda y Bélgica, y el gobierno del primer ministro Chamberlain se vino abajo para ser sustituido por el Gobierno Nacional de Churchill; y en septiembre las bombas comenzaron a caer sobre Londres.