Declara

Tim Powers · Capítulo 2 de 24

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Declara

Prólogo

de Churchill entre 1952 y 1965

PRÓLOGO

Monte Ararat, 1948

… Desde detrás de aquel escarpado risco que era hasta entonces el confín del horizonte, una enorme cima, negra e inmensa, como con voluntario poder instintivo,

irguió la cabeza. Golpeé una y otra vez

y, creciendo aún más en estatura, la lúgubre silueta se alzó entre mí y las estrellas, y además,

pues así parecía, dotada de un propósito propio y un movimiento tan regular como el de un ser vivo, echó a andar en pos de mí.

William Wordsworth, El Preludio, 381-389

Las manos ensangrentadas del joven capitán se pegaron al volante mientras hacía retroceder cautelosamente el jeep en una curva cerrada para sacarlo

del sendero embarrado, lleno de roderas, y dirigirlo hacia un saliente nevado que resplandecía bajo la claridad intermitente de la luna en el límite del desfiladero. Pareció que la mano izquierda se le quedaba paralizada sobre el pomo de la palanca del cambio de marchas después de que la hubiera bajado hacia él para elevarla hasta poner la primera. Llevaba una hora descendiendo lentamente en marcha atrás por el sendero de montaña mientras miraba por encima del hombro la oscura ruta, pero la inmensa cúspide del monte Ararat no se había empequeñecido en lo más mínimo.

Todavía eclipsaba la mitad del cielo nocturno sobre su cabeza, y el capitán necesitaba por encima de todo alejarse de ella.

Flexionó los dedos entumecidos por el frío sobre el pomo de la palanca del cambio de marchas, los apartó y encendió los faros. Sólo uno se iluminó, pero el súbito resplandor fue deslumbrante y el capitán contempló con ojos entornados a través del parabrisas hecho pedazos la pared rocosa del desfiladero y las huellas de neumáticos en el barro mientras hacía girar el volante para emprender el descenso por el estrecho camino de cabras.

Todavía jadeaba, y el aliento le salía bruscamente de la boca abierta en chorros de vapor. Por fin podía ir un poco más deprisa, pues ya no iba marcha atrás. El jeep se bamboleaba sobre los amortiguadores maltratados y el motor de cuatro cilindros rugía en primera, sin correr ya el riesgo de calarse.

Estaba razonablemente seguro de que nueve hombres habían huido sendero abajo hacía una hora. Esperaba fervientemente que hasta cuatro de ellos pudieran ser supervivientes del grupo del SAS al que había conducido desfiladero arriba, y que hubieran logrado encontrar alguna manera de no perder el juicio.

Pero tenía la piel de la cara tirante por las lágrimas que se habían secado encima de ella, y no estaba del todo seguro de que él mismo no hubiera perdido el juicio; y, a diferencia de sus hombres, en cierto modo él sí que había estado preparado para lo que los había estado esperando allí. Al menos él había sabido cómo esquivarlo, y se sentía profundamente avergonzado.