Declara
Catorce
helicóptero podría tomar tierra con aquel viento-. Necesito saber si la piedra meteorítica ya está en la montaña, y averiguar si pueden mandar un…
Pero ya podía oír el lejano zumbido de un helicóptero en los desfiladeros de la montaña.
–¡Encended las antorchas alrededor del claro! – gritó el khan, haciendo una seña a los hombres que habían acudido a la estrecha calle. Y cuando los hombres hubieron respondido con un grito de asentimiento y se fueron corriendo, el khan se volvió hacia Hale, su rostro invisible en la negra silueta de su cabeza-. He de darte un talismán para lo que vas a tratar de hacer esta noche. Es un trozo de piedra negra no más grande que tu puño, pero fue arrancado de uno de los fantasmas de piedra sin mente de los djinns, que andan por el desierto. Los djinns vivos se sentirán repelidos por él, creo. – Tomó la mano de Hale y se la apretó-. Triunfa, mátalos y regresa aquí en primavera.
CATORCE
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Ararat, 1948
Y Gilgamesh dijo: «Soñé que estábamos en un profundo desfiladero de las montañas, y en él nosotros dos parecíamos ser como diminutos insectos; y una avalancha cayó sobre nosotros desde la cima de la montaña».
Gilgamesh, II
El helicóptero había sido uno de los nuevos Bristol 171 Sycamore, pintado con los tonos marrón y negro del camuflaje de montaña, y después de que el vendaval creado por su descenso hubiese apagado la mitad de las antorchas que delimitaban el claro y el aparato hubiera iniciado un momentáneo y tambaleante descanso sobre sus tres ruedas, Hale había corrido agazapado bajo las palas de madera que seguían girando lentamente y había subido a él, y luego el motor de pistones Alvin Leónides había rugido como una ametralladora cuando el helicóptero volvió a despegar. El motor hacía demasiado ruido para que Hale intentara hablar con el piloto, incluso en el caso de que éste no hubiera llevado puestos los auriculares de radio, por lo que se conformó con seguir sentado en el bamboleante asiento de pasajeros, aferrando la piedra negra que le había dado el khan, y se dedicó a contemplar cómo el punto negro en el gris del horizonte que era el monte Ararat iba acercándose más y más conforme el helicóptero recorría los cuarenta y cinco kilómetros que los separaban de él a la velocidad de ciento cincuenta kilómetros por hora. Debajo de su codo izquierdo podía ver la reluciente línea punteada de las antorchas quedando atrás en un tenue parpadeo, como lentas balas trazadoras.
El piloto vestía de caqui y llevaba una boina que en la oscuridad parecía ser del mismo color. Durante la guerra, los miembros de los comandos del Servicio Aéreo Especial habían llevado boinas beige, pero el SAS había sido disuelto una vez terminada la guerra y, subsiguientemente, el Departamento de Guerra había creado un regimiento SAS dentro del
antiguo Regimiento Territorial del Ejército conocido como los Rifles de los Artistas, pero Hale tenía entendido que llevaban una boina marrón. ¿Habría sobrevivido el viejo SAS, de manera encubierta? ¿Iba a ser aquella operación en el monte Ararat un esfuerzo conjunto entre el SOE fugitivo y el SAS fugitivo?
La negra estribación de la montaña había eclipsado el púrpura del oeste del cielo cuando el helicóptero empezó a descender, y aunque el piloto no volaba con las luces encendidas y Hale no podía distinguir ningún accidente geográfico en el suelo, el aparato se posó suavemente en un campo de hierba junto a un sendero de tierra para quedar inmóvil con una última flexión. A la tenue luz de la luna, Hale vio que aquella llanura situada debajo de la montaña estaba tachonada de peñascos angulosos, y aunque sabía que sólo eran los escombros que habían rodado montaña abajo por el desfiladero de Ahora durante uno de los terremotos del siglo xix, se acordó de los fantasmas de piedra que habían surgido de los pozos muertos de Wabar, y sujetó con más firmeza la piedra negra del khan.
El piloto había apagado inmediatamente el motor, y se quitó los auriculares mientras los repiqueteantes rotores ya desprovistos de energía empezaban a girar más lentamente.
–Aún faltan unos cinco kilómetros para llegar al desfiladero -dijo con un marcado acento de Yorkshire-, pero no puedo prometerle que los rusos no hayan oído el motor.
–¿Los rusos están aquí arriba? – preguntó Hale mientras abría la puerta y bajaba a la sólida tierra cubierta de hierba. El viento del este se había vuelto más frío, y deseó que su chaqueta acolchada kurda tuviera mangas-. ¿Y la piedra? ¿Ya la han llevado al desfiladero?
–Hable con él -dijo el piloto, señalando con la cabeza por encima del hombro de Hale.
Hale se volvió rápidamente… y dio un brinco, porque a sólo dos metros frente a él había un hombre que llevaba una cazadora gris. Y un instante
después la luz de la luna filtrada por las nubes le permitió ver que había cuatro hombres inmóviles detrás de aquél, y que lo que había parecido ser un pequeño promontorio acababa de quedar revelado como dos jeeps Willys pintados de camuflaje y una pila de bicicletas, con una lona cayendo lentamente al suelo detrás de ellas. Los cinco hombres iban armados con metralletas Sten, sus característicos largos cargadores horizontales sobresaliendo detrás de ellos como las empuñaduras de grandes sables.
–Soy el teniente coronel Shannon, capitán Hale -dijo el más próximo de los hombres, sin ninguna ironía-. El grupo ruso atravesó la frontera hará cosa de media hora. Van vestidos como pastores kurdos, y poco faltó para que no los viéramos: los pogranichniki organizaron un gran alboroto seis kilómetros al sur, con focos y tiroteos, mientras ellos cruzaban en la oscuridad por un agujero en la alambrada, justo debajo de una torre de vigilancia que tenía las luces apagadas. Clara complicidad soviética, ¿no? Y
para aquel entonces a los soldados turcos ya se les había ordenado que fueran hacia el sur, donde estaba todo el jaleo, como refuerzos. Los rusos fueron recibidos en este lado por otro grupo con un camión, y luego todos subieron por la cañada con los faros del camión apagados.
Hale tomó nota mentalmente de que luego tendría que averiguar quién había ordenado a los centinelas turcos que abandonaran su puesto.
–¿Y la piedra shihab, el meteorito de hierro?
–Terminamos de colocar su piedra en lo alto del desfiladero de Ahora cuando faltaba poco para que anocheciera, señor: la han lijado y le han hecho incisiones para que se fragmente de una manera lo más amplia posible, y tiene dos bombas Lewes metidas debajo, con cargas de acción retardada, listas para ser ajustadas. Íbamos a llevar el refugio antiaéreo Anderson de los excedentes de guerra, pero está claro que ahora ya no hay tiempo para eso: lo dejaremos aquí. – Señaló más allá de los jeeps y Hale distinguió en el oscuro campo la curva ondulada del techo de acero, como una carreta de la frontera del Oeste, cuya visión había sido tan familiar en los solares bombardeados de Londres hacía cuatro años.
La luna daba suficiente luz para que Hale pudiera distinguir la mancha más pálida en la parte delantera de la boina del teniente coronel, con la forma de escudo de la insignia de la gorra del SAS. Se acordó de que la insignia del SAS había sido una daga alada encima del lema quien osa, gana, y recordó haber oído decir que la forma de las alas había sido tomada de antiguos dibujos egipcios de escarabajos alados. Aquellos hombres, pensó con abatimiento, quizá no se mostrarían demasiado escépticos acerca de los ankhs.
Durante la guerra, el SAS había llevado a cabo trabajos de demolición clandestina mortíferamente efectivos en el norte de África, así como en Alemania e Italia. Sus únicos fracasos habían tenido lugar en operaciones que habían sido planeadas por otras agencias; y Hale esperaba que aquella expedición al monte Ararat, planeada por el SOE, no fuese otro.
–¿Tienen la sangre? – preguntó, en un tono bastante hosco porque lo avergonzaba estar hablando de los usos más repugnantes de la magia con aquellos endurecidos soldados profesionales-. ¿Las bolsas de los suministros médicos?
–La tenemos, señor -respondió Shannon estoicamente-. Están en una funda de cantimplora de una malla del treinta y siete, que usted mismo llevará. –
Tosió y escupió-. Podemos ir en coche -siguió diciendo en un tono más normal-, y llegar allí arriba bastante deprisa y haciendo mucho ruido, o subir a las bicicletas. De cualquiera de las dos maneras, habrá que andar un rato cuando hayamos llegado al sitio donde el camino termina volviéndose excesivamente empinado para las ruedas. Nada demasiado agotador, eso sí.
« ¿En coche -pensó Hale nerviosamente-, o en bicicleta? »
–Espero que cuando la lijaron no eliminaran todos los agujeros burbuja de la piedra -dijo, casi distraídamente, mientras sopesaba las alternativas.
Deseó haber tenido tiempo para instruir apropiadamente a aquellos hombres, como le había dicho Theodora que podría hacer.
–Las incisiones se han practicado en zigzag, señor. Nos dijeron que no
aserráramos ninguna de las burbujas.
Hale era consciente del peso del revólver del cuarenta y cinco de cañón recortado metido en la pistolera que llevaba debajo de la chaqueta, pero sus cinco centímetros escasos de cañón no servirían de mucho para disparar con precisión a ninguna distancia.
–Creo que les dieron instrucciones de que trajeran un arma para mí -dijo.
Uno de los hombres que esperaban junto al jeep más próximo se inclinó sobre la trasera de éste y cogió de ella otra metralleta Sten, cuya esquelética culata le pareció por un instante a Hale alguna especie de moderna muleta ortopédica.
–Muy bien. – Inspiró profundamente y exhaló-. Me parece que el ruido del motor de un jeep haría que…
Se calló, porque de pronto oyó el zumbido de un motor lejano por encima del viento y, a juzgar por el sonido y la cadencia de los cambios de marcha, le pareció que de hecho se trataba de un jeep, avanzando por algún lugar de la llanura cenagosa que había al sur.
« Exactamente -pensó-. Puedes oír al maldito trasto en kilómetros a la redonda. »
Y entonces oyó un retumbar sordo procedente de las montañas; e incluso a la luz de la luna pudo ver cómo el suelo del valle se ondulaba hacia el oeste, moviéndose en oleadas de sombra que se deslizaban velozmente a través de los pastizales dirigiéndose hacia él.
–¡Terremoto! – dijo, agazapándose en el mismo instante en que el suelo empezaba a sacudirse debajo de sus pies como la plataforma de un camión lanzado a toda velocidad; y a pesar de su postura, acabó pesadamente sentado sobre el terreno que daba brincos. El helicóptero crujió sobre sus ruedas y los amortiguadores de los jeeps chirriaron cuando los vehículos empezaron a bambolearse. Los rotores de dos metros del helicóptero ya
habían dejado de girar, pero subían y bajaban lentamente.
Cuando el suelo dejó de moverse y el retumbar se hubo alejado hacia el nublado este, Hale se inclinó hacia delante hasta quedar apoyado en las manos y las rodillas y alzó la mirada hacia la montaña. Los escarpados contornos del desfiladero estaban emborronados por nubes que parecían una humareda, y Hale supo que eran polvo o nieve, desprendidos de los riscos por la sacudida.
Y entonces se acordó del terremoto que había sacudido el solar lleno de escombros en Berlín, en el mismo instante en que el torbellino viviente había engullido el globo meteorológico suspendido encima de la embarcación árabe.
–Ya han empezado -dijo con voz entrecortada, poniéndose en pie y yendo hacia el jeep más cercano, que tenía un juego de muelles para la suspensión de repuesto atado a través del radiador como una boca incongruentemente risueña-. Los djinns están despiertos y han abierto las puertas. – Respiró hondo-. Las criaturas de ahí arriba son… Maldita sea, son genios,
¿entiende? Monstruos, como seres elementales de la tierra; no bromeo.
Utilicen las anclas, las cruces de hierro, a manera de escudo, para obligarlos a retroceder… igual que hacen con los crucifijos cuando se encuentran ante Drácula en las películas. Sus vidas dependen de ello. – Sudaba y jadeaba, y los rostros que podía ver eran escépticos y cuidadosamente neutrales-.
Tendremos que conducir, y deprisa. Al diablo con el ruido, porque esta noche ya hay un jeep acelerando ahí fuera.
–McNally -ordenó secamente Shannon-, usted llevará al capitán Hale, detrás del resto de nosotros.
Shannon y tres de sus hombres corrieron al otro jeep, mientras Hale se encaramaba al parachoques trasero del vehículo más próximo para sentarse en la plataforma de rugoso acero ondulado y coger la metralleta Sten.
–¿Han entendido lo que les he dicho acerca de las anclas? – casi gimoteó.
Por encima de los breves graznidos de los motores de los jeeps poniéndose en marcha, pudo oír cómo los hombres del otro vehículo replicaban afirmativamente.
–Entendido, señor -coreó enérgicamente el hombre que acababa de sentarse detrás del volante del jeep en el que iría Hale, cuyo nombre al parecer era McNally.
No fueron encendidos los faros, pero la brusca aceleración lanzó a Hale contra la compuerta trasera.
–¿Y comprenden que esta operación tiene mucho que ver con lo… con lo sobrenatural? – añadió en un chillido.
–¡Eso ya nos lo han dicho, señor! – gritó McNally por encima del rugir del motor-. Y lo creeremos cuando lo veamos.
El otro jeep abrió la marcha mientras aceleraban por el empinado sendero de tierra bajo la luz de la luna, y Hale se agarró a lo que pudo y trató de examinar la imponente montaña a través de la polvareda. Todavía no podía ver ningún torbellino, ni retazos de luz estelar reflejada en el cielo, pero tenía la sombría certeza de que el conductor no tardaría mucho en ver algún fenómeno sobrenatural.
Metió la mano por debajo de la camisa para sacar la bolsa de lona que contenía su ankh: la bolsa colgaba de un cordel que le rodeaba el cuello, y Hale dejó que la bolsa rebotara sobre la pechera de su chaqueta como un pesado escapulario, sabiendo que allí la tendría al alcance de la mano.
Entonces se acordó de echar hacia atrás el percutor de la metralleta que sostenía en el regazo y dejar que volviera a adelantarse con un seco chasquido, y de comprobar la palanca cambiadora para asegurarse de que el arma estaba ajustada en la posición de fuego automático. En cuanto hubo terminado empuñó la metralleta, pero mantuvo el dedo alejado de su enorme gatillo.
En cuestión de un minuto, los dos jeeps Willys ya habían iniciado el
ascenso por el desfiladero, ambos pasando audiblemente a la marcha reductora. El camino estaba lleno de barro, y el parabrisas del jeep de Hale no tardó en quedar salpicado y lleno de manchas. Los dos conductores todavía no habían encendido los faros, y Hale no entendía cómo McNally podía ver para conducir. Se dio cuenta de que ni siquiera los pilotos de freno del vehículo que iba delante destellaban, cuando éste reducía la velocidad de vez en cuando.
Unas cuantas chozas de barro se alzaban en la ladera del desfiladero, una de ellas medio derrumbada debajo de su techumbre de cañizo, y más allá de las chozas el camino se dividía, con un sendero alejándose hacia el sur para contornear las estribaciones de los riscos que había allí, y el otro procediendo más directamente hacia el muro norte del valle. La superficie del sendero que iba hacia el norte estaba surcada por las huellas recientes que habían dejado los neumáticos de un camión muy pesado, pero el conductor del jeep que abría la marcha dirigió su vehículo hacia el sendero del sur, a no menos de cincuenta kilómetros por hora, y el vehículo en el que iba Hale fue tras él meciéndose y dando tumbos.
« Sabían dónde tenían que poner la piedra shihab -se dijo Hale mientras se agarraba al bidón de gasolina colocado en el panel lateral, esperando que el vehículo no estuviera a punto de volcar-. Y saben cómo hay que hacerla estallar. Mi trabajo consiste en… utilizar la sangre para convocar a todos los djinns haciendo que bajen de las alturas al otro lado del desfiladero y acudan al área alrededor de la piedra; y buscar algún sitio donde ponerme a cubierto cuando vaya a producirse la explosión, sin ningún refugio antiaéreo, muchísimas gracias, Jimmie; y luego hacer que tanto yo como estos hombres volvamos a la llanura con vida. »
El desfiladero de Ahora era una larga muesca que se prolongaba desde el suroeste yendo montaña arriba hasta llegar al corazón de ésta, avanzando entre muros que habían sido partidos en líneas casi verticales por viejos terremotos, y lo único que Hale podía ver entre las intensas sombras proyectadas por la luna era manchas de nieve que relucían tenuemente junto al negro sendero. Los jeeps no tardaron en estar subiendo por un camino más empinado que, saltaba a la vista, no estaba hecho para vehículos de
motor, todavía avanzando colina arriba en línea recta a lo largo del flanco sur del desfiladero, y las ruedas giraban y se atascaban en el barro húmedo y pedregoso. Cuando volvió la mirada hacia el valle que se estrechaba junto al muro norte, Hale no vio rastro alguno de la expedición rusa en los lugares tenuemente más iluminados que probablemente fuesen claros y laderas nevadas, pero se sintió extrañamente impresionado por los imponentes riscos negros que dominaban el desfiladero asomándose por encima de él desde ambos lados, y por los parapetos y promontorios de nieve revelados por la luz de la luna sobre las cimas, justo debajo del cielo estrellado. La llanura en la que había tomado tierra el helicóptero se encontraba a más de mil quinientos metros por encima del nivel del mar. Los jeeps ya no podían hallarse muy lejos de la cota de los dos mil quinientos metros, por encima del cual los pastores armenios habían descubierto que sus ovejas morían sin ninguna razón aparente; y Hale deseó atreverse a gritar a los hombres del jeep que lo precedía, y decirles que el opresivo temor que erizaba aquel aire helado era una proyección de los djinns, y no una respuesta humana de origen natural.
« Al menos los rusos están ahí arriba en el lado norte del valle», pensó.
Estaba acurrucado en la plataforma del jeep, tratando de darse la vuelta para mirar por el lado izquierdo del parabrisas, cuando algo empezó a tirar de su chaqueta. Hale reprimió un grito, pero se apresuró a retroceder hacia la compuerta trasera mientras se daba manotazos en la ropa: algo se movía dentro de su bolsillo, y su primer pensamiento fue que se trataba de una rata.
Pero sus nudillos sintieron una dureza rocosa a través de la tela acolchada, y se tranquilizó un poco cuando comprendió que era la piedra que le había dado el khan. Metió cautelosamente la mano en el bolsillo, la cogió y la sacó, exponiéndola al aire; y se sintió confusamente sorprendido al darse cuenta de lo pesada que se había vuelto, y de que el peso se manifestaba en sentido lateral, mientras tiraba horizontalmente de él en dirección noreste, como si quisiera alejarse de la cima de la montaña.
« Está claro que no debo perderla -pensó-. Si se siente tan magnéticamente
repelida por la proximidad de los djinns , entonces ellos probablemente se sentirán repelidos por ella, tal como dijo el khan .
» Pero yo no quiero repeler a los djinns -se dijo a continuación mientras trataba de concentrarse encima de la bamboleante plataforma del jeep sacudido por las ráfagas de viento-. Y aun suponiendo que quisiera hacerlo, pronto, eso será… sería… un error. Necesito establecer contacto con las criaturas que viven en lo alto de esta montaña… para destruirlas, sí, ¡pero primero para verlas! Aunque pudiera mantener esta piedra escondida y amortiguada de alguna manera, el hecho de tenerla dentro de mi bolsillo podría convertirse en una irresistible tentación de utilizarla, en el caso de que esta operación se me fuera de las manos. »
Los tirones con los que la piedra intentaba alejarse de él se habían vuelto más vigorosos, hasta el extremo de que Hale tenía que usar ambas manos para sujetarla, apoyándose firmemente en el suelo del jeep con los pies, y se dijo que la piedra no tardaría en ser repelida con tal fuerza que, aunque la sujetara contra el suelo, terminaría deteniendo al jeep por muy desesperadamente que giraran las ruedas de éste.
« He de soltarla -pensó con cautelosa satisfacción-. Nadie podrá reprocharme que lo haya hecho. Te agradezco tu buena intención, Siamand Barakat Khan, pero…»
Volvió la cabeza hacia un lado todo lo que pudo y soltó la piedra; ésta salió disparada como una silenciosa bala de cañón hacia la noche por detrás de ellos.
Hale se limpió las palmas en la chaqueta y se obligó a seguir adelante. Se había comprometido con aquello, como Ulises atado al mástil, como Cortés después de haber quemado sus barcos en la costa mexicana.
Y entonces se dio cuenta de que aquellos cinco hombres también estaban comprometidos. Miró atrás, pero naturalmente la piedra ya se había perdido en la oscuridad, donde quizá rodaría montaña abajo hasta recorrer la totalidad de la inmensa distancia que la separaba de Wabar.
De pronto McNally gritó algo que sonó como: «¿Unos condenados caballos?».
El jeep que iba delante se había detenido enfrente de un blanco montículo de nieve que bloqueaba el camino, y en cuanto oyó que McNally dejaba caer el pie sobre el pedal del freno, Hale se agarró al respaldo del asiento de pasajeros para no desplomarse hacia delante cuando el jeep se detuvo con una brusca sacudida.
Y un instante después un escalofrío de terror le recorrió el pecho cuando una voz masculina resonó en la oscuridad por delante de él, hablando en turco por encima del gruñido de los motores en punto muerto. Hale no entendió las palabras, pero creyó reconocer las vocales un poco prolongadas de un acento francés; y en el mismo instante vio los caballos a los que se había referido McNally: dos siluetas de cuatro patas inmóviles a la derecha, tenuemente visibles sobre el gris de la nieve.
McNally se había inclinado hacia un lado por debajo del salpicadero para descolgar su arma, y Hale supo que los otros cuatro hombres del SAS
debían de haber hecho lo mismo, y que ya debían de estar dirigiéndolas hacia la voz.
– Qui étes vous? -gritó con desesperación. «¿Quiénes sois?» Apenas si podía distinguir el cañón de su metralleta Sten delante de él, meciéndose lentamente de un lado a otro mientras el motor del jeep traqueteaba en punto muerto.
La voz que había surgido de la oscuridad sonó enronquecida por la tensión cuando volvió a hablar, esta vez en francés.
–Bajen las armas. ¿Tienen palas? Nuestros compañeros están enterrados debajo de esta avalancha.
–¡No disparen! – gritó Hale en inglés a los hombres del SAS. Luego respiró hondo y gritó, en francés-: ¿Está Elena con ustedes? – Porque estaba claro
que aquél tenía que ser el equipo del SDECE llegado de Dogubayazit, y Hale necesitaba saber de inmediato si Elena era o no una de las personas que estaban enterradas bajo la nieve y ciertamente muertas.
–¡No disparen contra ellos! – gritó la voz tan bien recordada de Elena, y un sudor de alivio cubrió la frente de Hale-. Andrew Hale, ¿eres tú?
–¡Son del SDECE! – gritó Hale en inglés-. Franceses… aliados. ¡Elena! ¡Sí!
–Maldición -gruñó uno de los hombres del otro jeep.
McNally se había incorporado, y un instante después apagó el motor y empezó a salir del vehículo con la metralleta todavía en las manos.
–Ahora iremos a pie -dijo a Hale en voz baja-, recorriendo una distancia un poco mayor de lo que habíamos planeado. Ni siquiera los caballos servirían de algo a partir de aquí arriba. Tiene que colgarse la malla con sus…
suministros médicos dentro de ella.
También habían apagado el otro motor, y en el súbito silencio lleno de ecos, Hale pudo oír el repiqueteo de una cascada resonando en la oscuridad por delante de ellos. El aire se había vuelto frío y tenue en sus fosas nasales, pero parecía vibrar lentamente como con una especie de tono subsónico, y Hale se sintió un poco humillado cuando descubrió que tenía que hacer un considerable esfuerzo de voluntad para abandonar el familiar asiento trasero y bajar del jeep a aquel fangoso suelo extranjero, mientras se colgaba el arma del hombro. Sentía cómo le temblaban las rodillas, y el frío le había entumecido las manos.
–¡Andrew! – gritó la voz de Elena-. ¿Tienes herramientas para cavar trincheras? ¡Ayúdanos a cavar!
–La piedra se encuentra a unos cien metros ladera arriba, señor -dijo McNally, que era una mancha borrosa en la oscuridad-, junto a la cascada que está oyendo.
Hale asintió tensamente, aunque el gesto no podía ser visto. « No puedo, Elena -pensó-. Ni siquiera puedo ordenar a ninguno de estos hombres que lo haga. ¿Por qué demonios has tenido que subir aquí esta noche? »
–¿Dónde está la sangre? – preguntó a McNally…
… y la pregunta pareció seguir resonando una y otra vez dentro de su cabeza, como si…
… de pronto, un destello cegador de luz blanca delante de él grabó a fuego las siluetas de McNally y del marco del parabrisas del jeep en las retinas de Hale, y un instante después la noche fue desgarrada por el tartamudeante estrépito de los disparos.
Hale había apoyado las manos en el parachoques del jeep, y a pesar de que tenía los dedos entumecidos sintió los impactos martilleantes que sacudieron la estructura de acero del vehículo un instante antes de que se encontrara cayendo de rodillas sobre el barro helado, en la parte del camino alejada del muro sur del desfiladero. Aquel estruendo incesante y ensordecedor hizo que le costara bastante descolgarse el arma del hombro, y antes de que hubiera conseguido empuñarla vio, en la iluminación blanquinegra cortante como una navaja de la bengala de magnesio que ardía en el camino un poco más adelante, cómo el cuerpo de McNally se desplomaba sobre el barro mezclado con nieve junto a la rueda delantera derecha del jeep, con los ojos muy abiertos y la garganta súbitamente reventada por un impacto.
Sangre negra manó de la herida en un gran chorro, y la mente de Hale gimoteó en una protesta nacida del más puro terror al ver cómo las relucientes gotas negras subían lentamente por el aire, cual cuentas de obsidiana cayendo a través de glicerina.
Todavía podía oír su voz preguntando dónde estaba la sangre.
Una ráfaga de viento del norte lanzó a Hale contra la embarrada rueda trasera, y sus fosas nasales se dilataron al percibir el rancio y aceitoso olor
metálico.
Su sentido del equilibrio se había esfumado y, pensando que otro terremoto estaba haciendo temblar la montaña, levantó la metralleta para protegerse los ojos del resplandor de la bengala y alzó la vista hacia las masas de nieve que cubrían los riscos del desfiladero; pero entonces fue el cielo lo que lo obligó a enseñar los dientes en una mueca de consternación. A pesar de la neblina luminosa, Hale pudo ver que la negra bóveda estrellada que cubría el mundo giraba pesadamente mientras que todo el desfiladero parecía girar recíprocamente en sentido opuesto, moviéndose con lento, pero creciente ímpetu.
Y entonces una voz como un volcán repicó desde las rocosas alturas del monte Ararat, haciendo detonar los pensamientos de Hale en una explosión que los dispersó en todas direcciones como pájaros asustados; sus lentas sílabas palpitantes se expresaban en árabe, y Hale captó entre ellas la palabra para «hermanos»; y sintió cómo su mano izquierda se cerraba sobre la bolsa de lona que colgaba de su cuello, buscando ponerse a cubierto sin más volición consciente que la de un insecto asustado que corretea frenéticamente en busca de algún refugio. Con la mano derecha, Hale extrajo torpemente el ankh de hierro.
El ankh parecía estar muy caliente en su frío puño, y sirvió como ancla para sus pensamientos: « Agítalo, hazlos retroceder…».
Pero cuando empujó la cruz de hierro a través de la resistencia del aire helado, ésta fue bruscamente arrastrada hacia arriba con una violencia que le desgarró la piel de la palma.
El cuerpo de McNally había permanecido erguido bajo la luz blanca durante todo ese tiempo, pero entonces sus brazos cayeron de pronto y luego se estiraron rígidamente por encima de la bamboleante cabeza. Un instante después el cuerpo había sido bruscamente incorporado sobre los dedos de los pies, y luego éstos dejaron de estar en contacto con el suelo y el cuerpo quedó suspendido en el aire sin ningún punto de apoyo.
« Tendría que haber conservado la piedra del khan», pensó Hale con desesperación.
Y entonces su pecho fue súbitamente comprimido como entre un pulgar y un índice gigantes, y se vio alzado en vilo por una fuerza invisible y, sólo por un instante, quedó suspendido en una postura medio arrodillada, vuelto hacia el jeep sin que sus rodillas tocaran el suelo y con las puntas de los pies metidas en el barro. El cuerpo de McNally ascendía rápidamente en el vacío muy por encima de él en el cielo giratorio, y Hale supo que él no tardaría en seguir la ascensión de aquel cuerpo…
Y su índice derecho, acordándose neuralmente de la tecla de transmisión, empezó a estremecerse dentro del guardamonte del gatillo de la metralleta Sten para describir el viejo ritmo clochard de la sacudida y el salto mientras disparaba el arma.
El cañón estaba dirigido hacia el neumático trasero derecho del jeep, y una erupción de nieve y barro se esparció sobre el rostro de Hale cuando el neumático estalló y el extremo trasero del jeep se desplomó sobre sus amortiguadores; pero un instante después sus rodillas se incrustaron en el barro cuando la mano invisible lo soltó repentinamente, y se obligó a sostener el arma que saltaba en sus manos mientras seguía tamborileando aquel redoble que no tenía nada de humano.
En los escasos segundos que hicieron falta para que el cargador quedara vacío, el pulso y la respiración de Hale ya habían adoptado el ritmo
palpitante; y se apresuró a dejar caer el arma e incorporarse para martillear el compás encima del parachoques con sus puños entumecidos.
Y entonces todo aquel terrible estrépito cesó al mismo tiempo, no como si Hale se hubiera vuelto sordo, sino como si un silencioso oleaje negro hubiera engullido al desfiladero. La bengala ardía a su derecha con un resplandor entre dorado y anaranjado, y el tiroteo parecía sin duda haber parado, aunque podía ver puntos de rojo humeante en la oscuridad debajo del muro sur del desfiladero, al otro lado del jeep. Los cartuchos expulsados por la metralleta Sten relucían bajo la luz ambarina y aunque los casquillos de latón giraban lentamente en el vacío, no caían del aire.
Como si el ritmo que había pasado a definir la totalidad del ser de Hale constituyera una frecuencia pareja sintonizada, de pronto se encontró tomando parte en un marco de referencia vertiginosamente más grande, una perspectiva mucho más enorme.
Ya no parecía que estuviera en su propio cuerpo, ni que pensara con la mente de Andrew Hale. Ahora miraba hacia abajo sobre el monte Ararat, y con una perspectiva mucho más amplia que la de un par de ojos humanos.
Inclinándose sobre el desfiladero, sostenía el cuerpo de McNally en una mano hecha de viento; y aquel cuerpo humano que se precipitaba hacia arriba, con sus movimientos aleatorios y su apariencia inmutable, no era menos expresivo que los hombres vivos. A otro lado de la figura de McNally podía ver a otros hombres, y sus contorsiones aprisionadas no encerraban ningún significado, y las ropas y el cabello que eran sus sustancias se mantenían tan imbécilmente constantes como las formas de los riscos. Pensamiento e identidad consistían en una inquietud emocional,
el verbo en el saltar de las piedras, el arremolinarse de la alegría en infinitos granos de arena dentro de una tormenta, las preguntas en la lluvia que caía y las respuestas en la burbujeante liberación del agua cuando se convertía en un estallido de vapor, expresada a través de kilómetros enteros de desierto o de mar encrespado; y los hombres únicamente podían contribuir a todo aquel vibrante diálogo con aseveraciones accidentales, como los aviones y las balas que desplazaban a través del aire, o las estrechas secuencias de ondas que proyectaban desde sus bocas para arrugar el aire y desde sus radios para aplanar los campos del cielo.
« Hermanos…» Sólo cuando los hombres eran partidos por la mitad, en la mente al igual que en el cuerpo, y de tal manera que una mitad pudiera moverse en un deliberado contrapunto con la otra, pasaban a ser capaces de expresar pensamientos comprensibles. Pero aquel que existía a ambos lados del desfiladero había sido catastróficamente dividido por segunda vez, y a consecuencia de ello había vuelto a hundirse en la más opaca idiotez.
Llevaba consigo un diamante rafik, un emblema de parentesco con los vertiginosos poderes del cielo, pero el mensaje o la petición que había traído a la montaña se había perdido en una confusión de movimientos enfrentados.
Hale sintió cómo su identidad subsumida se flexionaba con un decidido esfuerzo, y un instante después las piernas de McNally se habían convertido en una ruina aplastada que se separaba del cuerpo para caer… y en el instante anterior a su horrorizado rechazo a aquella participación incorpórea, Hale saboreó la sangre caliente, los huesos astillados y la tela caqui del uniforme desgarrado.
Los djinns estaban comiéndose a los hombres en el cielo y Hale, que compartía la identidad de los djinns porque se había alineado con su peculiar frecuencia, lo hacía con ellos, en ellos.
« Dios, ¿por qué he tenido que soltar la piedra? »
Hale obligó a sus manos y a sus pulmones a que dejaran de moverse al compás de aquel ritmo; el horror ya había convertido su pulso en un caos
entrecortado.
Y entonces se hundió con un súbito peso y volvió a encontrarse de pie junto al jeep en el desfiladero embarrado, bajo el viento helado. Gritos bruscamente interrumpidos resonaron en sus oídos, algunos de los cuales venían del cielo, y gotas oscuras que tenían que ser sangre caían sobre el parachoques del jeep y encima de sus manos. Las ráfagas entrecortadas de las armas automáticas seguían surcando el aire, pero los destellos con que las bocas de los cañones acompañaban cada disparo habían pasado a ir dirigidos hacia el cielo; y un instante después la respiración que se convertía en vapor fue bruscamente expulsada del pecho de Hale cuando se encontró siendo nuevamente arrastrado hacia arriba con una aterradora fuerza física.
Su puño volvió a teclear automáticamente los ritmos de transmisión encima del parachoques mojado, y el aliento que pugnaba por salir de su garganta trazó el compás reanudado en una forzada serie de toses.
Su pulso volvió a adoptar la misma cadencia con una última y devastadora palpitación, y la perspectiva más grande volvió a ser suya de nuevo; y esta vez Hale fue consciente de que había otro humano participando en aquellos caprichos ajenos a la humanidad. Pero la música que lo definía se expresaba en una clave u octava distinta, y Hale supo que era la clase de humano al que se llamaba mujer.
Un pensamiento de Hale destelló velozmente a través de su consciencia subsumida, centrado en Elena. Ella también estaba logrando escapar al terrible destino sufrido por los hombres de Hale alineando su frecuencia con los djinns, tal como ambos habían hecho en París.
Y en aquel instante, ella también compartía la consunción de los cuerpos tercamente resistentes que iban dando tumbos por los aires sobre los campos nevados de la cima del monte Ararat. Rindiéndose impotentemente a las voluntades trascendentes de los ángeles caídos, las chispas que eran Hale y Elena se movieron en concierto con éstos mientras los cuerpos eran hechos pedazos; y a las dos tenues chispas en que se habían convertido no
les quedó otra opción que admitir que era únicamente en aquel desmembramiento esparcido a los cuatro vientos donde los hombres, en la muerte, alcanzaban algo parecido al significado coherente.
No todos los hombres del desfiladero habían sido arrebatados hacia las alturas: a algunos se les había dado muerte para dejarlos tirados en el barro, y Hale fue consciente de tres que doblaban y desdoblaban sus formas autistas para descender hacia la llanura, saliendo de la montaña; pero incluso las pautas geométricas que formaban mientras se movían carecían de significado consciente, y Hale, junto con la voluntad de los cielos, no les hizo caso.
En vez de prestarles atención, se encontró mirando arriba.
La más alta de las nubes plateadas por la luna formó gigantescas escalinatas para crear celosías y balcones entre las estrellas, y la música se volvió completa y comprensible con el compás de fondo formado por la radiación infrarroja en la tierra y los estridentes arpegios del viento solar y la dispersión de las partículas ionizadas en los vastos salones de los estratos superiores de la atmósfera. La danza era eterna, desafiante y fascinante sin límite, veloz como un arco de relámpagos que abarcara la totalidad del horizonte de uno a otro confín, y tan lenta como el deslizarse de los continentes sobre sus pies de basalto.
El nódulo de identidad que era conscientemente Hale debía tener mucho cuidado para no disiparse en una súbita flexión con los ángeles en el cielo o en el pétreo corazón de la montaña; y pasado cierto período de tiempo, se dio cuenta de que era pequeño y discreto, de que estaba solo y de que era Andrew Hale, el capitán Andrew Hale del SOE fugitivo, de veintiséis años de edad y… profundamente desgraciado.
Estaba arrodillado sobre el barro junto al neumático trasero hecho pedazos del jeep, y la bengala de magnesio se había apagado, dejando el desfiladero sumido en la oscuridad. Únicamente el silbido del viento helado deslizándose sobre enormes riscos de piedra se entrometía en el silencio de la montaña; y cuando Hale se incorporó sobre sus temblorosas piernas supo
que no serviría de nada llamar a sus compañeros del SAS: o habían muerto en la emboscada, o habían ascendido al cielo en vida, o habían huido sendero abajo.
Entonces oyó ruido de pies a unos cuantos metros de él, y un instante después un estridente relincho y el húmedo chasquido de cascos moviéndose sobre el barro. Al parecer, por lo menos uno de los caballos había sobrevivido y alguien había conseguido montarlo.
Hale había retrocedido tambaleándose ante aquel ruido tan inesperado.
–¿Quién está ahí? – gritó de forma áspera Elena en francés.
–Elena… -se obligó a graznar Hale, que apenas se atrevía a hablar después del horror de la experiencia que habían compartido-. Soy yo, Andrew…
–¡Aj! No te me acerques, cannibale.
Entrevió una forma que se movía rápidamente en la oscuridad, y un segundo después el caballo ya había pasado junto a él y el estrépito de sus cascos se alejaba velozmente ladera invisible abajo.
Hale hubiese querido responderle gritándole el plural de la palabra que ella acababa de emplear, « Cannibales! », pero en su desesperación no tuvo más remedio que estar de acuerdo con su enjuiciamiento de él. La pregunta que había hecho hacía un rato volvió a resonar en su cabeza: « ¿Dónde está la sangre? », y supo que la sangre estaba en sus manos… y en sus mismos labios, moral ya que no literalmente.
Aparentemente Elena se había llevado el único caballo que quedaba, pero el otro jeep seguía allí; y cuando Hale cojeó por el barro hasta llegar a él, pudo distinguirlo lo bastante bien para que su posición le indicara que los neumáticos todavía estaban hinchados. Sintiéndose inmensamente viejo, despreciable y triste, se instaló cansadamente en el asiento del conductor y obligó a sus dedos helados a que presionaran el arranque; y cuando el motor rugió cobrando una cálida vida, puso la marcha atrás y, volviéndose en el
asiento para mirar colina abajo a través de la nubecilla de su aliento, empezó a bajar muy poco a poco.
Llevaba recorridos unos cuantos metros cuando se dio cuenta de que sus jadeos se habían convertido en sollozos.
Algunos de los hombres del SAS tenían que haber sobrevivido.
Reconocerían el jeep por su sonido y lo reconocerían a él en la penumbra, si se fijaban lo suficiente. « McNally está muerto», se dijo, pero los otros cuatro todavía podrían estar vivos. Habrían dispuesto de unos momentos para ponerse a cubierto entre el resplandor de la bengala y el inicio del tiroteo y… « Y ellos no pueden saber que yo he participado en sus muertes, en algunas de las muertes, sin poderlo evitar…»
Pero entonces se acordó de las ráfagas de fuego automático que habían llovido sobre los jeeps, y se estremeció. La emboscada tenía que haber sido tendida por los rusos, pero ¿cómo habían sabido los rusos que debían esperar allí, junto al muro sur? ¿Habrían visto a los hombres del SAS
mientras colocaban la piedra, o habían sido traicionados por alguien en el oeste?
Después de no menos de una hora bajando por la ladera en marcha atrás, frenando y cambiando de marcha frecuentemente para poder volver a subir unos metros cuando el lado derecho del jeep parecía inclinarse excesivamente hacia el desfiladero, Hale encontró un claro más espacioso en el que pudo dar la vuelta, y seguir conduciendo hacia delante. Luego se limitó a encender el faro que le quedaba y fue escrutando la superficie del sendero embarrado a través de los restos del parabrisas mientras conducía.
Y no tardó en divisar a la luz del faro las formas erguidas de tres hombres que avanzaban, cojeando y tambaleándose, por el sendero lleno de roderas.
Dos de ellos vestían las cazadoras oscuras que habían llevado los hombres del SAS, y uno lucía el turbante y los holgados pantalones de un kurdo.
Ninguno de ellos se volvió ante el ruido del motor ni ante el resplandor del faro.
Con el corazón palpitándole violentamente dentro del pecho, Hale redujo la velocidad cuando estaba a unos metros detrás de ellos. La metralleta Sten ya había quedado muy atrás, pero sacó el voluminoso revólver del cuarenta y cinco de su pistolera en el hombro.
–¡Suban al vehículo! – gritó con voz ronca a través del parabrisas hecho añicos-. Los llevaré hasta abajo.
Los hombres habían hecho caso omiso de la luz y del ruido del motor, pero la voz de Hale pareció hacerlos reaccionar. El que iba vestido de kurdo saltó hacia delante en una frenética voltereta que lo sacó del camino, y aunque los dos hombres del SAS no se movieron de éste, era evidente que habían enloquecido: uno empezó a hacerle señas frenéticamente, saltando primero sobre un pie y sobre otro para poder utilizar alternativamente las piernas además de los brazos y la cabeza, como si se hubiera convertido en un semáforo humano; y el otro se volvió hacia los faros y se hundió los dedos en la cara y tiró de ella hacia fuera, como si tratara de hacerse pedazos la cabeza.
Cuando Hale puso la palanca de marchas en punto muerto y tiró del freno de mano, con la intención de apearse e intentar cogerlos, los dos hombres salieron huyendo hacia la oscuridad, dando un gran salto con cada paso. A Hale le pareció que trataban de volar, y en cuestión de segundos ya los había perdido de vista.
Hale se encontró sollozando de nuevo mientras guardaba la cuarenta y cinco en la pistolera, soltaba el freno de mano y ponía la primera. No vio a más hombres durante el lento descenso hacia la llanura, y tampoco vio el caballo.
Una fría lluvia comenzó a caer mientras conducía el jeep a través de los oscuros kilómetros de camino cenagoso hacia el lugar en el que había tomado tierra el Bristol Sycamore. La claridad lunar filtrada por las nubes no permitía ver nada a los lados del camino excepto los oscuros peñascos; y Hale ya había llegado a la conclusión de que el piloto se había ido en el helicóptero, y de que tendría que dar un rodeo de cuarenta kilómetros
alrededor de la montaña para llegar al pueblo de Dogubayazit en el suroeste, yendo por sólo Dios sabía qué clase de caminos, cuando mirando por el rabillo del ojo entrevió una hebra vertical de claridad amarilla en la noche.
Pisó el freno y miró en esa dirección, pero no volvió a ver el resplandor; sin embargo, cuando dirigió el jeep en un gran arco hacia la estribación norte del camino, para barrer el área del lado opuesto con el haz del faro, vio un destello de luz reflejándose sobre metal.
Puso la primera, avanzó lentamente a través del camino y no tardó en reconocer el montón de bicicletas que no habían usado. El helicóptero se había ido. Aunque no había vuelto a ver el resplandor vertical, Hale sabía que tenía que haber procedido del refugio antiaéreo Anderson en el campo que había más allá.
Apagó inmediatamente el faro y el motor, empuñó el revólver del cuarenta y cinco y sacó sus envaradas piernas del jeep para poner los pies sobre la hierba embarrada. Mientras se encaminaba sin hacer ningún ruido hacia lo que creía era la negra protuberancia del refugio antiaéreo, volvió a ver el destello de luz amarilla y comprendió que era una lámpara encendida dentro del refugio cuya claridad escapaba por la rendija del lado de la puerta donde estaban las bisagras.
Una voz británica surgió de la oscuridad, dándole tal susto que estuvo a punto de apretar el gatillo del revólver.
–Tire el arma, lo tengo en mi punto de mira. Hace lo menos diez k-kilómetros que lo oigo v-venir.
–Philby -dijo Hale sin moverse, tratando de hablar con voz firme y tranquila.
–¿Andrew Ha-Ha-Hale?
–Sí.
–¿Está solo?
–Sí.
–Ah, p-perfecto. Sólo tengo l-licor suficiente para que dos ho-hombres se em-emborrachen como es debido esta noche, mientras e-e-e-esperamos a que amanezca. El camino a Dd-Dd-Dogubayazit es impracticable durante la noche, p-puede creerme.
Hale oyó pasos que se movían lateralmente sobre la hierba, y un instante después se abrió la puerta del refugio antiaéreo, esparciendo la claridad de la lámpara sobre la hierba mojada.
–Entre, m-muchacho. Tiene que es-estar he-helándose.
Hale vio cómo una figura vestida con chaqueta y pantalones kurdos se agachaba para entrar en el refugio, pero entonces entrevió la cara de la figura y fueron los ojos burlones y ribeteados de bolsas de Philby los que le devolvieron la mirada.
Volvió a enfundar el revólver y se apresuró a salir de la fría noche para entrar en la iluminación del refugio.
El refugio antiaéreo no era lo bastante alto para que se pudiera permanecer erguido dentro de él, y Philby ya se había sentado con las piernas cruzadas junto a la pared de acero ondulado del fondo, con la linterna de parafina junto a su codo derecho encima de un estante. Una manta de lana marrón del ejército había sido extendida sobre el metro y medio de anchura del suelo, y Hale tomó asiento encima de ella después de haber cerrado la puerta a su espalda y haber pasado el pestillo.
Unas cuantas mantas más estaban dobladas y apiladas en estantes bajo la cúpula metálica; Hale alcanzó una, se quitó las empapadas ropas kurdas y se arrebujó cómodamente en la lana seca. La lluvia caía fuera con mayor fuerza, tamborileando en el techo metálico sobre su cabeza.
Se apoyó en la puerta asegurada con el pestillo, pero incluso en aquel extremo opuesto del refugio sólo se encontraba a un par de metros escasos de las rodillas de Philby.
Philby sonrió mientras le ponía el corcho a una botella de escocés Macallan casi llena y la hacía rodar por el suelo en dirección a Hale. Los dedos entumecidos de Hale consiguieron agarrarla, pero utilizó los dientes para sacar el corcho y lo escupió sobre la manta junto a sus botas. Levantó la botella para beber un trago y el frío licor dorado pareció retumbarle como un acorde de órgano dentro del pecho, esparciendo calor y un delicioso relajamiento a través de sus músculos agarrotados. Sangre seca, vio en aquel momento, manchaba sus nudillos y los dorsos de sus manos. Bajó la botella para tragar aire y volvió a levantarla para beber otro largo trago, impaciente por experimentar la sensación de perdón que sabía estaba en manos del alcohol conferir.
–¿Todos sus ho-hombres del SAS están m-muertos? – quiso saber Philby.
–Creía que el SAS había sido dispersado después de la guerra -murmuró Hale, exhalando vapores de escocés ricamente volátiles. Se preguntó cómo sabía Philby que una patrulla del SAS había estado involucrada en la operación.
–Igual que el SOE. – Philby suspiró y recitó, casi como si hablara consigo mismo-: «Cuando un cachorro de león encuentre, sin conocerla y sin buscarla, una criatura delicada como el aire y sea abrazado por ella; cuando las ramas cortadas de un cedro real, muertas después de numerosos años, revivan, se unan al viejo tronco y reverdezcan; entonces Póstumo verá el fin de sus miserias, la Bretaña será afortunada y florecerá en la paz y la abundancia». – Miró en silencio a Hale con ojos llenos de furia un instante, y añadió-: Lee y declara el significado. – Hale lo contempló con sincera perplejidad, asegurándose de no exhibir ninguna reacción ante la palabra
«declara».
»Oh, lo siento. – Una tenue sonrisa entornó los ojos de Philby-.
Shakespeare, el ilustre dramaturgo i-inglés: Cimbelino, acto quinto. ¿Acaso c-cree que no me preocupaba eso, cuando yo era p-pequeño? ¿«Un cachorro de león» que «encuentre, sin buscarla»? ¿Qué ha-hacían todos ustedes allá arriba? Yo soy el jefe de estación en Turquía. ¡Primero una conmoción en la frontera so-so-soviética junto a Sadarak, y l-luego mil cartuchos disparados en el d-desfiladero de A-Ahora! – Aún sonreía, pero Hale había eliminado a base de parpadeos el emborronamiento del cansancio que le nublaba la vista, y tuvo la impresión de que Philby parecía estar repentinamente desolado, como si acabara de llevarse alguna enorme decepción.
–Lo… oí -dijo Hale-. Fui en jeep hasta allí arriba, pero no conseguí dar con el sitio donde ocurría todo. Hubo un tiroteo, evidentemente, tal como usted ha dicho -añadió, y se preguntó qué diría Philby cuando viera el jeep lleno de agujeros de bala.
Por primera vez se le ocurrió pensar que después del desastre en el que se había convertido aquella operación su carrera, en el SIS o en el SOE, probablemente hubiese terminado. Bebió otro trago de escocés y descubrió que sus manos ya se habían relajado lo suficiente para que pudiera poner el corcho a la botella y enviarla rodando de vuelta a Philby.
Philby abrió la boca para hablar y pareció pensárselo mejor.
–Un cachorro de león -repitió, cogiendo la botella y descorchándola para beber un generoso trago-. Mi p-padre es Harry St. John Ph-Ph-Philby. ¿Ha oído hablar de él?
–Un arabista de gran renombre, según tengo entendido. – « Autor de The Empty Quarter», pensó Hale.
–¿Quién era su p-padre?
–Un sacerdote católico, según las habladurías de la aldea.
–¿Ha oído ha-hablar alguna vez de Rudyard Kipling? – preguntó Philby mientras lo miraba con ojos de búho.
–Escribió un libro titulado Kim. – Hale suspiró-. Lo he leído.
–¡Ah! Bien, pues mi padre me a-apodó así, porque le recordaba al m-muchacho de ese libro. Nací en Ambala, que está enenen… ¡en la India, Andrew!… en mil novecientos doce. Hablaba hi-hindi antes de que aprendiera el ing-ing-inglés. ¿Cuándo y dónde nació usted?
–Mil novecientos veintidós, en Chipping Campdem, en los Cotswolds.
–O posiblemente en Papa-P-P-Palestina, como c-c-consta en los registros del SIS. ¿Fue bbb… ba-ba… bautizado en el río Jordán? Mi p-padre me llevó consigo en un v-viaje para recoger m-muestras del a-agua del Jordán, un año después de que usted naciera.
–Le aseguro que no lo recuerdo.
–Y hace t-tres años usted est-estuvo en Berlín, y a-ahora está en rahrah…
Arararah… ¡en Agri Dag, maldita sea! – Enarcó las cejas-. ¿Tiene s-sueños extraños la víspera de Año Nuevo?
–Supongo que sí. – Hale se tragó su alarma y se obligó a sonreír sarcásticamente-. Y luego me despierto con resaca.
–Matemos el t-tiempo con una partida de c-cartas -dijo Philby después de asentir. Volvió a empinar la botella para echar otro trago, la dejó en el suelo con mucho cuidado y sacó una baraja de debajo de su túnica kurda azul.
Hale se fijó por primera vez en que la túnica de Philby estaba casi tan empapada como la chaqueta que llevaba él-. Poker -dijo Philby mientras abría la caja y dejaba caer las cartas de reverso rojo sobre su mano.
–¿Con notas prometiendo pagar lo que se pierda en el juego? – dijo Hale con una risa mecánica-. Me temo que me he dejado la cartera en el hotel de Kars.
–Y yo había t-traído una j-joya, pero me temo que me la he t-t-tra-gado.
¿Sabía que el poker procede de un antiguo juego de cartas p-p-persa, conocido como as-nas? También fue un antepasado del ambigú francés.
Podemos jugar por ella.
Hale ya sentía cómo el escocés empezaba a surtir su benéfico efecto y, parpadeando lentamente, miró a Philby sentado bajo la luz de la lámpara.
–¿Ella? ¿A quién se refiere, a la tal Ambigú?
–Ya sabe de quién estoy hablando. – Philby frunció los labios y meneó la cabeza-. Parece que a-a-ambos le g-gustamos, así que el p-perdedor de esta mano prometerá no inter-interponerse en el camino del otro ho-hombre. ¿Le parece justo? Me refería a Elena Ceniza-Bendiga.
El rostro de Hale ardió con una humillación súbitamente renovada,
« Cannibale! », y deseó que la botella estuviera en su extremo del refugio.
–No jugaré -masculló, recordando el galopar desenfrenado de Elena montaña abajo por el oscuro sendero-. Y en cualquier caso, puede que haya muerto.
–Entonces p-probablemente sea una cuestión académica, ¿no? – El rostro de Philby se había vuelto pesado e inexpresivo, y la manera en que el labio inferior le colgaba revelando los dientes recordó a Hale las gárgolas de Notre-Dame-. Podemos jugar por ella -repitió, con una voz que hizo que Hale pensara en arcilla empapada.
Hale fue vagamente consciente de que aquello era una elección moral, posiblemente una muy importante. Pero allí no había Dios alguno, y lo único que sentía Elena por él era aborrecimiento; y entonces un verso de Swinburne cruzó por su mente como una exhalación: «Agradecemos con breve gratitud, a cualesquiera dioses que pueda haber, que ninguna vida dure eternamente; que los muertos nunca se levanten de sus tumbas; que incluso el río más cansado termine hallando cobijo en el mar». Ninguna resurrección, ningún juicio. La botella rodó a través de la manta y chocó con sus nudillos, y Hale la cogió.
–Muy bien -dijo con voz enronquecida-. ¿Una mano de cinco cartas?
El encanto de Philby había regresado con el entornarse de sus ojos y el suave fruncimiento de sus labios.
–Y por cierto, no está muerta: pasó por aquí hará cosa de veinte minutos, montada en un caballo. No, nada de cinco cartas. Una derivación distinta del asnas, creo. – Empezó a barajar las cartas con aparatosa pereza-. Mano de siete cartas, alta-baja, declara y sin cantar las cartas.
–¿Alta-baja? – preguntó Hale volviendo a obligarse a no mostrar ninguna reacción ante la palabra «declara»-. ¿La mano baja se lleva la mitad de la apuesta? ¿Cómo puede funcionar eso? No podemos partirla a ella, de la manera… de la manera en que el rey Salomón se ofreció a partir por la mitad al bebé que le llevaron aquellas mujeres.
La lluvia redobló su atronar encima del techo, y la tierra tembló debajo del suelo de acero con una sacudida residual del terremoto, o quizá bajo el impacto de un rayo que había caído cerca. Hale pensó por un instante en las fulguritas de cristal rugoso que había encontrado en el desierto de Rub'al-Jali hacía tres meses.
–Está usted loco -observó afablemente Philby, que había hecho una pausa en su barajar para contemplar especulativamente la curva surcada por nervaduras del techo-. Sólo a un loco se le puede ocurrir invocar ese nombre aquí, esta noche. ¡Pero al menos ha convocado a unos testigos! No, no la partiremos por la mitad. La mano más alta la gana a ella, y la mano más baja gana esto.
Sosteniendo la baraja en una mano, rebuscó con la otra dentro de su túnica y tiró sobre la manta un grueso rollo de papel marrón.
Hale lo contempló con curiosidad: parecía ser un sobre de papel manila, apretadamente enrollado y atado con una cinta. Llevaba un poco de cera roja esparcida a través de la cinta y encima de una firma hecha con tinta
sobre la parte exterior del sobre, y el papel estaba salpicado de gotitas rojas a medio secar, y en algunos puntos se había manchado con una humedad que debía de ser lluvia reciente.
Desde donde estaba sentado, Hale pudo leer el apellido de la firma: Maly.
Miró a Philby con los ojos muy abiertos.
–Se suponía que debía obtenerla en el treinta y siete de un viejo amigo -dijo Philby-, un agente soviético al que yo había… doblado y al que luego estuve manejando en Inglaterra. Una herencia, el tipo de asunto últimos deseos. Pero no la he conseguido hasta esta noche, y para conseguirla he tenido que quitársela a un muerto.
–¿Y en qué consiste?
–Es la verdadera eucaristía o, en todo caso, la guía para ella. Es la razón por la que Stalin purgó al GRU, lo que usted hubiese llamado el Razvedupr, durante sus días de París. ¿Sabía que incluso los cocineros y los encargados de los lavabos del GRU fueron ejecutados durante esa purga? Los ilegales de Europa habían dado por casualidad con un descubrimiento, del que supieron por los judíos comunistas polacos que huyeron a Palestina en los años veinte, y una vez allí organizaron la red clandestina de Unidad. Al principio sólo fue una… Bueno, usted también tiene que haberse tropezado con ella, así que me entenderá si le digo que era una especie de compás, o cadencia, utilizado en telegrafía, para proyectar mejor las señales. Pero los ilegales acabaron descubriendo que esa clase de cadencia podía evocar una ayuda muy peculiar en toda clase de situaciones. Finalmente aquel hombre… -Extendió el brazo para acariciar el sobre enrollado- descubrió cómo se la podía utilizar para, si era empleada en una determinada simbiosis, evitar la muerte. – Con la palabra «muerte», el refugio tembló bajo la violenta embestida de un aguacero que lo hizo vibrar como si hubiera recibido el impacto de una salva de perdigones.
»¡Sí! – le gritó Philby al techo y luego, mirando nuevamente a Hale, siguió hablando-: Usted conoce la planta amomon. Sus kurdos tienen que haberle hablado de ella.
–Refrésqueme la memoria -pidió Hale alzando una palma.
–Era lo que mi padre buscaba en el desierto de Rub'al-Jali, lo que Lawrence encontró y prefirió morir antes que utilizar. Es… Bueno, digamos que es la manera de rehuir «la verdad a encontrar en la orilla desconocida», de estar seguro de que usted nunca «sin buscar encontrará». La manera de impedir que nadie establezca la verdad acerca de usted, ¿ummm? De escapar a… -
Las comisuras de sus labios se inclinaron irónicamente hacia abajo-. A la ira de Dios.
–De no morir, quiere decir -murmuró Hale-. Las instrucciones están en ese sobre.
–Ha perdido su puesto. Y usted ya lo sabe, ¿verdad? Se ha quedado sin trabajo, mi viejo amigo, así que no entiendo por qué se molesta en hacerse el escéptico. ¡Sí, en este sobre! Es… En parte es una tosca partitura musical, según me han dicho, y en parte es una receta para la preparación y el despertar del ángel que dormita en el cardo. – Sonrió-. Usted fue educado en el seno de la religión católica. Escapar al Juicio Final, abrazar sus preciosos pecados… ¡Vivir eternamente, sin la necesidad de una resurrección!
–Y usted está dispuesto a jugarse todo eso, contra… -Hale hizo una pausa para beber un poco más de escocés-. Sólo para tener despejado el camino con Elena.
Philby abrió la boca como en una carcajada, pero si hubo algún sonido, éste fue demasiado suave para que Hale pudiera oírlo por encima del tamborileo de la lluvia.
–Confío en que volveré a conseguir esto -dijo-, si es que no la inmortalidad en un nivel de acceso más elevado. Usted no volverá a verlo nunca, de eso puede estar seguro.
« Y esta noche no ha muerto ningún djinn en la montaña -pensó Hale
débilmente-. En primavera no habrá miel envenenada para los kurdos, ni yo traeré a Elena a la aldea de Siamand Barakat Khan. Pero quizá podría, allá en las regiones de Nafud o Summan del desierto que envuelve a Kuwait, encontrar y matar a un djinn ; y a la primavera siguiente, podría volver allí con un grupo de mutairs en busca de cardos que estuvieran floreciendo…
» Vivir eternamente, escapar a la ira de Dios.
» El sabor de la tela caqui y de la sangre…»
–Trato hecho -dijo con un estremecimiento.
El trueno se disgregó en vastas sílabas a través del cielo fuera del refugio, y Hale se acordó de que Philby acababa de decir que su referencia al rey Salomón había convocado testigos. Y entonces se le ocurrió pensar que lo que hacía Philby allí no era tanto jugar para ganar algo como obligar a Hale a «echar suertes» por Elena, traicionando así el amor que sentía por ella. Se suponía que Philby era un auténtico artista en lo concerniente a hacer desertar a los agentes soviéticos. ¿Estaría jugando simplemente para conseguir que Hale condenara su alma?
Pero las cartas ya estaban girando a través de la manta, dos boca abajo y una boca arriba. Hale tenía a la vista un tres, y sus cartas tapadas resultaron ser una pareja de nueves. No era un mal comienzo para hacerse con una mano alta.
La carta descubierta de Philby era un as, buena en cualquiera de las dos manos posibles.
–Ya estamos comprometidos -dijo Philby con una voz que era como un restregarse de rocas-. No más apuestas.
Repartió dos cartas descubiertas más. Hale obtuvo un siete y Philby un cuatro, y de momento parecía haber buenas perspectivas para conseguir la mano baja.
–Elena se aloja en Dogubayazit -gimió Philby mientras repartía dos cartas más; tenía los ojos tan vacíos como el cristal. Hale recibió un diez, que no lo ayudaba en nada, y Philby un seis, con lo que parecía ir por buen camino para la mano baja-. ¡Y tiene habitación propia, en el pintoresco Hotel Ararat! Yo tengo mi jeep aquí, al amanecer podemos ir al pueblo los dos en él, y el que haya obtenido la mano más alta podrá subir directamente a la habitación de Elena, ¿ummm? – Su tono de seriedad volvía grotescas aquellas palabras jocosas.
Hale sintió un escalofrío cuando cayó en la cuenta de que las dos cartas tapadas de Philby podían ser ases, lo cual le daría tres de ellos. Philby podía tener casi asegurada la mano más alta.
« ¿Qué he hecho? -pensó, intentando disipar la neblina del alcohol con un desesperado esfuerzo de voluntad-. ¿Tendrá esta partida auténticas consecuencias? ¿Se la estoy entregando a Philby? ¿Ella, para Philby? »
Con un súbito vacío en el estómago, comprendió que ya no podía echarse atrás: si no terminaba la partida, lo único que conseguiría sería renunciar a todo lo que estaba en juego. Y Philby había dicho que tenían testigos. Hale recordó haberse preguntado si Philby no estaría tratando más de condenar el alma de su rival que de ganar, y entonces se percató de que durante cosa del último minuto Philby había perdido súbitamente su tartamudeo, como si otra entidad, un diablo, hablara a través de sus labios.
–Usted… no le… gusta a Elena -dijo Hale con voz pastosa.
Dos cartas más cayeron sobre la manta: Hale recibió un nueve, lo cual le daba tres de ellos, y Philby obtuvo un ocho. La lámpara bamboleante crepitó con un súbito destello y su luz se debilitó un poco.
–¿Piensa que eso importará, después de esto? – La voz de Philby era un gruñido envuelto en ecos. El refugio antiaéreo tembló bajo el impacto de una ráfaga de viento, o de un trueno, o de una sacudida residual. La tierra y el cielo parecían estar de acuerdo con Philby-. La última carta -añadió en un tono que era como el hueco retumbar de la artillería-, y a ver qué pasa.
Dio una carta boca abajo a cada uno, y Hale cogió la suya con dedos temblorosos del suelo igualmente tembloroso. Las junturas soldadas del refugio habían empezado a crujir conforme la pequeña estructura se mecía bajo las ráfagas de viento como una embarcación en un mar turbulento.
«Y a ver qué pasa…» Todo el refugio antiaéreo vibraba.
La última carta de Hale era otro siete, lo cual le proporcionaba un full de nueves sobre sietes. Eso era una buena mano alta, pero no era inconcebible que Philby tuviera una mano alta mejor, full de ases o incluso cuatro ases.
Si Hale declaraba alto y perdía, entonces perdería la totalidad de la apuesta: el que Elena estuviera a salvo de Philby y la inmortalidad, ambas cosas.
Incluso en el caso de que optara por dejar a Elena para Philby y tratara de hacerse con la inmortalidad, declarar bajo, Philby muy bien podía tener una mano baja mejor que la terrible pareja de sietes de Hale, podía declarar de esa manera y volver a ganar toda la apuesta.
–Necesitamos alguna clase de fichas para la declaración -dijo Philby, con voz malhumorada, después de mirar su última carta y volver a ponerla encima de la temblorosa manta, todavía boca abajo-, para tenerlas en nuestros puños hasta la cuenta de tres: una ficha para declarar por la mano baja, dos para la alta, tres para ambas. ¿Tiene seis peniques, guijarros, cerillas…?
Hale metió lenta y cuidadosamente los dedos en la bolsa de lona que había contenido su ankh de hierro.
Y pasados unos segundos tiró sobre la manta seis de las cuentas calcinadas de cristal negro que había recogido de la arena junto al meteorito, en Wabar.
Y cuando las cuentas rebotaron sobre la manta todo el refugio antiaéreo se volcó bruscamente hacia un lado, y el muro oeste chocó con la cabeza de Hale mientras la linterna salía despedida contra la pared opuesta, donde se hizo pedazos; y un instante después toda la crujiente estructura había rodado pesadamente sobre sí misma hasta quedar invertida, y Hale se
precipitó hacia el techo para embestirlo con el hombro derecho, las rodillas lo siguieron en aquel forzado salto mortal para chocar con alguna parte de Philby. Gotas del aceite ardiendo de la lámpara se habían esparcido sobre las mantas y la ropa de los dos hombres; Hale se apresuró a incorporarse, los pies resbalando sobre la curva del techo en llamas, y descorrió el pestillo de la puerta invertida. Luego la abrió, embistiéndola con la cabeza.
La fría lluvia le azotó la cara y limpió su nariz del olor a lana y cabellos quemados; Hale se lanzó por encima del borde de la entrada, saltó a la hierba encharcada y rodó sobre sí mismo una y otra vez en la oscuridad, para extinguir toda la parafina en llamas que se le había derramado encima.
Supuso que Philby también habría salido del refugio, trepando hacia la puerta; pero en aquellos momentos lo único que podía hacer era agarrarse a la hierba mojada y sollozar en el barro, porque la tierra entera retumbaba, vibraba y se agitaba debajo de él y estaba irracionalmente seguro de que Dios cruzaba el este de Turquía con furiosas zancadas, buscándolo para arrojarlo al Infierno, tal como se tenía bien merecido.
Hale cerró los ojos para evitar que su brillo delatara su posición, y trató de enterrar su cuerpo en el fango.
«Tenía miedo, porque estaba desnudo, y me escondí.»
Unos cuantos centenares de latidos después el suelo dejó de oscilar debajo de él, pero Hale todavía podía sentir cómo una vibración subsónica intermitente crecía y se disipaba en las profundidades de la tierra, y estuvo ebriamente seguro de que era la iracunda atención de Dios barriendo los alrededores.
« Solté la piedra del khan porque quería mandar sobre los djinns -pensó con desesperación-. Participé en las muertes de mis hombres, para que así no se me diera muerte a mí; y he tratado de cambiar a Elena por la vida eterna. »
Mantuvo el rostro hundido en la hierba mojada.
La lluvia fue amainando y finalmente cesó antes del amanecer y la tierra se
estuvo quieta y callada, esperando la aparición del sol. Llegó un momento en el que Hale por fin se atrevió a moverse. Fue incorporándose envaradamente sobre las manos y las rodillas en la oscuridad barrida por el viento, tembloroso y encogido, pero ningún grito del cielo hizo que volviera a caer; se arrastró hasta el refugio antiaéreo invertido y, en cuanto hubo llegado a él, se puso en pie para atisbar por la puerta abierta. Los pequeños incendios se habían apagado, y cuando se encaramó cautelosamente al interior del refugio descubrió que Philby se había ido. Hale se envolvió en unas cuantas mantas medio chamuscadas y mojadas por la lluvia, y cerró los ojos.
Despertó con un sobresalto al oír el estridente chirrido del arranque de un vehículo en el amanecer fuera del refugio. Una sesgada claridad grisácea se infiltraba dentro de la caja de acero a través de la puerta abierta, y Hale se liberó de las mantas que apestaban a humo y salió con torpe y envarada lentitud a la hierba para luego quedarse inmóvil y, tembloroso y con los ojos a medio cerrar, recorrer con la mirada la montaña y la llanura a su alrededor.
La masa gris de un jeep Willys estaba aparcada en el lado norte del refugio antiaéreo volcado, y la figura de espantapájaros de Philby estaba encorvada en el asiento del conductor, dándole al acelerador para evitar que el motor arrancado en frío se calara. Sólo Dios sabía dónde había pasado la noche aquel hombre.
Hale describió cojeando un círculo alrededor de las abolladas paredes de acero ondulado, anduvo a través de la hierba mojada hasta llegar al vehículo y se dejó caer en el asiento de pasajeros sin decir palabra. Philby volvió hacia él una mirada totalmente desprovista de saludo, o de ira, o incluso de un destello de reconocimiento; y al final puso la primera y empezó a cruzar el campo lleno de baches y desniveles para ir hacia el camino que los llevaría a Dogubayazit.
Hale vio que medio metro de la cuerda que había examinado en la plataforma del jeep había pasado a estar anudado al anillo del salpicadero, y se fijó en que su extremo había sido desmenuzado, como por frenéticos
golpes asestados con el filo de un cuchillo. Las fibras de la cuerda estaban negras y se habían rizado, y la pintura marrón del salpicadero se había ennegrecido alrededor del anillo de acero. Hale tuvo la impresión de que incluso el mismo anillo estaba inclinado hacia arriba.
El otro extremo de la cuerda, que ya no se encontraba allí, había estado atado al enganche de un globo meteorológico.
Hale trató de asimilar la inmensa idea: aquel jeep se había utilizado para despertar a los djinns la noche anterior.
« Éste es el jeep que oí en marcha por la llanura, justo antes del terremoto.
El hombre que condujo este vehículo anoche casi con toda seguridad trabajaba para los soviéticos.
» No abras fuego hasta que dispongas de un buen ángulo de tiro -se dijo, mientras el corazón le palpitaba locamente dentro del pecho y pensaba en los cinco hombres del SAS perdidos-. La venganza rara vez es el mejor camino en el espionaje. Podía haber sido Burgess, pero ¿podía Burgess ser un agente soviético activo en todo aquello sin la complicidad de Philby?
Espera un poco antes de abrir fuego. »
Ninguno de los dos habló, ni volvió a mirar al otro siquiera, mientras el jeep se bamboleaba por el camino embarrado y el rojo sol subía lentamente a su izquierda, elevándose por encima de la Armenia soviética.
Philby no redujo la velocidad mientras iba por la silenciosa calle mayor de Dogubayazit, dejando atrás el Hotel Ararat para seguir hacia la carretera que los llevaría de regreso a Kars.
En Erzurum, Hale pudo utilizar una radio de la RAF para enviar una larga señal «descífrela usted mismo» a Theodora en los Edificios Broadway. En ella comunicaba su fracaso y también sus sospechas de que Philby había participado en la operación, trabajando en el lado soviético. Casi de inmediato recibió un telegrama, pero en vez de ser de Theodora, procedía del departamento de personal del SIS. Eran órdenes: tenía que subir al
próximo vuelo de la RAF con destino a Londres y presentarse inmediatamente a J, quien en 1948 era Stuart Menzies.
Y Hale no había vuelto a ver a Jimmie Theodora hasta el dos de enero de aquel año, 1963, en Green Park.
Cuando hubo bajado del taxi en los Edificios Broadway junto a St. James Park en Londres, volvió a pensar, por primera vez en muchos años, en la vieja torre Broadway de los Cotswolds, y en cómo cuando era un muchacho solía cruzar los campos llenos de rastrojos para contemplar sus torres de aspecto medieval y los muros de piedra caliza. La oficina central del SIS en los Edificios Broadway ya había perdido hacía mucho tiempo para él sus asociaciones de libro de cuentos con aquel viejo castillo aislado, pero de pronto le pareció casi igual de remota.
El guardia de recepción lo había reconocido por haber servido allí durante la guerra, y después de que le hubiera enseñado el telegrama con sus órdenes, Hale había sido enviado directamente al «arcano», el despacho del cuarto piso desde donde el canoso Stuart Menzies guiaba los quehaceres a escala planetaria del SIS de la posguerra. El majestuoso anciano se había levantado de detrás de su escritorio para estrechar la mano de Hale, pero no había parecido saber con exactitud en qué consistía el trabajo que Hale había ido a hacer a Kuwait; y estaba claro que la estación turca no lo había informado del reciente desastre en el monte Ararat.
Quizá, suponiendo que Hale sólo era un agente de los tiempos de guerra que había sido desmovilizado con mucho retraso, J le había aconsejado que se creara una nueva vida en el sector privado.
–Tengo entendido que usted estudiaba Literatura inglesa en uno de los colegios universitarios de Oxford antes de que lo reclutáramos -le había dicho con amabilidad-. Vuelva a esa ocupación, reanude su vida a partir de ese punto y olvídese del mundo de entre bastidores, de la manera en que olvidaría cualquier otra pesadilla falta de lógica. Recibirá la paga de otro año a través de Drummond's en Admiralty Arch y, teniendo acreditado todo ese trabajo en tiempos de guerra ante el Foreing Office, no debería tener