Declara

Tim Powers · Capítulo 7 de 24

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Declara

Cinco

casa, atravesado el corto puente metálico que comunicaba las islas y dejado atrás Notre-Dame.

El viento que llegaba del río de pronto pareció volverse más frío, y Hale descubrió que se había sentado encima de la hierba húmeda. ¿Qué le había ocurrido, cuando su mente había parecido escindirse en dos? Había habido otra voz dentro de su cabeza, eso sí que lo recordaba…

–Me estás creando un auténtico problema, Marcel -dijo Elena remotamente-. Haces que sea infiel a mi esposo… porque me parece que tampoco incluiré este acontecimiento en mi informe.

CINCO

París, 1941

– ¿Cómo puedo temer a lo absolutamente inexistente? - dijo Hurree Babu, hablando en inglés para reconfortarse a sí mismo. Es algo realmente horrible temer a la magia que investigas despectivamente, y recopilar folklore para la Royal Society teniendo una intensa fe en todos los Poderes de las Tinieblas.

Rudyard Kipling, Kim

Se hallaban solos en la oscuridad azotada por el viento y salpicada por los rayos de luna en el extremo de la isla; todos los furtivos clochards debían de estar reunidos en la más pequeña de las dos islas, o habían huido asustados en cuanto vieron llegar su particular imitación del «aquí no hay

nada», y durante la hora que precede al amanecer Hale y Elena deliberaron en susurros durante un rato qué hacer con la radio.

Hale, todavía furioso porque el Centro hubiera transmitido su dirección a los agentes utilizando cuadernos de una sola vez duplicados, estaba a favor de tirar la máquina al río. Elena protestó diciendo que muy bien podía tratarse de uno de los pocos aparatos de los que disponía el Partido en París, de hecho tal vez el único, aunque creía que pasearlo por las calles de la ciudad era tremendamente arriesgado; tenía tanto aspecto de estuche para máquina de escribir como de maleta, e incluso una máquina de escribir era un objeto sospechoso con el que ir cargado en el París ocupado. Al final buscaron entre los frondosos castaños que se cernían sobre el río hasta encontrar una rama con una especie de hueco formado por tres puntas que quedaba por encima de sus cabezas y, con Elena poniéndose de puntillas para ayudar, dejaron encajado el estuche en él, esperando que la luz del día no lo volvería visible. Hale se alegró de haberse librado de él por el momento y anduvo con paso más enérgico cuando se alejaron del aparato incriminatorio.

En cuanto el amanecer hubo reclamado la totalidad del cielo y los gorriones ya eran un parloteante estruendo en las ramas llenas de hojas, Hale y Elena lanzaron una última mirada llena de preocupación al árbol en el que habían escondido la radio; desde el sendero no podían ver nada sospechoso, y Elena dijo que no debían acercarse al árbol porque a esas horas ya se los podía divisar desde la orilla sur. Después se apresuraron a asumir la tapadera de una pareja de enamorados que se habían levantado temprano y paseaban cogidos del brazo por el Pont-Neuf en dirección al lado sur del río.

–Necesitamos un pez -dijo Elena cuando llegaron a la gran explanada del Quai de Conti en la orilla sur. Viendo que él ponía cara de no entender nada, continuó-: Cualquier cosa cuyo aspecto sea lo bastante obvio para que uno la llame pez: uno de verdad, un juguete, incluso un cuadro con un pez.

–Una señal de reconocimiento -aventuró Hale, y ella asintió impacientemente.

Tardaron una hora en encontrar lo que buscaban. Aún no había ninguna tienda abierta; pero tras andar cien metros orilla abajo y de haber hablado con varios de los viejos pescadores que tenían aspecto de haber pasado toda la noche con el sedal metido en el río, finalmente dieron con uno que había conseguido pescar algo, y le compraron una trucha que estaba profundamente muerta. Elena la envolvió en un pañuelo que llevó con la cabeza plateada y la cola del pez sobresaliendo a cada lado.

Después de un deambular aparentemente sin rumbo que los hizo volver varias veces sobre sus pasos, llegaron a las ventosas y estrechas callejas del distrito de Saint-Germain, y después de consumir un petit déjeuner caro, pero útil para disipar sospechas, en Aux Deux Magots (panecillos calientes y sucedáneo de té servido por camareros ataviados con chalecos negros y largos delantales blancos), Elena lo llevó en dirección sur hasta la fuente de piedra gris en la plaza que había delante de la iglesia de Saint-Sulpice, la que describió como su lugar de conspiración.

–Lo ideal -le explicó en voz baja mientras se apoyaban en el lado de la fuente que no estaba mojado por las salpicaduras que iba esparciendo el viento- sería que el lugar de conspiración se encontrara en un país vecino: quizá Bélgica, si los alemanes no la hubieran ocupado, o Suiza, si los alemanes hubieran dado tiempo al Centro de planear sus movimientos. –

Suspiró y se apartó los revueltos cabellos dorado rojizo de la frente, y Hale sintió que se le estremecía el corazón ante lo joven que parecía en aquel momento-. Pero probablemente este sitio sea lo bastante seguro. Lo que se hace es ordenar a alguien que vigile esta fuente hasta el mediodía a diario; y cuando nos vean con el pez, el hecho de que estamos aquí se transmitirá hacia arriba a lo largo de la cadena de mando. Esta noche buscaremos una habitación y volveremos aquí mañana. Y después, o al día siguiente, o al otro, un mensaje de respuesta habrá descendido por la cadena de mando, y alguien contactará con nosotros trayendo instrucciones.

–Mañana es primero de noviembre. ¿Todavía puedes reunirte con el mensajero que tendrá nuestra paga?

–Oh, claro que sí, ya que dicho encuentro tendrá lugar por la tarde. Y

además tengo que hacerlo, ¿verdad? De todas maneras, no veo ninguna razón por la que el mensajero pueda haber tenido problemas.

Hale asintió y miró con ojos llenos de curiosidad a los parisinos que empezaban a poblar la plaza iluminada por los rayos de sol que caían en ángulo sobre ella. En la Île Saint-Louis generalmente había dormido hasta el mediodía y almorzado con el pan, el queso y el vino que Elena hubiera comprado en el mercado negro el día anterior. Ella volvía de sus encuentros clandestinos ya muy avanzada la tarde, y tras haber compartido uno o dos vasos de vino, Hale empezaba a cifrar el material que Elena había traído a casa. Aparte de sus cenas en Quazimodo y de ocasionales paseos furtivos para contemplar las gárgolas, los arbotantes y las hileras de santos de Notre-Dame, apenas había tenido ocasión de ver París.

Y lo que más le sorprendía era la cantidad de bicicletas. Hale ya había visto bicicletas en el atasco de tráfico en la Porte de Gentilly y en los bulevares de la isla, pero en aquella plaza y en las calles adyacentes de Saint-Germain vio a personas sentadas dentro de grandes cestas de mimbre remolcadas por bicicletas, y a grupos de hombres de negocios con traje y corbata que pedaleaban majestuosamente sobre los adoquines, y a señoras elegantes cuyas faldas de amplio vuelo habían sido claramente diseñadas para que sobresaliesen hacia fuera, alejándose así de los radios y los piñones de las máquinas que montaban.

La bicicleta de un hombre tenía una cometa verde o una bandera de papel crujiendo en un palo vertical detrás del sillín, y un instante después Hale vio que se trataba de un pez de papel atravesado por espigas de madera. El hombre se limitaba a describir un gran círculo alrededor de la fuente.

–Ahí tenemos un pez -le murmuró a Elena.

–Ya lo veo -dijo ella, pero tenía la cabeza vuelta hacia las columnas de la entrada de la iglesia. Hale siguió la dirección de su mirada y vio en los escalones a una mujer con un gran pez rojo de franela cosido al aparatoso vuelo de su falda.

Ambos vieron al mismo tiempo al siguiente a sólo doce pasos de distancia de ellos, un orondo hombrecillo que acarreaba una trucha muerta como la de Elena metida dentro de un periódico.

–¿Es una coincidencia? – susurró Hale.

El hombrecillo se detuvo a mirar el pez que llevaba Elena y después alzó los ojos hacia ella y Hale con una expresión de alarma en el rostro.

Elena puso la mano detrás de la espalda y dejó caer la trucha y el pañuelo en el agua de la fuente.

–¡Válgame Dios! – dijo en voz baja a Hale mientras se levantaba.

«Las cosas no son lo que parecen. Confía en mí.»

Él asintió y la siguió mientras Elena echaba a andar alejándose de la fuente.

Fueron en dirección norte subiendo por la Rue des Canettes, en cuya primera manzana de casas se cruzaron con varias personas más que llevaban emblemas ícticos, y Elena no dijo nada hasta que se detuvo debajo de la torre románica de una iglesia en el lado norte del Boulevard Saint-Germain.

Entonces volvió la cabeza hacia él para lanzarle una mirada llena de preocupación, pero Hale sabía que estaba pensando en todos los peces que habían visto en la plaza junto a Saint-Sulpice.

–¿Es que el Centro quiere que descubran todas sus redes? Obviamente han asignado el mismo lugar de conspiración, ¡e incluso la misma señal de reconocimiento!, a lo que podrían ser docenas de agentes. ¿De qué sirve eso? ¿Se supone que el observador debe entrar en la plaza a mediodía con un cuaderno, ponerlos en fila y hacer que le den sus nombres en clave? Es todavía peor que volver a utilizar los cuadernos de una sola vez, y eso ya era un fallo de seguridad obvio. Un agente de la Gestapo no necesitaría ser

muy listo para empezar a sospechar de ese… ese festival de peces en Saint-Sulpice, ¿verdad?

Hale intentó borrar de su mente el recuerdo de una voz que había hablado en su pesadilla infantil: «Oh, pez, ¿sigues observando el antiguo pacto?».

–¿Es normal que tantas personas acudan a su lugar de conspiración al mismo tiempo? – preguntó. La respuesta ritual a la interpelación del sueño resonó dentro de su cabeza: «Regresa, y nosotros regresamos; haz honor a tu palabra, y nosotros haremos honor a la nuestra…».

–Buena pregunta -contestó Elena parpadeando-. No. ¡Todos esos agentes huyendo al mismo tiempo! Tiene que haberse producido un gran revés, quizá algún agente con información central se ha pasado a la Gestapo. Se supone que no existe ningún agente semejante, pero después de estas últimas horas ya nada puede sorprenderme. – Meneó la cabeza y siguió andando en dirección norte, hacia el río-. No podemos correr el riesgo de ir a por mi automóvil, pero hemos de recuperar nuestra radio. Esto no es sólo culpa del Centro.

Hale trotó junto a ella y acompasó su paso al suyo; y cuando ella lo miró, arqueó las cejas interrogativamente.

–España no tenía ninguna importancia para Hitler -dijo Elena-. Para él la Guerra Civil española no fue más que un terreno de prácticas. Entre otras cosas, allí aprendió cómo había que llevar a cabo la Blitzkrieg, y gracias a eso luego ha podido abrirse paso a través de Francia mucho más deprisa de lo que nadie hubiera creído posible. Las redes solían enviar información bajo la forma de microfotografías, que correos procedentes de Berlín transportaban hasta París, donde el agregado soviético podía enviar la información a Moscú por la radio del consulado. Pero después de que Francia cayera de la noche a la mañana eso se volvió imposible, y todo el peso de la transmisión de datos recayó sobre las redes ilegales. Hubo que hacer arreglos a toda prisa.

–Y los agentes son prescindibles.

–Individualmente -asintió ella, optando al parecer por ignorar su ironía-; hasta las redes, individualmente. Pero no… ¡todo!

Un gran danés les ladró desde detrás de la puerta que cerraba un patio cuando pasaron por la acera, y por un momento a Hale le sorprendió que el perro estuviera ladrando en el mismo dialecto que los perros ingleses.

–Quizá -continuó Elena siguiendo con su idea- Moscú ha establecido una red perfectamente hermética en Europa, con algún acceso de inteligencia tipo sanctum sanctorum, y por eso ahora puede permitirse el lujo de que los alemanes acaben con todas las otras.

–Puede permitirse traicionar deliberadamente a todas las demás -sugirió Hale, cautelosamente.

–Es realpolitik, Marcel -dijo ella en un tono casi suplicante-. Eres uno de los nuestros, y ya sabes que lo que importa es el resultado final. Un día la paz del comunismo mundial estará aquí, será real. Hasta ese día…

–Somos prescindibles -repitió él.

–Sí -dijo ella huecamente.

Cruzaron el río por el Pont des Arts justo después de las islas, y en la calle del Louvre paralela al río, compraron castañas asadas envueltas en una hoja de periódico. Elena le dijo a Hale que no empezara a comerlas hasta que hubieran vuelto a la Île-de-la-Cité y estuvieran nuevamente en el Square du Vert-Galant.

–Es una tapadera más -dijo-, porque generalmente los espías no compran golosinas cuando están haciendo un trabajo arriesgado.

El sol se había elevado por encima de las almenas del castillo del Louvre, y a Hale le sobraba el suéter. El aroma del pan recién hecho caldeaba la brisa matinal, y Hale esperó que no tuviera que pasar mucho rato antes de que

pudieran disfrutar de un desayuno más sustancioso acompañado por un poco de vino.

–¿Desde dónde vigilarías para capturar a alguien que quisiera recuperar la radio? – preguntó en voz baja mientras se aproximaban al sitio en el que habían esperado a que amaneciera-. Si fueras la Gestapo, quiero decir.

–Tendría una embarcación en el río -dijo ella, y escrutó las aguas por entre los árboles. Un bote de remos flotaba sobre ellas, aparentemente anclado, y el hombre que había en él llevaba un gran sombrero de paja que sería muy visible en el caso de que lo agitara. Elena peló una castaña con expresión pensativa y se la metió en la boca-. Y además -farfulló con la boca llena-, tendría hombres vestidos con ropas que no llamaran la atención sentados cerca.

Dos hombretones jugaban al ajedrez sentados en un murete a sólo unos metros por delante de ellos, y Hale echó una rápida mirada al tablero cuando pasaron junto a él. Los dos alfiles blancos estaban colocados en casillas negras. Tres hombres más estaban sentados sobre la hierba un poco más lejos y se iban pasando una botella de tinto. Todos parecían más jóvenes y bastante más sanos que los pescadores y los clochards que Hale había visto hasta el momento.

–¡Muy bien! – dijo Hale en voz alta y bastante irritada volviéndose hacia Elena-. ¡Te quiero! ¡Dios!

–¡Oh, eres un monstruo! – exclamó Elena mirándolo sorprendida y avergonzada, y con un resoplido, se volvió hacia las anchas aceras del Pont-Neuf.

Hale también giró sobre sus talones y echó a andar tras ella, sin mirar a los hombres.

–¿Te he entendido mal o qué? ¡Bien sabe Dios que intento cooperar! Yo…

Ella lo cogió del brazo y se lo sacudió mientras pasaban a toda prisa por

debajo de la estatua de Enrique IV.

–Ya es suficiente -murmuró-. Y eso ha estado muy bien, muy natural in medias res: no podíamos limitarnos a dar la vuelta y marcharnos sin decir una palabra después de que los hubiéramos visto, y la grosería con que me hablaste ha sido un toque completamente convincente. – Le sonrió, volviendo a parecer muy joven-. Estás furioso porque quiero al Estado soviético, y no a ti.

–Creía haber entendido que quieres al Estado soviético más de lo que me quieres a mí -dijo Hale y se encogió de hombros-. De veras.

–Debemos tratar de conseguir otra radio -dijo ella-. Es probable que el partido comunista local disponga de al menos un par que no se atreven a utilizar, o ni siquiera a admitir que existen. Ojalá todavía tuviera el automóvil. – Chasqueaba los dedos mientras pensaba-. He de dar por sentado que mis agentes son de fiar. Conseguiré pasaportes del mercado negro para nosotros, esas falsificaciones de tres al cuarto a las que llaman gueules cassées: con la Gestapo no sirven de nada, pero al menos son lo bastante buenas para engañar al conserje de alguna pensión, y eso nos permitirá obtener habitaciones. No me atrevo a buscar unos pasaportes nuevos realmente buenos, porque creo que todas las redes han utilizado los servicios como pass-aparat de Raichman… -Miró a Hale-. Otro hombre de Palestina y nuestro mejor suministrador de pasaportes falsos y demás documentos de cobertura, que podría ser el agente que se ha pasado a los alemanes.

–Y tenemos que encontrar un sitio donde podamos almorzar -dijo Hale después de asentir y coger unas cuantas castañas del cucurucho de papel!

que llevaba Elena.

–El desayuno costaba demasiado -dijo Elena con un gesto de negación- y ahora tendré que comprar dos gueules cassées, y no podemos estar seguros de mi cita con el correo que trae nuestra paga mañana. Comeremos cuando se ponga el sol, sin gastar mucho dinero.

Elena encontró habitaciones para ellos en el ático de una casa del Barrio Latino, en una calle que, al menos por entonces, disponía de corriente eléctrica continua. Hizo que Hale esperara en las habitaciones vacías de techo inclinado mientras ella salía para encontrarse con el correo e iba a tratar de establecer contacto con el Partido Comunista. Conocía los nombres y las direcciones de dos miembros del Partido, y confiaba en obtener una radio a través de ellos si sabían de alguna que estuviera disponible.

Hale se sentó en la repisa de la ventana de gablete que daba a la calle medieval, y se dedicó a examinar los techos, canalones y chimeneas buscando lugares apropiados para tender una antena y un cable de tierra. A última hora de la tarde vio aparecer a Elena por un instante bajo los rayos de sol color albaricoque doblando la esquina del Panteón, para luego seguir adelante hasta entrar en la sombra de las fachadas mientras hacía rodar sobre los adoquines un cochecito de niño al que empujaba lo bastante deprisa para hacerle papilla los sesos a cualquier bebé que pudiera haber dentro de él; pero Hale estaba lúgubremente seguro de que el cochecito ocultaba una nueva radio, y esperó que Elena no estuviera rompiendo los filamentos y conexiones con todas las sacudidas que le daba. Bajó corriendo a la puerta de la calle para ayudarla a subir el cochecito por los cuatro tramos de escalones.

Dentro del cochecito había efectivamente una nueva radio, junto con, sorprendentemente, un libro holandés sobre arquitectura; pero también había pan, queso y una botella de grapa italiana, y Elena se sentó en los tablones del suelo, descorchó la botella y bebió unos cuantos tragos antes de hablar.

–Conseguí nuestro dinero en el primer lugar de encuentro -jadeó, ofreciéndole la botella-, pero era otro correo… y me habló.

–¿Y? – preguntó, exhalando después de tomar varios tragos de aguardiente-. ¿Es que normalmente no hablan?

–No, salvo para decirte las frases de la contraseña. Me dio ese libro y dijo que contiene ciertos mensajes que deben ser transmitidos inmediatamente a

Moscú. Se supone que el correo del dinero no tiene ningún acceso a los datos de inteligencia. ¡Y cuando me dio el libro estaba envuelto en papel rojo!

–¡Ah! – El libro ya no se hallaba envuelto, y naturalmente el papel rojo habría sido una vivida ayuda para cualquier agente de la Gestapo al que se le hubiera asignado la misión de seguir a Elena-. Y seguro que después de tirar el papel diste un montón de rodeos para ir a las casas de tus amigos.

Elena asintió, extendiendo el brazo y agitando los dedos en una muda petición de la botella.

–Compré otro libro -dijo después de haber bebido un poco más de aguardiente-, en un lavabo público lo envolví con el papel rojo y se lo di a una chica que se me parecía un poco; y también le di veinte francos para que lo entregara en la biblioteca de la Sorbona. Metí este libro debajo de la cinturilla de mi falda y pasé una hora subiendo y bajando escaleras de apartamentos, saliendo por las puertas de las cocinas de los restaurantes y escondiéndome entre un montón de musulmanas que salían de La Mosquée de París. No eran muy altas, así que tuve que agacharme.

Hale frunció el ceño ante aquella intrusión del islam en la historia de Elena, aunque al mismo tiempo le pareció que había sido un truco de evasión particularmente bueno, o al menos que guardaba cierta relación con un buen truco de evasión. Intentó seguir el hilo de aquel pensamiento, pero sólo fue capaz de pensar en los caprichos nocturnos de la capa Heaviside.

Elena se levantó cansadamente y sacó el libro del cochecito.

–La camarada Charlotte va a tener que llevar a su bebé en brazos durante una temporada -observó distraídamente mientras pasaba las páginas-.

Probablemente también me habría dado el bebé, si yo hubiera insistido: se mostró muy aliviada al saber que iba a poder sacar el aparato de su casa.

Parece ser que ha habido un montón de arrestos. – Sacó del libro cuatro hojas de papel que habían estado entre las páginas y las examinó-.

Movimientos de las tropas alemanas, planes de batalla… -murmuró,

agitando las hojas delante de él-. Podrían ser auténticos, ¿sabes? El papel rojo podría haber sido un descuido totalmente inocente.

Hale cogió las hojas y les echó un vistazo.

Rommel, 15a División Panzer, Paso de Halfaya.

Podían ser reales, o no serlo.

–Suponiendo que la radio funcione y pueda sintonizar con el Centro -dijo pensativamente-, volveré a redactarlas y las transmitiré junto con un montón de los grupos de código intercalados. – Señaló con la cabeza la ventana y la ciudad que había fuera-. Por si se trata de una trampa de la Gestapo y sus monitores están a la escucha para captar cualquier transmisión de mensajes que tengan exactamente esta longitud. Si transmitiera los textos tal cual están, no les costaría nada reconocerlos, y a partir de ahí podrían derivar mis números de cifrado.

–Los cuales podrían no ser tan únicos como se supone que son -dijo Elena asintiendo.

–Exacto. Cualquier otro agente que esté utilizando el mismo cuaderno también podría estar transmitiendo en clair.

Volvió la mirada hacia la ventana, calculando cómo conectaría el cable de tierra a la cañería en la que se había fijado antes. Tendería la antena de tal manera que le proporcionara un ángulo de radiación bajo, apropiado para largas transmisiones de salto, y se limitaría a esperar una buena recepción y tener que pasar poco tiempo en el aire.

–Echemos un vistazo al aparato de la camarada Charlatana -añadió Hale, poniéndose en pie.

–Realmente debería informar al Centro de tu espontaneidad -suspiró ella-.

¿Quieres un poco de pan y queso?

–Podemos comer mientras trabajo, pero procura que no se te caigan migas en el mecanismo.

Hale sacó el estuche de la radio del cochecito de niño, lo puso en el suelo, abrió la tapa y la levantó. La radio que contenía estaba equipada con un cable para corriente alterna, y los auriculares, el pulsador y una antena aérea enrollada se encontraban pulcramente guardados en un hueco lateral.

Incluso había un paquete de lápices afilados.

–Parece ser una radio -admitió, y utilizó una moneda de céntimo que sacó del bolsillo para desatornillar la plancha frontal y echar un vistazo al mecanismo.

El aparato disponía de una conexión regenerativa alimentada por una batería de alto voltaje que servía para mantener la oscilación y amplificar las señales tenues, de un oscilador Hartley en vez de un cristal para transmitir en una amplia gama de frecuencias, y de un reóstato Bradleystat para evitar los chispazos producidos por el manejo del pulsador, que de otra manera hubieran podido interferir con la recepción radiofónica en dos kilómetros a la redonda.

–No está mal -dijo Hale. Giró los diales del condensador y el reóstato, y al accionarlos notó la tensión producida por las partículas de polvo acumuladas en ellos. Al parecer aquella radio no se había utilizado nunca.

–Bueno, ¿cuánto tardarás en estar en el aire? Necesitamos instrucciones.

–Tan pronto como tienda la antena y la toma de tierra, y… -Paseó la mirada por las paredes de yeso de la habitación en busca de un enchufe, y no vio ninguno-. Y se me ocurra alguna manera de conectar el cable de alimentación al casquillo de una bombilla.

Finalmente, Hale se sentó en el suelo con los auriculares puestos y varias de

las guardas del libro esparcidas ante él, y accionó el reóstato de la radio hasta que la válvula empezó a brillar con un resplandor amarillo. Después hizo girar el dial del condensador, y el aparato empezó a oscilar; Hale oía el intenso susurro por los auriculares, y cuando tocó el cable entre el condensador y la bobina secundaria oyó un satisfactorio golpe sordo.

Durante unos segundos oyó un tenue chasquido muy rápido, causado por las chispas en el distribuidor de algún automóvil cercano, un problema que rara vez había tenido en la Île Saint-Louis, pero éste no tardó en desvanecerse.

–De momento todo va bien -dijo-. Vamos a ver si Moscú ya vuelve a emitir.

Ajustó el condensador en la banda de cuarenta y nueve metros y tecleó: KLK KLK KLK KLK DE ETC, y sintonizó el dial en la banda de treinta y nueve metros para recibir. Transmitir aunque sólo fuese unos segundos le había velado la frente con una delgada capa de sudor; la corriente que utilizaba ya no procedía de una de las casas vecinas, y se suponía que los localizadores direccionales del Abwehr y de las SS siempre detectaban las transmisiones ilícitas y trazaban líneas direccionales cada vez más precisas sobre los mapas de las calles. Si los escuchas eran realmente rápidos, ya podían haber triangulado aquella manzana.

De pronto se encontró recibiendo una intensa señal morse en los auriculares, y se apresuró a coger el lápiz para empezar a transcribirla.

ETC ETC ETCETCCCTTTEEE. Los puntos y rayas llegaban con tal rapidez que casi eran un cascabeleo. Hale se vio obligado a levantar el lápiz del papel y esperar a que la señal se frenara un poco.

–Esto es una locura -dijo con un hilo de voz-. La recepción es muy clara, pero está transmitiendo como un lunático.

–Ese tubo se ha puesto púrpura -murmuró Elena, señalando con el dedo.

Hale contempló la válvula de corriente alterna con ojos que le escocían por el sudor: había un intenso resplandor púrpura dentro del cristal, lo cual

generalmente significaba aire ionizado en el vacío. Eso hubiera debilitado la señal, no obstante, y en realidad la señal estaba llegando con una claridad increíble…

Pero tan rápidamente que había quedado reducida a un áspero zumbido, y se captaba con una intensidad tan ensordecedora que Hale se arrancó los auriculares de un manotazo y los tiró al suelo. Aun así siguió oyendo el ruido con toda claridad.

No era musical, pero parecía palpitar con un ritmo deliberado, y tanto Hale como Elena tragaron aire con una audible inhalación cuando reconocieron el compás de «caída y doble latido» que había dado forma a sus pasos la noche anterior. El pulso de Hale hacía temblar el cuello de su camisa, y gracias a eso pudo ver con una intensa claridad que el ritmo formaba un contrapunto perfecto a su pulso; y supuso que el corazón de Elena estaba latiendo en una sincronización exacta con el suyo, y con el bárbaro redoble o canturreo inorgánico que brotaba de los auriculares. Los oídos se le destaparon como con un súbito incremento de la presión atmosférica, y de pronto estuvo irracionalmente seguro de que algo salido de una pesadilla había bajado de las estrellas para flotar sobre la casa, llenando el cielo.

Se encogió sobre sí mismo, dejó caer el lápiz y, mirando por el rabillo del ojo, vio que Elena también empezaba a retroceder ante aquella clara impresión de una atención que se dirigía bruscamente hacia ellos. « Me conoce -pensó- y ahora sabe dónde estoy. »

« Haces horizontales de luz desplazándose sobre el oscuro rostro de las aguas como los radios de una vasta rueda en movimiento…»

« ¿Hasta dónde tendré que llegar, para saber lo que sabía Lawrence? »

–Apágala, apágala -le decía Elena entrecortadamente, en el mismo instante en que Hale fue consciente de un tembloroso arreciar del viento en la ventana, del tintineo de las tejas fuera y de un olor a madera que se quemaba.

Casi de mala gana, casi con desesperación, agarró el cable de la corriente alterna y tiró de él, y la radio se apagó mientras la lámpara de la pared y unos cuantos trozos de yeso caían ruidosamente al suelo.

Los dos estaban tensamente agazapados en el suelo con la mirada clavada en la ventana, pero sólo la brisa nocturna suspiraba por encima de la repisa, con motores y sirenas distantes como únicos sonidos. A la luz de la lámpara de la otra pared, Hale pudo ver hilillos de humo que se enroscaban lentamente sobre sí mismos para terminar perdiéndose en la invisibilidad al disiparse en el aire fresco.

Finalmente se permitió relajarse, retrocediendo lentamente hasta quedar apoyado en los codos mientras echaba atrás la cabeza y sentía el frío del aire nocturno en la camisa mojada.

–¡Que me aspen! – jadeó-. ¿Dónde está ese coñac?

El sudor relució sobre el rostro de Elena cuando se puso de rodillas para entregárselo.

–Quizá -dijo con voz temblorosa- por eso el Centro permite que desmantelen todas las redes. Como cortar un miembro gangrenado,

¿verdad? – Cogió la botella de la mano de Hale después de que éste hubiera bebido varios tragos, y también la levantó. Cuando la hubo bajado y se hubo lamido los labios, añadió-: Tenemos que consultar con Claude Cassagnac tan pronto como sea posible, organizar un encuentro; es el único otro miembro de nuestra red al que conozco, y lleva en el juego desde antes de la última vez en que Moscú recogió las redes.

Hale quería preguntarle qué había visto, oído y olido, e incluso pensado, hacía unos momentos; pero descubrió que no podía articular las palabras y sintió que se ruborizaba al comprender que era la incomodidad, o la vergüenza, lo que ahogaba su pregunta. Y tampoco quería preguntarse a sí mismo por qué debería sentirse tan tremendamente avergonzado de lo que había ocurrido. Aquello sólo había sido algún fenómeno eléctrico: una carga estática perdida en la atmósfera que había causado interferencias y

una duplicación no sincronizada de la señal, como la turbulencia en el aire que precede a una tempestad. El agotamiento le había hecho imponer los ritmos familiares al ruido aleatorio, de la misma manera que su mente podía conjurar voces o el sonar de un teléfono a partir del ruido de una bañera llenándose; y sólo el agotamiento podía ser la razón por la que de pronto se acordó de su reluctancia infantil a confesar sus sueños de fin de año al sacerdote en el confesionario.

Pero estaba temblando y no se sentía capaz de preguntar a Elena qué era lo que acababan de experimentar.

–¿De veras? – replicó, con la voz a punto de quebrársele-. ¿«La última vez»? El Abwehr y la Gestapo no tendrán que sudar demasiado, ya que les bastará con esperar a que Moscú vuelva a entregarles sus espías.

–Moscú trabaja de maneras que no es necesario explicarnos. – Elena también parecía hallarse bastante afectada.

–«Suya es la capacidad de hacer prodigios» -convino Hale en su idioma.

–Marcel -dijo ella en lo que a Hale le pareció un tono insólitamente iracundo-, no tendré más remedio que informar de tu… ¡falta de seriedad!

¿Es que no puedes…?

–¿Qué es eso? – la interrumpió él.

Mirando más allá de la radio, había distinguido un oscuro delta de puntitos esparcidos por el suelo que, desplegándose, se abrían en abanico hacia la ventana; y cuando fue hasta allí gateando para poder examinarlos más de cerca, vio que eran centenares de anillos delgados como cabellos que habían sido grabados a fuego en los tablones. Algunos de aquellos tenues anillos se podían seguir con la mirada hasta ver que tenían un metro de diámetro, pero la mayoría no eran más grandes que una moneda, y algunos sólo eran unos alfilerazos negros tan diminutos que Hale supuso que haría falta una lupa para poder ver que realmente eran anillos. Frotó unos con la

palma húmeda de la mano, y los anillos habían sido quemados tan ligeramente que la negrura desapareció casi de inmediato.

–El alféizar también está lleno de ellos -dijo humildemente Elena que se había levantado e ido hasta la ventana-. ¿Alguna clase de descarga eléctrica…?

–Un relámpago esférico, probablemente -convino él con voz casi estridente, volviendo a arrastrarse hasta donde habían dejado la botella. « Podía haber sido una centella -se dijo mientras sacaba el corcho-. Podía haberlo sido. »

–Creo que esta noche dormiremos con la ropa puesta -dijo Elena, apartándose de la ventana y cerrando los postigos para ocultar la antena.

Saltaba a la vista que le habría gustado que hubiese cortinas que correr ante la visión del cielo que iba oscureciéndose. Todavía de cara al cristal, añadió-: Creo que deberíamos dormir juntos, con la luz encendida. – Exhaló un brusco suspiro-. Hubo un tiempo en el que yo habría rezado.

Hale contempló las tenues señales de hollín en la palma de su mano y creyó entender por qué Adán y Eva se habían escondido de Yahvé, en el Jardín del Edén, porque aquella noche él tampoco rezaría. «Oí Tu voz en el Jardín, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí.»

–Hubo un tiempo en el que yo también lo hubiese hecho -dijo. Se le ocurrió pensar que probablemente ella daba por sentado que, por el hecho de ser británico, había crecido en el seno de la religión anglicana-. Era católico -

aclaró, en un tono apenas lo bastante alto para que ella pudiera oírlo.

–¡Oh, eres una mala influencia! – Elena se volvió y lo miró-. Has entendido lo de «con la ropa puesta», ¿verdad?

«Estaba desnudo, y me escondí.»

–Sí, Elena. – Bajo aquella media luz, con los cabellos echados hacia atrás, la falda y la blusa arrugadas demasiado grandes para ella, y los ojos en el delgado rostro agrandados por la incertidumbre, parecía tener doce años; y

Hale deseó estar en Chipping Campden y poder meterse en el viejo armario cama del piso de arriba.

–Aurora, sé rápida -dijo ella en inglés mientras se tumbaba junto a Hale allá donde éste se había sentado.

Hale pensó que era una cita de un poema que había leído, pero de pronto se sintió demasiado agotado para preguntarle acerca de ella.

Al día siguiente compraron ropa nueva en el puesto de un mercado negro junto al río y se trasladaron a otro apartamento. Aquella noche, Hale volvió a tender cautelosamente la antena y el cable de tierra, y encendió la radio.

Pero aunque se habían preparado para otro episodio de viento, suelos quemados y señal insensatamente acelerada, o al contrario para la desilusión de descubrir que la radio había quedado destrozada, de hecho fue una sesión como las que Hale había experimentado durante los últimos diez días en la casa de la Rue Le Regrattier: la radio funcionó a la perfección, pero su señal de llamada no obtuvo ninguna respuesta del Centro.

Elena redactó una nota para el agente Cassagnac, proponiendo un encuentro, y fue a dejarla en lo que llamó un « dubok»; explicó a Hale que sería cualquier espacio previamente acordado que no era probable fuera a ser examinado: un hueco detrás de un ladrillo suelto en un callejón tranquilo, el agujero de un nudo de la madera en un árbol remoto, una esquina suelta de la moqueta de un cine. Los duboks generalmente sólo se utilizaban una vez, y el receptor solía dar unas monedas a cualquier transeúnte para que fuera delante de él y efectuase la recogida. Los mejores duboks, le dijo, se encontraban en las entradas recargadas y polvorientas de las iglesias, lo cual indujo a Hale a creer que fuera cual fuera el sitio en el que aquella joven obsesionada por la seguridad iba a dejar la nota, no estaría ubicado dentro de una iglesia.

Al final de la semana volvieron a trasladarse, y la mañana del lunes siguiente fueron al encuentro del agente Cassagnac. Cuando Hale preguntó a Elena cómo había averiguado dónde y cuándo tenían que reunirse con aquel hombre, ésta le dijo que de las nueve ventanas rotas en un convento

de Montparnasse, tres se habían reparado con cartones.

Para encontrarse con Cassagnac compraron una linterna y pasaron por una puertecita en la Rue de la Harpe, que Elena dijo era la calle más antigua de París; y cuando hubieron recorrido a la luz de la linterna una zigzagueante sucesión de desgastados escalones de piedra, con los cabellos agitados por la fría brisa impregnada de olor a arcilla que llegaba de más abajo, se encontraron dentro de una estancia cavernosa iluminada únicamente en ciertas secciones por linternas de parafina colgadas de pilares que flanqueaban grandes arcadas. El resplandor amarillo de las linternas desaparecía muy por encima de sus cabezas en destellos perdidos sobre un techo de piedra cóncavo, y había unas cuantas mesas de madera dispuestas encima de las grandes losas del suelo.

–¡Et Cetera! – llamó una voz de hombre, y a pesar de los ecos, Hale consiguió localizar a una figura sentada a una de las mesas más alejadas. El hombre siguió hablando, en francés-: Y Monsieur Lot. – Lo pronunció

«Lou», cosa que irritó un poco a Hale-. Siéntense conmigo, por favor.

Hale y Elena avanzaron con cautelosa lentitud sobre aquel suelo irregular, y por las corrientes de aire frío Hale tuvo la impresión de que cierto número de túneles se extendía a partir de aquella cámara, quizá incluso pasando por debajo del río, y estuvo seguro de que aquel suelo era romano, o quizá incluso más antiguo. Capturar a un fugitivo ágil allí abajo sería imposible.

Encima de la mesa a la que estaba sentado el hombre había una botella, y después de que se hubieran sentado en un banco enfrente de él, el hombre llenó dos vasos con lo que resultó ser un coñac muy aromático. Cassagnac parecía tener unos cuarenta años, llevaba los cabellos castaños que ya empezaban a encanecer peinados hacia atrás por encima de las orejas y cayéndole sobre la frente, y tenía un rostro delgado, surcado por las pequeñas arrugas de la melancolía y el humor galos. Vestía un suéter gris debajo de una maltrecha chaqueta oscura.

–Se encuentran a la deriva -dijo-, y el aparato de reubicación no funciona.

–El Centro parece habernos abandonado -dijo Elena, y le contó cómo habían transmitido su dirección sin adoptar las medidas de seguridad apropiadas para luego pasar a describirle el desorden en el lugar de conspiración delante de Saint-Sulpice. Hale notó que no mencionaba las señales extrañamente aceleradas y el suelo quemado de hacía una semana.

–Llámelo una prueba -dijo Cassagnac-, o una destilación. La supervivencia de unos pocos, entre los que figurará un creciente porcentaje de los comprometidos más sinceramente. Antes de que él mismo fuera ejecutado, Yezhov del NKVD solía decir: «Es preferible que mueran diez inocentes a que no se detecte un traidor».

–Conocí a Theo Maly -dijo Elena cautelosamente-, el agente ilegal húngaro, el ex sacerdote católico. Cuando el NKVD le ordenó que volviera a Moscú, Maly obedeció aun sabiendo que iba hacia su muerte.

–Usted era una niña, y Maly tenía un gran encanto. – Cassagnac tomó un sorbo de coñac-. El encanto, el ingenio, incluso la inteligencia… Todo eso son catalizadores preliminares, como los libros ilustrados para los niños: peldaños útiles para despertar a las personas, pero no cosas para que las personas se aferren a ellas, una vez que se las ha despertado. Creo que Rusia tiene un… un ángel guardián primitivo, del que se debe renegar en cada ocasión; y aquellos que persisten en amar al ángel y son merecedores de su ayuda especial, deben morir… Idealmente después de que hayan proporcionado su porción de todos los beneficios aceptables al Partido, y ni un solo beneficio más.

–¿Y ése es el camino? – preguntó Elena con desesperación.

–El ángel siempre estará allí, querida mía -dijo Cassagnac bondadosamente, volviendo a llenarle el vaso-. Hace cinco años el Centro purgó a todos los grandes ilegales, aquellos comunistas no rusos que podían operar fuera de los canales diplomáticos y a los que, cuando llegaban tiempos difíciles, se podía repudiar sin correr ningún riesgo. Eran europeos educados, hombres y mujeres que llegaron al comunismo a través de la literatura, la filosofía y las heridas del ateísmo, y sirvieron a su propósito intercesorio; y después

Yezhov los mató a todos para evitar que su intercesión pasara a convertirse en invocación. Cada mañana los verdugos del NKVD recibían rifles y vodka, y después de que hubieran fusilado a sus docenas y las excavadoras hubieran echado sus cadáveres dentro de las zanjas que habían abierto los convictos, volvían a sus salas de guardia y bebían hasta perder el sentido. A consecuencia de todo ello, la generación actual con que nos encontramos tanto en la Razvedupr como en el NKVD es menos atractiva, para las personas como ustedes y como yo, y todavía menos tolerante en lo que respecta al ángel guardián. Pero ellos también serán llamados al sótano de la Lubianka cuando les toque el turno, y quienes los seguirán quizá serán un poco más de nuestro agrado; o si no aquellos que los seguirán a ellos lo serán.

–Llevamos tres semanas sin poder contactar con el Centro por radio -

intervino Hale, que de aquel hombre únicamente quería consejos concretos.

Aun así, no podía evitar que le cayera bien: los ojos melancólicos, la sonrisa y su rica voz parecían estar llenos de sabiduría humana, pero sus opiniones no podían parecerle más censurables y le dolía ver cómo Elena trataba valientemente de asimilarlas.

–Responderán, amigo mío -dijo Cassagnac volviendo los cálidos ojos hacia Hale-, tan pronto como se hayan instalado en la nueva capital provisional en Kuibishev. Manténgase a la escucha hasta que lo hagan. Y mientras tanto…

-Rió con dulzura-. Ustedes dos no son material maleable al que se pueda hacer sonar una y otra vez. Me temo que sus sonidos no se pueden reproducir, ¿comprenden? Elena, debe suspender todo contacto con los agentes, correos e intermediarios; si establecen contacto con el Centro a través de la radio, cambien de dirección lo más frecuentemente que puedan, utilizando gueules casseés baratos. Hace un mes, el Centro envió un mensaje al agente en jefe de Bruselas, dando las direcciones de tres de los agentes de Bruselas. El Abwehr descifrará ese mensaje, y esa red se descubrirá inevitablemente y pasarán a utilizarla en contra de Moscú. Es casi seguro que el Centro tiene la intención de que eso ocurra ahora, de manera más deliberada que accidental. Si no se encuentra en situación de ser utilizada de esta manera, el Centro no se lo pedirá.

–Moscú… -dijo Elena, y Hale se acordó de haberle oído decir que siempre aceptaría lo que Moscú le diera-. ¿El Centro de Moscú quiere que esto, esta

«reproducción», ocurra?

–¿Quiere un esgrimista que lo desarmen o romper su hoja cuando ejecuta el passata sotto, el pase bajo? Es lo que ocurre normalmente. Difundir música grabada es la última fase natural de cualquier red de espionaje. Al principio se arresta a un par de agentes, y su motivo para cooperar con la Gestapo durante esa fase es simplemente el miedo a la tortura y la muerte, y la esperanza de que la cooperación les comprará clemencia; así que utilizan las contraseñas y señales de seguridad para atraer a otros agentes hacia la captura. Y esos agentes recién capturados siguen con una increíble facilidad el ejemplo de aquellos compañeros suyos que han caído en la duplicidad; y muy pronto toda la red, aunque no ha cambiado en sus rutinas ni en sus códigos, ha adquirido una nueva polaridad: la red continúa desempeñando su trabajo radiofónico sin ninguna interrupción, pero ahora lo dirige la Gestapo, con la intención de engañar a Moscú y descubrir sus necesidades secretas. Entre los agentes una atmósfera de cinismo burlón sustituye rápidamente, o evoluciona a partir de, sus anteriores principios e ideales. Y

para aquellos agentes que han cambiado de bando, o al menos para los mejores de entre ellos, la pasión rectora ahora ya no es la ideología, sino un distanciado orgullo profesional en el arte propiamente dicho. Si sobreviven, dichos agentes se pueden recuperar en una fecha posterior y todavía pueden ser útiles, aunque de maneras limitadas.

–¿Qué… esperamos conseguir exactamente? – preguntó Hale. Sabiendo que era su deber, intentó determinar qué información había obtenido durante aquellas cinco semanas en el extranjero, porque estaba claro que había llegado el momento de que saliera de Francia y encontrara una manera de volver a Inglaterra. Pero Elena no lo acompañaría nunca en ese viaje, y por eso se aferraba a la esperanza de que Cassagnac podría proporcionarle alguna razón justificable para permanecer en Francia, para seguir junto a ella.

–Usted es un operador de radio que nació en Palestina. – Los ojos de Cassagnac brillaban alegremente entre las bolsas que los circundaban-. Por

mucho que lo niegue, Moscú valora la ayuda de unas cuantas personas como usted, aunque siempre sea sobre la vieja base ilegal: con la mano izquierda y el brazo bien extendido, sin que se admita y asegurándose de que se pueda negar. Si se mantiene alejado de la acción mientras dure esta oleada de purgas, puede estar seguro de que el Centro continuará utilizándolo más adelante. Y si cuando llegue ese momento tiene los ojos lo bastante abiertos para ver venir la próxima purga, también podrá permanecer escondido durante ella. Yo soy uno de los viejos ilegales, ahora reducido a trabajar en mi país; pero espero vivir para ver cómo se alcanza el verdadero comunismo en el mundo, y con ese fin desaparezco de vez en cuando y me aseguro de que mis habilidades nunca sean indispensables.

Los agentes indispensables siempre son aquellos a los que se purga en primer lugar, porque su misma existencia demuestra que hay una insuficiencia dentro del Partido como un todo homogéneo.

Hale miró a aquel hombre y parpadeó.

–Está diciendo que no confía en el Partido -replicó sin inmutarse, esperando que Elena estuviera prestando atención y que la fe que tenía en su «esposo»

corporativo empezara a vacilar.

–En absoluto, camarada, y le ruego que no me atribuya algo que no he dicho. Lo que digo es que se puede tener la más absoluta confianza en que el Partido hará aquello que sea mejor para la humanidad, y si usted no consigue encontrar ninguna manera de evitar una sentencia de muerte, entonces debería confiar en que el Partido hará lo que sea más adecuado y cooperar. Maly estaba de acuerdo con esto y asintió obedientemente a su muerte.

–Eso es -dijo Elena, asintiendo con lentitud-. Si he de morir por el Partido, preferiría que fuese a manos del Partido. Así pues, durante algún tiempo Lot y yo seremos obedientes pero no evidentes.

Hale comprendió que después de aquello ya no podía volver corriendo a Inglaterra, y dejar abandonada a la pobre e idealista Elena en aquella descabellada partida de ajedrez.

–Me alegro de haberlo entendido correctamente -dijo-. Eso es lo que haremos. – Pero se terminó el coñac y volvió a llenarse el vaso, comprendiendo por primera vez en su vida algo de lo que los borrachos buscaban en el alcohol.

–Cardos -dijo Cassagnac bruscamente a Elena golpeando la mesa con los nudillos-, flores… plantas. ¿Llegó a hablar Maly alguna vez de esas cosas con usted, querida mía?

–No creo -contestó ella mirándolo fijamente-. En una ocasión nos preparó la cena, y puede que entonces hablara de las especias.

–Usted fue reclutado en un jardín -dijo Cassagnac volviendo su penetrante mirada hacia Hale después de entornar los ojos y asentir-. ¿Por qué se encontraba allí?

–Estaba en Piccadilly Circus… Oh, se refiere a la mujer, antes de eso. El jardín botánico de Oxford, claro. – « Estaba desnudo, y me escondí», pensó-. No lo sé. Quedaba justo enfrente de mi colegio. – No pudo evitar preguntarse si una nueva arma química secreta estaría basada en un extracto de plantas, de la misma manera en que lo estaban algunas medicinas; había leído que la aspirina tenía su origen en la corteza del sauce.

Cassagnac volvió la mirada del uno al otro durante unos segundos, soltó una carcajada y echó la cabeza hacia atrás.

–Discúlpenme, pero hace unas semanas recibí instrucciones de preguntárselo tan pronto como tuviera ocasión de hacerlo. Y ahora la he tenido. – Sacó un sobre de la chaqueta y lo deslizó sobre la mesa hacia Andrew-. No he recibido otras instrucciones concernientes a ustedes -

continuó-, por lo que ciertamente no tengo razón para no entregarles este montón de dólares americanos, francos franceses y Deutschemarks; que debería bastarles para subsistir durante varias semanas. Cuando pueda volver a contactar con el Centro, le transmitiré su ignorancia en lo que respecta a las cuestiones botánicas, y sin duda en ese momento recibiré

órdenes relacionadas con usted.

–Me parece que sería mejor que… no volviéramos a vernos -dijo Hale.

–El arco que hay a su derecha -dijo Cassagnac encogiéndose de hombros con una sonrisa- los llevará hasta unos escalones que conducen al sótano de una ferretería en la Rue de Savoie. Nadie se sorprenderá de verlos aparecer.

Compre un cinturón allí antes de salir a la calle. ¿Se acordará?

Mirando por las ventanas empañadas que había en la parte de atrás de la tienda, Hale vio que fuera llovía, y el agua repiqueteaba en los cubos esparcidos por el suelo de madera. Martillos, palas y cajas de herramientas ocupaban la mayor parte de los estantes bajo la luz mortecina de las bombillas eléctricas, pero cuando Hale preguntó por cinturones lo dirigieron a un cajón que había junto a las ventanas de la calle, al lado de un montón de pararrayos oxidados. Elena sacó un cinturón del cajón y se lo tendió.

Aparte de las representaciones de la cruz lobulada egipcia en los libros de historia, aquella hebilla de cinturón de hierro negro era el primer ankh que Hale hubiera visto jamás. Parecía demasiado tosca y bohemia hasta para su tapadera de embusqué desaliñado, pero era la única clase de cinturón que vendía la tienda, por lo que Hale lo compró obedientemente; y no se sintió nada complacido cuando, al examinarlo bajo la decreciente claridad grisácea del día, vio que la tira de cuero estaba decorada con un diseño estilizado de círculos quemados en ella. Un retumbar de truenos lejanos resonó sobre el lado norte del río.

–Deberías llevarlo tú -dijo a Elena mientras se paraban en la acera debajo del toldo de la tienda. La lluvia tamborileaba ruidosamente sobre la lona encima de sus cabezas y dibujaba anillos en el agua acumulada junto al bordillo-. Apostaría a que es un cinturón de mujer.

–No -dijo ella-. Míralo: la parte derecha se abrocha por encima de la izquierda, así que es un cinturón de hombre.

Hale asintió y se encogió de hombros con irritación, y sólo cuando la miró un instante después y vio su expresión impasible, cayó en la cuenta de que naturalmente el cinturón se podía llevar tanto en un sentido como en otro.

–Creo que ninguno de nosotros debería llevarlo -dijo, con el aliento humeando en el aire frío-. Es muy llamativo, y dado que Cassagnac insistió tanto, tiene que tratarse de alguna clase de señal de reconocimiento, y él mismo dijo que no queremos que nos reconozcan durante algún tiempo.

Elena salió rápidamente a la lluvia y Hale la siguió, metiéndose el cinturón en el bolsillo de la chaqueta.

–El ángel guardián del que nos habló… -dijo al fin mirándolo con los ojos entornados después de abrir la boca para hablar un par de veces-. ¿Tuviste la impresión de que era real, o sólo se trataba de una figura retórica?

–Era una figura retórica -dijo Hale secamente, con las palabras «por supuesto» implícitas en su tono.

–Oh. – La respuesta de él parecía haberla desconcertado, porque se detuvo en la calle mojada y se volvió para agarrarlo por los hombros y mirarlo a los ojos; y hablando en inglés, dijo-: ¿Dónde estabas tú cuando puse los cimientos de la tierra? Decláralo, si tanto sabes.

–Me parece que aquí hay algo que se me escapa -repuso él en francés, parpadeando para quitarse de los ojos las frías gotas de lluvia que se le iban desprendiendo de las cejas-. Eso es del Libro de Job, y no me refiero a la Versión Católica Douay. En la versión católica no pone «Decláralo». – Se apartó un empapado mechón de cabellos rubios de la frente con la mano libre, mientras ella seguía mirándolo con el ceño fruncido-. Tendríamos que haber comprado un paraguas allí atrás -añadió finalmente, no ocurriéndosele nada mejor-. Aunque probablemente todos los que tenían eran de hierro.

Elena le soltó los hombros y siguió andando sobre la acera mojada en dirección al Boulevard Saint-Germain y su domicilio en aquel momento.

Luces ambarinas brillaban detrás de los cristales de los escaparates, pero no había otros peatones en la calle.

–Fue un inglés -dijo por encima del hombro-, sin duda un protestante, quien nos lo citó a un grupo en Albacete. Había fingido ser un recluta de la Komintern incorporado a las Brigadas Internacionales, pero en realidad era un espía, un miembro del Servicio Secreto británico. El Partido lo había desenmascarado, y André Marty le pegó un tiro en la frente un instante después de que hubiera citado aquel versículo de la Biblia. Antes de que fuera a España a comandar las Brigadas, Marty había sido el líder del Partido en Francia. Utilizó una Luger de nueve milímetros. El chorro de sangre se esparció hacia delante y también hacia atrás, y a mí me cayó un poco de sangre en el vestido. Yo tenía doce… o quizá trece años, y hacía de telegrafista para las Brigadas.

–Santo Dios. – Hale se estremeció, y no sólo por la fría lluvia que le azotaba la cara, mientras alargaba sus zancadas para alcanzarla-. Yo… Eso tuvo que ser horrible. Pero ¿por qué citarme ese versículo, ahora?

–Puedo manejar una radio -dijo ella-. Puedo recibir y transmitir en código morse, y he sido agente de TSH en varias redes soviéticas antes de ésta; aquí, en Bélgica y, por aquel entonces, en Albacete. Pero dentro de esta configuración actual soy la que se desplaza de un lado a otro y va al encuentro de los correos, y el Centro quiere que cada red disponga de un agente cuyo único trabajo consista en ocuparse de los códigos y la radio, y no quieren que nadie más efectúe ninguna transmisión aparte de esa persona. Sus operadores de Moscú enseguida aprendieron a reconocer las características de tu «puño», como lo llaman ellos, tu estilo particular con el pulsador telegráfico, y ahora sospecharían si yo o alguien que no fuera tú efectuara cualquiera de las transmisiones para nuestra red. Pero yo realmente podría hacerlo. Y creo… No, estoy segura de que, si yo hubiera manejado la radio hace una semana, no habríamos tenido la señal acelerada ni el suelo quemado.

–Y por eso me citaste a Job -dijo Hale asintiendo nerviosamente, sin querer

hablar de aquella noche.

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–Marty mató a centenares de agentes de la Komintern en España, con el pretexto de que mostraban simpatías trotskistas. Pero yo creo que en realidad trataba de eliminar a los agentes que se habían ido convirtiendo gradualmente en miembros de una orden trascendente, una categoría tan sutil y secreta que ni siquiera los mismos agentes sabían que se encontraban incluidos en ella, o mejor dicho, no sabían que ellos mismos también se encontraban incluidos en ella. Creo que existe más de una de esas órdenes superiores. Creo que hay divisiones partidistas. Ese agente inglés al que Marty mató había estado dando vueltas alrededor del aeropuerto de Guadalajara en un jeep, tomando fotos, ¡pero en realidad parecía como si estuviera sacando fotos de todo menos del aeropuerto! Hubo un tiempo en el que Guadalajara fue una ciudad árabe, musulmana: su antiguo nombre era Wadi al-Hijarah, que en árabe significa Río de Piedras, y los

campesinos[2] dicen que piedras de basalto negro andan por esas colinas

durante la noche. El inglés quizá ni siquiera supiese que andaba metido en

algo mucho más grande que el Servicio Secreto británico… aunque parecía

querer dar a entender algo cuando citó ese versículo de Job.

Un rugido en el cielo que al principio Hale creyó era un trueno se intensificó rápidamente y fue adquiriendo una cualidad de zumbido, y un instante después Hale torció el gesto y miró arriba cuando un Junkers 52

trimotor surcó pesadamente el cielo gris a un par de centenares de metros por encima de ellos, con sus anchas alas plateadas meciéndose suavemente mientras iniciaba el descenso para un inminente aterrizaje en Orly.

–El versículo de Job -dijo en un tono demasiado alto, un poco avergonzado de haberse dejado asustar por el avión-. Bueno, no significa nada para mí, aparte de que Yahvé le dice a Job con bastantes malos modos que, suponiendo que el mundo funcione siguiendo alguna clase de reglas, dichas reglas están más allá de la comprensión de Job. Vayamos un poco más deprisa, porque nos estamos empapando.

–Si el cinturón es una señal de reconocimiento -continuó ella tozudamente, casi suplicando-, no creo que debamos preocuparnos por si la reconocen meros agentes de la Razvedupr o de la Gestapo.

–Salvo Cassagnac -objetó Hale-, quienquiera que le hablase de él y aquel hombre de Londres que me ordenó que dijera que había comprado un cinturón en una ferretería de París, como frase de contraseña. – Sonrió y, extendiendo la mano, le apretó el hombro debajo del suéter mojado-. Tu ángel será capaz de reconocerlo incluso dentro de mi bolsillo.

–¡Ciego en Gaza! – chilló ella en inglés, súbitamente muy enfadada. Hale retrocedió, cada vez más perplejo. Aquello era otra cita de un poema inglés,

¿Milton?, «Samson Agonistes», y Gaza era una ciudad de Palestina. Elena le dio la espalda y siguió andando, y a Hale le pareció que su voz sonaba ahogada por las lágrimas cuando le dijo-: Cuando te peguen un tiro, asegúrate de citar la versión católica.

Hale chapoteó apresuradamente por los charcos pisándole los talones, sin tener nada claro qué había querido decir Elena. ¿Sospechaba acaso que él también era un miembro del Servicio Secreto británico? A buen seguro que no: él mismo casi lo había olvidado, hasta que las palabras de Cassagnac hicieron que pensara en volver corriendo a Inglaterra, y estaba seguro de que Elena lo denunciaría inmediatamente en el caso de que alguna vez llegara a sospechar que era un espía. No, ella simplemente lo había visto como uno de aquellos agentes hipotéticos que, sin quererlo y sin darse cuenta de ello, empezaban a… digamos que a operar en una categoría superior, como su amigo Maly, y tal vez como ella misma.

Pensarlo hizo que volviera a acariciar la idea de salir huyendo y regresar a Inglaterra. «Si hubiera sido uno de esos enormes helicópteros Focke Achgelis, en vez de un avión, con las palas del rotor girando lo bastante despacio para poder ser vistas…» Lleno de resentimiento, pensó en sus pesadillas infantiles de fin de año, que tanto habían interesado a Theodora; y se acordó del paseo clochard que había dado antes del amanecer con Elena diez días antes, el cual los había transportado de alguna manera inexplicable desde una isla en el Sena hasta el extremo más apartado de la otra. «Has nacido para esto», le había dicho ella aquella noche. Y se acordó también de la terrible cuasimúsica en los auriculares a la noche siguiente y del suelo extrañamente calcinado…