Dedos meñiques

Filip Florian · Capítulo 1 de 23

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Dedos meñiques

Capítulo I

I

 

Todas aquellas personas que no habían resistido la tentación de redactar una monografía de su ciudad —⁠un maestro, un abogado, dos monjes, un veterinario y un jefe de estación— habían vivido con la convicción de que, después de que el castro romano hubo sido abandonado (o incendiado o azotado por una plaga exterminadora o castigado por Dios), la tierra se lo había tragado para siempre. Creían que estratos de arena, arcillas, sedimentos de todo tipo y mantillo se habían asentado a lo largo de la historia, gruesos, densos, sobre Principia, sobre thermae, canabae y horreum, se decían a sí mismos que una vegetación carnal, agresiva, había ocupado las colinas. Al mismo tiempo que fijaban los orígenes de la urbe y de los primeros testimonios documentales, los autores de aquellas enternecedoras crónicas dejaban los vestigios de lado, hasta 1932, cuando, anotaban ellos, un equipo entusiasta de arqueólogos había sacado a la luz unos cuantos muros derrumbados. El momento quedaba consignado de manera sucinta, pero lo que parecía impresionarlos no era la aparición de las ruinas, que salieron a la luz después de dos milenios de oscuridad, sino la presencia en el grupo de profesores y de estudiantes de un cierto personaje. Había referencias hostiles o admirativas (en ningún caso neutras) a aquel personaje y en la obra del abogado Stratulat, junto a un retrato al carbón, dabas con una descripción detallada de una mujer de pelo muy corto, que llevaba siempre pantalones de montar y botas de caña, posesora de una pitillera de ámbar de veinte centímetros de largo. Hablaba un inigualable francés, informaban unas líneas del maestro, se movía despacio, rolliza, templaba autoritaria a los jornaleros contratados para las excavaciones, mientras que sus blusas vaporosas destilaban un perfume de higos. Gavrilescu, el veterinario, la comparaba con una gallinita copetuda de monte, de plumas erizadas, capaz de provocar durante la época de celo crudelísimas luchas entre los gallos; el ferroviario la había visto circulando únicamente en las cuchetas de lujo del expreso, siempre acompañada por señores elegantes (entre ellos, a menudo, un ministro y un general) cuyos restos de pasión se consumían en las mesas de ruleta y de bacará del casino. Los textos del maestro y del abad desprendían, en cambio, irritación y lamentaban el hecho de que, en el verano y el otoño de aquel año, la joven generación o, en un sentido más amplio, el rebaño de creyentes, estaba predispuesto a extraviarse. El maestro estaba contrariado porque en la Escuela de señoritas se había extendido la moda de cortarse el flequillo y de recortarse las coletas, los alumnos de instituto y los de liceo se apiñaban para participar como voluntarios, no solo durante las clases, en el descubrimiento de construcciones antiguas y el archimandrita Macarie constataba con malicia que el número de cabezas de familia en la iglesia, en la santa misa, disminuía de manera preocupante y que la tranquilidad de muchas parejas, según el contenido de las confesiones, estaba en peligro. El único que ignoraba completamente a aquella criatura exótica y los sucesos que provocaba, el único de cuyos escritos no podías deducir ni siquiera que la encantadora amazona hubiera nacido nunca, era el otro fraile, el padre Ioanichie. Como promotor que era de una teoría de pura descendencia bíblica, veterotestamentaria, no dudaba de que sobre la ciudadela habían caído en algún momento, a la vez, la ira del Padre y la del Hijo, unidas en una fuerza devastadora y purificadora, capaz de cubrir con flores, matas y árboles, a lo largo de diecisiete siglos, un lugar de lascivia humana. Y este servidor de Dios cuya tumba se hallaba entre las de los hermanos ordinarios, en el patio del monasterio, había estado seguro de que el desenterramiento de la primera piedra del viejo castro romano había significado el revivir del mal, del vicio, que él, por su parte, descifraba en la conducta de la gente, en sus arrebatos.

Yo había encontrado las seis monografías en un oscuro escondrijo de la biblioteca pública, al cabo de una semana de búsqueda. La fortuna del descubrimiento vino acompañada de un ataque de úlcera tal que, tras vanos intentos, finalmente pudo el gris de mis doloridas facciones, fruto de la agria tristeza, enternecer a la dama que regentaba la institución. La señora Mia (así se presentó) había sacado con una expresión cómplice la cadena de llaves que se balanceaba entre sus senos gigantescos y, torturada por la obesidad, había abierto la puerta de una habitación pequeña que también estaba, como todas las otras, bajo la influencia del clima sin estaciones de tales espacios: un aire oxidado, mezcla de polvo, papel macerado y veneno para cucarachas. Era un trastero estrecho destinado a escobas, trapos para el suelo y bombonas de butano que no cumplía su cometido. Lo que tenía delante, bajo la cortina de telarañas y las cacas de ratón, constituía una antigua donación del ayuntamiento (memoria viva de la localidad, me había susurrado la gordinflona), compuesta por órdenes del día del regimiento de guardia, esbozos de monumentos, libros de honor del sanatorio, del casino y de los hoteles, carteles de los bailes de caridad, cartas de dotes, expedientes académicos y testamentos de próceres, programas de carreras automovilísticas por la costa, himnos de los boy scouts y de los centinelas, decisiones del consejo referentes a la denominación de las calles principales, proyectos de edificios nunca construidos, como el teatro, el patinadero y la ermita de la gruta de Santa Verónica. Me llevó toda una mañana y medio blíster de ranitidina extraer los manuscritos, de los cuales esperaba tanto, del montón de documentos amarillentos, planos, registros y carpetas. Al final de aquella operación, mi camisa a cuadros se había vuelto de un gris uniforme, la boca y las ventanas de la nariz se me habían llenado de un polvo asfixiante, insípido, y las nociones de jabón y de baño caliente me parecían más tentadoras que nunca. Mi ingenuidad me había hecho suponer que estudiaría los cientos de páginas con calma, con infusiones de orégano y pan tostado al lado, con las melodías de los hermanos Mills fluyendo a la sordina, con una botella de agua caliente en la barriga, estirado en la cama blanda, reconfortante, de la habitación que había alquilado en casa de la tía Paulina. Pero mientras revolvía las pilas de registros, horas y horas, la bruma de buena voluntad de la bibliotecaria había desaparecido, la amargura avinagrada había cubierto de nuevo sus rasgos. Me clavaba la vista con sus ojos pequeños, hundidos entre los hinchados párpados, respiraba jadeando, casi asmáticamente y afirmaba que las piezas raras, del fondo de reserva, no se podían consultar más que en la sala de lectura.

Había escogido el lugar más iluminado al lado de una de las ventanas que daban al sur y, cada vez que conseguía irme del asentamiento arqueológico, recorría atentamente aquellos textos olvidados. Entre una compañía habitualmente desagradable, formada por las amigas de la señora Mia y jubilados que rellenaban boletos de lotería, esperaba descubrir un suceso antiguo o por lo menos un indicio referente a las osamentas de las ruinas. Tenía que tratar con caligrafías muy diversas, desde la excesivamente cuidada del antiguo abad hasta la rebelde, difícil de descifrar, del veterinario. La sintaxis y la ortografía también diferían, así como el estilo narrativo, pero, por encima de todo, había un molesto tono común, una especie de acuerdo secreto entre los cronistas para tratar polémicamente los mismos acontecimientos. El jefe de estación, por ejemplo, achacaba la anulación de la visita de Francisco José a un complot de principios de siglo de los ferroviarios magiares, el maestro veía en aquel brusco cambio del programa imperial una lección dada a Carol I, el doctor Gavrilescu explicaba el incidente por el desajuste entre la fecha del viaje y la temporada de caza del zorro y el abogado Stratulat suponía que la decisión de la corte de Viena era consecuencia de unas razones galantes, imposibles de incluir en el comunicado oficial. En este punto, a pesar de encontrarse en grados tan alejados de la jerarquía eclesiástica, Macarie y Ioanichie coincidían sin embargo en sus convicciones, al interpretar el gesto del último Habsburgo-Lotharingia como una infamia arrojada por el catolicismo a la cara de la ortodoxia. En lo que se refiere a los hechos que me interesaban, de los cuales dependía la continuidad de las investigaciones en el castro romano, estaba claro que, si no encontraba información en alguna de las obras, no la encontraría en ninguna otra. Sin embargo, entre las cubiertas de color marrón que protegían la variante del jurista no se hallaba nada capaz de explicar la presencia de decenas de esqueletos en el perímetro de la ciudadela. Había llegado al final de aquel relato un día miércoles (lo recuerdo con precisión ya que la gente volvía del estadio, de un partido de Copa), eran cerca de las seis, la hora de cerrar, y, como en la comida había ignorado las galletas y el requesón, el estómago me estaba atormentando terriblemente. Las convulsiones de la úlcera y mi decepción habían amansado de nuevo a la bibliotecaria, quien había sentido la necesidad, en la desierta sala, de sentarse a mi lado y parlotear algo sobre cómo la gente huía de los libros. El sol se había vuelto diminuto y estaba a punto de desaparecer detrás de una cumbre frondosa cuando sentí sus dedos húmedos entre mis piernas.

No podía renunciar a leer el resto de los manuscritos, me iba demasiado en ello, pero, en las nuevas circunstancias, dependía del horario de los demás. Cada vez que la sala de lectura estaba vacía, evitaba entrar, y cuando las últimas personas se marchaban, me apresuraba a acompañarlas. La gordinflona, aunque llevaba a menudo gafas —⁠romboidales con un cordón dorado— se comportaba después de aquel engorroso episodio como si yo fuera transparente, imposible de distinguir. Su falsa indiferencia tenía algo de amenazador, aunque, en comparación con la terquedad del jefe de policía o con la firmeza de los antiguos detenidos políticos y de los periodistas llegados de Bucarest, parecía cosa de niños. Aquellos señores mayores, atormentados y a la vez fascinados por el pasado como los jóvenes periodistas, anticomunistas tardíos, no aceptaban que el sinfín de restos mortales fuera más que la consecuencia de una ejecución sumaria, consumada al borde de una fosa común, en los años cincuenta. La opinión de los historiadores no les interesaba, las dudas del médico forense les parecían sospechosas, fruto de la cobardía, y el hecho de que los fiscales no hubieran identificado ni una bala era considerado un signo de complicidad durante decenios con los autores de la masacre. Eran creyentes de su propia teoría, que originaba comentarios y artículos de prensa categóricos. La ausencia de algunos dientes probaba, en su concepción, las torturas previas al fusilamiento, las fracturas de los cráneos eran una prueba del uso de la pistola y de la porra, la colocación de los miembros a una cierta distancia de las clavículas y de las pelvis demostraba que no se había tratado de un entierro cristiano, sino que habían sido arrojados en grupo, desde una cierta altura, los cuerpos sin vida. El personaje del momento era sin embargo Maxim, que había ordenado la suspensión de las excavaciones arqueológicas hasta el esclarecimiento del caso y no se cansaba de conceder entrevistas a periódicos, semanarios, agencias de noticias, emisoras de radio y televisión. Su olfato de policía, un sentido profesional aparte (afirmaba él sin cesar) le decía que se hallaba ante un crimen odioso que no quedaría sin castigo. A fin de convencer a las cámaras, pero también a micrófonos y magnetófonos, el mayor se pasaba continuamente los dedos por el bigote negruzco, apretaba los maxilares y, con voz grave, pedía comprensión por la discreción que le exigían las pesquisas. En cuanto a las monografías, posible fuente de desaparición de las controversias, ignoraban las necrópolis medievales, no mostraban ningún interés por los lugares en que los antepasados habían encontrado su descanso eterno. El veterinario aludía a una incierta enfermedad de los caballos que habría matado ejemplares de entre los más esbeltos antes de la primera lugartenencia principesca, pero no tenía noticia del asentamiento temporal de un cementerio entre los muros de la ciudadela.

Aquella mañana en que el estruendo de bocinas y de la charanga había invadido la ciudad, estaba releyendo las páginas del monje Ioanichie. Dejé la historia de los lobos que rodeaban en invierno el monasterio (una descripción de esas bestias como esbirros del diablo: corrían alocadamente siguiendo sus mismas huellas, muchos, como piojos, hacían no un sendero, sino una zanja profunda en los cimientos de los muros, al querer derrumbarlos, caían extenuados después, recogían fina nieve con sus lenguas largas como serpientes, se recobraban y se lanzaban a roer y arañar las puertas con sus colmillos puntiagudos como agujas de sastre y con sus garras cortantes como navajas, algunos golpeaban las vigas de encina claveteadas con la testuz porque precisamente ahí, bajo la piel erizada, les habían crecido cuernos) y, desde el primer piso, desde una de las ventanas de la biblioteca pública, seguí la extraña procesión de la calle mayor. El individuo con sombrero de fieltro a quien llevaban como solista en el capó de un coche parecía ser Luci, el mismo que acababa de cortar la hierba del patio de la señora Embury. ¿Qué tenía que ver él con la música?