Dedos meñiques
Capítulo VI
I
La historia de aquel viaje predicho por el café (más concretamente de la embarcación, del payaso y de la letra o) no concluyó cuando parecía haber concluido (quizás a causa del corazoncito un poco torcido y del perro con malas pulgas, presentes ellos también en los posos de la taza). La tía Paulina regresó del monte Olimpo al mediodía, en pleno diluvio. Bajó del autocar bronceada y encendida por el camino, sin paraguas, con un vestido de percal con pececitos. La lluvia no dejó lugar para abrazos, no nos besamos hasta que llegamos debajo del alero de un quiosco, allí le di también el ramo de rosas (bajo un cielo terroso, no como en los sueños soleados en que el señor del frac le ofrece acianos silvestres), le eché mi chaleco a los hombros, me ocupé del equipaje y fui a buscar un taxi. Llovía a cántaros y la fila de taxis de la entrada del parque había desaparecido, como si se hubiera puesto a cubierto en lugar seco. Pasó un cuarto de hora hasta que apareció un Skoda blanco («Como una chalupa», dijo la tía tiritando, todavía con la imagen fresca de los pequeños puertos de las islas), ella se sentó detrás, estaba temblando, yo me quedé al lado del conductor, un tipo fornido y huraño que hablaba mal de los hombres del tiempo. Tampoco en casa las cosas fueron como habrían podido ir porque no íbamos a mirar desde la veranda los relámpagos ni los torrentes que se habían formado, ni a escuchar los truenos y a charlar repantigados en las mecedoras de mimbre cuando ambos estábamos tiritando, empapados hasta la médula. Para mí fue más fácil, me sequé bien, me puse ropa gruesa y nueva, bebí un té, bebí también una copita de licor de guinda, pensé que con aquel tiempo no vendría mal un fuego en la estufa. Ella, en cambio, no se recuperó ni después del baño caliente ni después del té y aspirinas ni después de estar con los pies metidos en un barreño con agua caliente y cristales de sal. Intentaba sonreír, ser agradable («Tienes que tener, hijito, paciencia con los regalos», me dijo; a continuación prometió que me lo contaría todo después de entrar un poco en calor; más tarde, blanca amoratada como si el bronceado se hubiera borrado con la toalla, estornudando a menudo, con los ojos aceitosos, pidió quedarse a solas para calmarse y descansar después de un trayecto de dieciséis horas; también me rogó que cuidara de las rosas). Puse la mesa con los platos y los vasos del aparador, con servilletas almidonadas y cubiertos de un cajón del armario, con velas alargadas en candelabros que había encontrado en un trastero (y que Jojo había frotado con vinagre y devuelto a la vida), calenté unas cuantas veces el asado de ternera preparado según una receta del cazador de palomas (Dumitru M., el hombre más anciano de la ciudad), pero la tía no se despertó ni para una comida tardía, ni para la cena. Hacía mucho que la tormenta de fuera se había marchado hacia el sur y había regresado el sol, después el sol se marchó también hacia el oeste y llegó la luna, de hecho media luna. Cuando oscureció y llegaron las estrellas, escuché atentamente desde su puerta y lo que se oía desde su habitación no sonaba bien. Entré sin hacer ruido, Paulina temblaba bajo la colcha de lana, se agitaba, se quejaba un poco, gemía, balbuceaba todo tipo de cosas, respiraba jadeando, había un lago de sudor, estaba empapada como si también hubiera llovido en la cama, puse el jarrón de rosas en la mesita, no ayudó en nada, su frente quemaba. Y llamé a una ambulancia. El furgón llegó antes de medianoche con una asistenta jovencita y un camillero consciente de sus propias dotes de médico, la tía seguía durmiendo, de hecho no dormía, pero tampoco estaba despierta, ardía, así que la arrebujé en la colcha, la pusimos todos en la camilla y salimos hacia el hospital. No pusieron la sirena de la ambulancia (si tenía sirena y si funcionaba) y ello me tranquilizó, me dejó confiar que no fuera nada grave. No obstante, el médico de guardia, recién despertado del sueño, empezó a agitarse como si hubiera hecho caso del juicio del camillero, después me echó de la consulta. Quería café y se lo dieron enseguida, una enfermera pasó por el vestíbulo con un cazo humeante y el aroma me recordó las mañanas. Hacía frío, la lámpara de neón del techo no se parecía a otras lámparas de neón, no titilaba, no zumbaba, pero, en cambio, enfriaba el ambiente. Patrullé mucho por delante de las puertas cerradas, leí todos los carteles de las paredes, entre ellos un texto ni largo ni corto sobre una vacuna antigripal, una especie de poema farmacéutico (en el que viral rimaba con invernal, prevención con diversión, frasco con chubasco, temperatura con criatura, etcétera, etcétera), un texto acompañado por dos imágenes de la Gioconda, una con su expresión clásica, que la representaba con el frasco del medicamento al cuello, como un medallón, la otra una Mona Lisa febril, seguro que sin vacunar, con todos los síntomas de la enfermedad en el rostro. Tosí a propósito unas cuantas veces, ajusté con la punta del zapato las patas de unas sillas hasta que quedaron alineadas como militares, seguro que me oían desde dentro pero estaban demasiado ocupados o yo no les importaba. Finalmente ya no aguanté más el dar vueltas bajo la lámpara de neón, tenía que saber qué le pasaba a Paulina y llamé a la puerta de la consulta. No me contestó nadie. Y la puerta estaba cerrada. Volví a llamar y empezó a proyectarse (en mi cabeza) un cortometraje con el médico con los pantalones bajados, con la enfermera rellenita estirada sobre una mesa (encima de registros, recetas, sellos, clips y lápices, encima de un estetoscopio que acertó a estar justo debajo del trasero), él le había levantado el borde de la bata y la falda, le había tapado la boca con los dedos (para que los jadeantes sonidos no perturbaran el sueño de la tía), ella tenía las rodillas apretadas y movía rapidito las rollizas caderas, en fin, se movía también él, más deprisa, pero la enfermera rellenita abrió la puerta antes del final, con la ropa en regla, sin arrugar. Entre el cortometraje imaginario y la realidad había pocas semejanzas: una habría sido que la enfermera tenía ciertamente la boca tapada pero no por los dedos del médico, sino por su propio dedo índice, como haciéndome una señal para que no hablara demasiado alto, la segunda era el sueño de Paulina, con la manga del jersey subida para el gota a gota. ¡Pobre tía! Después de lo que había esperado bajo la lluvia (con su vestido de percal con pececitos), ahora le habían puesto en la frente y bajo las axilas bolsas de hielo. Me dijeron que era una congestión pulmonar, que era imprescindible hacer bajar la fiebre, que habían recurrido a antibióticos fuertes y que no estaba consciente. Después la enfermera me rogó que saliera de la consulta, me empujó ligeramente por la espalda y en el vestíbulo me susurró que si se enfadaba el señor doctor despertaba a todo el hospital con sus gritos. En cuanto al doctor, por muy irascible que fuera, no tenía nada que ver con el papel que le había asignado, no era un semental, daba cabezadas en un sillón, con un ojo en la bolsa del gota a gota y con el otro en los estremecimientos de la paciente. Di también yo unas cabezadas, incluso me dormí en las sillas que había juntado y antes de que llegara el sol, por el este, me dieron una taza de café de parte de la enfermera rellenita, que había encontrado, creo, el dinero que había deslizado en su bolsillo. Me enteré de que la fiebre de Paulina se había calmado, había bajado a treinta y ocho con siete, que la tía se había despertado en un momento dado y se había asustado de encontrarse en un lugar desconocido, que había ido por su propio pie (apoyándose, ciertamente) al baño, que me había acariciado al pasar el pelo y se había puesto a llorar, que la habían trasladado durante la segunda parte de la noche de la sala de guardia a una habitación con tres camas, de momento vacías. La encontré sin suero, todavía dormida, con una capa de sudor seco en la frente que seguía ardiendo, no tanto como antes. Por el pasillo me encontré al médico, que no paraba de bostezar y que estaba fumando delante de una ventana abierta. Un asunto feo, me dijo, pero acabará bien. Me explicó algo sobre la pulmonía y sobre el tratamiento que se debía seguir, apagó el cigarrillo en el alféizar de la ventana y me preguntó qué tipo de personas eran los argentinos que acababan de llegar para examinar la fosa común.
Colgué de la ventana el anorak amarillo, la señal para Jojo, y ella apareció sobre las nueve. Estaba asombrada porque había visto la víspera el taxi del que habíamos bajado pero no la ambulancia, porque habíamos quedado en que ya no me visitaría después del regreso de Paulina, y que nos veríamos durante un tiempo por la ciudad, en la casa de los arqueólogos y en nuestros lugares del bosque, hasta que hubiera convencido a la tía de que aceptara a un nuevo inquilino, de hecho una inquilina, que viviría además en mi habitación, allí donde reinaba en una pared la fotografía nupcial con las letras «I. F. Kissling, Ploesci, Foto-Glob» y donde había una sola cama. Le conté lo que había pasado, que el viaje solo parecía haber concluido porque se había prolongado en el hospital, que habría podido convertirse en un viaje eterno, con certificado del registro civil, no con pasaporte. Sus labios se abrieron un poco, el labio superior se sutilizaba, el labio inferior palpitaba, Jojo ladeó la cabeza y dijo palabras bonitas (para los dos). Teníamos que ayudar a la tía a curarse y a reír, a colmar sus deseos, en el fondo ella era la dueña de la casa y nuestra amiga y merecía que le fuera bien. El equipaje de Grecia (la maleta que no había perdido su aroma de naftalina y dos maletas nuevas, que no parecían para nada inglesas) lo dejé sin tocar en el recibidor, la mesa, como preparada para una fiesta («Mesanplás, querido», habría dicho Paulina, sin saber si habría escrito mise en place), quedó intacta, salvo el asado de ternera, cocinado para una comida o para una cena con ella, que terminó siendo nuestro desayuno. Estábamos sentados con las piernas cruzadas en la alfombra, comimos directamente de la bandeja los trozos de carne, el pan tostado y el yogur. Después me tumbé, con los ojos en el techo, con la vergüenza de no haber esperado a la tía con un paraguas, de no haber alquilado un taxi por todo un día, de no haber llamado antes a la ambulancia, de que ella (que me había pedido que tuviera paciencia con los regalos, que quería contármelo todo) había perdido el bronceado de las mejillas. Estuvimos de cháchara un buen rato, describí las pretensiones del camillero, la agitación del médico, la lámpara de neón y los carteles, dejé que se proyectara una vez más el cortometraje imaginado delante de la puerta cerrada de la sala de guardia, recordé incluso el número de sillas que había alineado militarmente, con la punta del zapato; Jojo afirma que había callado de repente, sin terminar la idea del corazoncito un poco torcido y del perro con malas pulgas de la taza de café, que me había puesto cara abajo y me había quedado dormido como un tronco.
Y el sueño terminó así: su mano izquierda subía y bajaba por debajo de mi camiseta, por mi espalda, los dedos de su mano derecha me rascaban la coronilla y la nuca. En tres cuartos de hora Jojo había recogido y empaquetado un montón de cosas: dos camisones, un albornoz, un jersey de lana, un devocionario, lencería, zapatillas, jabón, toallas, un peine, un espejito, un gorrito de ganchillo, una taza y un plato, cubiertos, pañuelos, un lápiz y una libreta. Encima había colocado una baraja de cartas, me la enseñó sonriendo y me dijo que cada vez que habían internado a la abuela (Eugenia Embury, que dejaba en casa tantos gatos y tantas flores), aquel objeto había resultado ser lo más importante de todo. Cuando salimos, también sacamos del agua las rosas. No se habían marchitado. Por el camino compramos refrescos y algunas revistas, saludé a uno de los periodistas, un morenito parlanchín que no soportaba al jefe de policía y a quien ignoraba en sus artículos, él tenía prisa por ir a correos, nosotros teníamos prisa por llegar al hospital, no fue necesario que me disculpara por no poder quedarme a hablar, por cómo quemaba el sol y se iban formando nubes venía otra lluvia torrencial, también al mediodía. Paulina seguía durmiendo, era increíble lo que podía dormir, la calentura de la frente se mantenía, en la vena de la articulación del brazo había una aguja clavada, a la aguja estaba sujeto un tubito fino, el otro extremo del tubito estaba sujeto a una bolsa transparente, la bolsa estaba sujeta a un soporte metálico, el único que no estaba inmóvil era el líquido de la bolsa, que goteaba despacio por el tubito, hacia la vena. También estuvimos nosotros en una de las otras camas, sobre todo Jojo, que corrió a sentarse. Más tarde encontró en un estante un bote, lo enjuagó con agua y puso dentro las rosas, ordenó las cosas en los cajones de la mesita, mezcló agua tibia con unas gotas de vinagre y le frotó a la tía las mejillas, la barbilla y las sienes. Una enfermera, distinta de la del turno de noche, entró en un momento dado con un termómetro y, como no le venía mal una propina, nos hizo una lista de comidas ligeras y nutritivas, una especie de menú de pulmonía. Jojo se quedó en la sala, yo me fui a un restaurante a por un caldo de pollo en el que habría querido que flotara (y habría pagado por ello) carne como para siete. Por las calles el sol ya no era abrasador, se lo habían tragado las nubes, unas nubes negras y pesadas que se deformaban, se juntaban y daban lugar a otras nubes, también negras y pesadas. No vi el primer rayo, pero el trueno me alcanzó por los escalones de un bistró donde cocinaban bien. Hicieron en la cocina lo que les había pedido, me pusieron la sopa en una ollita ligera, con tapa, que prometí devolver por la noche. El paraguas me resguardó a la vuelta de una ducha fría pero no me protegió los pantalones ni los zapatos, que se empaparon. Paulina se había despertado mientras tanto, charlaba carraspeando vestida con uno de sus camisones que le habíamos traído nosotros, con el gorrito de ganchillo puesto. Se quejaba de que, con un tal diagnóstico, no le faltaría la hidracina y de que engordaría bastante (diez kilogramos, justos, calculaba) y retiró una mano de las manos de Jojo, me llamó a su cama, estaba blanca como las sábanas y sudaba sin parar. La tía no había cambiado, como si la pulmonía hubiera formado parte del programa de viaje a Grecia y le hubiera llegado el turno. Nos explicó en qué maleta estaban los regalos, cómo y a quién teníamos que repartirlos, quería que telefoneáramos a su hermana Lucica para que no se enfadara porque no le había pedido ayuda, que no se imaginara quién sabe qué y compareciera furiosa en el hospital. Tomó unas cuantas cucharadas de caldo, tosía, pensó que la miel de acacia le haría bien. Nos preguntó a continuación, con la boca llena, si no estábamos demasiado estrechos en la cama de mi habitación.