Dedos meñiques
Capítulo IV
I
No es forzosamente necesario que Alá o el Profeta recuerden de qué se alimentaba el dromedario del fotógrafo en su país natal, es suficiente que, un día, después de que la cría fuera destetada por su esquelética madre, alguien cuidara de él y no dejara que se muriera. Y desde que llegó aquí, Aladin ha cambiado de tal manera su alimentación que ya no importa qué comía antes de ser vendido y subido a un barco. Sus preferencias ahora son la col hervida, las manzanas y el chocolate pero, viviendo bajo el signo de la camaradería, come cualquier cosa a excepción de lo que constituyen las fobias o reservas culinarias de su amo. Así sucede por ejemplo que, como el señor Saşa no puede ver las tripas o evita las peras porque le provocan urticaria, Aladin no ha probado nunca el líquido amarillo blancuzco ni ha disfrutado de la dulce y jugosa fruta. Con su costumbre de tragar todo lo que se le ofrece ha superado desde hace sus buenos años la condición de herbívoro, pero no al estilo del cerdo, al que por su hambre incontenible y por su predisposición a engordar se ha puesto la etiqueta de omnívoro, sino de una manera distinta. Aladin no solo acepta de las manos del fotógrafo y sorbe a gusto un caldo de ternera o de gallina, no solo come cecina de oveja y albóndigas de pescado (haciendo pasar unas y otras por el complicado proceso de rumiar), sino que mastica por Pascua huevos rojos (sin pelar) y, por Navidad, un poco de corteza de cerdo, morcilla o morcillón. Incluso para un animal, en particular el Camelus dromedarius, ¿no es esto —pregunta a menudo el señor Saşa, tomando una cerveza, un café— una prueba de conversión?
Los dos se conocieron en la Feria del domingo en las afueras de Braşov, en la que el fotógrafo, con sus gafas ahumadas y con un mecánico, examinaba coches extranjeros. No encontró nada que comprar. Había un Opel Kadett gris, con cuatro puertas y mil seiscientos centímetros cúbicos, pero tenía un precio un poco hinchado para el aceite que perdía por la junta de culata. También había un Fiat Punto bastante limpio, blanco, pero tenía un juego sospechoso de volante y el cambio de marchas no iba muy fino. Mientras daba vueltas por aquel hormiguero, el señor Saşa se cansó en un momento dado de examinar motores y carrocerías, de preguntar y escuchar, de regatear, de pedir consejo susurrando o por signos a su acompañante, de recibir empujones entre la muchedumbre y de rozar a todo tipo de desconocidos, de vigilar sus bolsillos. Y se dirigió a donde terminaba el rastro, donde bajo una sombra improvisada, vendían refrescos. Había calmado su sed rápidamente y había encendido un cigarrillo cuando reparó no muy lejos, por encima del techo de una furgoneta, la punta de una giba y una cabeza color café, alargada, al final de la cual los labios y la nariz se movían dejando a la vista unos dientes gigantescos. Aladin era todavía una cría, no una cría que dependiera todavía de la ubre de la madre, pero una cría. Cuando el fotógrafo se acercó, levantó la cola y soltó una boñiga negruzca que aplastó en el acto con las cuatro pezuñas. ¡Esto sí que es suerte! dijo el señor Saşa y, a pesar de las protestas del mecánico, contó seiscientos dólares y los depositó en la mano del tipo larguirucho que tenía delante (un electricista que había vuelto hacía unas semanas de Jordania, que había comprado el animal por casi nada en un bazar, no lo había atocinado, sino que se había molestado en transportarlo tres mil cuatrocientos veinte kilómetros, por mar y por tierra, hasta su pueblo de más arriba de Bran). De camino a casa, en una camioneta abierta, el fotógrafo descubrió, al mirar por la ventanilla de detrás de la cabina, que en el cuello del dromedario había ocho puntos blancos, grandes como una avellana, que dibujaban un octógono casi perfecto.
Es difícil determinar cómo y cuánto influenció aquella forma geométrica regular en el destino de Aladin. Cierto es sin embargo que su vida puede dividirse en dos grandes períodos, cuya línea de separación no ha sido trazada ni por criterios geográficos (el paso de un continente a otro, de un clima a otro) ni por el poder de las religiones (el abandono del islam por el mundo cristiano) ni según las costumbres del estómago (el paso del fundamentalismo vegetariano a la carne) ni por el devenir de días, meses y años (la transformación de la niñez en madurez). En Aladin el hilo se rompió gracias a una novilla marrón que se encontraba en su primer celo, por la cual derribó la valla de madera del patio y a la cual persiguió por un bosque de hayas y píceas, golpeó, acarició, acorraló en un barranco pedregoso, lleno de ortigas, tocó el morro húmedo y caliente con su lengua áspera, golpeó el muslo con la frente y montó cuando quedó claro qué significan voluntad y deseo en un camello joven. Antes de vivir los dolores del parto, la pobre ternera supo por medio de un veterinario, el sucesor de aquel que había redactado hacía mucho una monografía de la urbe, cuán doloroso es un aborto provocado, sin anestésicos. El dromedario, para no ser mutilado o envenenado por alguno de los demasiados propietarios de reses (gente que no quería en su hacienda una vaca jorobada ni ningún camello con cuernos y ubres bovinas), con el acuerdo resignado del fotógrafo y por intervención del mismo veterinario falto de veleidades literarias, se quedó sin testículos.
Hasta el día en que, por casualidad, en el recinto del castro salieron a la luz no monedas y vasijas, no espadas, puñales y flechas, no cascos, mallas, adornos y candiles, no figurillas ni tampoco vasijas de templo, sino huesos, miles de huesos de quién sabe cuántos muertos enterrados a la vez, Aladin había sido un habitual de la ciudadela. El señor Saşa iba allí más a menudo que al parque, a la estación de la telesilla del valle o a la cascada, y su registro de ingresos y pagos, el libro de cabecera de cualquier profesión liberal, mostraba claramente que los aficionados a fotografiarse entre las ruinas de las fortificaciones eran más numerosos que en cualquier otro sitio. El dromedario pastaba tranquilamente cerca de los muros de piedra, muchos derrumbados, cubiertos de musgo y hierbas amarillentas, los visitantes le daban todo tipo de cosas, caramelos, ganchitos, napolitanas y galletas, chicles y chocolate, fruta, le ofrecían a veces cigarrillos y él los masticaba gustosamente, sobre todo los mentolados. El fotógrafo intervenía únicamente en un caso, cuando tentaban a Aladin con cerveza, vino o licores fuertes. El alcohol le hacía daño (y el señor Saşa lo sabía), no síntomas de indigestión, mareos o dolores de cabeza, sino como si hubiera vuelto a despertar impetuoso, sin un objetivo concreto, el sentido aquel del que el bisturí del veterinario le había desposeído. Lo que se podía ver en tales situaciones era memorable, son prueba de ello aquellas fotografías en que el dromedario parece tener cinco patas, pero lo que ocurría era espantoso, tan atolondrada era su fuga y tan singulares eran sus bramidos. Generalmente, sin embargo, Aladin se mostraba blando. E incontables eran aquellos —excursionistas de un día o de fin de semana, gente de vacaciones, extranjeros de paso— que deseaban inmortalizar sus cuerpos, rostros, vestimentas y euforias sobre la alfombra árabe situada entre el cuello y la giba del dromedario. Trepaban algo temerosos por una escalerilla de aluminio, después la pequeña escalera era apartada y ellos sonreían al aparato del señor Saşa, sabiendo muy bien que al fondo, cuando la fotografía polaroid cogiera contornos y colores, se divisarían las almenas y las montañas. Cuando surgían disputas relacionadas con el precio, o como simple ejercicio de fantasía, el señor Saşa contaba una historia sobre una ficticia legión romana, formada exclusivamente por egipcios a camello, que habían tomado posesión de aquellas tierras. Para los interlocutores desconfiados, el fotógrafo hacía referencia a Antonio y Cleopatra.
Los lugareños raramente, muy raramente, se hacían fotos subidos a la espalda de Aladin, lo hacían con reserva y únicamente si la fotografía estaba destinada a un pariente o a un amigo lejano, de ninguna manera al álbum familiar. El dromedario había sido algo fuera de lo común durante no más de una semana después de su aparición en la ciudad, se habían apiñado todos para verlo, se había cotilleado lo suficiente y por todas partes sobre la decisión del señor Saşa de comprarlo, después de lo cual lo habían clasificado, lo habían puesto definitivamente en la categoría de cosas y seres que solo merecen desprecio. También se había hablado por poco tiempo de él cuando el episodio de la novilla, pero esto no había significado que su exotismo hubiera resucitado. Hacía poco había ocurrido lo mismo con los bolivianos que tocaban delante del hotel Carmen. Durante tres o cuatro días incontables ojos escudriñadores habían observado las camisas con flores y las capas andinas de piel de llama, las tirillas bordadas y las bufandas, los caramillos, las flautas y las panderetas, los rostros color aceituna, los bigotes negros y poblados y otras tantas orejas aguzadas habían escuchado aquellas melodías extrañas. ¡Estos son gitanos chamuscados!, había gritado una tarde la cajera del cine y había reído fuerte y mofándose, lo justo para provocar a su alrededor otras risas, silbidos y tonterías. Y el tema había quedado zanjado. Afortunadamente para los cinco músicos andinos (como también para Aladin y el fotógrafo, por otra parte) el lugar estaba lleno de turistas.
En la pequeña ciudad de montaña se estaba esperando entonces la llegada de otros sudamericanos, argentinos esta vez, no músicos de la calle, sino de aquella rara especie de investigadores aparecida a mediados de los años ochenta, después del gobierno de cuatro juntas militares, para dar a los asesinados una identidad y a las familias un cuerpo que enterrar.