Dedos meñiques

Filip Florian · Capítulo 3 de 23

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Dedos meñiques

Capítulo 3

 

 

¿Qué habría hecho yo, Dios mío, de verdad, si no me hubiera contado la tía Paulina sus sueños cada mañana? Vía de escape en cualquier caso no había, quizás solo si me hubiera escondido en el armario o me hubiera encerrado en el baño, pero no habría tenido ningún sentido, lo prefería así, con infusiones y rebanadas de bizcocho con nuez, en la veranda, con la diminuta lluvia que no paraba de caer, con la radio a la sordina, la tía Paulina y yo repantigados en las mecedoras de mimbre. Se estaba bien, sopor, solo que hacía un poco de frío, la infusión de orégano no llevaba nunca azúcar, suerte que tenía bizcocho de sobras, por lo demás sus historias no me molestaban en absoluto, yo no formaba parte de los personajes, escuchaba solamente, como un testigo de los sucesos imaginados o vividos por otros. El reloj lo había perdido adrede entre la ropa sucia, me llevaba las manos a los oídos cuando algún locutor anunciaba la hora exacta, qué importaba el tiempo cuando a la tía Paulina la visitaba a menudo, casi regularmente, un señor de frac, con camisa de seda blanca y pajarita granate, un señor de mediana edad, de pelo ligeramente gris, con las mejillas recién rasuradas, bastante alto, sin rastros de debilidad en el cuerpo, un señor en el verdadero sentido de la palabra. Me bastaba para entenderlo todo pensar en el siempre frágil ramo de acianos silvestres, a juego con los ojos de ella, que le ofrecía galantemente, oliéndolo antes de depositarlo en su regazo. Lamentablemente también hacía tictac un reloj en el estómago, quién sabe cuándo me lo había tragado, uno que no podía parar, me entraba hambre (¡ah, cómo lo odiaba!), me mordía la lengua, aplazaba el momento de decirlo en voz alta, me quemaba por dentro. La úlcera ha sido siempre acérrimo enemigo del diálogo, me aguantaba no obstante un rato, y el señor la invitaba ceremonioso, según todas las reglas de las buenas maneras, a un paseo en la limusina Plymouth del treinta y dos, nunca otra marca ni otro año de fabricación, un paseo por el bulevar. De dónde salía la idea de bulevar solo el buen Dios debía de saberlo, en la ciudad no había habido nunca nada parecido, ni siquiera un sitio que llevara tal nombre, en fin, es posible que él conociera alguno, no lo pongo en duda, por tanto un paseo por el bulevar, con el motor en primera, lento, ligero, cerca de la acera, no por espíritu de previsión sino para que vieran todos quién era la tía Paulina y en qué compañía andaba. Decía que iba al lavabo, un momento solo, disculpe, me precipitaba en la cocina y masticaba dos o tres trozos de pan tostado, ni siquiera la mitad de una rebanada, todo volvía a ser de color de rosa, el coche aparcaba a la entrada del parque. El chófer abría grave las puertas, creo que era imprescindible que fuera un chico joven, rubio, con uniforme gris con faldones, y la pareja bajaba estudiadamente, lanzando miradas con naturalidad a su alrededor, se dirigía después despacito, por el paseo, pisando hojas marchitas de castaño (el otoño era la única estación), hacia el quiosco donde tocaba la banda. El señor repartía dinero a los mendigos, preocupado permanentemente por la conversación, no dirigía la mirada ni un instante a las manos que se extendían a izquierda y derecha, y ella parpadeaba, con los labios ligeramente en punta, lo suficiente para quedar bien, susurraba palabras románticas sobre aves migratorias, de vez en cuando se colaba un discreto apretón del brazo, naturalmente casual, la música se acercaba más y más, como ligada a los saludos mecánicos, movimientos oblicuos de cabeza, cada vez más frecuentes alrededor del quiosco. Figuras desconocidas, respetables y a la vez llenas de respeto, y por entre las pobres de los bordes, las harapientas sin lavar, ¡lo último!, ¿quién crees? Mioara, la farmacéutica, Paraschiva con su bastón y mi querida Jeni, mis vecinas, querido, ay de ellas. Gente buena, elegante, una hilera de extranjeros, siempre más y más, y alrededor, al lado de ella, conocidos de su juventud y de después salían en uniformes de guardias, de vigilantes, de pobres soldados o, incluso peor, ¡gente hecha y derecha!, de pelo blanco, aparecían vestidos con uniformes de colegio. Y de nuevo decía que quería ir al lavabo, seguramente un resfriado, tía Paulina, es lo que ocurre con estas lluvias, vuelvo enseguida. Otra vez en la cocina, una lonchita transparente de queso, un mordisco a un huevo duro. En el quiosco, el director de la banda se inclinaba reverencioso, la música no se detenía, y las dos sillas del centro esperaban libres a que la pareja se sentara cuanto antes, nadie habría osado nunca ocuparlas, se aplaudía entre melodías, el señor tocaba por un inocente error el zapato de piel de serpiente, con tacón de aguja, y retiraba en el acto su propio zapato de charol. El incidente, llamémoslo afortunado, se extinguía con un vago rubor de mejillas, se aplaudía, aplaudían ellos también, los zapatos volvían a encontrarse, a veces también los codos y los hombros, se encendían las farolas, el cielo se volvía amoratado, el director de la banda buscaba sus miradas y no olvidaba inclinarse una vez más (el otoño era la única estación) y por encima de la música descendía el fresco. Soñaba con la sopa de pollo, la úlcera acaba consiguiendo alterar el carácter de las personas, soñaba también con tallarines, ellos volvían a estar en la limusina, ella con un chal de mohair azul marino por encima del vestido azul celeste, se multiplicaban las luces en la ciudad, brillaban, el asiento de atrás estaba a oscuras, el chófer miraba al frente, impenetrable, el señor, que estaba con las manos quietas sobre las rodillas, narraba la vida de un ilustre tenor italiano. Me ardía terriblemente el estómago, insoportablemente, tengo hambre, tía, tengo hambre, ah, vaya, qué bien que lo diga, me he dejado llevar por las historias, el resto se desvanecía.

Por las tardes salía de casa, lloviznaba, recorría el camino hacia el castro romano, el agua chorreaba a cada paso, antes o después levantaba el cuello de la gabardina, el paraguas era una especie de medicamento. Hombre inspirado fue aquel que había esparcido gravilla por el sendero, ¿de qué le había servido? A mí me iba muy bien, me guardaba por lo menos en parte del barro. La senda parecía olvidada desde la interrupción de las excavaciones arqueológicas, soplaba siempre un viento seco entre los muros de la ciudadela, lo sentía en los huesos.

En la mecedora de mimbre había escuchado una vez cómo una mujer pelirroja desencantaba a Virgil, el sobrino de Paulina, le sacaba la alianza sin que se diera cuenta, él parecía una estatua, después la mujer anudaba en el anillo una mecha del cabello de ella, cortada de la sien derecha, lo hacía girar siete veces delante del corazón del hombre y dejaba la alianza en su palma. Desparecía un rato, Virgil avanzaba por un puente alto, en algún lugar muy alto, por encima de un río, miraba siempre a los lados, nunca hacia el tumulto de las aguas. El té amargo, las nueces del bizcocho bañadas en caramelo. La mujer pelirroja surgía de la nada, bailaba con los brazos arqueados como si estrechara contra su pecho a su pareja, Virgil, inmóvil, miraba en dirección contraria, se distinguía solo su perfil, el baile le evitaba, de la mujer no quedaba más que un aire de ajenjo. Y no obstante el té tenía un aroma extraordinario, pocas plantas esconden una tal virtud. El puente se balanceaba, bailaba también el puente, el río se teñía de un rojo cada vez más acentuado, hasta que adquiría el matiz de la melena de la mujer, finalmente Virgil pisaba tierra firme, entre flores, miles de flores, el sol salía de muchos sitios a la vez, había seis, contados, seis soles en el cielo. Pasados unos días, el cartero había traído la carta de la madre de Virgil, Lucica, la hermana pequeña de la tía, la leí yo, con mi voz imposible, mi padre me decía cuando era niño que hablo como si estuviera comiendo grosellas, ella había perdido las gafas, ahora escuchaba. Virgil se había quedado dormido en la bañera con el grifo abierto, el agua se había escurrido hasta el aerotermo que calentaba la habitación, habían saltado los fusibles, qué casualidad, ¡de verdad! Virgil se había quemado donde la piel es más fina, o sea ¿dónde?, espera un segundo, tía Paulina, está escrito aquí, mira, entre las piernas y en las axilas, creo que el pobre chico habría preferido una úlcera, deja, hijo, suerte que ha salido con vida, estos sueños…

Salía a menudo hacia las ruinas cubiertas de musgo y líquenes, de hierbas diminutas y hojas mohosas. Y me daban lástima. La gabardina y el paraguas me defendían de la lluvia interminable, el caminillo se perdía entre colinas y mis botas cada vez eran derrotadas por los charcos, estaban empapadas como una esponja.

El señor surgía de nuevo, el frac, el ramo de acianos, la limusina, la banda, solos, ellos dos, en el asiento trasero del automóvil. Un chasquido de dedos, el chófer abría una botella de champán francés, vasos de cristal, el traqueteo monótono del motor, semáforos, el señor tiraba tranquilamente la pajarita por la ventana, se desabrochaba los dos primeros botones de la camisa, tarareaba una cancioncilla, ella se derretía como una vela de la que no deja de gotear cera, el joven del volante miraba perseverante al frente: según todas las apariencias su cuello era inmóvil. Dos pastillas de ranitidina, daría lo que fuera para que no me operaran. Fuera de la ciudad, bosque, bajo las luces de los faros se extiende un claro de un amarillo trémulo, el chófer toca un violín escondido hasta entonces en el maletero, tango, flotan juntos, las suelas de los zapatos aplastan las hojas secas, a ella se le antoja que se oyen graznidos de grulla (el otoño es la única estación), la vela se ha consumido más de la mitad. Se apagan los faros, las estrellas están completamente ausentes, el violín llora, lástima que el señor no renuncie por nada del mundo a las buenas maneras. Orinas a menudo, querido, me reprendía tía Paulina, y yo comía a duras penas, en la cocina, una galleta o una manzana madura. El chófer abandonado en el campo, noche, casas a uno y otro lado del camino, el coche, un Plymouth del treinta y dos, nunca otra marca ni otro año de fabricación, trepida, vuela, el señor observa impasible que se han quedado sin frenos, baja una calle interminable, en pendiente, qué bueno que habría sido tener alas. Para hoy, cocido de vaca, ¿no? Y no era otoño, sino finales de junio.