Dedos meñiques
Capítulo 2
Y no tenía solo el trasero como una fresa y los talones como manzanas, se habían concentrado en Jojo muchas y perfumadas frutas, algunas a la vista, como en una macedonia con nata y un poco de ron, otras escondidas quién sabe dónde, como debajo del glaseado de una tarta. La tarde en que habíamos salido juntos hacia el castro después de las historias y después del brandy de Eugenia Embury estaba dispuesto a todo tipo de comparaciones hortícolas, exceptuando especies del gremio de las legumbres, y ella no intentó hacerme cambiar. Me tuvo cogido un rato del brazo, sobre todo porque nada más salir de casa empezó a llover y nos tuvimos que cobijar bajo un solo paraguas. Lo hacía con desenvoltura, el título de lord del abuelo la había dotado seguramente, por vía sanguínea, de la ciencia del acercamiento y del distanciamiento de un desconocido. Por otra parte, jugaba mucho: daba pasos más pequeños, los aceleraba, saltaba charcos o los esquivaba con los brazos levantados como alas, imitaba el trino de los pájaros, los gruñidos y ladridos de los perros que nos íbamos encontrando, respondió alborotada a una bandada de ocas revigorizadas por tanta agua y se rio del motor griposo de un coche, imitando su sonido con los labios. Por el camino había pensado a menudo en callar, me parecía que la estaba aburriendo, pero ella intervenía sin cesar, ¡habla!, ¡habla!, y yo hablaba. Es asombroso cómo conseguí hablar casi tres horas, primero caminando y después en la galería de la cabaña de las ruinas, la casa de los arqueólogos, como la llamaban en la ciudad, donde nos habíamos sentado en las sillas más apartadas (la galería tenía forma cuadrada y nosotros habíamos encontrado la diagonal), hablamos de campañas y estrategias militares romanas, de la vida en las guarniciones aisladas, del espejismo de la capital imperial y de los vicios de los soldados, de adornos e higiene, de castigos y recompensas, de vino. El frutero que tenía delante debía de estar lleno y cargado de variedades porque, más tarde me di cuenta de ello, no dije ni una palabra relacionada con mis obsesiones de entonces, la interrupción de las excavaciones arqueológicas y los controvertidos sucesos de la fosa común. Jojo, con la barbilla apoyada en las manos, me escuchó y me miró. ¿Qué podían ser sus ojos? ¿Nueces? ¿Higos? Mucho después de que anocheciera (distinguíamos nuestras caras gracias a una farola) me preguntó por qué los romanos no se llevaban consigo durante las guerras y las conquistas de las provincias mujeres fáciles de sus lugares de origen, por lo menos esclavas, para no seguir obligados en las calenturas normales a buscar el fresco con extranjeras y a engendrar tantos pueblos. No supe qué responder. Volvimos también cogidos del brazo aunque ya no llovía y el paraguas estaba cerrado. Fijamos la siguiente cita para quince horas después.
Para la tía Paulina el enigma provocado por los posos de café se aclaró de un modo inesperado. Bajo el fregadero de la cocina, en la pared, se extendía cada vez más grande una mancha mohosa, las gotas se escurrían entre las grietas, así que tuvo que llamar a un fontanero. Había venido un tipo parlanchín, de unos sesenta años, que le besó la mano y no le hizo ascos a una copita de licor de guindas, un canijo simpático que la llamaba vieja (y ella no se enfadaba) y que extendió por el suelo, antes de ponerse a trabajar, tantas herramientas y accesorios que te hacía pensar en una intervención militar. Había utilizado en primer lugar, no antes de ponerse guantes, un pequeño martillo y un escoplo fino de carpintero para madera de fibra blanda. Después de quitar de la pared el estrato viejo de arcilla, había pasado a un trozo de papel de lija, después a unas pinzas de cirujano con las que había apartado los últimos restos de pintura. Cuando llegó a la masilla de cal que rezumaba agua, se levantó de su posición encogida, suspiró y ladeó la cabeza: ¡vieja, es malo!, el desagüe está destrozado, seguramente es el tubo de plomo… Paulina también suspiró, debe de serlo, querido, debe de serlo…, y se sentó impotente en una silla con las manos en el regazo. El canijo alabó el licor de guindas (para obligarla a que le sirviera más), le dio un sorbo, se relamió los labios y escogió de entre sus incontables herramientas una espátula. Nos estaba explicando que tienen que evitarse los choques, los impactos, y predijo en un momento dado que, si la renta no aumentaba, estos dentro de poco tendrán que importar hasta ancianos, no solamente gas natural y trigo. Rascaba despacio la argamasa, hablaba de la última factura del teléfono y del precio de los médicos cuando se oyó un tintín. De la pared, por entre sus manos, cayó al suelo una moneda sucia que rodó hasta la puerta de la cocina. Era un gallo-Marianne de oro. Había sido acuñada indudablemente en la época de Napoleón III, con el grabado galo de rigor y, al menos al principio, había circulado con valor de veinte francos. Sin embargo, la tía Paulina no necesitaba puntualizaciones numismáticas sino agua y valeriana, mientras que el tipo, que tampoco sentía ningún interés por los detalles históricos, vació deprisa dos copitas de licor de guinda y agarró el martillo. El tubo del desagüe era realmente de plomo y tenía grietas, ¡¿pero qué importancia tenía en aquel momento?! Ella recogió en una sartén (el primer recipiente más grande que tuvo a mano) ciento ochenta y seis monedas. Reía como una niña («¡Lo ves, hijito, lo ves! ¡Ya volverás tú a reírte de mí, ya volverás a no creerme! Y las adivinaciones… y los sueños…, ¡ya volverás a decir tú que son bobadas!»), iba a gatas, llegó debajo de la mesa y se estiró para mirar debajo del armario con platos y debajo de la nevera, cavó ella misma con una cuchara en el mortero húmedo y quebradizo, golpeó con el martillo los ladrillos para estar segura de que no sonaba a hueco por ningún lado, después, de repente, puso la sartén con las monedas y todo encima de los fogones (ninguno estaba encendido) y se dejó caer en una silla. Temblaba. Y estaba muy pálida. El fontanero se había alejado de la copita, estaba apoyado en el alféizar de la ventana y los brazos le colgaban como cuerdas, miraba con ojos grandes hacia el agujero gris de debajo del fregadero. Me pidió un cigarrillo y cuando iba por la mitad (la tía ya no estaba en la cocina, se había ido a mi habitación, allí donde se encontraba su fotografía nupcial, aquella con las letras «I. F. Kissling, Ploesci, Foto-Glob», y donde podía hablarle a Iorgu y darle las gracias a sus anchas) me confesó que había dejado de fumar hacía diecinueve años. Echaba bocanadas como un colegial en los primeros intentos tabaqueros, no paraba de sacudir la ceniza. Algo más tarde, recibió de parte de la tía Paulina una botella sin abrir de licor de guinda y cinco relucientes monedas que ella había escogido al azar y fregado con los puños de la bata. Por la tarde, cuando nos quedamos a solas, la tía limpió los gallos-Marianne con pasta de dientes y un cepillo, les dio la vuelta por los dos lados, mordió unos cuantos, sacó quién sabe de dónde un mantel de damasco y, en la tela blanca, los dispuso en círculo, en triángulo y en todo tipo de formas geométricas, dibujó con ellos líneas quebradas y espirales, intentó agruparlos en cartuchos de dos, de tres, de cuatro y así sucesivamente, hasta que se cansó y entendió que no lograría ordenarlas a la perfección sin quedarse cada vez con un montón más pequeño. Le expliqué entonces (iba yo también por la tercera copita de licor de guinda) en qué consiste la divisibilidad y qué significa un número primo. Me miró como a alguien a quien le falta un tornillo, sobre todo porque había rechazado con cabezonería («¡Eres un burro, esto es lo que eres!», me había dicho) que me recompensara de alguna manera. Por primera vez desde que vivía de alquiler allí, llamó a la puerta después de que me hubiera acostado, no me había dormido, abrió un poco, ni siquiera para que le cupiera la cabeza, y susurró: qué tienes tú con la arqueología esta, querido, en las ciudadelas esas antiguas no encuentras ni siquiera lo que encuentras en la cocina…
Gracias al tesoro de la pared sucedieron muchas cosas en un corto período, aun cuando la tía no siguiera más que en parte los planes hechos aquel frío miércoles cuando había sentido la necesidad de taparse la espalda con la manta color ladrillo y cuando los posos de café, examinados escrupulosamente con la lupa, le habían anunciado que recibiría un dinero inesperado. Bien olvidando las intenciones ejemplarizantes de entonces, bien por incomodidad, bien descubriendo otras prioridades o, quizás, por una gentileza que solo la posesión hace posible, no llevó a cabo las proyectadas lecciones a sus amigas. No le regaló a Paraschiva M., para redefinir su magnanimidad, la imaginaria crucecita de oro con filigrana árabe y piedra negra de turmalina, no traspasó el umbral de salones cosméticos ni de ópticas a fin de rociar con sarcasmo la coquetería de Mioara Fotiade, no compró ropa destinada al veraneo, ninguna maleta de piel de ternera ni un perrito intolerante con los gatos para comunicarle a Eugenia Embury viejos reproches, todavía almacenados. La tía Paulina se comportó comedidamente y temerosa de Dios. Llevó los gallos-Marianne al banco y los cambió por lei de curso legal, abrió una cuenta corriente e hizo unos cuantos depósitos con vencimientos e intereses distintos (así es como había resumido los hechos el empleado del banco, un chico fascinado por su propia corbata), cuidó a su familia dentro de la lógica simple del todo queda en casa y de los vínculos contraídos ante el altar. Por giro telegráfico, mandó cantidades importantes a su hermana Lucica y al sobrino Virgil, aquel a quien había soñado seducido por la mujer pelirroja en aquel puente alto, que había empezado a balancearse a lo loco y que se había salvado de electrocutarse (cuando se había quedado dormido en la bañera con el grifo abierto y con el calefactor enchufado) no tanto gracias a los fusibles como descendiendo (en sueños) sobre el campo lleno de flores, envuelto en los rayos entrecruzados de seis soles. Como era de esperar, los dos la llamaron el día en que la cartera les había sonreído en la puerta y había ahuyentado bastantes de sus problemas financieros, intentaban ser lo más agradables posible pero, por las réplicas de la tía, debieron quedar crispados y muertos de curiosidad, mientras ella evitaba hablar sobre el origen del dinero. Hacia el final de la charla le rogó a Lucica que aplazara la visita que tenía pensado hacerle, explicándole que se iría ella misma de viaje; no podía renunciar a lo que había leído claramente en la taza de café, consideraba desde entonces los signos de los posos como órdenes. Antes, sin embargo, de ponerse en camino, antes incluso de haber escogido un destino y de haberse decidido sobre los otros detalles del viaje (duración, medio de transporte, número de estrellas de las pensiones u hoteles en que pernoctaría, y tantos otros), Paulina se ocupó de la tumba de Iorgu. Cambió la vieja cruz, de hormigón según un soso patrón extendido por todo el cementerio, por una cruz tallada en mármol blanco que no solo tenía su nombre y fotografía en cerámica sino también el de ella, una cruz fina, en la que el maestro escultor había escrito con escoplo un único verso, de Ştefan Octavian Iosif: «Y las nieblas brotan de negros valles». Era un fragmento de la estrofa preferida del difunto, lo que de enigmático y eterno se podía retener de un cuadro bucólico con plañidos de cencerros, una especie de censura del deceso, querido, me había explicado la tía, intentando hacerme entender su benévolo gesto, pero también sus reservas. Por lo demás, al margen de las preferencias líricas o de otra naturaleza del marido, había cercado el lugar eterno con una valla baja de hierro forjado y lo había cubierto de cinias y dalias enanas.
Salió por la puerta una mañana de jueves, temprano, a punto para subir al autocar que paraba a la entrada del parque y que tenía como objetivo último Grecia (ella decía el monte Olimpo para que fuera respetada aquella letra O, tres veces presente en los dibujos de los posos de café). Estaba nublado y hacía viento, manifesté una vez más mi preocupación por el peso del equipaje e insistí en acompañarla, ya no se opuso como en la víspera, lo sabíamos los dos, sin decir nada, que mi ayuda no se refería a la maleta con aroma de naftalina sino a sus nervios. En la estación, alguien más esperaba el autobús hacia Atenas, Atena, la señorita doctora tisióloga, jefa de sección del preventorio de tuberculosis, una mujer de cerca de cincuenta años, baja y enjuta, a quien tía Paulina saludó cordialmente, aunque se conocían tanto como cualquiera se conoce en una ciudad de provincias. Cuando la otra se hubo alejado un poco, lo justo para comprobar los cierres de la maleta, la tía me susurró que se estaban cumpliendo de nuevo las predicciones de la taza en tanto que no disfrutaría de un viaje solitario. ¡Qué contenta estaba, de hecho, de que no fuera a estar sola! Me pidió otra vez que buscara y escuchara a Dumitru M., el marido de Paraschiva, y partió bañada en sudor hacia el plácido aire del Mediterráneo.
Es una bendición estar con Jojo en una casa pequeña y limpia, vieja en muchos aspectos, pero con las paredes recién encaladas, con tres ventanas que dan a levante y al haya hinchada como un pavo, con otras dos orientadas al mediodía, que tiene delante rosas y una mata de jazmín en flor, con la veranda sombreada en la que holgazanean las mecedoras y con el pequeño desván, por el cual se cuela el ocaso. Debía de ser verano, cerca del solsticio (y lo era), solo entonces el sol supera la montaña y a continuación, normalmente, se pierde y entra por el triángulo de cristal del tejado. Hay franjas amarillentas o rojizas en el techo, para percibir su movimiento e intensidad tienes que estar tumbado de espaldas, en el suelo o en una de las mecedoras, estrechar entre los brazos a Josephina, no despegarte de aquel sitio ni de aquel encadenamiento hasta que llega la noche. Los colores esparcidos por el fondo blanco te recuerdan guindas o preciosas cerezas, frambuesas o granadas, pero cuando tu piel se pega a su piel, cuando por la espalda, justo por la espina dorsal, le resbala una gotita de sudor en la que destella a su vez el crepúsculo, cuando en una de sus rodillas le sale una mancha donde tu codo ha estado apoyado, cuando en su garganta late temblorosa la campanilla y su ombligo se le encoge, aparecen una tras otra ciruelas, melones, fresas y uvas blancas, albaricoques y manzanas Jonathan y moras y muchas y muchas más. Las mecedoras de Paulina crujen un poco, pero dejan de oírse cuando el sol se apaga como una bombilla, de golpe, y cuando Jojo abre los dedos de las manos como abanicos. Y cada día se cerraba con su ocaso, Jojo y yo encerrados en casa de la tía, mientras ella visitaba templos, monasterios y calas con agua tan clara que sus sufridos ojos, cansados por la edad y por la miopía, distinguían la danza de las algas sobre conchas, sobre cangrejos, sobre peces que despertaban en ella antojos culinarios, una danza ennoblecida por partículas centelleantes de arena que absorbían algo de otro sol, en otro lugar y a otra hora. Eugenia Embury, a quien observaba a menudo en el patio de al lado, sobre todo por las mañanas, cuando regaba las flores (y les arrancaba los pétalos marchitos y les buscaba capullos y las limpiaba de los vástagos vivaces y desvergonzados de los hierbajos), sabía que su nieta había ido a Bucarest para fijar la fecha de un examen importante. En su rostro se distinguía, incluso a distancia, la paz, y cuando cogía en brazos un gato o cuando los llamaba a todos a comer, para nosotros, a falta de brandy, surgía una nueva ocasión de tomar un sorbo de té, como homenaje. Con la úlcera lo llevaba mejor, pudiera ser que la ropa y la lencería de mujer joven esparcidas por la casa hubieran tenido un efecto terapéutico desconocido por los médicos. Mi reserva de tabaco estaba sin embargo en las últimas así que busqué en la bolsa con calcetines del armario. Encontré allí una cajetilla de Viceroy (me parecía a las ardillas que olvidan dónde esconden sus provisiones) pero también un sobre en el que Paulina había escrito mi nombre en letras mayúsculas y redondeadas. Dentro había veintidós monedas de oro, de aquellas acuñadas en tiempos de Napoleón III, con un valor inicial de circulación de veinte francos. Quizás la tía había entendido en qué consiste la divisibilidad, quizás había pensado en la edad de Jojo. Fuera como fuera, ¡tenía tabaco!