Dedos meñiques

Filip Florian · Capítulo 17 de 23

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Dedos meñiques

Capítulo V

I

 

De entre los monjes, discípulos y trabajadores de Piatra Roşie (y se habían reunido más de veinte almas desde que había llegado el verano y habían empezado a pintar la iglesia y a cubrirla con chillado), aquel jovencito, un ayudante del carpintero, casi siempre con los pantalones arremangados y con serrín en las cejas, fue el primero que vio la mecha negra azulada. Había vuelto corriendo de la ciudad, adonde le habían enviado a por una hoja nueva para la sierra, un escoplo y cola, no se paró junto a los andamios o junto a las barracas, continuó subiendo, encontró al padre en la parte de arriba del claro, en la ladería soleada donde leía siempre después de comer y, con la respiración entrecortada, le anunció el horror de la ciudadela. Onufrie se quedó mirando cómo jadeaba, cómo gesticulaba como si estuviera buscando las palabras con las manos, le escuchó hablar balbuceando, con largas pausas, sobre un diluvio de huesos humanos que no se habían precipitado desde el cielo, como la lluvia, sino que había surgido de la tierra cerca de un muro derrumbado. No hizo preguntas, no le interrumpió, se sacó lentamente el sombrero de paja y, cerrando los ojos, haciendo tres veces grandes señales de la cruz, lo apretó contra el pecho. El discípulo se inclinó también él, callando de golpe, no porque no hubiera tenido nada más que contar, sino porque después de una conmoción tan grande, que lo había aturdido, la segunda lo dejaba mudo. Mechas embetunadas se levantaban en la coronilla del padre, ajenas al pelo liso, blanco como la nata, después empezaron a desteñirse, a reblandecerse como flores picadas por la helada, soltando un líquido amoratado. Al cabo de un rato, que pudo haber sido medio minuto o un cuarto de hora, Onufrie se ajustó el sombrero así como le gustaba, caído sobre la nuca, agitó hacia el valle el dedo índice, recordando que tres veces ha descendido la Madre de Dios de entre los cielos para darle su apoyo y confianza a Onufrie, se apresuró a coger de su choza la sobrepelliz, la casulla y el incensario, entró también en la pequeña sacristía a por algunas velas y empujando por la espalda al chico como a una oveja lisiada se puso en marcha para ver lo que había que ver y para incensar las osamentas del castro romano.