Dedos meñiques
Capítulo II
I
Sentía, así, a veces, sin que tuviera ninguna relación con las letras «I. F. Kissling, Ploesci, Foto-Glob», una especie de lástima por la joven novia Paulina, la muchacha aquella perdida entre velos y encajes, con los ojos vidriosos como los de un animalito de peluche, con las pestañas exageradamente largas (aquí, a diferencia de la chapeta de las mejillas y del arqueo de los labios, la mano que había hecho los retoques no había parado las pinzas a tiempo), con una aguda incomprensión de la situación y del futuro visible en el rostro, llevada hasta el extremo de pegar la sien al hombro del que precisamente se estaba convirtiendo en su marido (un hombre rechoncho, calvo, con bigote untado con pomada, satisfecho no tanto por las circunstancias como por la vida en general, un tío de hecho, en ningún caso un señor fino, tal como llamaba la tía a aquel que acaparaba sus sueños entonces). Estos eran ellos, con un fondo de estudio destinado a sugerir la alegría del momento y la felicidad futura (un huerto florido o quizás con nieve fresca), enmarcados en un fondo gris, ellos, los de entonces, delante de quienes la tía Paulina suspiraba hoy, tanto si me encontraba yo en la habitación como si no. ¡Qué tiempos, querido, qué tiempos!, decía ella, omitiendo mencionar el nombre de Iorgu y hablando muy despacio, eh, y el difunto, el pobre, pero su fotografía nupcial —de ahí mi asombro, de ahí la compasión— no conseguía dominar la pared blanca ni bajo la fresca luz de las mañanas, ni más tarde, hacia el mediodía, cuando el sol tocaba la ventana, ni siquiera al caer la noche, al encender la luz del techo o la lámpara. Había algo inexpresivo en aquel objeto, una incapacidad sin remedio de destacar, aunque se le habían ofrecido y se le seguían ofreciendo oportunidades para resplandecer. A lo largo de la extensión de cal, allí, justo delante de mi cama, dominaban las sombras de las frondas, de las cortinas hinchadas por el viento, de los mirlos y arrendajos, de los libros y de los frascos de medicamentos de la mesita. Con trapos limpios y alcohol, con religiosidad y perseverancia, Paulina siempre se aseguraba de que en el marco dorado y en el cristal que protegía su fotografía de novia no hubiera ni una mota de polvo, ni una mancha, pero no era capaz de dar vida a los rostros de cera. Cuando leía, cuando holgazaneaba, cuando comía pan tostado, cuando bebía la infusión de orégano y tomaba las pastillas de ranitidina, al levantarme y al acostarme, veía únicamente contornos cenizos, fijos u ondulantes, borrosos o claros, remolones o ágiles, delante de mí se sucedían formas y criaturas con una vida extraordinariamente corta, sombras como todas las sombras, fascinantes, elípticas, corteses. Era un problema de percepción, quizás la úlcera afecta también a los sentidos, no solo a la digestión, en fin, habría sido un atropello romperle el corazón a la tía, hacer que dejara de tararear cuando afloraba la nostalgia. Oye, tú, qué pone detrás, me gritó una vez, cuando ni siquiera me encontraba en la habitación, sino en el baño, con la puerta abierta, preparándome para afeitarme, «El cristal se guardará para pedidos ulteriores, que serán honrados incluso al cabo de muchos años», y cuando me giré estaba en la punta de una silla, cabizbaja, con la fotografía en su regazo, reía de una manera distinta de la que ríe ella, me evitó, me fijé no obstante en el destello de sus lágrimas.
Tu problema, hijito, proclamó un miércoles algo frío, es que no bebes café a causa del régimen alimentario y eso te impide conocer tu futuro. Estábamos los dos en la veranda, en las mecedoras de mimbre, pastelitos no había esta vez, yo me enteraba fastidiado por un semanario, creo que además me mordía las uñas, de que un escritor importante trataba también de manera patético-justiciera la cuestión de las osamentas del castro romano y Paulina estudiaba minuciosamente, con una lupa no precisamente pequeña, las líneas de los posos de café de la taza. A mi edad ya no tengo ganas de salir ni de paseo, ni de compras y anda, mira (se leía su futuro), me espera un viaje largo, muy largo, a lo mejor al extranjero, este barquito corta con demasiado ímpetu las olas; el pobre escritor, poseído como tantos otros por el espejismo de la fosa común, convencido de que el nuevo régimen encubría un asesinato cometido por el régimen anterior, ni siquiera se imaginaba que estaba sirviendo a la causa de un policía imbécil. Había algo turbio, un corazoncito un poco torcido, un perro con malas pulgas y un payaso rodeaban la embarcación, parecían querer subir a bordo o acompañar su marcha sobre las aguas, alguien tenía pensado unirse a la tía, autoinvitarse al viaje o aprovecharse de él. Hum, ¡tampoco aquí me deja en paz!, si por lo menos fuera una persona soportable, la compañía no hace daño. Pero el destino no se entreveía de ninguna manera,
puede que un triste circulito se hubiera podido parecer a la letra O[1], pero la tía Paulina rechazaba categóricamente ir a Holanda, tulipanes, querido, ya tengo en el patio, un montón, amarillos y rojos, ¿y qué si no tengo de esos de color violeta? ¡No me hacen falta! No me muero por ver molinos de viento y además se ve claramente que es una o minúscula, qué demonios, ni siquiera es mayúscula. Mientras yo pelaba el huevo duro, el huevo de las cuatro, pensaba que estaría bien enviar al novelista una carta, no tanto para iluminarle, para explicarle cómo veo yo, como arqueólogo, las cosas, como para rescatarlo de la solidaridad con un miliciano; no te he confesado hasta ahora que me mareo (se mueve en el sillón, se ruboriza un poco), una sola vez en la vida he ido en barca, a Slănic, de luna de miel, también estaba la hermana de Iorgu con las niñas, esas pequeñas arpías me salpicaban y me hacían muecas, yo me sentía desfallecer. La barquita era obligatoriamente un símbolo, solo eso, no podía ser nada más, ella ni siquiera concebía navegar, querido, que quede claro, si se trata de un crucero, yo renuncio desde el principio, mejor en casa, con mis cacerolas, con mis gallinas, que en el barco más lujoso del mundo. Y qué horror de país que es la Holanda esta, por todas partes nada más que canales, solo agua, ¡solo en Venecia creo que es peor! En los posos secos se leía indiscutiblemente que llegaría un dinero, una cantidad considerable, no una nadería, no obstante las preguntas se sucedían a montones: ¿sería la miserable pensión? («Ah, no, no lo creo, nunca me ha salido en el café que tenga que venir el cartero»), ¿un regalo? («Ja, ja, ja, todavía no ha nacido una persona tan gentil»), ¿sería una herencia? («Puf, qué tontería»), ¿ganar un concurso? («Hijito, tú me conoces, ¿tú me has visto alguna vez jugar a la lotería o al bingo?, ¿me has visto recortar los cupones de las cajas de detergente o coleccionar chapas de cerveza?»), ¿sería el alquiler? («Pues sería el colmo, o sea, tú estás aquí a mi lado, a dos metros, tú no me dices nada de pagarme y me sale eso leyendo el futuro…»). Siguieron minutos de silencio, la tía Paulina se separó de la taza y de la lupa, se arrebujó mejor en su manta color ladrillo, miró hacia fuera, no hacia las nubes inmóviles, ni hacia el grupo de hayas de enfrente, puede que mirara al vacío; el escritor era libre para vivir su indignación hasta el final, la condena de un crimen político (incluso inexistente) debió de hacer que se creyera mejor.
Un milagro es un milagro, tú, no tiene sentido buscar explicaciones, el dinero este pondrá muchas cosas en su sitio. Y la tía, en aquel gris del anochecer, húmedo, viéndose rica de la noche a la mañana, había dedicado una lección para cada una de sus amigas. Paraschiva, por ejemplo, habría de saber —¡mejor a los noventa años que nunca!— qué significa magnanimidad verdadera, no mediante obras como las de su exaltada juventud, cuando proyectaba la construcción de una ermita en la gruta de Santa Verónica y cuando dirigía las procesiones de montaña de la Asociación «Jesús luz del mundo», ni por las obras de entonces, cuando alojaba a teólogos famosos y seminaristas demasiado poco lisiados o pálidos o cargados de espaldas. Año tras año, incluso durante decenios, la tía Paulina había oído de boca de la vecina cientos de historias sobre la caridad, una verdadera teoría de la generosidad cristiana, pero había conocido ardientes negativas a sus contadas e ínfimas solicitudes de préstamo; había decidido regalarle entonces a su amiga —porque, en fin, de sorbetes, pastas, brioche y jarabes no ha entendido gran cosa— una crucecita cara, carísima, algo de oro del más puro, con acabados árabes si fuera posible y, sin falta, con una piedra negra, de alma afligida. Y a continuación («Así, querido mío, que le quede claro a Paraschiva qué fácil es hacer feliz al prójimo») había pensado hablar para que en las cuatro pequeñas tascas del barrio, durante una noche entera, se bebiera a su cargo. En el caso de Mioara, la farmacéutica, el duelo de símbolos iba a tener lugar en el ámbito de la coquetería femenina, ya que mi muy buena anfitriona, por razones solo de ella conocidas, no tenía la intención de rivalizar con la otra, ni en el arte del ganchillo ni en el fervor de las lecturas de las Vidas de santos. Yo no sabía qué había molestado más a Paulina, si mi apetito súbito por las galletas y el requesón o la afirmación de que su amiga era mucho más joven que ella, pero, además de decirme que era muy bobo, me dijo también que la señora Fotiade, ya en sus cuarenta y tres años («Escúchame, tú, ¡qué edad!, una niña…»), quería a toda costa parecer de treinta. A todas aquellas cremas y máscaras faciales de la farmacéutica, de melocotón, de pepino, de yema y polen, de lo que fueran, preparadas minuciosamente en casa o en el laboratorio, la tía quería replicar con los servicios de una esteticista de élite, en un salón capaz de obrar milagros; a las uñas no muy largas, pero hábilmente redondeadas, siempre pintadas, se proponía contraponerles unos guantes deportivos o elegantes, según las circunstancias («Esmalte de uñas, lo reconozco, no puede ser con unos dedos tan toscos»), y a aquellas atrevidas lentes de contacto («Verdes, hum, verdes, ella espera, la pobre, dar un aire soñador a sus ojos de gallina») había de oponer resistencia con unas cuantas monturas delicadas de gafas, una plateada, a tono con su pelo a partir de entonces peinado, pero nunca teñido, otra negra, para las cada vez más frecuentes participaciones en entierros («Cada generación con sus etapas, lo entiendes…»), y una tercera color mostaza, así, para tenerla. No solo las lecciones a Mioara, sino también el viaje anunciado en los posos de café obligaban a Paulina a completar el ropero, sin excesos, sentía la necesidad de tener una mantilla, unos pantalones de franela, unos zapatos ligeros de verano y unos botines, un jersey de cuello alto. Naturalmente también era necesaria («Y mira, así, querido, mato otro pájaro, Jeni, de un tiro, a sus idas y venidas a la embajada inglesa») una maleta grande de viaje, algo realmente especial, de paño a cuadros, quizás una maleta de retales de cuero. Pero no era con una maleta, aunque no tuviera parangón, como se había propuesto Paulina transmitir mensajes a la tercera amiga, por otra parte la viuda de lord Embury, personaje a quien nadie, jamás, había conocido, sino por medio de una nueva actitud hacia los animales domésticos. La señora Eugenia, Jeni, criaba seis gatos, pero su pasado en este aspecto era ilustre puesto que cuando abandonó la casa vieja para mudarse aquí al lado tenía no menos de cincuenta y dos, gatos normales («Europeos, tú, no de la calle, me oyes…»), a los cuales, durante el transporte, se había esforzado por encerrar en una jaula encargada a propósito, pero que habían huido cada uno adonde pudo, por el camino, cuando uno de los mozos había aflojado algunos de los barrotes. Habían maullado horriblemente hasta su liberación, algo inimaginable, la gente los miraba como en una feria, después habían saltado enloquecidos del camión, en marcha, a toda velocidad y habían desaparecido por alguna parte, por patios, tejados, alcantarillas, la mayoría por el bosque. Su propietaria había zurrado con el paraguas a dos o tres de los mozos, se había negado a pagar al que había facilitado la evasión, había dejado todos los bultos en manos de una sobrina enclenque, una alumna afectada por el acné, y, lívida, temblando, se había puesto a buscar los gatos por las calles que el camión había recorrido. Casi durante una semana, desde temprano por la mañana hasta que anochecía, había hecho y rehecho decenas de veces el camino de cuatro o cinco kilómetros («Tendrías que haberla visto, Señor, Señor, con un chal fino sobre los hombros, cargada de espaldas como es ella, a pasos pequeños, con bastón, gritando sin parar “¡Venga, chicas!, ¡venga, chicos!, ¡venid con mamá, pequeños!”, ya no tenía voz, querido, se había quedado afónica del todo, “¡Ţiţica! ¡Rozi, Lenuş, Pufa, venga, pequeños!”, los niños le tomaban el pelo y no la dejaban en paz ni un segundo, también algún borracho»), había conseguido recuperar solamente once ejemplares y coger, después de una lluvia fría de octubre, una pulmonía. En lo que respectaba a la tía Paulina, entre la idea de que un gato en brazos regula el pulso y la de que el pelo felino provoca quistes hidatídicos, prefería la última; había tomado la decisión, por otra parte, cuando todavía hacía girar entre las manos la taza de café, escrutándola, de comprar un perro, si no un schnauzer gigante, por lo menos un caniche o un basset.
Convendría, querido, que cuidaras tu salud de otra manera más que solo con pan tostado y puñados de medicamentos, me dijo más tarde, cuando los signos de la revelación (las pupilas se dilataban como invadidas por atropina, los labios se hacían más pequeños, las suaves mejillas adquirían tintes de vigor) se le habían impreso como tantas otras veces en la cara. Mi insoportable úlcera sería vencida o, en cualquier caso, calmada si seguía sus consejos porque, de pronto, sin tener necesidad de sueños reveladores ni de misas redentoras, había descubierto la clave, el secreto, el remedio. La terapia era sencilla (¿cómo, por Dios, no me he dado cuenta hasta ahora? ¡Ah, qué estúpido!), tenía solamente que llamar a la puerta de la señora Embury (¡la querida Eugenia!) y escuchar dócil cómo desfilaban criados, damas y popes («Es magnífica echando las cartas, así sabrás tú, muchacho, qué va a pasar con el problema este que te corroe el alma, con los esqueletos de la ciudadela»). Ella estaba convencida de que, después de una visita a Jeni o, bueno, después de dos o tres, encontraría la tranquilidad y, aunque no iba a perdonar al jefe de policía, por lo menos dejaría de desear romperle la nariz. Tienes los nervios a flor de piel, entérate de una vez de que ellos son el mal, y no el estómago, deja de aguantar a tanto doctor, tú necesitas saber algo exacto, sea lo que sea, solo que sepas que esta angustia te está matando… El desenlace del caso del asentamiento arqueológico, que yo deseaba lo más pronto posible y, por lo menos por honestidad profesional, sino también por otros motivos, lo más correcto posible, es decir vinculado al inicio del siglo XX, podía ser descifrado por tanto en la cansada baraja de cartas de la señora Embury, objeto casi sagrado que no faltaba nunca en la mesa de su cuarto de estar. El hecho de que yo no creyera en aquella teoría contaba realmente poco, lo importante era sin embargo que la mirada o la posición del cuerpo o cualquier otro detalle revelaban mi escepticismo y la tía me amenazó con que ya no vería por los siglos de los siglos las frutas de sartén ni la sopa de albóndigas. Me sugirió después, en un tono del cual había desaparecido el entusiasmo, que no olvidara a las personas más ancianas de la ciudad («Evita solo a Paraschiva, que por ella no oirás más que historias sobre monjes y recetas de ayuno monástico») y, quién sabe por qué, fue entonces cuando concluyó el relato sobre Slănic, de su luna de miel. La joven Paulina, no perdida entre velos y encajes como la de la fotografía, sino con un vestido ceñido de verano, naranja, no había resistido lo suficiente el balanceo de la barca ni tampoco había soportado hasta el infinito las bromas de las sobrinas. Y había vomitado.