Dedos meñiques

Filip Florian · Capítulo 21 de 23

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Dedos meñiques

Capítulo 2

 

Uno de los síntomas de la enfermedad de «los desaparecidos», observado por muchos sin intuir ni saber que era una señal de enfermedad, era que los antropólogos argentinos entraban por las tardes en terrazas, en bares o pubs, de donde salían tarde, hacia medianoche. Preferían las terrazas, aunque en la ciudad de montaña, después del ocaso, eran necesarios pantalones largos y jerséis, se paraban en lugares cerrados, con techo y humo espeso de tabaco, únicamente cuando les obligaba la lluvia, un viento cortante, un frío que confundía mediados de verano con el invierno o cuando insistía alguno de aquellos con quienes habían trabado amistad y con quienes tenían tanto de que hablar. Bebían solo licores fuertes, una de las mujeres pedía alguna vez una cerveza, la de pelo castaño y con muchos brazaletes de cobre, pero la mezclaba con ron. Se acomodaban a la música de todas partes, tal como saliera de los altavoces, pero ocurrió unas cuantas veces que el larguirucho que llevaba al cuello una cruz grande como un cáliz se levantara de la mesa, le susurrara algo al barman y, quién sabe cómo, mediante las palabras de qué lengua, obtuviera Black Magic Woman, de Santana. Por lo demás, intentaban enterarse y se enteraban de multitud de cosas sobre otro tipo de junta, una junta que había mantenido ocultas las insignias militares bajo boinas y ropa proletaria, que no había utilizado centros de detención pequeños, camuflados, sino prisiones gigantescas y campos de trabajos forzados, que había perdido la cuenta de los muertos, aunque los muertos eran a menudo nombres ilustres del país, que no había sido capaz de llevar a un equipo de fútbol a un campeonato mundial más que una sola vez, en el setenta, cuando la aventura había concluido después de la fase de grupos y cuando su estrella, Gîscanul [El Ganso], no había jugado ni siquiera un minuto, una junta que derribaba iglesias, que había confiscado hasta las panaderías y el aire que respirábamos, que había hecho a su manera más o menos lo que hizo Castro, pero con las idiosincrasias del lugar, con más dureza, durante más tiempo y con Moscú más cerca. Las osamentas que habían quedado después de las dos juntas sin duda eran iguales, culpables no había y tanto en uno como en otro caso parecía que se hubieran volatilizado o que no hubieran existido nunca, los nuevos políticos se parecían a los perros dingo y a los zorros, la gente olvidaba rápido en ambos hemisferios, la compasión y la cólera compartían la suerte de las flores de otoño sobre las que cae la escarcha, se habían vuelto blancas, se habían marchitado, después secado bajo el peso de los alquileres, de los precios, de la inflación, de las telenovelas y de los talk-show, de la vida familiar, de las victorias y derrotas en los estadios, el hoy y el mañana eran más importantes que el ayer y el anteayer y los políticos, con la pericia de los perros dingo y de los zorros, se referían sobre todo al pasado mañana. Así como cada individuo presenta sus particularidades, también cada junta había tenido las suyas, una había inventado la reeducación, azuzando a un puñado de detenidos perturbados contra los otros detenidos, fomentando el sadismo (en el penitenciario de una ciudad del llano conocida posteriormente por los regates de Gîscanul y por el festival de los tulipanes) como si estuviera protegiendo las artes, la otra había descubierto un truco funerario, haciendo desaparecer los cadáveres poco tiempo después del movimiento de unas banderitas en las pistas de despegue del ejército, cuando los aviones llegaban al ancho mar y abrían las trampillas para paracaidistas. Un sinfín de detalles, matices, cronologías y pasajes biográficos eran tratados en aquellas conversaciones en terrazas, bares y pubs en los que se encontraban dos mundos, se vaciaban bastantes vasos y se llenaban unos cuantos ceniceros. Como siempre, las palabras diurnas no tenían la incandescencia de las frases nocturnas, los hechos consumados a la luz del día parecían enanos al lado de las ideas llegadas después de la caída de la noche. Una mañana, por ejemplo, uno de los argentinos, el que había aparecido en el castro romano con la camiseta con flecos, tuvo la impresión de que había gato encerrado en lo de las falanges de las manos. Examinaba cientos de bolsas en las que los fiscales habían sellado las pruebas, les daba la vuelta por todos lados y las colocaba en orden en las cajitas, cuando la minuciosidad de la profesión y su experiencia visual se tocaron de golpe como dos cables eléctricos, el contacto provocó chispas y las chispas le hicieron volver a empezar, por octava vez en una semana, esta vez con un objetivo concreto. Y, poco a poco, la sensación de que había algo que no era como debería haber sido se volvió una certeza. De entre los huesos y huesecillos inventariados por los magistrados militares, faltaban los huesecillos de los dedos meñiques. Dio un silbido corto, de una manera difícil de imitar, y los antiguos alumnos de instituto del verano en que Mario Kempes había perforado nubes de confetti y había llegado al cielo (allí donde reinaba una estatua de oro, la copa «Jules Rimet») se cerraron como los dedos de una mano, otro verano, sobre todo porque se trataba también de un dedo, de hecho de una multitud de dedos, dedos meñiques, sin ninguna intención metafórica. Los cinco habían adquirido el reflejo de formar juntos una mano o un puño mucho tiempo atrás, en una extensión de 2 780 000 kilómetros cuadrados, como un triángulo gigante, con base en el trópico de Capricornio, con una punta en Tierra del Fuego, con el lado occidental en las crestas de la cordillera de los Andes y con el oriental, de 2200 millas marítimas de largo, en la costa del Atlántico, el reflejo estaba condicionado por la presencia de unos restos humanos todavía sin identificar, de manera que el silbido de uno de ellos, utilizado en situaciones difíciles, el mismo para todos, los había reunido en el acto y en el espacio minúsculo de contorno cuadrangular que había constituido antaño una guarnición romana en un territorio inseguro. Se habían convencido de que aquella insólita rareza era justamente la realidad, se habían consultado sin testigos y habían decidido no divulgar a nadie lo que estaba más claro que el agua, luego, después de caer la noche, en la mesa de una terraza con farolas blancas, codo con codo con los tres arqueólogos y la amante del de la camisa a cuadros, habían elaborado una lista con infinitas variantes, habían imaginado guiones, habían bebido vodka y tequila, habían hecho todo tipo de comentarios. No obstante, el silbido difícil de imitar y su prisa por reunirse todos había provocado revuelo antes del mediodía, el forense, los fiscales, el teniente de gendarmes, el policía, los periodistas y unos cuantos soldados habían interrumpido sus tareas (hojear periódicos, como el teniente, no era una tarea propiamente dicha, era todo un trabajo), les observaban atentamente, algunos se acercaban y les hacían preguntas, les interesaba, naturalmente saber si habían encontrado algo nuevo en las bolsas selladas; un fiscal, el capitán, ofrecía insistentemente sus servicios sin sospechar que habían tenido que vérselas con decenas de lagartijas como él, también de uniforme, también amables y falsos, que se habían esforzado para ganarse su confianza. Habían calmado su curiosidad diciendo que no era nada importante, solamente una anomalía anatómica, la mujer de pelo castaño y con muchos brazaletes de cobre le había susurrado al capitán, un poco avergonzada por la confesión, que había visto un hueso púbico más grande que todo lo que había sido inventariado. Después los fiscales se fueron a comer a Casa Matilda, los argentinos a la casa de los arqueólogos (el doctorando había cocinado, en la cocina a gas butano, caldo de calabacín y un guiso), el jefe de policía se había ido a casa, los gendarmes se habían tumbado en la hierba y habían abierto unas conservas. Por la tarde, cada uno de los cinco se había mostrado preocupado por otra cosa, uno había rehecho las mediciones de la fosa común y había anotado en una libreta el resultado, otro había tomado muestras del suelo y las había estudiado al microscopio, una de las mujeres, la morena, había utilizado utensilios y sustancias de un laboratorio químico de campaña, había echado gotas de ácidos y bases sobre esquirlas de hueso y había sumergido huesos enteros en soluciones reactivas, la otra se había dedicado a los registros y había resumido las anotaciones que habían tomado hasta entonces, y el último se había paseado entre los soldados y había observado cómo desprendían de la tierra y de los estratos apisonados las osamentas de aquellos muertos sin nombre ni edad. Los cinco, a pesar de las apariencias, se habían concentrado en una sola cosa: en averiguar si en la fosa común, en su zona virgen, que no habían tocado las espátulas de los gendarmes, había falanges de dedos meñiques. Y había. Ni más ni menos que falanges de los otros dedos. Estaba claro, en consecuencia (habían convenido posteriormente a la luz de las farolas blancas de la terraza), que las manos no habían sido mutiladas antes de su inhumación y que, por lo menos en lo que a eso respectaba, los que habían cavado aquella tumba y habían enterrado los cuerpos sin orden ni concierto no tenían nada que ver. Los dedos desaparecían ahora, en el presente, y la intriga policial que tenían delante era una intriga sin coartadas ni pistas falsas. Los primeros que tocaban aquellos huesos humanos eran los soldados, pero a ellos no se los podría tener en cuenta porque no habrían sabido diferenciar nunca las falanges del dedo meñique de las del anular o del índice; porque eran demasiados, un pelotón entero, y no habrían conseguido permanecer unidos ni que no se les escapara nada ni que no fueran vistos. Los huesos llegaban a continuación a las mesas de los fiscales jóvenes, a pleno sol, donde eran estudiados con lupa, divididos según unos criterios no demasiado claros e introducidos en bolsas transparentes. Pero tampoco ellos eran los infractores. En otra mesa, por la noche, una mesa con personas habituadas a revolver la tierra (antropólogos, arqueólogos y una chica que ayudaba a su abuela a cuidar el jardín), se pronunciaron los siguientes argumentos: a los fiscales jóvenes les faltaba un motivo para robar dedos meñiques; además, si lo hubieran tenido, les habría sido imposible identificar, separar y sustraer tantos huesecillos, ya que estaban vigilados prácticamente todo el tiempo por el forense y por el jefe de policía; suponiendo que el forense y el policía estuvieran también implicados, habría que elogiar su talento interpretativo, pues simulaban muy bien sus malas relaciones con los cómplices y el odio del uno por el otro; sin embargo, aceptando la idea del teatro, se llegaba sin embargo a los prejuicios de los periodistas y a su preocupación por no quitar el ojo de encima a los fiscales; además, las cosas caían en el absurdo, al fin y al cabo solamente se trataba de las falanges de unos dedos y no de diamantes. En cuanto al coronel-magistrado, él lo coordinaba y comprobaba todo, en su mesa se detenía más pronto o más tarde todo lo que salía de la fosa común, él clasificaba las osamentas, él sellaba las bolsas transparentes, solo, no aceptaba que le asistieran o que le hicieran compañía, era viejo y estaba de vuelta de todo, a él no le controlaba nadie. Había bastantes personas por encima de él en la justicia militar que le habían encargado dirigir las investigaciones y le habrían podido pedir las cuentas, pero ellos no pisaban la fosa común. Además de los pómulos afilados, el coronel presentaba otra particularidad: era manco de un dedo, el dedo meñique de la mano izquierda. A treinta y cuatro grados, cuando, bañado en sudor, se había aflojado el nudo de la corbata y se había desabrochado los tres primeros botones de la camisa, se habían dado cuenta de cuánto apreciaba el dedo perdido. Lo llevaba al cuello, sujeto a una cadenita de plata, como un amuleto. ¿Quién podía coleccionar falanges de los dedos meñiques? La respuesta no se oyó en aquella mesa, no a causa de la música (una FM tranquilita) sino porque todos sabían la respuesta. Cuando el reloj de la emisora de radio dio las doce, el coronel-magistrado se transformó en un ratoncito, un hámster manchado con el que se podía jugar a placer. Le empujaron con una varita delante de un tribunal, pero temblaba como una vara, no de frío; le sacaron por compasión del banquillo de los acusados y lo pasearon por unas cuantas redacciones para ser fotografiado y filmado, pero allí se hacía pipí cuando centelleaban los flashes y cuando encendían las luces del plató; le ahorraron también el trauma de salir en los medios de comunicación, sobre todo porque manchaba las moquetas de importantes agencias de información, y lo llevaron a una tienda de animales pequeños para que viera cómo es la vida en jaulas y pajareras, para que mirara a los ojos a otros ratoncitos y chillara algo, pero miraba al suelo y no decía ni siquiera esta boca es mía, se había ablandado del todo; le ataron con una correa, una correa para hámsters, y lo estiraron afuera porque ya no reaccionaba a los golpecitos con la varita, el aire fresco le puso en marcha, olisqueaba asustado el empedrado, los canales, se dio con la nariz contra un corazón de manzana y siguió más allá, seguramente en otras circunstancias lo habría roído con rabillo y todo, intentó después escapar, buscar un escondrijo, tiritaba, no de frío, la correa se estiraba como una goma, algo le acechaba en las alcantarillas, en los cubos de basura, en los baches del asfalto, en los patios, debajo de algún coche aparcado, seguro que no un gato. Así como le habían sacado por compasión del banquillo de los acusados, le metieron en una bolsa y, más tarde, cuando se acordaron de él, le dejaron salir entre vasos de vodka y tequila y lo ataron a una botella de agua. Daba vueltas sobre la mesa, loco de hambre. Le dieron a roer una servilleta en la que habían escrito que devolviera los dedos meñiques. Luego, cuando era cerca de la una, se levantaron para irse y el ratoncito se hizo invisible, y se encarnó en un jurista que estaba durmiendo en la habitación 211 del hotel.

Sin embargo, el verdadero problema con el que habían topado los buscadores de cuerpos desaparecidos era no obstante otro. La fosa común (descubierta también por un buscador, un chiquillo que cavaba en busca de lombrices) no tenía ninguna relación con la junta que había escondido sus galones, rombos, bandas, estrellitas, insignias y condecoraciones militares debajo de boinas y ropa proletaria. Habían cruzado el océano y el ecuador para oficiar de árbitros de una exhumación controvertida en un país pequeño, que en el mapa parecía un pez anchote, con el morro hacia el centro del continente y la cola pegada a un mar, un país que, después del ocaso de la junta, había enviado a su equipo a tres campeonatos mundiales y que lo había obligado una vez, mediante hipnosis colectiva, a domar a Gabriel Omar Batistuta y ganar a las camisetas de rayas blanquiazules. Como no formaban parte del gremio de las camisas blancas sino de los infectados por el virus de «los desaparecidos», habían deseado ya desde la ribera derecha del estuario del Río de la Plata (en el aeropuerto) y habían esperado durante el vuelo (en un Boeing) que aquellos restos humanos, por su edad y descendencia, no decepcionaran a las personas que no merecían ser decepcionadas y no les dieran cuerda a los granujas. Y había ocurrido exactamente lo contrario. Se habían convencido desde el primer día de que los huesos y huesecillos no eran exactamente ollas ni vasijas pero habían cumplido o estaban a punto de cumplir dos siglos. No lo dijeron enseguida, tuvo que llover de lo lindo, tuvieron que entrar en un bar metido en un sótano y encontrar a los arqueólogos que habían bajado hacía mucho a aquella bodega y que ayudaban a que disminuyera su reserva de vino. Uno de los argentinos, el dueño de la camiseta con la cara del papa, vestido entonces con una camisa roja, no escondió su pasión por la quiromancia y estudió un rato sus manos. Por lo que distinguió, los buscadores de reliquias romanas se encontraban en un punto muerto. Comprendió junto con los otros, por los relatos, que los arqueólogos habían localizado con gran dificultad la armería del castro, habían estado a un paso de conocer su interior y su inventario, estaban a punto de ver y tocar las espadas, las corazas, las lanzas y los puñales de la época de los Antoninos, cuando les había parado un oficial de policía que solo parecía tener cerebro de una gallina de Guinea, pero que de hecho tenía atributos de lobo. El mayor había fisgoneado un poco por la fosa común, había observado los huesos de dentro como un gigantesco hueso para roer, había aguzado los oídos, no para oír lo que le decían los historiadores (entre ellos un profesor de universidad) sino atento a lo que habría sido posible que se dijera (especialmente sobre él). Había cogido luego el hueso para roer y se había dejado conquistar por su propia imaginación auditiva, con lo que desencadenó la locura de aquellas osamentas, las disputas, las sospechas y las pasiones. Lo que es más grave, también había creado expectativas en aquel país doce veces y media más pequeño que la República Argentina, donde hacía mucho que se sabía dónde estaban las prisiones, pero donde se había perdido la cuenta de los muertos, donde la memoria se había despertado por poco que fuera del letargo y donde el rojo de la cara del gobierno se empeñaba en no desaparecer. Y ellos, justamente ellos (¿por qué, Dios mío, precisamente ellos?), los cinco buscadores de cuerpos desaparecidos, tenían que decirle a aquel señor viejo y agradable que les acompañaba a veces en las terrazas pero que se retiraba pronto, que además había utilizado el francés entre rejas, que no era el momento, ni tampoco el lugar, para erigir un monumento al lado de la fosa común. Las víctimas de la junta no podían ser homenajeadas encima de los muertos por la peste.