Dedos meñiques

Filip Florian · Capítulo 19 de 23

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Dedos meñiques

Capítulo 3

 

Según había descrito las cosas el ayudante del carpintero, se trataba de un diluvio de huesos humanos no caído del cielo, como la lluvia, sino surgido de la tierra. Para Onufrie, que había dejado el claro de Piatra Roşie con la sobrepelliz y la casulla bajo el brazo, a pasos rápidos, con los trocitos de incienso en el bolsillo y con ocho velas en la mano, la imagen del diluvio se podía ver desde arriba, desde un recodo desnudo de árboles del camino, como si el recinto del castro hubiera sido un hormiguero. No se había imaginado ni por un instante que el jovencito con serrín en las cejas y con los pantalones arremangados estuviera diciendo bobadas, pero sintió una tibia ráfaga de viento (aunque el viento no soplaba) apenas vislumbró aquel lejano alboroto (¡como si en el hormiguero hubiera caído una mariposa o una langosta!). Con las prisas de la bajada, el incensario se daba contra los árboles y contra la hebilla del cinturón, sonaba ahora apagado, ahora como cascabelitos, ahogaba generalmente el murmullo del padre (oraciones o reniegos) y también calmaba el celo con que el discípulo, que no decía esta boca es mía no paraba de retorcerse las patillas. En el linde del bosque les salió al paso un soldado, no para detenerlos ni para asustarlos (a pesar de que lo había logrado, estando él mismo muy asustado), sino para rogarles que no le dijeran a nadie, sobre todo a los oficiales, que le habían encontrado durmiendo. Tenía la chaqueta arrugada, llena de briznas de hierba y agujas de abeto, desabrochada, es posible que hubiera soñado algo bonito porque todavía tenía los ojos lechosos; se apellidaba Butîlchin o algo así, su nombre seguro que era Andrei, les enseñó el camino más corto hacia la ciudadela y les contó confuso algo sobre unos cráneos, muchos cráneos, utilizaba además bastantes palabras en ruso, de las cuales no entendían nada. Más abajo, por la pendiente que iba a dar a las fortificaciones, Onufrie se paró dos veces y se santiguó, primero cuando dieron con un dromedario (con las patas delanteras atadas, masticando brotes de frambuesas y dientes de león, bien almohazado e indiferente a las nubes de moscas, un grandullón el camellito, como bastantes debieron de haberse encontrado la Virgen, San José y el Niño en la época de la huida a Egipto), después cuando se les apareció de repente la fosa de entre las ruinas, cerca, ni a cien metros, más extensa que profunda, rojiza a causa de la tierra arcillosa y del sol de mediodía, con manchas blancas aquí y allá, rodeada por un gran número de personas, la mayoría de uniforme. En la segunda parada, cuando le pareció que el viento soplaba con fuerza (y el viento se empeñaba en no soplar), levantó el índice de la mano derecha y pronunció aquella frase que, según él, lo resumía y contenía todo, por otra parte un enunciado simple sobre la aparición de la Virgen. Las palabras seguro que no se oyeron en el valle, había mucho alboroto alrededor de la fosa común y de cualquier manera el sonido sube, no baja, pero, aunque se hubieran abierto paso hasta allí y se hubieran oído claramente, es difícil suponer que hubieran sido entendidas del todo por los hombres de uniforme, aunque les afectaban directamente (porque le habían golpeado en el patio de un monasterio, le habían empujado dentro de un camión con toldo y le habían condenado a trabajos forzados, le habían perseguido después de su evasión durante dieciséis años y no habían conseguido atraparle, le habían hecho posteriormente todo tipo de porquerías y ahora, en solamente unos minutos, habrían de asistir a cómo celebraba un funeral e incensaba las osamentas y sus cabezas descubiertas, puede que inclinadas, puede que no). También entonces, en la segunda parada, el ayudante de carpintero advirtió que la barba del padre se había erizado.

Y le escucharon unos treinta soldados y unos cuantos oficiales, también le escucharon otras personas, bastantes, con ropa de calle. Al borde de aquella gigantesca tumba, sin cruz (cuando habría sido conveniente que tuviera muchas cruces), Onufrie empezó las exequias convencido de que nadie lo había hecho en su momento y de que los muertos habían pasado al otro mundo sin confesar, sin comulgar y sin vela, continuó con todos los réquiems y con la absolución de los huesos (que en cualquier caso se habían esparcido cada uno por su lado, se habían mezclado y se habían roto, de manera que ahora nadie podía recomponerlos) y terminó con la oración votiva de los cuarenta mártires de Sebastia, más breve que en la iglesia porque las velas se habían vuelto como dedales y él había enronquecido más de la cuenta. A lo largo de la ceremonia, la mayoría había perdido la paciencia, cambiaban de pierna, juntaban las manos a la espalda, delante, palpaban los bolsillos con las yemas de los dedos, tosían, bostezaban, estornudaban, iban de aquí para allá, buscaban y a veces encontraban formas de engañar al aburrimiento cuchicheando entre ellos u ocupándose de cosas sin importancia, como había ocurrido, por lo que había captado involuntariamente el padre, con un oficial joven que leía un periódico doblado, con uno con un uniforme azul marino, calvo, que se cortaba las uñas y los padrastros con el cortaúñas, con una mujerzuela rechoncha que apuntaba algo en una libreta, con un gordo adormilado, con traje beige, con un hombre con camisa a cuadros que, de vez en cuando, mordía con cuidado una rebanada de pan tostado. Aunque la atención de Onufrie no estaba necesariamente repartida por los cuatro puntos cardinales, merecía la pena suponer una atención distributiva. Celebrando el oficio en la parte de poniente de la fosa común, estremecido por la suerte de los vivos que se habían convertido en otros tantos muertos y preocupado por la suerte de los muertos cuyos huesos se había multiplicado por mil, había oído unas cuantas veces los bramidos del dromedario capado y presumido que venían de la cuesta del bosque y había dado, entre las decenas de caras, con una mirada que helaba. El camellito berreaba durante los cantos de eterna memoria y se calmaba cuando silbaba un hombrecillo con una cámara de fotografiar al cuello; la figura del oficial más entrado en años era seca, con pómulos afilados. Entre la multitud también había unos ojos chispeantes, de otro viejo, uno con una dentadura demasiado sana como para que no fuera postiza, unos ojos que parpadeaban a menudo y derramaban lágrimas, seguramente a causa del sol que les daba directamente, camino del ocaso. Al final, cuando Onufrie y el jovencito con serrín en las cejas se preparaban para volver al claro de Piatra Roşie (ya que las osamentas habían pasado a la protección del Señor y, además, llegaba el momento de cortar la mecha negra azulada), el hombrecillo pidió disculpas por el entusiasmo del dromedario, el viejo con traje de lino le había besado la mano antes de que él lograra retirarla, un policía bigotudo le dio las gracias a su manera, con palabras falsas y trabadas que olían a cebolla, y uno de los oficiales con uniforme azul marino había venido como simple correo con una pregunta de parte del comandante: ¿por qué y hasta qué punto estaba seguro de que aquellas personas, los muertos, eran cristianos y necesitaban tales oraciones? Cuando subían hacia el monasterio, les había alcanzado la mujerzuela rechoncha, que traía en la mano un aparato pequeño, como una radio, pero que no cantaba ni hablaba, sino que crujía ligeramente cuando ella apretaba un botón y lo acercaba a la boca del padre.

Al día siguiente, al alba, antes incluso de que se despertaran los discípulos que le habían cogido demasiado gusto al sueño, Onufrie se había convertido sin saberlo y sin quererlo en el héroe de un artículo de periódico con el título «Un monje santifica las osamentas de los mártires».