Deep in a dream

James Gavin · Capítulo 11 de 24

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Deep in a dream

Capítulo 10

 

«CHET EST ARRIVÉ!» (¡Chet ha llegado!), proclamaba el periódico belga La

Meuse en el verano de 1959,[208] como si el arcángel Gabriel hubiera bajado a

la tierra, trompeta en mano, para difundir la palabra de Dios. Pero era la

autodestrucción de Chet Baker, más que ninguna otra cosa, lo que fascinaba

al público europeo. Cuatro años antes, solo los aficionados al jazz se habían

interesado por la presencia en Europa del galardonado trompetista. Ahora,

gracias a los informes internacionales sobre sus escándalos de drogas, la gente

acudía a mirar como paletos a un infame yonqui americano. «El jazz les

importaba un comino —decía Amedeo Tommasi, el pianista italiano que le

acompañó aquel otoño—. Lo único que les interesaba de Chet Baker era que

era guapo y drogadicto.» Sobre todo en Italia, según Tommasi, «las drogas

eran aún una novedad. Tenían glamour».

Muchos jazzmen negros, entre ellos Kenny Drew, Bud Powell, Dexter

Gordon y Kenny Clarke, habían cambiado el racismo y las penalidades de

Estados Unidos por vidas más libres en Europa, donde su arte era

reverenciado y el trabajo abundaba. Pero ninguno tenía el sello de distinción

de Baker, que era blanco y guapo, torturado pero rebelde. Entró rápidamente

en el mundo de celebridades decadentes denunciado en La dolce vita, la

histórica película de Fellini sobre un novelista fracasado (interpretado por

Marcello Mastroianni) que vende su alma para convertirse en objeto del acoso

de la prensa romana del cotilleo. Como otras ciudades europeas importantes,

Roma se había convertido en una metrópoli industrializada, totalmente

restaurada tras los estragos de la Segunda Guerra Mundial. Rica y

despreocupada, se convirtió en el patio de recreo de estrellas de cine y

personajes de la jet-set, que se aburrían con sus vidas privilegiadas y estaban

ávidos de sensaciones nuevas. Los reporteros y paparazzi de la prensa

amarilla se recreaban en sus excesos, describiendo cada paso en falso para un

público que —como Marcello, el personaje de Mastroianni— despreciaba y

envidiaba a la vez toda aquella lujosa vacuidad.

Lucca (Italia), 11 de abril de 1961. Foto de F. Ercolini; gentileza del Archivio Circolo del Jazz,

Lucca/Francesco Maino

 

Chet Baker encajaba perfectamente en lo que Fellini veía como un

dantesco frenesí de decadencia moral y espiritual. Su declive tenía un trágico

atractivo para muchos europeos, que lo veían como un artista que ejercía un

dominio mágico sobre las almas de la gente. Por todo el continente

encontraba seguidores que querían un trozo de él; durante el resto de su vida

los estuvo utilizando. «Chet era como las sirenas —dijo Lisa Galt Bond,

refiriéndose a las míticas tentadoras cuyo canto atraía a los marinos a un

terrible destino—. Tenía un sonido seductor y místico, al que la gente

respondía. Pero seguir la voz de las sirenas significaba caer cautivo o acabar

muerto.»

En lo referente a su país natal, Baker se sentía estafado y rechazado.

Cuando la locutora y editora alemana Gudrun Endress le preguntó cómo

podía su música sonar tan pura y bella después de tanto automaltrato, él

explicó que la droga no había destruido su alma, solo le había protegido de

todas las «patrañas» de la vida.[209] «Había visto a mucha gente tremendamente afectada por las cosas que les habían pasado, y de algún modo

decidí intentar situar esa parte de mí en una especie de lugar inalcanzable»,

dijo.

A pesar de las esperanzas que Baker tenía, su nueva carrera europea tuvo

un comienzo vacilante. El 26 de julio fue cabeza de cartel en el Festival

Nazionale del Jazz di Fregene, que tenía lugar en una conocida playa a las

afueras de Roma.[210] Le acompañaban cinco músicos de aspecto juvenil de

una ciudad medieval de la Toscana. Se hacían llamar el Quintetto di Lucca: el

vibrafonista Antonello Vannucchi, el guitarrista Gaetano Mariani, el batería

Giampiero Giusti, el bajista Giovanni Tommaso y su hermano Vito, pianista.

Prometedores, pero sin mucha experiencia, adoraban a Baker y estaban

deseosos de hacer música tan bella y tan sin esfuerzo como la suya.

Pero el Quintetto no hablaba inglés y Baker no sabía italiano, lo que

causaba problemas. Musica Jazz, la principal revista de jazz del país, dijo que

el concierto de Fregene fue un caos, añadiendo que Baker debería haber

preguntado a su banda si se sabía «My Funny Valentine» antes de ponerse a

tocarla. Después, en el hotel, Francesco Forti lo entrevistó para una nueva

revista, Jazz de Ieri e di Oggi. Francesco «Cecco» Maino, un joven y

talentoso fotógrafo, amigo del Quintetto, sacó fotos. «La música seguía

siendo excelente, pero el hombre había cambiado —dijo Maino, que había

conocido a Baker en 1956—. Trataba a sus músicos con muy malos modales.

Hacía comentarios desagradables y trataba muy mal a su mujer en nuestra

presencia.» Maino comprendió por qué cuando Baker se excusó para ir a

pincharse y regresó más relajado.

Las actuaciones en Bélgica e Italia le hacían viajar constantemente, de

modo que dejó a su mujer e hijo en la casa parisina de Peter Broome, un

escultor cuyo hermano, Ray, había tocado en la banda del instituto de Baker.

Peter había conocido a Baker cuando este era un adolescente fanfarrón y

belicoso; ahora veía un alma perdida cuya ineptitud como padre le

escandalizaba. Chesney Aftab, según Broome, era «un niño robusto,

regordete, con el pelo rizado», pero también tenía cierto retraso mental, y

Baker eligió un modo lamentable de abordar esta cuestión. «Chet nos trajo al

niño borracho —contó Broome—. Le había dado un par de tragos para que se

calmara, pero el crío vomitó por toda la casa.»

El trompetista partió de París hacia Bélgica para encabezar el cartel del

Festival International du Jazz el 2 de agosto de 1959. Se celebraba en

Comblain-la-Tour, un pueblecito del bosque de las Ardenas, donde tuvo lugar

la batalla del Bulge. Joe Napoli, el manager de Baker, había combatido allí cuando era un joven soldado. Mientras se recuperaba de sus heridas, había

descubierto un campo de fútbol en desuso, rodeado de ondulantes colinas

verdes y con el cielo más azul y el agua más brillante que había visto en su

vida. Ahora había regresado para organizar el primero de una larga serie de

festivales anuales de jazz. No importaba que Comblain-la-Tour estuviera «en

el quinto pino», según el pianista Francis Thorne. Unos veinte mil aficionados

al jazz llegaron aquel frío y lluvioso día, provistos de mantas, para oír a una

extraña selección de intérpretes. Entre ellos figuraba Thorne, un músico

clásico de Long Island (Nueva York), que se ganaba la vida trabajando en

clubes de jazz italianos; Romano Mussolini, el pianista hijo del Duce; Kenny

Clarke, el batería expatriado más venerado de París; la Roman New Orleans

Jazz Band, un grupo de dixieland formado por italianos con sombreros de

paja y banjos, y Jacques Pelzer, flautista y saxofonista belga que tenía una

farmacia donde muchos músicos, entre ellos Baker, pasaban mucho tiempo.

Pero la gran atracción era Baker, el número final. Cuando llegó a los

camerinos, toda la atención se centró en él. Pálido y débil por la falta de

heroína, tenía un aspecto «simplemente horrible», según Thorne. «Estaba

hecho una ruina. Todos nos mordíamos las uñas, preguntándonos cómo se las

iba a arreglar.» Cuando le llegó el turno de tocar, las estrellas llenaban el cielo

nocturno. Salió a escena con un jersey blanco y, cuando los focos le dieron de

lleno, resplandecía como un ángel. Pero su música no sonaba como la de los

ángeles. Con dolores de pies a cabeza, emitía balbuceos forzados y

enfermizos. Sin embargo, cada solo arrancaba aplausos enardecidos. Era

difícil saber si el público aplaudía su música o la sobrecogedora visión de un

maestro herido. Fuera como fuera, él supo que en Europa estaba en su casa.

Durante los meses siguientes, Cecco Maino vio la infalible buena acogida

que Baker tenía en Italia, sobre todo en el Circolo del Jazz di Lucca, una

sociedad de jazz cuyos miembros fundadores —entre ellos Giampiero Giusti,

Rudy Rabassini y Paolo Benvenuti— lo trataban como a un hermano en

apuros. Los fans italianos llamaban a Baker l’angelo («el ángel») y tromba

d’oro («trompeta de oro»). El trompetista Oscar Valdambrini comparó su

primer encuentro con el momento en que «un hombre… conoce a la mujer de

sus sueños».[211] El saxofonista Gianni Basso comparó a Baker con Debussy.

En un país donde la melodía era sagrada, donde reinaba el fluido bel canto de

la ópera y el propio idioma tenía un sonido musical, las elegantes líneas

melódicas y el tono endulzado de Baker eran una fiesta para los oídos. Sin

embargo, parecía estar pagando un precio muy alto por estos dones. Tal como

decía el bajista Carlo Loffredo en el libro de Paola Boncompagni y Aldo Lastella Chet Baker in Italy, «parecía que estaba sufriendo o al borde de la

muerte».[212]

Es innegable que Baker se encontraba en su momento más débil, y en toda

Europa había gente que quería acunarlo en sus brazos. «Era un caso de

adoración al artista autodestructivo que muere joven en una buhardilla llena

de música inédita, o cuadros no vendidos, o cosas así —explicó Gerry

Mulligan—. Es una imagen de autoinmolación semejante a la de Cristo. Es

una cosa que se da mucho en Europa. No es muy corriente en América. Es

algo ajeno a nuestro carácter mercantil. Esa es la función del mecenas, del que

protege y ayuda. Un tipo como Chet estaba tan necesitado que en cuanto

alguien extendía una mano para ayudarle, tío, se tragaba a la persona entera.»

Pero para Enrico Pieranunzi, un pianista italiano que trabajó con Baker

durante los años ochenta, las molestias que Baker causaba valían la pena con

creces. «Para el público americano, Chet no era más que un drogadicto —dijo

—. Aquí sentíamos que era un gran artista con un gran problema. Era un

hombre que necesitaba ayuda. Encontró aquí muchos amigos que sentían su

fragilidad, su timidez, su drama interior. Era tan dulce cuando tocaba, tan

misterioso… De algún modo era capaz de expresar la interrogante de la vida

con poquísimas notas. En Italia somos más sentimentales, y nos fijamos

mucho en eso.»

A pesar de todo este entusiasmo, Baker encontró poco trabajo al principio.

Según Aldo Santini, del periódico Il Tirreno, el público italiano consideraba

que el mundo del jazz era «el refugio del vicio y el mundo del diablo».[213]

Los sitios donde se ofrecía jazz se llamaban «hot clubs»: eran locales

privados, clandestinos, que solo abrían ciertos días. Las orquestas de pop-jazz

tocaban música para bailar en locales nocturnos casi ruinosos, como el club

River del Palazzo Corsini de Florencia, un enorme palacio a orillas del río

Arno, con frescos relajantes, prostitutas caras y una clientela formada por

aristócratas y gente de la jet-set. En semejante ambiente, artistas serios como

Helen Merril, una cantante americana de jazz que vivía en Roma, lo pasaban

mal. «Las cosas no eran tan maravillosas allí —contaba—, pero aquello tenía

algo hipnótico en esa época. Supongo que estábamos como huyendo de

ciertas cosas.»

Eso hacía Chet Baker, pero el «mono» que llevaba a la espalda exigía

constante atención. Como no tenía dinero, aceptó un trabajo como actor que

le ofreció Lucio Fulci, un director de cine italiano al que ahora se recuerda

por horrores sangrientos como Las puertas del infierno y Zombi. Fulci

contrató a Baker para una película de rock’n’roll de bajo presupuesto, Urlatori alla sbarra. La película estaba dirigida a los jóvenes italianos, que

acababan de descubrir las emociones de la música rock, las cazadoras de

cuero y las motos ruidosas. La actriz alemana Elke Sommer hacía el papel de

una adolescente que irrita a su padre, un rígido ejecutivo de una compañía

discográfica, al unirse a una pandilla de jóvenes motoristas locos por el rock.

Urlatori ayudó a lanzar a dos leyendas del pop italiano, Mina y Adriano

Celentano. Baker, en cambio, hacía un papel cómico, el de un trompetista

drogado (al que los demás personajes llamaban «Americano») que se queda

dormido en todas partes: en una bañera durante una fiesta, debajo de un sofá,

en un ascensor. «Hicimos aquella película sobre todo para echarle una mano a

Chet Baker —decía Fulci en Chet Baker in Italy—. Lo estaba pasando muy

mal… ni siquiera tenía dinero para vivir.»[214]

Pero ante la cámara Baker controlaba la situación. La escena final tenía

lugar en un soleado parque de Roma donde chicos y chicas enamorados se

tumban bajo los árboles. Mientras empiezan a sonar violines y flautas, Baker

estrecha contra su pecho a una italiana morena y canta la sentimental

«Arrivederci». La brisa agita un mechón de pelo sobre su frente; el sol hace

resaltar todos los esculpidos contornos de su rostro. Su magia envuelve el

parque y las parejas no tardan en caer unos en brazos de otros. Pero la cámara

sigue atraída por Baker. Tumbado en la hierba con ojos somnolientos, como

un niño al que acaban de meter en la cama, parece una vez más un ángel. Tan

hermoso, tan inocente, tan sublimemente dotado por la naturaleza que era

fácil comprender que cualquiera pudiera sucumbir a su hechizo.

Había motivos para tanta languidez. Para conseguir que el trompetista

cooperara, Fulci tuvo que mantenerlo cargado de morfina, opio, cualquier

droga que pudiera encontrar. A pesar de la permisividad de La dolce vita, la

heroína apenas existía en Italia, donde se la consideraba un veneno

pecaminoso y letal. Pero Baker encontró un sucedáneo. En vista de su

fragilidad en Comblain-la-Tour, Jacques Pelzer le había hablado del Palfium

875, un potente analgésico creado en Bélgica tres años antes para

desenganchar a los adictos a la heroína y la morfina. Al principio se vendía

tan libremente como la aspirina, pero en 1957 las autoridades se enteraron de

que el Palfium era más adictivo que la morfina; tomado en grandes dosis,

producía un efecto parecido al de la heroína. Fue incluido en el registro de

drogas peligrosas, y solo se podía conseguir con receta. En Alemania, sin

embargo, todavía se vendía sin restricciones un medicamento equivalente

llamado Jetrium.

Pelzer le dio a Baker unas cuantas pastillas de Palfium, y el trompetista

empezó a experimentar. Las machacó hasta reducirlas a polvo, y después las

disolvió en agua. Filtrando el líquido a través de una gasa —o una funda de

almohada, un pañuelo, o la manga de la camisa—, llenaba una jeringa y

después se inyectaba el contenido. La cálida oleada que recorría su cuerpo no

parecía muy diferente de la de la heroína.

Pero ¿cómo conseguir más? En sus días libres, Baker se ponía un abrigo

largo, agarraba una maleta y se iba en avión a Munich. Allí vaciaba de

Jetrium los estantes de las farmacias; el medicamento se vendía en frascos

económicos de doscientas pastillas. Regresaba a Italia con los bolsillos y la

maleta abarrotados de pastillas que sonaban como sonajeros. Más adelante se

calculó que entre septiembre y octubre Baker pasó de contrabando unas diez

mil pastillas.

Cuando sus necesidades químicas estaban satisfechas, volvía a dar la

imagen suave que fascinaba a los jóvenes jazzmen de Italia: un callado y

omnisciente Buda del jazz. «Lo más alentador que había era una sonrisita de

Chet —contaba Carlo Loffredo en Chet Baker in Italy—. Estaba muy

encerrado en sí mismo y no hablaba con nadie; tampoco perdía tiempo con

elogios.»[215] Otros músicos lo miraban con envidia cuando recorría Italia en

su Alfa Romeo, haciendo entradas espectaculares en los clubes. Frenaba junto

a la acera con un chirrido, entraba dando zancadas y no vestía el serio traje de

oficina que usaban casi todos los jazzmen, sino camisas de cuello abierto y

chaquetas deportivas, gafas oscuras y sandalias sin calcetines. Estos dos

últimos aditamentos eran más una consideración práctica que una declaración

de moda: sus pupilas, encogidas por la droga, tenían que estar ocultas, y sus

pies estaban tan hinchados a causa de todas las agujas que había clavado en

ellos que no podía soportar los ajustados zapatos de vestir.

Su actitud indiferente parecía el alma misma del cool. Los músicos

estuvieron años riéndose de una anécdota sobre su primer encuentro con

Romano Mussolini. Contaban que al saludar al hijo del dictador ejecutado,

Baker dijo con voz inexpresiva: «Oye, qué putada lo de tu viejo». Décadas

después, Mussolini no recordaba en absoluto el incidente: «Chet y yo nunca

hablamos de política». Pero Caterina Valente, la cantante pop francoitaliana

con la que Baker actuó y grabó en los años cincuenta, aseguraba haber sido

testigo de esa anécdota. Fuera cierto o no, definía a Baker como un hombre

que vivía en una burbuja, ajeno a todo lo que había fuera.

En su primer álbum italiano, Chet Baker in Milan, colaboraba un quinteto

predominantemente italiano, encabezado por los saxofonistas Gianni Basso y Glauco Masetti, tan enamorados del jazz de la Costa Oeste que el disco

sonaba como Chet Baker en Hollywood. En los pulcros arreglos

contrapuntísticos de «Line for Lyons», «Indian Summer» y «Look for the

Silver Lining», Baker tocaba con moderada inspiración y poco compromiso.

Su solo en «Cheryl Blues», una composición de Charlie Parker, revelaba

grietas en su célebre sonido satinado. El tono de Baker se había vuelto

ligeramente amargo, y sus arranques sonaban descentrados, como si tuviera la

cabeza en otro sitio.

Y así era. Su nuevo régimen de drogas hacía que la química de su cuerpo

—y su comportamiento— diera bandazos alocados, como comprobó Carlo

Loffredo cuando se incorporó al grupo de Baker aquel otoño. «Se había

convertido en otro, era incluso desagradable, pero los demás no le importaban

y permanecía encerrado en su propio mundo», contó el bajista.[216] En aquella

época, a Baker le tenía totalmente sin cuidado el amor, pero nadie lo habría

sospechado después de oír Chet Baker and Fifty Italian Strings, un álbum de

pop sentimental que grabó en Milán. Allí estaba por fin el Baker que los

italianos querían oír: heroico pero tierno, magullado por el amor pero todavía

rigiéndose por el corazón. Tocaba lentas y melodiosas estrofas y cantaba

canciones de amor eterno y dulce angustia: «When I Fall in Love», o «Deep

in a Dream», «Violets for Your Furs». Cascadas de violines, vientos que

suspiraban y un arpa tintineante componían un Shangri-La musical. Pero el

encanto del álbum no fue apreciado por el crítico de Down Beat Don

DeMichael, que lo tachó de «letárgico» y «letal».[217]

El declive de Baker en América adquirio una irónica nota al pie cuando la

MGM inició la producción de Los jóvenes caníbales, la versión

cinematográfica de la novela de Rosamund Marshall The Bixby Girls. La

protagonizaba Robert Wagner en el papel de Chad Bixby, un trompetista

peligrosamente guapo que abandona a su familia de Texas —y a Natalie

Wood, que lo ama— para convertirse en una estrella en Nueva York. Se

sienta pensativo en los rincones, con el pelo castaño cayéndole sobre los ojos

y la trompeta apuntando hacia abajo, tocando música que rompe el corazón de

la gente. La semejanza con Chet Baker era obvia, pero los autores nunca lo

reconocieron; los rumores de que se le había ofrecido el papel a Baker eran

infundados. Estrenada en 1960, Los jóvenes caníbales se hundió rápidamente.

Urlatori alla sbarra tuvo mejor suerte, y Lucio Fulci llevó a Baker por

toda Roma, intentando vendérselo a los propietarios de clubes nocturnos. Casi

todos eran demasiado viejos y convencionales para saber quién era Baker. El

elegante club Gicky solo accedió a contratarlo cuando él prometió a regañadientes incluir a Gerry Mulligan. Por supuesto, esto nunca ocurrió, y al

cabo de unas pocas noches lo despidieron. Entonces Fulci lo llevó a Le Grotte

del Piccione, donde las bandas tocaban para que el público bailara. Pero nadie

podía bailar al son de la música de Baker, y también perdió aquel trabajo.

Por fin encontró trabajo en el Santa Tecla, un club de jazz de Milán. El

público acudió en masa a ver en escena al hijo de Mussolini y a un famoso

yonqui, y el contrato fue un éxito. Pero con Halema todavía en París, Baker se

sentía oprimido por la soledad y el miedo, aflicciones complicadas por el

síndrome de abstinencia que llegó cuando al trompetista, no pudiendo volar a

Alemania, se le acabaron las pastillas. A través de las delgadas paredes de su

habitación de la pensione, los vecinos le oían gemir y sollozar. Una mañana,

la encargada llamó a su puerta. «Signor Baker, está usted enfermo, muy

enfermo —dijo sonriendo—. No puede usted seguir viviendo en este hotel.

Somos muy comprensivos, pero no todos nuestros clientes lo son.»[218] Como

un niño que llama llorando a su mamá, telegrafió a su mujer en París: «Ven,

te necesito».[219]

Para entonces, Halema había «dejado a Chet cuatro o cinco veces a causa

de las drogas», según contaba ella misma. Pero no era capaz de romper

definitivamente, de modo que cogió a su hijo y se trasladó a Milán. Baker les

encontró un piso, y una vez más intentaron resolver sus desavenencias.

«Vivíamos juntos, pero como dos extraños», contó él,[220] que no dejaba de

prometer que iba a dejar la droga.

En vez de eso, utilizó a Halema. Baker no podía dejar el Santa Tecla para

volar a Alemania, de modo que la convenció de que fuera ella y le trajera «su

medicina». Tiempo después, ella declararía que él le había asegurado que era

legal. No lo era. El Jetrium era lo mismo que el Palfium, y su posesión en

Italia sin receta era un delito. Si Baker lo sabía, le tenía sin cuidado. Metió a

Halema en un avión rumbo a Munich. También reclutó a su batería

americano, Gene Victory, otro adicto, para que volara a Munich y comprara

para los dos. A finales de 1959, Victory había pasado miles de pastillas de

contrabando.

La abundancia de Jetrium agudizó la glotonería de Baker, que empezó a

tomar cantidades ingentes. Según dijo, su adicción subió hasta la aterradora

cifra de doscientas cincuenta pastillas al día. En sus peores momentos, se

inyectaba cuarenta veces en veinticuatro horas. «Estaba hasta arriba de

mierda», le dijo a Jack Simpson.[221] Baker había presentado un aspecto sano

y atractivo en Urlatori alla sbarra; ahora, con poco descanso y sin apetito,

perdía peso a una velocidad alarmante. Su piel adquirio una palidez grisácea, como de cadáver; tenía los brazos y los pies cubiertos de costras. Sufría

escalofríos a causa de la mala circulación que le producía el hecho de tener

las venas perforadas y obstruidas. Los italianos se le quedaban mirando

cuando pasaba por las templadas calles de Milán con un abrigo de lana.

«Vivía en una pesadilla de eterna angustia, solo existía de una inyección a

otra, me aterraba la idea de que sin Palfium moriría», diría Baker más tarde.

[222]

Halema y sus amigos músicos le convencieron de que fuera al médico. El

diagnóstico fue terrible: muerte segura en cuatro o seis meses a menos que se

corrigiera. La noticia le sacó de su nube de golpe. Baker pidió una excedencia

en el Santa Tecla, y el 4 de diciembre ingresó en la clínica Villa Turro de

Milán, una de las pocas clínicas italianas que en aquella época estaban

equipadas para tratar el raro y misterioso problema de la adicción a las

drogas. Como le daba miedo ir solo, convenció a Gene Victory de que

ingresara con él. Durante siete días se les mantuvo inconscientes, con un

goteo intravenoso de medicación somnífera mezclada con vitaminas y otros

nutrientes. Cuando despertaron, habían superado el síndrome de abstinencia.

Las mejillas de Baker habían recuperado el color, y se iba acercando a su peso

normal de sesenta kilos. El tratamiento duró seis semanas más. El 30 de enero

de 1960, los dos regresaron al Santa Tecla. Por lo visto, Baker parecía estar

fuerte de nuevo, ya que un cineasta italiano le propuso hacer un cortometraje,

Tromba fredda, en el que aparecerían él y Halema en Italia.

En el Santa Tecla, le dio la bienvenida uno de sus fans más obsesivos:

Laurie Jay, un batería de rock aún adolescente que trabajaba en un

espectáculo de variedades en el gran teatro Olympia de Milán. Jay incordió a

todos sus compañeros de cartel, incluyendo a la estrella, la cantante pop

galesa Shirley Bassey, para que fueran a ver a aquel asombroso trompetista.

Por otra parte, le habló a Baker del espectáculo del Olympia, cuyos números

eran presentados por un cuarteto de chicas europeas muy sexys. Baker se

apresuró a ir al Olympia, donde se hizo con un pase de camerinos para poder

echarles el ojo a aquellas «señoritas poco vestidas», según su propia

expresión.[223]

Una noche de enero, Jay llevó a Carol Jackson, una corista inglesa de

diecinueve años que trabajaba en el Olympia, a ver actuar a Baker. Jackson

era una morenita de piel tersa con grandes ojos oscuros, encantadora, virginal

e ingenua. Sus padres, Albert y Gladys, les habían dado a ella y a sus dos

hermanas una educación estricta en Surrey, un suburbio de Londres. Jackson

había estudiado para secretaria, pero su atractivo le permitió ganar un

concurso local de belleza. De allí salieron unos cuantos trabajos como modelo y un cameo como chica de harén en biquini en una película poco conocida,

Sands of the Desert. Ahora era una de las cuatro presentadoras del Olympia,

donde entraba y salía del escenario con atuendo sexy para presentar los

números con su fino acento inglés.

A pesar de lo llamativa que era, casi nunca tenía gran cosa que decir, y

evitaba la compañía de los demás miembros del espectáculo. Jackson tenía

pocas ambiciones, aparte de querer conocer a un hombre excitante; a poder

ser, parecido a Elvis Presley, su ídolo. Pero se resistió a la invitación de Jay al

Santa Tecla, porque nunca había oído hablar de Chet Baker y no le interesaba

nada el jazz. Por fin accedió a ir con Jay y sus amigos después de la función.

Durante las décadas siguientes, Jackson dio una versión de su primer

encuentro con el trompetista que parecía un cuento de hadas. Contaba que se

había situado en lo alto de una escalera, entre una multitud de jóvenes ávidos

de ver a Baker, que tocaba abajo. Él estaba completamente fuera de la vista,

decía, pero su música llegó hasta ella, cautivándola. Al final de la actuación,

Baker subió por la escalera y sus miradas se cruzaron al instante. Tras una

rápida conversación, Baker invitó a Jackson, Laurie Jay y sus amigos a una

cena de madrugada. Casi de inmediato, aseguraba ella, se enamoraron

locamente. Al contar esta historia, Jackson se apresuraba a decir que durante

los meses siguientes ella y Baker durmieron en habitaciones de hotel

separadas.

Desde luego, Baker se fijó en su aspecto. Sobre todo, en el parecido que

advirtió entre ella y Elizabeth Taylor, objeto de su deseo desde que había

visto a la actriz desbordando su bañador en la escandalosa película de 1959

De repente, el último verano. «Algo iba a suceder, de eso no cabía duda», dijo

Laurie Jay. Pero otros detalles del relato de Jackson eran más discutibles. Jay

no recordaba haber visto nunca el club abarrotado «ni lo más mínimo»

cuando actuaba Baker, y Halema tenía un recuerdo diferente de los primeros

contactos de su marido con Jackson. Según Halema, por sugerencia de Baker,

ella y el trompetista se habían llevado a cenar a unos cuantos jóvenes del

espectáculo del Olympia, entre ellos Jackson y Colin Hicks, un rockero

británico popular en Italia. Halema advirtió el interés de Jackson por Baker; la

joven inglesa pidió incluso que le enseñaran fotos del niño. Poco después,

según la versión de Halema, una noche su marido no volvió a casa. Cuando

llamó, le dijo que no debían aparecer juntos en Tromba fredda porque su

matrimonio se estaba viniendo abajo. Fue Jackson la que acabó andando de la

mano con Baker por las calles italianas mientras la cámara rodaba. (El

material rodado no ha aparecido nunca.)

Según Arnold Weinstein, un poeta americano expatriado que dio recitales

de poesía y jazz con Baker en varios cafés italianos, el trompetista todavía

hizo unas cuantas y penosas apariciones en público con Halema. «Aquellos

repulsivos paparazzi y reporteros corrían literalmente tras ellos —contaba

Weinstein—. Un tipo de una revistucha asquerosa quería saber qué estaba

pasando, qué mujer había elegido, si pensaba seguir con ella y el niño, si iba a

abandonar al niño… todas esas cosas.»

Jackson no sabía italiano, pero recortaba cuidadosamente los artículos en

los que salía su foto y los llevaba en su maleta. Uno de sus favoritos apareció

en la portada de Il Reporter. Se les veía a ella y a Baker sentados a una mesa

de un club nocturno, con un pie que rezaba IL VELENO DEL JAZZ. Por lo visto,

no conocía la traducción, «El veneno del jazz». Lo mismo daba; Jackson se

vistió de gala y correteó por Italia con Baker como si fueran Cenicienta y el

Príncipe Azul. «Chet era como una serpiente —dijo Lisa Galt Bond años

después—. Podía hipnotizar. Era peligroso, pero era especial, eso se notaba.

Entendías que las mujeres fueran tan vulnerables a él.»

Albert y Gladys Jackson, que nunca habían querido que su hija fuera a

Italia, se escandalizaron al leer en los periódicos que andaba por ahí con un

infame drogadicto. Albert telefoneó a la Interpol y exigió que la rescataran.

Esta reclamación no llevó a nada, y Jackson y el trompetista continuaron

exhibiéndose a la vista de todos, Halema incluida. «Como hombre, era un

auténtico cero a la izquierda, que solo miraba por sus propios intereses

personales —dijo Oscar Valdambrini—. Pero los grandes artistas tienen que

ser imperfectos, no puedes pedirles que sean sinceros y generosos, porque lo

que ya tienen es de un enorme valor de por sí.»[224]

A principios de 1960, Halema se marchó por fin, llevándose a Chetty a

otra zona de Milán. Si Baker sintió la pérdida, otras preocupaciones

impidieron que se notara. Antes de salir de Villa Turro, un médico le había

advertido de que para un drogadicto era mucho más fácil librarse del apetito

físico que del enganche psicológico. Y, efectivamente, a Baker le aterraba la

idea de enfrentarse a la vida y a la música sin el efecto calmante de la droga.

«Algo iba mal en mi manera de tocar la trompeta —aseguraba—. Sentía que

me faltaban ideas, inspiración, la fuerza y la habilidad necesarias para

improvisar en serio.»[225] Menos de dos meses después de su cura de sueño,

Baker estaba enganchado de nuevo. En marzo ingresó en una clínica de

Monza, una pequeña localidad cerca de Milán. Nada más salir, volvió a

meterse de cabeza en el mundo de las drogas.

Sus verdaderos problemas empezaron en mayo. Baker había recibido una

oferta que parecía un sueño: todo un verano en Il Bussolotto, un elegante

salón en el interior de La Bussola, uno de los clubes nocturnos más suntuosos

de Italia, situado en Le Focette, una bella playa de la Toscana. Bañado en

brisas marinas y a la sombra de palmeras, La Bussola presentaba un programa

estelar de actuaciones en su enorme salón de baile: Marlene Dietrich, Sammy

Davis Jr., Louis Armstrong y, años después, Diana Ross. Il Bussolotto tenía

encantos propios, incluyendo un ventanal que daba a un mar azul y cristalino.

Aquella vista fascinaba a artistas como el brasileño João Gilberto, uno de los

creadores de la bossa nova, que tocaba la guitarra y cantaba en Il Bussolotto

con una voz aterciopelada inspirada por su ídolo, Chet Baker.

Con la perspectiva de empezar en junio, Baker y Jackson se trasladaron a

la pensione Villa Gemma, en Marina di Pietrasanta, una población costera

cerca de Le Focette. El hotelero, un joven y simpático músico llamado Giali

Giambastiani, estaba encantado de tener a Baker bajo su techo, y se puso

personalmente al servicio del trompetista. Pero Giambastiani no podía

satisfacer la necesidad más inmediata de Baker. Había Palfium en todas las

farmacias, pero sin una receta parecía imposible conseguirlo. Enloquecido por

el síndrome de abstinencia, Baker encontró una solución. Habiéndose

enterado de que los médicos italianos se identificaban mediante una cruz en

las matrículas de sus coches y en el rótulo de sus consultas, se lanzó a toda

velocidad por las calles en su Alfa Romeo, mirando frenéticamente a derecha

e izquierda en busca de la cruz, como un vampiro sediento de sangre pero al

revés.

En cuanto encontró un médico, Baker hizo una actuación mejor que

ninguna de las que había ofrecido en la pantalla. Nada más entrar en la

consulta, se apretó las sienes y, gimiendo, le dijo al médico que el dolor de

cabeza lo estaba matando. A veces se quedaba días enteros en la cama, dijo,

con el rostro apretado contra una almohada empapada de lágrimas. Uno de los

primeros médicos que encontró le oprimió varios puntos de la cara. El rostro

de Baker se contrajo por el dolor. «¿Sinusitis? ¿Neuralgia del trigémino en las

mejillas y la frente?», le preguntó el doctor.[226] «Sí», respondió Baker,

explicando que se había roto la nariz dos veces en accidentes de coche. La

sinusitis y la neuralgia del trigémino se convirtieron en sus dolencias

oficiales. Casi todos los médicos le apremiaron para que acudiera a un

especialista. Baker estaba conforme, pero decía que antes necesitaba algo que

aliviara su agonía, y no un analgésico corriente. «Ya los he probado, pero no me sirven —dijo con voz débil—. Solo hay un medicamento que me hace

efecto: el Palfium.»[227]

Algunos médicos le hicieron una receta inmediatamente; otros le

advirtieron de que el Palfium era un narcótico. No cabe duda de que algunos

se dieron cuenta de que su paciente era un adicto. Pero él conseguía lo que

quería. «Me ponían el papel en la mano con cierto embarazo; cogían de la

misma mano las cien liras de sus honorarios y me acompañaban a la puerta en

silencio», contó.[228] Con el tiempo, adquirio tanta habilidad para despertar la

compasión de los médicos que algunos no aceptaban que les pagara.

Pero casi todas las recetas eran solo para una caja de cinco pastillas —lo

mínimo para un chute—, y Baker necesitaba mucho más. En unas semanas,

por lo menos veinticinco médicos en Italia y uno en Suiza accedieron a

extenderle recetas. «Recuerdo que iba como un loco de una consulta a otra»,

contaba.[229] El periódico florentino La Nazione informó tiempo después de

que a veces Jackson esperaba en el coche mientras Baker conseguía las

recetas. Según La Nazione, él iba tan nervioso que incluso llegó a estrellar su

Alfa Romeo contra un árbol.

Poco antes de su debut en Il Bussolotto, Baker ofreció una actuación en

Nápoles. Allí le robaron un baúl que no solo contenía su ropa y otras

pertenencias, sino también su trompeta. «Estaba acabado. Ya no podía tocar,

no podía ganarme la vida», contaba,[230] asegurando que después del robo se

había pasado la noche llorando. «Me sentía solo y abandonado. Tenía a Carol

conmigo, pero sus palabras de consuelo no me consolaron. Había perdido mi

trompeta y no tenía dinero para comprar otra.»

Sergio Bernardini, el propietario de La Bussola, le salvó encargando a

Estados Unidos una carísima trompeta nueva. A principios de junio, Baker

debutó en Il Bussolotto con un trío dirigido por Romano Mussolini. Las

diarias peticiones de dinero anticipado por parte de Baker preocuparon a

Bernardini; no quería financiar la autodestrucción del trompetista, pero sabía

que Baker no podía actuar de otro modo. Con el dinero en la mano, Baker se

pasaba los días en busca de Palfium y llegaba a sus actuaciones en el último

minuto. «Empezó a tocar como un cohete —dijo Carlo Loffredo—.[231] Estaba

claro que era el efecto de las drogas que tomaba, que, como sabes, dilatan el

tiempo.»[232]

Al final de la velada, Baker tiraba la trompeta sobre el piano, como un

obrero fabril que oye la sirena de las cinco. Sin decir adiós, corría a casa a

pincharse, dejando sin vigilancia su trompeta nueva. Durante el día, el sol que

entraba a raudales por el ventanal de Il Bussolotto hacía que el instrumento reluciera como el oro. Los niños que venían de la playa se colaban y

manipulaban la trompeta como si fuera un juguete, apretando los pistones y

soplando por la boquilla.

Para horror de Bernardini, Baker empezó a faltar al trabajo noche tras

noche. Ahora eran dos médicos los que satisfacían sus necesidades. El 20 de

mayo de 1960, Baker había acudido por primera vez a Roberto Bechelli,

médico de Viareggio, una gran población costera a pocos kilómetros al sur de

Le Focette. Bechelli, que nunca había recetado Palfium, vaciló… hasta que el

trompetista le puso unos billetes en la mano. Hasta el 27 de julio, le hizo

veintitrés recetas a Baker.

En el mismo período, Baker fue a ver al pediatra Sergio Nottoli,

soltándole su lista habitual de dolencias. Prudentemente, Nottoli firmó una

receta por la mínima dosis de Palfium, pero insistió en que Baker acudiera a

un radiólogo. Después de dos visitas más, Nottoli se negó a darle más recetas.

El 28 de mayo, Baker envió en su lugar a Giali Giambastiani. El signor Baker

estaba en la pensione inmovilizado por el dolor, explicó Giambastiani. ¿No

tendría el doctor un poco de compasión, por favor? Nottoli se ablandó. Como

Baker no estaba presente, puso el nombre de Giambastiani en la receta. Lo

mismo hizo unos días después, cuando el hotelero volvió con Jackson, que

confirmó el estado de Baker. Tal vez sabiendo la verdad y deseando cubrirse

las espaldas, Nottoli accedió a extender una receta más a nombre de Aurelio

Meliadó, un amigo de Giambastiani.

Parece que nadie soportaba ver sufrir a Chet Baker, pero este casi nunca

correspondió a la simpatía. Gene Victory había dejado la banda hacía algún

tiempo, y perdió el contacto con Baker. Cuando reapareció —sin dinero,

enganchado y enfermo de tuberculosis como efecto secundario de su adicción

—, buscó a Baker en el Villa Gemma y le suplicó ayuda. No era un trabajo ni

un préstamo lo que quería, sino Palfium. Al trompetista no le gustó. Hizo

sentar a Victory en su habitación y le largó un severo sermón antidroga. «Con

todo lo que has pasado, con todo lo que has sufrido, ¿de verdad quieres seguir

por este camino? —le preguntó—. Sabes muy bien dónde terminará.»[233]

Como el batería insistió, Baker le dio unas pocas pastillas a modo de limosna,

pero después de varias visitas más perdió la paciencia. Entregándole la última

pastilla, le dijo a Victory que se marchara y no volviera más.

Aquella tarde, Baker se aprestó para el trabajo, preparando varias jeringas

llenas de Palfium para la noche. Las dejó sobre la mesa y llevó a Jackson al

cine. Dos horas después, encontró las jeringas vacías. «Ha sido Gene», le dijo

a Jackson, muy serio.[234]

A Baker le entró el pánico, porque no le quedaba más Palfium. Dino

Grilli, de Il Telegrafo, informó después de que el trompetista sufrió un

violento ataque en su habitación, rompiendo muebles y aullando de

frustración.[235]

Baker nunca había estado tan fuera de control, luchando por satisfacer una

adicción que lo estaba devorando vivo. En julio fue a ver a otro médico,

Enrico Landucci. Aquel día, Landucci estaba fuera, pero su doncella, Adua

Ghilardi, acogió a Baker con compasión maternal. Le dijo que se sentara en la

sala de espera mientras ella iba a buscar el nombre de otro doctor. Ghilardi

dejó sin cerrar la puerta del despacho de Landucci. Cuando volvió, Baker se

había marchado, llevándose varios impresos de receta de Landucci.

Baker corrió a la farmacia Vignoli, en la cercana Pisa. Allí presentó una

receta del doctor Enrico Landucci para dos cajas de Palfium. Las dos jóvenes

que atendían la farmacia quedaron perplejas; era el 15 de julio de 1960, pero

la fecha que llevaba escrita era «7-15-60», no «15-7-60», a la manera

europea. Dudando de si hacían bien, le dieron a Baker la única caja de

Palfium que les quedaba. Sus sospechas aumentaron cuando entró una joven

inglesa con otra receta de Landucci con la fecha mal escrita. Se negaron a

atenderla. La propietaria telefoneó a Landucci, que le dijo que nunca había

extendido una receta de Palfium para un tal señor Baker o una tal señorita

Jackson.

El 16 de julio, la pareja llegó tarde a Il Bussolotto. Baker presentaba un

aspecto tan lamentable que parecía a punto de desmayarse, y Bernardini

preguntó por el micrófono si había un médico en la sala. De entre el público

salió Pierluigi (Lippi) Francesconi, director de una pequeña clínica en Lucca,

la Santa Zita. Baker le confesó su adicción al joven doctor, que reaccionó

amablemente. «Querido Baker, tiene usted que rehabilitarse —le dijo el

doctor, cogiéndole de la mano—. Es una cura larga y difícil, pero podemos

intentarlo. Tiene usted que poner toda su confianza en mí, y yo a cambio

tendré confianza en usted.»[236] La cura empezaría a la mañana siguiente.

Baker estaba preocupado: todavía le quedaban varias semanas de contrato con

Bernardini y necesitaba el dinero.

Francesconi tenía una solución. El 17 de julio, Baker ingresó en Santa

Zita. El doctor le impuso un régimen de vitaminas y una dosis cada vez menor

de Palfium. Siempre que le era posible, llevaba al trompetista a trabajar,

esperaba a que terminara y lo acompañaba de regreso a la clínica para

mantenerlo a salvo de problemas. «Pero me preguntaba cómo podía quedarse

allí —dijo Francesconi años después—. Yo no podía encerrarlo, y cuando él tenía que salir para ocuparse de sus asuntos, salía. Yo no podía ser su chófer a

jornada completa.»

A pesar de todos los esfuerzos del doctor, la cura fracasó porque Baker

recurrió a una serie de amigos bienintencionados para que le ayudaran a

mantenerse colocado. Uno de ellos fue Joseph (Joey) Carani, un abogado

italoamericano de Chicago, de treinta años. Carani, amante del jazz y músico

aficionado, idolatraba a Baker, al que había conocido en Estados Unidos.

Ahora que había ido a la Toscana a ver a su padre enfermo, Carani —un

hombre pequeño y narigudo, con pajarita y greñas onduladas— parecía

dispuesto a hacer cualquier cosa, legal o no, para ayudar a su ídolo. El 27 de

julio cumplió una peligrosa misión. Estando todavía bajo los cuidados de

Francesconi, Baker les pidió a Carani y a Jackson que lo acompañaran en

coche a la consulta del doctor Bechelli. Asustado tal vez del riesgo que había

corrido al recetarle Palfium a Baker más de veinte veces, Bechelli no había

hecho caso de sus últimas peticiones. Ahora el trompetista llegaba con un

cebo: Carol Jackson, por la que Bechelli sentía debilidad. Gracias a sus

encantos y a otro soborno, Baker se marchó con su receta, extendida a nombre

de Carani.

El sábado 31 de julio de 1960, Baker hizo su última visita a Bechelli, esta

vez solo. Tras conseguir más Palfium, se dirigió a Rímini, una población

turística cerca de Bolonia, para una actuación. Era un día cálido y tranquilo,

de los que antes le hacían ir corriendo a las olas de Laguna Beach. Pero Baker

daba la impresión de no haber visto el sol en años. Pálido y sin afeitar, con

semicírculos negros bajo unos ojos de mirada apagada, podría habérsele

confundido con un vagabundo saliendo a trompicones de un portal de Harlem

a las tres de la mañana.

Aquella misma tarde, la comisaría de Lucca recibió una llamada de

emergencia de una gasolinera Shell a las afueras de la ciudad. El hijo del

propietario les dijo que un hombre se había encerrado en los servicios y no

salía. Habían oído murmurar al desconocido, pero no había querido abrir y

ahora no se oía nada. Puede que estuviera muerto, añadió preocupado.

Minutos después, el agente Neri Gugliermino llegó a la gasolinera. Llamó

a la puerta del servicio, y esta se abrió. «De pronto vi un fantasma delante de

mí —dijo Gugliermino—. Era la misma imagen de la muerte.» Aquella figura

empuñaba una jeringa y tenía la mirada perdida como un zombi, de pie ante

un lavabo todo salpicado de sangre. Tenía las mangas de la camisa subidas.

Las venas de sus brazos parecían «alambres negros», según el policía, y

tenían picotazos rojos por todas partes. El hombre balbuceaba de manera incomprensible, y se tambaleaba cuando Gugliermino lo condujo fuera. Dócil

como un niño, se sentó en silencio en el coche de policía mientras

Gugliermino lo llevaba a la comisaría. Según el agente, cuando sus superiores

se enteraron de que Chet Baker había sido detenido, «hubo una especie de

terremoto».

Poco a poco, Baker recuperó la lucidez suficiente para murmurar una

explicación. Estaba enfermo, dijo, y se había parado en la gasolinera para

tomar su medicina, Palfium, recetada por el doctor Lippi Francesconi. Como

le temblaban las manos, había roto dos frascos, y cuando consiguió inyectarse

el contenido del tercero ya estaba demasiado desmayado para oír las llamadas

a la puerta. Se le permitió llamar a Francesconi, que acudió a toda prisa y

explicó que Baker estaba en tratamiento de desintoxicación en su clínica. El

trompetista fue puesto en libertad a su cuidado.

La noticia saltó al día siguiente: Chet Baker había sido encontrado

inconsciente en el retrete de una gasolinera, con sangre por todas partes. Una

versión ligeramente exagerada de la historia se difundió por toda Europa y

Estados Unidos. De repente, una pequeña ciudad italiana donde nunca había

pasado casi nada salía en titulares en todo el mundo.

Una noche después de la detención, un periodista de La Nazione lo

encontró «en un extraño estado de relajación».[237] Baker se dirigía al cine a

ver La crociera del terrore con un amigo de La Bussola. «Estoy decidido a

curarme —dijo el trompetista, explicando con orgullo que ahora se pinchaba

cada cuatro horas, y no cada hora—. ¿A que es estupendo?»

Pero Francesconi no era optimista, sobre todo cuando Baker fue a verlo a

mediados de agosto para pedirle permiso para dejar la clínica durante tres días

para tocar en un festival en Bélgica. El doctor le advirtió de que si hacía

alguna tontería echaría a perder toda la cura, pero Baker prometió portarse

bien. Francesconi calculó una cantidad de Palfium suficiente para tres días y

se la confió a Jackson y a Joey Carani, que iban a acompañar a Baker en el

viaje. Nada más llegar, el trompetista claudicó. Antes del amanecer, mientras

Jackson dormía, se escapó a Munich, donde compró todo el Palfium que pudo

llevarse.

No sabía que se había cursado un informe firmado por Fabio Romiti, el

fiscal del distrito de Lucca, declarando que Baker había cometido un delito al

aparecer en público «en un estado de muy grave alteración psicológica debida

a los narcóticos».[238] Romiti parecía poseído. Para él, aquello no era una mera

infracción de la ley, era un apocalipsis moral. Poco antes, habían juzgado en Italia a dos adictos, y Romiti temía que los traficantes de drogas estuvieran

envenenando una tierra santificada, de valores familiares católicos.

Emprendió una frenética investigación de la comunidad médica de la

zona, dirigida por el delegado provincial de sanidad de Lucca. Acompañado

por un policía, el delegado de sanidad irrumpió en todas las farmacias,

exigiendo ver todas las recetas archivadas. Cada vez que detectaba una

ambigüedad o una omisión, se ponía a gritarles a los aterrados farmacéuticos.

«Estaba loco; algo malo le pasaba», dijo Gugliermino, que lo acompañó en

numerosas ocasiones. El delegado de sanidad encontró veinticinco doctores

que habían recetado Palfium a Baker. El 22 de agosto, la policía presentó una

orden de detención en Villa Gemma, donde Baker había regresado. Cuando se

lo llevaban esposado, Jackson estalló en lágrimas. «¡No pueden hacer eso!

¡No se lo lleven!», gritó, según contaba Il Telegrafo.[239]

Dos días después, la policía detuvo a Carani, a quien Bechelli había

mencionado como cómplice de Baker. Bechelli, Nottoli, Francesconi y

Giambastiani fueron detenidos por ayudar a un drogadicto. Se iniciaron

investigaciones contra todos los demás médicos y varios farmacéuticos que

no habían informado de sus tratos con un yonqui, como la ley exigía.

Sometido a un humillante interrogatorio por Romiti, Baker reconoció

haber pasado de contrabando grandes cantidades de Jetrium de Alemania, así

como haber robado y falsificado recetas médicas. Pero sus revelaciones no se

limitaron a él. Dijo que su exbatería Gene Victory había traído de Munich

miles de pastillas de Jetrium para los dos («Victory sabía perfectamente que

había cometido un delito», dijo Baker más adelante).[240] Explicó que Carani y

Giambastiani habían conseguido Palfium para él de Bechelli. Habló también

de su esposa Halema, que había pasado Jetrium a Italia. Cuando le

preguntaron dónde estaba Halema, dio su dirección en Milán. Presionado más

a fondo, empezó a soltar nombres de médicos.

Hasta los que mejor le conocían quedaron escandalizados al enterarse de

que Baker había traicionado a la gente que había intentado «salvarlo».

Victory se libró de ser detenido porque había vendido su batería a un joven de

Lucca para pagarse el billete de regreso a Estados Unidos. Otros no tuvieron

tanta suerte. «En aquella época era muy peligroso tener contacto con Chet,

porque la policía investigaba a todos los que lo tenían», contaba Romano

Mussolini. Presintiendo que Carol corría peligro, Baker la hizo volver a su

casa de Surrey. Pero Romiti estaba más interesado en Halema. En un acto

ilegítimo que no fue impugnado, se salió de su jurisdicción, fue a Milán y

localizó a la joven, exigiéndole que acudiera a Lucca para ser interrogada. Una vez allí, la presionó hasta que confesó que había hecho contrabando de

drogas. Ella juró entre lágrimas que no sabía que estaba infringiendo la ley,

pero Romiti no se conmovió. Halema fue encerrada en una celda en la

penitenciaría de San Giorgio, la antigua prisión de Lucca, donde los acusados

fueron retenidos sin fianza hasta el juicio, en aplicación del duro principio

napoleónico de que uno es culpable hasta que se demuestra su inocencia, que

todavía estaba en vigor. Verdaderamente, la mujer de Baker tuvo mala suerte:

por lo visto, cuando la detuvieron tenía en su bolso un billete de avión a

Estados Unidos, donde había dejado a su hijo al cuidado de su familia.[241]

También Joseph Carani y varios médicos, entre ellos Francesconi, fueron a la

cárcel.

Francesconi salió en libertad a los dos meses por falta de pruebas. Los

otros acusados permanecieron en la cárcel, esperando. Todos los días, Baker

oía fuertes sollozos procedentes de la celda de su mujer, al otro lado del patio.

Transcurrieron ocho meses hasta el juicio. Casi al final de ese período,

L’Europeo le pagó por escribir acerca de su camino hacia la destrucción.

Utilizando repetidamente la palabra «desesperado», Baker solo derramó

lágrimas por una persona: «No comprendo por qué recibo este trato —decía

—. Siempre estoy solo, incapacitado para intercambiar una palabra excepto

con los guardianes. Carani y los médicos están todos en la misma celda.

Pueden hablar, tienen compañía, se consuelan unos a otros… Durante ocho

meses no he tenido más compañía que mi conciencia y mis miedos… Ocho

duros y terribles meses que tal vez hayan restaurado mi dañada salud, pero

que a cambio han destruido mi corazón y mi mente».[242] No le quedaba más

remedio, advertía, que vender su trompeta para pagar sus inminentes deudas

legales.

Los apuros de Baker llegaron al corazón del abogado más poderoso de

Lucca, Mario Frezza, que se ofreció a defenderle gratis. Baker también

recibió una oferta de Dino de Laurentiis, productor de la célebre película de

Fellini La Strada y, años después, de Serpico y El justiciero de la ciudad. Se

dice que, percatándose del potencial cinematográfico de la tragedia de Baker,

De Laurentiis le ofreció tres mil dólares por los derechos para el cine, con un

anticipo para escribir el argumento. El productor propuso aplazar el rodaje

hasta que el trompetista estuviera libre para interpretarse a sí mismo. Baker

aceptó el dinero.

Pocas películas podrían superar el épico melodrama que estalló en la

mañana del lunes 11 de abril de 1961: el «juicio de las víboras», como lo

llamó la prensa.[243] Fue el juicio penal más escandaloso de la historia de Lucca, y prácticamente toda la ciudad se acercó a presenciarlo. Mientras la

multitud se apelotonaba a las puertas del tribunal, paparazzi de toda Italia

pasaban zumbando en sus escúteres, con los voluminosos estuches de sus

cámaras colgados al cuello. Poco antes de las nueve, llegaron los vehículos

policiales, y de ellos salieron los acusados, escoltados por policías. Cada

aparición provocaba una tormenta de relámpagos de las cámaras. Algunos

espectadores vitoreaban; otros abucheaban, como si el juicio fuera un híbrido

de un estreno de Hollywood y el vía crucis. Halema, a quien los periodistas

llamaban erróneamente la esposa «mulata» o «negra» de Baker, entró a toda

prisa, una figura sombría con abrigo negro y gafas oscuras. Pero Carol

Jackson posó para los fotógrafos y sonrió, luciendo su vestido negro

cuidadosamente elegido, sus perlas, sus guantes blancos y su cabello cardado

y lleno de laca. No todo el mundo quedó impresionado; la prensa

sensacionalista la había acusado de romper el matrimonio de Baker, y cuando

se acercaba a las puertas del tribunal, unas campesinas le gritaron:

«¡PUTTANA!». «Sin discusión alguna —comentó Dino Grilli en Il Telegrafo—,

Halema le podría dar a Carol lecciones de clase.»

Flanqueado por tres guardias, Baker entró con paso confiado, con las

mejillas sonrosadas y aspecto saludable. Llevaba pantalones grises de franela,

una chaqueta beige, camisa blanca, corbata estrecha y esposas, y también él

sonrió a las cámaras. Dentro del tribunal, actuó en el local más lleno que

había visto en Italia. Aficionados al jazz, músicos, estudiantes, jubilados y

periodistas de todo el mundo abarrotaban los bancos; fuera había gente subida

a escaleras y mirando por las ventanas. Los paparazzi, habiéndoseles

prohibido la entrada a la sala, ocupaban balcones cercanos y apuntaban

cámaras con zoom a las ventanas abiertas.

En el sistema judicial italiano no había jurado; el fiscal presentaba las

pruebas al presidente del tribunal y a los dos jueces ayudantes. Estos

interrogaban a los acusados y testigos, y después se dictaba sentencia. Parecía

que Baker tenía pocas posibilidades. Se le acusaba de posesión de un

narcótico ilegal, robo de impresos de receta de la consulta de un médico y

falsificación de las mismas para obtener Palfium. Como ya lo había confesado

todo, Mario Frezza tenía que intentar demostrar que había circunstancias

atenuantes y procurar ganarse la simpatía del tribunal. El abogado había dado

rigurosas instrucciones a Baker, y cuando el juez Loria, presidente del

tribunal, le llamó para una declaración de tres horas, Baker parecía tan

tranquilo como «un joven granjero de las montañas», según Sergio Frosali, de

La Nazione.[244] Mientras relataba diversas pesadillas relacionadas con la

droga, su compostura era sobrecogedora.

Sentado ante el estrado del juez y valiéndose de un intérprete, Baker negó

toda culpa. Sus problemas, dijo, comenzaron en Bolonia en el mes de abril,

cuando le sacaron un diente y ello le provocó terribles dolores de cabeza. El

dentista le había recetado un analgésico raro, Palfium. Era tan fuerte que

Baker se quedó enganchado, lo que le obligó a acudir a todos aquellos

médicos. El robo de su trompeta en Nápoles le deprimió aún más. «Dígame,

Baker, ¿por qué está tan desesperado por una trompeta robada? —preguntó

Loria—. ¿No podía comprar otra? Italia está llena de trompetas.»[245] Baker

bajó la mirada, entristecido, como un niño cuya madre le ha quitado su

posesión más preciada. «Es que era una trompeta especial, su señoría —

explicó—. Una trompeta de trescientos dólares. Compré otra, señoría, pero el

sonido era muy malo.»[246] Tocar la trompeta, dijo, agravó su sinusitis y su

neuralgia del trigémino, consecuencias de dos accidentes de coche. Sin

Palfium no podía dormir, comer ni tocar.

A continuación, Baker negó todas las confesiones que había hecho antes,

alegando enajenación transitoria. Cuando le preguntaron sobre las diez mil

pastillas que, según su confesión, había pasado de contrabando, negó con la

cabeza. «Nunca mencioné una cifra como esa», dijo.[247] Añadió que había

sido Halema la que le había traído cuatrocientas pastillas de Alemania, y ella

no sabía lo que eran. «Es mi mujer y hace lo que yo le digo», declaró Baker.

[248] Se retractó de su confesión de haber «pagado» diez mil liras a Bechelli, y

de haberle robado impresos de recetas a Landucci, haciéndose el tonto de

forma no muy convincente.

 

LORIA : ¿Sabe usted que el doctor Landucci tiene su despacho en el

mismo edificio que su vivienda?

BAKER: Mi abogado me ha dicho que no lo sé.[249]

 

Las carcajadas llenaron la sala. Imperturbable, Baker siguió explicando

que un día se había despertado en Villa Gemma y había encontrado los

impresos metidos por debajo de la puerta, un regalo de su exbatería Gene

Victory. La única razón para haber mentido, dijo, era proteger a Victory.

Baker estaba forzando su credibilidad al límite, pero Frosali detectó ondas de

simpatía mientras Baker seguía apretándose la frente en un gesto de dolor.

«Hay una clara impresión de que nadie quiere ser demasiado duro con el

señor Baker», escribió Frosali.[250] Para dar idea del poder de seducción de Baker, baste decir que derritió el corazón de la periodista más dura de Italia,

Oriana Fallaci, después conocida por sus feroces y hostiles entrevistas a

líderes mundiales como el ayatolá Jomeini y Henry Kissinger. Fallaci escribió

una apasionada defensa de Baker en L’Europeo, el equivalente italiano a la

revista Time, declarando que había sido condenado por un gobierno que

nunca había oído hablar de Louis Armstrong ni de Charlie Parker, y mucho

menos del «mejor trompetista blanco del mundo».[251] A las autoridades, decía

Fallaci, no les importaba si este genio «volvía a las drogas o ladraba como un

perro o dejaba de tocar esa trompeta que a veces suena como un himno a

Dios».

Durante todo el interrogatorio, Halema estuvo con la cabeza gacha,

garabateando en un cuaderno. Cuando la llamaron al estrado, mantuvo que era

inocente. «Está claro que ella es la víctima de esta situación», informó

Frosali,[252] observando la compasión que el público sentía por la «esposa

traicionada». Mientras oía un torbellino de negaciones, contradicciones y

mentiras referentes a él, Baker ponía cara de póquer. «Lo que ocurre a su

alrededor durante el proceso no parece interesarle mucho —comentó Frosali

—. Es muy difícil determinar, mirándolo, si escucha o no las cosas que se

dicen de él.»

Los días siguientes fueron espectáculos gratuitos para los que abarrotaban

el tribunale. «La gente prestaba atención, esperando tal vez alguna escena

increíble», informó Dino Grilli.[253] Cuando testificó el doctor Nottoli, sus

numerosos amigos congregados en la sala gritaron y aplaudieron como si

fuera una estrella de cine. Cuando un hombre intentó iniciar una ovación de

pie, Loria hizo que lo expulsaran, anunciando malhumorado: «¡Esto no es un

cine!».[254]

Grilli se fijó en un «enano rechoncho y rubicundo» que preguntaba en voz

baja, insistentemente y con la mayor seriedad:

«Pero ¿cuándo va a tocar la trompeta?». No la tocó, pero al final de la

sesión los fans de Baker «se acercaban a saludar a su amigo como si le

felicitaran después de un concierto». Giovanni Tommaso se abrió paso a

través de la multitud y le preguntó a Baker qué tal estaba. «Estoy cansado —

respondió él, suspirando—. Anoche, pensando en el juicio, no pude pegar

ojo.»[255]

El jueves 12 de abril, Carol Jackson fue llamada al estrado de los testigos.

Durante dos horas, la amante de Baker ofreció el testimonio más polémico del

juicio. Por medio de un intérprete, negó casi todo lo que había dicho en una

declaración anterior, repitiendo insistentemente «No me acuerdo».[256] Loria le recordó su anterior confesión de que había acompañado a Baker a la

consulta de Bechelli para tentar al doctor y lograr que cooperara. «Le odiaba

y no quería que me tocara —había dicho en aquella ocasión—. Ya había

estado allí dos veces y sabía cómo era.»[257] Cuando le recordaron esto, los

ojos de Jackson se abrieron de par en par.

—¡Yo nunca he dicho nada semejante! —exclamó.

—¿Alguna vez el doctor Bechelli le puso las manos encima?

—Sí, pero fue en broma.

A continuación, negó su testimonio de que Joseph Carani había permitido

que Baker utilizara su nombre en una receta. Loria hizo que le leyeran toda su

declaración para que pudiera confirmar o desmentir cada detalle. Por fin, el

juez perdió la paciencia, advirtiéndole de que si no dejaba de referirse

«desvergonzadamente»[258] a Baker como «mi marido», la acusaría de

perjurio. «No hay mucho respeto por Carol Jackson —escribió Renzo

Battiglia en el Giornale del Mattino—, sobre todo porque el público se da

cuenta de que mientras que Halema está en la cárcel, Carol está libre.»[259] El

desprecio subió al máximo cuando Jackson se acercó a Baker y le plantó un

largo beso en la mejilla ante los ojos de Halema, que se quedó estupefacta y

volvió la cabeza. Cecco Maino recordaba lo triste que se sintió al verla salir

del tribunal «sola y llorando, acompañada solo por un grupo de carabinieri».

[260]

Según iban pasando otros testigos, entre ellos Sergio Bernardini, a

declarar acerca de su pasado de adicto, Baker parecía disfrutar de la atención

que le prestaban. Ni siquiera le inmutaron los comentarios condenatorios de

Roberto Boni, un radiólogo que había examinado con rayos X el rostro de

Baker en Viareggio sin encontrar nada anormal. «Cuanto más tiempo pasa —

escribió Frosali—, más se abre Baker y de mejor humor parece estar.»[261]

Carani no estaba tan animado, ya que se enfrentaba a una posible sentencia de

cárcel y veía en peligro su carrera. «Solo había venido a Italia a ver de nuevo

a mi padre y a descansar», le dijo el tembloroso abogado a Dino Grilli.[262]

Fabio Romiti, el fiscal, fue el siguiente en recitar su parte. Alzando un

dedo en el aire, pronunció un furioso alegato contra el hombre al que acusaba

de mofarse de la ley y traicionar fríamente a sus amigos. «¡Cara de ángel,

corazón de demonio! —entonó Romiti, mirando ferozmente a Baker—. ¡Todo

el que entra en contacto con él se busca problemas!»[263] Romiti solicitó una

pena de siete años. Denunció a Bechelli, Jackson y Giambastiani, y pidió dos

años de cárcel para Halema.

En vista de la abrumadora evidencia, Mario Frezza apeló a la compasión

del tribunal. Describió a Baker como un hombre condenado a la drogadicción por la mala influencia de su padre, que fumaba marihuana; contó también la

historia apócrifa de que Crystal Joy le había abofeteado, acusándolo de haber

matado a su mejor amigo, Dick Twardzik… lo cual había traumatizado tanto

a Baker que se vio obligado a buscar consuelo en la aguja. No había cometido

ningún delito de contrabando de droga, ya que el Jetrium no figuraba en la

lista de sustancias prohibidas en Italia. Y lo que es más, argumentó Frezza, un

impreso de receta en blanco no tiene ningún valor, de modo que no había

habido robo. En cualquier caso, las drogas habían nublado el entendimiento

de Baker hasta el punto de que no se le podía considerar responsable de sus

actos. El abogado solicitó la absolución general.

El jueves por la noche, Frezza le advirtió a Baker que no tuviera

demasiadas esperanzas. A la mañana siguiente, mientras los jueces iniciaban

las deliberaciones finales, los pasillos y escaleras del tribunal se llenaron de

adolescentes ansiosas de enterarse de la suerte de Baker. A las cinco de la

tarde, Loria reunió a los acusados ante el tribunal. Los farmacéuticos fueron

declarados no culpables. Carani y Halema fueron absueltos por falta de

pruebas. Sergio Nottoli fue declarado culpable del delito menor de falsificar

los nombres en dos recetas; se le impuso una multa y quedó en libertad.

También salió libre Giali Giambastiani; aunque estaba claro que era cómplice,

no se pudo demostrar que hubiera sabido que el Palfium era un narcótico de

uso restringido. Bechelli no tuvo tanta suerte. Concluyendo que el doctor

había aceptado un soborno de un drogadicto, Loria lo condenó a tres años de

cárcel y una severa multa de 300.000 liras, más la pérdida temporal de su

licencia de médico. Bechelli se quedó helado; su mujer rompió a llorar y

estuvo a punto de desmayarse.

Chet Baker fue declarado culpable de contrabando de drogas y

falsificación, pero absuelto de la acusación de robo. Los jueces le

sentenciaron a un año, siete meses y diez días de cárcel, más una multa de

140.000 liras. Loria dijo que se habían mostrado compasivos debido a los

problemas mentales del acusado, inducidos por las drogas. Baker se quedó

mirándolo. Estaba perplejo, porque todavía no sentía que hubiera hecho nada

malo. «Decir que sentía autocompasión es una descripción demasiado

benévola —dijo Ruth Young—. Su argumento en todas aquellas

declaraciones de autodefensa era: “¡Yo soy Chet Baker! ¡Soy importante! Y

no pienso aguantar toda esta mierda. ¿Por qué se meten conmigo? No le he

hecho daño a nadie”.»

A Renzo Battiglia le escandalizó la levedad de la sentencia, aunque estaba

de acuerdo en que Baker estaba psicológicamente trastornado. «No se puede considerar normal a un hombre como este, que deja que los fotógrafos le

hagan fotos en el tribunal casi como presumiendo, que abraza a su amante a

solo dos pasos de su esposa.»[264] Dino Grilli habló con Halema mientras se

desalojaba la sala de vistas. «Lo siento mucho por Chet», dijo ella

escuetamente, negando a continuación toda posibilidad de reconciliación.[265]

Minutos después, Jackson le dijo a Battiglia que ella y Baker se casarían en

cuanto él saliera de la cárcel. «También él quiere casarse», afirmó sonriente.

[266] Pero, según el periodista, Baker parecía que se lo estaba pensando mejor.

«Esto es lo que le dijo a la gente que le preguntaba por el tema: “No pienso

divorciarme de Halema. Halema es una mujer maravillosa. Es una gran

esposa”.» No obstante, ella volvió en avión a Estados Unidos, dejándole

completamente perdido.

Los guardias esposaron a Baker y lo condujeron de regreso a su celda,

provista de una colchoneta de paja y una rejilla de acero a modo de ventana.

En circunstancias más propicias, Lucca podría haber elevado a Baker a

nuevas alturas líricas. La pintoresca ciudad había inspirado a su hijo natal

Giacomo Puccini, y también a Napoleón; Leon Tolstoi inició Guerra y paz

con una mención a ese oasis de la Toscana. Situada a veinte kilómetros de

Pisa, Lucca era un mundo aparte. Rodeando la ciudad había una muralla de

piedra construida en los siglos XVI y XVII para contener los traicioneros

desbordamientos del río Serchio. Todo en Lucca parecía conectado con la

naturaleza o con Dios. Las casas, pintadas en tonos tierra —amarillo, pardo o

rojizo— parecía que brotasen del suelo. Los árboles crecían con forma de

horquilla, con cuatro o cinco ramas verticales que se estiraban hacia el cielo.

Abundaban las iglesias en las calles, y los domingos las campanas parecían

resonar desde las nubes. A unos cuantos kilómetros, más allá de las murallas,

las colinas de color verde claro se fundían con el cielo.

Pero la penitenciaría de San Giorgio tenía muy poco de romántica. Se

alzaba en el centro de la ciudad, y era un edificio amarillo sucio con persianas

negras en las ventanas delanteras y rejas en las de atrás, donde se encontraban

las celdas. En años posteriores, Baker ofrecería sórdidas descripciones de los

«horrores» de su estancia en prisión. Decía que su celda era «una mazmorra

húmeda, sucia y plagada de insectos»,[267] que la comida era tan asquerosa que

había ciempiés reptando por ella. Decía que se había tumbado en una cama

que parecía de piedra «en estado de estupor… temblando y gimiendo y

hablando conmigo mismo, mientras las ratas y los escarabajos y los piojos y

las pulgas se arrastraban a placer por todo mi cuerpo».[268] Que casi se quedó

ciego por intentar leer a la luz de una bombilla de cinco vatios.[269] Que al

pasar las páginas las manos se le ponían azules a causa del frío.

Sin embargo, según todos los demás informes, Baker se las arregló para

recibir un tratamiento de VIP en la prisión, y habló a sus amigos de los

placeres de la vida carcelaria. El Quintetto di Lucca conocía al hijo del

director de la prisión y le pidió que cuidara de su amigo «Chettino». A Baker

se le asignó un trabajo en el taller de encuadernación en compañía de otro

preso. Como tenían pocos libros que encuadernar, los dos se pasaban el día

jugando al ajedrez y cocinando espaguetis en un infiernillo que les había

pasado de matute un amable guardián.

Otro compañero empezó a enseñar italiano a Baker, pero, como de

costumbre, el trompetista se comunicaba más profundamente con la música

que con palabras. Cuando los demás presos lo veían paseando por los pasillos

o por el patio con su instrumento, le daban palmadas en el hombro y le hacían

peticiones:

«Eh, Chet, toca “Tintarella di luna”». «Sí», respondía él en italiano, y

tocaba la popular canción italiana. «¡Ah, bella!», exclamaban los otros,

sonriendo y llevándose una mano al corazón.[270]

Los guardianes permitían que Baker recibiera visitas conyugales de Carol,

que se quedó en Lucca. Entre estos encuentros, se masturbaba con los

ejemplares de Playboy que ella le llevaba. Baker describía estas visitas como

citas sexuales, que tenían lugar en la sala de visitas. «No sé si uno es capaz de

apreciar lo que puede significar un poco de sexo hasta que le han encerrado

en una celda de aislamiento durante unos meses», decía.[271] Baker se pasaba

el resto del tiempo trabajando en el argumento para Dino de Laurentiis, y

componiendo veinticuatro melodías que Amedeo Tommasi armonizó más

tarde. El pianista las recordaba casi todas como mediocres, pero Baker las

encuadernó amorosamente en un bonito volumen de cuero rojo, escribiendo la

lista en la primera página con su pulcra letra de colegial. Los títulos evocaban

sus añoranzas: «Love Makes the World Go Round», «A Fool in Love», «Blue

Carol», «I Could Never Live Without Your Love».

El Quintetto di Lucca intentó animarle reuniéndose frente a la parte

trasera de la prisión para gritarle «¡Buon giorno, Chettino!» y cantarle

serenatas. Según la leyenda local, a su celda llegaba un sonido más triste: el

de una trompeta solitaria que tocaba «Il Silenzio», un lamento que sonaba en

los funerales militares italianos. El músico era Nini Rosso, una estrella del

pop italiano que hizo famosa la canción. La pena del propio Baker salía a

raudales de su trompeta durante el verano de 1961. Hasta muchos años después, los residentes en las cercanías recordaban haberle oído tocar

«Someone to Watch Over Me» y «My Buddy». Después de la puesta de sol,

cuando el tráfico cesaba y la quietud flotaba en el aire, la música de Baker,

como el repique de las campanas de las iglesias, parecía bajar flotando del

cielo. Gusmano Cesaretti, un productor cinematográfico que se crio en Lucca,

no olvidó nunca que de adolescente iba a escucharlo desde el exterior de la

prisión. «Era magnífico, era casi una experiencia espiritual», decía.

Situándose cerca de la cárcel con un magnetofón primitivo, el propietario de

una tienda local de música creó el primero de los incontables discos piratas de

Chet Baker: un disco de 45 rpm lleno de ecos y titulado Chet Baker, dentro le

mura. La portada llevaba una tosca ilustración en marrón sobre blanco de una

ventana enrejada en un muro de piedra, detrás de la cual se veía una figura

escuálida tocando la trompeta.

Con el paso de los meses, Baker se ganó muchísimas simpatías. Las

utilizó en provecho propio el 8 de septiembre, cuando él y Bechelli,

acompañados por Joseph Carani, comparecieron ante el Tribunal de

Apelación de Florencia para solicitar la reducción de sus sentencias. Baker

explicó al juez que había superado su adicción y sus diversas enfermedades,

exceptuando algunas jaquecas ocasionales; Carani añadió que en toda Italia

había orquestas que se disputaban los servicios de Baker, y que el gran Dino

de Laurentiis planeaba llevar su historia a la pantalla. Bechelli planteó sus

propias peticiones. En un extraordinario alarde de clemencia, el tribunal

autorizó la puesta en libertad del doctor, alegando que no había suficientes

pruebas contra él; también redujo en tres meses la sentencia de Baker.

A principios de diciembre, la prensa acampó cerca de la prisión,

aguardando su puesta en libertad. Salió el día 15. Gracias a su buena

conducta, se le permitió salir una semana antes, a tiempo para la Navidad.

Metió su trompeta en una bolsa, recogió el certificado de libertad de manos

del director de la prisión y salió al exterior solo.

«Había esperado mucho aquel momento, pero no sentí nada —le dijo más

adelante a Oriana Fallaci—. Solo pensé: “Estás libre y puedes irte, Baker,

pero ¿adónde?”.»[272] La cárcel se había convertido en su refugio; le permitía

estar a solas con su trompeta y al mismo tiempo le protegía de sus

debilidades. «Un muro negro y aterrador me aguarda en el umbral de la

prisión, y encierra miedo, mucho miedo», declaró a L’Europeo.[273]

Hablando con un periodista de Il Telegrafo, se lamentó de que nadie

hubiera ido a recibirle a su salida. «No tengo amigos en Lucca, aparte de mi

abogado Frezza y el doctor Francesconi», se quejó.[274] Al leer esta declaración, Cecco Maino se indignó. «Eso demuestra lo mentiroso que era

—dijo Maino—. En 1959 había pasado meses viajando con Piero Giusti y el

Quintetto. Piero, Rudy Rabassini, Paolo Benvenuti y Antonello Vannucchi le

veneraban. Todos habían dado de comer a Chet, le habían alojado, le habían

dado dinero. Aunque es posible que él solo considerara amigos a los que le

proporcionaban droga. No había nadie cuando salió en libertad porque nadie

sabía la fecha y la hora exactas, excepto Frezza, que según la ley tenía que ser

informado por las autoridades penitenciarias.»

Baker se dirigió al hotel de Jackson, que estaba a la vuelta de la esquina, y

los amantes se reunieron. Pocos días después, fue llamado a comisaría. Por

orden del Ministerio del Interior de Roma, tenía cinco días para abandonar el

país. En cuanto supo la noticia de su inminente deportación, Mario Frezza se

puso en acción y consiguió que se revocara la orden. A partir de entonces,

Baker podía vivir libremente en Italia.

Otros implicados en el caso no tuvieron tanta suerte. Según Neri

Gugliermino, el delegado de sanidad que había acosado a tantos médicos y

farmacéuticos durante la investigación fue detenido tiempo después por hacer

cientos de recetas de Palfium para su propio uso, que ponía a nombre de su

mujer de la limpieza. «Qué ironía: el que persiguió a Chet era también un

yonqui», dijo Gugliermino. El policía explicó que el delegado de sanidad

ingresó en la enfermería de la prisión en espera de juicio. Por la noche, a solas

en su celda, encontró una vía de escape. Su uniforme del hospital tenía

cinturón. Subiéndose a la cama, se anudó un extremo al cuello, ató el otro a

un gancho de la pared y se ahorcó.