Deep in a dream
Capítulo 15
Baker todavía confiaba en poder llevar una vida satisfactoria sin la heroína.
Pero yendo y viniendo entre Europa y América, sin un verdadero hogar, con
su mujer, su amante, sus niños, sus amigos y los moscones, todos tirando de
él, pisaba siempre arenas movedizas. Como se sentía culpable respecto a sus
obligaciones domésticas, trasladó a su familia a Ruppert Towers, un
rascacielos en el cruce de la Tercera Avenida y la calle Noventa. Con sus
suelos de parquet, su cocina moderna y varias habitaciones, el piso era tan
caro que estuvo mucho tiempo sin poder permitirse tener teléfono. Alquilar
un sitio así «fue como una especie de pensamiento positivo a ciegas por parte
de Chet», dijo Harold Danko.
Pero Baker seguía pasando la mayor parte del tiempo con Young, y Carol
estaba cada vez más furiosa. Kay Norton, vecina de los Baker, pudo
confirmar su ira. Norton dirigía la sección de jazz de la United Artists
Records, una compañía fundada por el padre de Young. Al principio, Norton
no sabía que vivía directamente encima de Chet Baker, y la dejó perpleja la
trompeta que oía por la ventana de su cuarto de baño, junto a las rabietas de
una mujer a la que apodó Screaming Meemie («Meemie la Chillona»).
La vida de los niños era un caos. Los tres habían ido pasando de un
colegio a otro, y eso había dejado lagunas en su educación. El abandono de su
padre era doloroso, pero aún parecían adorarle. John Snyder recordaba a
Dean, al comienzo de su adolescencia, como un «chico dulce y callado», con
el aire melancólico de su padre. Dean se refugió en su pequeño mundo
propio: criaba peces tropicales, montaba en bicicleta y jugaba con su equipo
de radioaficionado. Intentando emular a su padre, empezó a estudiar bugle en
el colegio. Aprendió unas cuantas canciones, pero el proceso terminó
bruscamente. «Papá perdió su trompeta en alguna parte y cogió prestada la
mía —contó Dean—. Fue la última vez que la vi.»
La mayoría de los críticos norteamericanos opinaba que Baker estaba
tocando con apenas una sombra de su anterior brillo. Esta opinión le hacía
hervir de rabia. Le avergonzaba pensar en todas las encuestas que había ganado, por encima de virtuosos de la trompeta como Kenny Dorham; sentía
que solo ahora había dominado de verdad su instrumento. Pero seguía
poniéndose en ridículo en público. El 27 de agosto de 1975, CTI presentó a
algunos de sus artistas en un concierto en Central Park, ante un público de
miles de personas ansiosas de juerga. El guitarrista y cantante de funk-jazz
George Benson hizo que entrasen en calor, y después salió Baker. En su
segunda canción, marcó un tempo de paso de caracol y empezó a susurrar
«My… funny… valentine…», como si fuera medianoche en el Stryker’s. «La
gente empezó a abuchear y sisear —contó Bob Mover—. Creo que vi que
tiraban algunos objetos al escenario.» La banda se retiró humillada.
Anhelando mantenerse en activo, Baker aceptaba cualquier oferta de
trabajo, preferiblemente en la lejana Europa. Jamás vaciló en firmar múltiples
contratos «exclusivos» con managers y agentes; era difícil demandarle por
incumplimiento de contrato, porque cuando lo localizaban ya se había ido.
Wim Wigt, un poderoso agente holandés, sabía que no valía la pena intentar
atarle a un acuerdo escrito. Wigt, un hombre frío y calculador con un amplio
catálogo de estrellas del jazz americanas —Dexter Gordon, Ben Webster, Art
Blakey, Charles Mingus, Dizzy Gillespie— y los mejores contactos en
Europa, sabía que Baker necesitaba trabajo y le mantuvo ocupado casi sin
interrupción durante los años ochenta.
Pero, de momento, Wigt se concentró en hacerle volver a Alemania,
donde abundaban las oportunidades de hacer negocio. Baker seguía teniendo
prohibida la entrada en el país, pero, no se sabe cómo, en marzo de 1976 se
programó allí una actuación suya. La policía alemana se apresuró a detenerlo
en el pueblo bávaro de Burghausen. Mientras los agentes miraban a otro lado,
el trompetista se tragó un gran trozo de hachís que llevaba escondido en el
estuche de la trompeta. Pasó la noche encerrado. Cuando Danko acudió a su
celda con la fianza, Baker se le quedó mirando con los ojos vidriosos y una
ligera sonrisa. «Tooodo va bieeeen, Harold —dijo, arrastrando las palabras—.
Hasta mañana.»
Pasó el verano con Young en un sitio más acogedor: el Music Inn, un club
de jazz de Roma que servía de cuartel general a Bill Evans, Johnny Griffin,
Art Farmer y Baker, entre otros músicos de primera fila. El club era una
caverna subterránea cerca del río Tíber y del Vaticano que evocaba todo el
encanto de la antigua Roma, y Baker tocó allí con frecuencia hasta el año de
su muerte. Entraba con su trompeta por la semipodrida puerta de madera de
Largo dei Fiorentini n.º 3, y bajaba un tramo de escalones de piedra,
dejándose rodear por el aire húmedo. Allí, en las entrañas de la ciudad, había una caverna de piedra cuyos pasadizos con arcos, candelabros de pared y
bancos de hormigón recordaban una primitiva iglesia cristiana.
El dueño del Music Inn era Pepito Pignatelli d’Aragona Cortez, un
príncipe de una de las familias más aristocráticas de Europa. Pignatelli, entre
cuyos antepasados había por lo menos un Papa, era una impenitente oveja
negra, presumido pero encantador, bebedor, fumador de marihuana y
mujeriego, que se parecía a Humphrey Bogart. Su padre había sido un
playboy que dilapidó la fortuna familiar, pero a Pignatelli no parecía
importarle. Le encantaba tocar la batería y vivir «una vida loca», como decía
su amigo Giovanni Tommaso. Una tía del príncipe controlaba algo de dinero
de la herencia que estaba a nombre de él, y cuando le dijo que para cobrar
tenía que empezar a comportarse —«Sobre todo, dejar la batería y esa
peligrosa música de jazz», explicó Tommaso—, él la mandó al infierno.
Aun después de haber tirado su cuchara de plata, el pedigrí de Pignatelli le
abría todas las puertas de Italia. Años antes de La dolce vita, vivía como un
dandi al estilo Mastroianni, correteando por toda Roma con una
despampanante modelo sueca y esnifando cocaína. A principios de los
cincuenta, cuando tenía aproximadamente diecinueve años, fue encarcelado
por consumo de drogas, un escándalo bochornoso en una época en que a los
príncipes se les consideraba tan sagrados como a los obispos y cardenales.
Durante los años siguientes, probó varios sistemas para ganar dinero,
incluyendo la venta de caldo de pollo. Lo único que de verdad quería hacer
era tocar la batería, pero a los músicos les disgustaba su patoso sentido del
ritmo, y casi nadie quería contratarlo. Así que en 1973, con la ayuda
económica de Tommaso, Amedeo Tommasi y otros amigos, abrió el Music
Inn. Allí podría tocar junto a las mayores estrellas del jazz, que lo toleraban
porque sentían cariño por él.
Pignatelli era casi tan inepto para los negocios como para la batería, pero
su mujer, Julia (conocida como «Picchi»), una encantadora morena de hablar
suave que regentaba el club con él, hacía todo lo posible para evitar el
desastre. La pareja adoraba a Baker y Young, y los dejaron llevar el club
durante todo el verano de 1976. Young saludaba a la gente en la puerta con
aspecto de estrella de cine italiana de los sesenta, con grandes gafas oscuras y
el pelo largo y lacio cayéndole sobre los hombros. Cobraba el precio de
entrada en liras, que no sabía contar bien, y atendía la barra sin tener ninguna
aptitud como camarera. «Era como un atraco frustrado a un banco —dijo—.
Pero era tan divertido… Aquel verano nos lo pasamos en grande.» Baker
tocaba acompañado por Hal Galper al piano, más un bajista italiano y Pignatelli a la batería. Baker no tardó en despedir al propietario, y después al
bajista. Quedaron solo él y Galper. «Yo pensé: “Atrévete a despedirme. ¡Soy
tu banda!”», contó Galper.
Noche tras noche, Baker grababa sus actuaciones, y después estudiaba la
música en su coche o en la habitación del hotel, decidiendo qué había salido
bien y qué mal. Seguía sin ensayar casi nunca; ese proceso tenía lugar en su
cabeza y durante la actuación. «El ochenta por ciento de las veces, la cosa
salía bien —contaba Bob Mover—. La gente puede exagerar las historias de
lo patético que estuvo tal o cual noche, pero intenta trabajar tanto como
trabajaba él.» El 5 de noviembre de 1976, Baker dio un concierto en Burdeos
(Francia) con Jacques Pelzer, el pianista Michel Herr, el tocador de conga
Alex Serra y Jean-Louis Rassinfosse, un voluminoso bajista belga con un
bigote en forma de manillar y un sonido oscuro y denso. «Era asombroso ver
la rapidez con que Chet podía crear una atmósfera —dijo Rassinfosse—. Se
sentaba en una silla, y ya estaba.»
En escena, Baker se envolvía en un capullo: los ojos cerrados, la cabeza y
los hombros caídos, totalmente distanciado del público, cuya presencia apenas
advertía. Solo la más dolorosa y fugaz sonrisa cruzaba sus labios alguna vez,
cuando entraba en algún nebuloso lugar de su interior. Habiendo recuperado
el dominio que perdió junto con sus dientes, había dado un nuevo salto
adelante. Para ser alguien que fumaba muchísimo, podía hilar las más suaves
hebras de melodía con un control fantástico.
Como siempre, sabía que menos es más. «Utilizaba el espacio de un modo
genial —dijo el pianista Phil Markowitz, que tocó con él a finales de los
setenta—. En una pieza de Mozart, si quitas una nota destruyes la frase. Con
Chet pasaba lo mismo. Así de conciso y claro era lo que tocaba.» Lo más
importante, según Rassinfosse, fue que «me enseñó en qué consiste la música:
en expresar emoción». Los europeos veían a Baker como un poeta viejo y
sabio, que reflexionaba sobre la vida por medio de su trompeta. Él,
reconfortado por su adoración, veía menos motivos que nunca para volver a
casa.
Cada vez que volvía, se enfrentaba a la cruda realidad de la penuria. A
pesar de la reciente oleada de publicidad, las ventas de los discos de Baker en
Estados Unidos seguían siendo bajas, y la CTI había perdido el interés por él.
El sello mismo pasaba apuros. Los dispendiosos y exagerados presupuestos
del propietario Creed Taylor —grandes orquestas, costosas sesiones de
sobregrabación— le pasaron la cuenta cuando la fusión perdió popularidad,
sustituida por la música disco. Camiones enteros cargados de discos de CTI, incluidos los de Baker, empezaron a llenar los cajones de las tiendas de precio
reducido. John Snyder había dejado la compañía en 1975 para emprender su
primer trabajo importante de producción en Horizon, la nueva sección de jazz
de un sello importante, A&M. Se apresuró a grabar a sus antiguos ídolos,
entre ellos Paul Desmond, el guitarrista Jim Hall, Ornette Coleman y la banda
de Thad Jones y Mel Lewis. Pero cuando pidió permiso a los presidentes de
A&M, Herb Alpert y Jerry Moss, para fichar a Baker, la reacción fue de tipo
alérgico: «Jerry dijo: “Está pasado de moda”. Incluso Herb, al que le gustaba
Chet, pensó: “¿Qué se puede hacer con él?”».
Accedieron con la condición de que Snyder hiciera «algo comercial». Así
empezó la que iba a ser la última gran oportunidad que tuvo Chet Baker de
triunfar en el mercado discográfico estadounidense. Snyder intentó salvar al
menos la mitad de su integridad, planeando un álbum doble: un disco sería de
fusión y funk, y el otro de jazz convencional. Contrató al arreglista Don
Sebesky para que hiciera que Baker sonara actual. Este metió al trompetista
en una jungla de bajos sintetizados en un Moog, pianos eléctricos y ritmos
funk, a la que después se añadirían violines. La banda incluía figuras de la
fusión como el guitarrista John Scofield, el saxofonista Michael Brecker, el
flautista Hubert Laws y Tony Williams, cuyo mentor, Miles Davis, decía que
era «uno de los peores hijos de puta que jamás han tocado una batería».[394]
Grabaron en Manhattan durante tres días en febrero de 1977. En una
época en que los músicos jóvenes se iban preocupando por el negocio tanto
como por la música, las sesiones de grabación ya no eran tan espontáneas, y
Snyder percibió que las sesiones de Baker se desarrollaban con frialdad y
maquinalmente. «Ya no eran un montón de buenos momentos, palmadas en la
espalda, contarse anécdotas —dijo—. Era como si cada uno estuviera en su
propio mundo.» Solo la sección rítmica grabó «en directo», con todos
presentes al mismo tiempo. Los adornos se añadían trozo a trozo, un método
cada vez más común que daba como resultado un producto «perfecto» pero
muchas veces estéril. «Era como pintar coloreando zonas numeradas —decía
Snyder—. Todo el mundo tenía sus partes. Solo tenían que tocar lo que estaba
escrito.»
En medio de este grupo de tipos jóvenes y brillantes cayó Baker, con
cuarenta y siete años y quejándose de su dentadura postiza. Pero cuando la
cinta empezó a girar, sus acompañantes quedaron asombrados de la rapidez
con que captaba la brusquedad del jazz-rock. En una versión funk de «Love
for Sale» de Cole Porter, con una línea de bajo sintetizado y acentuando las
partes débiles, dejó a un lado sus elegantes frases largas y tocó a base de estallidos duros y percusivos. En «El Morro», de Sebesky, una composición
pseudoespañola que sonaba como la banda sonora de una película de toreros
de Hollywood, Baker entabló duelos con Laws y Brecker, y después se
arrancó con un solo de varias estrofas. «Es lo más escandalosamente moderno
que Chet ha hecho en su vida —exclamó Richie Beirach, otro miembro de la
banda—. Toca un solo de lo más intenso y ardiente. ¡Suena como Miles! Es
una muestra de lo que Chet podría haber hecho.»
Pero Beirach se daba cuenta de lo incómodo que se sentía Baker. «Estaba
más a gusto cuando tocaba música que le emocionara», dijo el pianista. Una
canción lo hizo: «You Can’t Go Home Again», una balada desgarradoramente
triste que Sebesky había adaptado de la Sinfonía n.º 2 de Rachmaninoff,
poniéndole el título de una novela de Thomas Wolfe. Eligió ese título
pensando en Baker: «Estaba intentando volver a casa», dijo Sebesky.
Al lado de Baker en esa canción, y en otras varias, estaba Paul Desmond,
su valedor en los tiempos de Presidio. Ya con cincuenta y dos años, el
saxofonista, tras décadas de fumar había desarrollado un cáncer terminal de
pulmón. Calvo y grisáceo, arrastraba los pies por el estudio, con una bebida
en la mano y un Pall Mall colgando de la boca. Sus elegantes fraseos de
saxofón, aunque seguían siendo exquisitos, se habían vuelto frágiles, y Baker
se quedó impresionado al ver a Desmond reducido a una sombra de lo que
había sido en su juventud, como le sucedía a él mismo. Desmond ya no volvió
a grabar, y falleció tres meses después. «Paul se había rendido —comentó
Sebesky—. Solo podía hacer tres tomas. Y al final decía: “No me queda
más”.» Juntos ante el micrófono, Baker y Desmond formaban un dúo
conmovedor: dos amigos de mediana edad que parecían viejos, guiándose el
uno al otro a través de la elegía de Sebesky como de camino a la juventud
perdida.
Al oír las cintas, Herb Alpert vetó el plan de Snyder de hacer un álbum
doble y le ordenó producir un elepé con los temas más llamativos. Titulado
You Can’t Go Home Again, el disco llegó a las tiendas en el otoño de 1977,
cuando Baker estaba en Europa. Él y Young lo oyeron por primera vez en el
magnetofón del coche. «Nos miramos el uno al otro y dijimos: “¿Qué ha
pasado?”», contó ella. Los abundantes añadidos de violines y percusión y la
exagerada presencia del retumbante bajo de Ron Carter disgustaron a Baker,
al que le había gustado aquella música antes de todo aquel «edulcoramiento».
«De repente, una gran discográfica le estaba diciendo a Chet qué debía
hacer —comentó Bob Mover—. Incluso con representación y promoción,
había algo en él que se rebelaba contra eso, que quería ser un forajido fuera del sistema, haciendo música marginal y tocando de aquella manera
idealizada y romántica.»
Sin embargo, los críticos se tomaron el disco en serio. « You Can’t Go
Home Again indica que [Chet] ha avanzado mucho —publicó Playboy—. Los
arreglos de Don Sebesky ayudan considerablemente; son inteligentes y
emocionantes a la vez… El sonido [de Baker], la única reserva que siempre
hemos tenido acerca de su modo de tocar, ha ganado peso. Nos gusta mucho,
y el álbum también.»[395] Pero You Can’t Go Home Again no se vendió mejor
que sus otros discos recientes, y Alpert, que había dictado su estilo comercial,
prescindió de Baker y después despidió a Snyder. Las grabaciones del grupo
básico no se llegaron a oír hasta finales de los ochenta, cuando A&M las
publicó tras la muerte de Baker.
Snyder siguió persiguiendo su verdadero sueño, fundando un sello de jazz
pequeño pero serio, Artists House. Con la esperanza de enmendar algunos de
los agravios cometidos contra sus ídolos, Snyder planeaba pagarles
generosamente y, en algunos casos, dejarles la propiedad de las cintas
originales. Pero los yonquis de su elenco acabaron con sus fondos.
Eligió a Baker para un único elepé: Once Upon a Summertime, un trabajo
convencional de quinteto. El productor pasaba el resto del tiempo procurando
ayudar a la familia de Baker, que se encontraba en una situación desesperada.
Dean parecía totalmente perdido, y Snyder le dio trabajo de recadero. Como
el joven mostró interés por el ajedrez, uno de los juegos favoritos de su padre,
Snyder le regaló uno. También empezó a mantener correspondencia con
Melissa, que parecía necesitar un amigo. Los poemas y cartas de la chica le
rompían el corazón; como el resto de la familia, vivía esperando el momento
en que su padre volviera a casa para quedarse. «Era una niña muy
atormentada —decía Snyder—. Chet les había hecho mucho daño, al no
prestarles ninguna atención. Él nunca iba a ser lo que ellos querían que fuera.
Y ellos no lo sabían.»
Con la intención de hacer amistad con Carol, Snyder le dio numerosos
anticipos a cuenta de álbumes que su marido nunca iba a grabar. Ella, a su
vez, le confió sus frustraciones. «Creo que sentía que Chet era su única
esperanza —dijo Snyder—. Supongo que la alternativa habría sido salir a
buscar un trabajo, estudiar, tener vida propia. O llevar a Chet a los tribunales.
Pero ¿cómo podías esperar que Carol se convirtiera en un ser racional? De
haber sido una persona así, nunca se habría metido en esto.»
Baker estaba encantado de dejar que Snyder se ocupara de los problemas
de su familia, pero había un problema familiar que el productor no podía resolver: pagar el alquiler. En Ruppert Towers les habían cortado el teléfono y
el gas, y en verano de 1977 la familia estaba otra vez sin casa. Ansioso de
dejar Nueva York definitivamente, Baker optó por que todos se mudaran a
Bélgica. Llegaron allí en septiembre, y Baker pensó que podría matricular a
los niños en un colegio americano de Bruselas. Pero cuando se enteró de lo
que costaba, desechó la idea y los instaló en casa de Jacques Pelzer.
Pero antes, Pelzer tuvo que desalojar a su otra invitada, Ruth Young, que
estaba esperando a Baker. Young se trasladó a casa de Lou McConnell, un
joven saxofonista tenor belga-americano, mientras Baker instalaba a su
familia en la de Pelzer. Parecía sumamente incómodo con Carol. «Creo que
ella no podía aceptar el hecho de que él ya no quería estar con ella», dijo
Micheline. Sentada en el salón, Carol se perdía en rememoranzas de los
primeros sesenta, cuando ella y Baker parecían resplandecientemente
enamorados. «Oh, Chet, ¿te acuerdas de aquella vez en la playa, cuando…?»,
preguntaba. «Sí, Carol —decía él con total serenidad—. Sí, me acuerdo.»[396]
Micheline recordaba que cuando él no estaba Carol se ponía de mal
humor. El 7 de octubre, después de que él la dejara allí y se llevara a Young
de regreso a Estados Unidos, Carol le escribió una carta quejándose de lo mal
acogida que se sentía en la casa, y de lo mucho que se aburría. Le rogaba que
fuera a verla, prometiéndole perdonar todos sus engaños si volvía con ella.[397]
Él no volvió y, como no tenía otro sitio adonde ir, Carol se llevó a los niños a
Inglaterra.
Baker le habló de la situación a Paul Fisher, un disc-jockey de Toronto,
sin darle importancia. Nueva York era un sitio demasiado peligroso para criar
niños, explicó, pero él no sabía en qué otro lugar instalarlos. «Estaría bien si
pudieran quedarse en el edificio todo el tiempo, pero tienen que salir a la calle
y tienen que ir al colegio… así que los envié a Europa, pero creo que lo más
probable es que los vuelva a traer y tal vez los envíe a Oklahoma, donde yo
me crie.»[398]
Aunque se vendió mal, su álbum de A&M le consiguió trabajo en todos
los estados. Desde aquel otoño hasta la primavera de 1978, Baker estuvo de
gira con otro grupo de músicos veinteañeros. El pianista Phil Markowitz
formaba parte de la «nueva casta de músicos de jazz eruditos y
concienzudos», según el Melody Maker;[399] Jon Burr, un bajista de Long
Island con cara de niño, era elogiado en el San Francisco Chronicle por su
«sonido excepcionalmente bello».[400] Jeff Brillinger, exbatería de Horace
Silver, impresionó a Jean-Louis Rassinfosse, que lo consideraba «fantástico,
porque podía aportar mucha creatividad y energía a volumen bajo, y eso era perfecto para Chet». El saxofonista barítono Roger Rosenberg añadía «un
sonido atractivo y muy de agradecer», según el New York Post.[401]
En aquella gira, Baker hizo poco por promocionar You Can’t Go Home
Again, un álbum que en general detestaba. En cambio, recuperó los conocidos
«If You Could See Me Now» y «Old Devil Moon». La banda recorrió un
irregular itinerario de clubes: el Lighthouse, el Village Vanguard, el Blues
Alley de Washington D. C… Aunque el Billboard dijo que el público del
Lighthouse estaba «ansioso y electrizado»,[402] el grupo de Baker tocó
también en «sitios que estaban casi vacíos», según Rosenberg. «Nunca me
sentí como si estuviéramos en la cresta de ninguna ola.»
Cuando el trompetista tocó en el Baker’s Keyboard Lounge de Detroit, él
y Young estaban deseosos de ver a Alice, la amiga de Halema, una adorable
grifota que se hacía llamar Alicia Sinatra en honor de su ídolo. También ella
se consideraba una rebelde, y la pareja se divirtió mucho oyéndole contar que
hacía poco había actuado como jurado y había echado LSD en el refrigerador
de agua. En una carta, Alicia decía que Halema había ido a visitarla con
Chesney Aftab, que ya tenía diecinueve años y vivía a las afueras de Chicago
con su abuela. «Mide más de uno ochenta y es un chico guapo», informaba
Alicia.[403] Según Halema, el joven tenía una voz aún más bonita que la de su
padre, pero no la utilizaba casi nunca. A causa de sus problemas psicológicos,
fue siempre un introvertido descentrado, un solitario que se relacionaba mejor
con sus perros. Vagaba de un sitio a otro haciendo autostop y buscando a su
padre, que casi nunca estaba en casa. «Chet describía al chico con la emoción
y aprobación más sinceras —dijo Young—. Creo que sentía que, de todos los
hijos que había engendrado, este era el más parecido a él: el que tenía
dificultades, el que era diferente.»
Aquel invierno, dejando a Young en Nueva York, Baker fue a San
Francisco a tocar en un club nuevo, el Keystone Corner. Era su primer viaje a
la ciudad desde principios de los setenta. Entre el público de la noche del
debut estaba Diane Vavra, a la que no había visto desde hacía más de cuatro
años. Ella y Baker se acercaron tímidamente el uno al otro antes del primer
pase. Intentaron hacerse los indiferentes, pero la chispa seguía estando ahí.
Vavra se encontró mirándolo hechizada, como si la costilla rota y las palabras
crueles no hubieran existido nunca.
Al final de la velada, fueron a casa de ella en Los Gatos. Vavra estaba
emocionada. Pero su ánimo se hundió al día siguiente, cuando tuvo que
llevarlo de regreso a San Francisco a reunirse con Carol, que había vuelto de
Inglaterra. Aquello no impidió que Vavra regresara al Keystone Corner dos noches más, y los examantes planearon otro encuentro. La hora de la cita
pasó, y Vavra siguió esperando horas, negándose a creer que Baker le había
dado plantón. Al verse sola, acabó tirando un vaso contra la pared y
echándose a llorar.
Ruth Young nunca había dejado de suspirar por el día en que ella y Baker
pudieran vivir juntos, y por fin ese día llegó. En la primavera de 1978, Carol y
los niños estaban viviendo en un piso de Flushing, en el distrito de Queens, a
las afueras de Manhattan. Según Baker, ella se había librado por fin de las
drogas. «Chet consideró que ahora que ella estaba curada, él podía irse»,
recordaba Young. Metió en una maleta las pocas posesiones que le
importaban —viejas fotos, las placas de los premios del Down Beat— y se
trasladó al nuevo apartamento de Young en un edificio de arenisca de la calle
Setenta y uno, casi esquina con Central Park West. Era un estudio largo y
estrecho, con el dormitorio en alto, montones de elepés, un pequeño piano de
cola, infinidad de bibelots y abundantes recuerdos de Chet Baker. Young
había cubierto toda una pared con un enorme collage de fotos y carteles de
conciertos de Baker, dispuestos alrededor de un retrato de treinta centímetros
de longitud de ella cuando era niña, en plan Shirley Temple, con unos labios
rojosangre de cartulina recortados debajo.
Pero ni siquiera esta relativa libertad aplacó las tendencias tipo Jekyll y
Hyde de Baker. Un día, Young oyó murmullos que venían del dormitorio y
fue a investigar. Allí estaba Baker, tumbado, maldiciendo furiosamente en
sueños: «¡Hijo de puta! ¡Chupapollas!». Aunque no podía ocultar su
hostilidad, se las apañó para ocultar su estatus marital. Mientras convivió con
Young, casi nunca mencionó a su esposa legal ante músicos o conocidos; el
correo llegaba a la calle Setenta y uno a nombre de Chet y Ruth Baker. Los
niños dejaron el piso de Carol para vivir también allí, y muy pronto el estudio
de 11 por 4,5 metros albergó a dos adultos, tres chavales, dos gatos, un perro
y una jaula llena de pájaros.
Padre e hijos estaban juntos de nuevo, pero, en muchos aspectos, Dean,
Paul y Melissa eran unos desconocidos para él, y titubeaba siempre que
intentaba orientarlos e incluso hablar con ellos. Procuró animar al apocado
Dean, dándole de vez en cuando un tímido abrazo, pero su cólera nunca
estaba muy lejos de la superficie. «Aquellos niños le tenían un miedo terrible
—comentó Young—. Y tenían motivos de sobra. Eso no era una familia.»
Una pauta de abusos que había comenzado con el padrastro de Chesney
padre se había transmitido a una nueva generación. Young recordaba haber
oído a Paul decir: «Mi padre lleva años pegándome». Ya con trece años, Paul se había convertido en un muchacho atractivo, con el pelo oscuro de Carol y
una cara tan dulce como había sido la de su padre. Pero Young lo consideraba
el más atormentado de los tres niños. «Estaba perdido, no sabía qué demonios
era la vida —dijo—. Solo quería que las cosas fueran normales.» Ella le
ayudó a encontrar trabajo en un supermercado y lo llevó a su dentista para
que le arreglara los dientes, que tenía en muy mal estado.
Young también hizo amistad con Melissa, que a los doce años era la viva
imagen de la inocencia, con su cabello largo y lacio enmarcando un bonito
rostro que sonreía confiado. Las dos pasaban horas jugando a las cartas y
hablando de cosas de chicas. Además de escribir poemas, a Melissa le gustaba
dibujar, y en uno de sus dibujos escribió «Chet y Roofie para siempre»,
dentro de un gran corazón rodeado de corazones más pequeños y con rayos de
sol. En otro escribió «Ruth Young, la mejor persona del mundo», formando
un triángulo.
A pesar de estas esperanzadoras imágenes, Young creía que todos los
niños habían heredado el mal genio de su padre. Recordaba a Dean dejando
caer agresivamente el casco de ciclista sobre el piano al entrar en casa, y a
Melissa rompiendo cosas en el apartamento… no por accidente, sospechaba
Young. Cuando Baker describía a sus hijos como «muy parecidos a mí, por
dentro y por fuera»,[404] Young sabía lo que quería decir.
Nada habría podido infundirle tanto miedo como la idea de tener otro hijo,
y Young lo comprobó cuando le dijo que estaba embarazada. Tras dirigirle
una mirada gélida, Baker le dio una respuesta igualmente fría:
—Te ayudaré todo lo que pueda —dijo.
—Vale, gracias. Me alegro de habértelo preguntado —dijo Young.
Decidió abortar. «Atarle con un niño… cualquiera se habría podido
imaginar su postura ante eso», comentó. Pero no fue su último embarazo. «La
segunda vez la forzó él. Sabía que yo no tenía ninguna protección y
prácticamente me violó. Eso significaba: “Tengo que hacerlo, y todo lo demás
me importa un carajo”. Encantador. Y yo pagué el precio.»
Cuando Baker volvió a salir de gira, perdió contacto con los chicos, que
regresaron con su madre. Sus cartas a Carol eran más que nada de tipo
práctico; a veces incluía sumas simbólicas de dinero, pero más a menudo daba
excusas por no enviar nada. En una nota garabateada, explicaba lo ocupado
que iba a estar en Europa hasta bien entrado el año siguiente. Tal vez entonces
pudiera ocuparse un poco mejor de ella y de los niños. «Dale un abrazo a
Dean de mi parte», decía.
Lo cierto es que sus ingresos seguían siendo bajos, lo que le obligaba a
contratar músicos locales baratos en cada ciudad. La música sufría las
consecuencias. «Esa es la diferencia entre Chet y Miles —decía Richie
Beirach—. Chet no tenía suficiente vista para darse cuenta de que la calidad
de los acompañantes es fundamental.» Sin embargo, no tenía paciencia con
sus deficiencias. «Si había algún problema musical —recordaba Jeff
Brillinger—, se ponía paranoico con mucha facilidad y pensaba que los
músicos estaban intentando confundirle, y estallaba.» Se acercaba otra gira
por Europa, y Harold Danko ya no podía aguantar la perspectiva de seguir
soportando el caos. Se cancelaban actuaciones en el último minuto, el
repertorio estaba estancado, y, dado que Baker utilizaba pianistas de más
renombre en casi todos sus álbumes, Danko tenía claro que aquel trabajo no
estaba haciendo avanzar su carrera. Aceptó una oferta de unirse a la big band
de Thad Jones y Mel Lewis, que había ganado un Grammy. Al finalizar su
última noche juntos, Baker se despidió de él con un gélido «Bien, buena
suerte».
También Roger Rosenberg se marchó, escandalizado por la
irresponsabilidad de Baker para con sus hijos y asustado por sus rabietas. Una
madrugada, en Nueva York, el trompetista le llevó a casa después de una
actuación. Otro coche pasó rozándolos por la carretera del West Side, y Baker
empezó a perseguirlo como un loco por las peligrosas calles del Harlem
español. Rosenberg miraba a su enloquecido jefe sin dar crédito a lo que veía.
«Nos vamos a matar», dijo. Salieron milagrosamente ilesos, pero Young,
cuyos peores momentos de terror con Baker estaban aún por llegar, sabía que
su amante era un maníaco en potencia. «Podía matar a alguien —dijo—.
Tenía ese tipo de furia.»
En el otoño de 1978, Baker se alegró al saber que podía volver a entrar en
Alemania, gracias a todo un año de esfuerzos de John Snyder y Erich Kremer,
un abogado alemán padre de Stefan Kremer, un joven pianista que había
tocado con Baker. Habían conseguido convencer a las autoridades de que
Baker ya no tomaba drogas y era una buena baza para el país. Llegó más
ayuda de Gabrielle (Gaby) Kleinschmidt, una agente alemana que había
conocido a Baker por mediación de Snyder. Ansiosa por programarle,
Kleinschmidt permitió que se citara su nombre como garantía en todas las
fronteras alemanas, aceptando así su parte de responsabilidad si él era
detenido por cuestión de drogas.
Inmediatamente, Kleinschmidt organizó una larga gira por todos los
clubes dispuestos a programarlo. El 1 de noviembre, Baker entró en Alemania con Phil Markowitz, Jeff Brillinger y el bajista Scott Lee. Bob Mover, que se
les unió en algunas actuaciones, opinó que la gira estaba terriblemente mal
organizada: «El lunes en Austria, el martes en Suiza, el miércoles otra vez en
Austria, a veinticinco kilómetros de donde habíamos estado el primer día». Él
y Baker esnifaban cocaína para mantenerse despiertos. Pero para Baker la
droga era el trabajo mismo; tenía que mantenerse en movimiento, lejos de la
responsabilidad y tal vez, pensaba Young, del remordimiento por la gente que
había tratado mal. «Yo creo que tenía sentimientos, pero no los suficientes —
dijo—. Creo que simplemente era más fácil seguir ahogándose en un mar de
olvido que afrontar el sentimiento, porque si sentías algo tenías que hacer
algo.» Young le preguntó por los amigos que había dejado atrás. «¿Qué
quieres decir con eso de amigos? —respondió él—. No tengo ningún amigo.
Mi única amiga eres tú.» Sus amigos músicos de los años cincuenta le habían
dejado tirado, decía. «Todos iban detrás de mí mientras tuve éxito», y ahora
se burlaban de él por sus decisiones. «Un amigo es alguien que lo sabe todo
sobre ti, lo bueno y lo malo, y sin embargo no te juzga ni te condena»,
declaraba.
Young estaba exasperada. «Para él, la palabra “amigo” significaba
“primo”, alguien que pudiera tragarse su mierda. ¿Cómo iba a tener un amigo,
con todo lo que exigía?»
Baker seguía aceptando ayuda de todo el que se la ofrecía, y aquel año
firmó un contrato de representación en Estados Unidos con James Felds, un
vendedor de coches usados. Pero eso no le impidió aceptar todos los trabajos
posibles, y sus itinerarios eran caóticos. A veces se comprometía para dos
actuaciones en un mismo día, o contrataba dos pianistas y ningún batería.
Ninguno de los implicados pudo olvidar un concierto que le había
conseguido Rita Amaducci, su agente en Italia, a las puertas del Castillo de
San Angelo, un monumento situado cerca del Vaticano.[405] Antes de la fecha
prevista, Baker se había cargado de valor y había decidido dejar la metadona,
tal vez en un intento de demostrar que ya tenía completo control de la
situación. Acompañado por Jacques y Micheline Pelzer, Young y Michel
Graillier, condujo desde Lieja hasta Roma en el viejo Peugeot del
farmacéutico. El viaje parecía un recorrido en montaña rusa, con el frenético
Baker pisando a fondo el acelerador. Preocupado por su coche, Pelzer hizo un
comentario desde el asiento de atrás. Con ojos de loco, Baker gritó: «¿Quieres
conducir tú el coche? ¡Vete a la mierda!». Frenó en seco en plena Toscana,
salió corriendo descalzo y desapareció en el bosque. Ruth y Micheline se
pasaron dos horas buscándolo por el bosque, gritando: «¡CHETTIE! ¡CHETTIE!». Como no lo veían por ninguna parte, regresaron al coche. Ya
llegaban tarde al concierto, de modo que Pelzer corrió más aún que Baker, y
cuando llegaron al escenario al aire libre, ante el que se habían congregado
cientos de personas, el Peugeot se detuvo con un chirrido y comenzó a arder.
Todos saltaron fuera. «¡Coge la trompeta!», chilló Micheline mientras su
padre corría alrededor gritando ¡agua, agua! «Así empezó el concierto»,
recordaba Micheline.
No había piano para Graillier, de modo que los otros tres músicos —el
saxofonista Gianni Basso, el bajista Lucio Terzano y el batería Giancarlo
Pillot— tocaron sin él. Después, todos fueron al Anglo-Americano, el hotel
favorito de Baker en Roma. Michel y Micheline lo encontraron allí, tumbado
en la cama. Había caminado por el bosque unos minutos, y después había
cogido un tren a Roma, y había llegado antes que ellos. Exigió ver al resto de
la banda. «¿Por qué habéis tocado sin mi permiso? —les dijo—. ¡Estáis
despedidos!»
Cuando le faltaba su metadona, Baker se ponía como loco. En una ciudad
del norte de Italia, se peleó con tantos taxistas a la salida de la estación de
ferrocarril, que él y la banda tuvieron que ir andando al concierto, llevando en
carritos los instrumentos en sus estuches por las calles empedradas. En un
viaje que parecía interminable por la Riviera francesa, se negó a parar para
que Young fuera al lavabo. Como ella se retorcía en el asiento, Baker le dijo:
«Agáchate ahí y haz lo que tengas que hacer». Viendo que no le quedaba más
remedio, Young cogió un vaso de refresco y orinó dentro, y después tiró el
contenido por la ventanilla. Un fuerte viento lo lanzó sobre el asiento de atrás,
bañándole la cara a Jacques Pelzer, que llevaba puestos unos auriculares y
estaba liando «uno de aquellos canutos gigantes de hachís, en forma de cono
—recordaba Young—. Iba tan colocado que no movió ni un párpado. Se
limitó a decir: “Ah, ¿está lloviendo un poco? Es igual, en la puta Bélgica
llueve constantemente, tío”».
La suavidad de Baker parecía haber desaparecido. A punto de cumplir
cuarenta y nueve años, el miedo a la vejez y a la muerte le consumía. Todavía
podía hacer cincuenta flexiones con tanta facilidad como cuando estaba en el
ejército, y a Young su torso le recordaba el David de Miguel Ángel. Pero le
atormentaba el recuerdo del fatal ataque al corazón de su padre a los sesenta y
un años, y cuando su amigo Jack Freeman, el ladrón de tiendas de Queens,
murió prematuramente a causa de complicaciones cardíacas inducidas por el
alcohol y las drogas, Baker estuvo seguro de que él sería el siguiente. Su
paranoia se agravó cuando empezó a sentir dolores en el abdomen. Llegó a la conclusión de que el pegamento de su dentadura, Fasteeth, se le estaba
acumulando en el colon y envenenándolo. «¡Esa mierda podría matarme,
Ruth!», susurró. Pero nunca manifestó una preocupación así con respecto a la
heroína. Baker empezó a administrarse enemas, y al ver que no daban
resultado se palpó el abdomen con los dedos. Autodiagnóstico: cáncer de
estómago.
Baker escribió en Milán una dramática carta de despedida, dirigida a
todos los que le conocían. La muerte no le asustaba, declaraba. A
continuación, procedía a atacar a sus enemigos, en especial a Richard
Carpenter, y a elogiar a John Snyder calificándolo de héroe. Por medio de su
música, concluía Baker, él mismo le había dado al mundo todo lo que había
podido.
Poco después, en un tren que lo llevaba de Noruega a Alemania, cayó al
suelo retorciéndose de dolor. En medio de una tormenta de nieve, el revisor
tuvo que hacer parar el tren y llamar a una ambulancia. En el hospital se le
diagnosticaron cálculos renales. «No me extraña —le gruñó después a Young
—. Es toda esa puta carne grasienta con patatas que Carol siempre ponía en el
plato. Ni una puta verdura, ni un puto trozo de fruta.»[406] Cuando se le
curaron los cálculos, recibió un certificado de salud, confirmado en Italia por
el doctor Lippi Francesconi, que lo examinó a petición de Young. Había
salido ileso de las drogas y el tabaco. Young descubrió que Baker «tenía la
constitución de un toro».
Pero otras presiones lo estaban desgastando. Se las recordó Artt Frank en
una carta que le envió aquel mes. Frank le recordaba que en 1969 le había
visitado en la cárcel del condado de Los Ángeles y habían firmado un
contrato para grabar Blood, Chet and Tears cuando nadie más se preocupaba
por él, un favor de los que cambian una vida, hecho por puro amor, hacía
notar Frank. Le rogaba a su imaginario compañero del alma que le
correspondiera consiguiéndole un contrato de grabación con Snyder y tocando
en el álbum.[407] Pero Frank tampoco se privaba de regañar a Baker, en otra
carta, por no escribir nunca a sus hijos (que, según Frank, creían que a su
padre no le importaba que ellos desaparecieran de la faz de la tierra), por
abandonar a su mujer y por decepcionar a Vera hasta dejarla hecha un mar de
lágrimas.
La propia Carol estaba en pie de guerra, después de haber descubierto
entre las cosas de Baker un sobre con fotos Polaroid de Young desnuda, fotos
que esta le había enviado a Baker para que se entretuviera mientras estaban
separados. El incidente dio lugar a una carta de su madre, que a los sesenta y siete años se había jubilado y trasladado a Yale, donde vivía su hermano.
Agotada su dulzura, Vera vomitaba toda una vida de resentimiento hacia el
hijo que la había decepcionado de tan mala manera. Gran parte del veneno iba
dirigido a Young, que, según Vera, parecía un animal y se comportaba como
una puta.[408] Vera acusaba a Baker de gastarse todo el dinero en drogas para
Young —que no estaba enganchada— mientras que sus hijos iban por ahí en
harapos.
Sin decir nada, Baker le pasó la carta a Young. Mientras ella la leía, él
explicó que Carol y Vera siempre se habían odiado, pero que ahora se habían
aliado contra él. «No puedo con esta mierda», murmuró.
En diciembre de aquel año, tras una breve separación, hizo que Young
volara a Holanda para pasar con él su cumpleaños y la Navidad. Cuando se
encontraron en el aeropuerto, él estaba prácticamente «psicótico», y la acusó
sin parar de haberle traicionado. En cuanto llegaron al hotel y cerraron la
puerta de la habitación, quedó clara la causa de su conducta: estaba
enganchado. Sacó una bolsa de heroína y la esnifó delante de ella. Ella se
inquietó, pero era todavía lo bastante ingenua como para pensar que aspirarla
por la nariz no llevaría a mayores.
Los efectos de la droga se advertían claramente en la transmisión de un
concierto que había dado poco antes en Ludwigsburg (Alemania) con Phil
Markowitz, Scott Lee y Jeff Brillinger. Los tempos se habían decelerado hasta
el «ritmo yonqui» de su álbum de 1959 Chet, grabado en el apogeo de la
primera fase de su adicción. Ahora, con su capacidad de reacción igual de
embotada que entonces, las canciones se arrastraban durante quince minutos o
más, y no terminaban, sino que se iban apagando. El concierto sentó la pauta
de su última década de actividad musical. Brillinger supo que algo iba mal
cuando se reunió con Baker en París el 28 de diciembre de 1978 para grabar
el álbum Broken Wing. Baker siempre empezaba a tocar antes de que el
ingeniero de sonido diera la señal, y su música sonaba confusa y deslucida.
El día de fin de año, él, Young, Micheline, Pelzer y un productor
discográfico francés se reunieron en el hotel California, cerca de los Campos
Elíseos, para celebrarlo. En la habitación de Baker, el francés preguntó a sus
compañeros si querían «un tirito» de heroína. Baker aceptó. «Me apetece
ponerme», dijo.
«A mí también», dijo Micheline. No había tocado la droga en unos tres
años, sustituyéndola por metadona, pero esa parecía una buena oportunidad
de establecer un lazo con Baker, de quien se había enamorado. «Aquella
noche nos descubrimos de verdad el uno al otro», dijo.
Baker se llevó a Young a Italia, dejando a la banda varada en París.
Brillinger esperó varias noches en un hotel, pagándoselo de su propio bolsillo,
y por fin volvió a casa, igual que Markowitz. Cuando regresaron a Nueva
York, Young se esforzó por desenganchar de nuevo a Baker, y le concertó
una cita con un comprensivo asesor en cuestión de drogas. Un poco antes de
la hora de dicha cita, Baker telefoneó a Young desde una cabina, a las puertas
de la clínica. «No puedo hacerlo, nena», dijo. Y esa vez ella supo que hablaba
en serio. «Yo creo que en el fondo ya no le importaba un carajo —dijo—. Era
lo bastante listo para saber que no había ninguna razón para gastar energía en
ello. Decía: “Nadie va a ponerse nunca de acuerdo en nada. Todo es un puto
lío”.»
Goteborg (Suecia), septiembre de 1983. Foto de Dan Kjellman