Deep in a dream

James Gavin · Capítulo 14 de 24

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Deep in a dream

Capítulo 13

 

 

Con las Navidades a la vuelta de la esquina, Vera y Chesney Baker hicieron

sitio en su casa para un incómodo «regalo»: su hijo adulto y toda su familia.

La vida en el 129 del bulevar West Hillcrest de Inglewood era ya bastante

tensa. Chesney había conseguido encontrar un nuevo empleo como guardia de

seguridad en una empresa de construcción, lo cual podría resultar

esperanzador si no fuera porque se emborrachaba con frecuencia y ahora

llevaba un arma. Vera temía lo peor.

Con casi sesenta años, Chesney solo tenía fracasos que rememorar. Por la

noche, ante el televisor, se quejaba, con su hablar arrastrado de borracho, de

la música de su hijo, de sus malas costumbres, de sus errores. A veces

Chesney le daba consejos para tocar la trompeta. Enfrentado al fracaso de su

padre, Baker tenía toda clase de razones para considerarse también un

fracasado. El «sonido de la Costa Oeste» eran ahora los Beach Boys, y casi

todos sus compañeros de los tiempos del Haig habían abandonado el

declinante mundillo de los clubes para convertirse en prósperos músicos de

estudio. Baker no podía ni siquiera mantener bajo techo a su propia familia. A

los treinta y seis años, parecía un James Dean envejecido, atrapado en un

bucle interminable de Rebelde sin causa. El 27 de diciembre de 1965, menos

de un mes después de su regreso a Los Ángeles, fue detenido en Hermosa

Beach por posesión de drogas. Le cayeron tres años de libertad vigilada.

San José (California), 1970. Gentileza de Diane Vavra

 

De nuevo en la ruina, Baker telefoneó a su primera fuente de ingresos,

Dick Bock, que se había integrado recientemente en la gran empresa.

Haciendo caso de los consejos del Maharishi Mahesh Yogi, cuyas enseñanzas

grababa y dirigían su vida, Bock había vendido su inestable sello World

Pacific a una gran compañía, Liberty, que grababa a Cher, Gary Lewis y los

Playboys, y otras estrellas del pop. Había seguido dirigiendo World Pacific

como empleado asalariado, pero ahora lo presionaban para que mantuviera un

alto nivel de ventas. Buscando un modo de reciclar comercialmente a sus

artistas de jazz, encontró un filón en la moda del muzak, la insípida «música ambiental» que se transmitía por «hilo musical» en ascensores,

supermercados y salas de espera de dentistas. A finales de 1965, Bock

produjo Michelle, un álbum de Bud Shank con canciones de éxito envueltas

en empalagosos arreglos de violines y coros. Impulsado por la canción que le

daba título, un éxito de los Beatles, Michelle entró en las listas de easy-

listening. Los aficionados al jazz pusieron verde a Shank por haberse vendido,

pero el flautista no había tenido elección: «Recordad que en esa época los

discos de jazz no se vendían. Los músicos de jazz no trabajaban en clubes de

jazz. Era una cuestión de supervivencia. Mantuvo vivo mi nombre».

En lugar de hacerle a Baker otro «préstamo» que nunca devolvería, Bock

había metido a su antiguo trompetista estrella en la orquesta acompañante de

Michelle. «Llegó tarde y quería veinte dólares prestados —contó Shank—.

Aparte de eso, todo fue bien. Hizo exactamente lo que tenía que hacer, y lo

hizo bien.»

Animado, Bock fichó a Baker para un proyecto de su cosecha. Sabía que

necesitaba algún truco para revivir las ventas de Baker, y le robó uno al

trompetista más nuevo y triunfador del mundo pop, Herb Alpert, cuyos éxitos

con la banda pseudomexicana Tijuana Brass —entre ellos «Spanish Flea» (el

tema del programa de televisión The Dating Game) y «Lonely Bull»—

vendían millones de ejemplares. Bock intentó sacar buena tajada con A Taste

of Tequila, el primero de los cuatro álbumes de Chet Baker and the Mariachi

Brass. Tocando «Speedy Gonzales» y «La Bamba», el supuesto clon de Miles

Davis se convirtió en un Herb Alpert de segunda. Los arreglos le ahogaban

con guitarras mexicanas de imitación, una rígida sección de trompetas que

tocaba la melodía al unísono y panderetas aporreadas. Baker se esforzaba por

encontrar aquí o allá una grieta donde pudiera insertar una frase anémica.

Tocaba tan descaradamente desafinado que años después calificó estos

álbumes como «atroces, terribles».[323] Herb Alpert estaba de acuerdo: «Fue la

desesperación. Probablemente, necesitaba dinero y le dieron un poco. Pero

juro que me entristeció. Aquellos discos eran un asco».

Contribuyeron a destruir lo que quedaba de la reputación de Baker. Un

crítico de Down Beat dijo que A Taste of Tequila era el peor de sus discos:

«Suena como si estuviera a punto de derrumbarse; sus solos son divagaciones

balbuceantes, desprovistas de sentimiento y de fuego».[324] Don Nelsen le dio

a Hats Off la calificación más baja (ninguna estrella) en la misma revista,

diciendo que era «un fracaso» y «una ruina».[325] Baker grabó también dos

álbumes de música ambiental, Quietly, There e Into My Life, con los

soporíferos Carmel Strings. Entre las canciones figuraba «Cherry Pink and Apple Blossom White», una de las melodías que le pedían los campesinos

italianos en la cárcel. «Rara vez… Baker ha sonado tan flojo como cuando se

enfrenta a los plañideros violines y a los “ooohs” y “aaahs” corales de estas

grabaciones —escribió Pete Welding en Down Beat—. Además, para añadirle

dramatismo, está un pelín desafinado.»[326]

Con su dignidad por los suelos, Baker necesitaba más que nunca borrar la

verdad. Y parece que lo mismo le pasaba a su mujer. La pareja se había

mudado a una calle de aspecto acogedor, Spreckles Lane, en Redondo Beach,

pero la vida allí era horrible. Para Carol, la tensión de ser la señora de Chet

Baker parecía estar cobrándose su precio. Sufría constantes jaquecas y se la

veía pálida y exhausta. Uno a uno, los amigos de Baker se enteraron de algo

que Carol, años después, juraría que era mentira: que también ella estaba

tomando drogas. «Ella me dijo que estaba más enganchada que Chet —

recordaba el saxofonista Bob Mover, que se incorporó a la banda de Baker en

1973—. Había dicho: “Vale, si no puedes vencerlos, únete a ellos”.» Jacques

Pelzer le dio la noticia a su hija Micheline a mediados de los sesenta, a su

regreso de una gira por Estados Unidos con Baker. «Cuando mi padre estuvo

allí, ella ya estaba enganchada —dijo Micheline—. Y cuando estuvo en

nuestra casa en 1977, estaba en tratamiento con metadona.»

Baker le contó a Ruth Young que había empezado a darle heroína a Carol

para aliviar sus dolores de cabeza. «Me dijo que siempre la picaba en el

mismo sitio», recordaba Young. Según Baker, esto le creó una cicatriz en

forma de rombo en la articulación del brazo. La expresión «la picaba» tenía

un tonillo violento, que Baker le aclaró a Sandy Jones, que fue pareja de Bill

Loughborough y, en 1970, también de Baker. «Chet me dijo que la razón por

la que inició a Carol en la heroína era que ya no podía aguantar lo bruja que

era», contó Jones. A Baker no le gustaba que las mujeres le vinieran con

exigencias, y Carol tenía muchas: quería un matrimonio monógamo, una vida

familiar estable y un hogar, aunque su elección de proveedor hubiera sido

ridícula. El que estuviera dispuesta a compartir la adicción de su marido

parecía un lamentable intento de hacer más rentable su tambaleante unión;

desde luego, la hizo mucho más dependiente de él.

Sin apenas ingresos, tenía dos niños que alimentar y otras necesidades

económicas. «Creo que él consideraba que era él quien ganaba el pan —

contaba Bob Whitlock—, solo que el pan era la heroína. Chet salía de casa

por la mañana y a veces no volvía hasta la madrugada. La pobre Carol se

quedaba sola con los niños una barbaridad de tiempo.» Whitlock, que veía a

Baker por primera vez desde los años cincuenta, vio un siniestro retrato de Dorian Gray de un alma perdida. «No me lo podía creer —dijo el

excompañero de casa de Baker—. Chet había envejecido treinta años. Yo lo

recordaba de diez años antes, cuando parecía un crío, y de repente tenía todas

aquellas arrugas profundas en la cara. Daba miedo.»

La suerte de Whitlock también había caído en picado desde los tiempos en

que había sido el bajista original del cuarteto de Gerry Mulligan. Seguía

siendo un músico muy competente, pero su adicción a las drogas le había

costado un prestigioso trabajo con el pianista George Shearing. En París,

Whitlock se había aficionado a la heroína francesa, cuya potencia había

matado a Dick Twardzik. La heroína de las calles de Los Ángeles no se podía

comparar en potencia, así que Whitlock tomaba grandes cantidades para

alimentar su adicción. Prácticamente incontratable, se dedicó a la vida de

yonqui profesional, como su amigo Chet, y estuvo enganchado hasta 1976.

«La música solo era una forma más de conseguir algo de dinero —dijo—.

Nunca pensé que llegaríamos a eso cuando éramos jóvenes.»

Los dos emprendieron una carrera delictiva con el exclusivo fin de

conseguir droga, o dinero para comprarla, del modo que fuera. Tiempo

después, Baker le contó a Bob Mover que se convirtió en un «especialista en

segundos pisos»: un ladrón que escala por los muros y entra por una ventana

del piso superior. También era un maestro en abrir cerraduras. Nada de esto

sorprendió a Mover. Una noche, en los años setenta, al saxofonista, que

estaba sin dinero, le echaron de su apartamento. Acordándose de los

comentarios de Baker sobre el modo de entrar en las casas, Mover le llamó.

Baker acudió al rescate en compañía de Albert Dailey, pianista de Stan Getz.

Trepó como un gato por la escalera de incendios, abrió la ventana de Mover y

se coló dentro. «Me iba dando las cosas y yo se las daba a Albert, que las

metía en el coche de Chet —contó Mover—. Juntos robamos en mi

apartamento.»

En 1966, Baker y Whitlock iban de una consulta médica a otra sacando

con engaños recetas para derivados de la morfina —Dolophine, Dilaudid,

Numorphan— que pudieran servir como sustitutos de la heroína. «Íbamos

quejándonos de piedras en el riñón —contaba Whitlock—. Nos pedían que

entregáramos una muestra de orina. Nosotros llevábamos en el bolsillo un

frasquito de sangre, metíamos el dedo y dejábamos una o dos manchas en la

orina. Casi invariablemente, conseguías una receta de Dilaudid. Esto podía

funcionar hasta media docena de veces con el mismo médico. Después

teníamos otro truco, que era decirles que teníamos neuralgia del trigémino,

una cosa que creo que es muy difícil demostrar que no la tienes.» Baker también robaba tacos de impresos de receta, y todas las drogas que hubiera al

alcance de la mano. Al mismo tiempo, él y Whitlock seguían comprando

auténtica heroína y, como tenía destrozadas las venas de los antebrazos, Baker

empezó a inyectarse en el cuello, las ingles e incluso bajo las uñas.

Su ficha del FBI iba creciendo. En enero de 1966 lo detuvieron en Culver

City (California) por falsificar recetas; después, en el distrito South-Central de

Los Ángeles, por conducir bajo la influencia de narcóticos. El año siguiente

trajo cuatro detenciones, una de ellas por robo con escalo. En 1968, una más

por conducir drogado. Además, destrozó en un accidente el coche que Halema

le había comprado a Vera. A pesar de todo, Baker se libró de ir a la cárcel.

Cómo lo consiguió, no era ningún misterio para Clifford Solomon, un

saxofonista tenor establecido en Los Ángeles que desplegó su versatilidad con

toda clase de artistas, desde Clifford Brown hasta el cantante de rhythm and

blues Johnny Otis o los Monkees. Solomon tenía un mal recuerdo de Baker

desde 1955. Parece que, sin que él lo supiera, Baker había sido detenido por

cuestión de drogas. Poco antes había pasado ratos con Solomon, que lo

consideraba bastante agradable… hasta que Baker se presentó a la puerta de

Solomon acompañado de la policía. «Había hecho un trato con la policía para

delatar a gente al azar, y así librarse él —contó el saxofonista—. Había

bastante gente haciendo eso en los años cincuenta y sesenta. Era una cuestión

de supervivencia.»

Art Pepper relataba indignado lo que pasó un día en que un camello amigo

suyo recibió una llamada de Baker pidiéndole «una cita». El camello le invitó

a ir a su casa… sin saber que Baker estaba llamando desde una comisaría.

Abrió la puerta y se encontró a Baker acompañado por dos policías de

estupefacientes. «Yo creía que todo el mundo sabía que Chet era un chivato

fijo de la policía», dijo la mujer de Pepper, Laurie.

Estaba claro que la idea de volver a la cárcel aterraba a Baker, pero

Pepper no le tenía ninguna simpatía; para los expresidiarios como él, no existe

nada peor que un chivato. «Conseguir que Art hablara de Chet era como

sacarle un diente —decía Laurie—. Yo creo que esta gente está convencida de

que trae mala suerte hablar demasiado de los chivatos.» En Straight Life,

Pepper despacha a Baker en un frío párrafo, aplicándole un seudónimo:

 

Billy Wilson toca tal como es él. Cuando yo lo conocí, cuando era joven,

era un verdadero encanto, una persona dulce y cariñosa. Y tocaba

exactamente así. Pero si escuchas su sonido, nunca era demasiado fuerte;

es bonito y como crujiente. Es débil. Y cuando se enfrentó a la posibilidad

de ir a la cárcel —porque lo habían detenido por tomar drogas—, no pudo

soportarlo. No podía ir, porque le daba miedo, y cuando le ofrecieron una

salida, la de delatar a alguien, no pudo evitar hacerlo. Es una persona

débil. Y así es como toca. Así es como suena.[327]

 

En 1966, Baker iba quedándose rápidamente sin blanca, pero aquel verano

consiguió un contrato de lujo en el Trident, un bonito club nocturno con

paredes de cristal en la bahía de Sausalito, nada más pasar el puente Golden

Gate de San Francisco. Carmen McRae, Bill Cosby, el Kingston Trio y otras

atracciones de primera fila actuaban en un escenario bajo, delante de un

ventanal que ofrecía una romántica vista de barcos de vela a la luz de la luna.

Para junio, el Trident había contratado a un trío dirigido por el pianista y

compositor brasileño João Donato, estrella de la bossa nova. Pero, aunque

entonces vivía en Los Ángeles, Donato no era conocido en Estados Unidos, y

al cabo de una semana el club le pidió que añadiera un músico de renombre al

cartel para atraer más público. Donato se entusiasmó al saber que Chet Baker,

uno de sus ídolos, estaba disponible.

Unas cuantas llamadas telefónicas, y Baker estaba allí. Llevó con él a

Carol, que estaba embarazada de ocho meses, y a sus hijos. En el Trident,

Donato tocaba éxitos de bossa nova como «La chica de Ipanema», cantando

en portugués. Baker interpretaba unos cuantos estándares brasileños y algunas

de sus piezas vocales más características. Ralph J. Gleason, crítico de jazz en

el San Francisco Chronicle, dijo que aquel contrato casual era «lo mejor que

le ha ocurrido a Baker en años… Aunque hubo los problemas técnicos y los

nervios habituales de toda primera noche, era evidente que el grupo puede,

puliéndolo un poco, convertirse en una atracción de jazz lírico de primera

magnitud».[328]

Ni siquiera los elogios desatados de Gleason consiguieron llenar el local,

pero Baker tenía la atención puesta en otra parte. Un día se llevó a Dean a dar

una vuelta en coche. Lou Ganapoler, gerente del Trident, iba camino del

banco cuando vio al niño de cuatro años vagando solo por la calle. «¿Dónde

está tu papá?», le preguntó. «Acaba de marcharse», respondió Dean.

Ganapoler llevó a Dean a casa. Más tarde se enteró de que Baker había ido a

una farmacia cercana a intentar conseguir pastillas. Poco después, Carol se

llevó a los dos niños de regreso a Redondo Beach, donde se preparó para dar

a luz a su tercer bebé. Baker se quedó en Sausalito, y cada noche, después del

último pase, iba a toda velocidad a San Francisco para pillar droga. Había

encontrado un camello en un hotel de mala muerte del distrito de Fillmore, un barrio negro y violento que los residentes blancos llamaban con aprensión «la

fosa». Pero aquello no desanimaba a Baker.

El 22 de julio de 1966, Carol dio a luz una niña, a la que puso de nombre

Melissa. El New York Times publicó una breve noticia sobre Baker el martes

9 de agosto, pero no hablaba del nacimiento. El titular decía «Trompetista de

jazz golpeado en la Costa Oeste». El texto informaba de que Chet Baker

estaba en su casa de Redondo Beach recuperándose de una violenta agresión

que había tenido lugar en San Francisco, hacia la medianoche del viernes

anterior. Según el Times, Baker acababa de salir de su coche después de una

actuación «cuando cinco jóvenes negros le atacaron». Él declaró que había

huido por el centro de la calle, pidiendo auxilio a un vehículo que pasaba.

«Intenté subirme a un coche donde iban cinco blancos, pero me echaron a

empujones. Había montones de gente en la calle, pero no me ayudaron en

absoluto.»

Con esa noticia salió a la luz, aunque solo parcialmente, uno de los

episodios más misteriosos de la historia de Chet Baker; durante el resto de su

vida contaría diferentes versiones del asunto. La esencia —que cinco jóvenes

negros le habían dado una paliza para quitarle el dinero que llevaba para

droga— no cambió nunca. Pero los otros detalles —el lugar, la fecha, los

personajes, lo que pasó después y, sobre todo, la causa— variaban radical y

sospechosamente, en aspectos que poca gente se molestaba en indagar.

En entrevistas, Baker no dejaba claro si había sido atacado en el distrito

de Fillmore o, como le dijo al Melody Maker, en Sausalito, cuando «volvía a

casa andando» después de anochecer:

«Estaba intentando coger un taxi cuando cinco tíos me rodearon y

empezaron a golpearme. Lo irónico es que fueron dos tipos de color los que

me salvaron, después de que yo intentara escapar metiéndome en un coche

con cuatro o cinco chicos blancos, que me tiraron a la calle. Los maleantes me

pegaron un poco más, hasta que dos tipos de color les dijeron que pararan y

me llevaron al hospital. Fue como una pesadilla».[329]

En 1973, en una entrevista para el New York Newsday, los «cuatro o cinco

chicos blancos» se convirtieron en «unos blancos adultos».[330] Eso en un

barrio poco poblado que daba miedo, donde casi nunca se aventuraban

blancos, de la edad que fuera. Aún más absurdo era el relato que le hizo a

Down Beat: un miembro de su banda lo había llevado a Fillmore (no decía

para qué) y al llegar, Baker, inexplicablemente, se bajó del coche para coger

un taxi y volver a casa. En cuanto su amigo se marchó, cinco negros se

abalanzaron sobre él.[331] A Brian Case, otro periodista del Melody Maker, le dijo que había tenido una escaramuza con su camello en el hotel. «El tío

intentó robarme y yo no se lo consentí, así que al día siguiente mandó a

aquellos cinco tíos para que me dieran una lección», declaró.[332] En Let’s Get

Lost introdujo un nuevo personaje, un matón de aspecto siniestro con el que

se cruzó en la escalera cuando subía a ver a su proveedor. Oliéndose

problemas, Baker se metió una mano en el bolsillo para simular que

empuñaba una pistola y siguió adelante. Aquel, insistía Baker, era el hombre

que había mandado a los «cinco chavales negros» contra él.

En cualquier caso, los resultados fueron los mismos. «Me machacaron la

boca», explicó,[333] y le patearon la ingle una y otra vez hasta dejarlo «hecho

papilla».[334] Tenía el labio superior destrozado y un diente roto; también le

habían dado una patada en el oído. Se dijo que cuando lo encontraron, Baker

estaba cubierto de sus propios vómitos.

Después de decirle al New York Times que le habían tenido que poner seis

puntos por encima del ojo derecho, en 1973 Baker le contó a Rex Reed, del

Daily News: «Tenía puntos por toda la cara».[335] Apenas se esforzó en refutar

una afirmación que iba a ocupar un lugar de privilegio en su propia mitología:

que sus agresores le habían hecho saltar todos los dientes. (Lo cierto, como él

mismo reconocía a veces, es que la paliza le provocó tanto dolor que tuvo que

hacerse extraer los dientes superiores.) Hasta la fecha era imprecisa. Baker

empezó a informar a la prensa del ataque el 8 de agosto, diciendo que había

ocurrido dos días antes, pero Carol juraba que había sucedido dos semanas

antes, justo después del nacimiento de Melissa. «El día en que le dieron la

paliza a Chet, lo recuerdo claramente —le dijo Carol en 1992 a Thorbjørn

Sjøgren, de la discográfica de Baker—. Nuestra hija pequeña nació el 22 de

julio de 1966, y aquello ocurrió el día en que volví a casa del hospital, el 25

de julio del 66.»[336] Pero, entonces, ¿por qué su marido tardó tanto en

informar del delito, y además dio una fecha falsa?

Todas las versiones tienen un único rasgo común: Baker fue atacado por

los «tíos de color» y rechazado por «los blancos». El episodio se convirtió en

una alegoría de la discriminación racial que había sentido durante toda su vida

adulta.

Según le contó al Newsday, cuando salió del hospital «cogí un autobús y

me fui a casa».[337] Pero en 1977, João Donato recordaba que se presentó en el

Trident una última vez, llegando tarde al trabajo, con un pañuelo atado

alrededor de la ensangrentada boca. «Tres tíos negros me han pegado», dijo.

[338] Donato recordaba que Baker intentó tocar en el primer pase, pero le resultó imposible, y entonces fue cuando el trompetista se marchó a su casa

de Redondo Beach.

Fuera lo que fuese lo que sucedió aquella madrugada en Fillmore, pocos

de los amigos de Baker creyeron su explicación. Cuando Bob Whitlock oyó lo

de los «cinco tíos negros», se echó a reír: «¿Seguro que no eran cincuenta?

Jesús, yo no apostaría ni quince centavos por ninguna de esas historias». Jack

Simpson, Charlie Davidson y Micheline Pelzer tampoco se lo creían. Para

Ruth Young, la historia era un perfecto ejemplo de cómo Baker distorsionaba

la verdad para «arrancar la simpatía de todos los que escuchaban». Era una

tendencia que puso a prueba su amor por él hasta el límite. Ella tenía su

propia teoría sobre lo sucedido: que la paliza fue una represalia de tipo

mafioso porque Baker había intentado jugársela a un camello. «Por fin lo

pillaron en su propio juego, algo que él pensaba que no ocurriría ni en un

millón de años —dijo Young—. Evidentemente, aquella gente era lo bastante

lista para darse cuenta de que el mejor castigo para un trompetista arrogante y

tan seguro de sí mismo era dañarle la única parte de su cuerpo que tenía algún

valor para él. En cuanto se dieron cuenta de que el bueno de Chettie no era tan

inocente, que había robado a un camello muy poco paciente, se puso en

marcha un plan. Fue un ataque encargado, para que ese tipo aprendiera las

reglas del juego. Lo que querían decir era: mira, pringadillo blanco, no eres

más que otro puto yonqui.»

Por instinto, Young fue la que más se acercó a la probable verdad,

sugerida cuando, en los años sesenta, Baker empezó a contarle recuerdos a

Bob Mover durante un largo viaje en tren. «Me dijo que le gustaría escribir un

libro, pero que nadie le creería —dijo Mover—. Me contó que le había robado

a un camello en California. Dijo que él y un amigo planearon perfectamente

el robo, y que después alguien lo descubrió. Nadie le iba a dar una paliza solo

por divertirse. Fue algo preparado.» Para Whitlock, que conocía la duplicidad

de Baker tan bien como cualquiera, esta explicación «tenía todo el sentido del

mundo».

El daño causado en la boca de Baker se hizo evidente en sus intentos de

grabar durante lo que quedaba de 1966. Hacia septiembre, intentó tocar en un

álbum de Bud Shank, Brazil, Brazil, Brazil. Los resultados fueron tan

lamentables que acabó figurando solo en un tema, «Summer Samba», en el

que soplaba su trompeta tan débilmente que apenas se le oía. Un proyecto de

álbum con Donato dio como fruto una serie de cintas inaprovechables. Aquel

otoño, Baker grabó un álbum más con los Mariachi Brass, In the Mood, un

homenaje al director de banda de swing Glenn Miller. Esforzándose por ensayar antes, pidió ayuda a Bob Zieff, que se había trasladado hacía poco a

Los Ángeles. «Estaba tan bajo de forma para tocar que resultaba ridículo»,

dijo Zieff. En la sesión, a Baker le dieron partes escritas muy simples, pero

«no podía con nada». Otro trompetista de la orquesta tuvo que sustituirle

mientras Baker añadía los flojos rellenos que podía.

Después de toda una vida de tocar con poco esfuerzo y menos reflexión,

Baker no podía aceptar la aparente pérdida de su don. Al enterarse de que

Jimmy Rowles había empezado a tocar en el Donte’s, un club de jazz del

valle de San Fernando, Baker se presentó con un bugle. Fue un momento

deprimente para el pianista, al que Baker visitaba a menudo, trompeta en

mano, cuando tenía dieciocho años y estaba lleno de pasión. Cuando tocó en

el Donte’s, ya con treinta y muchos, solo emitió unos pocos graznidos

chirriantes. «Yo no quería verlo así —dijo Rowles—. Quería recordarlo como

cuando le conocí. Me sentí mal por él, porque yo quería de verdad a ese tío.

Tenía un gran corazón para la música, un genio natural.» En la revista

francesa Jazz, Jean-Louis Ginibre hizo un triste comentario sobre aquella

velada: «Los músicos terminaron el pase lo más rápidamente posible y se

tomaron un largo descanso. Pero Chet quiere tocar a toda costa, y a menudo el

resultado es penoso. Chet está perdido para el jazz».[339]

Janet Bicker, esposa y secretaria de Dick Bock, todavía no conocía

personalmente a Baker, y solo lo conocía como el guaperas que había dado

fama a Pacific Jazz. Un día, estando sentada a su escritorio, lo vio venir por el

pasillo hacia ella. «Parecía más un espectro que una persona de verdad. Muy

frágil y tenue, casi fantasmal. Totalmente devastado», dijo. Baker había ido a

pedirle dinero a Bock para cambiarse los dientes superiores por una dentadura

postiza. Bock accedió, y la operación se llevó a cabo. De vuelta en casa, con

la dentadura puesta, sopló en su bugle… y no salió nada. «Ni un solo sonido»,

le dijo Baker a Rogers Worthington.[340] Habiendo sido un hombre con tanta

facilidad para decir que la vida era «desesperada», ahora sentía de verdad que

no tenía ningún motivo para vivir.

Como tenía que mantener a una familia de cinco miembros, Baker se vio

obligado a solicitar asistencia social. Recibía 320 dólares al mes y 130 más en

cupones para alimentos. «Nos apañábamos», contaba.[341] Durante un par de

días, intentó complementar este ingreso trabajando en una gasolinera a las

afueras de Redondo Beach. Más adelante, le gustaba contar a los

entrevistadores que había trabajado allí «dieciséis horas al día durante casi

dos años»,[342] algo que negaba incluso Carol, que normalmente respaldaba las

historias de su marido. En diversas versiones de aquella oscura época, Baker

decía que no había tocado «en casi tres años»:[343] desde 1968 (el año en que

él situaba la paliza de San Francisco) hasta 1973. Como ocurría con casi todas

sus distorsiones, nadie le discutió la disparatada inconsistencia de su

cronología. Lo cierto es que estuvo musicalmente inactivo durante un año

escaso, aproximadamente desde finales de 1966 hasta finales de 1967.

Durante ese período, le fue a buscar Arthur «Artt» Frank, un fan obsesivo

que invitó a los Baker a cenar en la casa de Culver City, donde vivía con su

mujer, Earla, aspirante a cantante de jazz. Frank, un hombre delgado, fibroso

e hiperactivo, era batería ocasional y también aseguraba ser «autor de

guiones», «un poco actor» y «boxeador del peso welter»;[344] más adelante se

proclamó «predicador callejero», y decoraba las cartas a Baker y otras

personas con símbolos religiosos. «La palabra de Dios es mi luz», explicaba.

[345] Lo cierto es que, en la época en que Baker lo conoció, Frank también

vivía de la beneficencia pública, y se pasó muchos años pintando casas para

ganarse la vida. Pero después de la muerte del trompetista, Frank se

presentaba como «el batería de Chet Baker durante más de veinte años».[346]

Decía que habían sido «como hermanos».[347] La única verdad de todo esto,

según Ruth Young, era que Frank «estaba tan enamorado de Chet como

cualquier mujer».

Frank se ofreció a ayudarle de todas las maneras posibles, y el trompetista

nunca fue hombre que rechazara servicios gratuitos. A cambio, Frank podía

disfrutar abundantemente de la compañía de su ídolo. Una noche de 1967 en

que Baker fue a visitarlo, Frank grabó una falsa entrevista «radiofónica» con

él. Ofrecía una tenebrosa imagen de la vida de Baker como «padre de

familia» sin empleo. Al preguntársele si tenía alguna salida creativa aparte de

la música, Baker respondió con su hablar arrastrado y su voz ronca y confusa:

«El robo a mano armada». Carol intervenía también, enumerando sus

infortunios domésticos. No fue ninguna sorpresa que Baker reconociera que,

si pudiera, volvería corriendo a Italia. No iba a tardar en escribir a Giovanni

Tommaso pidiéndole ayuda precisamente para eso.

También en Inglewood iban mal las cosas. Chesney padre había perdido

su empleo de guardia de seguridad, y Vera sabía que ya nadie volvería a darle

trabajo. El 6 de julio de 1967, Chesney murió en su casa, de un ataque al

corazón. Tenía sesenta y un años. Él y su hijo habían ido a parar al mismo

agujero negro, en el que el dolor del fracaso era tan atroz que ninguno de los

dos podía soportar un momento de vigilia estando sobrio.

La prematura muerte de su padre no contribuyó nada a que Baker pusiera

orden en su vida; más bien le convenció de que a él mismo le quedaba un tiempo limitado, de modo que lo mismo daba que se siguiera

autodestruyendo. Las detenciones se multiplicaron, casi todas en los sectores

negros más difíciles del distrito South-Central de Los Ángeles: Gardena,

Hawthorne, South Santa Ana… Un día, Bob Whitlock recibió una histérica

llamada de Carol, a la que no conocía personalmente. Estaba en una

comisaría. «Habían detenido a Chet, que estaba en la cárcel del centro, y ella

no sabía qué demonios hacer —contó Whitlock—. Estaba desesperada. Me

preguntó si podía ayudarla.» Whitlock fue en coche a buscarla. «Cuando

llegué, vi a una mujer muy guapa pero muy enganchada, con los niños a

remolque. Tenía ese clásico aspecto de pulmonía, hecha polvo, nerviosa y

agobiada… Es inconfundible.» Whitlock recordaba que ella le pidió que

pagara la fianza de su marido, que ascendía a ochocientos dólares, lo cual era

una suma altísima para la época, que demostraba que el Departamento de

Policía de Los Ángeles no quería que Baker saliera libre. Whitlock no tenía

ese dinero, así que recurrió a Shelly Manne, que generosamente aportó el

dinero y un poco más. «Recuerdo que, en cuanto salió, fuimos directamente a

pillar», contó el bajista.

Al parecer, Baker había perdido toda esperanza de volver a tocar, pero

Carol y Artt Frank seguían animándole a intentarlo. El trompetista tenía

miedo; con dientes postizos, crear una nueva embocadura era imposible, o al

menos eso le parecía a él. Pero, poco a poco, las ganas de hacer lo que él

consideraba su única razón para vivir se fueron imponiendo. Empezó el

laborioso proceso en casa. Una y otra vez, soplaba aire en su instrumento,

intentando producir un hilillo de música. Insistió durante meses, esforzándose

por tocar las mismas escalas e intervalos que casi en el instituto le salían

solos. Practicó el mantener notas largas, el empezar suave e ir subiendo el

volumen para después volverlo a bajar. Poco a poco fue recuperando cierto

parecido con el modo de tocar del Chet Baker anterior.

El primer intento de «reaparición» tuvo lugar a finales de 1967, cuando

Dick Bock lo contrató para un álbum en el que Bud Shank interpretaba

canciones de los Beatles, Magical Mystery. En unos cuantos temas se cuela

un bugle, vagamente identificable como el de Chet Baker. El trompetista

seguía siendo persona non grata para mucha gente de Los Ángeles, pero

Steve Allen le invitó a tocar en su programa televisivo de variedades del 5 de

junio de 1968. Baker no era desconocido en el estudio, como recordaba Paul

Smith, el pianista fijo del programa de Allen. «Sentí su mano en el hombro, y

en cuanto noté ese agarrón desesperado supe quién era. Dijo: “Tío, me van a

cortar la electricidad si no saco algo de dinero para pagar la factura”.»

Allen intentó inflar el prestigio de Baker presentándolo como «uno de los

hombres que más han hecho por la trompeta» y mostrando sus últimos

álbumes, la mayoría de los cuales ya no estaban a la venta. Y apareció Baker,

con pinta de Elvis envejecido: patillas largas, pelo engominado con un tupé

estilo años cincuenta y una chaqueta azul pálido sobre una camiseta azul

brillante. Junto al metro ochenta de Allen, Baker parecía pequeño y mostraba

una sonrisa triste. Pero cuando tocó una canción que se sabía bien, «These

Foolish Things», no defraudó a nadie. Había recobrado casi todo su lirismo,

aunque tenía que concentrarse con toda su fuerza para llegar a salvo a la

siguiente nota, como un niño que da sus primeros pasos. La actuación de

Baker, a la que siguieron los informes sobre la guerra de Vietnam en las

noticias de las once, parecía un extraño viaje en el tiempo, hasta una época de

chicas con vestidos de tafetán y besos robados en el Chevrolet de papá.

Un mes después, Allen volvió a llamar a Baker para que cantara y tocara

una canción de amor adolescente que había grabado en los años cincuenta,

«Forgetful». El cantante Mark Murphy, otro invitado, le saludó en los

camerinos y Baker le endosó una larga historia de mala suerte. «Le pregunté

qué tal estaba —contaba Murphy—, y su respuesta fue, más o menos: “Ay de

mí, cuando venía para acá, vi cómo un coche atropellaba a una ancianita. Y

después crucé la calle y vi a un tío muriéndose de un ataque al corazón en la

acera. Y después…”. El tío llevaba una nube negra a dondequiera que fuese.»

Posteriormente, Baker telefoneó a Allen para pedirle quinientos dólares

«prestados». «¿No te sentirías mejor si te ganaras el dinero trabajando? —le

preguntó Allen—. Tendrías el dinero igual, pero habrías hecho algo para

conseguirlo.» Allen hizo preparativos para que Baker grabara una docena de

los cientos de canciones originales que habían colocado a Allen en el Libro

Guinness de los récords como el compositor más prolífico. Le envió un

montón de partituras y maquetas. Semanas después, Baker acudió a las

sesiones drogado, sin su trompeta y sin tener ni idea de la música que tenía

que tocar. Mientras un miembro de la banda iba a buscarle una trompeta,

Allen y Paul Smith intentaron enseñarle las canciones.

El álbum, Albert’s House, fue un desastre. Baker daba tumbos en todos

los temas, como si estuviera medio inconsciente, tocando desafinado y

haciendo ruidos como un estudiante de primer curso de trompeta. Allen le

pagó, pero desde entonces miró a Baker con compasión. «Cuando Chet

empezó, lo tenía todo —contaba el presentador—. Era guapo, tenía una

personalidad agradable, un talento musical tremendo. Lo echó todo a perder por las drogas. Para mí, es un tío que empezó siendo James Dean y acabó

siendo Charles Manson.»

Aunque menos célebre que la de Manson, la ficha policial de Baker era

más larga, y seguía creciendo. Hacia finales de 1968, él y Whitlock forzaron

la puerta de la consulta de un médico cerca de Long Beach y robaron un taco

de recetas. Fueron de farmacia en farmacia, sintiéndose como niños en una

confitería. «Estuvimos volando alto durante un tiempo», dijo Whitlock. Un

mes después, Whitlock era detenido y condenado a tres meses de cárcel y

cinco años de libertad vigilada. A Baker le entró el pánico, convencido de que

a él le iba a pasar lo mismo. Whitlock no tardó en enterarse de lo paranoico

que era su amigo. Baker le confió que había ido en mitad de la noche a la

farmacia donde antes había presentado sus recetas falsas. Roció la farmacia

con una lata de gasolina y le prendió fuego. «Le aterraba que pudieran

encontrar las recetas», dijo Whitlock.

Con frecuencia, Baker hacía sus confesiones más siniestras con un tonillo

de orgullo infantil, como el que sentía en su adolescencia cuando robaba

gasolina de los coches. Para él era más fácil representar el papel de yonqui

forajido que rehacer una carrera que no parecía importarle a nadie. Pero Artt

Frank estaba decidido a convertirle de nuevo en una estrella. Frank se recorrió

los clubes de jazz de Los Ángeles, intentando venderles el retorno del gran

Chet Baker. Nadie estaba interesado. Por fin, Frank convenció a un garito del

Sunset Strip, el Melody Room, de que programara a Baker unas cuantas

noches, en febrero de 1969, con Frank a la batería. En aquella época, el club

quedaba ensombrecido por su vecino de la acera de enfrente, el Whisky A Go

Go, donde se habían dado a conocer Jim Morrison y los Doors. El Melody

Room ganaría notoriedad años después, cuando se convirtió en el Viper

Room, la última parada del joven ídolo cinematográfico River Phoenix, que

murió de sobredosis a sus puertas la noche de Halloween de 1993. Desde

entonces, la prensa llamó al Viper Room «el antro de drogas de las estrellas».

[348]

Pero en 1969, el Melody Room sirvió de santuario a un ángel de la

melodía caído. Los álbumes de Baker con los Carmel Strings y los Mariachi

Brass colgaban de la pared cerca de la barra, y las luces rojas daban un brillo

fantasmal a todo el local. El pianista Frank Strazzeri le acompañaba con una

espineta que había sido aporreada por bandas de rock hasta dejarla casi

desafinaba. El grupo de Baker actuaba en una plataforma rodeada por una

barra circular, desde donde los clientes los miraban como si fueran una

atracción de feria. «La gente venía a mirarlo como si fuera un bicho raro»,

dijo Jimmy Rowles. Veían un chico guapo hecho una ruina, sin dientes, descolorido y viviendo de la beneficencia a los treinta y nueve años… Justo el

tipo de historia trágica que tanto gustaba en Hollywood. El público solía ser

escaso y abundaban en él los camellos, que acechaban en las sombras,

esperando acercarse a él en cuanto dejara el escenario.

Sin embargo, las grabaciones de estas actuaciones revelan lo mucho que

había trabajado Baker para tocar bien. Poco a poco, iba desarrollando un

nuevo estilo a partir de las ruinas que dejó la paliza. Habiendo desaparecido

su brío juvenil, ahora sonaba lento, meticuloso, intenso. En «If You Could

See Me Now», reducía sus frases al mínimo, meditando cada nota antes de

tocarla. No tenía registro alto, y su capacidad de aguante era la justa para hilar

frases cortas. Lo compensaba dando a cada una un empuje rítmico que hacía

avanzar la melodía. Strazzeri tocaba largos solos que daban tiempo a Baker

para descansar.

Observando a sus oyentes, el trompetista vio compasión y ridículo. Frank

recordaba haber oído a Baker decir que la presión era insoportable; estaba

seguro de que todos habían ido a verle caer de bruces. Y a punto estuvo de

hacerlo. Frank lo recogía todos los días en su casa para llevarlo en coche al

club, pero una noche encontró al trompetista inconsciente, con una

sobredosis. Entre él y Carol lo desnudaron a toda prisa y lo metieron en un

baño de agua fría. Después, según Frank, lo afeitaron y lo vistieron mientras

él seguía semiinconsciente. Frank lo metió en el coche y lo llevó a toda

velocidad al club, donde Baker se las apañó como pudo para hacer sus pases.

A pesar de todo, Leonard Feather hizo una reseña favorable en el Los

Angeles Times: «A veces parecía que Baker vacilaba o perdía el hilo de una

línea melódica, pero casi todo el tiempo estuvo tan sensible y expresivo como

siempre».[349]

Aquel contrato no condujo a nada. Estaba otra vez sin blanca, y Frank lo

llevó con él a un par de trabajos de pintar casas. Además, el batería le ayudó a

conseguir un empleo de criado en casa de Nicky Blair, actor de cine

esporádico que presumía de sus relaciones y propietario de un restaurante en

el Sunset Strip, Stefanino’s, frecuentado por las luminarias del Hollywood de

los sesenta. La visión del gran trompetista con la ropa raída, barriendo suelos

y haciendo recados con cara triste le rompió el corazón a Blair. «Le di ropa y

dinero, pero no quería que lo considerara una limosna —recordaba Blair—.

Le dije: “Chet, tengo un puto montón de ropa, toma esto”.»

Pero todos los esfuerzos por ayudarle parecían infructuosos. El 29 de

agosto de 1969, lo detuvieron otra vez por falsificar una receta. Baker fue a

parar a los calabozos del Palacio de Justicia del Condado de Los Ángeles, enfrentándose a una sentencia mínima de cinco años. Los que le visitaron,

como Frank, vieron a Baker que los miraba lúgubremente desde detrás de un

grueso panel de cristal, como si fuera un leproso.

Su aspecto maltrecho conmovió al juez, que había sido trompetista en la

universidad y era admirador de Baker; no consideraba que la cárcel fuera

lugar adecuado para el músico. El 10 de septiembre sentenció a Baker a

noventa días en la institución para hombres de Chino, un centro de

rehabilitación situado en Chino (California). El centro procuraba persuadir

con mimos a los adictos para que volvieran a la sobriedad, pero Art Pepper,

que acababa de salir, decía que era «tiempo perdido».[350] Los pacientes,

según Pepper, disfrutaban de «visitas agradables, con meriendas campestres»

y se reunían en amigables grupos de terapia. «Todo consistía en hacer que se

delataran unos a otros, en intentar descubrir las intimidades de la gente para

que “aprendieran y se portaran mejor”. Gente chivándose unos de otros»,

explicaba.

Baker se quedaba casi siempre callado. Respondió mejor al proceso de

desintoxicación. A los yonquis se los desenganchaba de la heroína con

metadona, un opiáceo sintético líquido que, tomado en cantidades adecuadas

cada día, evitaba el síndrome de abstinencia y ayudaba a los adictos

convencidos a dejar la droga. El principal efecto secundario, la somnolencia,

daba a los pacientes aspecto de yonquis semidormidos, pero les permitía

llevar una vida bastante normal.

Y eso es lo que Baker intentó hacer. A principios de 1970, salió de Chino

y se reunió con su familia, que ahora vivía con Vera en Milpitas, cerca de San

José, donde ella se había instalado tras la muerte de Chesney. Después de

tantos años de agitación, Vera quería algo de orden, y su casa lo reflejaba.

Sandy Jones, la novia de Bill Loughborough, la recordaba como «una casita

muy bien arreglada», con una piscina en la parte de atrás, todo cuidado

compulsivamente por Vera. «Todo estaba limpio y ordenado y como sin usar

—dijo Jones—. Era una persona muy estricta; la verdad es que no se puede

decir nada sobre ella. No tenía alma, nada de eso.» Sin embargo, una vez más,

Vera cargaba con la responsabilidad de mantener a la familia de su hijo,

comprando ropa, calzado y comida.

Había mucha guerra de nervios, en parte porque —como más adelante le

contó Baker a Ruth Young— su madre «odiaba» a Carol porque esta no

trabajaba para mantener a sus hijos. «Estaba ofendidísima de que Chet tuviera

una mujer que no hacía más que escupir críos de los que luego iba a tener que

encargarse ella», dijo Young. A Vera tampoco parecía gustarle tener una competidora para el papel de salvadora maternal de su hijo. «No te olvides de

ponerte la bufanda, Chettie», le decía a su hijo de casi cuarenta años. «Mamá,

ya soy un hombre adulto», se quejaba él.[351] Ella le regañaba por su pelo

desgreñado y sus patillas. «Chettie, ¿por qué no te cortas el pelo como Tom

Brokaw?», gemía, refiriéndose a su presentador de noticiarios de televisión

favorito. Según Artt Frank, Jackson era igual de pesada con él: «Si él

babeaba, ella lo limpiaba».

La vida «normal» estaba volviendo loco a Baker, pero no duró, porque

volvió a la droga. Su amigo Jack Simpson, que vivía en la cercana población

de Los Gatos, visitaba a menudo a los Baker. «Chet solía decir que Carol

estaba más enganchada que él —recordaba Simpson—. Había esa

competencia entre los dos, lo que sacrificaría cada uno para conseguir más, y

se convirtió en una especie de adicción doméstica.» Mientras tanto, Baker se

enfrentaba a constantes recordatorios de su fracaso. «Carol quería que fuera

rico y famoso, y quería una casa bonita, no vivir con la madre de él —contaba

Sandy Jones—. Él acabó dejándola en casa con los niños la mayor parte del

tiempo. Probablemente, para él los niños eran algo que las madres crían y los

colegios educan.»

Gran parte del tiempo que pasaba fuera de casa lo pasaba con Jones. Se

habían conocido en el apartamento del novio de ella, Bill Loughborough, en

San Francisco. El antiguo tocador de boobam ahora repartía su tiempo entre la

investigación médica y las tareas de manager de un grupo de comedia

improvisada, el Committee, bajo el nombre de Bill Love. A Loughborough le

gustaba experimentar con las drogas alucinógenas más modernas, como el

LSD, y hacía poco que había «echado un maleficio» al grupo de rock The

Lovin’ Spoonful por haberle implicado en una redada por marihuana. «Y

funcionó —decía—. El grupo se disolvió.»

Loughborough compartía su apartamento con Jones (alias Sandy Love),

una rubia que trabajaba como camarera en un bar de topless y madre de un

hijo de Loughborough, Fillmore Love. En su tiempo libre, Jones se reunía con

las Cockettes, una troupe de travestis enormemente popular en la zona, que

salían a escena con barbas y bigotes, plumas en los vestidos y los genitales al

aire. El líder del grupo, Hibiscus, vivía en el sótano del edificio de

Loughborough con su compañera, Harlow Harlow, miembro de las Plaster

Casters, un grupo de chicas que hacían réplicas en escayola de rock cocks (los

penes erectos de estrellas del rock). De otro inquilino del edificio, un

vendedor de alimentos integrales, se decía que bebía sangre.

En este parque zoológico del hippismo entró Baker, que había llamado a

la puerta de Loughborough con la esperanza de sacarle algo de dinero para

droga. Con su figura huesuda envuelta en una gabardina oscura, parecía que

pesaba «unos cuarenta kilos», según Jones. «Ya sabes, como cuando alguien

ha estado tirado tanto tiempo que todo es gris, no hay color, ni emoción, ni

nada», dijo. Pero, según Sandy, en cuanto Loughborough le dio algo de

dinero, «Chet desapareció por la puerta y volvió media hora después, muy

contento».

Químicamente restaurado, Baker se fijó por fin en Jones, que también era

adicta. «Recuerdo que le miré directamente a los ojos, él me miró a los ojos a

mí, y nos reconocimos el uno al otro», explicó Jones. Ella y Loughborough

tenían una relación abierta, y a él no pareció importarle que su novia y su

amigo desde hacía quince años se convirtieran en compañeros sexuales y

colegas de aguja. Muchos fines de semana de 1970, Baker iba en coche a San

Francisco a verla, y a veces se llevaba la trompeta. «Le encantaba tocar —

decía ella—. Dios mío, recuerdo la primera vez que abrió aquel estuche y

sacó aquella trompeta que cantaba. ¡Dios, se me saltaban los ojos! Chet tenía

algo al tocar, en su música, o cuando te ponía la mano en la espalda. Cómo

me cantaba al oído. ¡Y qué cunnilingus hacía!»

Cada vez que él iba de visita, algo desaparecía de la casa: una cámara, una

radio. Pero a Jones no le importaba. Se lo presentó a sus amigos, una panda

de bohemios que se mostraron encantados de conocerle. «Sobre todo, los gais

—contó Jones—, que sabían exactamente quién era y recordaban su música.»

Ella y Baker pasaban gran parte de su tiempo juntos colocándose y dando

largos paseos en coche. Cuando él apretaba el acelerador y volaba por la

autopista, la pura velocidad parecía liberar un torrente de rabia contenida.

«Tenía una amargura terrible —contaba ella—. Perder los dientes con una

panda de negros machacándole a hostias. Con todo lo que había hecho por el

jazz. Y su padre también le sacudía. Los chicos nunca olvidan eso.» Baker

hablaba con admiración de Carol, tal como la recordaba de 1960, una bella y

joven virgen. Pero también este cuento de hadas se había vuelto triste. Parecía

consumido por el remordimiento por su participación en la drogadicción de su

mujer, y también por el modo en que había tratado a Halema y a Chetty.

Suspiraba por verlos otra vez, tal vez para reparar parte del daño, pero, por

supuesto, era demasiado tarde.

Baker llevó a Jones a la casa de Milpitas y la presentó como la novia de

Loughborough. No está claro cuánto sabía Jackson de los devaneos de su

marido, pero los tres tenían otras preocupaciones. «Todos nos estábamos inyectando heroína», contó Jones, que recordaba haber entablado una amistad

superficial con la inglesa, que ya había cumplido treinta años. Al parecer,

Jackson no tenía a nadie más a quien recurrir… sobre todo un día en que,

según Jones, telefoneó, presa del pánico, diciendo que Baker estaba tomando

cantidades aterradoras de barbitúricos. «Dijo que Chet estaba intentando

matarse con pastillas», recordaba Jones.

No se mató, pero empezó a desmoronarse en otros aspectos. Empezando

por su madre, los sentimientos de Baker hacia las mujeres siempre habían

sido violentamente ambivalentes: las necesitaba, pero por eso mismo las

odiaba. Jones se convirtió en su última víctima. Años después, relató la

ocasión en que «Chet intentó matarme». De hecho, ocurrió dos veces, aunque

ella nunca entendió por qué. Un día, él llegó al apartamento con «todo un

equipo cargado con la mercancía más negra del mundo». La empujó al cuarto

de baño, preparó la droga, le ató el brazo y le clavó una aguja. «Sentí que se

me aflojaban las rodillas —contó ella—. Volví en mí a los dos días.»

Entonces se enteró de que Baker se había marchado, dejándola en el suelo,

«azul, azul, azul», recordaba Jones, riendo. Por suerte para ella, dos amigos

que había en el piso le salvaron la vida. «Supongo que me hicieron el boca a

boca y me obligaron a caminar de un lado a otro durante seis u ocho horas, o

algo así, hasta que mi aparato respiratorio pudo funcionar solo», dijo.

Aun así, ella no podía resistirse a sus encantos, aunque le quedaba por

pagar un precio aún más alto. Poco después de haberle administrado la

sobredosis, Baker recogió a una yonqui sudorosa y le dijo a Jones que los tres

iban a pincharse juntos, usando su única aguja: primero él, luego la otra mujer

y después Jones. «No me gustó nada aquel rollo —dijo ella—. No quería usar

la misma aguja. Pero lo hice.»

Pocos días después, Sandy hizo una fugaz aparición en Palace, un

cortometraje documental sobre un espectáculo de las Cockettes. Ella y otra

actriz se desnudaban y se pintaban de amarillo. «Mary, me estoy poniendo

mucho más amarilla que tú, y es la misma pintura», dijo Jones. Había

contraído una hepatitis tan grave que no podía salir de su apartamento, y

tenían que llevarle la heroína allí. Cuando Baker acudió a visitarla, la

encontró retorciéndose, casi delirando, echada en un colchón en el suelo. La

miró y le dijo hola. «Esa fue la primera cosa que penetró en mi espíritu y me

hizo sonreír —cuenta ella—. ¡Oh, cómo le quería!»

Sin perspectivas de trabajo, Baker se pasaba horas vagando solo por las

colinas de la cercana San José, sumido en sus reflexiones. En primavera había

tomado una decisión. Buscó una tienda de música y eligió una trompeta

abollada para sustituir a la última que había empeñado. Después fue en coche

de un sitio a otro, buscando dónde tocar. Encontró el Ricardo’s, una pizzería

que los lunes por la noche organizaba jam sessions con un trío de jazz.

Mientras tocaban en una plataforma elevada al fondo del local, los pedidos de

comida sonaban por encima de la música: «¡UNA PIZZA NÚMERO CUARENTA!».

Pero en ningún otro sitio de la zona se ofrecía jazz normal, y hasta Lee

Konitz, un famoso saxofonista alto que había trabajado en la banda original

de Birth of the Cool, se veía reducido a tocar en Ricardo’s. Una noche, el

ruido era tan ensordecedor que Baker se acercó a un rincón y tocó la trompeta

contra la pared.

Nada más entrar, Baker se fijó en una mujer con pinta de hippy que tocaba

la batería. Diane Vavra no llevaba zapatos ni maquillaje, y llevaba suelta su

larga melena castaña. Pero parecía totalmente concentrada en la música, y eso

llamó la atención de Baker. Hacía poco que Vavra se había separado de su

marido, un bajista ocasional enganchado a la droga. A sus veintinueve años,

vivía en una pequeña casa con su hijo Ronny, de la edad de Dean. Había oído

decir que Chet Baker, el hombre cuyo álbum Baby Breeze había cambiado su

vida, había sido visto en el pueblo comprando una trompeta. Y ahora lo tenía

allí, sentado en una silla cerca del escenario, con la trompeta en su regazo,

mirándola intensamente. «Era todo dorado, como un Adonis griego —

recordaba—. Simplemente guapísimo.» Entre canción y canción, él le

preguntó su nombre. «Tocas muy bien, Diane», le dijo. A ella le sorprendió lo

amable que parecía, en contra de todas las historias horribles que se contaban

de él. «Era muy tímido, muy refinado en su manera de hablar, muy pausado

—recordaba—. Tiempo después, él le contaba a la gente nuestro primer

encuentro, y siempre mencionaba el detalle de que yo tocaba sin zapatos.»

Baker se presentó a Don McCaslin, que tocaba el piano eléctrico, y le

preguntó si podía participar. Le faltaba práctica, y los resultados fueron

rechinantes. Pero a Vavra se le derritió el corazón al verle esforzarse por tocar

bien en una pizzería llena de adolescentes chillones, ninguno de los cuales le

escuchaba. Volvió semana tras semana, decidido a recuperar la forma costara

lo que costase. Se corrió la voz, y empezaron a aparecer músicos de la zona

con sus instrumentos, buscando una oportunidad de tocar con Chet Baker.

Todos tuvieron su oportunidad, pero el único músico que de verdad le

interesaba era Vavra. Se ofreció a recogerla antes de las actuaciones y ayudarla a cargar los tambores. Con aquel gesto de colegial se inició una

historia de amor que iba a durar tres años, para después reanudarse en 1982 y

continuar hasta la muerte de Baker. Para ella, él era una belleza clásica, una

figura paternal y un dios del jazz, todo en una pieza. Se enamoró

perdidamente de él.

Cuando ella empezó a contarle su vida, él se sorprendió de lo parecidos

que eran. De niña, Vavra había mostrado tanta destreza como él. El 5 de

febrero de 1953, el Mayfair, un periódico de San José, publicó lo siguiente:

«TALENTO. Diane White, de doce años, hija del señor y la señora de E. M.

White, puede tocar de oído una canción conocida y después, según sus

profesores, escribir la melodía, nota por nota, como los estudiantes de música

muy experimentados». También a su padre le gustaba el jazz —tocaba el

piano y cantaba—, pero bebía en exceso y eso minaba su propia confianza en

sí misma, según decía. «Cada vez que yo llegaba a casa, él estaba en el suelo.

Yo pasaba por encima de él, me metía en mi habitación y ponía este disco,

Relaxin’ at Camarillo, de Charlie Parker. ¡Fue una revelación maravillosa!»

Después de estudiar saxofón, clarinete y varios instrumentos más, se casó

con un bajista y empezó a tocar la batería con él en locales de la zona. Por fin

se decidió por el saxo, primero el alto y después el soprano. Un día que Lee

Konitz le estaba dando clase, lo maravilló reproduciendo nota tras nota un

difícil solo de Phil Woods. Vavra impresionó tanto a Baker que durante años

intentó convencerla de que tocara y grabara con él. Pero ella nunca se sintió a

la altura. «Yo solo quería sentirme bien tocando música —explicó—. No

soñaba con el estrellato ni nada parecido.»

Sintiendo que había encontrado un alma gemela y un nuevo comienzo,

Baker presentó a Vavra a Simpson, Loughborough y Sandy Jones, que ahora

salía con un médico. «Estaba tan orgulloso como un gallo —contaba Jones—.

Estaba feliz de haber conocido a alguien capaz de hacer algo musicalmente.»

Vavra hablaba entusiasmada a sus amigos de su nuevo idilio con un genio del

jazz. Por lo demás, su aventura permaneció oculta: cuando Baker salía de

Milpitas para verla, le decía a Carol que iba a visitar a Terry, el platónico

compañero de piso de Vavra.

Baker tenía tantas cosas que a Vavra le parecían inescrutables que intentó

conseguir que su nuevo amante se abriera. «Estoy investigando en mi alma,

intento averiguar lo que está pasando en mi vida. ¿Y tú qué, Chet?», le

preguntaba. Poco a poco fue surgiendo una imagen de completa frustración,

gran parte de ella centrada en Carol. «Ella no entiende nada de mi música — gruñía—. ¡Su cantante favorito es Elvis Presley!» Pero no tenía valor para

divorciarse; Vavra se preguntaba por qué.

Su carrera parecía tan muerta como su matrimonio, ahora por culpa de la

«fusión», el jazz-rock eléctrico que había expulsado ruidosamente del

mercado a lo que quedaba del jazz convencional. El movimiento estaba

encabezado por Miles Davis, cuya rabia había alcanzado un nivel tan alto que

viajaba con un juego de nudillos de hierro. Bitches Brew, su primer disco de

oro, era el equivalente musical de una cuchillada en plena cara. Publicado en

1970, en él Davis rechazaba todo lo que antes había defendido —melodía,

lirismo, intrincadas progresiones armónicas—, sustituyéndolo por ráfagas de

sonido electrificado que no se podían llamar canciones. La generación del

rock lo descubrió por primera vez, pero sus admiradores de antes estaban

asqueados. «Creo que a Miles le gusta hacer cosas que fastidien a la gente», le

dijo Baker a Jerome Reece.[352] La moda de la fusión le preocupaba: «¿Sabes?

Algunas de esas melodías no puedo oírlas —le dijo a Vavra—. No sé adónde

van».

Pero sus ganas de tocar a su manera seguían creciendo. Arriesgándose a

sufrir una humillación tras otra, Baker visitó docenas de bares y clubes de la

zona, solicitando tocar una noche o dos. «En la mayoría de los locales de jazz

le querían —contó Jack Simpson—, pero muchos no lo anunciaban porque no

querían levantar ninguna polvareda.» Dicho de otra manera: la policía le tenía

echado el ojo. Desde que llegó a Milpitas, lo habían vuelto a detener por

conducir bajo la influencia de narcóticos. Simpson lo acompañó al tribunal.

«Chet tenía una ficha tan larga que le dijeron: “Si vuelves por aquí otra vez,

tiramos la llave”», recordaba Simpson.

Cuando actuaba por el norte de California, Baker tenía casi que ir de

incógnito. En mayo, tocó una noche en el New Orleans House, un club de

jazz de Berkeley, con un trío local. Todavía estaba demasiado agarrotado para

ser juzgado por un crítico musical, pero se encontró ante uno de los críticos de

jazz más importantes: Ralph J. Gleason, el erudito y fumador de pipa

columnista del San Francisco Chronicle.

Tres días después, leyó la crítica más devastadora de toda su carrera: toda

una columna, ominosamente titulada «Unos pocos fueron a oír a Chet Baker».

[353] El crítico se había sentado en una sala casi vacía a contemplar cómo se

desarrollaba «una pesadilla» al aparecer Baker, arrastrando los pies, con su

jersey de cuello de pico y su estuche de trompeta. Gleason se había mostrado

entusiasmado en 1952 con los impresionantes comienzos de Baker. Ahora

escribía que el trompetista parecía «un jugador de fútbol viejo que asiste a una reunión de exalumnos». En su rostro llevaba grabados los «estragos del

tiempo y la frustración, y los demonios de la inseguridad», escribió Gleason,

mientras Baker y la banda seguían las progresiones sin vitalidad alguna. Sus

«antiguas y bonitas canciones de oropel y autoengaños» ahora parecían

vacías, ridículas. «Fue algo de ultratumba, espectral, como si una horrible

máquina del tiempo hubiera funcionado mal —concluía el crítico—. Una obra

musical kafkiana. Una tragedia musical.»

Más adelante, Baker aseguraba que después de leer esta crítica fue a casa

de su madre y rompió a puñetazos todas las ventanas. Y después fue a casa de

Vavra. Ella y su padre intentaron consolarlo, pero él parecía inconsolable. Su

propia familia se llevó lo peor de su ataque de ira, como comprobó Vavra

cuando él llevó a los niños a su casa. «El trato verbal que les daba era

verdaderamente terrible —dijo ella—. Se ponía muy desagradable: “No les

hagas caso, solo son idiotas pequeñitos”.» Una noche, la escandalizó cuando

le dijo: «Acabo de pegar a mi madre». Vavra también se enteró de que Baker

estaba robando pertenencias de Vera, incluido su televisor, para conseguir

dinero para droga. Sin embargo, cada vez que la joven sentía que debía

escapar para salvar su vida, él la retenía con algún enternecedor gesto de

sensibilidad, como echarse a llorar cuando hacían el amor.

Acabó dándose cuenta de lo obsesionado que estaba Baker consigo

mismo. Decidió hacerle tomar LSD, «para que pudiera superar su narcisismo,

y tal vez percibir la conexión entre él y el mundo». Le dio la droga, y después

ambos salieron a dar un largo paseo en coche hasta algún lugar donde él se

sintiera menos inhibido. Sentado al volante, se transformó en un niño torpe, y

se reía con tal fuerza que le resultaba imposible conducir. Vavra tuvo que

coger el volante. El hecho de que necesitara una droga alucinógena para

hacerle reír indicaba lo mermado que estaba su sentido de la alegría.

Cuando se pasó el efecto de la droga, Baker recuperó su sombría

personalidad. Los amigos seguían acudiendo en su ayuda. Artt Frank había

estado incordiando para que alguien produjera un nuevo álbum de Chet Baker

en el que el propio Frank pudiera tocar. A instancias suyas, Nicky Blair

recurrió a un amigo de un amigo, el productor más improbable para Chet

Baker: Mike Curb, presidente de discos MGM, de veinticinco años y

considerado el «Don Limpio» del pop. En una época de sexo, drogas y

rock’n’roll, Curb se propuso sanear el negocio e hizo público su propósito de

despedir a todos los artistas de MGM que abusaran de la química. Los

sustituyó por grupos inocuos como los Osmond Brothers y su propio y

antiséptico coro, la Mike Curb Congregation.

Curb no sabía gran cosa de Baker, pero como favor personal a Blair —eso

dijo el restaurador—, en 1970 el productor fichó al yonqui vivo más célebre

del jazz para grabar un disco. En Blood, Chet and Tears, el trompetista tuvo

que grabar éxitos radiofónicos de Blood, Sweat and Tears («Spinning

Wheel», «You’ve Made Me So Very Happy»), Bobby Sherman («Easy

Come, Easy Go»), The Archies («Sugar, Sugar») y cosas por el estilo. Grabó

con una sección rítmica de calidad equivalente a la de una banda de rock de

instituto; después, se añadió edulcorante a base de vientos melosos y

campanillas. No es de extrañar que Baker sonara como si estuviera medio

dormido. Artt Frank no llegó a tocar, pero consiguió escribir las notas de

contraportada; en ellas decía que el álbum era «un verdadero tesoro, como

buscar oro y encontrar uranio». Baker se embolsó el dinero, y Blood, Chet

and Tears pasó inadvertido.

Aquel año, Jack Simpson se unió a la lista de amigos que intentaron

«salvar» a Baker. Simpson había conseguido un trabajo de profesor de arte en

un colegio primario, pero el semestre había terminado y se ofreció como

manager de Baker. Reunió a cuatro músicos jóvenes, que se pasaron semanas

ensayando con Baker en el sótano de Vera. Simpson se emocionó al oír que

Baker iba recuperando su destreza, y se esforzó al máximo por mantener al

trompetista apartado de la droga y procurar que comiera adecuadamente. Pero

la disciplina de Baker se vino abajo cuando encontró un nuevo proveedor de

droga. Poco tiempo después, él y su banda pasaban el tiempo de ensayo

colocándose.

Simpson se animó cuando El Matador, un importante club de jazz de San

Francisco, accedió a programar al nuevo quinteto de Chet Baker. Dos días

antes del debut, el Chronicle anunció el evento con una minúscula foto que

parecía la ficha policial de un yonqui. Baker aparecía sin afeitar, con el pelo

grasiento, las mejillas hundidas, largas patillas de hippy y una camiseta negra

de malla.

Antes de la primera actuación, John L. Wasserman, joven periodista de la

sección de espectáculos del Chronicle, acudió a El Matador para entrevistar a

Baker. El trompetista no estaba accesible: estaba encerrado en un cuartito de

la parte de atrás, «anestesiado», según dijo Simpson. De todos modos,

Wasserman hizo una crónica de la actuación: Baker sonó «excelente», dijo,

pero un poco «detenido en el tiempo, y ese tiempo no es hoy… Cuando la

banda se consolide y los problemas físicos de Baker desaparezcan, será

interesante ver qué sale de ahí».[354]

No salió nada. El acuerdo terminó al cabo de una semana. «Cobró su

primer cheque, y fue lo último que supimos de él en unos cuatro días —contó

Simpson, que estaba enfurecido—. Fue la única actuación que conseguimos,

porque cuando Chet hizo eso, la voz se corrió muy deprisa.»

Baker estaba perdiendo la voluntad de seguir intentándolo. Como en un

eco de su entrevista de 1953 con el Melody Maker, le dijo a Simpson que

quería comprar un barco, olvidarse del trabajo y hacerse a la mar, llevándolo a

él —junto con una provisión de «mierda» para toda la vida— como

compañero. Si no podía hacer eso, tenía una alternativa. «Intentó

engancharme —dijo Simpson—. Ahí fue donde nos separamos. Una mañana

me desperté, fui a su casa y le dije: “Sé que no vas a cambiar. Adiós”.»

Poco después, Baker y Carol llamaron a su puerta en Los Gatos. «Acabo

de empeñar mi trompeta, así que podemos ir al cine juntos», dijo Baker.

Simpson no mostró simpatía. «Si has empeñado tu trompeta, no siento ningún

respeto por ti —le dijo—. ¿A quién tratas de impresionar? Sabes que

conseguirás otra.» No quiso ir con ellos.

A estas alturas, Jackson ya conocía la existencia de Diane Vavra, aunque

no parecía darse cuenta de que su marido y Vavra eran amantes. «A veces yo

me quedaba con los niños y ellos se iban a San Francisco a comprar droga

juntos», contó Vavra. Un día recibió una frenética llamada de Carol, que le

dijo que Baker había tomado una cantidad enorme de Seconal y que ella no

podía controlarlo. Vavra fue en coche a Milpitas y se llevó a Baker. «Vi a

Carol y tenía los dos ojos morados», recordaba Vavra. La joven se llevó a

Baker a su casa de San José, a pasar tres días de histeria. «Una vez, se quitó

toda la ropa y salió corriendo al jardín delantero», contó. Por fin, la suave y

bienhablada Vavra soltó el exabrupto más furioso que pudo conjurar:

«¡Tienes el carácter más desagradable que he visto en mi vida!». Él se echó a

llorar y se arrojó en sus brazos. «Cariño, ¿es que no ves lo frustrado que

estoy?», dijo, sollozando. «Sí… lo veo», susurró ella, dejando que él la

arrastrara de nuevo a su red.

Baker no tenía coraje para decirle a Carol la verdad sobre Vavra; a su

manera pasivo-agresiva, dejó que ella lo descubriera por sí misma. En 1971,

recibió la primera oferta de trabajo en mucho tiempo, una actuación en Boise

(Idaho). Fue en coche y solo, y al llegar le envió a Vavra un billete de avión.

Se alojaron juntos en un motel, y volvieron juntos en coche. Poco después,

Baker le escribió una carta. Carol se había enterado de su relación, decía; al

parecer, había encontrado el resguardo del billete de Vavra en el bolsillo de su

abrigo. Incapaz de hacer frente con sinceridad a la indignación de su mujer, intentó explicar que «un hombre puede amar a dos mujeres al mismo tiempo».

Advertía a Vavra de que Carol podía llamarla y ponerse desagradable, pero

nada habría podido prepararla para la bronca que se produjo. «Llamó a mi

madre, chillando por teléfono: “¡Es una destrozahogares! ¡Una puta!”.»

Tiempo después, Ruth Young se enteró del incidente por boca de Baker:

«Carol estaba tan descontrolada que la madre de Baker estuvo a punto de

sufrir una crisis nerviosa. Carol no soltaba el teléfono. Y Chet no hizo nada

por impedírselo». Los meses que siguieron fueron «bastante malos», según

Vavra.

Para que algo pudiera cambiar, Baker tenía que hacer una cosa antes. En

1972 se apuntó al programa de mantenimiento con metadona. Según Baker,

también Carol se apuntó; más tarde le dijo a Young que era la única manera

de que ella pudiera ser independiente, y así él podría librarse de ella. Al año

siguiente, Baker decidió volver a Nueva York… pero con Vavra, no con su

esposa. Le explicó que podrían instalarse juntos en un bonito apartamento y

vivir con el hijo de ella, Ronny, mientras que Carol y sus propios hijos se

quedaban en Milpitas. «Aunque le dije que sí, sabía que nunca podría hacerlo

—recordaba Vavra—. Quería darle a mi hijo un hogar estable. Pero no podía

dejarle marchar.»