Deep in a dream
Capítulo 1
La Navidad de 1929 llegó pocas semanas después de que se hundiera el
mercado de valores. Pero en aquel diciembre, Vera Baker, de diecinueve
años, recibió el regalo de sus sueños. En su casita de Oklahoma, contemplaba
al bebé que tenía en brazos, un ángel con piel de alabastro y ojos avellanados.
Cuando el niño le sonreía, todo era mágico. Estaba segura de que aquel niño
la elevaría por encima de las frías realidades de su matrimonio con un
alcohólico que casi siempre estaba sin trabajo. Más aún: le daría sentido a su
vida, aportando toda la ternura y emoción que le faltaban. El niño se llamaba
Chesney, como su padre. Pero con sus mofletes y su pelo oscuro parecía una
diminuta réplica de su madre. Desde el momento en que nació, «Chettie»,
como ella lo llamaba, fue el centro del universo de Vera.
Su obsesión por él, y la reacción del padre ante dicha obsesión, ejercieron
sobre Chet Baker un efecto más perverso de lo que él mismo reconoció jamás;
es posible que ni siquiera él lo entendiera. Años después, le dijo a Lisa Galt
Bond, que colaboró con él en unas memorias inconclusas: «Tuve una infancia
feliz, sin problemas».[12] Esa tendencia a mantener cosas ocultas la llevaba
dentro desde muy pequeño. En 1954, durante la primera gira nacional del
Chet Baker Quartet, llevó a su novia francesa, Liliane Cukier, a casa de sus
padres. Liliane observó a los Baker durante tres semanas. «Era una familia en
la que nadie levantaba la voz, nadie decía nunca lo que tenía en el corazón o
en la cabeza. Todos procuraban mantener la compostura», comentó.
Cukier recordaba a Chesney y Vera como «campesinos de Oklahoma,
blancos corrientes del interior profundo». A partir de 1946, Chesney condujo
un taxi, el único empleo que le duró más de dos años. Durante algún tiempo,
en los años veinte, había vivido su sueño tocando la guitarra y el banjo de un
lado para otro. Trabajaba sobre todo en bandas de hillbilly, pero, según su
hijo, Chesney tenía dotes para el jazz. Podía silbar las frases de su ídolo, el
magistral trombonista tejano Jack Teagarden, mientras improvisaba con la
guitarra.
Entonces llegó la Depresión y nació su hijo, y él se vio obligado a dejar la
música y aceptar una serie de trabajos aburridos, de pura supervivencia. Casi
nunca hablaba de su frustración, pero se le notaba en la cara: a los treinta y
tantos años parecía viejo y macilento, con patas de gallo que se extendían por
las mejillas, apuntando hacia una boca que rara vez sonreía. Se peinaba el
pelo pajizo hacia atrás, dejando al descubierto una frente surcada de
profundas arrugas. Este aspecto prematuramente avejentado fue heredado por
su hijo, cuya decadencia facial en años posteriores se solía atribuir al abuso de
las drogas. Pero Chesney envejeció de un modo mucho menos llamativo.
Bernie Fleischer lo recordaba como un hombre «de aspecto muy blando», que
pasaba desapercibido. «Era una de esas figuras sombrías que siempre están
como ausentes.» En los años cuarenta, Chesney salía de vez en cuando a la
superficie para presumir, ante los amigos músicos de su hijo, de la noche en
que el gran Teagarden había ido a su casa para tocar con él. Algunos de ellos
sospecharon más adelante que aquella fabulosa reunión nunca había tenido
lugar.
El licor ayudaba a Chesney a dulcificar la verdad, incluidos los recuerdos
de una infancia triste. Su familia se había trasladado de Illinois —donde él
había nacido el 24 de enero de 1906— a Snyder (Oklahoma). La vida en
Snyder parecía una maldición, y no solo por los tornados y los incendios que
sufría el pueblecito, sino también por las desavenencias domésticas. Años
después, Vera explicó que el padre de Chesney, George Baker, había
abandonado a su madre, Alice, y a sus cinco hijos por otra mujer. Con el
tiempo, Alice se casó con el «abuelo Beardsley» (así le llamaba la familia), un
granjero con una pierna mala y un carácter peor. Por lo visto, el abuelo
Beardsley odió a su hijastro nada más verlo; Chesney le contó a Vera que el
viejo le pegaba con un bastón y le atormentaba para que se marchara de casa
y no volviera. Alice procuraba proteger a su hijo, pero Chesney huyó antes de
cumplir los dieciocho. Durante el resto de su vida odió a su padre y a su
padrastro. Ni siquiera dio muestras de simpatía cuando este último, al sufrir
un derrame cerebral, necesitó dos bastones para andar; gruñendo le dijo a
Vera que no cruzaría la calle para ver a su padrastro ni aunque el viejo
estuviera en su lecho de muerte.
En su adolescencia, Chesney encontró su primer consuelo en el incipiente
arte del jazz. El jazz, una música improvisada nacida del gospel, los
espirituales, los blues y el ragtime, consistía en dejar volar la imaginación y
moldear las inspiraciones del instante en declaraciones personales, salidas del
corazón. Chesney necesitaba una vía de escape, y el jazz parecía el vehículo perfecto para ello. Además de Teagarden, cuya habilidad para tocar el
trombón con infinita inventiva fue definitoria para esta forma musical, había
otra estrella que fascinaba a Chesney: Bix Beiderbecke, un cornetista de ricas
tonalidades, ejecución escueta y una intensidad poco frecuente en el jazz de
los primeros tiempos, que tendía a sonar como música para fiestas.
Chesney aprendió de forma autodidacta a tocar el banjo, un instrumento
popular en el jazz tradicional, y de este modo se buscó su propio modo de
salir de Snyder. El todavía minúsculo circuito de jazz parecía fuera de su
alcance, de modo que se unió a una serie de bandas de country and western
que actuaban en bailes por todo Oklahoma y otros estados del Medio Oeste.
Era una vida precaria, pero él nunca había disfrutado tanto; vivía cada día
para la música, y después se relajaba bebiendo y fumando hierba, como sus
ídolos.
En 1928, Chesney pasó por Yale (Oklahoma), un pueblecito petrolero
situado entre Tulsa y Oklahoma City. Yale era tan marginal que durante
muchos años la mayor parte de los libros de historia del estado ni siquiera lo
mencionaban. El único hijo famoso de Yale fue Jim Thorpe, el indio
americano cuyos triunfos en fútbol y atletismo en las Olimpiadas de 1912 le
valieron el apelativo de «el mejor atleta del mundo»[13] e inspiraron una
película de Hollywood, Jim Thorpe, el declive de un campeón, protagonizada
por Burt Lancaster. Durante los años veinte, la mayoría de los otros dos mil
seiscientos habitantes de Yale trabajaban en los campos petrolíferos, en las
refinerías o en granjas.
Uno de estos últimos era Salomon Wesley Moser, nacido en Iowa. En
1889 había participado en la legendaria Carrera de Oklahoma, en la que los
colonos blancos cargaron a caballo para expulsar a los indios de las tierras
fértiles y reclamarlas para ellos. Moser se hizo con unas treinta hectáreas y
puso en marcha una granja. Aproximadamente por aquella época conoció a
Randi, una joven ciega procedente de Noruega, y se casó con ella. La pareja
tuvo siete hijos, que trabajaban en la granja. La penúltima, Vera Pauline,
nació allí en mayo de 1910. Vera creció hasta convertirse en una adolescente
nada atractiva. Era bajita y robusta, con una ratonil melena castaña que solía
llevar suelta, con la raya en medio. Los ojos, hundidos en las órbitas, estaban
rodeados de finas arrugas, formadas durante años de exposición al sol y al
viento seco de Oklahoma.
A los dieciocho años, Vera fue a un baile de sábado por la noche en un
granero donde los jóvenes de Yale se reunían para buscar pareja. Ella y el
guitarrista de la banda, Chesney Baker, cruzaron miradas. «¡Era tan guapo…!», recordaba Vera. Tras un breve noviazgo, se casaron ante un juez
de paz y encontraron una casa confortable en el 326 de la calle Sur B de Yale.
Pero los sueños de felicidad matrimonial que Vera hubiera podido abrigar se
vinieron abajo cuando Chesney se escabulló de la luna de miel para salir de
gira, dejándola a ella en Yale. Como no quería vivir sola, volvió a la granja de
sus padres, donde esperó casi un año a que su marido regresara.
Esta separación terminó bruscamente en octubre de 1929, cuando el
hundimiento del mercado de valores acabó con el presupuesto de la gente
para diversiones, y también con la incipiente carrera de Chesney. Poco antes
de Navidad, llegó a casa sin un céntimo y sin perspectivas, y encontró a su
mujer embarazada de siete meses, lo cual no hizo más que agravar sus
problemas. El lunes 23 de diciembre, Vera dio a luz a Chesney Henry Baker,
Jr. De pronto, las desilusiones de su matrimonio perdieron importancia. Vera
remodeló su vida en torno a Chettie. Se compró una cámara Brownie y
empezó a fotografiar obsesivamente a su precioso hijo, como si quisiera
apoderarse de todos sus movimientos. Documentó su infancia en un álbum de
fotos titulado The Dear Baby («El querido nene»). Bajo el encabezamiento
«Los juguetes favoritos del nene», aparecía la extraña combinación de una
muñeca y un camión de hojalata, una premonición de la ambigüedad sexual
que iba a ser uno de los rasgos característicos de su hijo. Cuando Chettie
balbuceó «Te quero», ella lo apuntó pulcramente bajo el título «Algunas de
las primeras frases del nene».
La pasión de Vera por su hijo recién nacido no podía eliminar el miedo al
sombrío futuro. Se preguntaba angustiada cómo iban a sobrevivir sin
ingresos. Cuando Chesney por fin encontró trabajo, era algo lamentablemente
distinto de los rasgueos de guitarra que le gustaban: aplastar calderas viejas
con un martillo de herrero en un campo petrolífero, por veinticinco centavos
la hora. Pero incluso este trabajo desapareció a medida que las refinerías de
Yale iban cayendo una tras otra, víctimas de la Depresión. No parecía haber
esperanzas, y cuando Chettie tenía más o menos un año, sus padres se
marcharon con él a Oklahoma City, la capital del estado. Por pura casualidad,
la ciudad se había librado de los peores efectos de la crisis: hacía pocos meses
que se había perforado allí un pozo de petróleo que había dado lugar a una
próspera industria petrolera. Se emprendieron varios proyectos de obras
públicas, de los que salieron el Centro de Artes de Oklahoma y la Orquesta
Sinfónica de Oklahoma City. Toda esta actividad cultural hizo que Chesney
pensara que podría volver a tocar.
Él y Vera alquilaron una casita en el centro, en una calle llena de tiendas y
fábricas. Comparada con Yale, Oklahoma City parecía una metrópoli de las
grandes. Los peatones contemplaban admirados los primeros «rascacielos»
del estado, de doce pisos de altura; la gente entraba y salía en tropel del
edificio del First National Bank, del hotel Biltmore, de la YWCA y otros
modernos edificios. Los trenes de vapor expulsaban blancas nubes de humo al
avanzar resoplando por las líneas ferroviarias Rock Island y Frisco, que
pasaban por el centro de la ciudad. La efervescencia de la ciudad llenó de
esperanza a los Baker. Vera encontró trabajo en una fábrica de helados y
Chesney entró en una banda en la emisora de radio WKY, que iniciaba las
emisiones diarias a las seis de la mañana con media hora de música hillbilly.
Dos violinistas, un batería y el guitarrista Chesney se apelotonaban alrededor
de un micrófono de pie, con pantalones vaqueros y chalecos, marcando el
ritmo con sus botas de cowboy mientras tocaban. A menudo Chesney se
llevaba allí a su hijo, y después cuidaba de él en casa hasta que Vera
regresaba a casa con varios envases de helado. Los fines de semana, la banda
se reunía en la casa y tocaba durante toda la noche. Para Chesney, su vida
volvía a estar completa.
Según Vera, en la radio solo se emitía una hora al día de jazz y swing.
Durante ese tiempo, según contaba en Let’s Get Lost, Chettie se subía a un
taburete y la escuchaba con la ardiente concentración que tiempo después
caracterizaría su modo de tocar. A veces, Vera embellecía los recuerdos,
asegurando que, a los dos años, su hijo saltaba muchas veces del taburete y
tocaba solos con la trompeta; lo cierto es que no tocó un instrumento de
viento hasta diez años después. Pero ya estaba absorbiendo la música, y en
1980 le dijo a Lisa Galt Bond que había aprendido la primera canción,
«Sleepytime Gal», de su padre, antes de cumplir los dos años.
Chet también reveló que la música no fue la única cosa que le descubrio
su padre. En un artículo aparecido en una revista de los años sesenta, «The
Trumpet and the Spike: A Confession by Chet Baker», recordaba que una
noche, estando en la cama de madrugada, oyó que su padre charlaba con sus
amigos al otro lado de la puerta cerrada del cuarto de estar. Curioso, el niño se
acercó a mirar por el ojo de la cerradura. Su descripción de la escena era casi
surrealista: «Mi viejo y sus amigos estaban recostados en sus asientos con los
ojos cerrados. Pensé que se habían quedado dormidos y que estaban soñando
cosas extrañas y maravillosas. La habitación estaba llena de humo blanco, y
su olor picante me llegaba a través de la puerta y me mareaba».[14] Recordaba
que uno de los hombres no fumaba; estaba sentado con la boca muy abierta, inhalando el humo que flotaba en el aire. «Estaban casi en éxtasis —decía
Baker—. No dije nada a mi padre ni a mi madre, porque tenía la sensación de
que aquellas reuniones eran algo secreto, prohibido. Después de aquella
primera noche, espié muchas veces más a mi padre y a sus amigos por el ojo
de la cerradura, cada vez más impresionado y más asustado.»[15]
Cuando se supo que era heroinómano, circularon rumores de que Baker
solía fumar marihuana con sus padres. «No sé cómo se inventó y se divulgó
ese rumor —le dijo Baker, indignado al periodista Jerome Reece en 1983, tras
años de convertir su vida en una fantasía para los periodistas—. Mi padre
fumaba con otros músicos en casa unas cuantas veces a la semana, pero yo era
muy pequeño entonces. Qué historia más ridícula. Mi madre era muy estricta
y estaba en contra de todo eso.»[16]
Durante el resto de su vida, Baker defendió obstinadamente a su padre,
aunque tenía razones para no hacerlo. Su relación dio un giro desagradable
cuando Chesney perdió su empleo en la radio. No volvió a tocar
profesionalmente. Fracasado como músico y cada vez más como proveedor
del hogar, empezó a beber en exceso. Chesney se quedaba sentado en casa
con la radio encendida, oyendo a otros tocar la música que él ya no tocaba. Su
frustración iba en aumento hasta que explotaba. La víctima más habitual era
su hijo. Chesney empezó a levantarle la mano a Chettie y a utilizar el cinturón
cada vez que el niño hacía mucho ruido o no se terminaba la comida. «Su
padre le pegaba unas palizas tremendas», contó Sandy Jones, una mujer con
la que el trompetista compartió heroína, sexo y algunas curiosas revelaciones
en 1970.
Baker casi nunca le hablaba a nadie de aquellas palizas de la infancia. La
propia Ruth Young, que le arrancó las confidencias más íntimas, solo tenía
vagas nociones de la relación infantil del músico con su padre. «Chet siempre
quería intimar con su padre, pero le tenía miedo —dijo. Y añadió—: Estaban
separados por las riendas de la madre.» Hasta que Chesney murió en 1967,
Baker no dejó de buscar la aprobación de su padre; dado que en aquel
momento su propia carrera parecía acabada, se identificaba aún más con el
dolor del viejo al tener que renunciar a la música.
Diane Vavra tuvo un atisbo de la violencia de Chesney en 1986, cuando
Baker la llevó a Oklahoma a visitar a su madre. En un momento en que se
quedó a solas con Vera, Diane le confió que Baker le pegaba. Vera mostró
simpatía: «Querida, ¿por qué sigues con un hombre que te pega? —preguntó
—. Deja que te cuente una historia». Y le contó que un día, recién casados,
ella y Chesney iban en el coche, con él al volante. Chesney empezó a acusarla de coquetear con otro hombre y se fue poniendo cada vez más furioso. Cuanto
más se irritaba, más alocadamente conducía, hasta que tomó mal una curva y
el coche volcó, quedando de costado. «Después de aquello —dijo Vera—,
nunca volví a sentir lo mismo por él.»
Vera no había podido imaginar que esta tendencia violenta que el abuelo
Beardsley había transmitido a su marido se manifestaría también en su hijo,
pero con el tiempo lo comprobó en carne propia. Vavra recordaba haber oído
a Baker gruñir, a principios de los años setenta, que acababa de pegar a su
propia madre. Esta confesión se refleja estremecedoramente en Let’s Get
Lost, cuando Vera comenta que Chettie era «exactamente igual que su padre».
Incluso en los malos tiempos, Vera guardaba las apariencias. A pesar de
que ahora trabajaba a jornada completa como vendedora en F. W. Woolworth,
mantenía su hogar inmaculado y bien ordenado. A los amigos de su hijo les
parecía serena y maternal, con una sonrisa bobalicona. Casi todos la
describían como «dulce», aunque a Bernie Fleischer, que la conoció en los
años cuarenta, le parecía «una señora pequeñita y delgada, muy machacada y
hecha polvo».
Su hijito seguía siendo su salvación. Todas las mañanas, antes de enviarlo
al jardín de infancia y marcharse ella al trabajo, lo vestía de punta en blanco
con ropa que había comprado con su descuento de empleada, y que incluía un
traje de marinero con un gran y puntiagudo cuello blanco. Le hacía quedarse
quieto mientras ella le peinaba el pelo hacia atrás con agonía y le ataba los
cordones de los zapatos. El niño, pequeño para su edad, parecía un muñequito
cuando iba a pie hacia el colegio siguiendo las vías del tren.
Los álbumes familiares seguían llenándose de fotos: Chettie montado en
su bicicleta, Chettie jugando a la pelota, Chettie con su perro, Chettie en el
patio de atrás o en el porche. A los siete u ocho años era un niño notablemente
guapo: ya liberado de las redondeces infantiles, mostraba unos pómulos
marcados, un cutis impecable y un espeso cabello rubio oscuro. Ya sabía
posar para la cámara: cómo volver la cabeza para que la iluminación le
favoreciese, cómo adoptar una postura relajada pero controlada. En la foto de
la bicicleta, Baker parecía fuerte y seguro de sí mismo: los hombros erguidos,
los ojos mirando fríamente a la lejanía. Incluso cuando miraba directamente a
la cámara, el niño parecía distante, inalcanzable.
Por supuesto, Vera le recordaba constantemente lo guapo que era. A
algunas personas les parecía raro que solo hubiera tenido un hijo, ya que, en
aquella época tan poco adelantada en cuanto a control de natalidad, muchas
mujeres se quedaban embarazadas un año tras otro. Pero dada su gélida relación con su marido, es probable que su vida sexual hubiera declinado. En
cualquier caso, Vera explicaba sonriendo que con Chettie le bastaba. No tenía
ninguna duda de que él la prefería a ella antes que a su padre. «Creo que
estaba más próximo a mí», declaró en Let’s Get Lost. Ya adulto, Baker
recordaba lo incómodo que se sintió cuando Vera lo rodeó con los brazos y le
dijo que tenía que quedarse siempre con ella. «“Sí, madre, estaré siempre
cerca de ti”, respondí. Ahora la comprendo. Yo representaba para ella, entre
tanta miseria y sufrimiento, la única razón para vivir.»[17] Pero Vera parecía
no darse cuenta de que su fijación con Chettie iba abriendo una brecha cada
vez más grande entre ella y su marido, de que su hijo acabaría por odiar sus
agobiantes atenciones y de que estaba fomentando en él una personalidad
narcisista y egocéntrica que le acompañaría toda la vida.
Pero Vera tenía preocupaciones más urgentes. La familia sobrevivía a
duras penas con su escaso salario y los esporádicos de Chesney, de modo que
la hermana de Chesney, Agnes, y su marido, Jim, invitaron a los Baker a
mudarse a una habitación de su casa de las afueras de Oklahoma City.
Tiempo después, Chettie dijo que su tía y su tío eran las personas más
agradables que había conocido. Durante la Primera Guerra Mundial, Jim
había sido soldado en Bélgica y había sufrido lesiones pulmonares
permanentes por inhalar el gas mostaza arrojado por los alemanes. Necesitaba
aire puro y, por medio de la WPA, había encontrado un trabajo de jardinero y
cuidador en el departamento de parques de Oklahoma. Además, su paso por la
guerra lo había dejado estéril, de modo que, como pareja sin hijos, estaban
encantados de ayudar a criar a un chico tan guapo, educado y lleno de energía
como Chettie.
La WPA contrató a Chesney como inspector de horarios, lo que
significaba controlar las horas trabajadas por los operarios para determinar la
cuantía de las pagas. La Depresión no había terminado, ni mucho menos —
Chettie oía a Jim hablar de gente que iba a los parques y comía hierba y hojas
de los árboles—, pero con tres adultos trabajando en la casa, la familia se
libró de sus peores efectos. Aun así, con Chesney, Vera y Chettie hacinados
en una sola habitación, la situación se volvió tan claustrofóbica que durante
varios veranos hubo que mandar al niño a la granja de los Moser. Vera solía ir
a reunirse con él en algún momento, alegrándose sin duda de alejarse por
algún tiempo de Chesney y estar a solas con su hijo. Sesenta años después,
recordaba con qué orgullo lo miraba rondar por el gran establo lleno de
caballos y cerdos, subirse a los melocotoneros, vagar por la orilla de un arroyo que pasaba por la granja y jugar en los melonares. «¡Lo que corría
aquel chico! —decía, maravillada—. Yo no podía seguirle.»
Pero el niño mostraba también cierta tendencia al aislamiento, sobre todo
cuando su padre empezó a enviarlo a Snyder en verano. Teniendo en cuenta
lo que Chesney odiaba a su padrastro, parece una crueldad por su parte que
expusiera a su hijo —puede que a propósito— a la tiranía del anciano. Para
entonces, un ataque de apoplejía había dejado casi inválido al abuelo
Beardsley, que ya no tenía paciencia para aguantar a un niño revoltoso.
Chettie se pasaba todo el tiempo que podía fuera de casa, recorriendo la
ladera en busca de lagartos.
Al volver a Oklahoma para reanudar la enseñanza elemental, Chettie tenía
que enfrentarse de nuevo con la tensa relación de sus padres. Noche tras
noche veía a su padre volver a casa borracho y entablar «terribles
discusiones» con su madre.[18] El niño cada vez aguantaba menos estar en
casa. Antes, Chesney solía tocar la guitarra en casa para divertirse, pero ahora
el instrumento permanecía abandonado. «Jamás reconocería que fue un
fracaso como músico, y siempre culpó a la Depresión de 1929», dijo Baker en
un raro momento de franqueza respecto a su padre.[19] Con el amor entre
Chesney y Vera muerto desde hacía tanto tiempo, su hijo desarrolló una idea
distorsionada de lo que podían ser las relaciones entre hombres y mujeres,
sobre todo en el aspecto físico.
Pero su confusión se volvió aún mayor en 1939, cuando la familia dejó a
Agnes y Jim y se mudó a un apartamento encima de un restaurante, en el
centro de Oklahoma City. Años después, le contó a Lisa Galt Bond un
incidente que le trastornó mucho. Un sábado por la tarde, estando en el balcón
trasero, Chettie, que tenía nueve años, oyó una especie de gemidos que
procedían de abajo. Curioso, se colgó de la barandilla y miró por una grieta de
la pared del restaurante. Vio una mujer desnuda, abierta de brazos y piernas,
con uno de los dos jóvenes propietarios del restaurante encima de ella. El niño
observó perplejo cómo el hombre embestía con furia a la mujer, hasta que su
cuerpo quedó flácido. Después se levantó y se limpió los genitales, y los de la
mujer, con servilletas de papel. En aquel momento, Chettie se soltó de la
barandilla y cayó al suelo, dándose un fuerte golpe. Con el corazón a punto de
estallar, salió corriendo y se escondió en un solar hasta que consideró seguro
volver a casa.
Baker recordaba aquella primera visión del sexo con una mezcla de
lascivia y disgusto, y el episodio dejó huella en él. Hasta muy avanzada su
vida adulta, «hacía el amor» tan tosca y mecánicamente como el hombre del restaurante. Era una decepcionante contrapartida de las sensibles baladas que
cantaba.
Chesney padre había perdido todo sentido de la vida amorosa, si es que
alguna vez lo tuvo. Su vida era un fracaso en casi todos los aspectos, y poco
después de trasladarse a Oklahoma City volvió a quedarse sin trabajo.
Reaccionó haciendo lo que después haría su hijo cuando la presión aumentaba
demasiado: se subió a su coche y huyó, dejando a su familia en Oklahoma.
Esta vez ya no regresó. Fue a parar a Glendale, un suburbio de Los Ángeles
en el extremo sur del valle de San Fernando. Chesney consiguió un trabajo en
la Lockheed, una importante fábrica de componentes para reactores, como
inspector de piezas. Alquiló una casa pequeña, donde vivió solo durante unos
meses, y después llamó a su familia para que se mudasen allí.
En 1940, Vera y Chettie emprendieron un viaje de 2.300 kilómetros en
autobús, que duró casi dos días. Tomaron el camino directo por la «calle
Mayor de América», la Ruta 66, la carretera que va de un extremo a otro de
Estados Unidos. Como fulgurante estrella del jazz, Baker iba a viajar cientos
de veces por esa carretera. Bobby Troup, un pianista y compositor de jazz de
la Costa Oeste, hizo que pareciera el paraíso de los bohemios errantes cuando
compuso en 1946 el éxito «(Get Your Kicks on) Route 66». Años antes del
En el camino de Jack Kerouac, Troup cantó las maravillas que pueden ocurrir
cuando un espíritu libre se echa a la carretera.
En el autobús que se dirigía hacia el oeste por la Ruta 66, madre e hijo
atravesaron los pastos y praderas de Texas, y respiraron el aire del árido
desierto de Nuevo México y Arizona. Pasaron zumbando por poblaciones de
las que Vera apenas había oído hablar: Amarillo, Santa Rosa, Albuquerque,
Flagstaff, Needles… Por fin llegaron a Glendale. Chettie miró por la
ventanilla los viñedos y naranjales, las colinas boscosas y las montañas
azuladas que rodeaban la ciudad por tres lados, y las relucientes aceras de
cemento y las soleadas calles flanqueadas por eucaliptos, palmeras y
pimenteros. El aire estaba cargado de calma, que se mezclaba con las dulces
fragancias de la vegetación en flor. Después del alboroto de Oklahoma, él y
Vera pensaron que habían encontrado el paraíso.
El nuevo hogar familiar se alzaba en un tranquilo barrio residencial
rodeado de colinas y cañones. Chesney iba a la Lockheed todos los días en su
recién adquirido Buick de 1936, mientras Vera cogía el autobús hasta el
centro de Los Ángeles, donde estaba la sucursal de W. T. Grant, la tienda de
todo a cinco y diez centavos en la que ahora trabajaba. Como dependienta,
Vera era un modelo de eficiencia maternal, con el pelo corto y peinado hacia atrás y una rebequita sobre los hombros. Resplandecía cuando alguien le
preguntaba por su hijo, que parecía un niño de ensueño: sacaba buenas notas,
no daba problemas y caía bien a sus profesores. Con el traslado de Oklahoma
a California, Chettie incluso adelantó un curso.
Pero ojalá no hubiese sido así. Seguía siendo pequeño, y entre
compañeros mayores que él parecía aún más canijo. Empezaron a burlarse de
él, provocándole una rabia que nunca había manifestado antes. La
humillación impulsó a Chettie a demostrar que era más rápido y mejor que
todos ellos. Iba al colegio patinando, y después de las clases acudía a la
YMCA, donde se convirtió en un apasionado de los deportes. Ya fuese
nadando, jugando al baloncesto o corriendo en la pista, cumplía sin esfuerzo
cualquier exigencia física. Al trompetista Jack Sheldon, que se hizo amigo
suyo en los años cuarenta, le asombraba el vigor de Baker. Sheldon era un
magnífico deportista, sobre todo en natación y buceo, pero no podía competir
con Baker. «Era tan especial… —contaba Sheldon—. Recuerdo que una vez
jugamos al tenis. Yo era muy buen tenista. Él me dijo que nunca había
jugado, y me costó ganarle.»
La destreza de Chettie no se limitaba a los deportes. Desde que había
aprendido «Sleepytime Gal» siendo muy pequeño, no se había interesado
mucho por la música, pero en el sótano de la YMCA encontró un viejo piano
de pared y empezó a tocar melodías de oído. En casa cantaba acompañando a
la radio. Aún no le había cambiado la voz, y sonaba tan aguda y neutra como
la de un niño de coro. A Vera le parecía irresistiblemente bella, y eso le dio
una excusa más para exhibirlo. En 1942 empezó a «arrastrarlo» (así lo
expresó él tiempo después)[20] al Clifton’s, un restaurante popular que estaba
cerca de la tienda de W. T. Grant y organizaba actuaciones de artistas
infantiles. Compitiendo con incipientes acordeonistas, bailarines de claqué y
gente que cantaba a la tirolesa —todos a remolque de sus embelesadas madres
—, Chettie cantó a los doce años algunas canciones de amor bastante
maduras. Vera le había enseñado sus canciones favoritas de las listas de
éxitos: la seductora «You’d Be So Nice to Come Home To» de Cole Porter;
«I Had the Craziest Dream», donde una mujer suspira por un amante
principesco, y que fue dada a conocer por la cantante Helen Forrest con la
orquesta de Harry James, y «That Old Black Magic», un éxito que habla del
«picor» de la atracción sexual, popularizado por la cantante adolescente
Margaret Whiting. «Es posible que allí hubiera algún tipo de rollo edípico —
dijo Diane Vavra—, porque su madre le enseñaba todas aquellas letras, que
eran muy eróticas.» Baker parecía desvalido y afeminado cuando las cantaba; años después, le confesó al pianista Jimmy Rowles que algunos niños se reían
de él, llamándole «mariquita» y diciendo que cantaba como una niña. Las
burlas le ponían furioso, pero, como era de esperar, Vera idealizó estos
concursos asegurando que Chettie siempre quedaba el primero. Baker decía
que no ganó ninguno, aunque una vez quedó segundo, por detrás de una
pequeña bailarina que caía con las piernas abiertas.
A Chesney no le gustaba mucho eso de tener un hijo «guapo» que cantaba
con voz femenina, y tomó medidas para cambiar al chico y hacer que tuviese
un aspecto más viril. En 1943, al volver a casa desde la fábrica, paró en una
tienda de empeños. Pensando en Jack Teagarden, compró un trombón y se lo
regaló a su hijo. Fue una elección poco atinada: con la vara estirada, el
instrumento era casi tan largo como Chettie, que no podía manejarlo de
ningún modo. De mala gana, Chesney lo cambió por una trompeta. La llevó a
casa y la dejó allí sin más, sin tan siquiera entregársela al muchacho. Durante
el resto de su vida, Vera aseguró que su hijo solo tardó dos semanas en
aprender a tocar el relampagueante solo de Harry James en «Two O’Clock
Jump». Casi todos los músicos aprenden su oficio combinando la práctica con
el estudio de los intríngulis de la técnica y la teoría, pero Chet Baker no
abordaba así ni la música ni la vida. «Tienen que darse cuenta de que Chet no
era muy inteligente —decía Ruth Young—. Él no sabía nunca lo que estaba
haciendo, a ese nivel. Simplemente lo hacía.»
Apenas había mostrado todo aquel potencial para la música cuando
ocurrió el desastre. Jugando en la calle después de clase con unos vecinos,
uno de ellos tiró una piedra a una farola. La piedra rebotó y le dio a Chettie en
la boca, rompiéndole el primer incisivo izquierdo. Chesney se enfureció,
gritando que el chico ya no podría volver a tocar. Chettie no entendía a qué
venía tanto alboroto. Ignoraba que sin un incisivo era casi imposible controlar
el flujo de aire que se sopla en un instrumento de viento. Practicó con tal
tenacidad que convirtió el hueco dental en parte de su técnica. El diente
perdido limitaba su amplitud de registro, pero eso a él no le importaba;
decidió que las notas altas eran solo para exhibicionistas, y a partir de los
veinte años eso dejó de interesarle. Vera lo llevó al dentista para que le
hicieran un diente de quita y pon, pero casi nunca se lo ponía. Lo que hacía
era ocultar el hueco manteniendo los labios cerrados en público, y ese fue el
origen de su media sonrisa como de Mona Lisa, que le hacía parecer tan
inescrutable.
En el instituto de Glendale, el joven Chet se apuntó a un curso de
formación instrumental básica, pero allí se aburría. Dominaba todos los ejercicios en un momento, y no tenía paciencia para estudiar un libro de texto.
Le parecía una pérdida de tiempo aprenderse los puntitos y rayitas curvas de
una partitura. ¿Por qué molestarse si podía aprenderse una canción oyéndola
una o dos veces? Tocando en la orquesta de baile del instituto, se aprendió de
oído las marchas de Sousa, y después fingía leer las partituras. En casa
aprendía melodías populares oyéndolas en la radio o en los discos de 78 rpm
de Vera. Su músico favorito era el trompetista Harry James, cuya orquesta de
baile había saltado a lo alto de las listas con una antigua balada sentimental de
1913, «You Made Me Love You». James tocaba la trompeta con un tono
meloso, adornando las canciones con un exceso de florituras que casi todos
los incipientes beboppers consideraban cursi. Pero a Baker le encantaba el
sonido fuerte y brillante de James, y estudió sus solos hasta que pudo
repetirlos casi exactamente.
Baker perdió la virginidad a los quince años con las exaltadas expresiones
de amor de James resonándole en los oídos. La experiencia, según se la
describió a Lisa Galt Bond, fue aún más vulgar que su primer atisbo
voyeurístico del sexo en Oklahoma City. Baker se había hecho amigo de
Bennett y Leo Little, dos hermanos que vivían con su madre en un hotel-
residencia en el centro de Glendale. Según Baker, la señora Little trabajaba
todo el día en Thrifty Drugs y sus hijos se quedaban solos después de las
clases, repartiendo el tiempo libre entre una casa en un árbol y un pozo que
habían cavado detrás del hotel. Baker recordaba que se escondía con ellos en
uno de estos dos sitios y que allí hablaban ingenuamente sobre cómo sería
mantener relaciones sexuales con una chica.
Pronto lo averiguaron. Un día, Baker llamó a la puerta del apartamento de
los Little y encontró a Leo y a Bennett con una chica de quince años llamada
Barbara, que declaró estar dispuesta a hacérselo con los tres chicos. Temiendo
que la señora Little llegara a casa y los pillara, Baker y los hermanos llevaron
a Barbara a la casa del árbol, que estaba oculta detrás de dos vallas
publicitarias. La chica se tumbó y Baker —el más guapo de los tres— fue el
primero. Era evidente que Barbara no era virgen. Sin nada bajo el vestido, se
levantó la falda y le guio para que la penetrara mientras Leo y Bennett
miraban. Baker estaba tan nervioso que llegó al clímax en cuestión de
segundos. En lugar de placer, sintió asco y una gran inquietud, y salió
corriendo, pensando «Nunca más, nunca más».[21] El recuerdo (aunque podía
ser apócrifo) traumatizó de tal modo a Baker que, según decía, durante algún
tiempo no quiso ni acercarse a ninguna chica. En 1980 describió aquella
iniciación al acto sexual como «mi primer coño»,[22] una expresión que dejaba
patente su actitud general hacia el sexo.
El final de la Segunda Guerra Mundial en agosto de 1945 trajo consigo
prosperidad económica y abundancia de oportunidades de trabajo para los
soldados que regresaban, pero no para Chesney Baker. Tras enzarzarse a
golpes con su jefe en la Lockheed, se encontró una vez más sin trabajo. Tenía
ya casi cuarenta años y era mucho menos contratable que los jóvenes
exsoldados, sobre todo con su historial laboral, que le marcaba como
problemático. Durante los meses que pasó buscando empleo en vano, hubo
que estirar al límite el salario de Vera en la tienda de oportunidades.
Los Baker fueron salvados por dos viejos amigos de Oklahoma, Bob y
Tillie Coulter, que permitieron que la familia se instalara en su casa de
Hermosa Beach (California), una población costera situada junto a la más
populosa Redondo Beach. Repitiendo su experiencia con Jim y Agnes, los
Baker dejaron su casa y ocuparon una habitación en la de los Coulter. Con su
impecable historial laboral, Vera consiguió el traslado a la sucursal de W. T.
Grant en la vecina localidad de Inglewood. A falta de otras opciones, Chesney
empezó a conducir un taxi.
Aquella habitación de la casa de los Coulter se convirtió en una olla a
presión. Encerrada en un espacio tan reducido con su resentido y depresivo
esposo, Vera se obsesionó aún más con su hijo, que a sus dieciséis años
empezaba a rebelarse. Intentando desesperadamente alejarse de ella, aceptó
un empleo de colocador de bolos en una bolera, adonde iba directamente al
salir de clase para trabajar hasta medianoche. Sus notas bajaron: lo único que
le importaba ya del instituto era tocar en la orquesta. A esto añadió dos
nuevas pasiones: la playa y los coches. En compañía del hijo de los Coulter,
Brad, que ahora era su mejor amigo, Baker empezó a competir en carreras con
el Buick de su padre; como aún no tenía permiso de conducir, sus padres se
pusieron furiosos. Pero Jack Sheldon estaba deslumbrado: «Conducía como
un piloto de carreras, muy rápido, y se metía en sitios por donde yo jamás
conduciría».
Un aspecto tortuoso de Baker empezó a manifestarse cuando se convirtió
en un experto en robar gasolina. Insertaba un extremo de un tubo de goma en
el depósito del coche de algún desconocido, aspiraba por el otro extremo para
crear un vacío e introducía el combustible en su propio depósito. A veces
inhalaba gasolina: su primera experiencia en colocones. Baker recordaba los
fines de semana que pasaba buceando y haciendo surf y montañismo con
Brad en Palos Verdes, cuyos acantilados se alzan sobre la bahía sur de Los Ángeles. Decía que allí encontraron una cueva donde se refugiaban por la
noche: hacían una hoguera y dormían sobre mantas mientras oían el sonido de
las olas al romper.
Los chicos se lo estaban pasando en grande, pero a Vera le entró el
pánico. Al ver que su hijo se estaba convirtiendo en un delincuente juvenil, se
preguntó, angustiada, en qué podría haberse equivocado ella. Pero Chettie,
como su padre, anhelaba una vía de escape. La encontró al ver un cartel de
reclutamiento con el Tío Sam señalándole con el dedo e invitándole a
«alistarse en el ejército y ver mundo». En un impulso, decidió hacer
precisamente eso.
La apesadumbrada Vera tuvo que aceptar que no había otra solución. El 5
de noviembre de 1946, pocas semanas antes de que su hijo cumpliera la edad
legal de diecisiete años, lo alistó en el ejército por un período de dieciocho
meses. En su última noche en casa, Baker (que ya tenía permiso de conducir)
tomó prestado el coche de su padre para salir con una chica llamada Gloria.
Al final de la velada, encontró un sitio escondido para aparcar cerca de la casa
de ella y le sugirio pasar al asiento de atrás, donde hicieron el amor
apresuradamente. Baker recordaba que, al terminar, la chica salió disparada
del coche, explicándole que tenía que lavarse enseguida para no quedarse
embarazada.
Este episodio fue solo un poco más digno que el de Barbara, pero a
Chettie le parecía que el sexo en un coche era mucho más interesante. Con el
tiempo, su recuerdo de esa cita adquirio un brillo onírico: decía que Gloria le
había dado una foto suya, le había besado y había salido corriendo del coche,
con la luz de la luna reflejándose en su cabello dorado. Del mismo modo que
había aprendido a seducir al objetivo de la cámara para que lo retratara de un
modo irreal, aprendió a embellecer la verdad hasta convertirla en una intriga
romántica de cuento de hadas. Aquella noche, Baker volvió a casa y se metió
en la cama, ansioso de iniciar una vida de hombre independiente.