Deep in a dream

James Gavin · Capítulo 4 de 24

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Deep in a dream

Capítulo 3

 

Aunque había regresado al ejército como castigo, Baker se encontró viviendo

la vida de sus sueños, libre de responsabilidades aparte de tocar la trompeta.

Se le destinó a la 6.ª Banda Militar de Presidio, la base militar de San

Francisco, cuyos encantos incluían un frondoso fondo de pinares y una vista

del puente Golden Gate. Miles de jóvenes soldados estaban contemplando

vistas más siniestras en los campos de batalla de Corea del Sur, que había sido

invadida por tropas comunistas del Norte. Bajo el mandato del presidente

Harry S. Truman, Estados Unidos empezó a enviar tropas en ayuda de Corea

del Sur. En los tres años siguientes murieron 34.000 soldados

norteamericanos, y otros 103.000 resultaron heridos.

Pero en Presidio Chettie Baker se lo estaba pasando en grande. Se

despertaba al amanecer y tocaba diana con su nueva trompeta plateada

reluciendo al sol. Ensayaba con la banda toda la mañana, comía, se ponía

ciego de hierba, se reunía con sus amigos para jugar una partida de pinocle,

practicaba un poco más, y cerraba la jornada ejecutando un lúgubre toque de

silencio para honrar el entierro de la última baja de la guerra de Corea.

Después se echaba a la carretera con su trompeta y peinaba San Francisco en

busca de jam sessions.

Volaban las cartas entre él y Charlaine, a la que echaba en falta más de lo

que había esperado. Los mimos de Vera le habían dejado permanentemente

dependiente de los cuidados de una mujer, aunque fuera tan frívola como

Charlaine. Ahora que ella por fin había roto con su otro novio, estaba libre

para aceptar una apresurada proposición matrimonial de Baker. Este salió de

Presidio con un pase de fin de semana y se reunió con ella en Las Vegas,

donde los casó un juez de paz. Al estar casado, Baker podía vivir fuera de

Presidio, siempre que se presentara allí para el servicio. Él y Charlaine

regresaron a San Francisco y fundaron un nido de amor de una sola

habitación.

Pero su inmadura unión no era tanto cuestión de amor como de conquista.

Baker había domado a otra rubia salvaje; Charlaine había pescado al guapo trompetista que todas las chicas deseaban. Pero a ella le interesaban más los

músicos de jazz que el jazz, y toda apariencia de idilio desapareció de su

matrimonio cuando Baker dio prioridad a su trompeta. Cuando volvía a casa

desde Presidio a la hora de cenar, hacía el amor con Charlaine y después se

echaba a dormir hasta la medianoche. Entonces se ponía de nuevo el uniforme

y metía la llave en el encendido del coche, con la trompeta a su lado. Al

principio llevaba a Charlaine con él, pero ella se cansó de esas salidas a

medianoche; cada vez era más frecuente que se quedara en casa después de

una discusión a gritos porque él la tenía abandonada. Charlaine no podía

aceptar el hecho de que toda relación con Baker tenía que ser exclusivamente

bajo las condiciones que él imponía. «El tipo iba a seguir siendo como era —

dijo Ruth Young después de su relación de diez años—, y si no te gustaba así,

como dijo una vez, te podías ir a la mierda.»

El matrimonio degeneró en una guerra infantil de intrigas de celos y

manejos psicológicos. «Ella siempre estaba haciendo cosas para irritarlo —

contaba Bob Whitlock—. Creo que eran trucos para mantenerlo interesado,

para hacer que se preocupara.» Una noche en que él y Baker estaban tocando

en un baile de fraternidad, Charlaine pasó ante el escenario bailando con otro

hombre. Baker la miró fríamente hasta el final de la velada, y entonces tiró su

trompeta contra un radiador con tanta fuerza que la rompió. No es de extrañar

que el pianista Donn Trenner, que había conocido a Baker en una jam session,

lo considerara «un niño pequeño con uniforme de hombre».

La música era lo único que lo centraba. Una parada habitual en sus

recorridos nocturnos era el Black Hawk, el principal club de jazz de San

Francisco y trampolín de estrellas como Johnny Mathis. El cabeza de cartel en

1951 era un cuarteto dirigido por el joven pianista de la Costa Oeste Dave

Brubeck, cuyo jazz intelectual le había convertido en un ídolo universitario.

Con sus gafas de montura de concha y su pelo alborotado, Brubeck parecía un

espécimen de conservatorio. Y como tal tocaba, cargando su música de

armonías aprendidas de su maestro Arnold Schönberg, el padre de la música

atonal, y del compositor francés Darius Milhaud. Los músicos de bop y sus

fans decían que Brubeck se las daba de artista y no tenía swing; cuando sus

elepés, en especial Dave Digs Disney y Jazz Goes to College, empezaron a

venderse como si fueran álbumes de pop, lo descalificaron envidiosamente

llamándolo vendido. Brubeck había desafiado al underground del jazz

haciendo jazz «respetable», una empresa intelectual a tono con los saludables

valores de los años cincuenta, la época de Truman y Eisenhower. Incluso la

revista Time llegó a seleccionar al pianista blanco —antes que a Charlie Parker, Dizzy Gillespie o Max Roach— para la portada de un número que

incluía un reportaje sobre el «nuevo jazz».

Lo único que a Baker le interesaba de Brubeck era su saxofonista alto,

Paul Desmond, cuyo sonido como de lluvia y su sinuoso lirismo agradaban a

Baker mucho más que los excesos machistas del bebop. Desmond tocaba el

cool solo de saxo de «Take Five», el gran éxito de Brubeck, escrito en un

complicado compás de cinco por cuatro. «Tenía un modo de tocar muy

delicado, muy melódico», le dijo Baker al escritor Les Tomkins.[48] Era el

sonido que aspiraba a conseguir Baker, y siguió presentándose en el Black

Hawk para tocar con ellos… contra los deseos de Brubeck, según aseguraba.

Desmond tenía que hablar en su favor todas las veces.

Desde allí, Baker se desplazaba a dos clubes negros after-hours, el

Jimbo’s y el Bop City. Allí tocaba con el saxofonista Frank Foster (que más

adelante formó parte de la orquesta de Count Basie), con Norwood «Pony»

Poindexter, discípulo de Parker, y con Kenny Dorham, un trompetista bop

que combinaba un feroz ataque con un instinto para crear fraseos largos y

melodiosos. Lo caliente y lo frío se iban combinando en el modo de tocar de

Baker. Quería conseguir los tonos nítidos y sin trémolos y la reserva

emocional de Desmond y Miles Davis, pero, según su compañero de la banda

militar Bob Freedman, «de vez en cuando, Chettie podía soltar un estallido de

fuego que te hacía saltar en el asiento».

Incluso en los vuelos más ruidosos, la música de Baker era un proceso

interno y profundo. «Mucha gente, cuando se queda sin ideas, empieza a tocar

un montón de notas con la esperanza de que alguna tenga sentido —explicaba

Freedman—. Chettie hacía lo contrario. Si llegaba a un punto en el que no

sabía qué tocar, se quedaba en silencio durante diez o doce o dieciséis

compases, sin tocar una sola nota. Ponía una cara muy seria, como si

estuviera esperando que llegara el mensaje, y después continuaba como si

hubiera estado tocando todo el tiempo.»

Tras un año de esta rutina diaria, Baker empezó a aburrirse, y detestaba

estar en el ejército. En sus memorias, recordaba haber visto a algunos otros

miembros de la banda fingir que estaban locos para que los licenciaran. Uno

de ellos, contaba, cayó en un «trance» tan convincente que se lo llevaron del

cuartel cogido por los hombros y los pies, rígido como una tabla, sin camilla.

Un flautista le dijo al sargento que dentro de su instrumento había un

hombrecillo que estropeaba lo que tocaba.

Durante el resto de su vida, Baker se jactó con todo lujo de detalles

(posiblemente apócrifos) de cómo planeó obtener su licencia militar. Según su relato, fue a ver al psiquiatra del cuartel y le explicó que era demasiado tímido

para utilizar los retretes colectivos; para evitarlo, se había acostumbrado a

defecar entre unos arbustos al otro lado de la calle. Cuando le pidieron que

interpretara una serie de manchas de tinta, las relacionó todas con actos

sexuales u órganos genitales. Habló de su compulsivo consumo de hierba, y

cuando el doctor le sometió a un cuestionario de respuestas múltiples ideado

para detectar desviados sexuales y otros «indeseables», Baker explotó sus

delicadas facciones y su voz para hacerse pasar por homosexual. Al

preguntársele por su oficio favorito —mecánico, guarda forestal o florista—,

Baker marcó la opción más afeminada. La artimaña parece bastante hipócrita

en un hombre cuyos posteriores estallidos homofóbicos fueron interpretados

por Ruth Young y otros como evidencias de una tendencia homosexual

reprimida, pero Baker no se detenía ante casi nada para conseguir lo que

quería.

Esta vez no funcionó. Un oficial había empezado a sospechar que muchos

miembros de la banda eran unos incompetentes sin formación musical, y

exigió que se sometiera a todos ellos a una prueba de lectura de partituras.

Baker, por supuesto, no la pasó. En lugar de obtener la licencia, fue

desterrado a Fort Huachuca, una base militar cercana a la frontera mexicana.

Fort Huachuca era un pueblo fantasma en pleno desierto, que parecía estar

situado en mitad de la nada; los hombres allí destinados lo llamaban el Culo

de América. Baker fue asignado a la 77.ª Banda Militar, cuyos miembros eran

casi todos rechazados de otras orquestas, fumadores de marihuana y

delincuentes en potencia.

Tal vez porque se los consideraba casos perdidos, la disciplina era floja:

aparte de destrozar marchas de Sousa en alguna que otra función militar, solo

hacían un poco de gimnasia, lo que les dejaba mucho tiempo libre para otras

diversiones. Los fines de semana, Baker y sus compañeros de banda pasaban

a México y regresaban con los petates llenos de «hierba-dinamita», como

Baker la llamaba.[49] De día se quedaba sentado en el barracón, colocado

como un bendito, tocando mientras oía discos de Miles Davis; por la noche, él

y Bob Freedman recorrían Arizona en coche, en busca de bares y clubes

donde pudieran tocar. Freedman descubrio lo astuto que podía ser su

camarada, a pesar de su cara de niño: «Chet era consciente de lo atractivo que

era. Siempre procuraba ir bien peinado, y una vez me aconsejó que me

doblara hacia arriba las mangas de mi camisa de manga corta para gustarles

más a las mujeres. Me dijo: “¿Sabes?, es una camisa muy bonita, tío, pero si

te la subes de esta manera, a las chicas les gustará más”».

La capacidad de manipular por medio de su encanto mientras daba una

impresión de completa inocencia era la clave del arte de seducir de Baker.

Desde luego, a Freedman se lo ganó: «Lo más notable de Chettie era lo

agradable que era. Era un tipo muy amable. Su expresión era de franqueza, y

se fiaba de todo el mundo. Tenía fama de ser muy reservado, pero puede que

fuera un truco para protegerse». Según Freedman, Baker parecía tan

vulnerable que «siempre atraía a las sanguijuelas». Las sanguijuelas, en este

caso, eran los vendedores de droga de Fort Huachuca: «Big John», un italiano

grandote del que se decía que tenía conexiones con la mafia, y Henry, un

oficinista con pinta de marrullero y pelo ondulado. Después de licenciarse,

Henry presumió de haber hecho que Judy Garland se enganchara de nuevo a

las pastillas tras uno de sus numerosos intentos de dejarlas.

Según Freedman, tanto Henry como Big John estaban siempre ofreciendo

drogas a Baker. Henry «nunca soltaba su presa de Chet. Le decía lo estupendo

que era, lo guapo que era, lo grande que iba a ser. Sé que después de que Chet

se marchara, Henry lo buscó y le montó su numerito, intentando que tomara

drogas».

Hasta aquí no hay ninguna evidencia de que el trompetista se hubiera

enganchado a otra cosa que no fuese la marihuana. Pero si Baker, en su

entrevista con Rex Reed, calculó correctamente la época de su segundo

experimento con la heroína, debió de ocurrir en este período. En 1951, varios

de sus músicos favoritos habían muerto de sobredosis. Pero eso no le

disuadió, ni tampoco los recuerdos de su traumática iniciación a la heroína.

Sintió su tirón prohibido, y siguió probándola de vez en cuando.

Tras unos meses en Huachuca, lo único que quería era salir de allí.

Recordó que un amable psiquiatra de Presidio le había aconsejado que se

ausentara sin permiso durante un mes y después se entregara; el mismo doctor

lo evaluaría como «inestable» y conseguiría que lo licenciaran honrosamente.

Con este plan, Baker se marchó de Huachuca. Hizo autostop hasta Lynwood,

donde Charlaine se había instalado en un bungalow detrás de la casa de su

familia y había empezado a trabajar en una tienda de ropa.

Un mes después, Baker volvió a Presidio, y allí descubrio que su amigo

psiquiatra había sido trasladado. Al final, Baker tuvo que pagar por sus

infracciones. En sus memorias decía que le habían metido en el calabozo con

otros insubordinados, sometiéndolo a gimnasia de castigo y a las

amenazadoras miradas de guardas armados con rifles. Según él, algunos

reclusos estaban tan aterrorizados que intentaban embriagarse aspirando un trapo empapado en gasolina, lo que los dejaba tambaleándose y con los ojos

vidriosos.

Baker recordaba que se sentó en un banco, traumatizado. Cerró los ojos y

cayó en un estado tan semejante a un trance que parecía que hubiera sufrido

un colapso nervioso. Dice que tuvieron que llevárselo e internarlo en el

pabellón psiquiátrico, donde oía los gritos de hombres sometidos a

tratamiento de choque y los gemidos de los que habían sido sedados. Baker

decía que compartió habitación con una víctima de neurosis de guerra, que

sufría constantes ataques en los que saltaba de la cama y lanzaba puñetazos a

algún enemigo imaginario.

Baker se quedó paralizado, con el rostro petrificado. ¿Había sufrido un

verdadero colapso o estaba fingiendo, cosa que se le daba tan bien? Le

hicieron pruebas durante tres semanas, al cabo de las cuales un médico le

declaró mentalmente inestable y le procuró una licencia honrosa: «inadaptable

a la vida militar». Por fin se había salido con la suya. A principios de 1952,

Baker volvió a casa con Charlaine para reanudar su vida «normal».

 

El sur de California al que regresó era un criadero de irrealidad. Todos los

días era verano; la gente de la calle posaba y se arreglaba como si estuviera en

un plató de cine. «En los veranos de los cincuenta, Hermosa Beach estaba en

su mejor momento —recordaba Baker—. Había cientos de chicas guapas por

todas partes, y los tíos estaban siempre andando paseo arriba y paseo abajo,

mostrando músculo y hablando en plan interesante, exhibiendo lo que tenían

como un montón de pavos reales machos.»[50]

En todo Los Ángeles, los jazzmen procuraban hacer música con la misma

perfección resplandeciente, para demostrar lo listos y lo cool que eran. Para el

pianista de la Costa Oeste Joe Castro, «cool» significaba «tener la entonación

perfecta, la ejecución precisa, todo limpio y pulcro». Según explicó el batería

Shelly Manne a Metronome, «cuatro de cada cinco músicos son compositores;

entre los más modernos, todos están estudiando Bach, la música atonal,

etcétera, y eso se nota al tocar… Lo importante es la preparación».[51] Saber

leer partituras te abría las puertas a numerosos trabajos de estudio. En un día,

un músico podía pasar de tocar en la orquesta en un disco de Peggy Lee o

Frank Sinatra a grabar la banda sonora de una película y después trabajar en

la banda fija de un programa de televisión. Esta rutina los libraba de tener que

ganarse la vida tocando en tugurios, yendo de un lado a otro, durmiendo en malos moteles, sobreviviendo a duras penas… las penalidades que dieron al

jazz de la Costa Este gran parte de su fuerza y su urgencia.

La música de Shorty Rogers, rey de los jazzmen de la Costa Oeste,

reflejaba inteligencia y oficio, no experiencia de la vida. Rogers (nacido

Milton M. Rajonsky en Great Barrington, Massachusetts), uno de los

trompetistas y arreglistas mejor pagados de Los Ángeles, lideraba The Giants,

una banda que ofrecía, según se decía en la contraportada de uno de sus

álbumes, «una alegre sensación californiana» rebosante de «aire fresco y sol».

[52] Las piezas originales de Rogers, con sus curiosos títulos —«Powder Puff»,

«Bunny», «The Pesky Serpent»— parecían casuales y etéreas, pero en

realidad estaban minuciosamente escritas, sin una sola nota fuera de lugar.

Ese estilo definía el llamado jazz de la Costa Oeste, el sonido predominante,

aunque ni mucho menos el único, que surgió del mundillo del jazz del sur de

California en los años cincuenta. «El jazz del este era duro y negro, el del

oeste ligero y blanco, así era como sonaba», dijo en Cadence el saxofonista

Teddy Edwards, que vivía en Los Ángeles.[53]

Cuanto más famoso se hacía el jazz de la Costa Oeste, más vituperado era

por los músicos de Nueva York, que lo calificaban de agónico y sin nervio,

«los mismos viejos clichés todo el tiempo», como le dijo en una ocasión Max

Roach a Miles Davis.[54] Muchos músicos de Los Ángeles, avergonzados de

que se los considerara mariquitas, negaban su pertenencia a alguna «escuela»,

e incluso la existencia misma de una escuela. «Nunca he entendido todo ese

rollo del “jazz de la Costa Oeste”. Creo que esa expresión la debió de inventar

un escritor», declaró el pianista Russ Freeman, cuyo áspero estilo tirando a

bop no encajaba en el molde. Ralph J. Gleason, crítico de jazz en el San

Francisco Chronicle, aseguraba a sus lectores que los músicos de la Costa

Oeste podían «ponerse bastante funky»,[55] sobre todo si, como había

explicado Shelly Manne, se convertían en tipos duros comiendo «en todas

esas hamburgueserías que abren toda la noche».[56]

Este tipo de comentarios molestaba a los músicos negros de las dos costas,

para los que el sonido de la Costa Oeste era un símbolo de opulencia blanca,

desprovisto de dolor y de lucha. Teddy Edwards se quejaba a Bob Rusch de

que los «pegadores» negros del jazz de Los Ángeles, como Sonny Criss,

Wardell Gray y él mismo, habían sido ninguneados por las grandes

compañías discográficas «más que nada por una cuestión racial».[57]

Efectivamente, aquellos músicos grabaron menos de lo que debían, mientras

surgían varios sellos independientes de la Costa Oeste —Nocturne, Mode,

Trend, Pacific Jazz— dispuestos a plasmar el sonido «blanco» de los cincuenta que Chet Baker iba a encarnar muy pronto. «La música de Chet no

era el acelerado bebop de Nueva York —decía Hersch Hamel—. Era relajada,

supercool. Sonaba a sur de California, a sol, a playa.»

Todos estos elementos se combinaban en el Lighthouse, un club de

Hermosa Beach que se alzaba a media manzana del océano. Todos los

domingos, de dos de la tarde a dos de la madrugada, por las puertas abiertas

del Lighthouse salía jazz en directo y entraba la brisa salada del mar. En

verano, los clientes entraban en traje de baño, y la arena crujía bajo sus pies

en el suelo de madera. Hombres y mujeres jóvenes y atractivos llenaban las

largas mesas del club, de estilo merendero, o se quedaban en la barra delante

de las grupis con el pelo decolorado por el sol o el agua oxigenada.

La música era casi accesoria en aquel ambiente, y mucha gente hablaba

durante las actuaciones de los Lighthouse All-Stars, una formación rotatoria

que improvisaba de día y de noche. Tocaban con camisas hawaianas, en un

escenario decorado con paneles de rejilla de bambú y palmeras y cocoteros

falsos. Por muy kitsch que pareciera, el Lighthouse servía de promoción a

todas las prometedoras estrellas del jazz de Los Ángeles. Entre ellos

figuraban el clarinetista y saxofonista Jimmy Giuffre, que después iba a

componer ambiciosas obras orquestales y a trabajar de arreglista para Anita

O’Day y Sonny Stitt; el flautista y saxofonista Bud Shank, ganador del

premio Nueva Estrella de Down Beat de 1954, y el exneoyorquino Stan

Levey, de quien el crítico Leonard Feather dijo que fue «uno de los primeros

y más importantes baterías del movimiento bop».[58]

A pesar del talento de estos hombres, y de la ocasional presencia

galvanizante de Miles Davis o Max Roach, el grupo llegó a ser denominado

por algunos «los All-Stars del Peso Ligero». En sus maratones semanales

intentaban captar la chispa de una jam session de Manhattan, pero lo que se

oye en sus álbumes es principalmente un trabajo de conjunto deshilvanado y

solos genéricos. Incluso los esfuerzos de Baker en aquel local, grabados más

de una vez, son toscos y forzados. «Había allí músicos muy sólidos, pero

ninguno que fuera superexcitante como solista», contaba Bob Whitlock, uno

de los primeros participantes. El organizador era el bajista Howard Rumsey.

Aunque era mejor negociante que artista (otros músicos le llamaban Howard

Clumsy, es decir, Howard el Torpe), se tomaba muy en serio el asunto, y

llamaba «conciertos de jazz» a aquellas sesiones a la orilla del mar.[59] A

Teddy Edwards le disgustaba de manera especial ver cómo los músicos

negros iban siendo desplazados uno tras otro: Sonny Criss fue sustituido por

Art Pepper, y el batería Larance Marable por Larry Bunker, un percusionista blanco. El propio Edwards fue despachado mientras los alumnos blancos de

Stan Kenton —el ídolo y exjefe de Rumsey— se iban haciendo poco a poco

con el cotarro. «Fui empezando a captar el mensaje», declaró Edwards.[60]

En aquella época, Chet Baker lo pasaba tan mal como cualquiera de sus

colegas negros. Su excompañero de casa Jimmy McKean había encontrado

trabajo en una banda dixieland, y aunque Baker odiaba el anticuado ritmo

«chunda, chunda» del jazz tradicional, pasaba tantos apuros que McKean se

lo recomendó a su jefe. El trompetista condujo hasta la vecina Seal Beach

para conocer a Freddie Fisher, clarinetista y cómico de estilo music-hall. En

escena, la banda de Fisher, los Shicklefritzers, tocaba «When the Saints Go

Marchin’ In», y a continuación el director se quitaba los zapatos y los

calcetines, desenrollaba una alfombra de gomaespuma que simulaba un

campo de tetas con pezones rojos, y andaba por encima mientras contaba

chistes guarros. A Baker, que normalmente daba un espectáculo criticando el

humor paleto y los gustos vulgares que había conocido en Oklahoma, la

actuación le pareció divertidísima y se unió de inmediato a Fisher. Pero

aquella música le aburría, y se pasó a otra banda liderada por Vido Musso, un

saxofonista tenor italiano cuyo edulcorado y sobrecargado solo en el hit de

Stan Kenton «Come Back to Sorrento» le había proporcionado un breve

momento de fama.

Pero en la primavera de 1952, todas las conversaciones del mundillo del

jazz en Los Ángeles se centraron en la llegada del maestro que ponía de

rodillas a todos los jazzmen modernos: Charlie Parker estaba en el oeste para

una corta gira. Era su primer viaje a Los Ángeles desde mediados de los

cuarenta, cuando una desastrosa juerga de alcohol y drogas lo había enviado a

un hospital psiquiátrico de Camarillo. Parker plasmó su roce con la muerte en

un blues optimista titulado «Relaxin’ at Camarillo», y después volvió a tocar

con tal velocidad e inspiración que muchos músicos lo comparaban con Dios.

Pero esta voz celestial era cualquier cosa menos sosegante. Sonaba

obsesiva y dura, sugiriendo una búsqueda de verdades que no eran bonitas.

Entre actuación y actuación, el encantador y erudito Parker dormía en casas

de amigos, pedía prestados instrumentos y los empeñaba para comprar droga,

y engañaba a la gente de otras mil maneras para alimentar un hábito que todo

lo consumía. «Era un extremista, hacía más de todo que los demás —decía

Teddy Edwards, a quien Parker llamaba Teddy Bear—. Bebía más whisky

que nadie, y tomaba pastillas de benzedrina como si fueran palomitas de

maíz, las masticaba.» Y pagó el precio: a los treinta y un años parecía un

anciano abotargado; moriría tres años después. En su corta vida, dio a los beboppers un sueño de las increíbles alturas de expresión que podían

alcanzar. También estableció un ejemplo peligrosamente romántico,

autodestruyéndose mientras creaba el arte más grande que ellos habían

conocido.

Parker estaba rodeado de mitos y, después de su muerte, Baker utilizó la

leyenda de Bird para mitificarse a sí mismo. En los años sesenta, Baker

empezó a contar una historia apócrifa sobre cómo había sido «descubierto»

por Parker, un relato que fue puliendo durante el resto de su vida. Según

Baker, un día de abril de 1952 encontró un telegrama que le habían metido

por debajo de la puerta. Dick Bock, futuro productor de sus discos, quería

hacerle saber que Parker hacía una prueba de trompetistas aquel día a las tres

de la tarde, en el club Tiffany de Hollywood. Allá fue Baker. Entró en una

sala «negra como la pez» y se encontró entre «cuarenta trompetistas… todos

los trompetistas de Los Ángeles», mientras su ídolo improvisaba en el

escenario. Al cabo de cinco minutos, Parker —que, según suponía Baker,

debía de saberlo ya todo sobre él— dejó de tocar de repente y preguntó si

Chet Baker estaba allí. «Sí, Bird, aquí estoy», dijo el trompetista, avanzando a

zancadas para unirse a Parker en un tema, y después en otro. Tras aquello,

Bird mandó a casa a todos los demás; ya había encontrado a su hombre.[61]

Baker contaba esto con tanta sinceridad que los entrevistadores se

tragaban hasta la última palabra de una historia que Bob Whitlock calificó de

«mentira cochina». Años después, Donn Trenner, el pianista de aquella

convocatoria en el club Tiffany, se quedó asombrado al oír la versión de

Baker de cómo fue contratado. «Nada de eso parece tener la menor relación

con la verdad», dijo Trenner.

Muy poco antes de la llegada de Bird, un agente le había pedido a

Trenner, pianista de estudio y director musical de cantantes como su mujer,

Helen Carr, que reuniera una banda para el músico, que estaba contratado en

el Tiffany para dos semanas y media. A toda prisa, Trenner reclutó a Larance

Marable y al bajista Harry Babasin. Cuando le pidieron que contratara

también a un trompetista —a Parker le gustaba tener un acompañante de

primera fila—, Trenner llamó a Chet Baker. Todos ellos se reunieron una

tarde en el club para ensayar. Ni Trenner ni Marable recordaban que hubiera

habido una prueba; Jack Sheldon, a quien Baker mencionaba entre la multitud

de trompetistas que acudieron al club, tampoco recordaba que la hubiese

habido: «No recuerdo que fueran muchos a una prueba, lo que recuerdo es

que le llamaron solo a él». Pero a Baker no le bastaba con haber conseguido

el puesto por el que todo trompetista joven habría matado; tenía que incluir su «descubrimiento» en una fábula tipo Cenicienta que le ungiera como el

Elegido. «A menudo, la realidad no le parecía satisfactoria a Chet —decía

Whitlock—. Le gustaba el drama. Si no había nada cerniéndose en el aire, se

aburría.» Le divertía manipular los hechos y a la gente, como si fueran

figuritas de madera en un tablero de ajedrez. Era un experto en ambos juegos.

El 29 de mayo de 1952, el quinteto de Charlie Parker debutó en el

Tiffany. El público de la primera noche estaba lleno de músicos ansiosos de

postrarse a los pies de Bird y de oír a la curiosa pareja que había elegido.

Vieron al ajado Parker mostrarse afable y simpático; su joven compañero

blanco se mostraba distante, serio, con la cara y el instrumento apuntando,

como de costumbre, al suelo. Baker no tenía otra defensa contra todas las

miradas de celos y desaprobación. En una grabación pirata de él y Parker,

realizada pocas semanas después en el club de jazz Trade Winds de

Inglewood, Baker suena dolorosamente inferior en categoría. Al lado de

Parker y del invitado Sonny Criss, se tambalea de miedo, fallando entradas y

haciendo esfuerzos para no desafinar.

Durante toda la estancia en el Tiffany, el fotógrafo William Claxton oyó

irritados comentarios sobre que Baker no era más que un imitador de Miles

Davis. Art Farmer, un trompetista muy respetado con un estilo lírico similar,

parecía especialmente indignado: años después, le contó al saxofonista Bob

Mover que él y su hermano, el bajista Addison Farmer, habían alojado a

Parker en su apartamento de Los Ángeles, a pesar de lo cual este le había

dado el trabajo a Baker. El hecho de que Bird hubiera elegido aparentemente

a un advenedizo blanco en lugar de a uno de «los suyos» encolerizó a algunos

músicos negros, que consideraron que Parker se había vendido. Solo unos

pocos vieron la colaboración de Parker y Baker como una declaración de la

unidad interracial que le faltaba a Los Ángeles.

Parker se percató del potencial que tenía el asustado joven. «Me trataba

casi como a un hijo», recordaba Baker,[62] que no había conocido tanto amor y

paciencia en su propio padre. «Ahora me doy cuenta de lo atento y

comprensivo que era. Se ajustó a los temas que yo conocía bien, y renunció a

los tempos rápidos que tanto le gustaban.»[63] Más tarde, hablando con

Claxton, Parker elogió el trabajo de Baker como «puro y simple», diciendo

que le recordaba los discos de Bix Beiderbecke que había oído de pequeño en

Kansas City. «Recuerdo que estaba absolutamente deslumbrado por el oído de

Chet —contaba Whitlock, que sustituyó a Harry Babasin un par de veces—.

Le asombraba que Chet pudiera hacer lo que hacía sin la preparación

armónica que tenían tantos otros músicos.» En cierto modo, Parker «lo mimaba», según Larance Marable: «Le decía a Chet qué notas tocar al final

de los temas, cómo tocar una cadencia… todo».

Baker le pagó llevándolo de un lado a otro de la ciudad para enseñarle las

vistas, entre ellas los acantilados de Palos Verdes. Parker se quedaba plantado

en los acantilados mirando las olas, aparentemente en completa paz. Pero

todos los días buscaba el alivio de la droga. Baker lo veía «esnifar cucharadas

de polvo y beber litros de Hennessy»,[64] y después ponerse a tocar con

completa soltura, con las preocupaciones borradas de su rostro.

Encontrar drogas no era ningún problema. Allí donde tocaran —el Billy

Berg’s de Hollywood, el 5-4 Ballroom de la esquina de Central Avenue con la

Cincuenta y cuatro, el club Say When de San Francisco— los traficantes

rondaban como buitres, esperando a que Parker bajara del escenario. Russ

Freeman los describió como «sabandijas, moscones habituales que también

estaban enganchados y vendían para costearse su propia adicción». Pero

cuando empezaban a susurrarle a Baker, Parker se lo llevaba aparte. «A él no

tenéis nada que decirle —decía el saxofonista, cortante—. Y tú no te mezcles

con estos tíos.»[65]

Por el momento, Baker siguió el consejo, pero la postura de Parker

—«Haz lo que yo digo, no lo que yo hago»— solo consiguió que la heroína

resultara aún más fascinante para Baker y otros muchos. Al final de su

minigira, la relación, según Jack Sheldon, había tomado un giro preocupante:

«Recuerdo que Chettie iba a comprar para Bird».

La saga de Chet y Bird se cerró con otra nota mítica. Se decía que Parker,

al volver a Nueva York, telefoneó a Dizzy Gillespie, Miles Davis, Lee

Morgan y otros trompetistas negros para advertirles: «Andaos con cuidado,

que hay un chaval blanco en la costa que os va a devorar». A Baker le

encantaba citar estas palabras, aunque su verdadera fuente —¿él mismo, tal

vez?— era incierta.

En cualquier caso, esta «decisión divina», como Whitlock la llamaba,

convirtió a Baker en una celebridad del jazz de la noche a la mañana. Los

músicos comentaban, y a veces criticaban, su habilidad musical, pero fue su

apariencia lo que fascinó a William Claxton, un fotógrafo de veinticuatro

años de Pasadena. El desgarbado y tímido Claxton, de 1,95 de estatura, había

estado fascinado desde niño por Duke Ellington, Billie Holiday y otras

estrellas del jazz. De adulto, se pasaba las noches de club en club y de teatro

en teatro. Con una voz ronca que parecía pegada al fondo de su garganta,

pedía permiso para hacer fotos. Charlie Parker era su ídolo, y Claxton se agazapaba junto a las columnas del club Tiffany sacando fotos, con las

correas y los cables de la cámara colgando del cuello.

Una madrugada, en un cuarto oscuro que se había montado en casa de su

familia, Claxton experimentó una epifanía. Mirando el papel en la cubeta de

revelado, vio la cara de Baker que aparecía «por arte de magia».[66] Describió

aquel momento como «un sueño». En un documental acerca de Claxton, Jazz

Seen, realizado por el cineasta Julian Benedikt, Claxton decía que no había

sabido lo que significaba la palabra «fotogenia» hasta que tomó estas

fotografías de Baker: «Sin la fotografía —explicaba Claxton—, Chet era un

tipo más o menos atractivo y atlético; parecía una especie de boxeador

angelical. Le faltaba un diente, lo que le hacía parecer un poco tontorrón, y

llevaba el pelo con una especie de tupé años cincuenta, pero lo ponías delante

de una cámara y se transformaba en una estrella de cine. Sabía

instintivamente lo que debía hacer… podía concentrarse en su música y aun

así volverse hacia la luz, apartarse de la luz y todo eso, sabiendo que lo

estaban fotografiando. Por eso creo que era muy, muy listo».

Tanto como cualquier disco, las fotografías de Claxton crearon la imagen

de Baker. Los rumores sobre Baker llegaron a oídos de una de las fuerzas

responsables del Birth of the Cool, el saxofonista barítono Gerry Mulligan,

cuyos arreglos y composiciones para aquellas sesiones le habían dado fama de

niño prodigio del jazz moderno. Aunque no era guapo, Mulligan tenía

también un aspecto memorable: era alto, flacucho y con granos en la cara, y

llevaba el pelo rojizo cortado al rape y con un flequillo que a un periodista de

la revista Time le recordaba a Jerry Lewis.

Pero se tomaba a sí mismo con una seriedad mortal. Joyce Tucker, cuyo

padre, Jack, era el propietario del club Tiffany, le contó al escritor Donald

Goddard que Mulligan «creía tener la voz de Dios en su saxo»;[67] los círculos

que rodeaban sus fatigados ojos verdes revelaban la carga que soportaba.

También revelaban su adicción a la heroína; con la esperanza de

desengancharse, se había mudado al oeste en 1951.

A principios del año siguiente, Mulligan había empezado a formar su

propia banda. Contrató a Bob Whitlock, que a su vez recomendó a Baker. El

trompetista asistió a una prueba en el Cottage Italia, un club del valle de San

Fernando, donde al saxofonista le gustaba ensayar. Baker no estaba dispuesto

a someterse a la autoridad de Mulligan, y nada más entrar por la puerta

empezó a calentar con una serie de trompetazos que rompían los tímpanos.

«¡NO VUELVAS A HACER ESO BAJO MI TECHO!», gritó Mulligan.[68] Toda

pretensión de parecer cool se desvaneció mientras los dos hombres se chillaban como niños malcriados. Por fin, Baker metió la trompeta en su

estuche y salió disparado, dando un portazo mientras gritaba: «¡VETE A LA

MIERDA!».[69]

Nadie habría podido ver este encuentro como un nuevo «nacimiento del

cool», ni prever la conexión musical casi mística que Baker y Mulligan

acabarían por manifestar. Como principales instrumentistas del futuro Gerry

Mulligan Quartet, estaban hechos el uno para el otro: rara vez dejaban que se

filtrara ni un mínimo vestigio de vulnerabilidad a través de la reluciente

superficie de su música.

Lo cierto es que Mulligan hervía de resentimiento, aunque no dejaba que

ello afectara a su trabajo; al parecer, para él la música era cuestión de notas,

no de sentimientos. Nacido en Queens (Nueva York) en 1927, se había criado

en un hogar católico con un tiránico padre irlandés que era ingeniero

industrial. Mulligan padre estaba constantemente desarraigando a su mujer y

sus cuatro hijos, al aceptar una serie de trabajos en diferentes lugares. Por fin

se establecieron en Filadelfia, pero para Gerald Joseph, el hijo más pequeño,

el daño ya estaba hecho. «En cuanto empezaba a conocer a otros niños en una

ciudad, nos mudábamos a otra parte —le contó al escritor Martin Abramson

en 1959—. Como consecuencia, me volví muy inseguro en mis relaciones con

otras personas.»[70]

Gerry heredó la vena disciplinaria de su padre, y se la aplicó con especial

dureza a sí mismo. De niño había aprendido a tocar el piano y el clarinete, a

componer melodías y a escribir arreglos rudimentarios mientras se empapaba

de Bach, Prokofiev, Stravinsky y Ravel. A los veintiuno había hecho arreglos

para varios conocidos directores de banda, entre ellos Eliot Lawrence, Gene

Krupa y Claude Thornhill. Ya en sus primeros arreglos se notaba el estilo

personal de Mulligan —etéreo, pero compulsivamente ordenado y preciso—,

que definió el jazz de la Costa Oeste. Adoptó como instrumento principal el

saxo barítono, un instrumento grande, pesado, de sonido áspero, que tocaba

con elegancia pero con poca profundidad. Para Baker, era más un arreglista

que un solista, aunque tocaba «algún solo bonito» de vez en cuando.[71]

Pero, por lo general, la mente de Mulligan distaba mucho de estar clara.

Nada más mudarse a Nueva York, en 1946, había sido detenido por posesión

de marihuana. Más tarde, se enganchó a la heroína, y su apreciada

autodisciplina se vino abajo. «El caballo me producía un efecto tan sedante

que no podía terminar nada de lo que me ponía a escribir», le contó a

Abramson.[72]

Mulligan fue «rescatado» por su nueva novia, Gail Madden, la primera de

una serie de figuras maternales y controladoras a las que aquel artista con

supuesta voluntad de hierro concedió pleno control sobre su vida. Madden se

presentaba como pianista, arreglista y la primera tocadora de maracas de jazz,

y Mulligan le hacía publicidad diciendo que era un genio, lo cual caía muy

mal. «Creía que podía ayudar a los adictos con el poder de la sugestión»,

explicó Abramson; y con su ayuda Mulligan volvió a trabajar.

Los dos se convirtieron en coexcéntricos. Identificándose con el «extraño

y encantado» Chico Natural del éxito de Nat King Cole, Mulligan andaba por

las calles de Manhattan con un loro en el hombro. Su comportamiento se

volvió aún más extravagante cuando Madden llevó a casa un ejemplar de la

célebre novela de Ayn Rand El manantial (1943), que cuenta la historia de

Howard Roark, un arquitecto cuya visión revolucionaria por todos es recibida

con rechazo e incomprensión, excepto por Dominique Françon, una crítica de

arte sensible hasta lo doloroso. Mulligan y Madden se identificaron de tal

modo con los protagonistas que parecieron transformarse en ellos. «Nunca

sabía si estaba hablando con Gerry o con Howard Roark —contaba Bob

Whitlock—, y con Gail siempre había un poco de Dominique.»

Hacia 1950, Mulligan empezó a presentarse con su saxo en el Red Door,

un local de ensayos en un piso del centro de Manhattan. Allí experimentaba

con el concepto que le iba a hacer famoso: una sección rítmica sin piano. Le

atribuía el mérito de la idea a Madden. «Tener un instrumento con las

tremendas posibilidades del piano y reducirlo a la función de muletas para el

instrumento de viento solista era impensable», declaraba.[73] El nuevo formato

le dejaba más espacio para improvisar, ya que le liberaba de tener que seguir

las estrictas progresiones de acordes de un pianista. Según Phil Leshin,

Mulligan formó su primer cuarteto sin piano en el Red Door. En él figuraban

Leshin, el batería Walter Bolden y el trompetista Tony Fruscella, un

desconocido pionero del estilo escueto adoptado por Baker y Miles Davis.

Poco a poco, mientras probaba a otros músicos, Mulligan se quedó sin blanca;

el dinero que tenía se lo había inyectado en el brazo. Cuando empeñó su saxo,

supo que tenía que marcharse de Nueva York.

En el otoño de 1951, meses después de que Jack Kerouac detallara su

propia búsqueda de a lo largo y ancho a través del país en un primer borrador

de la biblia beat En el camino, Mulligan partió en autostop hacia el oeste

acompañado de Madden. Al llegar a Los Ángeles, el atormentado músico

siguió buscándose la vida, tocando en jam sessions y escribiendo arreglos

mientras hacía todo lo posible por parecer una figura. En 1952 entró en el Haig, un pequeño club de jazz del distrito residencial de Wilshire, en Los

Ángeles. Dentro, el pianista Errol Garner, el pianista-cantante de café Bobby

Short y otros músicos tocaban sin amplificación en lo que había sido un

bungalow de una sola habitación. Desde fuera, el Haig parecía una casa de

muñecas en medio de altos edificios de pisos, palmeras y cielo abierto.

Quedaba aún más ensombrecido por el palaciego hotel Ambassador, que

estaba en la acera de enfrente y cuyo club-restaurante, el Coconut Grove,

exhibía en su marquesina los nombres de sus cabezas de cartel: FRANK

SINATRA o LENA HORNE O DEAN MARTIN Y JERRY LEWIS. En contraste, sobre la

entrada del 638 de la avenida South Kenmore colgaba un modesto cartel: THE

HAIG DINNER COCKTAILS.

Después de pedir prestado otro saxo, Mulligan participó en una de las jam

sessions que el club presentaba los lunes por la noche. No tardó en hacerse el

amo, utilizando aquellas veladas para probar a instrumentistas locales para su

propio grupo. Su abortado encuentro con Chet Baker le había dejado una mala

impresión del trompetista, pero después de la serie de actuaciones de Baker

con Charlie Parker, Mulligan cambió de parecer y lo invitó a tocar en el Haig.

El saxofonista le consideraba un idiot savant. «Nunca he conocido a nadie

que tuviera una relación tan rápida entre sus oídos y sus dedos —le dijo

Mulligan a Les Tomkins—. Creo que Chet era una especie de talento freak.

No hay manera de saber… dónde aprendió lo que sabía.»[74]

Baker, que no se había adaptado bien a la implacable complejidad de la

música de Parker, encontró en Mulligan el acompañante perfecto: un

instrumentista que amaba la melodía tanto como él, y que consideraba que un

solo era como una obra de arquitectura, no una excusa para tocar. La mayoría

de los dúos de viento hacían solos por turnos, y después entablaban una

competición de «cuatros» y «ochos» (frases de cuatro y de ocho compases),

pero Baker y Mulligan mantenían sus egos a raya y buscaban maneras de

complementarse uno a otro. Tocaban al unísono o en armonía, y entraban sin

esfuerzo en contrapunto. «Siempre podíamos anticipar lo que el otro iba a

hacer», declaró Mulligan.

Baker tocó con Mulligan varios lunes. Escuchando maravillado al fondo

de la sala estaba Richard (Dick) Bock, el joven presentador del Haig, medio

calvo y con gafas. Bock era un músico frustrado que trabajaba para

Discovery, un pequeño sello de jazz de Hollywood, pero soñaba con fundar

su propia compañía. Bock organizó una grabación informal de Mulligan en

casa de Phil Turetsky, un técnico de estudio que tenía una casita de campo en

Hollywood Hills. El 9 de junio de 1952, se reunieron allí Mulligan, Baker, Jimmy Rowles y el bajista Joe Mondragon. Bock, en funciones de productor,

orientó el único micrófono y conectó el amplificador Ampex.

Mulligan había elegido «She Didn’t Say Yes», un tema de un musical de

Jerome Kern, y «Dinah», una conocida pieza de dixieland que él hacía más

lenta, con un ritmo relajado. El piano de Rowles dominaba el grupo, y

Mulligan volvió a jurarse renunciar al instrumento. («El único pianista que le

gusta a Gerry es él mismo», le dijo Baker a Bernie Fleischer.) Aquel verano,

el piano de cola del Haig se había trasladado al sótano para dejar sitio al

vibrafonista Red Norvo, y cuando Bock sugirio alquilar una espineta barata

para los lunes, Mulligan dijo: «Ah, no, de eso nada».

Para entonces había completado su banda de los lunes con Bob Whitlock

y Chico Hamilton, un atractivo batería negro de piel clara que utilizaba

mazos, escobillas y los dedos, con un sonido tan suave que incitó a Sammy

Davis Jr. a bailar claqué. Poca gente prestaba mucha atención, exceptuando a

Claxton, que se quedaba a los lados con su cámara, y a Bock, que grababa las

sesiones con un magnetofón portátil. Con dos mil dólares de su bolsillo y

otros dos mil que puso Roy Harte, propietario de una próspera tienda de

instrumentos de percusión de Hollywood, Bock fundó Pacific Jazz Records.

Solo pudo permitirse publicar un single de 78 rpm con dos canciones, la

composición de Mulligan «Bernie’s Tune» y un estándar, «Lullaby of the

Leaves». Aquel disco, más unas palabras de apoyo de Dave Brubeck, dieron

al grupo su primera gran oportunidad: una semana como teloneros de Brubeck

en el Black Hawk.

Whitlock estaba ocupado, así que Baker recomendó a Carson Smith, un

bajista de San Francisco que idolatraba a Mulligan y había ido a Los Ángeles

con la esperanza de conocerlo. El martes 2 de septiembre por la mañana,

Mulligan y Baker fueron en coche a San Francisco, contentos como unas

pascuas, tarareando sus arreglos por el camino.

Fue un viaje de ensueño. Fantasy, el sello de Brubeck, los contrató

inmediatamente para grabar. Formando un círculo alrededor de un único

micrófono de pie, grabaron rápidamente cuatro temas. Mulligan había visto a

Fred Astaire y Ginger Rogers interpretar el tema de estilo latino «The

Carioca» en la película Volando a Río, y escribió un arreglo que tenía la

cualidad etérea y deslizante del baile y la voz de Astaire. Él y Baker

navegaban a través de la melodía, impulsándose uno a otro con pequeños e

ingeniosos fraseos; el sonido bajo y terroso del saxo de Mulligan servía de

trampolín para la impoluta trompeta de Baker, y viceversa. Chico Hamilton

añadía suaves toques latinos, mientras Carson Smith lo ataba todo con su austero contrabajo. Sin elevar el volumen ni apresurarse, hicieron su

declaración en dos minutos y medio.

Mulligan tituló dos de sus composiciones con los nombres de disc-jockeys

locales: «Line for Lyons» estaba dedicada a Jimmy Lyons, y «Bark for

Barksdale», a Don Barksdale. «Gerry no le hacía remilgos a besar algún que

otro culo cuando le convenía», decía entre risas Carson Smith. Décadas

después, Peter Schickele, un distinguido director y musicólogo clásico,

declararía al New York Times su entusiasmo por «el contrapunto a tres partes

tan fantásticamente claro»[75] que el grupo conseguía sin piano. Solo uno de

los cuatro temas se adentraba en un territorio más sombrío. Mulligan opinaba

que necesitaban una balada, y Smith recomendó una pieza poco conocida de

Richard Rodgers y Lorenz Hart, compuesta en 1937. El bajista la había

encontrado en un viejo cancionero y no se la podía sacar de la cabeza.

En los años sesenta, «My Funny Valentine» era un cliché pop, con cientos

de versiones en el mercado. Pero en 1952, solo Margaret Whiting y uno o dos

cantantes más la habían grabado. En Hijos de la farándula, el musical del que

procedía, «My Funny Valentine» era el juramento de amor incondicional de

una chica a un granuja llamado Valentine. Ninguno de los compañeros de

Smith la conocía, así que él garabateó los acordes y después les cantó la

melodía. Rodgers había formulado una hechizante declaración en la primera

frase y después la exploraba más y más, alterándola sutilmente cada vez. La

melodía no paraba de subir, creando una tensión que se acumulaba hasta un

clímax desgarrador, con las palabras «¡Quédate, pequeño Valentine,

quédate!».

Mulligan y Smith pergeñaron entre los dos un arreglo que daba

protagonismo a Baker. Esta vez el trompetista no tenía un arreglo ingenioso

detrás del que esconderse, de modo que tocó la melodía tal como estaba

escrita, estirando las lentas y espaciadas frases hasta que casi hacían daño. Su

sonido apagado era muy pegadizo; sugería una puerta que se abría a alguna

noche oscura del alma y se cerraba de golpe al extinguirse la última nota.

Smith equilibró la melodía ascendente con una línea descendente de negras,

ominosa como un reloj haciendo tictac en la oscuridad. Por error, terminó en

un tono menor, en lugar del mayor que se indicaba en la partitura, lo que dio a

la grabación su último toque estremecedor.

La canción fascinó a Baker. Contenía todo aquello a lo que él aspiraba

como músico, con su sofisticado sondeo de un bello tema y sus frases

elegantemente conectadas: era una composición, una melodía, en la que no

sobraba ni una nota. «Valentine» se convirtió en su canción favorita; rara vez dejaba de tocarla, rara vez dejaba de encontrar algo nuevo en sus treinta y

cinco compases. Al mismo tiempo, la vena mística de Baker —esa sensación

de que lo cool era la tapa de un barril de emociones explosivas— tenía sus

raíces en aquella interpretación.

«Cuando Fantasy publicó aquellos discos —dijo Smith—, todo el mundo

supo que esa nueva forma de cantar de Chet Baker era lo más. De repente,

todo el mundo hablaba de Chet.» La gente no paraba de compararlo con el

meloso Bix Beiderbecke, una influencia que Baker negaba, diciendo que

apenas había oído a Beiderbecke. No obstante, Metronome hablaba con

entusiasmo de cómo Baker había combinado «un sonido reminiscente de Bix

y un estilo que debe mucho a Miles, con un efecto muy próximo a la belleza

suprema».[76] Su ejecución debía gran parte de su languidez cool a su

consciente manipulación de la tonalidad. «Quería tocar en el lado oscuro, un

poco por debajo del centro de tonalidad —le dijo en 1988 al entrevistador

Leonard Malone—. No exactamente bemol, sino solo un poco por debajo.»[77]

Mulligan fue glorificado en la radio local, gracias en parte a sus astutas

dedicatorias a Jimmy Lyons y Don Barksdale. En Down Beat, Ralph J.

Gleason lo alabó como el nuevo genio del jazz. Según este crítico, el

«fantástico sonido fuguista, funky, swing y contrapuntístico» del cuarteto

tenía a todos los músicos locales «meneando la cabeza, maravillados».[78] En

cuanto a Baker, cuando aprendiera a «proyectar su personalidad al público y

no apoyarse por completo en la música… sería sensacional», escribió

Gleason.

A finales de septiembre de 1952, el grupo regresó al Haig como cabeza de

cartel. Aquello parecía una escena de club de jazz en una película de serie

negra de bajo presupuesto. Mulligan y Baker tocaban casi pegados al borde de

una tarima situada en un rincón, vestidos con traje negro y corbata, y con

aspecto de no tener edad para entrar en un club nocturno. Un espejo colgaba

de la pared detrás de ellos, y otro en posición oblicua sobre sus cabezas, con

lo que se les podía ver en varios ángulos. Elegantes parejas de Hollywood se

apelotonaban sentadas a minúsculas mesas, en un espacio no mucho mayor

que un cuarto de estar corriente. Los clientes se fumaban sus cigarrillos y

adoptaban un deliberado aire de indiferencia.

Pero nadie podía ser tan cool como Baker y Mulligan, que ofrecían su

música y nada más. Baker miraba al suelo; Mulligan cabeceaba como

adormilado siguiendo el compás, con los ojos entornados y manejando un

aparatoso instrumento que le llegaba desde los labios hasta las rodillas. Su

aspecto era sexy y su sonido no se parecía a nada que los músicos hubieran oído. Varias noches estuvo allí un trompetista principiante de Los Ángeles,

Herb Alpert, que entonces tenía diecisiete años y aún le faltaban muchos para

su enorme éxito como líder de la banda de pop de estilo mexicano Tijuana

Brass. «Chet podía tocar aquellas corcheas a la velocidad del rayo —comentó

Alpert—. A casi todos los trompetistas nos tenía asombrados, porque todos

teníamos la sensación de que nunca ensayaba de verdad. Se rumoreaba que

era incapaz de tocar un acorde de do, que solo lo hacía por instinto y de

oído.»

Arlyne Brown, que estuvo muchas veces en el Haig antes de casarse con

Mulligan en 1953, advirtió una faceta de la relación del dúo que muy pocas

personas percibieron: «Bajaban del escenario sonrojados y resplandecientes,

se miraban uno a otro y prácticamente se echaban a los brazos del otro. Así de

bien se lo pasaban; disfrutaban mucho tocando juntos». Pero nunca dejaban

que el público lo viera. «Demostrar entusiasmo no era cool —explicaba el

cantante de jazz Mark Murphy—. Había que actuar como si nada te

importara. ¿Te lo puedes creer?»

Portarse como si lo único que te importara fuera el chute del momento era

una declaración de intenciones radical en una época en la que el futuro lo

significaba todo. Se suponía que los estadounidenses estaban disfrutando de

un sueño que les había costado mucho alcanzar. La clave era el conformismo

de la masa, la obstinada creencia de que lo único que se necesitaba para ser

feliz era una vida urbana centrada en la familia y gobernada por Dios. Camino

del Haig, uno oía en la radio del coche canciones con letras soñadoras, llenas

de palabras como «siempre» y «eterno». Doris Day paraba los pies a los

chicos que buscaban diversión sin compromiso, diciéndoles tajantemente:

«Cuando yo me enamore, será para siempre». En su gran éxito «I Believe»,

Frankie Laine prometía, como un predicador desde el púlpito, que Dios

protegería a los americanos hasta la eternidad, mientras los árboles y las

plantas florecían en infinito esplendor.

En medio de todo este radiante optimismo, llegaron los primeros héroes

de una nueva y desafiante cultura juvenil, Marlon Brando, Montgomery Clift

y James Dean, que simbolizaban el disgusto ante todas las falsas esperanzas

que infestaban América. En la pantalla, estos actores eran manojos de nervios,

que se estremecían de agitación interna y balbuceaban incoherencias, como si

su rabia fuera demasiado oscura para expresarla. Esa postura les permitía

dramatizar su sensibilidad; los situaba en un mundo aparte, sugiriendo

complejidades que poca gente poseía. En su controvertido ensayo «El negro

blanco», Norman Mailer glorificaba al «existencialista americano, el hipster», que se identificaba tan a fondo con los peligros cotidianos de la vida de los

negros que se veía a sí mismo como un negro honorario. Los hipsters sabían

que la América conformista estaba condenada a morir, ya fuese por

incineración atómica, o por el hundimiento de «todos los instintos creativos y

rebeldes»[79] que hacen que el alma respire. La única solución, por lo tanto,

era «vivir en constante peligro de muerte, divorciarse de la sociedad, existir

sin raíces, emprender ese viaje sin mapas con los imperativos de rebeldía

propios de uno mismo».

Este fue el camino que siguieron, a su estilo cool, Mulligan y Baker.

Dejaron bien claro que no le iban a bailar el agua a nadie. Lo único que les

importaba eran ellos y su música. Solo unos pocos observadores estaban lo

bastante enterados como para saber que gran parte de este distanciamiento se

debía a las drogas. Casi no importaba qué drogas fueran, porque casi todo el

mundo era todavía tan ignorante sobre el tema que cualquier cosa, desde la

marihuana hasta la heroína, parecía conducir directamente al infierno. Cada

pocos años se reponía en algún cine Reefer Madness, una sensacionalista

película de 1936 sobre lo malo que era fumar hierba. Acabó convirtiéndose en

un clásico camp, pero en los años cincuenta el mensaje de la película —que la

marihuana inducía a la violencia, provocaba alucinaciones y llevaba al

consumo de drogas más duras e incluso a la muerte— se aceptaba en general

como una verdad. En 1948 había causado conmoción la detención del astro

del cine Robert Mitchum por posesión de marihuana, como si fuera

inconcebible que el rudo y meditabundo actor de la mirada lánguida se

hubiera fumado un canuto. En los bazares, las madres apartaban a sus hijos de

los expositores giratorios de novelas baratas como Junkie: Confessions of an

Unredeemed Drug Addict y It Ain’t Hay. En la cubierta de esta última

aparecía un esqueleto remando en una canoa con forma de ataúd, con la

cabeza apoyada en un gigantesco cigarrillo de marihuana.

El escritor Richard Lamparski, que se mudó a Hollywood el mismo año

en que el cuarteto de Mulligan debutó en el Haig, observó el tabú asociado

con la hierba: «No era solo que la gente tuviera miedo de fumarla porque

fuera adictiva, es que estaba prohibidísima. Si te detenían, estabas listo. En

aquella época, consumir hierba en Hollywood era como practicar el

sadomasoquismo. Era algo que inmediatamente te daba mala fama».

La reputación de «grifota» de Baker llegó al público a finales de 1952. El

23 de diciembre, un policía los pilló a él y a Bob Whitlock fumando hierba en

el coche de Baker, entre actuación y actuación. Al registrar el automóvil,

encontraron bajo el asiento delantero una lata llena de marihuana. Los músicos pasaron la noche en la cárcel. Baker tuvo mucha suerte: aceptó los

cargos y solo le cayeron tres meses de libertad vigilada.

Este incidente no debió de llegar a oídos del Time, que el 2 de febrero de

1952 publicó un perfil de Mulligan y sus jóvenes y supuestamente respetables

colegas. «En comparación con los frenéticos extremos del bop —explicaba el

periodista—, su jazz es rico e incluso ordenado; se caracteriza por un

contrapunto casi digno de Bach.»[80] El propio Mulligan se presentaba a sí

mismo como un genio de la categoría de Bach: «Mulligan se toma su música

sumamente en serio. Desde que puede recordar estaba inventando melodías al

piano. “Detesto tocar cosas de otros”».

Aquel artículo hizo que el diminuto Haig se llenase como nunca. Se

formaban colas en la avenida South Kenmore: había tres filas de fans en la

barra. El nerviosismo llegaba al máximo las noches en que se paraban

limusinas a la puerta, depositando a Mitchum, a Jane Russell o a Marilyn

Monroe en la entrada flanqueada de setos. Mitchum ponía los discos de la

banda «mañana, tarde y noche», según su amiga Russell.[81] «Me parecen

fantásticas las cosas que hacen sin ningún tipo de arreglo», declaró

entusiasmada a Down Beat. Pero Jeffie Boyd, una camarera del club, veía otra

razón para el éxito del grupo: «Eran músicos blancos y guapos. En Los

Ángeles, lo blanco era bueno. A los negros no se sabía muy bien cómo

tomárselos».

El propietario del Haig, John Bennett —antes John Bernstein, de Toledo

(Ohio)—, «intentaba mantener el atractivo esnob del local», según el

saxofonista Herb Geller. Bennett, que no paraba de contar anécdotas de ópera

o de Art Tatum, llevaba la corbata llena de migas y manchas de sopa. El

propio local distaba mucho de ser chic. «Si lo veías de día, se te quitaban las

ganas de ir por la noche —aseguraba Carson Smith—. Había grietas en la

pared, la alfombra se levantaba, y había cucarachas y arañas que no se veían

en la oscuridad.» William Claxton recordaba la cutre decoración: «Todo

estaba pintado de un espantoso color melocotón. Y había varios cuadros

horribles en las paredes».

Nada podía ocultar el hecho de que el Haig era un dispensario de ginebra

como cualquier otro. Pero para Mulligan, cualquier sitio en el que él tocara

era el Carnegie Hall, y más ahora que había sido ensalzado por el Time. Su

vena cool estallaba en mitad de las canciones para increpar a los clientes que

hablaban, reían o hacían ruido con sus vasos. «¡Estáis aquí para escuchar mi

música!», declaraba,[82] informando a la abochornada multitud de que tenían

suerte de estar allí, y si no estaban de acuerdo, mejor era que se marcharan. «Era tan ridículo… —comentaba Boyd—. Gerry se irritaba con mucha

facilidad.»

La altanería de Mulligan contribuyó a desviar la atención hacia Baker, que

ya atraía las miradas de las mujeres del público y los oídos de otros músicos.

«Tenía un sonido que podía ser como un caramelo… simplemente

maravilloso», contaba Jack Sheldon. Walter Norris lo llamó «joven dios»,

añadiendo: «Cuando Chet tenía alrededor de veintidós años, ¡era incendiario!

Las notas eran mágicas». También Smith hablaba de magia: «Oía a Chet

noche tras noche, y casi nunca le oí repetirse. No sé de dónde salía todo

aquello». Baker no daba pistas. Si se le preguntaba en qué pensaba cuando

estaba en el escenario, decía enigmáticamente: «En la siguiente nota bonita».

[83] No pareció impresionado cuando el grupo fue contratado para tocar en la

fiesta de cumpleaños de Anne Baxter, que acababa de coprotagonizar Eva al

desnudo junto a Bette Davis. «Aquella gente glamourosa venía a hablar con

Chet, y él no quería saber nada de ellos —cuenta Smith—. Nunca fue capaz

de mantener una conversación. Se sentaba en un rincón y escuchaba los

discos. Años después entendí por qué se enganchó a las drogas duras.

Siempre estaba intentando huir de la realidad.»

Efectivamente, a Baker le resultaba casi imposible relacionarse con otros

directa y sinceramente. Su relación con la mayoría de la gente consistía en

eludirla, utilizarla o decepcionarla. Su comportamiento recuerda un

comentario de Arlyne Brown acerca de muchos músicos que ella conoció y

que eran «muy sensibles a la música y completamente insensibles al resto del

mundo». Años después, Ruth Young calificaría a Baker de psicópata, una

tipología estudiada por Robert Mitchell Lindner en su libro de 1944 Rebel

Without a Cause: The Hypnoanalysis of a Criminal Psychopath. «El

psicópata es un rebelde sin causa, un agitador sin consignas, un

revolucionario sin programa —escribió Lindner—. En otras palabras, su

rebeldía se dirige a lograr objetivos que solo son satisfactorios para él; es

incapaz de esforzarse por el bien de otros… El psicópata, como el niño, no

puede dejar para más tarde los placeres de la gratificación.» Cuando vivió con

él, Young vio la raíz del comportamiento de Baker: «¡Chet era muy

desgraciado! Era la persona más insegura del mundo. Y ocultaba esas

inseguridades lo mejor que podía».

Una de estas maneras, según Bob Whitlock, era jugar a ser estrella, al

menos por un momento. El bajista recuerda haberle visto luciendo un

deslumbrante abrigo nuevo en el Haig: «Yo pensé “Dios mío, se cree que es

Clark Gable o algo así”. Había un montón de gente haciéndole la pelota, y él se lo tragaba todo». Sheldon lo comparaba con «los protagonistas de las

películas: siempre tenía un descapotable, un perro grande y una chica».

Durante una temporada, el interés de las chicas se le subió a la cabeza:

«Para él no había más que chicas, chicas y chicas —contaba Larry Bunker,

que había sustituido al batería Chico Hamilton en el cuarteto—. Se tiraba a

todas las que veía, trataba a Charlaine como a una mierda, se follaba chicas en

el coche durante el descanso de diez minutos, mientras Charlaine estaba

sentada en el club. Ese era su estilo. Era guapo y lo sabía».

Otros lo recuerdan centrándose en una sola chica cada vez. Durante parte

de 1953 fue Joyce Tucker, la sensual hija de Jack Tucker, el propietario del

Tiffany. De niña, Joyce había actuado en algunas películas, y ahora trabajaba

como fotógrafa en el Coconut Grove, que estaba entre el Haig y el Tiffany.

Alta, esbelta y obsesionada por los músicos de jazz, Joyce buscaba emociones

y las encontraba en abundancia. En compañía de su marido, un clarinetista

llamado Marvin Koral, Joyce frecuentaba el Haig para ver al cuarteto de

Mulligan… y, más concretamente, a Chet Baker. Al trompetista le llamó la

atención su largo cabello castaño rojizo y sus grandes ojos castaños que «te

taladraban»;[84] según él, ella le miraba tan intensamente que le parecía

imposible que Koral no se diera cuenta. Joyce empezó a ir sola al Haig, y al

poco tiempo, según Baker, pasaban juntos los intermedios en el coche de él,

aparcado detrás del hotel Ambassador.

Durante meses siguieron comportándose como niños malos, sin esforzarse

en guardar en secreto su aventura; lo cual era un peligro, ya que los dos

estaban casados. Russ Freeman recordaba haberlos visto en una reunión en

casa de un amigo. Mientras los invitados charlaban, Baker permanecía

callado. De pronto gritó con toda la potencia de su voz «¡QUIERO FOLLAR!».

Todos sabían que se estaba refiriendo a Joyce, que soltó una risita. «Creo que

fue una exhibición de su masculinidad, para demostrar a todos que podía

hacer y decir lo que le diera la gana, y que no pasaba nada», dijo Freeman.

Mientras Baker se recreaba en provocar líos, Mulligan estaba ansioso por

poner orden en su vida, a pesar de su adicción a las drogas. Después de

romper con Gail Madden, le hizo una impetuosa proposición de matrimonio a

Jeffie Boyd, una vivaracha y lista morenita de veintipocos años. Jeffie se

había criado en Nueva York y, para ella, Los Ángeles era un yermo

intelectual. El cerebro y el sentido del humor de Mulligan, que parecía propio

de un duendecillo, la atraían. Se fugaron a México y pasaron la luna de miel

en, según dijo ella, «Palm Springs o algún otro sitio», donde el saxofonista

anunció su propósito de dejar la heroína. «Se suponía que yo tenía que ayudarle —explicó ella—. Qué idiota era. ¿Qué sabía yo? Le dije: “Pues

claro, te ayudaré encantada”. Así que lo encerré en la habitación y me fui a

tumbarme junto a la piscina. Él empezó a chillar pidiendo un médico y yo le

decía: “No, no puedes ver a un médico”. Allí lo dejé durante tres o cuatro

días. Cuando volvimos a casa, volvió a ser un yonqui.»

Mulligan se esforzó por proyectar todo el aire de normalidad que podía.

Escribía arreglos para otros con el fin de ayudar a financiar su consumo de

drogas, mientras procuraba mantener su adicción en secreto. «Gerry

funcionaba a un nivel muy alto —dijo Larry Bunker—. Controlaba la

situación.» El saxofonista no dejaba que nadie, ni siquiera Baker, le viera

pincharse, y tenía la heroína y toda la parafernalia («la cocina») escondidas

debajo del porche trasero de la casa que había alquilado en el 1.818 del

bulevar North Harvard, cerca del Haig. Pero Baker había conocido suficientes

adictos como para advertir las señales reveladoras. Veía a Mulligan «tenso e

inquieto, muy excitable»; en escena, observó que las manos del músico

temblaban al manipular su saxofón.

Que sus amigos supieran, los dos hombres nunca habían mantenido una

conversación íntima y sincera, ni sobre las drogas ni sobre nada. Aparte de su

música, parecían incapaces de comunicarse, un problema que se hizo evidente

cuando los Mulligan invitaron a los Baker a compartir su casa. «Más o menos,

cada uno iba por su lado —contaba Jeffie—. No recuerdo que nunca nos

comunicáramos de verdad, ni siquiera que comiéramos juntos. Es raro.»

Mulligan se mantenía tan distante de sus músicos que Bunker sentía que

apenas lo conocía. Pero trataba igual a casi todo el mundo: hasta Jeffie se dio

cuenta de que ella y Mulligan no tenían casi nada en común. «Aquello se

terminó antes de haber empezado», dijo.

Casi lo mismo se podría decir del cuarteto de Gerry Mulligan. A medida

que se multiplicaban sus discos en Pacific Jazz, el patrón de etéreas

contrafiguras y armonías, envuelto en pulcros paquetitos de tres minutos,

empezó a decaer. A pesar de lo que prometía «My Funny Valentine»,

parecían atrapados tras su fachada cool. Incluso en baladas tan emotivas como

«Darn That Dream» y «I Can’t Get Started», mantenían una rígida distancia.

A pesar de toda su supuesta espontaneidad, la música de Mulligan estaba

controlada con mano de hierro. Jeffie lo recordaba chillando a los bajistas

como un sargento de marines, prohibiéndoles salir de su casa hasta que se

hubieran aprendido de memoria sus partes. Mulligan había prescindido de

Whitlock —«Bueno, es que yo estaba fuera de onda, estaba metiéndome

mucho, fue uno de los peores períodos de mi vida», reconoció el bajista—, y lo había sustituido por Carson Smith. Después, despidió y readmitió varias

veces a Smith («¡No estás tocando como yo quiero que toques!»). Redujo a

Larry Bunker a la función de un metrónomo sin rostro. «Hacías lo que te

decía —cuenta Bunker—. Creo que llegué a un punto en el que ya no tenía ni

un par de baquetas. Solo escobillas. Eso era lo que él quería.»

Mientras tanto, el saxofonista se pasaba casi todo el día, y casi todos los

días, en casa, ensayando y componiendo. «Todo era música», cuenta Jeffie; y

Mulligan no podía soportar a nadie que fuera menos disciplinado. Un titular

de Down Beat proclamaba: «Gerry Mulligan dice: ¡FUERA LOS AFICIONADOS!».

[85]

En algún momento de 1953 empezó a mirar mal a Chet Baker, cuya

popularidad superaba a la suya sin que Baker hiciera ningún esfuerzo

aparente. Mientras Mulligan trabajaba en su escritorio, Baker se tumbaba en

la playa o hacía volar cometas en las colinas. Mientras el saxofonista

abordaba la música como un proceso intelectual extenuante, Baker

simplemente se llevaba la trompeta a los labios y dejaba que la música

fluyera.

A Mulligan empezó a molestarle todo lo que tenía que ver con Baker: su

costumbre de conducir «a ciento setenta por hora en su Jaguar bajando las

colinas de Hollywood, tomando aquellas curvas cerradas», y su «cuadrilla»,

que se metía en su casa y se despatarraba por el suelo y el sofá, mojándose

unos a otros con pistolas de agua. A Mulligan le parecía inconcebible que

Baker pasara tanto tiempo esquiando, nadando y haciendo excursiones, y que

después tocara en el Haig sin ningún calentamiento previo. Cuarenta años

después, dijo refunfuñando que Baker estaba tan agotado y sus labios tan

agrietados por el sol y el aire frío de la montaña que daba mal las notas, un

problema que Jeffie no recuerda. «Los del público nunca notamos eso —dice

—. Chet era maravilloso todo el tiempo.» Lo que más disgustaba a Mulligan

era ver que el público trataba a Baker como la estrella del grupo: «A Chet le

gustaba ser el rey de la montaña. Pero en el cuarteto el rey de la montaña era

yo. Claro que Chet nunca tuvo problemas con eso —añadía—. Aceptaba mi

liderazgo, y se acabó».

Baker tenía sus propias quejas. «Gerry solía ir diciendo que él había

descubierto a Chet y que Chet era su protegido —cuenta Bob Whitlock—.

Eso le sentaba muy mal a Chet, que aprovechaba cualquier oportunidad para

rebelarse.» En lugar de enfrentarse a Mulligan, hizo declaraciones al Melody

Maker, una revista musical británica. «Gerry Mulligan es un gran músico —

dijo—, pero demasiada gente le ha dicho que es un genio… y ahora Gerry va

por ahí pensando que él es lo más grande que le ha pasado al jazz… A lo mejor, a Gerry le parece bien dar sermones a los clientes para que se callen

mientras él toca, pero cuando esos sermones duran quince minutos o más, es

un poco bochornoso para los demás que estamos en el escenario, por no decir

otra cosa. Y tampoco debería meterse constantemente con los otros

músicos.»[86]

Pero aparte de su rifirrafe inicial en el Cottage Italia, ni Mulligan ni Baker

se atrevían a airear sus agravios ante el otro. Chico Hamilton recuerda

actuaciones en las que «Gerry miraba al norte y Chet miraba al sur», pero a

los demás miembros de la banda les sorprendían los comentarios sobre esta

fricción.

Aquella relación, como otras en la vida de Baker, era una bomba a punto

de explotar. Baker había seguido viendo a Joyce Tucker mientras fingía ser

amigo de su marido. Una noche, Baker llevó a casa desde el Haig a Carson

Smith y a los Koral. Baker y Marvin Koral iban sentados delante, con Joyce

en medio; Smith iba sentado atrás, con su contrabajo inclinado hacia delante,

metido entre Marvin y Joyce. «Marv iba mirando por la ventanilla, y Joyce y

Chet iban besándose —contaba Smith—. Yo pensé: “Eh, alto ahí, esto se está

poniendo un poco peligroso. Se supone que este tío es amigo suyo”.»

Era algo más que un poco peligroso, y el juego estalló con una llamada

histérica de Joyce en la que decía que su marido se había vuelto loco. «Media

docena de nosotros fuimos a casa de los Koral —contó Smith—. Ella nos

abrió la puerta, y Marv había arrasado toda la casa. Había volcado el

frigorífico, arrancado la cocina, rasgado el sofá, destripado los colchones de

la cama, roto todas las ventanas. Era increíble. Se había vuelto absolutamente

majara.»

Baker encontró un enemigo igual de violento en John Edward O’Grady,

jefe de la brigada de narcóticos de Hollywood y azote del mundillo del jazz

de Los Ángeles. Desde 1948 hasta 1958, O’Grady dirigió a un grupo de la

policía en una aterradora caza de brujas que él describía orgullosamente como

«el sueño de mi vida… proteger a la sociedad contra la rastrera amenaza de

las drogas».[87] La cruzada de O’Grady, típica de los cincuenta, pretendía

salvar un ideal imaginario e impoluto de Los Ángeles de su sórdido

inframundo. «Lo mío no era razonar por qué los adictos tomaban drogas; lo

mío era romperles el culo»,[88] escribió en sus memorias de 1974, O’Grady:

The Life and Times of Hollywood’s N.º 1 Private Eye. Su santurrón salvajismo

era un reflejo del de Joseph R. McCarthy, el senador que había emprendido su

campaña anticomunista.

La misión de O’Grady tenía sus raíces en una venganza poco conocida.

Había soñado con ser estrella de cine; habiendo fracasado en eso, se dedicaba

a aterrorizar a la gente del espectáculo, y así consiguió hacerse famoso y que

su foto saliera en los periódicos de vez en cuando. De manera inconsciente, se

caracterizó como una parodia de un policía de película de serie B. Con uno

noventa de estatura y noventa kilos de peso, el pelo cortado a cepillo y gafas

negras, O’Grady se pavoneaba por el Sunset Strip de Hollywood con un

revólver de cachas de nácar en la cadera. Se describía a sí mismo como «el

sargento Rompepelotas O’Grady, la Gran O… el poli más temido de la

ciudad».[89] Sus métodos incluían irrumpir en domicilios privados sin orden

de registro, amenazar a músicos en la calle, e incluso romperle los dientes a

un camello que intentó esconder la droga en la boca. Uno de sus esbirros, un

enorme y moreno inspector hispano llamado Rudy Díaz, era «el tío con más

pinta de malo que he visto en mi vida», según Mel Bartfield, un aficionado al

jazz que tuvo sus propios tropiezos con la brigada de O’Grady. «Solo verlo

daba miedo.»

O’Grady fue el artífice de lo que algunos llamaron el mayor golpe al

narcotráfico en la historia de la policía de Los Ángeles: la detención de unos

dos mil quinientos presuntos yonquis y vendedores, muchos de ellos

inocentes. Sus principales objetivos eran los músicos de jazz, a los que

consideraba la inmundicia de la sociedad. «Me propuse destruir a esa chusma,

y a punto estuve de conseguirlo», escribió.[90] La «chusma» incluía a Stan

Getz, Billie Holiday y el aficionado al jazz Lenny Bruce. «Eché de la ciudad a

Charlie “Yardbird” Parker, el gran saxofonista —se jactaba O’Grady—.

Podría haberle enchironado. Tenía los brazos llenos de hileras de marcas de

pinchazos de heroína. Pero estaba demasiado viejo y demasiado borracho y

decidí que no valía la pena perder el tiempo empapelando a Parker para que el

Ayuntamiento de Los Ángeles tuviera que pagar su manutención.»[91]

Hacía meses que circulaban rumores sobre Mulligan, Baker y las drogas,

y una noche de abril de 1953 miraron desde el escenario y vieron a O’Grady y

su compañero Dick Hill mirándolos ferozmente desde una mesa de pista. La

vigilancia continuó durante varias noches. «Se convirtió en una plaga», dijo

Mulligan, que le echaba la culpa a Baker: «A O’Grady le encantaba venir y

provocar a Chet, y Chet siempre tenía una réplica ingeniosa, así que el tío se

la tenía jurada». Esto lo confirma Mel Bartfield: «O’Grady odiaba a Chet». El

odio era recíproco. En 1955, durante un viaje a Worcester (Massachusetts),

Baker y Bill Loughborough (un fabricante de tambores que se convirtió en

amigo suyo para toda la vida) conocieron a dos gitanos que se ofrecieron a ayudarles a hacer un hechizo contra O’Grady y Hill. Adentrándose en el

bosque por la noche, encendieron una hoguera y murmuraron encantamientos

contra los policías, mientras acariciaban muñecos de arcilla con alfileres

clavados. Años después, Baker aseguraba que la maldición había funcionado:

no solo O’Grady fue expulsado de la brigada de narcóticos, sino que Hill,

según había oído Baker, quedó malherido por una botella que le arrojaron a la

cabeza.

El hechizo no llegó a tiempo de salvarlos a ellos mismos en abril de 1953,

cuando O’Grady y Hill se propusieron detener a los dos jóvenes músicos. El

día 13 de ese mes, mientras la banda estaba actuando, los policías fueron en

un coche sin distintivos a North Harvard, donde Jeffie y Charlaine estaban

solas, y aparcaron al otro lado de la calle. Al ver el coche deportivo de Jeffie a

la puerta, O’Grady embistió contra su parachoques para fingir un accidente de

aparcamiento. Después llamaron a la puerta. Cuando Jeffie respondió,

O’Grady explicó que quería darle su número del seguro para arreglar el pago

de los «daños». Cuando ella abrió la puerta para mirar su coche, la empujaron

a un lado e irrumpieron en la casa, mientras otros policías saltaban de entre

los arbustos. Charlaine fue corriendo al cuarto de baño para tirar por el retrete

una lata de marihuana. O’Grady aporreó la puerta hasta que ella salió. Al

mirar en la taza, O’Grady vio algunas hojas en el agua: motivo suficiente para

la detención. Furiosos como perros rabiosos, él y Hill registraron la casa en

busca de heroína.

Al no encontrar nada, detuvieron a las dos mujeres por posesión de

marihuana y se las llevaron al Haig. Allí, los policías hicieron que el cuarteto

pasara al despacho de atrás y les ordenaron remangarse las camisas. Solo

Mulligan exhibió un brazo cubierto de marcas. «Mira eso: pinchazos

recientes», siseó O’Grady. La coraza de hierro de Mulligan se hizo pedazos.

«Gerry se desmoronó, casi se echó a llorar —cuenta Carson Smith—. Se

quedó como un muñeco de trapo. Chet se limitó a quedarse a un lado,

mirando.»

O’Grady llevó a los Baker y los Mulligan de vuelta a casa y exigió que

Mulligan entregara su droga. Temblando y con los ojos llorosos, Mulligan se

tambaleó hasta el porche de atrás y sacó un juego de jeringas hipodérmicas,

cucharillas requemadas, algodón y una pequeña cantidad de heroína. «Llevo

mucho tiempo metiéndome esto», gimió,[92] demasiado destrozado para darse

cuenta de que se había traicionado a sí mismo. Si no hubiera sucumbido a las

intimidaciones de O’Grady, el policía solo habría podido acusarle de tener marcas de pinchazos, señal de consumo de heroína, pero no necesariamente

de posesión.

Minutos después, las dos parejas se sentaban apelotonadas en una

comisaría del centro de Los Ángeles. Mientras se redactaban los cargos, dos

paneles de la pared se corrieron y una horda de paparazzi irrumpió en la sala.

«Se disparaban flashes por todas partes —contaba Jeffie—. Yo me moría de

miedo.»

Al día siguiente, Los Angeles Times vociferaba: «EL BOPPER DE LABIOS

ARDIENTES, SU ACOMPAÑANTE Y LAS ESPOSAS DE AMBOS, ENCARCELADOS POR

ASUNTOS DE DROGA». Una foto mostraba a los cuatro jóvenes tan

supuestamente cool en estado de shock: Jeffie miraba a la cámara hecha un

mar de lágrimas; Charlaine trataba de taparse la cara con el abrigo; Mulligan

parecía patéticamente derrotado, y Baker miraba estupefacto con los ojos

como platos, incapaz de reaccionar. El artículo se burlaba de Mulligan

diciendo que era «un saxofonista muy cool, cuyo enloquecido disco Bweebida

Bobbida trae a los aficionados de cabeza». Todos excepto él se declararon

inocentes. Mulligan cargó con la culpa no solo de la heroína, sino también de

la hierba, que era de todos. «Se portó maravillosamente», dijo Jeffie. La

madre de Jeffie envió por correo el dinero de la fianza, y todos quedaron

libres. El juicio de Mulligan quedó fijado para junio.

El escándalo proporcionó al Haig más ganancias que nunca. Pero

Mulligan recibió otro golpe cuando su antiguo paladín, Ralph J. Gleason,

describió despiadadamente a su cuarteto como «el grupito más sobrevalorado

del jazz» en Down Beat. Decía que el estilo superficial y supersofisticado del

grupo «me aburre a morir… Mulligan, con o sin piano y con o sin sus

pretenciosas explicaciones de lo que está haciendo, sigue siendo un niño

cuando se le compara con hombres como Duke».[93]

Mulligan no dijo nada a sus compañeros sobre este artículo. Parecía

convencido de que en junio, cuando le hubieran absuelto, todo volvería a la

versión de la realidad que él tan laboriosamente se había construido.

Los Ángeles (California), 1954. Foto de William Claxton