
Doña Luz
Huérfana de un marqués arruinado que al morir la dejó al cuidado de don Acisclo, su antiguo administrador, Luz llegó a Villafría con catorce años y una educación madrileña de aya inglesa que en aquel pueblo andaluz de tierra adentro, rico en olivares y en hacendados, la vuelve casi inaccesible. Cerca ya de los treinta, sigue sin casarse. Entonces coinciden allí dos hombres muy distintos: el padre Enrique, dominico que vuelve de Filipinas con la salud deshecha y la inteligencia intacta, y don Jaime Pimentel, brigadier con porvenir político. Valera regresa al pulso entre el amor divino y el humano que ya había tratado en Pepita Jiménez, solo que aquí acaba mal. El final encadena dos descubrimientos: uno conmueve a Luz, el otro la deja sin ilusiones. Ironía contenida, frase muy limpia y ninguna prisa por llegar.



